Urraca. Una reina en el trono de un rey

Urraca I de León desafió a su tiempo, la España a caballo entre los siglos XI y XII,  siendo la primera reina por derecho propio de nuestra historia y de la Europa medieval. Ahora, Desperta Ferro publica la que probablemente sea su biografía definitiva.

Óscar Herradón ©

Alfonso VI.

El personaje que protagoniza este post, y del que el pasado 8 de marzo de 2026 se  cumplieron 900 años de su muerte, ahí es nada, fue la primera reina de pleno derecho en la historia de España (no consorte) y también de la vieja Europa. Urraca Alfónsez (1081-1126) era hija de Alfonso VI (llamado «el Bravo») y de la noble francesa Constanza de Borgoña. Puesto que no tenían hijos varones, fue educada desde su niñez para gobernar León (fundado en 910, cuando los príncipes cristianos del reino de Asturias trasladaron hasta esa ciudad la capitalidad, entonces en Oviedo), que, a diferencia de lo que ocurría por aquel entonces en la mayor parte de la Europa de la Plena Edad Media, no prohibía a las mujeres ejercer la potestad real.

Raimundo.

Cuando alcanzó la pubertad, con apenas 10 años, la infanta Urraca fue desposada con un hombre mucho mayor, el conde Raimundo de Borgoña, a la sazón su primo, pues era sobrino de Constanza, siendo nombrados condes de Galicia tras el enlace, un matrimonio que parece fue bien avenido y del que nacieron dos hijos legítimos: Sancha Raimúndez, en 1095, y Alfonso, en 1105. Sin embargo, Urraca se quedó viuda el 20 de septiembre de 1107.

Campo de Uclés.

Su padre, Alfonso, que no había tenido más que niñas en sus matrimonios y relaciones anteriores (Elvira y Teresa con Jimena Muñoz, a la que describe su coetáneo el obispo Pelayo de Oviedo como «concubina nobilíssima», y con su esposa Constanza a Urraca) sí había engendrado un hijo barón con su nueva amante, la concubina Zaida, una princesa mora, hija del emir de Denia (más tarde bautizada con el nombre de Isabel tras su conversión al cristianismo), que en 1091 había llegado a los Palacios de Galiana en Toledo; el nombre del varón era el infante Sancho Alfónsez, nacido hacia 1903, y estaba llamado a ostentar algún día el cetro castellanoleonés. Sin embargo, el joven moría a los 14 años de edad en la Batalla de Uclés, el 30 de mayo de 1108, en la que las fuerzas almorávides acabaron a golpe de cimitarra –la jineta andalusí aún no había sido forjada– con la flor y nata de la nobleza castellana.

La primera reina hispana

Alfonso el Batallador.

Tras ello, el rey Alfonso se sumió en una gran tristeza y no tardaría en morir, el 1 de julio de 1109. Antes de fenecer, y en vistas de que solo le quedaban hijas, Teresa y nuestra protagonista, llamó a Urraca y la conminó a ser su sucesora. Como condición, para poder proteger sus dominios y arraigarse en el cargo, insisto, la primera vez en nuestra historia que una mujer iba a reinar con todas las garantías y potestades, arregló todo para el casamiento de la viuda con Alfonso I de Aragón y Pamplona, que ostentaba el sobrenombre de «el Batallador» precisamente porque era un aguerrido guerrero y hábil estratega en tiempos de la Reconquista, quien al parecer aceptó el matrimonio con Urraca con el principal objetivo de arrebatarle el reino de León. Las conjuras y luchas por el poder, siempre activas en cualquier siglo, estaban más que presentes en los distintos reinos medievales y el agitado siglo XII, en lucha constante contra los reinos de Taifas (hasta 20 distintos, y en cierto momento de su historia, hasta 39 pequeñas «facciones»), no contribuía precisamente a apaciguar la escena.

Urraca I de León.

Fue un matrimonio difícil y conflictivo, en el que hubo grandes riñas entre ambos e incluso episodios claros de malos tratos (en una ocasión, Alfonso llegó a encerrar a su esposa en el castillo de El Castellar, en Aragón, debido a una conspiración en la que Urraca había ordenado a los tenentes de las fortalezas en los reinos de León y Castilla que no obedecieran las órdenes de su marido; e incluso hay constancia de que la golpeó físicamente); y, si hemos de hacer caso a las crónicas –y no tenemos por qué no hacerlo–, de episodios de fogosas reconciliaciones que no tardaban en volver a quebrarse, hasta el punto de que los ejércitos de ambos cónyuges llegaron a enfrentarse abiertamente en el campo de batalla.

Alfonso VII de León.

En las capitulaciones matrimoniales se estableció, siguiendo las aspiraciones del Batallador, que el aragonés actuaría como rey de castilla, de lo que derivaría uno de los grandes conflictos de la España cristiana medieval: mientras Alfonso deseaba ejercer, con toda su autoridad, el control del reino castellanoleonés, numerosos nobles gallegos se revelarían a favor de los derechos sucesorios del hijo varón de Urraca con Raimundo de Borgoña, Alfonso Raimúndez, el futuro Alfonso VII de León, lo que provocó una incursión de Alfonso, que vencerá a la nobleza gallega en el castillo de Monterroso.

Firma de Alfonso I de Aragón.

A ello se sumarán las continuas desavenencias políticas y personales entre ambos cónyuges, en parte por las fuertes personalidades de uno y otro; una suerte de guerra civil entre los partidarios de Urraca y los derechos sucesorios de su hijo (que, no obstante, no apoyaría en un principio la propia reina, pues pretendía gobernar mientras pudiera), y los de Alfonso el Batallador, salpicada de traiciones, conjuras, cambios de bando de importantes personajes de la corte y hechos dignos de una novela de caballería, pero escrupulosamente reales, con base historiográfica.

Urraca. Litografía del siglo XIX.

Finalmente, algunos miembros de la Iglesia partidarios de las aspiraciones de Alfonso Raimúndez presionarán al papa para que anulase el matrimonio so pretexto de consanguinidad, anulación que se hará efectiva en 1110 por parte del arzobispo de Toledo, Bernardo, en Sahagún de Campos (León), y debido a que en un primer momento los cónyuges, inmersos en esa suerte de relación de amor-odio, no cumplen con la separación, el propio pontífice llegaría a excomulgar a ambos monarcas, la leonesa y el aragonés, algo con importantes consecuencias en tiempos medievales, como hemos visto en relación a otros personajes históricos como Federico Barbarroja o su nieto Federico II de Hohenstaufen en otras entradas del Pandemónium.

Sancho III el Mayor.

Para más inri, Alfonso y Urraca estaban emparentados en línea directa (los dos eran biznietos de Sancho el Mayor), por lo que a punto estuvo de que el papa invalidase su enlace, cosa que finalmente no sucedió. Tras cinco tortuosos años de relación, en los que se hizo célebre la frase, atribuida a la reina (y quién sabe si apócrifa) de «el rey soy yo», usada cuando se cuestionaban sus exigencias frente a su cónyuge, finalmente, debido a las diferencias con su esposa, que esta no le había dado un heredero y la predilección castellanoleonesa por su hijastro Alfonso Raimúndez, sabedor de que la unificación por vía matrimonial de los reinos de Castilla y León y Aragón no se haría efectiva, Alfonso el Batallador repudió a la reina Urraca, centrándose en sus conquistas contra los almorávides, aunque no abandonaría por completo su pugna por obtener el cetro castellano.

Propaganda misógina contra una reina

Urraca I de León, por José María Rodríguez de Losada (1892-1894).

