Rodolfo II de Habsburgo: el emperador de las sombras

Introvertido y extravagante, Rodolfo II convirtió la ciudad de Praga en un hervidero de cultura donde se dieron cita científicos, artistas y matemáticos pero también magos, nigromantes, charlatanes y vividores que hicieron de la vieja Bohemia un lugar tan fascinante como lúgubre.

Óscar Herradón ©

Según los astrólogos del momento, Rodolfo vino al mundo bajo una nefasta conjunción de los astros, los mismos que tanto le fascinarían siendo adulto. Sus primeros meses de vida no fueron lo placenteros que cabría esperar. Su hermano Fernando, heredero del Imperio, falleció tres semanas antes de nacer él. Abatida por la pérdida, su madre, María de Austria y Portugal, jamás se mostró cariñosa con él, algo que influiría en su carácter introvertido.

Para alejarle de las influencias luteranas, su tío Felipe II reclamó que fuera llevado a España para continuar con su educación. Y así, con doce años, Rodolfo fue enviado junto a su hermano Ernesto a la austera corte madrileña. Preocupado por su educación, el Rey Prudente los recibía en su despacho a diario y comprobaba sus progresos. No quería que se sintieran atraídos por el protestantismo como su padre. Felipe II obligó al chico a presenciar un auto de fe en Toledo. El terrible ajusticiamiento, al que asistía el pueblo como si se tratara de una obra teatral, atemorizó al joven. Ante las súplicas de los reos, el olor a carne quemada, la imponente presencia de los inquisidores y los vítores de la gente, Rodolfo sintió asco y terror. Pero bajo la tutela de su regio familiar, el futuro emperador no solo conoció desgracias. Gracias a los gustos secretos del monarca español, el joven se adentró en la alquimia y las ciencias ocultas, pasión que le atraparía de por vida.

Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

A su regreso a Viena, el futuro emperador ya no se identificaba con la corte que le vio nacer. Tras siete años en España, no volvió a sentirse cómodo en su país natal. Su padre, Maximiliano II de Habsburgo, preocupado porque la corona imperial siguiese en manos de la familia, presionó a la Liga para que su hijo fuera nombrado rey de Hungría y de Bohemia.

Tras la muerte de su progenitor en 1576, Rodolfo fue elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Apremiado por los problemas que acechaban al territorio y desconfiado de una posible traición, se hizo consagrar precipitadamente el día 1 de noviembre, mes de los muertos, sin tener en cuenta el mal augurio que muchos achacaban a la inapropiada fecha. Rodolfo ya era emperador, sueño de muchos monarcas y, sin embargo, según sus cronistas no estaba contento. Gobernar le espantaba. Prefería reunir reliquias y objetos misteriosos, cosa que hizo en su célebre Gabinete de las Maravillas.

Wunderkammer: Cuartos de las Maravillas

Ainkhurn

Aunque heredó todos los territorios de su padre, Rodolfo lamentaría toda la vida no conseguir el famoso ainkhurn y la copa de ágata de la familia, que pasaron a su tío Fernando, y a los que atribuía un poder sobrenatural. El ainkhurn era un supuesto cuerno de unicornio, criatura que fue considerada real por muchos soberanos. Pero la copa de ágata era para él aún más valiosa. Fernando del Tirol, gran coleccionista antes que Rodolfo, privaba a éste del privilegio de poseer un objeto que la tradición consideraba como el Santo Grial. Años después, tras morir su tío, lograría añadir el cuerno y el «santo vaso» a su colección, desbordada de objetos raros y desconocidos. Este afán coleccionista del monarca se materializó en el conocido como Wunderkammer, «Gabinete de las Artes y de las Maravillas».

Voynich

En unas salas creadas específicamente para tal efecto, Rodolfo reunió cientos de armarios a rebosar. Nunca sabremos la cantidad de objetos raros que el emperador llegó a reunir. Tras su muerte muchos fueron desperdigados o subastados a un precio ridículo. La lista era interminable: medallas, amuletos, cruces de todo tipo, péndulos, armas, piedras preciosas, amatistas y otras piezas a las que Rodolfo atribuía un poder sobrenatural; manuscritos extraños como el Voynich, la Biblia del Diablo, la vara de Moisés; un poco de lodo del valle de Hebrón, donde dice la Biblia que Dios modeló a Adán, cálices fabricados con cuernos de rinoceronte para contener veneno, figuras egipcias… amén de su pasión por las reliquias, que compartía con su tío Felipe II. El gusto por lo horrendo y lo extravagante era otra de sus pasiones: poseía monstruos bicéfalos y raíces de mandrágora.

El periodista argentino Marcelo Dos Santos señala en su libro El Manuscrito Voynich: el libro más enigmático de todos los tiempos, que también se dedicó a «coleccionar» enanos, y ordenó a sus oficiales que reuniesen gigantes suficientes para formar un regimiento. Todo es posible. Reacio a contraer matrimonio a raíz de un anuncio profético, según el cual uno de sus legítimos descendientes lo asesinaría, Rodolfo tomó como concubina a la hermosa Catarina da Strada, hija de su proveedor de antigüedades. Con ella tuvo cinco hijos, al parecer deformes y de comportamientos desviados, el mayor de los cuales, don Giulio, causó numerosos problemas al soberano.

Praga, capital de un imperio mágico

El castillo de Praga, donde residió Rodolfo II

Antes de emprender su labor como mecenas de artistas y magos, Rodolfo trasladó la capital del Imperio a Praga, donde se sentía más cómodo. Allí encontró la tranquilidad que necesitaba para entregarse a sus quehaceres mágicos y a sus experimentos alquímicos… Es muy probable que esta pasión le viniera de sus años en España, pues su tío mostró un enorme interés por la Gran Obra, como atestiguan los numerosos manuales dedicados al asunto que alberga la imponente biblioteca escurialense.

Rodolfo buscó en esta disciplina una fuente de riquezas y, al mismo tiempo, un elixir para calmar sus achaques. Quiso aprender por sí mismo el arte de transmutar los metales y por ello se rodeó de auténticos alquimistas, pero también de caraduras y charlatanes que querían enriquecerse a su costa. El doctor Tadeás Hájek, matemático, astrónomo y esoterista, gozaba de la confianza del monarca y fue el encargado de recibir a quienes decían ser alquimistas y desenmascarar a los impostores. En muchas ocasiones descubrió a los estafadores, pero otras veces lograban ocupar un puesto en las destilerías reales.

Este post tendra una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

Y para una visión global de la estirpe regia a la que pertenecía Rodolfo II, la misma que dinastía que trajo a España monarcas del calado de Carlos V o su hijo Felipe II, entre otros, nada mejor que sumergirse en las páginas del voluminoso ensayo Los Habsburgo. Soberanos del Mundo, publicado recientemente por Taurus, la primera historia global de la dinastía que dominó el mundo.

De orígenes modestos, los Habsburgo ganaron el control del Imperio romano en el siglo XV y, en tan solo unas décadas, se expandieron rápidamente hasta abarcar gran parte de Europa, desde Hungría hasta España, y crear un imperio en el que nunca se ponía el sol, de Perú a Filipinas, bajo el cetro de Carlos V y después de su hijo Felipe II. Precisamente el autor, Martyn Rady, catedrático de Historia de Europa Central en la Escuela de Estudios Eslavos y de Europa del Este (SSEES), concede una importancia especial en el relato a la rama española de los Austrias, la más poderosa y la más decisiva de la historia moderna. En un relato de pulso envidiable, narra con magistral claridad la construcción y la pérdida de su mundo, un mundo que duró novecientos años, tiempo durante el cual los Habsburgo dominaron Europa Central hasta la Primera Guerra Mundial.

Precisamente, uno de los detonantes de la Gran Guerra fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro. Un magnicidio de cariz política que ya se había cebado con otro miembro de la dinastía, la emperatriz Sisí (Isabel de Baviera), asesinada por un anarquista el 10 de septiembre de 1898. Pero el libro recoge infinidad de nombres (en función de su importancia historiográfica, por supuesto).

Asesinato del duque Francisco Fernando en Sarajevo

Entre los numerosos personajes que conforman la historia de los Habsburgo, nada menos que 900 años, hubo de todo: personajes extravagantes y variados, desde guerreros a contemplativos, unos de viva inteligencia, otros con poca perspicacia, unos valientes, otros tendentes a la traición, pero a todos les impulsó el mismo sentido de misión familiar, como le sucedía al protagonista de este post, Rodolfo II.

Con su masa aparentemente desorganizada de territorios, su maraña de leyes y su mezcolanza de idiomas, el Sacro Imperio Romano-Germánico suele parecer caótico e incompleto, pero gracias a la labor de Rady, con una ingente cantidad de información y un trabajo de documentación y análisis de las fuentes (muchas de ellas inéditas) ciclópeo, descubrimos el secreto de la perseverancia de este largo linaje: sus miembros estaban convencidos de su predestinación para gobernar el mundo como defensores de la Iglesia católica (aunque algunos, como el propio Rodolfo II, fuesen excomulgados, y otros, como Carlos V, enviase sus tropas contra la Santa Sede, el célebre Sacco di Roma), garantes de la paz (pese a las numerosas guerras que libraron) y mecenas de la ciencia y la cultura, algo en lo que coincidieron todos, contribuyendo, en tiempos de Felipe II, al esplendor del Renacimiento, y siglos después, a la expansión de otras corrientes de pensamiento aun a pesar de ser una institución del Ancien Régime

Para adquirir este completo ensayo, puedes visitar la página de Taurus (Penguin Random House):

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38916-los-habsburgo-9788430623334











Nazis tras las huellas de la Atlántida (I)

Una de las mayores obsesiones de algunos líderes nazis, principalmente de Heinrich Himmler, fue hallar pruebas de la existencia de un continente o una isla perdida que corroborara la delirante teoría de que la raza aria tenía un origen divino que la convertía en superior al resto de los mortales. Una suerte de patria ancestral de semidioses y superhombres de la que partían los ancestros nazis. Varios guardias negros fueron tras su pista y también dejaron numerosos secretos en otras islas malditas…

Óscar Herradón ©

1 de julio de 1935. Cinco eruditos alemanes se reúnen con Heinrich Himmler en un espacioso despacho en la Prinz-Albrecht-Strasse de Berlín. Aquellos cinco estudiosos representaban a Walter Darré, dirigente de la Oficina de Raza y Reasentamiento (RuSHA), y a los paganistas del NSDAP. El Reichsführer de las SS pretendía crear un instituto de investigación que recuperase las huellas del pasado «glorioso» de Alemania.  Darré compartía su entusiasmo en la creación de dicho Instituto y a la siniestra reunión había sido invitado otro extraño personaje: Herman Wirth, uno de los prehistoriadores más célebres del país. Tras varias horas de apasionado debate, aquellos hombres decidieron fundar la Sociedad para el Estudio de la Herencia Ancestral Alemana, más conocida como la Ahnenerbe. Wirth sería su presidente y el Reichsführer asumiría el cargo de superintendente y el control del Consejo de Administración.

Wirth, el hombre al que Himmler encargó la dirección del Instituto, era uno de los más controvertidos folcloristas del Tercer Reich. Enormemente culto y entregado, aunque devoto de la parapsicología –aseguraba que su esposa, Margarethe Schmitt, podía leer la mente mediante la telepatía y que poseía dotes de clarividencia– y la vida sana, en 1928 había fundado la Herman Wirth Gesellschaft o «Sociedad Herman Wirth», antecedente directo de la futura Ahnenerbe. Una vez al mando, estaba plenamente convencido de que se hallaba a punto de realizar, según recoge la periodista Heather Pringle en El Plan Maestro, un descubrimiento que sería trascendental para la historia. Sus peculiares y poco ortodoxas teorías sobre el pasado, recogidas en su monumental obra La Aurora de la Humanidad (1928), le habían granjeado no pocas críticas de sus colegas, aunque también los elogios de los grupos nacionalistas.

Experto en escritura y símbolos antiguos, conocía el sánscrito a la perfección y varias lenguas muertas y había realizado tesis sobre las máscaras funerarias de los yupik –esquimales de Alaska– y sobre el significado funerario de los antiguos dólmenes de Irlanda. A esas alturas de su carrera creía haber descubierto una antigua escritura sagrada que habría sido nada menos que inventada por una civilización nórdica cuyos vestigios se perdían en el Atlántico Norte miles de años atrás; la escritura más antigua del mundo que para aquellos no podía ser sino aria.

La Atlántida: continente perdido, tierra prometida

Herman Wirth… ¿visionario o simple friki?

Muy influido por el mito de la Atlántida, Wirth creía que la primordial escritura que perseguía había sido precisamente inventada por los atlantes, para él, los primeros nórdicos. Fuera así o no, estaba seguro de que sería capaz de descifrarla, desentrañando de esa manera los misterios «de la ancestral religión aria». En La Aurora de la Humanidad catalogaba y analizaba millares de símbolos rúnicos de diversas culturas del norte de Europa. Inspirándose en Alfred Wegener, padre de la deriva continental, ideó una nueva teoría pseudocientífica, la de la «deriva polar», según la cual el polo helado habría sido la cuna de los pueblos arios del norte. Los polos a la deriva y los continentes errantes habrían acabado con esa «raza ártica» perfecta, aunque algunos de sus miembros se habrían refugiado en remotos lugares aislados como el mismo continente perdido.

Tanto Wirth como Himmler, al igual que el teórico y ocultista nazi Alfred Rosenberg, estaban convencidos de que la Atlántida era un continente real, cuna de los antiguos arios, y que aún existían vestigios del mismo en el océano Atlántico, donde la raza nórdica habría evolucionado hace unos dos millones de años. El continente perdido de Wirth había ocupado en su momento de esplendor un territorio que se extendería desde Islandia hasta las Azores; asimismo, el profesor creía que en 1935 solo algunos fragmentos del mismo permanecían a flote tras milenios de fuerte actividad tectónica: las españolas Islas Canarias, que también fueron centro de la investigación de los guardias negros, fascinados con los guanches, y las islas de Cabo Verde.

Alfred Rosenberg tras su ejecución en 1945. El imperio que pronosticó no duraría mil años.
Rudbeck

El erudito había bebido de fuentes anteriores e incluso de los ariosofistas como Guido von List o Lanz von Liebenfels, y precisamente este último aseguraba en sus textos racistas y ocultistas que la última Thule se correspondía a la Atlántida. En el siglo XVII, el historiador y naturalista sueco Olof Rudbeck había emplazado la esquiva Atlántida en Escandinavia en su obra Atlantica. Según éste, precisamente en este país habría florecido la cultura más antigua de la humanidad, algo que sostuvieron más tarde muchos ideólogos nazis al relacionar a los arios con los nórdicos. Y afirmaba sin contemplaciones que nada menos que el sueco era la lengua hablada por Adán en el Paraíso. Más tarde sería la ocultista rusa Madame Blavatsky quien reavivaría el mito en La doctrina secreta (1888), al dividir la historia del hombre en siete grandes ciclos marcados por el ascenso y la caída de siete grandes razas. La cuarta de éstas, que consideraba antecesora de la raza aria, era la de los atlantes, gigantes con grandes poderes psíquicos que poseerían una tecnología superior obtenida a través del denominado Fohat, «energía cósmica» o luz primordial, quienes, tras la desaparición de su célebre continente, habían dado origen a la raza aria –la quinta en sus cálculos «revelados»–.

Por su parte, el citado Guido von List, en La escritura ideográfica de los ariogermanos (1910), consideraba a los atlantes los descendientes del gigante Bergelmir, la versión nórdica del mito bíblico de Noé, recogida por Snorri Sturluson en el siglo XIII en su obra mitológica seminal Edda Mayor y Edda Menor.

En otra obra publicada en 1914, El protolenguaje de ariogermanos, List afirmaba que los megalitos prehistóricos de la Baja Austria demostraban la pervivencia en pleno continente europeo de una «isla» que habría formado parte en tiempos antiguos de la misma Atlántida. El propio Wirth insistía en destacar el carácter sagrado de estas construcciones de piedra. Liebenfels, por su parte, consideraba que los «sobrehumanos» atlantes fueron los primeros ancestros de la actual raza aria y ubicaba el continente perdido en el norte del océano Atlántico, teoría que haría suya el investigador de la Ahnenerbe.

Según Rosa Sala Rose, autora del Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo (Acantilado, 2003), la tergiversación del mito ofrecía numerosos atractivos para la asimilación ideológica nazi, pues por una parte ofrecía a éstos «la posibilidad de ubicar histórica y geográficamente el origen de la raza aria en un universo legendario y ennoblecido por la tradición (…). Por otra, permitía elevar a una dimensión cuasi-religiosa el peligro de la mezcla de razas, otro de los dogmas fundamentales del nazismo», ya que el declive de los atlantes y de la raza aria –creían– había venido precisamente por mezclarse con «razas inferiores» y esta creencia alentaba la idea de regresar a la perfección perdida por medio de la eugenesia y la depuración racial. Nazismo en su pura esencia, vamos.

Este post tendrá al menos un par de continuaciones… en breve, en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Para descubrir qué hay detrás de la búsqueda de esos «continentes perdidos» y los muchos eruditos que postularon su existencia, nada mejor que sumergirse en las páginas de una de las últimas novedades de mi preciada La Esfera de los Libros, un libro cargado de anécdotas y de lectura absorbente: Colega, ¿dónde está mi urbe? La Atlántida y otras ciudades perdidas en la historia y el tiempo, del joven divulgador Andoni Garrido, célebre por el canal de YouTube «Pero eso es otra historia», donde recoge casi 40 leyendas sobre este asunto: desde la citada Atlántida que obsesionó a los teósofos y a los ariosofistas y más tarde a algunos nazis a El Dorado, cuya búsqueda costaría la vida a más de uno y a más de dos, pasando por Lemuria, Hiperbórea, Shambhala, Yamatai, Cíbola o Aztlán, entre otras. La intención: descubrir qué hay de verdad y qué de mentiras tras todas estas historias y buscar un posible origen para estos mitos que se encuentran en numerosas culturas, algunas con milenios de antigüedad. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/colega-donde-esta-mi-urbe/

El castillo hermético de Federico II

Erigido entre 1240 y 1250 en una colina de Apulia, al sur de Italia, el sorprendente edificio medieval de Castel del Monte está cargado de simbolismos difíciles de comprender. Algunas teorías defienden que su artífice, el emperador alemán Federico II de Hohenstaufen, más conocido como Stupor Mundi –el Asombro del Mundo– ocultó en él una serie de claves herméticas.

Castel del Monte, Apulia, Italia (Crédito: Wikipedia)

Óscar Herradón ©

La figura del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Sicilia en el siglo XIII, Federico II de Hohenstaufen, aparece rodeada de un profundo halo de misterio que ocho siglos después de su andadura sigue despertando la controversia entre los investigadores. Fue conocido en su tiempo como Stupor Mundi, el «asombro del mundo», por su impresionante formación intelectual y su provocadora forma de actuar, realizando un acercamiento al mundo islámico en tiempos de guerras de religión y cruzadas cristianas, lo que para algunos le convertía en el «Anticristo». Sin duda se adelantó muchos siglos a su tiempo. De hecho, hoy mismo el pontífice Francisco I a Irak ha visitado por vez primera en décadas de historia católica, lo que es todo un hito, y han pasado dieciocho siglos desde que el Hohenstaufen se entrevistó pacíficamente con sus «hermanos» musulmanes.

Federico II (Wikipedia)

Su figura, no obstante, y teniendo en cuenta la época turbulenta que le tocó vivir, no está exenta de polémica. Cuenta la leyenda que Federico nació después de que un dragón se apareciera a su madre Constanza y echara sobre ella su aliento de fuego, una «visita» de gran contenido simbólico similar al del origen de algunos grandes mandatarios de la Antigüedad, como Alejandro Magno, o al de héroes del panteón grecolatino como Hércules. Pronto Federico comenzó a mostrar un enorme interés por todas las ramas del saber. Una vez coronado emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, en 1220, Federico convirtió Sicilia, donde tenía su corte, en un auténtico estado moderno con un magnífico funcionamiento del comercio y una administración centralizada. La llenó también de trovadores y artistas de toda clase, origen y condición.

De Arte Venandi

Protegió incluso a algunos cátaros y a patarinos y arnaldistas, todos con la particularidad común de ser considerados herejes por la Santa Sede. Ello, sumado a su afición por las ciencias ocultas y la alquimia, provocaría airadas reacciones de los católicos. De hecho, llegaría a ser excomulgado en varias ocasiones. Gran erudito, escribió varias obras, entre las que destaca un tratado de cetrería –De Arte Venandi cum Avibus–, y fue el único monarca que logró liberar Tierra Santa sin derramar una sola gota de sangre, gracias a sus habilidades diplomáticas.

Numerología, alquimia y arquitectura hermética

A su vez, el Stupor Mundi fue el artífice de uno de los edificios más asombrosos de la Edad Media. Es más que probable que la sabiduría ocultista y esotérica de su consejero «espiritual», el alquimista Michel Scoto y otros heterodoxos, influyeran en Federico II a la hora de tomar la decisión de construir en la región italiana de Apulia la fortaleza de Castel del Monte. Una construcción excepcional tanto por su forma como por su carácter mágico. Fue levantada a una altura de 540 metros sobre el nivel del mar, sobre una colina que para algunos autores es artificial y sobre la que, al parecer, existía en tiempos pretéritos un monasterio bajo la advocación de Santa María del Monte.

Es evidente que la fortaleza es una exaltación de la simbología del número ocho, ya que esta cifra se repite como un leitmotiv en la disposición del mismo. Siguiendo al autor galo Jean-Michel Angebert, el número ocho es símbolo de equilibrio y de infinito y se presenta en múltiples tradiciones como un rasgo común para la realización de la llamada Gran Obra alquímica. Varios autores afirman que Castel del Monte se usaba como fortaleza, mientras que para otros era un edificio de recreo o incluso un lugar de alojamiento; lo extraño es que su rara disposición descarta casi por completo estas hipótesis. En el caso de que fuera una fortaleza, deberían existir almenas defensivas y otros elementos característicos de las mismas; la posibilidad de que fuese utilizado como alojamiento también es improbable, pues la planta octogonal dificultaría la disposición de muebles y utensilios y la comodidad de los invitados. Narraciones contemporáneas refieren que, en ocasiones especiales, cientos de caballeros de diversas nacionalidades eran recibidos por el emperador en el exterior del recinto, donde se alojaban en tiendas de campaña, lo que viene a corroborar la teoría de que el interior del edificio no era habitado por nadie. Lo que hacían allí aquellos caballeros continúa siendo un misterio. Puede que algún tipo de ceremonial… ¿pagano?

Castel del Monte desde el aire (Licencia: Wikipedia)

Hay expertos que sostienen que Castel del Monte podría ser incluso un observatorio astronómico, dada la disposición del edificio y el enclave elegido para la construcción. La puerta de entrada principal al edificio, que conduce al patio octogonal central, está orientada al Este, según el eje Andria-Jesusalén. La orientación de esta entradaes sin duda alguna intencionada, y su finalidad era conseguir «una identificación vinculante entre el edificio y el Cosmos, lo divino y lo terrenal. El edificio se convertía así en un reflejo del cielo en la tierra (…)». Hoy, la enigmática «fortaleza» continúa en pie, majestuosa, erigida sobre la misma colina que la vio nacer, sorprendiendo a propios y extraños por su peculiar forma, cobijando entre sus muros oscuros secretos de una época que escapa a nuestra comprensión, y que cada vez se aleja más y más en el tiempo.