Barbarroja 1941. La guerra absoluta

Ático de los Libros publica este monumental ensayo sobre la operación de conquista del Tercer Reich en el Este de Europa firmado por dos de los mayores especialistas franceses en el frente germano-soviético, Jean Lopez y Lasha Otkhmezuri. Una crónica total, el vibrante relato de la mayo campaña de la Segunda Guerra Mundial.

Óscar Herradón ©

Barbarroja 1941. La guerra absoluta reconstruye en casi mil páginas, publicadas en castellano en una edición que corta el aliento por Ático de los Libros, una de nuestras editoriales favoritas, la campaña que abrió el frente del Este, y lo hace no como una crónica militar más sino como una síntesis de quince años de trabajo de estos autores, dos de los mayores especialistas franceses en el frente germano-soviético.

Zhúkov.

Este Barbarroja 1941 es uno de los ensayos de historia militar más ambiciosos publicados sobre el frente del Este en la última década. Jean Lopez dirige la revista francesa Guerres & Histoire y se ha especializado en la estrategia del frente oriental de la Segunda Guerra Mundial; antes de este libro ya había coordinado una infografía de gran éxito sobre el conflicto global. Lasha Otkhmezuri, antiguo diplomático, se asoció con Lopez en 2013 para firmar una biografía del mariscal soviético Gueorgui Zhúkov que tuvo notable repercusión, así como un estudio sobre el Ejército Rojo, y ese tándem es el que vuelve a trabajar aquí el terreno particularmente sangriento de la operación que Hitler bautizó con el nombre del emperador medieval Federico Barbarroja (Barbarossa).

El libro arranca el 22 de junio de 1941, día en que más de tres millones de soldados alemanes cruzaron la frontera soviética en la mayor ofensiva militar jamás desplegada hasta entonces, y cierra su relato el 31 de diciembre de ese mismo año, con la Wehrmacht detenida a las puertas de Moscú tras el fracaso de la operación Tifón. Pero el verdadero valor del libro no está solo en el relato de esos seis meses de combate, sino en cómo lo enmarca: los autores rechazan la tesis simplista de que la invasión de la Unión Soviética nace directamente de las páginas de Mein Kampf, el testamento político de Adolf Hitler, y prefieren rastrear sus raíces en una relación germano-rusa mucho más larga, que atraviesa la Primera Guerra Mundial y las convulsiones revolucionarias antes de desembocar en el ascenso paralelo del nazismo y el estalinismo de los años treinta.

Estructuralmente, la obra se organiza en varias partes que avanzan desde esa génesis lejana hasta el detalle casi hora a hora de las operaciones, y ese contraste de escalas es su seña de identidad. Por un lado hay una reconstrucción minuciosa de la toma de decisiones en Berlín y en Moscú, de las propagandas enfrentadas, de las disputas entre los altos mandos de ambos ejércitos y de la maquinaria política de los dos regímenes totalitarios. Por otro, un relato de guerra de enorme precisión técnica: cronologías de batalla, número de regimientos y nombres de sus comandantes, cifras de bajas, logística de material, movilización industrial y el papel de la retaguardia, las fábricas y los transportes.

Operación de exterminio y colonización

El libro insiste, además, en presentar Barbarroja como una guerra de exterminio y de colonización por parte de la Wehrmacht, frente a un Ejército Rojo que se desangra atrapado entre el fuego de un enemigo sin piedad y la propia represión estalinista, y dedica un espacio considerable a las masacres de población civil y a las cifras humanas del desastre: en apenas doscientos días murieron más de cinco millones de personas, entre soldados y civiles, mientras se enfrentaban unos diez millones de combatientes, treinta mil aviones y veinticinco mil carros de combate.

Firma del Pacto Ribbentropp-Mólotov.

Uno de los aspectos más comentados del libro es su voluntad de desmontar mitos consolidados sobre esa campaña. El más señalado es el del patriotismo ruso espontáneo como clave de la resistencia soviética: la idea, muy repetida, de que Stalin habría apelado con éxito al orgullo nacional ruso, incluso apoyándose en la Iglesia ortodoxa, para sostener la moral del país. Los autores matizan ese relato con documentación de primera mano, entre ella la llamada a las armas lanzada el mismo 22 de junio de 1941 por el metropolita de Moscú, y muestran que la relación entre el poder soviético y ese supuesto despertar patriótico fue mucho más ambigua y tardía de lo que la memoria oficial posterior quiso transmitir.


Richard Stein, en su reseña para la Fondation Charles de Gaulle, subraya que la obra no se limita a narrar los hechos militares sino que los cruza con un análisis económico, psicológico, político e ideológico de las decisiones tomadas en ambos estados mayores, y valora especialmente que Lopez y Otkhmezuri mantengan un paralelismo constante entre la acción y la reacción de los dos bandos, algo que Stein considera poco frecuente en una historiografía que suele mirar la guerra solo desde el lado alemán o solo desde el soviético, ya que estudiar el conflicto desde un único punto de vista pone en duda la neutralidad del historiador. Esa arquitectura, señala, dedica un tercio del libro, repartido en dos partes, a todo el camino que condujo hasta la guerra, antes de entrar en la campaña propiamente dicha

También es notable el retrato que los autores hacen, insisto, de Stalin como jefe de guerra, un juicio durísimo del gran líder soviético: Stalin apenas entendía cómo se desarrollaban realmente las operaciones, descuidaba la organización, imponía una rotación de mandos destructiva y mostraba un desprecio aterrador por las pérdidas humanas de sus generales. Frente a esa brutalidad, los autores sostienen una tesis casi sorprendente: la ofensiva alemana estaba condenada desde el primer día, no por la resistencia soviética en Moscú en diciembre, sino por el desgaste continuo de la Wehrmacht desde el 22 de junio. Es decir, la derrota de Hitler ya estaba inscrita en el propio plan Barbarossa («Barbarroja»), y la contraofensiva de Zhúkov ante Moscú no hizo sino revelar y agravar un fracaso que ya era evidente antes de ella. Esta lectura reduce, casi hasta anularlo, el papel de salvador paradójico que otros relatos atribuyen a Stalin.

La dimensión ideológica del conflicto

Esa dimensión ideológica del conflicto es, para varios críticos, el verdadero centro del libro. Benoît Rondeau señala que uno de los rasgos más marcados del texto es poner de relieve el componente ideológico de la guerra y sus consecuencias directas sobre el terreno, hasta el punto de que Barbarroja resulta ininteligible sin el proyecto de colonización hitleriano del Este y sin la voluntad de esclavizar a las poblaciones eslavas. Insiste en que ese marco ideológico explica también por qué no cabía ningún compromiso que pusiera fin a las hostilidades, ya que el objetivo alemán era la aniquilación lisa y llana de la Unión Soviética, y destaca además cómo los autores retratan la paranoia de Stalin, capaz de imaginar una connivencia secreta entre Londres y Berlín. Colosal y magistral son las palabras que vienen a la mente tras la lectura de esta suma extraordinaria, un libro que marcará un antes y un después en la bibliografía sobre el tema. 

En el terreno académico, la revista quebequesa Cahiers d’histoire, a través de la reseña de Louis Marcoux, confirma que el libro se ha convertido en referencia obligada en los estudios universitarios sobre el frente del Este, lo que da una medida de su recepción fuera del circuito puramente divulgativo. Y el Webzine cultural Froggydelight resume el consenso general al describir la obra como un libro que recorre desde el Kremlin hasta el cuartel general del Führer, de los estados mayores de los frentes a los grupos de ejércitos, del NKVD a los Einsatzgruppen (escuadrones de ejecución itinerantes de las SS), de las columnas en marcha a las fábricas y a las fosas de ejecución, subrayando así la voluntad de los autores de abarcar tanto la dimensión militar como la genocida del conflicto.

Es, en definitiva, un libro pensado para el lector de historia militar dispuesto a sumergirse en el detalle extremo, apoyado en una masa ingente de fuentes, diarios personales, informes militares y análisis posteriores, y que reivindica el relato de las operaciones sin renunciar por ello a la pregunta política de fondo: por qué aquella campaña, y sobre todo su fracaso final ante Moscú, terminó siendo la matriz de algunas de las peores atrocidades del siglo veinte en el frente oriental.

Algo quedará de nosotras (Galaxia Gutenberg)

La crítica literaria y ensayista especializada en literatura contemporánea, y europea en particular, Mercedes Monmany, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, publica la estremecedora y valiente historia de diez heroínas de la Resistencia antinazi en el campo de concentración de Ravensbrück, que publica Galaxia Gutenberg.

Óscar Herradón ©

Se hallaba a 90 kilómetros al norte de Berlín y operó entre 1939 y 1945, con la caída del nazismo. El campo de concentración y exterminio de Ravensbrück, como otros KZ (konzentrationslager) del Tercer Reich, fue sinónimo del mal absoluto. En el marco de los aterradores experimentos médicos nazis, este campo ocupó un papel capital en la ignominia de las SS. Para la comprobación del efecto de determinados fármacos (entre ellos las sulfamidas) y de métodos de tratamiento para las lesiones y enfermedades a las que estaban expuestos los soldados alemanes en el frente, se utilizaron mujeres –en su mayoría detenidas políticas de origen polaco– a las que se causaban terribles heridas de forma intencionada que después eran tratadas por los facultativos según el caso.

Karl Gebhardt.

Aquellas desdichadas jóvenes de no más de veinte años la mayoría acabarían siendo conocidas como «las conejillas de Ravensbrück» y habrían de sufrir más que ningún otro paciente de los doctores de la muerte de las SS (y eso es mucho decir, si tenemos en cuenta las depravaciones que se llevaron a cabo en Auschwitz-Birkenau o Dachau, entre otros KZ). Por orden de Karl Gebhardt, al frente de la medicina en los campos siguiendo las directrices del Reichsführer-SS Heinrich Himmler, se les realizaban trasplantes de órganos, nervios e incluso huesos (a una interna se le llegó a extirpar la escápula que se le trasplantó a una paciente del hospital de Hohenlychen).

Lo más habitual era provocarles deliberadamente heridas en las que los doctores y enfermeros nazis inoculaban bacterias causantes de la gangrena y otras enfermedades graves. Después, dejaban a las prisioneras días enteros hasta que la enfermedad se desarrollaba. En ocasiones les administraban fármacos y en otras únicamente veían la evolución de la misma o realizaban la extirpación de los miembros infectados sin usar anestesia.

Muestra de los terribles experimentos nazis en los Juicios de Núremberg.

Algunos testigos afirmaron más tarde en Núremberg que los gritos de las internas eran espantosos, «como si no fueran humanos», y el olor debido a las infecciones insoportable. Y aquellos individuos se hacían llamar médicos… El número de infectadas llegó a las 75 internas; en ocasiones, para simular las condiciones de una herida de bala, se introducían en las heridas abiertas fragmentos de cristales, astillas de madera e incluso tierra, y posteriormente se procedía a realizar torniquetes a ambos lados de la incisión para frenar la circulación sanguínea y ver la reacción en la zona, que se vendaba con apósitos impregnados en diferentes sulfamidas; muchas de las mujeres eran devueltas al trabajo en el campo teniendo que soportar los dolores de las heridas, al menos las que podían aún levantarse de la cama… Murieron alrededor de 65 mujeres en las peores condiciones, y como ya era moneda común en estos laboratorios del horror, el SS Gebhardt tampoco obtuvo resultado positivo alguno, solo cadáveres, aunque demostró a Himmler y a Hitler que había hecho todo lo posible por salvar la vida de Reinhard Heydrich tras sufrir un atentado de la Resistencia en Praga en 1942.

Klauberg.

También en Ravensbrück se llevaron a cabo experimentos de esterilización realizados por el célebre ginecólogo Carl Clauberg, que dispuso de 200 mujeres de entre 20 y 40 años, casi todas judías, a las que inyectó en el útero una especie de cemento líquido, formalina, con la intención de causar su esterilidad, inyecciones que provocaron terribles quemaduras a las víctimas, muchas de las cuales murieron. La esterilización de las «razas inferiores» (como gustaba el régimen en llamar a los que no eran arios sin mácula) era una de las obsesiones de los médicos nazis y del propio Himmler y a conseguirla mediante un método más rápido y eficaz que la vasectomía y la ligadura de trompas se dedicaron también los esfuerzos del profesor Horst Schumann, en este caso en Auschwitz, que en septiembre de 1943 contó con un gran número de mujeres de entre 16 y 18 años para sus pruebas.

Schumann con Clauberg.

Su método consistía en la exposición de las prisioneras a altas dosis de rayos X que eran orientados hacia sus genitales. En un primer momento las mujeres, que desconocían las intenciones de Schumann –quien no les avisaba de la exposición a la radiación–, no sentían nada, pero pocos minutos después empezaban a experimentar dolores atroces en su abdomen y partes íntimas y sufrían violentos vómitos; tras la exposición, Horst solía extirparles los ovarios para verificar sus avances. Solo sobrevivieron seis de estas desdichadas. Estas operaciones también se llevaron a cabo en hombres de entre 18 y 35 años a los que después se extirpaba los testículos. Las fuentes de Núremberg hablan de que entre enero de 1942 y diciembre de 1944, Schumann castró a un millar de hombres. Estremecedor.

Algo quedará de mí                                  

Aunque por el campo pasaron –y sufrieron– hombres, fue el mayor lager dedicado casi en exclusividad a mujeres: por él pasaron durante el tiempo en que estuvo en activo más de 130.000 prisioneras de diferentes nacionalidades, incluidas mujeres opositoras al régimen de la esvástica, judías, gitanas y republicanas españolas, las cuales sufrieron trabajos forzados, abusos y estos deleznables experimentos médicos. Precisamente en el espantoso campo de Ravensbrück se desarrolla la apasionante –y a la vez estremecedora– historia del ensayo que recomendamos en el Pandemónium: Algo quedará de mí. Historia de diez heroínas de la Resistencia en el campo de concentración de Ravensbrück.

La autora es Mercedes Monmany, quien en el título retoma el «non omnis moriar» horaciano y que presenta su contenido como un intento de rescatar del olvido a mujeres de convicciones firmes que enfrentaron dos totalitarismos, el nazi y el soviético, en distintos momentos de sus vidas. Escritora, crítica literaria, traductora y editora, Monmany, especializada en literatura contemporánea europea, es autora, entre otros ensayos, de Por las fronteras de Europas, Ya sabes que volveré (que sigue la misma línea de este último trabajo, sobre las escritoras judías muertas en Auschwitz Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Komar, publicado también con gran acogida por Galaxia Gutenberg) y Sin tiempo para el adiós. Exiliados y emigrados de la literatura del siglo XX.

Violette Szabo.

La galería reúne perfiles muy dispares: la etnóloga Germaine Tillion, la dramaturga Charlotte Delbo, la aristócrata Anne de Bauffremont-Courtenay, la brigadista Lise London, Geneviève de Gaulle, la testigo de campos nazis y soviéticos Margarete Buber-Neumann, la periodista checa Milena Jesenská, la religiosa ortodoxa Marie Skobtsova, la espía británica Violette Szabo y la joven poeta polaca Grazyna Chrostowska, ejecutada con veintiún años. Cinco murieron y cinco sobrevivieron para dar testimonio, y Monmany construye el libro precisamente sobre esa tensión entre la memoria escrita y el silencio impuesto tras la Liberación, cuando el relato oficial priorizó la épica militar sobre el testimonio de las supervivientes de los campos.

Tillion.

El libro se sostiene sobre todo en dos de sus figuras, Tillion y Delbo, que son también las más trabajadas por la crítica anglosajona y francesa. Tillion reelaboró su testimonio de 1946 en sucesivas versiones hasta 1988, combinando el rigor etnológico con la experiencia directa del campo, mientras que Delbo optó por una escritura más poética y fragmentaria de la memoria traumática; ambas rechazaron, cada una a su manera, la idea de que la experiencia concentracionaria fuera inexpresable.

Mujeres realizando trabajos forzados en Ravensbrück.

Monmany, al reunir a francesas, alemanas, checas, británicas, polacas y rusas bajo un mismo techo narrativo, insiste en que la resistencia femenina europea no fue un fenómeno nacional sino continental, y que buena parte de sus protagonistas siguieron pagando un precio político después de 1945, ya bajo regímenes comunistas. Es un libro de vocación coral y ensayística, escrito con la erudición de crítica literaria que caracteriza a su autora, más cercano en ambición al ensayo histórico-biográfico que a la investigación de archivo, y su mayor logro está en la construcción de esa red de vidas cruzadas de mujeres que hicieron historia, y la padecieron.

Precuela. Una lucha de Estados Unidos contra el fascismo

Capitán Swing publica este ensayo de la periodista Rachel Maddow que recuerda un episodio histórico olvidado del país de las barras y estrellas que muestra el auge de los extremismos del pasado en una nación cada vez más polarizada bajo el segundo mandato de Donald Trump.

Óscar Herradón ©

Precuela es un ensayo histórico y político verdaderamente revelador en el que Rachel Maddow explora de forma incisiva un episodio poco conocido de la historia estadounidense: la presencia y expansión de movimientos fascistas y pro-nazis en los Estados Unidos durante las décadas de 1930 y 1940, en el periodo de Entreguerras y en la Segunda Guerra Mundial, en la que el país entró oficialmente tras el ataque japonés de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. El libro nace de la investigación realizada para el pódcast de la autora, Ultra, y funciona como una advertencia sobre la fragilidad democrática y la facilidad con la que el extremismo puede infiltrarse en instituciones aparentemente sólidas.

Juicio a los saboteadores nazis (1942).

Uno de los mayores aciertos del ensayo es su capacidad narrativa. Y es que Maddow tiene amplia experiencia televisiva y eso se nota en el ritmo: convierte una investigación histórica compleja en un relato casi de thriller político. Figuras como el sacerdote católico estadounidense nacido en Canadá Charles Coughlin (que hizo un soberbio uso de la radio para llegar a la audiencia de forma masiva), el propagandista y poeta germanoamericano George Viereck -que llegaría a actuar brevemente como agente nazi en la guerra- o el movimiento America First aparecen no como anécdotas a pie de página, sino como parte de una red ideológica que simpatizaba con Hitler y buscaba debilitar la democracia estadounidense desde dentro.

Operación Pastorius

Viereck.

Precisamente en 1942 tendría lugar uno de los episodios más insólitos de la Segunda Guerra Mundial, y sería la infiltración para atentar en territorio estadounidense de varios agentes nazis que finalmente serían desenmascarados, detenidos por el FBI y ejecutados. Fue denominada Operación Pastorius por el Abwehr –el servicio de inteligencia militar alemán comandado por al almirante Wilhelm Canaris–, en honor al nombre del fundador del primer asentamiento alemán en América, Franz Daniel Pastorius (Germantown, Pensilvania, 1683).

Bandera del German American Bund.

El objetivo de los ocho hombres enviados en dos grupos por el Tercer Reich –liderados, uno por George John Dasch y el otro por Edward Kerling– era sembrar el caos económico y el miedo civil: destruir fábricas de aluminio, infraestructura ferroviaria, la industria química y las instalaciones hidroeléctricas del río Ohio. Aprovecharían el enorme éxito –y la protección– que podían brindarles antiguos miembros del Bund Germano-Americano (German American Bund), un movimiento de inspiración nazi fundado en los EE. UU. en 1936, financiado por el gobierno de la Alemania nacionalsocialista y que en 1939 contaba con 20.000 miembros que llegaron a dar un multitudinario mitin en el Madison Square Garden de Nueva York el mes de febrero, movimiento que sería disuelto por las autoridades tras la entrada del país en la contienda. Sin embargo, una pifia de los espías alemanes, entrenados de forma apresurada antes de ser soltados cerca de la costa estadounidense en submarino, hizo que fueran rápidamente desenmascarados por agentes de J. Edgar Hoover y juzgados por un tribunal militar.

Rachel Maddow (Wikipedia).

En Precuela, Maddow también destaca el papel de periodistas, fiscales e investigadores que combatieron esa infiltración fascista en un tiempo en el que gozaba de gran aceptación entre algunos sectores, creciente, el movimiento nazi y fascista europeo. Así, la autora, en lugar de centrarse en los demagogos del pensamiento ultraconservador y filofascista, presta mucha atención a quienes intentaron frenarlo, en lo que se convierte en una combinación entre investigación histórica y advertencia contemporánea, pues establece paralelismos evidentes con la política estadounidense actual, lo que ha llevado a ciertos críticos a afirmar que la obra funciona más como una advertencia ideológica que como un análisis desapasionado.

Aunque fuera así –y a veces lo es–, la situación actual, de profunda polarización de la población y de decisiones absolutamente delirantes y en ocasiones incluso cercanas a la ilegalidad de la segunda Administración Trump, aceptan el símil (con sus grandes distancias, claro, pues por suerte no estamos en los tiempos del Tercer Reich, el fin del colonialismo o la Unión Soviética de Stalin), pero, en todo caso, la democracia –aunque no sea plena, según algunos sectores políticos– debe cuidarse. Y al margen de tratarse o no de una «advertencia», recordar este oscuro episodio del pasado estadounidense, un país que no mucho tiempo después se volvería paranoico con la llamada «infiltración comunista» es razón de peso para elogiar un libro de estas características.

Un ensayo convertido en best seller de The New York Times, con un enorme valor documental y la importancia de rescatar un capítulo históricamente olvidado, una obra que obliga al lector a reconsiderar la idea de que el fascismo fue un fenómeno exclusivamente europeo y que recuerda que las democracias liberales nunca están completamente inmunizadas frente a movimientos extremistas, y no solo de derechas.