Operación Overlord: los secretos del Desembarco de Normandía (II)

Fue el episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance por el Este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 20 de junio de 1944, el conocido como «Día D». Un impresionante contingente de fuerzas británicas y norteamericanas desembarcaron en el continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nacionalsocialista.

Óscar Herradón ©

Para preparar la que acabaría por ser la operación estratégica más importante de la historia bélica, la Marina Real Británica tomó posesión del edificio de Southwick House, una soberbia mansión con fachada de estuco y entrada porticada, en 1940. Se hallaba a unos 8 kilómetros al sur de la base naval de Portsmouth y en sus fondeaderos había todo tipo de embarcaciones destinadas al que habría de ser conocido como «el día más largo», programado, en un principio, para el 5 de julio de 1944: buques de guerra, barcos de transportes y centenares de barcas de desembarco que inmortalizaría años después el cine bélico, que encontró en aquella colosal operación un verdadero filón.

Los hermosos jardines de la mansión estaban ahora plagados de barracones, tiendas de campaña y caminos de ceniza. Se trataba del Cuartel General del almirante sir Bertram Ramsay, comandante en jefe de las fuerzas navales para la invasión de Europa, así como el puesto de mando avanzado del SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force, «Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas»). En las estribaciones de Porsmouth se habían colocado estratégicamente baterías antiaéreas cuya misión era defender la zona, así como un arsenal naval a los pies de la montaña, ante posibles incursiones de la Luftwaffe, que tantos estragos había causado hasta entonces.

Sir Bertram Ramsay

El general Eisenhower ordenó al equipo meteorológico al servicio del Cuartel General, bajo las órdenes del Dr. James Stagg, recién nombrado capitán de grupo de la RAF (fuerza aérea británica) para evitar conflictos por «intrusismo» entre los herméticos cuadros militares, previsiones meteorológicas para tres días que debían consignarse todos los lunes para ser contrastadas posteriormente con la realidad. Nada podía quedar al azar, puesto que la marejada en el Canal de la Mancha a causa del mal tiempo podía mandar a pique las lanchas de desembarco, atestadas de soldados apiñados a bordo. De hecho, el día 1 de junio, un día antes del fijado para que los buques de guerra zarparan de Scapa Flow, en el noroeste de Escocia, las estaciones meteorológicas indicaban que se estaban formando áreas de depresión al norte del Atlántico que podrían dificultar mucho las cosas. Para más inri, los expertos meteorológicos ingleses y norteamericanos no se ponían de acuerdo sobre sus previsiones en un tiempo en el que no había satélites capaces de arrojar informaciones certeras.

Tanto Eisenhower como Churchill estaban sumidos en un estado de «nerviosismo previo al Día D», razonable teniendo en cuenta lo que se jugaban en aquella ofensiva secreta: si triunfaba, asestarían el primer golpe mortal a Hitler; si fracasaba, todo sería incierto y casi con seguridad la guerra se prolongaría mucho más tiempo, una guerra que ya había costado millones de bajas.

Preparativos de Overlord (Source: Wikipedia).

Lo más importante en todo momento, la mayor preocupación, había sido mantener el secreto de las operaciones. Gran parte de la costa meridional inglesa estaba cubierta de campamentos militares conocidos como «salchichas», donde las tropas de invasión permanecían aisladas, sin contacto con el exterior, aunque solo en la medida de lo posible, puesto que muchos soldados saltaban las alambradas para encontrarse con sus novias y esposas o tomar una última copa. La posibilidad de que se produjesen filtraciones era muy elevada. Por ejemplo, un general estadounidense de las fuerzas aéreas fue enviado a casa con deshonra por haber revelado la fecha de la denominada «Operación Overlord» en el curso de una fiesta en el Claridge.

Según refiere el historiador Antony Beevor en su exhaustivo estudio sobre aquellos días previos al que sería denominado por Rommel como «el Día más Largo», entonces existía el riesgo de que en Fleet Street se notara la ausencia de los periodistas británicos invitados para acompañar a las fuerzas invasoras y cubrir e inmortalizar aquel glorioso momento. Tanto ingleses como alemanes sabían que el Día D era inminente, pero existía la duda sobre cuál la fecha exacta y dónde tendría lugar el desembarco, algo que había que ocultar al enemigo a toda costa. Era la conocida como «Operación Boydguard» (Guardaespaldas), que contaría con distintas ramificaciones orientadas a confundir a los ejércitos de Hitler para que culminara con éxito la invasión de Europa.

