La Luftwaffe: la implacable fuerza aérea del Tercer Reich

La Luftwaffe nació en 1924, en el marco de la Reichswehr, como se conocía a las fuerzas armadas del imperio alemán tras la Primera Guerra Mundial. Con el ascenso de los nazis al poder, Hitler, cuyo objetivo siempre fue declarar la guerra en el marco de la llamada política del espacio vital o Lebensraum, dio luz verde al rearme del nuevo Reich. Un completo ensayo, publicado por Cult Books y obra del veterano historiador militar alemán Cajus Bekker (lanzado originalmente en castellano en 1968), narra con detalle y buen pulso narrativo el desarrollo de esta temible fuerza aérea de vanguardia.

Óscar Herradón ©

Bastaba con haberle hecho caso a lo que escribió en su testamento político, Mein Kampf, publicado por primera vez el 18 de julio de 1925, para conocer las intenciones bélicas del antiguo cabo austriaco, que muchos ignoraron, un error fatal para el mundo libre. Ya en el poder, el nuevo Führer encargó a Herman Göring –quien era diputado en el Reichstag, hasta que éste se quemó en un ataque de falsa bandera casi con seguridad orquestado por el mismo Partido Nazi– reorganizar su estructura y modernizar la flota aérea, todo ello en el más absoluto de los secretos para evitar sanciones de otros países europeos, los vencedores de la Gran Guerra que habían redactado el Tratado de Versalles (entre ellos, Inglaterra y Francia).

Göring en 1917, en plena Gran Guerra.

Göring no era un cualquiera, sino un as de la aviación de la Primera Guerra Mundial que en 1918 tomó el mando del mismo Escuadrón de Caza (el número 1) que había pertenecido al célebre «Barón Rojo» hasta su muerte en abril sobrevolando Francia; por lo que encargarle la dirección de la fuerza aérea no carecía de sentido práctico, y sobre todo simbólico, recuerdo de la grandeza de ese otro imperio «traicionado». 

El objetivo de aquella fuerza de élite era atacar y defenderse ante cualquier tipo de hostilidad de las potencias europeas, aunque realmente respondía al objetivo nazi de desencadenar una contienda y conquistar el Viejo Continente. Sus primeras intervenciones tuvieron lugar en el trágico escenario de la Guerra Civil Española, de mano de la llamada Legión Cóndor, con el bombardeo sobre Guernica (donde los aparatos alemanes escenificaron su capacidad destructiva) y también en otras regiones de nuestra piel de toro. En la Península, sus pilotos adquirieron una enorme experiencia y destreza que desplegarían durante la Guerra Relámpago.

La Península Ibérica y su guerra fratricida serían, pues, el campo de ensayo de aquellos que habrían de enfrentarse en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de la existencia del llamado Comité de No Intervención: alemanes e italianos del lado franquista, y soviéticos –y las Brigadas Internacionales– del lado republicano, que desplegaron parte de sus carros de combate y aparatos aéreos, aunque con mucha menos eficiencia que las potencias del Eje, lo que influiría notablemente en la victoria de las fuerzas reaccionarias.

Organización y operaciones de éxito

Su estructura interna se dividía en grupos, integrados a su vez por Alas, cada una con un color dependiendo del escuadrón. Cada aparato recibía unas marcas especiales y un número concreto para poder identificarlo fácilmente y recibían actualizaciones debido al avance de la guerra y las particularidades de cada momento. Dentro de la jerarquía militar, los pilotos se dividían en Comandantes de Ala, Ayudantes u Oficiales de operaciones. La Luftwaffe utilizó diversos tipos de aviones durante la Segunda Guerra Mundial, manifestando estrategias de combate y tecnología nunca vistas hasta entonces.

Su número abruma: casi 90.000 aviones construidos, 4.500 unidades del multifuncional Junkers Ju 52, 15.000 aviones Junkers Ju 88 como aparato pesado (utilizado principalmente durante la Batalla de Inglaterra) y 6.000 aviones Junkers Ju 87 o Stukas, (del alemán Sturzkampfflugzeug, «bombardero en picado»), aviones de ataque a tierra biplaza que se caracterizaban por los bramidos de su sirena Jericho-Trompete («trompeta de Jericó»), un símbolo de la propaganda del poder aéreo alemán y de las victorias de la «Guerra Relámpago», que fueron probados sobre el terreno en el citado bombardeo de Guernica.

Un Stuka en plena acción.

Su primera gran demostración de fuerza sería tras la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939 que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial. Durante la llamada Blitzkrieg –Guerra Relámpago–, su efectividad y letalidad darían los primeros grandes éxitos de conquista al Tercer Reich. También mantendrían en jaque al Reino Unido durante la Operación León Marino y el intento de invasión de las islas que finalmente lograrían repeler desde Londres con mucho sacrificio. Después, el escenario cambiaría notablemente y, aunque los ases de la aviación alemana continuarían haciendo mucho daño a los aliados, sería precisamente Alemania y el territorio del Reich donde más se sufrirían los bombardeos británicos y estadounidenses hasta quedar prácticamente media Europa reducida a escombros.

Como anécdota, señalar que uno de los pocos edificios que permanecieron a salvo de los bombardeos y prácticamente intactos fue precisamente el Ministerio del Aire nazi. Durante un viaje a Berlín en 2017 pude ver –con mayor precisión que a través de Google Earth– cómo dicho edificio está en perfecto estado en la Wilhelmstrasse y hoy es sede del Ministerio de Finanzas de la capital alemana. Y se encuentra precisamente frente a lo que fueron los siniestros cuarteles de la Gestapo que hoy es museo de la ignominia nacionalsocialista.

La intención de este post no es realizar un sesudo análisis de una organización tan compleja y decisiva en la contienda como ésta, para ello existe el magnífico ensayo (junto a numerosa bibliografía precedente y posterior) que ha publicado recientemente Cult Books: La historia de la Luftwaffe. La aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial. Me centraré en el final del hombre que estuvo al frente de aquel organismo y que a punto estuvo de sustituir a Hitler en la cancillería del Reich en los estertores del imperio nazi, aunque el Führer lo destituyó de sus cargos, como a Himmler, por traición, poco antes de su suicidio en el Búnker de Berlín, dejando como sucesor en su testamento al comandante de la Kriegsmarine Karl Dönitz (¿una bofetada al orondo Göring?).

Núremberg, la última parada de un vividor

El mariscal Göring, antiguo as de la aviación, tuvo una muerte digna de una novela de Le Carré. Al ex jefe de la Fuerza Aérea Alemana se le pudo ver muy desmejorado y mucho más delgado durante las sesiones de los Juicios de Núremberg que sentaron a los criminales nazis en el banquillo. Göering estuvo presente junto a otros destacados gerifaltes nazis como Rudolf Hess, Joachim von Ribbentropp o Alfred Rosenberg. Condenado a morir en la horca, la noche anterior a la ejecución, el 15 de octubre de 1946, el último en entrar en la celda del viejo mariscal fue el doctor Ludwig Pflücker, para administrarle los sedantes que tomaba por su adicción a la morfina, de la que estaba casi curado (se hizo adicto tras el impacto de bala que recibió en el lejano Putsch de Múnich, en 1923) y otras dolencias, o quizá para que tuviera su última noche en paz sobre una tierra que dejó regada de sangre.

A las 23.15 horas, el centinela de la policía militar que custodiaba las celdas de los jerarcas nazis hizo su ronda y miró por la trampilla: Göring estaba relajado y tendido bocarriba, como si estuviera dormido. Un rato después, el mismo soldado volvió a mirar durante la siguiente ronda y vio al reo en medio de grandes convulsiones, agarrándose la garganta con las manos y con el rostro desencajado, sudoroso y azulado. El mismo doctor únicamente pudo certificar su muerte. Pero él no había sido quien le facilitó el veneno, una cápsula de cianuro, la «vía de escape» preferida de los hombres de la esvástica (lo mismo que ingirieron Eva Braun y Hitler antes de descerrajarse un tiro, la familia Goebbels al completo o Heinrich Himmler tras ser detenido por las fuerzas aliadas norteamericanas en Lünwerg, todos en 1945).

