Alejandro Magno y el oráculo de Amón (I)

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa, al que acudió Alejandro Magno, permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Ahora Edhasa publica una vibrante monografía sobre el macedonio, obra del británico Anthony Everitt, que revela, además de numerosos episodios oscuros de su frenética vida, lo que sucedió durante su visita al oráculo.

Óscar Herradón ©

Se conservan innumerables respuestas de los oráculos de la antigüedad, algunas de cuyas profecías han llegado a hacer historia, hasta el punto de que algunos de los hombres más poderosos llegaron a basar sus decisiones en las sentencias de los mismos, como siglos más tarde reyes y príncipes se basarían en los horóscopos trazados por los astrólogos y en las predicciones de sus magos para tomar decisiones de índole política y militar. En la era helenística la creencia en los milagros estaba muy arraigada, pero sería una constante a lo largo de la historia, al menos hasta que la ciencia tal y como hoy la conocemos hizo su aparición. Aún así, son muchos todavía hoy los que creen en vaticinios milenarios, baste recordar lo que sucedió hace casi una década con la dichosa profecía maya y el una y otra vez mancillado 2012. Y eso que 2020 y 2021 sí que se acercaron bastante más a un Armagedón a causa del dichoso Covid.

Cimón

Grandes líderes del mundo antiguo consultaron a los oráculos, en cuyas sentencias creían sin titubeos. El oráculo de Siwa se hizo mundialmente famoso en el año 450 a.C. por una profecía que afectaba directamente a Cimón, hijo de Milcíades, uno de los políticos y militares más importantes de Atenas, quien envió una delegación al Oráculo de Amón, en el oasis de Siwa, mientras asediaba con su flota la costa de Chipre. Mientras los delegados escuchaban la ambigua respuesta del oráculo, el mandatario moría, lo que fue interpretado como una señal de gran poder profético, noticia que rápidamente se extendió por toda Grecia, haciendo que Siwa se convirtiera en competencia directa de los de Dodona y Delfos. A partir de ese momento, enviados de muchos países emprendieron el duro camino a través del desierto libio, ofreciendo valiosos presentes y sacrificios, con la intención de que Amón les predijera el futuro.

La dinastía argéada y el oráculo

Pero lo que ha hecho que Siwa y su oráculo pasaran a la posteridad fue el interés que uno de los grandes militares de la historia, Alejandro Magno, mostró en él, y los supuestos vaticinios que éste le ofreció cuando acudió a su consulta. Alejandro, que fue educado desde los trece años en la rica cultura griega nada menos que por Aristóteles, era un ferviente creyente, algo que le habían inculcado en la corte de su padre, Filipo de Macedonia, en cuyo reinado, como en el de su hijo, desempeñaron un importante papel los sueños proféticos y los vaticinios oraculares.

Olimpia presenta a un joven Alejandro a Aristóteles, por Gerard Hoet (1648-1733)

Al parecer, tanto Filipo como su esposa, la hermosa Olimpia, habían tenido un extraño sueño de tipo profético antes del nacimiento de Alejandro. Un buen día, el rey envió a su hombre de confianza Querón a consultar el significado de sus sueños al oráculo de Delfos y la respuesta que al parecer le dio la Pitia es que ofreciera sacrificios a Amón y que venerara a éste sobre todos los dioses, lo que quizá provocara que Alejandro decidiera hacer una breve visita al oasis de Siwa. Asesinado su padre, en el 336 a.C., con apenas veinte años pretendía hacerse con la hegemonía sobre Grecia y conquistar nada menos que el poderoso imperio persa. Antes de emprender esta campaña, el joven Alejandro viajó personalmente a Delfos, pero la Pitia ignoró sus preguntas. O eso cuentan las crónicas de sus gestas.

Los oráculos persiguieron al mandatario macedonio durante toda su vida. En el invierno de 334-333 a.C., mientras realizaba de camino a Egipto conquistando una a una todas las ciudades del Asia Menor, en Gordio tuvo lugar el episodio del nudo gordiano; según una profecía oracular, aquel que fuera capaz de deshacer el enorme nudo que sujetaba el timón del carro de Gordias –padre de Midas– y fundador de la ciudad, conquistaría toda Asia. Un nudo casi imposible de deshacer debido al caos de fibras del mismo, que mantenía juntos el yugo y el timón. Alejandro no se lo pensó dos veces, desenvainó su espada y cortó de un tajo la enorme atadura. La fuerte tormenta de rayos y truenos que azotó la noche siguiente Gordio fue interpretada por éste como la aprobación de Zeus, y a causa de ello se proclamó rey de Asia.

El conquistador a las puertas del «más allá»

Parece ser que fue hacia el 331 a.C. cuando el Magno tomó la decisión de acudir personalmente al santuario oracular de Amón, en el desierto egipcio, al oeste, a las puertas de Libia, empresa harto peligrosa teniendo en cuenta que el rey persa Darío había reorganizado su ejército y pretendía contraatacar tras la derrota de Iso. Pero a Alejandro le apremiaba más saber lo que tenía que decir el oráculo.

Ruinas del oráculo de Amón, en Siwa

El historiador romano Quintio Curcio Rufo, en Historia de Alejandro Magno, señala que el rey macedonia sentía «un abrumador deseo» (pothos) de consultar uno de los más célebres oráculos del mundo antiguo, el radicado en el templo de Zeus-Amón. Y ello implicaba emprender un arriesgado viajes desde Egipto por la costa libia y cruzar más de 250 kilómetros de desierto para llegar al oasis de Siwa. Un lugar de especial significancia para Alejandro, pues dos de sus antepasados, imbuidos de la carga simbólica de la mitología y relacionados no solo con la línea genealógica de los hombres, sino también con la divinidad, Heracles y Perseo, lo habían visitado.

Heracles representaba a una figura que por su propia condición de héroe era medio humano y medio divino, ya que había sido engendrado por Zeus, el único humano al que se había concedido la inmortalidad; y Perseo, que había derrotado a la gorgona Medusa, capaz de transformar en piedra a todo aquel que le mantuviese la mirada, también pertenecía a la liga de los semidioses, y el macedonio era un apasionado de la mitología griega, hasta el punto de que consideraba la Ilíada de Homero una suerte de Biblia (y que guardaría con celo en uno de los tesoros más valiosos arrebatados a Darío: un cofre orlado de piedras preciosas que llevaba junto a él a las campañas militares).

Un día de marzo del 331, Alejandro decidió abandonar el campamento del lago Mariut con su escolta militar y adentrarse en terreno desconocido con camellos que transportaban sus víveres, y tras un dificultoso viaje por las condiciones climáticas (viento, aire frío, una feroz tormenta de arena). En cierto momento, cuando estaban sedientos y temerosos de perecer, un pequeño chaparrón permitió calmar su sed y poco después, según cuenta Everitt, pasaron dos cuervos batiendo rápidamente las alas por delante de la comitiva. Supusieron, acertadamente, que las aves se dirigían al oasis de Siwa y Alejandro tomó el mismo rumbo. Según aseguran varias fuentes, todavía hoy habitantes del palmeral consideran el vuelo de un par de cuervos como señal de buen augurio.  

La Pitia de Delfos

En un altozano se levantaba el templo de Zeus-Amón. Por regla general, las representaciones de Amón lo muestran con los rasgos de un hombres con cuernos de carnero, pero en Siwa, la imagen a la que se rendía culto era una piedra con forma de ombligo, el ónfalo, cuajada de esmeraldas y otras piedras preciosas. Cuando se consultaba el oráculo, ochenta sacerdotes escoltaban el sagrado objeto, previamente colocado en un barco de oro de cuyas borlas pendías copas de plata, dando la sensación de que se movía solo con la cadencia de los religiosos. Asimismo, un coro de mujeres seguía a la embarcación entonando himnos sagrados, mientras uno de los oficiantes interpretaba los desplazamientos que efectuaba la nave en respuesta a las preguntas que se le hacían al oráculo. Debió ser un espectáculo digno de contemplar.

En el interior del santuario

Plutarco

Una vez instalada la comitiva en el oasis, Alejandro ascendió por el sendero que conducía hasta el santuario y cruzó los umbrales de la primera de las dos salas que se abrían en él. Según narra Plutarco en Obras morales y de costumbres, salió a recibir al macedonio un anciano ungido con dotes de videntes y le dijo: «Regocíjate, hijo mío». Cuenta Everitt en su detallada monografía que era habitual que los altos dignatarios llamaran «hijo de Amón» a los sucesivos faraones, y Alejandro ya había sido ungido como tal en Egipto tras su conquista del país del Nilo. La fórmula respondía, por tanto, a la cortesía protocolaria.

Siwa

Acto seguido, el religioso indicó al Magno que «Amón [es decir, Zeus] es por naturaleza el padre de todos los hombres». Aunque probablemente no era más que una aseveración de carácter ceremonioso y habitual, destinada en este caso a agasajar al célebre consultante (sobre cuya existencia y gestas es posible que tuvieran ya noticia en un lugar tan apartado como Siwa), Alejandro entendió que se trataba de un mensaje directo del dios, lo que vino a reafirmarle en sus sospechas y creyó ser realmente el hijo de Zeus. A continuación, el guardián del templo lo condujo hasta el segundo vestíbulo; lo cruzó y lo introdujo en una suerte de pequeño tabernáculo. El tonsurado escuchó las preguntas del soberano y lo más probable –incide Everitt– es que abandonara un momento el oratorio para poder contemplar las evoluciones del navío divino para pasar después a exponer sus interpretaciones sobre ello.

Alejandro quiso saber luego si estaba destinado o no a gobernar el mundo. El clérigo, probablemente un adulador que conocía sus hazañas, quizá con cierto temor a su reacción, le respondió que el dios se mostraba de acuerdo en tales expectativas. Luego, el macedonio preguntó: «¿Han sido castigados ya todos los asesinos de mi padre?». Al escucharlo, el sacerdote se vio en la obligación algo temeraria de corregirlo, pues si Amón era quien lo había engendrado, resultaba evidente que no solo no podía ser acuchillado (como le sucedió a Filipo), sino que, en su divina condición, no conocía la muerte. En cualquier caso, el religioso confirmó que los magnicidas habían pagado por su execrable crimen, sin excepción.

Alejandro consultando el oráculo de Apolo, por Louis-Jean-François Lagrenée (1724-1805)

Everitt sugiere la posibilidad de una gran conspiración –nunca desvelada– según la cual Alejandro pudo estar involucrado en la muerte de su progenitor, e incluso que su propia Madre, Olimpia, que sugirió en más de una ocasión que el Magno pudo ser hijo del adulterio (disfrazado de alumbramiento divino) se hubiese hallado secretamente metida en el regicidio. Quién sabe. Todo cuanto se dijo entre aquellas paredes quedó entre Alejandro y el sacerdote visionario. Magno ofreció valiosas ofrendas a Amón y en otra ocasión volvió solo al templo. Tanto la pregunta como la respuesta que recibió entonces continúan siendo otro de tantos enigmas históricos. Según Plutarco, se llevó el secreto a la tumba, pues moría el año 323 a.C. en Babilonia.

Lo que sí es seguro es que después de su segunda consulta al oráculo de Amón, Alejandro estaba cada vez más seguro de su «ascendencia divina» y llegó a comunicar a un amigo que su deseo era ser enterrado cerca del templo de Amón, en Siwa, aunque parece ser que su deseo no se cumplió; ante el temor de los saqueos en el desierto, Ptolomeo I, general de los ejércitos de Alejandro y posterior mandatario de Egipto, erigió un mausoleo monumental en Alejandría, aunque todavía son muchos los que creen que el cuerpo del gran general permanece escondido en algún lugar desconocido del oasis. Como otros secretos de la historia, permanece sepultado por las arenas del tiempo.

PARA SABER MUCHO MÁS:

Alejandro Magno, de Anthony Everitt (Edhasa, 2021)

Como he señalado en el post, Edhasa acaba de publicar un sensacional ensayo sobre el conquistador macedonio. El académico inglés Anthony Everitt es especialista en literatura y en arte, a lo largo de su dilatada carrera ha ocupado diversos puestos directivos en instituciones como el Arts Council de Gran Bretaña o el Liverpool Institute of Performing Arts (LIPA). Colaborador habitual de medios como The Guardian, ha publicado otras biografías sobre grandes figuras de la antigüedad clásica, como el emperador Augusto o Cicerón, cuya publicación en castellano corrió a cargo también de Edhasa.

En la que probablemente sea la biografía definitiva de Alejandro Magno, Everitt responde a quién fue realmente el macedonio en su tiempo. Han sido muchas las teorías y estudios sobre el personajes, pero en este monumental ensayo biográfico el autor lo juzga conforme a los criterios de su época, considerando todas las posibles contradicciones.

Podemos, ahora sí, conocer al príncipe macedonio: naturalmente curioso y fascinado por la ciencia y la exploración, fue un hombre que disfrutaba de las artes. A medida que conquistaba más y más tierras y veía su imperio crecer, Alejandro mostró respeto por las tradiciones de sus nuevos súbditos y un juicio cuidadoso al gobernar sobre tan vastos territorios. Pero también su vida tuvo un lado oscuro: conquistador empedernido que construyó el imperio más grande de la historia hasta el momento, también glorificó la guerra y fue conocido por cometer actos de notable crueldad. Él confiaba en detenerse sólo al llegar al océano Pacífico, pero todo se acabó antes, con su prematura muerte a los treinta y tres años.

He aquí el enlace para adquirir la biografía definitiva del más grande estratega de la historia:

https://www.edhasa.es/libros/1291/alejandro-magno

Quemar libros: historia de la destrucción del conocimiento (II)

Desde el mismo momento en que el hombre ha compilado el saber, otros se han encargado de destruirlo. La historia está llena de episodios de quema de libros, y ahora un ensayo del bibliotecario de Bodley, en Oxford, Richard Ovenden, publicado por Crítica, nos recuerda ese ignominioso ejercicio de desmemoria a través de los episodios más destacados desde el más remoto pasado hasta la actualidad.

Óscar Herradón ©

En el año 306 a.C. subió al poder Ptolomeo I Sóter en Alejandría (Egipto). Fue la misma época en la que un griego brillante y erudito, de nombre Demetrio de Falera, arribó a la mítica ciudad procedente de Tebas, tras un largo exilio que le había obligado a abandonar Atenas. Ambos personajes trabaron una profunda amistad y el monarca, aconsejado por Falera, procedió a la construcción de un edificio consagrado a las musas y al que dio el nombre de museo que, poco tiempo después, contó con una enorme biblioteca. Fue el germen del futuro gran centro del saber del mundo antiguo.

Falera

Demetrio, según narra la Carta de Aristeas a Filócrates, fechada en el siglo II a.C., recibió grandes sumas de dinero del rey «para adquirir, de ser posible, todos los libros del mundo». De esta forma, la biblioteca más importante de la antigüedad fue reuniendo un inmenso catálogo de libros de las más variadas temáticas. Falera, uno de los hombres más brillantes de su tiempo, profundamente preocupado por el saber, se embarcó en la ardua tarea de traducir al griego todos los textos judíos del Antiguo Testamento. Para ello, contó con un grupo de traductores hebreos procedentes del barrio judío de Alejandría, a instancias de Ptolomeo I y el sumo sacerdote Eleazar. Durante setenta y dos días se tradujeron las Sagradas Escrituras en su totalidad.

Pero no solo los ancestrales conocimientos de la religión judía interesaron al maestro Demetrio, éste intentó almacenar la mayor cantidad posible de saber humano. Por ley, todos los viajeros que pasaban por Alejandría debían donar una obra a la biblioteca del museo, cuya descripción únicamente se conserva en un antiguo documento de dudosa autenticidad. Parece ser que el museo formaba parte de los palacios de la realeza y contaba con un paseo, una gran casa donde se situaba el refectorio y largos pasillos en cuyas paredes se colocaron fantásticas obras pictóricas. Como curiosidad, contaba con un zoológico y un jardín botánico que albergaba los más raros animales y las más extrañas plantas del mundo.

La biblioteca era el edificio más admirado; en un principio utilizada únicamente como sala de consulta, contó con diversas ampliaciones, entre las que se encontraba la conocida como biblioteca del Serapeum, templo edificado en honor de la deidad sincrética greco-egipcia Serapis y que estaba situado a pocos metros del edificio del museo –de esta forma, parece ser que la famosa biblioteca de Alejandría estaba dividida en dos—. Al parecer, las paredes del Serapeum daban cobijo a iluminados que pernoctaban intramuros, consultando los libros en busca de algún tipo de revelación.

Ruinas del Serapeum de Alejandría en la actualidad (Source: Wikipedia)

A pesar de su impresionante labor, Falera no consiguió el puesto de director de la biblioteca que tanto anhelaba. Años después de haberse convertido en uno de los personajes más relevantes de la sociedad alejandrina, el erudito cayó en desgracia cuando el sucesor de su amigo el monarca, Ptolomeo II Filadelfo, lo expulsó de la ciudad como a un perro. Parece ser que hacia el año 285 a.C., en el Bajo Egipto, murió tras ser mordido por un áspid, la famosa serpiente que acabó con la vida de la reina Cleopatra años después. Con la muerte de Falera la historia humana perdía una de sus mentes más brillantes y a uno de los primeros y más importantes impulsores del conocimiento. Nadie sabe cómo llegó la serpiente a morderle; algunos hablan de suicidio, otros de asesinato…

Zenódoto

El primer director de la biblioteca fue Zenódoto de Éfeso (325-260 a.C.) quien fue sucedido más tarde por Apolonio de Rodas y éste a su vez por el enigmático Eratóstenes, en tiempos de Ptolomeo III Evergetés. Son figuras apasionantes de las que la historia, por desgracia, nos ha legado muy poca información. Eratóstenes fue un hombre profundamente sabio y adelantado a su tiempo. Una vez convertido en director del centro, emprendió profundos estudios en los que combinaba la investigación científica con el análisis literario. Uno de sus más misteriosos y afamados descubrimientos fue la medición de la circunferencia de la Tierra, que estimó en 252.000 estadios (unos 39.690 kilómetros). En pleno siglo XX, las más exactas mediciones de la circunferencia terrestre, gracias a la intercesión de satélites y potentes computadoras- está en 40.067’96 kilómetros.

Paradójicamente, el dogma ortodoxo cristiano y su visión del mundo, convirtieron la Tierra en una extensión en planicie a lo largo de muchos y oscuros siglos medievales –y también hoy, cuando el terraplanismo vuelve a ganar fuerza en los cenagales del Big Data–. Los primeros que se atrevieron a afirmar otra concepción de la misma, redonda, girando alrededor del sol, como Copérnico o Galileo, fueron acusados de herejes, algunos de ellos ejecutados (como Giordano Bruno), curiosamente, un hombre que había vivido muchos siglos antes de todo esto ya conocía el verdadero aspecto de nuestro planeta.

¿Qué extraños conocimientos se perdieron en Alejandría?, ¿cómo logró un hombre del siglo II a.C., con los rudimentarios utensilios que se supone había en su época, ajustarse tanto a la longitud real de dicha circunferencia?, ¿pudo haber utilizado oscuras artes mágicas para lograrlo?, ¿quizá algún libro de la enigmática biblioteca? Como tantos otros episodios de la historia humana, continúa siendo un misterio que quizá nunca logremos desentrañar.

La destrucción del Templo del Saber antiguo

La historia de la biblioteca de Alejandría está irremediablemente ligada a los intentos por destruirla, en una interminable sucesión de ataques contra sus pilares y sus libros. Al parecer, la primera destrucción del mítico edificio data del año 48 a.C., cuando el más grande de los emperadores romanos, Julio César, se inclinó a favor de Cleopatra en la lucha por el trono de Egipto. Cuando la flota egipcia fue reducida a cenizas en el puerto de Alejandría, según el testimonio de Dión Casio recuperado por Fernando Báez, se destruyeron unos depósitos de libros que esperaban su entrada en el centro. Al parecer, ardieron 40.000 rollos de pergamino, aunque esta cifra no ha podido ser confirmada. Lo que parece poco probable es que César, que ordenó el ataque, pretendiera destruir libro alguno, pues no parece ser la forma de actuar de un hombre que escribió una obra de la talla de La Guerra de las Galias, aunque fueron varios los eruditos que mostraron una fuerte tendencia biblioclasta, a destruir libros y textos, como el mismísimo Platón, del que se conocen episodios famosos de destrucción y quema de escritos.

Más tarde, parece ser que fueron los cristianos quienes quemaron el mítico edificio. Comandados por Teófilo, atacaron el Serapeum en el año 389 y la biblioteca dos años después, según algunos historiadores, aunque tampoco está claro. Las crónicas recogen que, al concluir el saqueo, las muchedumbres de cristianos enfurecidas demolieron las paredes, destruyeron los iconos paganos y llenaron el templo de cruces. Se sabe que Teófilo mandó destruir el Serapeum, pero no hay consenso entre los historiadores sobre quién ordenó la quema de libros; algunos atribuyen el libricidio a los mismos cristianos comandados por éste, otros, en cambio, a las hordas musulmanas de un servidor de Omar I, algunos siglos después –entre el VI y el VII d.C.– en su conquista de Egipto.

En la actualidad, la tesis de la destrucción árabe de la mítica biblioteca ha perdido fuerza, desviando de nuevo la atención hacia los romanos, que habrían llevado a cabo diversas incursiones en la legendaria ciudad arrasando por completo la biblioteca y el museo. Existen, no obstante, más hipótesis sobre la misteriosas desaparición del mayor registro de libros de la antigüedad: pudo deberse, entre otras cosas, a los efectos de un terremoto, e incluso a la negligencia de aquellos encargados de velar por la seguridad del colosal edificio.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BÁEZ, Fernando: Historia universal de la destrucción de libros. Destino (Imago Mundi), 2004.

Ovenden

Recientemente, Crítica publicaba Quemar libros. Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento, del bibliotecario de Bodley desde 2014 (y que ocupa el cargo de alto ejecutivo de las Bibliotecas Bodleianas de la Universidad de Oxford) Richard Ovenden. Nadie mejor que él para repasar la historia de la destrucción del saber, pues con anterioridad desempeñó distintos puestos en la Biblioteca de la Universidad de Durham, la Biblioteca de la Cámara de los Lores, la Biblioteca Nacional de Escocia y la Universidad de Edimburgo, siendo además Tesorero del Consorcio de Bibliotecas de Investigación Europeas, Presidente de la Coalición pra la Conservación Digital y miembro de la Junta del Consejo de Recursos de Bibliotecas e Información de Washington D.C. Casi nada.

El autor toma como punto de partida la infame quema de libros «no germánicos» y judíos de 1933 en la Bebelplatz de Berlín (a la que siguieron numerosas quemas en otras universidades del país) instigada por el Ministro de Propaganda de la Alemania nazi Joseph Goebbels. Aquel acto de intransigencia y fanatismo daba una idea bastante inequívoca sobre las intenciones del nacionalsocialismo: se cumplía la máxima de «se empieza quemando libros, y se acaba quemando hombres». En Quemar libros, nos sumergimos en un viaje de 3.000 años a través de la destrucción del conocimiento y la lucha por preservarlo de los biblioclastas de todo color y pelaje.

Así, descubrimos que los ataques a las bibliotecas han sido una constante desde la antigüedad, pero que lamentablemente han incrementado su frecuencia e intensidad en la Edad Moderna. Baste recordar la destrucción de la cultura promovida por el ISIS o la destrucción de un millón de libros en Irak tras la segunda invasión norteamericana. El hombre cometiendo una y otra vez los mismos errores del pasado.

John Murray

Como evidencia Ovenden en estas apasionadas (y apasionantes) páginas, las bibliotecas son mucho más que almacenes de literatura; al conservar documentos legales como la Carta Magna o registros censales, también defienden la ley y los derechos de los ciudadanos –de ahí que numerosos tiranos y dictadores hayan puesto gran empeño y medios en destruirlas–; el libro se traza un análisis completo, desde lo que realmente sucedió con la Biblioteca de Alejandría , como hemos visto en el post, hasta los papeles de la generación Windrush (el denigrante trato a la generación de inmigrantes caribeños que llegaron a Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial), y desde Donald Trump borrando tuits vergonzosos (que normalmente alguién ya había capturado) hasta la compañía editorial inglesa John Murray quemando las memorias de Lord Byron en nombre de la censura.

Quemar libros es también la historia de los que defendieron el saber frente a la intolerancia, la de un sorprendente abanicos de arqueólogos autodidactas, aventureros, filántropos, poetas, activistas y bibliotecarios que recorrieron un heroico camino para conservar y rescatar el conocimiento, también en los grandes conflictos bélicos de la historia, con la noble intención de conservar y rescatar el conocimiento y garantizar así la supervivencia de la civilización, que no es nada si no está respaldada en el saber y la tolerancia.

The Times no escatima elogios hacie el libro: «Apasionante e iluminador. Este espléndido libro revela cómo, en el mundo actual de noticias falsas y hechos alternativos, las bibliotecas se mantienen como desafiantes guardianes de la verdad».

He aquí la forma de adquirirlo en papel y en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-quemar-libros/329802

Quemar libros: historia de la destrucción del conocimiento (I)

Desde el mismo momento que el hombre ha compilado el saber, otros se han encargado de destruirlo. La historia está llena de episodios de quema de libros, y ahora un ensayo del bibliotecario de Bodley, en Oxford, Richard Ovenden, publicado por Crítica, nos recuerda ese ignominioso ejercicio de desmemoria a través de los episodios más destacados desde el más remoto pasado hasta la actualidad.

Óscar Herradón ©

Quema de libros en la Bebelplatz de Berlín por los nazis

La historia del hombre ha visto como eran destruidos millones de textos de la mano de no pocos personajes, que Fernando Báez, miembro de la UNESCO y autor del ensayo Historia Universal de la Destrucción de Libros,  denomina «biblioclastas», esto es, amantes de la destrucción de escritos y bibliotecas. Según los historiadores y expertos en la materia, el primer bibliocasta en masa fue el emperador chino Shi Huangdi, apodado «el destructor», famoso por ordenar la construcción de la Gran Muralla y por mandar que lo enterraran en una monumental tumba en Xianyang, custodiada por un ejército de miles de soldados de terracota en los que trabajaron unos 700.000 hombres durante casi cuarenta años. Gran guerrero y mejor conquistador, en el año 215 a.C. Huangdi, tras reducir numerosos feudos y arrasar cientos de territorios asesinando a sus administradores, logró edificar uno de los imperios más colosales de Oriente.

El Destructor mandó crear una gran biblioteca –generalmente, y aunque parezca una contradicción, los destructores de libros sintieron especial interés por diversos campos del saber– en la que promovió los textos favorables a su régimen, confiscando el resto de los escritos. Sus soldados recorrían casa por casa recogiendo todos los libros que encontraban a su paso; tras las incómodas visitas, encendían grandes piras y los quemaban ante los ojos atónitos de sus poseedores. Si alguien cometía la osadía de ocultar un libro y era descubierto, se le enviaba a trabajar en la construcción de la Gran Muralla, empresa realmente temida, pues fue la tumba de miles de hombres.

Durante su mandato, numerosas personas fueron torturadas y algunas asesinadas por el tremendo desafío de cobijar textos, y cientos de libros destruidos; entre ellos, los que promulgaban las enseñanzas de Confucio, dogma que Shi Huangdi odiaba especialmente. Curiosamente, la biblioteca edificada por el primer biblioclasta de la historia desapareció en el año 206 a.C. tras la guerra civil que asoló el país. El emperador, que no fue capaz de evitarlo, supo entonces qué significaba perder los libros entre las llamas.

Saqueo de Bukhara

El Imperio Mongol fue proclive también a la destrucción de los textos de sus opositores. Cuando el temido Gengis Khan atacó con sus tropas la mezquita de Bukhara, algunos cofres llenos de libros y de manuscritos sagrados fueron llevados al patio y eliminados. Según la crónica de lo sucedido, los cofres, celosos guardianes de la sabiduría de todo un pueblo, se utilizaron como pesebres en las caballerizas. Años después, su descendiente Hulagu Khan, realizó una acción similar en la ciudad de Bagdad, que volvería a sufrir el azote de la intolerancia en 2003, durante la Segunda Guerra de Irak, con la destrucción de gran parte de su legado cultural. Cuando Hulagu Khan arrasó este territorio, corría el año 1257; poco más de cien años después, en 1393, Tamerlán asoló Siria, eliminando todos los libros de sus enemigos. Casos similares en la antigüedad pueden contarse a centenares, y después. 

Bibliotecas en llamas

El amor al saber de algunos ha estado ligado desde tiempos inmemoriales por el afán de otros por destruir todo aquello que suponía un avance del pensamiento. No solo el libro, de forma aislada, como en la China de Shi Huangdi o en la Alemania nazi, fue destruido; el hogar de éste por excelencia, la biblioteca, no ha corrido mejor suerte que los escritos que se ocupó de albergar entre sus paredes, propensas a ser reducidas a escombros por las tristes acciones de la intolerancia humana.

Así, la historia de la construcción de estos templos del saber aparece irremediablemente ligada a la historia de su destrucción, en ocasiones por causas naturales –incendios, terremotos, inundaciones…–, pero principalmente a causa del hombre. Cientos de bibliotecas históricas fueron pasto de las llamas y con ellas se perdió su inmensa riqueza cultural, centros de los que solo tenemos referencia a través de las citas o relatos de antiguos historiadores, escritores o cronistas. Fue el caso de bibliotecas legendarias como la de Alejandría o la de Pérgamo, contemporánea de la primera, que probablemente no dieran cobijo a ningún libro con poderes sobrenaturales, fruto más de la leyenda que de la realidad, pero que fueron, sin duda alguna, un vasto almacén de sabiduría cuya pérdida supuso un retroceso de siglos en el avance de la ciencia y el pensamiento del hombre.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BÁEZ, Fernando: Historia universal de la destrucción de libros. Destino (Imago Mundi), 2004.

Recientemente, Crítica publicaba Quemar libros. Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento, del bibliotecario de Bodley desde 2014 (y que ocupa el cargo de alto ejecutivo de las Bibliotecas Bodleianas de la Universidad de Oxford) Richard Ovenden. Nadie mejor que él para repasar la historia de la destrucción del saber, pues con anterioridad desempeñó distintos puestos en la Biblioteca de la Universidad de Durham, la Biblioteca de la Cámara de los Lores, la Biblioteca Nacional de Escocia y la Universidad de Edimburgo, siendo además Tesorero del Consorcio de Bibliotecas de Investigación Europeas, Presidente de la Coalición pra la Conservación Digital y miembro de la Junta del Consejo de Recursos de Bibliotecas e Información de Washington D.C. Casi nada.

Goebbels

El autor toma como punto de partida la infame quema de libros «no alemanes» y judíos de 1933 en la Bebelplatz de Berlín (a la que siguieron numerosas quemas en otras universidades del país) instigada por el Ministro de Propaganda de la Alemania nazi Joseph Goebbels. Aquel acto de intransigencia y fanatismo daba una idea bastante inequívoca sobre las intenciones del nacionalsocialismo: se cumplía la máxima de «se empieza quemando libros, y se acaba quemando hombres». En Quemar libros, nos sumergimos en un viaje de 3.000 años a través de la destrucción del conocimiento y la lucha por preservarlo de los biblioclastas de todo color y pelaje.

Así, descubrimos, como señalábamos en la primera parte de este post, que los ataques a las bibliotecas han sido una constante desde la antigüedad, pero que lamentablemente han incrementado su frecuencia e intensidad en la Edad Moderna. Baste recordar la destrucción de la cultura promovida por el ISIS o la destrucción de un millón de libros en Irak tras la segunda invasión norteamericana. El hombre cometiendo una y otra vez los mismos errores del pasado.

Byron

Como evidencia Ovenden en estas apasionadas (y apasionantes) páginas, las bibliotecas son mucho más que almacenes de literatura; al conservar documentos legales como la Carta Magna o registros censales, también defienden la ley y los derechos de los ciudadanos –de ahí que numerosos tiranos y dictadores hayan puesto gran empeño y medios en destruirlas–; el libro se traza un análisis completo, desde lo que realmente sucedió con la Biblioteca de Alejandría (asunto del que nos ocuparemos en el siguiente post) hasta los papeles de la generación Windrush (el denigrante trato a la generación de inmigrantes caribeños que llegaron a Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial), y desde Donald Trump borrando tweets vergonzosos (que normalmente alguién ya había capturado) hasta la compañía editorial inglesa John Murray quemando las memorias de Lord Byron en nombre de la censura.

Richard Ovenden (Source: Wikipedia)

Quemar libros es también la historia de los que defendieron el saber frente a la intolerancia, la de un sorprendente abanicos de arqueólogos autodidactas, aventureros, filántropos, poetas, activistas y bibliotecarios que recorrieron un heroico camino para conservar y rescatar el conocimiento, también en los grandes conflictos bélicos de la historia, con la noble intención de conservar y rescatar el conocimiento y garantizar así la supervivencia de la civilización, que no es nada si no está respaldada en el saber y la tolerancia.

The Times no escatima elogios hacie el libro: «Apasionante e iluminador. Este espléndido libro revela cómo, en el mundo actual de noticias falsas y hechos alternativos, las bibliotecas se mantienen como desafiantes guardianes de la verdad».

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