Prince. La historia detrás de sus 684 canciones

La editorial BLUME publica un monumental volumen con toda la trayectoria musical del multifacético artista Prince, de cuya temprana muerte el pasado 21 de abril se cumplieron diez años. Tema a tema, composición tras composición, con un despliegue espectacular de imágenes, más de 600 páginas (una por canción) en las que el veterano periodista musical Benoît Clerc desgrana a un compositor inigualable e inclasificable.

Óscar Herradón ©

Prince en 1984. En la gira de su immortal Purple Rain.

Nunca fui de Prince. Tampoco de Michael Jackson. Desde que era un chaval de 13 años caí cautivado por el hard rock, el heavy metal y derivados, y con el tiempo por estilos mucho más pesados (con grupos como Pantera, Sepultura, Death o Slayer), por lo que ni el rey del Pop ni su gran rival musical en los 80 y 90 me llamaban la atención. Sé que estaban muy presentes, porque aún iba a EGB, en el colegio Ortega y Gassett de Leganés, y tenía unos diez u once años, allá por 1991, cuando me llamó la atención a las puertas del colegio una furgoneta completamente serigrafiada con una de las giras de Prince, y aquellos símbolos tan extraños que se sacó de la chistera y con los que más tarde se le identificaría, y que a día de hoy nadie sabe si han sido debidamente descifrados –si es que hay algo que descifrar o se trató solo de otra provocación más del artista–. Hasta tal punto era ya importante aquel compositor y multiinstrumentista oriundo de Minneapolis, que ya lo había petado en los ochenta, cuando no existían ni internet ni las redes sociales que globalizan la fama en décimas de segundo. Y salvo aquella anécdota, poca más atención le presté a Prince entonces.

Michael Jackson.

Sin embargo, con los años uno está más abierto a lo diferente  –quizá es algo más sabio, pero poquito– y fui dejando espacio a músicas que jamás habría imaginado que me conquistarían, desde David Bowie al propio Jackson o, por supuesto, el genial, multifacético y no poco controvertido Prince. Tuve que esperar a tener más de 20 años para sucumbir a sus encantos –aunque, he de reconocerlo, sigo siendo más de Iron Maiden, Guns n’ Roses, Nirvana o Metallica–.

10 años sin un artista multifacético

Pues bien, esta deriva nostálgica viene al caso en el Pandemónium porque se han cumplido recientemente diez años de la trágica muerte de Prince (al parecer, según la autopsia, a causa de una sobredosis accidental de Fentanilo, la «droga zombi»), engrosando, con tan solo 57 años, a la sobrecogedora lista de grandes músicos con final trágico: Kurt Cobain, Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, y mucho más recientemente Michael Jackson, George Michael, Chris Cornell, Amy Winehouse o Dolores O’Riordan, entre otros. Cosas de la vida, y de la fama –y las estrellas–.

El caso es que, como conmemoración de esta triste pero notable efeméride, BLUME, editorial muy querida de este blog y referencia ineludible en ediciones musicales, publica un libro necesario y fascinante para fans del creador de «Purple Rain» que revolucionó los 80 con su chupa de cuero morada encima de una Honda CM400A personalizada: Prince. La historia detrás de sus 684 canciones.

Prince. Dirty Mind.

Después de dos álbumes teñidos de funk y disco, Prince Rogers Nelson se convirtió en el maestro del Minneapolis Sound en 1980 con su tercer álbum, el sulfuroso y acertadamente llamado Dirty Mind («Mente Sucia»). Desde sus primeros discos para Warner Bros. Records, el hombre que pronto sería apodado «el Kid de Minneapolis» dedicó su vida a una abundante y variada producción musical. Prince atravesó la década de 1980 con una irreverencia y audacia que siempre lo caracterizarían. Después de encadenar varios éxitos («Little Red Corvette», «Purple Rain», «Kiss», «Sign O’ The Times» o «Batdance») y tras más de 100 millones de discos vendidos, el multifacético artista estadounidense supo reinventarse con cada uno de sus disco, burlando las predicciones de quienes lo creían muerto, resurgiendo, cual Ave Fénix, constantemente de las cenizas, y siempre sorprendiendo a través de nuevas direcciones artísticas.

Una obra monumental

La colección cuyo título original en inglés es All the Songs, de Mitchell Beazley (de la que BLUME ha publicado ya varios títulos en castellano, en un formato de lujo), ha construido su prestigio con un enfoque realmente singular: diseccionando canción por canción el catálogo de artistas con mayúscula. Tras los volúmenes dedicados a Queen, a David Bowie y a Metallica (este último lo analizaemos en breve en el Pandemónium), Benoît Clerc, compositor de música para televisión, publicidad y cine (fundador del sello Tivoli Songs) y laureado escritor francés, afronta en este tomo su desafío más descomunal –y eso que los citados no son precisamente artistas modestos en cuanto a producción musical–, sin embargo, lo de Prince es ya colosal. El resultado son más de seiscientas páginas que funcionan, simultáneamente, como enciclopedia de consulta, biografía monográfica y álbum fotográfico de lujo.

Prince en 1981.

