Norsk-Hydro: la batalla del agua pesada (I)

En el anterior post vimos cómo los nazis llevaron a cabo la investigación nuclear en búnkeres secretos bajo tierra que tardaron setenta años en ver la luz. Pero el proceso de obtención de la energía atómica sería diferente al llevado a cabo por los aliados. Un elemento fundamental era el agua pesada. Y neutralizar su uso fue uno de los objetivos de los comandos especiales enviados para sabotear el programa atómico del Reich. El libro «La Brigada de los Bastardos» (Ariel, 2021), del brillante divulgador estadounidense Sam Kean, recupera ésta y otras acciones casi suicidas llevadas a cabo por grupos de la Resistencia financiados por Londres y Washington.

Óscar Herradón ©

En los prolegómenos de la investigación nuclear, el agua pesada resultaba un elemento imprescindible. Formalmente óxido de deuterio, se denomina así a una molécula de composición química equivalente al agua, en la que los dos átomos del isótopo más abundante del hidrógeno, el protio, son sustituidos por dos de deuterio, un isótopo pesado del hidrógeno, y que, grosso modo, lo que hace es que este agua sea un poco más densa y se emplee como moderador en reactores nucleares. El agua pesada se encuentra en cantidades muy pequeñas en el agua normal, por lo que su producción requiere una amplia y avanzada infraestructura.

Puesto que éste no es un post de física ni lo pretende, teniendo en cuenta, además, mi escaso conocimiento en la materia, me centraré en la operación que la denominada «Sección Noruega» del SOE (Special Operations Executive) llevaría a cabo en aquella planta de producción de agua pesada en manos de los nazis desde que ocuparan el país nórdico.

Comandos especiales en Noruega

Poco después de la ocupación nazi de la planta de Norsk-Hydro, lugar clave para el desarrollo del plan, un equipo alemán compuesto de medio millar de especialistas se puso a trabajar de forma intensiva para decuplicar la producción de agua pesada anual de 500 kilos a 5.000. Gracias a los informes de la resistencia noruega, muy fuerte en el país, el servicio secreto británico supo de los delicados trabajos realizados en las instalaciones e inhabilitarlas se convirtió en el principal objetivo de éstos, captando la atención del mismo Churchill, temeroso de que su gran antagonista se hiciera con un poder que podría brindarle la victoria, con lo que ello suponía para el resto del mundo.

La noche del 17 de junio de 1942, Churchill tomó un hidroavión Boeing con rumbo a Hyde Park, en Nueva York, donde se reuniría con el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, del que era gran amigo, para tomar una decisión definitiva sobre las operaciones aliadas en 1942 y 1943 que definirían el rumbo de la guerra. Cito este viaje no solo por su relevancia para los futuros acontecimientos sino porque el premier británico mostró entonces gran preocupación sobre la cuestión nuclear y los posibles avances de los nazis en este sentido. En The Hinge of Fate («La bisagra del destino»), el propio Churchill resaltó: «Había otro asunto que me preocupaba mucho. Era la cuestión de los tubos de aleación, como llamábamos en lenguaje cifrado lo que más tarde fue la bomba atómica».

Sobre aquel encuentro y tan delicado asunto escribió: «Ambos sentíamos intensamente el peligro de la inacción. Sabíamos de los esfuerzos que hacían los alemanes para procurarse agua pesada: expresión siniestra, aciaga, antinatural, que comenzaba a aparecer en nuestros documentos secretos. ¿Y si el enemigo lograra elaborar una bomba atómica antes que nosotros? Por escépticos que nos sintiéramos ante las declaraciones de los científicos, no podíamos exponernos al peligro mortal de ser aventajados en tan terrible campo».

Adiestramiento de un grupo del SOE
Puente de Vemork

Poco después de su regreso a Inglaterra, el premier tomaría la decisión de impulsar la misión de sabotaje en la factoría de agua pesada. Su primera idea era que la RAF bombardease la fábrica, pero las dificultades orográficas que presentaba el lugar, rodeado de altas montañas –lo que haría prácticamente imposible una incursión aérea– y el hecho de que el estallido de los depósitos de amoniaco podía suponer, en opinión de los expertos, un grave riesgo para la población del lugar –al lado se levantaba la localidad de Rjukan, un importante foco de la Resistencia–, hizo que se desestimara, muy a pesar de la insistencia del primer ministro, que quería ganar la guerra a toda costa, aún a costa de las bajas civiles.

Skinnarland

Así, se optó por una operación de comandos que estaría coordinada por el Grupo de Operaciones Combinadas en colaboración con la citada «sección noruega» del SOE, la Ejecutiva de Operaciones Especiales creada con la intención de provocar sabotajes en las filas enemigas. Para llevar a cabo su misión secreta, los británicos contaban con un as en la manga: a principios de marzo de 1942, un grupo de miembros de la Resistencia, tras capturar el barco de cabotaje Galtesund y llegar al puerto escocés de Aberdeen (tras orquestar un falso naufragio del que informaría la prensa noruega), había logrado trasladar al ingeniero Einar Skinnarland a Gran Bretaña para que realizase un curso especial de entrenamiento por cuenta del SOE. Este científico trabajaba en la construcción de una presa en Rjukan, destinada al servicio de Norsk-Hydro, con lo que así podrían introducir a un topo en el corazón mismo de las fuerzas de ocupación.

Leif Tronstad

Una vez adiestrado, Skinnarland fue lanzado en paracaídas sobre las cercanías de Rjukan, reanudando su anterior trabajo sin despertar sospechas por su breve ausencia. Después, comenzaría a obtener informes clasificados y a enviar información a la central en Londres. Una información que causó nerviosismo y que aceleró la misión del Grupo de Operaciones Combinadas, que contaba con datos de primera mano sobre la planta de Norsk-Hydro. Además, el SOE disponía de los informes del doctor Jomar Brun, ex ingeniero jefe de la planta, que poco después llegaría a Londres con un microfilm con fotografías de toda la instalación y sus alrededores, suministrando a su vez detalles de gran valor acerca de los puntos más vulnerables de la fábrica; y con la información dada por el físico noruego Leif Tronstad, quien había sido asesor técnico en los trabajos de construcción de la misma.

Un plan fallido

Hardangervidda

Los informes facilitados por Einar Skinnalard indicaban que la Norsk-Hydro estaba produciendo agua pesada en grandes cantidades, y que numerosas reservas se habían acumulado para su envío a Berlín. El Gabinete de Guerra sabía que debía entrar en acción y así, el SOE reunió un pequeño grupo de cuatro soldados noruegos instruidos en Inglaterra que serían comandados por el teniente Jens-Anton-Poulsson, todos ellos brillantes esquiadores y montañeros, habilidades necesarias para su trabajo en un terreno tan escarpado e inhóspito como la meseta de Hardangervidda. Aquel grupo de cuatro intrépidos hombres constituiría la avanzadilla de las fuerzas aerotransportadas de la RAF que llegarían después en planeadores a las cercanías de Rjukan (otra versión de los hechos apunta que en el mismo grupo regresaría Einar Skinnalard a Noruega, y no antes).

Jens-Anton-Poulsson

Tras varios intentos frustrados de dejar en tierra al equipo, los hombres de Poulsson –grupo bautizado con el nombre de Swallow («Golondrina») y a la Operación con el de Grouse– aterrizaron el 19 de octubre de 1942 en una colina en el valle del Sogne, a muchos kilómetros de distancia del punto acordado, lo que provocaría que tuvieran que realizar una dura travesía en medio de las condiciones climáticas más adversas y cargando un equipo que pesaba en torno a los 250 kilos. Tres semanas después, el 6 de noviembre, instalaban su base en una cabaña deshabitada, y conseguían establecer contacto por radio con la central de Londres, que les dio la orden de salir al encuentro de los hombres que formaban las tropas aerotransportadas, momento en que tendría lugar uno de los mayores fracasos del SOE que se saldó con el coste de numerosas vidas humanas.

Rediess

Era el 17 de noviembre de 1942, hacia las seis de la tarde, cuando dos bombarderos, cada uno de ellos remolcando un planeador, despegaban, con veinte minutos de diferencia, de la base aérea de Wick, al norte de Escocia. 43 hombres iban a bordo de ambos aparatos. El nombre en código de su operación era Freshman. Sobre media noche, una señal de radio interceptaba un SOS en el que uno de los aviones informaba de que su planeador se había estrellado contra una montaña, en las proximidades de Egersund. Murieron tres agentes y seis resultaron heridos de gravedad. Poco después, los alemanes, alertados, se personaban en la zona. El jefe de las SS y de la Policía en Noruega,  Wilhelm Rediess, informaba después a Berlín de la muerte de tres de los ocupantes del aparato, y de seis heridos graves. Apuntaba que se sospechaba que eran agentes y que, tras registrarlos –hallando en su poder «gran cantidad de billetes noruegos», según reza un telegrama oficial de la Oficina Central de Seguridad del Reich, la RSHA–, la Wehrmacht ejecutó a los supervivientes.

La Operación Freshman sería todavía más trágica. El otro aparato había logrado aterrizar de forma violenta en lo alto de una montaña: ocho agentes murieron, cuatro resultaron gravemente heridos y solo cinco quedaron ilesos, pero fueron detenidos al día siguiente por los alemanes. Tras ser interrogados, también los ejecutaron. Hoy descansan, como héroes de guerra contra la ocupación y el totalitarismo nazi, en un cementerio situado al oeste de Oslo.

Von Falkenhorst

El capitán general Nikolaus von Falkenhorst, tras tener en su poder las confesiones, comunicó a Berlín que los agentes enemigos pretendían sabotear la planta de agua pesada y ayudar a la Resistencia local. Von Falkenhorst se trasladó de urgencia hasta Rjukan acompañado del Comisario del Reich en Noruega, para ponerse al frente de los trabajos de reforzamiento: la guarnición recibió importantes refuerzos y los alrededores de la Norsk-Hydro fueron minados, lo que dificultaría un nuevo intento de sabotaje.

Este post tendrá una inminente continuación.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Este episodio se recoge, junto a muchos otros vinculados al trabajo de sabotaje de los aliados para frenar el proyecto atómico nazi, en el vibrante ensayo La Brigada de los Bastardos, publicado recientemente por la editorial Ariel. En realidad, la «batalla del agua pesada» fue uno más (aunque relevante) de los episodios que se encuadraron en un plan mucho más ambicioso que partió de reuniones secretas en Washington y que fructificó gracias a la estrecha colaboración entre los servicios secretos estadounidenses y los británicos.

Mientras se planificaba de forma reservada el Proyecto Manhattan en Los Álamos, la Oficina de Servicios Estratégicos –OSS, antecesora de la CIA–, ideó un plan secreto que recibió el nombre de Operación Alsos. En griego dicha palabra significa «arboleda», equivalente en inglés a «grove», en alusión al jefe de la operación, el general Leslie R. Groves, director general del Distrito Manhattan de Ingeniería (popularmente conocido como Proyecto Manhattan), un personaje con gran importancia en la novela gráfica «La Bomba» que destaqué en la entrada anterior.

Su objetivo era rastrear y entorpecer las investigaciones sobre energía nuclear llevadas a cabo por los potencias del Eje, principalmente el Tercer Reich. El corazón de la misión Alsos estaba conformada por el grupo que da nombre al ensayo: la llamada «Brigada de los Bastardos», un equipo de soldados, científicos y agentes secretos que se infiltraron entre los físicos, químicos y militares alemanes para detener la amenaza más aterradora de la guerra: que Hitler dispusiera de una bomba nuclear.

El resultado fue, como hemos visto en esta entrada, un complot digno del mejor thriller, pero rigurosamente real, y documentado con mimo por el divulgador científico Sam Kean, con ese estilo claro, directo y en ocasiones cercano al humor que le caracteriza y que le ha hecho merecedor de una gran notoriedad y una legión de seguidores. Es colaborador de medios como The New Yorker, The Atlantic, The New York Times Magazine o Science, y ha publicado obras convertidas en auténticos bestseller con sugerentes títulos como: La cuchara menguante. Y otros relatos veraces de locura, amor y la historia del mundo a partir de la tabla periódica de los elementos (2011); El pulgar del violinista. Y otros relatos veraces de locura, amor, guerra y la historia del mundo a partir de nuestro código genético (2013); El último aliento de César. La épica historia del aire que nos rodea (2018) y Una historia insólita de la neurología. Casos reales de trauma, locura y recuperación (2019), todos ellos publicados por la editorial Ariel.

Moe Berg

Aquellos hombres de la «brigada» que bien pudieron inspirar a Quentin Tarantino su película Malditos Bastardos, arriesgaron sus vidas en pro de la libertad, orquestaron todo tipo de sabotajes, impulsaron el espionaje a una escala nunca antes vista y cometieron incluso asesinatos para frenar las aspiraciones del Führer. Entre ellos destacaron con luz propia el ex jugador de béisbol Moe Berg, el físico nuclear Samuel Goudsmit o el citado general Leslie R. Groves, pero hubo muchos más, y todos tienen su momento de gloria en estas páginas (prolongación en papel de su verdadera actuación en el curso de la HISTORIA con mayúsculas).

Un relato vibrante y en ocasiones increíble (aunque sucedió) que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-la-brigada-de-los-bastardos/331525

Comandos y operaciones especiales en la II Guerra Mundial (Susaeta):

Y si lo que queremos es realizar un acercamiento, ameno a la vez que instructivo, al gran teatro de operaciones secretas y clandestinas que tuvieron lugar en aquella brutal conflagración, nada mejor que sumergirnos en las páginas, profusamente ilustradas a todo color y acompañadas de mapas y gráficos, de Comandos y operaciones especiales de la II Guerra Mundial, una joya gráfica editada por Susaeta Ediciones. Un recorrido vertiginoso por las unidades de comandos de ambos contendientes que, alcanzando un desarrollo y perfeccionamiento colosal, se desplegaron por desiertos, mares, selvas, acantilados, montañas y urbes asediadas como Stalingrado o Berlín…

Esta magnífica selección –pues fueron tantas que harían falta miles de páginas para detallar cada una de ellas– contempla operaciones famosas como la Operación Fortitude (que permitió el Desembarco de Normandía, el gran asalto a la Fortaleza Europa), o la Operación León Marino, que planeó la invasión –frustrada– de Gran Bretaña por la Wehrmacht, y otras menos conocidas, como la Operación Gleiwitz (una operación de falsa bandera que atribuyó a los polacos el ataque a la frontera alemana y justificó la invasión del país por los ejércitos de Hitler) pero que contribuyeron, algunas de manera decisiva, al resultado final de la mayor sangría conocida por el hombre contemporáneo.

He aquí el enlace para hacerse con este volumen:

https://www.editorialsusaeta.com/es/libros-de-guerra/11847-comandos-y-operaciones-especiales-en-la-ii-guerra-mundial-9788499284859.html

Richarg Sorge: un espía impecable (IV)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Óscar Herradón ©

Durante ocho largos años, el círculo Sorge operará con impunidad, con una excepción: los especialistas nipones en comunicaciones interceptan en una ocasión varios mensajes de radio, pero no pueden identificar la fuente. No disponen de la tecnología que tienen los técnicos del Abwehr o los agentes del MI5. No obstante, el cerco se va estrechando y la organización corre cada vez más riesgos, peligro que aumenta exponencialmente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando en 1939 se intensifican las relaciones entre la Alemania nazi y el Japón imperial, Sorge informa a sus superiores en Moscú que lo primero que están considerando es la guerra con Gran Bretaña, y no con la URSS, pero Stalin hace oídos sordos a sus agentes en relación a Reino Unido, representante para éste del imperialismo y el capitalismo más abyectos. Dichos informes influirían en la decisión de postergar la guerra con el Tercer Reich, lo que a la larga costaría millones de muertos a la URSS. Será entonces cuando los rusos firmen el Pacto de No Agresión con Berlín, en agosto de ese año, que supondrá una afrenta al comunismo internacional y que logrará tan sólo retrasar la guerra, durante veintiún largos meses.

En mayo de 1941, Sorge visitará una vez más Shanghái para estudiar la actitud hacia la mediación norteamericana de las autoridades japonesas en China. El embajador alemán le ruega, una vez más, que le informe, ya que él no puede analizar los pormenores de tan delicado asunto desde Tokio. Por insólito que pueda parecer, Sorge viaja como mensajero de la Embajada alemana con pase diplomático otorgado por el ministerio de Asunto Exteriores japonés, para llevar despachos al mismo cónsul alemán en Shanghái. Ello demuestra su genialidad como espía y la fuerza de su tapadera. El enviado de Moscú ha logrado colocarse en una posición envidiable y asegura al Centro que las conversaciones americano-japonesas fracasarán. Ocho meses después se producirá el ataque de Pearl Harbor, un episodio que provocará la entrada en la guerra de los Estados Unidos de parte de los aliados.

Mayday Mayday: se avecina la Operación Barbarroja

Desde abril de 1941, Sorge tiene la absoluta certeza de que Berlín ya ha decidido la fecha del ataque hacia el Este: a la Unión Soviética. Informará presto que de 170 a 190 Divisiones han sido concentradas en el frente oriental europeo. En mayo sabe la fecha exacta de la invasión, que será bautizada por los nazis como «Operación Barbarroja»: 22 de junio de 1941. Sin embargo, Moscú no parece creerle a pesar de que llegan informaciones procedentes de más fuentes: Leopold Trepper y su Orquesta Roja y los estadounidenses. Stalin desconfía de la información proveniente de Tokio, cree que la inminente invasión es una operación de desinformación de los británicos. El hombre de hierro al frente del comunismo internacional yerra en su pronóstico y continúa obcecado frente al Imperio de Su Majestad. No tardará en tener que aliarse con sus odiados ingleses para combatir el avance inmisericorde de la cruz gamada.

Aquello será un golpe tremendo para Sorge, que se siente traicionado por sus jefes de Moscú. La que acabaría por ser su amante, Hanako, confesó lo siguiente cuando el espía supo la reacción del Kremlin: «Solo una vez le vi perder el control, y fue cuando el ataque alemán a la Unión Soviética. ¡Aquel día se puso a llorar como un niño!». Las revelaciones y los reiterados mensajes de la inminente invasión constituyeron la culminación de la obra del «grupo Sorge». Matas apunta que: «Nunca en la historia del espionaje se habían conseguido revelaciones tan sensacionales». Sorge dio el día exacto de la invasión, el 22 de junio, mensaje que se envió por radio desde el domicilio de Klausen en una fecha tan temprana como el 15 de mayo. De nuevo el silencio de sus superiores.

El Pacto Ribbentrop-Mólotov. El día de la infamia (Source: Wikipedia)

Al producirse finalmente la invasión del Este de Europa, Alemania presionó a Japón para que se sumase al ataque, pero la Marina nipona estaba más interesada en el Sur que en Siberia, algo que ya había deducido con exactitud Sorge: gracias a sus informes, los soviéticos pudieron trasladar tropas apostadas en el Este, en el lago Baikal, a Occidente. Ahora sí escuchaban sus «vaticinios», que no tenían nada de sobrenatural, sino que se basaban en datos, como buen materialista histórico. Sin duda, algunas de sus filtraciones lo convierten, si no en el único, sí en uno de los «espías del siglo XX».

En agosto de 1941, Tokio espera la derrota de Stalin y la caída de Moscú en poder de los alemanes. Berlín se lo asegura a sus embajadas: «El domingo entramos en Moscú». Aquello jamás sucederá: la heroica resistencia soviética echará por tierra los planes de conquista de Hitler y desanima a su vez al Estado Mayor japonés. Sorge informa al Cuarto Buró de que la resistencia rusa desalienta a Tokio. En diciembre podrá afirmarse que la capital soviética ya no corre peligro. El gran revés del Estado Mayor alemán, el OKW, que ve lejanos los días en los que la Blitzkrieg conquistaba terreno cual una apisonadora.

Por aquel entonces Richard Sorge ha demostrado ser una pieza de incalculable valor para los Servicios de Inteligencia soviéticos. Es, sin duda, uno de los mejores agentes que informan a Moscú. Sin embargo, pronto el cerco se estrechará en torno a él. Pero a pesar de la presión de aquel trabajo en la clandestinidad, hubo tiempo para el amor. Para Sorge siempre lo había: en octubre de 1935, durante una fiesta que organizó por su cuarenta cumpleaños, conoció a una joven de nombre Miyake Hanako, que acabaría por ser su amante –y viviría con él durante cinco años en casa del espía, en el número 30 de Nagasaka-cho, Azabu, en Tokio, una casita de estilo japonés donde el espía dormía sobre un colchón puesto en las esteras del suelo y con la cabeza apoyada en una almohadilla dura, al estilo japonés. Hanako permaneció allí hasta poco antes de su detención, en octubre de 1941.

Cerco a la Red Sorge

Richard Sorge mantenía grandes medidas de seguridad con respecto al blindaje de su organización para que no hubiera filtraciones. No daba a sus colaboradores muchas explicaciones y evitaba que sus miembros mantuvieran entre sí muchos contactos. Deakin y Storry señalan en su libro que «Klausen, como radiooperador y tesorero, conocía los apodos y los nombres cifrados de cada miembro, pero hasta los últimos días de la existencia del círculo no supo de la identidad verdadera de Ozaki y únicamente se enteró del nombre de Miyagi después de ser detenido. Ozaki se reunió con Klausen una sola vez, desconociendo su nombre. Nunca conoció a Vukelic».

Todas aquellas medidas no sirvieron para evitar que la red fuera desarticulada finalmente por los japoneses. El gran peligro radicaba en el registro, más o menos casual, de algún coche o domicilio, y el descubrimiento por parte de la policía de informes secretos. En este sentido, era Klausen el que corría un mayor peligro, pues tenía que viajar mucho en su coche, trasladando el transmisor dentro de un saco, para enviar mensajes desde un piso franco u otro. Éste era un auténtico maestro de la técnica de la retransmisión. La estación clandestina de Tokio, a manos de Klausen, cumplía una misión decisiva.

Konoe

Cuando Sorge podía sacar de la Embajada alemana los documentos que debían fotografiar, se los pasaba a Vukelic para que los filmara. En caso contrario, era el propio espía quien se encargaba de dicha operación dentro de los muros del edificio oficial. Las noticias que Ozaki recogía de los círculos gubernamentales del príncipe Fumimaro Konoe, a la sazón primer ministro, se los transmitía de forma oral a Sorge, que redactaba poco después un informe que entregaba a su vez a Klausen para que lo radiara a Moscú. El mayor riesgo provenía de conservar documentos comprometedores, que era preciso guardar hasta la ocasión en que un correo humano pudiera trasladarlos de forma segura a su destino en la URSS.

Sorge comenzaba a acusar los estragos de aquella vida en la semiclandestinidad, de inestabilidad en todos los sentidos, cuando comenzó el principio del fin de su organización.

Sorge durante su convalecencia en la Gran Guerra (Source: Wikipedia)

La caída de la red comenzó por una desgraciada casualidad: el 18 de septiembre de 1941 era arrestara una modista de nombre Kitabayashi Tomo y su marido, quienes fueron inmediatamente conducidos a Tokio. Los había denunciado un tal Ito Ritsu, que en 1932 había pertenecido a la Liga Japonesa de la Juventud Comunista, lo que provocó que tuviera que cumplir dos años de condena por pertenecer a una organización ilegal. En 1939 era detenido nuevamente por sus actividades comunistas y, tras un duro interrogatorio, acabó pronunciando el nombre de aquella mujer, a la que había conocido años atrás en Los Ángeles y quien estaba relacionada con la Sección Japonesa del Partido Comunista Norteamericano.

Kitabayashi Tomo sería la primera pieza que haría caer todo el dominó de la red Sorge, una vez que pronunció el nombre de Miyagi, que fue detenido a su vez el 11 de octubre. Acto seguido, las autoridades se personaron en su domicilio: en su casa los agentes nipones encontraron, entre varios documentos traducidos al inglés, un memorando confidencial de la oficina del Ferrocarril del Sur de Manchuria. Miyagi fue conducido por los agentes a la comisaría Tsukiji, donde parece ser que fue sometido a un terrible interrogatorio. Aunque negó que fuese espía, no pudo mantener mucho tiempo el dominio de sí mismo. Antes de delatar a sus compañeros y se arrojó a la calle por la ventana del segundo piso de la comisaría, un árbol frenó su caída y únicamente se fracturó una pierna. Gravemente enfermo de tuberculosis, acabó por derrumbarse y confesar pertenecer al círculo de espionaje soviético que actuaba en Tokio y que estaba formado por Sorge, Vukelic, Ozaki y Klausen.

La mañana del 15 de octubre de 1941 era detenido Ozaki por una patrulla de procuradores. La red había sido completamente descubierta. Finalmente, éste también confesaría, por lo que no quedaba duda alguna de que Sorge espiaba para la Unión Soviética. En un primer momento, el Ministerio del Interior se negó a autorizar la detención del periodista por motivos diplomáticos, pero unas horas después, el príncipe Konoye dimitía y el general Tojo nombraba ministro de Justicia a Iwamura Michio, quien no dudó en firmar la orden. Sorge era apresado en pijama y zapatillas a las cinco de la madrugada del sábado 18 de octubre por el detective Ohashi de la Policía Especial Superior. Poco después eran detenidos Vukelic y Klausen. Nuestro protagonista fue trasladado en un principio a la comisaría Toriizaka y unas horas después, ante el temor de que los periodistas se entrometieran, a la prisión de Sugamo, en el distrito de Ikebukuro.

Sugamo

Richard Sorge aceptó desde el principio de su interrogatorio haber recogido información secreta, aunque no para los rusos, sino para el embajador alemán, pidiendo a su vez permiso para ver al general Eugene Ott, aunque su solicitud no sería atendida en un principio. Finalmente, acabaría reuniéndose con él durante apenas cinco minutos, bajo estrictas condiciones impuestas por Yoshikawa; momento durante el cual, mirando a los ojos al amigo que había traicionado, le espetó antes de despedirse: «Esta es la última vez que nos vemos».

Sorge en sus días felices en Japón

En el registro de su domicilio la policía nipona encontró «dos páginas de un borrador escrito a máquina, en inglés, del mensaje final con los resultados que debían enviar a Moscú el 15 de octubre». A su vez, en el domicilio de Klausen se descubrió una copia del mismo mensaje, cifrado a medias. En el domicilio de Sorge se hallaron también numerosos gadgets: «…tres cámaras, un aparato para sacar copias con accesorios, tres lentes fotográficas (una telescópica), un equipo para revelar (…) contactos con agentes y cuentas (…) una lista de los afiliados al Partido en Japón, dos volúmenes del Anuario Estadístico Alemán (que servían para cifrar y descifrar), siete páginas de informes y cartas en inglés…». La policía japonesa se asombró de los más de mil volúmenes que poseía Sorge, donde primaban los libros de historia y literatura japonesas.

Un interrogatorio implacable

Desde el principio, fue interrogado por la Policía Superior Especial, bajo la dirección del procurador Yoshikawa Mitsusada, de la Sección Ideológica del Departamento de Procuradores de la Corte de Tokio. Aunque las fuentes sobre lo que sucedió entonces se contradicen –algunas afirman que los japoneses respetaron su condición de personaje relevante y no le sometieron a tortura–, otros autores, como Héctor Anabitarte, apuntan que «no hay duda de que es torturado». La tortura era un procedimiento habitual de la Policía japonesa, en cuyas sesiones no era raro que algunos detenidos muriesen.

Ott

Sorge se vino abajo cuando le mostraron las declaraciones inculpatorias de Klausen y los demás acusados. Durante un tortuoso periodo de ocho meses y medio, desde septiembre de 1941 hasta junio de 1942, fueron detenidos treinta y cinco hombres y mujeres directa o indirectamente relacionados con la red, que serían juzgados a puerta cerrada. Tras meses de duros interrogatorios, un buen día, de pronto, el espía pidió papel y lápiz a sus carceleros y escribió en alemán: «Desde 1925, soy un comunista internacional». Después de que confesara ser un espía soviético, Yoshikawa buscó aclarar si éste trabajaba para el Komintern o para el Cuarto Buró del Ejército Rojo, porque no convenía abrir enfrentamientos con la URSS.

El Ministerio de Justicia Japonés y el Ministerio de Asuntos Exteriores, así como el Tribunal Supremo, redactaron conjuntamente un comunicado oficial para la prensa sobre el tema, que había alcanzado proporciones de asunto de Estado. En dicho documento no se mencionaba a las altas personalidades japonesas o de la embajada que habían estado relacionadas de una forma u otra con el espinoso asunto. Se cargaban las tintas sobre el propio espía. En el informe, los japoneses se cuidaron también de no ofender no solo a sus amigos germanos, sino también a los rusos, con quienes por entonces tenían un tratado de no agresión que les dejaba las manos libres para su lucha contra los EEUU en el Pacífico –también se investigó, curiosamente, si Sorge había espiado para Roosevelt–. Declaraban textualmente que el grupo Sorge era «un círculo de espías rojos bajo órdenes del Cuartel General del Komintern», juzgándolo como comunista internacional y dejando al margen al Cuarto Buró, eximiendo así a la URRS de cualquier tipo de responsabilidad. Sus camaradas nunca le salvarían.

¡Adiós, camarada!

El catedrático Ikoma, que haría de intérprete del juez Nakamura, encargado del proceso, y del procurador, recordaría una vez acabada la guerra que cuando le comentó a Sorge la derrota de los nazis en Stalingrado el espía festejó la victoria soviética y llegó a pensar en la posibilidad de un canje por otros agentes enemigos detenidos en Moscú. El 29 de noviembre de 1943, el Tribunal del Distrito de Tokio sentenciaba a Richard Sorge, «el espía del siglo», a la pena de muerte. El escueto informe oficial señala que «Sorge se condujo con compostura hasta el lugar de la ejecución». Fue ahorcado a las 10.20 horas del 7 de noviembre de 1944, ya cercano el final de la guerra que contribuyó a ganar, y, por un curioso capricho del destino, en el 27 aniversario de la Revolución rusa, por cuyo ideario había llegado hasta el verdugo. En 1964, el Sóviet Supremo de la URSS le condecoró de forma póstuma con el título de «Héroe de la Unión Soviética». Sin duda había sido uno de los más grandes de su breve historia.

Hanako-San, la última amante de Sorge en Tokio, fue detenida tras éste aunque dejada en libertad poco después. En 1943, todavía sospechosa, era detenida nuevamente y retenida durante cinco días. Sin embargo, sus captores comprobaron que no estaba involucrada en actividades de espionaje y respetaron la ley, sacándola de prisión. Después de la guerra, ésta decidió recuperar los restos de su antiguo amante. Según las fuentes oficiales, el cuerpo de Sorge estaba enterrado en el cementerio de Zoshigaya, perteneciente a la cárcel donde fue ejecutado. Sobre su sepultura se había colocado una humilde placa de identificación de madera, aunque alguien la robó más tarde, por lo que se perdió el paradero de los restos.

Hanako-san no cejó en su empeño de descubrir el cuerpo de su amado y se puso en contacto con el abogado encargado de la defensa de Sorge, Asanuma Sumiji, quien durante dos años insistió ante las autoridades del presidio para saber qué había sucedido con el cadáver. Finalmente, se descubrió el ataúd del espía en una sección reservada a los vagabundos sin hogar. El esqueleto pertenecía a un extranjero –lo que dedujeron por la forma del cráneo– y los huesos de una pierna presentaban marcas claras de heridas que correspondían con las que sufrió Sorge en la Gran Guerra. Con los empastes de oro de sus dientes, Hanako-san mandó realizar una alianza que jamás se quitaría. Hizo llevar el ataúd al tranquilo cementerio de Tama, a las afueras de Tokio, que visitó hasta su muerte llevándole flores frescas. Hizo grabar la siguiente inscripción sobre su lápida: «Aquí descansa un valiente guerrero que consagró la vida a luchar contra la guerra y a favor de la paz en el mundo».

Tumba de Sorge en el cementerio de Tama, en Tokio.

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

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Richard Sorge: un espía impecable (III)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Óscar Herradón ©

Sería precisamente en el país del sol naciente donde Sorge realizaría su más brillante labor de Inteligencia, constituyendo una red que hoy día se considera como de las más eficientes de la Segunda Guerra Mundial. Japón era entonces un país hostil. De hecho, al igual que hiciera Alemania, había roto sus compromisos con la Sociedad de Naciones y todo ciudadano que viniera de fuera se consideraba sospechoso. Sorge no debía mantener ningún contacto, por pequeño que fuera, con la embajada rusa en el país, ni con el Partido Comunista Japonés clandestino.

La tapadera que utilizaría Sorge sería de nuevo la de periodista alemán, por ello, tras dejar Moscú el 7 de mayo de 1933 y una relación de varios meses con una soviética de nombre Ekaterina Maximova, se dirigió a Berlín, una vez más bajo el nombre falso de «Ramsay». Debía obtener un carnet de periodista y un pasaporte auténtico, todo ello burlando en la Gestapo. En aquello ocasión solicitó entrar a formar parte del Partido Nazi, aunque aquel intento no prosperaría hasta unos años después. Todo un temerario agente secreto.

Sí se puso en contacto, no obstante, con la Asociación de Prensa Nazi, una buena tapadera para un espía reconvertido en periodista, que utilizó para presentarse en la policía a solicitar un nuevo pasaporte alemán. Lo consiguió, así como cartas de recomendación. Consiguió que le contrataran dos periódicos para el envío de crónicas sobre Japón: el Börsen Zeitung y el Tägliche Rundschau, a cuyo jefe de redacción, conocido como el doctor Zeller, con el que trabó amistad gracias a que ambos eran ex combatientes, le facilitó una carta de presentación para el teniente Eugen Ott, destinado en un regimiento de artillería japonés en la ciudad de Nagoya.

Eugen Ott
Haushofer

De hecho, para viajar hasta el país del Sol Naciente y evitar los rigurosos controles de los puertos del norte de Alemania, el Centro acordó que el espía pasara a Francia y luego a Estados Unidos. En Nueva York y Chicago se entrevistó con dos miembros del Komintern y se enteró, gracias a éstos, que su colaborador japonés partiría de California. En Washington se presentó al embajador nipón con una carta de recomendación del profesor Karl Haushofer –teórico de la geopolítica que impulsaría la Lebensraum nazi– y el nipón le entregó otra dirigida al Departamento de Información del Ministerio de Asuntos Exteriores en Tokio. Richard Sorge era ahora otra persona que no despertaría sospecha alguna.

El agente llegó a Japón a finales del verano de 1933, un país conflictivo, con un gobierno confuso dirigido por un emperador, Hirohito, que era una suerte de dios viviente. No debería bajar la guardia. Aún no lo sabía, pero se había metido en la boca del lobo.

En el corazón del Sol Naciente

Vukelic

Salvo en clubs internacionales –a los que Sorge era muy asiduo– de Yokohama y Kobe, los extranjeros podían ver la animadversión que despertaban en Japón. No sería fácil pasar desapercibido en aquel ambiente y, sin embargo, nuestro agente sería un maestro de la ocultación. El operador de radio que le asignaron usaba el nombre en clave de «Bernhardt» y un tercer miembro del círculo era Branko Vukelic, un croata hijo de un oficial del imperio austro-húngaro, militante de izquierdas que vivía en Japón con su esposa y su hijo pequeño. No era el único agente que aguardaba las órdenes de Sorge. El japonés Miyagi Yotogu era aquel que le habían dicho que viajaría desde California para unirse a él en la capital nipona.

Ozaki

La labor de Miyagi, que adoptó el nombre de «Joe» tras unirse al partido comunista norteamericano en los años 20 y que no era ni mucho menos un experimentado agente, sería informar de los problemas políticos y militares de Japón. Su principal mérito radicaba en que sabía leer y escribir japonés, limitándose a proporcionar a Sorge noticias y opiniones recogidas en diarios y revistas del país. Sin embargo, sería éste quien cinco meses después, y por petición de su jefe, acudiría a entrevistarse con Hotsumi Ozaki, «el primer y más importante socio» de Sorge en China.

Unos días después, se encontraron ambos en un parque y nuestro protagonista le pidió reanudar sus actividades secretas. Ya existía la red Sorge, con sede central en Tokio, un círculo secreto cuya principal misión sería obtener información clave y clasificada sobre asuntos militares, diplomáticos, financieros o de índole política y económica, además de secretos militares o relacionados con recursos de tipo estratégico. Toda esa información sería puntual y debidamente enviada a sus jefes en Moscú.

Ozaki sería el principal agente de Sorge, y le facilitaría a lo largo de siete años informes secretos de un valor incalculable. Sin embargo, también otros personajes serían clave en la labor del agente: gracias a la carta de recomendación que le entregó el jefe de redacción del Tägliche Rundschau, el doctor Zeller, el espía pudo entrar en contacto con el teniente coronel Eugene Ott, quien convertiría en su más importante enlace con la colonia alemana en Tokio.

Richard Sorge causaría un gran impacto –por un lado simpatía y por otro animadversión– en aquella comunidad de rigurosas normas sociales: excelente conversador, divertido, dado al alcohol y mujeriego empedernido, solía presentarse a las fiestas de sociedad vestido con ropa de calle, despreciando el elegante esmoquin de rigor, o simplemente no presentándose lo que ofendía a muchos. No le importaba lo más mínimo, teniendo en cuenta su carácter bohemio y desenfadado. Era un hombre inquieto e incombustible cuya peligrosa labor no le dejaba demasiado tiempo para relajarse.

Lo más granado de la sociedad japonesa de Entreguerras

Gracias a las buenas amistades que hizo Sorge durante su primer año en Japón, entró en contacto con el príncipe Albrecht von Urach, nada menos que el corresponsal del órgano oficial del Partido Nazi en Japón, el Völkischer Beobachter. También entabló relación con Herbert von Dirksen, nuevo embajador alemán: Alemania y Japón se hallaban muy unidos desde que ambos países abandonaran la Sociedad de Naciones. Sus buenas relaciones con el embajada germana mejoraron cuando llegó a Tokio, en 1934. El capitán Paul Wenneker, nuevo agregado naval.

En la primavera de ese año, el problema principal que Sorge habría de investigar –las intenciones japonesas hacia la URSS– tenía importancia especial, ya que, durante el invierno, las relaciones entre ambos países se habían tensado. Para la mayor parte de los agregados militares en Tokio, el conflicto militar soviético-japonés resultaba ya probable en 1935, sin embargo, Sorge, a través de un minucioso análisis de la situación política, llegó a la conclusión de que el conflicto no estallaría. Acertó.

Miyagi había conseguido crear toda una red de informantes distribuidos por gran parte del país, entre ellos Akiyama Koji, a quien había conocido en sus años en California y de quien recibiría una valiosa ayuda tiempo después. Akiyama, que se había graduado en una escuela superior comercial en los EEUU, comenzó a traducir documentos secretos al inglés que pondría a disposición de la red.

Sorge –el cuarto por la derecha en la fila superior– en 1923

Entre conferencias de prensa, reuniones en los bares –donde solía aguzar el oído para recoger cualquier información– y fiestas con las más importantes personalidades del lugar, Sorge iba engrosando el número de informes valiosos para Moscú. El encargado de convertir en copias fotográficas los informes era Vukelic, quien transformaba los preciados documentos en microfilms que eran enviados a la capital rusa por correos humanos. Quien más problemas dio en la organización sería «Bernhard», que siempre estaba ebrio y en muchas ocasiones no enviaba la información por radio.

Puesto que había tantos problemas con la eficiencia del técnico de radio, los informes secretos de mayor valor eran enviados utilizando correos humanos a través de Shanghái, lo que implicaba un gran riesgo. Se sabe que el propio Sorge realizaría este papel en varias ocasiones. Finalmente, el espía sería admitido oficialmente en el Partido Nazi, lo que le proporcionaba una cobertura mucho más segura. Sostenido económicamente desde Moscú, el «grupo Sorge» recibiría entre 1936 y 1941 alrededor de 40.000 dólares. Sin embargo, a la hora de la verdad, se quedarían completamente solos.

Tokio-Berlín-Moscú: informes secretos

Inukai

El valor de sus transmisiones era cada vez mayor. Lo que más le interesaba a la red Sorge era la información concerniente a los movimientos ultraderechistas japoneses, que eran ferozmente anticomunistas y podían suponer un peligro en la dirección del Ejército a la hora de tomar una decisión: buscaban un enfrentamiento directo con la URSS. Era un trabajo difícil, pues debían mezclarse con fascistas y radicales de derechas como los que habían acabado con el jefe de gobierno, Inukai Tsuyoshi, en 1932.

Tientsin en 1930

Otro de los colaboradores más fiables de nuestro protagonista fue Kawai Teikichi, que había sido durante semanas sometido a brutales interrogatorios por parte de la policía japonesa de Shanghái y que también era conocido de Ozaki. Poseía una librería en Tientsin (Tianjin) que le servía como centro de operaciones. Debía, además, conseguir otro operador de radio que reemplazase a «Bernhardt» –al que había hecho regresar a Moscú por su incompetencia y haber puesto en peligro la red de espionaje–. Depender únicamente de los «correos humanos» era harto peligroso. 

Uritsky

Sorge volvió a viajar a través de los EEUU y en Nueva York le proporcionaron un pasaporte falso con ciudadanía austríaca, para después embarcar hacia Francia y de allí hacia Rusia. En Moscú, se encontró por primera vez con el general Semyon Petrovich Uritsky, que en 1919 había alcanzado el cargo de jefe de operaciones del servicio secreto del Ejército Rojo y que en 1935 había sustituido a Berzin –víctima de las purgas de Stalin­– como nuevo jefe del Cuarto Buró. Allí consiguió que sus jefes designaran como nuevo operador de radio al técnico alemán Klausen, que ya había trabajado con él en China. El agente regresó a Japón a través de Europa y EEUU. Gracias a sus excelentes contactos, le dieron un despacho en la embajada alemana, y poniendo en grave riesgo su propia vida, fotografiaba todos los documentos que necesitaba, valiéndose de una cámara automática.

El riesgo era continuado, y aumentó cuando fue detenido Kawai Teikichi el 21 de enero de 1936. Las autoridades lo trasladaron a la prisión de Hsinking, en cuyos sótanos fue sometido, durante días, a brutales torturas para que confesara, pero guardó un estoico silencio digno de elogio. La red Sorge seguía libre de toda sospecha. De momento…

Prisión de Hsinking

Gracias a sus informes, los soviéticos conocían mucho mejor los problemas del Lejano Oriente que los gobiernos norteamericano y alemán, informes cuidadosamente planificados en los que Richard Sorge no se limitaban a recopilar información sino memorandos personales muy trabajados en los que, basándose en sus conocimientos de economía, política y diplomacia, sacaba sus propias conclusiones sobre la situación internacional y japonesa.

El matrimonio Ott

Nadie sospechaba que pudiera ser un espía, y mucho menos que, de realizar dicha labor, lo hiciera para los comunistas. Prueba de ello es que recibió la proposición de dirigir la sección local del Partido Nazi. Sostenía con los alemanes unas excelentes relaciones, lo que provocó que en 1936 Sorge obtuviera «una colocación reconocida de secretario oficioso del agregado militar», es decir, de su colega Eugene Ott, lo que le abría sorprendentes posibilidades de realizar su tarea clandestina. Al convertirse en su hombre de confianza, disponiendo incluso de despacho propio, tuvo acceso en la embajada a documentos secretos que, de otra manera, le habría sido prácticamente imposible conseguir.

Como no podía retirarse con los documentos, se limitaba a leerlos y recoger mentalmente sus puntos esenciales. En alguna ocasión, no obstante, conseguía llevar algunos a su despacho y fotografiarlos con una cámara en miniatura, corriendo gran riesgo, puesto que no podía echar la llave o despertaría las sospechas de los funcionarios. Sin embargo, sólo estaba prohibido fotografiar los documentos, no leerlos, por lo que cuando uno llegaba a sus manos podía permanecer una hora en cualquier despacho sin ser molestado, memorizando sus partes más decisivas. Entre otros asuntos, informó de conferencias secretas en Berlín entre personalidades alemanas y japonesas.

Embajada alemana en Tokio

Ozaki continuaba siendo el más eficiente de sus colaboradores: en verano de 1936 fue elegido miembro de la delegación japonesa para el Congreso del Instituto de Relaciones del Pacífico que tuvo lugar en Yosemite, California, a donde fue en calidad de intérprete, obteniendo información de primera mano. En agosto de ese mismo año. Sorge fue a Pekín con la excusa de asistir a una conferencias de periodistas extranjeros, aunque su verdadera misión consistía en recorrer Mongolia Interior y obtener informes de las tropas niponas allí concertadas. En 1938 viajaría a Hong Kong y le entregaría a un correo informes secretos que venía acumulando. Era tan sutil su trabajo, que el mismo embajador alemán lo envía a Manila con el propósito de llevar información reservada. Tenían al enemigo en casa y ni siquiera lo sospechaban.

Klausen

Fue también en 1938 cuando sufrió un accidente de motocicleta hallándose ebrio: auténtico loco de la velocidad, iba a casi cien por hora cuando se estrelló contra la pared ¡de la Embajada norteamericana de Tokio! Pudo haber muerto, pero finalmente el impacto no fue tan grave, aunque en ese momento fue trasladado sangrando abundantemente hasta el hospital de St. Luke, cuando le visitó el agente secreto soviético Max Klausen. Corrían un verdadero peligro así que Sorge le entregó los informes en inglés para un agente soviético que iba a hacer de correo y dinero norteamericano que llevaba en el bolsillo y que podría haber despertado sospechas. Sorge perdió casi todos sus dientes y se había fracturado la mandíbula. Fue cuidado con mimo por el matrimonio Ott, que lo tuvieron en su casa hasta su total recuperación. A pesar de que los engañaba, se había convertido en verdaderos amigos, quizá los únicos que tenía.

Este post tendrá una última e inminente entrega en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

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