Tanques falsos de la operación de engaño Bodyguard.

El origen de esta operación puede rastrearse hasta la conferencia de Teherán, en noviembre de 1943, el primero de los encuentros de los «Tres Grandes» donde se reunirían Churchill, Roosevelt y Stalin para orquestar el ambicioso plan de invadir el Viejo Continente que en principio tendría lugar en mayo de 1944 (finalmente se retrasaría un mes), con el general Eisenhower como comandante supremo aliado y Montgomery como comandante de las fuerzas terrestres aliadas para el ataque a través del Canal de la Mancha.

Operación Long Jump

Skorzeny

Precisamente, durante dicha reunión, que debía celebrarse en la Embajada de la Unión Soviética en Teherán, estuvo a punto de producirse un atentado contra figuras de tal envergadura del mando aliado. Hitler, a través de sus servicios secretos, había planeado minuciosamente el golpe durante la cumbre: la idea principal era asesinar a Churchill y a Stalin y tomar como rehén a Roosevelt para poder pactar condiciones en caso de que el Tercer Reich lo necesitara –y por aquellas fechas ya era cada vez más evidente que la contienda estaba en contra de los alemanes–, en una operación clandestina de nombre en clave «Salto de Longitud» (Long Jump en inglés, Weitsprung en alemán), orquestada por Ernst Kaltenbrunner, tras haber interceptado un codificado de la Armada estadounidense. El comando encargado del magnicidio, que sería comandado por un oscuro personaje, el jefe superior de unidad de asalto –Obersturmbannführer– SS Otto Skorzeny, conocido ya de los lectores de «Dentro del Pandemónium», a la desesperada, tenía también autorización para acabar con la vida del presidente estadounidense. Sin embargo, el plan alemán para la conferencia se puso en conocimiento de los servicios de Inteligencia soviéticos, uno de los más efectivos en la contienda, que eran los responsables de controlar y garantizar la seguridad en suelo iraní en virtud del Tratado de amistad rubricado entre la URSS y Persia de 1921.

Los «Tres Grandes» en la Conferencia de Teherán.

El encargado de sabotear el plan fue el joven espía de 19 años Gevork Vartanián, que llevaba desde los 16 trabajando en las filas del NKVD –su propio padre trabajaba como espía soviético bajo la fachada de rico comerciante armenio en Persia (actual Irán)–. Vartanian, de nombre en clave «Amir», conocía bien el oficio y en 1943 ya había ayudado a descubrir a más de 400 espías nazis camuflados entre los alemanes que vivían en Irán. El joven ruso fue capaz de interceptar una señal radiofónica en la que detectó los mensajes que se entercambiaban entre el Estado Mayor alemán y los seis paracaidistas alemanes, liderados por «Caracortada», que habían sido lanzados sobre suelo iraní para perpetrar el doble magnicidio y el secuestro.

Vartanian

La orden que Gevork y sus compañeros de equipo habían recibido de Moscú era peinar todo Teherán hasta dar con la emisoria de radio clandestina que recibía las consignas desde Berlín, en agotadoras jornadas de 18 horas. Fue tan minucioso el registro que llevaron a cabo los rusos, que los alemanes se sintieron acorralados. Cuando se produjo la detención de varios colaboradores de los nazis, y Gevork Vartanián logró localizar todas y cada una de las frecuencias utilizadas por los germanes en sus comunicaciones, el plan fue cancelado, y el comando alemán decidió esperar a que se celebrase la Conferencia, entre grandes medidas de seguridad, e intentar llevar a cabo el atentado in extremis, en el transcurso de la vuelta de los mandatarios a sus respectivos países, el 2 de diciembre. Sin embargo, tampoco aquí pudieron lograrlo y varios miembros del comando fueron apresados gracias al espía soviético y a su grupo. De esta forma, los «Tres Grandes» se salvaron de la que podría haber sido una muerte segura que probablemente hubiese cambiado el curso de la guerra.

La identidad de Vartanián, condecorado como Héroe de la Unión Soviética, se mantuvo en secreto hasta el año 2000, en que recibió el merecido reconocimiento por haber detenido el complot del atentado. Moría el 10 de enero de 2012 en Moscú, según recogía el diario El Mundo el día después del suceso.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

BEEVOR, Antony: El día D. La batalla de Normandía. Crítica, 2010.

CARDONA, Pere y P. Villatoro, Manuel: Lo que nunca te han contado del Día D. Principal de los Libros 2019.

