Berenguela de Castilla: la reina que entregó una corona para ganar dos

El historiador Francisco Javier Pérez Rodríguez publica Doña Berenguela. La reina que unió Castilla y León, de la mano de Almuzara, una historia de inteligencia, ambición y destino en el corazón de la Edad Media.

Óscar Herradón ©

Hija de Alfonso VIII, esposa repudiada de Alfonso IX y madre de Fernando III, fue reina propietaria de Castilla apenas unas semanas en 1217. Esas semanas bastaron para decidir el destino de la Península durante los siglos siguientes.

En el verano de 1217, en la plaza mayor de Valladolid, una mujer de treinta y siete años fue aclamada reina de Castilla y, casi en el mismo acto, puso la corona en manos de su hijo de dieciséis. El gesto se suele recordar como una renuncia, pero fue una operación política de primer orden. Berenguela de Castilla no se apartó del poder. Eligió ejercerlo desde otro lugar, y desde allí dirigió durante casi tres décadas la construcción de la monarquía castellano-leonesa. La historiografía reciente la ha rescatado del papel de madre abnegada que le asignó la tradición y la sitúa entre las figuras decisivas del siglo XIII europeo.

Una infanta entre los Staufen y los Plantagenet

Alfonso VIII de Castilla.

Nacida en 1180, Berenguela era la primogénita de Alfonso VIII de Castilla y de Leonor de Inglaterra, hija a su vez de Enrique II Plantagenet y de Leonor de Aquitania. Durante sus primeros años fue la heredera presunta del reino, y su valor diplomático quedó claro muy pronto. En 1188 se firmó en Seligenstadt su compromiso con Conrado de Rotemburgo, hijo del emperador Federico Barbarroja, y el acuerdo preveía que el príncipe alemán gobernara Castilla junto a ella si faltaba un heredero varón. El nacimiento de su hermano Fernando y los recelos de la nobleza castellana, poco inclinada a un rey extranjero, dejaron el compromiso en nada. Miriam Shadis, en Berenguela of Castile (1180-1246) and Political Women in the High Middle Ages (2009), subraya que este primer episodio ya muestra lo que definiría su vida: una mujer situada en el centro de la política dinástica y educada para entenderla.

Un matrimonio para la paz, disuelto por Roma

Alfonso IX y Doña Berenguela.

En 1197 se casó con Alfonso IX de León para cerrar una larga etapa de enfrentamientos fronterizos entre los dos reinos. El problema era el parentesco, porque los contrayentes descendían ambos de Alfonso VII y el grado de consanguinidad caía dentro de lo prohibido por la Iglesia. Inocencio III, poco dispuesto a transigir en materia matrimonial, lanzó excomuniones e interdictos hasta conseguir la separación en torno a 1204. De aquel matrimonio nacieron cinco hijos, entre ellos Fernando, el futuro Fernando III, y Berenguela, que acabaría casada con Juan de Brienne, rey de Jerusalén y emperador latino de Constantinopla. Berenguela regresó a Castilla sin marido pero con descendencia. La cuestión de la legitimidad de esos hijos quedó abierta y resultaría crucial poco después.

Enrique I.

En octubre de 1214 murió Alfonso VIII, pocas semanas después de su victoria en Las Navas de Tolosa, y la reina Leonor le siguió casi de inmediato. El trono pasó a Enrique I, un niño de diez años. Berenguela asumió la tutela del rey, pero la presión de la poderosa casa de Lara la obligó a cederla a Álvaro Núñez de Lara, que gobernó en nombre del muchacho. El 6 de junio de 1217, en Palencia, una teja desprendida mientras Enrique jugaba con otros jóvenes le causó la muerte. La corona correspondía ahora a Berenguela.

Una corona recibida para ser entregada

Alfonso IX.

Lo que ocurrió después es la gran jugada de su vida. Su hijo Fernando vivía en la corte leonesa junto a su padre, y Berenguela consiguió que Alfonso IX lo dejara marchar sin revelarle la muerte de Enrique. Una vez tuvo al joven en Castilla, se hizo reconocer reina y le cedió el reino de inmediato. Fernando fue proclamado en Autillo de Campos y después en Valladolid. Alfonso IX, que aspiraba a la Corona castellana, invadió el reino, y la reina madre y su hijo tuvieron que sostener una guerra al mismo tiempo que doblegaban la resistencia de los Lara.

Fernando III.

Las crónicas de la época ya entendieron el alcance del gesto. La Crónica latina de los reyes de Castilla, atribuida al canciller Juan de Soria, y el De rebus Hispaniae del arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, presentan la cesión como un acto de prudencia al servicio del reino. Janna Bianchini, en The Queen’s Hand: Power and Authority in the Reign of Berenguela of Castile (2012), propone otra lectura: la abdicación fue un instrumento de poder. Al transferir el título a un varón adulto, Berenguela neutralizó las objeciones a una reina y conservó la autoridad efectiva. La documentación de cancillería lo confirma, porque durante años los diplomas regios asocian su nombre al del rey. Julio González ya lo había mostrado con detalle en su monumental Reinado y diplomas de Fernando III (1980-1986).

La unión de los reinos, negociada entre mujeres

Fernando III de Castilla y León.

El segundo gran momento llegó en septiembre de 1230, cuando murió Alfonso IX. El rey leonés había dejado su reino a Sancha y Dulce, las hijas de su primer matrimonio con Teresa de Portugal, y había excluido a Fernando. El conflicto parecía inevitable. Berenguela lo evitó reuniéndose con Teresa en Valencia de Don Juan, y ambas acordaron en Benavente, en diciembre de ese año, el llamado Tratado de las Tercerías. Las infantas renunciaron a sus derechos a cambio de una renta vitalicia, y Fernando III se convirtió en rey de León. Castilla y León quedaron unidas de forma definitiva. Como recuerda el autor del ensayo publicado por Almuzara, la escena, dos reinas y exesposas del mismo rey pactando la sucesión sin guerra, no tiene fácil paralelo en la Europa de su tiempo. Bianchini, por su parte, recuerda que la iniciativa de Berenguela fue lo que hizo posible la gran expansión andaluza de su hijo, con Córdoba en 1236 y Sevilla en 1248.

Beatriz de Suabia.

La influencia de doña Berenguela alcanzó también la política matrimonial. En 1219 concertó el matrimonio de Fernando con Beatriz de Suabia, nieta de dos emperadores, lo que situaba a Castilla en la órbita imperial de los Staufen. Tras la muerte de Beatriz en 1235 arregló el segundo, con Juana de Ponthieu. En esta tarea contó con la complicidad de su hermana Blanca, reina de Francia y madre de Luis IX, y la correspondencia y los intereses compartidos entre ambas forman uno de los ejes de la diplomacia occidental de esos años.

Monasterio de Las Huelgas. Burgos.

La protagonista de este volumen fue también una mecenas decisiva. Protegió el monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas, fundado por sus padres, y acompañó el impulso de la nueva catedral gótica de Burgos, iniciada en 1221 bajo el obispo Mauricio. A petición suya escribió Lucas de Tuy su Chronicon mundi, concluido hacia 1236. Georges Martin ha estudiado cómo esa crónica y la de Jiménez de Rada construyeron deliberadamente una imagen de la reina como fundamento de la legitimidad de Fernando III. Berenguela no solo hizo historia, también se ocupó de que se escribiera a su favor.

Sepulcro de doña Berenguela.

Murió el 8 de noviembre de 1246 y fue enterrada en Las Huelgas, en un sepulcro sobrio, de acuerdo con su voluntad. Durante siglos la tradición la recordó como la madre ejemplar de un rey santo, una imagen que H. Salvador Martínez revisó en Berenguela la Grande y su época (2012). Theresa Earenfight, en Queenship in Medieval Europe (2013), la sitúa junto a su hermana Blanca y a su abuela Leonor de Aquitania como ejemplo de una realeza femenina que actuaba por medio de la maternidad, la mediación y el control de la memoria, sin necesidad de ocupar el trono. Su reinado propio duró apenas unas semanas, y aun así la Corona de Castilla y León que heredó su nieto Alfonso X se debe en buena medida a ella.

La traición de Tenesoya

Inés Cardoso Albarracín gana el Premio de Literatura Puy du Fou con un relato sobre la conquista de Canarias que convierte a una cautiva del siglo XV en espejo de la identidad partida: La Traición de Tenesoya y otros relatos, que acaba de publicar la editorial Almuzara.

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Hay figuras de la historia canaria que viven en un territorio incómodo entre el documento y la leyenda, y Tenesoya es quizá la más fértil de todas. La escritora grancanaria Inés Cardoso Albarracín ha vuelto sobre ella en La traición de Tenesoya, el relato que se impuso en la segunda edición del certamen literario de Puy du Fou España y que ahora da título a la antología de finalistas publicada por Almuzara. El título es la primera pregunta que plantea el libro. ¿Traición de quién, y contra quién?

Lanzarote.

La historia de Tenesoya se transmitió así: estaba bañándose con su aya Tazirga en la costa grancanaria cuando la capturaron hombres de Diego de Herrera. La enviaron a Lanzarote al servicio de su esposa, doña Inés Peraza, y allí fue bautizada y rebautizada como Luisa de Guanarteme. La casaron con Maciot de Bethencourt, un personaje interesante en sí mismo: era nieto del antiguo gobernador de Lanzarote e hijo de la princesa de Teguise, de modo que también tenía sangre aborigen. El episodio central, el que justifica el título, viene después. Su tío Tenesor Semidán llegó a ofrecer por su rescate ciento trece cristianos cautivos, y los europeos aceptaron el canje. Tenesoya volvió a Gáldar, pero no se quedó. En la versión más extendida, ya no se sentía Tenesoya sino Luisa de Bethencourt, y huyó de noche a la costa, donde su marido la esperaba en una carabela para devolverla a Lanzarote. 

Cairasco de Figueroa.

Existe un rastro documental: en el Archivo Histórico Provincial de Las Palmas se conserva un expediente de nobleza de los Bethencourt, de 1747, con el traslado de una providencia del alcalde de Gáldar de 1528. En ella, diez testigos declaran sobre la filiación de Luisa de Guanarteme. Ese material lo ha trabajado Enrique Pérez Herrero en Catalina Hernández Guanarteme y Luisa de Guanarteme: princesas canarias. También Leopoldo de la Rosa Olivera, en sus estudios genealógicos, sitúa a la rama grancanaria de los Bethencourt a través del Maciot casado con la princesa Tenesoya. Pero la figura literaria es otra cosa. Las fichas de la historiografía canaria la describen como un personaje creado por la tradición escrita local, que aparece en Sedeño y en Abreu Galindo con parentescos distintos y que debió de construirse a partir del personaje poético de Bartolomé Cairasco de Figueroa. El regreso voluntario a Teguise, en suma, es un hecho cantado por Cairasco, y el romance ha pesado más que el acta.

La traición como eje

Grabado de la expedición de Jean de Bethencourt y La Salle a Lanzarote.

Cardoso ha optado por la mirada íntima. El relato gira en torno a una protagonista joven dividida entre dos realidades, obligada a reconstruir su identidad mientras su mundo cambia de forma irreversible. A partir de ahí trata la lealtad, la pertenencia, la supervivencia y el desgarro de pertenecer a culturas enfrentadas. El jurado destacó la fuerza narrativa y la complejidad emocional, la capacidad de sostener la tensión y un personaje lleno de matices.  La traición de Tenesoya tiene a su favor una elección de materia excelente. Es un episodio periférico en los manuales peninsulares, con un personaje cuya ambivalencia ya viene dada por las fuentes y una tradición textual (Cairasco, Abreu Galindo, Viera y Clavijo) lo bastante rica para dialogar con ella. No obstante, no aborda únicamente este sugerente asunto fundacional a medio camino entre la historia y la leyenda, sino que se trata de una antología con doce relatos más de épocas dispares, unos más versátiles que otros, pero todos muy entretenidos.

Kamikazes: el viento que no llegó

Roberto Blanco Andrés dedica un volumen ilustrado a los pilotos suicidas japoneses y al ejército que los produjo, una síntesis compacta y accesible, visualmente espectacular, editada por Tikal: Kamikazes. El ejército imperial japonés.

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El autor de este atractivo volumen es doctor en Historia por la Universidad de Valladolid y profesor de secundaria. Su investigación se ha centrado en Filipinas desde finales del siglo XVIII hasta hoy, en especial en las relaciones entre Iglesia y Estado y el primer nacionalismo filipino. Es colaborador del Instituto de Historia del CSIC y ya había firmado en la misma serie un volumen sobre los marines. La elección tiene más lógica de lo que parece. El teatro decisivo del libro es filipino: la primera unidad kamikaze se formó en Mabalacat, en Luzón, y su bautismo de fuego fue la batalla del golfo de Leyte. El libro fecha ese primer uso de kamikazes aéreos contra las naves aliadas en Leyte, entre el 23 y el 26 de octubre de 1944, durante la ofensiva americana para recuperar Filipinas. Un autor que conoce el archipiélago tiene ventaja para explicar por qué allí Japón cruzó una línea que nunca había cruzado ninguna fuerza armada moderna de forma sistemática.

Aunque el subtítulo es El ejército imperial japonés y el relato arranca con el nacimiento del ejército en la Restauración Meiji de 1868, hay que hacer un pequeño matiz. Los ataques especiales nacieron en la Armada Imperial, no en el Ejército. El vicealmirante Ōnishi Takijirō organizó la primera unidad con pilotos del 201.º Grupo Aéreo de la Marina. Pearl Harbor, el gran punto de partida, también fue una operación naval. El Ejército tuvo sus propias unidades suicidas, que operaron sobre todo desde la base de Chiran, en Kagoshima, durante la batalla de Okinawa. Sin embargo, ambas fuerzas armadas funcionaron como mundos separados y a menudo rivales. Edward J. Drea, en Japan’s Imperial Army (2009), y Meirion y Susie Harries, en Soldiers of the Sun (1991), dedicaron páginas a esa rivalidad, que es una de las claves del desastre japonés.

¿Tropas de élite?

Los primeros pilotos de Leyte eran aviadores experimentados, pero a medida que avanzó 1945 los ataques recayeron sobre reclutas con pocas horas de vuelo. Muchos eran universitarios movilizados con prisas, que apenas sabían despegar y mantener un rumbo. La antropóloga Emiko Ohnuki-Tierney, en Kamikaze, Cherry Blossoms, and Nationalisms (2002) y Kamikaze Diaries (2006), estudió los diarios de estos estudiantes. Mostró a jóvenes lectores de Kant, Goethe o Thomas Mann que aceptaban la muerte con dudas, ironía o resignación, lejos del fanatismo que difundió la propaganda aliada. M. G. Sheftall, en Blossoms in the Wind (2005), entrevistó a supervivientes y llegó a conclusiones parecidas: presión de grupo, sentido del deber hacia la familia y una voluntariedad muchas veces ficticia. Presentarlos como élite es un homenaje involuntario a la versión que el propio mando japonés quiso fijar.

El libro de referencia inicial sigue siendo The Divine Wind (1958), de Rikihei Inoguchi y Tadashi Nakajima, dos oficiales que participaron en la organización de los ataques. Es una fuente imprescindible, pero también una defensa apenas velada del sistema. Ivan Morris, en The Nobility of Failure (1975), situó a los kamikazes al final de una larga tradición japonesa de héroes derrotados y leales hasta la muerte. Este volumen divulgativo bebe de todas estas fuentes, las sintetiza y las explica con habilidad, huyendo del dato académico y sesudo.

Curiosidades del viento divino

El nombre ya encierra una historia. Kamikaze, viento divino, remite a los tifones que destruyeron las flotas de invasión mongolas de Kublai Kan en 1274 y 1281. En el Japón de 1944, sin embargo, la lectura oficial de esos mismos caracteres era shinpū, y el término general era tokkōtai, abreviatura de unidades de ataque especial. La pronunciación kamikaze se impuso sobre todo a través de los traductores y la prensa estadounidenses, y el propio Japón la adoptó después.

Onishi

Las cuatro primeras secciones de su creador, Takijiro Ōnishi (vicealmirante de la Armada Imperial Japonesa durante la Segunda Guerra Mundial) se llamaron Shikishima, Yamato, Asahi y Yamazakura. Los nombres procedían de un poema del erudito del siglo XVIII Motoori Norinaga, que compara el espíritu japonés con la flor del cerezo silvestre al sol de la mañana. De ahí nace la asociación entre el piloto suicida y la flor de cerezo que cae en plenitud, que Ohnuki-Tierney analiza como una manipulación deliberada de un símbolo que antes hablaba de la fugacidad de la vida y no del sacrificio por el emperador.

Seki.

El jefe de la primera misión, el teniente Yukio Seki, recién casado, dudó cuando se le propuso el mando. Según el testimonio recogido por un corresponsal que habló con él, dijo que no moría por el emperador ni por el imperio, sino por su mujer. El 25 de octubre de 1944, su grupo alcanzó a varios portaaviones de escolta y hundió el USS St. Lo, el primer buque perdido por un ataque kamikaze organizado.

Kaiten.

El arsenal suicida no se limitó a los aviones. Existió el Ōka, una bomba tripulada propulsada por cohetes y lanzada desde un bombardero, a la que los americanos apodaron baka, idiota en japonés. También estuvieron el Kaiten, un torpedo humano, y las lanchas explosivas Shin’yō. Los Fukuryū eran buceadores que debían esperar en el fondo del mar con una mina en la punta de una pértiga. En Okinawa, las oleadas masivas recibieron el nombre de Kikusui, crisantemos flotando en el agua. Era el emblema de Kusunoki Masashige, samurái del siglo XIV que murió en una batalla perdida por lealtad al emperador y al que el régimen convirtió en modelo del súbdito perfecto. Uno de los golpes más duros fue el que sufrió el portaaviones USS Bunker Hill el 11 de mayo de 1945, alcanzado por dos aviones en menos de un minuto, con cerca de 400 muertos.

En la base de Chiran, Torihama Tome regentaba un pequeño restaurante frecuentado por los pilotos del Ejército. Allí recibía sus últimas cartas y confidencias, y pasó a la memoria japonesa como «la madre de los kamikazes». Chiran alberga hoy un museo de la paz con miles de cartas y fotografías de los pilotos.

Ugaki.

El final fue tan sombrío como el principio. El vicealmirante Matome Ugaki despegó en una última misión después de oír al emperador anunciar la rendición el 15 de agosto de 1945, arrastrando con él a una veintena de hombres. Al día siguiente, Ōnishi se hizo el seppuku (o harakiri, el suicidio ritual japonés de desentrañamiento que realizaban los samuráis) y, según los testimonios, rechazó que nadie acortara su agonía. Dejó una nota en la que pedía perdón a los pilotos muertos y a sus familias.

Las cifras siguen siendo discutidas. Las estimaciones más citadas hablan de unos 3.800 pilotos muertos en ataques especiales, y solo una minoría alcanzó su objetivo. Hundieron varias decenas de buques, en su mayoría pequeños, y causaron miles de bajas. Robin L. Rielly, en Kamikaze Attacks of World War II (2010), concluyó que fueron el arma antibuque más eficaz de Japón en la fase final, pero nunca capaz de cambiar el curso de la guerra. Como obra de iniciación, el libro de Blanco Andrés cumple con creces lo que promete: un recorrido ilustrado, con firma académica y a muy buen precio, por una de las páginas más perturbadoras del siglo XX.