Símbolos del poder regio

19 11 2020

Ahora que la monarquía parlamentaria no goza en España precisamente de su mejor momento, por las veleidades financieras –por ser suave– del Rey Emérito y parte de su entorno más cercano –será la Justicia, ciega, o no tanto, quien finalmente decida la implicación de cada uno en el mayor escándalo que azota la Zarzuela en cuarenta años–, recordamos en este post algunos de los símbolos del poder real –Iura regalia– y su significado ritual a lo largo de los siglos.

Óscar Herradón ©

Coronación de Felipe II de Francia (1179)

Durante la ceremonia de consagración, cuyo fin último era legitimar el poder real sobre la voluntad divina, el rey era investido con una serie de símbolos con los que ha sido representado –principalmente en Occidente- en la mayoría de retratos y otras obras de arte de índole propagandística y que indicaban su carácter supraterreno y su condición de máximo mandatario de la comunidad. Las insignias reales eran consideradas por sus portadores como auténticas armas iniciáticas, y su sola posesión confería el llamado poder regio.

La Corona

Además de servir como adorno para la cabeza que realzaba la figura de su portador, tenía –y sigue teniendo hoy en día– forma de círculo, símbolo de la perfección. El uso de la misma como distinción e incluso como importante símbolo funerario data de épocas remotas.  En la antigüedad se adornó la corona, generalmente de oro y piedras preciosas, con diferentes hojas de plantas como el rosal, la hiedra, el mirto, el roble o el olivo, cada una de ellas con un significado simbólico concreto.

Desde tiempos pretéritos estuvo asociada también al culto solar, y no olvidemos que muchos de los reyes que gobernaban Occidente durante la Edad Media y Moderna hicieron del astro rey, el Sol, su símbolo personal. Eran los conocidos como monarcas de estirpe solar, caso por ejemplo de Luis XIV de Francia, cuyo sobrenombre, Rey Sol, no deja lugar a dudas, o de otros personajes como Rodolfo II o Federico II de Hohenstaufen, reyes muy vinculados al universo oculto y hermético.

En la Antigua Grecia, los vencedores de los juegos olímpicos eran obsequiados con una corona de laurel, que estaba también relacionado con el citado culto solar y que fue recuperado como símbolo de la victoria por los emperadores romanos –la conocida como «corona cívica», triunfal de oro y con hojas de laurel, era la máxima expresión, el símbolo más elevado del poder humano–.

Sin embargo, siguiendo el trabajo de Paola Rapelli Grandes dinastías y símbolos de poder (Electa, 2005), la corona como signo de la realeza no proviene de la cultura grecorromana, sino de Oriente. En el Antiguo Egipto, por ejemplo, algunos faraones ostentaban el título de rey del Alto y del Bajo Egipto, y  tal dignidad era representada por la corona de ambos reinos: la Blanca o  Hedjet, símbolo del Alto Egipto, y la Roja o Desheret, símbolo del Bajo, fusionadas en una, conocida como Sejemty o Corona Doble. Asimismo, existían otro tipo de coronas utilizadas con diversa finalidad y en distintas ocasiones, como Atef o corona osiriaca, que estaba presente en algunos rituales de carácter funerario, y la Jemjem, compuesta por tres coronas Atef y otros complementos, y que parece que tenía una función solar, entre otras.

Osiris

Según Francisco Javier Arriés, la corona, a semejanza del gorro del mago o del hechicero, se apoyaba sobre el último chakra, simbolizando el poder conferido desde lo alto que irradiaba sobre su portador. La palabra chakra viene del sánscrito cakra y tiene el significado de «rueda» o «círculo». Según el hinduismo y algunas culturas asiáticas, los chakras son vórtices energéticos situados en los cuerpos sutiles del ser humano, llamados Kama rupa –«forma del deseo»– o linga sharira –«cuerpo simbólico»–. Su tarea es la recepción, acumulación, transformación y distribución de la energía llamada prana. Los chakras básicos son siete.

De entre todas las que hoy se conservan, destaca por su belleza y simbolismo la corona imperial de Carlomagno, personaje crucial en la forja de la dignidad real de corte divino. Esta consta de ocho placas articuladas y su forma no es casual, pues el octógono es una forma intermedia entre el círculo y el cuadrado, y simboliza la regeneración, algo que sabían muy bien algunos soberanos como Federico II de Hohenstaufen, que utilizó dicha geometría en Castel del Monte.

