El Jardín del Edén (Las Pozas, Xilitla, México)

29 09 2020

En la región de Xilitla, en San Juan de Potosí, México, se esconde entre la vegetación un impresionante complejo arquitectónico y escultórico que fue fruto de la pasión de un artista complejo y solitario. Amigo de Salvador Dalí y Luis Buñuel y uno de los máximos representantes del surrealismo, el inglés Edward James fue un excéntrico y un soñador que, cual duque de Bomarzo, construyó un jardín mágico en medio de la selva.

Las Pozas (Xilitla)

Parece sacado de una película de fantasía épica. Pero es real, y se encuentra en medio de la selva mexicana. Su artífice fue Edward F. W. James, quien gracias a una gran fortuna y a una imaginación desbordante, pudo dar rienda suelta a sus sueños megalómanos, creando uno de los parajes más fascinantes y misteriosos del mundo, un pequeño reino que evoca al cartón-piedra de los decorados del Hollywood clásico, pero absolutamente real.

Nacido en 1907 en Greywalls (Escocia), era hijo del magnate estadounidense de los ferrocarriles William James, aunque durante años se especuló que realmente se trataba de un hijo bastardo del rey inglés Eduardo VII, que solía frecuentar la propiedad familiar: la West Dean Park, en Sussex. De gran inteligencia y tempranas inquietudes artísticas, con tan solo 22 años comenzó a escribir poesía, ganando el importante premio en esta categoría que otorgaba la escuela pública Eton, la más prestigiosa entonces de toda Inglaterra. En 1926 ingresó en Oxford y a principios de los años 30 sintió una poderosa atracción hacia el movimiento surrealista, adscribiéndose a él con devoción y manteniendo estrechas relaciones con Salvador Dalí y Luis Buñuel. En 1937, en el marco de la Guerra Civil Española, James y Dalí propusieron al director de Un perro andaluz, que tenía gran influencia en el bando republicano, comprar con sus recursos un bombardero checoslovaco para emplearlo en la contienda a cambio del préstamo de una serie de obras maestras del Museo del Prado que serían exhibidas por todo el mundo con el objeto de recaudar fondos para la causa republicana. Una audaz propuesta que finalmente rechazaría Buñuel.

Fotograma de Un perro andaluz

Además, no tardarían en surgir las desavenencias entre James y Dalí, rompiéndose su relación durante la Feria Mundial de 1939 en Nueva York. En 1944, James llegó a México para visitar a su amigo Geoffrey Gilmore con una idea grabada a fuego en su cabeza: la creación de «un jardín del Edén en ese país», según le escribió previamente en una misiva enviada desde Texas. Una larga búsqueda que le llevaría cinco años: aunque en principio pensó en Los Ángeles, no tardó en elegir México por ser, según sus propias palabras, «mucho más romántico (…) y con más espacio que California». Sin duda la legislación sería también más flexible que en Estados Unidos.

Esoterismo, magia y símbolos secretos

Su primo Bridget Bate Tichenor, pintor encuadrado en el realismo mágico, afirmó que James tenía un profundo conocimiento del esoterismo, que tendría un papel relevante en su obra artística, y parece ser que fue quien le convenció de viajar al otro lado de la frontera para dar forma material allí a su particular visión del surrealismo. En Cuernavaca, Edward James conoció a Plutarco Gastélum, un telegrafista diez años más joven que él que no tardó en convertirse en su guía por el país y con quien descubrió el fascinante paraje de Xilitla, alejado de miradas molestas y del mundanal ruido.

De 1947 a 1957, diez largos y laboriosos años, el artista reconvirtió la finca en plantación de orquídeas, hasta que en 1962 una fuerte helada la destruyó. Fue un duro golpe, pero sirvió para que James se decidiera finalmente a iniciar la construcción del complejo que lo haría inmortal, y que todavía descansa, impertérrito al paso del tiempo, en medio de la exuberante vegetación que en aquella zona no ha sido arrasada por el avance de la modernidad ni por la ignominiosa crisis climática. Un paraíso en la Tierra, de los que cada vez, por desgracia, van quedando menos.

Edward James

En su particular Edén de piedra, el excéntrico artista levantó columnas que nada sostienen, escaleras que no conducen a ningún sitio, una biblioteca, claro, sin libros, puertas que se cierran o abren al aire y numerosas formas caprichosas que mezclan los trazos surrealistas con el arte precolombino y cierto toque oriental; una verdadera quimera pétrea de 36 conjuntos formados por más de 180 esculturas y detalles diversos, muy trabajados, que se confunde con las palmeras y las cataratas y que se asemejan –de hecho, esa era su intención– a las ruinas de una civilización desaparecida.

Con el paso del tiempo, las inclemencias meteorológicas y el abandono, cualquiera pensaría que se halla ante una ciudad antediluviana, un mundo de tiempos pretéritos. Formas caprichosas con nombres poéticos como «La Casa de los Peristilos» o «La recámara con techo en forma de ballena», destacando sobre todas ellas la estructura conocida como «El Cinematógrafo», un delirante edificio compuesto de torres y escaleras que se alzan al cielo y que alcanzan los 20,74 metros de altura.

En su cima, donde se encuentra la bautizada como la «Escalera al cielo», fue ideado por James como espacio para proyectar películas a los habitantes de Xilitla. Precisamente, esto sería aprovechado por el escritor mexicano Augusto Cruz para situar la acción de su vibrante novela Londres después de Medianoche, un canto al séptimo arte con forma de thriller –la búsqueda de una cinta de 1927 del director Tod Browning, autor de joyas como Drácula (1931) o La Parada de los Monstruos (1932) de la que solo se conservan varios fotogramas, en este caso un episodio real y uno de los mayores misterios de la historia del cine– que publicó en España Seix Barral en 2014.

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Genio loco o simple excéntrico, Edward James solía pasearse desnudo por sus posesiones, acompañado de una cohorte de vigías: animales domésticos que incluían 200 aves y 40 perros; asimismo, un gran número de boas campaban a sus anchas por tan bucólico lugar. Aquel anciano de pelo revuelto, barba blanca y camisas estampadas, que había sido mecenas nada menos que de Picasso, Man Ray, Magritte o Leonora Carrington, y sobre el que Salvador Dalí llegó a decir que estaba «más loco que todos los surrealistas juntos» –que eso lo dijera el artista catalán tiene narices y nos da una idea de cómo era nuestro protagonista–, moría el 2 de diciembre de 1984 en San Remo, Italia, siendo enterrado en la propiedad familiar de sus años de infancia, West Dean Park,  en la gris Inglaterra, a muchos miles de kilómetros de su refugio mágico.

Texto: Óscar Herradón ©





Jim Morrison, un final plagado de sombras

27 09 2020

Se hizo llamar «El Rey Lagarto» y revolucionó la escena musical americana de los años 60. Frontman icónico del grupo multiventas de blues-rock The Doors, personaje multifacético, contradictorio, temerario y autodestructivo, como reza el ideal del buen rockero, vio su final a temprana edad tras una vida rápida de excesos y altibajos, dejando un bonito cadáver –aunque algo pasado de kilos– y engrosando la gloriosa lista del «maldito» Club de los 27.

