Tomás y Felipe: los Evangelios de la polémica

12 04 2021

A finales del siglo XIX unos investigadores franceses dieron a conocer un fragmento inédito del evangelio apócrifo atribuido al apóstol Tomás, escrito en griego y contenido en papiro, hallado también en Nag-Hammadi. Medio siglo después, en el gran hallazgo de los textos gnósticos, se encontró el texto completo, ubicado en el códice II, en concreto desde la página 32 hasta la página 51.

Óscar Herradón ©

Evangelio de Tomás (Source. Wikipedia)

La mayoría de los expertos coinciden en la autenticidad del manuscrito, cuya credibilidad es similar, e incluso superior, al resto de evangelios del Nuevo Testamento. Sin embargo, su contenido revela una forma de elaboración y de enseñanzas completamente diferentes a las contenidas en los textos canónicos. Basado en la doctrina gnóstica, sus consejos y sentencias parecen estar reservadas a un pequeño sector docto, a un grupo de elegidos capaz de interpretar correctamente el mensaje, en el que se insiste en la capacidad de alcanzar la divinidad por uno mismo.

La autoría del texto, que consta de 117 proverbios y diálogos cortos, probablemente pronunciados por Jesús, se atribuye a Judas Tomás Dídimo, a quien el evangelio presenta nada menos que como el hermano de Jesús. Estas enseñanzas fueron supuestamente reveladas por el mismo Mesías a Judas Tomás quien, contrariamente a los autores oficiales del Nuevo Testamento, conoció de primera mano las palabras de Jesús y, lo que es aún más interesante, pudo haber alcanzado, como éste –por lo que se desprende de algunas sentencias– la divinidad, por lo que se habría convertido también en «Cristo». Estas revelaciones no podían, evidentemente, ser admitidas por la Iglesia, aun cuando fuesen verdaderas. Cuestionan todo el dogma sobre el que se ha edificado la «casa de Dios» desde el siglo IV. Muchos investigadores, como Timothy Freke Peter Gandy y Elaine Paigels en especial, creen que de las palabras de Tomás se desprende claramente que el reino de los cielos, Dios, está en uno mismo, por lo que no sería necesaria la existencia de intermediarios. Dios está en todas partes y en cada uno de nosotros –claro corte gnóstico–, como vimos en la anterior entrada en «Dentro del Pandemónium». Ésta es la principal razón por la que el Evangelio de Tomás, junto a otros también «peligrosos», fuera tachado de apócrifo y de esta manera condenado.

Ahora cabe hacernos la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que la Iglesia, principal representante de las enseñanzas de Cristo, obviara la importancia de dicho texto cuando fue descubierto, si podía ofrecer mucha más información sobre el verdadero mensaje del Mesías? La respuesta se oculta tras un gigantesco corpus de intereses creados originados con Constantino y el celebérrimo y controvertido Concilio de Nicea.

El Evangelio de Felipe

La duda de si el texto es contemporáneo a Jesús o muy posterior –del siglo II, como apuntan algunas fuentes– sigue vigente, una de las principales bazas de la ortodoxia, además de ser un texto supuestamente no revelado por el Espíritu Santo, para tacharlo de falso y herético. Sin embargo, ¿cómo es posible que un texto que falta a la verdad, que nada tiene que ver con la doctrina de Jesús, se erigiese como fuente fundamental en la redacción de gran parte de los Evangelios Canónicos? Al menos dos terceras partes de los proverbios de este apócrifo los encontramos reflejados en los evangelios de Mateo y Lucas.

El Documento Q

Dichas coincidencias han llevado a diversos autores a plantear la hipótesis de que el Documento Q, al que aludí en un post anterior, sería simplemente otra versión de una colección de dichos de Jesús, al igual que el Evangelio de Tomás. En la actualidad se cree que dicho Documento Q (también conocido como Fuente Q) pudo ser escrito por Felipe, también llamado el quinto evangelista, cuya obra hubiera servido de inspiración y base al resto de los evangelistas «oficiales». El Evangelio de Felipe fue uno de los textos más relevantes, junto al de Tomás, hallados en Nag Hammadi, también de claro corte gnóstico. De ser cierto todo lo que se dice de ambos escritos , y es bastante probable, tachar dichos textos de apócrifos habría sido una de las mayores calumnias de la historia del cristianismo. Volviendo al escrito de Tomás, de la antigüedad del texto dan evidencias diversos testimonios literarios, testimonios probablemente muy posteriores a la redacción del apócrifo: Clemente de Alejandría citaba en su proverbio número dos, sin nombrar la fuente, en uno de sus escritos, la Stromata Remedios– compuesta en el año 190 d.C.: «El que busca no debe dejar de buscar hasta que encuentre. Y cuando encuentre se estremecerá, y después de estremecerse se llenará de admiración y reinará sobre el universo».

Dichos indicios, las citas literarias y la clara influencia en los apóstoles, refuerzan la teoría según la cual Tomás habría escrito su evangelio antes que el mismo Mateo. Al igual que en otras religiones, como la hebrea, se sospechaba que podrían haber circulado en el cristianismo antiguo colecciones con los dichos de Jesús, hipótesis que vino a ser corroborada –al menos para algunos– con el descubrimiento de los evangelios de Tomás y Felipe en Nag-Hammadi. Pero, ¿cómo iba a admitir la Iglesia un dogma basado no solo en que cada uno de nosotros puede alcanzar la verdad por sí mismo, sino que Jesús, «hijo único de Dios, engendrado, no creado», como se dejó escrito en Nicea, tenía hermanos, hecho que cuestionaba incluso la virginidad de María?

El Sermón del Monte, por Carl Bloch (1877) Source: Wikipedia

Ante la evidencia de que muchos textos, también los canónicos, afirmaban esta realidad, el cristianismo ortodoxo se apresuró a decir que dichos «hermanos de Jesús» no eran sino hijos de un matrimonio anterior de José. Nada así, sin embargo, se recoge en las Escrituras. ¿Era esto verdad u otra manipulación de la verdadera historia de Jesús? ¿Quién miente, estas escrituras apócrifas, probablemente algunas contemporáneas al Mesías, o la gran corporación que dicta su ley desde el trono de San Pedro? Muchas preguntas sin una respuesta firme pero que, desde luego, despiertan inquietud, y deberían hacerlo también –o sobre todo– entre los creyentes. A veces no es necesario ocultar la verdad, pues el hombre no siente la necesidad de saber, de indagar, de comprender y desenmascarar las farsas de la historia. Por ello, probablemente, seguimos cometiendo los mismos errores que en el pasado: censurando, condenando e incluso quemando aquello que no es de nuestro agrado. Nag-Hammadi es un claro ejemplo, pero hay muchos más. Junto a este gran descubrimiento, poco tiempo después, acaeció otro de gran importancia también para la historia de las religiones, el judaísmo y los primeros cristianos, del que hemos hablado detenidamente en el interior del «Pandemónium»: los rollos del Mar Muerto.

PARA SABER MÁS:

Además de sumergirse en alguna de las ediciones que existen en castellano sobre los evangelios gnósticos, y en los estudios citados en el post dedicados al asunto, para profundizar en la figura del Jesús histórico, muy alejado del postulado mítico de la ortodoxia, nada mejor que acercarse al nuevo trabajo de uno de los investigadores que más saben a nivel mundial sobre los estudios bíblicos y sobre la figura del Mesías cristiano, el filólogo e historiador español Antonio Piñero.

Hace unas semanas, la editorial Trotta publicaba su último trabajo: El Jesús Histórico. Otras aproximaciones. Reseña crítica de algunos libros significativos en lengua española, un acercamiento plagado de erudición y laboriosa documentación a los más importantes textos –y muchos otros menores– que giran en torno a la figura de Cristo desde una perspectiva historiográfica, no sujeta a lo dictado por iglesia alguna y con una finalidad crítica. Para el autor, se trata de construir una imagen de Jesús sobre la base de lo que razonablemente podemos saber hoy sobre él utilizando todas las herramientas usuales en la investigación de la historia antigua.

La lista de libros comentados en estas páginas, señala la sinopsis, no es muy grande si tenemos en cuenta que sobre el personaje se escriben cerca de mil libros al año, aunque la mayoría sin valor historiográfico alguno. Piñero cree que con los libros presentados en este revelador trabajo el lector tendrá las suficientes herramientas intelectuales para formarse una idea de cómo debe discurrir hoy día la investigación del Jesús de la historia. La imagen del Nazareno así construida demuestra que su vida, aun siendo la de un personaje históricamente remoto, está totalmente viva en la inmensa mayoría de los cristianos, una vida que por ello sigue interesando por sí misma, también a los no creyentes y a quienes profesan otras religiones.

Aquí tenéis el enlace de la editorial para adquirir el ensayo en papel o en E-book:

https://www.trotta.es/libros/el-jesus-historico-otras-aproximaciones/9788498799866/





El cuadrilátero en la gran pantalla

9 04 2021

El pugilismo ha sido, es y será una referencia para el séptimo arte. Ya desde el cine mudo se rodaron películas importantes sobre un cuadrilátero como El Ring (1927), de Alfred Hitchcock, y a ella seguirían cintas mínimas y obras malas, en medio de obras maestras como Cuerpo y alma (1947), Más dura será la caída (1957), Réquiem por un campeón (1962), y ya más cerca en el tiempo largos como The Fighter (2010) o Redención (2015). Realizamos un repaso por el deporte del puñetazo visto desde una butaca de cine.

Óscar Herradón ©

Stallone en Rocky (Source: Wikipedia)

Puedo decir sin sonrojarme que con Rocky y su melodía tuve mis primeras sensaciones heroicas infantiles. O quizá fue con Star Wars… Era escuchar aquella potente banda sonora, hoy épica, compuesta por Bill Conti, y todo se hacía posible. Luego, en la cuarta entrega (aquel producto de exaltación yankee en plena Guerra Fría que, creo, fue la primera que vi, por edad, y que, será mala, pero me encanta), se asentaría definitivamente en mi mente la melodía de «The Eye of The Tiger», de Survivor, que inauguró la tercera entrega en 1982, y el subidón fue aún mayor.

Cualquier desafío, por grande que fuera, aunque se tratara del de un crío de 8 años, parecía posible al ritmo de aquellos acordes y ese baile de piernas tan criticado por los expertos. Tras aquellos años de cine y boxeo a lo Stallone vendría mi cinefilia (o quizá partía de allí, y de esos inolvidables momentos de sofá y cuarto de estar, porque entonces teníamos «cuarto de estar»), y descubriría cintas como Toro Salvaje, Más dura será la caída o Marcado por el odio. Mejores, dicen los que saben, pero con Rocky sigo soñando. Quizá porque nací cuando se marchaba el año 1979, a las mismas puertas de los 80, con un Stallone icónico también en Rambo. Me da igual lo que la crítica diga de él y su testosterona ultraviolenta, no puedo ser objetivo.

Melancolías aparte, antes del potro italiano, mucho antes, se hicieron joyas de la gran pantalla, más admiradas por los que se dedican a tan honorable –y violento, todo hay que decirlo– deporte, joyas que recoge de forma detallada (y entretenidísima) Alfonso Bueno López en Sangre, sudor y puños. El boxeo en el cine, una de las últimas novedades de una editorial que me encanta, porque adora también el cine en general, y el ochentero en particular, como ya mostré en un post sobre la saga Regreso al Futuro: Diábolo Ediciones. Por supuesto, teniendo la posibilidad de sumergirnos en las páginas de un libro así, profusamente ilustrado, apenas citaré unas cuantas curiosidades pugilísticas para abrir boca, pues todo se cuenta ahí con pelos y señales, guantes, sangre, sudor, puños y mucho espectáculo.

El deporte de las doce cuerdas

Después de narrar el origen del boxeo y cómo éste fue prohibido en varios países, como Inglaterra (donde se realizaban combates clandestinos a los que, paradójicamente, asistía de incógnito el mismísimo príncipe de Gales), el autor se centra en el papel de este deporte en la gran pantalla, que aparece casi desde el comienzo de este arte, con el cinematógrafo y el cine mudo. Buena parte de los filmes pioneros tenían como trasfondo la clandestinidad de este deporte que ya era célebre en la Antigua Roma.

El propio Thomas Alva Edison, que en su guerra de patentes se hizo con los derechos del kinetoscopio, consciente de las posibilidades del espectáculo pugilístico, inició el cine de boxeo con una película filmada en 1894, una pelea coreografiada de seis asaltos entre los púgiles Mike Leonard y Jack Cushing en el estudio Black Maria.

Leonard VS Cushing

La primera estrella de este género fue el profesional (primer campeón del mundo) James J. Corbett, quien compaginó su carrera deportiva con apariciones en diversos teatros de todo EEUU y que al dejar los cuadriláteros se dedicó también al cine en el recién inaugurado Hollywood. Su biografía sería adaptada a la gran pantalla por Raoul Walsh en 1942, en la película Gentleman Jim, y su papel recaló en el inquieto Errol Flynn, que no era un profesional pero estaba acostumbrado a usar los puños.

El boxeo se fue asentando en el nuevo arte y en 1919 el propio David W. Griffith, pionero y padre del cine moderno con la racista El Nacimiento de una Nación, toda una exaltación del Ku Klux Klan en un tiempo en que el supremacismo blanco cosechaba aún un gran poder, dirigió el melodrama Lirios Rotos (Broken Blossoms, también conocido como La culpa ajena) protagonizada por un boxeador camorrista y alcohólico interpretado con maestría por Donald Crisp.

Por supuesto, los grandes del cine mudo como Charles Chaplin o Buthster Keaton no perdieron la oportunidad que brindaba el pugilismo para sus películas, como hizo Charlot en The Champion y en el final de Luces de Ciudad o el segundo en El Boxeador (Battling Butler). Y el que acabaría convirtiéndose en «maestro del suspense», uno de mis realizadores favoritos, Alfred Hitchcock, en su etapa británica y muda, dedicó su segunda película a este deporte en la pionera El Ring, protagonizada por Carl Brisson y cuya pelea final tiene lugar durante un magnífico combate en el Royal Hall londinense.

Buster Keaton en El Boxeador (1926)

A ella, junto a numerosos títulos menores, seguirían grandes cintas protagonizadas, al otro lado del charco, por el «gánster» por antonomasia de aquella era cinematográfica, James Cagney, que sabía moverse en el cuadrilátero, pues aprendió a pelear en las calles, sorprendiendo incluso a su entrenador, el antiguo boxeador y doble de acción Harvey Parry y que nos brindó perlas del ring con toque noir como El Predilecto (ésta tirando hacia la comedia), O todo o nada o Ciudad de conquista.

Sangre, sudor y puños (Diábolo Ediciones)

A estos títulos le sucedieron grandes películas como Más dura será la caída, protagonizada por Humphrey Bogart o Forajidos, de Robert Siodmak, en la que Burt Lancaster (que aprendió el «oficio» sin dar una sola clase) interpretada a un boxeador en sus horas más bajas. E incluso comedias como Abbott y Costello contra el hombre invisible (donde luchaba un púgil translúcido) o la española El tigre de Chamberí, protagonizada por un inolvidable José Luis Ozores, junto a un sinfín de obras menores –y otras notables– hasta llegar al cine de los 70. En esa década comienza la leyenda de Rocky, que se hizo con el Oscar a la Mejor Película y a la Mejor Dirección en 1976 y sobre todo Toro Salvaje, la monumental obra del italoamericano Martin Scorsese con un soberbio Robert De Niro, de las que nos ocuparemos en un próximo post en «Dentro del Pandemónium».

Otros cinco diamantes del boxeo que no te puedes perder:

Nadie puede vencerme. Una joya del noir en la línea de Más dura será la caída, dirigida por Robert Wise en 1949 y protagonizada por un incombustible Robert Ryan.

Marcado por el odio. Robert Wise volvía a usar el boxeo para un largo, superándose incluso –reto nada fácil– en esta cinta protagonizada por Paul Newman en 1956.

El ídolo de barro. Antes de ser Espartaco, el irreverente Kirk Douglas, que nos dejó el pasado 2020 ya centenario, se puso los guantes en este noir dramático de altura dirigido por Mark Robson en 1949.

The Boxer. Cuatro años después del arrollador éxito del drama carcelario En el nombre del padre, Daniel Day-Lewis, de nuevo bajo la dirección de Jim Sheridan, se enfundó los guantes en esta gran película con el conflicto norirlandés como telón de fondo.

Million Dollar Baby. Clint Eastwood rodó una de sus obras maestras con este filme dramático de boxeo protagonizado por fin por una mujer, una Hilary Swank de Oscar –no en vano ganó con ella una de sus dos estatuillas– en un ya lejano 2004. Cómo pasa el tiempo…

Para descubrir mil y un anécdotas sobre cine y boxeo, no hay que dejar escapar el citado libro de Diábolo Ediciones:

https://www.diaboloediciones.com/sangre-sudor-y-punos-el-boxeo-en-el-cine/





Sonka, la creación artística como ignominia

7 04 2021

Un nuevo enfoque de la narrativa contemporánea del Este de Europa, lo cual no es poco decir teniendo en cuenta la calidad de sus autores, cargada de guiños literarios, imposible de catalogar en un género concreto, pues está formada de múltiples estilos, referencias y homenajes.

Por Óscar Herradón ©

El protagonista de esta absorbente novela inclasificable, de prosa fresca y marcado toque lírico, en ocasiones sarcástica e irreverente, es Igor, un joven dramaturgo de éxito que en un momento determinado se encuentra aislado en un pueblo perdido entre Polonia y Bielorrusia (la tierra y la identidad son capitales en la obra de su autor, Ignacy Karpowicz, como en su día lo fue de otros maestros de la literatura polaca, y también rusa). La otra protagonista, o quizá la verdadera, es la anciana que da título a la novela, Sonka, marcada por una existencia trágica, que acogerá a Ígor en su humilde hogar, lo único que posee junto a una vaca.

Karpowicz

Su pasado marcado por el horror de la Segunda Guerra Mundial, por el odio y la humillación que traen consigo la semiesclavitud en tiempos de tiranos y en la propia intimidad del hogar, donde los enemigos no visten uniforme, pero también por el deseo casi obsesivo y por un amor prohibido imposible de explicar, será utilizado por el despiadado dramaturgo para dar forma a su nueva creación artística. Pero en lugar de agradecer las atenciones y la sinceridad de Sonka, que le abrió las puertas de su casa y lo más íntimo de su persona, sus más profundos temores, Igor modificará su historia según el interés de su relato, apropiándose de ella y desvirtuándola por completo. A través de increíbles giros cargados como un revólver de literatura en su más pura esencia, palabras que a veces parecen cuchillos, Karpowicz cuestiona hasta dónde deben llegar los límites de la creación artística y si todo está permitido en loor de la gloria.

En 2016 Rayo Verde ya publicó del mismo autor la cautivadora Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores, avanzando esa brillante mezcla de formas narrativas que destaca también en Sonka, crítica con un mundo posmodernista apático y aburrido que rezuma también ironía sobre un país poscomunista, con clara influencia del ruso Mijaíl Bulgákov y el checo Milan Kundera, y cierto toque del francés François Rabelais. Su última novela publicada en castellano, la que ocupa este post, es también una joya literaria que no se parece a nada anterior, que sorprenderá incluso al más  y que podéis adquirir en la página de la editorial:

http://www.rayoverde.es/catalogo/sonka/

EL AUTOR:

Ignacy Karpowicz nació en Bialystok (Polonia) en 1976. Actualmente vive en Varsovia. Es escritor de prosa, traductor y viajero. Debutó con la novela Uncool (2006) y un año más tarde publicó The Miracle y una colección de impresiones sobre sus viajes alrededor de Etiopía llamada The Emperor’s New Flower (and Bees). Ha sido finalista del Premio Nike, el más famoso de su país, en cuatro ocasiones. Con su quinto libro, Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores, ganó el Polityka Passport de 2010. Su última novela, Sonka, se ha traducido al inglés, el francés, el alemán, el ucraniano, el croata y el bielorruso. A pesar de su éxito, insiste en afirmar: «Definitivamente, no soy un escritor».