Quemar libros: historia de la destrucción del conocimiento (II)

Desde el mismo momento en que el hombre ha compilado el saber, otros se han encargado de destruirlo. La historia está llena de episodios de quema de libros, y ahora un ensayo del bibliotecario de Bodley, en Oxford, Richard Ovenden, publicado por Crítica, nos recuerda ese ignominioso ejercicio de desmemoria a través de los episodios más destacados desde el más remoto pasado hasta la actualidad.

Óscar Herradón ©

En el año 306 a.C. subió al poder Ptolomeo I Sóter en Alejandría (Egipto). Fue la misma época en la que un griego brillante y erudito, de nombre Demetrio de Falera, arribó a la mítica ciudad procedente de Tebas, tras un largo exilio que le había obligado a abandonar Atenas. Ambos personajes trabaron una profunda amistad y el monarca, aconsejado por Falera, procedió a la construcción de un edificio consagrado a las musas y al que dio el nombre de museo que, poco tiempo después, contó con una enorme biblioteca. Fue el germen del futuro gran centro del saber del mundo antiguo.

Falera

Demetrio, según narra la Carta de Aristeas a Filócrates, fechada en el siglo II a.C., recibió grandes sumas de dinero del rey «para adquirir, de ser posible, todos los libros del mundo». De esta forma, la biblioteca más importante de la antigüedad fue reuniendo un inmenso catálogo de libros de las más variadas temáticas. Falera, uno de los hombres más brillantes de su tiempo, profundamente preocupado por el saber, se embarcó en la ardua tarea de traducir al griego todos los textos judíos del Antiguo Testamento. Para ello, contó con un grupo de traductores hebreos procedentes del barrio judío de Alejandría, a instancias de Ptolomeo I y el sumo sacerdote Eleazar. Durante setenta y dos días se tradujeron las Sagradas Escrituras en su totalidad.

Pero no solo los ancestrales conocimientos de la religión judía interesaron al maestro Demetrio, éste intentó almacenar la mayor cantidad posible de saber humano. Por ley, todos los viajeros que pasaban por Alejandría debían donar una obra a la biblioteca del museo, cuya descripción únicamente se conserva en un antiguo documento de dudosa autenticidad. Parece ser que el museo formaba parte de los palacios de la realeza y contaba con un paseo, una gran casa donde se situaba el refectorio y largos pasillos en cuyas paredes se colocaron fantásticas obras pictóricas. Como curiosidad, contaba con un zoológico y un jardín botánico que albergaba los más raros animales y las más extrañas plantas del mundo.

La biblioteca era el edificio más admirado; en un principio utilizada únicamente como sala de consulta, contó con diversas ampliaciones, entre las que se encontraba la conocida como biblioteca del Serapeum, templo edificado en honor de la deidad sincrética greco-egipcia Serapis y que estaba situado a pocos metros del edificio del museo –de esta forma, parece ser que la famosa biblioteca de Alejandría estaba dividida en dos—. Al parecer, las paredes del Serapeum daban cobijo a iluminados que pernoctaban intramuros, consultando los libros en busca de algún tipo de revelación.

Ruinas del Serapeum de Alejandría en la actualidad (Source: Wikipedia)

A pesar de su impresionante labor, Falera no consiguió el puesto de director de la biblioteca que tanto anhelaba. Años después de haberse convertido en uno de los personajes más relevantes de la sociedad alejandrina, el erudito cayó en desgracia cuando el sucesor de su amigo el monarca, Ptolomeo II Filadelfo, lo expulsó de la ciudad como a un perro. Parece ser que hacia el año 285 a.C., en el Bajo Egipto, murió tras ser mordido por un áspid, la famosa serpiente que acabó con la vida de la reina Cleopatra años después. Con la muerte de Falera la historia humana perdía una de sus mentes más brillantes y a uno de los primeros y más importantes impulsores del conocimiento. Nadie sabe cómo llegó la serpiente a morderle; algunos hablan de suicidio, otros de asesinato…

