Tres décadas del Black Album (Part ONE)

Me he retrasado un poco, lo reconozco, pero es que no es fácil rememorar tres décadas de rock and roll (o thrash metal, según se mire) en un post. Pero un post sobre Metallica en «Dentro del Pandemónium» era una cuenta pendiente obligada. Tres décadas (y bastantes meses) del Álbum Negro, porque si nos referimos a su carrera completa, ya hace tiempo que se cumplieron 40 años de su primer concierto. Todo un fracaso que no era sino el comienzo de algo muy, muy grande. Ya no demoramos más. Wherever I May Roam…

Óscar Herradón ©

Estaba obsesionado con los Use your Illusion de Guns N’Roses, cuyas cassettes ponía una y otra vez (principalmente los hits, de Don’t Cry a Civil War, de You Could Be Mine a November Rain), cuando vi en los primeros ejemplares de la Heavy/Rock que compraba en aquellos maravillosos kioscos multicolor hoy casi inexistentes por culpa de Internet, las potentes imágenes del cantante de Metallica en plena acción. Entonces la prensa musical los confrontaba continuamente a los rockeros de Los Ángeles y, cosas de la inocencia de la edad, pensaba que aquellos músicos de semblante serio que comandaba James Hetfield eran una suerte de villanos que estaban ahí solo y exclusivamente para dificultar el éxito del que para entonces –y muchos años después– era el grupo que ponía banda sonora a mi vida.

Y una de esas tardes en las que alternaba leer alguna cosa del colegio –todavía iba al colegio, a 8º de EGB–, escuchar a los Guns y jugar a los tazos de Bola de Dragón o a los cromos de la Liga (sí, solo tenía 12 primaveras), pusieron en la radio –es posible que en una emisora tan poco rockera como Los 40 Principales– un tema de esos «hombres de negro» de melenas abundantes y pose defensiva. Unos acordes de aire oriental me dejaron pendiente, en el más absoluto de los silencios, de aquella canción que salía de un radiocassette del Pleistoceno. A aquellas extrañas e hipnóticas «cuerdas» siguió una potencia que me cautivó y una voz que me enganchó para siempre; aquel tema no tenía nada que envidiar a los de mis ídolos Axl y compañía.

Se trataba –lo supe después– de Wherever I May Roam, ese himno inspirado en los músicos nómadas que hacen de la carretera (la misma que le robaría la vida al primer bajista del cuarteto, Cliff Burton, que cuando yo los descubrí ya llevaba muerto unos seis años) su segunda casa –y muchas veces la primera–. Formaba parte de un disco que no tardé en comprar (en cassette, claro), que no era otro que el Black Album, del que se cumplieron 30 años hace bastantes meses y que, junto a los Illusion, elevó 1991 a fecha dorada del rock and roll, el mismo año que veían la luz el Nevermind de Nirvana, el Blood, Sugar, Sex, Magik de los Red Hot Chili Peppers, el Arise de los brasileños Sepultura, el Gish de Smashing Pumpkins o, en géneros algo distintos pero no por ello menos cautivadores, el Dangerous de Michael Jackson o el Out of Time de REM.

Fue el 12 de agosto de 2021 –hace casi un año, sí que me he retrasado, sí– cuando se cumplían tres largas, convulsas y magnéticas décadas desde la publicación de aquel álbum de cover negra, negra como la vestimenta de los cuatro jinetes del apocalipsis que lo compusieron. Tengo 42 años, así que… 30 años que suponen prácticamente toda mi P… vida. No dejé de escucharlo desde entonces: una y otra vez, una y otra vez; podría tararear cada estribillo incluso en ese estado semiinconsciente que se produce entre la vigilia y el sueño y en el que, dicen, daba forma a sus monstruos antediluvianos H. P. Lovecraft en la remota Providence, también en USA.

Poco tiempo después de que mi colega de colegio Paul Semper me descubriera a los Guns y a los Red Hot –él nunca sintió demasiada devoción por Metallica, y mucho menos por sus aficiones cinegéticas– recalé en el instituto (sí, primero de BUP entonces), y conocí al que sería poco después, y hasta el día de hoy, mi mejor amigo, Luis Zamarra. Con él, entre muchas vivencias que no vienen a cuento, no pocas discusiones, algunas tan acaloradas que alguien podría haber puesto en duda nuestra sólida amistad (cosas, ya de mayores, de la divergencia política) y un amor por la música tan sincero como nuestras almas aún incorruptas, desgrané cada tema, cada sílaba, cada letra, cada palabra del álbum negro. Él tocaba sus melodías a la guitarra, y yo intentaba –en vano, nunca fue lo mío– darle la réplica con mi voz.

