La conspiración contra Einstein (I)

23 12 2020

Existen pocos personajes que trasciendan su tiempo y despierten tantas pasiones y controversias como Albert Einstein. Sus descubrimientos continúan hoy revelando posibilidades científicas asombrosas, muy adelantadas a su tiempo y a los postulados teóricos de sus colegas, a los que dejó abrumados, pero una amalgama cada vez mayor de detractores se empeña en desmontar sus teorías y en deslegitimar la más importante de todas, base de numerosos descubrimientos, la de la Relatividad. Obligado a exiliarse a EEUU por el ascenso del nazismo, la fiebre anticomunista lo convirtió en una figura incómoda para el establishment y el FBI de J. Edgar Hoover lo consideró el enemigo público número uno.

Óscar Herradón ©

No vamos a realizar un recorrido por la física cuántica, la teoría de cuerdas o los saltos en el tiempo. Menos conocida que su faceta científica y divulgativa que le condujo al Nobel, pero igual de apasionante, fue su papel como defensor de causas que muchos creían perdidas en un tiempo, los años 40, y en un país, Estados Unidos, que era entonces azote de minorías, obsesionado con la infiltración comunista y el enemigo silencioso, el mismo que llevaría a cabo la «Caza de Brujas» del senador McCarthy y pondría entre las cuerdas, en los sesenta, a otras celebridades como Malcolm X, Martin Luther King o John Lennon –todos ellos, por cierto, asesinados–.

El científico alemán de origen judío también sufriría aquel acoso clandestino de las fuerzas de seguridad norteamericanas, y eso que de persecuciones y rechazo racial sabía mucho, pues conoció de primera mano la Alemania nazi.

La historia que vamos a contar en este post habla de servicios secretos, teléfonos pinchados, falsas acusaciones e intereses creados. Habla de complots y campañas de descrédito; de un hombre valiente, sin duda con sus sombras y contradicciones, algunas bastante oscuras, que se vio empujado a actuar en el campo político y en el marco bélico en parte a causa de su gigantesca celebridad y que fue cercado por ella.

Fue en 1983, tres décadas después de la muerte del físico, cuando un profesor de la Universidad Internacional de Florida tuvo acceso a una versión –censurada– del expediente abierto por el FBI contra Einstein, un voluminoso archivo de documentos de nada menos que 1.427 folios. Éstos sirvieron para que el periodista Fred Jerome diese forma en 2003 al revelador trabajo El Expediente Einstein: la guerra secreta de J. Edgar Hoover contra el científico más famoso del mundo. Para poder obtener una versión más completa del expediente que la consultada por el profesor de Florida, Jerome interpuso un pleito judicial contra el Gobierno estadounidense con la ayuda del bufete de abogados especialista en causas civiles Public Citizen Litigation Group. Y lo ganó. Gracias a ello conocemos revelaciones sorprendentes sobre este oscuro episodio de la agencia federal.

Rumbo a Norteamérica

En otoño de 1932, Einstein y su primera esposa, Elsa, abandonaron su casa de campo de Caputh, a las afueras de Berlín, para visitar EE UU: el físico fue invitado para dar clases en el Instituto de Tecnología de California (CalTech). Su idea era pasar allí seis meses al año y después regresar a Berlín, pero pasando primero por Princeton, donde había aceptado también un nombramiento en el Instituto de Estudios Avanzados, que estaba a punto de inaugurarse.

Las ideas pacifistas y cercanas al socialismo de Einstein están muy bien documentadas. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, acababa de regresar a Alemania desde Suiza, y fue uno de los pocos intelectuales que rubricó un manifiesto en contra de las hostilidades, reclamando una unión europea muchas décadas antes de que esta idea siquiera tomase forma y convirtiéndose en personaje non grato por su pacifismo en una época donde el belicismo era el estandarte de la sociedad. Pero Albert no se quedó ahí, en los años siguientes, mientras duraba la situación que estaba desangrando el Viejo Continente, estampó su firma en numerosos manifiestos pacifistas y formó parte de organizaciones que instaban al desarme. Entonces sus acciones tenían mucha más repercusión porque en 1915 había alcanzado ya la fama internacional con la difusión de su celebérrima Teoría de la Relatividad General, tan revolucionaria como urticante para el mundo académico de entonces. Cuando en 1919 las observaciones británicas de un eclipse solar confirmaron sus predicciones sobre la curvatura de la luz, se hizo mundialmente famoso por sus hallazgos y fue idolatrado por la prensa.

Albert Einstein con su primera mujer en Praga

En 1921 recibía el Premio Nobel de Física, tras varias candidaturas previas, pero lo fue por sus contribuciones a la física teórica y sus explicaciones sobre el efecto fotoeléctrico, y no por su Teoría de la Relatividad, ya que al parecer el científico al que se encargó la tarea de evaluarla –en un tiempo en que ésta seguía rodeada de controversia–… ¡no la entendió! y temía correr el riesgo de que más tarde se demostrara errónea.

En la década de los 20 del siglo pasado, hace ahora cien años, quien era ya el científico más famoso del mundo estaba profundamente afectado por el ascenso del fanatismo hitleriano y los ataques contra los judíos. Pero a pesar de su desasosiego, y de que ya había comenzado un éxodo de intelectuales y artistas alemanes, Einstein y Elsa pensaban regresar a Alemania tras su visita a Princeton. Los sucesos posteriores lo harían imposible. Pero su marcha a EE UU no fue ni mucho menos sencilla.

Mientras preparaba su maleta, el 5 de diciembre, el matrimonio recibió una llamada del consulado general de Estados Unidos en Berlín, pidiéndoles que se acercaran para responder a unas preguntas sobre su petición de visado. Einstein intentó eludir la cita, pero ante la insistencia acudió junto a su esposa creyendo que se trataba de un procedimiento rutinario. Sin embargo, se enfrentó a algo muy distinto cuando Raymong Geist –el segundo del cónsul general estadounidense, George S. Messersmith, que estaba fuera de la ciudad–, se encargó de la entrevista. Comenzó preguntándole sobre sus credenciales políticas, si pertenecía a alguna organización –Einstein le aclaró que al grupo pacifista internacional Liga de Resistentes contra la Guerra– y finalmente insistió en si era anarquista o comunista.

Viendo vulnerados sus derechos, Einstein, en una imagen muy alejada del científico manso, despistado y afable con la que pasaría a la posteridad, terriblemente enojado, le gritó a su interlocutor que si aquello se trataba de un interrogatorio y cogiendo su sombrero y su abrigo, antes de marcharse con Elsa, le espetó a Geist: «¿Hace usted esto por propia iniciativa o actúa siguiendo órdenes de arriba?». Sin esperar respuesta, se marchó del consulado.

La Liga de Mujeres Patrióticas

El motivo de aquella inusual entrevista había que buscarla en anteriores viajes de Albert a EE UU durante los cuales realizó no solo ponencias sobre temas científicos, sino también charlas y conferencias en las que dejaba claro su lucha contra el militarismo y sus ideas pacifistas, peligrosas a ojos de la ideología más conservadora y los grupos de derechas, fuertes en el país de las barras y estrellas. Fue entonces cuando el físico se puso en la diana de la Corporación de Mujeres Patrióticas, cuyo lema político era «Por la defensa nacional del hogar contra el sufragio universal, el feminismo y el socialismo».

En 1932, con escasa influencia desde su creación en 1918 por mujeres muy vinculadas a algunas de las grandes fortunas estadounidenses conservadoras, decidieron concentrar sus fuerzas vigilando las puertas del país frente a lo que denominaban «extranjeros indeseables»: comunistas, pacifistas, feministas… En agosto de aquel año, su presidenta y líder, la reaccionaria señora Randolph Frothingham, cuando el instituto que estaba tomando forma en Princeton anunció que Einstein iba a pasar allí un semestre cada año a partir de 1933, envió un retorcido informe al Departamento de Estado en base a la llamada Ley de Exclusión y Deportación de Extranjeros, que prohibía la entrada –o en su caso la permanencia– en EE UU de anarquistas o quienes escribieran, hablaran o, incluso, pensaran como anarquistas.

Ni qué decir tiene que Albert no tenía nada de anarquista, pero aquel informe enviado al Departamento de Estado en forma de misiva era la causa de que el consulado interrogara al científico alemán y más tarde sería uno de los principales elementos acusatorios que conformarían el «Expediente Einstein» confeccionado por el FBI de Hoover.

En el documento remitido por Frothingham se podían leer perlas como que se impidiese su entrada en EE UU porque era «el líder del nuevo pacifismo militante», y aseguraba que el alemán «propugnaba actos de rebelión contra el principio básico de todo gobierno organizado (…)  » La misiva, recogida en el dossier del FBI, llegaba a decir que ni siquiera el mismo Stalin estaba afiliado «a tantas organizaciones anarco-comunistas» como Einstein.

J. Edgar Hoover

Para la Liga de Mujeres Patrióticas, sin embargo, el más grave de todos los pecados cometidos por el físico era su «negación de la religión organizada», y declaraban, movidas por su celo espiritual y patrio, que: «Ese extranjero promueve, con mayor amplitud y más intensidad que cualquier otro revolucionario de la tierra, la confusión y el desorden, la duda y la apostasía (…)», para terminar –recalcaba la señora Frothingham–«ni siquiera sabe inglés», algo que no era del todo cierto, pero tampoco relevante para ser acusado de tan graves delitos.

Confrontación con Washington

En aquel entonces, Einstein, tras conocer la diatriba contra su persona, ya que la presidenta se había encargado de enviar varias copias a la prensa, escribió con afilada ironía en la primera página de la edición del New York Times del 4 de diciembre de 1932 que: «Nunca hasta ahora había conocido por parte del bello sexo una reacción tan enérgica de rechazo de todos los avances, o al menos, de tantos a la vez (…)». Ahora, sin embargo, tras la entrevista-interrogatorio en el consulado norteamericano en Berlín, Albert sabía que debía tomarse más en serio las acusaciones de los extremistas.

Horas después Einstein telefoneó al consulado y amenazó con cancelar su viaje si no se le expedía el visado esa misma tarde. A su vez, Elsa llamó a los corresponsales en Berlín de The New York Times y Associated Press y les informó detalladamente del incidente. Elsa les dijo lo que había comentado su marido –lo que dejaba entrever claras implicaciones políticas–: «¿No sería divertido que no me dejaran entrar? El mundo entero se reiría de Estados Unidos».

Con su segunda esposa, Elsa Lowenthal, a su llegada a EEUU

Aunque esta afirmación pueda parecer prepotente, y lo es, lo cierto es que Einstein era uno de los hombres más populares del ámbito académico y el científico más importante de lo que llevaban de siglo. Las alertas saltaron en Washington y se intentó remediar la situación. No obstante, por entonces ya un amplio grupo consideraba al físico una suerte de antisistema, y además de la Liga de Mujeres Patrióticas, pronto los federales le pondrían en su punto de mira. Asimismo, en el campo científico no despertó menos controversia que en su país natal, y entre otros, el profesor Thomas Jefferson See había atacado públicamente la teoría de la relatividad como «una enloquecida fantasía, una desgracias para nuestra época», ataques y diatribas que han perdurado hasta el día de hoy, incluso con mayor virulencia.

Los problemas de Einstein con los que acabarían asentando las bases del NSDAP y el antisemitismo se remontaba mucho tiempo atrás, nada menos que a comienzos de los años 20. Ya con la amenaza del antisemitismo en el aire y el ascenso de grupos radicales de derechas en la República de Weimar, que acabarían convergiendo en el Partido Nazi, el científico fue el objetivo de numerosos detractores. En 1931 una editorial de Leipzig publicó un libro de ensayos titulado 100 autores contra Eisntein, y al año siguiente, con el NSDAP acariciando el poder en el Reichstag, un general alemán parece ser que le envió una advertencia apuntando que su vida «ya no está garantizada aquí».

Sin duda corría peligro en su propia tierra. Finalmente, Messersmich aprobó el visado al día siguiente y el 12 de enero de 1933 los Einstein ya estaban en California. El 30 de enero de ese mismo año, Adolf Hitler alcanzaba la Cancillería alemana y se instauraba el Tercer Reich. Con la llegada de los nazis al poder, éstos acusaron a Einstein de traición a la patria al haber aceptado un trabajo en EE UU y destruyeron todas sus obras a las puertas de la Universidad de Berlín, la célebre quema de libros de autores proscritos orquestada por Goebbels en la Bebelplatz, una imagen inquisitorial que avecinaba lo que daría de sí aquel régimen totalitario.

Y es que bastante tiempo antes de que el Führer diseñara su Nuevo Orden Mundial, Einstein ya había advertido, cual agudo observador –en una suerte de siniestro vaticinio–, lo que el siglo XX podría esperar del nazismo. Lo hizo en una carta en 1922, apenas dos años después de la fundación del Partido Nazi y tras la muerte de su amigo, el ministro de Exteriores judío de la República de Weimar, Walter Rathenau, a manos de dos oficiales nacionalistas en el marco de una conspiración orquestada por la ultraderecha. Albert escribió a su hermana mayor, Maja: «Aquí se están gestando tiempos oscuros, económica y políticamente, así que estoy contento de poder escapar de todo durante medio año».

Rathenau

Había escrito aquellas líneas desde Kiel, tras mudarse de Berlín cuando la policía advirtió al físico de que él tampoco estaba a salvo. Una marzo de 1933, con Einstein ya a salvo al otro lado del Atlántico, un grupo de hombres de las SS registró y saqueó su casa de Caputh, asegurando que estaban buscando armas ocultas para un levantamiento contra el Tercer Reich. Aunque pueda resultar ridículo, y más teniendo en cuenta el pasado pacifista del científico alemán, lo cierto es que pocos meses después de que Hitler tomase el poder en Alemania, Einstein defendió el uso de la fuerza militar contra él, en una carta a un pacifista belga que le había pedido ayuda para dos objetores de conciencia encarcelados. Un cambio de actitud del científico que despertaría indignadas críticas entre los pacifistas; sin embargo, en vista de la amenaza que suponían los fascismos, el premio Nobel defendió cada vez más resueltamente el uso de la fuerza como única alternativa.

Es probable que la Gestapo sospechara que se estaba gestando un complot, de hecho, no faltaron de ellos en los primeros años del ascenso nazi ni en los siguientes, incluido de parte de sus propias filas del ejército, y aunque los hombres de la policía secreta del Reich no encontraron armas, confiscaron la propiedad, afirmando que «obviamente» iba a ser vendida para financiar actividades antinazis.

En octubre de ese año, Einstein se trasladó a Princeton acompañado de su esposa, Elsa –ya había fracasado su primer matrimonio con Mileva Mariç–, de su hijastra Margot y de su ayudante Helen Dukas. Nunca regresarían a Alemania.

Este post continuará.





Armas «Milagrosas» del Tercer Reich (III)

23 11 2020

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos “OVNI”, una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de «Armas Milagrosas» que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

¿Qué sucedió cuando los bombarderos aliados de la RAF destruyeron las instalaciones de Peenemünde? Los proyectos de «Armas Milagrosas» no se detuvieron, ni mucho menos, y los nazis continuaron innovando en este campo, esta vez en laboratorios construidos en búnkeres bajo tierra que no podían localizar los rastreadores enemigos.

Aunque no todas las instalaciones fueron destruidas –el llamado «túnel del viento», la planta de medición y los terrenos de prueba, quedaron intactos–, la Operación Hidra retrasó notablemente el proyecto y obligó a trasladar las investigaciones y a algunos de sus más brillantes científicos a otro lugar secreto para continuar la lucha a la desesperada.

Laboratorios bajo tierra

Los bombardeos aliados contra Hamburgo, o las fábricas de cojinetes de Schweinfurt y las de Peenemünde citadas, obligaron a trasladar los equipos de investigación hasta Nordhausen, en Turingia, en el interior de las montañas Hartz, donde la empresas Mittelwerk GmbH se dedicaría a fabricar y montar las bombas voladoras V-1 y los cohetes V-2, así como motores de propulsión para los aviones Messerschmitt 262 –el primer avión de combate a reacción del mundo en estar en servicio– y otros modelos vanguardistas.

Me-262 (USAF, Wikipedia)

Las nuevas instalaciones fueron situadas una caverna de 23 metros de altitud, construida ex profeso para aquella tarea. Los presos del campo de concentración cercano de Mittelbau-Dora, que hoy permanece en pie como museo del horror, fueron trasladados hasta su interior y utilizados como mano de obra esclava. Llegaron a trabajar allí hasta 20.000 hombres en régimen de esclavitud. En la impresionante instalación secreta de Nordhausen se fabricaron más de 30.000 proyectiles V-1, de los cuales al menos una quinta parte cayó sobre Londres.

Hasta finales del verano de 1944, la fábrica consiguió permanecer oculta a los aliados gracias a que todas las entradas y conductos de ventilación estaban eficazmente camuflados y los misiles, una vez fabricados, eran cargados en grandes camiones o en vagones de tren dentro de los mismos túneles, de donde partían las vías hacia la red ferroviaria alemana hasta llegar a las bases de lanzamiento, situadas cerca del Canal de la Mancha. En diciembre de 1944, la fábrica subterránea había producido un total de 1.500 V-1 y 850 V-2, por lo que comenzaron a ampliar su superficie excavando nuevos túneles, uno de ellos destinado a una fábrica de oxígeno –necesario porque era uno de los combustibles empleados por los V-2–, una nueva fábrica de motores de avión y una refinería para producir petróleo sintético.

Cuando la derrota era inevitable, se habían lanzado sobre Londres unos 1.403 misiles que acabaron con la vida de 2.754 personas y causaron 6.532 heridos y también sobre otros objetivos, como Amberes, donde cayeron 1.214 misiles. De haber contado con más tiempo, el V-2, unido a otros diseños y armas «milagrosas» nazis, habrían sin duda influido de forma decisiva en el desenlace de la guerra. El 11 de abril de 1945, las tropas norteamericanas llegaron a los túneles, liberaron a los prisioneros –que habrían muerto si se hubiera dado vía libre al plan de bombardear las cuevas con napalm, que se barajó– e inspeccionaron minuciosamente el lugar antes de dejarlo en manos de los soviéticos, haciéndose, casi con seguridad, con importantes y secretos diseños de última generación.

Campo de concentración de Mittelbau-Dora

Nordhausen no sería el único refugio subterráneo donde los nazis llevarían adelante sus proyectos técnicos y sus «armas milagrosas». En diciembre de 2014 saltaba a los medios una sorprendente noticia: «Desentierran el laboratorio nuclear de Hitler», titulaba el rotativo español El Mundo, que se hacía eco de las investigaciones del historiador alemán Reiner Karlsh, quien decía probar la existencia de varios lugares de ensayos y laboratorios nucleares, pruebas que se habrían realizado el 3 de marzo de 1945 a las 21.20 horas y en octubre de 1944. La CIA parece que también poseía información de un espía que señaló que existían varios campos de tiro e identificó la entrada a una compleja red de túneles.

Túneles que cuya existencia fue corroborada por excavaciones en una zona bastante inaccesible de la población de St. Georgen an der Gusen, que formaba parte de Alemania durante el Tercer Reich y hoy es territorio austriaco, según hacía público en el semanario Der Standard el periodista Markus Rohrhofer. Una zona que despertó la curiosidad al detectarse niveles de radiactividad excesiva y aparentemente inexplicable.

Entonces, el documentalista Andreas Sulzer, al frente de la investigación, señalaba que en base a exploraciones geoeléctricas parece que las instalaciones fueron edificadas aprovechando una cavidad de la montaña rocosa: una extensión total de más de 75 hectáreas cuyos accesos estaban sellados y rodeados de muros de granito de gran espesor; las investigaciones sobre el terreno han dividido a los expertos: algunos creen que allí ser realizaron pruebas nucleares, laboratorios que estaban conectados con el campo de concentración de Mauthausen-Gusen y la fábrica subterránea B8 Bergkristall –donde se fabricaba el Messerschmitt Me 262, mientras que otras corriente mantiene que los nazis nunca llegaron a ser capaces de construir un reactor nuclear, ni tampoco sabían cómo calcular la masa crítica de una bomba, según se determinó en las denominadas «conversaciones de Farm Hall» en 1945 tras los interrogatorios a varios científicos atómicos alemanes.

B8 Bergkristall

Y poco antes de dar forma a este reportaje, se hacía pública en Alemania la investigación del historiador Rainer Karlsch sobre unas galerías inexploradas de un búnker en Brandemburgo que pudo haber sido utilizado con fines bélicos. Aunque el polémico estudioso ya había «patinado» al sostener que los físicos nucleares habían logrado construir tres bombas nucleares, lo cierto es que las mediciones geomagnéticas parecen ahora darle la razón.

La historia cuenta que en el pequeño pueblo de Genshagen, junto a Ludwigsfelde, existían unas instalaciones de Daimler-Benz, concretamente una planta de fabricación de motores de avión. A comienzos de los años 40, en medio de la contienda, cuadrillas de trabajadores construyeron cerca de allí un complejo subterráneo que serviría de refugio antiaéreo durante los bombardeos. Pero parece que había algo más… En abril, con el avance del Ejército Rojo, un comando de las SS decidió volar los cinco accesos al búnker, «un despliegue excesivo» en palabras de Karlsch, que baraja que allí se ocultaran documentos secretos y también que al mismo fueron trasladados los materiales y proyectos que hasta entonces habían estado escondido en el espectacular castillo de Hakeburg, a unos 15 kilómetros de distancia.

El propietario de aquella antigua mansión señorial era Wilhelm Ohnesorge, ministro de Correos del Reich desde 1937 y que convirtió en su residencia después de que Hitler, en 1938, le otorgara 250.000 marcos como regalo de bodas. Ohnesorge, uno de los más entusiastas defensores de la producción de una bomba atómica, hizo construir en la finca de Hakeburg unas instalaciones de investigación y un centro de pruebas, donde un número indeterminado de científicos parece que trabajó en la construcción de material militar, precisamente en el momento de mayor auge de las denominadas «Armas Milagrosas», en los últimos meses de la guerra.

Frank Thadeusz, siguiendo la tesis de Rainer Karlsch, apunta que en dichas instalaciones se llegaron a producir verdaderos ingenios: desde aparatos de infrarrojos para visión nocturna hasta cohetes teledirigidos. A pesar de que el ministro enseñaba personalmente al Führer los maravillosos diseños que salían de sus laboratorios secretos, a éste parece que no le entusiasmaban demasiado, llegando a comentar en su círculo íntimo: «Hasta ahí íbamos a llegar, que ahora la guerra me la tenga que ganar el ministro de Correos…».

Wilhelm Ohnesorge

Sin embargo, los aliados serían poco después testigos de los avances que se habían llevado a cabo en los laboratorios armamentísticos tutelados por Ohnesorge: llegaron a fabricarse misiles antiaéreos guiados a distancia a través de monitores de televisión, algo increíble en su tiempo. Además, sus científicos desarrollaron diminutas cámaras que podían instalarse en los cohetes y convertirlos así en bombas dotadas de visión.

En las entrañas de la tierra los nazis cobijarían sus arsenales secretos que tantas décadas después del final de la guerra aún salen, de vez en cuando, a la luz, gracias al tesón de investigadores que a día de hoy continúan desempolvando los expedientes secretos del Tercer Reich, trazando un puzle cada vez más completo de aquel tiempo de verdugos y héroes, científicos y esclavos, cuya última línea aún está por escribir.  

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.





Nazis en el Tíbet: la expedición secreta de Himmler

16 10 2020

Uno de los episodios más desconocidos del Tercer Reich fue la expedición alemana que envió al Tíbet el líder de la Orden Negra en 1938 bajo la dirección de su retorcida Ahnenerbe. A través de aquella odisea los nazis intentaban descubrir, cómo no, una vez más, los orígenes de la raza aria; un origen de tintes míticos y connotaciones esotéricas que los dirigentes de las SS creían poco menos que sobrenatural. ¿Cuál fue la verdadera intención de aquella arriesgada epopeya?

Óscar Herradón ©

Parece ser que los expedicionarios pretendían, a instancias de Heinrich Himmler, hallar también referencias a Shambhala, un reino mítico que según diversas tradiciones se hallaría escondido en algún lugar más allá de los bastiones nevados del Himalaya, cobijo, quizá, del esquivo «Rey del Mundo», el cual un día, cerca de la perdición –no olvidemos que Europa estaba a punto de enfrentarse al mayor conflicto de la historia– saldrá de su ciudad secreta con un gran ejército para eliminar el odio y comenzar una nueva era dorada de paz y prosperidad –para los nacionalsocialistas, claro, regida por arios–.

Poco después de su vertiginoso ascenso al poder, el Reichsführer tuvo conocimiento de la existencia de un joven oficial alemán cuyos libros sobre sus arriesgados y poéticos viajes por Asia estaba causando furor en Berlín. Se llamaba Ernst Schäfer y ya había llevado a cabo dos peligrosas expediciones a las lejanas tierras del Tíbet, lugar donde Himmler, siguiendo los trabajos de Madame Blavatsky, entre otros, creía que podrían hallarse los orígenes míticos de su «raza divina» que, no obstante, se buscaron en lugares tan remotos como Escandinavia, la propia Alemania e incluso Oriente Medio a instancias de la Ahnenerbe, la Sociedad Herencia Ancestral Alemana, un instituto de investigación creado ex profeso para dar rienda suelta a las obsesiones paganas y ocultistas de Himmler.

En las entrañas del Reich milenario

Consumado cazador, Schäfer fue el primer occidental que abatió a un oso panda y en sus viajes se hizo con especímenes prácticamente desconocidos en Europa que engrosarían los museos de ciencias naturales que comenzaron a construirse en el siglo XIX. A su regreso publicó varios libros; lo que no sabía entonces es que realizaría una tercera expedición a aquella misteriosa tierra, esta vez completamente alemana, y Alemania, en los años 30, era el reinado del Tercer Reich.

Ernst Schäfer, al frente de la expedición.

Era ya oficial de las SS, cuando Heinrich Himmler, profundamente interesado en su trabajo, llamó a Schäfer para reunirse con él. Corría el año 1936 cuando Ernst, subteniente de la Orden Negra, entró en el despacho del Reichsführer en Prinz-Albrecht-Strasse, su cuartel general en Berlín, que pude visitar en 2017 y del que solo quedan los cimientos, sobre los que se ha edificado una suerte de museo de la memoria en el corazón de la capital alemana. Cuando Schäfer fue a reunirse con él acababa de fundar la Ahnenerbe y sentía verdadera fascinación por las religiones y la mitología oriental. Al parecer, según su masajista, Felix Kersten, llevaba siempre consigo, como El Corán, un cuaderno en el que había reunido textos del Bhadavad Gîta, la «Canción del Señor» hindú. La lectura de las novelas Demian y Siddhartha de Herman Hesse en su juventud, le llevaron hasta este texto sacro hindú, cuyo mensaje de reencarnación –él que se creía la de Enrique el Pajarero- y karma, abrazó gustoso. Estaba fascinado por el sistema de castas y por su élite, los brahmanes y los kshatriyas guerreros, que aplicaría también a su Orden Negra.

Prinz-Albrecht-Strasse

En 2017 la editorial Pasado & Presente publicó una magnífica edición en tapa dura de las memorias del masajista anotadas y ampliadas por su hijo –pues existe una versión previa de los años sesenta–, Arno Kersten, Las confesiones de Himmler. Diario inédito de su médico personal, donde el lector podrá conocer a fondo la estrecha relación que el médico mantuvo con el Reichsführer y que supuestamente le serviría, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, para convencer al líder de las SS de liberar a numerosos presos judíos de los campos de concentración, sobre lo cual hay cierta controversia histórica entre estudiosos.

Había, además, un importante matiz para que las SS pusieran sus ojos en el Tíbet; desde el siglo XIX, como ya vimos, los alemanes miraron hacia Asia Central como cuna de esa raza aria que obsesionaría a los nazis, la tierra de la Gran Hermandad Blanca de Blavatsky. Precisamente allí los investigadores de la calavera debían encontrar vestigios de esa raza “divina”, comprobar teorías como la Cosmogonía Glacial que tanto fascinaba a Himmler y al Führer o la más extravagante de la Tierra Hueca –hoy, tristemente, asistimos a un auge de terraplanistas y otros iluminados, generalmente acólitos de Trump y la ultraderecha–, e investigar sobre exóticas leyendas orientales como Shambhala y Agartha, que habían contribuido a extender en Occidente la citada ocultista rusa y exploradores como el polaco Ferdinand Ossendowski o el también ruso Nicholas Roerich.

En busca de la Arcadia perdida

Capitaneada por Ernst Schäfer la expedición contaba también entre sus filas con Bruno Beger, un joven y aplaudido antropólogo también buscaba los orígenes de esa obsesiva «raza superior», los arios, un pueblo al que él mismo llamaba los «európidos». Desde principios del siglo XIV se había difundido en Alemania la creencia de que las razas arias se habían expandido desde Asia Central, probablemente desde el Tíbet.

El profesor Günther.

El profesor que inculcó a Beger su fanatismo fue Hans F. K. Rassen Günther, para quien el noroeste de Europa era la cuna de los nórdicos. Como en el mito de la Atlántida que cautivó a Wirth, los nórdicos de los que hablaba este personaje se habían llevado con ellos la ciencia de la construcción y un sofisticado sistema social, dejando a su paso dólmenes y círculos de piedra en distintos lugares del mundo. Para Rassen Günther, en la India habían compuesto los Vedas hindúes. Nada menos.

En su camino los arios más débiles habían cedido a la tentación y se habían fusionado con las razas inferiores, derrumbándose el gran imperio nórdico. En los Vedas, afirmaban, resuena el lamento por esa inmoral mezcla de razas, al igual que en el sistema de castas. De aquella «contaminación» de la sangre el profesor culpaba al budismo, como lo haría también Schäfer.

Himmler, que había bebido de las publicaciones de la Sociedad Teosófica alemana y de las descabelladas teorías de la rusa Helena Petrovna Blavatsky, estaba convencido de que en algún lugar del Himalaya podían esconderse refugiados arios. Junto a Schäfer y Beger partirían hacia el Tíbet Karl Wienert, geofísico y Ernst Krause, entomólogo y fotógrafo, y el experto en técnica y organización era Edmund Geer, mano derecha del propio Schäfe

Sin embargo, los preparativos para el viaje no fueron fáciles. En el otoño de 1937, la mujer de Ernst, Hertha, murió de forma accidental durante una cacería, cuando se le disparó un rifle a su marido. Aquella pesada carga agriaría el carácter del alemán, quien tendría problemas con su equipo durante su epopeya. Luego, Ernst tuvo que viajar a Londres para convencer a las autoridades británicas de que les concedieran los permisos para cruzar los territorios pertenecientes a la Corona. Y las autoridades británicas no hacían lo que se dice buenas migas con los alemanes a las puertas de la mayor contienda de la historia contemporánea.

Mientras se hallaba en las oficinas de la Ahnenerbe, Karl María Wiligut, el Rasputín de Himmler, en otro de sus arranques de extravagancia, le pidió que descubriera cuanto pudiese sobre las costumbres matrimoniales en el Tíbet, que quería aplicar en el Reich. A oídos del místico había llegado una leyenda fascinante: las mujeres tibetanas alojaban piedras mágicas en la vagina, y Beger debía «investigar» si era cierto. De si lo hizo o no, y de cómo llevó a cabo tal extravagancia, no tenemos datos.

Una vez en Asia y tras no pocas dificultades, desde la Indian Office enviaron un telegrama en el que se prometía a Schäfer y compañía viajar al norte de Sikkim, pero no más allá. Sir Basil Gould, funcionario político destinado en Gangtok, debía vigilarlos, pero el éxito de los alemanes sería mayor del esperado por los miembros del Foreign Office. Sikkim era un reino montañoso muy pequeño y apartado, pero era una puerta de entrada al Tíbet. Una vez allí, el antropólogo Beger se dedicaría a realizar sus poco éticas mediciones, y es que entre las diferentes tribus del lugar se encontraban los buthia, la élite del Tíbet; la aristocracia tibetana era la que más atraía la atención de los alemanes, pues creían que en ella podría hallarse, quizá, el eslabón perdido de la raza aria ancestral.

El antropólogo racial Bruno Beger.

Beger haría minuciosos análisis de los rasgos físicos de los lugareños –color de ojos, cabello, piel…– y realizaría siniestras «mediciones craneales»: medía la longitud, anchura y circunferencia de sus cabezas, la altura y la anchura de su frente, boca, nariz, pómulos… según la ciencia racial imperante en el Reich, los nórdicos, la raza superior, se distinguían por un frente ancha y un rostro alargado, rasgos que Beger afirmaría encontrar en algunos miembros de la nobleza tibetana.

Utilizaba también máscaras faciales de yeso, material que esparcía sin miramientos sobre el rostro de los tibetanos, que les provocaba ahogamiento, escozor e incluso quemaba su piel. En una ocasión estuvo a punto de provocar la muerte de un joven, Passang, uno de los sherpas de la expedición, quien sufrió convulsiones cuando la pasta de yeso penetró por sus fosas nasales y su boca.

Rumbo a la ciudad sagrada

Gracias a la diplomacia y a sus dotes para la persuasión, Schäfer obtuvo el permiso del Consejo de Ministros tibetano para acceder a la ciudad sagrada de Lhasa. Ningún alemán había logrado tamaña proeza. Fue su primera gran victoria. La larga comitiva iba presidida por banderas con la esvástica  nazi, a pesar de la exigencia de Himmler de que fueran discretos por aquellas tierras.

Durante la mística travesía por Asia, Karl Wienert también trabajaba sin descanso intentando medir el misterioso poder «magnético» de la Tierra, y Sikkim y el Tíbet meridional eran un enigma para los geofísicos. Es posible que Wiener participara del entusiasmo de Himmler por la teoría de la Cosmogonía Glacial de Hans Hörbiger; según él, la raza ancestral aria había descendido a la Tierra envuelta en un manto de hielo, y pensaba que lo había hecho en el Tíbet, donde se hallaban ahora sus oficiales de las SS.

Entretanto, Ernst Schäfer se entregaba de forma enfermiza a la caza para conseguir exóticos especimenes para los museos del Reich. Bruno Beger confirmaría más tarde que Schäfer, realmente fuera de sí, en ocasiones llegaba a beber la sangre de algunas de sus presas tras haberlas degollado. Según éste, le conferían fuerza y potencia, rasgos distintivos de esa raza aria de tintes míticos.

Estaba decidido a llegar hasta el Tíbet, a pesar de los inconvenientes, y mientras se hallaban en Gangtok abasteciéndose de provisiones, les llegó una carta oficial de Himmler que, como recompensa por sus logros, les había ascendido en el seno de la Orden Negra. La expedición, pletórica, partió hacia Lhasa y la noche del 21 de diciembre de 1938 los miembros del equipo celebraron la llegado del solsticio de invierno realizando un ritual pagano: encendieron una hoguera con troncos y ramas secas y cantaron una vieja marcha militar alemana, Flamme Empor «Álzate llama», una especie de talismán del Tercer Reich.

Réting Rinpoché

La mañana del 19 de enero de 1939, la expedición contempló maravillada el palacio de Potala, la fabulosa morada del Dalai Lama en Lhasa. Ahora, sin embargo, la reencarnación del jefe espiritual y político del Tíbet era un pequeño que se encontraba retenido en un monasterio alejado, y en su lugar gobernaba el país un Consejo de Ministros y el poderoso regente Réting Rinpoche, que acabaría recibiendo a los alemanes.

La expedición permaneció en Lhasa mucho más tiempo del que en principio les habían concedido, y pudieron filmar, fotografíar y obtener miles de muestras que servirían para las investigaciones «científicas» de la Ahnenerbe y del retorcido Himmler. Entre otras festividades, pudieron grabar la espectacular ceremonia de celebración del Año Nuevo, con magníficos bailes y mascaradas que mostraban la lucha entre el bien y el mal. Además, Schäfer recolectó numerosas semillas con la intención de sembrar nuevas variedades más duras y resistentes de cereales en el Reich –como sabemos, otra de las obsesiones del Reichsführer desde sus tiempos como estudiante de agronomía–.

Lhasa, Hakenkreuz-Bildhauerei

Durante su estancia, Beger se hizo con una valiosa copia de una enciclopedia del lamaísmo en 108 volúmenes, textos prohibidos a los extranjeros, y hojas sueltas sobre tablillas que –pensaba– podrían arrojar luz sobre la presencia de los antiguos señores arios en el Tíbet. De allí partieron hacia el valle de Yarlung, donde los tibetanos creían que se hallaba el origen divino de sus primeros reyes, que gobernaban desde una gran fortaleza llamada Yumbulagang. Para Schäfer, era un lugar ideal donde buscar los indicios de los primeros señores nórdicos, indicios que los nazis parece que no hallaron.

Después se dirigieron rumbo a Xigaze, la segunda capital más importante del Tíbet; pero el viaje estaba llegando a su fin, pues con los ojos de Hitler puestos en Polonia, era muy posible –como finalmente sucedió– que estallara una guerra en Europa; entonces, los científicos alemanes pasarían de ser incómodos visitantes a enemigos de guerra de los británicos.

Así que, gracias a la ayuda de Heinrich Himmler, que envió fondos, pusieron rumbo a Alemania. Llevaban consigo cientos de pieles, especímenes disecados e incluso animales vivos, entre ellos razas de perros para el Führer, 1.600 variedades de cebada y 700 de trigo y avena… Beger había medido a 376 personas y sacado moldes de cabezas y rostros de otras 17, incluyendo la de dos de las personas más poderosas del Tíbet. Basándose en sus mediciones, el antropólogo, que tiempo después sería uno de los responsables de las atrocidades de la Ahnenerbe en los campos de concentración, como veremos, creía muy probable que la raza nórdica hubiera cambiado el curso de la historia asiática; la prueba residía en los supuestos rasgos nórdicos de los nobles tibetanos: «elevada estatura con largos cabellos», «pómulos retraídos», «nariz muy prominente, recta o ligeramente curvada», «cabello liso y la percepción de sí mismos como dominantes».

A su regreso, los expedicionarios se convirtieron en auténticos héroes. A Schäfer, Himmler le regaló un anillo con la calavera de las SS y la espada ceremonial de la organización, la Ehrendegen, que llevaba grabado un doble rayo rúnico. Ernst aún no tenía 30 años y ya se había convertido en uno de los hombres más célebres del Reich. Sin embargo, no había conseguido llevar a cabo sus planes de emplear Afganistán y el Tíbet como trampolines para el ataque al Imperio británico. Su faceta de explorador era sin duda mucho más eficiente que su faceta de espía del Reich –aspectos que en los miembros de la Ahnenerbe iban muchas veces unidos–.

A su regreso a Alemania, Schäfer montó el documental Geheimnis Tibet, a través de la compañía cinematográfica Tobis, un documento de gran valor hoy en día realizado con las espectaculares imágenes tomadas en los bastiones helados del Himalaya, donde se podía ver la ceremonia sagrada de Lhasa, a Bruno Beger realizando mediciones craneales y máscaras de yeso de los tibetanos o las banderas con la esvástica ondeando en un paisaje helado y prácticamente desconocido para los occidentales de los años treinta del siglo pasado.

Los héroes alemanes del Tíbet no imaginaban lo que les esperaba en tiempos de guerra; algo muy diferente a su epopeya asiática, algo que contaré en otro post.

PARA SABER MÁS:

–HALE, Christopher, La Cruzada de Himmler. La verdadera historia de la expedición nazi al Tíbet. Tempus 2007.

–ENGARHALDT, Isrun: Tibet in 1938-1939: photographs from the Ersnt Schäfer expedition to Tibet. Serindia Publications, 2006.

–HERRADÓN, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

–MARTÍNEZ PINNA, Javier: Los Exploradores de Hitler. SS-Ahnenerbe. Nowtilus, 2017.