Demonios del Siglo de Oro (parte II)

25 10 2020

Las crónicas españolas de los siglos XVI y XVII están llenas de extraños sucesos que las gentes de entonces, profundamente supersticiosas, creían de índole sobrenatural. En una sociedad fuertemente jerarquizada y de religiosidad desbordante, el contraste entre el bien y el mal era muy marcado, y el temor a las fuerzas de la oscuridad casi una obsesión.

Fue muy habitual durante el Siglo de Oro que en la clausura de los conventos no pocas religiosas –muchas de ellas obligadas a tomar los hábitos por imposición familiar– dijeran experimentar éxtasis, bilocaciones e incluso mostrar los estigmas de la Pasión de Cristo. Como señalan muchos de los expertos sobre aquel siglo y la mayoría de los antropólogos, era, quizá, una forma de romper con la represión en todos los ámbitos –y principalmente en el sexual– que se vivía dentro del claustro, muchas de las veces entre ayunos, oraciones constantes e incluso mortificación de la carne.

Sor María de Ágreda

Muchos de aquellos casos fueron fingidos por las propias monjas y beatas, que acabaría condenando la inquisición, pero existieron algunos aislados que realmente causaron un gran revuelo, siendo considerados como «milagrosos». Baste recordar el ejemplo de Santa Teresa de Jesús durante el reinado de Felipe II, con sus levitaciones y éxtasis, o el famoso caso de supuesta bilocación de Sor María de Jesús, abadesa de la Concepción descalza de Ágreda, la llamada «Dama Azul», quien se convertiría en consejera del mismísimo rey, Felipe IV, incluso en asuntos de Estado, hacia el final de su reinado, y cuyos «desdoblamientos» son todavía motivo de fuerte controversia.

De bilocaciones, estigmas y prodigios varios 

Felipe IV subió al trono el 31 de mayo de 1621, e inmediatamente ordenó al Inquisidor General, Aliaga, que abandonase sus funciones, nombrando para el cargo a don Andrés Pacheco, arzobispo y consejero de Estado. Para celebrar el nombramiento del nuevo rey, la Suprema organizó un auto de fe que alcanzó gran celebridad en los mentideros de la Villa y Corte por el escarnio público a María de la Concepción, una beata que presumía de santa –a pesar de que los documentos de la época la tachan de «lujuriosa y desenfrenada» con sus confesores y otros eclesiásticos– que decía fingir éxtasis y experimentar revelaciones proféticas.

Felipe IV de Austria

Durante el proceso que abrió contra ella el Santo Oficio  fue acusada de haber hecho «pacto expreso con el diablo» y seguido los dictámenes de diversas sectas y herejías, cometiendo «los errores de Arrio, Nestorio, Elvidio, Mahoma y Calvino», además de los preceptos de materialistas y ateístas.

Fue condenada a doscientos azotes y a cárcel de por vida, después de celebrarse su auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid, remodelada por Felipe III y enclave por antonomasia de ajusticiamientos y autos de fe, amén de corridas de toros y festejos populares. Compareció con sambenito completo; la coroza sobre la cabeza y la mordaza en la boca, siendo abucheada e injuriada por el populacho.

No solo el don de la bilocación, la visión profética o la levitación eran atribuidas a beatas y religiosas de toda índole. Uno de los aspectos más célebres de su supuesta taumaturgia era el don de la sanación, don que se atribuyó durante siglos también a los reyes.

Uno de los procesos que más polvareda levantó en el Siglo de Oro fue el de la Madre Luisa de la Ascensión, conocida popularmente como la «monja de Carrión». En Carrión de los Condes la susodicha había fundado una hermandad de devotos que defendían la concepción inmaculada de la Virgen, y en 1625 había alcanzado tal éxito que sus congregantes sumaban 40.000 –entre ellos se encontraba el mismo rey, Felipe IV, sus hermanos, una de las infantas y cinco cardenales– y unos 150 conventos. A la religiosa se le atribuían facultades milagrosas y en Valladolid era considerada santa.

Al parecer, mostraba en sus manos las llagas de la Pasión de Cristo y «sostenía coloquios frecuentes con Dios y con la Virgen» Se le atribuían incontables privilegios celestiales –recogidos en tres libros manuscritos aparecidos entonces–, entre otros «Que la primera leche que mamó se la dio la Virgen» o que «libraba muchas almas del Infierno, salvando a veces 30 de un solo golpe». Además, se afirmaba que Cristo le había dado una manzana del Paraíso «por la cual sería inmortal hasta el Día del Juicio, cuando ella fuese acompañando a Enoch y a Elías en su guerra con el Antecristo (…)».

Por supuesto, no tardó el Santo Oficio en investigarla y en considerar heréticas tales afirmaciones, por lo que se inició un proceso contra ella que duró catorce años, tiempo durante el cual fue recluida en el convento de las Agustinas Recoletas de Valladolid, donde falleció el 28 de octubre de 1636.

Fueron también célebres durante el reinado de Felipe IV algunos procesos por brujería. En 1625 se procedió contra Isabel Jimena, que tenía fama de bruja en la villa y corte. Durante el juicio declaró que «tres gatos negros entraban de noche en su cuarto bailando, y le quitaban las chinelas. Un día amaneció acardenalada».

En 1645, también en Madrid, se acusó a cuatro prostitutas de brujas; de haber entrado en la casa de una familia honrada una noche de invierno para atacar a un niño; por la mañana, según describe Cirac?, cuando los padres despertaron sudando y acongojados tras un sueño largo y profundo, hallaron al pequeño muerto, «con los muslos acardenalados, vacías y negras de sangre sus partes, y tan consumido todo, que parecía chupado de brujas, y apretado con la boca, como es notorio que las brujas matan y hieren, según el testimonio de dos cirujanos».

