La nueva obra de Emilio Mitre, publicada por Ediciones Cátedra, repasa ocho siglos de disidencia intelectual medieval para preguntarse si el pensamiento libre europeo nació, paradójicamente, en el seno de la Iglesia que lo perseguía.El arte de disentir. Intelectuales y herejes en la Edad Media: cuando la ortodoxia se convierte en argumento y la herejía en método.
El sugerente ensayo reúne trabajos menores, conferencias y prólogos que Emilio Mitre Fernández, catedrático emérito de Historia Medieval en la Universidad Complutense, publicó de forma dispersa a lo largo de su carrera. El resultado no es un tratado cerrado sino una miscelánea articulada en torno a una tesis clara: que las herejías bajomedievales, lejos de ser meros episodios de fanatismo religioso, constituyeron las primeras formas de disidencia intelectual organizada en Occidente, y que su represión –la construcción de la ortodoxia como aparato de poder– es tan reveladora del periodo como las propias doctrinas heterodoxas.
Pedro Aberlardo.
Mitre lleva casi medio siglo trabajando la historia de la herejía y la marginación religiosa medieval, y aquí despliega ese bagaje con un elenco de personajes que va de los cátaros a Pedro Valdo, de Pedro Abelardo a Ramón Llull, pasando por Siger de Brabante, el averroísmo latino y el Maestro Eckhart. El hilo conductor no es doctrinal sino historiográfico, ya que el autor está menos interesado en si Eckhart era o no panteísta que en el mecanismo institucional –concilios, inquisición, censura universitaria– que decide qué proposiciones son tolerables y cuáles merecen la hoguera.
Leproso medieval.
En ese sentido dialoga, aunque sin citarlos de forma sistemática en cada capítulo, con la tradición abierta por el historiador alemán Herbert Grundmann sobre los movimientos religiosos populares y con el concepto de «sociedad perseguidora» que el historiador británico R. I. Moore acuñó para explicar cómo la Europa de los siglos XI a XIII desarrolló mecanismos sistemáticos de exclusión del disidente, ya fuera hereje, judío o leproso. También resuena, de fondo, la lectura que el historiador también inglés Malcolm Lambert hizo de las herejías medievales como fenómeno social y no solo teológico.
La «herejía» como artefacto de poder
Una curiosidad que atraviesa el libro es la insistencia de Mitre en que el término «herejía» es en sí mismo un artefacto de poder: deriva del griego hairesis, que originalmente significaba simplemente «elección» o «escuela de pensamiento», sin ninguna connotación negativa. Fueron los padres de la Iglesia quienes lo resemantizaron como desviación culpable, de modo que el propio vocabulario con el que la historiografía describe a estos personajes ya lleva incorporado el veredicto de sus perseguidores.
Llull.
Otro dato que Mitre recupera con gusto es el papel del sabio mallorquín Ramón Llull (1232-1316) como caso límite: un converso que dedicó su vida a diseñar un sistema lógico-combinatorio, el Ars Magna (obra lógica en la que el filósofo expone su «arte combinatoria» o arte de poder expresar todas las verdades fundamentales de la fe) pensado para convertir racionalmente a musulmanes y judíos, y que sin embargo terminó él mismo bajo sospecha inquisitorial tras su muerte, con varias de sus obras incluidas en listas de proposiciones condenadas en el siglo XIV. El libro también se detiene en el filósofo escolástico belga Siger de Brabante (1240-1284) y el averroísmo parisino, cuya defensa de una doble verdad –filosófica y teológica– fue satirizada por Dante, que sin embargo lo coloca, sorprendentemente, entre los sabios del Paraíso, en el círculo de Santo Tomás de Aquino, su némesis intelectual.
A pesar de estar formado por piezas académicas y no concebido como una monografía, como introducción a la genealogía intelectual de la disidencia europea, y como muestra del oficio de uno de los grandes medievalistas españoles, El arte de la disidencia cumple sobradamente y es, sobre todo, un libro que invita a pensar cuánto de nuestra idea moderna de libertad de conciencia se fraguó, sin quererlo, en los tribunales que intentaban aplastarla.
Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio del Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.
Óscar Herradón
No está clara la fecha precisa en que se habilitó el llamado pudridero, pero no fue durante el reinado de Felipe II, el Rey Prudente, artífice del monasterio escurialense, cuyos arquitectos no contaron con un habitáculo apropiado para tal fin cuando erigieron el edificio, a la vez palacio y a la vez centro religioso. Sería con Felipe IV y la creación del Panteón Real, que se inauguró en 1654, cuando este lugar que aún hoy permanece en funcionamiento tomó forma.
La Cripta Real del monasterio, conocida como Panteón de los Reyes, sería construida por Juan Gómez de Mora, artífice también de la Plaza Mayor de Madrid, siguiendo los planos de Juan Bautista Crescenzi. Pero en tiempos de Felipe II, el espacio, mucho más reducido, fue ideado por el arquitecto Juan de Herrera siguiendo las indicaciones del soberano que, a su vez, quería cumplir la última voluntad de su padre Carlos V. El arquitecto y divulgador Juan Rafael de la Cuadra Blanco afirma en un artículo publicado en ABC en 1998 que «Carlos V dejó claro en su testamento que quería estar medio cuerpo debajo del altar y medio debajo de los pies del sacerdote».
El principal cronista de la época de Felipe II, el padre fray José de Sigüenza, ya dejó escrito que el monarca «quiso hacer un cementerio de los antiguos donde estuviesen los cuerpos reales sepultados y donde se les hiciesen los oficios y misas y vigilias, como en la primitiva Iglesia se solía hacer con los mártires». El lugar original donde Felipe II quiso enterrar a sus progenitores, a sus tías, a tres de sus mujeres y a su hijo Don Carlos –trágicamente fallecido a los 23 años tras una conducta muy inestable–, fue en una pequeña bóveda bajo el altar y bajo las estatuas orantes del presbiterio, y ligeramente encima del actual Panteón de los Reyes. Así descansaron sus restos hasta 1654, año del traslado y creación del nuevo espacio fúnebre, tal y como se encuentra en la actualidad. Aunque en las memorias de aquellos tiempos no se menciona el pudridero ni el origen de su construcción.
Acceso a la cripta.
En las mismas escaleras que bajan al Panteón Real, un espacio dotado de un ambiente y luminosidad que invitan al recogimiento y al misterio, en el segundo descanso, a mano derecha, se halla un pasadizo cerrado por una puerta de madera que da a un espacio cerrado, incluso hoy, para el común de los mortales; más aun para el visitante; y eso que el monasterio recibe una media de 700 mil visitantes cada año. Se conoce desde hace siglos como el Pudridero Real: las paredes son de piedra, el suelo de granito y el techo abovedado, 16 metros cuadrados por donde han pasado los restos mortales de la mayoría de los soberanos después de Felipe IV y donde todavía se encuentran los restos de los dos últimos Borbones fallecidos.
Leyendas macabras
Aquel espacio dio lugar a numerosas leyendas y rumores durante siglos que intentó desmontar fray José Quevedo, bibliotecario del edificio, en su Historia y descripción de El Escorial, en 1849, siendo el primero en hablar del pudridero propiamente dicho: «Las puertas que están en el segundo descanso de la escalera conducen a los pudrideros, cuyo uso explicaré para desvanecer las muchas patrañas que sobre ellos se cuentan. Son tres cuartos a manera de alcobas, sin luz ni ventilación ninguna. Luego que se concluyen los Oficios y formalidades de entrega del Real cadáver que ha de quedar en uno de los panteones, el prior, acompañado de algunos monjes ancianos, baja al panteón del cadáver llevando consigo los albañiles y algunos otros criados».
En este punto, cabe reseñar que solo los 51 miembros de la comunidad de los agustinos que custodian el monasterio desde 1885 tienen acceso a este habitáculo que parece salido de un cuento de Poe, en una ceremonia que se repite desde hace siglos y de la que estaban encargados antiguamente los monjes jerónimos, un ceremonial que comienza así: «Padre prior y padres diputados, reconozcan vuestras paternidades del cuerpo de (…) que conforme al estilo y la orden de su majestad que os ha sido dada voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guarda y custodia».
Momia de Carlos V.
Vista del Panteón, 1830.
Una vez cerrado de nuevo el féretro y levantada un acta de entrega, los monjes agustinos correspondientes se hacían cargo de la llave del ataúd y el cuerpo pasaba al pudridero. Quevedo continúa afirmando que «estos –los criados– sacan de la de tisú o terciopelo que la cubre, la caja de plomo sellada que contiene el cadáver y la conducen junto al pudridero. Mientras los albañiles derriban el tabique, los otros abren cuatro o más agujeros en la caja de plomo, la colocan dentro del cuarto o alcoba sobre cuatro cuñas de madera que la sostienen como dos o tres pulgadas levantadas del suelo, y en el momento los albañiles vuelven a formar el tabique doble que derribaron».
Los cuerpos regios permanecen en el interior del pudridero unos 30 o 40 años, hasta que ya se ha eliminado la corrupción y la humedad de los mismos y ya no desprenden mal olor, siendo trasladados al respectivo panteón. El objetivo del habitáculo es reducir los cuerpos de los cofres de plomo que el visitante puede observar en la cripta, de apenas un metro de largo por 40 centímetros de ancho que, una vez sellados, se introducen en uno de los 26 sarcófagos del Panteón Real, cada uno grabado con el nombre en latín de la persona regia.
El cronista sigue así el relato del proceso: «Las cajas exteriores de las personas Reales que han de pasar al de Infantes permanecen en la sacristía de dicho panteón, hasta que vuelve a colocarse en ellas la de plomo con el cadáver según vinieron. Las de los Reyes se deshacen y aprovechan para ornamentos, porque ya no han de tener uso, pues sus restos se colocan en las urnas de mármol».
La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad recorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?
Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».
Este post tendrá una inminente continuación en el Pandemónium *Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja por el autor y actualizado para el blog (todas las imágenes son de Wikimedia Commons de libre uso).
Prácticamente desde su misma aparición, el cristianismo, al igual que la mayoría de las grandes religiones, se dedicó a purgar aquellos escritos que no convenían a quienes manejaban los hilos del poder para transmitir la «verdadera enseñanza». Así, en el Concilio de Nicea (325) se decidió qué textos eran los que contaban el verdadero origen de Jesús y habían sido revelados y señalados –como a partir de entonces los pontífices– por el Espíritu Santo. Los que se condenaron tomaron el nombre de apócrifos y, junto a los gnósticos, dormirían el sueño del olvido durante siglos.
Cuando la religión católica fue adoptada como el culto oficial del Imperio Romano, en tiempos del emperador Constantino, todos aquellos manuscritos que no parecían, a los ojos de los ya por entonces magnates del espíritu, dignos de tan excelsa creencia, fueron destruidos y, por suerte, en algunos casos únicamente olvidados y recuperados para la memoria del hombre siglos más tarde. Me refiero a los conocidos como Evangelios Apócrifos y Gnósticos, textos que ofrecían versiones diferentes y polémicas de las Sagradas Escrituras y de la vida de Jesús, y que fueron catalogados por los que heredaron el trono de Pedro y sus vasallos como auténticos «libros malditos».
Los obispos y cardenales no se enfrentaban entonces con religiones opuestas, o «herejías» bien diferenciadas de su enseñanza; se trataba de crear una serie de mitos que fortalecieran la imagen de la Iglesia en toda su esfera de influencia, cada vez más grande, sin lugar a discrepancias o cuestionamientos, y muchos manuscritos pertenecientes en un principio a su dogma ponían en peligro dicha estrategia política, muy alejada, es cierto, de la espiritual que verdaderamente deberían haber seguido. Muchos textos atribuidos a seguidores de Jesús, algunos incluso coetáneos al Mesías, fueron condenados en beneficio de los únicos cuatro Evangelios que la Iglesia admite como verdaderos: los Canónicos –compuestos por los cuatro evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan–, que en no pocas ocasiones llegan a contradecirse entre sí, pero que son el corpus oficial del cristianismo.
La palabra de Dios era seleccionada por la mano del hombre para ajustarse a sus intereses. No es de extrañar, sigue sucediendo en pleno siglo XXI.
Los Evangeliso «Malditos»
Pío IX
Han corrido ríos de tinta en torno a la autenticidad y falsedad de los textos sagrados. La Iglesia católica no acepta ningún tipo de fisura en torno a los Evangelios Canónicos mientras no duda en tachar de falsos y malditos aquellos escritos que aportan datos sutilmente diferentes o alternativos de las enseñanzas de Jesús. El Papa Inocencio I, sobre los Apócrifos, afirmó lo siguiente: «Respecto a los otros (evangelios) que llevan los nombres de Matías, Santiago el Menor, o de Pedro y de Juan, y también el que lleva el nombre de Tomás, ¡no solamente hay que abandonarlos, sino incluso condenarlos!». Esta forma de proceder de los católicos ortodoxos sería una constante, mantenida también en nuestros días; en su Encíclica Noscitis et Nobiscum del año 1849, el papa Pío IX se refería a los Evangelios Apócrifos como «lecturas emponzoñadas», y añadió que los libros –fuesen religiosos o no– deben ser escritos por «hombres de sana y reconocida doctrina».
Para reforzar su autenticidad, la Santa Sede afirma que los Canónicos fueron escritos por discípulos de Jesucristo, que el Nuevo Testamento es el libro mejor documentado de la Antigüedad –por los abundantes datos de diferente naturaleza que aporta sobre la época de Jesús– y que su historicidad está fuera de toda duda, pero esto ha sido puesto en tela de juicio por los mejores expertos en numerosas ocasiones (y con pruebas). Desde la aparición del cristianismo se hicieron numerosas copias en diferentes lenguas –latín y griego fundamentalmente– de dichos textos y los más destacados escritores del mundo antiguo los citaron en sus obras. Pero, aunque estas características son la principal defensa del Vaticano para verificar su autenticidad, lo cierto es que los Evangelios Canónicos fueron escritos bastantes años después de que Jesús de Nazaret predicase en las tierras del actual Oriente Próximo.
El primero de todos ellos es el Evangelio de Marcos, que se escribió nada menos que en el año 70 después de Cristo, unos 40 años después de la muerte del nazareno. Dicho texto es una versión extendida del Urmarcus o Marcos Primitivo, una especie de borrador que Marcos escribió años antes según las enseñanzas que Pedro recogió del Mesías. Marcos es considerado por la Iglesia el más fiel de todos los testigos «contemporáneos» de las enseñanzas de Cristo, sin embargo, nunca escuchó ni siguió a Jesús como discípulo. Todo lo que dejó escrito se fundamenta en el relato oral de lo acaecido, relato que pudo ser alterado a lo largo de décadas, por personas diferentes, un tema, no obstante, que no es discutible para el Vaticano.
Benedicto XV
Un hombre, con buenas intenciones –eso nadie lo pone en duda– recogió el legado de un profeta que murió cuando él apenas era un niño o ni siquiera había nacido y, sin embargo, todo lo que dejó impreso tiene, por fuerza, que ser verdad. Su autenticidad no puede cuestionarse, algo nada extraño si nos atenemos a lo que algunos pontífices han afirmado con contundencia, que dichos textos fueron inspirados por el Espíritu Santo a los evangelistas. ¿Cómo podían entonces faltar a la verdad? En la Encíclica Spiritus Paraclitus, el papa Benedicto XV dejó escrito que «Los Libros de la Sagrada Escritura fueron compuestos bajo la inspiración, o la sugestión, o la insinuación, y aún el dictado del Espíritu Santo; más todavía, el mismo Espíritu Santo fue quien los redactó y publicó». Pocos se atrevieron después, en el seno de la Iglesia y fuera de ella, a contradecir la férrea sentencia del Sumo Pontífice.
Controversias y contradicciones
Si el Evangelio de Marcos fue escrito cuarenta años después de la crucifixión de Jesús, y su autor no tuvo contacto directo con el más venerado profeta, junto a Mahoma, de la historia de la humanidad, el caso de los otros tres textos Canónicos es todavía más controvertido. Los siguientes, el de Mateo y Lucas, fueron concluidos décadas después. El de Mateo fue escrito en lengua griega en Antioquía, hacia el año 90 después de Cristo, mientras que el de Lucas se terminó de escribir hacia el año 80 en algún punto de Grecia. Se cree que Mateo utilizó para su redacción dos documentos perdidos: el «Q» y el Urmarcus ya citado. Lucas utilizó, al parecer, las mismas fuentes –de ahí que ambos sean denominados Evangelios Sinópticos–.
Juan
El de Juan, supuesto hijo de Zebedeo, es sustancialmente diferente a los tres anteriores y el único en el que se afirma la divinidad de Jesús. Fue escrito todavía más tarde: al parecer en el año 115. Algunos investigadores han afirmado que dichos textos fueron modificados y engalanados intencionadamente por sus autores, con la finalidad de ajustar sus testimonios a unos intereses creados, aunque es difícil delimitar si dicha intencionalidad parte de los manuscritos originales o fue promovida posteriormente desde Roma bajo el mandato de ciertos pontífices y emperadores.
Lo cierto es que las características y enseñanzas de Jesús, al igual que muchos de los episodios que se recogen en los Evangelios, poseen una sospechosa similitud con leyendas y mitos del mundo antiguo, de las religiones conocidas como mistéricas. ¿Pudo la Iglesia recoger algunas de esas influencias para perfilar la figura de Jesús y dotarla de divinidad? Parece vislumbrarse, según muchos investigadores e historiadores como Timothy Freke, Peter Gandy, Keith Hopkins o Margaret Starbirt -que han penetrado en las raíces del cristianismo primitivo con la única intención de demostrar la verdad, sin intereses a favor de credo alguno- una respuesta afirmativa.
Este post tendrá una inminente continuación.
PARA SABER (MUCHO) MÁS:
Pagels
La editorial Crítica, tan querida de este blog, relanza una obra fundamental para comprender los textos cristianos prohibidos por la ortodoxia, nada menos que la obra de referencia Los Evangelios Gnósticos, de la profesora de religión de la Universidad de Princeton y una de las mayores expertas mundiales en el cristianismo, Elaine Pagels. Un texto que la editorial española lanzó por primera vez en castellano en 1982 pero que cuarenta años después mantiene su frescura y su lucidez.
El libro fue distinguido en su día en Estados Unidos con el premio del National Book Critics Circle y con el National Book Award, y desde entonces es una obra de referencia indiscutible sobre el primer cristianismo pero sin aceptar las doctrinas oficiales de su iglesia. En sus páginas Pagels revela las numerosas discrepancias que separaban a los cristianos primitivos en relación a los mismos hechos de la vida de Cristo, el sentido de sus enseñanzas o la forma que debía adoptar su Iglesia, y describe con elocuencia las doctrinas gnósticas que niegan la resurrección de Jesús y rechazan la autoridad sacerdotal, explicando con claridad meridiana por qué y cómo la ortodoxia que finalmente se impuso declaró heréticos a los gnósticos y trató de eliminar –por suerte, de forma fallida– todos los textos que contenían sus doctrinas.
Y también a través de la Editorial Crítica, y de la misma autora, tenemos disponible Más allá de la fe. El evangelio de Tomás, nada menos que un recorrido por los entresijos de uno de los textos gnósticos fundamentales para entender a Jesús. Pagels pretende explicar al lector que, si somos capaz de recuperar lo mejor del judaísmo y el cristianismo, podremos abrazar un camino de espiritualidad que nos inspire la visión de una nueva sociedad basada en la justicia y en el amor. Nada más lejos de la situación en la que ahora se encuentra el mundo, asomado al abismo. Quizá lo mejor sea recuperar los textos antiguos, comprenderlos, y hacernos esas mejores personas que no logró ni siquiera la pandemia de Covid-19. En palabras de Pagels, cuya figura debemos reivindicar –seamos o no religiosos–: «lo que más admiro en la riqueza y diversidad de nuestras tradiciones religiosas es el testimonio de innumerables personas que luchan por descubrir la vida espiritual y nos dicen, con Jesús, ‘buscad, y encontraréis’». Falta nos hace.
El Jesús Histórico (Editorial Trotta)
El filólogo y catedrático español Antonio Piñero, una de las personas que más saben –a nivel mundial– sobre la figura de Jesús y el cristianismo primitivo, a través de la Editorial Trotta, vieja conocida de este blog, muestra en El Jesús Histórico. Otras aproximaciones, una visión general de la figura de Cristo ofrecida por algunas de las obras más obras exegéticas más importantes en castellano.
No es un trabajo fácil, puesto que aquellos libros escritos sobre Jesús en lengua castellana son, en su mayoría, textos escritos por autores de una u otra confesión cristiana, lo que va en detrimento de la objetividad de sus argumentos. La intención de Piñero en Otras aproximaciones es poner a disposición de un público crítico un panorama breve pero bastante completo de lo que se está escribiendo en lengua española en estos momentos, incluido un tipo de textos, minoritario, compuesto por estudios de autores independientes no confesionales, que procuran no ser subjetivos ni militantes y que ofrecen una aproximación a Jesús obtenida a partir de fuentes similares para acercarse a la biografía de cualquier otro personajes ilustre de la Antigüedad.
La intención de esta selección y crítica es construir una imagen de Jesús sobre la base de lo que razonablemente podemos saber en la actualidad acerca del personaje histórico –libre de fábulas y hechos sobrenaturales–utilizando todas las herramientas habituales en la investigación de la historia antigua. La imagen del Nazareno obtenida a través de este procedimiento crítico está escrita con la plena consciencia de que su vida, aun siendo la de un personaje históricamente remoto con numerosas lagunas historiográficas, está totalmente viva en la inmensa mayoría de los cristianos –y en muchos que no profesan dicho credo–, por lo que dicha vida sigue interesando por sí misma.