Prince. La historia detrás de sus 684 canciones

La editorial BLUME publica un monumental volumen con toda la trayectoria musical del multifacético artista Prince, de cuya temprana muerte el pasado 21 de abril se cumplieron diez años. Tema a tema, composición tras composición, con un despliegue espectacular de imágenes, más de 600 páginas (una por canción) en las que el veterano periodista musical Benoît Clerc desgrana a un compositor inigualable e inclasificable.

Óscar Herradón ©

Prince en 1984. En la gira de su immortal Purple Rain.

Nunca fui de Prince. Tampoco de Michael Jackson. Desde que era un chaval de 13 años caí cautivado por el hard rock, el heavy metal y derivados, y con el tiempo por estilos mucho más pesados (con grupos como Pantera, Sepultura, Death o Slayer), por lo que ni el rey del Pop ni su gran rival musical en los 80 y 90 me llamaban la atención. Sé que estaban muy presentes, porque aún iba a EGB, en el colegio Ortega y Gassett de Leganés, y tenía unos diez u once años, allá por 1991, cuando me llamó la atención a las puertas del colegio una furgoneta completamente serigrafiada con una de las giras de Prince, y aquellos símbolos tan extraños que se sacó de la chistera y con los que más tarde se le identificaría, y que a día de hoy nadie sabe si han sido debidamente descifrados –si es que hay algo que descifrar o se trató solo de otra provocación más del artista–. Hasta tal punto era ya importante aquel compositor y multiinstrumentista oriundo de Minneapolis, que ya lo había petado en los ochenta, cuando no existían ni internet ni las redes sociales que globalizan la fama en décimas de segundo. Y salvo aquella anécdota, poca más atención le presté a Prince entonces.

Michael Jackson.

Sin embargo, con los años uno está más abierto a lo diferente  –quizá es algo más sabio, pero poquito– y fui dejando espacio a músicas que jamás habría imaginado que me conquistarían, desde David Bowie al propio Jackson o, por supuesto, el genial, multifacético y no poco controvertido Prince. Tuve que esperar a tener más de 20 años para sucumbir a sus encantos –aunque, he de reconocerlo, sigo siendo más de Iron Maiden, Guns n’ Roses, Nirvana o Metallica–.

10 años sin un artista multifacético

Pues bien, esta deriva nostálgica viene al caso en el Pandemónium porque se han cumplido recientemente diez años de la trágica muerte de Prince (al parecer, según la autopsia, a causa de una sobredosis accidental de Fentanilo, la «droga zombi»), engrosando, con tan solo 57 años, a la sobrecogedora lista de grandes músicos con final trágico: Kurt Cobain, Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, y mucho más recientemente Michael Jackson, George Michael, Chris Cornell, Amy Winehouse o Dolores O’Riordan, entre otros. Cosas de la vida, y de la fama –y las estrellas–.

El caso es que, como conmemoración de esta triste pero notable efeméride, BLUME, editorial muy querida de este blog y referencia ineludible en ediciones musicales, publica un libro necesario y fascinante para fans del creador de «Purple Rain» que revolucionó los 80 con su chupa de cuero morada encima de una Honda CM400A personalizada: Prince. La historia detrás de sus 684 canciones.

Prince. Dirty Mind.

Después de dos álbumes teñidos de funk y disco, Prince Rogers Nelson se convirtió en el maestro del Minneapolis Sound en 1980 con su tercer álbum, el sulfuroso y acertadamente llamado Dirty Mind («Mente Sucia»). Desde sus primeros discos para Warner Bros. Records, el hombre que pronto sería apodado «el Kid de Minneapolis» dedicó su vida a una abundante y variada producción musical. Prince atravesó la década de 1980 con una irreverencia y audacia que siempre lo caracterizarían. Después de encadenar varios éxitos («Little Red Corvette», «Purple Rain», «Kiss», «Sign O’ The Times» o «Batdance») y tras más de 100 millones de discos vendidos, el multifacético artista estadounidense supo reinventarse con cada uno de sus disco, burlando las predicciones de quienes lo creían muerto, resurgiendo, cual Ave Fénix, constantemente de las cenizas, y siempre sorprendiendo a través de nuevas direcciones artísticas.

Una obra monumental

La colección cuyo título original en inglés es All the Songs, de Mitchell Beazley (de la que BLUME ha publicado ya varios títulos en castellano, en un formato de lujo), ha construido su prestigio con un enfoque realmente singular: diseccionando canción por canción el catálogo de artistas con mayúscula. Tras los volúmenes dedicados a Queen, a David Bowie y a Metallica (este último lo analizaemos en breve en el Pandemónium), Benoît Clerc, compositor de música para televisión, publicidad y cine (fundador del sello Tivoli Songs) y laureado escritor francés, afronta en este tomo su desafío más descomunal –y eso que los citados no son precisamente artistas modestos en cuanto a producción musical–, sin embargo, lo de Prince es ya colosal. El resultado son más de seiscientas páginas que funcionan, simultáneamente, como enciclopedia de consulta, biografía monográfica y álbum fotográfico de lujo.