Tras haber vendido más de cien millones de álbumes, Prince supo reinventarse con cada disco, sorprendiendo siempre mediante nuevas direcciones artísticas. Documentar esa longeva trayectoria exigía un criterio de selección exhaustivo, y sin embargo Clerc optó por la totalidad sin concesiones: no solo crea entradas para cada canción de cada disco oficial de Prince, sino que también detalla las caras B, los lanzamientos de archivo y los bonus tracks de cajas recopilatorias.

En 1988.

La estructura es estrictamente cronológica: una introducción a cada álbum o período sitúa el contexto, y, como es de esperar, las canciones que hoy se consideran más relevantes para el conjunto de la obra del compositor reciben mayor atención. Junto a cada canción constan la duración, los compositores, los músicos implicados, si fue single o cara B, las fechas de publicación, las posiciones en las listas del Reino Unido y los Estados Unidos, y los detalles técnicos de grabación, incluyendo el equipo y el lugar de registro.

El impronunciable «Love Symbol», que adoptó en 1993.

El libro intercala dos tipos de recuadros que elevan el texto por encima del mero catálogo anotado. Los apartados Headphones at the Ready («Auriculares listos») se centran en fragmentos muy breves de ciertas canciones, explicando cómo se obtuvo un efecto determinado o cómo Prince llegó a autorreferenciarse en su propia obra. Los recuadros con el encabezamiento de For Prince Addicts («Para adictos a Prince»), por su parte, añaden datos curiosos sobre una canción o un álbum en concreto, mientras que unas inserciones en formato «entrada de concierto» recogen algunos de los momentos más sorprendentes o menos conocidos de la carrera en directo del incombustible artista.

A nivel material, el volumen, de un peso considerable y calidad de producción excepcional, es una auténtica delicatessen para bibliófilos y fans del artista. Visualmente es impresionante, con una amplia selección de fotografías excelentes distribuidas a lo largo de todo el voluminoso libro. Además, el texto ofrece una biografía del artista bastante satisfactoria a través de su música, así como una riqueza colorida de fotografías y algunas revelaciones genuinamente sorprendentes. Entre las más llamativas que menciona la crítica anglosajona se encuentra el episodio en que Prince suplantó a Sly Stallone para conocer a Chaka Khan, o la perturbadora sugerencia del propio artista respecto a la canción «Sister». También el momento en el que, hace ahora 45 años, Prince teloneó a los Rolling Stones en el Memorial Coliseum de Los Ángeles (tras recibir una llamada del propio Mick Jagger proponiéndoselo), y acabó llorando y marchándose del directo porque, tras salir al escenario con su slip negro y sus botas ceñidas hasta el muslo, el público rockero se sintió ofendido y arremetió contra él. Era 1981, ha llovido mucho… Una lluvia de objetos (latas, botellas, y hasta zapatos) cayó sobre él mientras escuchaba insultos de todo tipo, muchos homófobos y racistas. 

Guitarist in purple outfit playing electric guitar on stage with cheering crowd and Purple Rain Tour text

Tras 15 minutos en escena, y en medio de la canción Uptown (la cuarta del setlist) Prince y sus compañeros pararon en medio de un sonoro abucheo, se dieron la vuelta y se marcharon. Según recordaba el bajista Brown Mark, que acababa de incorporarse a la banda de Prince, en ultimateclassickrock.com: «Lo siguiente que noté fue que la comida volaba por el aire como si fuera un nubarrón de tormenta. Imagina a 94.000 personas lanzando comida unos a otros; fue lo más loco que he visto en mi vida (…) Me golpearon en la espalda con una bolsa de pollo frito; entonces mi bajo empezó a desafinar cuando un enorme pomelo golpeó el ajuste». Prince salió escoltado por un equipo de seguridad, que describió que el artista se encontraba emocionalmente consternado y llorando en silencio. Y aunque juró no volver a telonear a los Stones, por mucho que fueran «Sus Satánicas Majestades», y voló inmediatamente su casa de Minneapolis sin la banda, recibió llamadas de su mánager, Steve Gargnoli, de su guitarrista Dez Dickerson y del propio Jagger, que le dijo: «Si quieres ser un verdadero cabeza de cartel, tienes que estar preparado para que la gente te tire botellas a lo largo de la noche. Tienes que estar preparado para morir!!!». Y Prince aceptó de nuevo, para el siguiente concierto, que sería dos días después, el 11 de octubre de 1981.

Richards con Jagger en 1981.

El público angelino, conocedor de los incidentes del primer concierto, iba dispuesto a todo, y a repetir la hazaña e incluso superarla: se repitieron abucheos e insultos homófobos y racistas, también lanzamiento de objetos, incluidas ¡vísceras de animales!; el ambiente era incluso peor, pero Prince y su banda aguantaron la furia y completaron las cinco canciones del setlist. La último, y probablemente no por casualidad, era Why you wanna treat me so bad? («¿Por qué quieres tratarme tan mal?». Ya en el backstage, el artista dijo que ese público «no tenía gusto musical» y que todos eran «unos retrasados mentales». Posteriormente dijo que no volvería a abrir un concierto de los Stones. Con el tiempo, el guitarrista de la longeva banda de rock, que en julio de este 2026 sacarán su nuevo disco de estudio tras más de 60 años en el candelero –ahí es nada–, Keith Richards, definió a Prince como «un enano sobrevalorado… insultante para nuestro público» (Prince medía 1,60).

