Espías atómicos: agentes soviéticos en el Proyecto Manhattan (II)

21 01 2021

En un reciente reportaje en «Dentro del Pandemónium» hablábamos sobre la implacable vigilancia a la que durante décadas el FBI sometió a Albert Einstein. Pues bien, aunque la fijación de J. Edgar Hoover con la llamada «infiltración roja» rayaba en la paranoia, lo cierto es que no iba tan desencaminado. Y es que en el corazón mismo del ultrasecreto proyecto atómico estadounidense se infiltró el mismísimo Kremlin, cuyos altos cargos estuvieron informados de los avances con uranio enriquecido que se llevaron a cabo en la base no tan «blindada» de Los Álamos.

Según apunta en su magnífico libro Fred Jerome, Hoover y su oficina también se enfrentaban a las potenciales repercusiones del caso Fuchs: «Después de todo, el proyecto Manhattan había estado bajo vigilancia intensa y constante del FBI y el G-2. Las declaraciones oficiales de la Oficina insistían en que ésta había proporcionado a Scotland Yard informaciones vitales que permitieron detener a Fuchs»*.

En su confesión jurada, Fuchs también implicó a un contacto estadounidense anónimo. Para Hoover era una prioridad encontrarlo. Con los focos de los medios pendientes de su actuación y deseosos de historias de espías, el jefe de los federales movilizó equipos especiales de agentes por todo el país para que realizaran exhaustivas investigaciones. Pocos días después, la Agencia tenía una lista de más de 500 sospechosos, algunos basados en los papeles Venona. Entre los detenidos, hubo uno al que Hoover definiría como «el crimen del siglo», un químico de nombre Harry Gold.

La operación más secreta del mundo

Hoover aprovechó el caso Fuchs para renovar y reforzar su Oficina. Durante la semana que siguió a la detención del espía atómico en Londres, el jefe del FBI mantuvo tres reuniones con el subcomité de asignaciones del Senado estadounidense para pedir más financiación, en particular para la contratación de nuevos agentes, y convenció a éstos y a la prensa de que vendieran la historia de que solo él y los federales podrían proteger a EE UU, que ahora permanecía «bajo el asedio de los espías comunistas y la creciente amenaza roja». Unos días después, el Chicago Tribune publicaba: «Hoover dice a los senadores que hay 540.000 rojos en Estados Unidos. Al parecer, un senador dijo al tribunal que a la vista del peligro que suponían los espías, Hoover podía conseguir «prácticamente todo lo que quisiera». Así se aceleraba la máquina conspirativa del macartismo, alimentada por los titulares sobre casos de espionaje, que contribuyeron, según Jerome, al creciente número de soplos y pistas sobre «espías» que afluían a las oficinas federales a comienzos de 1950.

Harry Gold, alias «Raymond»

Incluso, aprovechando la fiebre anticomunista, Hoover intentó vincular el caso Fuchs con su eterno objetivo: Albert Einstein, aunque no sirvió de mucho, y el premio Nobel pasó a mejor vida el 18 de abril de 1955, mientras Fuchs y Gold permanecían en prisión. Durante la friolera de nueve largos años, Fuchs había pasado información sobre el desarrollo del proyecto atómico norteamericano a los científicos soviéticos sin pedir nada a cambio. Continuó espiando tras el lanzamiento de Fat Man sobre Hiroshima y desde el otoño de 1947 a mayo de 1949 dio a su oficial de enlace, Aleksandr Feliksov, el principal esbozo teórico para crear una bomba de hidrógeno y los bosquejos iniciales para su desarrollo, según el estado en que se encontraba el proyecto de colaboración entre Inglaterra y Estados Unidos en 1948 y suministró también los resultados de las pruebas de las bombas de plutonio y uranio realizadas en el atolón de Eniwetok. Parece que se encontró con Felíksov al menos en seis ocasiones.

Feliksov

Además, es muy probable que suministrara datos clave sobre la producción de Uranio 235, revelando que la producción en EE UU era de cien kilogramos de U-235 y 20 kg de plutonio por mes. Aunque no se puede afirmar de forma categórica, casi con seguridad con esos datos la URSS pudo calcular el número de bombas atómicas que poseía su principal enemigo durante la Guerra Fría, concluyendo –a pesar de la propaganda que incidía en lo contrario– que Norteamérica no estaba preparada para una guerra nuclear a finales de las década de 1940 e incluso a comienzos de la siguiente; algo que coincidía con los informes enviados por otro espía atómico, Donald Duart Maclean, desde Washington.