Prince en 1981.

Tras haber vendido más de cien millones de álbumes, Prince supo reinventarse con cada disco, sorprendiendo siempre mediante nuevas direcciones artísticas. Documentar esa longeva trayectoria exigía un criterio de selección exhaustivo, y sin embargo Clerc optó por la totalidad sin concesiones: no solo crea entradas para cada canción de cada disco oficial de Prince, sino que también detalla las caras B, los lanzamientos de archivo y los bonus tracks de cajas recopilatorias.

En 1988.

La estructura es estrictamente cronológica: una introducción a cada álbum o período sitúa el contexto, y, como es de esperar, las canciones que hoy se consideran más relevantes para el conjunto de la obra del compositor reciben mayor atención. Junto a cada canción constan la duración, los compositores, los músicos implicados, si fue single o cara B, las fechas de publicación, las posiciones en las listas del Reino Unido y los Estados Unidos, y los detalles técnicos de grabación, incluyendo el equipo y el lugar de registro.

El impronunciable «Love Symbol», que adoptó en 1993.

El libro intercala dos tipos de recuadros que elevan el texto por encima del mero catálogo anotado. Los apartados Headphones at the Ready («Auriculares listos») se centran en fragmentos muy breves de ciertas canciones, explicando cómo se obtuvo un efecto determinado o cómo Prince llegó a autorreferenciarse en su propia obra. Los recuadros con el encabezamiento de For Prince Addicts («Para adictos a Prince»), por su parte, añaden datos curiosos sobre una canción o un álbum en concreto, mientras que unas inserciones en formato «entrada de concierto» recogen algunos de los momentos más sorprendentes o menos conocidos de la carrera en directo del incombustible artista.

A nivel material, el volumen, de un peso considerable y calidad de producción excepcional, es una auténtica delicatessen para bibliófilos y fans del artista. Visualmente es impresionante, con una amplia selección de fotografías excelentes distribuidas a lo largo de todo el voluminoso libro. Además, el texto ofrece una biografía del artista bastante satisfactoria a través de su música, así como una riqueza colorida de fotografías y algunas revelaciones genuinamente sorprendentes. Entre las más llamativas que menciona la crítica anglosajona se encuentra el episodio en que Prince suplantó a Sly Stallone para conocer a Chaka Khan, o la perturbadora sugerencia del propio artista respecto a la canción «Sister». También el momento en el que, hace ahora 45 años, Prince teloneó a los Rolling Stones en el Memorial Coliseum de Los Ángeles (tras recibir una llamada del propio Mick Jagger proponiéndoselo), y acabó llorando y marchándose del directo porque, tras salir al escenario con su slip negro y sus botas ceñidas hasta el muslo, el público rockero se sintió ofendido y arremetió contra él. Era 1981, ha llovido mucho… Una lluvia de objetos (latas, botellas, y hasta zapatos) cayó sobre él mientras escuchaba insultos de todo tipo, muchos homófobos y racistas. 

Guitarist in purple outfit playing electric guitar on stage with cheering crowd and Purple Rain Tour text

Tras 15 minutos en escena, y en medio de la canción Uptown (la cuarta del setlist) Prince y sus compañeros pararon en medio de un sonoro abucheo, se dieron la vuelta y se marcharon. Según recordaba el bajista Brown Mark, que acababa de incorporarse a la banda de Prince, en ultimateclassickrock.com: «Lo siguiente que noté fue que la comida volaba por el aire como si fuera un nubarrón de tormenta. Imagina a 94.000 personas lanzando comida unos a otros; fue lo más loco que he visto en mi vida (…) Me golpearon en la espalda con una bolsa de pollo frito; entonces mi bajo empezó a desafinar cuando un enorme pomelo golpeó el ajuste». Prince salió escoltado por un equipo de seguridad, que describió que el artista se encontraba emocionalmente consternado y llorando en silencio. Y aunque juró no volver a telonear a los Stones, por mucho que fueran «Sus Satánicas Majestades», y voló inmediatamente su casa de Minneapolis sin la banda, recibió llamadas de su mánager, Steve Gargnoli, de su guitarrista Dez Dickerson y del propio Jagger, que le dijo: «Si quieres ser un verdadero cabeza de cartel, tienes que estar preparado para que la gente te tire botellas a lo largo de la noche. Tienes que estar preparado para morir!!!». Y Prince aceptó de nuevo, para el siguiente concierto, que sería dos días después, el 11 de octubre de 1981.

Richards con Jagger en 1981.