Paisley Park Studio.

De Madonna a Miles Davis, de Michael Jackson (con el que siempre mantuvo cierta rivalidad) a Kate Bush, todos los grandes nombres de la música popular quisieron grabar con él. Tras su inesperada muerte en 2016, The Prince State trabajó minuciosamente para exhumar de The Vault, su bóveda acorazada de Paisley Park (su casa-estudio), álbumes preciosos hasta ahora inéditos. Miles de canciones aún reposan ahí; cada lanzamiento es un evento global. Obra única en el mundo, este libro ofrece una nueva mirada a la extensa obra del artista y detalla minuciosamente la génesis de todas sus canciones, desvelando uno a uno los secretos de una discografía espectacular, digna de este extraordinario e inmortal cantautor.

Duane Tudahl con su libro.

Sin duda, uno de los aciertos de este monumental volumen es que Clerc no rehúye el juicio crítico. Aunque su valoración es predominantemente positiva, no tiene reparos en señalar los momentos en que Prince, a su entender, pudo haber errado el tiro. Probablemente Prince. All the songs sea el libro definitivo sobre el artista estadounidense tanto por su amplitud como por su minuciosidad (aunque para fans acérrimos también es obligatoria la lectura de la serie de Duane Tudahl, que se aproximó sesión a sesión –casi un diario de trabajo– a las grabaciones de Prince).

Con una carrera tan mitologizada como la de Prince, este magnífico volumen es un compendio exhaustivo que ilumina cada rincón de su magnífica e inclasificable trayectoria. Benoît Clerc ha asumido una tarea hercúlea y ha entregado la obra de referencia en un solo volumen, una cobertura que ningún otro libro ha intentado siquiera igualar en extensión. Para cualquiera que desee aproximarse a la obra completa de uno de los músicos más prolíficos y enigmáticos del siglo XX (tal es mi caso), este volumen es, sencillamente, indispensable.

10 cosas que (quizá) no sabías de… AC/DC

Es una de las bandas de rock duro más grandes del planeta. Y continúan llenando estadios y haciendo vibrar a millones de personas a pesar de que podrían ser nuestros abuelos. En 2020 publicaron Power Up, un disco que, lejos de considerarse las migajas de un gigante con pies de barro, fue una nueva inyección de «rutinaria» energía –y lo digo en el buen sentido– de los australianos. Ahora que se cumplen 50 años de su formación y Ma Non Troppo publica la edición actualizada y ampliada de La Historia de AC/DC, de la legendaria autora Susan Masino, recuperamos algunas de las curiosidades que rodean al grupo comandado por Angus Young y Brian Johnson.

Por Óscar Herradón ©

–Un día de borrachera de esos que tienen de forma bastante habitual las rock stars, según recordaba el cantante de AC/DC Brian Johnson, se fue junto al fallecido guitarra rítmica y vital compositor de la banda, Malcolm Young, hasta el escocés Lago Ness ¡en busca del monstruo! Se pusieron de rodillas en una de las orillas y, según Johnson: «Malcolm tenía una bebida en una mano y la caja llena de fuegos artificiales en la otra, tratando de encender un fuego en el lago». Cuando regresaron a casa con sus esposas tenían paja en el pelo y estaban cubiertos de barro. «¡Qué noche!», sentenciaría el vocalista. Del críptido, nada de nada…

–La historia de la canción «Dirty deeds done dirt cheap» es realmente surrealista. En la letra se menciona un número de teléfono, el 36-24-36. En realidad fue una elección al azar pero traería insospechadas consecuencias. El tema habla de un «solucionador de problemas» (el propio Bon Scott) al que las chicas han de llamar cuando quieren perder la virginidad o los chicos en caso de que quisieran que les ayudase a pegar a quien les intenta robar la novia o para deshacerse de una chica demasiado plomo… Scott decía «Hey» (en un agudo mayor que Julio Iglesias) justo tras pronunciar los números, por lo que la legión de fans de la banda australiana creyó que decían «36-24-36-8…». Y como el mundo está lleno de curiosos (y de gente con mucho tiempo libre) algunos –muchos– comenzaron a llamar al teléfono, que resultó ser el de la casa de una pareja de Libertyville (Illinois, EEUU) que, hartos de ser molestados, demandaron al grupo por un cuarto de millón de dólares alegando que habían promovido su acoso continuado.

–Antes de elegir el disfraz de colegial que lo convertiría en leyenda del rock duro (y que sigue utilizando en sus actuaciones en directo a pesar de ser casi septuagenario) Angus Young probó otros atuendos, entre los que estaban el disfraz de El Zorro, un gorila, el de Spiderman e incluso una parodia de Superman de su propia cosecha a la que bautizó como «Super Ang». Desde el primer día en que formaron la banda hace ahora 50 años, en 1973, Angus iba a ensayar, cuando aún era estudiante, sin cambiarse de ropa, y su hermana Margaret tuvo la genial idea de que ese podía ser su atuendo, ya que «se comportaba como un niño». Y… voilà.