The Metallica Blacklist

Los Maiden

Algo mágico tenía aquel disco, más allá de la fuerza, la perfección compositiva o la frescura (que hoy mantiene intacta). Sí, mucho más, a la vista están los homenajes de millones de fans, críticos musicales y artistas que ya tenían barba cuando los Metallica no habían nacido, a tres décadas de su lanzamiento. De Bruce Dickinson a Paul Stanley, líder de Kiss, son centenares los músicos que lo han elogiado y definido como algo sin igual. En una charla el pasado año con motivo del 30 aniversario, el frontman de una de las grandes bandas de heavy metal de la historia, Iron Maiden, afirmaba a Classic Rock: «Nosotros, Judas Priest y Pantera, alcanzamos una encrucijada en la que tuvimos la oportunidad para dar realmente un paso adelante al siguiente nivel. Pero ninguno de nosotros tuvo agallas. Metallica sí».

Incluso Juanes se ha marcado una sui géneris versión de Enter Sandman, con videoclip incluido. Sorprendente. Es normal que sea el decimoquinto álbum más vendido de la historia de EEUU. Debería ser uno de los cinco primeros (pero en ese top 5 están Michael Jackson, Pink Floyd, Whitney Houston, AC/DC y Meat Loaf. Mucha tela). Fruto de esa admiración por los metálicos estadounidenses, hace unos meses se lanzó el disco tributo The Metallica Blacklist, en el que versionan sus temas 53 grupos y artistas tan divergentes como el citado Juanes, Elton John, Miley Cirus, J. Balvin, Ha*Ash o el dueto mexicano Rodrigo y Gabriela, por citar solo a aquellos que más le han chirriado a los fans sempiternos de la banda.

Metallica, que aunque nunca dejó de estar en primera línea, se ha convertido en un auténtico fenómeno mediático mundial gracias a la cuarta temporada (y no última) de Stranger Things y los acordes del Master of Puppets, que los ha visibilizado ante millones de muchachos que ni siquiera sabían que aquellos hombres de negro, hoy de gris cano, existían. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán.

Condena de los thrashers, aceptación por el mainstream

Y eso que el disco –el negro, no el Master of Puppets– sería muy criticado por los fans antes, durante y después del lanzamiento. Recuerdo, en la ya mentada Heavy/Rock, la «heavy», una tira cómica de un lector en la que ahorcaban a un chaval, y cuando otro preguntaba a un colega por qué lo habían hecho, éste respondía: «Dice que le gusta lo último de Metallica». Hoy la censura habría hecho mella en aquella ingeniosa tira «cómica», pero es una buena muestra de la controversia que rodeó al «negro». No tenía mucho que ver con los discos que habían hecho de Metallica los abanderados del thrash metal (Ride The Lightning, Master of Puppets…), ni siquiera con aquel disco algo forzado (aunque me encanta) en el que no se escuchaba –deliberadamente– el bajo de Jason Newsted y al que el resto del grupo no haría justicia hasta años después: …and Justice for All.

Hetfield en pleno éxtasis (of God) en Londres, en 2017.

Y sin embargo, el álbum negro generó tal expectación que hubo largas colas en las tiendas de discos (hoy, con Amazon y el streaming, algo impensable), abrió hueco a Metallica en las grandes emisoras de todo el planeta y los encumbró a lo más alto de la escena musical en un tiempo en el que los Guns realizaban la extenuante y colosal gira de los Use Your Illusion y desde Seattle los príncipes del grunge comenzaban a copar los titulares de la prensa musical, avisando a los chicos de pelo cardado y agudos que no se relajaran, que el mundo del rock estaba cambiando y había que abrirle nuevos horizontes. Un olor como a espíritu adolescente (el de tantos de nosotros) que se ha ido perdiendo con los años. Ley de vida.

Este post metálico rebosante de melancolía tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium». Mientras tanto, os dejo unas cuantas recomendaciones literarias para seguir sacando jugo a los cuatro jinetes del (Meta)pocalipsis.

