La Marca del Maligno (I)

13 11 2020

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los viejos alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral.

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer, y en pueblos lejanos Abbadon, Rakhasha, Asura, Vetala… tiene tantos nombres como adeptos, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», como decía Indy.

No vamos a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya hemos gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su fétido aliento y su dañina mirada y a conocer de primera mano los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano ha visto aumentar el número de demandas de exorcismos entre la población.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición, se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, como el descubrimiento en 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que podría ser el primer santuario de la historia, Gobekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre» Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

Contenedores de Demonios

La idea de atrapar y confinar a las fuerzas del mal en un “contenedor” u objeto se lleva intentando, de una forma u otra, desde tiempos pretéritos. Cuenta el grimorio anónimo del siglo XVII La Llave Menor de Salomón que el rey Salomón, gran conocedor de la magia, invocó y encerró a nada menos que 72 demonios de alta graduación en una vasija de bronce que selló con símbolos cabalísticos, obligándoles a trabajar para él. Ya en el Antiguo Testamento se menciona que el majestuoso Arcángel Miguel le dio al citado rey un anillo «inscrito con un sello mágico y llamado el Sello de Salomón», que aparentemente le daría el poder de controlar demonios.

Caja Dybbuk

Sería una de las primeras referencias históricas sobre el uso de lo que se ha dado en llamar «contenedor sobrenatural», y que puede que sea también el origen de la caja Dybbuk del judaísmo. Un objeto –aunque también puede ser un ser vivo– que serviría como envase para encerrar a un ser sobrenatural y que éste no pueda hacer ningún mal. Entre los siglos III y IV de nuestra era, los caldeos, los zoroastrianos y los judíos solían utilizar cuencos de terracota rebosantes de hechizos mágicos que después enterraban boca abajo en las esquinas de los cimientos. Se creía que estos cuencos protegían o atrapaban el mal en sus múltiples y espeluznantes formas, como demonios y espíritus malignos.

Pero no es algo particular del judaísmo, el cristianismo o sectas afines; otras culturas tenían objetos similares destinados a espantar o recluir entidades demoníacas, como los «ojos de Dios» de América Central, los Atrapasueños de los nativos norteamericanos, los árboles heint de América del Sur, con botellas en las que los demonios, al no poder evitar entrar –no sabemos muy bien por qué– quedaban atrapados; e incluso en el Tíbet se elaboraban trampas para demonios con cráneos de carnero.

En la Edad Media, cuando comienza la salvaje caza de brujas, la obsesión por los demonios –de todo tipo y pelaje– se dispara, y también se hacen célebres la trampas demoníacas, consistentes en símbolos que supuestamente atraían la curiosidad de un demonio y luego eran sellados mediante una especie de ciclo infinito.

Y sería común en la Europa de los siglos XVI y XVII, el uso de trampas espirituales conocidas como «botellas de brujas» que servían –dicen– para capturar espíritus. Dichas botellas se llenaban con pelos, uñas y otras sustancias como sangre u orina –una suerte de señuelo para hacer creer al demonio, algo ingenuo él, que se trataba de una persona real–, y por lo general se cocían; cuando estos seres entraban en la botella, ésta se cerraba herméticamente, acompañada de vidrios y espejos para mantener encerrado al demonio y luego se quemaba, generalmente cerca de un río. La mención más antigua sobre este objeto la encontramos en un libro sobre brujería escrito en Inglaterra en 1680, aunque se cree que su antigüedad es mayor.

Hellboy, el «demonio rojo» de Mignola

En la ficción, el «contenedor sobrenatural» es un recurso bastante utilizado. Por citar un ejemplo del gusto de quien esto escribe, en la saga Hellboy de Mike Mignola, el demonio Samael permaneció encerrado dentro de la estatua de un santo hasta que fue revivido. Por cierto, sumergirse en las páginas de esta saga es algo que supongo que todo amante del cómic y de lo sobrenatural ya habrá hecho hace unos veinte años, pero si no es así, invito con vehemencia a hacerlo a todo neófito.

