El significado oculto de la decapitación ritual (II)

Desde la más remota antigüedad, el hombre ha decapitado a sus congéneres por diversas razones –enfrentamientos bélicos, venganzas, humillación…–, pero muchas se debían a un significado oculto y místico que los antropólogos han tardado siglos en descifrar. De la prehistoria a los celtas, de los vikingos a los romanos, pasando por la Revolución Francesa o los jíbaros de la Amazonía, la decapitación ritual ha estado presente en la historio de la humanidad. Ahora que la editorial Hermenaute publica un documentado ensayo sobre este punto, recordamos a los «cortadores de cabezas» que han dado los siglos en «Dentro del Pandemónium».

Por Óscar Herradón ©

Diodoro de Sicilia

Los celtas serán los más vinculados, en los trabajos académicos de mediados del siglo XIX, con el ritual de amputar cabezas, basándose en textos clásicos que han corroborado diversas excavaciones arqueológicas, una práctica que diversos autores atribuyen a la influencia de las tribus celtas de la Europa oriental, que habrían tomado de los escitas. Diodoro de Sicilia cuenta que cuando sus enemigos eran vencidos les cortaban la cabeza y las colgaban de los cuellos de sus caballos: «Luego, las clavan en sus casas y embalsaman con aceite de cedro las cabezas de los enemigos más ilustres y las guardan cuidadosamente en cajas», que después «muestran a los extranjeros vanagloriándose de no haber aceptado un peso en oro equivalente al de la testa a cambio de ésta, constituyendo el no vender la prueba del propio valor una muestra de nobleza».

Una muestra de esta práctica se encuentra en la acrópolis gala de Roquepertuse, antiguo centro religioso de este pueblo. Localizada cerca de Velaux, al norte de Marsella, fue destruido por las legiones romanas en el año 124 a.C. y descubierto por casualidad en 1860. Los investigadores han determinado que era un santuario utilizado exclusivamente por los sacerdotes (druidas) y sus familias. El sitio es célebre precisamente porque es una evidencia del culto celta a las «cosechas de cabezas» descrito en los citados relatos griegos y romanos. Impresiona, por ejemplo, el llamado «Pórtico de las Calaveras», con huecos en los que se incrustaban las testas de los enemigos.

El impresionante pórtico con los huecos para introducir las cabezas cercenadas

De acuerdo a las creencias celtas, guardar la cabeza del enemigo vencido implicaba poseer su espíritu. Así, no solo se impedía al alma proseguir su camino al más allá, sino que se obligaba a ésta a proteger a su nuevo portador, en una suerte de magia por contacto en la que se pasaba a éste el coraje y el valor del soldado caído. No obstante, aunque las cabezas que lucían en las casas, recintos sagrados y otras zonas de los poblados solían ser de sus adversarios, en ocasiones pertenecían a los antepasados de la aldea. Así, los vivos velaban el alma de los familiares muertos.

Dacios

Las decapitaciones y su culto constituían un elemento fundamental en la formación del espíritu céltico. De hecho, en algunos lugares se ha constatado que los jóvenes debían realizar, como prueba iniciática final de su paso a la madurez, salir de «cosecha», regresando con la consiguiente testa que les permitiera ingresar como miembros de pleno derecho en el estrato social de la casta guerrera dominante.

La arqueóloga galesa Anne Ross, experta en mitología celta, afirmaba que el culto a la cabeza humana constituía un tema recurrente en todos los aspectos de la vida espiritual y diaria de los celtas en las Islas Británicas, dado su convencimiento de que la cabeza era la sede del alma. De hecho, numerosos relatos de la cosmovisión céltica incluyen ejemplos de cabezas que hablan e incluso cantan, y también de algunas testas capaces de realizar profecías. 

También los druidas utilizaban cabezas para sus propios fines mágicos, extrayendo de ellas –creían– el medio para incrementar su poder. De hecho, el carácter espiritual de las cabezas cercenadas no pasó desapercibido a los monjes cristianos encargados de acabar con el paganismo en amplios territorios europeos, y no dudaron en incluirlas en la decoración de los nuevos templos para facilitar así la conversión a la nueva fe.

En relación con los celtas de las Islas Británicas, se han hallado evidencias de que las «cosechas» de cabezas estaban relacionadas con ritos de iniciación, prácticas que se remontan mucho más atrás. Excavaciones en distintos dólmenes irlandés erigidos hace entre 3.000 y 4.000 años sacaron a la luz restos humanos dispuestos junto a varios ofrendas votivas, todo ello en el marco de un enterramiento de corte intencionadamente mágico.

Veni, vidi, vici

Aunque los historiadores romanos se cebaron con aquellos pueblos que llamaban «bárbaros» y sus salvajes costumbres, lo cierto es que en las últimas décadas la historiografía ha destapado que también los padres de la civilización europea realizaron prácticas del estilo. Algo que defendía hace pocos años la doctora Alison Taylor, miembro del Institute of Field Archaeologists en la Escuela Británica de Roma: que los civilizados romanos decapitaban a sus prisioneros y ofrecían las testas a sus dioses cada vez que se hallaban ante algún peligro, en la creencia de que tales sacrificios humanos y ceremonial posterior ponían a la divinidad de su parte, algo que recuerda –y mucho– a las prácticas que siglos después llevarían a cabo aztecas y mayas, y cuyo uso se puede rastrear en distintos lugares del planeta hasta el mismo Neolítico.