De él, como de otras glorias del sonido electrizante, se ha dicho de todo –a veces con mayor o menor acierto–, y su muerte, en la bañera de un piso parisiense al parecer de un paro cardíaco, ha hecho correr ríos de tinta durante casi cincuenta años, que se cumplirán el verano de 2021. Su mito está más vivo que nunca, tornándose en ocasiones en brumosa «leyenda urbana», también en fake-news e incluso en chiste irrisorio. Cosas del mundo globalizado y de las RRSS sin control.  Hay quien afirma que, como Elvis, Morrison sigue vivo, y que fingió su propia muerte para escapar del peso de una fama que no deseaba. Igual que Jesús Gil… pero con más glamour y menos chanchullos.

Eso sí, sus himnos creados a partir de la genialidad mezclada con los efluvios del alcohol, los alucinógenos y el sol abrasador del desierto californiano, siguen sonando con la misma potencia con la que fueron creados y con la que hipnotizaron a su cohorte de seguidores y groupies generación tras generación. Break on through (to the other side), Riders on the Storm, Roadhouse Blues, L.A. Woman, Light My Fire, Tell all the people y un largo etcétera hasta la épica The End.

No voy a contar una vez más la historia de The Doors; el que quiera profundizar en sus álbumes, sus directos, sus giras y mil y un detalles de sus años en lo más alto puede consultar varios libros de reciente aparición muy recomendables que recojo al final del artículo (pido perdón por la extensión, malas costumbres de la prensa escrita y el ensayo histórico que prometo ir puliendo en nuevas entradas).

En las próximas líneas me centraré en esa «conspiranoia» que rodea a la muerte del carismático vocalista y que, a pesar de que algunas rozan el delirio, una ristra de fanáticos se creen a pies juntillas en tiempos de fake-news y leyendas urbanas, pero otros también mucho antes de la revolución tecnológica. Y es posible que tengan algo de razón… como sucede con las muertes de otros grandes del rock y el pop que se suicidaron… o los suicidaron: Kurt Cobain, Brian Jones, Michael Jackson, Prince, Jimi Hendrix y un largo etcétera.

Bailar pegado con la muerte

Como señala Roberto Caselli en el libro de reciente aparición Jim Morrison. La historia del gran mito del rock a través de los momentos esenciales de su vida y de su carrera, editado por Ma Non Troppo (Redbook Ediciones –más información al final del artículo–), en un capítulo de título «París, el último sobresalto», todavía permanecen muchas preguntas en el aire acerca de los últimos días y horas del Rey Lagarto: «Si el precio a pagar a la fama era tan duro, ¿por qué Jim telefoneó a su manager –desde París– para decirle que tenía grandes ideas para un nuevo disco? ¿Por qué han ido emergiendo verdades tan diferentes sobre su muerte? ¿Se trata de mera especulación para obtener un poco de publicidad, o realmente se quiso esconder algo incómodo? ¿Cuánto hay de verdad acerca de la partida de heroína White China que habría acabado con Jim?».

Sin duda, demasiadas preguntas sin respuesta que quizá se deban solo al ansia por entender cómo un genio musical en la flor de la vida, con apenas 27 años, cifra maldita per se en el circo del rock n’roll, pudo morir de forma tan mundana como en una bañera de un ataque al corazón. Parecía algo banal para una deidad del underground.

Durante casi toda su vida Morrison evocó el sentido trágico de la vida y sus excesos parecían un llamamiento a terminar la suya bruscamente. Sin embargo, a diferencia de otros atormentados músicos, como Kurt Cobain, no mostraba una personalidad suicida –al menos, no habitualmente–, y aunque regaló frases memorables como «Creo que la muerte es amiga del hombre, porque pone fin a ese gran dolor que es la vida», en otras declaraciones evidenciaba un interés más bien metafísico por el momento de la expiración: «No quiero morir durmiendo, o bien de viejo o de sobredosis. Quiero saber qué se siente. Quiero probar la muerte, escucharla, olerla». Por supuesto, los medios más sensacionalistas –y por ende simplistas– vieron en aquello y en sus reiterados exhibicionismos, en parte fruto de los efluvios del alcohol, del que abusaba de manera temeraria, un llamamiento al suicidio y al final predestinado de otro héroe trágico del rock. Aunque hay muchas diferencias con otros personajes que optaron por el suicidio y cuyas muertes siguen rodeadas también de claroscuros. El propio Cobain, que moriría décadas más tarde para engrosar como Jim el llamado «Club Maldito de los 27», ya narraba en sus diarios, hechos públicos más de una década después de su muerte, que cuando era adolescente se ató en una vía férrea de Aberdeen para ser arrollado por un tren… pero el convoy pasó por la vía paralela.

No obstante, a Morrison sí le atormentaba el lado inexplicable de la existencia y no estaba feliz con la fama –algo que sí le encandiló en los primeros años–, lo mismo que le sucedía al líder de Nirvana. Caselli señala en el libro editado por Redbook que «Jim estaba cansado de su condición de estrella de rock, el éxito que le había dado dinero, mujeres y visibilidad, pero la carcoma del inexplicable misterio de la existencia seguía royéndole el cerebro e impidiéndole cualquier acercamiento a la serenidad».

Medianoche en París, la ciudad de los excesos

Fuera cual fuese la razón, su anhelo de seguir los pasos de sus idolatrados poetas simbolistas como Rimbaud o Baudelaire, el hecho de escapar de la popularidad o incluso evitar como temía ser trasladado a prisión –tenía varias causas abiertas y el 1 de marzo de 1969 fue llevado a juicio tras una actuación en la que simuló una masturbación en el Dinner Key Auditorium de Miami–, el caso es que Morrison decidió alejarse de la agitación y la celebridad en París. Y lo hizo cuando aún se estaban realizando los arreglos en posproducción del que sería fatídicamente el último disco de estudio de The Doors, L. A. Woman, algo de lo que se encargaban los otros tres miembros del grupo, principalmente el brillante y multifacético Ray Manzarek.

Otra de las razones de elegir la ciudad de la luz era que su novia, Pamela Courson, que residía allí, le pedía insistentemente que se reuniera con ella. En París, ésta mantenía una estrecha relación –probablemente sentimental y sexual– con un hermético personaje: el conde Jean de Breteuil, que estaría en todos los escenarios de los últimos días de Morrison en este «jodido mundo» al que cantaba con potente voz de barítono el atormentado poeta del caos.

Breteuil era célebre por pasar heroína a todas las bandas inglesas y estadounidenses que hacían escala en París durante sus giras y por aquel entonces era novio nada menos que de la actriz y cantante Marianne Faithfull, quien fuera pareja de Mick Jagger –a quien también proveía de estupefacientes el conde– y cuyos excesos con las drogas son legendarios. Precisamente este año los medios informaban que Faithfull había cogido el Covid-19, pero en abril informaron también de que a sus 73 años y con varias patologías previas lo había superado. Una mujer de armas tomar.

Aunque salía con Faithfull, como muchos de sus colegas el conde promulgaba el amor libre y solía verse con otras mujeres sin problema. Pamela sentía al parecer fascinación por el aristócrata, al que se refería como «un francés auténtico», pero lo más probable es que frecuentara su compañía por su adición a la heroína. Su presencia le garantizaba una dosis cuando la necesitaba, que era casi a diario.

En París, Morrison se reunió con Pamela en una suite del exclusivo Hotel George V y también se vio con un viejo amigo y compañero de universidad, Alain Ronay, de origen francés y nacionalizado estadounidense. Jim ya había descubierto un año antes la paz de pasear por la ciudad de la luz, una urbe en la que estaban ausentes los numerosos prejuicios estadounidenses y en la que podía pasar completamente desapercibido, algo imposible en el país de las barras y estrellas dada su enorme fama. Paseaba oculto a los curiosos tras una vetusta barba y una descuidada melena, así como bastantes kilos de más. Parecía más un aficionado a las Chopper que la deseada estrella del rock de los tiempos de la célebre «sesión del león» –The Young lion– , las fotos convertidas en icono del siglo XX tomadas por el fotógrafo Joel Brodsky en Nueva York en 1967. En realidad, apenas cuatro años antes.