PARA SABER (MUUUUUCHO) MÁS:

Metallica. Back to the Front (Norma Editorial)

Y ahora que Stranger Things ha catapultado aún más un disco que cualquier amante de la guitarra eléctrica conocía de arriba abajo, el Master of Puppets, recordamos el impresionante volumen que en 2017 lanzó Norma Editorial, una auténtica joya para fans de los angelinos: Metallica. Back to the Front. La historia visual autorizada del álbum y la gira Master of Puppets, rubricada por Matt Taylor, un volumen que corta el aliento en una detallada historia repleta de fotografías y documentos inéditos de la colección de la banda y de fans sobre el lanzamiento y la gira posterior de un disco electrizante.

Master of Puppets se lanzó el 3 de marzo de 1986 y consagró a la banda como abanderados del thrash metal junto a Anthrax y Slayer. Con entrevistas nuevas exclusivas, el libro recorre esos meses de infarto en los que Metallica teloneó a Ozzy Osbourne, algo nada baladí, y cuya euforia se truncó el 27 de septiembre, con el trágico accidente de autocar en el que perdió la vida el virtuoso bajista Cliff Burton y sacudió los cimientos de la banda. Tenía tan solo 24 años.

Tras un concierto en Estocolmo, los miembros de la banda tomaron un autocar para trasladarlos a Copenhague: alrededor de las 6.15 de la mañana el vehículo derrapó, dio varias vueltas de campana y Burton –que curiosamente se había rifado dormir en la cama que le correspondía a Kirk Hammett, caprichos del destino– salió despedido. El autocar después lo aplastó. El doctor Anders Ottoson certificó la muerte a causa de «una comprensión torácica con una contusión pulmonar». A pesar de permanecer tan solo tres años y medio en Metallica, Burton hizo historia, y formó parte del álbum debut, Kill Em’ All, Ride The Lightning y el mentado Master of Puppets. Le sucedió Jason Newsted a las cuatro cuerdas, quien permanecería en la banda 15 largos años, hasta abandonarla y ser sustituido por el actual bajista, Robert Trujillo.

Metallica. El origen del Thrash Metal (Libros Cúpula)

Libros Cúpula, un sello del Grupo Planeta muy presente en «Dentro del Pandemónium», lanzó en 2014 el libro Metallica. El origen del Thrash Metal, de Jerry Ewing, un tributo a la banda más influyente del metal con imágenes exclusivas y documentos extraíbles inéditos. Una edición de megalujazo que ningún fan de Metallica puede perderse (un servidor lo tiene en sitio preferente de su biblioteca). Un compendio de coleccionista en el que se juntan facsímiles de flyers, entradas, pases de prensa, pósteres… organizado y narrado por el periodista musical especializado en rock nacido eb Australia –y quien se trasladó al Reino Unido justo cuando comenzaba la New Wave of British Heavy Metal– Jerry Ewing, colaborador de numerosos medios musicales como Classic Rock, Metal Hammer, Maxim, Stuff o Bizarre.

Metallica. Toda la historia (Blume)

Blume, una editorial que también adoramos en «Dentro del Pandemónium» y de la que en breve hablaremos en un post a razón del reciente lanzamiento de dos volúmenes, Arte Transgresor y Cine Transgresor, lanzó en 2017 la primera historia completa ilustrada de Metallica a cargo del prestigioso crítico musical canadiense Michael Popoff, que, como es de rigor, se encuentra en la biblioteca herradoniana al lado del cofre de Libros Cúpula, en lugar de honor. En Metallica. Toda la historia, el autor, que ha sido definido como «el periodista de heavy metal más famoso del mundo» –con 40 libros a sus espaldas– presenta la trayectoria completa de la banda –hasta el año de publicación, se entiende– proporcionando un completo repaso por su selecta discografía: cada álbum es diseccionado por prestigiosos periodistas musicales como Richard Bienstock, Daniel Bukszpan, Neil Daniels, Andrew Earles o Mick Wall, entre otros.

Un poco de todo: las historias tras la formación del grupo, la salida de Dave Mustaine a causa de sus adicciones (traumática para el guitarrista que acabaría fundando otro grupo mítico del trash, Megadeth, al frente del que continúa todavía hoy), la muerte de Cliff Burton en Escandinavia, la llegada de Jason Newsted (y el lamentable comportamiento de sus compañeros con él durante la grabación de …And Justice For All!), la salida de éste quince años después y la llegada de Navarro, la adicción al alcohol de James Hetfield, triunfos, tragedias, giras… un volumen acompañado de más de 200 imágenes, no solo en conciertos en directo (que hay muchas) sino también de momentos íntimos, auténticas joyas de coleccionistas como un servidor.