Norma Editorial publica en castellano los títulos que en EEUU lanza Dark Horse Comics. Desde los volumenes en rústica a los de tapa dura hasta lujosos volumenes en cartoné de Hellboy Integral, AIDP Integral –la Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal en la que trabaja el «demonio rojo», en inglés BRDP– y desde hace poco la saga Abe Sapien en formato completo. Sus últimos títulos han sido AIDP. Demonio conocido 2. Pandemónium –me encanta el subtítulo– y AIDP Integral 7.

Y hablando del Malingo en estado puro, Mike Mignola –creador de Hellboy y otro largo abanico de (monster)héroes–, en colaboración con Johnson-Cadwell, Warwick, extiende un spin-off de este universo: Nuestros encuentros con el mal, que también acaba de publicar este mismo mes Norma Editorial, donde recupera a los personajes de El Sr. Higgins vuelve a casa. Con la ayuda de otra intrépida cazadora de vampiros, la señorita Mary Van Sloan el profesor J. T. Meinhardt y su ayudante el Sr. Knox continúan su lucha incesante contra no muertos, hombres lobo y otros horrores difíciles de explicar y que uno tiene que ver.

Volviendo tras este breve impás a las «botellas de brujas», lejos de pensar que esta práctica es algo del pasado, hoy en día hay gente que continúa fabricándolas, principalmente en el ambiente New Age, vendiéndose, incluso, por Internet a golpe de tarjeta. Se elaboran con jarras de cristal y en lugar de orina o sangre, introducen en el recipiente vinagre o vino purificador, añadiéndole agujas y clavos o incluso hojas de afeitar oxidadas, inciensos, flores, cenizas o monedas… Tras su sellado con cera o con lacre suelen ser enterradas en el jardín de la casa o en una maceta, siempre con el cuello de la botella o jarra hacia abajo.

Este post continuará… al capricho del Innombrable.





El Jardín del Edén (Las Pozas, Xilitla, México)

29 09 2020

En la región de Xilitla, en San Juan de Potosí, México, se esconde entre la vegetación un impresionante complejo arquitectónico y escultórico que fue fruto de la pasión de un artista complejo y solitario. Amigo de Salvador Dalí y Luis Buñuel y uno de los máximos representantes del surrealismo, el inglés Edward James fue un excéntrico y un soñador que, cual duque de Bomarzo, construyó un jardín mágico en medio de la selva.

Las Pozas (Xilitla)

Parece sacado de una película de fantasía épica. Pero es real, y se encuentra en medio de la selva mexicana. Su artífice fue Edward F. W. James, quien gracias a una gran fortuna y a una imaginación desbordante, pudo dar rienda suelta a sus sueños megalómanos, creando uno de los parajes más fascinantes y misteriosos del mundo, un pequeño reino que evoca al cartón-piedra de los decorados del Hollywood clásico, pero absolutamente real.

Nacido en 1907 en Greywalls (Escocia), era hijo del magnate estadounidense de los ferrocarriles William James, aunque durante años se especuló que realmente se trataba de un hijo bastardo del rey inglés Eduardo VII, que solía frecuentar la propiedad familiar: la West Dean Park, en Sussex. De gran inteligencia y tempranas inquietudes artísticas, con tan solo 22 años comenzó a escribir poesía, ganando el importante premio en esta categoría que otorgaba la escuela pública Eton, la más prestigiosa entonces de toda Inglaterra. En 1926 ingresó en Oxford y a principios de los años 30 sintió una poderosa atracción hacia el movimiento surrealista, adscribiéndose a él con devoción y manteniendo estrechas relaciones con Salvador Dalí y Luis Buñuel. En 1937, en el marco de la Guerra Civil Española, James y Dalí propusieron al director de Un perro andaluz, que tenía gran influencia en el bando republicano, comprar con sus recursos un bombardero checoslovaco para emplearlo en la contienda a cambio del préstamo de una serie de obras maestras del Museo del Prado que serían exhibidas por todo el mundo con el objeto de recaudar fondos para la causa republicana. Una audaz propuesta que finalmente rechazaría Buñuel.

Fotograma de Un perro andaluz

Además, no tardarían en surgir las desavenencias entre James y Dalí, rompiéndose su relación durante la Feria Mundial de 1939 en Nueva York. En 1944, James llegó a México para visitar a su amigo Geoffrey Gilmore con una idea grabada a fuego en su cabeza: la creación de «un jardín del Edén en ese país», según le escribió previamente en una misiva enviada desde Texas. Una larga búsqueda que le llevaría cinco años: aunque en principio pensó en Los Ángeles, no tardó en elegir México por ser, según sus propias palabras, «mucho más romántico (…) y con más espacio que California». Sin duda la legislación sería también más flexible que en Estados Unidos.

Esoterismo, magia y símbolos secretos

Su primo Bridget Bate Tichenor, pintor encuadrado en el realismo mágico, afirmó que James tenía un profundo conocimiento del esoterismo, que tendría un papel relevante en su obra artística, y parece ser que fue quien le convenció de viajar al otro lado de la frontera para dar forma material allí a su particular visión del surrealismo. En Cuernavaca, Edward James conoció a Plutarco Gastélum, un telegrafista diez años más joven que él que no tardó en convertirse en su guía por el país y con quien descubrió el fascinante paraje de Xilitla, alejado de miradas molestas y del mundanal ruido.

De 1947 a 1957, diez largos y laboriosos años, el artista reconvirtió la finca en plantación de orquídeas, hasta que en 1962 una fuerte helada la destruyó. Fue un duro golpe, pero sirvió para que James se decidiera finalmente a iniciar la construcción del complejo que lo haría inmortal, y que todavía descansa, impertérrito al paso del tiempo, en medio de la exuberante vegetación que en aquella zona no ha sido arrasada por el avance de la modernidad ni por la ignominiosa crisis climática. Un paraíso en la Tierra, de los que cada vez, por desgracia, van quedando menos.

Edward James

En su particular Edén de piedra, el excéntrico artista levantó columnas que nada sostienen, escaleras que no conducen a ningún sitio, una biblioteca, claro, sin libros, puertas que se cierran o abren al aire y numerosas formas caprichosas que mezclan los trazos surrealistas con el arte precolombino y cierto toque oriental; una verdadera quimera pétrea de 36 conjuntos formados por más de 180 esculturas y detalles diversos, muy trabajados, que se confunde con las palmeras y las cataratas y que se asemejan –de hecho, esa era su intención– a las ruinas de una civilización desaparecida.

Con el paso del tiempo, las inclemencias meteorológicas y el abandono, cualquiera pensaría que se halla ante una ciudad antediluviana, un mundo de tiempos pretéritos. Formas caprichosas con nombres poéticos como «La Casa de los Peristilos» o «La recámara con techo en forma de ballena», destacando sobre todas ellas la estructura conocida como «El Cinematógrafo», un delirante edificio compuesto de torres y escaleras que se alzan al cielo y que alcanzan los 20,74 metros de altura.

En su cima, donde se encuentra la bautizada como la «Escalera al cielo», fue ideado por James como espacio para proyectar películas a los habitantes de Xilitla. Precisamente, esto sería aprovechado por el escritor mexicano Augusto Cruz para situar la acción de su vibrante novela Londres después de Medianoche, un canto al séptimo arte con forma de thriller –la búsqueda de una cinta de 1927 del director Tod Browning, autor de joyas como Drácula (1931) o La Parada de los Monstruos (1932) de la que solo se conservan varios fotogramas, en este caso un episodio real y uno de los mayores misterios de la historia del cine– que publicó en España Seix Barral en 2014.

Os dejo el enlace para adquirirlo: https://www.planetadelibros.com/libro-londres-despues-de-medianoche/117898

Genio loco o simple excéntrico, Edward James solía pasearse desnudo por sus posesiones, acompañado de una cohorte de vigías: animales domésticos que incluían 200 aves y 40 perros; asimismo, un gran número de boas campaban a sus anchas por tan bucólico lugar. Aquel anciano de pelo revuelto, barba blanca y camisas estampadas, que había sido mecenas nada menos que de Picasso, Man Ray, Magritte o Leonora Carrington, y sobre el que Salvador Dalí llegó a decir que estaba «más loco que todos los surrealistas juntos» –que eso lo dijera el artista catalán tiene narices y nos da una idea de cómo era nuestro protagonista–, moría el 2 de diciembre de 1984 en San Remo, Italia, siendo enterrado en la propiedad familiar de sus años de infancia, West Dean Park,  en la gris Inglaterra, a muchos miles de kilómetros de su refugio mágico.

Texto: Óscar Herradón ©