Zenódoto

El primer director de la biblioteca fue Zenódoto de Éfeso (325-260 a.C.) quien fue sucedido más tarde por Apolonio de Rodas y éste a su vez por el enigmático Eratóstenes, en tiempos de Ptolomeo III Evergetés. Son figuras apasionantes de las que la historia, por desgracia, nos ha legado muy poca información. Eratóstenes fue un hombre profundamente sabio y adelantado a su tiempo. Una vez convertido en director del centro, emprendió profundos estudios en los que combinaba la investigación científica con el análisis literario. Uno de sus más misteriosos y afamados descubrimientos fue la medición de la circunferencia de la Tierra, que estimó en 252.000 estadios (unos 39.690 kilómetros). En pleno siglo XX, las más exactas mediciones de la circunferencia terrestre, gracias a la intercesión de satélites y potentes computadoras- está en 40.067’96 kilómetros.

Paradójicamente, el dogma ortodoxo cristiano y su visión del mundo, convirtieron la Tierra en una extensión en planicie a lo largo de muchos y oscuros siglos medievales –y también hoy, cuando el terraplanismo vuelve a ganar fuerza en los cenagales del Big Data–. Los primeros que se atrevieron a afirmar otra concepción de la misma, redonda, girando alrededor del sol, como Copérnico o Galileo, fueron acusados de herejes, algunos de ellos ejecutados (como Giordano Bruno), curiosamente, un hombre que había vivido muchos siglos antes de todo esto ya conocía el verdadero aspecto de nuestro planeta.

¿Qué extraños conocimientos se perdieron en Alejandría?, ¿cómo logró un hombre del siglo II a.C., con los rudimentarios utensilios que se supone había en su época, ajustarse tanto a la longitud real de dicha circunferencia?, ¿pudo haber utilizado oscuras artes mágicas para lograrlo?, ¿quizá algún libro de la enigmática biblioteca? Como tantos otros episodios de la historia humana, continúa siendo un misterio que quizá nunca logremos desentrañar.

La destrucción del Templo del Saber antiguo

La historia de la biblioteca de Alejandría está irremediablemente ligada a los intentos por destruirla, en una interminable sucesión de ataques contra sus pilares y sus libros. Al parecer, la primera destrucción del mítico edificio data del año 48 a.C., cuando el más grande de los emperadores romanos, Julio César, se inclinó a favor de Cleopatra en la lucha por el trono de Egipto. Cuando la flota egipcia fue reducida a cenizas en el puerto de Alejandría, según el testimonio de Dión Casio recuperado por Fernando Báez, se destruyeron unos depósitos de libros que esperaban su entrada en el centro. Al parecer, ardieron 40.000 rollos de pergamino, aunque esta cifra no ha podido ser confirmada. Lo que parece poco probable es que César, que ordenó el ataque, pretendiera destruir libro alguno, pues no parece ser la forma de actuar de un hombre que escribió una obra de la talla de La Guerra de las Galias, aunque fueron varios los eruditos que mostraron una fuerte tendencia biblioclasta, a destruir libros y textos, como el mismísimo Platón, del que se conocen episodios famosos de destrucción y quema de escritos.

Más tarde, parece ser que fueron los cristianos quienes quemaron el mítico edificio. Comandados por Teófilo, atacaron el Serapeum en el año 389 y la biblioteca dos años después, según algunos historiadores, aunque tampoco está claro. Las crónicas recogen que, al concluir el saqueo, las muchedumbres de cristianos enfurecidas demolieron las paredes, destruyeron los iconos paganos y llenaron el templo de cruces. Se sabe que Teófilo mandó destruir el Serapeum, pero no hay consenso entre los historiadores sobre quién ordenó la quema de libros; algunos atribuyen el libricidio a los mismos cristianos comandados por éste, otros, en cambio, a las hordas musulmanas de un servidor de Omar I, algunos siglos después –entre el VI y el VII d.C.– en su conquista de Egipto.

En la actualidad, la tesis de la destrucción árabe de la mítica biblioteca ha perdido fuerza, desviando de nuevo la atención hacia los romanos, que habrían llevado a cabo diversas incursiones en la legendaria ciudad arrasando por completo la biblioteca y el museo. Existen, no obstante, más hipótesis sobre la misteriosas desaparición del mayor registro de libros de la antigüedad: pudo deberse, entre otras cosas, a los efectos de un terremoto, e incluso a la negligencia de aquellos encargados de velar por la seguridad del colosal edificio.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BÁEZ, Fernando: Historia universal de la destrucción de libros. Destino (Imago Mundi), 2004.

Ovenden

Recientemente, Crítica publicaba Quemar libros. Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento, del bibliotecario de Bodley desde 2014 (y que ocupa el cargo de alto ejecutivo de las Bibliotecas Bodleianas de la Universidad de Oxford) Richard Ovenden. Nadie mejor que él para repasar la historia de la destrucción del saber, pues con anterioridad desempeñó distintos puestos en la Biblioteca de la Universidad de Durham, la Biblioteca de la Cámara de los Lores, la Biblioteca Nacional de Escocia y la Universidad de Edimburgo, siendo además Tesorero del Consorcio de Bibliotecas de Investigación Europeas, Presidente de la Coalición pra la Conservación Digital y miembro de la Junta del Consejo de Recursos de Bibliotecas e Información de Washington D.C. Casi nada.

El autor toma como punto de partida la infame quema de libros «no germánicos» y judíos de 1933 en la Bebelplatz de Berlín (a la que siguieron numerosas quemas en otras universidades del país) instigada por el Ministro de Propaganda de la Alemania nazi Joseph Goebbels. Aquel acto de intransigencia y fanatismo daba una idea bastante inequívoca sobre las intenciones del nacionalsocialismo: se cumplía la máxima de «se empieza quemando libros, y se acaba quemando hombres». En Quemar libros, nos sumergimos en un viaje de 3.000 años a través de la destrucción del conocimiento y la lucha por preservarlo de los biblioclastas de todo color y pelaje.

Así, descubrimos que los ataques a las bibliotecas han sido una constante desde la antigüedad, pero que lamentablemente han incrementado su frecuencia e intensidad en la Edad Moderna. Baste recordar la destrucción de la cultura promovida por el ISIS o la destrucción de un millón de libros en Irak tras la segunda invasión norteamericana. El hombre cometiendo una y otra vez los mismos errores del pasado.

John Murray

Como evidencia Ovenden en estas apasionadas (y apasionantes) páginas, las bibliotecas son mucho más que almacenes de literatura; al conservar documentos legales como la Carta Magna o registros censales, también defienden la ley y los derechos de los ciudadanos –de ahí que numerosos tiranos y dictadores hayan puesto gran empeño y medios en destruirlas–; el libro se traza un análisis completo, desde lo que realmente sucedió con la Biblioteca de Alejandría , como hemos visto en el post, hasta los papeles de la generación Windrush (el denigrante trato a la generación de inmigrantes caribeños que llegaron a Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial), y desde Donald Trump borrando tuits vergonzosos (que normalmente alguién ya había capturado) hasta la compañía editorial inglesa John Murray quemando las memorias de Lord Byron en nombre de la censura.

Quemar libros es también la historia de los que defendieron el saber frente a la intolerancia, la de un sorprendente abanicos de arqueólogos autodidactas, aventureros, filántropos, poetas, activistas y bibliotecarios que recorrieron un heroico camino para conservar y rescatar el conocimiento, también en los grandes conflictos bélicos de la historia, con la noble intención de conservar y rescatar el conocimiento y garantizar así la supervivencia de la civilización, que no es nada si no está respaldada en el saber y la tolerancia.

The Times no escatima elogios hacie el libro: «Apasionante e iluminador. Este espléndido libro revela cómo, en el mundo actual de noticias falsas y hechos alternativos, las bibliotecas se mantienen como desafiantes guardianes de la verdad».

He aquí la forma de adquirirlo en papel y en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-quemar-libros/329802

Quemar libros: historia de la destrucción del conocimiento (I)

Desde el mismo momento que el hombre ha compilado el saber, otros se han encargado de destruirlo. La historia está llena de episodios de quema de libros, y ahora un ensayo del bibliotecario de Bodley, en Oxford, Richard Ovenden, publicado por Crítica, nos recuerda ese ignominioso ejercicio de desmemoria a través de los episodios más destacados desde el más remoto pasado hasta la actualidad.

Óscar Herradón ©

Quema de libros en la Bebelplatz de Berlín por los nazis

La historia del hombre ha visto como eran destruidos millones de textos de la mano de no pocos personajes, que Fernando Báez, miembro de la UNESCO y autor del ensayo Historia Universal de la Destrucción de Libros,  denomina «biblioclastas», esto es, amantes de la destrucción de escritos y bibliotecas. Según los historiadores y expertos en la materia, el primer bibliocasta en masa fue el emperador chino Shi Huangdi, apodado «el destructor», famoso por ordenar la construcción de la Gran Muralla y por mandar que lo enterraran en una monumental tumba en Xianyang, custodiada por un ejército de miles de soldados de terracota en los que trabajaron unos 700.000 hombres durante casi cuarenta años. Gran guerrero y mejor conquistador, en el año 215 a.C. Huangdi, tras reducir numerosos feudos y arrasar cientos de territorios asesinando a sus administradores, logró edificar uno de los imperios más colosales de Oriente.

El Destructor mandó crear una gran biblioteca –generalmente, y aunque parezca una contradicción, los destructores de libros sintieron especial interés por diversos campos del saber– en la que promovió los textos favorables a su régimen, confiscando el resto de los escritos. Sus soldados recorrían casa por casa recogiendo todos los libros que encontraban a su paso; tras las incómodas visitas, encendían grandes piras y los quemaban ante los ojos atónitos de sus poseedores. Si alguien cometía la osadía de ocultar un libro y era descubierto, se le enviaba a trabajar en la construcción de la Gran Muralla, empresa realmente temida, pues fue la tumba de miles de hombres.

Durante su mandato, numerosas personas fueron torturadas y algunas asesinadas por el tremendo desafío de cobijar textos, y cientos de libros destruidos; entre ellos, los que promulgaban las enseñanzas de Confucio, dogma que Shi Huangdi odiaba especialmente. Curiosamente, la biblioteca edificada por el primer biblioclasta de la historia desapareció en el año 206 a.C. tras la guerra civil que asoló el país. El emperador, que no fue capaz de evitarlo, supo entonces qué significaba perder los libros entre las llamas.

Saqueo de Bukhara

El Imperio Mongol fue proclive también a la destrucción de los textos de sus opositores. Cuando el temido Gengis Khan atacó con sus tropas la mezquita de Bukhara, algunos cofres llenos de libros y de manuscritos sagrados fueron llevados al patio y eliminados. Según la crónica de lo sucedido, los cofres, celosos guardianes de la sabiduría de todo un pueblo, se utilizaron como pesebres en las caballerizas. Años después, su descendiente Hulagu Khan, realizó una acción similar en la ciudad de Bagdad, que volvería a sufrir el azote de la intolerancia en 2003, durante la Segunda Guerra de Irak, con la destrucción de gran parte de su legado cultural. Cuando Hulagu Khan arrasó este territorio, corría el año 1257; poco más de cien años después, en 1393, Tamerlán asoló Siria, eliminando todos los libros de sus enemigos. Casos similares en la antigüedad pueden contarse a centenares, y después. 

Bibliotecas en llamas

El amor al saber de algunos ha estado ligado desde tiempos inmemoriales por el afán de otros por destruir todo aquello que suponía un avance del pensamiento. No solo el libro, de forma aislada, como en la China de Shi Huangdi o en la Alemania nazi, fue destruido; el hogar de éste por excelencia, la biblioteca, no ha corrido mejor suerte que los escritos que se ocupó de albergar entre sus paredes, propensas a ser reducidas a escombros por las tristes acciones de la intolerancia humana.