En una carta de 1619 se señala que sólo en Cataluña tribunales civiles ahorcaron, en dos o tres años, a más de trescientas personas acusadas de brujería. España no fue sin embargo el país en el que se llevó a cabo una caza más encarnizada de las brujas –peor suerte corrieron judíos, moriscos y protestantes–, pues en países como Francia, bajo el reinado de Enrique IV, un tribunal civil hizo quemar a 100 brujas en apenas cuatro meses. Y en Alemania se llevó a la hoguera a 100.000 personas por esta causa.

Demonios, posesas y seres imposibles

En tiempos de superstición, fe exaltada y carencias de todo tipo no es extraño que el maligno hiciese a menudo de las suyas. Eran habituales los procesos en los que se afirmaba la realidad de un pacto demoníaco o se acusaba al reo de conjurar los malos espíritus para provocar el daño ajeno, tener “demonios familiares” o pertenecer a una secta satánica o brujeril.

Se escribieron múltiples tratados y compendios sobre la figura del demonio y la forma de combatirlo, adiestrando a los exorcistas cual soldados de Dios contra las fuerzas infernales. En 1631, diez años después de subir al trono Felipe IV, el doctor Gaspar Navarro, canónigo de Montearagón, publicó un pintoresco y no poco extravagante compendio de supersticiones demoníacas que entonces eran consideradas por muchos de sentido común, en un libro titulado Tribunal de superstición ladina. En él, dividido en 37 capítulos, sus tesis demoníacas, llamadas «Disputas», donde pretendía ridiculizar muchas de aquellas creencias, tenían títulos tan sugerentes como «Del saber que tiene el Demonio para revelar a los adivinos»; «Si puede el demonio conservar un cuerpo vivo sin comer, y de algunas cosas que hacen en los cuerpos muertos de sus amigos los magos, que parecen milagrosas y no lo son, como son hablar y conservarlos sin corrupción alguna»; «Apariciones así de demonios como de almas»; «De los raptos de los hechiceros que vulgarmente llaman arrobos. Y del maleficio que usa el Demonio con las brujas para sufrir los tormentos». Muy sugerente, y ciertamente escéptico en tiempos donde empezaba a decaer la brujomanía en el Viejo Continente, no así en el Nuevo, donde aún faltaban varias décadas para que se celebraran los celebérrimos e ignominiosos Juicios de Salem.

Al maligno y a los que trataban con él se les atribuía la capacidad de provocar tempestades, causar enfermedades, mudar a hombres en animales… El demonio estaba presente en todos los actos de la vida cotidiana del Siglo de Oro. Visible o invisible, juguetón o pendenciero, pero siempre malicioso, para los españoles del XVII su presencia servía para explicar todos los misterios de cualquier índole, principalmente aquellos más morbosos y tétricos. El contagio de las creencias diabólicas alcanzaba a eruditos y teólogos reputados, como el citado Gaspar Navarro, que no creía en todo, pero sí en mucho. Más atrevido fue el doctor Juan Rodríguez, capellán del convento madrileño de la Encarnación Benita, quien llegó a declarar que era lícito tratar al Demonio; mientras, fray Antonio Pérez escribió diversos libros aprobando las consultas con el espíritu del mal, según recogió a finales del siglo XVIII Juan Antonio Llorente en la monumental obra Historia de la Inquisición Española.

Fue célebre durante los siglos XVI y XVII el llamado «Diablo cojuelo», que no sólo dio nombre a una obra de Luis Vélez de Guevara, sino que éste lo tomó como protagonista precisamente porque en aquel tiempo era invocado habitualmente por hechiceras y celestinas, que recurrían a sus «malas artes» para realizar conjuros y filtros amatorios. En 1633 el Tribunal de la Inquisición de Toledo procesó a una mujer llamada Antonia Mexía que declaró que otra acusada, de nombre Beatriz, «habrá seis años que dijo a ésta que tomase un pedernal y le pusiese la mano encima y dijese: Estos cinco dedos pongo en este muro;/cinco demonios conjuro:/a Barrabás, a Satanás/a Lucifer, a Belcebú/al Diablo Cojuelo, /que es buen mensajero,/que me traigan a Fulano luego/ a mi querer y a mi mandar».

Cojuelo, a pesar de tener una pierna algo dañada, era «diablo bullidor y zaragatero, aficionado a bailes y holgorios y a meter en danza a los mortales, haciéndoles ganar el infierno alegremente», según recoge un manuscrito de la época.

Eran comunes en el Siglo de Oro las apariciones demoníacas, o así al menos se deduce de los testimonios recogidos en Avisos y Noticias contemporáneas. Pellicer cuenta un caso que tuvo lugar en 1641, según el cual un hortelano del monasterio de doña María de Aragón, «habiendo hecho voto de castidad, trató de casarse sin obtener dispensación. Y tres días antes de efectuarlo, una noche, 13 de abril, estando acostado con estos pensamientos, vio un demonio que le sacó de la cama y le arrastró grande rato por su aposento, dándole golpes como suyos».

Por su parte, Jerónimo de Barrionuevo refiere que «Un fraile descalzo franciscano, en Granada, que le tenían por santo, le hallaron, según se dice, ahorcado, y oyeron decir en el aire a voces: ‘¡Quítenle el hábito, que nos queremos llevar el cuerpo al infierno, ya que tenemos allí el alma!’, y que lo hicieron así».

