35 años de «Regreso al Futuro»

3 12 2020

Es una de las películas más emblemáticas de aquellos nostálgicos ochenta. Uno de los grandes éxitos de la productora Amblin impulsada por Spielberg, junto a cintas como Los Goonies, Gremlins o El secreto de la pirámide, todas ellas iconos pop de toda una generación. Desentrañamos los secretos de aquella cinta más de tres décadas después de su estreno. No es un post para «gallinas»…

Óscar Herradón ©

Generación Goonies (Diábolo). Un libro fascinante.
 

Los ochenta están más vivos que nunca. En aquella década en que algunos, como quien esto suscribe, éramos unos renacuajos soñadores, se miraba con nostalgia a los 60. Los 70, más cool con el paso del tiempo, se tenían entonces por época de decadencia y marginalidad; hablo de Occidente el general, claro, no de España en particular, pues sus 70 fueron el comienzo de la normalidad democrática y el inicio de una modernidad largamente lastrada por la censura.

Aquellos años 80, como digo, de hombreras gigantes, pelo cardado, de reyes y reinas del reimpulsado Pop, de dúos cómicos y papel couché, eran considerados, ya en su momento, y por supuesto en los 90 y hasta bien entrado nuestro siglo XXI, una invitación al exceso y una exaltación de lo hortera y lo extravagante. Y en cambio, cosas del misterioso paso del tiempo, hoy miramos con ojos nostálgicos a aquellos tiempos –los sesenta, con sus discos de vinilo de siete pulgadas y sus acordeones nos parecen tiempos remotos incluso a los que grabábamos en cassette los hits de la radio–, y es que, sin olvidar ese halo de «horterismo» a medio camino entre el desafío y la inocencia, tenían una frescura que ya quisiéramos hoy, cuando, entre dispositivos móviles, patinetes eléctricos y, para más inri, mascarillas higiénicas por apremio de la necesidad, es difícil recobrar.

Sin los 80 no tendríamos a Almodóvar, ni habría nacido la Movida, ni hubiésemos llevado el Walkman a todas horas, ni jugado a la Game Boy, ni aficionado a los ratones de golosina a imitación de la Diana de V o comido palulú. Añoramos sus series y programas de televisión en dos cadenas y su merchandising de bollería, con figurillas de PVC de Masters del Universo, D’Artacán o El inspector Gadget, sus calcomanías, Seat Pandas y peonzas. Pero, sobre todo, los más frikis revivimos una y otra vez aquel tiempo a través de sus películas entonces de bajo coste –algunas, otras no tanto– que hoy llevan colgado el marchamo «de culto».

Hoy muchas series catódicas hacen una equilibrada mezcla de imitación y homenaje de aquellos años cuando triunfaron ET, Alf, los Fraguel Rock, Macgyver, Michael Knight y Kit, El Equipo A o los Goonies, entre un largo etcétera de títulos emblemáticos. Series y también películas, solo hay que recordar la cinta Súper 8, dirigida por J. J. Abrams antes de embarcarse en la tercera trilogía de Star Wars, todo un homenaje al cine de Spielberg más familiar y de acertados clichés. Y yendo directamente a la televisión, que hoy se alimenta sobre todo de plataformas digitales con un catálogo infinito que ni habrían soñado los mejores «vídeos comunitarios» –abstenerse los que nacieron después del 90–, el ejemplo más evidente es el de Stranger Things, de los hermanos Duffer (sí, suena más cool The Duffer Brothers), cuyo éxito catódico es directamente deudor de esa estética y esa morriña cuyos argumentos tan bien funcionaban en el sofá con la bata puesta comiéndose un bollycao o un phoskitos.

La serie ha generado un aluvión de merchandising de todo tipo, desde Funko Pop que se agotan y revalorizan en apenas meses a libros, camisetas, tazas, peluches e incluso su propia línea oficial de cómics que nos descubren tramas o escenarios que la serie ha dejado en el aire. Norma Editorial ha sido la encargada, con el buen hacer que los caracteriza, y su casi visionaria capacidad comercial, de publicar la serie en España, de la que ya se han editado varios títulos, y todo apunta a que habrá muchos más ahora que se ha anunciado el rodaje de la cuarta temporada e incluso que Robert Englund –el inolvidable intérprete de Freddy Krueger y del lagarto bueno de V, otro icono ochentero– estará en el elenco ¡haciendo de asesino!

«A donde vamos no hay carreteras…»

Si la impronta ochentera era tan evidente en muchos ámbitos, encima este 2020 se cumplieron –concretamente el mes de agosto– 35 años del estreno de una de las películas más icónicas de aquella década «prodigiosa», y por qué no decirlo, al fin y al cabo suscribo este blog, uno de los lugares comunes de mi infancia. Hablo de Regreso al FuturoBack to the Future en el mundo anglosajón, Volver al Futuro en Latinoamérica– de Robert Zemeckis, que con los años dirigiría obras maestras como Forrest Gump o Náufrago, ambas con un Tom Hanks en estado de gracia. Si entonces la cinta gozó de un gran e inesperado éxito –enseguida ampliaré el asunto–, y era lo que sin duda merecía aquel golpe de aire fresco y original al cine familiar, lo que se ha generado hoy en torno a aquel largo que tendría dos secuelas es algo más que respeto a una saga, es verdadera devoción cuasi religiosa.