El público angelino, conocedor de los incidentes del primer concierto, iba dispuesto a todo, y a repetir la hazaña e incluso superarla: se repitieron abucheos e insultos homófobos y racistas, también lanzamiento de objetos, incluidas ¡vísceras de animales!; el ambiente era incluso peor, pero Prince y su banda aguantaron la furia y completaron las cinco canciones del setlist. La último, y probablemente no por casualidad, era Why you wanna treat me so bad? («¿Por qué quieres tratarme tan mal?». Ya en el backstage, el artista dijo que ese público «no tenía gusto musical» y que todos eran «unos retrasados mentales». Posteriormente dijo que no volvería a abrir un concierto de los Stones. Con el tiempo, el guitarrista de la longeva banda de rock, que en julio de este 2026 sacarán su nuevo disco de estudio tras más de 60 años en el candelero –ahí es nada–, Keith Richards, definió a Prince como «un enano sobrevalorado… insultante para nuestro público» (Prince medía 1,60).

Paisley Park Studio.

De Madonna a Miles Davis, de Michael Jackson (con el que siempre mantuvo cierta rivalidad) a Kate Bush, todos los grandes nombres de la música popular quisieron grabar con él. Tras su inesperada muerte en 2016, The Prince State trabajó minuciosamente para exhumar de The Vault, su bóveda acorazada de Paisley Park (su casa-estudio), álbumes preciosos hasta ahora inéditos. Miles de canciones aún reposan ahí; cada lanzamiento es un evento global. Obra única en el mundo, este libro ofrece una nueva mirada a la extensa obra del artista y detalla minuciosamente la génesis de todas sus canciones, desvelando uno a uno los secretos de una discografía espectacular, digna de este extraordinario e inmortal cantautor.

Duane Tudahl con su libro.

Sin duda, uno de los aciertos de este monumental volumen es que Clerc no rehúye el juicio crítico. Aunque su valoración es predominantemente positiva, no tiene reparos en señalar los momentos en que Prince, a su entender, pudo haber errado el tiro. Probablemente Prince. All the songs sea el libro definitivo sobre el artista estadounidense tanto por su amplitud como por su minuciosidad (aunque para fans acérrimos también es obligatoria la lectura de la serie de Duane Tudahl, que se aproximó sesión a sesión –casi un diario de trabajo– a las grabaciones de Prince).

Con una carrera tan mitologizada como la de Prince, este magnífico volumen es un compendio exhaustivo que ilumina cada rincón de su magnífica e inclasificable trayectoria. Benoît Clerc ha asumido una tarea hercúlea y ha entregado la obra de referencia en un solo volumen, una cobertura que ningún otro libro ha intentado siquiera igualar en extensión. Para cualquiera que desee aproximarse a la obra completa de uno de los músicos más prolíficos y enigmáticos del siglo XX (tal es mi caso), este volumen es, sencillamente, indispensable.

Dagón y otros relatos (Minotauro Ilustrados)

Minotauro nos brinda el cierre del sensacional tríptico que el ilustrador Tomás Hijo ha dedicado al maestro del horror contemporáneo, el estadounidense Howard Philips Lovecrat.

Óscar Herradón ©

Tomás Hijo

Tomás Hijo nació en Salamanca en 1974. Ha ilustrado un centenar de libros para editoriales de varios países y escrito algunos, magníficos, siempre relacionados con el ámbito de las leyendas y el folclore. Además, ha contribuido con sus ilustraciones a proyectos cinematográficos (como Nightmare Alley, de Guillermo del Toro, estrenada en 2021 y cuyo título en España fue El callejón de las almas perdidas), series de televisión y videojuegos. Destaca su dedicación a la creación de tarots: Tarot del Toro (2020, en colaboración también con el realizador mexicano Guillermo del Toro), The Lord of the Flies Tarot (2022) o The Dark Crystal tarot (2023), entre otros. Su técnica creativa principal es el grabado, y su obra gráfica forma parte de colecciones privadas en todo el mundo.

En Minotauro, en la colección«Ilustrados» (Planeta), Tomás Hijo ha publicado una magistral trilogía sobre el universo Lovecraft. Tras el éxito de El morador de las tinieblas y La sombra sobre Innsmouth, llega el cierre magistral del tríptico: Dagón y otros relatos. Existen verdades tan antiguas que la mente humana apenas puede procesarlas sin quebrarse. En los rincones más oscuros de la realidad, allí donde el arte se funde con la pesadilla y los dioses ciegos rigen el vacío, aguardan los relatos que cimentaron el horror cósmico.

Este nuevo y esperado título nos sumerge en las profundidades abisales del océano, nos conduce ante los lienzos blasfemos de El modelo de Pickman y nos asoma al centro mismo del caos infinito junto a Azathoth. Con este volumen, Tomás Hijo culmina su viaje visual por la obra del genio de Providence, transformando cada página en una experiencia perturbadora que respira horror y fascinación a partes iguales. Un broche de oro para una colección que ya es referente en el catálogo ilustrado de terror.