Metallica. Nothing Else Matters (Ma Non Troppo)

Y cómo no, Redbook Ediciones también tiene un título dedicado a Metallica en su colección «La novela gráfica del Rock», vieja conocida del Pandemónium, Metallica. Nothing Else Matters (Nada Más Importa). La vida de la banda angelina contada a través de la viñeta con una potencia digna del solo de bajo de For Whom The Bell Tolls y con un dibujo hiperrealista que te hace sentirte directamente en el seno de la banda como uno más desde sus comienzos hasta hoy. Y lo hace la mano de los expertos en novela gráfica Brian Williamson (dibujo) y Jim McCarthy (guion) que capturan con maestría la esencia y los sinsabores (muchos, pues la fama y el dinero no dan la felicidad, que se lo digan a Hetfield, aunque ayuda) de la más grande banda de thrash, de puro rock, de la historia. Un emocionante viaje en forma de montaña rusa que abarca dos décadas de altibajos tanto en la carretera como en el estudio.

En su selecto catálogo que hace las delicias de los amantes del rock, Redbook (a través de su emblemático sello Ma Non Troppo) también tiene el libro Metallica. Furia, sonido y velocidad, una obra definitiva sobre la historia de la banda estadounidense escrita a cuatro manos por Matías Recis y Daniel Gaguine. Un recorrido cronológico, otro más (pero igual de vibrante como las cuerdas de Hetfield y Hammett) por su trayectoria de vida, sus discos, videoclips, anécdotas y curiosidades. Además, sus letras, pura poesía y podríamos decir que filosofía viva, son analizadas por los dos especialistas musicales citados que además completan el libro con un singular apéndice de los instrumentos, efectos y amplificadores que los miembros de la banda han utilizado en cada periodo. Más de 100 millones de discos vendidos no merecen menos.

Nacer. Crecer. Metallica. Morir, Parte 1 (Malpaso y Cía)

La Editorial Malpaso y CIA lanzaba en 2018 el primer volumen (edición que parece un traslado al papel del álbum negro, maravillosa) de la biografía Nacer. Crecer. Metallica. Morir, la que precisamente va desde los comienzos de la banda a la aparición del Black Album. Compuesta a cuatro manos por Paul Brannigan e Ian Winwood, ha tenido un notable éxito en lengua inglesa y disecciona al grupo sin obviar en ese largo camino hacia el éxito multitudinario los momentos de dolor y drama. Un relato exhaustivo construido a partir de minuciosas conversaciones con los protagonistas de la leyenda y con todos los individuos que jugaron papeles significativos a su alrededor. Estamos ansiosos por tener el segundo en castellano (en inglés sí se puede conseguir). ¡Venga compañeros!

Y para los más pequeños, Reservoir Books (Kids) publicó Metallica en su colección Band Record la electrizante aventura de Metallica, con letras de Soledad Romero Mariño y dibujos de David Navas. Y es que, ¿quién ha dicho que sus riffs no son para los niños? Ojalá alguien me hubiese descubierto a la banda cuando tenía seis, siete u ocho años (habría sido testigo del lanzamiento de Master of Puppetts o del And Justice…).

W.I.T.C.H. La «secta» de las brujas feministas (I)

A finales de los años 60 Norteamérica era un polvorín. A las protestas por la guerra de Vietnam y la segregación racial, se sumaban procesos judiciales que ponían contra las cuerdas al mismo status quo. En medio de vertiginosos cambios sociales vistos con temor por la América más conservadora, surgió un grupo de mujeres activistas que, reconvertidas en hechiceras contra el patriarcado, causaron graves escándalos con sus sabbats, sus performances «mágicas» y su llamamiento a la acción directa.

Por Óscar Herradón ©

Escogieron para su fundación la noche de Halloween de 1968, el año de las barricadas en París, de la Primavera de Praga, de las marchas estudiantiles contra una guerra librada a miles de kilómetros y de la canción-protesta. El mismo en que las fuerzas más reaccionarias se encargaron de dilapidar las esperanzas de minorías étnicas y los garantes de los derechos civiles con los magnicidios de Robert Kennedy y de Martin Luther King. Eligieron también una ciudad icónica no solo para EE UU, sino para el mundo entero, Nueva York, donde los medios de comunicación podían tener más empuje en unos tiempos en que no existían las RRSS ni la globalización tecnológica.

Y parece que causaron bastante revuelo, pues fue el inicio del feminismo radical que hoy profesa todo el mundo libre. Hablo de un movimiento que se creó en esa fecha y en dicha ciudad y tomó el nombre de W.I.T.C.H. (bruja en inglés), acrónimo de toda una declaración de intenciones: «Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno» (Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell).

De hippies a yippies

Emblema del Young International Party

Para entender el origen del grupo contracultural W.I.T.C.H. y sus muchas facciones hay que echar un vistazo al escenario previo en muchas ciudades estadounidenses. En un tiempo donde la represión seguía siendo notable, así como el racismo, la homofobia y la misoginia, con el conflicto de Vietnam y sus veteranos mutilados de fondo, el movimiento hippie tomó una forma combativa y radical que sería bautizada como «Yippie» por el nombre del cada vez más exitoso Youth International Party (Partido Internacional de la Juventud). Sus miembros más radicales crearon una organización antiautoritaria y antimilitarista, defensora de la libertad de expresión, que hizo uso del efectismo teatral y la performance activista y antibélica (que generaba una reacción verdaderamente urticante entre la llamada América tradicional, «Blanca, Anglosajona y Protestante»), la parodia y el boicot al status quo. Se erigían en auténticos desestabilizadores del sistema y empezaron a ser objetivo de las autoridades y los servicios de inteligencia.

Abbie Hoffman en 1969

Sus principales cabecillas fueron los activistas sociales Abbie Hoffman y Jerry Rubin. Fueron responsables de notables acciones antisistema y el propio Rubin, en Do it! (¡Hazlo!), en 1971, hablaba con evidente sarcasmo del yippie en estos términos: «un vagabundo drogado con el fusil al hombro tan feo que la sociedad pequeño-burguesa se aterroriza con su aspecto», también como «un loco hijo de puta con pelos largos y barbudo cuya vida es teatro y que crea a cada instante la nueva sociedad mientras destruye la vieja». Su canto de guerra fue «Revolución o muerte».

El nombre Yippie! –así, con exclamación, «como de sorpresa y júbilo»– surgió durante la Nochevieja de 1967, cuando sus futuros miembros celebraban el año nuevo en medio de una fiesta de ácido, música rock y planes conspiracionistas con la intención de derrocar a Lyndon B. Johnson, el presidente demócrata que sustituyó a JFK e implicó profundamente a EE UU en la Guerra de Vietnam. Se identificaron, además, con las reivindicaciones del Black Power, con un discurso arrollador y su retórica del nacionalismo y la raza como confrontación cultural al «American Way of Life», la llamada acción directa y su radical e inminente reinterpretación de su propia historia. Ello conectó con los movimientos sociales de izquierdas, parte de la comunidad negra que formaba los Black Panthers y también con lo que daría en llamarse feminismo radical.

Bobby Seale

Precisamente Hoffman y Rubin estuvieron involucrados, junto al también yippie Juice Box y el cofundador del The Black Panther Party, Bobby Seale, en los graves disturbios que tuvieron lugar en 1968 en Illinois, Chicago, durante la Convención Nacional Demócrata, donde se enarbolaron consignas en contra de la Guerra de Vietnam. En el Anfiteatro Internacional de Chicago masas de manifestantes fueron agitadas por discursos políticos y por el eléctrico sonido de las guitarras del vanguardista grupo de protopunk MC5, al que en breve dedicaremos un amplio post en «Dentro del Pandemónium». Después, estallaron las revueltas, reprimidas por métodos que algunos medios describieron como «de la Gestapo».

Hoffman, Rubin, Box y Seale fueron detenidos en el marco de los disturbios junto a David Dellinger, Tom Hayden, John Froines y Lee Weiner, dando forma a los llamados Chicago Eight (los Ocho de Chicago), que serían acusados de cargos de conspiración e incitación a los disturbios contra la policía. El hecho de que solo fuesen detenidos los líderes masculinos, y que las mujeres –que también participaron activamente en las protestas– fueran relegadas a un segundo plano y exculpadas, provocó una escisión que llevaba tiempo gestándose en el seno del feminismo.