Uno puede adquirir sin moverse de casa –la Red en los ochenta era algo más inimaginable que un mundo regido por Terminators– el Delorean DMC-12 en todas las escalas posibles y colores que pueda imaginarse, tuneado con el alimentador de desechos de la segunda parte, con la tonalidad marrón de la tercera o comprar el Condensador de Fluzo a escala real; pero también existen figuras muy detalladas de los protagonistas de la saga en escala 1/6 de Hot Toys, tan descatalogadas que puedes llegar a pagar hasta 800 euros por en su caja original precintada.

El Delorean de mi colección particular. ¡Brilla hasta el Condensador de Fluzo!

NECA, una de las marcas de referencia en el merchandising cinematográfico y televisivo ha sido la última en sumarse, junto a Playmobil y LEGO, a esta tendencia, la de explotar la nostalgia por la trilogía –y por otras sagas ochenteras, como Cazafantasmas–. He de reconocer que tengo unas cuantas de estas piezas en mi casa, bastante cargada de iconos ochenteros (ver fotos). Pues bien, en los últimos meses he disfrutado como la primera vez que visioné la película de Zemeckis descubriendo las curiosidades que rodearon al rodaje de esta cinta y sus secuelas y el de otras películas hoy veneradas como Los Goonies, Cazafantasmas o Gremlins; todas ellas cosecha de la emblemática productora Amblin Entertainment fundada en 1981 por el visionario Steven Spielberg y los productores Kathleen Kennedy y Frank Marshal, y que debía su nombre al corto con el que el multipremiado realizador empezaría su carrera dorada. De hecho, su logo es la famosa silueta del vuelo de bicicleta de ET. Quién si no podía estar detrás de algo así. Sin él y sin George Lucas la vida de los que formamos parte de la Generación X no sería la misma. Al menos la de muchos, como servidor.

Mi «Marty» de Hot Toys. Joya donde las haya.

En la edición en Steelbook que acaba de lanzarse al mercado de la trilogía original hay horas de este tipo de contenidos, pero me acerqué a ellos antes gracias al maravilloso y entretenido libro Generación Goonies. Los años dorados de la productora Amblin, de Francisco Javier Millán, realizado con mimo por Diábolo Ediciones, una edición (ahora definitiva) a todo color repleta de píldoras para el nostálgico más friki. También para los neófitos que descubren con sorpresa por primera vez aquellas películas que nuestros padres alquilaban en cintas Beta o VHS en el videoclub que había debajo de casa, una especie entonces prolífica hoy a punto de desaparecer.

Un proyecto atípico y arriesgado

Robert Zemeckis y Bob Gale no lo tuvieron fácil al comienzo de sus carreras cinematográficas. En 1978, según cuenta en el libro citado Francisco Javier Millán, vendieron a Steven Spielberg la primera película que éste financiaría como productor: Locos por ellos, una cinta centrada en el fenómeno fan de The Beatles que llevaba un título original más apropiado, precisamente el título de una de las canciones del cuarteto de Liverpool: I Wanna Hold your Hand. Influenciada por la película de culto American Graffitti (1973) de otro visionario del nuevo cine, George Lucas, no tuvo apenas reconocimiento, salvo entre los mitómanos de McCartney y Lennon, que ya entonces se habían separado en medio de múltiples escándalos legales.

Su nueva colaboración, esta vez con Spielberg en la silla del director, fue otro fiasco. Su título era 1941 y su protagonista un actor entonces en lo más alto, el malogrado John Belushi, muerto en 1982 por una sobredosis de speedball –mezcla de cocacína y heroía–. Aquella cinta fue una «rara avis» en la filmografía del Rey de Midas de Hollywood que ya había cosechado grandes éxitos con su ópera prima, El Diablo sobre ruedas (Duel, 1971) y también con Tiburón (Jaws, 1975). El tercer intento de Zemeckis y Gale fue ¡otro fracaso! Muchos realizadores fueron sentenciados en taquilla por mucho menos, pero el incombustible Zemeckis no se dio por vencido y cuando ya rondaba en su mente la idea de dar forma al universo de saltos temporales alcanzó notable éxito con Tras el corazón verde (1984), una cinta que seguía la senda marcada por Indiana Jones protagonizada por Michael Douglas y una Kathleen Turner ya convertida en mito erótico.

Y entonces llegó el delicado asunto de mover un guión cuyo título, Regreso al Futuro, era para la mayoría de productores un desvarío sin posibilidad de éxito. El proyecto llegó a ser rechazado ¡más de 40 veces! La idea partía de otra previa de Bob Gale, quien afirmó que le habría gustado conocer a sus padres cuando éstos iban al instituto, tras ojear un anuario de aquella época: pensó lo maravilloso que sería construir una máquina del tiempo y presentarse allí, y ver si era capaz de hacerse amigo de su progenitor. Gale ideó para su «time-machine» una nevera, pero sería finalmente un coche de poco éxito hasta el lanzamiento de la cinta, el flamante Delorean, cuyas ventas se dispararían tras el boom (el modelo dejó de fabricarse por la Delorean Motor Company tres años antes del estreno de la primera película) y que hoy es todo un icono del séptimo arte. La bañera, por otra parte, aparecería como un guiño en una secuencia de la floja Indiana Jones y el reino de la la Calavera de Cristal, en un momento en el que sirve al Dr. Jones para salvarse in extremis de una explosión nuclear en el desierto –Spielberg no había olvidado la idea original–.

La primera productora en rechazar financiar el proyecto fue Columbia Pictures, que mostró un interés inicial en el mismo pero que después acusó a su argumento de falta de madurez y sensiblería, cargado tan solo de «buenas intenciones» y poco más. A la negativa le siguió la de Disney: si para Columbia el guión era demasiado inocente, para el estudio garante de la moral estadounidense se trataba de una aberración: en el argumento se sugería un… ¡incesto! Era algo impensable. Así que a Zemeckis no le quedaba sino volver a llamar a las puertas de Amblin y de nuevo fue Spielberg el que no dudó en apoyar aquella aventura –y eso a pesar del recelo de sus colaboradores– una trama ambientada en los años 50, una década «maravillosa» para el pueblo estadounidense a la que se miraba con añoranza en los confusos años 80.

Para recrear la década del boom del rock n’ Roll y de la iconografía pop –cafeterías multicolores, monopatines, chicles, gomina y coches de ensueño–, se utilizaron los estudios Universal, y se aprovecharon los decorados utilizados para dar forma al pueblecito Kingston Falls infestado un año antes por las verdes, pegajosas y carnívoras criaturas de Gremlins, la cinta que encumbró a otro de los directores estrellas de Amblin: Joe Dante, quien ya tenía en su haber largos del género de terror como Piraña o Aullidos. Algún día visitaremos aquel set de rodaje en «Dentro del Pandemonium». Allí se reproduciría Hill Valley y su famosa torre del reloj, todo un símbolo del cine como hacedor de sueños hoy visitado por millones de curiosos, al menos hasta que el Covid vino a jodernos bastante la vida. Pronto volverá a recibir millares de visitas, no lo dudo.

Pero volvamos con «Marty»… Precisamente para interpretar al adolescente que viajará en el tiempo para lidiar con una madre que se enamora de él se decidieron en un primer momento por el actor Eric Stoltz, célebre por el drama hospitalario St. Elsewhere, que comenzó en 1982 y que permanecería en antena hasta 1988, debido principalmente a los problemas de contrato de Michael J. Fox, inmerso entonces en la sitcom Enredos de Familia. Stoltz, otra cara bonita de la «caja tonta» de entonces ya había rodado un buen número de escenas –que ahora hacen las delicias de los fans en los contenidos extras–, y su sustitución supuso un sobrecoste de 3 millones de dólares, cifra nada baladí hace más de tres décadas.

Pero Stoltz era problemático y tenían desavenencias con el director y el equipo, incluido el veterano Christopher Lloyd –Emmett «Doc» Brown–, que ya había coincidido con el productor Neil Canton en Las aventuras de Buckaroo Banzai (1984) y era célebre por la serie Taxi (1978-1983). Desde su llegada al set, Stoltz, que se consideraba un actor del método, pidió que durante todo el rodaje se dirigieran a él exclusivamente como «Marty» y lo llevó a tal extremo que ni siquiera respondía cuando le llamaban por su nombre real. En la escena en que se enfrenta a Biff Tannen (interpretado por el actor Tom Wilson), se metió tanto en el papel que le dio un fuerte golpe real en la mandíbula a su compañero. Aunque Wilson le pidió educadamente que se calmase y actuara con menos vigor, fue inútil, y Stoltz continuó empujándole con energía.

No obstante, según Neil Canton, la principal razón por la que se despidió a Stoltz fue que mientras revisaron las escenas montadas vieron que algo fallaba. Según el productor, «daba la impresión de que Eric estaba en otra película distinta». Es por ello que, tras 28 largos días de rodaje llenos de controversia, se tomó la decisión carísima de empezar desde cero con otro actor.

Así que volvieron a intentarlo con la primera de sus opciones: Michael J. Fox. ¡Aleluya! Spielberg y el productor de la serie catódica con la que tenía contrato, Gary David Goldberg, llegaron a un acuerdo satisfactorio para ambas partes, que consistía en el rodaje simultáneo de ambos proyectos. La razón de que muchas de las escenas de la primera parte de Regreso al Futuro tengan lugar de noche es que Fox debía rodar de madrugada o los fines de semana, dejando el tiempo restante para la televisión. Aquel ritmo endiablado es considerado por algunos una de las razones de que la enfermedad de Parkinson se desarrollase tempranamente en el cuerpo del actor. Quién sabe.

Michael y Lloyd crearon una extraordinaria química desde el primer minuto de rodaje que se hace palpable al visionar cada secuencia de la cinta en la que aparecen juntos. Entre las curiosidades del casting, además, el mismo Johnny Depp se presentó para el papel de McFly, pero entonces apenas era conocido. Ni siquiera Bob Gale recordaba haber hecho una audición a la hoy controvertida superestrella. Según confesó el guionista a Premium Hollywood con estas palabras: «¡Dios, ni siquiera recuerdo que leímos a Johnny Depp! Así que, sea lo que sea que hizo, no fue tan memorable, supongo».

