El Mercenario. Integral 1

Es, probablemente, el cómic español de fantasía heroica más internacional de su generación, y este integral es la primera vez que se edita en España con el cuidado que la obra siempre mereció gracias a Norma Editorial.

Óscar Herradón ©

Vicente Segrelles (Barcelona, 1940), empezó a publicar El Mercenario en 1980 en la revista Cimoc de Norma Editorial, y Norma, referente ineludible de la novela gráfica, recupera ahora la serie completa en tres volúmenes integrales, el primero de los cuales –espectacular: 336 páginas a color, con extras e ilustraciones– reúne las aventuras iniciales del personaje: «El pueblo del fuego sagrado» y «La fórmula», entre otras.

La premisa sitúa la acción en un misterio antiguo que rodea el Himalaya: entre las leyendas del Yeti, el Valle de la Eterna Juventud o el Monasterio de la Sabiduría Universal, existe una menos conocida, la de un valle escondido bajo un manto perpetuo de nubes, habitado por un guerrero sin nombre al que todos llaman, simplemente, el Mercenario. Ese «país de las nubes permanentes», como lo llamó el propio Segrelles con marcado toque poético, es una tierra alta de Asia aislada del resto del mundo por la altitud y la niebla constante, poblada de castillos, dragones, armaduras y tecnologías curiosas a medio camino entre lo medieval y lo fantástico. El protagonista, un quijote sin nombre ni pasado, se gana la vida como mercenario volador –cabalga dragones domesticados– al servicio de quien mejor le pague, en misiones que lo llevan de un reino a otro de ese universo inventado.

Viñetas al óleo

La gran curiosidad de la obra, la que la distingue de cualquier otro cómic de su época, es puramente técnica: cada viñeta está pintada al óleo, un procedimiento tan inusual como extraordinariamente lento para el medio del cómic. Según ha contado el propio autor, la idea de la serie nació casi por necesidad profesional: Segrelles trabajaba como ilustrador freelance, una actividad inestable, y en 1979 decidió crear un cómic que le garantizara trabajo a largo plazo si tenía éxito. Para no perder tiempo en documentación escogió deliberadamente temas que ya dominaba y que le gustaban: castillos y armaduras medievales, fantasías orientales y batallas aéreas al estilo de la Segunda Guerra Mundial, solo que con dragones en lugar de aviones. Pintó seis páginas de muestra, se las dio a su agente para la Feria del Libro de Bolonia sin muchas expectativas, y el agente volvió con media docena de precontratos firmados. Así nació, casi por accidente comercial, una serie que acabaría alargándose catorce álbumes y veinte años de trabajo, hasta su cierre en 2003.

El impacto internacional fue inmediato y llamativo. La serie se publicó en inglés en la revista estadounidense Heavy Metal entre 1981 y 1982, y más tarde en volúmenes recopilatorios de la editorial NBM, que llegó a traducir once de los trece álbumes originales; hoy esas ediciones americanas están descatalogadas y se cotizan caras entre coleccionistas. Cuando Heavy Metal relanzó la revista, El Mercenario volvió a formar parte de su catálogo de clásicos, junto a nombres como Enki Bilal o Guido Crepax, señal de que la obra sigue considerándose, seis décadas después de su creación, parte del canon del cómic fantástico adulto. Entre sus admiradores declarados estuvieron Moebius y el director italiano Federico Fellini, quien llegó a describir el cómic como una obra que devuelve al lector la emoción y el placer de contemplar imágenes.

Puesto en contexto, El Mercenario. Integral 1 es sobre todo un objeto para mirar antes que para leer con atención al argumento: una fantasía de capa y espada de guion cinematográfico, resuelta con un hiperrealismo pictórico que ningún otro autor de la época –ni siquiera los grandes nombres del cómic europeo adulto con los que compartió páginas en Heavy Metal– llevó tan lejos. Su valor histórico está fuera de duda, y esta edición integral es la ocasión perfecta para redescubrir, con calidad de reproducción a la altura del original, una de las cumbres visuales del cómic español.

SIX. INTEGRAL 1 (de 2)

Seis parias cabalgan hacia las Black Hills perseguidos por un pasado que no los suelta, y de esa premisa nace Six. Integral 1, la propuesta que el guionista francés Philippe Pelaez y el dibujante español Javier Casado lanzaron originalmente en Dargaud y que Norma Editorial recoge ahora en España en un volumen integral de gran formato.

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El proyecto nació como una serie de cuatro tomos concebida para desmontar los tópicos del western clásico. Pelaez sitúa en primer plano a personajes que el género solía dejar invisibles o reducidos a clichés: los negros, las mujeres y los guerreros indios, en un relato que Javier Casado magnifica con un grafismo expresivo. El resultado son seis antihéroes reunidos por el azar en la América de 1850: un huérfano tuerto, una prostituta de diecisiete años, un desertor del ejército, un indio renegado, un esclavo huido y una monja defenestrada de su convento. 

El motor de la trama no es la épica sino la pura necesidad: los protagonistas comparten una motivación ordinaria, la de sobrevivir, a ser posible enriqueciéndose por el camino, en un tono que varios reseñistas describen como spaghetti western, con acción, humor negro y una cacería casi coral en la que todos persiguen a todos. Pelaez despliega prácticamente todos los tópicos del western, apoyado en un dosier final que revela su conocimiento del género, tanto de las dime novels (novelas de diez centavos) como del cine de Hollywood, al que rinde un homenaje no exento de ironía. 

La violencia como verdad histórica

Con la publicación original, Dargaud resumió bien la apuesta de esta ambiciosa novela gráfica: no es un western que subraye la belleza del género sino la realidad violenta de la época, una elección que Pelaez explica en el dosier final del álbum, titulado con cierta provocación Le western n’existe pas («El western no existe»). El medio La Ribambulle insistió en su momento en esa misma idea de fragilidad moral: los héroes de Pelaez y Casado deben desconfiar constantemente los unos de los otros, y es el dibujante español quien traduce la violencia y la atmósfera de la época de un modo que atrapa al lector. 

El apartado gráfico de Casado destaca incluso por encima del guion: se habla de una cámara que se mueve por todos los rincones y ofrece un auténtico festival de ángulos. En conjunto, Six. Integral 1 funciona como una relectura descreída del western clásico: sin héroes solitarios de moral intachable, sin redenciones fáciles, con el mito puesto boca abajo a través de seis vidas que la historia oficial nunca contó. Es, sobre todo, un triunfo de equilibrio entre el guion coral de Pelaez, que conoce el género lo bastante bien como para subvertirlo con conocimiento de causa, y el dibujo de Casado, que carga sobre sus viñetas buena parte de la tensión y la crudeza que el relato exige.

La trilogía del contrato con Dios

El inolvidable Will Eisner (1917-2005), creador de The Spirit, presenta cuatro historias sobre la vida en la avenida Dropsie, un barrio del Bronx, en Nueva York. La historia que da título a la obra fue la forma en la que el autor procesó la muerte de su hija Alice, de dieciséis años. Una obra maestra de la novela gráfica.

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La trilogía del contrato con Dios –que publica Norma Editorial en una edición de lujo en estuche–, el ciclo que Will Eisner tejió sobre la ficticia Dropsie Avenue del Bronx, no es solo el origen simbólico de la novela gráfica moderna sino una obra que envejece con una densidad narrativa poco común en el medio. Publicada por primera vez en 1978 y cerrada en 1995 con «Dropsie Avenue: The Neighborhood», la trilogía reúne tres volúmenes de extensión y ambición crecientes: Contrato con Dios y otras historias de los Tenements («A Contract with God and Other Tenement Stories» en la edición original), Ansia de Vivir («A Life Force») y Avenida Dropsie («Dropsie Avenue»). Norton los recopiló en un único volumen ya en el siglo XXI.

El primer libro está formado por cuatro relatos autoconclusivos ambientados en el número 55 de Dropsie Avenue durante la Depresión: la historia que da título al conjunto, sobre un hombre religioso que reniega de Dios tras la muerte de su hija adoptiva; The Street Singer, en la que una diva venida a menos intenta seducir a un joven cantante callejero que a su vez trata de aprovecharse de ella; The Super, centrada en un portero antisemita que se suicida tras ser acusado de pedofilia; y Cookalein, que entrelaza a varios personajes durante unas vacaciones en los Catskills.

Las historias están unidas temáticamente por motivos de frustración, desilusión, violencia y cuestiones de identidad étnica, y Eisner recurre a grandes imágenes monocromáticas en perspectiva dramática, con énfasis en las expresiones faciales caricaturizadas de los personajes, sin los bordes tradicionales de las viñetas. Esa disolución del marco es, de hecho, el hallazgo formal más citado de todo el libro: el texto deja de flotar en globos superpuestos al dibujo para integrarse en la propia imagen.

La reseña de Shelf Abuse señala algo que a menudo se pasa por alto en las lecturas más devocionales de Eisner: su perspectiva sobre la pobreza es curiosamente poco compasiva, y sus personajes, lejos del arquetipo del inmigrante digno y sufriente, se aferran a cualquier pequeño talento que puedan tener para sobrevivir. Es una observación importante porque corrige la lectura sentimental que a veces se hace de Eisner como cronista nostálgico del gueto judío: no hay nostalgia amable en Avenida Dropsie, hay más bien un darwinismo social filmado con la cámara pegada al asfalto. El mismo texto detalla que el relato que da título al libro nace de la muerte real de la hija del autor a los dieciséis años, lo que explica la intensidad casi confesional de esa primera pieza frente al resto del volumen. 

Ansia de Vivir, el segundo tomo, amplía el elenco y el ámbito histórico: se sitúa en 1934, con el carpintero Jacob Shtarkah despedido de una sinagoga después de haber invertido cinco años construyendo una sala de estudio que terminará llevando el nombre de otro donante más generoso. Eisner reúne aquí un elenco enorme de personajes neoyorquinos, como algo salido de una novela de Theodore Dreiser, y deja que el mundo exterior –el Holocausto, el agitador de izquierdas, las sucesivas oleadas de inmigración– se filtre en una comunidad hasta entonces insular. Es el volumen más «histórico» de los tres en sentido estricto, mitad relato mitad lección de historia social del judaísmo neoyorquino, como apunta jweekly (The Jewish News of Northern California).

Esiner en 2004.

El tercer libro, Avenida Dropsie, es probablemente el más ambicioso desde el punto de vista estructural y el que más divide a la crítica en cuanto a logro. Eisner abandona aquí al protagonista individual y convierte a la propia calle en personaje, narrando cuatro siglos de historia urbana. El autor traza la trayectoria social de esta avenida mítica a lo largo de cuatro siglos, creando un panorama arrollador de la ciudad y sus sucesivas oleadas de nuevos residentes –holandeses, ingleses, irlandeses, judíos, afroamericanos y puertorriqueños– cuyos rostros cambiaban pero cuyas vidas presentaban una interminable historia de vida, muerte y resurrección.

Shelf Abuse coincide en que este último volumen es distinto a cualquier otra cosa jamás escrita en el mundo del cómic, comprimiendo cien años y generaciones enteras en apenas ciento setenta páginas, lo que produce una experiencia narrativa vertiginosa que exige más de una lectura.

El espaldarazo académico definitivo llegó en 2023, cuando Norton incorporó Contrato con Dios a su colección de ediciones críticas, hasta entonces reservada casi en exclusiva al canon literario clásico. La edición, preparada por el especialista en cómic Jared Gardner, incluye extractos de Ansia de Vivir, Invisible People y Avenida Dropsie, más una sección de reseñas y valoraciones de contemporáneos de Eisner extraídas de revistas de arte y cómic de la época, y otra de crítica moderna que analiza su obra en relación con el arte, la raza y la historia infrarrepresentada. Se trata de una obra fundacional cuyo interés no depende de su valor histórico. El propio John Updike resumía la paradoja de la recepción de Eisner al decir que estaba no solo adelantado a su tiempo, sino que los tiempos actuales todavía lo están alcanzando. Y si hay que quedarse con un solo libro de los tres para quien no vaya a leer la trilogía entera, la crítica anglosajona coincide de forma poco habitual: es Avenida Dropsie el que mejor demuestra que Eisner no inventó solo la novela gráfica, sino una ambición narrativa –la de convertir un lugar, más que un personaje, en el verdadero sujeto de la historia– que muy pocos autores posteriores del medio han sabido igualar.