Así, la historia de la construcción de estos templos del saber aparece irremediablemente ligada a la historia de su destrucción, en ocasiones por causas naturales –incendios, terremotos, inundaciones…–, pero principalmente a causa del hombre. Cientos de bibliotecas históricas fueron pasto de las llamas y con ellas se perdió su inmensa riqueza cultural, centros de los que solo tenemos referencia a través de las citas o relatos de antiguos historiadores, escritores o cronistas. Fue el caso de bibliotecas legendarias como la de Alejandría o la de Pérgamo, contemporánea de la primera, que probablemente no dieran cobijo a ningún libro con poderes sobrenaturales, fruto más de la leyenda que de la realidad, pero que fueron, sin duda alguna, un vasto almacén de sabiduría cuya pérdida supuso un retroceso de siglos en el avance de la ciencia y el pensamiento del hombre.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BÁEZ, Fernando: Historia universal de la destrucción de libros. Destino (Imago Mundi), 2004.

Recientemente, Crítica publicaba Quemar libros. Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento, del bibliotecario de Bodley desde 2014 (y que ocupa el cargo de alto ejecutivo de las Bibliotecas Bodleianas de la Universidad de Oxford) Richard Ovenden. Nadie mejor que él para repasar la historia de la destrucción del saber, pues con anterioridad desempeñó distintos puestos en la Biblioteca de la Universidad de Durham, la Biblioteca de la Cámara de los Lores, la Biblioteca Nacional de Escocia y la Universidad de Edimburgo, siendo además Tesorero del Consorcio de Bibliotecas de Investigación Europeas, Presidente de la Coalición pra la Conservación Digital y miembro de la Junta del Consejo de Recursos de Bibliotecas e Información de Washington D.C. Casi nada.

Goebbels

El autor toma como punto de partida la infame quema de libros «no alemanes» y judíos de 1933 en la Bebelplatz de Berlín (a la que siguieron numerosas quemas en otras universidades del país) instigada por el Ministro de Propaganda de la Alemania nazi Joseph Goebbels. Aquel acto de intransigencia y fanatismo daba una idea bastante inequívoca sobre las intenciones del nacionalsocialismo: se cumplía la máxima de «se empieza quemando libros, y se acaba quemando hombres». En Quemar libros, nos sumergimos en un viaje de 3.000 años a través de la destrucción del conocimiento y la lucha por preservarlo de los biblioclastas de todo color y pelaje.

Así, descubrimos, como señalábamos en la primera parte de este post, que los ataques a las bibliotecas han sido una constante desde la antigüedad, pero que lamentablemente han incrementado su frecuencia e intensidad en la Edad Moderna. Baste recordar la destrucción de la cultura promovida por el ISIS o la destrucción de un millón de libros en Irak tras la segunda invasión norteamericana. El hombre cometiendo una y otra vez los mismos errores del pasado.

Byron

Como evidencia Ovenden en estas apasionadas (y apasionantes) páginas, las bibliotecas son mucho más que almacenes de literatura; al conservar documentos legales como la Carta Magna o registros censales, también defienden la ley y los derechos de los ciudadanos –de ahí que numerosos tiranos y dictadores hayan puesto gran empeño y medios en destruirlas–; el libro se traza un análisis completo, desde lo que realmente sucedió con la Biblioteca de Alejandría (asunto del que nos ocuparemos en el siguiente post) hasta los papeles de la generación Windrush (el denigrante trato a la generación de inmigrantes caribeños que llegaron a Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial), y desde Donald Trump borrando tweets vergonzosos (que normalmente alguién ya había capturado) hasta la compañía editorial inglesa John Murray quemando las memorias de Lord Byron en nombre de la censura.

Richard Ovenden (Source: Wikipedia)

Quemar libros es también la historia de los que defendieron el saber frente a la intolerancia, la de un sorprendente abanicos de arqueólogos autodidactas, aventureros, filántropos, poetas, activistas y bibliotecarios que recorrieron un heroico camino para conservar y rescatar el conocimiento, también en los grandes conflictos bélicos de la historia, con la noble intención de conservar y rescatar el conocimiento y garantizar así la supervivencia de la civilización, que no es nada si no está respaldada en el saber y la tolerancia.

