Los duques de Windsor y la sombra del nazismo (parte I)

Ciñó la corona del Reino Unido bajo el nombre de Eduardo VIII, pero no tardó en abdicar para casarse con Wallis Simpson, una dama sin ascendente real. Sus delicados contactos con el régimen nazi y franquista antes y durante la Segunda Guerra Mundial pusieron contra las cuerdas al gobierno inglés y han generado numerosas dudas sobre su patriotismo y la verdadera razón de su abdicación. En nuestro país, rodeado de espías de ambos bandos, vivió uno de los episodios más singulares de la contienda.

Óscar Herradón ©

Llegó a ser rey de Inglaterra. Eso sí, por un breve periodo de tiempo, ya que tuvo que renunciar a la corona para poder casarse con una plebeya –cosas que en los últimos tiempos no pasan en España–, y llegó a acercarse peligrosamente a los grupos fascistas de su país y a mantener contactos con la Alemania del Tercer Reich, lo que lo convertía en un personaje incómodo para su propio Gobierno. Hablo del Duque de Windsor, quien, precisamente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Londres estaba siendo bombardeado sin tregua por los aviones de la Luftwaffe alemana, pasó por España y Portugal en una compleja trama de espías digna de la mejor novela de Ian Fleming (agente de inteligencia, por cierto, en esa misma contienda). Eso sí, su periplo no tuvo nada de ficción a pesar de las muchas sombras que todavía rodean a este enigmático episodio de nuestra historia.

Eduardo, futuro duque de Windsor, nacía el 23 de junio de 1894 en White Lodge, Surrey. Era el mayor de tres hermanos. Corría mayo de 1910 cuando su padre ascendía al trono con el nombre de Jorge V del Reino Unido, tras la muerte de Eduardo VII, por lo que Eduardo, el 13 de julio de 1911, cual primogénito varón, era investido oficialmente como príncipe de Gales y, por tanto, se convertía en heredero de la Corona. Desde joven, destacaría por un desapego al protocolo palaciego. La Primera Guerra Mundial dejaría una huella imborrable en su memoria, y las atrocidades del frente, que visitó en más de una ocasión, le convencieron de que Europa no debía volver a sumergirse en una contienda de tales dimensiones, algo clave en sus decisiones futuras.

El playboy enamorado

Durante la década de los veinte tuvo una ajetreada vida social y se le atribuyeron, cual playboy, numerosos romances. Pero sería en los años treinta cuando conocería a la mujer que cambiaría no solo su vida, sino el futuro de toda una nación: Wallis Simpson, norteamericana de ascendencia alemana y plebeya que, cuando comenzó su relación con Eduardo, todavía no se había divorciado de su segundo esposo, el angloamericano Ernst Simpson. Aquello no le importó lo más mínimo al príncipe de Gales cuando, el 20 de enero de 1936, moría su padre y él subía al trono bajo el nombre de Eduardo VIII. Ya entonces su relación adúltera había provocado un escándalo con su familia y en los círculos cortesanos. En un principio, quienes le rodeaban, conocedores de su fama de Don Juan, pensaron que se trataría de una relación pasajera, pero no fue así.

A pesar de la oposición del Gobierno, dirigido entonces por el primer ministro Stanley Baldwin, y de la familia real, el nuevo monarca siguió adelante con su relación. Y es que Wallis, además de plebeya y divorciada –algo intolerable para la «alta moral» británica–, parecía esconder un turbio pasado lleno de escándalos y relaciones con personajes afines al nazismo, como el ministro de Asuntos Exteriores del Tercer Reich, Joachim von Ribbentrop. La relación con Wallis le acabaría costando al nuevo rey la mismísima Corona. Oficialmente siempre se dijo que en el romance con la plebeya subyacía la razón de que abdicara apenas 325 días después de convertirse en monarca, pero lo cierto es que el Gobierno estaba muy preocupado además por su peligroso acercamiento a la Alemania nazi en una Europa por la que comenzaban a soplar con fuerza vientos de guerra.