–Es conocido que la CIA ha utilizado bandas sonoras de lo más variopinto para realizar torturas en sus cárceles secretas (de Metallica a Christina Aguilera y de Rage Against The Machine a Tupac) pero ya en un lejano 1989, para derrocar al general panameño Manuel Antonio Noriega, las tropas del ejército estadounidense, al conocer que se hallaba refugiado en la Nunciatura de Panamá, rodearon el edificio colocando grandes amplificadores y pusieron canciones de AC/DC que estuvieron atronando durante tres días seguidos. Finalmente, con los nervios a flor de piel (se ve que no era muy fan del hard-rock), el dictador decidió entregarse… y dejar descansar sus oídos.

–Han vendido millones de discos. Tantos, que según sus biógrafos si colocásemos en una línea recta todos los vinilos que se han venido de LP Back in Black desde su lanzamiento en 1980 (más de 40 millones de copias), llegaríamos caminando sobre el policloruro desde Huelva hasta Toulouse. Si juntásemos las copias vendidas de todos los discos (incluidos directos, rarezas, series B…) quizá pudiésemos ir caminando sobre un electrizante camino de baldosas negras hasta la Cochinchina.

–Los Young copiaron las siglas de su inmortal nombre de la leyenda «Alternating Current / Direct Current» que aparecía en la máquina de coser eléctrica que usaba su hermana, un eslogan que para ellos simbolizaba el sonido enérgico y crudo de la banda. Quién les iba a decir a aquellos pipiolos lo que lograrían con algo en un principio tan inocente… Lo demás es historia.

–Y además de las siglas (ese «Isi Disi» que dirían Santiago Segura y Florentino Fernández en la Plaza de Toros de Leganés, la misma banda a la que el consistorio invitó para inaugurar su calle en marzo del año 2000), tenemos el logo, tan representativo como el de Cola-Cao. No es de extrañar, fue diseñado por el creador del de Pepsi, Gerard Huerta. Un señor con un largo historial de éxitos de marketing, pues diseñó los logos de otras bandas como Boston, Foreigner, Ted Nugent e incluso en de la revista «Time» o el de HBO. La banda australiana se las apañó, al parecer, para no pagar al artista ni un centavo. Si hubiese tenido un contrato por royalties

–A toda buena banda de rock (y pop) le rodea alguna leyenda maldita, como hemos visto numerosas veces en el interior del Pandemónium (de Black Sabbath a Led Zeppelin, de Nirvana a The Beatles), y AC/DC no iba a ser menos. El misterio de las últimas palabras de Bon Scott, el inolvidable segunda cantante del grupo (el primero fue el efímero Dave Evans) son todo un misterio, engordado por los rumores de los fans: «Shazbot Nanu Nanu». Son las últimas que grabó durante la sesión de «Night Prowler» (tema de Highway to Hell). Los sectores más reaccionarios vieron en las mismas una invocación al diablo, y la gota que colmó el vaso conspiracionista fue el hecho de que en 1985 el asesino en serie Richard Ramírez, apodado precisamente «Night Stalker», dejó en la escena de un terrible asesinato cometido el 17 de marzo en Rosemead, California, un gorro con el logo de AC/DC. Aquello puso a la banda en el punto de mira y llevó a los más retorcidos a segurar que se trataba de un guiño –maligno– a dicha canción. En realidad, sus últimas palabras registradas poco tenían que ver con el príncipe de las tinieblas: se trataba de una cita del extraterrestre que interpretaba el entrañable Robin Williams en la serie de televisión Mork y Mindy, que encantaba al malogrado Scott.

–En relación con leyendas urbanas, se cuenta que la mujer de Angus, Ellen, le dijo una vez a un fan con el que coincidió en un viaje en tren que cuando la banda estaba grabando The Razors Edge (publicado en septiembre de 1990), al entrar al estudio vieron que había coros en pistas donde no se había grabado ninguno (que supieran), y que las voces eran… ¡de Bon Scott! ¿Una colaboración fantasmagórica desde el más allá o más bien puro marketing? Me inclino más por la segunda de las opciones.

–43 años después la muerte de Bon Scott continúa siendo un misterio. Era una fría mañana londinense el 19 de febrero de 1980 cuando se encontró el cuerpo sin vida del cantante dentro de un Renault 5. Por aquel entonces Scott estaba colaborando con el grupo francés Trust, con el que grababa en un estudio de Londres, y comenzaba a grabar con Malcolm y Angus el que sería su nuevo álbum, el superventas Highway to Hell. Aquella noche la pasó en el club The Music Machine, en Candem, junto a su colega Alistair Kinnear. Al quedarse KO, Kinnear fue incapaz de despertarlo y lo dejó durmiendo en el coche frente a su casa, mientras él subía al domicilio. Al día siguiente el cantante estaba muerto, según la autopsia oficial, ahogado en su propio vómito. Luego nacerían las hipótesis, los misterios y las teorías de la conspiración,  como ha sucedido con la muerte de Elvis, Michael Jackson, Jim Morrison o Brian Jones, y muchos otros.

En el libro Bon: the last highway (2017), su autor, Jesse Fink, aportó nuevos detalles tras una exhaustiva investigación: Scott era legendario en relación a la cantidad de alcohol que soportaba, por lo que sería extraño que le hubiera provocado un efecto tan devastador. Fink y otros apuntan a una sobredosis de heroína (mezclada, eso sí, con alcohol). Tampoco ayudaron a resolver el misterio las inconsistentes declaraciones de Kinnear que, en realidad, era amigo de una ex novia de Scott, Silver Smith. Además, este había realizado un larguísimo recorrido en coche para dejar al cantante de AC/DC en la puerta de su propia casa ante la imposibilidad –según dijo– de cargar con él. Sin embargo, Angus no es que fuera de constitución precisamente fuerte y más de una vez cargó a hombros con Scott en los directos, como muestran varias fotografías… Quién sabe.

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

Existen infinidad de libros sobre AC/DC (uno de los mejores, AC/DC. For those about to rock, editado por Blume en 2018) y el más reciente en castellano es obra de una editorial muy conocida entre los lectores del Pandemónium: Ma Non Troppo (Redbook Ediciones). Se trata de La historia de AC/DC. La banda de heavy metal más grande de todos los tiempos, probablemente la historia definitiva (al menos hasta ahora) sobre los australianos.

Los AC/ DC son mucho más que un guitarrista embutido en un uniforme colegial con cuernos en la gorra o la gigantesca campaña con la que anuncian en directo «Hell’s Bells», tema compuesto en memoria de Bon Scott. Son puro electroshock, pasión por la electricidad. Criticados y admirados a partes iguales, nadie puede permanecer indiferente ante los riffs de Angus, la obstinada guitarra rítmica de Malcolm (al menos hasta su muerte en 2017, siendo sustituido por su sobrino, Stevie) y la postura chulesca a la vez que cercana de Brian Johnson. Con ellos de nada valen las florituras y las impostaciones: lo suyo es rock, pura energía en estado salvaje incluso cuando tienes casi 70 años, que se dice pronto. Un relato electrizante y muy entretenido, repleto de información contada de primera mano, obra de una legendaria escritora de rock, que tiene casi los mismos años que los australianos.

He aquí el enlace para adquirir esta maravilla…

https://redbookediciones.com/producto/musica/historia-de-ac-dc-la/

Bowie: el prohombre de las estrellas

David Bowie moría el 10 de enero de 2016 en Nueva York, hace ahora siete años, muy lejos de su Brixton natal, apenas unos días después de lanzar al mercado su último disco de estudio, Blackstar, cuyo segundo single, «Lazarus», era presentado al mundo en un videoclip premonitorio con versos de aparente despedida: «mira aquí arriba, estoy en el cielo»; «no tengo nada más que perder» o «seré libre». Trabajando e innovando hasta el último aliento, dejó conmocionados a millones de fans, y al mundo de la Cultura con mayúscula (no solo musical). Ahora, numerosos libros en castellano recuerdan su inconmensurable legado.

Por Óscar Herradón ©

Pocos personajes de la segunda parte del siglo XX tuvieron su innata capacidad de innovación y reinvención. Icono de la moda, andrógino, provocador nato y músico genial e inclasificable, fue pionero (y podríamos decir que creador) de no pocos géneros, como el glam-rock, y a lo largo de sus casi 50 años de carrera –que se dice pronto– se metamorfoseó convirtiéndose en leyenda del pop y del rock a través de sus alter ego Ziggy Stardust, Aladdin Zane, Major Tom, Halloween Jack o el Delgado Duque Blanco; o simplemente siendo él mismo (o todos ellos juntos) como Bowie, David Bowie.

El comienzo nunca es sencillo

Llegar hasta allí no le fue ni mucho menos fácil. El talento es fundamental, pero también rodearse de los mejores (en producción, marketing –del que él mismo sería un genio durante décadas–, músicos de sesión, discográficas…) y una pizca de buena suerte. Cargado de inquietud creativa, David (Robert) Jones, que era su verdadero nombre, pasó por multitud de grupos en los años 60: The Konrads, The King Bees, The Manish Boys, The Lower Third o The Bluze, fue aprendiz de mimo con Lindsay Kemp y realizó incursiones en el teatro de vanguardia y en la Commedia dell Arte… Lo hizo en una década de grandes bandas tanto en Reino Unido como en Estados Unidos que Bowie escuchaba sin cesar, la misma década en la que sacaría su primer álbum ¡el mismo año que se lanzaba nada menos que el Sgt. Peppers and the Lonely Hearts Club Band de los Beatles!: 1967.

Tuvo un problema con su nombre artístico. Y es que cuando comenzó su andadura musical, aparecieron en la escena The Monkees, cuyo cantante se llamaba precisamente Davy Jones, y estaban gozando de notable éxito. Para no confundirlos, nuestro protagonista cambió su nombre a Tom Jones, que mantuvo durante un par de semanas hasta que el Tom Jones que todos conocemos publicó «It’s not unusual» alcanzando gran fama en Gran Bretaña y nuestro protagonista hubo de cambiarlo de nuevo. ¡menos mal! Pasó por David Cassidy (que coincidía con un actor de Hollywood, ídolo juvenil en los 70 muerto en 2017, apenas un año después que Bowie) y otro más hasta que dio con su verdadero nombre y así se lo comunicó a su entonces manager, Leslie Conn (al parecer, adoptó el mismo en honor a Jim Bowie, creador del cuchillo homónimo y héroe de El Álamo). ¿Os imagináis que Rolling Stone anuncia: «Acaba de lanzarse al mercado el álbum The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de Tom Jones»… Uff!

Del escenario a la gran pantalla

Una de sus apoteosis musicales (pues tuvo varias en su dilatada carrera) fue como su álter ego Ziggy Stardust en el cierre de gira del concierto del Hammersmith Odeon londinense el 3 de julio de 1973. Era el día en que el camaleón musical ponía fin bruscamente –y sin previo aviso, como gustaba– a su guitarrista venido del espacio. Bowie nunca tuvo miedo al cambio, a la transformación, a la pura metamorfosis; fue un multifacético artista que hizo de mimo, fue cantante, compositor, instrumentista, pintor, escultor y actor con notables apariciones en la gran pantalla: de El hombre que cayó a la Tierra a Dentro del Laberinto, pasando por El Ansia, Feliz Navidad Mr. Lawrence, La última tentación de Cristo o Twin Peaks: Fuego camina conmigo. Un visionario que «predijo» hasta su propia muerte y de ello hizo una suerte de fatal performance en su último videoclip, como señalé al comienzo del post.

Realizó colaboraciones antológicas: escribió Fame junto a su admirado John Lennon, su primer número 1 en Estados Unidos; el guitarrista de The Who, Pete Towshend, tocó en varios temas de Bowie; con Queen el británico compuso Under Pressure; hace casi 40 años grabó con Mick Jagger una versión de Dancing in the Street ¡y bailaron juntos en la calle con fines benéficos!; Produjo el disco Transformer, de su gran amigo Lou Reed; participó en los álbumes The Idiot y Lust for Life de su otro colega Iggy Pop, otrora líder de The Stooges… y mucho más.

Amistades… y enemistades

Sabía que era un genio, y tenía su ego, marcado en ocasiones y no exento de polémica, pero supo ayudar a otros músicos en su camino al estrellato. Sobre otros, en cambio, no ocultó su desafecto o directamente su animadversión: criticó a Elton John, al que llegó a llamar en un entrevista concedida a la revista Rolling Stone a mediados de 1976 «la reina simbólica del rock», y a Paul McCartney (¿quizá por su amistad con Lennon?) al que tildó de buena persona pero puntualizando que no le gustaba lo que hacía en solitario; con mi idolatrado Axl Rose, sex symbol incontestable del rock venido a menos (cosas de la edad y los excesos) casi llega a las manos, al parecer porque el frontman de los Guns pensaba que Bowie (toda una leyenda en lo que se refiere al cortejo) estaba «tonteando» con su entonces novia, Erin Everly, mientras rodaban el videoclip de Sweet Child O’Mine.

Según revela el legendario guitarrista de la banda, Slash, en su autobiografía, tiempo después, mientras los Guns estaban preparándose para telonear a los Rolling Stones en California, Bowie asistió al show junto a su madre y cuando Axl se dio cuenta de su presencia, comenzó a insultarlo por el micrófono y llegó a acercarse a él para golpearlo, teniendo que intervenir trabajadores del show. Tras el concierto, el incidente fue tan sonado que acudieron nada menos que Mick Jagger y Eric Clapton a hablar con Axl.

Un año después, en una entrevista concedida a la revista Kerrang!, el frontman pelirrojo contó que le hablaron de Bowie y le dijeron que cuando este se emborrachaba «se convertía en el demonio de Browley». Axl no es que fuera precisamente una perita en dulce en ese sentido, y sus encuentros con las autoridades en los 80 y 90 fueron más que sonados, llegando a ser detenido. Después, él y Bowie hablaron y se reconciliaron, hecho que atestiguan unas fotografías de ambos tomadas en 1989 donde hacen alarde de una gran complicidad. Cosas de las rock-stars.

Sex, drugs and rock and roll

Con Lou o Iggy, Bowie compartió el gusto por la vida al límite, y experimentó de forma permanente hasta que alcanzó el éxito masivo en la década de los ochenta, la misma en la que interpretó al inolvidable personaje de Jareth, el rey de los duendes, en la citada película Dentro del Laberinto (Labyrinth) de Jim Henson, curiosamente una cinta que no tuvo el éxito esperado y hoy reconvertida en película de culto e icono pop que cuenta con millones de fans en todo el mundo y es carne de inagotable merchandising (he de reconocer que yo cuento con bastante, desde figuras de NECA a pequeñas esculturas Mini Epics de Weta Collectibles).

Y sus excesos, claro, con el sexo y las drogas. Cuentan que «se volvió loco por las drogas» y que sus falsos amigos «se aprovecharon de su dinero». Lo dijo el que fuera uno de sus guitarristas legendarios en los 70, Earl Slick, quien señaló que Bowie le recordaba a Elvis cuando estaba bajo el efecto de los estupefacientes. En relación al proceso de grabación del disco Station to Station, confesó al diario The Guardian que «David había llegado a acercarse a la locura». 

El artista, que ya había adoptado su alter ego más cruel y misterioso, el Delgado Duque Blanco, sumergido en las drogas y que al parecer coqueteaba con el ocultismo e incluso parecía fascinado con la cultura nazi (sin duda para provocar, pues su abierta bisexualidad y modo de vida no parecían muy acordes con el ideario del fascismo o el nacionalsocialismo), a finales de 1976 se trasladó a Berlín, todavía dividido por la Guerra Fría, supuestamente para tratarse de su adicción al polvo blanco y trabajar en su carrera musical de la mano de su gran amigo y compañero de piso, Iggy Pop, otro genial artista que llevó hasta el límite los excesos. Años después, el propio Bowie se refería al año en el que vivió como un falso duque ario y aristocrático, casi sin empatía, de esta forma: «En esa época estaba desquiciado, totalmente enloquecido. Funcionaba solo a base de mitología». Tras ello llegaría la maravillosa «trilogía de Berlín» y el otrora Davey  se convertía en un mito.

Y aunque el tema en cuestión está bastante trillado ya, acabo el post con una aclaración sobre la longeva leyenda acerca de sus ojos de distinto color: ¡no! Son del mismo. Lo que pasa es que uno de ellos tiene la pupila dilatada; así, según incidiera en él la luz podía dar la sensación de que era de diferente color al otro. ¿La razón? Bowie sufría de anisocoria, una asimetría en las pupilas fruto de un golpe que recibió en su adolescencia y que le propinó su colega Georges Underwood, con quien tocaba en la banda George and the Dragons. El grupo se rompió tras una efímera existencia, pero volverían a colaborar juntos en The King Bees, antes de que Underwood decidiera convertirse en un diseñador (muy exitoso) de portadas de discos. Ya se sabe, entre amigos todo se perdona.

Y ahora os dejo con los libros que os enseñarán de verdad quién fue este escurridizo tipo (o al menos os acercarán más a él que mis humildes trazos ortográficos):

PARA SABER (MUCHÍSIMO) MÁS:

Starman. Los años de David Bowie como Ziggy Stardust (ECC Cómics)

En abril del recién despedido 2022 la editorial ECC (que publica en España las licencias de DC y una amplia variedad de potentes títulos del mundo del cómic) lanzaba la novela gráfica Starman. Los años de David Bowie como Ziggy Stardust, un recorrido por aquel alter ego, una suerte de mesías del RnR que jugueteaba de forma provocativa con la identidad sexual y los roles de género. Corría el año 1972 y lo que hoy es algo de lo más común era un auténtico desafío a la «moralidad» británica.

El autor, el alemán Reinhard Kleist, entreteje de manera fascinante a través de potentes viñetas bañadas de psicodelia y delirios pop, el auge y declive de este extravagante personaje artístico que, como contamos en el post, Bowie borró de un plumazo algo más de un año después, en el concierto de cierre de la gira, con la intención, una vez más (lo haría innumerables veces) de no encorsetarse y reinventarse. A pesar de las quejas de los millones de fans, volvería a conseguirlo, alcanzando en la década siguiente el éxito global, incluido EEUU.

El colorista Thomas Gilke ofrece con su arte un complemento perfecto al guión y dibujo de Kleist, completando a la perfección las certeras y elegantes ilustraciones del segundo. He aquí el enlace para adquirir esta joya bibliófila:

https://www.ecccomics.com/comic/starman-los-anos-de-david-bowie-como-ziggy-12972.aspx

Bowie: amando al extraterrestre (Cult Books)

La editorial Cult Books reeditó hace escasos meses una completa y concisa biografía sobre el Delgado Duque Blanco que hará las delicias de los fans (y servirá de excelente introducción a neófitos): Bowie: amando al extraterrestre, del también legendario y controvertido periodista y biógrafo inglés Christopher Stanford, que ha firmado el retrato de Kurt Cobain, los Rolling Stones, la controvertida relación entre el mago Harry Houdini y el escritor y apasionado espiritista Arthur Conan Doyle o Polanski (obra publicada por T&B Editores en 2009).

A diferencia de otras biografías al uso, Sandford muestra una evidente admiración hacia el músico británico, pero no oculta también cierta animadversión –y podría decirse que en algunos pasajes, hasta repugnancia– sobre el multifacético artista, algo así como una carta de amor y odio que deleita al lector con una prosa incisiva e irónica, digna de un profesional del cuarto poder, y mil y una anécdotas sobre el hombre que ideó (corrijo, más bien se transformó) a Ziggy Stardust o Aladdin Sane, entre muchos otros iconos pop. Una narración detallada y sentida desde los orígenes de aquel extraño y solitario niño-adolescente llamado David Jones a la reconversión en David Bowie, el artista inclasificable siempre a la vanguardia. Un ser esquivo al que incluso sus personas más cercanas definen como distante y hermético (no todos, por ejemplo, su fotógrafo oficial en tres giras oficiales entre 1983 y 1990 y amigo Denis O’Regan, señaló que fuera del escenario Bowie era un tipo muy normal, con ganas de ser uno más de los que lo acompañaban en las interminables giras. ¿Quién miente?).

El libro muestra su personalidad controvertida y cambiante: desde sus coqueteos con el nazismo a su vuelco para con las causas benéficas; a veces errática y otras genial, su multifacética carrera de la que la música es solo una de sus facetas (sin duda la más importante, al menos a nivel global, aunque para él era la pintura su verdadera pasión, nunca reconocida), y sus excesos, claro, que no fueron pocos. Sandford muestra a un artista incapaz de sentir empatía por nada ni por nadie, vacío de contenido moral (en esto no coincide con otros biógrafos) que, sin embargo, fue manejado –dice– a su antojo por compañías de management. En definitiva, un hombre que se confundía con sus personajes y que dejó una huella imborrable en la cultura popular de los últimos 50 años.

El club de lectura de David Bowie (Blackie Books)

Una de las editoriales más atrevidas y entregadas del panorama nacional, Blackie Books, publicaba a finales de 2019 un libro tan extraño como cautivador y de obligada lectura –y posesión– para fans: El club de lectura de David Bowie, del escritor estadounidense John O’Connell, «una invitación a la lectura a través de los 100 libros que cambiaron la vida del mito», ilustrado por Luis Paadín. Bowie desveló tres años antes de su muerte la centena de libros que habían forjado su carrera y cambiado su forma de ver el mundo; este libro es, por lo tanto, una inmersión en su legado y una invitación irresistible a sumergirte de verdad en esos objetos de papel y en su poder para transformarnos. Muchos libros de los 60, algunos de la generación beat (por ejemplo, su manifiesto, En el Camino, de Jack Kerouac), distopías como 1984 de George Orwell o La Naranja Mecánica, de Anthony Burgess, numerosas obras de cultura oriental, sobre Alemania y algunos cómics, que le encantaban, de los superhéroes a El Víbora.

Una obra que la autora y periodista británica Caitlin Moran ha definido como «Un libro absolutamente brillante». No es para menos.

He aquí la web de la editorial para adquirirlo forma de adquirirlo:

Bowie de la A a la Z (Redbook Ediciones)

Otra editorial habitual en el Pandemónium, Redbook Ediciones, a través de su sello Ma Non Troppo, lanzaba a finales de 2021 una preciosa edición a todo color que hará las delicias de sus seguidores: Bowie de la A a la Z. La vida de un icono de Aladdin Sane a Ziggy Stardust, un espléndido (a pesar de su pequeño tamaño) tomo ilustrado que como su título indica recorre de forma concisa la trayectoria y los hechos más destacables de su carrera a modo de ingenioso diccionario. Es obra del escritor y DJ Steve Wide, durante muchos años al frente de un célebre programa musical en la radio británica, autor también del libro The Beatles de la A a la Z igualmente publicado en castellano por Redbook Ediciones. Firma las ilustraciones la artista Libby Vanderploeg, autora de un gran número de proyectos de animación, diseño e ilustración.

Enlace:

Bowie por Bowie (Libros Cúpula)

En 2020, Libros Cúpula (sello del Grupo Planeta con un fabuloso catálogo musical y con el que tuve el placer de publicar un ya lejano 2014 Los Magos de la Guerra. Ocultismo y espionaje en el Tercer Reich), lanzó en castellano el libro Bowie por Bowie. Entrevistas y encuentros con David Bowie, editado por el periodista Sean Egan. Responsable de trabajos de contenido y estructura similar, sobre Keith Richards o Fleetwood Mac, entre otros, y autor de exitosas biografías como Jimi Hendrix and the Making of Are You Experienced o David Bowie: Ever Changing Hero, cuenta en estas más de 500 páginas que recogen 32 entrevistas y encuentros con el músico centenares de anécdotas sobre el camaleón del rock. Más de una treintena de reportajes en los que Bowie se explaya en profundidad, lo más cercano a una autobiografía relatada en tiempo real de una leyenda de la música.

Años antes, en 2013, Libros Cúpula lanzaba al mercado una joya para fans titulada Los tesoros de David Bowie –una vez más su historia, pero narrada a través de espectaculares fotografías, facsímiles únicos y textos reveladores y que no es precisamente fácil de encontrar–. He aquí el enlace para conseguir el de 2020:

https://www.planetadelibros.com/libro-los-tesoros-de-david-bowie/93414

Bowie. Una biografía (Lumen)

Y otro sello habitual en el blog, Lumen (Gráfica), de Penguin Books, editaba también otra joyita para bowiemaníacos: Bowie. Una biografía. Homenajeando aquello que dijo su biógrafo David Buckley de que «cambió más vidas que ninguna otra figura pública», el profesor Fran Ruiz (a cargo de los textos) y la ilustradora y autora española María Hesse (autora del fenómeno Frida Kahlo: Una Biografía, publicado también por Lumen), acometen el desafío de adentrarse en los múltiples aspectos de la vida de Bowie, en sus enigmas y anécdotas a través de un libro ilustrado que la revista Esquire considera una de las 35 mejores novelas gráficas; ahí es nada. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.penguinlibros.com/es/tematicas/30588-libro-bowie-una-biografia-9788426404657#