H. P. Lovecraft es el maestro indiscutible del horror moderno y el arquitecto de los Mitos de Cthulhu, cuya sombra se proyecta sobre toda la literatura y el cine contemporáneos. Tomás Hijo es sin duda la mejor elección para trasladar sus horrores cósmicos a la illustración, convirtiendo estos relatos fundamentales en una pieza de coleccionista esencial tanto para los devotos del autor como para quienes se atrevan a asomarse por primera vez al abismo.

Murakami. El séptimo hombre y otros cuentos

La obra del escritor japonés Haruki Murakami no había sido hasta ahora adaptado a novela gráfica. Finalmente dio su consentimiento a Jean-Christophe Deveney y PMGL y el resultado es un volumen impresionante que acaba de publicar en España Planeta Cómic.

Óscar Herradón ©

No es fácil, ni mucho menos, adaptar a Murakami a viñeta. Y es que la prosa del maestro japonés descansa muchas veces sobre lo que no se dice. Murakami. El séptimo hombre y otros cuentos, que acaba de publicar Planeta Cómics en un volumen colosal y de lujo, que hará las delicias, por igual, de los amantes de la buena literatura y del noveno arte, es el resultado de que el escritor se dejara convencer por el entusiasmo y el talento innegable del guionista JC Deveney y el ilustrador PMGL para adaptar gráficamente nada menos que nueve de sus cuentos más legendarios.

Se trata de la primera adaptación gráfica del escritor nipón, y por tanto ha generado una gran expectación. Murakami, notoriamente reticente a ceder su obra a otros formatos, autorizó este proyecto, lo que sin duda hace que la propuesta sea algo realmente auténtico.

La ambigüedad de un genio

El volumen recoge relatos de distintas colecciones editadas en España: «Después del terremoto», «El elefante desaparece», «Sauce ciego, mujer dormida» y «Hombres sin mujeres», entre otras. Una selección interesante porque, a decir de sus autores, no busca representar al Murakami más espectacular ni, por el contrario, al más hermético, sino el más característico, aquel en que un oficinista corriente recibe la visita de una rana gigantesca que necesita su ayuda para salvar Tokio de un terremoto o en que una camarera de veinte años se encuentra ante la posibilidad de formular un único deseo.

Cuentos que se mueven en una zona incierta donde la realidad cotidiana empieza a resquebrajarse sin previo aviso: aparecen desapariciones imposibles, mujeres atrapadas en estados mentales fuera de la lógica común, criaturas fantásticas que irrumpen con absoluta naturalidad y personajes solitarios que reciben, de repente, una oportunidad, una amenaza o una relevación que altera su existencia.

Murakami.

Entre las piezas más ambiciosas del monumental volumen (con 432 absorbentes páginas) destaca «Samsa enamorado», que parte del Gregorio Samsa kafkiano pero en sentido inverso –un insecto que despierta como hombre y aprende, torpemente, la humanidad– y que la adaptación reinventa con una lógica más lúdica que filosófica y que funciona bien en imagen, quizá mejor, curiosamente, que en prosa, porque la fisicidad del personaje se presta a la viñeta. También centra la atención el relato que da título al tomo, que articula una reflexión sobre la memoria y el trauma con una sobriedad sostenida que exige mucho del ilustrador citado, PMGL, y que este resuelve con solvencia.

El trazo de este se mueve entre una cierta contención expresiva y destellos de extrañeza visual que encajan de manera natural con el tono de los relatos. Por supuesto, Pierre-Marie Grille-Liou (PMGL) no intenta competir con la escritura de Murakami ni ilustrarla de manera literal, sino abrir un espacio paralelo donde las historias encuentran su propio acomodo gráfico, sabiendo, además, gestionar especialmente bien los silencios. Y es que la obra busca reinterpretar al maestro nipón desde el lenguaje de la imagen, respetando el tono de los cuentos pero añadiendo nuevas capas de lectura a través del ritmo visual, la composición de cada página, los silencios citados (tan importantes en el texto literario) y la fuerza expresiva del dibujo.

El resultado es una obra extraña, pero a la vez fresca y dinámica, que recoge la esencia de Murakami en un formato hasta ahora restringido, dándole otra forma a su ambigüedad. Las historias del literato japonés, que se mueven entre el realismo social y el romanticismo fantástico en los intersticios del Japón contemporáneo, tienen un sabor único, que millones de lectores en todo el mundo reconocen al instante, y esta es una forma novedosa –y rompedora– de acercarse a ellas. El libro no es barato, pero tiene un precio sin duda justificable para el formato y lo que ofrece. Haceros con él. No os arrepentiréis.