Entre agosto y septiembre, la pareja realizó un sonado recorrido por el Mediterráneo en el yate Nahlin. En octubre ya tenían claro los miembros del gobierno que Eduardo no tenía intención alguna de abandonar a su amante, sino todo lo contrario: de casarse con ella. Aunque en una reunión en Buckingham con el primer ministro Baldwin, el 16 de noviembre de 1936, Eduardo propuso la posible solución de un matrimonio morganático, según el cual continuaría siendo monarca, aunque Wallis no sería reina, el gabinete gubernamental se negó en rotundo, rechazando también la propuesta otros gobiernos de la Commonwealth y la Iglesia anglicana. O renunciaba al casamiento o a la Corona.

Puesto que seguir adelante produciría una crisis constitucional, según contaría años después en sus memorias, Eduardo decidió abdicar el 10 de diciembre, y era sustituido por su hermano el duque de York, Jorge VI (el soberano al que da vida el actor Colin Firth en la cinta El discurso del rey), quien le nombró dos días después «Su Alteza Real el Duque de Windsor».

Una sonada tournée por el III Reich

Su enlace supuso un nuevo escándalo cortesano. Eduardo y Wallis Simpson contraían matrimonio en Francia en 1937, en una ceremonia celebrada por el reverendo Robert Anderson Jardine, a pesar de la negativa de la Iglesia de Inglaterra a autorizar la unión. Pero había algo más tras la controversia y la abdicación; según historiadores como Martin Allen, autor del libro El rey traidor, tras ello se escondía la germanofilia del duque, que también frecuentaba la compañía de importantes jerarcas nazis y del líder de los fascistas ingleses, Oswald Mosley.

Precisamente el mismo año de su enlace, en octubre, Eduardo y Wallis realizaban una sonada visita a la Alemania nazi, haciendo caso omiso a las advertencias del gobierno británico. De hecho, llegaron a ser recibidos por el mismo Adolf Hitler en su residencia del Obersalzberg, en Berchtesgaden, el Berhof, una visita que sería aprovechada por el implacable aparato propagandístico del régimen, comandado por Goebbels, para mostrar al mundo cómo un inglés por cuyas venas corría sangre real admiraba los “numerosos logros” del nacionalsocialismo. De hecho, Eduardo fue fotografiado en Berlín pasando revista a un escuadrón de las SS junto a Robert Ley, nada menos que Jefe de Organización del Partido Nazi, quien hizo de cicerone durante la tournée, y se pudo ver al duque, brazo en alto, realizando el saludo fascista.

En su visita al Berhof
Attlee

Es evidente que en Gran Bretaña esos movimientos del que apenas un año atrás era su rey se veían con preocupación, y la diplomacia británica y la Inteligencia, a través de sus agentes, intentaba por todos los medios alejarlo de tan nocivos contactos. No obstante, en su círculo íntimo eran bien conocida su germanofilia, su antisemitismo y feroz anticomunismo y su afinidad para con muchas de las políticas del NSDAP, tesis que ganaría más fuerza en 1995, con la publicación de una serie de documentos secretos de la Policía Internacional y de Defensa del Estado –PIDE– portuguesa, según se hacía eco entonces el diario El País. No obstante, el duque de Windsor no era, como los nazis, partidario de iniciar una guerra en Europa, pues su experiencia con «las escenas de horror sin fin» de los que fue testigo en la Primera Guerra Mundial lo condujeron a apoyar la política de apaciguamiento de la que, por aquel entonces, seguía un amplio sector del gobierno inglés y que permitiría a Hitler escalar posiciones hasta poner en jaque a los países colindantes.