La corona imperial de Carlomagno, que fue fabricada en los talleres de la abadía de Reichenau, muestra además una serie de placas esmaltadas que representan a Cristo –Rey de Reyes– y a varios soberanos del Antiguo Testamento, lo que indicaba que el Imperio era una institución divina, eje de la convivencia humana que se erigía como protectora del catolicismo. La riqueza y ostentación de la corona imperial es otra de sus peculiaridades. No debemos olvidar que en la mayoría de los casos estos símbolos estaban ornamentados por gemas y piedras preciosas, cuyas virtudes y poderes talismánicos –tendremos ocasión de descubrir también la importancia que algunos reyes otorgaban a las propiedades curativas de ciertos elementos de la naturaleza– actuaban, según se creía, sobre el monarca.

Trono de Carlomagno en la iglesia de Aachen (Aquisgrán)

La Espada

El segundo símbolo que otorgaba el poder regio era la espada, la principal de las armas iniciáticas, que simbolizaba el poder y la justicia, pero también el conocimiento y la razón, virtudes que debía poseer siempre el soberano, aunque por desgracia dicha premisa no se cumplía en muchas ocasiones, «el eje que une los mundos, y una imagen del rayo solar que disipa las tinieblas».

Este importante simbolismo estaba muy vinculado a la caballería iniciática, mientras que la espada era también uno de los principales símbolos de identificación del caballero. Podemos hablar por tanto del caballero-rey o del rey-caballero, honor que algunos soberanos alcanzaron por méritos propios y que otros obtuvieron de forma despótica, obligando a los verdaderos iniciados a que les concediesen el privilegio de nombrarles como tal.

Otro de los símbolos representativos del poder real es el cetro, símbolo de fuerza y fecundidad e imagen de la columna que sostiene el Universo. En la Antigua Grecia, siguiendo el trabajo de Rapelli, el cetro era el bastón largo que usaban las personas mayores como apoyo para caminar y los pastores para guiar los rebaños, por lo que acabó convirtiéndose en el símbolo del Buen Pastor –Cristo– según lo define el Evangelio de Juan (10,1) y por tanto en un poderoso símbolo del rey divino, por lo que representa la función específica de protección de la grey de los fieles y, fuera del marco religioso, de todos sus súbditos.

Es habitual en la iconografía cristiana que muchos santos y personajes relacionados con la religiosidad porten también un cetro, elemento que en la mitología grecorromana, por su parte, representaba el símbolo fálico, como por ejemplo el tirso de Dioniso.

Fuera de Europa era la vara que indicaba el rango social y que se exhibía en las ceremonias rituales. Por su forma rígida y vertical se le relacionaba, como ya he señalado, con el eje del mundo, de gran similitud con la espada. Generalmente, al menos en Europa, el cetro solía rematarse en forma de pomo redondo, símbolo también del mundo y del control absoluto sobre él; también solía ser engalanado con otros ornamentos, como la flor de lis –símbolo de los reyes franceses–, que significa luz y purificación.

Otros elementos simbólicos

El globo también era un elemento crucial dentro del simbolismo regio, y los reyes y emperadores lo llevaban en la mano durante las diferentes ceremonias oficiales, y en la más importante probablemente de sus vidas: la de coronación, simbolizando, en palabras de la citada Rapelli «la metáfora del poder sobre un área terrenal, pero por extensión sobre el mundo entero», encarnando además el ordenamiento divino del cosmos y remarcando también el papel mesiánico del rey como salvador de su pueblo, si tenemos en cuenta que en la iconografía religiosa Cristo se presenta sosteniendo un globo en una de sus manos como salvador del mundo –Salvator Mundi–.

Junto a todos estos símbolos, el trono fue uno de los que mayor distinción otorgaba al soberano; éste era el «ombligo del mundo» y representaba el Universo sobre el que gobernaba el rey. Además, simbolizaba la unidad estable y la síntesis entre el Cielo y la Tierra y era un símbolo también de la majestad divina, pues la divinidad se representa sentada precisamente sobre un trono.

En el Antiguo Egipto, el faraón aparecía representado generalmente sobre un trono, y en los jeroglíficos de las pirámides éste tenía el significado de equilibrio y seguridad. Por su parte, en la Grecia antigua los doce dioses del Olimpo también se sentaban en tronos adornados con ricas joyas. El de Zeus se hallaba situado en la Gran Sala del Consejo, y era de mármol negro pulido con incrustaciones de oro puro, símbolo del astro rey. Para llegar al mismo había siete escalones, cada uno de ellos representando uno de los colores del Arco Iris. Sobre uno de los brazos del gran asiento se posaba un águila de oro que mostraba un rubí en cada ojo; con una de sus garras apresaba los rayos del Dios-Rey, regalo de sus aliados los cíclopes en la lucha contra Cronos y sus secuaces durante la guerra por el Olimpo.