El hechizo de Felipe IV

El caso más célebre de hechizamiento regio en el siglo XVII sería el del malogrado Carlos II, que precisamente ha pasado a la historia como «el Hechizado». Sin embargo, parece ser que su padre, Felipe IV, también fue hechizado. Así al menos intentaba explicar el vulgo los veintidós años de privanza que ejercía el conde duque de Olivares sobre el rey.

El Conde-duque de Olivares, por Velázquez

Se acusó al valido de tener haber tenido durante su juventud relación con algunos hechiceros de Sevilla y que ya como primer ministro «leía el Corán», por lo que le delató al Santo Oficio el cardenal Monti.

Fue acusado también –al menos en panfletos y crónicas– de introducir como médico de cámara de la reina al mago don Andrés de León, que «maleficó diez camisas, perfumándolas con polvos muy finos, rojos o cenicientos –dependiendo de la versión consultada–». Además, se le relacionaba con el nigromante Miguel Cervellón, acusado con pacto con el diablo y con una mujer de nombre Leonor que vivía en la calle Barquillo y a la que acusaron dos vecinas de haberles confesado poseer «hechizos sin peligro, probados en la persona del Rey por el Conde-duque, y fabricados por una amiga suya, llamada María Álvarez».

Aunque algunos miembros de la Administración que tuvieron conocimiento del caso intentaron abrir diligencias, el Conde-duque parece que tomó represalias, por lo que el caso quedó en agua de borrajas. No obstante, en los últimos años del reinado de Felipe IV, ya muerto el valido, los rumores de un encantamiento volvieron a resurgir con mayor fuerza y hacia finales de 1661 corrió por los mentideros el rumor del hallazgo de extraños objetos que estaban destinados a hechizar al rey y al valido don Luis de Haro, sobrino de Olivares, recientemente fallecido. Pero sería en 1665 cuando el rumor corrió como la pólvora en las esferas cortesanas y el Inquisidor General, P. González, y el confesor del rey, P. Juan Martínez, después de examinar una bolsita de reliquias y amuletos que el soberano llevaba consigo, hallaron «un libro antiguo, negro, de magia, y ciertas estampas con el retrato del Rey, traspasadas por alfileres. Todo esto fue solemnemente quemado, después de una ceremonia de exorcismos, por el Inquisidor General en la capilla de Atocha».

Nuestra Sra. de Atocha

En la imaginación popular se daban cita demonios, duendes, magos, brujas, nigromantes… personajes y bestias que convivían con las gentes y protagonizaban obras de teatro, novelas y coplillas. Quizá eran el reflejo del sentimiento del pueblo, un pueblo hambriento y desamparado, olvidado por sus gobernantes, que recurría al demonio para explicar los desastres de un imperio gigantesco que se venía abajo por su propio peso. El Siglo de Oro de las letras españolas, de bronce o más bien de hojalata para las miles de personas que intentaban ganarse la vida y pululaban por las calles de las grandes ciudades, debería llamarse, tal vez, el siglo del Maligno. Casi una herejía.

Energúmenas fingidas

No fueron menos los episodios de falsos posesos que recogieron crónicas, avisos e incluso obras literarias –el mismo Quevedo, cronista irreverente del Madrid barroco, hizo alusión directa al tema en La endemoniada fingida–. En la Relación de la endemoniada fingida –que forma parte de la correspondencia entre varios Padres de la Compañía de Jesús–, una carta fechada en Valladolid el 27 de enero de 1635, se habla acerca de una embaucadora que ideó que estaba endemoniada por falta de recursos, quizá porque una de las cosas que solían exigir los «demonios» era que les diesen limosnas para salir del cuerpo del poseso –muy ingeniosos ellos–.

Un sacerdote con diez años de experiencia en materia de «expulsar espíritus» la conjuró en una iglesia de monjas armado de una cruz, un Evangelio y agua bendita, instando a que las «cuarenta y dos legiones» que decía la energúmena tener en el cuerpo, se bajasen todos «a la uña del dedo pulgar del pie izquierdo, adonde por cuatro meses la dejasen comer, beber… sin que la hagan ningún daño, y que mientras él los ligaba la derribasen en el suelo con mucha honestidad». Tras darle muchas limosnas durante varios días, procedieron a exorcizarla de nuevo en otra iglesia,  donde se reunieron más de 200 personas. Al parecer todos sudaban la gota gorda porque habían entrado en el cuerpo de la mujer «tres demonios para ayudar a Belcebú (que hablaba por su boca)». Finalmente, acabó por confesar su engaño.

En Toledo se dio también el caso de un cura que fue llamado para exorcizar a una joven que «decían estar endemoniada, y no había sanado por más exorcismos que le había dicho un religioso». En la sacristía el párroco descubrió pronto que era una farsante y ordenó que le diesen dos docenas de azotes. Aunque empezó negando su culpa, el tormento provocó que finalmente confesara, afirmando que decía tener el demonio en el cuerpo «por miedo de que no la castigasen por cierto mal recaudo que había hecho con un mancebo».





Los demonios del Siglo de Oro (parte I)

23 10 2020

Las crónicas españolas de los siglos XVI y XVII están llenas de extraños sucesos que las gentes de entonces, profundamente supersticiosas, creían de índole sobrenatural. En una sociedad fuertemente jerarquizada y de religiosidad desbordante, el contraste entre el bien y el mal era muy marcado, y el temor a las fuerzas de la oscuridad casi una obsesión.