Tiempos de guerra

HMS Kelly

Tras el controvertido viaje a la Alemania de la esvástica, el duque y Wallis viajaron hasta Francia, donde pasarían largas temporadas instalados cómodamente en sus lujosas mansiones de París y Cap. Antibe, veraneando incluso en la costa española, que le apasionaba. La Segunda Guerra Mundial estallaba el 1 de septiembre de 1939 con la invasión alemana de Polonia. Ese mismo mes, Lord Mountbatten trasladó al matrimonio de nuevo a Inglaterra a bordo del acorazado HMS Kelly, y Eduardo fue nombrado Mayor militar adscrito a la misión británica en Francia, regresando poco después al país galo. Ya entonces planeaba sobre el duque la sospecha de una colaboración con los nazis mientras los británicos se preparaban para una lucha sin cuartel contra la Luftwaffe de Göring, que pretendía allanar el camino para una inminente invasión de las islas en el marco de la Operación León Marino, el único intento desde los tiempos de Felipe II y su Armada Invencible.

De hecho, febrero de 1940, el ministro alemán en La Haya, el conde Julius von Zech-Burkersroda, llegó a afirmar que Eduardo había filtrado los planes de guerra de los aliados para la defensa de Bélgica, según las investigaciones de la experta en monarquías Sarah Bradford. El problema llegó para la pareja con la invasión de Francia por los ejércitos de Hitler en mayo de ese mismo año. Entonces, la figura de Eduardo adquiría una gran relevancia para unas posibles negociaciones de paz, tanto para sus compatriotas como para sus amigos alemanes.

Von Zech-Burkersroda

Los Windsor se encontraban en una encrucijada, pues a pesar de sus buenas relaciones con los nazis, estaban en un país ocupado, en plena contienda, mientras el suyo se preparaba para la batalla más grande que jamás había librado. Eduardo debía apoyar a su gobierno, o corría el peligro de ser acusado de alta traición. Para ponerse a salvo, Eduardo y Wallis huyeron primero a Biarritz y después pusieron rumbo a España. Las carreteras francesas se encontraban repletas de automóviles que ponían rumbo a la Península, invirtiéndose el proceso que había tenido lugar apenas un año antes, con el fin de la Guerra Civil.

Este post tendrá una inminente segunda parte.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Con su habitual buen hacer, La Esfera de los Libros nos brinda entre sus novedades un libro a través del que comprenderemos mejor la figura de la duquesa de Windsor (y por ende la de su controvertido marido), escrito nada menos que por Diana Mitford, una de las más estrechas amigas del duque. Asidua invitada a sus fiestas en París o al «Moulin» de Orsay, el pueblo francés donde fueron vecinos, Mitford dejaría a su primer marido (inmensamente rico) por el fascista inglés Oswald Mosley, a quien admiraba (convirtiéndose en lady Mosley), lo que estrecha aún más esos lazos entre quien fuera breve monarca del trono inglés y su plebeya esposa con las fuerzas reaccionarias, para la mayoría de historiadores, verdadera causa (más allá del amor ilegítimo) de que fuese apartado de la Corona cuando ya corrían vientos de guerra en Europa, sabedor el gobierno de su germanofilia y sus buenas relaciones con el Tercer Reich.

Un libro, definido por el prestigioso historiador Philip Mansel como «Irresistible» en el que Mitford, a través de un característico y afilado estilo –maliciosamente inteligente, ciertamente irónico y perspicaz–, pinta un retrato de gran realismo de quien fuera su amiga, Wallis Simpson, captando su encanto pero también sus sombras, que las tuvo, y no fueron pocas. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/la-duquesa-de-windsor/

La expedición de la Ahnenerbe nazi a los confines del Islam

Dos de los personajes más fascinantes del entramado místico que conformaba la Ahnenerbe de Himmler fueron los investigadores –espías y amantes– Franz Altheim y Erika Trautmann. Éstos serían los responsables de acercarse al mundo islámico para reclutar en sus filas combatientes contra los enemigos del nazismo, en lugares donde el antisemitismo era muy fuerte y el Mein Kampf ya todo un bestseller.

Óscar Herradón ©

El Gran Muftí de Jerusalén pasando revista a tropas nazis

Precisamente el doctor Altheim y su compañera Trauttmann eran los personajes más cualificados para realizar labores de espionaje en una expedición del instituto que les llevaría a los confines del antiguo imperio romano en Oriente Próximo, llegando hasta Beirut, Bagdad y Damasco, lugares de gran importancia geoestratégica por sus reservas petrolíferas.