La reina Hera, por su parte, se sentaba sobre un trono de marfil, símbolo de pureza. En Grecia también los reyes y los nobles se sentaban sobre tronos. Rapelli escribe que era un símbolo tan poderoso en aquella civilización que se esculpían tronos vacíos para los dioses, de manera que éstos pudieran estar presentes en todo momento.

En el arte cristiano la Virgen y Cristo están sentados también sobre ellos durante el acto de coronación. Asimismo, Jesús promete a los apóstoles que cuando juzguen a las doce tribus de Israel se sentarán sobre tronos. Estos suelen estar elevados sobre uno o varios escalones, a veces con un dosel o pabellón encima, como en la capilla del palacio real de Aquisgrán, en la que Carlomagno tenía reservado un lugar especial para el trono durante el transcurso de las celebraciones religiosas, elevado sobre una plataforma que hacía que el emperador se situara, física y simbólicamente, por encima de todos sus feligreses.

Para saber más:     

HANI, Jean: La realeza sagrada. Del faraón al cristianísimo rey. José J. de Olañeta Editores 1998.

HERRADÓN, Óscar: Historia oculta de los reyes. Magia, herejía y superstición en la corte. Espejo de Tinta, 2007.

RAPELLI, Paula: Grandes dinastías y símbolos del poder, Electa, Barcelona, 2005.





El Escorial: El Templo mágico de Felipe II

6 11 2020

Felipe II fue el soberano occidental más poderoso de su tiempo, pero su figura se ha desdibujado en parte por los partidarios de la Leyenda Negra y también por los afectos a la «Leyenda Rosa». Hombre de su tiempo, tuvo una completa educación renacentista y a pesar de su defensa a ultranza de la Contrarreforma, mostró un profundo interés por las ciencias ocultas, la alquimia y el hermetismo. Con la idea de erigir su propio templo, «émulo del de Salomón», mandó erigir el monasterio de San Lorenzo de El Escorial cargado de un simbolismo en gran parte desconocido.

Óscar Herradón ©

Existen diversas evidencias que señalan cómo Felipe II concibió la idea de plasmar en su gigantesca obra escurialense una especie de Cielo en la Tierra, quizá influido no solo por las teorías lulistas –del místico mallorquín Ramon Llull–, la funcionalidad de los templos religiosos o el «hermetismo cristiano», tan en boga por aquel entonces –lo que hacía que un rey católico pudiera interesarse por lo oculto sin caer en la herejía–, sino también por los textos de corte místico que fueron escritos por «visionarios» y hombres de fe de su época como Fray Luis de León, San Juan de la Cruz o su muy admirada Santa Teresa, por la que intercedió ante la Inquisición y cuyas obras el monarca parece que leía con asiduidad y devoción.

Pero además del carácter intimista y austero, como un gran espacio de religiosidad, que el monarca quiso impregnar al edificio donde pasó los últimos años de su vida, en él Felipe II plasmó también, insisto, un auténtico «Cosmos», su Universo o Cielo particular –al igual que hizo el emperador medieval Federico II en Castel del Monte–, emulando el más simbólico edificio religioso de la antigüedad: el Templo de Salomón, hecho que sin embargo ha pasado desapercibido –al menos para la gran mayoría– durante varios siglos. Aún hoy no es algo que te cuenten los guías oficiales del monasterio o las biografías al uso.

Múltiples referencias mágicas

Aunque desde prácticamente su misma construcción se viene haciendo referencia a la planta del edificio sacro en forma de «parrilla», probablemente en alusión al patrón del mismo, San Lorenzo, que según la tradición fue sometido a martirio en el objeto de tortura del mismo nombre, lo cierto es que, según investigadores como René Taylor –quien más datos ha aportado para una comprensión a fondo del sentido esotérico y hermético del monasterio– todos los análisis apuntan a que dicha hipótesis comúnmente aceptada es errónea, y a que el diseño y trazado son precisamente «una evocación del Templo de Salomón».

No es una casualidad que el llamado Patio de los Reyes, que sirve de acceso al recinto, sobre la fachada de la iglesia del monasterio, estén representadas las figuras de varios reyes del Antiguo Testamento, entre ellos David y su hijo Salomón, artífice del templo de Jerusalén. El mismo padre fray José de Sigüenza, primer cronista del recinto, en uno de sus textos, afirma: «…otro templo de Salomón, al que nuestro patrón y fundador quiso imitar en esta obra». Luego, aquellas palabras fueron casi olvidadas por la historiografía.

Teniendo en cuenta que desde la antigüedad el rey hebreo ha sido relacionado con la magia y que incluso en el Corán, en algunas Suras, se habla de la relación de éste con el mundo de los espíritus, mientras que en la Edad Media se atribuyeron a su autoría tratados mágicos cuyo título era Las clavículas de Salomón, recogiendo quizá parte de su sabiduría, no deja de ser harto curioso que el segundo Felipe escogiera precisamente su figura para que precediera la entrada a su templo «cristiano». No obstante, el soberano español ostentaba entre sus múltiples títulos el de Rey de Jerusalén, y como apuntan diversos estudios, él mismo se veía como un nuevo Salomón, por lo que no debe extrañarnos que quisiera emular a esta figura en la construcción de su templo particular.

Juan de Herrera, hombre de ciencia… y magia

Pero éstas no son las únicas evidencias que apoyan esta hipótesis; se sabe que el arquitecto Juan de Herrera, que se puso al frente de las obras del monasterio tras la muerte de su colega Juan Bautista de Toledo, poseía una colección de libros titulada precisamente Copia del Tratado que se hizo del Templo de Salomón en manuscrito, textos en los que seguro se basó el arquitecto para llevar a cabo las obras del monasterio.

Precisamente, Herrera dio la orden de que los trabajos de construcción del edificio se llevasen a cabo en silencio, puesto que la obra, en palabras del heterodoxo investigador Juan G. Atienza, «necesitaba paz y sosiego». El caso es que para que existiera ese relativo silencio de ciertas connotaciones mágicas, los sillares de piedra se tallaron y labraron directamente en la cantera –de este modo no se escucharía en los alrededores el constante golpeteo de los malletes y martillos–; curiosamente, al igual que ocurrió, según los textos bíblicos, durante la construcción del Templo de Salomón.

El Patio de los Reyes, coronado por David y Salomón

Aquello, como es de suponer, ralentizó el avance de las obras, que corrieron el riesgo de ser detenidas en más de una ocasión y que sangraron los ya de por sí limitados recursos del Tesoro Real, con la repercusión que todo ello tenía en la maltrecha economía castellan, que bajo el gobierno del «todopoderoso» Rey Prudente sufrió hasta tres bancarrotas.

Una planta llena de particularidades

Pero las similitudes entre la ambiciosa obra de Felipe II y el templo salomónico no terminan ahí; la misma distribución de los espacios puede hallarse en ambos templos. En el hebreo se encontraba la Casa de los sacerdotes (Domus Sacerdotum), la Casa del rey (Domus Regia) y la Casa del Señor (Domus Domini), mientras que en San Lorenzo se pueden diferenciar a su vez tres espacios: el palacio, el convento y la iglesia.

En la creación de la propia planta del edificio, analizada minuciosamente por René Taylor en su magnífico trabajo Arquitectura y magia. Consideraciones sobre la idea de El Escorial, editado en su día con mimo por Siruela, nos encontramos con una combinación perfecta de las figuras del círculo, el triángulo y el cuadrado, mediante las cuales, siguiendo la obra de Ramon Llull, era posible representar la estructura del Universo, estructura que puede apreciarse en los frescos que adornan los techos de la biblioteca del monasterio donde están representadas además las llamadas Artes Liberales; entre ellas, aparecen personificadas la Retórica, la Gramática, la Aritmética, la Geometría, la Astrología y la Didáctica, junto a la Teología y la Filosofía. Y se puede apreciar además, ingeniosamente disimulado, el famoso Sello de Salomón, una alusión más que evidente al rey hebreo y su templo.

En 1604, el jesuita Juan Bautista Villalpando, discípulo de Herrera, publicó De postrema Exechielis Prophetae Visione (La última visión del profeta Ezequiel), un texto financiado por el mismo Felipe II donde el autor, siguiendo las Sagradas Escrituras, ofrecía una imagen de cómo debió ser el mítico Templo de Salomón, siguiendo las corrientes renacentistas según las cuales el hombre era un reflejo del Cosmos, corrientes de pensamiento impulsadas por hombres como Leonardo da Vinci y su hombre vitruviano, Marsilio Ficino, Pico Della Mirandola o Enrico Cornelio Agrippa.

