10 cosas que no sabías de los Reyes Magos

5 01 2021

Es una noche mágica, incluso este año, sumidos en una tragedia de ecos wagnerianos. Los niños, soñadores, se van pronto a la cama a la espera de que Sus Majestades de Oriente vengan a dejarles regalos… o carbón, y no les pillen in fraganti. Los padres suelen acostarse algo más tarde, quizá con la visión algo nublada, pero siempre antes de la llegada de aquellos que reparten amor y regalos. Sin embargo, hay muchas cosas que desconocemos sobre el origen de esta importante festividad, algunas más que singulares. Aunque este año el coronavirus haya obligado a dejar las carrozas en sus recintos, nadie podrá evitar que sigamos soñando, aunque algunos pasemos de los cuarenta. Mientras esperamos, unas cuantas anécdotas…

Por Óscar Herradón

1. En un principio la Biblia no indicaba que los Reyes Magos fueran tres, ni siquiera que fueran «Magos». La palabra proviene del persa «ma-gu-u-sha» y del acadio «ma-gu-shu», cuyo significado era sacerdote. Fue la evolución semántica del término, al griego «magós/magoi» y después al latín «magus/magi», pasando al castellano como «magos», parece que provocó la confusión. En realidad, quienes visitaron al niño Jesús en Belén eran sacerdotes persas y no parece que tuvieran poderes sobrenaturales –creo–, aunque siguen apañándoselas para entregar los regalos a tiempo.

2. Por el contrario, según Herodoto, dicha casta sacerdotal estaba vinculada a la magia, pues practicaba la adivinación, la astrología –pensemos en la estrella de Belén que los guiaba– y la medicina, que en tiempos antiguos estaba muy ligada a lo supersticioso y a lo sobrenatural. Puesto que vinculaban a dichos sacerdotes con «magos», y dicha denominación tenía connotaciones negativas para la ortodoxia, por iniciativa del arzobispo francés Cesáreo de Arlés los gorros que los caracterizaban fueron cambiados por coronas en el siglo IV. Entonces, ¿fueron magos o no? En relación a la exégesis bíblica, pocas son las fuentes que se ponen totalmente de acuerdo.

3. Los cristianos sirios y armenios afirman que, como los Apóstoles, los Reyes Magos no eran tres ¡sino doce! mientras otras fuentes apuntan a siete. Sin embargo, triunfó el número tres, que se convirtió en la versión oficial. Fue el teólogo Orígenes quien lo estableció así en el siglo IV. Y en el siglo V, sería el Papa León I el encargado de asentar oficialmente dicha tríada para la toda la cristiandad.

4. Y hablando de números, hay más: la leyenda de un «cuarto rey mago» de la que me ilustró en su día, cuando trabajábamos codo con codo en la redacción de la revista Enigmas, mi buen amigo Javier Martín. Y es además de Melchor, Gaspar y Baltasar… estaba Artabán. Aunque es una leyenda que parece más antigua, se hizo popular cuando en 1896 Henry van Dyke escribió un cuento de Navidad titulado precisamente El otro rey mago, al que bautizó con dicho nombre. Un rey mago que nunca llegó a su destino: los cuatro habían fijado su punto de encuentro para partir hacia Belén en el zigurat de Borsippa, en la antigua Mesopotamia –recordemos que eran sacerdotes persas–. Artabán partió con un diamante de la isla de Méroe, un jaspe de Chipre y un rubí de las Sirtes, pero tras socorrer a un moribundo por el camino, llegó tarde a la cita, y cuando llegó a Judea, el niño Jesús ya no se encontraba allí. Así, solo le entregaron «oro, incienso y mirra».

5. Por otro lado, dicha teoría puede no ser tan apócrifa, y apoyarse en la ciencia. El astrónomo Mark Kidger de la Agencia Espacial Europea (ESA), aseguró en un artículo en la revista Astronomy que ese posible cuarto rey mago pudo perderse en el camino «por un fenómeno (astronómico) que le habría llevo a error». Según Kidger, la estrella que los Reyes Magos siguieron pudo tratarse de una nova. Melchor, Gaspar y Baltasar –capaces de interpretar, pues, las señales del cielo– tardaron entre cuatro y cinco semanas en llegar a Jerusalén siguiendo la nova, esperaron varios días una audiencia con Herodes y volvieron a ver la estrella a unos diez kilómetros, hasta llegar al punto exacto donde se encontraba «el hijo de Dios». Artabán, sin embargo, no la pudo seguir. ¿Por qué? Según el astrónomo, el cuarto Rey Mago pudo perder su referencia después de que la Luna y la nova estuvieran en conjunción, lo que habría ocultado su luz, dejándole sin guía.

6. Según este astrónomo, que parece que sabe de lo que habla, todo aquello –la visita y la pérdida del rastro por Artabán– habría sucedido «cerca del 21 de marzo del año 5 antes de Cristo». Vamos, más dudas todavía sobre tan ilustre evento que hoy, aproximadamente 2021 años después, volvemos a celebrar.

7. En la tradición católica la Epifanía o Adoración de los Reyes (comúnmente conocida como Día de Reyes) se celebra como ahora, poco después del nacimiento de Cristo, pero algunos documentos históricos proponen que aquella visita se produjo realmente dos años después, tras la circuncisión de Jesús y su presentación en el Templo (sí, originariamente, Jesús era judío).

8. Todos comemos –unos más que otros– esa deliciosa «rosca de Reyes». Parece que la original fue creada en Francia en 1311 y después cruzó los Pirineos y se convirtió, en España, en el celebérrimo «roscón» que no puede faltar la noche del 5 de enero y el consiguiente día 6. Tras la conquista de América por los españoles, la tradición pasó a México y otros territorios, donde, con diferentes versiones de dulces, se ha mantenido hasta el día de hoy.

9. Otras fuentes apuntan a que el remoto origen del dulce de este día puede rastrearse hasta las fiestas paganas de las Saturnales, allá por el siglo II a.C. que coincidía en el tiempo con las futuras Navidades y que la Iglesia católica «sustituiría» para no confundir demasiado a los nuevos fieles. Vamos, que en mismo portal de Belén quizá ya estaban comiendo el roscón.Entonces los romanos homenajeaban a Saturno –de ahí el nombre–, dios de la agricultura y la cosecha, celebrando el fin de la temporada agraria y el comienzo de los días más largos del año tras el solsticio de invierno. En aquellos festejos se elaboraban unas tortas redondas hechas con higos, dátiles y miel que se repartían por igual entre plebeyos y esclavos. ¿El origen del roscón? Cualquiera sabe.

10. Y claro, tenemos la «sorpresa». Ya en el siglo III, en el interior del dulce que se había apropiado el nuevo credo, se introducía un haba seca, y el afortunado al que le tocaba era nombrado por un corto periodo de tiempo nada menos que «Rey de Reyes». Desde tiempos romanos se pueden rastrear «juegos de habas» en la Península Ibérica. Según Julio Caro Baroja, en 1361, en el Reino de Navarra, se designaba «Rey de la Faba» al niño que encontraba el haba en el roscón, algo parecido a lo que sucede hoy. Existe la tradición de que a quien le toca la sorpresa –el haba que hoy es una figurilla de todos los tipos y colores, unas más cutres que otras, y en México llegó a ser una pequeñito niño Jesús de plata coronado–, debe pagar el roscón. Por eso, hay quien, algo agarrado, decide tragársela… ¿o no?

¡Feliz Noche de Reyes!





Demonios de Babilonia (I)

29 12 2020

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

Óscar Herradón ©

La diosa Ishtar, «la reina de la noche»

Parece una broma macabra del destino que las grandes extensiones de Oriente Próximo y Medio que hoy en día son verdaderos polvorines y campos de la muerte, con Siria como eje central de una guerra que ha durado más de ocho años y que aún da sus últimos coletazos, terminando con siglos y siglos de historia bajo los escombros, y demasiados muertos, la mayoría inocentes, fueran en su día la cuna de las grandes civilizaciones. Damasco, Alepo, Palmyra… han sido recientemente escenarios de luchas fratricidas y territorio de islamitas radicales, sin embargo, durante miles de años gozaron de un esplendor que actualmente costaría imaginar a cualquiera.

Lo mismo sucedió con la hoy caótica y violenta Irak, antaño Babilonia, la más gloriosa capital del mundo antiguo, en la Baja Mesopotamia, una urbe portentosa regada por los ríos Tigris y Éufrates. Más tarde llegaría el Imperio persa… La historia con letras de oro se escribió en estos lugares hoy trágicamente devastados. No vamos a hablar aquí de cuáles fueron los imperios que surgieron aquí, ni cuáles sus conquistas o enfrentamientos, ni sus tragedias, hoy tantas y tan ignominiosas, ni quiénes –grandes potencias occidentales incluidas– son en parte responsables de las mismas. Sí nos centraremos, en cambio, en algunos de sus dioses más temibles, en sus ritos de paso e iniciáticos, en la lucha entre el bien y el mal en unas sociedades antiguas que tenían castas sacerdotales, realizaban exorcismos muy elaborados, ceremonias mágico-religiosas en fechas señaladas y también realizaron sacrificios de sangre.

Viajamos nada menos que hasta el siglo XVIII antes de Cristo, siglos antes del gran esplendor de los faraones egipcios, cuando Hammurabi reinaba en esa misma Babilonia, el gran centro político, religioso y cultural del mundo antiguo, para enfrentarnos a los demonios de horribles formas de Mesopotamia en el tiempo en que los hombres acudían atónitos a la lucha titánica entre Marduk y Tiamat, dioses que presidían los mitos de la creación en Mesopotamia, relatos recogidos –con numerosas variaciones que no vienen al caso– en el Enuma Elish o Poema babilónico de la Creación, y en la Plegaria para la fundación de un templo, entre otros textos cosmogónicos.

Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)

Durante un viaje a Berlín en 2017 tuve la ocasión de apreciar en el Museo de Pérgamo la reconstrucción de la llamada puerta de Ishtar, y aunque algo fuera de contexto si tenemos en cuenta la capital alemana en pleno siglo XXI y la antigua Babilonia, por mucho que la sala esté acondicionada para aparentar la lejanía de los siglos, lo cierto es que uno puede acercarse –aunque mínimamente– a lo que debió ser el esplendor de una civilización apoteósica. Por soñar que no quede.

Exorcismos y conjuros

En el extenso periodo comprendido entre el 3.000 y el 2.000 a.C. los hombres pensaban que las enfermedades –a las que llamaban shêrtu– no podían ser causadas directamente por los dioses, sino que los culpables de las mismas eran nada menos que un ejército de 6.000 demonios –ni en acadio ni en sumerio existía un término para evocar a los «demonios» o los «diablos», sino designaciones particulares de seres misteriosos y nocivos, tomados de instituciones represivas o de seres zoomorfos o antropomorfos más o menos monstruosos y malvados y que a día de hoy no conocemos bien– dispuestos en todo momento a causar el mal ajeno provocando pestes, fiebres, abortos y todo tipo de epidemias destinadas a castigar a los hombres por sus pecados. En la cosmovisión de los mesopotámicos, la religión nunca podía ir desligada de la vida cotidiana y relacionaban el dolor físico con el más allá al creer que una enfermedad, que conocían como «la mano del espíritu de la muerte», de ahí la importancia de las figuras de las que ahora vamos a hablar.

Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)

Existían dos especialistas a la hora de paliar la enfermedad, cuyas acciones se complementaban para curar: el asû, el médico propiamente dicho, que prescribía qué tratamientos debía seguir el enfermo para curar sus males físicos o anímicos, y el âshipum o ásipu –sacerdote mesopotámico–, una suerte de mago-exorcista que se encargaba de los enfermedades que consideraban de índole sobrenatural y cuya finalidad era expulsar a los «agentes malignos» del cuerpo. El exorcista –en sumerio, lú-mas-mas– ejercía, en palabras del dominico e historiador francés Jean Bottéro, especializado en el Antiguo Oriente Próximo, «una verdadera profesión sacerdotal, delicada y compleja; ducho en el diagnóstico de los pacientes que iban a consultarle y al corriente de las condiciones adivinatorias en las que cada uno se encontraba, capaz también de elegir para él la fórmula que le convenía exactamente y de organizar y dirigir su ejecución, en el ‘momento propicio’, debía ser a la vez adivino, psicólogo, médico, confidente perspicaz y liturgista».

Debía ser obligatoriamente culto y le correspondía preparar y presidir todo su ritual, disponiendo el material de los ritos manuales y utilizándolos como era debido, recitando él mismo ciertos ritos orales, comisionado –según creía– por los dioses y dotado por ellos de los poderes especiales necesarios. Además, tras la ceremonia, pertrechaba al «poseído» o enfermo de amuletos y consejos protectores, siendo así el miembro más importante del clero en materia de culto sacramental. Siguiendo a Bottéro, «el exorcismo ocupó ciertamente un lugar sin igual en la vida ‘interior’ de los antiguos mesopotámicos».

El primer paso era que el propio enfermo ordenase a los demonios salir de su interior: «¡Salid de mi cuerpo, alejaos de mi cuerpo, que vuestras perversidades suban hacia el cielo como el humo!», y después se pedía a los dioses que intercedieran para llevar la expulsión a buen término.

El dios protector del âshipum era Enki/Ea, divinidad mesopotámica de la sabiduría y del Apsú, la inmensa laguna subterránea de agua dulce y pura en la interpretación cosmogónica de las mitologías sumeria y acadia, del que obtendrían sus aguas todos los manantiales, ríos, lagos y otras fuentes de agua dulce.

Fórmulas mágicas y rituales ancestrales

Esta defensa contra el mal de carácter «mágico» se organizó en fórmulas, procedimientos y rituales, muy elaborados, adaptados cada uno de ellos a los efectos que se querían obtener, o a los inconvenientes que se querían evitar, «mediante el uso calculado de ritos orales y manuales, incluso, preferentemente, de una mezcla de los dos».

Los ritos exorcísticos consistían, generalmente, en actos y palabras en forma de oraciones. Siguiendo el Diccionario Akal de las religiones, estaban divididos en cuatro partes: 1. Descripción del demonio agresor, de la enfermedad o del encantamiento –magia negra– que atormentaba a la persona exorcizada; 2. Declaración de que el dios Marduk, que ha de pedir ayuda a su padre Enki/Ea para que el exorcismo –consistente en la eliminación del demonio atacante o del hechizo injustamente hecho– surta efecto; 3. Conversación entre Marduk y Enki. 4. Por último, la decisión de Enki/Ea de encargar a su hijo la ejecución del ritual, que debía efectuarse siguiendo sus indicaciones exactas. Los conjuros podían ser «lanzado» sobre el agua, el aceite o las plantas.

Como muestra, encontramos un ejemplo de «encantamiento» contra los efectos de una picadura de escorpión, en sumerio, fechado hacia mediados del tercer milenio: arrancaban su cola, rito manual elemental para neutralizar al animal y a la vez el mal presente, y todas las picaduras posteriores de todos los escorpiones posibles. Después venía el rito oral: a través de las palabras halagaban al animal, para «engatusarle»: por medio de esto, creían que quedaban suprimidos el mal de la picadura y sus consecuencias. Mientras, otro rito oral se dirigía a un «demonio» maléfico, al que ni siquiera nombraban, para neutralizar su influencia sobre aquel que había sido picado. Así, existía toda una medicina exorcista, diferente de la fundada en el empirismo, más racional, en la lucha contra la enfermedad.  Constituían un importante recurso religioso y además ofrecía todos los elementos de un amplio ceremonial multiforme, con numerosas ramificaciones.

Uno de los demonios a los que más solían combatir era Lamashtu, del que se creía que atacaba principalmente a niños y a mujeres embarazadas. Las «recetas» para los ritos exorcísticos de los niños solían ser complejas: había que mezclar piel de caballo, grasa de pescado y de un cerdo de color blanco, ceniza, manteca, tierra recogida junto a las puertas de los templos, diferentes tipos de hierbas, etcétera. A su vez, se rodeaba el lecho donde yacía el pequeño enfermo con pasta de harina.

En cuanto a la mujer encinta, se la protegía colgando cerca de ella lo que se conocía como «piedras del parto». Pero también existían conjuros especiales para el dolor de muelas, contra la parálisis, contra enfermedades de diverso género, para expulsar a los demonios que se hubieran instalado en una casa e incluso ¡contra el perro que hubiese orinado sobre una persona!

Trasnporte de los leones alados de Nínive a Londres

Los textos que contienen exorcismos están la mayoría recogidos en las 30.000 tablillas de la biblioteca de Asurbanipal –descubiertas en Nínive en 1841 por el viajero británico y arqueólogo Austen Henry Layard–, de las que unas 800 están dedicadas a la medicina, la sobrenatural incluida. Él fue también el responsable del traslado de los leones alados de Nínive hasta el British Museum, impresionantes monumentos que tuvo ocasión de apreciar en 2014 en la capital inglesa y que te dejan sin aliento… imagináos en su contexto, en época de pleno esplendor de la ciudad asiria.

Divinidad sanadora

A pesar de que conocemos la existencia de la figura del âshipum, se desconoce cómo se transmitían estos conocimientos, aunque algunos investigadores apuntan que podría existir un centro principal en la ciudad de Isin, lugar de la diosa Gula, considerada la divinidad sanadora. Y es que la escritura cuneiforme alberga numerosos secretos en este sentido. En 2007, gracias a textos cuneiformes, la filóloga Barbara Böck, científica titular del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo, logró reconstruir muchos de los métodos de cura que usaban los habitantes de Mesopotamia hace 4.000 años, centrándose también en la parte sobrenatural y mágica, siempre muy presente en estas culturas.

Por ejemplo, gracias a las traducciones de Böck y su equipo, conocemos el libro Mushu’u –«Masajes»–, escrito en las lenguas sumeria y acadia que contiene más de cincuenta conjuros que eran recitados por los exorcistas mientras se aplicaban los tratamientos para eliminar las migrañas o las parálisis. Existe también un libro donde hay recetas y textos médicos que explican el aceite que se usaba para dicho masaje y el mal que conseguía evitar. Lo untaban de un modo centrífugo, desde el torso a las extremidades del enfermo. Finalmente, colocaban amuletos en las muñecas y los tobillos para evitar que el demonio –o los demonios– volvieran a entrar en el cuerpo. Los mesopotámicos celebraban estos ritos por los general durante dos días concretos del mes de agosto de nuestro calendario, porque pensaban que eran los más idóneos para comunicarse con el más allá y poder expulsar de sus cuerpos a esa entidad maligna que formaba parte de toda una legión de seres del inframundo.

Al margen de la enfermedad, los demonios que podían afectar a otras esferas eran combatidos también por medio de la magia. Existían encantamientos específicos como la quema de esfinges para luchas contra seres malignos. Otras veces, se ofrecía a los demonios causantes de cualquier tipo de mal una víctima sustitutoria, normalmente un chivo, acompañado de oraciones y súplicas para que la entidad desistiera de su propósito. También se recitaban encantamientos en los ritos específicos contra los espíritus de los muertos. Toda la sociedad estaba impregnada por esta relación invisible.

Este post continuará escarbando entre la cenizas de la vieja Babilonia…

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

La editorial Trotta acaba de publicar una monumental y absorbente monografía sobre la vieja Mesopotamia y los reinos que configuraron aquella importante región, cuna de la civilización a caballo entre Oriente y Occidente. En Historia del Próximo Oriente Antiguo (ca. 3000-323 a.n.e.), el profesor de Historia en la Universidad de Columbia (EEUU) y fundador de la revista Journal of Ancient Near Eastern History, Marc van de Mieroop, realiza un minucioso y revelador recorrido por el nacimiento, el esplendor y el fin de los pueblos que se establecieron a orillas del Tigris y el Éufrates sentando las bases de una lejana modernidad.

Comienza con una mirada a los pueblos nómadas y sedentarios que acabaron estableciéndose en dicha región para después centrarse en los primeros grandes mandatarios, como Shamshi-Adad I, quien fuera rey de Asiria entre el 1813 y el 1781 a.C. y cuya biografía podemos reconstruir en parte a través de diversas fuentes, como los escritos hallados en las ruinas de Maria, en la actual Siria, la lista real asiria y la llamada Crónica de los Epónimos; luego continúa abordando profundamente la figura de Hammurabi, sexto rey de Babilonia, y cómo sus leyes y su «código» del «ojo por ojo» revolucionaría la legislación babilónica para continuar con el reino hitita y la llamada «Edad Oscura», una época de crisis en la era antigua y punto de inflexión de un nuevo resurgir que acabaría floreciendo en distintos reinos como el Reino Nuevo Hitita o el Reino Medio elamita y, finalmente, en la eclosión de Persia y la creación de un imperio mundial bajo el cetro de grandes reyes como Darío I, Darío III o Jerjes.

Asimismo, en estas alumbradoras páginas De Mieroop nos ilustra sobre los sistemas políticos de los distintos pueblos asentados en esta zona del Próximo Oriente, la diplomacia, la guerra, las organizaciones sociales y, ya en el marco del imperio persa, su ascenso y expansión, los avances políticos, la administración y finalmente la inevitable caída tras siglos de esplendor. En definitiva, una completa obra sobre una de las grandes cunas de la civilización y, a pesar de su destacado papel en el avance humano y la historiografía, una gran desconocida por el gran público occidental frente a civilizaciones como la Grecia clásico o el Antiguo Egipto.





Payasos «asesinos»: algo más que una moda pasajera (III)

7 12 2020

Este año no han causado los mismos estragos, quizá porque ya se ha encargado el Covid de desconcertarnos en un grado mucho mayor, y por desgracia más mortífero. No obstante, ante el debate en redes sobre si realmente se está trabajando en el proyecto de It capítulo 3, con regreso delirante del Pennywise de Stephen King, y con la resaca de un Halloween con mascarillas sanitarias en detrimento de terroríficas máscaras de látex o maquillajes imposibles, más por obligación que por placer, el fenómeno de los «payasos asesinos» vuelve a estar de actualidad. Recordamos sus excesos

Óscar Herradón ©

El origen del payaso –con variaciones– se puede rastrear muy atrás en el tiempo, siendo el heredero de los bufones medievales y, principalmente, de los personajes de la Comedia del Arte de los siglos XVI y XVII y su posterior disolución, como el Pierrot –que acaba por convertirse en el «payaso triste»–, muriendo los mismos y renaciendo con la aparición del circo moderno bajo diferentes formas. Por ejemplo, en Inglaterra y Alemania la respuesta a Polichinela y Arlequín se hizo evidente en los clowns y los hanswurst respectivamente.

Pero, si hacemos caso a otras fuentes, su origen se remonta mucho más en el tiempo. El bufón es el arquetipo de lo que más tarde sería el payaso. Bufones o personajes de similar factura podemos rastrearlos en el Antiguo Egipto, en China, Babilonia, Grecia y Roma, y podríamos considerar a su quehacer uno de los oficios más antiguos del mundo.

Acaso la noticia más remota sobre el supuesto primer payaso con trabajo fijo de la historia se encuentre en el Tersites de Homero, personaje que divertía a los guerreros griegos en la retaguardia durante los períodos bélicos. En China fue célebre el bufón Yu-sze, quien acabó por detener la matanza de obreros en las obras de la Gran Muralla, convirtiéndose en una suerte de héroe del pueblo. Por otro lado, en Malasia nacieron los P’rang, un grupo de hombres que se tocaran con enormes turbantes, y lucían máscaras de carrillos abultados y colores extravagantes sobre las cejas. En la antigua Roma se celebraban las fiestas del Ager, relatadas por Virgilio, donde personajes enmascarados o maquillados improvisaban diálogos humorísticos representando –e ironizando– costumbres populares. En el Imperio romano fueron célebres numerosos bufones, entre ellos Cicirro o Filemón.

Payasos sagrados indígenas

En las culturas originarias de Norteamérica, como los Hopi o los Jicarilla Apache de Nuevo México, también existían sociedades de payasos sagrados, quienes realizaban rituales iniciáticos de carácter escatológicos durante los cuales se les permitía romper los tabúes y representar pantomimas obscenas. Siguiendo el arquetipo junguiano, representaban el principio del caos, del desorden y la fuerza destructora de los tabúes y el decoro, algo que heredarían en cierta manera los payasos modernos.

En la mayoría de las culturas nativas norteamericanas cada etnia tenía su propio tipo de «payasos»: por ejemplo, los sioux oglala y lakota lo denominaban heyoka –loco, inconformista, payaso–, una figura primordialmente religiosa: su risa pretendía sanar; el heyoka se erigía en una suerte de curandero y canalizador de las energías espirituales que entre el pueblo era conocido como «Soñador del Trueno».

Por su parte, según la autobiografía del nativo Don C. Talayesva, los indios Hopi protegían a sus payasos sagrados «incorporándolos en su Katchina –baile de espíritus–», ceremonias donde los payasos actuaban de modo tonto, infantil, avaro, egoísta y lascivo, burlándose de los turistas y los indios, y también de sí mismos, en medio de juegos de adivinanzas y actos de equilibrio que embargaban a la muchedumbre.

Con la caída del imperio romano se desmoronaron las costumbres circenses y desaparecieron un tipo de espectáculos que tardarían siglos en renacer –aunque sin hombres devorados por bestias ni gladiadores–, aunque a partir del siglo VI surgen unos nuevos bufones en las plazas públicas de Francia que declamaban, según el sugerente libro ya citado El maravillo mundo del circo, «romances equívocos en latín edulcorado».

Después el bufón se haría habitual en las cortes de los grandes príncipes de Occidente, y algunos llegarían a ostentar importantes cargos en palacio y un gran prestigio, siendo los únicos con potestad para hacer críticas al monarca. Célebre fue uno de los bufones al servicio del rey galo Francisco I, eterno antagonista de Carlos V, quien incluso era llevado a las campañas militares –aunque cuentan que le asustaban tanto los cañonazos que se ocultaba en la tienda debajo de la cama–. También fue famoso Jeffrey Hudson, conocido en la corte como «Lord Minimus», el último bufón de la corte de Inglaterra, al servicio de Carlos I y la reina Enriqueta María, quien no solo divertía con sus muecas e imitaciones sino que realizaba agudas observaciones y daba «sabios consejos».

Lord Minimus

Esto no es un tratado sobre la evolución del payaso en la historia, por muy interesante que sea el asunto, así que únicamente añadiré que el payaso de nariz roja, zapatones y peluca chillona –que se ha «reconvertido» en personaje de terror–, vamos, el payaso común que conocemos de toda la vida, tiene su origen, como digo, en una variante circense del Pagliacci y el Arlequín de La Comedia del Arte italiana: el Augusto, torpe e ingenuo, que siempre arruina los planes de su compañero y éste, su antagonista, el payaso (clown) con la cara pintada de blanco, «El Triste» que representa la seriedad y la elocuencia, entre otras variantes –como Tony…–.

Se dice que el payaso moderno tiene su origen en el acróbata norteamericano Tom Belling y sus viajes a Rusia, cuya peluca y pinta estrafalaria copiaría del «clown rojo» R’izhii, mientras que, siguiendo el mentado ensayo, «el maquillaje exagerado asociado con el clown Augusto de hoy fue introducido por los Hermanos Fratellini».

Luego llegarían los grandes nombres que recogería Tristan Remy en su compendio Los Clowns: Joseph Grimaldi, gran pionero de la especialidad circense, que fue mimo, saltador y cómico en el recinto ecuestre de Saddler’s Well y de quien escribió el mismo Charles Dickens, y cuyo fantasma, cuentan, se aparece ­cuando le viene en gana. Los legendarios John y William Price, que renovaron el género de la carcajada institucionalizado en el circo moderno, o el payaso Medrano que, en un irónico guiño del destino, moría en 1912 entre aplausos y piruetas recreadas por él mismo, en un circo parisiense que llevaba su nombre.

La lista es extensa: Antonet y Grock, los españoles Goro y Pujol o el emblemático Augusto Chicharito. Su recuerdo, sin duda, sirve para dignificar un oficio que tantas horas de entretenimiento ha dado al público, inclusive en tiempos de guerra –como puede verse en la película Pájaros de Papel, de Emilio Aragón, que lleva esta profesión en la sangre–, y que debe elevar al clown, al payaso, al estatus que se merece, por el que luchan tantas asociaciones que en la actualidad, sin ánimo de lucro, amenizan las largas veladas hospitalarias de niños y mayores enfermos, de gentes sin hogar… y que tan dañados han salido de esta moda del creepy clown que, para un rato, puede ser divertida, pero que, elevada a psicosis social, sólo puede generar problemas. 

Payasos… muy reales

Aunque la moda de los payasos «asesinos» haya causado un verdadero revuelo social y más de un incidente en los últimos tiempos, alguno revestido de cierta gravedad, lo cierto es que la historia siniestra de los clowns tiene al menos una referencia pasada realmente escalofriante, y tristemente verídica, y es el caso de un asesino en serie yankee que en este caso no solía cometer sus terribles crímenes vestido de payaso, pero ésta, la de amenizar cumpleaños en su barrio vestido de tal guisa, era una de sus aficiones. Hablo de John Wayne Gacy, conocido en Illinois, Chicago, como «Pogo, el payaso».

Nacido el 17 de marzo de 1942 en Chicago, John Wayne Gacy Jr., era una persona amable y extrovertida que se ganó la confianza de su vecindario. Sin embargo, escondía un instinto depredador y una doble vida que no descubrieron ninguna de sus dos esposas. Cuando finalizó sus estudios empresariales pasó a trabajar como dependiente de una zapatería, donde conoció a su primera esposa. Sus problemas comenzaron cuando fue detenido y condenado a diez años de cárcel por intentar violar a un hombre. Tras obtener la libertad condicional 16 meses después por buen comportamiento, se convirtió en contratista en un negocio de construcción y se casó por segunda vez en 1972.

Era un hombre aparentemente normal. Sus vecinos desconocían su pasado y al «bueno» de Gacy le gustaba aparecer en las barbacoas y fiestas locales ataviado como un payaso –las imágenes de su atuendo y rostro son bastantes más siniestras que las de los creepy clowns actuales–. Era la alegría del barrio y el entrañable payaso Pogo que amenizaba las veladas infantiles. Incluso, como modelo de buen americano, llegó a involucrarse en la campaña del partido demócrata local. Sin embargo, escondía un terrible secreto mucho peor que el de la acusación por forzar a la sodomía: el sótano de su casa estaba repleto de los cadáveres de jóvenes a los que atraía, engañaba, sodomizaba y después mataba.

En 1976, sin que conociera su faceta criminal, su segunda esposa pidió el divorcio debido a sus violentos arranques de ira y su «escasa actividad sexual». Mientras, aprovechaba el negocio de la construcción para contactar con chicos jóvenes. Ya separado, los invitaba a su casa sita en el número 8213 de West Summerdale Avenue. Según cuenta Colin y Damon Wilson en A sangre fría, a algunos de ellos, como el joven chapero Jaimie, los esposaba y sodomizaba brutalmente, dejándolos después marcharse, previo pago. Sin embargo, a los que se resistían, como John Butkovich –probablemente su primera víctima mortal– y un niño de nueve años hasta llegar a la cifra de ¡33 personas!… los estrangulaba.

Nadie sospechaba de Gacy hasta que el 11 de diciembre de 1978 comenzó a ser investigado tras la desaparición de Robert Priest, de 15 años, a quien se había visto por última vez en la farmacia Nisson de Des Plaines, Illinois junto a un hombre desconocido, quien al parecer le iba a ofrecer un trabajo de verano. Cuando alertados por la madre del joven los policías llegaron al lugar, descubrieron que el local había sido reformado recientemente y la investigación les llevó hasta el contratista y fueron a visitarlo para interrogarle. Quiso el destino que los agentes notaran un olor extraño y muy desagradable que impregnaba todo el domicilio y decidieron levantar la trampilla que daba al sótano… al sótano de los horrores, donde aparecieron unos quince cuerpos y restos de otras víctimas –algunas de ellas habían sido arrojados por Gacy al río Des Plaines–.

El siniestro autorretrato del «bueno» de Gacy

Al final se optó por la demolición y se localizaron los restos de veintiocho cuerpos, convirtiendo a John Wayne Gacy en uno de los peores asesinos en serie de la historia norteamericana. El inocente y orondo payaso Pogo pasó a ocupar los titulares de medio mundo. La prensa lo rebautizó como «el payaso asesino». Hasta hoy.

Un fenómeno viral

Como en casi todo lo que tiene que ver con el terror contemporáneo, llámese Creepypastas o derivados, también el fenómeno de los «payasos asesinos» y los creepyclowns, si no ha nacido, sí se ha catapultado a través de vídeos del canal Youtube que, como en otros asuntos, se han hecho virales. Aunque hay mucho espontáneo, la popularidad del género en el que se muestra una suerte de performance con unos graciosos disfrazados de payasos crueles gastando bromas se debe principalmente al canal DM Pranks, comandado por el italiano Matteo Moroni, quien se esconde tras las terroríficas máscaras junto a su compañero Diego Dolciami.

Desde 2014, cuando abrió su canal de Youtube hasta julio de 2015, según recogía El Periódico de Catalunya, la exorbitante cifra de 360 millones de visualizaciones. Ahí es nada. Y sus bromas, lejos de ser algunas un montaje –o eso parece–, con la complicidad de aquellos objeto de las mismas, son verdaderamente dignas de una casquería gore: y es que encontrarte de madrugada con un tipo vestido de payaso, hacha o bate de béisbol –e incluso un extintor– en mano, con la careta más aterradora que puedas imaginar, simulando que está descuartizando a una persona o echando a un «bebé» a un cubo de basura –un muñeco, claro–, debe dar mucho miedito. Al menos al que está paseando inmerso en sus pensamientos. Y eso, básicamente, es lo que hacen… Entretenimiento de masas 2.0 que se extendió en 2016 a otras redes sociales como Twitter, Instagram o Facebook, y que continúa.

Payasos espectrales

Huele también a esos creepypasta tan de moda en las RRSS, pero lo cierto es que las historias –¿leyenda o realidad?– de avistamientos de supuestos payasos fantasma son bastante más viejas que las historias de Slenderman o los creepy clowns que hoy nos quitan el sueño. La mayoría de estos sucesos anómalos han tenido lugar en el interior o las inmediaciones de los teatros que un día vieron a estos personajes alzarse con la gloria en medio de aplausos.

A quien parece que le gusta aparecerse en el lugar donde obtuvo su mayor gloria es al padre del payaso moderno, Joseph Grimaldi (1778-1837), quien suele dejarse ver –o al menos eso afirman infinidad de testigos– entre bastidores merodeando por el Theatre Royal Drury Lane, el más antiguo de Londres. Muchos de los que allí trabajan afirman haberse topado con su espectro: limpiadores, actores, tramoyistas… afirman haber visto una cara sin cuerpo, flotando por el teatro o incluso apariciones de un fantasma sin cabeza que algunos atribuyen a la macabra petición del propio Grimaldi en su testamento: que su cabeza fuera separada de su cuerpo.

Theatre Royal Drury Lane

Al parecer no es el único que se mueve a sus anchas por tan emblemático edificio londinense, en un país muy dado a la tradición fantasmal. También lo hace Dan Leno, famoso bailarín y comediante que enloqueció y murió en 1904 a la temprana edad de 43 años. Hay quien no ha visto su fantasma, pero ha notado el intenso olor del perfume de lavanda que utilizaba, al parecer, debido a su incontinencia. Algún testigo, como el director del teatro Nick Bromley, durante una de las actuaciones de The Pirates of Penzance en 1981, aseguró que una extraña presencia lo empujó violentamente y, al volverse, no había nadie. Algo que también le sucedió a una joven actriz la noche siguiente en el mismo lugar. Aquella presencia iba acompañada de un sonido rítmico de unos zapatos que muchos relacionan con Leno. Quién sabe… Inquietante, desde luego.