Wüst

Tras leer el artículo sobre las investigaciones realizadas por éstos en Val Camonica, en los Alpes, Hermann Göering decidió presentar a la pareja de aventureros a Himmler. Fascinado con su teoría sobre el origen ario de los pueblos de la antigua Roma, el Reichsführer decidió financiar otro viaje a la pareja a Italia y la costa adriática de Dalmacia, en la actual Croacia, que partiría en busca de nuevas evidencias de la presencia de antiguos nórdicos en esas tierras. Desde allí enviarían nuevas informaciones que agradaron considerablemente a Himmler y al entonces director del instituto de investigación de las SS, Walter Wüst, y a su regreso el líder de la Orden Negra dio instrucciones específicas al retorcido Wolfram von Sievers, uno de los dirigentes de la organización de estudios ancestrales, para que incorporase a la pareja a las filas de la Ahnenerbe, algo que aceptaron sin reservas.

Altheim había pasado de mirar con recelo al nuevo gobierno y de no interesarse por la política a ser un ardiente ultranacionalista fascinado por el eterno tema de la raza; si aquello servía además para dotarle de un mayor prestigio académico, mejor que mejor. Su ambición era viajar a las antiguas fronteras de la Roma imperial, en Europa Oriental y Oriente Próximo –a dónde por fin se encaminaba–, con la intención de mostrar las complejas relaciones de los pueblos sometidos a su dominio en Asia y África durante siglos.

Altheim y Trauttmann, arqueólogos, amantes y espías nazis
Val Camonica

Según el propio Altheim, en el siglo III una gran lucha había enfrentado a «los pueblos indogermánicos del norte» contra «los semitas de Oriente» por el control del imperio, y en su viaje él pretendía demostrar que, evidentemente, había triunfado la raza nórdica en la lucha por el poder sobre el antiguo imperio romano. Walter Wüst –informador a su vez del servicio de inteligencia de la SS comandado por Heydrich, el SD–, creyó ver en la pareja a los sujetos ideales para recabar valiosa información en Oriente Próximo: poseían fácil acceso a los círculos académicos, lo que les brindaba también acceso a los gobernantes y podían fácilmente localizar a simpatizantes de la causa nazi en lugares remotos que después podrían pasar a formar parte del servicio de inteligencia nacionalsocialista.

Los alemanes estaban especialmente interesados en las reservas petrolíferas del Golfo Pérsico, pues dependían en gran medida de los campos petrolíferos de Ploesti, en Rumanía, donde había un movimiento de oposición cada vez mayor al nazismo. El Golfo Pérsico concretamente era el principal lugar de abastecimiento de los británicos, que ya antes del estallido de la guerra aparecían como enemigo del Reich.

Los investigadores en Val Camonica

Por la mente de los alemanes planeaba la idea de un sabotaje o la toma de control de la zona; esa era la gran misión Altheim y Trautmann, ahora reconvertidos en espías del Tercer Reich. La pareja de exploradores alemanes podría contactar con líderes beduinos en los desiertos de Siria e Irak que apoyasen la causa nazi y cuya valiosa información podrían hacer llegar hasta Alemania.

Hacia los confines del Imperio romano

Desde Berlín, Altheim y Trautmann pusieron rumbo a Transilvania, donde estudiaron fascinados las ruinas de los antiguos reyes dacios, que Altheim consideraba, cómo no, un pueblo nórdico, tan belicoso como los propios nazis. En toda Rumanía experimentaron la tensión que se vivía debido a los disturbios causados por la llamada Guardia de Hierro –Garda de Fier en rumano–, una organización paramilitar y ultranacionalista que había sido fundada por el feroz antisemita rumano Corneliu Zelea Codreanu en 1927, en el seno de la organización ultraortodoxa «Legión del Arcángel Miguel», que mantenía una lucha sin cuartel contra el despótico rey Carol II, que había instaurado en el país una monarquía de corte fascista junto a su favorita, Madame Lupescu.