Independencia absoluta

El propio movimiento de izquierdas –afirmaban– las relegaba a un segundo plano, a meras «taquígrafas» en comités y asambleas, asegurando que repetían los mismos esquemas machistas que habían sufrido sus madres y abuelas. Hasta ese momento, muchas de las reivindicaciones feministas se habían visto infravaloradas, un discurso que la propia izquierda había ridiculizado e incluso llegó a catalogar de contrarrevolucionario. Estas mujeres querían que sus compañeros de lucha varones realizaran una interiorización sincera de la necesidad de una política feminista y de la reinterpretación de los propios valores masculinos tradicionales. Promovían una lucha anticapitalista para derribar al patriarcado, algo que reivindicarían grupos como las Redstockings del Movimiento de Liberación de las Mujeres, de cuyo seno saldrían también parte de las integrantes de W.I.T.C.H.

Una de las principales fundadoras del grupo fue la activista Robin Morgan, ex estrella infantil de la televisión, que a la vez que militaba hacia 1967 en los yippies, entró en las filas de la organización feminista New York Radical Women, responsable de algunas performances sonadas y escandalosas. Entre otras acciones, boicotearon el concurso de Miss América que tuvo lugar en Atlantic City en 1968, al tiempo que se fundaba W.I.T.C.H. Morgan, que hoy se sigue considerando una «bruja» moderna, se hizo una experta en su historia y en las persecuciones religiosas que acabaron con la vida de millares de mujeres acusadas de hechiceras, realizando conferencias y talleres.

Robin Morgan es arrestada en Grove Park en 1970

En 2006 publicó con Melvin House una novela de brujería titulada The Burning Time (El Tiempo de la Quema). Ella misma escribió décadas después de la fundación de W.I.T.C.H.: «He sido una activista durante veinte años y bruja durante mucho más tiempo. He envejecido intentando convencer y enseñar a las feministas, y a las mujeres en general, que la espiritualidad y la reverencia por la Diosa realzarían sus tareas y que, de hecho, las estimularían cuando se sintieran agotadas por demasiado trabajo de tipo político».

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

La editorial La Felguera publicó en 2013 el pequeño gran libro W.I.T.C.H. Comunicados y hechizos, base documental principal de este artículo. Una joya ilustrada, en la línea de las ediciones a las que nos tienen acostumbrados Servando Rocha y compañía, en la que se narra el origen, la evolución, la disolución y la controversia de este grupo radical de feministas que han inspirado muchos movimientos anti-establishment actuales.

Asuntos Peligrosos (Neo-Sounds)

Y hace apenas unos meses, la editorial Neo-Sounds, habitual en los post musicales de «Dentro del Pandemónium», publicaba Asuntos peligrosos. Droga, delincuencia, MC5 y mi vida de imposibilidades, firmado nada menos que por Wayne Kramer, cofundador del legendario grupo de protopunk de Detroit nacido en los sesenta, la década de las W.I.T.C.H. y la contracultura por excelencia.

Un libro que no es sino un relato (no tan) clásico de superación sobre un hombre que alcanzó el olimpo del éxito y conoció de primera mano los más sórdidos sumideros del exceso. Precisamente, la afilada guitarra de Kramer y las combativas letras de los MC5 sonaban en los mítines de las W.I.T.C.H. También la liaron parda en el Lincoln Park, el 25 de agosto de 1968, donde el grupo, liderado entonces por el poeta y activista John Sinclair y por Fred «Sonic» Smith –más tarde esposo de la legendaria musa punk Patti Smith–, dio un concierto que acabó siendo disuelto de forma brutal por la policía. Eran los prolegómenos de los sonados disturbios que tendrían lugar en aquel Estado con motivo de la celebración de la Convención Nacional Demócrata –como protesta por la guerra de Vietnam– que acabarían con el mediático juicio de los «7 de Chicago» –en realidad 8–, los acusados por los desórdenes y que serían juzgados en un proceso de todo menos objetivo marcado por el escándalo. 

He aquí el enlace para adquirir este recorrido por la historia de MC5 en la que en breve ahondaremos en el pandemónio:

https://www.alfaomega.es/libros/asuntos-peligrosos/9788415887553/

Rock & Arte: cuando el Rock se encuentra con el Arte

El arte está indisolublemente ligado a la música, y más en concreto al rock y sus múltiples derivados. Ahora, la editorial Redbook, a través de su sello Ma non troppo, publica un volumen que hará las delicias de melómanos y rockeros de todo pelaje y que da título a este post. En sus páginas encontramos todo tipo de anécdotas relacionadas con el género y su vertiente plástica (pósteres, carteles, entradas, merchandising…), entre ellas, la historia del diseñador estadounidense y profeta de la escena punk Winston Smith, que protagoniza las próximas líneas. Long Live Rock’n’ Roll!

Por Óscar Herradón ©

Mientras el diseñador británico Roger Dean (artífice de las carátulas de los discos de Yes, Asia o algunos de Uriah Heep, y también de célebres videojuegos de los ochenta) terminaba sus estudios en el Royal College londinense, un singular estadounidense del que acabaría siendo amigo estudiaba arte del Renacimiento en Italia. Se daba a conocer como Winston Smith, como el protagonista de la genial novela distópica 1984, de George Orwell, y durante mucho tiempo mantuvo su verdadero nombre en secreto. Nacido como James Patrick Shannon Morey, frecuentó la Academia de Bellas Artes de Florencia y profundizó en estudios sobre cine tanto en la ciudad de la Toscana como en Roma.

Durante años dio la vuelta a la península itálica como roadie del grupo de jazz-rock Perigeo, y su periodo de formación clave fue entre 1969 y 1975. Había nacido en Oklahoma City en 1952 y tras su estancia en Italia, regresó a Estados Unidos convirtiéndose, para ganarse el sustento, en roadie de varios grupos de mediados de los 70: Quicksilver Messenger Service, Santana, Journey, Crosby Still & Nash o The Tubes. Reconvertido en un auténtico hippie, tras rodar con las bandas citadas se estableció en un rancho rodeado de secuoyas al norte de California, en las colinas de Ukiah, y no tenía ni agua corriente, ni energía eléctrica, ni teléfono.

Dead Kennedys

Fue por aquellos años cuando Smith/Morey inició su carrera gráfica, dando vida a numerosos proyectos artísticos, como el fanzine satírico Fallout, que escribía e ilustraba junto a su colega Jayed Scotti. A la vez, ambos diseñaban carteles para conciertos ficticios, «celebrados» en pseudo-clubs de San Francisco a cargo de bandas que no existían en absoluto. En el mismo estudio en el que producían Fallout, en 1977, de sus mentes anti-establisment nació IDOL, un crucifijo que sería también conocido como «La Cruz del Dinero», una visión crítica sui géneris sobre la hipocresía y la adoración del dinero por el capitalismo (un mundo que no ha cambiado demasiado desde entonces, si acaso para peor). El IDOL se copió y distribuyó en un «show de fotocopias» en Berkeley, y la casualidad, o el destino, depende de quien lo mire, hizo que se fijase en el crucifijo impreso una amiga de Jello Biafra, nada menos que el que acabaría siendo líder de los Dead Kennedys, que no tardó en poner a Smith en contacto con él.

Profeta del punk-rock USA

Fue el comienzo de la fructífera colaboración del artista gráfico que mantenía cierto acento florentino (lo que le dotaba de un aire misterioso) con el sello Alternative Tentacles, para el que diseñó varias cubiertas, pósteres, carteles, desplegables y páginas publicitarias. La Cruz del Dinero pasó a usarse en 1981 en la carátula del primer EP de los californianos Dead Kennedys, «In God We Trust. Inc.», que levantó ampollas en la sociedad estadounidense más conservadora, causando un escándalo mayúsculo en esa América profunda reaccionaria y puritana (que recuerda, en parte, a la actual).

El IDOL sería utilizado también en Mother Jones, la revista filocomunista que toma el nombre de la histórica sindicalista revolucionaria Mary Harris Jones y que aún permanece azotando conciencias al otro lado del Atlántico. Entonces se editaba contra la política reaccionaria del presidente y ex actor Ronald Reagan, y en los últimos años, bajo la Administración Trump, ha tenido no poco trabajo. Sobre la imagen diseñada por Winston, Biafra llegó a decir: «Aquel crucifijo parecía realmente una propuesta muy arriesgada, pero era perfecto para la cubierta de nuestro primer álbum».