El reinado de Urraca I de León sería de gran importancia para la España medieval y símbolo del poder femenino frente a la opresión masculina en un tiempo profundamente patriarcal. Urraca fue ejemplo de mujer tenaz y fuerte, de gran coraje, que mostró una gran resiliencia cuando todo estaba en su contra. De hecho, fue objeto de forma implacable de la despiadada misoginia de los cronistas de su tiempo, muchos de ellos clérigos, que harían pasar a la soberana a la posteridad con el sobrenombre de «la Temeraria», ensombrecido su reinado por los de su padre, Alfonso VI, «el de la feliz memoria», y el de su hijo y sucesor, Alfonso VII de León, intitulado «Emperador» de España, un singular título que ya había ostentado su abuelo y con el que no todos los soberanos medievales de su tiempo estaban de acuerdo (retomando la vieja idea imperial de Alfonso III y de su abuelo, el 26 e mayo de 1135 fue coronado Imperator totius Hispaniae –emperador de Hispania– en la catedral de León); cuando en realidad, en los dieciséis años que reinó, Urraca lo hizo la mayoría de las veces con templanza y ánimo de reconciliación, perdonando en ocasiones a aquellos que se habían levantado contra ella, como sucedió durante una revuelta de la burguesía en Santiago de Compostela (que se oponía a las medidas tomadas por el obispo Diego Gelmírez, que gobernaba en alianza con el conde Pedro Fróilaz de Traba), donde la reina a punto estuvo de ser linchada por la turba, que la dejó medio desnuda tras rasgar sus vestiduras, la apaleó e incluso le arrancó varios dientes y muelas de una pedrada en pleno rostro, y la soberana acabó perdonando a los cabecillas, lo que dice mucho de su altura moral cuando cualquier otro los habría mandado colgar.

Urraca I de León (1892).

No obstante, a mil años vista, y con tanta publicidad en su contra (cronistas de su propio siglo y del siguiente, el XIII, la tildaron de mujer débil, caprichosa y voluble que gobernó «tiránica y mujerilmente»), está claro que muchos aspectos de su vida y reinado quedarán ensombrecidos por la duda y la falta de datos fidedignos, aunque gracias a la labor de los historiadores actuales quizá se pueda aportar algo de luz a su periplo vital. La vida y el reinado de Urraca I de León, al menos los que conocemos con certeza, son tan complejos como apasionante y por supuesto no pueden resumirse en la brevedad de un humilde post, por lo que lo mejor para adentrarse en su multifacética figura y su tiempo es sumergirse en las magnéticas y muy documentadas páginas del ensayo que le dedica la doctora en Historia por la Universidad de Salamanca y licenciada en Historia con Premio Extraordinario por la Universidad de Barcelona, Sonia Vidal Fernández, y que acaba de publicar, con excelente acogida, la editorial Desperta Ferro, cuya labor divulgativa de la historia la convierte en habitual en las entradas del Pandemónium: Urraca. Una reina en el trono de un rey.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Busto de la reina castellana en León.

El siglo XII era un mundo donde la soberanía y el poder eran prerrogativas masculinas, pero en el que Urraca, desafiando convenciones y prejuicios, supo defender sus derechos e imponer su autoridad. Tras su matrimonio impuesto con Alfonso de Aragón, que la sometía nuevamente a una tutela masculina y limitaba su poder, la soberana, sin embargo, decidió reinar en solitario y ejercer de pleno la soberanía heredada, apoyada en una red de alianzas que supo consolidar hábilmente. Sin referentes femeninos previos, construyó una imagen inédita de reina soberana, aunque los prejuicios asociados a su condición femenina marcaron profundamente la percepción posterior sobre su figura.

A pesar de la propaganda en su contra, Urraca ejerció el poder regio durante diecisiete años con eficacia y firmeza, defendió su legitimidad, sostuvo el reino ante presiones internas y externas y no dudó en negociar, forjar alianzas o incluso tomar las armas cuando fue necesario. Una mujer de armas tomar y gran altura política que debe ser dignamente reconocida a 900 años de su muerte.