En próximos post, seguiré adentrándome en los secretos de este austero y magnificente edificio madrileño en el que siempre me siento muy, muy pequeño, aunque en completa paz. Y no, no es ninguna revelación mística…

Para un análisis en profundidad del aspecto esotérico y hermético del monasterio de San Lorenzo, consultar las siguientes obras:

–TAYLOR, René, Arquitectura y magia. Consideraciones sobre la idea de El Escorial, Ediciones Siruela, 1994.

–ATIENZA, Juan. G, La cara oculta de Felipe II. Alquimia y Magia en la España del Imperio, Ediciones Martínez Roca, 1998.

–CUESTA MILLÁN, Juan Ignacio, La boca del infierno. Claves ocultas de El Escorial, Aguilar, 2006.

EL LIBRO DEL MES PARA SABER MÁS:

–La editorial La Esfera de los Libros nos trae una monumental monografía sobre el Rey Prudente recién salida de imprenta: Felipe II. El hombre, el rey, el mito, del catedrático de Historia Moderna de la UCM Enrique Martínez Ruiz. El autor aborda en esta extraordinaria biografía, ricamente ilustrada, las tres principales facetas vitales de Felipe II. La primera, la del hombre que ha de formarse con vistas a las responsabilidades que le esperaban como cabeza de un gran imperio que se asentaría en las cuatro partes del mundo entonces conocidas. La segunda, la del rey que debe ejercer un gobierno permanente sobre todos los territorios en multitud de ámbitos. Y la tercera, la derivada de las dos anteriores, y que eleva su figura a la categoría de mito.

Esta obra, destinada a convertirse en una de las principales referencias historiográficas, no solo se centra en la vida y obra del monarca, sino tambien en su tiempo, su corte, las artes y las letras, la guerra y la paz, la diplomacia y la vida cotidiana del Siglo de Oro español. Podéis adquirirlo aquí:

http://www.esferalibros.com/libro/felipe-ii/





Demonios del Siglo de Oro (parte II)

25 10 2020

Las crónicas españolas de los siglos XVI y XVII están llenas de extraños sucesos que las gentes de entonces, profundamente supersticiosas, creían de índole sobrenatural. En una sociedad fuertemente jerarquizada y de religiosidad desbordante, el contraste entre el bien y el mal era muy marcado, y el temor a las fuerzas de la oscuridad casi una obsesión.

Fue muy habitual durante el Siglo de Oro que en la clausura de los conventos no pocas religiosas –muchas de ellas obligadas a tomar los hábitos por imposición familiar– dijeran experimentar éxtasis, bilocaciones e incluso mostrar los estigmas de la Pasión de Cristo. Como señalan muchos de los expertos sobre aquel siglo y la mayoría de los antropólogos, era, quizá, una forma de romper con la represión en todos los ámbitos –y principalmente en el sexual– que se vivía dentro del claustro, muchas de las veces entre ayunos, oraciones constantes e incluso mortificación de la carne.

Sor María de Ágreda

Muchos de aquellos casos fueron fingidos por las propias monjas y beatas, que acabaría condenando la inquisición, pero existieron algunos aislados que realmente causaron un gran revuelo, siendo considerados como «milagrosos». Baste recordar el ejemplo de Santa Teresa de Jesús durante el reinado de Felipe II, con sus levitaciones y éxtasis, o el famoso caso de supuesta bilocación de Sor María de Jesús, abadesa de la Concepción descalza de Ágreda, la llamada «Dama Azul», quien se convertiría en consejera del mismísimo rey, Felipe IV, incluso en asuntos de Estado, hacia el final de su reinado, y cuyos «desdoblamientos» son todavía motivo de fuerte controversia.

De bilocaciones, estigmas y prodigios varios 

Felipe IV subió al trono el 31 de mayo de 1621, e inmediatamente ordenó al Inquisidor General, Aliaga, que abandonase sus funciones, nombrando para el cargo a don Andrés Pacheco, arzobispo y consejero de Estado. Para celebrar el nombramiento del nuevo rey, la Suprema organizó un auto de fe que alcanzó gran celebridad en los mentideros de la Villa y Corte por el escarnio público a María de la Concepción, una beata que presumía de santa –a pesar de que los documentos de la época la tachan de «lujuriosa y desenfrenada» con sus confesores y otros eclesiásticos– que decía fingir éxtasis y experimentar revelaciones proféticas.

Felipe IV de Austria

Durante el proceso que abrió contra ella el Santo Oficio  fue acusada de haber hecho «pacto expreso con el diablo» y seguido los dictámenes de diversas sectas y herejías, cometiendo «los errores de Arrio, Nestorio, Elvidio, Mahoma y Calvino», además de los preceptos de materialistas y ateístas.