Codreanu en su boda (atención a la corona)

El movimiento de Codreanu aunaba misticismo y ultranacionalismo con un odio a los judíos tan visceral o más que el de los propios nazis. Corneliu era hijo del profesor nacionalista Ion Zelenski y de su esposa, de origen alemán, Elisabeth Brunner, En 1902 el progenitor cambió su apellido por el de Zelea, para que sonase más rumano, y añadiendo un segundo apellido, Codreanu, que remitía a sus orígenes forestales –precisamente codru significa «bosque» en rumano–. Obsesión ésta, la del regreso a la naturaleza y la exaltación del campesinado, que también caracterizaría a los ultranacionalistas alemanes.

A los 11 años Corneliu ingresó en el Liceo Militar Manastirea Dealului, donde estuvo hasta 1916, momento en el que Rumanía entró en la Primera Guerra Mundial. El joven nacionalista intentó alistarse pero como no tenía la edad reglamentaria, su solicitud fue desestimada, algo parecido a lo que le sucedería al propio Himmler. Aún así, Codreanu se uniría al 25 Regimiento de Infantería de Vaslui, donde su padre era capitán. Finalizada la contienda continuó su formación en el Liceo y en otoño de 1919 ingresó en la Universidad de Iasi para estudiar Derecho, momento en el que comenzó a formar parte de la Guardia de la Conciencia Nacional, una organización antirrevolucionaria que se enfrentaba a los grupos izquierdistas, reventaba huelgas y manifestaciones y repartía propaganda ultranacionalista, actividades que cada vez se volvían más agresivas y que recuerdan a los primeros tiempos del nazismo, movimiento prácticamente contemporáneo a éste. Codreanu, además, contaba con una ventaja: gozaba de la protección del rector de la Universidad, el antisemita Alexandru C. Cuza, su mentor.

Otro fascista con vocación mesiánica

Poco después pasó a estudiar a Jena, en Alemania, economía política y en 1922 estableció los primeros contactos con el NSDAP. De nuevo en Rumanía, Codreanu comenzó una política activista y planeaba cometer varios atentados contra personalidades de su país. Descubiertos él y sus camaradas por un chivatazo, fueron arrestados, aunque utilizaron su juicio en marzo de 1924 como un acto de propaganda, algo similar a lo que hizo Hitler tras el Putsch de Munich. Los virulentos jóvenes fueron finalmente absueltos.

A. C. Cuza

Mientras permanecían en prisión tuvo lugar el acontecimiento que llevaría al antisemita a crear su organización. Codreanu afirmaba que había tenido una visión en la capilla de la cárcel en la que nada menos que el arcángel Miguel le animaba a dedicar su vida a Dios. Pero no a través del amor ni la misericordia, no, sino a través de la lucha –el mesianismo rumano y el nacionalsocialista coincidían también en este aspecto–, creando la organización «Hermandad de la Cruz», cuyo objetivo era el renacimiento nacional. Poco tiempo después la policía detuvo a sus miembros y los torturó, lo que provocó que Codreanu asesinase al prefecto responsable de aquellas acciones.

El 24 de junio de 1927 fundó la «Legión de San Miguel Arcángel», en honor a su supuesta visión; cual iluminado, Corneliu se vistió de la cabeza a los pies con un traje blanco y montado sobre un caballo del mismo color recorría el país dando discursos a medio camino entre la predicación y la arenga política a los campesinos rumanos, a los que inculcaría ideas de corte místico, un fuerte nacionalismo y claro, antisemitismo.

Distinto sitio, mismo lugar

Como sucedía en Alemania, culpaba a los judíos de todos los males de su país y de la pérdida de valores cristianos. Instaba a las gentes a que recogieran puñados de tierra de los campos de batalla de Rumanía, en los que los héroes nacionales habían luchado y derramado su sangre, y a llevarlos colgados alrededor del cuello en unas bolsitas del tela. A tal punto llegaron su prédicas entre los humildes campesinos, tan convincente era en su oratoria y en su entrega a una causa fanática e irracional, que muchos creían ver en él efectivamente a un emisario del arcángel San Miguel.