Gracias a aquella privilegiada información robada, la URSS pudo saber que EE UU no tenía suficientes armas nucleares para afrontar el bloqueo de Berlín –en unos años en los que hasta el mismísimo Churchill se planteó declarar una guerra a los soviéticos*– y la victoria de los comunistas en China al mismo tiempo.

Valorando la información secreta

Maclean

A día de hoy continúa habiendo controversia entre los estudiosos acerca de la importancia de la información robada y filtrada por Fuchs a sus superiores en Moscú. Mientras que el físico Hans Bethe, director de la división técnica del Proyecto Manhattan, y quien le conocía bien, llegaría a decir que el alemán fue el único físico que conoció que realmente cambió la historia, físicos soviéticos declararían más tarde que los diseños iniciales propuestos por Fuchs y Edward Teller eran inútiles. Además, se ha insistido en la poca importancia que dio a tal filtración el director administrativo del proyecto soviético, Lavrenti Beria, responsable de leer la correspondencia de Fuchs y dársela a terceros para su verificación. Beria desconfiaba de la información facilitada por científicos, y más extranjeros, y parece –como es lícito– que tampoco comprendía muy bien el contenido de dichos informes, por lo que quizá no tuvo un impacto sustancial sobre los planes atómicos soviéticos. La duda sigue en el aire.

Por su parte, el también físico soviético German Goncharov, quien tenía, a diferencia de los norteamericanos, acceso a material confidencial sobre el caso, señaló en varios trabajos de archivo que si bien el trabajo inicial de Fuchs no ayudó a Estados Unidos en sus esfuerzos por lograr una bomba de hidrógeno, estaba mucho más cerca de la solución correcta final de lo que se reconoció en aquel tiempo, teniendo en cuenta que el mismo Kremlin, en una forma habitual de actuar en inteligencia, negó cualquier vínculo con la labor llevada a cabo por el físico alemán en Los Álamos. De hecho, para Goncharov, éste estimuló a los investigadores soviéticos para tratar problemas útiles que acabarían proporcionando una solución correcta y por ende la obtención de la bomba atómica por la URSS.

No obstante, la mayor parte del trabajo de Fuchs continúa siendo confidencial en Estados Unidos, y teniendo en cuenta la cerrazón habitual del gobierno ruso, no es ni mucho menos fácil para los historiadores determinar cuál fue la verdadera influencia de su labor como espía. Quizá haya que esperar aún varias décadas. De lo que no cabe duda es de que su epopeya fue una de las más apasionantes en el campo de la inteligencia del pasado siglo XX.

Fuchs permaneció en prisión nueve de los 14 años a los que había sido condenado por espionaje en un juicio que apenas duró 90 minutos y en el que se adujo que sufría «esquizofrenia calculada». Salió por buena conducta. Tras ello, vivió en la República Democrática Alemana, donde fue considerado un héroe por el régimen soviético, y allí pudo desarrollar distintos trabajos académicos, siendo condecorado con la Orden de Karl Marx y la Orden Patriótica del Mérito por sus hazañas. Murió en Berlín en 1988, llevándose, muy probablemente, numerosos secretos a la tumba, como tantos y tantos agentes que actuaron en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

  • JEROME, Fred: El Expediente Einstein. El FBI contra el científico más famoso del siglo XX. Planeta, 2002.

Historia Secreta de la Bomba Atómica, de Peter Watson

Recientemente la Editorial Crítica publicaba un vibrante ensayo que nos viene que ni pintado al asunto que hemos tratado en este post: Historia secreta de la bomba atómica. Cómo se llegó a construir un arma que no se necesitaba, del historiador y periodista británico Peter Watson.

Un autor que sabe de lo que habla como pocos, y es que Watson tiene una larga carrera en el campo del periodismo de investigación, siendo uno de los primeros espadas de este campo en Reino Unido en las últimas seis décadas. Fue editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo de investigación «Insight» de The Sunday Times, un proyecto iniciado en 1963 y que entre otras importantes revelaciones en 1967 informó que el espía prófugo a la URSS Kim Philby, un turbio y apasionante asunto de espionaje que no tardaremos en abordar en el blog, era nada menos que el tercero de los llamados «Espías de Cambridge». A su equipo de investigación se debe también la investigación del «Caso Profumo (The Profumo affair)», un escándalo político sin precedentes en Reino Unido, la controversia sobre el fármaco Talidomida o la fabricación secreta de armas nucleares por el Estado de Israel.

