Kamikazes: el viento que no llegó

Roberto Blanco Andrés dedica un volumen ilustrado a los pilotos suicidas japoneses y al ejército que los produjo, una síntesis compacta y accesible, visualmente espectacular, editada por Tikal: Kamikazes. El ejército imperial japonés.

Óscar Herradón ©

El autor de este atractivo volumen es doctor en Historia por la Universidad de Valladolid y profesor de secundaria. Su investigación se ha centrado en Filipinas desde finales del siglo XVIII hasta hoy, en especial en las relaciones entre Iglesia y Estado y el primer nacionalismo filipino. Es colaborador del Instituto de Historia del CSIC y ya había firmado en la misma serie un volumen sobre los marines. La elección tiene más lógica de lo que parece. El teatro decisivo del libro es filipino: la primera unidad kamikaze se formó en Mabalacat, en Luzón, y su bautismo de fuego fue la batalla del golfo de Leyte. El libro fecha ese primer uso de kamikazes aéreos contra las naves aliadas en Leyte, entre el 23 y el 26 de octubre de 1944, durante la ofensiva americana para recuperar Filipinas. Un autor que conoce el archipiélago tiene ventaja para explicar por qué allí Japón cruzó una línea que nunca había cruzado ninguna fuerza armada moderna de forma sistemática.

Aunque el subtítulo es El ejército imperial japonés y el relato arranca con el nacimiento del ejército en la Restauración Meiji de 1868, hay que hacer un pequeño matiz. Los ataques especiales nacieron en la Armada Imperial, no en el Ejército. El vicealmirante Ōnishi Takijirō organizó la primera unidad con pilotos del 201.º Grupo Aéreo de la Marina. Pearl Harbor, el gran punto de partida, también fue una operación naval. El Ejército tuvo sus propias unidades suicidas, que operaron sobre todo desde la base de Chiran, en Kagoshima, durante la batalla de Okinawa. Sin embargo, ambas fuerzas armadas funcionaron como mundos separados y a menudo rivales. Edward J. Drea, en Japan’s Imperial Army (2009), y Meirion y Susie Harries, en Soldiers of the Sun (1991), dedicaron páginas a esa rivalidad, que es una de las claves del desastre japonés.

¿Tropas de élite?

Los primeros pilotos de Leyte eran aviadores experimentados, pero a medida que avanzó 1945 los ataques recayeron sobre reclutas con pocas horas de vuelo. Muchos eran universitarios movilizados con prisas, que apenas sabían despegar y mantener un rumbo. La antropóloga Emiko Ohnuki-Tierney, en Kamikaze, Cherry Blossoms, and Nationalisms (2002) y Kamikaze Diaries (2006), estudió los diarios de estos estudiantes. Mostró a jóvenes lectores de Kant, Goethe o Thomas Mann que aceptaban la muerte con dudas, ironía o resignación, lejos del fanatismo que difundió la propaganda aliada. M. G. Sheftall, en Blossoms in the Wind (2005), entrevistó a supervivientes y llegó a conclusiones parecidas: presión de grupo, sentido del deber hacia la familia y una voluntariedad muchas veces ficticia. Presentarlos como élite es un homenaje involuntario a la versión que el propio mando japonés quiso fijar.

El libro de referencia inicial sigue siendo The Divine Wind (1958), de Rikihei Inoguchi y Tadashi Nakajima, dos oficiales que participaron en la organización de los ataques. Es una fuente imprescindible, pero también una defensa apenas velada del sistema. Ivan Morris, en The Nobility of Failure (1975), situó a los kamikazes al final de una larga tradición japonesa de héroes derrotados y leales hasta la muerte. Este volumen divulgativo bebe de todas estas fuentes, las sintetiza y las explica con habilidad, huyendo del dato académico y sesudo.

Curiosidades del viento divino

El nombre ya encierra una historia. Kamikaze, viento divino, remite a los tifones que destruyeron las flotas de invasión mongolas de Kublai Kan en 1274 y 1281. En el Japón de 1944, sin embargo, la lectura oficial de esos mismos caracteres era shinpū, y el término general era tokkōtai, abreviatura de unidades de ataque especial. La pronunciación kamikaze se impuso sobre todo a través de los traductores y la prensa estadounidenses, y el propio Japón la adoptó después.

Onishi

Las cuatro primeras secciones de su creador, Takijiro Ōnishi (vicealmirante de la Armada Imperial Japonesa durante la Segunda Guerra Mundial) se llamaron Shikishima, Yamato, Asahi y Yamazakura. Los nombres procedían de un poema del erudito del siglo XVIII Motoori Norinaga, que compara el espíritu japonés con la flor del cerezo silvestre al sol de la mañana. De ahí nace la asociación entre el piloto suicida y la flor de cerezo que cae en plenitud, que Ohnuki-Tierney analiza como una manipulación deliberada de un símbolo que antes hablaba de la fugacidad de la vida y no del sacrificio por el emperador.

Seki.

El jefe de la primera misión, el teniente Yukio Seki, recién casado, dudó cuando se le propuso el mando. Según el testimonio recogido por un corresponsal que habló con él, dijo que no moría por el emperador ni por el imperio, sino por su mujer. El 25 de octubre de 1944, su grupo alcanzó a varios portaaviones de escolta y hundió el USS St. Lo, el primer buque perdido por un ataque kamikaze organizado.

Kaiten.

El arsenal suicida no se limitó a los aviones. Existió el Ōka, una bomba tripulada propulsada por cohetes y lanzada desde un bombardero, a la que los americanos apodaron baka, idiota en japonés. También estuvieron el Kaiten, un torpedo humano, y las lanchas explosivas Shin’yō. Los Fukuryū eran buceadores que debían esperar en el fondo del mar con una mina en la punta de una pértiga. En Okinawa, las oleadas masivas recibieron el nombre de Kikusui, crisantemos flotando en el agua. Era el emblema de Kusunoki Masashige, samurái del siglo XIV que murió en una batalla perdida por lealtad al emperador y al que el régimen convirtió en modelo del súbdito perfecto. Uno de los golpes más duros fue el que sufrió el portaaviones USS Bunker Hill el 11 de mayo de 1945, alcanzado por dos aviones en menos de un minuto, con cerca de 400 muertos.

En la base de Chiran, Torihama Tome regentaba un pequeño restaurante frecuentado por los pilotos del Ejército. Allí recibía sus últimas cartas y confidencias, y pasó a la memoria japonesa como «la madre de los kamikazes». Chiran alberga hoy un museo de la paz con miles de cartas y fotografías de los pilotos.

Ugaki.

El final fue tan sombrío como el principio. El vicealmirante Matome Ugaki despegó en una última misión después de oír al emperador anunciar la rendición el 15 de agosto de 1945, arrastrando con él a una veintena de hombres. Al día siguiente, Ōnishi se hizo el seppuku (o harakiri, el suicidio ritual japonés de desentrañamiento que realizaban los samuráis) y, según los testimonios, rechazó que nadie acortara su agonía. Dejó una nota en la que pedía perdón a los pilotos muertos y a sus familias.

Las cifras siguen siendo discutidas. Las estimaciones más citadas hablan de unos 3.800 pilotos muertos en ataques especiales, y solo una minoría alcanzó su objetivo. Hundieron varias decenas de buques, en su mayoría pequeños, y causaron miles de bajas. Robin L. Rielly, en Kamikaze Attacks of World War II (2010), concluyó que fueron el arma antibuque más eficaz de Japón en la fase final, pero nunca capaz de cambiar el curso de la guerra. Como obra de iniciación, el libro de Blanco Andrés cumple con creces lo que promete: un recorrido ilustrado, con firma académica y a muy buen precio, por una de las páginas más perturbadoras del siglo XX.

Mi familia nazi (Espasa)

Espasa publica Mi familia nazi, un relato íntimo sobre la culpa, la herencia y la importancia de no olvidar el pasado para comprender el presente firmado por el prestigioso historiador neerlandés Bas von Benda-Beckmann.

Óscar Herradón ©

El originar neerlandés se titula Het Kleedje voor Hitler («Un mantel para Hiter») y ha tenido una gran acogida tanto de crítica como de público en su país de origen. Ahora por fin podemos disfrutar en castellano de este voluminoso ensayo. Bas von Benda-Beckmann es un historiador neerlandés de ascendencia alemana por vía paterna, doctorado en la Universidad de Ámsterdam e investigador del NIOD (el instituto holandés de estudios sobre la guerra, el Holocausto y el genocidio), quien construye el libro alrededor de una leyenda familiar: un mantel bordado con escenas de caza que su familia habría regalado a Hitler y que este, a su vez, habría reenviado a Franco en una visita de Estado.

Jodl.

El propio autor concluye que no hay ninguna prueba de que ese mantel existiera realmente, pero el mito le sirve como hilo conductor para investigar el pasado nazi de sus abuelos y tíos abuelos, estructurado en cinco bloques cronológicos que van de 1871 a la actualidad. Las protagonistas son dos hermanas de su abuelo: Luise, que se casó con el general Alfred Jodl –mano derecha de Hitler, ejecutado en Núremberg– y lo defendió hasta su muerte en 1998, y Tini, que llegó a afiliarse al partido nazi (NSDAP) antes de cambiar de bando al enamorarse de un médico judío.