Tal aseveración partía del hallazgo, en diferentes yacimientos británicos, de cuerpos salvajemente torturados, desmembrados y decapitados. Es el caso de un yacimiento en Walbrook, un arroyo cercano al Támesis, donde se halló un enterramiento en el que al menos seis personas fueron decapitadas y sus cabezas presentadas como ofrendas a la divinidad, o la aparición de huesos humanos en zanjas próximas a templos y en pozos rituales. Hasta ahora se atribuían a prácticas ceremoniales de los druidas celtas, pero los últimos restos han sido fechados en el siglo II de nuestra era, lo que parece indicar que los autores de tales hechos de marcado carácter religioso fueron legionarios romanos. Ahora se está tratando de discernir si era una práctica habitual –que cayó en el olvido por el paso de los siglos– o por el contrario episodios esporádicos de decapitación ritual.

Aunque los romanos llevaron a cabo acciones brutales contra sus enemigos, no menos sanguinarias que la de aquellos a los que llamaban bárbaros y pretendían subyugar, no era habitual entre ellos el sacrificio humano, que supuestamente detestaban. Sin embargo, además de decapitaciones rituales, se han encontrado vestigios también de este tipo de prácticas para agradar a las divinidades del panteón pagano. Además, utilizaban la decapitación como sistema punitivo «compasivo», reservado a los ciudadanos romanos de primera clase y a los soldados, cuya veneración les llevaba, incluso, a momificarlas para adorarlas.

Distinto fue el caso de la antigua Grecia, de la que bebieron casi todo los romanos. La obsesión de los griegos por la integridad física humana les hizo considerar la decapitación cual acto infame y abominable, como demuestra el mito griego de la Medusa, que ni siquiera decapitada dejaba de ser poderosa y aterradora. No obstante, al igual que en Roma, era el castigo reservado para los nobles, como más tarde sucedería en las monarquías europeas. 

También los íberos…

Francisco Gracia Alonso realiza un minucioso y documentadísimo recorrido por la práctica de la decapitación ritual en su libro Cabezas Cortadas, editado por Desperta Ferro. En el capítulo dedicado a los íberos rescata las palabras de Diodoro de Sicilia, quien relata cómo los mercenarios íberos al servicio de los cartagineses, tras la batalla, se empleaban a fondo en seccionar las cabezas y las manos de sus enemigos caídos en combate. Estos trofeos los colgaron del extremo de sus jabalinas y estacas y también se los ataron alrededor de la cintura para proceder a la orgía de sangre que siguió a la caída de la urbe.

Afirma el citado autor que «en todo el territorio de la cultura ibérica existía una unidad de ritual respecto a la muerte, centrada en la diferenciación social, basada en el tipo de estructura funeraria en la que serían dispuestos los restos del difunto tras su conclusión…».

Precisamente, este tipo singular de culto entre los íberos protagonizó una exposición en 2019 del Museo Arqueológico Nacional, Cabezas cortadas. Símbolos de poder, que se centraba en los descubrimientos realizados en el poblado íbero de Ullastret (Girona) en el año 2012. Según Carmen Rovira, del Museo de Arqueología de Cataluña, los humanos de la Edad de Hierro (etapa que comenzó en el primer milenio antes de nuestra era), guardaban las cabezas cortadas de sus coetáneos por dos razones: bien para mantener próxima «la esencia de la persona» fallecida junto a ellos, o bien para «mostrar su poder» frente a los enemigos derrotados.

Ullastret

Una de las piezas más espectaculares del museo es el cráneo de un joven íbero de entre 16 y 18 años atravesado por un clavo de 23 cm de arriba abajo, y que nunca había entrado en batalla, pues su calavera carecía de heridas o muescas, lo que evidencia un carácter ritual en el tratamiento (precisamente, la imagen elegida para la portada de la reedición del ensayo de Desperta Ferro). Tras decapitarlo, su cabeza fue metida en una bolsa, atada al caballo de su vencedor y transportada hasta la citada Ullastret, la ciudad íbera más grande que se conoce, capital de los indigetes.

La cabeza fue insertada en la fachada de la vivienda de un noble, junto con su espada de hierro –conocida como falcata– para que el dueño mostrase su poder ante el resto de vecinos. El proceso denota una terrible crueldad: según avanzó Jusèp M. Boya i Busquet, director del MAC, al diario El País: «antes de colgar el cráneo, los íberos extraían las vísceras al decapitado mediante incisiones con cuchillos en las partes frontal y lateral, siempre que el cráneo estuviese ‘fresco’, pues pasados muchos días desde el fallecimiento se podían fracturar los huesos al introducirle el clavo para colgarlo en la pared».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Además del citado trabajo de Francisco Gracia Alonso para Desperta Ferro, Cabezas cortadas y cadáveres ultrajados, que ya cuenta con varias reediciones, recomendamos el libro Decapitación. Iconos y leyendas, que ha editado recientemente (y con mimo) Hermenaute.

