La Luftwaffe: la implacable fuerza aérea del Tercer Reich

La Luftwaffe nació en 1924, en el marco de la Reichswehr, como se conocía a las fuerzas armadas del imperio alemán tras la Primera Guerra Mundial. Con el ascenso de los nazis al poder, Hitler, cuyo objetivo siempre fue declarar la guerra en el marco de la llamada política del espacio vital o Lebensraum, dio luz verde al rearme del nuevo Reich. Un completo ensayo, publicado por Cult Books y obra del veterano historiador militar alemán Cajus Bekker (lanzado originalmente en castellano en 1968), narra con detalle y buen pulso narrativo el desarrollo de esta temible fuerza aérea de vanguardia.

Óscar Herradón ©

Bastaba con haberle hecho caso a lo que escribió en su testamento político, Mein Kampf, publicado por primera vez el 18 de julio de 1925, para conocer las intenciones bélicas del antiguo cabo austriaco, que muchos ignoraron, un error fatal para el mundo libre. Ya en el poder, el nuevo Führer encargó a Herman Göring –quien era diputado en el Reichstag, hasta que éste se quemó en un ataque de falsa bandera casi con seguridad orquestado por el mismo Partido Nazi– reorganizar su estructura y modernizar la flota aérea, todo ello en el más absoluto de los secretos para evitar sanciones de otros países europeos, los vencedores de la Gran Guerra que habían redactado el Tratado de Versalles (entre ellos, Inglaterra y Francia).

Göring en 1917, en plena Gran Guerra.

Göring no era un cualquiera, sino un as de la aviación de la Primera Guerra Mundial que en 1918 tomó el mando del mismo Escuadrón de Caza (el número 1) que había pertenecido al célebre «Barón Rojo» hasta su muerte en abril sobrevolando Francia; por lo que encargarle la dirección de la fuerza aérea no carecía de sentido práctico, y sobre todo simbólico, recuerdo de la grandeza de ese otro imperio «traicionado». 

El objetivo de aquella fuerza de élite era atacar y defenderse ante cualquier tipo de hostilidad de las potencias europeas, aunque realmente respondía al objetivo nazi de desencadenar una contienda y conquistar el Viejo Continente. Sus primeras intervenciones tuvieron lugar en el trágico escenario de la Guerra Civil Española, de mano de la llamada Legión Cóndor, con el bombardeo sobre Guernica (donde los aparatos alemanes escenificaron su capacidad destructiva) y también en otras regiones de nuestra piel de toro. En la Península, sus pilotos adquirieron una enorme experiencia y destreza que desplegarían durante la Guerra Relámpago.

La Península Ibérica y su guerra fratricida serían, pues, el campo de ensayo de aquellos que habrían de enfrentarse en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de la existencia del llamado Comité de No Intervención: alemanes e italianos del lado franquista, y soviéticos –y las Brigadas Internacionales– del lado republicano, que desplegaron parte de sus carros de combate y aparatos aéreos, aunque con mucha menos eficiencia que las potencias del Eje, lo que influiría notablemente en la victoria de las fuerzas reaccionarias.

Organización y operaciones de éxito

Su estructura interna se dividía en grupos, integrados a su vez por Alas, cada una con un color dependiendo del escuadrón. Cada aparato recibía unas marcas especiales y un número concreto para poder identificarlo fácilmente y recibían actualizaciones debido al avance de la guerra y las particularidades de cada momento. Dentro de la jerarquía militar, los pilotos se dividían en Comandantes de Ala, Ayudantes u Oficiales de operaciones. La Luftwaffe utilizó diversos tipos de aviones durante la Segunda Guerra Mundial, manifestando estrategias de combate y tecnología nunca vistas hasta entonces.

Su número abruma: casi 90.000 aviones construidos, 4.500 unidades del multifuncional Junkers Ju 52, 15.000 aviones Junkers Ju 88 como aparato pesado (utilizado principalmente durante la Batalla de Inglaterra) y 6.000 aviones Junkers Ju 87 o Stukas, (del alemán Sturzkampfflugzeug, «bombardero en picado»), aviones de ataque a tierra biplaza que se caracterizaban por los bramidos de su sirena Jericho-Trompete («trompeta de Jericó»), un símbolo de la propaganda del poder aéreo alemán y de las victorias de la «Guerra Relámpago», que fueron probados sobre el terreno en el citado bombardeo de Guernica.

Un Stuka en plena acción.

Su primera gran demostración de fuerza sería tras la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939 que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial. Durante la llamada Blitzkrieg –Guerra Relámpago–, su efectividad y letalidad darían los primeros grandes éxitos de conquista al Tercer Reich. También mantendrían en jaque al Reino Unido durante la Operación León Marino y el intento de invasión de las islas que finalmente lograrían repeler desde Londres con mucho sacrificio. Después, el escenario cambiaría notablemente y, aunque los ases de la aviación alemana continuarían haciendo mucho daño a los aliados, sería precisamente Alemania y el territorio del Reich donde más se sufrirían los bombardeos británicos y estadounidenses hasta quedar prácticamente media Europa reducida a escombros.

Como anécdota, señalar que uno de los pocos edificios que permanecieron a salvo de los bombardeos y prácticamente intactos fue precisamente el Ministerio del Aire nazi. Durante un viaje a Berlín en 2017 pude ver –con mayor precisión que a través de Google Earth– cómo dicho edificio está en perfecto estado en la Wilhelmstrasse y hoy es sede del Ministerio de Finanzas de la capital alemana. Y se encuentra precisamente frente a lo que fueron los siniestros cuarteles de la Gestapo que hoy es museo de la ignominia nacionalsocialista.

