La noche de Halloween… cuatro décadas de sobresaltos

Fue la cinta que catapultó al éxito a su director, John Carpenter, y prácticamente creó e impulsó el slasher, un género que arrasó en los ochenta y que continúa a día de hoy en lo más alto del ranking de la serie B (e incluso de ciertas producciones multimillonarias). En plena resaca de la noche de Halloween, algunos con el maquillaje a medio quitar tras un festejo que se hizo esperar tras el obligado parón de la pandemia, un libro publicado por Applehead Team rememora y homenajea tan emblemático título (y sus múltiples secuelas).

Con el estreno de Halloween Kills, protagonizado nuevamente por Jamie Lee Curtis en el papel de Laurie Strode, la saga cumple más de cuatro décadas paralizando al espectador en la butaca. O al menos intentándolo, pues unas entregas fueron brillantes, sobre todo la primera y en menor medida su secuela, y otras para olvidar o directamente borrar de la retina.

A remolque de La noche de Halloween surgirían otras sagas inmortales como Viernes 13 (1980) o Pesadilla en Elm Street (1984), aunque bien es cierto que las fundacionales –en esa nueva forma de abordar el género, se entiende– fueron La matanza de Texas (1974) o Las colinas tienen ojos (también del visionario Wes Craven, un año antes del estreno de Halloween, en 1977), momentos estelares del grito en la gran pantalla que convirtieron el arma blanca y la herramienta de trabajo (un cuchillo, un machete, unas cuchillas insertas en un guante a modo de garras o una motosierra) en algo mucho más temible (y brutal, por la cercanía entre víctima y victimario) que cualquier arma de fuego, por mucho retroceso que tuviese.

Las colinas tienen ojos, del señor Craven. Algo más que inquietante.

Nada mejor que la resaca del 1 de noviembre para revisitar la cinta de John Carpenter protagonizada por el veterano Donald Pleasance (como el doctor Loomis) y una jovencísima Jamie Lee Curtis como la canguro Laurie Strode, rol que ha continuado interpretando (con alguna excepción) durante más de cuarenta años hasta el día de hoy, cuando recupera al personaje, algo más canosa, claro, pero igual de vitaminada –y atormentada por la larga sombra de Myers–.

En relación con la máscara del serial-killer, su origen es cuanto menos extraño, o rarito más bien. Cuando el equipo de Carpenter estaba dando forma a la película, encontraron en una tienda una máscara del rostro del capitán Kirk de la serie televisiva Star Trek (interpretado por William Shatner), que se había sacado del molde del actor para el rodaje de la cinta The Devil’s Rain, realizada por Don Post Studios y que más tarde se comercializaría. Tommy Lee Wallace (que dirigiría la tercera entrega y que en la cinta original se encargaría del montaje con la asistencia del técnico Charles Bornstein y del propio Carpenter) modificó la máscara, agrandando el hueco de los ojos y pintándola totalmente de blanco.

Kelly

Descartaron así la máscara inspirada en el artista de circo Emmett Kelly, que fue su primera opción y que habría convertido a Myers en algo muy diferente, quizá en un rotundo fracaso de taquilla. Lo cuenta el propio Lee Wallace en el documental del año 2000 Halloween Unmasked; afirma que probaron ambas opciones con Nick Castle, el actor que contrataron para dar vida a Michael Myers: «Primero probamos la de Emmett Kelly. [Castle] salió del camerino y estuvimos de acuerdo en que era inquietante, extraño, raro, te hacía sentir incómodo. Entonces volvió al camerino y salió de nuevo con la otra máscara y un escalofrío nos recorrió el cuerpo a todos. Era aterrador, demente, enfermizo. Ahí supimos que la teníamos».

Debra Hill

Otro acierto fue el fichaje de Jamie Lee Curtis, cuando la primera opción de Carpenter era la actriz Anne Lockhart, hija de la protagonista de Lassie y que entonces estaba embarcada en la serie Galáctica. En la decisión de elegir a Jamie fue fundamental la opinión de la otra mitad del propio ser de John: su compañera sentimental y piedra angular de su carrera cinematográfica, Debra Hill, quien nos dejaba tempranamente, en 2005, a los 54 años, víctima de esa terrible e implacable enfermedad que es el cáncer. 

Hija de la estrella Tony Curtis, pesó más el hecho de que la madre de Jamie era la también actriz Janet Leigh y había sido precisamente la protagonista de una de las escenas más inquietantes –y claramente fundacionales– del séptimo arte: la de la ducha en Psicosis, del maestro indiscutible Alfred Hitchcock, cinta en la que nos detendremos en breve en «Dentro del Pandemónium» a raíz de la publicación de un fantástico libro publicado recientemente por Cult Books. Era un buen reclamo para atraer al público a las salas… Y acertaron de pleno. Gracias, claro, al buen hacer de Jamie Lee, que aunque se había dejado ver en varias series televisivas, se estrenaba con Halloween en la pantalla grande. Todo ello, y mucho más, unido a una banda sonora algo más que inquietante compuesta por el propio Carpenter (que no en vano ha sido definido como «el hombre orquesta», por las múltiples facetas desempeñadas en aquel rodaje), dieron en el clavo.

Respuesta unánime de crítica y público

A la repercusión de la película ayudó también el pase en la decimocuarta edición del Festival de Cine de Chicago, en noviembre de 1978, y la crítica positiva de Roger Ebert, quien solía repudiar las películas de terror sangrientas (y que por el contrario echaría pestes de su secuela, a la que tildó de puro splatter –«cine gore»–). Publicó su opinión en la edición del Chicago Sun Times en la significativa fecha del 31 de octubre de 1979: «La noche de Halloween es una experiencia visceral. No estamos viendo la película, nos está ocurriendo. Es escalofriante. Quizás no te gusten las películas que dan miedo de verdad. Entonces no veas esta. Viéndola, me recordó a la reseña favorable que le di hace años a La última casa a la izquierda, otro thriller realmente escalofriante». Considerando además al film de Carpenter como uno de los 10 mejores de 1978. Casi nada.

La última casa a la izquierda (1972), otro logro del señor Craven

Con un presupuesto inicial de 300.000 dólares, recaudó 70 millones en taquilla, lo que la convirtió en la película independiente más rentable hasta ese momento, lo que permitiría a Carpenter plasmar algunos de sus sueños en la gran pantalla y convertirse en uno de los grandes realizadores del género (y otros afines, como el sci-fi o el fantástico) durante décadas.

Todas estas curiosidades y muchísimas más (tantas que conforman un volumen de seiscientas páginas) podéis encontrarlas en un libro sensacional: Noches de Halloween. La saga de Michael Myers, publicado recientemente por Applehead Team en la colección que homenajea el legendario espacio televisivo «Noche de Lobos». Una obra monumental –y profusamente ilustrada– de mano del experto Octavio López Anjuán y prologado por PJ Soles (la actriz que interpreta el papel de Lynda van der Klok, con múltiples entrevistas a personas implicadas en las diferentes entregas, entre ellas el propio Carpenter, Nick Castle o Tommy Lee Wallace. He aquí el enlace para adquirir esta terrorífica guía de las noches de Halloween:

https://appleheadteam.com/producto/noches-de-halloween-la-saga-de-michael-myers/

Rodolfo II de Habsburgo: el emperador de las sombras (II)

Introvertido y extravagante, Rodolfo II convirtió la ciudad de Praga en un hervidero de cultura donde se dieron cita científicos, artistas y matemáticos pero también magos, nigromantes, charlatanes y vividores que hicieron de la vieja Bohemia un lugar tan fascinante como lúgubre.

Óscar Herradón ©

Muchos farsantes se codearon con el monarca. Pero su afán de mecenazgo y protección frente a los rigores de la Inquisición hizo que se reunieran en Praga auténticos expertos que escribieron tratados sobre la materia y otros que, según sus biógrafos, llegaron a proveerle de grandes cantidades de oro para pagar a sus ejércitos, algo difícil de creer hoy en día. Pero lo cierto es que durante su reinado se produjo el máximo esplendor del arte alquímico en Chequia. No solo el castillo de Praga fue un centro de reunión de iniciados y sopladores; los aristócratas Guillermo de Rozmberk y Jan Zbynek de Hazmburk también promovieron esta práctica.

En la corte trabajaron importantes alquimistas como Martin Ruland el Joven, entre cuyas obras destacan un tratado sobre la piedra filosofal y una enciclopedia del saber alquímico de la época. A él se atribuye, además, un tratado sobre el infierno. El emperador también tenía a su servicio alquimistas hebreos. El más importante fue el converso Mardochaeus de Delle, quien compiló sus vastos conocimientos en un libro que desapareció siglos después.

Aunque los más destacados, quienes ya gozaban de renombre antes de formar parte del círculo rodolfino, fueron Michael Maier y Michael Sedivoj. Maier llegó a ser conde palatino y secretario privado del emperador y dejó un importantísimo tratado de alquimia, el célebre Atalanta Fugiens. El polaco Michael Sedijov, más conocido como Sendivogius, publicó numerosos trabajos sobre la ciencia sagrada.

Michael Maier

Sopladores, embaucadores, falsos médiums…

Pero entre estos grandes sabios también se mezclaron charlatanes y embaucadores. Es el caso del inglés Edward Kelley, que se aprovechó de las creencias del emperador para enriquecerse. Junto a él estuvo un personaje más respetable y rodeado de misterio, el inglés John Dee, cuyos artilugios mágicos tuve la ocasión de observar de cerca durante una visita al British Museum en 2014, y que volverá a aparecer en «Dentro del Pandemónium». Ambos, supuestamente, vendieron al soberano uno de los libros más misteriosos de todos los tiempos: el Voynich.

A diferencia de este último, Kelley se quedó sirviendo a Rodolfo, obteniendo grandes riquezas. Éste hizo creer al monarca que había logrado la transmutación de los metales, el ansiado oro que iba a traer la bonanza al Imperio. Kelley se convirtió en consejero imperial y en 1588 fue nombrado caballero de Bohemia. Adquirió una serie de casas en Praga, incluyendo una que según la leyenda había ocupado el legendario Fausto: la Faustum Dum. A partir de entonces algunos decían haber visto al nigromante volando a la grupa de Mefistófeles. Confiado por sus riquezas y su poder, Kelley dejó de persuadir al emperador con falso oro e incluso llegó a matar a un noble durante un duelo. Acabó en la cárcel y, mientras intentaba escapar, se fracturó una pierna. La gangrena se apoderó de ella y tuvieron amputársela. Permaneció en prisión hasta que un veneno preparado por su esposa acabó con su vida en 1597.

Rodolfo II hacia 1593, por Lucas van Valckenborch

A diferencia de este último, Kelley se quedó sirviendo a Rodolfo, obteniendo grandes riquezas. Éste hizo creer al monarca que había logrado la transmutación de los metales, el ansiado oro que iba a traer la bonanza al Imperio. Kelley se convirtió en consejero imperial y en 1588 fue nombrado caballero de Bohemia. Adquirió una serie de casas en Praga, incluyendo una que según la leyenda había ocupado el legendario Fausto: la Faustum Dum. A partir de entonces algunos decían haber visto al nigromante volando a la grupa de Mefistófeles. Confiado por sus riquezas y su poder, Kelley dejó de persuadir al emperador con falso oro e incluso llegó a matar a un noble durante un duelo. Acabó en la cárcel y, mientras intentaba escapar, se fracturó una pierna. La gangrena se apoderó de ella y tuvieron amputársela. Kelley permaneció en prisión hasta que un veneno preparado por su esposa acabó con su vida en 1597.

Mecenas de la ciencia y la cultura

Aunque Rodolfo promocionó los estudios ocultistas, algunos eruditos de renombre que sentarían los pilares de la ciencia y la astronomía modernas también tuvieron un lugar en su corte. Uno de los astrónomos patrocinado por Rodolfo fue Tycho Brahe. Éste llegó a Praga en 1599, y se convirtió en el más brillante de los astrónomos pretelescópicos. Descubrió la ecuación anual de la Luna y determinó la desigualdad principal de la órbita lunar con referencia al plano de la elíptica. Gracias a sus conocimientos consiguió convertirse en astrólogo y matemático imperial, obteniendo grandes riquezas y un observatorio. Pero lo que más llamó la atención del emperador fue la capacidad profética de Tycho. Nadie dudaba entonces que predecía el futuro y que era capaz de penetrar en los misterios celestes, además de curar las enfermedades. De hecho, comenzó a venderse un elixir que llevaba su nombre y que, supuestamente, tenía virtudes terapéuticas. Brahe también preparó un brebaje milagroso para Rodolfo que contenía melaza, oro potable y tintura de coral.

El astrónomo y profeta Tycho Brahe
Rodolfo II

El emperador se guió siempre por las predicciones del astrólogo, que fueron normalmente de signo funesto. Brahe predijo que Rodolfo moriría poco después que su león, la mascota imperial, asesinado por un hombre de la Iglesia, lo que provocó un auténtico delirio en el soberano, que siempre se creyó perseguido, y tuvo también consecuencias diplomáticas nefastas, cuando expulsó a los capuchinos de Praga, al creer que tramaban un complot para asesinarlo.

Más relevante aún para la ciencia moderna fue la llegada de Johannes Kepler, quien trabajó con Brahe. Kepler afirmaba que la Tierra giraba alrededor del Sol y que no era el centro del universo, corriendo el peligro de ser quemado por hereje. Tras la muerte de Brahe –que nunca aceptó los postulados de su pupilo, aun sabiendo que eran correctos–, Kepler, nuevo astrónomo y matemático imperial, publicó Astronomia Nova, enunciando las dos primeras leyes que permitirían a Newton proponer el principio de atracción universal.

Un trágico y anunciado final

Al no ocuparse de los asuntos de Estado, la administración central del Imperio quedó paralizada por completo. Como anteriormente hizo su padre Maximiliano, Rodolfo II jamás volvió a recibir a un sacerdote y cogió un auténtico pánico a Dios y a los sacramentos (una de los principales «pruebas», según los nuncios papales, que demostraban que el emperador estaba endemoniado es que éste blasfemaba en numerosas ocasiones y palidecía ante la cruz).

Rodolfo II, por Giuseppe Arcimboldo
Matías

En esta lamentable situación, alimentada por la superchería de los que le rodeaban, pasó el emperador de los alquimistas y mecenas de los sabios sus últimos años de vida. Su hermano Matías, que se aliaba con católicos o protestantes según soplara el viento, logró finalmente su objetivo: movilizó un gran ejército que se situó a la mismas puertas de Praga y consiguió que Rodolfo renunciara a los tronos de Hungría, Bohemia y Moravia. El 11 de noviembre de 1611, Matías le obligó a que firmase su abdicación.

Rodolfo II de Habsburgo, desolado y triste, estaba cada vez más enfermo; sufría de terribles dolores y sus piernas se hincharon tanto que no pudo quitarse las botas durante dos días. Cuando los médicos de cámara decidieron rajárselas, la gangrena ya había hecho acto de presencia. No obstante, siguiendo con su habitual e intransigente comportamiento, se negó a que le vendaran las heridas y rechazó los remedios de los médicos. Solo ingería un elixir preparado por el alquimista Sethon, compuesto de ámbar y bezoar. Sin embargo, ningún elixir pudo burlar al destino y Rodolfo II moriría, destronado y abandonado por todos, el 20 de enero de 1612, a las siete de la mañana, poco después de su león y sus dos águilas imperiales negras, como había profetizado años atrás Tycho Brahe.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Y para una visión global de la estirpe regia a la que pertenecía Rodolfo II, la misma dinastía que trajo a España monarcas del calado de Carlos V o su hijo Felipe II, entre otros, nada mejor que sumergirse en las páginas del voluminoso ensayo Los Habsburgo. Soberanos del Mundo, publicado recientemente por Taurus, la primera historia global de la dinastía que dominó gran parte del planeta durante siglos.

De orígenes modestos, los Habsburgo ganaron el control del Imperio romano en el siglo XV y, en tan solo unas décadas, se expandieron rápidamente hasta abarcar gran parte de Europa, desde Hungría hasta España, y crear un imperio en el que nunca se ponía el sol, de Perú a Filipinas, bajo el cetro de Carlos V y después de su hijo Felipe II. Precisamente el autor, Martyn Rady, catedrático de Historia de Europa Central en la Escuela de Estudios Eslavos y de Europa del Este (SSEES), concede una importancia especial a la rama española de los Austrias, la más poderosa y la más decisiva de la historia moderna. En un relato de pulso envidiable, narra con magistral claridad la construcción y la pérdida de su mundo, un mundo que duró novecientos años, tiempo durante el cual los Habsburgo dominaron Europa Central hasta la Primera Guerra Mundial.

Precisamente, uno de los detonantes de la Gran Guerra fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro. Un magnicidio de cariz política que ya se había cebado con otro miembro de la dinastía, la emperatriz Sisí (Isabel de Baviera), asesinada por un anarquista el 10 de septiembre de 1898. Pero el libro recoge infinidad de nombres (en función de su importancia historiográfica, por supuesto).

Entre los numerosos personajes que conforman la historia de los Habsburgo, nada menos que 900 años, hubo de todo: personajes extravagantes y variados, desde guerreros a contemplativos, unos de viva inteligencia, otros con poca perspicacia, unos valientes, otros tendentes a la traición, pero a todos les impulsó el mismo sentido de misión familiar, como le sucedía al protagonista de este post, Rodolfo II.

Con su masa aparentemente desorganizada de territorios, su maraña de leyes y su mezcolanza de idiomas, el Sacro Imperio Romano-Germánico suele parecer caótico e incompleto. Pero gracias a la labor de Rady, con una ingente cantidad de información y un trabajo de documentación y análisis de las fuentes ciclópeo, descubrimos el secreto de la perseverancia de este largo linaje: sus miembros estaban convencidos de su predestinación para gobernar el mundo como defensores de la Iglesia católica (aunque algunos, como el propio Rodolfo II, fuesen excomulgados, y otros, como Carlos V, enviase sus tropas contra la Santa Sede, el célebre Sacco di Roma); garantes de la paz (pese a las numerosas guerras que libraron), y mecenas de la ciencia y la cultura, algo en lo que coincidieron todos, contribuyendo, en tiempos de Felipe II, al esplendor del Renacimiento, y siglos después, a la expansión de otras corrientes de pensamiento aun a pesar de ser una institución del Ancien Régime

El libro de Martyn Rady es el ensayo más ambicioso –y completo– dedicado a esta dinastía hasta la fecha. Un texto que ha recibido todo tipo de elogios y del que el crítico Alan Sked, del Times Literary Supplement, ha dicho: «Probablemente el mejor libro jamás escrito sobre los Habsburgo en cualquier idioma». Se puede adquirir en la web de Taurus (Penguin Random House) en papel y en versión digital:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38916-los-habsburgo-9788430623334


Los Warren: su historia contada por ellos mismos

Me apasiona el cine de terror. No es extraño teniendo en cuenta el nombre del blog «Dentro del Pandemonium». El cine de terror bueno, añadiría, cual cinéfilo –o más bien cinéfago– pedante, que soy un poco…

Óscar Herradón ©

…pero, ¿cuál es el bueno? También disfruto con el cine de serie B, y con el de serie Z… y otro más inclasificable, y no son cintas que gocen precisamente de una posición envidiable entre la crítica más exigente –no así entre el público, menos encorsetado y sometido a los cánones de lo «políticamente correcto»–. En las próximas líneas no entraré en esa discusión que daría para varios post y de la que otros de mis colegas de profesión saben mucho más, infinitamente más.

Comienzo así esta entrada porque lo cierto es que hacía años que me daba pereza visionar nuevos lanzamientos del género (con numerosas aristas que escapan a dicha clasificación, insisto) porque, salvo una o dos excepciones, me parecía más de lo mismo, abuso de las nuevas tecnologías, los primeros planos o los travelling hasta volverte loco, de lo que ya se había hecho en este campo.

Es más, sigo disfrutando mucho más viendo El Exorcista de Friedkin o La Profecía de Donner –sí, lo reconozco, algo de nostalgia– que de estar a la última en cintas slasher, de zombies y derivados, algo imposible ahora que las plataformas de streaming te ofrecen un catálogo infinito, producciones propias incluidas. Y eso que ver, veo unas cuantas.

Cine de terror de nuevo cuño

Hace unos años, no obstante, y cuando aún no pegaban tan fuerte, al menos en España, HBO y otras, ni se oía hablar de Netflix o Amazon Prime, y tras negarme a ir al cine casi por convicción personal a ver algo que llevase el marchamo de «terrorífico» en el cartel, decidí ver en DVD Expediente Warren: The Conjuring, del malayo-australiano James Wan.

Sabía, por supuesto, que aquella cinta se basaba en unos personajes de carne y hueso que conocía bien de mis muchos años trabajando en el periodismo llamado «de misterio», en la redacción de mi añorada revista ENIGMAS y en las filas de Año/Cero. Pero aparte de eso, no esperaba mucho de un título de gran presupuesto con el sempiterno recurso de «basado en hechos reales» que explotaban hasta la saciedad los telefilmes y las cintas generalmente limitadas al servicio del espectáculo en los que aquella historia «real», gerny las cintas generalmentedesvirtuados en los que aquella historia «real saciedad los telefilmes y las cintas generalmente» se desvirtuaba por completo. No fue el caso.

No es Expediente Warren una de mis películas favoritas, pero me gustó bastante, y desde ese momento puse el foco en el trabajo de Wan y seguí con atención su ristra de secuelas, precuelas y spin-off… que, todo hay que decirlo, ya saturan. A Expediente Warren le siguió una secuela muy loable, a la misma altura de la primera cinta, y aún más inquietante, también inspirada en los periplos de esta pareja de investigadores del misterio de la que enseguida hablaré: El Caso Enfield se basaba, pues, en «hechos reales» –que fuesen fruto de una manipulación o no es algo que no me compete, ni tampoco me importa en este caso– sobre unos estremecedores fenómenos poltergeist que de forma continuada acosaron a una familia de clase trabajadora en la Inglaterra de finales de la década de los setenta.

Pues bien, ahora podemos conocer mucho mejor la trayectoria vital del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren gracias a la publicación de sus obras en castellano por Ediciones Obelisco, títulos fascinantes –seamos crédulos o escépticos a más no poder– que hasta ahora solo era posible devorar en inglés. Escepticismo y acusaciones de fraude aparte, esta pareja de norteamericanos investigó durante nada menos que cincuenta años más de 4.000 casos relacionados aparentemente con lo sobrenatural, algunos tan sonados que removieron conciencias y sacudieron la prensa de la época –por supuesto con una ristra de acólitos y aún mayor de detractores– y que son la base de las citadas películas y algunas otras que no forman parte del repertorio productivo de Wan, quien elevó al matrimonio de demonólogos al nivel de superestrellas.

Ed y Lorraine Warren en tiempos no tan mozos

Pioneros y valientes para quienes creen en el más allá y lo sobrenatural, o al menos lo temen –la actitud más recomendable–, gracias a la saga cinematográfica los Warren, ya conocidos, como digo, en los ambientes del misterio, saltaron a la fama internacional, trascendiendo con mucho los límites de su Connecticut natal.

Lucha a muerte contra las fuerzas del mal

Ed Warren no llegaría a ver la adaptación a pantalla grande de sus (des)venturas con el otro lado, y no disfrutaría del éxito que sí experimentó unos cuantos años su esposa. Ed murió el 23 de agosto de 2006 tras sufrir un accidente cerebro vascular en su mítica casa rural. Lorraine, por su parte, moría hace relativamente poco, en abril de 2019, a los 92 años, tras haber hecho mil y una entrevistas gracias al empujón mediático de la saga.

Annabelle, la joya de la corona

En The Conjuring tiene gran relevancia el museo de «objetos malditos» del matrimonio, sito a buen recaudo –o no tanto– en el sótano de su hogar de Connecticut. Un museo de los escabroso y lo singular que existe realmente y que, a pesar de los caprichos de los diseñadores de producción –como en el caso de la réplica de la famosa muñeca Annabelle–, se muestra bastante fiel al verdadero. Una colección digna de la AIDP de Mignola, pero real, en la que se dan la mano el espejo «maldito» de la Plantación Myrtles, pedazos de la lápida de la bruja Bathsheba Sherman –responsable al parecer de los terribles sucesos en Rhode Island–, el vestido de novia «embrujado» de la difunta Anna Baker o el inquietante muñeco Shadow, entre mil y un artefactos recogidos por sus viajes por medio mundo.

Y al fondo, dentro de una vitrina de cristal con candado y la advertencia «¡No abrir!» («Warning! Positively do not open»), la estrella de la corona: la muñeca Annabelle, con muy poco parecido a la aterradora figura con ecos de ventriloquía de las cintas, una muñeca de trapo enorme, marca Raggedy Ann, que fue creada en 1915 por Johnny Gruello y luego comercializada con mucho éxito. Muy risueña y de tosco diseño, pero casi más aterradora que la de la película, y eso sin conocer previamente su historia –ver imagen–. Se haría tristemente célebre en 1968 cuando Donna, una estudiante de enfermería, la recibió como regalo de su madre. La joven, que vivía con su compañera Angie y que verán cómo la inquieta Annabelle cambia de postura y lugar sin que nadie la toque y empieza a causar un verdadero quebradero de cabeza a las chicas, cada vez más desesperadas. Tras solicitar, sin mucho éxito, la ayuda de un sacerdote, aparecieron los Warren, que estaban convencidos –y lo estarían hasta su muerte– de que en la muñeca moraba un espíritu maligno que pretendía poseer a la desdichada Donna. Tras combatir el mal, la encerraron en su Museo del Ocultismo.

Un romance atípico

Ed y Lorraine, que se conocían desde los 16 años, se casaron en un momento de permiso del primero, que combatía nada menos que en Europa en la Segunda Guerra Mundial, y Lorraine no tardaría en desarrollar su «don», afirmando, como se muestra en las películas con el rostro de la actriz Vera Farmiga, que encarna a la demonóloga, que era capaz de saber si una casa estaba o no encantada, entablando contacto con entidades espirituales y fantasmas y experimentando una suerte de revelaciones que han dado, y siguen dando, mucho que hablar. Era médium y clarividente. Casi nada. Así se complementaba con Ed, quien afirmaba también ser capaz de ver fantasmas –aunque no interactuar con ellos– y comenzó la historia de amor más prolífica del mundo de lo paranormal.

En 1952, ya con cierto renombre, fundaron la Sociedad para la Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra –NESPR por sus siglas en inglés–, que sería la primera fundación dedicada ex profeso a investigar fenómenos paranormales, en palabras de Ed Warren, «a investigar fantasmas y a buscar demonios». Luego vinieron sus grandes investigaciones, que se recogen en los films y con mucho más detalle en los libros recientemente editados en castellano y que desmenuzo –grosso modo– en las próximas líneas.

Sus investigaciones más notables, en sus propias palabras

Uno de los casos estrella investigado por los Warren y que ya fue llevado al cine con cierto éxito en 1979, apenas tres años después de los sucesos, y que ha tenido varios remakes, a cual más mediocre, fue el que tuvo lugar en la ya celebérrima casa de estilo colonial sita en el 112 de Ocean Avenue en la localidad estadounidense de Amityville en 1976. Los hechos se narran en Cazadores de Fantasmas (Obelisco, 2019), un libro publicado con la colaboración del periodista Robert David Chase, que reúne otras investigaciones como las que dieron lugar a Expediente Warren y también a Annabelle y sus juegos caprichosos.

En La Casa Embrujada, editado por Obelisco en febrero de este año, en colaboración con el periodista Robert Curran, Ed y Lorraine Warren cuentan la historia que vivieron en casa de Jack y Janet Smurl en West Pittston, Pensilvania (EEUU): una infestación aterradora que incluía, según los testigos y más tarde los investigadores, sonidos, olores y apariciones inexplicables. Tras instalarse allí, los Warren declararon que la casa estaba «ocupada por tres espíritus menores y también por un demonio» que aparentemente abusó sexualmente del matrimonio Smurl, en una historia que recuerda a la cinta El Ente, también basada –supuestamente, como siempre– en hechos reales, los escalofriantes sucesos experimentados por Carla Moran, que en la película de 1982 era interpretada por una bellísima y atormentada Barbara Hershey.

La sinopsis de La Casa Embrujada no puede ser más atractiva –o aversiva si eres miedoso–: «Insoportables olores de matadero. Ruidos ensordecedores. Una criatura con pezuñas que recorre el pasillo. Ataques físicos, despiadados estrangulamientos, exorcismos fallidos, súcubos… y el terror definitivo que continúa atormentado a la familia Smurl».

En El Cementerio. Apariciones reales en un antiguo cementerio de Nueva Inglaterra, escrito en colaboración también con Robert David Chase, recogen hechos sobrenaturales investigados en camposantos como el de Unión o el de Hillpointe, ambos en dicho estado norteamericano, a través de la Sociedad para la Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra: desde aterradores «demonios sexuales» y apariciones fantasmagóricas a historias de venganza de ultratumba. Nada menos.

El último libro editado, En la Oscuridad, al que los Warren dieron forma con la colaboración de Carmen Reed, Al Snedeker y Ray Garton, se centra en la historia del caso más aterrador de posesión demoníaca que azotó los EEUU y que serviría de base para el argumento de otra película que no forma parte de la saga Wan: Exorcismo en Connecticut, dirigida en 2009 por Peter Cornwell. El ensayo recoge aquellos hechos: los que experimentó otra familia más, en este caso los Snedeker, cuando se mudaron a una nueva casa que había sido una antigua funeraria –algo que desconocían–: siniestras presencias, incidentes salvajes, oscuras fuerzas supuestamente «infernales»… una historia sobrecogedora que tuvo lugar en 1986 y que consistió, según los autores, en una infestación demoníaca.

Lo dicho, los Warren desde su propia óptica, con sus palabras en un testimonio de primera mano que puedes amar u odiar –también no creer–, pero que no te dejará indiferente. Para echarse a temblar.

La ubicación del Museo del Ocultismo de los Warren: 30 Knollwood St, Monroe, CT 06468, United States.