The Times no escatima elogios hacie el libro: «Apasionante e iluminador. Este espléndido libro revela cómo, en el mundo actual de noticias falsas y hechos alternativos, las bibliotecas se mantienen como desafiantes guardianes de la verdad».

He aquí la forma de adquirirlo en papel y en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-quemar-libros/329802

Rodolfo II de Habsburgo: el emperador de las sombras (II)

Introvertido y extravagante, Rodolfo II convirtió la ciudad de Praga en un hervidero de cultura donde se dieron cita científicos, artistas y matemáticos pero también magos, nigromantes, charlatanes y vividores que hicieron de la vieja Bohemia un lugar tan fascinante como lúgubre.

Óscar Herradón ©

Muchos farsantes se codearon con el monarca. Pero su afán de mecenazgo y protección frente a los rigores de la Inquisición hizo que se reunieran en Praga auténticos expertos que escribieron tratados sobre la materia y otros que, según sus biógrafos, llegaron a proveerle de grandes cantidades de oro para pagar a sus ejércitos, algo difícil de creer hoy en día. Pero lo cierto es que durante su reinado se produjo el máximo esplendor del arte alquímico en Chequia. No solo el castillo de Praga fue un centro de reunión de iniciados y sopladores; los aristócratas Guillermo de Rozmberk y Jan Zbynek de Hazmburk también promovieron esta práctica.

En la corte trabajaron importantes alquimistas como Martin Ruland el Joven, entre cuyas obras destacan un tratado sobre la piedra filosofal y una enciclopedia del saber alquímico de la época. A él se atribuye, además, un tratado sobre el infierno. El emperador también tenía a su servicio alquimistas hebreos. El más importante fue el converso Mardochaeus de Delle, quien compiló sus vastos conocimientos en un libro que desapareció siglos después.

Aunque los más destacados, quienes ya gozaban de renombre antes de formar parte del círculo rodolfino, fueron Michael Maier y Michael Sedivoj. Maier llegó a ser conde palatino y secretario privado del emperador y dejó un importantísimo tratado de alquimia, el célebre Atalanta Fugiens. El polaco Michael Sedijov, más conocido como Sendivogius, publicó numerosos trabajos sobre la ciencia sagrada.

Michael Maier

Sopladores, embaucadores, falsos médiums…

Pero entre estos grandes sabios también se mezclaron charlatanes y embaucadores. Es el caso del inglés Edward Kelley, que se aprovechó de las creencias del emperador para enriquecerse. Junto a él estuvo un personaje más respetable y rodeado de misterio, el inglés John Dee, cuyos artilugios mágicos tuve la ocasión de observar de cerca durante una visita al British Museum en 2014, y que volverá a aparecer en «Dentro del Pandemónium». Ambos, supuestamente, vendieron al soberano uno de los libros más misteriosos de todos los tiempos: el Voynich.

A diferencia de este último, Kelley se quedó sirviendo a Rodolfo, obteniendo grandes riquezas. Éste hizo creer al monarca que había logrado la transmutación de los metales, el ansiado oro que iba a traer la bonanza al Imperio. Kelley se convirtió en consejero imperial y en 1588 fue nombrado caballero de Bohemia. Adquirió una serie de casas en Praga, incluyendo una que según la leyenda había ocupado el legendario Fausto: la Faustum Dum. A partir de entonces algunos decían haber visto al nigromante volando a la grupa de Mefistófeles. Confiado por sus riquezas y su poder, Kelley dejó de persuadir al emperador con falso oro e incluso llegó a matar a un noble durante un duelo. Acabó en la cárcel y, mientras intentaba escapar, se fracturó una pierna. La gangrena se apoderó de ella y tuvieron amputársela. Permaneció en prisión hasta que un veneno preparado por su esposa acabó con su vida en 1597.

Rodolfo II hacia 1593, por Lucas van Valckenborch

A diferencia de este último, Kelley se quedó sirviendo a Rodolfo, obteniendo grandes riquezas. Éste hizo creer al monarca que había logrado la transmutación de los metales, el ansiado oro que iba a traer la bonanza al Imperio. Kelley se convirtió en consejero imperial y en 1588 fue nombrado caballero de Bohemia. Adquirió una serie de casas en Praga, incluyendo una que según la leyenda había ocupado el legendario Fausto: la Faustum Dum. A partir de entonces algunos decían haber visto al nigromante volando a la grupa de Mefistófeles. Confiado por sus riquezas y su poder, Kelley dejó de persuadir al emperador con falso oro e incluso llegó a matar a un noble durante un duelo. Acabó en la cárcel y, mientras intentaba escapar, se fracturó una pierna. La gangrena se apoderó de ella y tuvieron amputársela. Kelley permaneció en prisión hasta que un veneno preparado por su esposa acabó con su vida en 1597.

Mecenas de la ciencia y la cultura

Aunque Rodolfo promocionó los estudios ocultistas, algunos eruditos de renombre que sentarían los pilares de la ciencia y la astronomía modernas también tuvieron un lugar en su corte. Uno de los astrónomos patrocinado por Rodolfo fue Tycho Brahe. Éste llegó a Praga en 1599, y se convirtió en el más brillante de los astrónomos pretelescópicos. Descubrió la ecuación anual de la Luna y determinó la desigualdad principal de la órbita lunar con referencia al plano de la elíptica. Gracias a sus conocimientos consiguió convertirse en astrólogo y matemático imperial, obteniendo grandes riquezas y un observatorio. Pero lo que más llamó la atención del emperador fue la capacidad profética de Tycho. Nadie dudaba entonces que predecía el futuro y que era capaz de penetrar en los misterios celestes, además de curar las enfermedades. De hecho, comenzó a venderse un elixir que llevaba su nombre y que, supuestamente, tenía virtudes terapéuticas. Brahe también preparó un brebaje milagroso para Rodolfo que contenía melaza, oro potable y tintura de coral.

El astrónomo y profeta Tycho Brahe
Rodolfo II

El emperador se guió siempre por las predicciones del astrólogo, que fueron normalmente de signo funesto. Brahe predijo que Rodolfo moriría poco después que su león, la mascota imperial, asesinado por un hombre de la Iglesia, lo que provocó un auténtico delirio en el soberano, que siempre se creyó perseguido, y tuvo también consecuencias diplomáticas nefastas, cuando expulsó a los capuchinos de Praga, al creer que tramaban un complot para asesinarlo.

Más relevante aún para la ciencia moderna fue la llegada de Johannes Kepler, quien trabajó con Brahe. Kepler afirmaba que la Tierra giraba alrededor del Sol y que no era el centro del universo, corriendo el peligro de ser quemado por hereje. Tras la muerte de Brahe –que nunca aceptó los postulados de su pupilo, aun sabiendo que eran correctos–, Kepler, nuevo astrónomo y matemático imperial, publicó Astronomia Nova, enunciando las dos primeras leyes que permitirían a Newton proponer el principio de atracción universal.

Un trágico y anunciado final

Al no ocuparse de los asuntos de Estado, la administración central del Imperio quedó paralizada por completo. Como anteriormente hizo su padre Maximiliano, Rodolfo II jamás volvió a recibir a un sacerdote y cogió un auténtico pánico a Dios y a los sacramentos (una de los principales «pruebas», según los nuncios papales, que demostraban que el emperador estaba endemoniado es que éste blasfemaba en numerosas ocasiones y palidecía ante la cruz).

Rodolfo II, por Giuseppe Arcimboldo
Matías

En esta lamentable situación, alimentada por la superchería de los que le rodeaban, pasó el emperador de los alquimistas y mecenas de los sabios sus últimos años de vida. Su hermano Matías, que se aliaba con católicos o protestantes según soplara el viento, logró finalmente su objetivo: movilizó un gran ejército que se situó a la mismas puertas de Praga y consiguió que Rodolfo renunciara a los tronos de Hungría, Bohemia y Moravia. El 11 de noviembre de 1611, Matías le obligó a que firmase su abdicación.

Rodolfo II de Habsburgo, desolado y triste, estaba cada vez más enfermo; sufría de terribles dolores y sus piernas se hincharon tanto que no pudo quitarse las botas durante dos días. Cuando los médicos de cámara decidieron rajárselas, la gangrena ya había hecho acto de presencia. No obstante, siguiendo con su habitual e intransigente comportamiento, se negó a que le vendaran las heridas y rechazó los remedios de los médicos. Solo ingería un elixir preparado por el alquimista Sethon, compuesto de ámbar y bezoar. Sin embargo, ningún elixir pudo burlar al destino y Rodolfo II moriría, destronado y abandonado por todos, el 20 de enero de 1612, a las siete de la mañana, poco después de su león y sus dos águilas imperiales negras, como había profetizado años atrás Tycho Brahe.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Y para una visión global de la estirpe regia a la que pertenecía Rodolfo II, la misma dinastía que trajo a España monarcas del calado de Carlos V o su hijo Felipe II, entre otros, nada mejor que sumergirse en las páginas del voluminoso ensayo Los Habsburgo. Soberanos del Mundo, publicado recientemente por Taurus, la primera historia global de la dinastía que dominó gran parte del planeta durante siglos.

De orígenes modestos, los Habsburgo ganaron el control del Imperio romano en el siglo XV y, en tan solo unas décadas, se expandieron rápidamente hasta abarcar gran parte de Europa, desde Hungría hasta España, y crear un imperio en el que nunca se ponía el sol, de Perú a Filipinas, bajo el cetro de Carlos V y después de su hijo Felipe II. Precisamente el autor, Martyn Rady, catedrático de Historia de Europa Central en la Escuela de Estudios Eslavos y de Europa del Este (SSEES), concede una importancia especial a la rama española de los Austrias, la más poderosa y la más decisiva de la historia moderna. En un relato de pulso envidiable, narra con magistral claridad la construcción y la pérdida de su mundo, un mundo que duró novecientos años, tiempo durante el cual los Habsburgo dominaron Europa Central hasta la Primera Guerra Mundial.

Precisamente, uno de los detonantes de la Gran Guerra fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro. Un magnicidio de cariz política que ya se había cebado con otro miembro de la dinastía, la emperatriz Sisí (Isabel de Baviera), asesinada por un anarquista el 10 de septiembre de 1898. Pero el libro recoge infinidad de nombres (en función de su importancia historiográfica, por supuesto).

Entre los numerosos personajes que conforman la historia de los Habsburgo, nada menos que 900 años, hubo de todo: personajes extravagantes y variados, desde guerreros a contemplativos, unos de viva inteligencia, otros con poca perspicacia, unos valientes, otros tendentes a la traición, pero a todos les impulsó el mismo sentido de misión familiar, como le sucedía al protagonista de este post, Rodolfo II.

Con su masa aparentemente desorganizada de territorios, su maraña de leyes y su mezcolanza de idiomas, el Sacro Imperio Romano-Germánico suele parecer caótico e incompleto. Pero gracias a la labor de Rady, con una ingente cantidad de información y un trabajo de documentación y análisis de las fuentes ciclópeo, descubrimos el secreto de la perseverancia de este largo linaje: sus miembros estaban convencidos de su predestinación para gobernar el mundo como defensores de la Iglesia católica (aunque algunos, como el propio Rodolfo II, fuesen excomulgados, y otros, como Carlos V, enviase sus tropas contra la Santa Sede, el célebre Sacco di Roma); garantes de la paz (pese a las numerosas guerras que libraron), y mecenas de la ciencia y la cultura, algo en lo que coincidieron todos, contribuyendo, en tiempos de Felipe II, al esplendor del Renacimiento, y siglos después, a la expansión de otras corrientes de pensamiento aun a pesar de ser una institución del Ancien Régime

El libro de Martyn Rady es el ensayo más ambicioso –y completo– dedicado a esta dinastía hasta la fecha. Un texto que ha recibido todo tipo de elogios y del que el crítico Alan Sked, del Times Literary Supplement, ha dicho: «Probablemente el mejor libro jamás escrito sobre los Habsburgo en cualquier idioma». Se puede adquirir en la web de Taurus (Penguin Random House) en papel y en versión digital:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38916-los-habsburgo-9788430623334