HERRADÓN, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Luciérnaga,

MACINTYRE, Ben: La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler. Crítica, 2013.

BREAKING NEWS!

Hace unos días, la editorial La Esfera de los Libros contraatacaba con una nueva y suculenta novedad nada menos que del prestigioso historiador británico de la Segunda Guerra Mundial Max Hastings, que ya va por su segunda edición. El libro es Overlord. El día D y la batalla de Normandía y el título hace referencia al nombre en clave de aquella colosal operación de desembarco y conquista, «Señor Supremo», orquestada por los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos para engañar a la Wehrmacht.

El señor Hastings

Esta monografía se suma a una lista de magníficos trabajos sobre el asunto, entre los que destacan principalmente dos, los de Antony Beevor y Ben Macyntire, y podríamos decir que se trata, al menos de momento, del trabajo definitivo sobre el Desembarco, completamente actualizado con datos e informes recientemente desclasificados y una contrastación de fuentes ingente e impecable. Un texto monumental que abarca tanto los preparativos como analiza los escenarios (cada una de las playas, los parapetos, los búnkeres, el camino francés hacia el continente…), las operaciones de inteligencia desplegadas por ingleses y estadounidenses para facilitar el Desembarco y engañar a los ejércitos de Hitler con otro punto de invasión (entre otros, Calais), la contraofensiva alemana y el coste indescriptible en vidas, así como la enorme destrucción material. Una completa edición que incluye un prólogo a la edición española, numerosos mapas que muestras los desembarcos aliados entre el 6 y el 9 de junio, y otros momentos clave como la batalla por Villers-Bocage, la Operación Epsom (la ofensiva británica también conocida como Primera Batalla del Odón), la Operación Goodwood (ya en julio) o la Operación Cobra (nombre en código de la operación aliada lanzada por el Primer Ejército de Estados Unidos siete semanas después del Día D), entre otras, así como exhaustivos apéndices con una cronología detallada, el Orden de batalla aliado, las Fuerzas disponibles en el llamado Teatro Europeo de Operaciones (ETO por sus siglas en inglés) para la operación Overlord Día D e incluso las Fuerzas terrestres alemanas encontradas por los Aliados en Normandía. Imposible brindar una mayor fuente documental.

Como la historia es cambiante, y sobre todo en un asunto tan descomunal como la guerra más devastadora de todos los tiempos, no dejan de aparecer nuevos testimonios o de desclasificarse documentos que se creían perdidos, o blindados, o simplemente se desconocía su existencia, lo que nos obliga a cambiar una y otra vez lo comúnmente aceptado sobre un asunto, sobre un hecho (por decisivo que fuera, como es el caso de aquel «Día más largo»). Por ello, en un escenario vivo y cambiante aunque sucediera hace 80 largos años, con el tiempo no será extraño que surjan nuevos trabajos reveladores. Por ahora, éste de Hastings (autor de obras emblemáticas como Armagedón. La derrota de Alemania, 1944-1945, La Guerra de Churchill: la historia ignorada de la Segunda Guerra Mundial o Némesis. La derrota del Japón, 1944-1945, entre otras), es el más completo y novedoso hasta el momento.

La voz autorizada de John Keegan, de The New York Times Book Review, ha dicho de él: «El relato de Max Hastings sobre la batalla no sería indigno de coincidir con el de los mejores periodistas y escritores que la presenciaron. Un homenaje a sus habilidades como historiador».

He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/overlord/

UN MUNDO EN LLAMAS

Y para una visión global no solo del Desembarco y del conjunto de la gigantesca –y compleja– Segunda Guerra Mundial, sino del origen de su desencadenamiento: la Gran Guerra, el auge de los totalitarismos, el Tratado de Versalles, la humillación de los vencedores de la Primera Guerra Mundial a los alemanes, las desorbitadas reparaciones de guerra (que se hayan en la base mismo del nacimiento del Partido Nazi), nada mejor que sumergirse en las amenas páginas del ensayo Un Mundo en Llamas. Una breve historia entre 1914 y 1945, del veterano periodista Fernando Cohnen, un libro introductorio y de muy fácil lectura para tener una idea global de la turbulenta historia de la primera mitad del siglo XX.

Un recorrido por episodios clave como el Crack bursátil del 29 y la devastadora crisis que causó (agudizando, en países como Alemania, una decadencia largamente instalada en la sociedad y la economía) o el auge de populismos en países como Alemania e Italia, pero también en España (que acabarían desencadenando, en gran parte, la Guerra Civil, cuyo certero análisis también tiene cabida en este completo libro) que recuerda a lo que hoy vivimos en pleno siglo XXI. Un ensayo breve pero contundente recientemente editado por Crítica (Grupo Planeta) y que podéis conseguir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-mundo-en-llamas/320860

Los duques de Windsor y la sombra del nazismo (parte III)

Ciñó la corona del Reino Unido bajo el nombre de Eduardo VIII, pero no tardó en abdicar para casarse con Wallis Simpson, una dama sin ascendente real. Sus delicados contactos con el régimen nazi y franquista antes y durante la Segunda Guerra Mundial pusieron contra las cuerdas al gobierno inglés y han generado numerosas dudas sobre su patriotismo y la verdadera razón de su abdicación. En nuestro país, rodeado de espías de ambos bandos, vivió uno de los episodios más singulares de la contienda.

Óscar Herradón ©

Wallis Simpson

Durante su estancia en Madrid, Eduardo fue agasajado por algunas de las personalidades más relevantes del régimen franquista, declaradamente afectos al régimen nazi, entre ellos el ministro Ramón Serrano Suñer y el jefe del Consejo Nacional del Movimiento, Miguel Primo de Rivera, hermano del fallecido fundador de Falange. La presencia de los Windsor en España era muy molesta para las autoridades de su país, y, según lo recogido por los servicios de Inteligencia británicos, muy peligrosa por las afinidades y simpatías del noble con el enemigo. Por su parte, parece que Hitler solicitó al general franquista Juan Vigón que entretuviera a la pareja en España el mayor tiempo posible.

Juan Vigón

Martin Allen señala que Churchill instruyó al embajador británico en España, Samuel Hoare, con el fin de que éste convenciera al duque de Windsor para que regresara a Gran Bretaña. Un telegrama del 22 de junio reza lo siguiente: «Desearíamos que Vuestra Alteza regresara lo antes posible. De los preparativos se encargará el embajador de Su Majestad en Madrid, con quien deberéis poneros en contacto». Aunque Churchill lo reclamaba con la escusa de otorgarle un cargo como general del Ejército, todo parecía una artimaña para impedir sus movimientos, que tenían en jaque a las autoridades inglesas.

Pero nuestro protagonista seguía dando largas, temía regresar a suelo inglés ante las posibles represalias, y no tenía intención de correr. Así lo señala Hoare en otro telegrama, del 24 de junio, enviado a Londres: «Imposible convencer al duque de que salga de Madrid antes del domingo y de Lisboa antes del miércoles. Dice que no hay ninguna necesidad de correr, salvo que le hayan concedido un puesto en Inglaterra o en los territorios del imperio (…)».

Lisboa Top Secret

Palacio de Montarco

Finalmente, Eduardo cedió a las presiones de su Gobierno y se dirigió hacia Lisboa el 2 de julio de 1940 con una larga comitiva que impresionó a los asombrados transeúntes de una desolada Castilla que mostraba la destrucción de la reciente Guerra Civil, mientras Suñer, en connivencia con Ribbentrop, pretendía que los Windsor regresasen a España para instalarse en el palacio de los condes de Montarco, en Ciudad Rodrigo (Salamanca), un enclave fronterizo ideal para que los ingleses se pusieran del lado del Eje tras una hipotética invasión de Inglaterra, cosa que nunca sucedería. La capital lusa era otro centro de espionaje en plena guerra. Miembros de la Inteligencia tanto alemanes como británicos seguían cada uno de sus movimientos. Por su parte, el general António de Oliveira Salazar, quien gobernaba con mano de hierro Portugal, en un régimen bastante similar al franquista, también tenía a sus propios agentes pisándoles los talones. Allí, rodeados de comodidades pero también de numerosos ojos con la tarea de vigilarles, permanecerían más de un mes, y recibirían varias visitas, incluso, del embajador español en Portugal, Nicolás Franco, hermano del Caudillo español.

En la capital portuguesa, llena de espías y agentes dobles, la participación española en todo aquel entramado fue también muy relevante. Eberhard von Stohrer, embajador alemán en Madrid, informaba a su superior, el ministro de Exteriores nazi Joachim von Ribbentrop, que Eduardo se sentía muy inseguro en la Lisboa por las presiones del gobierno inglés, añadiendo que su deseo era regresar a España.