Óscar Herradón ©

Fue el tiempo de novicias que decían sufrir arrobos y éxtasis, monjas posesas y también el de condenas por brujería y hechicería. Dichos casos se recogían en textos y manuscritos que todavía se pueden ojear en viejas bibliotecas. Hechos sumamente curiosos que advierten que las crónicas del misterio son tan antiguas, casi como la misma escritura…

La superstición y la magia estaban muy arraigadas en la mente del español de los siglos XVI y XVII. En la Península a las supersticiones de los pueblos primitivos, romanas y godas, se unieron las de los judíos y los moriscos, además de las milenarias del pueblo gitano. Toda una caterva de prácticas heterodoxas lograron fundirse con el dogma católico, generando un sincretismo religioso, una «nueva religión» que podríamos considerar paralela entre el pueblo, que seguía manteniéndola viva a pesar de la condena de la Iglesia.

En el siglo XVI se intensificaron las creencias de índole mágico-supersticiosa, que parecían haber sucumbido a finales del Medievo. A tal punto llegaba la pasión por lo heterodoxo que en marzo de 1582 el Inquisidor de Valladolid descubrió en la Universidad de la ciudad castellana profesores que enseñaban magia, doctrina que ordenaban los Estatutos del centro, donde se hallaban además libros autorizados sobre la materia. Un año después se prohibieron aquellos estudios pero se permitió el trazado de horóscopos, práctica tan en boga entonces que los grandes mandatarios y reyes del Renacimiento, como Felipe II, Catalina de Médicis o Isabel I de Inglaterra, se guiaron por los consejos de adivinos, magos y astrólogos.

Crónica «oculta» del Rey Pasmado

Pero sería el siglo XVII, el del barroco por antonomasia, aquella España que veía el comienzo de su declive hegemónico bajo el cetro del cuarto Felipe, cuando la superstición alcanzaría un grado tal de inserción en la sociedad  que en todos los estratos sociales, desde el hombre más humilde al noble más laureado –salvo excepciones, que las hubo–, creía en la intervención de lo sobrenatural en sucesos de diversa índole e incluso en el devenir de la vida cotidiana.

El piadoso (pero promiscuo) Felipe IV, por Velázquez.

Para el historiador español José Deleito y Piñuela, autor del inolvidable ensayo La vida religiosa española bajo el cuarto Felipe. Santos y pecadores (Espasa-Calpe, 1963), este aumento desaforado de la superstición se erigió como caricatura «del ardiente misticismo y de la fiebre teológica que devoraron las almas en el siglo XVI». La España de los Austrias sufrió grandes crisis de ideales y una relajación moral y en las costumbres propicias para desarrollar creencias supersticiosas, prácticas que alcanzaron a todos los campos de la España de entonces: el pensamiento, las artes y las mismas costumbres.

Juan José de Austria

Hechiceros, brujas, nigromantes y adivinos estaban a la orden del día y gentes de rancio abolengo creían a pies juntillas en sortilegios y agüeros, acudiendo a que les adivinasen el porvenir o a pedir ayuda para todo tipo de problemas: mal de amores, envidias, obtener éxito y dinero, encontrar un tesoro perdido…  Juan José de Austria, el hijo bastardo que Felipe IV tuvo con la comedianta María Calderón, era un apasionado de la astrología y un asiduo de los salones de adivinación. Esta ciencia alcanzó tanta notoriedad que incluso algunos nobles se permitieron el lujo de tener astrólogo propio que elaborase su horóscopo personal. Se creía en el influjo de los astros sobre los hombres, los cuales nacían con buena o mala estrella, dependiendo del signo zodiacal que les influyese; existían días fastos, favorables para todo, y nefastos, que eran adversos para aventurarse a realizar cualquier cosa.

Durante los siglos XV y XVI gozó de una gran popularidad la llamada astrología judiciaria, aquella aplicada a los pronósticos y que trataba de predecir acontecimientos futuros por medio de la posición e influencia de los cuerpos celestes. La astrología llegó a ser recomendada por las Cortes como un necesario complemento de la Medicina y se crearon cátedras de la misma en ciudades como Valencia. Pedro Ciruelo, teólogo autor del texto Reprobación de las supersticiones y hechicerías (Alcalá de Henares, 1530), llegó a decir que «la astrología es ciencia verdadera, como la Filosofía Natural o la Medicina», a pesar de condenar muchas prácticas supersticiosas y creencias sobrenaturales en su obra.

No obstante, en 1585 el papa Sixto V prohibió su práctica a través de la bula Coeli et Terrae y desde el año 1612 los astrólogos fueron castigados con pena de destierro y galeras, además de abjurar de sus creencias. Si muchos, como el mismo Felipe II y sus sucesores, admiraban esta ciencia y creían en ella a pies juntillas, autores como Calderón de la Barca la condenaron abiertamente, en obras como El astrólogo fingido.

Además de los vaticinios de tipo astrológicos, existían formas de adivinación tan extrañas y sugerentes como la spatulomancia o «adivinación por los huesos de la espalda»; la kefalenomanteia, «a través de la cabeza asada de un asno o un carnero», o la onuxomanteia o «adivinación por las uñas manchadas de aceite»; además de las habituales a través de naipes o cartas, lectura de las manos (chiromancia y ahora quiromancia), por los posos del café…

Astrología, sortilegios y agüeros

Era habitual que en los escritos de la época reseñaran prodigios y sucesos de índole sobrenatural cuya veracidad, en una época donde imperaba la superstición, nadie ponía en duda. En los Avisos de Pellicer y Barrionuevo o en los textos de la escritora francesa Madame d’Aulnoy –que señala no creer en las supercherías de los españoles– se recogen no pocas situaciones sin aparente explicación racional. La escritora gala apunta que cuando llegó a la ciudad de Toledo, cuna de las tres religiones y enclave mágico por excelencia, los lugareños le aseguraron que de un nicho situado en el coro de la catedral brotó una fuente de agua que manó durante varios días seguidos; aquél prodigio ocurrió al parecer en tiempos medievales, cuando el moro sitiaba la ciudad y los cristianos andaban escasos del preciado líquido.

En el mismo recinto sacro la francesa vio un pilar protegido por una verja donde la tradición señalaba que la Virgen se había aparecido a San Ildefonso. Asimismo, le contaron que varios lagos que salpicaban la geografía española exhalaban ciertos vapores que desataban tempestades y albergaban en sus profundidades peces monstruosos; que existían conjuradores de la langosta –especie de hechiceros que conseguían extirpar las plagas mediante conjuros y ritos mágicos– y que los nacidos en Viernes Santo eran capaces, cuando pasaban ante un camposanto en el que había personas asesinadas o por el lugar de un crimen, de ver al malogrado difunto ensangrentado cual aparición espectral.

No eran pocas las historias tomadas como ciertas acerca de sucesos sobrenaturales que tenían como escenario conventos y catedrales. En el convento de monjas de Santa Clara, sito en Valladolid, descansaba en una lúgubre tumba un antiguo caballero castellano que, al decir de las religiosas, siempre sollozaba cuando se moría alguno de sus parientes. El barroco fue tiempo de arrobamientos, éxtasis y visiones demoníacas. En las Noticias de la época se hallan episodios de este tipo de forma abundante, como el que apuntaba que en la Iglesia madrileña de San Ginés un fraile descalzo de la Orden de los franciscanos «se arrebató en éxtasis, en el cual, desde la mitad de la iglesia fue hasta el altar por el aire, y en él estuvo un cuarto de hora mirando el Santísimo Sacramento a vista de gran pueblo, que le hizo pedazos el hábito (…)».

Por la misma época, en un convento de agustinos que se hallaba en la ciudad de Burgos, se veneraba en una capillita a un Cristo que según declaraban los religiosos, que se turnaban para custodiarlo, sudaba todos los viernes. La talla era adorada por personaje de alto rango y por el pueblo llano y sus custodios se las vieron y se las desearon para protegerlo, pues al menos dos veces fue robado por los monjes de otro convento; aunque al parecer volvió por su propio pie a su ubicación original…

José Pellicer, cronista de la Villa y Corte

José Pellicer de Ossau Salas y Tovar, en sus célebres Avisos Históricos, escribía el 8 de septiembre de 1643 que «en Madrid una imagen de pincel en tabla, de Nuestra Señora del Populo de Roma, estando en una casa particular una criada gallega, empezó a cantar en su alabanza y a bailar, y vio que Nuestra Señora movía los dedos de las manos. Dio voces, espantada, y llamó a gente que lo vio también. Concurrió mucho pueblo y el señor Nuncio, y se trujo la imagen a las Descalzas Reales, donde la pusieron en su oratorio adentro». Nadie dudaba, aunque fuera un escritor de renombre, de la intercesión de fuerzas sobrenaturales en el devenir del día a día.

(Continuará en un próximo post… aún más extraño).





Carlos II de Austria, conspiraciones y hechizos

12 10 2020

Carlos II de Austria fue el último de una estirpe grandiosa y a su vez endogámica que rigió los designios del imperio español en su máximo esplendor. Desde que Carlos I llegó al trono, instaurando la dinastía en la Península, España se convirtió en el país más poderoso de su tiempo. Sin embargo, con los llamados «Austrias Menores», Felipe III, Felipe IV y el segundo Carlos, aquel gigante con pies de barro no hizo sino hundirse cada vez más por su propio peso y sus contradicciones.

Óscar Herradón ©

Carlos II de Austria, de evidente belleza.

Luchas por el poder, conjuras y una mala administración de un gigantesco  convirtieron la corte en un lugar complejo, lleno de intereses creados y en el que la magia y la superstición, confundidas con la religiosidad cristiana, cobraron una inusitada fuerza, hasta incluso decidir los designios de la corona.

Desde su infancia Carlos, el último hijo varón de Felipe IV, al que las malas lenguas afirmaban que era fruto «de su última cópula», fue un niño enfermizo y maltrecho, con graves problemas físicos y probablemente mentales fruto de siglos de política endogámica del que se esperaba que no superase la infancia. Contra todo pronóstico lo hizo, y dedicó todas sus fuerzas al ansiado sueño de engendrar un hijo varón que diese continuidad a una dinastía considerada divina.

A pesar de los numerosos brebajes que le administraron todo tipo de médicos –y charlatanes–, galenos y otros que no lo eran, de incluso financiar a alquimistas para que encontrasen un elixir vitae con el que recuperar su delicada salud, y a las numerosas reliquias de las que se rodeó durante toda su vida, el monarca mostraba cada vez signos de mayor debilidad.

Nada más cumplir la mayoría de edad, y ante la extraña actitud que mostraba, su confesor, fray Tomás Carbonell, inquieto, preguntó al monarca si éste se encontraba hechizado, a lo que el rey respondió, según señala el duque de Maura, que lo desconocía. Por aquél entonces planeó por la mente del religioso la idea de someterlo a una sesión de exorcismos, aunque poco después se desechó la idea y el asunto quedó en el olvido. Sin embargo, ya casado por segunda vez –su primera esposa, María Luisa de Orleans, había fallecido prematuramente y se unió a Mariana de Neoburgo–, y ante la evidente incapacidad de Carlos para engendrar un vástago, volvió a surgir el rumor, esta vez con mucha más fuerza, de que había sido hechizado.