En aquel primer viaje, Jim visitó la ciudad junto a su amiga la directora Agnès Varda, fallecida el pasado año y que regaló a los cinéfilos títulos emblemáticos de la Nouvelle vague como Las Criaturas (rodada en 1968), así como documentales sobre movimientos sociales como Black Panthers –también de 1968– o Loin du Vietnam (1967), en plena sangría de la guerra de EE UU contra los vietcongs, situación denunciada también por The Doors en el videoclip de la  canción The Unknown Soldier (El Soldado Desconocido), también del 68, el año que abatieron a Martin Luther King y a Robert Kennedy –otro oscuros episodios históricos de los que me ocuparé en próximas entradas– y en el que los jóvenes soldados estadounidenses caían como moscas en un país situado a miles de kilómetros del suyo.

En la siguiente visita, la que nos ocupa, Jim llegó a París el 11 de marzo de 1971, y tras la breve estancia en el exclusivo hotel George V, se trasladó con Pam a un apartamento más íntimo, el 17 de la Rue Beautreillis, propiedad de su amiga la modelo Elizabeth Larivière. Mientras tanto, al otro lado del charco, Ray Manzarek, Bobby Krieger y John Densmore se encargaban de las mezclas de L. A. Woman. Ray estaba preocupado por su amigo, que les había dado unos cuantos años de sobresaltos, el mismo con el que puso nombre a una de las bandas más emblemáticas de los sesenta en la playa hippie de Venice, en Los Ángeles, en 1965, tomándolo prestado de un ensayo de corte metafísico del visionario escritor británico Aldous Huxley: Las puertas de la percepción.

Por aquel entonces, los medios hablaban continuamente del abandono del grupo por parte del frontman –que él mismo se encargó de anunciar en un momento de auténtica desconfianza, algo que han hecho tantas bandas a lo largo de su etapa de gloria–. Aunque la mayoría estaba convencido de que Jim regresaría, pues los Doors eran lo más grande de su vida, el cineasta y escenógrafo Frank Lisciandro –que en 1969 firmó junto al cantante la rareza fílmica Hwy: An American Pastoral–, sostenía que Jim estaba realmente convencido de dejar la banda y de abandonar Norteamérica para siempre. Acertó. Según él, no había nada que lo retuviera en LA, pues habían cerrado su casa de producción cinematográfica.

Jim llegó a París en condiciones muy precarias, débil e hinchado debido al exceso de alcohol. Además, fumaba compulsivamente, aunque allí parece que se calmó un poco. Pam y él realizaron un viaje que les llevó por la España del tardofranquismo hasta Casablanca y Marrakech. Según sus biógrafos, cuando regresaron a la capital francesa Morrison llegó con mejor aspecto, más casual y menos desaliñado, con mejor salud.

En la ciudad de la luz visitó lo que quedaba del Hashischins Club, el lugar de reunión favorito de Baudelaire y sus colegas, un grupo de artistas dedicado a la exploración de experiencias inducidas con hachís y otras drogas –Morrison era un experto en el tema, y llegó a consumir peyote en el desierto–, al que pertenecieron, entre otros, Victor Hugo, Alejandro Dumas y Honoré de Balzac. Recogía apuntes en su cuaderno, hacía largas visitas al Louvre y por supuesto al cementerio de Perè Lachaise que sería, sin saberlo, su lugar de descanso eterno.

Sin embargo, Jim no dejó de beber ni de fumar desmesuradamente, hasta el punto de empezar a escupir sangre. Extravagancia tras extravagancia –llegó a caerse de la ventana sobre el capó de un coche mientras realizaba «equilibrios»– y alguna que otra escapada, como diez días a Córcega llenos de contrariedades debido a su estado de constante ebriedad, se acercaba a un final anunciado. En junio su salud se resintió gravemente: volvía a presentar sangre en el exudado y visitó de nuevo a un médico que le prohibió terminantemente el alcohol y el tabaco, algo que por supuesto no cumplió.

Ficha policial de Jim Morrison.

Durante un tiempo parecía haberse tranquilizado, salvo por un par de borracheras épicas en las noches parisinas, y entonces tuvo lugar uno de los episodios más controvertidos en relación a su extraño final: un repentino interés por The Doors. Mientras tanto, se había lanzado L. A. Woman, que recibió buenas críticas y en una llamada transcontinental a John Densmore, el cantante se mostró entusiasmado y presto a ponerse a trabajar en nuevo material. No parece que fuera un simple capricho, porque Caselli apunta que después llamó también a su mánager, Bill Siddons, y dijo que tenía en mente un nuevo álbum y que se pondría a escribir canciones lo más pronto posible.

Mientras, Pamela no dejaba de chutarse heroína y Jim se dejó ver en París con su amiga Rory, hija del actor Errol Flynn. Aunque el cantante parecía más centrado y entusiasmado por el éxito inesperado de L. A. Woman, en julio de aquel 1971 hizo en París un calor sofocante en un tiempo en el que no había apenas aires acondicionados. Pasear por las calles era imposible y el encierro en casa o en algún bar no ayudó a su Jim en su mejora y en su huida de las bebidas espirituosas. Las veces que se los vio en público Morrison y Courson solían tener fuertes discusiones.

Veinte años después de la muerte del «Rey Lagarto», Alain rompió su silencio en relación a la tarde del 2 de julio, un día antes de su fatídica muerte: «Jim tosía continuamente, no tenía ganas de hablar y llevaba la faz de la muerte retratada en el rostro». Alain se quedó con Jim hasta las 18.30 horas de la tarde y luego lo convenció para que lo acompañara a un encuentro con Agnès Varda. Jim –cuenta– se sentó en un bar cercano a la boca de metro y lo despidió con la mano. Fue la última vez que lo vio.

Tres versiones y media de un final trágico

A partir del momento en que Alain bajó las escaleras del metro, las versiones sobre las horas finales de Jim Morrison se contradicen. Siguiendo el trabajo de Caselli, hay hasta tres diferente sobre sus últimos movimientos, al menos que tengan coherencia, pues los rumores llegaron al punto de hablar de muertes fingidas, hechos sobrenaturales e incluso que el cantante era ¡agente de la CIA! Delirios para todos los gustos y colores.

Primera versión: Pamela sostuvo que había cenado con Jim y luego pasaron el resto de la velada en el cine, viendo un documental titulado Death Valley. Por su parte, Alain dio por hecho que Jim fue solo al cine a ver una película de Robert Mitchum. Y por otro lado, la versión más reciente y que cobró fuerza ya iniciado el nuevo milenio fue la de Sam Bernett, propietario de la sala Rock’n’Roll Circus, donde Morrison había protagonizado algunas borracheras notables. Bernett sostuvo que el cantante de The Doors pasó por el local a última hora, quizá a su salida del cine, esperó a unos camellos y luego se inyectó una dosis letal de heroína casi pura.

Al parecer, por aquel entonces circulaba por las calles París, reconvertida en ciudad de sombras, una partida de heroína de gran pureza bautizada por los yonquis como «White China»: para hacernos una idea, era pura al menos al 30% cuando lo que se solía vender estaba entre el 5 y el 10% de pureza. Una auténtica bomba de relojería para cualquiera, máxime para un organismo debilitado y enfermo como el de Jim. Sin embargo, a día de hoy no hay certeza alguna de que aquello sucediera así; el hecho de que no se le hiciera autopsia al cuerpo hace, no obstante, que dicha hipótesis, aunque remota, siga en el aire.

L. A. Woman, el último disco de estudio de The Doors con Jim Morrison.

Volvamos al testimonio de Bernett: afirmó que había visto personalmente a Jim en el suelo del baño del Circus, inerte, con espumarajos en la boca y cómo los mismos camellos que le habían facilitado la droga lo recogieron. Si hemos de dar crédito a estar versión, aquellos tipos lo trasladaron al piso de la Rue Beautreillis, seguramente con la aquiescencia de Pam, cuya adicción a la heroína era un secreto a voces en París. Cuesta creer, no obstante, que convencieran a una persona tan inestable, que además adoraba a Jim a pesar de su tortuosa y tóxica relación, para que diera dicha versión a las autoridades y la mantuviera en el tiempo, y además que no apareciera ningún testigo de ese traslado del cuerpo en una ciudad que nunca duerme… y eso a pesar de que las versiones dadas por Pam se contradicen en algunos puntos.

La versión que sería aceptada como oficial por las autoridades francesas fue, claro está, la de Pamela, que en un primer momento explicó a la policía que cuando ella y Jim volvieron de visionar Death Valley, antes de irse a dormir, pasaron un rato viendo películas de sus vacaciones y hacia las dos de la madrugada se durmieron, «escuchando los discos de The Doors», puntualizó, un detalle curioso para alguien que supuestamente no quería volver a liderar aquel grupo. Bennett escribió dos libros sobre el asunto: en 2007 publicó The End: Jim Morrison, donde contaba su «verdad» sobre la muerte del artista, y en 2011 publicó una biografía ampliada del mismo. A pesar de la rotundidad en sus afirmaciones y el hecho de que su relato se hace más fuerte ante la débil versión oficial dada por una adicta Courson, cuesta entender la razón por la que el antiguo dueño del Circus esperó casi 40 años para publicar esta versión alternativa de los hechos.

En su libro Bernett lo cuenta con un tono épico, muy habitual en relación a las rock-star, que planea sobre todo el relato: «En la noche del 2 al 3 de julio de 1971, los baños del Rock’n’Roll Circus estaban cerrados por dentro, el disc jockey programaba una canción de Janis Joplin –otra estrella amiga de Jim, de los psicotrópicos y también miembro del Club de los 27 ¿Casualidad?– y Jim Morrison se había ido de la barra del bar… murió en París, pero os puedo asegurar que no se fue a la bañera de su casa».

Pero su verdad, tan llamativa, es solo una más de las muchas que circulan sobre el último día de vida del «Rey Lagarto». Como apunta Caselli, ni mucho menos tan dado al chismorreo como Bernett, «lo que sucedió oficialmente aquella noche sigue siendo un misterio que Jim se llevó consigo a la tumba». 

Cubierta del libro de Sam Bernett sobre Morrison.

Siguiendo el relato dado por Pam a la policía, aproximadamente una hora más tarde de dormirse, se despertó sobresaltada por la respiración jadeante de Jim, casi un estertor. Entonces sintió que se levantaba para ir al baño y escuchó violentas sacudidas de ataques de vómito, al parecer mezclado con sangre; aunque Courson quería llamar a un médico, Jim se lo impidió –afirmó–, señalando que ya se encontraba mejor. La animó a volver a la cama y le dijo que iba a relajarse tomando un baño caliente. Pam volvió a quedarse dormida y cuando se despertó y vio que el músico no estaba en la cama fue al baño y se lo encontró muerto.

Hasta aquí, aunque grotesco, todo normal. Pero contribuyó a echar más leña al fuego Danny Sugerman, un miembro del círculo de The Doors desde el comienzo y quien mantuvo una relación sentimental con Courson tras la muerte de Jim, así como Diane Gardiner, quien compartió casa con ella después de que esta volviera a Estados Unidos. En declaraciones posteriores, afirmaron que Pam había contado una versión más detallada y sin medias tintas de lo que sucedió aquel fatídico 3 de julio de 1971.

Al parecer, aquella noche Jim estaba muy nervioso, con fuertes dolores en el pecho y en el estómago que le asustaban y que no lograba aliviar ni siquiera con el alcohol. Pam, mientras tanto, se hacía rayas de heroína y Jim, que nunca soportó su adicción a la «piedra marrón», se enfadó visiblemente y le dijo que lo tirara todo. Ésta, para calmarle, le dijo que en realidad se trataba de cocaína y así, se pusieron los dos a esnifarla. Aquella fue su sentencia de muerte: completamente colocada, Pam se durmió hacia las tres mientras Jim, a su lado, se hallaba jadeante, le costaba respirar entre lo que parecían estertores mortales –en eso, la versión no varía–. Ante aquel «ruido espantoso» la joven se despertó e intentó que Morrison, que parecía haber perdido la consciencia, se despabilara. Le dio varios meneos y bofetones y en un momento en que recuperó la lucidez se fue al baño. Pam, aturdida aún por los efectos de la droga, volvió a caer en un sueño agitado. Despertó de nuevo y a escuchó ruido de violentos vómitos; como pudo acudió al baño y encontró a su novio tendido en la bañera, entre agua y grumos de sangre. Pero Jim empezó a respirar, recuperó de nuevo el color de la cara y conminó a Pam a regresar a la cama. Una vez más ésta obedeció, se durmió y al despertarse regresó al baño y se encontró con la puerta cerrada por dentro. Jim no respondía.

Aterrorizada, Pam telefoneó al inquietante Jean de Breteuil que llegó un poco después al apartamento. El conde derribó la cerradura y se encontraron el cuerpo de Morrison sin vida en la bañera, «con dos grandes equimosis en el tórax y un río de sangre que manaba de su nariz». Pam declararía más tarde que «Tenía una expresión serena. Si no hubiera habido tanta sangre…».

Courson, aterrorizada, no llamó inmediatamente a las autoridades sino al fiel Alain Ronay, le contó entre sollozos que Jim estaba muerto en la bañera y que llamase a una ambulancia. Ronay llamó a urgencias y se presentó poco después en el apartamento junto a Agnes Vardà. Cuando llegaron estaba la policía y un médico, pero no tuvo valor de entrar en el baño a ver el cadáver de su viejo colega. Sin embargo, sabedor de la repercusión que tendría una noticia de esas características, debido al calado del personaje, se llevó aparte a Pam y le sugirió que no revelara a la policía la verdadera identidad de Jim. Así, dijeron que se trataba de Douglas James Morrison, un poeta estadounidense.

Tumba de Jim Morrison en Perè Lachaise.

Uno de los episodios más extraños de aquellas horas fue la presencia de otro médico forense que llegó antes ­–quizá llamado por el conde o un amigo de Courson, no se sabe– que realizó un análisis del cuerpo y elaboró de forma poco minuciosa un parte médico basándose en las informaciones dadas por Pamela: los dolores pectorales, la tos, los vómitos sanguinolentos y su extremada dependencia del alcohol y el tabaco. La causa de la muerte: parada cardíaca.

Otro misterio es que no se realizó autopsia al cuerpo, aunque las autoridades dispusieron que el cadáver de Jim debía permanecer en el apartamento mientras se procedía a realizar diversos procedimientos legales. Pam lo veló durante tres días, pero el intenso calor de aquel mes de julio había acelerado el proceso de descomposición a pesar de que puntualmente acudía un empleado de una funeraria para evitar su degradación. Al fin, se trasladó el cadáver y se autorizó el funeral y el entierro.

La mañana del 5 de julio Pam telefoneó al mánager de Jim, Bill Siddons, en un principio para pedirle dinero, pero después se echó a llorar y finalmente le comunicó la trágica noticia. Éste inmediatamente se lo comunicó a Manzarek, que no daba crédito de lo sucedido, y Siddons cogió un vuelo hacia París. Ninguno de los otros tres miembros de The Doors decidió viajar al viejo continente para velar a su líder. Habían sido muchos años de problemas. Durante días el rumor permaneció en el aire, pero no se hizo oficial la noticia. La compañía discográfica Elektra Records bombardeó a llamadas a Siddons porque había escuchado que Morrison estaba muerto: al parecer, la misma noche de la desgracia un disc jockey de la sala Rock’n’Roll Circus había anunciado la muerte y la noticia comenzaba a filtrarse en los medios de comunicación. Hoy, con las RRSS y los smartphones, la noticia habría corrido como la espuma en apenas unos minutos. También al otro lado del charco.

Cuando Siddons llegó al apartamento de la Rue Beautreillis, el ataúd ya estaba cerrado, así que no pudo ver el cuerpo, lo que alimentó la teoría de la conspiración. Tan solo el día 9 de julio, el del funeral, el mánager publicó un comunicado de prensa en el que confirmaba oficialmente la muerte de Jim Morrison, el líder de la banda The Doors. Por su parte, el enigmático conde de Breteueil había tenido la acertada idea de marcharse con Marianne Faithfull a Marruecos, para evitar cualquier tipo de conexión personal con el suceso. Moría en Tánger, en la mansión de su familia, apenas un año después, en junio de 1972, y también de sobredosis. En 2014, Faithfull confesó a la revista Mojo que el conde había facilitado la heroína mortal al cantante, con estas contundentes palabras: «mi ex mató a Jim Morrison», puntualizando, eso sí, que «fue un accidente» y abriendo una vez más la caja de los truenos.

Jim y Billy Siddons en una imagen de archivo.

Entonces, como ha sucedido con todas las grandes estrellas muertas prematuramente, se desató una sórdida batalla legal por los derechos del Rey Lagarto, entre Pam, los restantes miembros de los Doors y el abogado Max Fink. Finalmente Courson accedió a las peticiones de los demás tras declararse heredera natural del patrimonio de Jim. Pudo liquidar todas las demandas y siguió teniendo dinero suficiente para vivir una existencia cómoda. Pero no pudo disfrutarlo: murió por sobredosis de heroína el 25 de abril de 1974. Otra muerte anunciada.

¡Morrison sigue vivo!                              

Fue un rumor que cobró bastante fuerza entre conspiracionistas y mitómanos. El mismo Jim había alimentado aquella hipótesis –como hiceron los Beatles con el rumor de «Paul is Dead»–, diciendo a sus amigos, cuando aún estaba con vida, que le gustaría retirarse a algún rincón de África fingiendo una muerte falsa. Luego, se integraría en una comunidad indígena y mantendría contacto con el «mundo civilizado», con su antigua vida, únicamente a través de mensajes firmados con el pseudónimo de Mr. Mojo Risin’ que se citaba en el tema L.A. Woman. Una leyenda, la de «Sigue vivo», que siempre ha rodeado a grandes estrellas del rock.

En 1980 el clásico de Hopkins y Sugerman, viejos amigos de Jim, De aquí nadie sale vivo, contribuyó a extender el mito, pero sería en 1986 el escritor francés Jacques Rochard quien llevaría el tema al paroxismo en su libro de elocuente título: ¡Vivo! Rochard afirmaba que había llegado a coincidir con el líder de los Doors, quien le explicó las razones de la performance de su «muerte». Y la cosa no terminó ahí: según el escritor, unos años después el músico le hizo llegar un pliego de poesías apócrifas compuestas tras su falsa desaparición. No se entiende por qué fue él el privilegiado. El fenómeno The Doors no dejaba de engordar, para satisfacción de la discográfica Elektra Records, que había lanzado sus discos de estudio y tenía parte de los derechos.

Fuera cual fuera la forma en que lo hizo, de lo que quedan pocas dudas es de que Jim Morrison murió la noche de 3 de julio de 1971. Sus restos –al menos eso creemos– se encuentran en el melancólico cementerio parisino de Père Lachaise, en la Rue du Repos 16, en la sexta zona, parcela número 2, tumba número 5, según rezan los folletos turísticos, donde poco antes Alain Ronay compró una pequeña parcela de terreno para su amigo.

He de reconocer que en 2016, durante una visita a la ciudad de la luz, me acerqué a la zona este para visitar el camposanto, donde descansan otras grandes figuras como el pionero del espiritismo Allan Kardec o el mismísimo Victor Hugo. Por mi mala cabeza, no miré los horarios previamente. Llegué a las 18 horas y no pude satisfacer la curiosidad de acercarme a la tumba de aquel genio de la música, el lugar plagado de grafitis donde tampoco luce ya el icónico busto de piedra del cantante, que fue robado hace años. El cementerio cerraba a esa hora. «Otra vez será, me dije». Al menos, compré una bonita postal de Jim en un kiosco de la boca de metro también llamada Père Lachaise, que ahora decora parte del espacio «horror vacui» de mi escritorio. Como dijo Morrison, «This is the end, my only friend, the end».

PARA NO PERDERSE DEL TODO Y SABER UN POQUITO MÁS:

Jim Morrison. La historia del gran mito del rock a través de los momentos esenciales de su vida y de su carrera. Es la edición castellana más reciente, y una de las mejores, obra del periodista y crítico musical italiano Roberto Caselli, por obra y gracia de Ma Non Troppo (Redbook Ediciones). Una chulísima edición profusamente ilustrada con fotografías en color y blanco y negro y repleta de información, anécdotas y hechos casi desconocidos sobre el frontman de los Doors y su trágico final.

Aquí os dejo el link: https://www.redbookedicioneslibros.com/nuevos-productos/270xjek3wta9p067cql3jb2zs9yf05-6f4s4-z47w3-jxx6d-lnyk5-y6zjg-g7rhm

De aquí nadie sale vivo. La vida de Jim Morrison. De mano de una de las mejores editoriales independientes de la actualidad, Capitán Swing, podemos disfrutar de esta joya publicada originalmente en inglés en 1980, por parte de dos viejos colegas de Jim: Jerry Hopkins y Danny Sugerman, y que causó un gran revuelo, con un tono épico que contribuyó a extender la aureola mítica del personaje, dando cierta pompa al sensacionalismo de la «rock-star» e incrementando la leyenda frente a la siempre más anodina realidad. No obstante, fue una obra fundacional con respecto a la banda y la edición publicada en castellano es una joya bibliográfica que ningún mitómano puede dejar de tener en su biblioteca musical.

Podéis adquirirlo aquí: https://capitanswing.com/libros/de-aqui-nadie-sale-vivo/

–Este 2020 la editorial Kraken publicaba un magnífico cómic también sobre el Rey Lagarto. Con un trazo sobrio, en blanco y negro, que encaja a la perfección con la sensación sórdida y siempre al límite de Morrison, nos traslada hasta sus últimos días en París, sus visitas a los bares interpretando –de manera anónima– algunas canciones de The Doors junto a otras bandas y, en forma de flashbacks, nos cuenta con unos dibujos casi hipnóticos y de gran realismo los hechos fundamentales de su biografía y carrera: el accidente en carretera donde vio a varios indios muertos cuyos espíritus se introdujeron en su cuerpo –episodio sobrenatural que sostendría toda su vida–, su soledad aun en medio del barullo, sus primeros encuentros con Manzarek; después el éxito, los excesos, el amor-odio con Pam, las groupies… y la decadencia que no estuvo prohibida en su mente.

El cómic en la web de Kraken: https://www.edicioneskraken.com/titulos_detalle/190-jim_morrison_el_poeta_del_caos

También se puede visualizar la algo tendenciosa pero aún así espectacular película de Oliver Stone estrenada en 1994 y en la que un Val Kilmer en plena forma parece casi el doble de Morrison –salvando ciertas facciones, claro–. Una cinta hoy considerada de culto en la que además de Kilmer, destaca un Kyle MacLachlan entonces en pleno éxito televisivo de Twin Peaks –la serie de las series– que interpreta a Manzarek, con un rubio de bote que canta demasiado –aquí sí que no hay parecido fisionómico alguno–; y la actriz entonces en pleno estrellato Meg Ryan, que ya había fingido aquel inolvidable orgasmo público junto a Billy Cristal en Cuando Harry encontró a Sally (1989),  da vida a una desquiciada, adicta y adorable Pamela Courson.

Texto: Óscar Herradón ©





La Peste Negra: confinamiento en tiempos medievales

23 09 2020

Las pandemias se han sucedido desde la antigüedad, causando grandes estragos y advirtiéndonos, aunque mirásemos para otro lado, que situaciones así podrían volver a repetirse.

En estos tiempos de pandemia, confinamientos y una crisis sin igual de nuestro mundo «tecnológico y acomodado» que, según los informes más pesimistas, nos hará retroceder al menos en 40 años, son muchas las voces –unas autorizadas y otras no tanto– que retoman grandes plagas epidémicas de tiempos pasados, por diversas razones. La más mentada, por su cercanía en el tiempo y por su nominación vinculada a nuestro país aunque de forma errónea y malintencionada, fruto de los haters de otro tiempo, es la Gripe Española, pero una de las que más suena, por su letalidad y por la forma en que el hombre hubo de confinarse para doblegarla, fue la peste negra, que tuvo distintos brotes, varias cepas y diversos periodos de propagación –en el Medievo, en los siglos XV y XVI…–.

En el siguiente texto me centraré en la más conocida y que en parte se combatió –en años donde palabras como EPI, PCR o vacuna se habrían tildado de brujería y «cosa del diablo»– con el recurso a la magia, la superstición y la devoción exaltada. Aunque todavía hoy algunos mandatarios piensan que rezándole a una estampita o besando los pies a una virgen el Covid claudicará… Ninguna ayuda es baladí, pero qué poco hemos cambiado los hombres por mucho que estemos sumidos en la era digital.

Y en medio de esta fiebre por saber más de pandemias y enfermedades, que siempre llamaron la atención del lector, pero que ahora son cosa de fuerza mayor, no son pocas las editoriales que han reeditado obras de este tipo o han publicado otras nuevas centradas o bien en el Coronavirus, su impacto y su incierto origen –que ha dado pie a teorías de todo tipo en el universo incontrolable de la Red, negacionistas incluidos–, o bien en enfermedades de diversas índole, las cuales obligaron en un momento dado a la humanidad –o (des)humanidad, que parece nos define mejor– a cambiar sus hábitos de forma radical, provocando una crisis sanitaria y económica de aquí te espero.

Orígenes inciertos, una vez más

A finales del siglo XIV tuvo lugar en toda Europa una brutal epidemia de peste que acabó, en muchas zonas, con más del 50% de la población. Las gentes de entonces creyeron, azuzadas por predicadores y agoreros, que había llegado el Apocalipsis y que la Providencia castigaba así a los hombres por todos sus pecados. El infierno se hacía realidad sobre la Tierra sembrando de cadáveres y apestados las sucias y abarrotadas calles de las grandes ciudades y de los pequeños pueblos de un extremo a otro del viejo continente…

El hombre medieval estaba sin duda acostumbrado a los contratiempos del destino. Los periodos de hambrunas, carestías de todo tipo y guerras eran algo con lo que tenía que lidiar desde que nacía. Sin embargo, nadie podía imaginarse que la muerte, aquella figura tenebrosa que comenzó desde entonces a ser representada embozada, siempre acechante entre las sombras, se llevaría por delante a millones de almas como consecuencia del mayor desastre epidémico de la historia.

Todo comenzó en el año 1348. La Muerte Negra, como empezó a conocerse en numerosos lugares, acabó con casi la tercera parte de la población europea. Los cuatro jinetes del Apocalipsis se abatían contra los hombres como nunca antes lo habían hecho. Para las supersticiosas mentalidades de la época era el comienzo del fin del mundo, y la sensación de pánico generalizado solo era comparable, salvando las distancias, a la que se vivió en el umbral del año 1000.

Occidente no se enfrentaba a una epidemia completamente nueva, pues ya en el siglo VI un brote de la enfermedad, conocido como “Peste de Justiniano”, asoló gran parte del Imperio Bizantino. Y aunque causó numerosos estragos, no fue comparable, en cuanto a virulencia y desastre, con la pandemia vivida entre 1348 y 1351. Pero como ahora, de poco sirvieron las experiencias previas. Hoy algo mucho menos comprensible, claro.

Existen discrepancias entre los historiadores sobre cuál fue realmente el punto de origen de la peste medieval, aunque la mayoría coincide en aceptar que pudo partir de la región de Yunnan, en el sudeste de China, transmitida a través de las caravanas asiáticas que recorrían el Imperio mongol en parte de la Ruta de la Seda. En 1387, millones de personas estaban muriendo en China, la India y en gran parte de las tierras del Islam. A Europa llegaban rumores sobre una terrible enfermedad acompañados de descripciones apocalípticas sobre el origen de la epidemia, como lluvias de ranas y serpientes, tormentas con fuertes granizadas y rayos y finalmente un humo hediondo y truenos espantosos.

Ese mismo año, el mal debió de entrar en contacto con los europeos en el puerto de Caffa –hoy Feodosia o Teodosia–, entonces colonia de Génova en el Mar Negro, hacia donde acudían las numerosas caravanas citadas. Poco después, la ciudad fue asediada por el khan tártaro Djani Bek, quien se vio obligado a levantar el sitio cuando una misteriosa plaga –la temible peste negra– comenzó a matar sin miramientos a sus tropas. Al general se le ocurrió entonces la brillante y terrible idea de lanzar al interior de la ciudad mediante catapultas los cadáveres pestilentes de centenares de sus soldados, treta mediante la cual pretendía “envenenar a los cristianos” y, como si de una pionera guerra bacteriológica se tratara, logró que la muerte negra penetrara en Caffa.

Después, doce galeras ocupadas por genoveses que habían contraído la enfermedad arribaron al puerto de Mesina (Italia) en octubre de 1387 y propagaron la peste de forma increíblemente rápida, mientras otros barcos, también infectados, llegaban desde Oriente a Génova y Venecia. Cuando las autoridades genovesas reaccionaron ya era demasiado tarde. Nada ni nadie podía detener ya a la peste.

Una enfermedad tenebrosa

Los primeros síntomas de la enfermedad consistían en fiebre elevada y escalofríos, que en ocasiones se confundían con los de otras enfermedades. Poco después hacían acto de presencia angustia y ansiedad, unidas a un aumento de la fiebre, mareos y vómitos. El paciente, que vivía en una estado de postración constante, perdía en ocasiones el conocimiento, todo ello en medio de fuertes sudores que desprendían un profundo y particular olor, según los cronistas “similar al de la paja podrida”. A ello se unían terribles dolores de cabeza, desnutrición, sensación de asfixia, grandes temblores y una lengua pastosa y blanquecina.

Pero, aunque desagradable, aquello no era lo peor: pronto aparecían hinchazones en las ingles, bajo las axilas o detrás de las orejas –allí donde se encontraban los ganglios linfáticos–, signos inequívocos de que la letal enfermedad estaba actuando.

En ocasiones alcanzaban el tamaño de una manzana o un huevo, por lo que el vulgo comenzó a llamarlos “bubones”, palabra derivada del griego boubon –bulto, tumor–, que dio origen a la denominación de “peste bubónica”, también conocida como “peste negra”, pues los bultos, manchas y úlceras adquirían un color negruzco. No era extraño que los bubones supurasen, generando un horrible hedor y, si llegaban a romperse, producían en el paciente un dolor prácticamente indescriptible.

Cuando la infección derivaba en infección pulmonar –la conocida como variante neumónica–, el paciente tenía pocas posibilidades de salir con vida, además de convertirse en peligroso foco de contagio, al poder transmitir la enfermedad por el aire, a través de la tos, de forma similar a la gripe. Cuando esto sucedía el enfermo presentaba bronquitis aguda, dolor en el tórax e incluso broncopulmonía de tipo hemorrágico que provocaba que expulsara esputos sanguinolentos.

Otra de las consecuencias de la peste bubónica era el delirio –delirium–, un estado alucinógeno generado por la fiebre que provocaba en muchos casos que algunos enfermos sufrieran accidentes e incluso se suicidaran. La arcaica medicina de los galenos de la época atribuía el contagio al aire viciado y a la falta de salubridad en las ciudades –lo cual no era del todo desacertado–, pero no sería hasta 1894 cuando se descubriera finalmente el mecanismo de contagio de la peste: la pulga de la rata negra –rata de cloaca– o xenopsylla cheopis. La enfermedad pasó a denominarse entonces Yersinia Pestis, en honor a su descubridor, el suizo Alexandre Yersis, discípulo de Louis Pasteur, quien realizó sus investigaciones durante un brote epidémico que azotó Hong-Kong a finales del siglo XIX.

Sin embargo, en la Baja Edad Media se creía que el mal se debía, cuando no a la ira de Dios, a una descompensación de los humores del cuerpo. En una crónica de la ciudad de Mallorca se puede leer que: “Las enfermedades que ahora hay vienen y proceden de la superabundancia de sangre, como los dichos médicos dicen y de eso tienen experiencia”.

La extracción de esta sangre corrupta era uno de los remedios más utilizados por los galenos y las sangrías se convirtieron en algo común para aliviar los síntomas de los apestados, bien rajando con bisturí o aplicando sanguijuelas sobre la zona afectada, remedio bastante desagradable, pues éstas pueden aumentar hasta ocho veces su propio peso durante la succión. A la larga las sangrías eran una pésima solución, pues dejaban al enfermo más debilitado y por tanto con más riesgo de morir.

Un infierno se abate sobre la Tierra

Los roedores campaban a sus anchas por unas ciudades llenas de suciedad, donde la higiene personal dejaba mucho que desear y en una época en la que se llegó a aconsejar, por ejemplo, lo que recogía la siguiente receta: “Bañarse es cosa muy dañosa, pues el baño hace abrir las porosidades del cuerpo por las cuales el aire corrompido entra y produce fuerte impresión en nuestro cuerpo o en nuestros humores”.

En un escenario de tales características la enfermedad tuvo el campo libre para actuar impunemente. Nadie creía que las ratas eran en parte las culpables de su transmisión y el hombre estaba acostumbrado a convivir con estos roedores, presentes casi en cada rincón. En los barrios pobres y degradados se hacinaban las gentes humildes siendo un potencial foco de infección. Por si esto fuera poco, Europa estaba sumida en uno de los peores conflictos de la historia: la Guerra de los Cien Años (1339-1453) entre Francia e Inglaterra. Las bajas eran a veces muy numerosas y los campos quedaban regados de cadáveres mutilados y mal enterrados que, una vez corruptos, contribuían a expandir la pandemia.

La muerte negra sumió a reinos y ciudades enteras en la más absoluta ruina y decadencia, y sus efectos fueron atroces, como narró la pluma del genial escritor italiano Giovanni Boccaccio. Los cementerios eran insuficientes para enterrar a los miles de cadáveres que se hacinaban y la burocracia se paralizó casi por completo en las grandes urbes, algo que evoca la actual crisis económica que está paralizando nuestro mundo. Para muchos historiadores, la epidemia fue el comienzo del fin del feudalismo. La propagación de la peste provocó también el estallido de focos revolucionarios y grandes desórdenes en importantes núcleos urbanos –como en Flandes y en algunas ciudades italianas–. Las revueltas fueron constantes y en algunos casos llegaron a alcanzar cotas de gran dramatismo, como en la Ciudad Eterna, y numerosos pogromos que acabaron con gran parte de la población judía europea, pues los culpaban de ser los culpables de envenenar los pozos de agua de la cristiandad, en un funesto y premonitorio aviso de lo que habrían de sufrir bajo el nazismo siglos después, acusados de despropósitos similares en pleno siglo XX.

Las cifras de defunciones hablan por sí solas. Los venecianos morían en la increíble proporción de 600 personas al día. Se estima que Inglaterra perdió el 25 por ciento de su población –en verano de 1348 eran enterrados casi 300 cadáveres al día– y Escocia prácticamente un 30 por ciento. El espectro de la peste fue aún más voraz en Francia y Alemania, donde acabó con la vida de nada menos que el 50 por ciento de su población. Muchas ciudades vieron impotentes cómo sus habitantes disminuían drásticamente. Florencia, con 100.000 habitantes, perdió a la mitad de su población. En Venecia falleció el 60 por ciento de la población y en Avignon la mitad de sus habitantes. Suma y sigue. La península Ibérica tampoco se libró del impacto epidémico y en algunas ciudades desapareció más de la mitad de la población, como en Barcelona, donde murieron 38.000 de sus 50.000 ciudadanos. En el entonces Reino de Mallorca fallecieron alrededor de 9.000 personas. Y la lista es interminable.

Aunque muchos historiadores afirman que desapareció a causa de la plaga el 30% de la población europea, algunos creen que esta tasa llegó a alcanzar el 50%, algo que nunca sabremos con certeza.

Combatir la pandemia

La mayor parte de los “médicos” que ayudaron a los apestados eran voluntarios, pues los doctores cualificados por lo general huían. Para evitar contagiarse, los facultativos con el tiempo se protegerían con una vestimenta realmente esperpéntica. Convencidos de que la enfermedad se transmitía a través del olfato, idearon una máscara que acababa en forma de largo pico de ave –quizá porque al comienzo de la enfermedad se creía que ésta era diseminada por los pájaros y dicha máscara ayudarían a espantarlos–, en cuyo interior introducían distintas hierbas aromáticas que servirían –o eso creían– para neutralizar el aire corrupto y que éste no se introdujera por sus fosas nasales. Unas máscaras hoy popularizadas por el carnaval veneciano.

El fuerte influjo de las creencias supersticiosas de la época provocó que los doctores llevasen también unos anteojos negros sobre la máscara que creían eran un eficiente amuleto contra el “mal de ojo”, pues no obstante la muerte negra era considerada una plaga maldita. Además, una larga túnica también de color negro cubría su cuerpo, un enorme sombrero protegía su cabeza y portaban una larga vara o bastón de madera y guantes para no entrar en contacto directo con los apestados. Su aspecto grotesco advertía a los transeúntes, de forma indirecta, del peligro de contraer la enfermedad.

Con la intención de evitar la dispersión de la pandemia, los cadáveres eran sacados con carretillas fuera de las ciudades, donde se introducían en grandes fosas para ser quemados después. No obstante, durante el tiempo que permanecían a la espera de ser calcinados –varios días debido a la falta de enterradores–, la putrefacción contribuía a propagar aún más el mal. 

Bastaron apenas dos o tres años para diezmar Europa, lo que generó dos tendencias realmente opuestas de asimilar lo ocurrido entre las gentes: muchos se dieron al libertinaje, a la bebida y al sexo desenfrenado –incluidos un gran número de clérigos–, que adoptaban esta actitud ante la brevedad de la vida y el acecho inevitable de la muerte; otros, por el contrario, se dedicaron a la existencia beatífica, a la contemplación espiritual, el pietismo y la penitencia.

Creían que la peste bubónica no era sino una especie de plaga bíblica que se abatía sobre los hombres para castigarlos por sus pecados. Este clima de histeria y fanatismo religioso provocó que muchas personas comenzaran a automutilarse como forma de redención y penitencia. Se hicieron muy populares las llamadas procesiones de flagelantes, que recorrían ciudades y pueblos azotándose con varas y látigos cual si del mismísimo Juicio Final se tratase, desgarrando sus carnes e implorando el perdón entre charcos de sangre.

Los penitentes se fustigaban con látigos de cuero anudados con pinchos de hierro. Algunos sufrían graves heridas entre los omoplatos, y algunas mujeres, extasiadas, recogían la sangre con sus propios vestidos y se la pasaban por los ojos, al creer que era milagrosa. Creían que con esa durísima penitencia se conseguiría mitigar la ira de Dios y aplacar de esta forma la peste. En procesiones que reunían hasta 1.000 fieles, los flagelantes se imponían caminar durante 33 años y medio como los años que vivió Jesucristo. Sin bañarse, abandonando sus bienes y sin practicar sexo, marchaban de ciudad en ciudad realizando actos que hoy catalogaríamos de masoquistas, ante la muchedumbre enfervorecida.

Las gentes imploraban al cielo, sacaban las reliquias de las iglesias, se realizaban rituales eclesiásticos, se celebraban múltiples misas… Sin embargo, estos multitudinarios actos facilitaron en muchas ocasiones la expansión de la enfermedad.

Por su parte, los astrólogos y algunos médicos creían que la causa de la peste, de los “efluvios malignos del aire”, se encontraba en la influencia de los astros ¡siempre los astros! concretamente en la nefasta conjunción de los planetas Júpiter, Marte y Saturno, y también en el efecto negativo de eclipses y cometas; al menos esa fue la respuesta que dieron los físicos de la Sorbona al rey francés Felipe VI cuando planteó qué había provocado la corrupción del aire. En medio de este catastrofismo cogieron fuerza las interpretaciones más descabelladas, como que el mal se producía “por malvados hijos del diablo que con ponzoñas y venenos diversos corrompen los alimentos”, según reza un escrito contemporáneo.

En 1348 la peste negra recorrió a toda velocidad un largo camino que iba de Sicilia a Inglaterra, hasta alcanzar su clímax. Fue entonces cuando en Italia las autoridades de la ciudad de Pistoia, convencidas de que Dios estaba castigando al mundo, creían que la ciudad debía purgar sus pecados. Se publicaron ordenanzas que prohibían el juego, la blasfemia y la prostitución. Normas que se empezaron a aplicar en diferentes ciudades y países como hoy se ha hecho obligatorio el uso de mascarilla o la distancia social.

En Alemania, las brutales torturas de los flagelantes impactaron sobremanera a las gentes. Era creencia común que la sangre de los mártires era sagrada, por lo que poco a poco este movimiento heterodoxo fue sustituyendo en amplios lugares a la religión oficial, cuyas plegarias no evitaban la muerte de nadie. Miles de fieles seguían en masa a estos personajes, muchos de los cuales se creían dotados de gracia divina a través del sacrificio de su sangre y afirmaban ser capaces de realizar milagros en nombre de Cristo. Aseguraban que los niños fallecidos podían revivir en su seno y el pueblo creía que algunos animales hablaban gracias a su intercesión. Estas asombrosas “facultades”, fruto sin duda del fanatismo y la superstición, no evitaron sin embargo que los cadáveres siguieran amontonándose en las calles.

La terrible plaga había dejado su huella de muerte y destrucción a lo largo de miles de kilómetros, atormentando el alma de millones de personas y diezmando ala población europea. Con el tiempo los hombres volverían a tomar el control de la situación, pero ya nunca volverían a ser los mismos. Ahora conocían las llamas del infierno.

El poeta italiano Petrarca cantó como nadie el sufrimiento y la pena, la pérdida de los seres queridos que causó la peste bubónica: “Considera lo que hemos sido y lo que ahora somos… /¡Dónde estáis amigos queridos!/ ¡dónde los rostros amados!/ Éramos una multitud, ahora estamos casi solos…”. Después del azote del Covid, nosotros tampoco volveremos a ser los mismos.

Para saber más:

Para profundizar en el tema de la Peste Negra, en su aspecto estrictamente historiográfico y el impacto que tuvo en nuestro país, Ediciones Universidad de Salamanca editó recientemente el completo ensayo, repleto de información académica, La Construcción de la Idea de la Peste Negra (1348-1350) como catástrofe demográfica en la historiografía española, del doctor en Historia Guillermo Castán Lanaspa. Os dejo la portada y el enlace donde obtenerlo:

Para una visión global de las pandemias, en mayo de este año la Editorial Debate publicó Contagio: la evolución de las pandemias, del autor estadounidense David Quammen, quien recoge en sus páginas las advertencias que la naturaleza llevaba años mostrando en distintos animales, principalmente murciélagos. En esta completa obra, de fácil lectura, el autor se sumerge en las recientes enfermedades zoonóticas –virus latentes en animales que dieron el salto a los humanos, como el VIH que provocó el SIDA, el H1N1 que causó la gripe de 1918, mal llamada española, el ébola, el SARS, el virus de Marburgo o el causante de la gripe aviar–, persigue su rastro junto a los científicos de mayor autoridad en numerosos rincones del planeta.

Y para una revisión histórica y divulgativa de las epidemias que han asolado nuestro mundo, tenemos el clásico del doctor José Luis Betrán Noya Historia de las Epidemias en España y sus colonias (1348-1919), que editara en su día La Esfera de los Libros. A raíz de la actual pandemia, y de la demanda que este tipo de trabajos tiene entre los lectores, la editorial lanza en formato digital el libro, junto a otros trabajos en la misma línea como los libros del divulgador científico Pedro Gargantilla Historia curiosa de la medicina o Enfermedades que cambiaron la historia.

Todo un abanico de curiosidades sobre los virus cuya información podéis ampliar en el siguiente enlace: http://www.esferalibros.com/noticias/historia-de-las-epidemias-la-esfera-lanza-ahora-en-formato-digital-el-clasico-del-profesor-jose-luis-betran-moya/