Este sugerente ensayo aborda cómo se ha tratado la iconografía de la decapitación en el arte, los mitos y las costumbres de distintas civilizaciones, centrándose principalmente en Occidente y el Nuevo Mundo. Un libro que busca (y lo consigue con creces) una aproximación al impacto de la cabeza trofeo en su sentido más antropológico, extenso y, desde luego, legendario, en la línea de lo que tratamos en este post.

Una crónica historiográfica y geográfica apasionante que analiza el acto del descabezamiento como una poderosa materia de ficción en la cultura popular, pues está presente en las vidas de santos y mártires, en las cacerías salvajes, en la mitología celta y romana, entre los blemios o blemitas (un antiguo pueblo que habitó la región de la Baja Nubia y que adquirirían una importante presencia en distintos mitos medievales) o, en el plano literario, el mito del dullahan irlandés que daría origen al famoso «jinete sin cabeza» de Sleepy Hollow que inmortalizó Washington Irving y llevó a la gran pantalla el visionario Tim Burton.

Su autor es el escritor, guionista y analista cinematográfico Lluís Rueda, precisamente director de esta pequeña gran editorial que es Hermenaute y que cualquier apasionado de los mitos, el cine o el terror –como lo es un servidor– no puede dejar de seguir. Un hermoso volumen (no por pequeño poco exhaustivo), ilustrado por Miki Edge, quien tras 10 años en el mundo de la publicidad y la tecnología cibernética decidió dedicarse casi en exclusiva a su gran pasión: el diseño de cartelería de cine, un pequeño –y a su vez valiente y arriesgado– tributo a los que crecimos haciendo cola entre carteles y fotocromos y éramos carne de videoclub.

El significado oculto de la decapitación ritual (I)

Desde la más remota antigüedad, el hombre ha decapitado a sus congéneres por diversas razones –enfrentamientos bélicos, venganzas, humillación…–, pero muchas se debían a un significado oculto y místico que los antropólogos han tardado siglos en descifrar. De la prehistoria a los celtas, de los vikingos a los romanos, pasando por la Revolución Francesa o los jíbaros de la Amazonía, la decapitación ritual ha estado presente en la historio de la humanidad. Ahora que la editorial Hermenaute publica un documentado ensayo sobre este punto, recordamos a los «cortadores de cabezas» que han dado los siglos en «Dentro del Pandemónium».

El 20 de mayo de 2019, todavía con el Covid como algo que parecía impensable en nuestro mundo, el brutal asesinato de una misionera española en República Centroafricana conmocionaba a la comunidad internacional. Su nombre era sor Inés Blanca Nieves Sancho y fallecía a los 77 años, tras pasar 23 ayudando a los más desfavorecidos en el suroeste del país al servicio de la congregación francesa Filles de Jesus de Massac. Un escabroso suceso que se añadía a una trágica lista de crímenes contra la comunidad misionera española en lo que parecía ser un robo violento en un país asediado entonces por 14 señores de la guerra (hoy quizá sean más) y un hambre atroz que ha aumentado tras la pandemia.

Pero había algo más. Al cabo de varios días trascendió a la prensa que aquel espeluznante crimen pudo tener connotaciones mágicas en el marco de un ritual satánico, un sangriento ceremonial en el que, tras ser violada, a sor Inés la decapitaron. Los rotativos hablaron de robo, otros de advertencia de las guerrillas locales que controlan la zona y los más convencidos señalaban, aunque temerosos, a los brujos locales, que habrían derramado sangre de una mujer «pura y limpia» sobre la grava para que dicho acto mágico les trajera suerte en la extracción de diamantes.

Según contó a la prensa el sacerdote Isaie Koffia, vicario general de la diócesis de la ciudad de Berbérati, a 130 kilómetros de Nola, «Unos cuantos hombres entraron por la puerta trasera de la vivienda y arrastraron a la misionera detrás de la casa para cortarle la garganta. No robaron nada en absoluto, parece que simplemente fueron a matarla».

Por su parte, el obispo español Juan José Aguirre, titular de la diócesis de la ciudad de Bangassou, contó al diario español El Mundo que: «Al principio se habló de tráfico de órganos, pero la mujer era muy mayor. También de robo, pero no fue así porque no le quitaron nada. Y lo que casi todos creemos es que fue una cuestión de brujería, que en esta zona hay mucha. Es un ritual en el que se necesita echar sangre fresca de niños o de mujeres que sean ‘limpias y puras’ sobre el montón de grava donde van a buscar los diamantes. Eso, según su costumbre de brujería, les traerá fortuna. Yo he visto ese ritual, pero la mayoría usa sangre de animal salvo los más extremistas del lugar».

Cuesta creer que sucedan cosas así en pleno siglo XXI, pero en el continente africano todavía se mutila y asesina, por ejemplo, a niños albinos para utilizar sus restos en forma de amuleto, entre otras supercherías fruto del analfabetismo y la miseria. No obstante, lo más significativo del crimen de sor Inés fue la decapitación parcial, y es que esta práctica, con distintos significados y fines, se ha practicado por distintos pueblos desde la más remota antigüedad, numerosas veces por represalias o como escarnio contra el enemigo, pero muchas otras con fines mágicos y místicos que solo en las últimas décadas han comenzado a ser desvelados por antropólogos y expertos en religiones.  