María Luisa de Orleans, toda una hermosa princesa.

Los rumores de un posible hechizamiento despertaron por segunda vez cuando Carlos, tras nueve años de matrimonio con María Luisa de Orleáns, no conseguía dar un heredero a la corona; rumores que se incrementaron tras las confidencias de la propia reina, que afirmaba que Carlos no era impotente y, según los galenos de la época, la reina tampoco lo era ni estaba «defectuosamente formada», según el característico lenguaje de aquella época.

Solo podía por tanto atribuirse la esterilidad a una causa ajena a la pareja, a un maleficio que, según las malas lenguas, había sido propiciado por la condesa de Soissons, una agente del rey francés Luis XIV residente en la corte madrileña. Otros afirmaban que tal hechizo había sido obra del emperador Leopoldo –por lo que la trama adquiría de nuevo un evidente carácter político–, quien había mandado administrar un bebedizo esterilizante al monarca; mientras que también fueron sospechosas las criadas francesas de María Luisa de Orleáns, quienes, según la opinión de algunos cortesanos, administraban a la reina filtros y píldoras con efectos abortivos por orden de la misma Corona francesa.

El sastre de la reina

En 1695 y ya fallecida su primera esposa, el tema de los supuestos hechizos volvió a ser la comidilla de la corte cuando el sastre de la reina Mariana de Neoburgo fue procesado como presunto culpable de haber hechizado a los soberanos. En una manga de uno de los trajes que el desdichado hombre había confeccionado para la reina, se hallaron unas bolitas de plomo que servían para que, con el peso, diesen forma adecuada al vestido; sin embargo, y debido a la psicosis que se vivía en palacio, se creyó que dichas bolitas no eran sino amuletos con poderes maléficos que domeñaban la voluntad de la reina. Finalmente el sastre hubo de ser absuelto cuando se demostró la verdadera intencionalidad del plomo, aunque debió de pasar un auténtico infierno durante los tres días que permaneció en los húmedos y tenebrosos calabozos inquisitoriales.

Ante la falta de descendencia con su segunda esposa, el asunto de los hechizos cobraba cada vez más fuerza en palacio. Carlos II no era ajeno a los rumores de un hechizamiento y el hecho de que ni siquiera su segunda esposa, descendiente de un linaje notablemente fecundo, pudiese darle hijos, provocó que el débil soberano considerase la influencia de lo sobrenatural como una causa de gran peso. En medio de tal ambiente de crispación cualquier hecho susceptible de ser interpretado como posible acto de brujería o encantamiento, era considerado como muy relevante. Pronto el extravagante asunto salpicó también a la reina, de la que se decía que había sido también objeto de encantamiento.

A principios de 1698, en las postrimerías del reinado y en plena crispación política por la eterna cuestión de la sucesión, Carlos II sometió el tema de un posible hechizamiento de su persona al inquisidor general, fray Tomás de Rocaberti. Éste planteó la cuestión al Consejo de la Inquisición y, aunque sus miembros se mostraron reticentes a abrir un proceso, Rocaberti contó con el apoyo del confesor real, fray Froilán Díaz, quien también estaba convencido de la influencia del «maligno» sobre el monarca.

Díaz y Rocaberti decidieron pues pasar a la acción, aún sin el beneplácito de la Suprema. El confesor conocía a un afamado exorcista que actuaba en Asturias y que se creía un elegido de Dios para realizar la misión de «extraer demonios» del cuerpo de los inocentes, llamado fray Antonio Álvarez de Argüelles, perteneciente a la Orden de los dominicos y vicario de la iglesia de Cangas de Tineo. Allí al parecer había realizado con éxito varios exorcismos a un grupo de monjas del convento de agustinas recoletas de dicha localidad que, al igual que en el caso de las religiosas de San Plácido, se creían encontrar bajo posesión diabólica.

Fray Froilán Díaz escribió al citado fray Antonio una carta en la que le solicitaba que preguntase a las posesas si el rey y la reina habían sido objeto de un maleficio. No tardó el exorcista asturiano en realizar el ritual solicitado desde la corte y en responder afirmativamente a sus sospechas:

«El rey se halla, en efecto, doblemente ligado por obra maléfica, para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud y los riñones, para corromperle e impedirle la generación. Los efectos del bebedizo se renuevan por lunas y son mayores durante las nuevas».

Como señala el Duque de Maura en una magnífica monografía –aunque evidentemente nada actualizada– sobre el soberano, se le recomendaron entonces una serie de remedios –al parecer también dictados por los demonios– con los que poder contrarrestar el hechizo, a saber, darle un cuartillo de aceite bendito en ayunas, ungir a su vez el cuerpo y la cabeza con dicho aceite, que realizase paseos frecuentes y se le purgase según lo marcado por los rituales de exorcismo con bendiciones y oraciones, además de separarle de la reina. Aquellas recomendaciones, solo realizadas en parte, no hicieron sino minar aún más la escasa salud del soberano en sus últimos años de vida.

En nuevas sesiones exorcísticas, Argüelles, a través de las religiosas supuestamente endemoniadas, obtuvo más información sobre los hechizos. Al parecer, el bebedizo antes citado se le había suministrado a Carlos II cuando aún vivía el conspirativo don Juan (José) de Austria por una mujer, con el fin de reinar. Según afirmaron los «demonios», la muerte del ambicioso bastardo fue también producto de maleficios, «pero más fuertes, pues le acabaron tan presto».

El asunto se complica

Las cosas comenzaron, sin embargo, a complicarse, cuando el «demonio» que tenía sometido al soberano parece que quería implicar a una serie de personas concretas en esta trama. El entrometido ente maligno parece que se preocupaba en demasía por los asuntos de Estado.

Éste ofrecía información cada vez más detallada sobre el asunto de los hechizos: el 24 de septiembre de 1694 el rey había sido nuevamente hechizado a través de su comida, que había sido mezclada con restos de un cadáver. El asunto se complicó aún más cuando en septiembre de 1699, con el monarca ya moribundo, llegaron a palacio tres mujeres supuestamente endemoniadas que afirmaban dominar la voluntad del rey. Durante el exorcismo al que fueron sometidas el demonio afirmó tajante que habían sido las personas cercanas a la primera esposa de Carlos, María Luisa de Orleans, las causantes del hechizo del monarca.

En algunas ocasiones el demonio, experto en política, se contradecía, llegando a hacer afirmaciones peligrosas, hasta el punto de que también Mariana de Austria, madre del rey, fue «salpicada» por sus declaraciones: al parecer, el hechizo de 1675 había sido suministrado por Fernando de Valenzuela –más conocido como «el duende de Palacio»–, siguiendo órdenes de doña Mariana. Según pudieron extraer en claro los exorcistas de las declaraciones de las posesas, el filtro fue preparado por una bruja de nombre Casilda por encargo del mismo valido. Para preparar dicho filtro la «bruja» se valió, según recoge el historiador José Calvo Poyato, autor de otra documentada biografía de Carlos II, del cadáver de un ajusticiado que ella misma sacó de la Casa de Misericordia tras la ejecución.

Fernando de Valenzuela.

El segundo encantamiento del rey tuvo lugar el 24 de septiembre de 1694, y había sido administrado por «uno que tiene gana y deseo de que venga a España la Flor de Lis y que en lo exterior hace muchas fiestas y cariños al Rey, pero en lo interior lo tiene como el último apóstol». El asunto era demasiado turbio y ponía en una delicada situación a los promotores de la práctica exorcística, pues las respuestas del «ente maligno» eran muy graves para que fueran pasadas por alto. Por aquel entonces, para complicar aún más el asunto, falleció Rocaberti, que fue sustituido por el cardenal de Córdoba, quien también se mostró interesado en los exorcismos.

Entonces sufrieron un giro los acontecimientos cuando, tras la muerte del inquisidor general, Argüelles vio como se alejaban sus pretensiones: la posibilidad de lograr una mitra episcopal tras los servicios prestados a Su Majestad. El «demonio» entonces comenzó a ser evasivo en las respuestas y llegó a afirmar incluso que el rey gozaba ya de buena salud y que únicamente necesitaba un nuevo médico para curarse por completo, que le cambiasen los colchones y que realizara un viaje fuera de los «malos aires» de la capital.

Quizá intuyendo el peligro que se avecinaba, Álvarez de Argüelles dejó sólo al confesor real, quien dio el asunto por clausurado ante el temor de posibles represalias de Mariana de Neoburgo. Pero era ya demasiado tarde; la enérgica reina, a través de un fraile de los Jerónimos famoso en Madrid por su «infinita piedad», puso el caso en conocimiento de la Inquisición –a pesar de que en ningún momento su persona fue implicada en las declaraciones de los «demonios», quizá temerosa de un giro en los acontecimientos que pudiera afectarle–. El Santo Oficio, que a pesar de la participación de su máximo representante, desconocía el asunto, encontró materia suficiente para abrir un proceso a fray Froilán, blanco de las iras de Mariana ante la ausencia de Rocaberti.

Mariana de Neoburgo.

El demonio vuelve a escena

En septiembre de 1699, cuando el asunto de los hechizos del rey parecía que había concluido, llegó a palacio una mujer dando alaridos y profiriendo improperios que pretendía personarse ante el rey, afirmando que estaba endemoniada. La susodicha fue rápidamente apresada por la guardia real pero debido al escándalo Carlos II, que había escuchado los gritos, se presentó ante ella; el rey trató de calmarla mostrándole una reliquia del lignum crucis que llevaba siempre encima, como buen católico que era.

Para exorcizarla se solicitaron los servicios de fray Mauro Tenda, un conocido capuchino y exorcista italiano que llevaba varios meses en la corte española y que conocía el tema de los hechizos regios tras algunos contactos previos que había mantenido con fray Froilán y el fallecido Rocaberti. El duque de Maura señaló que quizá Tenda perteneciera al servicio secreto diplomático del duque de Saboya, que también aspiraba a sentarse en el trono español, algo que no sería de extrañar en una corte tan dada a la conspiración y al secretismo. La trama se enrevesaba hasta límites insospechados y difíciles de diseccionar para el historiador.

Auto de Fe en la Plaza Mayor.

Fray Mauro Tenda afirmó que Carlos II no se encontraba endemoniado, sino tan solo hechizado, por lo que sería más fácil curarle. El maltrecho rey llevaba siempre sobre el pecho un saquito que, al acostarse, situaba debajo de su almohada, y el capuchino, tras examinar su contenido, señaló que el monarca se curaría si lo alejaba de sí. El saquito contenía, según los testigos que pudieron verlo, «todas las cosas que se suelen emplear en los hechizos: cáscaras de huevo, uñas de los pies, cabellos y otras por el estilo».

Tras someter a exorcismo a la desquiciada que había irrumpido en palacio, resultó que ésta era una bruja que vivía en compañía de otras mujeres, también brujas; durante el ritual afirmó que todas ellas tenían controlada la voluntad del rey. Los acontecimientos tomaron un cariz peligroso cuando la «energúmena» afirmó, ante las preguntas del exorcista, que Carlos II había sido hechizado por personas cercanas a su primera mujer, María Luisa de Orleans.

Los rumores se confirmaron cuando desde Austria llegó la noticia de que un «demonio vienés», por boca de un niño endemoniado, habló del hechizamiento del soberano. Este nuevo «invitado» a la trama demoníaco-política afirmó que el hechizo del rey había sido provocado por una bruja, de nombre Isabel, que vivía en la calle de Silva, en Madrid, y que los «instrumentos» maléficos que había utilizado para domeñar al monarca se encontraban en una de las habitaciones del palacio real y en el umbral de la casa que había servido de domicilio a la sospechosa. Los hechos dieron un giro cuando las declaraciones comenzaron a salpicar también a Mariana de Neoburgo y a su camarilla.

Para Jaime Contreras, autor de Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria (Temas de Hoy, 2003), la iniciativa de toda esta trama política partió del partido austracista y de la misma Mariana de Neoburgo, con las miras puestas en el trono de España frente a Francia, aunque, ironías del destino, el «demonio» acabó hablando en contra de los intereses de los austriacos, los mismos de los que había partido la idea de invocarle. A día de hoy todavía no está realmente claro de quién partió la iniciativa de generar aquel complot, pues en cierto momento quedó claro que más allá del posible hechizamiento del desdichado Carlos II, lo que interesaba era implicar en la trama a cualquier posible enemigo que pudiera someter la voluntad del monarca quien, ante la falta irreparable de un heredero, debía realizar su testamento y nombrar a un sucesor.

Ante el temor a posibles consecuencias incontrolables, la de Neoburgo decidió cerrar el proceso, colocando a uno de sus partidarios como inquisidor general, tras la extraña muerte de Alonso de Aguilar, que como sabemos había sucedido a Rocaberti, partidario de seguir con los exorcismos y que es posible que fuese envenenado por orden de la conspiradora y manipuladora reina, algo que quizá nunca sabremos.

Fray Froilán Díaz y fray Mauro Tenda fueron objeto de su ira y quienes pagaron por todo lo ocurrido. Díaz, contra el que estaba a punto de abrirse el proceso inquisitorial antes citado, logró huir a Roma, aunque fue detenido por el embajador español ante la Santa Sede, el duque de Uceda, quien lo devolvió a España. Fray Froilán fue declarado reo de fe y encerrado en las sombrías cárceles del Santo Oficio; su proceso se alargó hasta el reinado del borbón Felipe V, quien presionó para que fuese absuelto. Por su parte, a Tenda se le abrió también un proceso inquisitorial a principios de 1700, aunque logró salir absuelto pese a las presiones de Mariana de Neoburgo.

Quien salió peor parado de todo aquel embrollo no fue otro que el mismo Carlos II, quien llegó a creer firmemente que había sido hechizado y que su voluntad estaba sometida a las fuerzas malignas. Sus últimos meses de vida los pasos aquél pobre desdichado, víctima de su nefasto destino y de las circunstancias, desolado por no haber cumplido con los verdaderos deberes de un rey «elegido por la Providencia para dirimir los asuntos de España».

Aquel teatro del absurdo en el que vivía la corte española durante la última década del siglo XVII, fue el escenario final en el que se movieron los Austrias, el ocaso de una de las dinastías «sagradas» más prósperas y poderosas que había dado la Historia de España. Los graves problemas físicos de Carlos II y sus terribles cargos de conciencia hicieron que fuera el más interesado en proseguir con los exorcismos. No pudo ver, sin embargo, cumplidos sus deseos, y moría, rodeado de la fastuosidad característica de los funerales regios, el 1 de noviembre de 1700. El trono español esperaba, tras una cruenta guerra civil, al primero de los Borbones hispanos: Felipe V, hoy tan odiado por los catalanes independentistas, así como su estirpe de origen galo.  

PARA SABER MÁS:

–CALVO POYATO, José: Carlos II el Hechizado. Planeta, 1998.

–CONTRERAS, Jaime:, Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria. Temas de Hoy, 2003.

–HERRADÓN AMEAL, Óscar: Historia oculta de los reyes. Magia, herejía y superstición en la corte. Espejo de Tinta 2007.

–MAURA GAMAZO, Gabriel: Carlos II y su corte. Ensayo de reconstrucción biográfica. Boletín Oficial del Estado Publicaciones 2018.

–RUIZ RODRÍGUEZ, Ignacio: Fernando de Valenzuela. Orígenes, ascenso y caída de un Duende de la corte del rey hechizado. Editorial Dykinson. Universidad Rey Juan Carlos, 2008.

En un aspecto totalmente ajeno a esta entrada, en el campo puramente estratégico y militar, quiero destacar una joya bibliográfica que acaba de editar Desperta Ferro y que ofrece una visión única y poco conocida del reinado del último Austria hispano: Los últimos Tercios. El ejército de Carlos II, de uno de los mayores expertos en los ejércitos imperiales, el profesor de historia moderna en la Univesidad de Pavía David Maffi. Y es que a pesar de reinar sobre un imperio presto a desaparecer, la monarquía hispánica era aún bajo su cetro una de las más importantes de todo Occidente, y sus despliegues militares, impresionantes, todavía obtuvieron, en medio de numerosos fracasos, algunos sonados éxitos que podemos descubrir en las páginas de este riguroso ensayo.