En cuanto a Doc, se barajaron diferentes nombres, algunos hoy emblemáticos genios de la interpretación –y otros no tanto–, entre ellos Mandy Patinkin, Danny De Vito, John Litgow, Steve Martin, Michael Keaton, Donald Sutherland, Robin Williams… e incluso, si los mentideros de Internet no yerran, ¡Eddie Murphy y Bill Cosby! Por el bien de la saga, menos mal que no escogieron al otrora entrañable comediante afroamericano…

Entre los aspirantes, se redujeron las opciones a grandes como Gene Hackman, Harold Ramis, James Woods, John Cleese, Jeff Goldblum y el propio Lloyd, y según mentaría el productor Neil Canton, las opciones se redujeron porque al leer el guion le vinieron a la cabeza John Lithgow y Christopher Lloyd. Finalmente Amblin se decidió por este último, como sabemos, pero en un principio el emblemático «mad doctor» tiró el guion a la basura. Según confesaría, entonces quería retomar su carrera teatral e intentar dejar el cine: «Entonces, recibí el guión y lo leí sin comprometerme a nada. El borrador era bastante disparatado. Si he de ser sincero, me costó mucho encontrarle algún sentido. Llamé a mi agente y le dije que no iba a volver y tiré el guión a la papelera». Fue su mujer quien le convenció de que lo hiciera, siguiendo su máxima de «Nunca dejes pasar una oportunidad»: «Llamé a (mi agente) Bob Gersh y le dije: ‘Vale, volveré y me reuniré con Zemeckis’. En cuanto le conocí, no me hizo falta pensármelo más».

Y menos mal que fue así, porque este icono de los 80 sería muy diferente…

Los años sí pasan fuera de la gran pantalla…

Es curioso también que Crispin Glover, que interpretaba el papel de padre de Marty, tenía tan solo tres años más que Michael J. Fox durante el rodaje. Las cosas con el actor que encarnó a George McFly en la primera entrega tampoco fueron fáciles: generó numerosas discrepancias con el equipo, llegaba tarde a las grabaciones e incluso se modificaba el peinado a su antojo sin avisar al equipo de producción, quienes, pese a todo, tuvieron que dejar las escenas así porque no se podía prolongar más el rodaje. Aquello hizo que no contaran con sus servicios para las secuelas, y utilizaron un doble e imágenes de archivo para rodar lo que faltaba en la segunda parte. Aquello cabreó mucho a Glover, que demandó a Zemeckis por haber usado su imagen sin su consentimiento. Finalmente, retiró la demanda cuando fuera de los tribunales acordaron una indemnización de 760.000 dólares, cantidad nada desdeñable hace 35 años. Tras aquel litigio, el Screen Actors Guild introdujo nuevas reglas sobre el uso ilícito de los actores.

El equipo temblaba antes del estreno… se habían gastado ¡19 millones de dólares! Un presupuesto abultadísimo en aquellos tiempos. ¿Los beneficios? 211 millones de dólares. Disney o Columbia se tuvieron que tragar sus palabras, y darse de cabezazos sobre la mesa por no haber aceptado el guión…

En el momento de escribir estas líneas, saltaba la feliz noticia de que Diábolo Ediciones acaba de publicar otro fantástico libro de Francisco Javier Millán, Los Goonies nunca dicen muerto. La aventura que hizo soñar a una generación, dedicado en exclusiva a la emblemática película de Richard Donner, también de Amblin y con Spielberg en la producción ¡con una entrevista exclusiva con Richard Donner! (debajo podéis ver la sugerente pordada). En breve, nos sumergiremos en los secretos de esta otra inolvidable cinta ochentera. Tic, tac, tic, tac…





Tres lecturas imprescindibles

1 12 2020

Este 2020 de encierro forzoso Gatopardo Ediciones nos ha deleitado con varias novedades muy potentes, algunos noir que a golpe de suspense, crimen, secretos inconfesables y giros inesperados, nos han hecho olvidar por unas horas el dichoso azote del Covid. En este post os recomiendo tres de sus últimos libros editados, para gourmets de la narrativa, y lectores/as habituales en general.

Óscar Herradón ©

El primero es Los Perdonados, de Lawrence Osborne, escritor británico afincado en Bangkok. Hombre inquieto por naturaleza, Osborne no tardó en llevar una vida nómada tras estudiar Lenguas Modernas en Cambridge. Entonces comenzó a viajar y vivió en Nueva York, México, Estambul y luego se mudó a su actual y exótica residencia. Antes de salir de su país natal publicó su primera novela, Ania Malina (1986) y como buen trotamundos, el libro de viaje Paris Dreambook (1990). Colaborador habitual de The New York Times Magazine y de Newsweek, obtuvo reconocimiento internacional con la publicación de esta novela que ahora edita en castellano Gatopardo, de título original The Forgiven y publicada por vez primera en 2012. Entonces, fue considerado uno de los mejores libros del año por The Guardian, The Library Journal y The Economist. En esta misma editorial han visto la luz previamente otras tres de sus magníficas obras: El turista desnudo (2017), Bangkok (2018) y Cazadores en la noche (2019).

Miserias del forastero en tierra extraña

Para avivar su monótona relación en crisis, el matrimonio británico formado por David y Jo Henniger acepta la invitación de un viejo amigo para asistir a una fastuosa fiesta en una villa en medio del desierto marroquí. Lo que estaba llamado, según les dijeron, a ser un fin de semana de ensueño y desahogo en el que, por qué no, podrían reavivar su deseo dormido, se convertirá irremisiblemente en un auténtico enredo de ecos casi kafkianos  en el que nada saldrá como estaba previsto: David, que conduce ebrio en la oscuridad, atropellará a un joven marroquí que se cruza inesperadamente en el camino del matrimonio, momento que desatará terribles consecuencias provocando un cambio radical en la vida de los personajes. A partir de ese momento, los asistentes a la fiesta, entre ellos David y Jo, que intentan ocultar su terrible secreto, serán vigilados de cerca por el servicio doméstico marroquí que satisface, a regañadientes, las peticiones que rozan el exceso y la frivolidad de los invitados occidentales del anfitrión.

En un thriller costumbrista digno deudor de su anterior obra El turista desnudo, Osborne afila su bisturí para diseccionar con  maestría los dilemas morales del hombre occidental en sus evasiones al extranjero, a mundos muy diferentes a su acomodada existencia solo con el objetivo de vivir «experiencias únicas», pero donde deberán enfrentarse no solo al abismo moral que existe entre las distintas civilizaciones y pueblos sino también, y principalmente, a sus propias contradicciones y los numerosos prejuicios y mentiras que rigen su propia –nuestra propia– vida. Una obra maestra de un autor único que ha sido definido por The Sunday Times como «El Graham Greene de nuestros tiempos». Afirmación quizá un tanto excesiva, pero sin duda Lawrence Osborne es un autor que debemos tener muy en cuenta.

Persecución

La segunda recomendación es una novela vertiginosa de una auténtica leyenda, muy prolífica y multifacética, de la literatura estadounidense: la neoyorkina Joyce Carol Oates. En este título, Persecución, Oates pone en evidencia una vez más la razón de por qué es considerada una de las reinas incontestables del suspense psicológico: Abby está a punto de casarse con Willem. La víspera de la boda, unos demonios interiores de su pasado que creía olvidados vuelven a despertarse, y una pesadilla recurrente que la atormentaba de niña aflora de nuevo: en ella Abby deambulaba sin rumbo por una pradera cubiertas de cráneos y otros huesos humanos. Desconcertante cuanto menos, pero quizá mucho peor. Menos de veinticuatro horas después del enlace, Abby es atropellada por un autobús y su reciente esposo, que hasta entonces desconocía los secretos de su pasado, deberá descubrir la razón de aquel «accidente», si ha sido la víctima involuntaria de un descuido o ella misma intentó quitarse la vida.

Tú también puedes tener un cuerpo como el mío

Y como última píldora literaria del presente post, recomiendo con entusiasmo la ópera prima de la joven escritora californiana Alexandra Kleeman (1986): Tú también puedes tener un cuerpo como el mío, novela que se hico con el Premio Bard de ficción en 2016 y que se publica por vez primera en castellano en una pulcra traducción de Inés Clavero e Irene Oliva Luque. Conocida por sus relatos, publicados en prestigiosas revistas como The New Yorker, Zoetrope o The Paris Review, en su primera novela Kleeman nos sumerge en una trama absorbente y en ocasiones agobiante que para algunos críticos es nada menos que un cruce entre La subasta del lote 49, del inclasificable Thomas Pynchon, y Ruido Blanco, de Don DeLillo. En la misma, Kleeman desmenuza la sociedad de consumo y el efecto de los ideales inalcanzables explotados por la publicidad y los reality shows sobre nuestra propia vida, nuestra concepción del amor, la amistad, el sexo o la visión –distorsionada, claro– de nuestro propio cuerpo, en una fábula inquietante sobre los aspectos más sórdidos y opacos de una sociedad sometida a los dictados del consumismo. Asunto de rabiosa actualidad: mientras escribo esto, estamos en plena resaca del Black Friday y ayer mismo fue el Cyber Monday.

Puesto que Gatopardo recoge de forma inmejorable –e inquietante– la trama de esta ópera prima, nada mejor que citarla tal cual aparece en su press kit: A es una joven que vive en una anónima ciudad norteamericana con su compañera de piso, B, y su novio, C. A se alimenta casi exclusivamente de helado y naranjas, se pasa la vida hipnotizada ante el televisor y hace lo posible por amoldar su cuerpo a un canon de belleza que solo existe en los anuncios. B se esfuerza desesperadamente por parecerse lo más posible a A, copiando sus hábitos y apropiándose de sus cosas, mientras que A, insatisfecha a su vez, busca un sentido a su vida más allá de su dependencia sentimental de C y se distrae espiando a la familia que vive al otro lado de la calle hasta que estos desaparecen en circunstancias misteriosas.

Una advertencia: adquirir este libro no forma parte de ser un consumista sin criterio. Todo lo contrario. Hay que leerlo.





Payasos asesinos: algo más que una moda pasajera (I)

26 11 2020

Este año no han causado los mismos estragos, quizá porque ya se ha encargado el Covid de desconcertarnos en un grado mucho mayor, y por desgracia más mortífero. No obstante, ante el debate en redes sobre si realmente se está trabajando en el proyecto de It capítulo 3, con regreso delirante del Pennywise de Stephen King, y con la resaca de un Halloween con mascarillas sanitarias en detrimento de terroríficas máscaras de látex o maquillajes imposibles, más por obligación que por placer, el fenómeno de los «payasos asesinos» vuelve a estar de actualidad. Recordamos sus excesos…

Óscar Herradón ©

Lo más remarcable de las últimas semanas en relación a «payasos» conflictivos, incluido este último Halloween, al menos en España, ha sido el juicio a cuatro descerebrados de entre 16 y 23 años que se hacían llamar «los Payasos Justicieros» y que se enfrentan a penas de entre 39 y 75 años de prisión por quemar, robar y dañar varios vehículos en La Rioja y después colgar sus «hazañas» delictivas en sus perfiles sociales entre carcajadas. Al parecer, tomaron prestado el nombre de un grupo ficticio aparecido en la catódica La que se avecina (Mediaset), en más de una ocasión, un buen termómetro de las tendencias y la actualidad patria: en varios capítulos aparecen unos personajes con este nombre que se autoproclaman luchadores contra la injusticia, pero que poco tienen que ver con las acciones delictivas en tres garajes comunitarios de Logroño y en las instalaciones de Bodegas Marqués de Murrieta.

Pexels (Cottonbro. Free License)

Al margen de estos sucesos, no obstante, los «clowns» llevan unos cuantos años de actualidad por el temor que despiertan en RRSS, llegando, incluso, a ser causantes de suicidios e incluso crímenes. En realidad no es un fenómeno nuevo, pues Stephen King escribió It en 1986 y la primera adaptación cinematográfica se estrenó en 1990. Pero ya a rebufo del éxito del best seller del rey del terror, el 27 de mayo de 1988 se estrenó una cinta de serie Z que pasó casi al instante al videoclub: Los payasos asesinos del espacio exterior (Killer Klowns from outer space), Stephen Chiodo, que gozó de cierta repercusión, hoy reivindicada como emblemática por los cinéfagos de material de bajo coste –me confieso, he de reconocerlo, algo devoto también de este tipo de cine–. Tan de moda está el tema tras el reboot de It que, en el momento de realizar este post, se ha anunciado el posible rodaje de una secuela; según diversos medios, Chiodo estaría en conversaciones  con Netflix para ello. Veremos en qué queda el asunto.

En 2016 los «payasos terroríficos» se convirtieron en fenómeno viral, y aunque la cosa parece que no pasó a mayores, todavía, cada Halloween, resuenan los estragos causados por estos seres maquillados y estrambóticos. ¿Qué se esconde tras dicha histeria colectiva? ¿Son realmente una amenaza para nuestra seguridad? ¿A qué se debe el miedo a los payasos…? Nos ponemos una careta grotesca de maquillaje blanco mal esparcido y en las próximas líneas analizamos el fenómeno.

Metiéndose en el papel

Un traje acolchado y hortera a más no poder, con remiendos y cuadros de colores desentonados. Una peluca excesiva de pelo rizado y naranja chillón. Una capa de maquillaje mal esparcida se extiende por su rostro, de enormes pestañas postizas y, como punto de fuga facial, un apéndice rojo y redondo, enorme, por nariz. Unos zapatones varias tallas más grandes que el sujeto, con punta redondeada y algún que otro agujero, otorgan al personaje una apariencia entre lastimosa y risueña, a veces provocadora, a lo que se añade su saber hacer para las muecas imposibles.

Pexels (Nathan J. Hilton. Free License)

Hablo del payaso, claro, ese hombre «triste» que, como en la cinta Zampo y yo, tenía el oficio de hacer reír mientras por dentro lloraba y que tantas carcajadas ha arrancado a niños y mayores de mil y una generación. «¿Cómo están ustedes?», exhortaban a su público los Payasos de la Tele cuando la «caja tonta» tenía un solo canal en una España en blanco y negro, de tricornios y censores grises. Y a pesar de la nostalgia que transmitían, de la sonrisa que tornaba en carcajada bajo la holgada carpa de un circo multicolor –cuando uno los veía in situ, claro, no a través del televisor–, había algo de siniestro en aquellos seres, algo de inquietante y perturbador.

Si a esas figuras que se caían continuamente, gesticulaban y abofeteaban unos a otros en una suerte de género antecesor del slapstick, siempre inocentes a pesar del ladrillazo en la cabeza, les añadimos un hacha o una motosierra, mientras su sonrisa de carmín se emborrona y la oscuridad acecha, la cosa se torna muy diferente. El payaso, como el arácnido Pennywise de la citada It, se convierte en un personaje que inspira miedo, siguiendo la estela de los muñecos de ventriloquía de principios del siglo XX y sucesivos que a pesar de ser creados para entretener, cual autómatas que parecen dotados de alma se tornan inquietantes y casi aterradores per se.

Y este cóctel ya de por sí explosivo, llevado a su máximo exponente, es lo que sucedió precisamente aquellos meses ya lejanos de 2016 que han tenido varias réplicas menores en los últimos tiempos, cuando la fiebre de lo que se dio en llamar creepy clowns –payasos terroríficos–, sembró el caos en numerosos rincones de Estados Unidos, fenómenos con un supuesto origen en Youtube –contagiado más tarde a otras redes sociales como Twitter y principalmente Instagram, donde colgaban sus fechorías precisamente los «Payasos Justicieros» patrios ahora juzgados–, que no tardó en cruzar el charco y llegar a Europa e incluso a nuestro país.

Lo del payaso como personaje grotesco que en lugar de hacer reír causa temor viene de antiguo, y ahí tenemos en los cómics de DC desde los años 50 al antagonista por antonomasia de Batman, Joker, y pasado el tiempo al citado de King o, incluso, en el universo del cartoon, el retorcido Krusty de los Simpson. La lista es extensa, sobre todo en la gran pantalla… los crueles payasos bomberos de la lacrimosa Dumbo ¡de 1941! hasta los más cercanos de Balada Triste de Trompeta, la barroca y excesiva aunque redonda cinta de Álex de la Iglesia y Horny, «el payaso caliente», que en la muy modesta ­–por no decir mediocre– película Fast Food Killer (2007) convertía a un payaso de restauración, alter ego del dulce Ronald McDonald, en una suerte de asesino en serie. Era muy tentador, a pesar del resultado final. Lo peor de todo es que ha habido casos reales. Pero vamos por partes.

Y, curiosamente, en medio de aquella fiebre de «payasos asesinos» que estaba en auge hace un par de años, incluso la cadena norteamericana de comida rápida McDonald’s tuvo que limitar las apariciones públicas de su icónico payaso –sustitúyase por un tipo disfrazado del mismo–, a causa de los llantos desconsolados de los más pequeños ante su bufonesca y amarilla presencia.

De la carpa a la pequeña pantalla

Desde aquel clown de It creado en 1986 por el maestro del horror moderno, y el logrado largometraje para televisión homónimo estrenado en 1990, cuya imaginería ha permanecido en la retina de todos nosotros, a los payasos desgarrados y vengativos del cine actual, han pasado tres generaciones al menos, pero el PAYASO ideado para inspirar miedo sigue siendo un clásico y ha dado mil y un títulos, la mayoría de serie B, cuando no Z, al séptimo arte o a la pequeña pantalla.

Curiosamente, el escritor se inspiró en la primera histeria de payasos que tuvo lugar en 1981 y que se conoció como «The Phantom Clown Scare», cuando se informó de varios incidentes en los que personas disfrazadas de payasos tenebrosos perseguían a niños con la intención de hacerles daño,

En enero de 2018 el multifacético y algo estrafalario director y músico Rob Zombie presentaba su nuevo filme, tras renovar el género de terror con cintas como La casa de los mil cadáveres, Los renegados del diablo o The Lords of Salem. Su último trabajo llevana por título 31 y precisamente estaba centrado en la figura del payaso criminal, de hecho, se acusó al propio realizador y a sus productores de haber generado aquella suerte de psicosis social como forma de promocionar la cinta, una moda, la de generar miedo real para acabar promocionando una película, que ya impulsaron años atrás los creadores del remake de Carrie o de la saga Paranormal Activity.

En septiembre de aquel año llegaba a las salas lo nuevo de Zombie y aquello coincidió con altercados en Greensville, una localidad al suroeste de Carolina del Sur (EEUU), donde hasta en ocho ocasiones fueron avistados grupos de personas ataviados como payasos –a cuál más siniestro– que asustaban a los transeúntes y que, incluso, llegaron a ofrecer caramelos y chucherías a niños de corta edad en las cercanías de un bosque de la ciudad, lo que hizo saltar todas las alarmas –y con razón– entre los padres y las autoridades. ¿Simple broma, amenaza real, campaña de marketing…?

Esta última hipótesis es la que más fuerza cobró, ya que precisamente en un teatro de Greenville se pasó un avance de la terrorífica cinta. De hecho, las leyes de Carolina del Sur prohíben a cualquier mayor de 18 años vestir en público con antifaz o máscara –incluida, por descartado, la de payaso–, una norma previsora para evitar que aquellos que oculten el rostro puedan cometer algún tipo de delito en un país donde los robos a bancos, establecimientos y gasolineras con caretas de presidentes son ya todo un icono. Al menos del cine. Y al que ahora se suman los tumultos del Black Lives Matter, las protestas por los confinamientos causados por el Covid o la pérdida de las elecciones del señor Trump –robo según él y sus fervorosos acólitos–.

Sea como fuere, Ken Miller, jefe de la policía de esta localidad de 61.000 habitantes, declaró entonces que sus agentes desconocían si existía relación alguna entre aquellas siniestras apariciones y el citado filme, según informaba Reuters el 4 de septiembre de aquel año, lo que incrementó el desconcierto, cuando instó a los padres a estar alerta ante posibles amenazas a la seguridad. Varias madres se mostraban aterradas, como Jessie Owen, de 29 años, que declaraba a los reporteros su impotencia con estas palabras: «Es una cuestión de un segundo, solo una promesa de un caramelo y (mi hijo) desaparecerá».

Por otro lado, Zombie y su productora no tardaron en hacer público un comunicado en el que afirmaban no tener relación alguna con los incidentes, mientras que el propio Stephen King, sabedor de su influencia en la coulrofobia actual –sí, así se llama oficialmente el miedo irracional a estos seres–, colgó en Twitter una defensa de la profesión de payaso en USA: «Hey, es el momento de enfriar la histeria de los payasos: la mayoría son buenos, alegran a los niños y hacen reír a las personas». En España también diversos colectivos de clowns, que hacen una importante labor social, elevaron sus quejas por esta visión distorsionada y retorcida de unos personajes creados para despertar la ternura y la risa.

El actor Sid Heig, muerto en 2019, que interpretaba al icónico Capitán Spaulding

La histeria colectiva puede que no estuviese justificada –todo apuntaba a ello, y así quedó evidenciado poco después–, pero se extendió como la pólvora por todo territorio estadounidense, potenciada por la proximidad de las fiestas de Halloween, donde a más de un energúmeno suele írsele la emoción de las manos y donde el disfraz favorito aquel 2018 no podía ser otro que, adivínenlo… el de «payaso terrorífico». A tal punto llegó la situación, que la empresa Target, todo un referente en el mundo del disfraz, anunció públicamente que retiraba sus grotescas y variadas máscaras de clowns de la venta de cara al 31 de octubre. Probablemente este tipo de decisiones contribuyeran a provocar el efecto contrario: que «todo Cristo» quisiera ir ataviado de Pennywise y sus hermanos de farándula. Y así fue también en España, una celebración muy alejada de la de 2020, en la que apenas se han podido juntar las personas y los pocos que se lanzaron a disfrazarse acompañaron su atuendo con la sempiterna mascarilla higiénica. Un año terrorífico de verdad, mucho más que estos pintarrajeados seres.

Jonathan Martin tras ser detenido

Otros aseguran que el fenómeno está relacionado con una campaña de marketing en vistas al estreno entonces del esperado remake de It. Aún así, también su productora desmintió relación alguna con la ola de pánico. Entre los detenidos se encuentraba el joven Jonathan Martin, que aparecía en las fotos policiales de Kentucky posando con un traje de payaso tras ser detenido por los incidentes que tuvieron lugar en la ciudad de Middlesboro. Visto así, aquel joven rubio de entonces apenas 20 años, infundía poco miedo –a pesar de su mirada desafiante al fotógrafo de la comisaría–, pero si uno observa las fotos de su disfraz mientras «bromeaba» con los transeúntes, no es de extrañar que más de uno saliera corriendo: la terrorífica muesca de su payaso alopécico y grotesco lo dice todo.

Aquel año, Carolina del Norte fue el epicentro, pero lo cierto es que la plaga de los creepy clowns se extendió como la pólvora a otras regiones del territorio USA como su vecina Carolina del Sur, Alabama, Georgia o Kentucky, sembrando la alarma entre los más pequeños, que tardarán en volver a pedir a sus padres que un payaso amenice sus fiestas de cumpleaños. De hecho, el nivel de pánico ha aumentado tanto entre los más jóvenes que una niña de 11 años llegó a llevar un cuchillo a su escuela sita en Athens, Georgia. Lo que le faltaba a las escuelas yankees, tristemente acostumbradas al estrago causado por las armas.

Y claro, en un país con una población tan ingente y variada, acostumbrada a los escándalos y a la inestabilidad emocional de gran parte de la población, junto a los informes sobre avistamientos de clowns e incidentes provocados por éstos y su deambular nocturno, también han aparecido falsos testigos que afirmaban haber sido víctimas de la «moda coulrofóbica». Según informaba entonces la BBC, poco después de tener lugar en Waco y Middlesboro los incidentes, en Bardstown (Kentucky), a principios de octubre de 2018, un hombre disparó al aire su rifle AR-15 después de que su esposa le comunicara la presencia de uno de los «payasos horrorosos» cerca de su domicilio. En realidad, se trataba de una mujer que había sacado a pasear a su perro alrededor de la medianoche, según informaba el portavoz del Departamento de Policía de Bardstown, Reece Riley. No sabemos cómo iba ataviada dicha señora para causar tal alarma…

Una alarma que no pararía de crecer los días y meses subsiguientes: algunos portales de noticias, basados en informaciones locales recopiladas de un rincón a otro de los EEUU, afirmaban que se habían producido avistamientos –bautizados como clown sightings– en 40 de los 50 estados del país de las barras y estrellas, llegando los periodistas a preguntar por dicha situación al portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, quien sin detenerse demasiado en el asunto sentenció: «No sé si el presidente ha sido informado sobre esta situación en particular». En plena campaña para elegir a un sustituto de Obama, no parece que los creepy clowns fuesen algo que quitara el sueño en Washington. Fue la elección de Trump y los cuatro años siguientes los que no dejarían pegar ojo a muchos norteamericanos, y los que no lo eran. A ver qué sucede cuando sea Joe Biden quien finalmente tome posesión del ala oeste de la Casa Blanca. Para muchos, en las altas instancias de la capital se habrán librado del mayor de todos los «clowns».

Este post continuará… Si no nos lo impiden los «payasos asesinos del espacio exterior».