Watson, además, ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito crónicas y opiniones para medios de tanto prestigio como The Observer, The New York Times o The Spectator. Autor de nada menos que trece libros, entre los que destacan Historia Intelectual del siglo XX (2004), La gran divergencia (2014), La Edad de la Nada (2014) o Convergencias. El orden subyacente en el corazón de la ciencia (2017), todos ellos publicados en castellano por Crítica. Es uno de los más agudos observadores de la historia social del siglo XX. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de lo que sucedió entre bambalinas en relación al proyecto atómico.

Con un pulso narrativo impagable, propio solo de los mejores, y un ritmo endiablado, cual si se tratara de un thriller, pero escrupulosamente verídico, y apoyado en una profusa documentación, mucha de ella inédita hasta el momento, el británico nos muestra cómo surgió, y cómo en un principio fue desechada por los científicos, la idea de construir un arma nuclear. ¿Entonces, por qué prosperó? En la línea en la que venimos hablando sobre Los Álamos y los oscuros personajes que rodearon al proyecto, Watson nos revela cómo un pequeño grupo de conspiradores, asentados en el poder y que controlaban los pasillos de Washington, tomó por su cuenta la decisión de construir y emplear la bomba atómica, algo que, contrariamente a lo que se suele admitir, no era necesaria para poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Y qué fin… Un ensayo controvertido que no solo desvela un pasado desconocido: ilumina un presente sujeto todavía a una amenaza nuclear latente. He aquí cómo adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-historia-secreta-de-la-bomba-atomica/311813





Curiosidades sobre la Guerra Civil Americana (I)

18 01 2021

El turbulento asalto al Capitolio el pasado 6 de enero de 2021, cuando aquí celebrábamos la llegada de los Reyes Magos, se saldó con cinco muertos y levantó una gran polvareda en todo el mundo: ahora mismo está siendo investigado por el FBI, la Seguridad Nacional y la CIA y ha abierto la puerta incluso a un segundo proceso de Impeachment contra el presidente «saliente» que se niega a salir de la Casa Blanca, Donald Trump. Con este trasfondo tan sugerente, recordamos en «Dentro del Pandemónium» algunas curiosidades sobre la gran guerra civil del país de las barras y estrellas, uno de los conflictos bélicos que más bibliografía ha generado. Ahí va la primera entrega…

Óscar Herradón ©

Tras un convulso y trágico 2020 empezaba este 2021 algo revuelto: en España por «Filomena», cuyos estragos han provocado que seamos casi un país «en vías de desarrollo», sumado al imparable azote del Covid en todo el mundo incluso con vacunas distribuidas, mientras al otro lado del charco, en esos Estados Unidos que se arrogan desde hace muchas décadas ser el ejemplo de Democracia por antonomasia, los más fervientes y también descerebrados seguidores del señor Trump –en cierta forma, o directamente más bien, instigados por él mismo–, se lanzaban a invadir, literalmente, el Capitolio de Washington, uno de los lugares que se suponían más seguros del orbe. Y más sagrados. No lo era.

En fin, la cosa parece que de momento no ha pasado a mayores, aunque han quedado varios muertos por el camino, una polarización aún mayor de la sociedad (aunque podamos verlos como unos incautos, Trump es el presidente republicano que más votos ha cosechado en la historia estadounidense, ahí es nada) y en entredicho ese transparente derecho a decidir promulgado por su Carta Magna. En breve colgaremos un post sobre las investigaciones que está llevando a cabo el FBI y diversas autoridades sobre el asunto, un tema sobre el que se han descubierto cosas muy interesantes en los últimos días, casi una conspiración en toda regla, descubrimientos que la propia Fiscalía USA ha calificado de «atroces».

Camp Sunter

Así, empezando el año más revuelto si cabe que como acabó el anterior, no está de más recordar algunas de las curiosidades de la llamada Guerra Civil Americana (o Guerra de Secesión), ahora que algunos agoreros apuntaban a un nuevo conflicto civil. El caso es que la invasión del edificio que alberga las dos cámaras del Congreso el pasado día 6 de enero fue algo muy muy grave, lo que cobra mayor relevancia a dos días de la toma de posesión de Biden y con la cámara baja yankee blindada por el ejército y la Guardia Nacional. De hecho, las guerras fratricidas empiezan por asaltar parlamentos, o confiscarlos, o simplemente por vulnerar las legislaciones vigentes porque unos son más guapos que el resto… Veamos una de las primeras «cosas curiosas» del enfrentamiento entre el Norte y el Sur, el Sur y el Norte.

Crímenes de guerra

El concepto «crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad» comenzó a hacerse común a partir de los sumarísimos juicios de Núremberg contra el organigrama nazi tras la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, ya en la Guerra de Secesión estadounidense, se juzgó al general sudista Henry Wirz por algo similar. De origen suizo, el susodicho emigró a EEUU en 1849, al estado de Luisiana. En 1861, con el estallido de la guerra entre el Norte y el Sur, Wirz se enroló en las filas confederadas del Cuarto Batallón de Luisiana. Su primer encargo fue custodiar a aquellos soldados de la Unión que fueron prisioneros en la batalla de Bull Run. Después, ocuparía diversos puestos en este sentido, como la custodia o el traslado de prisioneros, y también el intercambio por otros confederados, realizando incluso un viaje al Viejo Continente con despachos para representantes del gobierno sudista en Gran Bretaña y Francia. Vamos, que no era un simple soldado.

El señor Wirz

Se haría famoso en 1864, cuando se le encargó dirigir el campo de prisioneros de soldados de la Unión conocido como Camp Sumter –hoy Sitio Histórico Nacional de Andersonville–, en las proximidades de Anderson (Virginia). Según testimonios recopilados tras el conflicto, allí las condiciones eran infrahumanas: sobreocupación, falta extrema de alimentos y agua potable que provocaba epidemias que se extendían rápidamente… Se calcula que de alrededor de 45.000 soldados del Norte que pasaron por Camp Sunter, murieron unos 13.000.

Hay que decir a favor de Wirz que en más de una ocasión parece que realizó peticiones al mando superior para que mejorasen las condiciones de los prisioneros, pero fueron rechazadas. Puede que fuera una suerte de cabeza de turco o chivo expiatorio, como mantienen algunas fuentes –lo que no le quita una gran responsabilidad en lo sucedido, claro–: cuando terminó la guerra fue hecho prisionero en mayo de 1865 y en Washington lo juzgó un tribunal militar entre cuyos miembros estaba el ilustre escritor Lewis Wallace, que nos regaló el épico relato histórico Ben-Hur.

Ejecuci´n de Wirz

Se acusó a Wirz, además de las terribles condiciones del campo, de crueldad con los reos e incluso de varias ejecuciones. Existen claroscuros, como digo, sobre el papel que realmente desempeñó en los turbios hechos. La teoría del chivo expiatorio mantiene que se le ofreció el perdón a cambio de declarar en contra del presidente del gobierno confederado, Jefferson Davis, pero se negó y fue colgado en la horca el 10 de noviembre de 1865, frente al mismo edificio del Capitolio que hoy está en el punto de mira de los mass-media, con Washington en estado de alerta y blindado por más 25.000 agentes de la Guardia Nacional.

Este post continuará… con otras curiosidades históricas

Gettysburg: la batalla eterna (para saber un poco/mucho más)

Para adentrarse de lleno en el corazón de la más épica batalla de la Guerra de Secesión, con varias adaptaciones al cine, numerosos libros y artículos y más de dos y tres controversias detrás, nada mejor que sumergirse en el voluminoso ensayo publicado recientemente por una de las editoriales españolas que más saben de historia bélica, Desperta Ferro Ediciones. El título en cuestión es precisamente Gettysburg, del prestigioso autor Allen C. Guelzo, de la Universidad de Princeton, que le ha merecido, entre otros, el Guggenheim-Lehrman Prize de Historia Militar y fue Ganador al Mejor Libro del Año por The Economist. Ahí es nada.

Con una prosa soberbia (que le ha merecido alzarse dos veces con el Lincoln Prize), Guelzo nos sumerge en los angustiosos momentos de la Carga liderada por el mayor general sudista George Edward Pickett el tercer día de la sangrienta batalla, la marcha de millares de hombres desde las orillas del río Rappahannock, en el Estado de Virginia, hasta las colinas de Pensilvania, o en el corazón del ejército del Potomac comandado por George Meade.

En un relato cargado de una intensidad dramática digna del mejor guión de Hollywood, el autor nos arrastra hasta aquel momento de forma muy detallada: desde las diferencias políticas y las disidencias en ambos bloques hasta la descripción minuciosa de las unidades de artillería, la situación logística de los ejércitos unionista y confederado, describiendo con pulso los movimientos de los batallones, los regimientos y las divisiones –tal profusión de datos que, sorprendentemente, no le quitan ritmo al texto–, centrándose en la última invasión rebelde de territorio de la Unión durante la Guerra Civil y que pudo haber cambiado el curso de aquella historia, de la historia de Occidente en definitiva, poniendo los puntos sobre las íes en el que es casi con seguridad el relato definitivo, al menos de nuestro tiempo, sobre Gettysburg. Asimismo, la obra se complementa con una detallada selección de mapas, imágenes y grabados que nos retrotraen de forma magistral al campo de batalla.

Pero el de Guelzo no es ni mucho menos un relato grandilocuente de aquella contienda, pues muestra también las miserias, las debilidades humanas e incluso el patetismo de ciertos enfrentamientos entre ambos bandos y el desastre que sobrevendría sobre los vencidos. Muchos de los mentecatos de hoy que desafían una Constitución labrada a base de sangre, sudor y lágrimas, algunos luciendo con orgullo la bandera confederada con una esvástica nazi, deberían leerlo, para saber lo que sobreviene cuando se cargan los fusiles y apuntas a tus hermanos. He aquí la forma de adquirirlo:





30 paisajes de la Guerra Civil

11 01 2021

La Editorial LAROUSSE publica este portentoso ensayo, firmado por los investigadores Alberto de Frutos y Eladio Romero García, sobre la contienda que enfrentó a los españoles hace más de 80 años y que arroja luz sobre los espacios que aún quedan de aquel tiempo de sangre y fuego, historiográficamente no tan lejano.

Óscar Herradón ©

Conocí al escritor y periodista Alberto de Frutos en 2007. Llegó, junto a otros compañeros, entre ellos Javier Martín García, a la editorial América Ibérica procedente de uno de esos grupos que ya empezaban a acusar la llamada «crisis del papel» que tiempo después nos azotaría también a nosotros. La crisis de 2008, apenas unos meses más tarde, terminaría de hundir a la prensa escrita, ni qué decir tiene la actual. El tiro de gracia a las rotativas. Ambos, Alberto y Javier, Javier y Alberto –Tanto monta, monta tanto– llegaron como redactor jefe y redactor, respectivamente, de una revista entonces de bastante impacto en las publicaciones históricas españolas, Historia de Iberia Vieja, que con el tiempo terminaría por llamarse Historia de España y el Mundo y que hoy, por desgracia, ha desaparecido.

Formaron equipo, cambiando notablemente su línea editorial, con el periodista Bruno Cardeñosa, su director desde entonces hasta el cierre, y el diseñador gráfico Eugenio Sánchez Silvela. Hasta que llegó el ignominioso 2020, año en que por las veleidades del destino tanto Alberto como un servidor –también Javier meses antes–, entre otros compañeros, nos vimos fuera de una redacción que había sido no nuestra segunda casa, sino muchas veces la primera; quién sabe si a causa de esa dichosa crisis del papel agudizada por lo digital y la falta de kioscos, o vaya usted a saber por qué realmente.

Contradicciones del mercado aparte, lo cierto es que forjé una gran amistad con Alberto de Frutos y Javier Martín, amistad que puedo decir orgulloso que continúa viva aunque ya no compartamos cada día «pupitre» –léase mesa de redacción–, café de máquina y olor a tortilla de patata del bar de la esquina impregnado en nuestras ropas de adolescentes eternos. Pues bien, don Alberto, que tiene un currículum para echarse a temblar y ha ganado más de 100 premios literarios –ahora está centrado en los ensayos, pero sin duda es más un escritor de ficciones y un poeta–, es de esas personas que le sorprenden a uno cada día, por su entusiasmo y buen hacer, por su fidelidad, y sobre todo por su conocimiento, no enciclopédico, que se queda corto, sino «computacional». Como Sheldon Cooper, pero menos friki y real, en este caso en el campo de las humanidades, y no en el de la física.

No soy historiador, aunque son unos cuantos los años dedicados a la divulgación, al periodismo y a la investigación histórica. Se puede decir que sin ser un experto no soy lego en la materia, pero nadie con nombre y apellidos –al menos que conozca– llega a los niveles de condensación de la información –sumados a una elocuencia de infarto– de este pequeño gran hombre, al menos en el campo historiográfico, claro. Supongo –lo sé– que de muchas cosas Alberto no tiene ni idea, como cualquiera que no posea el don de la omnisciencia divina. Como todo hijo de vecino, vamos. Pero de esto sí, de esto sí sabe, y mucho. Por eso, cuando me llegó la noticia (me lo dijo tiempo antes, he de reconocerlo) de que LAROUSSE publicaba un nuevo ensayo firmado por él –a cuatro manos con el doctor en Historia Eladio Romero García– no podía sino esperar un trabajo encomiable. Impresión que se tornó certeza cuando recibí el voluminoso libro, profusamente ilustrado a todo color, y entre sus líneas de no tan lejanas batallas y sí viejos rencores se adivinaba la pluma siempre afilada y sabia de mi buen amigo.

Por supuesto, quienes lean esto dirán que no soy objetivo. No lo soy, claro, ninguno lo es, pero tampoco es necesario, el buen hacer sabe apreciarlo cualquiera sin que le digan ni mu. No hacen falta ornamentos. Ni para lo contrario tampoco. Sé de buena tinta que los autores se han recorrido una gran parte de nuestra piel de toro para escarbar entre los pequeños guijarros de memoria que a otros, a pesar de la ingente cantidad de bibliografía de aquella época, para echarse a temblar, se les han escapado. Y el resultado de ese trabajo de investigación y dedicación, de entusiasmo por nuestro pasado/presente y de buen hacer, es este 30 paisajes de la Guerra Civil que hace poco que ha visto la luz en las librerías, esas que siguen temblando ante la incertidumbre pero que se mantienen a flote gracias al tesón y el amor a la cultura, que somos todos –o al menos deberíamos serlo–.

De las grandes batallas a los episodios silenciados

Una obra de impecable factura en una edición fabulosa que ilustra, y qué bien lo hace, nada menos que, como reza su título, 30 escenarios donde se dirimió el futuro de la contienda y con él el destino de los españoles, de los mal llamados «ganadores» y «perdedores», porque aunque unos lo tuvieron más fácil que otros y desde luego en aquella guerra fratricida hubo unos más culpables que otros, y más malvados, todos perdieron, todos los españoles. Muchos también de los que hoy se están yendo sin despedirse azotados por otra guerra silenciosa pero implacable. Como siempre se pierde cuando hay muertos y se tiran bombas, o cuando hay pandemias.

Más que de un paisaje –o de 30–, podríamos hablar, como bien dice Frutos, de una «huella moral», casi un símbolo de permanencia que nos transmite cada imagen, acompañada de numerosos datos y mapas actuales (una rica cartografía elaborada ex profeso para este libro).  Un recorrido gráfico por la Guerra Civil, por lo que queda de aquel enfrentamiento que supuso el prolegómeno de la Segunda Guerra Mundial y que hoy sigue influyendo, nos guste o no, en nuestras vidas y en el discurso político. Si no que se lo digan a los señores que se sientan en el Congreso.

En sus monumentales páginas –el «tocho» pesa alrededor de 2 kilos– podemos ver qué ha quedado de batallas como Jarama, Brunete, Belchite… pero también se abordan episodios mucho menos conocidos y no por ello poco relevantes, como el asedio de Huesca, la batalla de Lopera o de Cabo Machichaco, la fuga del penal de San Cristóbal y un largo etcétera. Evidentemente, como afirman los autores, hubo que hacer una difícil selección previa o el libro estaría formado por varios volúmenes de gran tamaño.

En definitiva, un LIBRO de LIBROS que el amante de la Historia de España, las dos con mayúscula, incluso de la que fue triste, debe tener en su biblioteca, sin duda en lugar destacado. No se arrepentirá. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.larousse.es/libro/libros-ilustrados-practicos/30-paisajes-de-la-guerra-civil-eladio-romero-garcia-9788418100789/