Fue condenada a doscientos azotes y a cárcel de por vida, después de celebrarse su auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid, remodelada por Felipe III y enclave por antonomasia de ajusticiamientos y autos de fe, amén de corridas de toros y festejos populares. Compareció con sambenito completo; la coroza sobre la cabeza y la mordaza en la boca, siendo abucheada e injuriada por el populacho.

No solo el don de la bilocación, la visión profética o la levitación eran atribuidas a beatas y religiosas de toda índole. Uno de los aspectos más célebres de su supuesta taumaturgia era el don de la sanación, don que se atribuyó durante siglos también a los reyes.

Uno de los procesos que más polvareda levantó en el Siglo de Oro fue el de la Madre Luisa de la Ascensión, conocida popularmente como la «monja de Carrión». En Carrión de los Condes la susodicha había fundado una hermandad de devotos que defendían la concepción inmaculada de la Virgen, y en 1625 había alcanzado tal éxito que sus congregantes sumaban 40.000 –entre ellos se encontraba el mismo rey, Felipe IV, sus hermanos, una de las infantas y cinco cardenales– y unos 150 conventos. A la religiosa se le atribuían facultades milagrosas y en Valladolid era considerada santa.

Al parecer, mostraba en sus manos las llagas de la Pasión de Cristo y «sostenía coloquios frecuentes con Dios y con la Virgen» Se le atribuían incontables privilegios celestiales –recogidos en tres libros manuscritos aparecidos entonces–, entre otros «Que la primera leche que mamó se la dio la Virgen» o que «libraba muchas almas del Infierno, salvando a veces 30 de un solo golpe». Además, se afirmaba que Cristo le había dado una manzana del Paraíso «por la cual sería inmortal hasta el Día del Juicio, cuando ella fuese acompañando a Enoch y a Elías en su guerra con el Antecristo (…)».

Por supuesto, no tardó el Santo Oficio en investigarla y en considerar heréticas tales afirmaciones, por lo que se inició un proceso contra ella que duró catorce años, tiempo durante el cual fue recluida en el convento de las Agustinas Recoletas de Valladolid, donde falleció el 28 de octubre de 1636.

Fueron también célebres durante el reinado de Felipe IV algunos procesos por brujería. En 1625 se procedió contra Isabel Jimena, que tenía fama de bruja en la villa y corte. Durante el juicio declaró que «tres gatos negros entraban de noche en su cuarto bailando, y le quitaban las chinelas. Un día amaneció acardenalada».

En 1645, también en Madrid, se acusó a cuatro prostitutas de brujas; de haber entrado en la casa de una familia honrada una noche de invierno para atacar a un niño; por la mañana, según describe Cirac?, cuando los padres despertaron sudando y acongojados tras un sueño largo y profundo, hallaron al pequeño muerto, «con los muslos acardenalados, vacías y negras de sangre sus partes, y tan consumido todo, que parecía chupado de brujas, y apretado con la boca, como es notorio que las brujas matan y hieren, según el testimonio de dos cirujanos».

En una carta de 1619 se señala que sólo en Cataluña tribunales civiles ahorcaron, en dos o tres años, a más de trescientas personas acusadas de brujería. España no fue sin embargo el país en el que se llevó a cabo una caza más encarnizada de las brujas –peor suerte corrieron judíos, moriscos y protestantes–, pues en países como Francia, bajo el reinado de Enrique IV, un tribunal civil hizo quemar a 100 brujas en apenas cuatro meses. Y en Alemania se llevó a la hoguera a 100.000 personas por esta causa.

Demonios, posesas y seres imposibles

En tiempos de superstición, fe exaltada y carencias de todo tipo no es extraño que el maligno hiciese a menudo de las suyas. Eran habituales los procesos en los que se afirmaba la realidad de un pacto demoníaco o se acusaba al reo de conjurar los malos espíritus para provocar el daño ajeno, tener “demonios familiares” o pertenecer a una secta satánica o brujeril.

Se escribieron múltiples tratados y compendios sobre la figura del demonio y la forma de combatirlo, adiestrando a los exorcistas cual soldados de Dios contra las fuerzas infernales. En 1631, diez años después de subir al trono Felipe IV, el doctor Gaspar Navarro, canónigo de Montearagón, publicó un pintoresco y no poco extravagante compendio de supersticiones demoníacas que entonces eran consideradas por muchos de sentido común, en un libro titulado Tribunal de superstición ladina. En él, dividido en 37 capítulos, sus tesis demoníacas, llamadas «Disputas», donde pretendía ridiculizar muchas de aquellas creencias, tenían títulos tan sugerentes como «Del saber que tiene el Demonio para revelar a los adivinos»; «Si puede el demonio conservar un cuerpo vivo sin comer, y de algunas cosas que hacen en los cuerpos muertos de sus amigos los magos, que parecen milagrosas y no lo son, como son hablar y conservarlos sin corrupción alguna»; «Apariciones así de demonios como de almas»; «De los raptos de los hechiceros que vulgarmente llaman arrobos. Y del maleficio que usa el Demonio con las brujas para sufrir los tormentos». Muy sugerente, y ciertamente escéptico en tiempos donde empezaba a decaer la brujomanía en el Viejo Continente, no así en el Nuevo, donde aún faltaban varias décadas para que se celebraran los celebérrimos e ignominiosos Juicios de Salem.

Al maligno y a los que trataban con él se les atribuía la capacidad de provocar tempestades, causar enfermedades, mudar a hombres en animales… El demonio estaba presente en todos los actos de la vida cotidiana del Siglo de Oro. Visible o invisible, juguetón o pendenciero, pero siempre malicioso, para los españoles del XVII su presencia servía para explicar todos los misterios de cualquier índole, principalmente aquellos más morbosos y tétricos. El contagio de las creencias diabólicas alcanzaba a eruditos y teólogos reputados, como el citado Gaspar Navarro, que no creía en todo, pero sí en mucho. Más atrevido fue el doctor Juan Rodríguez, capellán del convento madrileño de la Encarnación Benita, quien llegó a declarar que era lícito tratar al Demonio; mientras, fray Antonio Pérez escribió diversos libros aprobando las consultas con el espíritu del mal, según recogió a finales del siglo XVIII Juan Antonio Llorente en la monumental obra Historia de la Inquisición Española.

Fue célebre durante los siglos XVI y XVII el llamado «Diablo cojuelo», que no sólo dio nombre a una obra de Luis Vélez de Guevara, sino que éste lo tomó como protagonista precisamente porque en aquel tiempo era invocado habitualmente por hechiceras y celestinas, que recurrían a sus «malas artes» para realizar conjuros y filtros amatorios. En 1633 el Tribunal de la Inquisición de Toledo procesó a una mujer llamada Antonia Mexía que declaró que otra acusada, de nombre Beatriz, «habrá seis años que dijo a ésta que tomase un pedernal y le pusiese la mano encima y dijese: Estos cinco dedos pongo en este muro;/cinco demonios conjuro:/a Barrabás, a Satanás/a Lucifer, a Belcebú/al Diablo Cojuelo, /que es buen mensajero,/que me traigan a Fulano luego/ a mi querer y a mi mandar».

Cojuelo, a pesar de tener una pierna algo dañada, era «diablo bullidor y zaragatero, aficionado a bailes y holgorios y a meter en danza a los mortales, haciéndoles ganar el infierno alegremente», según recoge un manuscrito de la época.

Eran comunes en el Siglo de Oro las apariciones demoníacas, o así al menos se deduce de los testimonios recogidos en Avisos y Noticias contemporáneas. Pellicer cuenta un caso que tuvo lugar en 1641, según el cual un hortelano del monasterio de doña María de Aragón, «habiendo hecho voto de castidad, trató de casarse sin obtener dispensación. Y tres días antes de efectuarlo, una noche, 13 de abril, estando acostado con estos pensamientos, vio un demonio que le sacó de la cama y le arrastró grande rato por su aposento, dándole golpes como suyos».

Por su parte, Jerónimo de Barrionuevo refiere que «Un fraile descalzo franciscano, en Granada, que le tenían por santo, le hallaron, según se dice, ahorcado, y oyeron decir en el aire a voces: ‘¡Quítenle el hábito, que nos queremos llevar el cuerpo al infierno, ya que tenemos allí el alma!’, y que lo hicieron así».

El hechizo de Felipe IV

El caso más célebre de hechizamiento regio en el siglo XVII sería el del malogrado Carlos II, que precisamente ha pasado a la historia como «el Hechizado». Sin embargo, parece ser que su padre, Felipe IV, también fue hechizado. Así al menos intentaba explicar el vulgo los veintidós años de privanza que ejercía el conde duque de Olivares sobre el rey.

El Conde-duque de Olivares, por Velázquez

Se acusó al valido de tener haber tenido durante su juventud relación con algunos hechiceros de Sevilla y que ya como primer ministro «leía el Corán», por lo que le delató al Santo Oficio el cardenal Monti.

Fue acusado también –al menos en panfletos y crónicas– de introducir como médico de cámara de la reina al mago don Andrés de León, que «maleficó diez camisas, perfumándolas con polvos muy finos, rojos o cenicientos –dependiendo de la versión consultada–». Además, se le relacionaba con el nigromante Miguel Cervellón, acusado con pacto con el diablo y con una mujer de nombre Leonor que vivía en la calle Barquillo y a la que acusaron dos vecinas de haberles confesado poseer «hechizos sin peligro, probados en la persona del Rey por el Conde-duque, y fabricados por una amiga suya, llamada María Álvarez».

Aunque algunos miembros de la Administración que tuvieron conocimiento del caso intentaron abrir diligencias, el Conde-duque parece que tomó represalias, por lo que el caso quedó en agua de borrajas. No obstante, en los últimos años del reinado de Felipe IV, ya muerto el valido, los rumores de un encantamiento volvieron a resurgir con mayor fuerza y hacia finales de 1661 corrió por los mentideros el rumor del hallazgo de extraños objetos que estaban destinados a hechizar al rey y al valido don Luis de Haro, sobrino de Olivares, recientemente fallecido. Pero sería en 1665 cuando el rumor corrió como la pólvora en las esferas cortesanas y el Inquisidor General, P. González, y el confesor del rey, P. Juan Martínez, después de examinar una bolsita de reliquias y amuletos que el soberano llevaba consigo, hallaron «un libro antiguo, negro, de magia, y ciertas estampas con el retrato del Rey, traspasadas por alfileres. Todo esto fue solemnemente quemado, después de una ceremonia de exorcismos, por el Inquisidor General en la capilla de Atocha».

Nuestra Sra. de Atocha

En la imaginación popular se daban cita demonios, duendes, magos, brujas, nigromantes… personajes y bestias que convivían con las gentes y protagonizaban obras de teatro, novelas y coplillas. Quizá eran el reflejo del sentimiento del pueblo, un pueblo hambriento y desamparado, olvidado por sus gobernantes, que recurría al demonio para explicar los desastres de un imperio gigantesco que se venía abajo por su propio peso. El Siglo de Oro de las letras españolas, de bronce o más bien de hojalata para las miles de personas que intentaban ganarse la vida y pululaban por las calles de las grandes ciudades, debería llamarse, tal vez, el siglo del Maligno. Casi una herejía.

Energúmenas fingidas

No fueron menos los episodios de falsos posesos que recogieron crónicas, avisos e incluso obras literarias –el mismo Quevedo, cronista irreverente del Madrid barroco, hizo alusión directa al tema en La endemoniada fingida–. En la Relación de la endemoniada fingida –que forma parte de la correspondencia entre varios Padres de la Compañía de Jesús–, una carta fechada en Valladolid el 27 de enero de 1635, se habla acerca de una embaucadora que ideó que estaba endemoniada por falta de recursos, quizá porque una de las cosas que solían exigir los «demonios» era que les diesen limosnas para salir del cuerpo del poseso –muy ingeniosos ellos–.

Un sacerdote con diez años de experiencia en materia de «expulsar espíritus» la conjuró en una iglesia de monjas armado de una cruz, un Evangelio y agua bendita, instando a que las «cuarenta y dos legiones» que decía la energúmena tener en el cuerpo, se bajasen todos «a la uña del dedo pulgar del pie izquierdo, adonde por cuatro meses la dejasen comer, beber… sin que la hagan ningún daño, y que mientras él los ligaba la derribasen en el suelo con mucha honestidad». Tras darle muchas limosnas durante varios días, procedieron a exorcizarla de nuevo en otra iglesia,  donde se reunieron más de 200 personas. Al parecer todos sudaban la gota gorda porque habían entrado en el cuerpo de la mujer «tres demonios para ayudar a Belcebú (que hablaba por su boca)». Finalmente, acabó por confesar su engaño.

En Toledo se dio también el caso de un cura que fue llamado para exorcizar a una joven que «decían estar endemoniada, y no había sanado por más exorcismos que le había dicho un religioso». En la sacristía el párroco descubrió pronto que era una farsante y ordenó que le diesen dos docenas de azotes. Aunque empezó negando su culpa, el tormento provocó que finalmente confesara, afirmando que decía tener el demonio en el cuerpo «por miedo de que no la castigasen por cierto mal recaudo que había hecho con un mancebo».