Mi familia nazi (Espasa)

Espasa publica Mi familia nazi, un relato íntimo sobre la culpa, la herencia y la importancia de no olvidar el pasado para comprender el presente firmado por el prestigioso historiador neerlandés Bas von Benda-Beckmann.

Óscar Herradón ©

El originar neerlandés se titula Het Kleedje voor Hitler («Un mantel para Hiter») y ha tenido una gran acogida tanto de crítica como de público en su país de origen. Ahora por fin podemos disfrutar en castellano de este voluminoso ensayo. Bas von Benda-Beckmann es un historiador neerlandés de ascendencia alemana por vía paterna, doctorado en la Universidad de Ámsterdam e investigador del NIOD (el instituto holandés de estudios sobre la guerra, el Holocausto y el genocidio), quien construye el libro alrededor de una leyenda familiar: un mantel bordado con escenas de caza que su familia habría regalado a Hitler y que este, a su vez, habría reenviado a Franco en una visita de Estado.

Jodl.

El propio autor concluye que no hay ninguna prueba de que ese mantel existiera realmente, pero el mito le sirve como hilo conductor para investigar el pasado nazi de sus abuelos y tíos abuelos, estructurado en cinco bloques cronológicos que van de 1871 a la actualidad. Las protagonistas son dos hermanas de su abuelo: Luise, que se casó con el general Alfred Jodl –mano derecha de Hitler, ejecutado en Núremberg– y lo defendió hasta su muerte en 1998, y Tini, que llegó a afiliarse al partido nazi (NSDAP) antes de cambiar de bando al enamorarse de un médico judío.

En el desarrollo destaca la contención elegante con la que Benda-Beckmann narra cómo su familia alemana atravesó las turbulencias del siglo XX. El libro obtuvo además el Premio Libris de Historia 2024, el galardón neerlandés de referencia en no ficción histórica. Los especialistas en historia señalan como su mayor logro que el relato familiar sirve para relatar procesos casi con carácter de manual, y que la selección de personajes, condicionada por la conservación desigual de correspondencia y diarios, no busca ni exculpar ni condenar de forma simplista, sino que deja hablar a cada figura desde su propio contexto y conecta esas actitudes individuales con la historia general del periodo.

En conjunto, el libro se ha ganado en Países Bajos una reputación sólida como ejercicio de historia familiar que combina rigor documental con una reflexión moral que el propio autor se niega a resolver por el lector: qué significa heredar la culpa de quienes uno amó personalmente, aunque sus ideas fueran, en palabras del propio autor, sencillamente inaceptables.

Un siglo de España en carteles de propaganda

Ángela Suau Gomila y Carlos Velasco Murviedro reúnen en un álbum de gran formato ochenta años de cartelismo público español, desde las campañas higienistas de la Restauración hasta la autocelebración franquista de 1964. Es un libro con ambición documental y un corpus poco visto cuyo mayor acierto es mirar más allá del mitin y la trinchera.

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Carteles Españoles. Propaganda política 1880-1964, forma parte de la colección «Atlas Ilustrado» de Susaeta, tiene 256 páginas, un formato de 27 por 23 centímetros y casi 1,8 kilos de peso. Su precio es de 19,95 euros, muy contenido para lo que ofrece. Detrás se encuentra la colección de Carlos Velasco, economista y profesor jubilado de la UNED, que dedicó parte de su carrera a reunir y estudiar cartelería de finales del XIX y principios del XX. La colección ronda las 10.000 piezas y ha sido estudiada por un equipo en el que figura Suau, responsable de La Retrografía, una iniciativa de difusión y formación sobre el cartel español.

La propaganda como higiene pública

La sorpresa llega al abrir el libro. En el bloque «Salud y trabajo», el capítulo «Campaña genérica» empareja dos piezas decimonónicas. La primera es El alcohol envenena lentamente, fechada en 1880, que advierte en viñetas sobre los males del alcoholismo. La segunda es ¿Es necesario el aseo de la dentadura?, una cartulina litografiada que los autores fechan en 1890 y atribuyen a Litografías Mateu de Madrid. Esta última es una deliciosa pedagogía visual de rostros sanos frente a bocas arruinadas.

Esta elección redefine el título. Para Suau y Velasco, la propaganda política no se limita a los partidos y los bandos, sino que abarca todo mensaje con el que el poder público o las élites profesionales quisieron moldear la conducta de la población. Es una concepción cercana a la de los historiadores de la biopolítica y del higienismo, y resulta mucho más fértil que la habitual. El libro puede leerse como historia del Estado educador, no solo del Estado combatiente. Esto encaja con la declaración de intenciones de Suau, que busca reivindicar el cartel como fuente histórica y no simplemente como pieza artística.

Del «higienismo» decimonónico al Auxilio Social

La tradición europea respalda el enfoque. Max Gallo ya defendió en L’affiche, miroir de l’histoire (1973) que el cartel es un espejo de su tiempo antes que un objeto estético. Para el caso español, Jordana Mendelson mostró en Documenting Spain (2005) cómo la imagen gráfica sirvió para construir un proyecto de nación moderna. Sus análisis de las campañas culturales y sanitarias republicanas son el antecedente natural de estas páginas.

Auxilio Social. ¡Flecha! 1937.

La estructura temática permite comparar campañas de épocas distintas. El cierre en los «25 años de paz» de 1964 tiene lógica, porque fue la última gran operación de cartelería oficial antes de que la televisión tomara el relevo. Aun así, deja al régimen con la última palabra. Entre medias caben la dictadura de Primo de Rivera, la República y la Guerra Civil, en la que partidos y sindicatos produjeron más carteles que el Estado. El planteamiento higienista del libro invita a preguntarse cómo se entienden las continuidades entre las campañas sanitarias republicanas y las del Auxilio Social franquista.

Frente a La guerra civil en 2000 carteles, de Jordi Carulla, este volumen gana en amplitud y en originalidad temática. Frente a los catálogos de exposición, gana en precio y en material inédito. Es muy recomendable como fuente visual y como historia de la comunicación pública española, no solo de su propaganda bélica.

Alejandro Magno (Edhasa)

Edhasa publica la monumental biografía Alejandro Magno, del divulgador británico Anthony Everitt, el vertiginoso relato del ascenso y caída del hombre que llegó a creerse un dios y conquistó el mayor imperio conocido de la Antigüedad.

Óscar Herradón ©

Alejandro III de Macedonia construyó un imperio que se extendía por todos los rincones del globo, desde el tranquilo y calmo reino de Macedonia hasta el mundo helénico, Persia y, en última instancia, hasta la India. Él confiaba en detenerse solo al llegar al océano Pacífico, pero todo se acabó antes, con su prematura muerte a los treinta y tres años. Y milenios después su figura sigue despertando a partes iguales pasión y rechazo, además de una larga controversia entre los especialistas.

El británico Anthony Everitt publicó en 2019, en inglés, Alexander the Great: His Life and His Mysterious Death, la cuarta entrega de su serie de biografías sobre la Antigüedad clásica tras Cicero (la dedicada a Cicerón, publicada en castellano también por Edhasa), Augustus (al emperador Augusto) y Hadrian and the Triumph of Rome (a Adriano) y que ahora nos trae Edhasa en una voluminosa y excepcional edición en castellano. Antes, Everitt había firmado también The Rise of Rome y The Rise of Athens, y fue secretario general del Arts Council de Gran Bretaña y profesor visitante en Nottingham Trent University, un perfil de divulgador cultural más que de historiador académico de la Antigüedad, algo que se nota en el tono ameno y casi de narración novelística del ensayo.

El volumen arranca con el asesinato de Filipo II de Macedonia en 336 a.C., que catapulta a Alejandro al trono con apenas veinte años, y dedica sus primeros capítulos a la relación –intensa, casi simbiótica– entre el joven rey y su madre Olimpia, figura de peso propio en la corte macedonia. Tras hacerse con el trono de su padre, Alejandro emprendió campañas en los Balcanes, Tracia, Iliria y Tebas, y encabezó la Liga de Corinto –los estados griegos, salvo Esparta– con la ambición de invadir Persia, gobernada por el Gran Rey Darío. El relato avanza después por las tres grandes batallas contra el imperio persa hasta la muerte del macedonio en Babilonia, en 323 a.C., a los treinta y tres años, un final que Everitt convierte en el auténtico motor narrativo del libro: para el autor, cada época ha construido su propio Alejandro –el perfecto caballero inglés para un historiador del siglo XX, el prototipo de dictador totalitario para otro– cuando en realidad fue, sencillamente, un hombre de su tiempo y su lugar. Con sus luces y sus sombras.

Filipo II.

Esa última frase resume el propósito confeso del libro: en vez de sumar una interpretación más a la pila, Everitt quiere devolver a Alejandro a su contexto y, de paso, ofrecer su propia hipótesis sobre las causas de su muerte, uno de los grandes enigmas sin resolver de la historia antigua –¿fiebre natural o conspiración de sus generales, hartos de un rey cada vez más autoritario y megalómano?–. El volumen no elude tampoco otras preguntas incómodas que persiguen a la figura desde hace siglos: si mató o no a su padre, si su orientación sexual fue heterosexual u homosexual, si fue un visionario genuino o simplemente alguien con suerte.

Entre las curiosidades que salpican el relato están la doma del caballo Bucéfalo siendo niño, la destrucción de Tebas y de su legendario Batallón Sagrado como escarmiento tras una revuelta, el cruce del Helesponto marcando simbólicamente el inicio de la invasión de Asia, y la pretensión del propio Alejandro de ser hijo de una divinidad, reclamo que alimentó tanto su leyenda como el resentimiento de su entorno más cercano. Everitt no esconde tampoco los defectos del personaje: una dinámica familiar profundamente disfuncional y una tendencia a la autoglorificación que, hacia el final de su corta vida, se combina con una paranoia creciente y un consumo de alcohol cada vez más destructivo, sin que por ello dejara de mantener una lealtad casi incondicional por parte de su ejército. 

Uno de los aciertos más interesantes de Alejandro, y el que mejor sitúa a Everitt frente a sus predecesores, es su forma de plantear el debate historiográfico sobre el conquistador macedonio. El autor reconoce abiertamente que la erudición moderna sobre el monarca es heredera de dos figuras que dominaron el campo durante décadas: William Woodthorpe Tarn, quien en los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado construyó la imagen de un Alejandro casi caballeresco, movido por la fe en la unidad del género humano; y Ernst Badian, historiador vienés de origen judío que huyó del nazismo y desarrolló su carrera en universidades británicas y estadounidenses, y que vio en el conquistador un prototipo de dictador totalitario emparentable con Hitler o Stalin. Everitt sitúa conscientemente su relato a distancia de ambos extremos, y esa tensión entre el Alejandro idealizado de Tarn y el Alejandro tiránico de Badian atraviesa el libro entero sin resolverse nunca del todo, lo cual es, probablemente, la decisión más honesta que podía tomar.

Quien busque un manejo detallado de logística militar, cifras de contingentes o composición de los ejércitos macedonio y persa no lo encontrará aquí; Everitt renuncia deliberadamente a esa densidad en favor de un relato de línea única, fluido y de raigambre casi novelesca. Para el lector que se acerca por primera vez a Alejandro Magno, es una puerta de entrada solvente y muy disfrutable; para quien ya conoce el terreno, servirá sobre todo para refrescar el relato tradicional con una prosa notablemente más cuidada que la media del género.