La intención de este post no es realizar un sesudo análisis de una organización tan compleja y decisiva en la contienda como ésta, para ello existe el magnífico ensayo (junto a numerosa bibliografía precedente y posterior) que ha publicado recientemente Cult Books: La historia de la Luftwaffe. La aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial. Me centraré en el final del hombre que estuvo al frente de aquel organismo y que a punto estuvo de sustituir a Hitler en la cancillería del Reich en los estertores del imperio nazi, aunque el Führer lo destituyó de sus cargos, como a Himmler, por traición, poco antes de su suicidio en el Búnker de Berlín, dejando como sucesor en su testamento al comandante de la Kriegsmarine Karl Dönitz (¿una bofetada al orondo Göring?).

Núremberg, la última parada de un vividor

El mariscal Göring, antiguo as de la aviación, tuvo una muerte digna de una novela de Le Carré. Al ex jefe de la Fuerza Aérea Alemana se le pudo ver muy desmejorado y mucho más delgado durante las sesiones de los Juicios de Núremberg que sentaron a los criminales nazis en el banquillo. Göering estuvo presente junto a otros destacados gerifaltes nazis como Rudolf Hess, Joachim von Ribbentropp o Alfred Rosenberg. Condenado a morir en la horca, la noche anterior a la ejecución, el 15 de octubre de 1946, el último en entrar en la celda del viejo mariscal fue el doctor Ludwig Pflücker, para administrarle los sedantes que tomaba por su adicción a la morfina, de la que estaba casi curado (se hizo adicto tras el impacto de bala que recibió en el lejano Putsch de Múnich, en 1923) y otras dolencias, o quizá para que tuviera su última noche en paz sobre una tierra que dejó regada de sangre.

A las 23.15 horas, el centinela de la policía militar que custodiaba las celdas de los jerarcas nazis hizo su ronda y miró por la trampilla: Göring estaba relajado y tendido bocarriba, como si estuviera dormido. Un rato después, el mismo soldado volvió a mirar durante la siguiente ronda y vio al reo en medio de grandes convulsiones, agarrándose la garganta con las manos y con el rostro desencajado, sudoroso y azulado. El mismo doctor únicamente pudo certificar su muerte. Pero él no había sido quien le facilitó el veneno, una cápsula de cianuro, la «vía de escape» preferida de los hombres de la esvástica (lo mismo que ingirieron Eva Braun y Hitler antes de descerrajarse un tiro, la familia Goebbels al completo o Heinrich Himmler tras ser detenido por las fuerzas aliadas norteamericanas en Lünwerg, todos en 1945).

Impactante imagen del cadáver de Göring tras su suicidio.

Entonces, ¿y el origen de la cápsula que causó un auténtico revuelo internacional? Se trataba un asunto muy grave y pestilente, teniendo en cuenta que el señor Göring era uno de los principales responsables de la mayor matanza de civiles y crímenes de guerra de la era contemporánea. Es más, aunque siempre se asocia el Holocausto con las SS, que fueron las que lo llevaron a cabo, la primera directriz que aludía, en el eufemístico lenguaje del régimen nacionalsocialista, a que había que aplicar ya «la Solución Final de la cuestión judía», estaba rubricado precisamente por el mismo Göring, en julio de 1941.

Pues bien, existen indicios de que la cápsula de cianuro pudo habérsela pasado subrepticiamente el teniente del Ejército de los EEUU Jack G. Wheelis, que entabló amistad con el nazi durante el juicio… ¡a cambio de un reloj de oro! Otra posibilidad es que se la facilitara Herbert Lee Stivers, un soldado de la guardia del 26º Regimiento de Infantería que en 2005 admitió haberle dado a Göring una pluma estilográfica por orden de una mujer alemana desconocida… ¡a cambio de un encuentro sexual! Dicha pluma habría contenido el cianuro. Pero existe otra hipótesis más: que el propio criminal la llevara oculta en un bote de crema para tratar su dermatitis que sus carceleros le permitieron quedarse. A día de hoy, más de 80 años después, aquel misterio de la posguerra permanece vigente.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

El citado libro de Cajus Bekker, pseudónimo de Hans Dieter Berenbrok, que edita Cult Books bajo el título de La historia de la Luftwaffe. La aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial y con una sugerente portada. Cuando la primera edición de este libro imprescindible vio la luz en Alemania, la extensa bibliografía existente sobre la Segunda Guerra Mundial ganó en calidad y sobre todo amenidad: contaba la historia militar –en este caso de la fuerza aérea germana– de forma más clara y objetiva, también más dramática y fiel a los hechos. Y Bekker lo hizo entrelazando de forma magistral todos los aspectos que configuraban la Luftwaffe.

Todo ello con gran amenidad. Y es que, aunque no olvidó el detalle técnico que durante décadas hasta hoy ha hecho las delicias del aficionado a la aviación y por ende a la historia militar, se volcó con especial intensidad en su fascinante anecdotario, las crónicas de las batallas y estampas de heroísmo y generosidad que se vieron empañadas por las atrocidades del Tercer Reich y el camino de sangre de otras fuerzas bélicas como las Waffen-SS. Aunque pueda reprochársele a Berenbrok cierta nostalgia para con aquella fuerza aérea (nació en 1924 y por tanto vivió en su propia carne aquellos hechos), éste es un libro de investigación riguroso que satisfará tanto al estudioso como al lector curioso. He aquí la forma de hacerse con él:

Bajo el Muro de Berlín

A 60 años de la construcción del que fue bautizado como «El Muro de la Vergüenza», muchos de los escenarios que configuran nuestra actualidad tienen su origen precisamente en aquel acontecimiento que supuso la desintegración de la URSS y el fin de la Guerra Fría. Tantas décadas después, en la capital alemana rinden homenaje a aquellos que perdieron su vida cruzándolo, con una serie de tours por los túneles subterráneos (reconstruidos) que unían las dos Alemanias, y varios trabajos editoriales arrojan luz sobre aquellos turbios momentos de la historia del convulso siglo XX.  

Óscar Herradón ©

Fue uno de los mayores símbolos de la ignominia del siglo XX. Si bien es cierto que si Hitler y su Tercer Reich no hubiesen desencadenado la Segunda Guerra Mundial, Alemania jamás habría sido partida en dos, lo que sucedió durante la ocupación soviética de Berlín constituyó una de las mayores aberraciones contra la dignidad humana en suelo europeo. Un reflejo de que esa «justicia» social por la que clamaban los primeros bolcheviques y el fin del autoritarismo del Ancien Régime tan solo había cambiado de forma y nombre, y el comunismo fue readaptado por los regímenes del siglo XX como otra forma de gobierno no tan diferente al fascismo que decían combatir.

Tenía apenas diez años cuando, en medio de esa Perestroika que surgió a la luz de la decadencia y el colapso de una URSS azotada por el desastre de Chernóbil, cayó el Muro de Berlín. Recuerdo las imágenes en el telediario, vívidas todavía, con las gentes derribando el hormigón y el ladrillo preñados de grafitis a martillazos; fue un acontecimiento que cambiaría nuestro mundo, el fin de una era y el inicio de algo muy diferente, quién sabe si mejor… Desde luego, sí para los que habían visto sus vidas quebradas por una separación aleatoria, «a escuadra y cartabón», como décadas antes se repartiera el continente africano por el todopoderoso Occidente. Muchas familias rotas, hermanos que tuvieron que esperar casi 30 años para reencontrarse, alambradas, lágrimas, el sinsentido del poder a toda costa, el disparo frío del francotirador… El «Muro de la Vergüenza» caía y atrás quedaba el recuerdo –a veces largamente ocultado– de millones de vidas atrapadas.

Momento de la Caída del Muro (Source: Wikipedia. Free License).

Recuerdo esas imágenes, aunque no tenía ni idea de qué significaban, ni de qué era eso de la política o qué demonios se nos había perdido en Berlín, una capital que solo me sonaba de las primeras clases de geografía. Tampoco me importaba demasiado. Si eso te importa con 10 años es que no tienes infancia. Pero sí que era algo bueno, o al menos eso me decían mis padres. Y lo que dice un padre, va a misa. Así que fue uno de esos momentos televisivos que no se olvidan, cuando la televisión de dos canales también experimentaba su propio cambio: acababa de empezar a emitir Telecinco –el mes de marzo de ese 1989– y Antena 3 lo haría en diciembre, vestigios de ese «nuevo mundo» mediatizado y vagamente globalizado que se avecinaba imparable.

No hay que olvidar, no obstante, la responsabilidad de los países occidentales en esa forma de actuar del régimen soviético en los años más duros de la Guerra Fría. El otro lado del cinturón de acero tampoco estaba regido por angelitos –es más, muchos antiguos nazis pasaron a trabajar, tras la derrota, al servicio de la CIA y de la inteligencia de la República Federal, siguiendo órdenes de Washington– en uno de los episodios más oscuros de la posguerra. Lo que no excusa un padecimiento tal de varias generaciones de alemanes, pisoteados primero por las botas de la Gestapo y más tarde de la Stasi. El país teutón sería el cruento escenario de una guerra no declarada entre dos potencias antagónicas, los Estados Unidos capitalistas y la Unión Soviética comunista que hoy se ha dejado cautivar por las mieles del capital, el consumo y el comercio internacional, pero sin dejar de mirar con cierta nostalgia al esplendor de sus tiempos soviéticos, reivindicando incluso, en algunos casos, la figura del «hombre de hierro» Iósif Stalin desde el mismo Kremlin comandado por Vladimir Putin, el nuevo zar ruso.

Túneles secretos bajo el muro

El 13 de agosto de 1961 comenzaba la construcción del Muro de Berlín y el 9 de noviembre de 1989 caía definitivamente. Y aún así, hubo que esperar 30 años para que salieran a la luz los túneles por los que miles de alemanes escaparon –o al menos lo intentaron– de las garras soviéticas. En 2019, la organización cultural Berliner Unterwelten («Mundo Subterráneo de Berlín») inauguró un nuevo tour por las entrañas de la capital alemana: invirtió más de 300.000 euros en reproducir ese túnel que evoca el que en su día construyeron los fugitivos. Y asegura haberlo hecho a mano, como el original.

La labor pedagógica e historiografía de esta organización es prodigiosa, y nos permite acercarnos de primera mano a escenarios durante mucho tiempo olvidados de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. En mayo de 2017, durante un viaje a Berlín que realicé con mi infatigable compañera Tere Nieto, tuve la ocasión de realizar una de esas rutas subterráneas por un viejo refugio antiaéreo construido por los nazis y la experiencia, que reservaré para una futura entrada, fue realmente satisfactoria.

Marcas del Muro. Foto del autor.

La línea divisoria por la que pasaba el muro está señalizada a conciencia en las calles berlinesas, para el turista, pero también para luchar contra el olvido de la población. Me impactó cómo el museo erigido sobre los antiguos cuarteles de la Gestapo, en la Prinz-Albrecht-Strasse, se encuentra justo frente a una parte considerable del antiguo muro edificado por la RDA, no muy lejos del célebre Checkpoint Charlie. Un guiño del pasado en el que dos regímenes totalitarios e implacables se dan la mano, aunque el nacionalsocialista se llevase la palma en lo que respecta a la mecanización de la muerte.

Parte de los cimientos del cuartel de la Gestapo. Detrás puede verse el Muro (foto del autor)
Siekmann

Un túnel de 30 metros de longitud, 2,05 metros de altura y 7,5 de profundidad que homenajea a las miles de personas que lograron escapar con el único anhelo de vivir al lado de sus seres queridos; y también, por supuesto, a aquellos que no lo lograron: 140 personas que murieron intentando escapar (al menos oficialmente, pues las cifras pueden ser incluso mayores), entre ellas la enfermera de 58 años Ida Siekmann, la primera en perder la vida apenas una semana después de que se levantaran las alambradas.

En aquel primer momento varios edificios de apartamentos del lado este quedaron prácticamente sobre la línea divisoria en el Mitte (Centro) a lo largo de varios kilómetros de la Bernauer Strasse. Desesperados por la situación, muchos ciudadanos de la Alemania oriental comenzaron a saltar por las ventanas para no quedarse aislados en la zona comunista, y se produjo la tragedia: Siekmann tiró un colchón por la ventana de su piso, un tercero, y se arrojó, pero no consiguió caer sobre el jergón y murió por las heridas camino del hospital. No fue la única. Los bomberos de la zona oriental se organizaban para abrir redes y amortiguar la caída de las gentes en un escenario rocambolesco, pero no siempre lo conseguían.

Liftin

Dos días después de la muerte de Siekmann, Günter Litfin, un sastre de 25 años murió frente a la actual estación central de trenes de Berlín, en Humboldt Harbor del SpreeKanal, de un disparo efectuado por un guardia cuando había alcanzado la orilla del río. El motivo: trabajaba del lado occidental y le habían revocado el permiso para cruzar la frontera. Era una cuestión de supervivencia. Su verdugo recibió del gobierno una medalla y un reloj de oro por sus servicios al Estado.

Miles de berlineses marcharon en masa a protestar en el lugar de su muerte, pero el régimen de Berlín Este reaccionó deteniendo a su hermano Günther, requisando el apartamento de su madre y divulgando una información falsa (sí, las fake news no son algo nuevo, ni mucho menos): que se trataba de un homosexual al que llamaban «Muñeca» que había querido escapar para reencontrarse en el otro lado con su amante. Ni qué decir tiene que aquello era para el régimen una «desviación» y un delito estatal. Unos días después, otro joven berlinés moría también por disparos en el canal de Treptow. Otros tres la semana siguiente que habían saltado por la Bernauer Strasse… Una lista trágica y vergonzante.

Ciclista, vendedor de periódicos y héroe nocturno           

Uno de los primeros valientes al que se le ocurrió llevar a personas y familias enteras lejos de la mirada de las autoridades pro-soviéticas fue el ciclista profesional Harry Seidel. De reconocido prestigio internacional, lo que le facilitó cierta indulgencia de los policías del muro, por las noches simulaba que entrenaba con su bicicleta para ayudar a sus conciudadanos a cruzar desde la República Democrática Alemana a la República Federal. Primero se llevó a su mujer y a su hijo: tres meses después de la construcción del muro, tras muchas noches indagando a lo largo de toda la línea de separación (en los rincones que no había vigilancia, se entiende). Seidel salió a dar un paseo con su esposa y su pequeño por la orilla del río Spree. Para evitar problemas si eran detectados, no les había dicho nada de sus planes: los condujo a un pasadizo y unos minutos más tarde estaban ya en Berlín occidental. Sin embargo, a pesar del peligro que implicaba su nuevo «trabajo», renunció a una vida en libertad al lado de su mujer e hijo y, tras dejarlos a salvo, decidió regresar para liberar a todas las personas de que fuera capaz.

Seidel había sido ganador de dos medallas en el campeonato de Alemania del Oeste en 1959 y se hizo con otros numerosos galardones más en distintas competiciones estatales. Durante años fue uno de los niños mimados del régimen, hasta que pronto fue perdiendo el favor del gobierno, por negarse a tomar esteroides para mejorar su rendimiento, y lo peor, el gran pecado que te convertía en «enemigo del pueblo»: se negó a ingresar en el Partido Comunista, lo que le hubiera facilitado mucho la vida: quedó fuera del equipo olímpico en 1960 y le arrebataron suciamente el subsidio, por lo que pudo mantener a su familia –en condiciones muy precarias– repartiendo diarios en un barrio de la zona occidental. Hasta que se erigió el muro de la ignominia.

Seidel en su juicio

En 1962, las autoridades de la RDA atraparon finalmente al ciclista reconvertido en libertador. Fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua, pero la RFA llegó a un acuerdo para obtener su liberación en 1966. Aquellos cuatro años que pasó en prisión supo aprovecharlos, inquieto como era, e ideó una nueva estrategia que pronto puso en funcionamiento: en lugar de saltar el muro o cruzar el río, atravesarlo por debajo. Y lo excavarían precisamente en la citada Bernauer Strasse regada por la sangre de los inocentes a manos de los guardias de la frontera artificial; en 350 metros se llegaron a excavar hasta siete túneles subterráneos que comunicaban ambas Alemanias. Debían hacerse a mano, en la más completa oscuridad y haciendo el mínimo ruido, por lo que su construcción sería ardua y lenta.

El autor ante el Puente de Oberbaum, al lado de una de las zonas más emblemáticas del antiguo muro.
Palacio de la República

Se calcula que a lo largo de 28 años, tiempo que permaneció en pie la línea divisora, se excavaron hasta 75 túneles completos, sin tener en cuenta los que no llegaron a finalizarse. Pronto, desde la zona occidental varios ingenieros llevaron a cabo sus propias mediciones y comenzaron a excavar túneles desde el otro extremo del muro para facilitar el escape de sus compatriotas, hermanos y amigos. Así se terminaron los conocidos como «túnel 29» y «túnel 57», nombres que se les puso como homenaje al número de personas que lograron cruzar bajo tierra el «Muro de la Vergüenza» en un solo día. Por supuesto, no todo fueron victorias y dulces reencuentros; los túneles solían estar activos poco tiempo porque las autoridades de la RDA terminaban conociendo su existencia de boca de «chivatos» en nómina del Palacio de la República, que abundan en todo tiempo y lugar, e incluso encuentros casuales en plena huida.

Para el recuerdo queda también el mastodóntico concierto que Pink Floyd celebró ante más de 400.000 personas bajo el título de «The Wall Live in Berlin», la noche del 21 de julio de 1990, diez meses después de la caída del Muro, donde atronó su «profético» himno de 1979 «Another Brick in the Wall». El rock psicodélico de los británicos cautivó a los berlineses, en un espacio entre Potsdamer Platz y la Puerta de Brandenburgo, lugar que durante la división se conocía como «tierra de nadie».

En 2019 se cumplieron tres décadas del derribo del muro, y desde entonces se han publicado distintos trabajos sobre la intrahistoria de aquella Alemania dividida, algunos muy recientes, en este 2021. Recomiendo a continuación varios de ellos…

Después del Muro

Para una visión global, profusamente documentada y reveladora sobre lo que sucedió tras el derrumbe, Taurus ha publicado recientemente una voluminosa monografía firmada por la politóloga alemana Kristina Spohr: Después del Muro. La reconstrucción del mundo tras 1989, un recorrido fascinante por aquel complejo período elaborado a partir de fuentes oficiales y extraoficiales, muchas de ellas inéditas hasta el momento. El resultado es un relato detallado y de gran pulso periodístico, lo que convierte su lectura en toda una aventura… muy real.

La autora analiza, con precisión de cirujana y desde una perspectiva novedosa, el papel del presidente estadounidense George H. W. Bush (Bush Padre), así como el de Mijaíl Gorbachov, Margaret Tatcher, Hetmut Kohl y François Mitterrand, enmarcando a su vez la transformación europea dentro del contexto global, entrelazando con pericia detectivesca las líneas temporales occidental y asiática al comparar los sucesos de Berlín y Moscú con los de Pekín: mientras el Muro de Berlín se derrumbaba, se aplacaron a la fuerza las protestas en la plaza de Tiananmén, en Pekín. El mundo cambió drásticamente pero, al menos en China, el comunismo no sucumbió a las protestas del movimiento prodemocrático, que fue brutalmente reprimido por Deng Xiaoping dando impulso a otro tipo de comunismo (capitalista en lo económico) que ha llevado al gigante asiático a convertirse en la segunda potencia a nivel mundial.

Aquella salida global de la Guerra Fría fue el origen del mundo de Putin, Trump y Xi, con una Unión Europea frenética (de la que se desmarcó el Reino Unido con lamentables consecuencias, un euroescepticismo impulsado por la pandemia del coronavirus y una visión distinta de la democracia entre los países miembros, casos por ejemplo de Ucrania, Polonia o Bielorrusia), estados corruptos y una terrible crisis migratoria y económica.

En una entrevista al diario ABC en mayo de este 2021, con motivo del lanzamiento del libro en castellano, su autora sentenció: «Los auténticos ganadores de la Guerra Fría fueron los ciudadanos de Europa del Este que exigieron libertad».

He aquí el enlace para adquirirlo en papel (tapa dura con sobrecubierta) y en eBook:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38874-despues-del-muro-9788430622108

La caída del imperio soviético:

La editorial Actas publicó recientemente este monumental y minucioso volumen sobre el fin de la Guerra Fría y la caída de la URSS, escrito por un testigo de excepción: el español nacido y criado en Rusia Boris Gutiérrez Cimorra, quien durante años compaginó su trabajo como ingeniero aeronáutico–se graduó en el Instituto de Aviación de Moscú–, con colaboraciones periodísticas y programas de radio, hasta convertirse en 1972 en una de las voces más emblemáticas de Radio Moscú, la cadena que emitía programas para América Latina. Se instaló definitivamente en España con su familia en 1977, emprendiendo una nueva carrera profesional en el mundo de las finanzas y más tarde se volcó en su faceta como novelista y ensayista. 

El 25 de diciembre de 1991, el líder aperturista Mijaíl Gorbachov, que intentó modernizar el país sin éxito, dimitió de todos sus cargos entregando el poder y dando por concluida la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La URSS, un gigante implacable que poco antes parecía imbatible para los más avezados observadores internacionales, se derrumbaba estrepitosamente tras 70 años de un régimen totalitario que nació de la esperanza de acabar con el gobierno zarista y terminó en el mayor de los fracasos. Ni siquiera la esperanza en la Perestroika logró consolidar las nuevas expectativas: una gran crisis endémica, heredera de las profundas carencias de tiempos anteriores, la eclosión de los nacionalismos, y a juicio del autor, una estrategia política profundamente equivocada, dieron al traste con el proyecto de Reconstrucción pero dieron paso también a una época renovada de la mano de nuevos líderes como Borís Yeltsin al frente de la Federación Rusa, quien encabezó con acierto la oposición al golpe de Estado de agosto de 1991. El comienzo de una nueva era.

El enlace para adquirilo en papel (tapa dura con sobrecubierta y más de 32 fotografías):

En el Muro de Berlín: la ciudad secuestrada

El español Sergio Campos Cacho lleva veinte años viviendo en Alemania, donde trabaja como bibliotecario, y es el autor de un documentado trabajo recientemente publicado por Espasa: En el Muro de Berlín. La ciudad secuestrada (1961-1989). En sus páginas, el autor reconstruye la historia de la muralla de hormigón de 156 kilómetros que cercaba completamente la zona occidental para impedir que los habitantes de Alemania Oriental abandonaran el país. Conoceremos con detalle el plan que desarrollaron los dirigentes comunistas de la RDA para controlar la libertad y movimientos de sus ciudadanos, los puntos álgidos de desencuentro y conflicto de ambas y antagónicas sociedades, aunque pertenecientes a la misma nacionalidad. Y, sobre todo, rememora 60 años después de la construcción del Muro la trayectoria vital de esas 140 personas que perdieron su vida intentando cruzarlo.

Campos Cacho está preparando actualmente la biografía y la edición de las obras del renegado comunista español Enrique Castro Delgado (1907-1965). Metalúrgico y periodista de profesión, durante la Segunda República participó activamente en el Comité Central del Partido Comunista y fue uno de los líderes de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC), así como redactor de noticias del área local del periódico Mundo Obrero. Cuando estalló la Guerra Civil, participó en la creación y organización del llamado Quinto Regimiento, del que sería su primer comandante en jefe. Ocupó distintos cargos de importancia en el seno de las organizaciones comunistas durante la contienda y finalmente tuvo que optar por la vía del exilio, primero a Francia y después a la Unión Soviética, siendo el representante del PCE en la Internacional Comunista –Komintern– hasta su caída en desgracia. Regresó a España en 1963 tras una estancia en México y pasó a colaborar para el llamado segundo franquismo, siendo muy crítico con el comunismo y con sus antiguos correligionarios, escribiendo dos obras: Hombres made in Moscú (1960) y Mi fe se perdió en Moscú (1964). Estaremos atentos a su lanzamiento. Mientras tanto, he aquí el enlace para adquirir En el muro de Berlín:

https://www.planetadelibros.com/libro-en-el-muro-de-berlin/331426

Los Protocolos de los Sabios de Sión: la farsa que cambió la historia de Europa (II)

Las teorías de la conspiración no son inocuas. Algunas pueden ser muy dañinas, e incluso criminales. En estos tiempos cibernéticos de trolls, foreros de doble identidad, fake-news e información globalizada muchas veces sin control, éstas campan a sus anchas por la Red… Puede parecer algo moderno, lo de usar la conspiranoia para cosechar poder y derrocar al adversario, pero lo cierto es que es algo bien antiguo, y unos de los máximos exponentes a la hora de utilizar falsas historias para sacar rédito político fueron los nazis, a través de un texto envenenado que hoy reivindican de nuevo grupos de extrema derecha.

Óscar Herradón ©

(Viene de Los Protocolos de los Sabios de Sión I)

Desde la publicación de la «Carta de los Judíos de Constantinopla», del abate Chauty (inspirada en una falsificación de la España de Felipe II), en toda Europa surgieron adeptos de esta enrevesada farsa, hasta que a finales del siglo XIX el antisemitismo adquirió connotaciones dramáticas en Rusia, el país en el que finalmente tomarían forma los Protocolos.

Nicolás II

Alejandro III y su hijo Nicolás II eran fanáticos antisemitas, hasta el punto de que durante sus reinados se expulsaba a los judíos a las zonas rurales o se les impedía encontrar trabajo en las ciudades. Los servicios secretos del zar utilizaron la conspiración judeomasónica en su propio beneficio, e hicieron creer a la opinión pública que toda la oposición al régimen, y en especial el terrorismo, era fruto de la conspiración judía mundial; los judíos se convertían así en los chivos expiatorios de todos los males de Rusia y de ello se encargaría un siniestro personaje del que enseguida hablaré.

Osman-Bey

Otro feroz antisemita fue Frederick Millingen, alias (Mayor) Osman-Bey, un estafador internacional de origen precisamente judío que en el libro La consquista del mundo por los judíos esbozaba todas las invenciones que sesenta años después desembocarían en la mayor de las matanzas: en un mundo sin judíos las guerras serían menos frecuentes y cesarían el odio de clases y las revoluciones. Como solución esgrimía llevar a los judíos «a África», como Hitler barajaría la posibilidad de trasladarlos a alguna colonia, quizá a la isla de Madagascar, y en otras ocasiones apuntaba que «la única forma de destruir la Alianza Israelita Universal es mediante el exterminio total de la raza judía», estremecedor vaticinio del Holocausto nazi.

El Diálogo en el Infierno

Otro de los textos que influirían en los autores de los Protocolos fue El Diálogo en el Infierno, de Maurice Joly, escrito en 1870. El autor francés había concebido una obra basada en un diálogo ficticio entre Montesquieu y Maquiavelo, en el que el primero defendía la causa del liberalismo –que abrazaba ciegamente el autor– y el segundo un despotismo cínico que denunciaba veladamente los métodos despóticos del emperador Napoleón III, entonces en el trono francés.

Maurice Joly

Paradójicamente, el discurso del ficticio Maquiavelo, que insiste en que la masa es incapaz de gobernarse a sí misma y necesita a un hombre fuerte que la controle, que para hacerse con el poder pueda remitir sus propuestas a una asamblea popular, que luego no le costará disolver, censurar la prensa, controlar a los adversarios políticos mediante la policía… Un texto incisivo, ingenioso, maravillosamente construido, que ofrece una defensa brillante del liberalismo, acabaría, tristemente, constituyendo la base de la farsa reaccionaria mal escrita que fueron Los Protocolos de los Sabios de Sión, cuyo autor copiaría deliberadamente la obra de Joly introduciendo ingredientes antisemitas de las obras citadas. Y curiosamente, la falaz falsificación dio la vuelta al mundo y alcanzó una fama sin precedentes.

Los Protocolos constan de 24 capítulos, el Diálogo de 25; lo que Joly ponía en boca de Maquiavelo, el falsificador lo ponía en boca de un misterioso conferenciante, el anónimo Sabio de Sión, que delineaba una profecía siniestra para el futuro.

Los Protocolos consisten en una serie de conferencias, en las que un miembro del gobierno secreto judío, el de los Sabios de Sión, explica una conspiración para lograr la dominación mundial; 24 «protocolos» de estilo pomposo y difuso que, mediante argumentos tortuosos e ilógicos, en palabras de Norman Cohn, atacan al liberalismo, explicando los métodos mediante los cuales los judíos pretenden conquistarlo todo, destruyendo la fe cristiana, controlando la política, la educación, etc.

La primera publicación de la falsificación tuvo lugar en la prensa rusa entre 1903 y 1907, primero en el periódico de San Petersburgo Znamya (La Bandera), dirigido por el antisemita militante P.A. Krushevan, que había llegado a instigar un pogromo en Kishiner, Besarabia, en el que habían muerto 45 judíos, otros 400 resultaron heridos y se destruyeron 1.300 casas y tiendas pertenecientes a éstos.

Policía, espía, falsificador

A finales del siglo XIX, cuando los Protocolos comenzaron su andadura en Rusia, dirigía la policía secreta un siniestro personaje, Pyotr Ivanovich Rachkovsky, un individuo obeso, de vetusto bigote, sumamente elocuente, que tras su eterna sonrisa ocultaba a un auténtico sádico que disfrutaba torturando y acorralando a los enemigos del decadente imperio ruso. Es sumamente curiosa sin embargo la manera en la que acabó erigiéndose en policía del zar, pues en 1879, fue detenido por la Tercera Sección de la Cancillería Imperial –futura Okhrana–, acusado de actividades contra la seguridad del Estado ruso, acusado de dar refugio a un terrorista; cierto o no, sólo le quedaban dos alternativas: o ser exiliado a Siberia, donde muy pocos sobrevivían, o pasar a formar parte de la policía política. Ni qué decir tiene que escogió la segunda opción.

Emblema de la Okhrana, la policía secreta zarista
Centurias Negras

Su carrera fue meteórica: apenas dos años después realizaba actividades secretas en una organización derechista rusa, Santa Druzhina, más tarde reconvertida en Unión del Pueblo Ruso; en 1883 se convertía en ayudante del jefe de los servicios de seguridad de San Petersburgo y en 1884 dirigía en París las operaciones secretas de la policía fuera de Rusia. Tal era su destreza, que no tardaría en organizar meticulosamente una red de policías-espías en Francia, Suiza, Londres y Berlín, para seguir la pista de los planes orquestados por los revolucionarios y terroristas rusos, en un tiempo de proliferación del terrorismo anarquista en toda Europa.

Rachkovsky

Conspirador nato, era un experto en falsificar documentos y en provocar atentados de los que acusaba a grupos revolucionarios para generar cambios políticos, algo en lo que serían expertos también los nazis. Rachkovsky, ambicioso e implacable, se hizo rico en operaciones de especulación en la Bolsa y nada en la Rusia zarista escapaba a su control. Y lo más importante: se hizo experto, como señala el autor citado, en presentar el movimiento revolucionario y progresista ante la burguesía como si fueran un mero instrumento en manos de los judíos, desviando hacia este sector de la población el descontento generado por la propia política absolutista del zarismo.

Maestro del engaño, Maquiavelo renacido, el delincuente reconvertido en policía utilizó falsificaciones, habló de Ligas Patrióticas falsas para engañar a rusos y franceses, distribuyó propaganda confusa para enfrentar a distintas facciones… fue un maestro de la propaganda negra varias décadas antes de que lo fuera Joseph Goebbels en el Tercer Reich.

La Okrana (también Ojrana)
Trepov

En 1905 el general Dmitrii Fedorovich Trepov fue nombrado Superintendente de Palacio y para sofocar las actividades revolucionarias, que eran cada vez más habituales, asumió poderes casi dictatoriales y nombró a Rachkowsky director adjunto del Departamento de Policía; ahora con un gran poder, se mostraría implacable con sus enemigos políticos. De nuevo falsificando folletos y documentos que atribuía a organizaciones inexistentes, instaba al pueblo y a los soldados rusos nada menos que a matar a los judíos.

Poco tiempo después, el ahora director de la Policía formaba una peligrosa liga antisemita que respondía al nombre de Unión del Pueblo Ruso, cuyo principal cometido era apoyar financieramente a grupos armados que practicarían a partir de ese momento un tipo de terrorismo político con matanzas de judíos cuyos terribles métodos influirían directamente en nuestros siniestros protagonistas. No es de extrañar por tanto que fuera el verdadero impulsor de una de las falsificaciones más peligrosas de la historia del hombre: Los Protocolos de los Sabios de Sión.

Este post tendrá una inminente tercera y última entrega en «Dentro del Pandemónium».

PARA INDAGAR MUCHO MÁS:

El origen de estas actas bautizadas como Los Protocolos de los Sabios de Sión son oscuros y dudosos; existen mil y una teorías sobre el mismo pero estudiosos de la talla de Norman Cohn, que en los años sesenta llevó a cabo la más minuciosa investigación sobre su origen y difusión a través del análisis de miles de documentos y de numerosas entrevistas a miembros de las SS y a antiguos nazis, han contribuido a arrojar algo de luz sobre su forja e inusitado éxito posterior, rodeados, no obstante, insisto, de múltiples sombras. Ahora han sido publicados importantes trabajos que recojo al final del artículo.

Recientemente, con la reactivación de tamaña farsa en el universo cibernético por grupos extremistas y herederos del viejo nacionalsocialismo, se han publicado nuevos y documentados trabajos sobre el asunto. Uno de los más importantes es Los Protocolos de los Sabios de Sión. Una historia infame, y salió hace apenas unos meses al mercado de mano de una de las editoriales que más cuidan las publicaciones de historia, Marcial Pons. He aquí la portada y la forma de adquirirlo en la web:

Evans

El otro es el último trabajo de uno de los mayores expertos en historia contemporánea y en la Segunda Guerra Mundial, el británico Richard J. Evans y se centra en exclusiva en ese pensamiento conspirativo y antisemita que invadía toda la ideología nazi y que le serviría para justificar sus atrocidades con los judíos y otras minorías, entre ellos, principalmente, una creencia férrea en el contenido de los Protocolos.

En Hitler y las teorías de la conspiración. El Tercer Reich y la imaginación paranoide, Evans propone una mirada crítica a la era de la «posverdad» en la que los «hechos alternativos» han ido ganando terreno, algo muy similar a lo que sucedió en la Europa de Entreguerras y en la Alemania nazi. Para situarnos en la materia, el autor escoge cinco de las teorías conspirativas más duraderas sobre el Tercer Reich y las analiza con el rigor que le caracteriza para explicar cómo éstas puedes no solo movilizar a las masas, sino instalarse como verdades históricas oficiales de un régimen.

Por supuesto, comienza con Los Protocolos de los Sabios de Sión, esa supuesta conspiración del pueblo judío para socavar la civilización –y que recuerda, mucho, a discursos actuales sobre el inmigrante y el diferente–, el mito del «Puñal por la Espalda», según el cual los socialistas y los judíos fueron los responsables de impulsar al ejército alemán de aceptar la derrota en la Gran Guerra, en base a oscuros intereses creados; el incendio del Reichstag, que aunque se trató realmente de una operación de «falsa bandera» (fue realmente provocado por los nazis para instalarse en el poder, pero se acusó del mismo al joven comunista Marinus van der Lubbe, drogado y puesto en el lugar de los hechos) estuvo siempre rodeada de un aura de conjura y complot que se instaló con fuerza entre los alemanes; el misterioso vuelo del viceführer Rudolf Hess a Reino Unido en 1941 supuestamente con la intención de firmar la paz con el imperio británico a espaldas (o no) del Führer; y el eterno rumor de que Hitler huyó del Führerbunker en 1945, en un Berlín sitiado, y escapó a Sudamérica para vivir el resto de sus días oculto y sin ser juzgado, rumor que impulso por interés estratégico el propio Stalin y el Kremlin y que llegaría a barajar como posible el mismo FBI, que posee un informe en dicho sentido.

Evans, con una quirúrgica observación de los hechos, investiga sus orígenes y la causa de su permanencia para demostrar que «la explotación consciente de los mitos y las mentiras con fines políticos no resultan ser una creación del siglo XXI». De hecho, se remontan mucho más atrás de los nazis, hasta la antigüedad, al origen de las civilizaciones y al ansia del hombre por mantener o alcanzar el poder. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-hitler-y-las-teorias-de-la-conspiracion/330637