Orígenes difusos

El culto al cráneo puede rastrearse desde el Neolítico Antiguo en Anatolia y el Oriente Próximo. En el yacimiento de Fontbrégoua, en Francia, además de vestigios de antropofagia ritual, el análisis de cráneos permitió identificar diversos tipos de prácticas como la descarnación con instrumentos de sílex y la extracción del cuero cabelludo antes de que las cabezas fueran expuestas como trofeos. Otro ritual post-mortem es recogido también en el registro mural de Çatal Hüyük, en Küçükköy (Turquía), en el que se representa a los buitres devorando cadáveres, en su mayor parte desprovistos de cabeza tras una decapitación llevada a cabo con fines rituales tras la muerte.

Por su parte, en el enigmático yacimiento-santuario de Göbekli Tepe (fechado oficialmente entre el 9.600 y el 7.000 a.C., aunque algunos autores retrasan la fecha hasta 12.000 años, en el que sería el santuario más antiguo de la humanidad descubierto hasta ahora), también en Turquía, los arqueólogos han evidenciado que las cabezas se despellejaban y se perforaban a través del occipital con un instrumento lítico para facilitar la introducción de un cordón que asegurase la mandíbula al cráneo y facilitase su suspensión y exhibición en el interior del templo.

El antiquísimo santuario de Göbekli Tepe, en la actual Turquía

Los ejemplos más antiguos de esta tétrica práctica los hallamos en el Neolítico –hace unos 9.500 años–, en Jericó (Cisjordania, Palestina). En 1952 se hallaron nueve cráneos perfectamente conservados y con conchas dentro de las órbitas oculares. Según explica Carmen Roviera, «si los que cortan cabezas intentaban reconstruir la mirada del fallecido se debe a que su cráneo era guardado para mantener su esencia», algo muy distinto a su exposición como trofeo de guerra, las conocidas como «cabezas-trofeo».

Mesoamérica, hace 9.000 años

Las prácticas de decapitación ritual y descarnación craneal en las culturas mesoamericanas son célebres, pero un sorprendente hallazgo arqueológico en Brasil en septiembre de 2015 reveló que era una práctica muy anterior a mayas y aztecas, y que se celebraba en territorio sudamericano hace al menos 9.000 años, en pleno Neolítico, como en Europa, lo que demostraba que no era una práctica exclusiva de las culturas andinas.

Aquella investigación realizada en el abrigo rocoso Lapa do Santo, en Brasil, fue publicada en la revista científica PLOS ONE, estaba encabezada por André Strauss, del Instituto Max Planck para Antropología Evolutiva de Alemania, y reveló datos alentadores para la paleoantropología. Hasta la fecha, la decapitación más antigua conocida procedía de la región andina, en Perú, hace unos 3.000 años, y el hallazgo venía a demostrar que los rituales mortuorios sofisticados ya existían entre los cazadores recolectores americanos desde los primeros tiempos del poblamiento del continente.

De un total de 37 enterramientos, al equipo de Strauss le llamó la atención el conocido como Enterramiento 26, que correspondía a un miembro del grupo local: «Esto, unido a la forma en que estaban presentados los restos, nos llevó a pensar que fue una decapitación ritual, relacionada con algún tipo de pensamiento religioso, y no el resultado de un trofeo».

Según contó Strauss a Scientific American, «Son varias las características que apuntan a una decapitación ritual: El análisis químico mediante estroncio no apunta a que este individuo fuese un forastero. Lo mismo indica la forma de su cráneo. También la ausencia de características de que se trataba de una cabeza trofeo, como huecos para las cuerdas que se usaban para cargarlas, o el alargamiento del foramen magnum –el agujero en la base del cráneo–. Estos grupos expresaban sus rituales a través del uso del cuerpo humano como símbolo». Todo ello está obligando a reescribir nuestra prehistoria.

Julio César Tello

En 1918, el arqueólogo peruano Julio César Tello planteó una sugerente hipótesis acerca de los cercenamientos de testas tras analizar diversos cráneos de las culturas Nazca y Paracas, notablemente distinta a la que sugiere que las cabezas se separaban del cuerpo como trofeos bélicos, algo que, no obstante, llevaron a cabo también pueblos de muy distintos orígenes y creencias. El 6 de mayo de aquel año, presentó su tesis en la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad de San Marcos, a la que tituló El uso de las cabezas humanas artificialmente momificadas y su representación en el antiguo arte peruano. Consideraba que los antiguos habitantes de la región de Ica dedicaron demasiado tiempo y esfuerzo a la preparación ritual de las cabezas cortadas, tratamiento que –afirmaba– era excesivo si éstas hubiesen pertenecido únicamente a sus enemigos.  

Bárbaros: cosechadores de cabezas

Herodoto

Fue Heródoto quien explicó las costumbres de varios pueblos bárbaros: los isedones, los tauros y los escitas. Los isedones (un pueblo de carácter mítico) unían el banquete caníbal –antropofagia ritual– a la conservación del cráneo de sus antepasados para llevar a cabo diversos rituales: «Cuando a un hombre se le muere su padre, todos los parientes traen reses, después de sacrificarlas y cortar en trozos las carnes, cortan también en trozos al difunto padre del huésped, mezclan toda la carne y sirven el banquete. La cabeza del muerto, después de limpia y pelada, la doran, y luego la usan como una imagen sagrada cuando celebran sus grandes sacrificios anuales (…)».

Con respecto a los tauros, en lugar de venerar la cabeza de sus antepasados, al parecer preferían emplear las testas de sus enemigos como amuletos de protección de sus hogares. El mismo Heródoto cuenta que tras cercenar la cabeza del vencido, se la llevaban a sus casas, «la fija sobre una larga estaca y coloca dicha percha muy alto por encima del orificio por el que sale el humo del interior de la vivienda. De este modo consideran que actúan como guardianes, debido a su posición elevada (…)».

Los escitas. Los temibles guerreros de las estepas

Por su parte, los escitas realizaban dos procedimientos diferentes a la hora de mutilar a los enemigos, dependiendo de si se trataba de prisioneros o muertos caídos en combate. Con respecto a los capturados, sacrificaban a uno de cada cien en un estremecedor ceremonial: les derramaban vino sobre la cabeza y los degollaban junto a una vasija, subiendo al montón de fajinas y derramando la sangre sobre el alfanje, «llevan, pues, la sangre arriba; y abajo, junto al santuario, hacen lo siguiente: cortan todos los hombros derechos con los brazos de las víctimas degolladas, y los echan al aire; y luego, tras sacrificar a las demás víctimas, se retiran».

Añadía el historiador de Halicarnaso que, en combate, cuando un escita derribaba a su primer enemigo, bebía su sangre y presentaba al rey la cabeza de todos cuantos había matado en el curso de la batalla. Escribía también que, además de lucir la testa del enemigo, previamente descarnada con una costilla de buey, atada a las riendas de su caballo, acostumbraban a desollar a los muertos «de pies a cabeza, extienden la piel en maderos y la usan para cubrir sus caballos (…)».

A las testas arrancadas a sus mayores enemigos les reservaban un trato especial repleto de simbolismo: «Sierra cada cual todo lo que queda por encima de las cejas, y la limpia; si es pobre, la cubre por fuera con cuero crudo de buey solamente y así la usa; pero si es rico, la cubre con el cuero, pero la dora por dentro y la usa como copa. Esto mismo hacen aún con los familiares, si llegan a enemistarse con ellos y logran vencerlos ante el rey. Cuando un escita recibe huéspedes a quienes estima, les presenta las tales cabezas y les da cuenta de cómo aquellos, aun siendo sus familiares, le hicieron la guerra, y cómo él los venció. Esto consideran ellos prueba de hombría», algo similar a las prácticas de los dayaks de Borneo. 

(Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium»).

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

El libro Decapitación. Iconos y leyendas, que ha editado recientemente (y con mimo) Hermenaute.

Este sugerente ensayo aborda cómo se ha tratado la iconografía de la decapitación en el arte, los mitos y las costumbres de distintas civilizaciones, centrándose principalmente en Occidente y el Nuevo Mundo. Un libro que busca (y lo consigue con creces) una aproximación al impacto de la cabeza trofeo en su sentido más antropológico, extenso y, desde luego, legendario, en la línea de lo que tratamos en este post. Una crónica historiográfica y geográfica apasionante que analiza el acto del descabezamiento como una poderosa materia de ficción en la cultura popular, pues está presente en las vidas de santos y mártires, en las cacerías salvajes, en la mitología celta y romana, entre los blemios o blemitas (un antiguo pueblo que habitó la región de la Baja Nubia y que adquirirían una importante presencia en distintos mitos medievales) o, en el plano literario, el mito del dullahan irlandés que daría origen al famoso «jinete sin cabeza» de Sleepy Hollow que inmortalizó Washington Irving y llevó a la gran pantalla el visionario Tim Burton.

Hermenaute ©

Su autor es el escritor, guionista y analista cinematográfico Lluís Rueda, precisamente director de esta pequeña gran editorial que es Hermenaute y que cualquier apasionado de los mitos, el cine o el terror –como lo es un servidor– no puede dejar de seguir. Un hermoso volumen (no por pequeño poco exhaustivo), ilustrado por Miki Edge, quien tras 10 años en el mundo de la publicidad y la tecnología cibernética decidió dedicarse casi en exclusiva a su gran pasión: el diseño de cartelería de cine, un pequeño –y a su vez valiente y arriesgado– tributo a los que crecimos haciendo cola entre carteles y fotocromos y éramos carne de videoclub.

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Alejandro Magno y el oráculo de Amón

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa, al que acudió Alejandro Magno, permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Ahora Edhasa publica una vibrante monografía sobre el macedonio, obra del británico Anthony Everitt, que revela, además de numerosos episodios oscuros de su frenética vida, lo que sucedió durante su visita al oráculo.

Óscar Herradón ©

Se conservan innumerables respuestas de los oráculos de la antigüedad, algunas de cuyas profecías han llegado a hacer historia, hasta el punto de que algunos de los hombres más poderosos llegaron a basar sus decisiones en las sentencias de los mismos, como siglos más tarde reyes y príncipes se basarían en los horóscopos trazados por los astrólogos y en las predicciones de sus magos para tomar decisiones de índole política y militar. En la era helenística la creencia en los milagros estaba muy arraigada, pero sería una constante a lo largo de la historia, al menos hasta que la ciencia tal y como hoy la conocemos hizo su aparición. Aún así, son muchos todavía hoy los que creen en vaticinios milenarios, baste recordar lo que sucedió hace casi una década con la dichosa profecía maya y el una y otra vez mancillado 2012. Y eso que 2020 y 2021 sí que se acercaron bastante más a un Armagedón a causa del dichoso Covid.

Cimón

Grandes líderes del mundo antiguo consultaron a los oráculos, en cuyas sentencias creían sin titubeos. El oráculo de Siwa se hizo mundialmente famoso en el año 450 a.C. por una profecía que afectaba directamente a Cimón, hijo de Milcíades, uno de los políticos y militares más importantes de Atenas, quien envió una delegación al Oráculo de Amón, en el oasis de Siwa, mientras asediaba con su flota la costa de Chipre. Mientras los delegados escuchaban la ambigua respuesta del oráculo, el mandatario moría, lo que fue interpretado como una señal de gran poder profético, noticia que rápidamente se extendió por toda Grecia, haciendo que Siwa se convirtiera en competencia directa de los de Dodona y Delfos. A partir de ese momento, enviados de muchos países emprendieron el duro camino a través del desierto libio, ofreciendo valiosos presentes y sacrificios, con la intención de que Amón les predijera el futuro.

La dinastía argéada y el oráculo

Pero lo que ha hecho que Siwa y su oráculo pasaran a la posteridad fue el interés que uno de los grandes militares de la historia, Alejandro Magno, mostró en él, y los supuestos vaticinios que éste le ofreció cuando acudió a su consulta. Alejandro, que fue educado desde los trece años en la rica cultura griega nada menos que por Aristóteles, era un ferviente creyente, algo que le habían inculcado en la corte de su padre, Filipo de Macedonia, en cuyo reinado, como en el de su hijo, desempeñaron un importante papel los sueños proféticos y los vaticinios oraculares.

Olimpia presenta a un joven Alejandro a Aristóteles, por Gerard Hoet (1648-1733)

Al parecer, tanto Filipo como su esposa, la hermosa Olimpia, habían tenido un extraño sueño de tipo profético antes del nacimiento de Alejandro. Un buen día, el rey envió a su hombre de confianza Querón a consultar el significado de sus sueños al oráculo de Delfos y la respuesta que al parecer le dio la Pitia es que ofreciera sacrificios a Amón y que venerara a éste sobre todos los dioses, lo que quizá provocara que Alejandro decidiera hacer una breve visita al oasis de Siwa. Asesinado su padre, en el 336 a.C., con apenas veinte años pretendía hacerse con la hegemonía sobre Grecia y conquistar nada menos que el poderoso imperio persa. Antes de emprender esta campaña, el joven Alejandro viajó personalmente a Delfos, pero la Pitia ignoró sus preguntas. O eso cuentan las crónicas de sus gestas.

Los oráculos persiguieron al mandatario macedonio durante toda su vida. En el invierno de 334-333 a.C., mientras realizaba de camino a Egipto conquistando una a una todas las ciudades del Asia Menor, en Gordio tuvo lugar el episodio del nudo gordiano; según una profecía oracular, aquel que fuera capaz de deshacer el enorme nudo que sujetaba el timón del carro de Gordias –padre de Midas– y fundador de la ciudad, conquistaría toda Asia. Un nudo casi imposible de deshacer debido al caos de fibras del mismo, que mantenía juntos el yugo y el timón. Alejandro no se lo pensó dos veces, desenvainó su espada y cortó de un tajo la enorme atadura. La fuerte tormenta de rayos y truenos que azotó la noche siguiente Gordio fue interpretada por éste como la aprobación de Zeus, y a causa de ello se proclamó rey de Asia.

El conquistador a las puertas del «más allá»

Parece ser que fue hacia el 331 a.C. cuando el Magno tomó la decisión de acudir personalmente al santuario oracular de Amón, en el desierto egipcio, al oeste, a las puertas de Libia, empresa harto peligrosa teniendo en cuenta que el rey persa Darío había reorganizado su ejército y pretendía contraatacar tras la derrota de Iso. Pero a Alejandro le apremiaba más saber lo que tenía que decir el oráculo.

Ruinas del oráculo de Amón, en Siwa

El historiador romano Quintio Curcio Rufo, en Historia de Alejandro Magno, señala que el rey macedonia sentía «un abrumador deseo» (pothos) de consultar uno de los más célebres oráculos del mundo antiguo, el radicado en el templo de Zeus-Amón. Y ello implicaba emprender un arriesgado viajes desde Egipto por la costa libia y cruzar más de 250 kilómetros de desierto para llegar al oasis de Siwa. Un lugar de especial significancia para Alejandro, pues dos de sus antepasados, imbuidos de la carga simbólica de la mitología y relacionados no solo con la línea genealógica de los hombres, sino también con la divinidad, Heracles y Perseo, lo habían visitado.

Heracles representaba a una figura que por su propia condición de héroe era medio humano y medio divino, ya que había sido engendrado por Zeus, el único humano al que se había concedido la inmortalidad; y Perseo, que había derrotado a la gorgona Medusa, capaz de transformar en piedra a todo aquel que le mantuviese la mirada, también pertenecía a la liga de los semidioses, y el macedonio era un apasionado de la mitología griega, hasta el punto de que consideraba la Ilíada de Homero una suerte de Biblia (y que guardaría con celo en uno de los tesoros más valiosos arrebatados a Darío: un cofre orlado de piedras preciosas que llevaba junto a él a las campañas militares).

Un día de marzo del 331, Alejandro decidió abandonar el campamento del lago Mariut con su escolta militar y adentrarse en terreno desconocido con camellos que transportaban sus víveres, y tras un dificultoso viaje por las condiciones climáticas (viento, aire frío, una feroz tormenta de arena). En cierto momento, cuando estaban sedientos y temerosos de perecer, un pequeño chaparrón permitió calmar su sed y poco después, según cuenta Everitt, pasaron dos cuervos batiendo rápidamente las alas por delante de la comitiva. Supusieron, acertadamente, que las aves se dirigían al oasis de Siwa y Alejandro tomó el mismo rumbo. Según aseguran varias fuentes, todavía hoy habitantes del palmeral consideran el vuelo de un par de cuervos como señal de buen augurio.  

La Pitia de Delfos

En un altozano se levantaba el templo de Zeus-Amón. Por regla general, las representaciones de Amón lo muestran con los rasgos de un hombres con cuernos de carnero, pero en Siwa, la imagen a la que se rendía culto era una piedra con forma de ombligo, el ónfalo, cuajada de esmeraldas y otras piedras preciosas. Cuando se consultaba el oráculo, ochenta sacerdotes escoltaban el sagrado objeto, previamente colocado en un barco de oro de cuyas borlas pendías copas de plata, dando la sensación de que se movía solo con la cadencia de los religiosos. Asimismo, un coro de mujeres seguía a la embarcación entonando himnos sagrados, mientras uno de los oficiantes interpretaba los desplazamientos que efectuaba la nave en respuesta a las preguntas que se le hacían al oráculo. Debió ser un espectáculo digno de contemplar.

En el interior del santuario

Plutarco

Una vez instalada la comitiva en el oasis, Alejandro ascendió por el sendero que conducía hasta el santuario y cruzó los umbrales de la primera de las dos salas que se abrían en él. Según narra Plutarco en Obras morales y de costumbres, salió a recibir al macedonio un anciano ungido con dotes de videntes y le dijo: «Regocíjate, hijo mío». Cuenta Everitt en su detallada monografía que era habitual que los altos dignatarios llamaran «hijo de Amón» a los sucesivos faraones, y Alejandro ya había sido ungido como tal en Egipto tras su conquista del país del Nilo. La fórmula respondía, por tanto, a la cortesía protocolaria.

Siwa

Acto seguido, el religioso indicó al Magno que «Amón [es decir, Zeus] es por naturaleza el padre de todos los hombres». Aunque probablemente no era más que una aseveración de carácter ceremonioso y habitual, destinada en este caso a agasajar al célebre consultante (sobre cuya existencia y gestas es posible que tuvieran ya noticia en un lugar tan apartado como Siwa), Alejandro entendió que se trataba de un mensaje directo del dios, lo que vino a reafirmarle en sus sospechas y creyó ser realmente el hijo de Zeus. A continuación, el guardián del templo lo condujo hasta el segundo vestíbulo; lo cruzó y lo introdujo en una suerte de pequeño tabernáculo. El tonsurado escuchó las preguntas del soberano y lo más probable –incide Everitt– es que abandonara un momento el oratorio para poder contemplar las evoluciones del navío divino para pasar después a exponer sus interpretaciones sobre ello.

Alejandro quiso saber luego si estaba destinado o no a gobernar el mundo. El clérigo, probablemente un adulador que conocía sus hazañas, quizá con cierto temor a su reacción, le respondió que el dios se mostraba de acuerdo en tales expectativas. Luego, el macedonio preguntó: «¿Han sido castigados ya todos los asesinos de mi padre?». Al escucharlo, el sacerdote se vio en la obligación algo temeraria de corregirlo, pues si Amón era quien lo había engendrado, resultaba evidente que no solo no podía ser acuchillado (como le sucedió a Filipo), sino que, en su divina condición, no conocía la muerte. En cualquier caso, el religioso confirmó que los magnicidas habían pagado por su execrable crimen, sin excepción.