Las palabras que dejó escritas en el Manual del Jefe, en el apartado «Deberes del Legionario», están impregnadas de un misticismo y fanatismo en cierta manera comparables a los que Hitler recogería en su Mein Kampf: «Un legionario mira directamente a los ojos. Los ojos no mienten. Su rostro está lleno de esperanza. Cuando habla y cuando escribe, debe ser breve, claro y preciso. (…). Hoy, nosotros estamos prestos a reunirnos alrededor de los altares como en los tiempos de los grandes peligros, para recibir de rodillas, la bendición de Dios. Las guerras las vencen aquellos que han sabido atraer de los cielos las fuerzas misteriosas del mundo invisible y asegurarse el concurso de ellas. Estas fuerzas misteriosas son los espíritus de nuestros antepasados, los que han estado también, en otro tiempo, y ligados a nuestra tierra y han muerto en su defensa, permaneciendo todavía hoy ligados a ella en el recuerdo de su vida terrena y por intercesión nuestra, sus hijos, nietos y biznietos (…). El que entra en esta lucha, debe saber desde el principio que habrá que sufrir. Después del sufrimiento, viene siempre la victoria (…)».

Codreanu y su Legión de San Miguel Arcángel

No obstante, el mismo año del viaje de Altheim y Trautmann a Rumanía sería el mismo del final de Codreanu. En abril, junto con sus comandantes legionarios, fue detenido y trasladado a prisión. Poco después, enfermo de tuberculosis, sus visiones místicas se acentuarían, llegando a afirmar que podía ver a Jesucristo y a sus compañeros legionarios caídos en combate en el interior de su celda. Codreanu se había convertido en un personaje muy incómodo para el rey Carol y el día 30 de ese mes el líder de la secta y otros 13 legionarios de su Guardia Negra eran estrangulados y tiroteados en medio de una fuga simulada organizada por sus captores.

Este post tendrá una inminente segunda parte, donde veremos la penetración de los espías de la Ahnenerbe en el mundo islámico.

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

Sobre la Ahnenerbe, existen varios libros interesante, el más reciente editado por Espasa y escrito por el periodista Eric Frattini: Los científicos de Hitler. Historia de la Ahnenerbe. Edificado por Himmler, fue un departamento de las SS creado por Himmler bajo este nombre que en alemán significa «Sociedad de estudios para la historia antigua del espíritu». Tenía tres objetivos: investigar el alcance territorial y el espíritu de la raza ario-germánica; rescatar y restituir las tradiciones alemanas –que para el Reichsführer habían sido aniquiladas por el cristianismo, y por soberanos como Carlomagno, a quien odiaba profundamente–, y difundir la cultura tradicional alemana (mucha creada ex profeso por los investigadores afectos al régimen) entre la población en general.

Los trabajos más importantes sobre la institución y el papel de Himmler en el entramado místico del Tercer Reich son El Plan Maestro: arqueología fantástica al servicio del régimen nazi, de Heather Pringle (publicado en castellano por Debate en 2007) y Das «Ahnenerbe» der SS (1935-1945), del historiador alemán Michael H. Kater, publicado hasta el momento únicamente en lengua germana.

En mi trabajo La Orden Negra. El Ejército Pagano del Tercer Reich (Edaf, 2011) también dediqué un amplio espacio a la Sociedad Herencia Ancestral y a los delirios místicos del líder de las SS. En relación con la magia y el ocultismo, y cómo el Reichsführer-SS reclutó al astrólogo Wilhelm Wulff para que trazase horóscopos de los enemigos del Reich cuando éste comenzaba a claudicar en en la contienda, podéis consultar mi libro Los Magos de la Guerra. Ocultismo y espionaje en el Tercer Reich, editado por Libros Cúpula (Grupo Planeta) en 2014.

Por su parte, para estudiar en profundidad la relación del nazismo con el islam y la participación del mundo musulmán en la contienda del lado del Eje, os recomiendo Los musulmanes en la guerra de la Alemania nazi, del profesor de Historia en la London School of Ecomomics and Political Science (LES por sus siglas en inglés), un minucioso y documentado ensayo que acaba de publicar Alianza Editorial.

El libro narra parte de lo que contamos en el post: cómo en la fase más decisiva de la contienda, tras sufrir los reveses militares en la URSS, la Alemania de Hitler optó por el pragmatismo y, dejando de lado sus prejuicios racistas –algo impensable años atrás– a favor del avance geoestratégico, intentó instrumentalizar el Islam en su beneficio. Para ello, se distribuyó propaganda nazi entre los musulmanes de territorios tan dispares como el norte de África, los Balcanes o el Cáucaso (lugares todos ellos visitados por Altheim y Trauttmann y otros miembros de la Ahnenerbe precisamente con esa finalidad). Himmler, como venimos señalando, era uno de los más entusiastas partidarios de este proyecto que impulsaba la creencia de que los musulmanes eran una poderosa fuerza que tenía los mismos enemigos que Alemania: el Imperio Británico, la Unión Soviética y los judíos. A pesar de considerarlos «inferiores» en su escala racial, no olvidemos que el Reichsführer fue un entusiasta lector del Corán, y envió diversas expediciones en busca de vínculos pasados entre los arios y dicho pueblo ­–una auténtica majadería–.

Éste es el primer estudio exhaustivo de los ambiciosos intentos de la Cancillería berlinesa de forjar una alianza con el mundo islámico con el objetivo de reclutar, por un lado, el máximo de hombres para el esfuerzo bélico –los alemanes tenían cada vez más bajas y pérdida de armamento en el frente del Este–, y por otro, minar los imperios británico y soviético a los que combatían en la mayor sangría de la historia contemporánea. Podéis adquirirlo en el siguiente enlace:

https://www.alianzaeditorial.es/libro/alianza-ensayo/los-musulmanes-en-la-guerra-de-la-alemania-nazi-david-motadel-9788413621913/

Nag-Hammadi: los evangelios apócrifos (la Palabra de Dios se tambalea, parte 2)

En diciembre de 1945, cuando el mundo comenzaba a despertar de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el pastor Mohammed Ali Samman realizó un descubrimiento sin precedentes en la ciudad egipcia de Nag-Hammadi (nombre que en árabe significa «Pueblo de Alabanza»), solo al que dos años después tendría lugar en Qumrán, a orillas del Mar Muerto.

El conjunto de libros de Nag-Hammadi estaba formado por textos religiosos y herméticos, de claro corte gnóstico, algunas obras de sentencias morales, reescrituras de textos clásico –curiosamente La República de Platón- y lo más importante: parte de los llamados Evangelios Apócrifos. Su descubrimiento significó una revolución en la historia de las religiones y, según muchos historiadores, obligaba a una reescritura del cristianismo. La Iglesia católica, sin embargo, se mantuvo firme y condenó estos textos como falsos, apócrifos y no inspirados por el Espíritu Santo.

A pesar de transcurrir 1600 años desde que los cristianos perseguidos los escondieran, y de hallarse en pleno siglo XX, Era supuestamente de la razón y el pensamiento científico, los textos siguieron tildándose desde las altas esferas de la ortodoxia como malditos. No importaba que ofreciesen información vital sobre las enseñanzas de los cristianos primitivos; que, probablemente, fueran escritos algunos de ellos incluso antes que los Evangelios Canónicos -lo que les dotaría de una verosimilitud mayor que la de estos últimos- o que revelasen la verdadera existencia de Jesús en la Palestina de su época. Cuestionaban diecisiete siglos de normas, leyes y «mandatos divinos». Para la Santa Sede eran, y siguen siendo, textos heréticos escritos por personajes ajenos a la divinidad.

Algunos recogían parte del conocimiento hermético proveniente de Egipto y que pasaría a llamarse, los siglos posteriores, Corpus Hermeticum –en el Asclepius se recogen parte de estos dictados-. De claro corte gnóstico, con enseñanzas esotéricas reservadas a unos pocos elegidos, al igual que la mayoría de los Evangelios encontrados, y con un lenguaje difícil, poseían una fuerte inspiración egipcia. El Códice IV de Nag-Hammadi está compuesto por la Ogdoada y la Enneada, y un tercer tratado de título desconocido. Los tres textos exponían el corpus de la doctrina hermética y hablaban sobre el camino iniciático cuya finalidad era la «iluminación divina».

Sin embargo, a pesar del interés que puedan suscitar dichos textos esotéricos y herméticos, los más relevantes de todos los manuscritos encontrados en Nag-Hammadi fueron los Evangelios Gnósticos de Tomás y Felipe, cuyo contenido, desconocido u olvidado por la ortodoxia, ofrece una visión muy distinta de las enseñanzas de Jesús a sus discípulos.

Antes de adentrarnos en sus desconcertantes páginas, veamos una lista completa de los escritos «malditos» hallados en el Alto Egipto:

Códice I (también conocido como Códice Jung):

  1. Oración del apóstol Pablo
  2. El Libro secreto de Santiago
  3. El Evangelio de la verdad
  4. El Tratado de la resurrección
  5. El Tratado tripartita

Códice II:

  • El Libro Secreto de Juan
  • El Evangelio según Tomás
  • El Evangelio según Felipe
  • El Hipostas de los arcontes
  • Sinfonía de la herejía 40 del Panarion de los arcontes
  • La Exégesis del alma
  • El Libro de Tomás el Atleta

Códice III:

  1. El Libro secreto de Juan
  2. El Evangelio de los Egipcios
  3. Eugnosto el Dichoso
  4. La Sofía e Jesús Cristo
  5. El Diálogo del Salvador

Códice IV:

  1. El Libro Secreto de Juan
  2. El Evangelio de los Egipcios

Códice V:

  • Eugnosto el Dichoso
  • Apocalipsis de Pablo
  • Apocalipsis de Santiago
  • Apocalipsis de Santiago
  • Apocalipsis de Adán

32. Fragmento de Asclepio

Códice VI:

  • Los Actos de Pedro y de los doce apóstoles
  • El Trueno, intelecto perfecto
  • Authentikos Logos
  • Aisthesis dianoia noèma
  • Paso paráfrasis de la República de Platón
  • Discurso sobre la ogdoada y la enneada
  • La Oración de acciones de gracias
  • Apocalipsis de Pedro
  • Enseñanzas de Siluanos
  • Las Tres Estelas de Set

Códice VII:

     33. La Paráfrasis de Sem

     34. El Segundo Tratado del gran Set

Códice VIII:

     38. Zostrianos

     39. La Epístola de Pedro a Felipe

Códice IX:

     40. Melquisedeq

     41. El Pensamiento de Norea

     42. El Testimonio de la Verdad

Códice X:

     43. Marsanès

Códice XI:

     44. La interpretación del conocimiento

     45. Exposiciones valentinianas

     46. Revelaciones recibidas por Allogene

     47. Hipsifrones

Códice XII:

     48. Las Sentencias del Sexto

     49. Fragmento central del Evangelio de la Verdad

     50. Fragmentos no identificados

Códice XIII:

     51. La Protennoia trimorfa

     52. Fragmento del 5º tratado del códice II

Lo más destacable de todos estos manuscritos -algunos repetidos en distintos códices-, además de su importante contenido histórico, es la forma en que fueron redactados, siguiendo los dictados de la doctrina gnóstica, que impregna la totalidad de los textos. En el próximo post reflexionaremos sobre lo que en el seno de las religiones mistéricas de la antigüedad se entendía por gnosticismo.

TO BE CONTINUED…