A partir de ahí, y utilizando imágenes procedentes de revistas populares estadounidenses, Smith se convirtió en un maestro del collage, haciendo gala de un agudo surrealismo que algunos compararon con los fotomontajes políticos de John Heartfield o artistas como Max Ernst y Marcel Duchamp. Fuertemente influido por la tradición dadaísta, sus trabajos comenzaron a aparecer en revistas especializadas como Spin (una de las cabeceras musicales que una década después Axl Rose, líder de Guns N’ Roses, atacaría en la letra de «Get in the Ring»), Maximum Rock’n’Roll, National Lampoon o Architectural Digest, así como en la revista de arte Juxtapoz y en la multiventas Playboy.

Una de las grandes inspiraciones de Smith sería la disparidad entre cómo son las cosas (en América y, por ende, el mundo occidental) y cómo podrían ser, es decir, como él mismo dijo en más de una ocasión: «No estar satisfecho con el estatus quo». Sus collages, de un surrealismo visionario y un universos fantasioso y extravagante, influiría notablemente a toda una generación de punk-rockers. James Patrick Shannon, alias «Winston Smith», fue un personaje fundamental de la grafía underground estadounidense de finales de los 70 y los 80, cuando diseñó las carátulas más importantes de los Dead Kennedys, pero también en los 90, al trabajar con una nueva generación de punk-rockers como Green Day.

Puso sus rotuladores, no obstante, para otra cincuentena de artistas, entre ellos Ben Harper, y a sus 70 años sigue en activo. A su trayectoria en el art-rock sí que se le puede dedicar esa frase convertida en mantra del álbum debut de The Exploited (editado en 1981, al igual que el primer plástico de los Dead Kennedys): «Punk’s Not Dead».

PARA SABER MUCHÍSIMO MÁS:

Redbook ©

La carrera de Winston Smith y su influencia en la escena underground es solo un pequeño botón de la portentosa cantidad de jugosos datos sobre la creatividad gráfica que rodea al mundo del rock desde sus orígenes y que se narra en el libro Rock & Arte: Cuando el rock se encuentra con el arte, profusamente ilustrado a todo color, un recorrido de infarto por el grafismo musical y sus trampantojos que editó hace unos meses una editorial que tenemos siempre muy presente en «Dentro del Pandemónium», Redbook Ediciones, a través del sello de referencia para cinéfilos y melómanos Ma non troppo.

Una completa obra visual compuesta a seis manos por el periodista italiano especializado en música Ezio Guaitamacchi (que en el catálogo de Redbook ya cuenta con Las Rutas del Rock, Nuevas Rutas del Rock y Crónica del Rock y Crónica del Rock. Nuevos Hitos), el director editorial de JAM TV y periodista Leonardo Follieri, y el también periodista, crítico musical y licenciado en Literatura Moderna (algo que evidencian sus cuidados textos), Giulio Crotti.

Rock & Arte explora con textos fluidos y preñados de información y curiosidades, las múltiples relaciones del rock con las distintas formas de arte. Dividido en ocho secciones, se ocupa de portadas (algunas emblemáticas, como el arte imaginativo de Pink Floyd o el surrealismo político del citado Winston Smith), carteles, artistas y diseñadores, fotografía, objetos, cine, moda (¿Quién da más?); y un último capítulo que los autores dedican al lado creativo (y por lo general más desconocido) de estrellas del rock que han probado suerte en otras formas de expresión –ya sea David Bowie en su incursión frustrada en la pintura, que para él –dijo– era tanto o más importante que la música, o un Marilyn Manson reconvertido en director de cine y artista plástico con acuarelas y pintura en seco–.

De Andy Warhol (que diseñó la portada de 1967 de The Velvet Underground & Nico, más conocida como «The Banana Album») a Allen Ginsberg, de los planos de Jim Marshall a los documentales de Martin Scorsese (que hizo largos inolvidables sobre The Rolling Stones, Bob Dylan o George Harrison, entre otros), y también del corte de pelo de los Beatles, que marcó una época, a la moda grunge que muchos llevábamos (o lo intentamos) a principios/mediados de los 90; de la portada de Sgt. Peppers (horror vacui y «maldición») a la de Abraxas, de los cuadros de Joni Mitchell a los poemas del atormentado Jim Morrison.

Un libro que hay que tener, y punto. He aquí el enlace para hacerse con él y saber mucho más de punks, rockeros y artistas inclasificables: