Oráculos: vaticinando el futuro desde la antigüedad (II)

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Excavaciones posteriores permitieron redescubrirlos. Viajamos hasta estos enclaves sagrados de tiempos pretéritos para saber qué secretos se esconden entres sus ruinas.

Óscar Herradón ©

(John William Waterhouse, «Consultando al oráculo», 1884. Crédito: Wikipedia)

Se conservan innumerables respuestas de los oráculos de la antigüedad, algunas de cuyas profecías han llegado a hacer historia, hasta el punto de que algunos de los hombres más poderosos llegaron a basar sus decisiones en las sentencias de los mismos, como siglos más tarde reyes y príncipes se basarían en los horóscopos trazados por los astrólogos y en las predicciones de sus magos para tomar decisiones de índole política y militar.

En la era helenística la creencia en los milagros estaba muy arraigada, pero sería una constante a lo largo de la historia, al menos hasta que la ciencia tal y como hoy la conocemos hizo su aparición. Aún así, son muchos todavía hoy los que creen en vaticinios milenarios, baste recordar lo que sucedió hace casi una década con la dichosa profecía maya y el una y otra vez mancillado 2012. Y eso que 2020 sí que se acercó bastante más a un Armagedón.

Ya hice referencia en el primer post a que grandes líderes del mundo antiguo consultaron a los oráculos, en cuyas sentencias creían sin titubeos. Uno de los más célebres fue precisamente Alejandro Magno. El macedonio, que obtuvo uno de los mayores imperios conocidos, viajó precisamente hasta el oasis de Siwa, en Egipto, para consultar de primera mano su celebérrimo oráculo, en un lugar en el que algunos investigadores sitúan la propia tumba, aún no encontrada, del rey heleno.

Cimón

El oráculo de Siwa se hizo mundialmente famoso en el año 450 a.C. por una profecía que afectaba directamente a Cimón, hijo de Milcíades, uno de los políticos y militares más importantes de Atenas, quien envió una delegación al Oráculo de Amón, en el oasis de Siwa, mientras asediaba con su flota la costa de Chipre. Mientras los delegados escuchaban la ambigua respuesta del oráculo, el mandatario moría, lo que fue interpretado como una señal de gran poder profético, noticia que rápidamente se extendió por toda Grecia, haciendo que Siwa se convirtiera en competencia directa de los de Dodona y Delfos. A partir de ese momento, enviados de muchos países emprendieron el duro camino a través del desierto libio, ofreciendo valiosos presentes y sacrificios, con la intención de que Amón les predijera el futuro.

Pero lo que ha hecho que Siwa y su oráculo pasaran a la posteridad fue el interés que uno de los grandes militares de la historia, Alejandro Magno, mostró en él, y los supuestos vaticinios que éste le ofreció cuando acudió a su consulta. Alejandro, que fue educado desde los trece años en la rica cultura griega nada menos que por Aristóteles, era un ferviente creyente, algo que le habían inculcado en la corte de su padre, Filipo de Macedonia, en cuyo reinado, como en el de su hijo, desempeñaron un importante papel los sueños proféticos y los vaticinios oraculares.

Al parecer, tanto Filipo como su esposa, la hermosa Olimpia, habían tenido un extraño sueño de tipo profético antes del nacimiento de Alejandro. Un buen día, el rey envió a su hombre de confianza Querón a consultar el significado de sus sueños al oráculo de Delfos y la respuesta que al parecer le dio la Pitia es que ofreciera sacrificios a Amón y que venerara a éste sobre todos los dioses, lo que quizá provocara que Alejandro decidiera hacer una breve visita al oasis de Siwa. Asesinado su padre, en el 336 a.C., con apenas veinte años pretendía hacerse con la hegemonía sobre Grecia y conquistar nada menos que el poderoso imperio persa. Antes de emprender esta campaña, el joven Alejandro viajó personalmente a Delfos, pero la Pitia ignoró sus preguntas. O eso cuentan las crónicas de sus gestas.

El templo del oráculo (Osasis de Siwa)

Los oráculos persiguieron al mandatario macedonio durante toda su vida. En el invierno de 334-333 a.C., mientras realizaba de camino a Egipto conquistando una a una todas las ciudades del Asia Menor, en Gordio tuvo lugar el episodio del nudo gordiano; según una profecía oracular, aquel que fuera capaz de deshacer el enorme nudo que sujetaba el timón del carro de Gordias –padre de Midas– y fundador de la ciudad, conquistaría toda Asia. Un nudo casi imposible de deshacer debido al caos de fibras del mismo, que mantenía juntos el yugo y el timón. Alejandro no se lo pensó dos veces, desenvainó su espada y cortó de un tajo la enorme atadura. La fuerte tormenta de rayos y truenos que azotó la noche siguiente Gordio fue interpretada por éste como la aprobación de Zeus, y a causa de ello se proclamó rey de Asia.

Parece ser que fue hacia el 331 a.C. cuando el Magno decidió acudir personalmente al santuario oracular de Amón, en el desierto libio, empresa harto peligrosa teniendo en cuenta que el rey persa Darío había reorganizado su ejército y pretendía contraatacar tras la derrota de Iso. Pero a Alejandro le apremiaba más saber lo que tenía que decir el oráculo. Una vez allí, en medio de una festiva procesión, el macedonio fue conducido por los jardines del templo, mientras planteaba al sumo sacerdote la siguiente pregunta en presencia de sus hombres: «¿Ha escapado de su castigo alguno de los asesinos de mi padre?», a lo que el sacerdote respondió que «Filipo ha quedado totalmente desagraviado». Después, Alejandro quiso saber si el dios le concedería el honor de convertirle en «rey de todos los pueblos», y la respuesta fue afirmativa. Magno ofreció valiosas ofrendas a Amón y en otra ocasión volvió solo al templo. Tanto la pregunta como la respuesta que recibió entonces continúan siendo otro de tantos enigmas históricos. Según Plutarco, se llevó el secreto a la tumba, pues moría el año 323 a.C. en Babilonia.

Lo que sí es seguro es que después de su segunda consulta al oráculo de Amón, Alejandro estaba cada vez más seguro de su «ascendencia divina» y llegó a comunicar a un amigo que su deseo era ser enterrado cerca del templo de Anión, en Siwa, aunque parece ser que su deseo no se cumplió; ante el temor de los saqueos en el desierto, Ptolomeo I, general de los ejércitos de Alejandro y posterior mandatario de Egipto, erigió un mausoleo monumental en Alejandría, aunque todavía son muchos los que creen que el cuerpo del gran general permanece escondido en algún lugar desconocido del oasis. Como otros secretos de la historia, permanece oculto por la arena del desierto.

Tras la pista de los restos oraculares

Si con ahínco se buscó la tumba de Alejandro –y se continúa haciendo– la aventura de hallar los restos del oráculo de Amón tras 2.000 años sepultado en el olvido fue una auténtica odisea. Aventureros y arqueólogos de varios países intentaron devolver a la historia un enclave que había sido decisivo en la historia de antigüedad. La tarea no fue fácil. No era exactamente Siwa el lugar que visitó el Magno, sino uno que se encuentra a unos tres kilómetros, conocido actualmente como Aghurmi. Los investigadores se basaron principalmente en las descripciones realizadas por el historiador Diodoro para emplazar el lugar.

Hornemann

El primero en interesarse por el oráculo tras muchos siglos fue el explorador inglés William George Browne, que se mezcló con los comerciantes mamelucos para poder llegar hasta Siwa en 1792. Entonces, si los árabes descubrían que eras cristiano –como en su caso–, solo te esperaba la pena de muerte por haberte adentrado en sus territorios sagrados. Aunque no estaba del todo seguro de haber hallado el oráculo, las noticias que trajo del desierto llamaron la atención de la London African Association, un distinguido club que pretendía explorar el continente negro, y de uno de sus miembros, el alemán Friedrich Konrad Hornemann, que llegó a tener una recomendación del mismísimo Napoleón, a punto de emprender su campaña en Egipto. Hornemann se vistió de musulmán y partió de El Cairo con una caravana de peregrinos. Al cabo de dieciséis días de viaje, el 21 de septiembre de 1798, llegó a Siwa, y se dedicó a tomar notas y hacer esbozos de todo lo que veía, arriesgando incluso su propia vida, que salvó al haber decidido llevar un Corán en su equipaje.

Más tarde, Hornemann envió sus anotaciones por correo marítimo a Inglaterra, donde fueron publicadas en 1802, sin que su autor pudiese verlas, pues había muerto un año antes en Nigeria. Solo en 1853 el escritor James Hamilton volvió a estudiar con criterio científico el lugar, pero el primer arqueólogo que entró en el antiguo oráculo de Amón fue el alemán Georg Seindorff, que en el invierno de 1899 emprendió junto con el barón Curt von Grünau una expedición arqueológica al lugar: los muros antiguos del enclave habían quedado irreconocibles por las casas modernas que se les habían adosado.

Las rocas calcáreas de Aghurmi se elevan de veinte a veinticinco metros sobre el nivel del oasis, que mide 120 metros de Este a Oeste y 80 metros de Norte a Sur, donde se erigía, majestuoso, el oráculo, aunque el tamaño no se correspondía con su fama, pues apenas medía, al parecer, veinte metros de largo por diez de ancho. En tiempos de Alejandro, el mismo se componía únicamente de una antesala que comunicaba con una estancia principal, en la que se encontraba la celda oracular, separada de esta estancia, y de una habitación cuadrada, al lado derecho de la estancia del oráculo. Como señala Philip Vandenberg en el trabajo citado, «parece increíble que detrás de esta sencilla fachada, en apenas veinte metros cuadrados, ocurrieran cosas que han hecho cambiar la historia del mundo». Y que lo diga.

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

–Y si queremos entender el pensamiento griego y cómo éste ha marcado el devenir de Occidente –creencias místicas incluidas–, no está de más sumergirnos en las apasionantes páginas de Hitos del sentido. Notas sobre la Grecia arcaica y clásica, escrito por uno de nuestros grandes intelectuales, Antonio Escohotado, cuyo libro sobre las drogas en la civilización es algo más que un pilar de la cultura contemporánea.

En el post anterior recomendaba Fidelidad a Grecia, de Ignacio Lledó, precisamente por la originalidad de su planteamiento y por aportar luz en este mismo sentido. La lectura de este nuevo trabajo de Escohotado que acaba de publicar Espasa es la mejor forma de complementar esa lectura y comprender y captar la esencia del pensamiento clásico. Advertencia: no es una lectura sencilla, aunque sí reveladora.

Y nadie mejor que el propio autor para definir qué encontraremos en su nuevo ensayo: «A diferencia del llamado a confirmar, el llamado a investigar sabe por dónde empieza aunque no dónde terminará. En este caso, la pesquisa sobre Grecia llevó a repensar la relación entre filosofía y religión, porque el cristianismo pudo ser una ética y hasta una ontología impecable; pero se convirtió en el primer culto ecuménico coactivo. La evolución del mundo griego precisa hasta qué punto el cristianismo partió de sus logros y valores, sin perjuicio de alienarlos a continuación. Lo comprendido entre el 500 a. C. y el 500 no solo ilumina el milenio medieval, sino un deslinde entre información y ruido que el progreso técnico agudiza». He aquí cómo adquirirlo:

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