Joachim von Ribbentrop
Eugenio Espinosa de los Monteros

Parece que, según se desprende de los informes de Beigbeder, el propio Franco estaba personalmente interesado en que Eduardo regresara al país, y envió a Lisboa al diplomático español Eugenio Espinosa de los Monteros y Bermejillo (tío bisabuelo de Iván Espinosa de los Monteros, vicesecretario de Relaciones Internacionales de VOX), quien el 24 de julio, apenas unos días después, sería precisamente nombrado Embajador de España en Berlín, para que se entrevistase con el duque. Más tarde, envió un documento secreto que con el membrete «Para conocimiento del jefe del Estado», que hoy se conserva en el Archivo Francisco Franco. En él, el diplomático señalaba que Eduardo había recibido un telegrama de su gobierno en el que «debido a sus diferentes graduaciones en el Ejército estaba bajo las ordenanzas militares y que cualquier desobediencia sería juzgada por un Consejo de Guerra». De hecho, ni siquiera se atrevía a entrar en la Embajada británica «por miedo a ser detenido».

Mientras Lisboa era centro neurálgico de espías, como la mayoría de capitales europeas, circulaban los rumores de que la Wehrmacht iba a atravesar los Pirineos, invadir España y hacerse con Gibraltar. Pero aunque esa posibilidad estuvo a punto de verse realizada, nunca fructificó, y tampoco en Portugal los planes alemanes de retener al duque y utilizarlo para sus fines tendrían éxito. Los ingleses, de nuevo, ganaban la partida in extremis.

Una actitud derrotista

El colmo de la paciencia para el Gobierno inglés fue el hecho de que Eduardo concediera una entrevista en la que se atisbaba una actitud «derrotista» que tuvo amplia difusión y que iba en contra de la política de lucha hasta la muerte de su país. Asimismo, seguía mostrando admiración por el archienemigo alemán, diciendo en público que: «En los últimos diez años Alemania ha reorganizado totalmente el orden de su sociedad (…) Los países que no estaban dispuestos a aceptar tal reorganización de la sociedad y los sacrificios concomitantes, deben dirigir sus políticas en consecuencia». El otrora monarca había ido demasiado lejos. Así, Winston Churchill envió al duque un telegrama en el que le amenazaba con someterlo nada menos que a una corte marcial si no regresaba a suelo británico. La posibilidad de verse ante un consejo de guerra por traición fue demasiado para el duque, y cedió a la presión.

Sir Winston, el único que pudo meter en cintura al duque

La idea de Churchill era enviarlo a las colonias, probablemente en Norteamérica. No obstante, antes de partir a su incierto destino, los alemanes seguían obcecados en la idea de retenerlo, pues le consideraban una pieza diplomática muy valiosa: se sabe que Von Ribbentrop, gran amigo de Wallis desde los tiempos en que ambos residieron en Estados Unidos (hay autores que apuntan incluso a la existencia de un romance entre ellos), pidió a las autoridades españolas, una vez más, que persuadieran a Eduardo de que regresara a España. El pretexto, falso por supuesto, era, según el ministro de Exteriores del Tercer Reich, que los británicos, sus propios compatriotas, pretendían asesinarlo en cuanto pusiera un pie en su nuevo hogar. De ello se encargó Miguel Primo de Rivera, amigo del inglés, quien le comunicó que la Casa del Rey Moro de Ronda se hallaba a su entera disposición para pasar un tiempo rodeado de lujos, si decidía fijar allí su residencia. Serrano Suñer, enconado enemigo de Sir Samuel Hoare, insistió en el mismo punto.

Puesto que parecía inminente la marcha de Eduardo, Hitler encargó al oficial del SD ­–el Servicio de Inteligencia de las SS– Walter Schellenberg que realizara sabotajes, a través de pequeños asaltos, a la villa lisboeta donde residían los Windsor, rompiendo algunas ventanas y causando pequeñas explosiones mientras hacía correr, como experto en espionaje que era, el rumor de que se trataba de actos de sabotaje de los propios ingleses.

Rumbo a las Bahamas

Finalmente, el destino de quien había sido rey del Imperio británico, por obra y gracia de Churchill, serían las Bahamas. Hitler, desesperado por retenerle, dio luz verde a la Operación David que hemos mencionado: el secuestro directo de la pareja. El automóvil que trasladaba el equipaje de los Windsor hasta el puerto fue saboteado y se difundió la noticia de que existía una bomba a bordo del crucero que debía trasladarles a su nuevo destino, el Excalibur. Aquella argucia retrasó el viaje, pero no pudo impedirlo.

Eduardo no recuperaría el trono inglés, ni Wallis Simpson recibiría jamás el tratamiento oficial de Alteza Real. El duque fue nombrado gobernador de las Bahamas el 18 de agosto de 1940 –lo sería hasta el final de la guerra, en 1945–. Hacia allí se dirigieron él y su plebeya esposa, dejando atrás una guerra terrible que nadie había logrado evitar y que costaría millones de muertos. A pesar de que el duque de Windsor consideraba las Bahamas una colonia «de tercera clase», no le quedó más remedio que aceptar el nombramiento, impuesto por el implacable premier cuyo lema «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» marcaría toda una época, la más oscura del siglo XX. El papel de Eduardo en la contienda, su visita a España y la operación pergeñada para secuestrarle, siguen rodeados de numerosas sombras, y todavía queda en el aire si abdicó por amor verdadero –como él siempre sostuvo– o por un acto de traición encubierta.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Con su habitual buen hacer, La Esfera de los Libros nos brinda entre sus novedades un libro a través del que comprenderemos mejor la figura de la duquesa de Windsor (y por ende la de su controvertido marido), escrito nada menos que por Diana Mitford, una de las más estrechas amigas del duque. Asidua invitada a sus fiestas en París o al «Moulin» de Orsay, el pueblo francés donde fueron vecinos, Mitford dejaría a su primer marido (inmensamente rico) por el fascista inglés Oswald Mosley, a quien admiraba (convirtiéndose en lady Mosley), lo que estrecha aún más esos lazos entre quien fuera breve monarca del trono inglés y su plebeya esposa con las fuerzas reaccionarias, para la mayoría de historiadores, verdadera causa (más allá del amor ilegítimo) de que fuese apartado de la Corona cuando ya corrían vientos de guerra en Europa, sabedor el gobierno de su germanofilia y sus buenas relaciones con el Tercer Reich. Un libro, definido por Philip Mansel como «Irresistible» en el que Mitford, a través de un característico y afilado estilo –maliciosamente inteligente, ciertamente irónico y perspicaz–, pinta un retrato de gran realismo de quien fuera su amiga, Wallis Simpson, captando su encanto pero también sus sombras, que las tuvo, y no fueron pocas. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/la-duquesa-de-windsor/

Los duques de Windsor y la sombra del nazismo (parte II)

Ciñó la corona del Reino Unido bajo el nombre de Eduardo VIII, pero no tardó en abdicar para casarse con Wallis Simpson, una dama sin ascendente real. Sus delicados contactos con el régimen nazi y franquista antes y durante la Segunda Guerra Mundial pusieron contra las cuerdas al gobierno inglés y han generado numerosas dudas sobre su patriotismo y la verdadera razón de su abdicación. En nuestro país, rodeado de espías de ambos bandos, vivió uno de los episodios más singulares de la contienda.

Óscar Herradón ©

Eduardo y Wallis (Source: Wikipedia. Free License).

En la capital española, los Windsor permanecerían ocho días, del 22 de junio al 1 de julio de 1940, y aunque breve, esta estancia sería decisiva en el desarrollo de los acontecimientos posteriores y en la futura suerte que correría la pareja. Impresionado por los devastadores efectos de la contienda fratricida que desangró a los españoles durante tres años (lo que afianzó su idea de que la guerra, que consideraba una barbarie, no era la solución a los problemas), el duque hizo diversas visitas oficiales y se reunió con altos cargos del gobierno franquista, por aquel entonces, aunque neutrales, abiertamente favorables a los intereses alemanes frente a los aliados.

El implacable señor Churchill

No hay que olvidar que para conseguir la victoria y convertir España, con sus eslóganes totalitarios, en «Una Grande Libre», Franco contó con el apoyo logístico y militar nazi y con el italiano, a pesar del acuerdo de No Intervención firmado por las potencias europeas. La península Ibérica había sido el campo de pruebas en el que la Wehrmacht puso a punto sus innovaciones tecnológicas en el campo bélico y ahora se convertía en un auténtico nido de espías, un país «neutral» en el que jugaban sus cartas ambos contendientes y donde los duques serían presionados desde varios frentes, manteniendo una intensa actividad diplomática a tres bandas: con el propio gobierno franquista; con el inglés, comandado ya por Winston Churchill, partidario de una lucha con todas las consecuencias contra Hitler –y rotundamente contrario a cualquier tipo de negociación de paz entre ambos países–; y también con los nacionalsocialistas.

Agentes secretos tras sus pasos

Samuel Hoare había sido recientemente nombrado embajador británico en España, y traía con él instrucciones del mismo Primer Ministro de seguir muy de cerca a Eduardo, debiendo mantenerle informado personalmente de cada paso que diera y decisión que tomara. Entonces existían serias sospechas del servicio secreto –el SIS–, de que el otro rey mantenía contactos con sus amigos alemanes, y la Península era un lugar delicado por la facilidad de movimiento que éstos tenían en ella. Así, aquellos escasos ocho días tuvo lugar una intensa actividad informativa entre las embajadas: Churchill y Hoare se enviaron varios telegramas, donde el premier pedía al diplomático que evitase el contacto de Eduardo y Wallis con los germanos, intentando, por todos los medios, que su estancia en nuestro país fuese lo más breve posible, instándole a que el matrimonio se trasladase hasta Lisboa. Allí los planes eran otros: alejarlos de la influencia de la esvástica obligándoles a exiliarse a una colonia inglesa, probablemente en América del Norte.

Sir Samuel Hoare siguió cada paso de la pareja por España
Beigbeder

En Madrid, se celebró en honor de Eduardo una recepción en el Hotel Ritz, organizada por la embajada británica y a la que asistieron más de 300 invitados. A pesar de la contienda europea, seguían siendo la pareja de moda del periodismo sensacionalista. Tras la recepción, por orden del mismo Franco, el ministro de Asuntos Exteriores español, Juan Luis Beigbeder, se entrevistó con el duque: la idea, impulsada por el dictador, era interrogar sutilmente al inglés sobre su posicionamiento respecto a diversas cuestiones que podrían ser trascendentales en un futuro cercano, entre ellas, en relación con la guerra en Europa, su opinión sobre la posición del Gobierno inglés y las acciones de Churchill y si era o no la intención del duque intervenir personalmente en el rumbo de los acontecimientos, según se desprende del informe secreto de Beigbeder a Franco sobre Eduardo que se encuentra en el Archivo Francisco Franco, concretamente el informe 27.073, como recogió en un magnífico artículo sobre el tema el doctor en historia Isidro González García.

Eden

El ministro enviaba al Caudillo dicho informe secreto el 25 de junio, cuando los ingleses llevaban tres días en el país. Según se desprende de éste, el duque le había transmitido que se encontraba en una compleja situación personal, sus ideas para que se solucionase el conflicto y su latente antisemitismo, otro de sus puntos en común para con los nazis: «No soy más que un retrato, no sé dónde me quieren colocar ni qué debo hacer. Hace cuatro años que me retiré de la política y desgraciadamente presentí entonces las calamidades actuales. Toda la culpa la tienen los judíos y rojos de Eden con gente del Foreign Office y otros políticos, a todos los cuales pondría contra la pared». Eduardo se refería a Anthony Eden, quien por aquel entonces ocupaba la cartera de Exteriores en el gobierno británico.

Según transmitió el aristócrata a Franco, «no desea más que una paz justa y equitativa con el fin de elevar no la cultura de la clase baja, sino sus medios de vida», remarcando que se sentía «muy impresionado por la miseria de ciertos pueblos de España que vio a su paso a esta capital». Es cierto que, germanofilia y declaraciones poco dignas de un personaje de su posición aparte, Eduardo se había mostrado interesado en la mejora de las condiciones laborales de las clases medias y bajas en su país, y había sido criticado por algunas de sus inclinaciones (contrarias a la política británica y más favorables a la sindical) en sus años como príncipe de Gales.

La frustrada «Operación David»

Pero volvamos al asunto que nos ocupa: mientras la glamurosa pareja se hallaba en nuestro país, los servicios de Inteligencia alemanes estaban gestando una operación clandestina que respondería al nombre de «Operación David» y que consistía nada menos que en la retención, e incluso el secuestro por la fuerza, de su «amigo» Eduardo a fin de presionar a los peces gordos de Downing Street para cambiar su política de agresión al Tercer Reich.

El Estado Mayor alemán sabía que librar una guerra en dos frentes era demasiado arriesgado, y el Führer, que consideraba a los británicos de ascendencia germánica, prefería llegar a un acuerdo con éstos para tener las manos libres a la hora de emprender la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética que siempre tuvo en mente. Aquello, no obstante, quedaría en saco roto.

Eran tiempos de grandes turbulencias. Incluso, mientras Eduardo y Wallis eran recibidos en nuestro país, los servicios secretos británicos temían una invasión de la Península por parte de los ejércitos de Hitler, y la consecuente conquista de Gibraltar, un puerto clave para el abastecimiento. Es por esta razón, entre otras, que aquellos días de ajetreo continuado fueron tan relevantes. Entonces se temía que la devastadora maquinaria bélica alemana, que con su «Guerra Relámpago» –Blitzkrieg– estaba conquistando una extensión de terrenos no conocida desde los tiempos de Napoleón, ganara la guerra, y cualquier acción y decisión diplomática eran vitales para lo que acabara sucediendo. Eran horas decisivas y los Windsor, piezas fundamentales de este gran puzle de complot, operaciones secretas e informaciones cruzadas, las vivieron entre España y el país vecino, Portugal, siendo seguidos muy de cerca por el gobierno español, sus compatriotas y los espías al servicio de la esvástica.

Hoare

Beigbeder continuaba en su expediente secreto informando a Franco que: «Internacionalmente no antepone Inglaterra a los demás países. Carece de sentimiento nacionalista de manera muy marcada, razón por la que desea una paz a todo trance y un arreglo justo en beneficio de la humanidad más que en bien de uno u otro Estado». Aquella actitud, evidentemente, era considerada por su gobierno como una amenaza, sobre todo desde que Churchill fuera nombrado primer ministro, y algunos hablaban de su postura como derrotista, algo que en tiempos de guerra se pagaba caro. Es más, Eduardo insistió –siempre según lo escrito por Beigbeder– en que no le hubiera importado representar a su país ante el Gobierno del general Franco, y llegó a realizar declaraciones que ponían en peligro su propia integridad física si llegaba a oídos inadecuados: «Dijo que si se bombardease con eficacia Inglaterra esto podría traer la paz. Parecía más bien desear que esto ocurriese». Y eso que hablaba no solo de su patria sino de un país del que había sido rey…

Speer

Varios autores han barajado que la idea de Eduardo era recuperar la corona, y que Wallis, a su vez, se convirtiera en reina. Así, firmaría la paz con los alemanes y les apoyaría en su cruzada contra los soviéticos, pues era bien conocida también su aversión al bolchevismo, que compartía con otros importantes personajes de su país y por supuesto alemanes, españoles e italianos. También los nazis creían que el Windsor era la clave para un armisticio entre ambos países, y todo parece indicar que pretendían restituirle en el trono inglés. De hecho, habían lamentado que abdicara en la figura de su hermano Jorge VI. El mismo Albert Speer, arquitecto favorito de Hitler y Ministro de Armamento del Reich durante la guerra, recogía en sus controvertidas y esculpatorias Memorias: «Estoy seguro de que a través de él se podrían haber logrado relaciones permanentes de amistad. Si se hubiera quedado, todo habría sido diferente. Su abdicación fue una grave pérdida para nosotros».

Este post tendrá una inminente tercera y última parte en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Con su habitual buen hacer, La Esfera de los Libros nos brinda entre sus novedades un libro a través del que comprenderemos mejor la figura de la duquesa de Windsor (y por ende la de su controvertido marido), escrito nada menos que por Diana Mitford, una de las más estrechas amigas del duque. Asidua invitada a sus fiestas en París o al «Moulin» de Orsay, el pueblo francés donde fueron vecinos, Mitford dejaría a su primer marido (inmensamente rico) por el fascista inglés Oswald Mosley, a quien admiraba (convirtiéndose en lady Mosley), lo que estrecha aún más esos lazos entre quien fuera breve monarca del trono inglés y su plebeya esposa con las fuerzas reaccionarias, para la mayoría de historiadores, verdadera causa (más allá del amor ilegítimo) de que fuese apartado de la Corona cuando ya corrían vientos de guerra en Europa, sabedor el gobierno de su germanofilia y sus buenas relaciones con el Tercer Reich. Un libro, definido por Philip Mansel como «Irresistible» en el que Mitford, a través de un característico y afilado estilo –maliciosamente inteligente, ciertamente irónico y perspicaz–, pinta un retrato de gran realismo de quien fuera su amiga, Wallis Simpson, captando su encanto pero también sus sombras, que las tuvo, y no fueron pocas. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/la-duquesa-de-windsor/