Callahan, autora del bestseller American Predator, dedica casi cuatrocientas páginas a desmontar el mito de Camelot (como se conocía la casa familiar de los Kennedy) con un enfoque novedoso: desde el punto de vista de las mujeres que los hombres de la saga dejaron a su paso, Jacqueline Kennedy, Marilyn Monroe, Mary Jo Kopechne, Martha Moxley, Rosemary Kennedy o Carolyn Bessette, entre otras.
Joseph P. Kennedy.
Callahan traza un patrón que atraviesa a tres generaciones bajo sospecha: a Joseph P. Kennedy padre, a sus hijos Jack, Bobby y Ted, y a la generación siguiente: abuso, explotación y una violencia sistemáticamente silenciada por el aparato de relaciones públicas del clan. El libro fue número uno en ventas tanto en los Estados Unidos como en el Reino Unido y quedó finalista del Housatonic Book Award de 2025, lo que da idea del eco que tuvo entre el público general. Y ahora podemos disfrutarlo en castellano gracias a La Esfera.
Una crítica no unánime
El problema, según buena parte de la crítica anglosajona, está en el método más que en la tesis. El Washington Post reconoció que el libro entrega detalles demoledores sobre tres generaciones de la familia, situándolo en la estela del #MeToo como revisión tardía de comportamientos que durante décadas se toleraron sin más; quizá uno de sus grandes aciertos. Pero la reseña agregada por Book Marks, que reúne juicios de varias cabeceras estadounidenses, es bastante más severa: señala que Callahan da pábulo a teorías sin fundamentar sobre la implicación de JFK y Robert Kennedy en la muerte de Marilyn Monroe, y recuerda con sorna que entre sus fuentes figuran el National Enquirer y «biógrafas de gatillo fácil como Kitty Kelley». La misma reseña admite, eso sí, que la autora tiene buen ojo para el detalle morboso y que consigue convertir a la Casa Kennedy en un castillo de Barba Azul.
Entre la crónica negra y el ensayo político
Varios críticos coinciden en que el libro no aporta hechos nuevos —las anécdotas ya eran conocidas— sino una manera de encadenarlas que resulta devastadora por acumulación. Kirkus Reviews lo calificó como un relato honesto sobre el doble rasero que permitió a los hombres Kennedy escapar impunes durante décadas. No preguntes funciona mejor como pieza de true crime y de denuncia que como historia académica, aunque quizá en eso resida parte de su encanto, pues precisamente sobre los Kennedy y su período en el poder hay ya una nutrida bibliografía: estructuralmente se apoya en la fuerza narrativa antes que en el aparato documental, algo que la propia autora admite al reconocer cierta «licencia creativa» en algunos episodios, extremo que ha hecho dudar a parte del público sobre qué pasajes son reconstrucción y cuáles hecho verificado.
Aun así, el libro tiene el mérito de desplazar el foco de los hombres Kennedy a las mujeres que pagaron el precio de su leyenda, devolviéndoles un protagonismo que la historiografía convencional les había negado. En conjunto, es una lectura que engancha por su pulso narrativo y que resulta incómoda, como debe ser, para quien todavía idealiza Camelot. De él ha dicho la historiadora y periodista también estadounidense Karen Abbott: «Una exposición desgarradora e incendiaria de la verdadera Maldición de los Kennedy: el legado de generaciones de misoginia, asesinato y caos familiar».
RBA publica La Clave de Mozart, la última novela del periodista de investigación y escritor Fernando Méndez, una trepidante historia que entrelaza hechos reales con una pregunta universal y profundamente humana: ¿hasta dónde serías capaz de llegar para vencer el miedo a morir?
La historia se narra en dos épocas diferentes: el siglo XVIII y la actualidad (junto con secuencias retrospectivas del momento actual). Se citan acontecimientos importantes ocurridos en los últimos 250 años, que contextualizan el relato. Los hechos y personajes históricos son reales, ahora volveremos sobre ellos, lo que dota a la narración de gran verosimilitud.
Una partitura, una fórmula, un poder mortal
Fernando Méndez (RBA).
Viena, a principios de diciembre. Peter Dauson, periodista de la Ópera de Viena, recibe una confidencia inesperada que lo arrastra a una carrera contrarreloj: encontrar en 72 horas la partitura original del Lacrimosa de Mozart. Perdida hace décadas, es uno de los objetos más codiciados por las élites políticas, sociedades secretas y mafias internacionales. Y no es para menos: en sus compases se esconde una antigua fórmula sumeria capaz de predecir la fecha exacta de cualquier muerte, un poder tan absoluto y perturbador que alimenta conspiraciones desde el siglo XVIII.
Mozart.
Entre Viena, Salzburgo, Bruselas y Milán, Peter y la arqueóloga Silvia Weist se verán arrastrados a una espiral de asesinatos rituales, traiciones y una red masónica que conecta el pasado con el presente. En su avance –siempre un paso por detrás de quienes quieren silenciar la verdad, un poco como lo que sucede en la política, nacional e internacional, hoy y siempre–, descubren que hay una partitura que mata, o por la cual la gente mata, y que seguir su rastro significa enfrentarse a quienes han protegido su secreto durante siglos.
El pasado siempre puede reinventarse
Este absorbente thriller tira de hechos reales, algunos de ellos históricamente capitales, otros perturbadores o inquietantes:
La Scala de Milán. En 1778, bajo dominio austríaco y en pleno ambiente ilustrado, Milán era una ciudad en expansión y modernización. La construcción de La Scala, sobre el solar de una antigua iglesia, dio a la ciudad italiana un teatro monumental que se convertiría en símbolo de prestigio social y cultural. Su inauguración colocó a Milán como capital europea de la ópera y reflejó el poder de su élite y su vocación de modernidad. Todavía hoy, un cuarto de milenio después, es uno de los teatros más importantes del globo.
La agitada vida social de Wolfgang Amadeus Mozart. En la Viena de Mozart la vida social giraba en torno a la corte de los Habsburgo, los salones aristocráticos y los teatros de la ópera, donde música y sociabilidad se entrelazaban (aprovecho para recomendar imperiosamente revisitar la película Amadeus, de Milos Forman, o verla por primera vez al incauto que aún no lo haya hecho), donde se refleja a la perfección dicho ambiente, salpicado de las complejidades políticas de una época en pleno y vertiginoso cambio en todos los sentidos. Era una ciudad cosmopolita, refinada y animada, con cafés, bailes y conciertos públicos. Mozart, aunque integrado en ese ambiente, vivió una tensión constante: buscaba independencia como compositor y concertista, pero dependía, como la mayoría de artistas, de mecenas y encargos; tuvo prestigio, aunque también inestabilidad económica y social.
Farinelli (1734).
Los castrati y la ópera. En tiempos de Mozart los castrati aún brillaban en la ópera, aunque esta figura (muy célebre fue Farinelli, que cantaba y componía para el Borbón Felipe V, acechado por la enfermedad mental que entonces denominaban los galenos «melancolía») empezó a generar debates morales. Durante el siglo XIX desaparecieron de los escenarios, mientras la ópera evolucionaba hacia el bel canto y el drama romántico con voces más naturales. Desde entonces, su legado permanece como un capítulo singular de la historia musical, recreado hoy mediante contratenores o adaptaciones, recordado como símbolo de la ópera barroca y clásica.
La masonería. A finales del siglo XVIII la masonería en Viena era un espacio ilustrado de debate filosófico y científico. Las logias influyeron en movimientos liberales y revolucionarios. En el siglo XIX fueron perseguidas por regímenes autoritarios y en el siglo XX sufrieron una fuerte dictadura, pero tras la Segunda Guerra Mundial recuperaron fuerza como organizaciones humanistas y filantrópicas. Hoy tienen un papel más discreto, centrado en valores de fraternidad, tolerancia y servicio social.
Y hay más episodios reales (el misterioso asesinato de Kennedy en Dallas en 1963, las mafias del arte, la importancia del periodismo y la protección de la arqueología en conflictos bélicos, etc.) que, bien ficcionados para ajustarse a la trepidante trama, salpican las páginas de esta amena novela. Con ecos a Dan Brown combinados con la más rabiosa actualidad geopolítica, y guiños al conspiracionismo de nuevo cuño, La Clave de Mozart es una lectura muy recomendable para aquel que quiera desconectar de este mundo de locos salpicado de guerras, juicios delirantes, posibles nuevas pandemias, trolls e IAs y efectos climáticos extremos. Sí, hace falta desconectar.
El autor, Fernando Méndez, columnista del diario ABC y quien ha trabajado en otros rotativos como El Faro de Vigo o La Región, tiene publicada en RBA otra novela también vibrante, de superación y espías basada en unos hechos largamente silenciados:La vida mientras luchamos, cuya trama está inspirada en un episodio real silenciado por el franquismo, el conocido como Caso del Metílico –el mayor envenenamiento ocurrido en el mundo, que tuvo lugar en 1963 por consumo de bebidas alcohólicas elaboradas a partir de alcohol metílico, que acabó con la vida de 51 personas y dejó a nueve ciegas, principalmente en Galicia y las islas Canarias– que sirve como gancho y telón de fondo para un thriller que tampoco da un respiro.
Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio de El Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.
El actor Paul Naschy, referente del cine de terror patrio durante décadas, quien falleció en 2009, refirió en sus memorias una anécdota que tenía que ver con el pudridero. Según dejó escrito, durante un rodaje para una productora japonesa de unos documentales sobre historia de España, se perdió y acabó en aquella tétrica estancia –no cuenta cómo logró entrar allí, si supuestamente estaba cerrada–, en la que recordó haber respirado un olor nauseabundo, el de dos cuerpos en descomposición. Puesto que existe una cancela cuya llave la guardan con mimo los agustinos, sus únicos propietarios, es de suponer que se la enseñaron debido a su prestigio.
Sin embargo, lo que vio Naschy no fue el pudridero en sí, sino una estancia abovedada, porque hay un tabique que nadie puede atravesar realizado por los operarios cuando comienza y culmina el proceso de descomposición. El actor afirmó que olía fatal, y no es de extrañar porque, a pesar del tabique, existe una ventana de ventilación, y en el momento en que hizo aquella «visita», hacía poco tiempo que habían introducido allí el cadáver de la condesa de Barcelona. Quién sabe, aunque en los mentideros de Internet los internautas no se ponen de acuerdo en este punto, ni sobre la fecha ni sobre los cuerpos que debían permanecer en la estancia.
Entonces, ¿por qué se pueden hallar en internet fotos que dicen ser del Pudridero, donde se ven varios ataúdes? La razón es que esa imagen pertenece a la antesala de «pasos perdidos», donde se encuentran los féretros vacíos de los cuerpos que ya han sido depositados en el lugar. Tan solo la pared tapiada del fondo que puede apreciarse corresponde al Pudridero en sí, puesto que está prohibido realizar fotografías, lo que continúa contribuyendo a aumentar su aura de misterio.
Sarcófagos regios
Don Juan.
En 24 de sus 26 sarcófagos descansan todos los soberanos de España fallecidos desde Carlos I, así como las reinas madres de reyes, con algunas excepciones. Los dos que están vacíos esperan para albergar los cuerpos de los condes de Barcelona, Don Juan de Borbón y María de las Mercedes, que en la actualidad se encuentran en el pudridero, ya que su hijo, Juan Carlos I, quiso honrarlos con exequias reales a pesar de no haber ostentado nunca la Corona de España por decisión del dictador Francisco Franco.
La reina Victoria Eugenia.
Los restos de la abuela del rey emérito, Victoria Eugenia de Battenberg, esposa de Alfonso XIII, fueron trasladados en octubre de 2011 al Panteón de los Reyes, ocupando el sarcófago número 24, frente a Alfonso XIII, situado bajo la de su suegra, la reina María Cristina, esposa de Alfonso XII, esposa y madre de reyes ambas, como reza la tradición para ocupar tan luctuoso honor. Su cadáver fue repatriado en 1985 por decreto real, aunque había fallecido en Lausana en 1969, permaneciendo en la antesala del panteón, el citado Pudridero, durante 26 años hasta su traslado al sarcófago. Hoy permanecen en la tétrica sala del Pudridero los cuerpos de don Juan de Borbón y María de las Mercedes, que descansan en el Monasterio de El Escorial desde abril de 1993 y enero de 2000 respectivamente.
Panteón de Infantes.
Por su parte, el llamado Pudridero de los Infantes alberga a día de hoy los cuerpos de Jaime de Borbón – segundo hijo de Alfonso XIII–, Luis Alfonso de Baviera y Borbón e Isabel Alfonsa de Borbón y Borbón –ambos nietos de Alfonso XII–. Los últimos infantes en abandonar aquel sitio de tránsito mortuorio fueron Alfonso de Borbón Dos Sicilias y el hermano de Juan Carlos I, Alfonso de Borbón y Borbón. Estos fueron los últimos en ser trasladados al Panteón de inmaculado mármol blanco destinado a príncipes, infantes y reinas que no fueron madres de reyes. Actualmente aún permanecían 24 tumbas vacías…
Un nuevo panteón en el horizonte
El rey emérito.
En la actualidad, surge el debate de qué ocurrirá con Juan Carlos I y doña Sofía tras su deceso. Y es que el rey emérito, que se encuentra residiendo en Abu Dabi (sitio bastante agitado en medio de la guerra de Irán) y ha manifestado su deseo de regresar a España, ya tiene 88 años de edad, y su esposa 87. Y es que una vez que los padres de don Juan Carlos abandonen el Pudridero y ocupen sus respectivos féretros en el Panteón de los Reyes, los 26 habrán sido ocupados y los reyes eméritos deberán buscar otro mausoleo para su descanso eterno. De momento, no sabemos cuál será la elección, o si se podrá realizar algún tipo de remodelación –poco probable– en el monasterio filipino. Hasta ahora, una de las posibilidades que tiene mayor peso es la de que se decanten por su descanso eterno en la Catedral de la Almudena.
Doña Sofía.
Según se hacía eco en 2018 el diario El Español, al parecer Patrimonio Nacional ya está buscando una solución a este problema. Mientras, como digo, se baraja la posibilidad de habilitar un espacio en la cripta de la catedral de La Almudena para albergar el cuerpo de Juan Carlos I. En cuanto a su esposa, la reina emérita, doña Sofía ha manifestado en alguna ocasión que le gustaría que sus restos fuesen repatriados a su tierra natal, Grecia. La incógnita sigue en el aire.
Sepulcro de los Reyes Católicos, y de Felipe el Hermoso y Juana I.
Informaciones más recientes, de marzo de este 2026, sugieren que el Rey Emérito ha manifestado su deseo de ser enterrado en la Capilla Real de Granada, junto a los Reyes Católicos, según han confirmado fuentes de su entorno y sus últimos biógrafos. El debate sobre qué pasará con sus restos en relación con el Escorial se avivó de nuevo cuando, en septiembre de 2024, durante una de sus escalas en España, Juan Carlos I realizó una visita «secreta» al monasterio. Curiosamente, según revelaba a El Español Marina Fernández, directora del Grupo Escuela Internacional de Protocolo, el mismo Rey Emérito «sentó un precedente cuando aprobó que su padre, don Juan de Borbón, el conde de Barcelona, fuera enterrado en la Cripta de El Escorial sin haber sido formalmente rey de España».
Ahora mismo Juan Carlos I no es rey reinante, sino formal king (rey emérito), pero según sus directrices en relación con su progenitor, debería ser enterrado allí. El problema, como ya hemos señalado y también matizaba al citado rotativo Marina Fernández, es la falta de espacio: «el problema es que el Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial está completo. No hay sitio. Y, además, es esa decisión de don Juan Carlos, la de enterrar a sus padres en el Panteón de los Reyes, la que le deja sin sitio a él y a la reina Sofía»; y añade: «Hay que buscar otro sitio y no hay nada cien por cien definido. Se baraja la posibilidad de ampliar el Panteón, de hacer una especie de cripta adyacente porque no caben Juan Carlos, Sofía, ni tampoco Felipe y Letizia… ampliar sería la idea primaria, pero de momento nada se sabe».
Y es la propia experta quien matiza que, efectivamente, los cuerpos de los condes de Barcelona, padres del Emérito, continúan en el Pudridero, probablemente a donde sean trasladados los restos de Juan Carlos I. Se calcula que entre 25 y 40 años es el tiempo que se necesita para que sea eliminada la humedad y el mal olor de los cuerpos, con el objetivo final de momificarlos finalmente.
¿Qué encontraremos en España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad?
La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidadrecorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?
Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».
*Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja.