Virginia Hall: una mujer «sin» importancia (I)

Fue calificada por los nazis como «la espía más peligrosa de Francia». Ahí es nada, si tenemos en cuenta que la Segunda Guerra Mundial fue la edad dorada del espionaje internacional, al menos hasta la Guerra Fría. Entre los superespías que engañaron a Hitler no se la suele incluir, y sin embargo, fue una de las piezas clave para el triunfo del desembarco aliado en las playas de Normandía el 6 de junio de 1944, entre otras muchas hazañas que ahora reivindica el ensayo Una mujer sin importancia, editado por Crítica.

Por Óscar Herradón ©

Nacida el 6 de abril de 1906 en Baltimore (EEUU), fue una mujer con una gran formación en un tiempo en que la educación estaba casi reservada a los hombres. Estudió en Radcliffe, en la Facultad para mujeres de la Universidad de Harvard, en la facultad femenina de la Universidad de Columbia y en la Escuela de Posgrado de la American University de Washington. Allí aprendió varios idiomas, entre ellos francés, italiano y alemán –lo que le sería de gran utilidad en el campo de la inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial– y posteriormente dio el salto a Europa como una mujer independiente, rompiendo moldes en su tiempo.

En el Viejo Continente, donde tendrían lugar sus grandes hazañas, estudió en la Escuela de Ciencias Políticas de París y en la Konsularakademie de Viena y también en Alemania. Cuando terminó sus estudios de posgrado le ofrecieron un puesto de secretaria en la embajada de Estados Unidos en Varsovia y de allí sería después trasladada hasta Izmir (Esmirna), en Turquía. En aquellas latitudes a medio camino en Oriente y Occidente tendría lugar un suceso que marcaría su fisonomía de por vida: durante un accidente en una cacería sufrió una herida que en principio no revertía enorme gravedad, pero se gangrenó y perdió su pierna izquierda a la altura de la rodilla; y aunque aquello le obligó a replantearse muchas cosas, no le impediría convertirse en una de las mejores agentes secretos de su tiempo.

Aquella mutilación fue un nuevo impedimento, unido a su condición de mujer en un mundo dominado por los hombres, para que continuase con su brillante carrera diplomática. Fue apartada del Departamento de Estado y, en lugar de vivir una vida de retiro y tranquilidad, limitada por su lesión permanente, decidió tomar impulso y poner toda su determinación en la lucha contra el totalitarismo que estaba asolando su querida Europa y puso rumbo a Londres.

Fabricando a una espía

Atkins

A su llegada a la City entró en contacto con la agente Vera Atkins, una de las más brillantes reclutadoras de la sección F (de Francia) del Grupo (Ejecutiva) de Operaciones Especiales, el SOE (Special Operations Executive), el organismo inglés impulsado por Churchill para combatir a los nazis con operaciones de guerrilla, contraespionaje, engaño, sabotaje, secuestro y asesinato. Una vez adiestrada como correspondía, Hall recibió el nombre en clave de Germaine y, a pesar de su considerable minusvalía, fue lanzada en paracaídas sobre la Francia ocupada con la misión de recopilar información delicada y proporcionar armas a la Resistencia gala, muy activa en la lucha contra Hitler. Una misión sin duda más que arriesgada donde no sería fácil burlar a la Gestapo, comandada en la Francia de Vichy por el temible oficial de las SS Klaus Barbie.

La «dama coja», un dolor de cabeza para la Gestapo
Barbie

Ya en suelo francés, Virginia se hizo pasar por periodista e informó puntualmente a sus superiores en Londres de movimientos de tropas alemanas y puntos «calientes» de instalaciones militares alemanas en las que poder realizar sabotajes con artefactos explosivos, causando un considerable daño al enemigo con las técnicas implacables del SOE. No tardaría en ser una celebridad entre los resistentes, pero también en llamar la atención de la temible Policía Secreta nazi. Los agentes de la Gestapo llegaron a imprimir carteles con su retrato (al menos aproximado), poniendo precio a su cabeza con la siguiente leyenda: «Esta mujer que cojea es una de las más peligrosas agentes de los aliados en Francia. Debemos encontrarla y destruirla».

Durante un tiempo, Hall formó parte de la Resistencia francesa sin mucho problema bajo el nombre en clave de «Heckler» con el principal objetivo de garantizar el paso seguro de los pilotos británicos cuyos aparatos habían sido abatidos por la Luftwaffe y apoyar y poner en conexión a grupos de resistentes y agentes del SOE que solían ser lanzados en paracaídas, como hicieran con ella, sobre territorio ocupado, asumiendo un riesgo más que considerable de ser interceptados por las autoridades colaboracionistas o los propios nazis.

El principal enemigo de la estadounidense era el citado Klaus Barbie, que llegó a obsesionarse con capturarla y ordenó redadas en las que interceptó todas sus transmisiones en código morse enviadas a Londres y llegó a capturar y torturar con sus propias manos a supuestos confidentes y miembros de la Resistencia. A algunos los torturó hasta la muerte. De ahí viene su merecido apodo: el carnicero de Lyon. Terribles y eternas sesiones para obtener cualquier pista que les llevara hasta la «dama coja», como era conocida por los Boches.

Barbie no lo consiguió de esa forma brutal pero logró infiltrar a un agente doble –de nombre en clave Bishop–, en las filas de la Resistencia, acercándose así cada vez más a Virginia Hall y arrinconarla. Sin embargo, gracias a su astucia y maestría en el campo de la confusión logró escapar in extremis cruzando los Pirineos. Una vez en la frontera, con el régimen de Franco recién inaugurado –con un colaboracionismo tácito con los nazis, aunque maquillado–, Hall tuvo serios problemas: fue detenida por las autoridades de inmigración por intentar entrar en la península sin visado. Permaneció seis largas semanas en una prisión de Figueres (Girona), corriendo el peligro de ser extraditada a Vichy por las autoridades franquistas, implacables a principios de los 40. No obstante, las autoridades estadounidenses presionaron para su liberación y el gobierno español no quería enfadar a Washington.

Así, Virginia, que no se dio por vencida ni siquiera cuando la muerte le pisaba el talón de su pierna sana, jamás se rindió: pasó de trabajar para el SOE a hacerlo para la OSS, su equivalente norteamericano, la Oficina de Servicios Estratégicos (Office of Strategic Services), comandada por el veterano de la Gran Guerra William Joseph Donovan y antecesora de la CIA. Una agencia encargada también de actividades de contrainteligencia, sabotaje y terrorismo contra el Tercer Reich en territorio europeo.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

Una mujer «sin» importancia

De mano de la editorial Crítica (Grupo Planeta) nos llega este soberbio ensayo firmado por la autora y periodista británica Sonia Purnell, una monografía que devuelve a la espía norteamericana al lugar que le corresponde en la Historia, una Historia que la ha mantenido en el olvido demasiado tiempo como a otras combatientes por la libertad que, al ser mujeres, fueron, por desgracia, mucho menos reconocidas por sus hazañas.

En Una mujer sin importancia. La historia de Virginia Hall asistimos al nacimiento de una heroína que desafiará las normas imperantes de su época y que realizará, como vimos en el post, una amplia formación académica que completará dando el salto al Viejo Continente desde su Norteamérica natal. Una auténtica aventurera que se colocará en el servicio diplomático hasta que viaja a Turquía, donde tendrá lugar el accidente que marcará su vida y que la convertirá en la «dama coja» para los Boches.

En las vibrantes páginas de este ensayo que se lee como el mejor thriller histórico comprobaremos también el nacimiento de una espía: cómo es reclutada, su entrenamiento y su primer lanzamiento sobre territorio de la Francia ocupada, desafiando al peligro y consiguiendo valiosa información primero para el SOE y más tarde para la OSS. La persecución implacable de la Gestapo, la evasión (tras rechazar en varias ocasiones la huida ordenada por sus superiores), su retención en la frontera española, su vuelta a Inglaterra y su casi temerario regreso a territorio francés para facilitar, entre otras, el Desembarco aliado en las costas de Normandía y la liberación de varias zonas francesas de mano de los nazis tras el Día D. La epopeya justamente reivindicada de una mujer «con mucha» importancia. Podéis adquirir el libro en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-una-mujer-sin-importancia/320334

Ignacio de Loyola: el soldado que juró defender a Dios (parte I)

Este 2021 la Compañía de Jesús conmemora el Quinto Centenario de la conversión de Ignacio de Loyola, un personaje histórico fascinante y cuya labor evangelizadora marcaría un antes y un después no solo en la trayectoria del catolicismo sino en la configuración del mundo contemporáneo occidental. Extendida por todo el orbe, la Compañía de Jesús se convertiría en la milicia de la Iglesia católica en tiempos de la Contrarreforma, pero también tendría abiertas disputas –y algo más– con la Santa Sede. Esta es la historia de un hombre corriente reconvertido en militante de la fe, un «soldado de Dios» con sus luces y sus sombras.

Por Óscar Herradón ©

El 13 de marzo de 2013, hace ya casi una década, el cardenal argentino Jorge Maria Bergoglio se convertía en el último pontífice de la Santa Sede con el nombre de Francisco I y, por primera vez en la historia del papado, el Vicario de Cristo pertenecía a la Orden de los jesuitas. El vendaval no dejó entonces de azotar al Vaticano. A los escándalos de Vatileaks, la pederastia, la corrupción y la influencia de la masonería durante el mandato de Benedicto XVI, todos ellos vendavales de tiempos recientes, venían a sumarse las polémicas relacionadas con una Orden cuyo líder es conocido como «el Papa Negro», organización que en más de una ocasión mantuvo una guerra abierta con el mismo Vaticano.

Pasaron apenas unas horas del nombramiento y de su anuncio público con la ansiada fumata blanca y no tardaron en surgir en la prensa internacional rumores que vinculaban al nuevo Papa con el colaboracionismo en la dictadura argentina, algo que no tardó en ser desmentido por el jesuita Franz Jalics, secuestrado en 1976 por la cúpula militar y residente en Baviera desde 1978, quien afirmó presto que Francisco, que era entonces Provincial de la Orden jesuita en Buenos Aires, no le entregó a la Junta. El escándalo se servía desde varios frentes, azuzado en parte por un sector tradicional de la Iglesia que no miraba al jesuitismo precisamente con buenos ojos, una enemistad que se remonta siglos atrás. Y el hecho de que el pontífice hiciese declaraciones como la que sigue no hizo sino echar más leña al fuego: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!», recordaba a las palabras de Juan Pablo I y a muchos les venía a la mente su trágico final…

Origen, historia y leyenda de la Compañía

La historia del fundador de la Compañía, el vasco Ignacio de Loyola, apellido que tomó de la aldea donde nació, es tan extraña como apasionante. Primero soldado –luchó en la defensa de Pamplona contra los franceses, donde fue herido en una pierna–, pronto sintió la llamada de la fe. Durante su convalecencia leyó varios libros religiosos que le llevaron a replantearse toda su vida. Tras experimentar una supuesta visión de la Virgen con el niño Jesús, se produciría su definitiva reconversión de hombre de armas en soldado de Dios.

Loyola en su convalecencia, a punto de recibir «la llamada»

Cual caballero andante veló armas ante el altar de Nuestra Señora de Montserrat, singular enclave místico que se cuenta como uno de los refugios del Santo Grial al que acudiría el mismísimo Heinrich Himmler durante una visita a España en plena Segunda Guerra Mundial. Al terminar sus oraciones, Loyola dejó la espada y la daga y se vistió con ropas pobres, sandalias y un bastón, para dedicar su vida al Todopoderoso y a la predicación. Fue a partir de ese momento –dijo– cuando sufrió diversas visiones de tipo aparentemente celestial. Con dicho hábito llegó a Manresa, donde vivió en una cueva en medio de una constante meditación y un estricto ayuno. Tras dicha experiencia eremítica (común a otros hombres de su siglo como Benito Arias Montano, místico y bibliotecario de Felipe II en el monasterio de El Escorial), nacerían sus Ejercicios Espirituales, que se publicaron años más tarde, en 1548, y que serían la base de la filosofía jesuítica.

Viajó a Roma y el 4 de septiembre de 1523 a Jerusalén, para regresar después a Barcelona. Más tarde aprendería latín y se inscribió en la Universidad de Alcalá de Henares, cuna de ilustres del Siglo de Oro como Cervantes. Posteriormente se trasladó a Salamanca, donde comienza a predicar acerca de sus Ejercicios, algo que le granjeará problemas con las autoridades, llegando a ser encarcelado por un periodo de varios días. Una vez libre, viajaría a París, en cuya universidad estudiará siete años, y donde se rodeó de seis seguidores. Entonces ya tenía claro cuál era su proyecto vital y se mudó a Flandes y más tarde a Inglaterra, la «Pérfida Albión», para recabar fondos para su no poca ambiciosa Obra.

El juramento de los soldados de Dios

Paulo III

El día 15 de agosto de 1534, en medio de un ambiente ceremonioso y recogido, Loyola y sus seis acólitos juraron en Montmartre «Servir a nuestro señor, dejando todas las cosas del mundo»; fundaban así la Sociedad de Jesús, y decidían ponerse a las órdenes del Papa cual «soldados de Dios». El pontífice Paulo III dio su aprobación a sus pretensiones y les permitió ordenarse sacerdotes en Venecia. En su viaje a Roma, para servir al sucesor de san Pedro en el trono pontificio, en la localidad de La Storta, Ignacio de Loyola vivió otra experiencia mística: una visión al parecer trinitaria en la que «el Padre, dirigiéndose al Hijo, le decía: ‘Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo’ y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: ‘Yo quiero que tú nos sirvas’».

En 1538, Loyola, acompañado de dos de sus hombres, regresó a Roma para la aprobación de la constitución de la nueva Orden, refrendada por Paulo III mediante la bula Regimini militantis Ecclesiae, que limitaba el número de miembros a sesenta, limitación que sería revocada tres años después mediante la bula Injunctum nobis, que permitía que la Societas Iesu no tuviera límites hasta alcanzar unas dimensiones impresionantes. Entonces, Loyola fue elegido Superior General de la Compañía, tras lo cual envió a sus seguidores como misioneros por Europa, con la intención de que creasen escuelas y seminarios. En 1548 por fin se imprimieron sus Ejercicios Espirituales, lo que le valió al antiguo soldados ser llevado ante la Inquisición, aunque fue rápidamente liberado.

En 1554 se adoptaron las denominadas Constituciones jesuitas, elaboradas por el mismo Loyola, base de una organización monacal a cuyos miembros se exigía absoluta abnegación y obediencia al Papa. A partir de entonces, la Compañía se extendería por todo el orbe, estando obligada a responde de sus actos únicamente ante el pontífice y el superior de la Orden, hoy conocido como el «Papa Negro». Nacía así una de las órdenes religiosas más poderosas y controvertidas de la historia. Ignacio de Loyola, el visionario, moría el 31 de julio de 1556, en su celda de la sede jesuítica en Roma, para ser canonizado en 1622 por el Papa Gregorio XV.

Este post continuará en breve en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

GARCÍA HERNÁN, Enrique: Ignacio de Loyola (Colección Españoles Eminentes). Taurus 2013.

J. LOZANO NAVARRO, Julián: La Compañía de Jesús y el poder en la España de los Austrias. Cátedra 2005.

LARA MARTÍNEZ, María y Laura: Ignacio y la Compañía. Del castillo a la misión. Edaf (XIII Premio Algaba), 2015.

MARTIN, Malachi: La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia Católica. Plaza & Janés, 1988.

P. LUIS GONÇALVES DA CÁMARA: San Ignacio de Loyola. Biografía. Editorial Verbum 2020.

BREAKING NEWS!:

Recientemente, la editorial La Esfera de los Libros publicaba una novela de ecos biográficos de Ignacio de Loyola escrita con escrupulosa fidelidad a los hechos históricos y con un pulso narrativo encomiable, precisamente en el V Centenario «de la herida y conversión que transformaron al gentilhombre Íñigo (que también así le llamaban) de Loyola». El libro en cuestión se titula Para alcanzar amor, y su autor es el sacerdote y periodista español Pedro Miguel Lamet, quien nos introduce en los apasionantes hechos que rodearon al nacimiento de la Compañía de Jesús, las «visiones» y la búsqueda de una misión como hemos narrado en el post. Los sitúa con maestría dentro del complejo ambiente político y social de una de las épocas más ricas de nuestra historia, el Siglo de Oro.

Y lo hace a través de la mirada de su amigo, el historiador Pedro de Ribadeneyra (primer biógrafo de Loyola y uno de los hombres que más estrechamente le trataron): así, se va desgranando la peripecia vital (y compleja personalidad) de Ignacio, que estuvo a punto de ser canonizado en la España de Felipe II pero que finalmente sería elevado a los altares un siglo después: fue beatificado en 1609 y beatificado en 1622 bajo el pontificado de Gregorio XV.

Asistimos a sus raíces, a su vida laica como soldado, su experiencia mística y conversión, los tiempos de estudio y peregrinaje, de fundación y de estrecha relación con sus compañeros y también los del oculto gobernante de la Orden que ya se extendía por prácticamente todo el mundo conocido y que llegaría a poner en jaque a la mismísima Iglesia católica.

He aquí el enlace para adquirir esta magnífica novela:

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FLEA: Ácido para los niños. Unas memorias

Es uno de los músicos más carismáticos de las últimas cuatro décadas. Flea («Pulga» en inglés), bajista de la banda de funk-rock Red Hot Chili Peppers desde que se fundara, un ya lejano 1983, creció en un hogar lo más parecido al infierno. De la mano de Libros Cúpula nos llegan por fin sus memorias traducidas al castellano: Acid for the Children. No tienen desperdicio.

Óscar Herradón ©

Cuenta todo, con pelos, señales y humo, y sin sonrojarse, en su libro de memorias. Si su compañero y amigo Anthony Kiedis, vocalista de la banda, mostró en las suyas, Scar Tissue (Capitán Swing, 2016), publicadas en 2017, que la historia de los «chiles rojos picantes» había sido una montaña rusa de emociones, adicciones y escándalos, las de Flea son aún más afiladas y hasta estremecedoras.

Nacido en Melbourne, Australia, en 1962, el mismo año que vinieron al mundo grandes del rock como Axl Rose, Jon Bon Jovi, Tommy Lee, Kirk Hammett o el propio Kiedis, Flea, de nombre real poco comercial, Michael Peter Balzary, ha titulado sus recuerdos, con acierto y mala leche, como Acid for the Children («Ácido para los niños»), que ahora podemos disfrutar en castellano de manos de Libros Cúpula en una edición para los fans más exigentes. Ya la misma portada del libro es un suculento aperitivo de lo que el lector encontrará en su interior: un jovencísimo Flea, prácticamente un niño que no ha entrado aún en la adolescencia, aparece fumándose un porro. Y no, no es una fotografía trucada. Es real. De su álbum familiar, ese que tenemos todos de tiempos pretéritos y más inocentes (para algunos, claro).

Aunque la intención de Flea, nada arrogante, era –según recoge– escribir sobre la banda que lo convirtió en ídolo de masas desnudo sobre el escenario y con un calcetín por taparrabos (sí, su excentricismo y actitud provocadora nunca fueron en detrimento de su calidad musical, sino todo lo contrario, la complementaban), acabó escribiendo sobre sí mismo y su vida porque en su devenir se halla precisamente la esencia de lo que acabarían representando los Red Hot Chili Peppers.

Aunque nació en Australia, el trabajo de su padre, que era pescador, llevó a la familia tempranamente hasta Nueva York, cuando Flea tenía cinco años. Dos años después, el matrimonio se separó y el progenitor regresó a tierras australianas y su madre, de nombre Patricia, se casó con un músico de jazz que influiría en la posterior trayectoria musical del infante, pero también convertiría su existencia en un jodido cuento de terror no apto para niños.

Flea, un tierno adolescente ya con Hendrix tatuado

El nombre de su padrastro era Walter Urban Jr., un tipo bohemio y librepensador que además tenían habituales ataques de ira y era alcohólico. Walter llevó a Patricia y a los niños –Flea y su hermana Karyn– a vivir en el sótano de la casa de sus padres. Cuando el chaval tenía once primaveras se mudaron a Hollywood, a un barrio bastante conflictivo, sembrado de proxenetas, prostitutas y drogodependientes. Su estatura le valdría el sobrenombre de «pulga» y eso que el bajista mide 1,68 m (sin embargo, en EEUU la media está en 1,74 m).

Una noche, en Halloween, Walter, tras romper casi todo en la casa, se lió a tiros por la calle. Luego fue arrestado, con la cara y el torso ensangrentados. Pidió perdón, como solía hacer, pero volvió a las andadas, como sucede por lo general con esa clase de tipos. Sin embargo, los ensayos del padrastro con su banda en el salón del hogar familiar (por llamarlo de alguna manera) marcarían profundamente a Flea. Digamos que le trajo lo peor y lo mejor, despertando su temprana vocación por la música, que tantos éxitos le brindaría. Parece que el chaval también sentía un complejo de inferioridad, que, unido a crecer en un hogar desestructurado, le llevó tempranamente a acercarse al mundo de las drogas y a frecuentar compañías peligrosas. Según confesó en 2008, puesto que todos los adultos de su vida se evadían de la realidad y los problemas con sustancias prohibidas, el alcohol y las drogas estaban en todas partes: «Empecé a fumar marihuana cuando tenía 11 años y luego empecé a esnifar, pincharme, fumar y a perseguir dragones durante mi adolescencia y juventud».

Cóctel explosivo de drogas y alcohol

Siguiendo lo que el mismo bajista narra en Acid for the Children, ya adolescente empezó a consumir speed y a experimentar con el ácido lisérgico que cautivó a muchas bandas de los 60 y 70. Según contaba a The Guardian sobre este punto, el LSD tuvo sin embargo un efecto «positivo» en él: «Para alguien como yo, que corría como un loco por las calles, las drogas me ayudaron a acceder a mi subconsciente, desarrollaron un carácter más introspectivo». Y le ayudó –supuestamente– con la música, fundando una banda con sus amigos Kiedis y el guitarrista Hillel Slovak.

Hillel Slovak en 1983

Su primer nombre fue Tony Flow and the Miraculously Majestic Masters of Mayhem, formado por Kiedis, Flea, Slovak y el baterista Jack Irons, con un solo tema, Out in L.A. Debutaron en un local de nombre The Rythm and Blues y tras varias actuaciones y varias canciones propias añadidas a su setlist, finalmente decidieron cambiar su nomenclatura por la de Red Hot Chili Peppers, acertando de pleno.

El hecho de tocar desnudos (o bien tapándose el miembro con un calcetín o bien totalmente en cueros), les hizo icónicos y singulares unido a sus poderosas melodías funk, sus cuerpos musculados y sus tatuajes en un tiempo en el que no se llevaban como ahora (hasta la saciedad y sin mucho sentido). Aquella puesta en escena «nudista» les convirtió también, quizá sin pretenderlo, en ídolos de la comunidad gay. De hecho, según recuerda Flea en el libro, los bares de ambiente de Los Ángeles fueron «los primeros que se fijaron en Red Hot Chili Peppers». De mentalidad abierta, nunca tuvo reparos en admitir que mantuvo relaciones sexuales con miembros de su mismo sexo, eso sí, aquello le convenció «de que no era gay», puntualiza.

Blood, sugar, sex, magik, el álbum que los llevó a lo más alto a principios de los 90

En el extremo opuesto, el exhibicionismo y desenfado de la banda despertaron las iras de los más reaccionarios, abundantes en el país en los años ochenta (aunque hoy, bajo la resaca Trump, también son multitud) cuando se formaron, y en Virginia, por ejemplo, Kiedis llegó a ser detenido por escándalo público, como en su día le sucedió a icónicos frontman como Jim Morrison.

La tragedia y el renacimiento

Flea dejaría las drogas a los treinta años, impactado por el daño que los estupefacientes hicieron en buenos amigos suyos. Fue el caso por ejemplo del también miembro fundador y guitarrista Hillel Slovak. Era el 25 de junio de 1988, y tras varios días desaparecido, fue hallado muerto en su apartamento por una sobredosis de heroína. Tenía tan solo veintiséis años. Una adicción, la del «caballo», que también traería de cabeza al frontman de los Red Hot, a Kiedis, pero éste supo recomponerse tras numerosos intentos de rehabilitación.

Anthony Kiedis fue durante años politoxicómano

Muchos pensaban que tras la trágica muerte del virtuoso guitarrista el grupo no remontaría, y es que era probablemente la pieza fundamental de una banda que empezó como un grupo de amigos con pocas intenciones hasta que Slovak los llevó por la senda del funk-rock (de hecho, Flea era… ¡un trompetista de conservatorio!, que acabó decantándose por el bajo precisamente por consejo de su colega). Hubo numerosos intentos de reemplazarlo, la mayoría sonados fracasos, hasta que llegó otro torbellino de las seis cuerdas que con apenas 19 años encajó a la perfección: John Frusciante, que en principio aspiraba a tocar para Thelonius Monster (los RHCP se lo llevaron en plena audición).

Frusciante

Y como su antecesor, además de un fuera de serie en la música se dejó arrastrar por las drogas, tanto, que muchos pensaban que no tardaría en morir. Asediado también por fuertes episodios de enfermedad mental –casi con seguridad desencadenados por sus excesos– a mediados de los noventa parecía un muerto viviente que llegó a grabar vídeos y entrevistas que hoy pueden verse en Youtube y que encojen el corazón. Los de un auténtico yonqui en plena decadencia vital.  Su propia inmersión en los infiernos sería tema de unas memorias bastante más trágicas que las de sus compañeros, y en breve hablaremos de esa odisea en este blog. El tiempo dirá si nos brinda la oportunidad de leer con pelos y señales su historia.

Volviendo a Flea, dejar las drogas le permitió centrarse en la música, pero también hacer sus pinitos en el cine. Hizo pequeños papeles en cintas míticas como El Gran Lebowski, de los Hermanos Coen, donde interpretaba a un nihilista alemán, Miedo y asco en las vegas –la adaptación al cine del visionario Terry Gillian de la enloquecida obra sobre drogas del periodista Hunter S. Thompson, que bien podrían haber protagonizado los RHCP en lugar de Johnny Depp y Benicio del Toro–. Tiempo antes ya había salido en Mi Idaho Privado, junto a su amigo River Phoenix, víctima también de una sobredosis el 31 de octubre de 1993 (las drogas, siempre las drogas en el entorno de Flea); y en Le llaman Bodhi (1991), junto a Keanus Reeves y  Patrick Swayze (reitero, lleva mucho tiempo entre nosotros), una cinta donde también aparece en varias escenas Antony Kiedis. Años antes, uno después de la muerte de Slovak, en 1989, encarnó el papel de Needles en Regreso al Futuro II, de Robert Zemeckis, la saga de culto de los ochenta, y repitió en Regreso al Futuro III (1990).

Padre de familia, intervenciones televisivas y filantropía

En 1988, el año en que moría su gran amigo y aquel suceso le impulsó a abandonar la autodestructiva senda de las adicciones, el bajista se casó con Loesha, con la que tuvo una hija, Clara, que hoy tiene 33 años. En 2005 tuvo otra hija, Sunny Bebop, con la Top Model Frankie Ryder y en 2019 se casó por segunda vez con una diseñadora de nombre Melody, como la del Baile del Gorila. Todo un padre de familia al que se puede ver en eventos deportivos, en colaboraciones con otros colegas del mundo del rock (Slash, Thom Yorke, Patti Smith, Alanis Morissette, Michael Stipe…) e incluso en algunas intervenciones en 1992 del Saturday Night Live!, en varios episodios de Los Simpson (en versión cartoon, claro –hay que ser muy famoso para eso–) y en el show de Ben Stiller, donde ganó al célebre actor cómico de Algo pasa con Mary –que entonces no había rodado aún– en un partido de basket.

También tiene una vocación filantrópica. Puesto que Flea veía que el sistema de enseñanza pública mostraba un gran vacío a la hora de enseñar música y otras formas de arte a los niños, decidió fundar una escuela dedicada a ayudar a los jóvenes (muchos con una infancia desestructurada, como él) a progresar musicalmente: el Silverlake Convervatory of Music. Sin duda, todo un personaje de la (contra) cultura de las últimas décadas al que hay que tener muy en cuenta.

He aquí la forma de adquirir sus muy adictivas memorias:

https://www.planetadelibros.com/libro-acid-for-the-children/326891