Alejandro consultando el oráculo de Apolo, por Louis-Jean-François Lagrenée (1724-1805)

Everitt sugiere la posibilidad de una gran conspiración –nunca desvelada– según la cual Alejandro pudo estar involucrado en la muerte de su progenitor, e incluso que su propia Madre, Olimpia, que sugirió en más de una ocasión que el Magno pudo ser hijo del adulterio (disfrazado de alumbramiento divino) se hubiese hallado secretamente metida en el regicidio. Quién sabe. Todo cuanto se dijo entre aquellas paredes quedó entre Alejandro y el sacerdote visionario. Magno ofreció valiosas ofrendas a Amón y en otra ocasión volvió solo al templo. Tanto la pregunta como la respuesta que recibió entonces continúan siendo otro de tantos enigmas históricos. Según Plutarco, se llevó el secreto a la tumba, pues moría el año 323 a.C. en Babilonia.

Lo que sí es seguro es que después de su segunda consulta al oráculo de Amón, Alejandro estaba cada vez más seguro de su «ascendencia divina» y llegó a comunicar a un amigo que su deseo era ser enterrado cerca del templo de Amón, en Siwa, aunque parece ser que su deseo no se cumplió; ante el temor de los saqueos en el desierto, Ptolomeo I, general de los ejércitos de Alejandro y posterior mandatario de Egipto, erigió un mausoleo monumental en Alejandría, aunque todavía son muchos los que creen que el cuerpo del gran general permanece escondido en algún lugar desconocido del oasis. Como otros secretos de la historia, permanece sepultado por las arenas del tiempo.

PARA SABER MUCHO MÁS:

Alejandro Magno, de Anthony Everitt (Edhasa, 2021)

Como he señalado en el post, Edhasa acaba de publicar un sensacional ensayo sobre el conquistador macedonio. El académico inglés Anthony Everitt es especialista en literatura y en arte, a lo largo de su dilatada carrera ha ocupado diversos puestos directivos en instituciones como el Arts Council de Gran Bretaña o el Liverpool Institute of Performing Arts (LIPA). Colaborador habitual de medios como The Guardian, ha publicado otras biografías sobre grandes figuras de la antigüedad clásica, como el emperador Augusto o Cicerón, cuya publicación en castellano corrió a cargo también de Edhasa.

En la que probablemente sea la biografía definitiva de Alejandro Magno, Everitt responde a quién fue realmente el macedonio en su tiempo. Han sido muchas las teorías y estudios sobre el personajes, pero en este monumental ensayo biográfico el autor lo juzga conforme a los criterios de su época, considerando todas las posibles contradicciones.

Podemos, ahora sí, conocer al príncipe macedonio: naturalmente curioso y fascinado por la ciencia y la exploración, fue un hombre que disfrutaba de las artes. A medida que conquistaba más y más tierras y veía su imperio crecer, Alejandro mostró respeto por las tradiciones de sus nuevos súbditos y un juicio cuidadoso al gobernar sobre tan vastos territorios. Pero también su vida tuvo un lado oscuro: conquistador empedernido que construyó el imperio más grande de la historia hasta el momento, también glorificó la guerra y fue conocido por cometer actos de notable crueldad. Él confiaba en detenerse sólo al llegar al océano Pacífico, pero todo se acabó antes, con su prematura muerte a los treinta y tres años.

He aquí el enlace para adquirir la biografía definitiva del más grande estratega de la historia:

https://www.edhasa.es/libros/1291/alejandro-magno

LOS DIOSES DE LOS GRIEGOS (ATALANTA)

Para una visión más global sobre la religiosidad griega, Atalanta lanza un portentoso volumen que analiza los aspectos más singulares del panteón de deidades de aquel tiempo: Los dioses de los griegos, del prestigioso erudito húngaro Karl Kerényi (1897-1973), precisamente una obra divulgativa orientada a todo curioso que quisiera conocer el profundo significado psicológico de los mitos más allá de su carácter narrativo. Así, este incombustible filólogo clásico, profesor universitario, mitógrafo e historiador de la religión rompía el corpus tradicional de que una mitología griega no estuviera destinada a especialistas en estudios clásicos, historia de las religiones o etnología.

Manejando infinidad de fuentes clásicas, el autor ofrece una diáfana y a la vez erudita exposición de los mitos griegos más relevantes que en cierta manera han configurado la visión occidental del mundo (a través de la mitología romana, que los absorbió con distintos nombres y habilidades). Kerényi, con una prosa magistral y a la vez sencilla, nos sumerge en la compleja genealogía de las divinidades primordiales como Océano, la Noche y el Caos, y de los titanes.

También de las diosas olímpicas, entre ellas, los diversos aspectos de Afrodita; Zeus y todas sus esposas; Metis y Palas Atenea; Apolo y Ártemis; Hermes, Pan y las Ninfas; Poseidón y sus mujeres; el Sol y la Luna; Prometeo y la raza humana, los dioses ctónicos Hades y Perséfone o el inefable misterio de Dionisos. Un relato vibrante con el que Atalanta cierra de forma magistral un capítulo iniciado hace años con la publicación de otra de las obras de referencia de Kerényi: Los héroes griegos. Ambos volúmenes son necesarios en nuestra biblioteca para entender los mitos del pasado.

He aquí el enlace para adquirir este recomendable título: