Nazis en el Tíbet: la expedición secreta de Himmler

16 10 2020

Uno de los episodios más desconocidos del Tercer Reich fue la expedición alemana que envió al Tíbet el líder de la Orden Negra en 1938 bajo la dirección de su retorcida Ahnenerbe. A través de aquella odisea los nazis intentaban descubrir, cómo no, una vez más, los orígenes de la raza aria; un origen de tintes míticos y connotaciones esotéricas que los dirigentes de las SS creían poco menos que sobrenatural. ¿Cuál fue la verdadera intención de aquella arriesgada epopeya?

Óscar Herradón ©

Parece ser que los expedicionarios pretendían, a instancias de Heinrich Himmler, hallar también referencias a Shambhala, un reino mítico que según diversas tradiciones se hallaría escondido en algún lugar más allá de los bastiones nevados del Himalaya, cobijo, quizá, del esquivo «Rey del Mundo», el cual un día, cerca de la perdición –no olvidemos que Europa estaba a punto de enfrentarse al mayor conflicto de la historia– saldrá de su ciudad secreta con un gran ejército para eliminar el odio y comenzar una nueva era dorada de paz y prosperidad –para los nacionalsocialistas, claro, regida por arios–.

Poco después de su vertiginoso ascenso al poder, el Reichsführer tuvo conocimiento de la existencia de un joven oficial alemán cuyos libros sobre sus arriesgados y poéticos viajes por Asia estaba causando furor en Berlín. Se llamaba Ernst Schäfer y ya había llevado a cabo dos peligrosas expediciones a las lejanas tierras del Tíbet, lugar donde Himmler, siguiendo los trabajos de Madame Blavatsky, entre otros, creía que podrían hallarse los orígenes míticos de su «raza divina» que, no obstante, se buscaron en lugares tan remotos como Escandinavia, la propia Alemania e incluso Oriente Medio a instancias de la Ahnenerbe, la Sociedad Herencia Ancestral Alemana, un instituto de investigación creado ex profeso para dar rienda suelta a las obsesiones paganas y ocultistas de Himmler.

En las entrañas del Reich milenario

Consumado cazador, Schäfer fue el primer occidental que abatió a un oso panda y en sus viajes se hizo con especímenes prácticamente desconocidos en Europa que engrosarían los museos de ciencias naturales que comenzaron a construirse en el siglo XIX. A su regreso publicó varios libros; lo que no sabía entonces es que realizaría una tercera expedición a aquella misteriosa tierra, esta vez completamente alemana, y Alemania, en los años 30, era el reinado del Tercer Reich.

Ernst Schäfer, al frente de la expedición.

Era ya oficial de las SS, cuando Heinrich Himmler, profundamente interesado en su trabajo, llamó a Schäfer para reunirse con él. Corría el año 1936 cuando Ernst, subteniente de la Orden Negra, entró en el despacho del Reichsführer en Prinz-Albrecht-Strasse, su cuartel general en Berlín, que pude visitar en 2017 y del que solo quedan los cimientos, sobre los que se ha edificado una suerte de museo de la memoria en el corazón de la capital alemana. Cuando Schäfer fue a reunirse con él acababa de fundar la Ahnenerbe y sentía verdadera fascinación por las religiones y la mitología oriental. Al parecer, según su masajista, Felix Kersten, llevaba siempre consigo, como El Corán, un cuaderno en el que había reunido textos del Bhadavad Gîta, la «Canción del Señor» hindú. La lectura de las novelas Demian y Siddhartha de Herman Hesse en su juventud, le llevaron hasta este texto sacro hindú, cuyo mensaje de reencarnación –él que se creía la de Enrique el Pajarero- y karma, abrazó gustoso. Estaba fascinado por el sistema de castas y por su élite, los brahmanes y los kshatriyas guerreros, que aplicaría también a su Orden Negra.

Prinz-Albrecht-Strasse

En 2017 la editorial Pasado & Presente publicó una magnífica edición en tapa dura de las memorias del masajista anotadas y ampliadas por su hijo –pues existe una versión previa de los años sesenta–, Arno Kersten, Las confesiones de Himmler. Diario inédito de su médico personal, donde el lector podrá conocer a fondo la estrecha relación que el médico mantuvo con el Reichsführer y que supuestamente le serviría, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, para convencer al líder de las SS de liberar a numerosos presos judíos de los campos de concentración, sobre lo cual hay cierta controversia histórica entre estudiosos.

Había, además, un importante matiz para que las SS pusieran sus ojos en el Tíbet; desde el siglo XIX, como ya vimos, los alemanes miraron hacia Asia Central como cuna de esa raza aria que obsesionaría a los nazis, la tierra de la Gran Hermandad Blanca de Blavatsky. Precisamente allí los investigadores de la calavera debían encontrar vestigios de esa raza “divina”, comprobar teorías como la Cosmogonía Glacial que tanto fascinaba a Himmler y al Führer o la más extravagante de la Tierra Hueca –hoy, tristemente, asistimos a un auge de terraplanistas y otros iluminados, generalmente acólitos de Trump y la ultraderecha–, e investigar sobre exóticas leyendas orientales como Shambhala y Agartha, que habían contribuido a extender en Occidente la citada ocultista rusa y exploradores como el polaco Ferdinand Ossendowski o el también ruso Nicholas Roerich.

En busca de la Arcadia perdida

Capitaneada por Ernst Schäfer la expedición contaba también entre sus filas con Bruno Beger, un joven y aplaudido antropólogo también buscaba los orígenes de esa obsesiva «raza superior», los arios, un pueblo al que él mismo llamaba los «európidos». Desde principios del siglo XIV se había difundido en Alemania la creencia de que las razas arias se habían expandido desde Asia Central, probablemente desde el Tíbet.

El profesor Günther.

El profesor que inculcó a Beger su fanatismo fue Hans F. K. Rassen Günther, para quien el noroeste de Europa era la cuna de los nórdicos. Como en el mito de la Atlántida que cautivó a Wirth, los nórdicos de los que hablaba este personaje se habían llevado con ellos la ciencia de la construcción y un sofisticado sistema social, dejando a su paso dólmenes y círculos de piedra en distintos lugares del mundo. Para Rassen Günther, en la India habían compuesto los Vedas hindúes. Nada menos.

En su camino los arios más débiles habían cedido a la tentación y se habían fusionado con las razas inferiores, derrumbándose el gran imperio nórdico. En los Vedas, afirmaban, resuena el lamento por esa inmoral mezcla de razas, al igual que en el sistema de castas. De aquella «contaminación» de la sangre el profesor culpaba al budismo, como lo haría también Schäfer.

Himmler, que había bebido de las publicaciones de la Sociedad Teosófica alemana y de las descabelladas teorías de la rusa Helena Petrovna Blavatsky, estaba convencido de que en algún lugar del Himalaya podían esconderse refugiados arios. Junto a Schäfer y Beger partirían hacia el Tíbet Karl Wienert, geofísico y Ernst Krause, entomólogo y fotógrafo, y el experto en técnica y organización era Edmund Geer, mano derecha del propio Schäfer.

Sin embargo, los preparativos para el viaje no fueron fáciles. En el otoño de 1937, la mujer de Ernst, Hertha, murió de forma accidental durante una cacería, cuando se le disparó un rifle a su marido. Aquella pesada carga agriaría el carácter del alemán, quien tendría problemas con su equipo durante su epopeya. Luego, Ernst tuvo que viajar a Londres para convencer a las autoridades británicas de que les concedieran los permisos para cruzar los territorios pertenecientes a la Corona. Y las autoridades británicas no hacían lo que se dice buenas migas con los alemanes a las puertas de la mayor contienda de la historia contemporánea.

Mientras se hallaba en las oficinas de la Ahnenerbe, Karl María Wiligut, el Rasputín de Himmler, en otro de sus arranques de extravagancia, le pidió que descubriera cuanto pudiese sobre las costumbres matrimoniales en el Tíbet, que quería aplicar en el Reich. A oídos del místico había llegado una leyenda fascinante: las mujeres tibetanas alojaban piedras mágicas en la vagina, y Beger debía «investigar» si era cierto. De si lo hizo o no, y de cómo llevó a cabo tal extravagancia, no tenemos datos.

Una vez en Asia y tras no pocas dificultades, desde la Indian Office enviaron un telegrama en el que se prometía a Schäfer y compañía viajar al norte de Sikkim, pero no más allá. Sir Basil Gould, funcionario político destinado en Gangtok, debía vigilarlos, pero el éxito de los alemanes sería mayor del esperado por los miembros del Foreign Office. Sikkim era un reino montañoso muy pequeño y apartado, pero era una puerta de entrada al Tíbet. Una vez allí, el antropólogo Beger se dedicaría a realizar sus poco éticas mediciones, y es que entre las diferentes tribus del lugar se encontraban los buthia, la élite del Tíbet; la aristocracia tibetana era la que más atraía la atención de los alemanes, pues creían que en ella podría hallarse, quizá, el eslabón perdido de la raza aria ancestral.

El antropólogo racial Bruno Beger.

Beger haría minuciosos análisis de los rasgos físicos de los lugareños –color de ojos, cabello, piel…– y realizaría siniestras «mediciones craneales»: medía la longitud, anchura y circunferencia de sus cabezas, la altura y la anchura de su frente, boca, nariz, pómulos… según la ciencia racial imperante en el Reich, los nórdicos, la raza superior, se distinguían por un frente ancha y un rostro alargado, rasgos que Beger afirmaría encontrar en algunos miembros de la nobleza tibetana.

Utilizaba también máscaras faciales de yeso, material que esparcía sin miramientos sobre el rostro de los tibetanos, que les provocaba ahogamiento, escozor e incluso quemaba su piel. En una ocasión estuvo a punto de provocar la muerte de un joven, Passang, uno de los sherpas de la expedición, quien sufrió convulsiones cuando la pasta de yeso penetró por sus fosas nasales y su boca.

Rumbo a la ciudad sagrada

Gracias a la diplomacia y a sus dotes para la persuasión, Schäfer obtuvo el permiso del Consejo de Ministros tibetano para acceder a la ciudad sagrada de Lhasa. Ningún alemán había logrado tamaña proeza. Fue su primera gran victoria. La larga comitiva iba presidida por banderas con la esvástica  nazi, a pesar de la exigencia de Himmler de que fueran discretos por aquellas tierras.

Durante la mística travesía por Asia, Karl Wienert también trabajaba sin descanso intentando medir el misterioso poder «magnético» de la Tierra, y Sikkim y el Tíbet meridional eran un enigma para los geofísicos. Es posible que Wiener participara del entusiasmo de Himmler por la teoría de la Cosmogonía Glacial de Hans Hörbiger; según él, la raza ancestral aria había descendido a la Tierra envuelta en un manto de hielo, y pensaba que lo había hecho en el Tíbet, donde se hallaban ahora sus oficiales de las SS.

Entretanto, Ernst Schäfer se entregaba de forma enfermiza a la caza para conseguir exóticos especimenes para los museos del Reich. Bruno Beger confirmaría más tarde que Schäfer, realmente fuera de sí, en ocasiones llegaba a beber la sangre de algunas de sus presas tras haberlas degollado. Según éste, le conferían fuerza y potencia, rasgos distintivos de esa raza aria de tintes míticos.

Estaba decidido a llegar hasta el Tíbet, a pesar de los inconvenientes, y mientras se hallaban en Gangtok abasteciéndose de provisiones, les llegó una carta oficial de Himmler que, como recompensa por sus logros, les había ascendido en el seno de la Orden Negra. La expedición, pletórica, partió hacia Lhasa y la noche del 21 de diciembre de 1938 los miembros del equipo celebraron la llegado del solsticio de invierno realizando un ritual pagano: encendieron una hoguera con troncos y ramas secas y cantaron una vieja marcha militar alemana, Flamme Empor «Álzate llama», una especie de talismán del Tercer Reich.

Réting Rinpoché

La mañana del 19 de enero de 1939, la expedición contempló maravillada el palacio de Potala, la fabulosa morada del Dalai Lama en Lhasa. Ahora, sin embargo, la reencarnación del jefe espiritual y político del Tíbet era un pequeño que se encontraba retenido en un monasterio alejado, y en su lugar gobernaba el país un Consejo de Ministros y el poderoso regente Réting Rinpoche, que acabaría recibiendo a los alemanes.

La expedición permaneció en Lhasa mucho más tiempo del que en principio les habían concedido, y pudieron filmar, fotografíar y obtener miles de muestras que servirían para las investigaciones «científicas» de la Ahnenerbe y del retorcido Himmler. Entre otras festividades, pudieron grabar la espectacular ceremonia de celebración del Año Nuevo, con magníficos bailes y mascaradas que mostraban la lucha entre el bien y el mal. Además, Schäfer recolectó numerosas semillas con la intención de sembrar nuevas variedades más duras y resistentes de cereales en el Reich –como sabemos, otra de las obsesiones del Reichsführer desde sus tiempos como estudiante de agronomía–.

Lhasa, Hakenkreuz-Bildhauerei

Durante su estancia, Beger se hizo con una valiosa copia de una enciclopedia del lamaísmo en 108 volúmenes, textos prohibidos a los extranjeros, y hojas sueltas sobre tablillas que –pensaba– podrían arrojar luz sobre la presencia de los antiguos señores arios en el Tíbet. De allí partieron hacia el valle de Yarlung, donde los tibetanos creían que se hallaba el origen divino de sus primeros reyes, que gobernaban desde una gran fortaleza llamada Yumbulagang. Para Schäfer, era un lugar ideal donde buscar los indicios de los primeros señores nórdicos, indicios que los nazis parece que no hallaron.

Después se dirigieron rumbo a Xigaze, la segunda capital más importante del Tíbet; pero el viaje estaba llegando a su fin, pues con los ojos de Hitler puestos en Polonia, era muy posible –como finalmente sucedió– que estallara una guerra en Europa; entonces, los científicos alemanes pasarían de ser incómodos visitantes a enemigos de guerra de los británicos.

Así que, gracias a la ayuda de Heinrich Himmler, que envió fondos, pusieron rumbo a Alemania. Llevaban consigo cientos de pieles, especímenes disecados e incluso animales vivos, entre ellos razas de perros para el Führer, 1.600 variedades de cebada y 700 de trigo y avena… Beger había medido a 376 personas y sacado moldes de cabezas y rostros de otras 17, incluyendo la de dos de las personas más poderosas del Tíbet. Basándose en sus mediciones, el antropólogo, que tiempo después sería uno de los responsables de las atrocidades de la Ahnenerbe en los campos de concentración, como veremos, creía muy probable que la raza nórdica hubiera cambiado el curso de la historia asiática; la prueba residía en los supuestos rasgos nórdicos de los nobles tibetanos: «elevada estatura con largos cabellos», «pómulos retraídos», «nariz muy prominente, recta o ligeramente curvada», «cabello liso y la percepción de sí mismos como dominantes».

A su regreso, los expedicionarios se convirtieron en auténticos héroes. A Schäfer, Himmler le regaló un anillo con la calavera de las SS y la espada ceremonial de la organización, la Ehrendegen, que llevaba grabado un doble rayo rúnico. Ernst aún no tenía 30 años y ya se había convertido en uno de los hombres más célebres del Reich. Sin embargo, no había conseguido llevar a cabo sus planes de emplear Afganistán y el Tíbet como trampolines para el ataque al Imperio británico. Su faceta de explorador era sin duda mucho más eficiente que su faceta de espía del Reich –aspectos que en los miembros de la Ahnenerbe iban muchas veces unidos–.

A su regreso a Alemania, Schäfer montó el documental Geheimnis Tibet, a través de la compañía cinematográfica Tobis, un documento de gran valor hoy en día realizado con las espectaculares imágenes tomadas en los bastiones helados del Himalaya, donde se podía ver la ceremonia sagrada de Lhasa, a Bruno Beger realizando mediciones craneales y máscaras de yeso de los tibetanos o las banderas con la esvástica ondeando en un paisaje helado y prácticamente desconocido para los occidentales de los años treinta del siglo pasado.

Los héroes alemanes del Tíbet no imaginaban lo que les esperaba en tiempos de guerra; algo muy diferente a su epopeya asiática, algo que contaré en otro post.

PARA SABER MÁS:

–HALE, Christopher, La Cruzada de Himmler. La verdadera historia de la expedición nazi al Tíbet. Tempus 2007.

–ENGARHALDT, Isrun: Tibet in 1938-1939: photographs from the Ersnt Schäfer expedition to Tibet. Serindia Publications, 2006.

–HERRADÓN, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

–MARTÍNEZ PINNA, Javier: Los Exploradores de Hitler. SS-Ahnenerbe. Nowtilus, 2017.





Los 16 «mártires» sangrantes del Partido Nazi

13 10 2020

Una vez que Adolf Hitler se hizo con el control del Partido Obrero Alemán fundado por el cerrajero Anton Drexler y lo reconvirtió en el NSDAP –Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores–, se entregó por completo a crear toda una simbología de ecos trágicos y grandilocuentes, con un fuerte componente místico-religioso. La temible esvástica fue su emblema, y la religión de la sangre, esbozada por el racista y teórico nazi Alfred Rosenberg, su credo.

Óscar Herradón ©

Fiesta del Partido Nazi en 1935.

El nuevo régimen necesitaba, como nueva religión, sus propios mártires, y éstos fueron, además del «camisa parda» Horst Wessel, los 16 miembros del NSDAP caídos el 9 de noviembre de 1923 durante el fracaso del Putsch de la Cervecería, símbolo del sacrifico para la redención del pueblo alemán.

En palabras de Éric Michaud, director de estudios en la École des hautes études en sciences sociales (EHESS) de París, autor de La estética nazi, un arte de la eternidad: «esa sangre confiscaba progresivamente la de los mártires de la Gran Guerra».

Se convirtieron en los 16 mártires sangrantes –Blutzeugen– y la conmemoración de su muerte se convirtió en una de las festividades más importantes del Tercer Reich junto al cumpleaños del Führer, el 20 de abril. En 1933, en la Feldherrnhalle de Munich, donde cayeron sus hombres, Hitler hizo erigir una gran placa de bronce con el nombre de los muertos caídos en el combate por la «libertad».

Feldherrnhalle (Múnich) durante el III Reich.


Precisamente a los «mártires del Movimiento», Adolf Hitler había dedicado el primer volumen de Mein Kampf, cuyas primeras ediciones reproducían sus nombres y sus correspondientes retratos, señalando que habían caído «en la fiel creencia en la resurrección de su pueblo».

El día 9 de noviembre se conmemoraba a la vez la muerte y la resurrección de los caídos. Se celebraba una marcha solemne que recordaba a las procesiones cristianas con los «Viejos Combatientes» del Partido, ataviados con sus vestidos de 1923 –que una tienda especial se había encargado de fabricar iguales–, que partían de la Bürgerbräukeller y llegaban hasta el Feldherrnhalle, recordando el recorrido hecho aquel ya lejano día del Putsch muniqués en que Göring fue herido y el ahora todopoderoso Hitler huyó y estuvo a punto de suicidarse. ¡Qué rápido olvida el hombre sus miedos y debilidades pasadas cuando está en la cima de su poder!

Los Templos de los Héroes

Para la conmemoración de estos «caídos», ritual que el Führer inauguró en 1935 y que permanecería inmutable hasta los años de la guerra, se erigieron los dos templos de los Héroes (Ehrentempel) sobre la Königsplatz, edificios concebidos por el propio Hitler y el arquitecto Ludwig Troost, destinados a recibir cada uno ocho sarcófagos de bronce, templos que simbolizaban «el pueblo resucitado y redimido». El recorrido hasta allí estaba jalonado de 240 altos pilones envueltos en paño rojo, coronados de vasos donde ardía la «llama del recuerdo». A medida que avanzaba la solemne comitiva, los nombres de los muertos del Movimiento eran recitados mientras se escuchaban cantos solemnes y una vez en la Köningsplatz se depositaban los ataúdes ante los dos templos.

Ehrentempel

Hitler, que en Mein Kampf plasmaba su indignación porque el Gobierno de Weimar hubiera rechazado una sepultura común para estos «héroes» (lo cual no era de extrañar, pues pretendieron precisamente acabar con ese Gobierno por la fuerza), hizo exhumar sus cuerpos y exponerlos en la Feldherrnhalle el 8 de noviembre, el día antes de la procesión. Ya entrada la noche, acudió al lugar en un imponente descapotable, pasando lentamente por la puerta de la victoria, atravesando las obligadas antorchas, las banderas con la esvástica y la multitud reunida.

En silencio subió, solo, los peldaños tapizados de rojo que separaban a esa multitud del recinto sagrado. Se recogió durante bastante tiempo ante cada uno de los féretros en un momento de gran solemnidad, incrementado por los pilones hinchados en lo alto de los dieciséis catafalcos y las teas de las SA y las SS que emanaban un humo eterno. Una vez allí, retumbaban dieciséis cañonazos, uno por cada caído, y se recordaban los nombres de los «mártires».

Hitler, que había comparado en 1923 la Alemania vencida al Cristo moribundo sobre la cruz, en palabras del citado Michaud, «reaparecía entonces transfigurado. Restauraba la gloria de los mártires y, providencial sobreviviente escapado del reino de los muertos, llevaba con él la salvación del Reich eterno». La edición del día siguiente del Völkischer Beobachter decía: «Él se yergue ante nosotros, como una estatura, ya más allá de la dimensión terrestre».

La Bandera de la Sangre

Así, Hitler volvía a traer del reino de los muertos los mandamientos de la sangre para que su pueblo los obedeciera. Setenta mil miembros del Partido desfilaron después como su séquito ante los caídos. Como reliquia por antonomasia del NSDAP estaba la llamada «bandera de la sangre» (Blutfhane), conducida por la Orden de la Sangre, una bandera recogida el día del Putsch fallido y salpicada por la sangre de los mártires. Desde el segundo Congreso del Partido en 1926,  a la bandera se atribuía la virtud de transmitir fuerzas por contacto, aunque eran pocas las veces que tal reliquia –tan importante– era mostrada en público. Cada vez que se consagraba una nueva bandera del partido o de organizaciones como la Orden Negra, con sus runas sieg (SS), ésta debía ser consagrada por Hitler con la Blutfhane en un ritual de fuerte contenido simbólico.

Hitler con la Blutfahne consagra otras banderas.

Como colofón a la solemne ceremonia, Goebbels hacía un último recital de los nombres de los caídos que imitaba el ritual de los fascistas italianos, uno tras otro, como si hubieran resucitado, seguidos de un ¡Presente! que entonaba el coro de las Juventudes Hitlerianas. Luego los ataúdes eran bajados al corazón de los dos templos y Hitler, visiblemente emocionado, decía: «Para nosotros ellos no están muertos. Estos templos no son sepulturas, sino una Guardia eterna. Ellos están allí para Alemania y velan por nuestro pueblo. Reposan aquí como los verdaderos mártires del Movimiento».

Los nacionalsocialistas ya tenían la liturgia y los lugares de rezo del régimen, sus propias reliquias y símbolos. La Sangre y el Suelo proclamada por Rosenberg era su religión, la esvástica su emblema, Hitler su dios reencarnado. Necesitaban también un enemigo atávico en consonancia con su visión dualista de la historia y ese no podía ser otro que el judío, al que culpaban de todos los males de Alemania.

PARA SABER MÁS:

–HERRADÓN AMEAL, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

–MICHAUD, Éric: La estética nazi, un arte de la eternidad. Adriana Hidalgo Editora 2009.

–SALA ROSE, Rosa: Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo. Acantilado 2003.





Los secretos de la Operación Carne Picada

6 10 2020

Una de las operaciones secretas más extrañas y decisivas de la Segunda Guerra Mundial, orquestada por el MI5, tuvo a la «neutral» España como eje para su consecución. El protagonista involuntario de esta singular historia fue el cadáver de un mendigo inglés al que se haría pasar por un alto oficial de la marina británica, y cuyo cuerpo, vestido con uniforme y portando valiosos documentos, fue arrojado frente a las costas de Huelva. Esta es la historia de la conocida como «Operación Carne Picada».

Por Óscar Herradón ©

Conferencia de Casablanca. 1943

La Segunda Guerra Mundial no sólo se libró en los frentes de batalla. Para su desenlace también fue decisivo el papel de los servicios de Inteligencia de cada contendiente y las operaciones orquestadas entre bambalinas por los mejores espías de aquel tiempo. Ya lo hemos señalado en varias ocasiones. Sus actos fueron tanto o más valiosos que los llevados a cabo por las unidades militares en batallas que han pasado a la historia por ser una verdadera masacre que regó los campos de Europa de rojo sangre.

Precisamente, las operaciones de engaño y desinformación fueron vitales en el éxito de futuras invasiones. La que nos ocupa fue una operación de alto secreto cuyo éxito permitiría un avance importantísimo para la victoria aliada en el Viejo Continente. Pero vayamos al comienzo de esta historia llena de interrogantes.

El origen de uno de los más brillantes señuelos del espionaje británico lo encontramos en la Conferencia de Casablanca –celebrada entre el 14 y el 24 de enero de 1943–, cuando se decide que la invasión de Europa a través de las islas del Mediterráneo (la que sería conocida con el nombre en clave de Operación Husky), tendría lugar en el mes de julio de ese mismo año. Así lo decidieron los mandatarios reunidos en el marroquí Hotel Anfa: Franklin Delano Roosevelt, Winston Churchill, Charles de Gaulle y el general galo Henri Giraud. Un movimiento minuciosamente estudiado para asestar un golpe mortal a los ejércitos de Hitler.

El canciller alemán, y su Alto Estado Mayor –el OKW–, eran conscientes de la inminencia de un desembarco en el Viejo Continente, sin embargo, la topografía del terreno favorecería a los defensores, por lo que ingleses, franceses y norteamericanos debían mantener en secreto el lugar exacto del mismo, dando forma a un elaborado plan de engaño que desde el principio se topó con no pocas dificultades y sí mucho escepticismo.

Tras la derrota de los ejércitos de Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, y finalizada con éxito la campaña del norte de África, la llamada Operación Torch (Antorcha), Sicilia se había convertido en un lugar estratégico fundamental, pues era el punto más indicado para iniciar una invasión del Sur de Italia y de allí del continente, hacia el centro de la Europa ocupada por los nazis. Esto también lo sabían los ejércitos del Eje, por lo que dotaciones alemanas e italianas permanecían en constante alerta. En la isla, la Luftwaffe de Göering tenía allí una de sus principales bases, desde las que hostigaban las posiciones enemigas en Malta.

Existía también la posibilidad, aunque menor, de que el desembarco aliado se realizara en otro lugar y precisamente esa sería el objetivo de los servicios secretos ingleses: desviar la atención de los alemanes de Sicilia a otros supuestos puntos de acceso. La idea era hacer creer a Hitler y al Abwehr, el servicio de espionaje alemán comandado por el almirante Canaris, que las primeras incursiones que darían paso a la invasión se producirían simultáneamente por Grecia y Cerdeña, en ningún caso por Sicilia, que, tratándose del lugar exacto, serviría para fingir una maniobra de distracción. Ello, a pesar de que a comienzos de febrero un informe de los servicios de Inteligencia alemanes redactado para el Oberkommando der Wehrmacht (OKW), el Alto Estado Mayor del Ejército, indicaba en relación a las intenciones aliadas que «Sicilia se presenta automáticamente como el primer objetivo».

Era necesario, pues, que la operación de engaño hiciera cambiar a Hitler de opinión en dos direcciones diferentes: reducir sus temores acerca de Sicilia y aumentar su preocupación por Cerdeña, Grecia y los Balcanes.

Gestando un plan perfecto

Serían dos oficiales ingleses los encargados de dar forma a la que acabaría siendo conocida con el nombre en clave algo escatológico de Operación Carne Picada o Picadillo (Mincemeat Operation). Se trataba del capitán de la RAF (Fuerza Aérea Británica) Sir Charles Cholmondeley, que trabajaba en la sección B1A del MI5, y del capitán de corbeta Ewen Montagu, que pertenecía entonces a la División de Inteligencia Naval del Almirantazgo, y para el ultrasecreto Comité XX (también conocido como “Doble Cruz” –Double Cross–).

Ewen Montagu

Este último daría a conocer dicha operación a la opinión pública en 1953 en un libro que tituló El hombre que nunca existió –que se convertiría en película homónima en 1956–, pero en virtud del Acta de Secretos Oficiales y el hecho de que los servicios secretos de su país se hallaran en plena Guerra Fría, Montagu hubo de omitir no pocos detalles, cambiando a su vez fechas y nombres de los personajes involucrados en una trama digna de la mejor novela negra, y es que, como enseguida podrá comprobar el lector, precisamente en algo similar podemos rastrear su origen. De hecho, había sido el propio Comité Conjunto de Inteligencia británico quien encargó al oficial escribir el libro, ante el riesgo de que apareciesen en la prensa informaciones fuera de control.

En 2010 sería el periodista británico del diario The Times, Ben Macintyre, autor de reveladores libros sobre operaciones secretas en tiempos bélicos, quien arrojaría luz definitiva sobre uno de los episodios más singulares de la Segunda Guerra Mundial. Es el propio autor quien señala que la idea original surgió de la imaginativa mente del escritor Ian Fleming, creador de James Bond y quien mucho sabía de espionaje, pues trabajaba entonces, como Montagu, para la Oficina de Inteligencia Naval británica. Al parecer, se inspiro en la trama de una novela de detectives publicada en la década de los 30, escrita por Basil Thomson, a su vez también oficial de Inteligencia y policía que en sus ratos libres se dedicaba a escribir y que falleció tiempo antes de dar luz verde al proyecto, en 1939.

La idea, retomada por Cholmondeley, consistía en enviar información falsa a los alemanes a través de un oficial muerto en combate, o como finalmente se decidiría, fallecido durante un accidente aéreo mientras transportaba información vital a los altos mandos aliados en el norte de África.

Cholmondeley, cerebro de la operación con Montagu.

Una operación similar había sido llevada a cabo en 1942, en la batalla de Alam Halfa, según cuenta Milagros Soler siguiendo el trabajo del británico: un cadáver se había abandonado en un coche que explotó –o eso se hizo creer– cuando atravesaba un campo de minas. Dicho cuerpo llevaba consigo un mapa falsificado de otros supuestos campos minados. El plano se le entregó de forma inmediata a Rommel, que parecer ser mordió el anzuelo y sus temibles panzers, los camuflados y letales carros de combate alemanes, quedaros atrapados en las abrasadoras arenas del desierto.

«Carne Picada» era mucho más ambiciosa y comportaba mayores riesgos. Los aliados sabían que de ser hallado el cadáver, éste sería sometido a una minuciosa autopsia y los documentos que portaba, bajo el marchamo de “Alto Secreto”, sometidos a un meticuloso análisis para detectar cualquier fraude, por pequeño que fuera. De fracasar la operación, los alemanes sabrían que se hallaban ante un engaño y no les sería difícil prever el verdadero punto de la invasión. Algo muy parecido sucedería un año después, en el marco del Día-D, el espectacular desembarco de Normandía que ahora no nos ocupa.

El plan orquestado por Ewen Montagu consistía en hacer llegar hasta las costas de Huelva el cuerpo sin vida de un alto oficial de la Marina que había muerto ahogado al estrellarse su avión. Y es aquí donde entra en liza nuestro país. El MI5 decidió escoger las costas onubenses por varias razones: entre otras, las corrientes de la zona, que podían trasladar el cuerpo sin demasiadas dificultades hacia la costa. Además, Huelva quedaba de paso en la ruta aérea entre Londres y el cuartel general aliado en Argel, dando consistencia a la hipótesis de un supuesto accidente. Otra de las razones esgrimidas era que, a pesar de ser oficialmente neutral, como ya hemos visto en artículos anteriores, nuestro país era campo abonado para las maniobras de los nazis, pues todo el mundo sabía que el general Franco daba cobertura a los servicios secretos de Hitler.

La última y más importante razón, quizá, era que precisamente en Huelva operaba uno de los más eficientes espías del Abwehr en el sur de Europa, Adolf Clauss, cuyo padre ejercía como cónsul en la región y, por tanto, mantenía importantes contactos con los altos mandos del gobierno franquista, que no le hacían ascos a la esvástica. Hacia 1920 ya se había convertido en el principal agente del servicio de Inteligencia del ejército alemán en Huelva, donde en teoría trabajaba como técnico agrícola –se había formado en Alemania como arquitecto e ingeniero industrial hasta que estalló la Gran Guerra–. Bajo esta falsa apariencia, y desde su residencia en La Rabita, llegaría a organizar sabotajes de los barcos ingleses.

Durante la década de los 30, se casó con la hja de un importante oficial del ejercito español, lo que permitió a Clauss introducirse en Falange. Cuando estalló la Guerra Civil, se alistó inmediatamente como capitán en la Legión Cóndor, la unidad de voluntarios alemanes que combatió por el bando franquista. Para 1943, cuando se desarrollan los hechos que venimos narrando, el agente dirigía la red de espionaje más grande y eficaz de la costa española. Situada entre la frontera portuguesa y Gibraltar, Huelva adquirió una importancia estratégica clave durante el conflicto.

La última y más importante razón, quizá, era que precisamente en Huelva operaba uno de los más eficientes espías del Abwehr en el sur de Europa, Adolf Clauss, cuyo padre ejercía como cónsul en la región y, por tanto, mantenía importantes contactos con los altos mandos del gobierno franquista, que no le hacían ascos a la esvástica. Hacia 1920 ya se había convertido en el principal agente del servicio de Inteligencia del ejército alemán en Huelva, donde en teoría trabajaba como técnico agrícola –se había formado en Alemania como arquitecto e ingeniero industrial hasta que estalló la Gran Guerra–. Bajo esta falsa apariencia, y desde su residencia en La Rabita, llegaría a organizar sabotajes de los barcos ingleses.

Durante la década de los 30, se casó con la hja de un importante oficial del ejercito español, lo que permitió a Clauss introducirse en Falange. Cuando estalló la Guerra Civil, se alistó inmediatamente como capitán en la Legión Cóndor, la unidad de voluntarios alemanes que combatió por el bando franquista. Para 1943, cuando se desarrollan los hechos que venimos narrando, el agente dirigía la red de espionaje más grande y eficaz de la costa española. Situada entre la frontera portuguesa y Gibraltar, Huelva adquirió una importancia estratégica clave durante el conflicto.

Era vital que una vez se descubriera el cadáver, los documentos que éste portaba no fueran directamente enviados a la embajada británica, como requería el procedimiento oficial en un país neutral, sino inspeccionados primero por los hombres del Abwehr antes de ser devueltos a sus dueños. Existía la posibilidad de que el cadáver fuese enviado de forma casi inmediata a Gibraltar, colonia británica, para rendirle honores y darle sepultura, pero entonces la misión fracasaría, así que se puso en alerta a varios altos cargos ingleses tanto de Huelva como del Peñón.

Un cadáver sin identidad

Líneas más adelante recogeré cómo se las ingeniaron los agentes ingleses para lograrlo, pero veamos antes quién era «el hombre que nunca existió».

Cuenta Montagu en su libro citado de 1953 que se puso en contacto con el prestigioso patólogo forense sir Bernard Spilsbury, quien aconsejó el cuerpo de una víctima de neumonía, «que presentan un encharcamiento de los pulmones similar al de los ahogados por líquido pleural», siendo así muy difícil de detectar por otro patólogo forense al servicio de los alemanes que se trataba de alguien fallecido previamente.

sir Bernard Spilsbury

Montagu apunta que lograron localizar a un hombre que había muerto por neumonía en un hospital londinense, tras obtener el permiso oficial de su familia, a la que dijeron que daría un gran servicio a su país, aunque sin especificar los pormenores de la misión. Lo único que sus parientes pidieron a cambio, según el oficial de Inteligencia, fue que se le diera cristiana sepultura. La realidad era algo distinta, y hoy por fin conocemos la verdadera identidad de aquel héroe de guerra sin vida.

El mismo Winston Churchill, muy interesado en las operaciones de Inteligencia, dio luz verde a la operación el 15 de abril de 1943 y los hombres al servicio de Montagu se dedicaron a la minuciosa tarea de construir una identidad al cadáver. El premier lo hizo no sin antes obtener la colaboración y el apoyo del general Eisenhower, comandante supremo del ejército aliado en África, que obtuvo instantáneamente. Los encargados del rebuscado ardid sabían que cualquier pequeño error de cálculo o incongruencia sería detectado por los alemanes. Nacía así el capitán de los Royal Marines con función de Mayor William Martin, nacido en Cardiff, Gales, en 1907 y con 36 años en el momento de su supuesta muerte, que estaba destinado en el Cuartel General de Operaciones Combinadas. Era un capital eventual habilitado como “comandante” para aquella misión, puesto que nadie con una graduación inferior hubiese podido llevar documentos de alto secreto como los que portaba si querían que los alemanes se tragaran el engaño.

Se le construyó una personalidad hecha a medida, una historia con algún que otro claroscuro e incluso una relación ficticia, mientras los departamentos especializados en falsificaciones preparaban a conciencia los documentos que lo identificaban y aquellos que había de portar en su ficticio viaje hasta Argel, destino al que nunca llegaría.

La identidad del personaje creado por Montagu, aprobada por el Departamento de Inteligencia Naval fue el siguiente: un oficial de enlace destinado en la Marina Real que prestaba entonces un gran servicio realizando correos de conexión entre las tropas de África y la dirección en Londres, y que encontraría la “muerte” en un accidente aéreo durante el viaje Gibraltar-Londres mientras transportaba información vital para el desarrollo de la guerra en el Mediterráneo.

Pam

Para dotar de credibilidad a la misión de contrainteligencia, se le inventó una relación formal con una joven bautizada como Pam –que en realidad era la agente del MI5 Jean Leslie, muerta en 2012, que posó para un par de fotografías que se guardaron en la cartera de Martin como si formaran parte de su vida privada–, a las que acompañaban también cartas de amor que estaban desgastadas para dar la apariencia de que habían sido releídas muchas veces. Entre sus pertenecías se incluyeron un juego de llaves, entradas de teatro recientes de una función londinense, una factura por el alojamiento de su club en Londres e incluso un descubierto del Lloyds Bank en el que se le apremiaba a reingresar el dinero debido. Montagu y su equipo querían hacer creer que se trataba de un oficial responsable pero a la vez algo descuidado, para lo que facturas sin pagar y una tarjeta de identidad duplicada que servía para reemplazar la que había perdido, así como un pase caducado del Cuartel General de Operaciones Combinadas.

Era la forma para poder explicar que la maleta que portaba estuviese atada mediante una cadena a su gabardina, dando la impresión de que quería estar cerca del material a lo largo del trayecto pero también de su tendencia al descuido –lo que podía jugar en su contra, porque la Inteligencia alemana podía haber dudado de que se eligiese para una tarea de alto secreto a un hombre de estas características, cosa que por suerte no sucedió–.

Lo más importante de todo, una vez definida su identidad, fue preparar toda una serie de documentos que convenciesen a los alemanes de que el desembarco aliado se iba a efectuar en algún otro punto que no fuese Sicilia. Se optó para ello no por documentos oficiales, sino por cartas entre altos cargos del ejército donde destacaban opiniones y sugerencias sobre el desembarco.

Los falsos planes se sugerían por medio de una carta personal del teniente general sir Archibald Nye, segundo jefe del Estado Mayor General Imperial, dirigida al general sir Harold Alexander, comandante británico en el norte de África, donde el primero le decía al segundo por cauces no oficiales –off the record–, que se llevarían a cabo dos operaciones conjuntas: mientras Harold Alexander atacaba con sus tropas Córcega y Cerdeña, el general Henry Wilson desplegaría las suyas en Grecia. Maestros en el arte de la desinformación, los agentes del MI5 indicaban en la carta que se estaban elaborando planes «para engañar a los alemanes» y convencerlos de que el desembarco se haría en Sicilia. Así, obligaban a la Wehrmacht a dispersar sus fuerzas.

Pasaporte de William Martin

Pero aquella no era la única misiva que incluía el maletín del Mayor Martin: en otra, dirigida por Lord Louis Mountbatten, Jefe de Operaciones Combinadas, al almirante Sir Andrew Cunningham. Comandante en Jefe del Mediterráneo, se ensalzaba la habilidad de Martin en operaciones de tipo anfibio, y el ficticio Mountbatten señalaba que era una información tan delicada que no podía seguir el curso oficial, de ahí el motivo del vuelo del hombre que nunca existió. En una hábil maniobra se apuntaba como centro de la invasión la isla de Cerdeña.

Un ahogado en Huelva

El cadáver de William Martin fue vestido con el uniforme de los Royal Marines –algo que no fue sencillo debido a su rigidez–, e introducido en un contenedor estanco conservado en hielo seco. El tubo metálico fue introducido en el submarino HMS Seraph, al mando del teniente comandante N. A. Jewell, que partió a las 18 horas del 19 de abril de 1943 de la base de Holy Loch con rumbo a la isla de Malta.

HMS Seraph

El día 30 de abril, a una milla marina de la costa onubense, el submarino subió a la superficie. Sobre las 4.30 horas, subieron el contenedor a cubierta y Jewell procedió a abrirlo en presencia de los oficiales de a bordo. Puesto que Jewell era el único que conocía la verdad hasta ese momento, tomó en aquel instante juramento de silencio a sus subordinados. Ante el peculiar catafalco, se celebró un responso fúnebre. El comandante pronunció el Salmo 39, «Caducidad de la vida»; luego, le colocaron al cadáver, ya muy deteriorado, un salvavidas de la RAF para que pareciera la víctima de un accidente aéreo y arrojaron sus restos al agua, con la esperanza de que las corrientes del Estrecho arrastraran el cuerpo a tierra. Una vez que el submarino se hubo alejado lo suficiente, Jewell informó a sus superiores en Londres con el mensaje «Carne Picada completada».

Aún en la capital inglesa, en el cuello de Martin habían colocado una cadena con una cruz de plata y placas de identificación en la que podía leerse: «Mayor Martin, R.M., R/C», cuyo significado era el siguiente: «Mayor Martin. Royal Marine. Roman Catholic». Esto último se incluyó para que, si todo salía según lo previsto en el plan secreto, el cuerpo fuera enterrado en el cementerio católico de Huelva y no en la colonia inglesa de Gibraltar, lo que daría al traste con la operación. Además. Los espías alemanes controlados por Crauss se movían con gran facilidad en el camposanto onubense y tendrían un acceso casi directo a la información del maletín.

El cuerpo de Mayor Martin fue encontrado cerca de la playa de Mata Negra. El descubrimiento fue puesto en conocimiento de las autoridades pertinentes y la autopsia corrió a cargo del forense Eduardo Fernández del Torno, quien, contrariamente a la opinión del británico Spilsbury, realizó un análisis preciso y muy profesional del cuerpo, determinando que llevaba fallecido entre cinco y diez días. Si los alemanes le hubiesen prestado más atención a su informe, se habrían percatado de que Martin no podía haber estado en el teatro la noche del 22 de abril, como indicaban los resguardos de las entradas que portaba en su uniforme, pues en dicha fecha debía llevar varios días muerto. Del Torno dejó constancia de su extrañeza ante el hecho de que el Mayor no mostrase las habituales mordeduras de peces. Aun así, determinó que había muerto de «asfixia por inmersión».

Hillgarth

La operación estuvo a punto de irse al traste cuando el maletín que portaba el cadáver iba a serle entregado por el juez instructor de la Marina de Huelva, Mariano Pascual de Pobil, al vicecónsul británico, Francis Haselden, evitándose así el molesto papeleo. Haselden, sin embargo, estaba al corriente de la Operación Micemeat gracias a Alan Hug Hillgarth, agregado naval de la embajada británica en Madrid, y le indicó a Pobil que debía seguir los cauces oficiales. Por ello, el maletín estuvo trece días en manos de las autoridades franquistas, tiempo más que suficiente para que los «zorros» del Abwehr accedieran a la información clasificada.

Para dar más cobertura al engaño, el nombre del Mayor Martin apareció incluido en una lista de bajas publicada por el diario británico The Times en 4 de junio, junto al de otros oficiales que, efectivamente, habían muerto en un accidente aéreo sobre el mar. Para que el engaño se viera reforzado, se enviaron una serie de mensajes de máxima urgencia del propio Almirantazgo al agregado naval británico en Madrid, pidiéndole la devolución «a cualquier precio» de los documentos que portaba el cadáver. Así –sabedores de que la inteligencia española seguía de cerca las comunicaciones británicas– alertarían a las autoridades franquista sobre la importancia capital de los papeles.

Cuando el maletín regresó a Londres tras pasar por manos de Hillgarth, trece días después, el examen microscópico reveló que los alemanes habían abierto y vuelto a cerrar las cartas. En otro alarde de genialidad, que planeó sobre toda la operación, Montagu había dejado unas minúsculas pestañas dentro de los sobre que, aunque parecían intactos, podía comprobarse que se habían manipulado al caerse estas. La misión parecía haber salido bien, y la confirmación llegó con las escuchas descifradas en Bletchley Park, las emisiones Ultra descifradas a la máquina Enigma alemana: indicaban que los nazis estaban desviando fuerzas para defender Córcega, Cerdeña y la costa griega. A raíz de esta noticia, se envió un breve despacho telegráfico a Churchill sobre el éxito de la operación: «Carne Picada tragada entera» (Mincemeat Swallowed Whole).

Montagu y Cholmondeley trasladando el cuerpo.

Morder el anzuelo                     

Tan solo quedaba esperar los resultados. La noche del 9 al 10 de julio de 1943, alrededor de 160 mil soldados aliados desembarcaron en Sicilia. El alto mando alemán –OKW– había determinado el traslado desde territorio siciliano a Kalamata y Cabo Aroxos, en Grecia, de varias divisiones acorazadas. Una división de panzers se desplazó desde Francia al frente del Egeo y otras fueron dirigidas a los Balcanes cuando se estaba librando en el Este una de las batallas decisivas de toda la guerra, la de Kursk. Córcega y Cerdeña fueron fortificadas, dejando Sicilia prácticamente desguarnecida.

Tras las guerra, se realizó una investigación en los archivos del Tercer Reich –los que no habían sido destruidos, que fueron muchos–, y en los de la Kriegsmarine se encontró el diario del almirante Karl Dönitz, más tarde sucesor del Führer antes de la derrota final como Reichspräsident, quien, en una entrada del 15 de mayo, señalaba: «El Führer no está de acuerdo con la idea del Duce de que la punta más probable de invasión sea Sicilia. Según su opinión, los documentos anglosajones encontrados en España confirman que el desembarco se producirá en la isla de Cerdeña y el Peloponeso». En aquel caso, Mussolini llevaba toda la razón.

Aquel fue uno de los golpes más efectivos de los aliados y sin duda acortó la duración de la guerra, contribuyendo a la agonía del Tercer Reich que, por suerte, jamás duraría Mil Años como rezaba la propaganda del régimen. Hoy, una lápida en el cementerio onubense de Nuestra Señora de la Soledad sigue recordando a aquel héroe post-mortem de la contienda. En ella puede leerse sobre el mármol los nombres de William Martin y el de Glyndwr Michael –que se añadió hace pocos años–, con la inscripción horaciana: Dulce et decorum est pro patri mori («Dulce y honroso es morir por la patria»).

El verdadero «hombre que nunca existió»

Desde que se dio a conocer a la opinión pública la existencia de la Operación Carne Picada a través del libro de Ewen Montagu de 1953 El hombre que nunca existió, la verdadera identidad del teniente William Martin ha sido objeto de numerosas controversias. El agente de la Inteligencia Naval señaló que era el cuerpo un hombre sin identificar de 34 años, muerto de neumonía, a cuya familia se le pidió el correspondiente permiso, señalando que realizaría una verdadera gesta por su patria. En 1996, el ejército británico desclasificó varios documentos en relación a este hecho, documentos que analizó el historiador aficionado Roger Morgan, quien llegó a la conclusión de que Martin fue en realidad un vagabundo galés, alcohólico y con problemas mentales, que al parecer se suicidó –o ingirió por error– raticida en un almacén de la capital londinense. Se trataba del galés Glyndwr Martin, de entre 30 y 34 años de edad cuyo cuerpo se encontraba en la morgue del hospital Saint Pancrass, a cargo de W. Bantley Purchase, Jefe del Servicio Forense de Londres y que estaba al tanto de la operación secreta. Los síntomas de muerte por envenenamiento podrían, en opinión de los forenses, confundirse con un ahogamiento, haciendo que los pulmones presentaran una semejanza con patologías de fallecimientos producidos por inmersión.

Sin embargo, hay autores que no están conformes con dicha hipótesis. Esgrimen el hecho de que parece poco probable que el fallecido por ingesta tóxica fuera el elegido, ya que esa circunstancia podría detectarse en la autopsia –de todas maneras, no debemos olvidar que Martin no fue sometido a una autopsia exhaustiva precisamente porque era “católico”, y es que a Montagu no se le escapó ningún detalle–.

En su libro Los secretos del HMS Dasher, escrito por John y Noreen Steele, dedicado al portaaviones británico que fue hundido en un error bélico fatal por los propios aliados el 27 de marzo de 1943, que se cobró 379 muertos, trágico suceso que se ocultó a la opinión pública para no minar la moral de los ingleses, los autores señalan que el cuerpo que se dejó flotando frente a Punta Umbría no era el del vagabundo galés Glyndwr Michael, sino el de una de las víctimas de dicho accidente. La razón: que el cuerpo de vagabundo fue obtenido en enero de 1943 y que, pese a estar conservado en hielo, debía estar en un avanzado estado de descomposición para cuando “Carne Picada” se llevó a cabo. Afirman que lo lógico habría sido que Montagu y Cholmondeley trasladaran el cuerpo directamente al puerto de Blyth, donde estaba amarrado el Seraph, sin embargo, el submarino recibió órdenes de acudir a la costa este de Escocia, hacia el norte, para luego dirigirse hacia el sur, al Flirth of Clyde, lugar del accidente del Dasher. ¿Extraño, verdad? La hipótesis de los autores citados es que se necesitaba un nuevo cuerpo para el éxito de la operación y que el contenedor que Montagu llevó a Holy Loch estaba vacío. El misterio «hombre que nunca existió» sigue vivo.

Otros libros relacionados:

Clauss. Un agente alemán en la Huelva de la II Guerra Mundial, de Enrique Nielsen y Jesús Copeiro, editado por Niebla.