Verdugos del 36 (Editorial Crítica)

Es el título de un libro recientemente editado por Crítica que aborda el papel de los golpistas en la ciudad de Zaragoza el verano del 36 y que retrata el perfil humano –en ocasiones, sanguinario, a pesar de la corta edad de algunos– de los perpetradores que se sublevaron contra la Segunda República.

Óscar Herradón ©

Pocos historiadores dudan en la actualidad (salvo, si acaso, los que se han dado en llamar en los últimos tiempos «revisionistas») de que antes del 18 de julio que culminó con el golpe de los sublevados y dio inicio a la Guerra Civil Española se había gestado una conspiración de las derechas que fue cociéndose lentamente y se remonta años atrás, a los mismos inicios de la proclamación de la República. Otra cosa es qué papel jugó la misma en que se generara aquel odio entre una gran parte de la población o qué culpa tuvieron o no las políticas de izquierda, que no son la razón de este post.

Pues bien, sobre este punto incide el historiador David Alegre en su libro Los verdugos del 36, que ha publicado recientemente la editorial Crítica y donde insiste en que el alcance y complejidad de la conspiración golpista fue una conspiración capital por todo el territorio estatal, «tentacular». Según revelaba a eldiario.es tras el lanzamiento del ensayo, profusamente documentado (basándose en numerosas fuentes, no solo documentos, sino también entrevistas) y de un contenido sin duda revelador, lo que resultó más difícil de comprender para las autoridades republicanas –y sin duda influiría en el éxito de los sublevados, eso sí, tres años más tarde, tras una guerra larga, feroz y sanguinaria en la que ambos bandos sacaron lo peor del género humano–, fue «la capacidad tentacular casi celular que los golpistas tienen de organizar una tela de araña: cargos medios, bajos de la Guardia Civil repartidos por todo el territorio estatal, la capacidad de infiltrar la policía, las estructuras del Estado».

Esta red, formada por esos «verdugos del 36», no solo incluía, según el autor, «a oficiales de alto rango, decisivos en el diseño de las políticas de eliminación», sino también a mandos intermedios, capitanes, inspectores y guardias de diferentes campos, hasta llegar a los «asesinos materiales», según confesaba al citado diario, «guardias civiles de los mandos más bajos y voluntarios civiles con orígenes muy humildes, algunos incluso menores de edad, que descubrían un talento para matar».

Hemingway

Algunos de ellos apenas tenían 16 años y llevaban a cabo asesinatos y detenciones; crímenes que, una vez fracasado el golpe e iniciada la larga guerra, llevaría a cabo ambos bandos sin piedad (tristemente célebres fueron los «paseíllos» realizados por los republicanos de izquierdas y los anarquistas en numerosos pueblos y ciudades que describe con detalle casi escalofriante Ernst Hemingway, corresponsal en España durante el conflicto y poco sospechoso de simpatizar con franquistas o la Falange, en Por quién doblan las campanas). 

Pero en un nivel muy superior, el 18 de julio, las horas y días previos en que fue tomando forma la conspiración, y los días sucesivos, serían los golpistas, organizados en numerosos lugares del territorio español desde hacía tiempo (y apoyados por los quintacolumnistas), quienes llevarían a cabo la mayoría de crímenes y represión. Según revela Alegre tras llegar él mismo a sorprenderse durante la minuciosa investigación de las fuentes históricas sobre hasta qué punto llegó el alcance y organigrama de la conspiración, «los que diseñaban las políticas de eliminación eran oficiales del Estado Mayor, técnicos del Ejército con formación avanzada».

Zaragoza: clave de la contienda

David Alegre escoge Zaragoza para su investigación (el título completo del libro es precisamente Verdugos del 36. La maquinaria del terror en la Zaragoza golpista), evidentemente porque si no excedería las limitaciones de un libro que aunque con una fuerte base historiográfica sale al circuito comercial y no se circunscribe únicamente al campo académico (si no, probablemente debería ser una serie de varios volúmenes), aunque el escenario se puede extrapolar a casi cualquier provincia y territorio –con sus diferencias, claro–, principalmente a aquellos en los que triunfó rápidamente la sublevación, y también por su importancia capital en varios sentidos.