Impactante imagen del cadáver de Göring tras su suicidio.

Entonces, ¿y el origen de la cápsula que causó un auténtico revuelo internacional? Se trataba un asunto muy grave y pestilente, teniendo en cuenta que el señor Göring era uno de los principales responsables de la mayor matanza de civiles y crímenes de guerra de la era contemporánea. Es más, aunque siempre se asocia el Holocausto con las SS, que fueron las que lo llevaron a cabo, la primera directriz que aludía, en el eufemístico lenguaje del régimen nacionalsocialista, a que había que aplicar ya «la Solución Final de la cuestión judía», estaba rubricado precisamente por el mismo Göring, en julio de 1941.

Pues bien, existen indicios de que la cápsula de cianuro pudo habérsela pasado subrepticiamente el teniente del Ejército de los EEUU Jack G. Wheelis, que entabló amistad con el nazi durante el juicio… ¡a cambio de un reloj de oro! Otra posibilidad es que se la facilitara Herbert Lee Stivers, un soldado de la guardia del 26º Regimiento de Infantería que en 2005 admitió haberle dado a Göring una pluma estilográfica por orden de una mujer alemana desconocida… ¡a cambio de un encuentro sexual! Dicha pluma habría contenido el cianuro. Pero existe otra hipótesis más: que el propio criminal la llevara oculta en un bote de crema para tratar su dermatitis que sus carceleros le permitieron quedarse. A día de hoy, más de 80 años después, aquel misterio de la posguerra permanece vigente.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

El citado libro de Cajus Bekker, pseudónimo de Hans Dieter Berenbrok, que edita Cult Books bajo el título de La historia de la Luftwaffe. La aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial y con una sugerente portada. Cuando la primera edición de este libro imprescindible vio la luz en Alemania, la extensa bibliografía existente sobre la Segunda Guerra Mundial ganó en calidad y sobre todo amenidad: contaba la historia militar –en este caso de la fuerza aérea germana– de forma más clara y objetiva, también más dramática y fiel a los hechos. Y Bekker lo hizo entrelazando de forma magistral todos los aspectos que configuraban la Luftwaffe.

Todo ello con gran amenidad. Y es que, aunque no olvidó el detalle técnico que durante décadas hasta hoy ha hecho las delicias del aficionado a la aviación y por ende a la historia militar, se volcó con especial intensidad en su fascinante anecdotario, las crónicas de las batallas y estampas de heroísmo y generosidad que se vieron empañadas por las atrocidades del Tercer Reich y el camino de sangre de otras fuerzas bélicas como las Waffen-SS. Aunque pueda reprochársele a Berenbrok cierta nostalgia para con aquella fuerza aérea (nació en 1924 y por tanto vivió en su propia carne aquellos hechos), éste es un libro de investigación riguroso que satisfará tanto al estudioso como al lector curioso. He aquí la forma de hacerse con él:

El mago personal de Heinrich Himmler

Existió un personaje, fundamental en el círculo íntimo de Heinrich Himmler (jefe de la Gestapo, las SS y el mayor obseso del régimen por el ocultismo), que ha sido llamado con acierto por algunos historiadores «el Rasputín nazi», el artífice de los rituales secretos y los símbolos esotéricos de las SS.

Óscar Herradón ©

Respondía al nombre de Karl Maria Wiligit, uno de los personajes más extravagantes, oscuros y silenciados de aquel tiempo. Sin sus delirantes teorías, herederas de los grupos secretos völk de principios de siglo que influirían poderosamente en el ideario nacionalsocialista, y que asumió sin rodeos el Reichsführer, las SS nunca habrían sido lo que acabaron siendo. Pero vayamos por pasos… ¿Quién fue ese singular individuo que suelen pasar por alto los libros «serios» de historia? ¿Cuál fue su papel en el inmenso aparato político nazi? Y es que, mal que le pese a algunos que subestiman su papel en los acontecimientos, los postulados ocultistas de Wiligut se convirtieron en ideología política, con nefastas consecuencias a nivel global.

Karl Maria había nacido en Viena en 1866, siendo hijo de un oficial del Ejército con problemas mentales. En  1906 se casó con Malwine Leus von Teuringen of Bozen, con quien tuvo dos hijas, Gertrud y Lotte. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió en el ejército y cuando finalizó la conflagración, con las nefastas consecuencias de la derrota para Alemania, como tantos otros de sus compatriotas se afilió a una organización paramilitar de derechas en Austria. Entonces ya era  un hombre violento con un marcado alcoholismo que iba armado de una pistola y maltrataba continuamente a su esposa; sobre su persona planeaba también la sospecha del abuso sexual a sus dos hijas pequeñas que llevaría a la madre a cerrar con llave la habitación de las niñas.

Recluido en un psiquiátrico

Su peligroso comportamiento y sus costumbres extravagantes hicieron que finalmente fuese internado en una institución mental en Salzburgo, donde  le fue diagnosticada psicosis, esquizofrenia y megalomanía y donde permanecería recluido hasta 1927. En el hospital mental, Weisthor haría gala de su diagnóstico, jactándose entre sus compañeros y los celadores de que él mismo había sido capaz de evitar un golpe de estado comunista en Alemania y de que nada menos que miembros del Ku Klux Klan, organización racista estadounidense a la que admiraba, le sacarían pronto de su reclusión.

Totenkopfring

Más extravagante sin embargo era que recogía piedras de una granera cercana al edificio de manera obsesiva, guijarros que pulía y cuidaba como si fueran diamantes; tantos pedruscos recopiló –cerca de un millar– que ocupaban casi toda su habitación. Según uno de los psiquiatras que lo trataron, Karl Maria consideraba cada pieza un amuleto y creía hallar en sus formas diversas figuras que consideraba que representaban una serpiente, un falo, una parte de un trono antiguo germánico…

Völkish

A pesar de su evidente distorsión de la realidad, cuando salió del hospital se convirtió en una especie de místico, un visionario muy respetado en los estrechos círculos de los ultranacionalistas alemanes, las sectas Völkisch. Afirmaba que su linaje se remontaba al dios nórdico Thor y que entre sus antepasados se contaba Arminio, el caudillo germánico que había vencido a las legiones romanas en Teutoburgo. Según sus propias declaraciones, recogidas por Nicholas Goodrick Clarke, sus antepasados habían conservado «el sagrado conocimiento de las tribus germánicas» durante milenios; afirmaba ser el último descendiente de un antiguo linaje de sabios alemanes cuyas raíces se perdían en la Historia, los Uiligotis, del clan de AsaUana.

Creía además poseer poderes extraordinarios y decía ser clarividente. Gracias a sus supuestas dotes visionarias, su «memoria ancestral» le permitía recordar las experiencias vividas con su tribu hace más de 300.000 años. Afirmaba que en aquel período brillaban tres soles en el cielo y la Tierra estaba poblada por seres mitológicos, gigantes y enanos, «visiones» que recordaban a los escritos teosóficos de la ocultista rusa Madame Blavatsky que tanto influyeron en los círculos esotéricos prenazis y en la mentalidad de Himmler.

Madame Blavatsky

Wiligut hablaba de luchas entre diferentes razas y de una reconciliación promovida por sus antepasados, los Alder-Wiligoten. En el año 9600 a.C. Estalló una guerra entre Irministas y Wotanistas, quienes obligaron a los primeros a exiliarse a Asia, donde se hallarían los vestigios de los últimos arios. El abuelo de Wiligut, según él mismo decía, le había enseñado los antiguos símbolos rúnicos –que adoptarían las SS– y su padre le había narrado la historia de la familia «cuando cumplí los 24 años», algo innecesario si tenemos en cuenta que decía tener «capacidades» precognitivas.

Símbolo del ariosofismo nazi

Fuera del pabellón psiquiátrico cambió su apellido Wiligut por el de Weisthor, según él, derivado del alemán Weise –sabio– y de Thor, el célebre dios nórdico del trueno al que tanto admiraba también el Reichsführer. En ocasiones entraba en trance, en medio de convulsiones, y otras veces recitaba dichos primitivos que afirmaba haber recibido de sus ancestros. Cuesta creer para una mente racional que un personaje de estas características, notablemente enajenado, fuera tenido en cuenta por alguien, pero lo cierto es que poseía fervientes seguidores entre los grupos ultranacionalistas, que lo consideraban un maestro en las tradiciones de las tribus germánicas desde su pasado más remoto.

No era de extrañar, con dichas “habilidades”, que pronto llamara la atención de Himmler, tan obsesionado o más que él con las sagas germánicas y el pasado mítico. El líder de la Orden Negra lo conoció en el transcurso de un congreso de la Sociedad Nórdica y se sintió rápidamente fascinado por su elocuencia y su “conocimiento” del pasado. Weisthor era ya un hombre mayor –tenía 67 años– pero con un gran entusiasmo y no menos carisma.

Darré

Así que Himmler lo convirtió primero en SS-Standartenführer y más tarde en SS-Brigadeführer y le ofreció un puesto en la RuSHA de Walter Darré, elevándolo a jefe de la «Sección de Prehistoria e Historia Antigua» del organismo. Muchos, no obstante, consideraban a Wiligut un charlatán, pero no es menos cierto que una gran parte de los SS veían también en Himmler a un iluminado de creencias extravagantes y aún así debían someterse a sus órdenes sin contemplaciones, siendo, como era, uno de los hombres más poderosos e implacables de su tiempo.

PARA SABER MÁS:

GOODRICK-CLARKE, Nicholas: Las oscuras raíces del nazismo. Editorial Sudamericana, 2005.

HERRADÓN AMEAL, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf, 2011.

NARRATIVA:

Hace unos meses la editorial Alfaguara publicaba un absorbente thriller histórico ambientado en la Alemania nazi escrito por Fabiano Massimi (que acaba de publicar con la misma editorial su nueva novela, que próximamente reseñaremos en las entrañas del Pandemónium).

Hitler y Raubal

Su título es El Ángel de Múnich y en la más pura tradición del noir historiográfico (en una línea muy similar de Philip Kerr y su saga ambientada en la misma época), se centra en un episodio fundamental de la biografía íntima de Adolf Hitler: la extraña muerte de su sobrina, Angela «Geli» Raubal, a la que veneraba y con la que, según algunas fuentes, pudo incluso mantener una relación de tipo incestuoso. Raubal se descerrajó un tiro con la pistola del líder nazi (la misma que utilizaría él para suicidarse 14 años después en el bunker de la Cancillería, sentenciando su «glorioso» Tercer Reich) en el domicilio que compartían el 18 de septiembre de 1931.

Con tan apasionante –y real– punto de partida comienza el relato. Tras el mismo, hay una ardua tarea de investigación que bien podría haber dado origen a un monumental ensayo. Pero tamaña cantidad de datos Massimi los sabe conjugar con maestría y sin que entorpezcan en ningún momento el pulso narrativo, fluido y poderoso.

En un máximo de ocho horas, y en medio de un gran secretismo decretado desde las altas instancias, los comisarios Siegfried Saber y el adjunto Helmut Forster deberán cerrar el caso que ha tenido lugar en una dirección de sobre conocida por todos en Múnich: el número 16 de la Prinzregentenplatz, donde vivía el líder del NSDAP. Aunque el cadáver de Raubal se encontraba en su habitación cerrada desde dentro, los investigadores observarán algunas contradicciones en la versión oficial del suicidio con la pistola del «tío Alf».

La investigación posterior y la búsqueda de la verdad se verán ensombrecidas por las injerencias de personajes poderosos, de intereses creados y de la poderosa máquina propagandística del partido que no alcanzará el poder definitivo hasta 1933, cuando Hitler se convierte en canciller, pero que ya tenía una gran influencia en Alemania y Austria. El autor italiano enriquece la trama de esta novela ya convertida (con razón) en bestseller mundial con una serie de extraños «suicidios» que se suceden entre supuestos testigos del suceso.

He aquí el enlace para adquirirlo en papel y también en eBook y Audiolibro:

https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/7250-el-angel-de-munich-9788420454290

Quemar libros: historia de la destrucción del conocimiento (II)

Desde el mismo momento en que el hombre ha compilado el saber, otros se han encargado de destruirlo. La historia está llena de episodios de quema de libros, y ahora un ensayo del bibliotecario de Bodley, en Oxford, Richard Ovenden, publicado por Crítica, nos recuerda ese ignominioso ejercicio de desmemoria a través de los episodios más destacados desde el más remoto pasado hasta la actualidad.

Óscar Herradón ©

En el año 306 a.C. subió al poder Ptolomeo I Sóter en Alejandría (Egipto). Fue la misma época en la que un griego brillante y erudito, de nombre Demetrio de Falera, arribó a la mítica ciudad procedente de Tebas, tras un largo exilio que le había obligado a abandonar Atenas. Ambos personajes trabaron una profunda amistad y el monarca, aconsejado por Falera, procedió a la construcción de un edificio consagrado a las musas y al que dio el nombre de museo que, poco tiempo después, contó con una enorme biblioteca. Fue el germen del futuro gran centro del saber del mundo antiguo.

Falera

Demetrio, según narra la Carta de Aristeas a Filócrates, fechada en el siglo II a.C., recibió grandes sumas de dinero del rey «para adquirir, de ser posible, todos los libros del mundo». De esta forma, la biblioteca más importante de la antigüedad fue reuniendo un inmenso catálogo de libros de las más variadas temáticas. Falera, uno de los hombres más brillantes de su tiempo, profundamente preocupado por el saber, se embarcó en la ardua tarea de traducir al griego todos los textos judíos del Antiguo Testamento. Para ello, contó con un grupo de traductores hebreos procedentes del barrio judío de Alejandría, a instancias de Ptolomeo I y el sumo sacerdote Eleazar. Durante setenta y dos días se tradujeron las Sagradas Escrituras en su totalidad.

Pero no solo los ancestrales conocimientos de la religión judía interesaron al maestro Demetrio, éste intentó almacenar la mayor cantidad posible de saber humano. Por ley, todos los viajeros que pasaban por Alejandría debían donar una obra a la biblioteca del museo, cuya descripción únicamente se conserva en un antiguo documento de dudosa autenticidad. Parece ser que el museo formaba parte de los palacios de la realeza y contaba con un paseo, una gran casa donde se situaba el refectorio y largos pasillos en cuyas paredes se colocaron fantásticas obras pictóricas. Como curiosidad, contaba con un zoológico y un jardín botánico que albergaba los más raros animales y las más extrañas plantas del mundo.

La biblioteca era el edificio más admirado; en un principio utilizada únicamente como sala de consulta, contó con diversas ampliaciones, entre las que se encontraba la conocida como biblioteca del Serapeum, templo edificado en honor de la deidad sincrética greco-egipcia Serapis y que estaba situado a pocos metros del edificio del museo –de esta forma, parece ser que la famosa biblioteca de Alejandría estaba dividida en dos—. Al parecer, las paredes del Serapeum daban cobijo a iluminados que pernoctaban intramuros, consultando los libros en busca de algún tipo de revelación.

Ruinas del Serapeum de Alejandría en la actualidad (Source: Wikipedia)

A pesar de su impresionante labor, Falera no consiguió el puesto de director de la biblioteca que tanto anhelaba. Años después de haberse convertido en uno de los personajes más relevantes de la sociedad alejandrina, el erudito cayó en desgracia cuando el sucesor de su amigo el monarca, Ptolomeo II Filadelfo, lo expulsó de la ciudad como a un perro. Parece ser que hacia el año 285 a.C., en el Bajo Egipto, murió tras ser mordido por un áspid, la famosa serpiente que acabó con la vida de la reina Cleopatra años después. Con la muerte de Falera la historia humana perdía una de sus mentes más brillantes y a uno de los primeros y más importantes impulsores del conocimiento. Nadie sabe cómo llegó la serpiente a morderle; algunos hablan de suicidio, otros de asesinato…

Zenódoto

El primer director de la biblioteca fue Zenódoto de Éfeso (325-260 a.C.) quien fue sucedido más tarde por Apolonio de Rodas y éste a su vez por el enigmático Eratóstenes, en tiempos de Ptolomeo III Evergetés. Son figuras apasionantes de las que la historia, por desgracia, nos ha legado muy poca información. Eratóstenes fue un hombre profundamente sabio y adelantado a su tiempo. Una vez convertido en director del centro, emprendió profundos estudios en los que combinaba la investigación científica con el análisis literario. Uno de sus más misteriosos y afamados descubrimientos fue la medición de la circunferencia de la Tierra, que estimó en 252.000 estadios (unos 39.690 kilómetros). En pleno siglo XX, las más exactas mediciones de la circunferencia terrestre, gracias a la intercesión de satélites y potentes computadoras- está en 40.067’96 kilómetros.

Paradójicamente, el dogma ortodoxo cristiano y su visión del mundo, convirtieron la Tierra en una extensión en planicie a lo largo de muchos y oscuros siglos medievales –y también hoy, cuando el terraplanismo vuelve a ganar fuerza en los cenagales del Big Data–. Los primeros que se atrevieron a afirmar otra concepción de la misma, redonda, girando alrededor del sol, como Copérnico o Galileo, fueron acusados de herejes, algunos de ellos ejecutados (como Giordano Bruno), curiosamente, un hombre que había vivido muchos siglos antes de todo esto ya conocía el verdadero aspecto de nuestro planeta.

¿Qué extraños conocimientos se perdieron en Alejandría?, ¿cómo logró un hombre del siglo II a.C., con los rudimentarios utensilios que se supone había en su época, ajustarse tanto a la longitud real de dicha circunferencia?, ¿pudo haber utilizado oscuras artes mágicas para lograrlo?, ¿quizá algún libro de la enigmática biblioteca? Como tantos otros episodios de la historia humana, continúa siendo un misterio que quizá nunca logremos desentrañar.

La destrucción del Templo del Saber antiguo

La historia de la biblioteca de Alejandría está irremediablemente ligada a los intentos por destruirla, en una interminable sucesión de ataques contra sus pilares y sus libros. Al parecer, la primera destrucción del mítico edificio data del año 48 a.C., cuando el más grande de los emperadores romanos, Julio César, se inclinó a favor de Cleopatra en la lucha por el trono de Egipto. Cuando la flota egipcia fue reducida a cenizas en el puerto de Alejandría, según el testimonio de Dión Casio recuperado por Fernando Báez, se destruyeron unos depósitos de libros que esperaban su entrada en el centro. Al parecer, ardieron 40.000 rollos de pergamino, aunque esta cifra no ha podido ser confirmada. Lo que parece poco probable es que César, que ordenó el ataque, pretendiera destruir libro alguno, pues no parece ser la forma de actuar de un hombre que escribió una obra de la talla de La Guerra de las Galias, aunque fueron varios los eruditos que mostraron una fuerte tendencia biblioclasta, a destruir libros y textos, como el mismísimo Platón, del que se conocen episodios famosos de destrucción y quema de escritos.

Más tarde, parece ser que fueron los cristianos quienes quemaron el mítico edificio. Comandados por Teófilo, atacaron el Serapeum en el año 389 y la biblioteca dos años después, según algunos historiadores, aunque tampoco está claro. Las crónicas recogen que, al concluir el saqueo, las muchedumbres de cristianos enfurecidas demolieron las paredes, destruyeron los iconos paganos y llenaron el templo de cruces. Se sabe que Teófilo mandó destruir el Serapeum, pero no hay consenso entre los historiadores sobre quién ordenó la quema de libros; algunos atribuyen el libricidio a los mismos cristianos comandados por éste, otros, en cambio, a las hordas musulmanas de un servidor de Omar I, algunos siglos después –entre el VI y el VII d.C.– en su conquista de Egipto.

En la actualidad, la tesis de la destrucción árabe de la mítica biblioteca ha perdido fuerza, desviando de nuevo la atención hacia los romanos, que habrían llevado a cabo diversas incursiones en la legendaria ciudad arrasando por completo la biblioteca y el museo. Existen, no obstante, más hipótesis sobre la misteriosas desaparición del mayor registro de libros de la antigüedad: pudo deberse, entre otras cosas, a los efectos de un terremoto, e incluso a la negligencia de aquellos encargados de velar por la seguridad del colosal edificio.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BÁEZ, Fernando: Historia universal de la destrucción de libros. Destino (Imago Mundi), 2004.

Ovenden

Recientemente, Crítica publicaba Quemar libros. Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento, del bibliotecario de Bodley desde 2014 (y que ocupa el cargo de alto ejecutivo de las Bibliotecas Bodleianas de la Universidad de Oxford) Richard Ovenden. Nadie mejor que él para repasar la historia de la destrucción del saber, pues con anterioridad desempeñó distintos puestos en la Biblioteca de la Universidad de Durham, la Biblioteca de la Cámara de los Lores, la Biblioteca Nacional de Escocia y la Universidad de Edimburgo, siendo además Tesorero del Consorcio de Bibliotecas de Investigación Europeas, Presidente de la Coalición pra la Conservación Digital y miembro de la Junta del Consejo de Recursos de Bibliotecas e Información de Washington D.C. Casi nada.

El autor toma como punto de partida la infame quema de libros «no germánicos» y judíos de 1933 en la Bebelplatz de Berlín (a la que siguieron numerosas quemas en otras universidades del país) instigada por el Ministro de Propaganda de la Alemania nazi Joseph Goebbels. Aquel acto de intransigencia y fanatismo daba una idea bastante inequívoca sobre las intenciones del nacionalsocialismo: se cumplía la máxima de «se empieza quemando libros, y se acaba quemando hombres». En Quemar libros, nos sumergimos en un viaje de 3.000 años a través de la destrucción del conocimiento y la lucha por preservarlo de los biblioclastas de todo color y pelaje.

Así, descubrimos que los ataques a las bibliotecas han sido una constante desde la antigüedad, pero que lamentablemente han incrementado su frecuencia e intensidad en la Edad Moderna. Baste recordar la destrucción de la cultura promovida por el ISIS o la destrucción de un millón de libros en Irak tras la segunda invasión norteamericana. El hombre cometiendo una y otra vez los mismos errores del pasado.

John Murray

Como evidencia Ovenden en estas apasionadas (y apasionantes) páginas, las bibliotecas son mucho más que almacenes de literatura; al conservar documentos legales como la Carta Magna o registros censales, también defienden la ley y los derechos de los ciudadanos –de ahí que numerosos tiranos y dictadores hayan puesto gran empeño y medios en destruirlas–; el libro se traza un análisis completo, desde lo que realmente sucedió con la Biblioteca de Alejandría , como hemos visto en el post, hasta los papeles de la generación Windrush (el denigrante trato a la generación de inmigrantes caribeños que llegaron a Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial), y desde Donald Trump borrando tuits vergonzosos (que normalmente alguién ya había capturado) hasta la compañía editorial inglesa John Murray quemando las memorias de Lord Byron en nombre de la censura.

Quemar libros es también la historia de los que defendieron el saber frente a la intolerancia, la de un sorprendente abanicos de arqueólogos autodidactas, aventureros, filántropos, poetas, activistas y bibliotecarios que recorrieron un heroico camino para conservar y rescatar el conocimiento, también en los grandes conflictos bélicos de la historia, con la noble intención de conservar y rescatar el conocimiento y garantizar así la supervivencia de la civilización, que no es nada si no está respaldada en el saber y la tolerancia.

The Times no escatima elogios hacie el libro: «Apasionante e iluminador. Este espléndido libro revela cómo, en el mundo actual de noticias falsas y hechos alternativos, las bibliotecas se mantienen como desafiantes guardianes de la verdad».

He aquí la forma de adquirirlo en papel y en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-quemar-libros/329802