En el desarrollo destaca la contención elegante con la que Benda-Beckmann narra cómo su familia alemana atravesó las turbulencias del siglo XX. El libro obtuvo además el Premio Libris de Historia 2024, el galardón neerlandés de referencia en no ficción histórica. Los especialistas en historia señalan como su mayor logro que el relato familiar sirve para relatar procesos casi con carácter de manual, y que la selección de personajes, condicionada por la conservación desigual de correspondencia y diarios, no busca ni exculpar ni condenar de forma simplista, sino que deja hablar a cada figura desde su propio contexto y conecta esas actitudes individuales con la historia general del periodo.

En conjunto, el libro se ha ganado en Países Bajos una reputación sólida como ejercicio de historia familiar que combina rigor documental con una reflexión moral que el propio autor se niega a resolver por el lector: qué significa heredar la culpa de quienes uno amó personalmente, aunque sus ideas fueran, en palabras del propio autor, sencillamente inaceptables.

La naturaleza del Duce

La Editorial Comares publica este sorprendente ensayo, La naturaleza del Duce. Una historia ambiental del fascismo en Italia, compuesto a seis manos por especialistas en medio ambiente y que arroja una visión singular sobre el régimen de Benito Mussolini: la naturaleza como instrumento de poder.

Óscar Herradón ©

Sus autores, Marco Armiero, Roberta Biasillo y Wilko Graf von Hardenberg, sostienen en este original ensayo que el fascismo italiano no fue indiferente a la naturaleza, pero tampoco su protector. La usó, la narró y la remodeló al servicio de su proyecto político, y el libro lo demuestra sin caer en la trampa de buscar un Mussolini verde o «ecologista» cuando ni siquiera el término se empleaba.

Los autores dicen afirman desde el comienzo que no pretenden contar cuántos parques nacionales se crearon ni cuántos árboles se plantaron, y que su objeto son las ecologías políticas fascistas, es decir, los relatos y las prácticas con los que el régimen construyó ecologías tanto imaginarias como materiales. La tesis rebate a una parte de la historiografía internacional: el fascismo no se desinteresó de la naturaleza, pero la alternativa al desinterés no fue el cuidado ni la conservación. Anna Bramwell, con Ecology in the 20th Century (Yale, 1989) y su estudio sobre el ideólogo del Tercer Reich Richard Walter Darré, al frente de la RuSHA (la Oficina de Raza y Reasentamiento) habló de un ala verde del nazismo, y Janet Biehl y Peter Staudenmaier reabrieron el debate con Ecofascism. La naturaleza del duce quiere alejar la idea misma de medir el grado de ecologismo del régimen fascista. Armiero y Von Hardenberg ya habían adelantado el planteamiento en 2013, en un artículo de Environment and History, publicado por la Universidad de Utrecht, titulado «Green Rhetoric in Blackshirts» («Retórica verde en los Camisas Negras»). 

Diseccionando el fascismo «verde» en seis capítulos

Rachele Mussolini.

El primer capítulo del volumen, de Armiero, busca la raíz personal de esa actitud en el propio dictador, a partir de las biografías de Margherita Sarfatti y de Rachele Mussolini. Los capítulos segundo y tercero, de Von Hardenberg y Armiero, pasan a la política concreta: la batalla del trigo, la bonificación de tierras y el desarrollo autárquico, con sus centrales hidroeléctricas y sus motores de gasógeno. El cuarto, exclusivo de Von Hardenberg, examina los parques nacionales como espacio de propaganda: en el Stelvio, el nacionalismo ligado a la memoria de la Gran Guerra; en el Circeo, la fabricación de un pasado artificial de glorias itálicas, con una fuerte huella humana. En el quinto, Biasillo analiza las colonias africanas como creación desde la nada, con una imagen propagandística de domesticación milagrosa que cubría un fracaso colonial que no dio a la población ninguno de los beneficios prometidos. El sexto, también suyo, rastrea lo que sobrevive hoy del fascismo en placas, monumentos, toponimia y paisajes, y plantea qué hacer con esa herencia. Quedan fuera, con remisión a una bibliografía de veintidós páginas, temas ya muy estudiados como el urbanismo fascista, la contaminación y la salud. 

Los autores tienen amplio conocimiento en la materia y saben bien de lo que hablan. Armiero es un historiador ambiental al frente del Environmental Humanities Laboratory del KTH de Estocolmo; Biasillo es especialista en la historia ambiental del colonialismo italiano y Von Hardenberg escribió la primera historia del Parque Nacional del Gran Paradiso en época fascista, A Monastery for the Ibex (University of Pittsburgh Press, 2021).

La recepción de la crítica ha sido muy favorable en toda Europa, incluida España. Mia Fuller, de Berkeley, lo considera una aportación mayor que además prueba que el fascismo nunca fue proambiental ni conservacionista en ningún sentido, y Erik Swyngedouw, de Manchester, lo tiene por lectura esencial para quien se preocupe por el estado de la naturaleza y por el auge de los autoritarismos. En H-Environment, Antonio Ortega Santos lo describe como una aproximación fundamental a los procesos de alteración antropogénica de los regímenes fascistas, en los que la mercantilización de la naturaleza alcanzó un punto extremo. Otra reseña, en el Journal of Modern Italian Studies, celebra que abra perspectivas nuevas y frescas sobre el fascismo italiano.

La naturaleza del Duce no zanja el debate, pero cambia sus términos: en lugar de preguntar si el fascismo fue verde, pregunta qué naturaleza fabricó y para quién. Entre leonas domesticadas y obras de saneamiento integral, paisajes coloniales y autarquía, parques y monumentos, este singular y documentado estudio ofrece por fin un relato de cómo el fascismo italiano imaginó, utilizó y transformó la naturaleza, usándola deliberadamente para su proyecto político.

MUSSOLINI (TIKAL)

Y si lo que queremos es realizar un acercamiento generalizado a la figura del Duce y al fascismo, nada mejor que sumergirnos en las páginas del libro Mussolini, publicado en la colección «Protagonistas de la Historia» por Tikal. Como siempre, una edición alucinante en tapa dura y gran formato profusamente ilustrada a color y blanco y negro con numerosos afiches.

Mariano González Clavero firma una biografía divulgativa e ilustrada que busca explicar el fascismo a través de la vida de su fundador. Se trata de un álbum de gran tamaño y lectura fragmentada, pensado para el lector curioso más que para el especialista. Pertenece a un catálogo que convive en las librerías de temática militar con series como Tropas de élite o La máquina de guerra de Hitler. Lo que eleva el proyecto por encima del producto de consumo rápido es el autor. González Clavero, nacido en 1974, es doctor en Historia Contemporánea, licenciado en Ciencias Políticas y profesor asociado en la Universidad de Valladolid, con numerosos libros de divulgación sobre historia española, europea y americana. Esta doble condición de académico y divulgador de oficio garantiza una base fáctica fiable.

La sinopsis plantea una apuesta clara. Sostiene que el fascismo no puede entenderse sin la trayectoria vital de un hombre que empezó como militante socialista. Añade que, una vez en el gobierno, se construyó un culto a la personalidad que convirtió a Mussolini en el Duce y a Italia en un Estado fascista. Es un arco narrativo reconocible: del agitador de Predappio y director de Avanti! al converso intervencionista de 1914, y de ahí a la Marcha sobre Roma, el régimen, la guerra, Saló y el piazzale Loreto. Cualquier biografía seria debe recorrer ese camino, y en 144 páginas ilustradas es razonable esperar un relato lineal y bien jalonado. 

Cualquier biografía de Mussolini se escribe hoy bajo la sombra de tres o cuatro obras mayores. Renzo De Felice dedicó ocho volúmenes y tres décadas a su Mussolini (1965-1997). Esa obra desencadenó la polémica sobre el consenso de los italianos con el régimen, un debate que sigue vivo. Denis Mack Smith, en su Mussolini de 1981, opuso a De Felice el retrato de un histrión, más propagandista que estadista. R. J. B. Bosworth, en su biografía de 2002, se situó en un término medio escéptico: un Mussolini menos todopoderoso de lo que proclamaba su propaganda y más dependiente de las élites que lo sostuvieron. En Francia, Pierre Milza ofreció en 1999 una síntesis sólida y equilibrada.

Una obra de este formato no tiene espacio para arbitrar esas disputas. Lo relevante es si las deja entrever. El mayor servicio que puede prestar un divulgador con doctorado es señalarle al lector que existe un debate, aunque solo sea en un recuadro o una bibliografía comentada. Y el volumen deja claro que «el Duce» fue también una construcción colectiva. Destaca el culto a la personalidad, el que precisamente mejor ha estudiado Emilio Gentile en Il culto del littorio (1993). Gentile analizó la sacralización de la política fascista. Por otro lado, Christopher Duggan, en Fascist Voices (2012), reconstruyó desde diarios y cartas de ciudadanos corrientes cómo se vivió ese culto desde abajo. El libro de Tikal aprovecha su aparato gráfico para mostrar esa liturgia (carteles, concentraciones, la arquitectura del régimen, el balcón del Palazzo Venezia), y convierte así su formato en una virtud analítica y no solo decorativa.