Emilio Mola.

Todo se inició con una investigación del autor sobre la Batalla de Teruel; tras la recogida de una sucesión de testimonios de personas que eran niños o adolescentes cuando estalló el conflicto «empezaron a aparecer nombres, inicialmente solo alias o motes, asociados a detenciones ilegales, torturas y asesinatos», según lo recogido en eldiario.es. Según el autor, la ciudad de Zaragoza se convirtió en un escenario clave por dos razones, su densidad de población, que había aumentaba considerablemente en los últimos 30 años (220.000 habitantes) y que se trataba de un lugar de gran importancia estratégica: sus conexiones ferroviarias y red de carreteras conectaban Francia con Valencia y Barcelona con Madrid, por lo que «mantener el control sobre Zaragoza era crucial para frenar cualquier avance republicano» y proteger las bases del general Emilio Mola en Navarra, verdadero artífice del levantamiento hasta que fue sustituido en la cadena de mando –absoluta– por el también general y más tarde dictador Francisco Franco Bahamonde tras su muerte el 3 de junio de 1937, tras estrellarse en la colina burgalense de Alcocero el avión en que viajaba, un Airspeed Envoy, accidente que la versión conspirativa considera que no fue casual (Mola era considerado el «Director» de la conspiración), al igual que la anterior muerte el 20 de julio de 1936, apenas dos días después al alzamiento, del otro general al frente de la sublevación, José Sanjurjo, igualmente en accidente de aviación en Cascaes, Portugal, en este caso cuando su avión, un De Havilland DH.80 Puss Moth, despegaba rumbo a España. Versión, la de un complot de Franco contra los otros altos mandos de la conjura –unidos a los fracasos de los también generales Manuel Goded y Joaquín Fanjul, encarcelados y más tarde fusilados– que prácticamente ha sido descartada por los historiadores.

Para David Alegre «la radicalización de las políticas de eliminación se entendía como una manera de mantener la ciudad [Zaragoza] bajo control y evitar insurgencias internas que pudieran conectar con las milicias republicanas del este de Aragón». Por lo tanto, fue una ciudad y un territorio claves en lo que sucedió tras el alzamiento y el relativo éxito de los sublevados que finalmente acabarían ganando la guerra.

¿Qué encontraremos en sus páginas?

David Alegre aborda en Verdugos del 36 la lógica y el funcionamiento de la campaña sistemática de asesinatos desplegada por el bando golpista en la ciudad entre el verano y el otoño de 1936, que acabó con la vida de unos 3.500 civiles de toda la provincia, la mayor parte de ellos ejecutados en la capital aragonesa. En base a un exhaustivo proceso de investigación analiza con todo detalle quiénes fueron los principales perpetradores a cargo de las ejecuciones, desde las reuniones al más alto nivel hasta el pie de fosa. Aunque cambiaron para siempre la historia de España, la mayoría de ellos han pasado desapercibidos hasta hoy. Así pues, el público lector tiene ante sí la oportunidad de adentrarse en las vidas y motivaciones de dos generaciones de hombres nacidos entre 1885 y 1915, todos ellos atravesados por los acontecimientos clave de su tiempo, desde la pérdida de Cuba hasta los miedos del periodo de la Segunda República.

Neandertales, la estirpe perdida

Pinolia publica el libro Neandertales. La historia de una estirpe perdida, un cautivador viaje por los últimos hallazgos sobre nuestros ancestros homínidos en la península ibérica que han contribuido a cambiar por completo nuestra percepción sobre ellos: estaban mucho más evolucionados de lo que se creía hasta ahora.

Óscar Herradón ©

Desde hace años, con el vertiginoso avance de la genética y las nuevas tecnologías, que han permitido estudios hace unas décadas impensables, ha cobrado fuerza el debate sobre la posibilidad de devolver a la vida a un neandertal (Homo neandertalis), la otra especie humana inteligente que fue desbancada por nuestros ancestros inmediatos en el proceso evolutivo, los Homo sapiens.

A pesar de poseer diferencias anatómicas y genéticas importantes, hoy sabemos que ambas especies se relacionaron y llegaron a mantener relaciones sentimentales e intercambios sexuales que pudieron producirse, a decir de los expertos, cuando el Sapiens llevó la tecnología del Paleolítico Superior en su migración fuera de África. El cruce entre ambos favoreció la evolución del Sapiens, haciéndolo más fuerte y, probablemente, introduciendo nuevas variantes en su sistema inmunológico (los genes HLA), esenciales para que el cuerpo pueda reconocer y destruir los patógenos, por ejemplo, superar un simple catarro que, sin su intervención, podría ser letal, algo que pudo haberle pasado a los neandertales; los antígenos se extendieron entre los descendientes de las poblaciones mestizas en Europa y Asia y ganaron la batalla de la evolución, donde los neandertales, más fuertes y robustos, finalmente se extinguieron.

  • Hoy, se trata de nuestro pariente más cercano, que vivió en Eurasia hace más de doscientos mil años, aunque todavía se discute si se trataba de una especie distinta (el Homo genus) o es una subespecie del Homo sapiens. Ahora, la editorial Pinolia, muy presente en el Pandemónium por su cuidado de la divulgación científica e histórica, publica Neandertales. La historia de una estirpe perdida, y con este fabuloso libro divulgativo como referencia, contamos 10 curiosidades fascinantes sobre nuestros ancestros homínidos:
  • Su apariencia era muy similar a la nuestra (aunque su cerebro era más grande y de crecimiento más lento que el del Sapiens) y poseían una inteligencia rudimentaria que les permitía usar herramientas y controlar el fuego.
  • Han pasado al imaginario colectivo como «los hombres de las cavernas», nombre que se debe a que precisamente los primeros fósiles encontrados en Eurasia se hallaron en cuevas profundas. Se cree que vivían allí, en plena Edad de Hielo, para protegerse del frío, la nieve y las ventiscas.
Cráneo Engis 2 del primer neandertal encontrado.
  • Pero, ¿hubo o no mestizaje entre el Sapiens y el Neandertal? Mestizaje como tal no, pero sí intercambios y relaciones sexuales. Un estudio del ADN del africano promedio mostró que no hubo mestizaje, pero el ADN de los no africanos muestra una coincidencia, lo que indica que los cruces pudieron haberse producido en un momento de coexistencia  de ambas especies, después de que, efectivamente, migraran al continente eurasiático. No obstante, continúa habiendo controversia sobre este punto –y muchos otros– entre los académicos.
  • A día de hoy no se sabe a ciencia cierta la causa de su extinción. Los científicos barajan tres posibilidades: el impacto del cambio climático sobre sus organismos, un problema de alimentación o bien precisamente a causa de la mezcla de especies, que finalmente habría conducido a la unificación, la desaparición del neandertal y al ser humano como es (somos) hoy en día.
  • Los neandertales parece que llevaban una vida social muy similar a la nuestra (a la de nuestros ancestros homínidos, se entiende, pues evidentemente han pasado decenas de miles de años y no iban ni de discoteca ni al cine ni tenían Smartphones): se reunían en clanes familiares y hay constancia de que cuidaban de personas enfermas y débiles, como los ancianos, del clan. Además, según los últimos hallazgos arqueológicos, daban entierro funerario a sus muertos.
  • No sabemos si tenían un lenguaje propio, aunque a juzgar por el tamaño de su cerebro se baraja que probablemente se comunicaban a través de un sistema de signos y señas.
Enterramiento neandertal Kebara 2 (Wikimedia Commos)
  • Por los restos encontrados, parece que fueron de pequeña estatura, pero de complexión robusta y una adaptación importante al entorno para retener el calor en un clima de temperaturas extremadamente bajas. Tenían  narices prominentes (probablemente para calentar el aire gélido al respirar) y se cree que eran de piel muy clara, pelirrojos y probablemente salpicados de pecas. Su cerebro era, salvo algunas diferencias (más grande, como hemos dicho), similar al nuestro.
  • Los encuentros sexuales entre las dos especies homínidas inteligentes explican que todos los hombres del mundo, con excepción de los africanos, poseamos en nuestro ADN la huella de los neandertales. Fue Svante Pääbo, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, Alemania, con la colaboración de decenas de investigadores de todo el planeta, quien culminó en 2010 la secuenciación del genoma del hombre de neandertal, y se determinó que entre el 2% y el 4% de nuestro genoma es herencia de esta «especie».
  • Investigadores del citado Instituto Max Planck creen que los neandertales aprendieron a hacer joyas y herramientas sofisticadas de los primeros  homínidos modernos (Sapiens) con los que convivieron, que se sepa, en España y Francia hace 40.000 años.
Svante Pääbo
  • Eran presumidos, pues se adornaban con vistosas plumas de aves (de córvidos y rapaces), y además se colgaban collares hechos de conchas e incluso se maquillaban, lo que parece evidenciar que poseían pensamiento simbólico, acercándolos más al Homo sapiens de lo que se creía hasta ahora. Además, cocinaban y consumían regularmente una variedad de vegetales, según reveló un estudio del Museo Smithsonian de Historia Natural de Fairfax (Estados Unidos): examinaron los dientes fosilizados de algunos neandertales hallados en cuevas de Irak y Bélgica, de lo que se dedujo que habían tratado granos de almidón, raíces y tubérculos antes de ingerirlos, lo que sugiere que conocían el fuego de forma muy similar a como lo hacían los humanos. Además, en Cueva Bajondillo, en Torremolinos (Málaga), un equipo internacional con participación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas español (CSIC) reveló que los neandertales ya comían marisco en la península ibérica hace 150.000 años.

¿Qué encontraremos en las páginas de Neandertales. La historia de una estirpe perdida?

Durante décadas, los neandertales fueron considerados una especie primitiva y tosca, incapaces de rivalizar con los Homo sapiens. Sin embargo, los últimos descubrimientos científicos revelan una realidad fascinante que ha transformado por completo nuestra comprensión de nuestros parientes. Gracias a las investigaciones de expertos multidisciplinares que combinan paleontología, geología, arqueología o la tecnología 3D, hoy conocemos en profundidad su biología, su alimentación, su cultura material y su evolución cognitiva.

El cerebro de nuestro antecesores neandertales, lejos de ser rudimentario, albergaba capacidades que les permitieron dominar el fuego, desarrollar innovaciones tecnológicas revolucionarias para su tiempo y crear manifestaciones artísticas y simbólicas. Esta obra coral, coordinada por Ignacio Martín Lerma pero con la firma de numerosos expertos (periodistas, divulgadores científicos, antropólogos, etc.) nos adentra en los numerosos yacimientos de la península ibérica –desde Gibraltar hasta los Pirineos– donde una serie de hallazgos excepcionales han cambiado nuestra percepción de estos antiguos habitantes de nuestro territorio y nos han revelado su relación con otras especies humanas, su convivencia con una fauna muy variada y las condiciones ambientales que moldearon su existencia.

Entre estos hallazgos, destaca la reconstrucción científica de una mujer neandertal, cuyos rasgos y herencia genética nos desvelan una verdad profunda: los neandertales no desaparecieron del todo. Siguen vivos en nosotros, en nuestra biología y en la memoria colectiva de lo que significa ser humano. Su historia no es un eco del pasado, sino una parte esencial de la nuestra.

*Todas las imágenes del reportaje son de licencia libre de Wikimedia Commons, salvo la portada del libro, facilitada por Pinolia.