La obra del escritor japonés Haruki Murakami no había sido hasta ahora adaptado a novela gráfica. Finalmente dio su consentimiento a Jean-Christophe Deveney y PMGL y el resultado es un volumen impresionante que acaba de publicar en España Planeta Cómic.
No es fácil, ni mucho menos, adaptar a Murakami a viñeta. Y es que la prosa del maestro japonés descansa muchas veces sobre lo que no se dice. Murakami. El séptimo hombre y otros cuentos, que acaba de publicar Planeta Cómics en un volumen colosal y de lujo, que hará las delicias, por igual, de los amantes de la buena literatura y del noveno arte, es el resultado de que el escritor se dejara convencer por el entusiasmo y el talento innegable del guionista JC Deveney y el ilustrador PMGL para adaptar gráficamente nada menos que nueve de sus cuentos más legendarios.
Se trata de la primera adaptación gráfica del escritor nipón, y por tanto ha generado una gran expectación. Murakami, notoriamente reticente a ceder su obra a otros formatos, autorizó este proyecto, lo que sin duda hace que la propuesta sea algo realmente auténtico.
La ambigüedad de un genio
El volumen recoge relatos de distintas colecciones editadas en España: «Después del terremoto», «El elefante desaparece», «Sauce ciego, mujer dormida» y «Hombres sin mujeres», entre otras. Una selección interesante porque, a decir de sus autores, no busca representar al Murakami más espectacular ni, por el contrario, al más hermético, sino el más característico, aquel en que un oficinista corriente recibe la visita de una rana gigantesca que necesita su ayuda para salvar Tokio de un terremoto o en que una camarera de veinte años se encuentra ante la posibilidad de formular un único deseo.
Cuentos que se mueven en una zona incierta donde la realidad cotidiana empieza a resquebrajarse sin previo aviso: aparecen desapariciones imposibles, mujeres atrapadas en estados mentales fuera de la lógica común, criaturas fantásticas que irrumpen con absoluta naturalidad y personajes solitarios que reciben, de repente, una oportunidad, una amenaza o una relevación que altera su existencia.
Murakami.
Entre las piezas más ambiciosas del monumental volumen (con 432 absorbentes páginas) destaca «Samsa enamorado», que parte del Gregorio Samsa kafkiano pero en sentido inverso –un insecto que despierta como hombre y aprende, torpemente, la humanidad– y que la adaptación reinventa con una lógica más lúdica que filosófica y que funciona bien en imagen, quizá mejor, curiosamente, que en prosa, porque la fisicidad del personaje se presta a la viñeta. También centra la atención el relato que da título al tomo, que articula una reflexión sobre la memoria y el trauma con una sobriedad sostenida que exige mucho del ilustrador citado, PMGL, y que este resuelve con solvencia.
El trazo de este se mueve entre una cierta contención expresiva y destellos de extrañeza visual que encajan de manera natural con el tono de los relatos. Por supuesto, Pierre-Marie Grille-Liou (PMGL) no intenta competir con la escritura de Murakami ni ilustrarla de manera literal, sino abrir un espacio paralelo donde las historias encuentran su propio acomodo gráfico, sabiendo, además, gestionar especialmente bien los silencios. Y es que la obra busca reinterpretar al maestro nipón desde el lenguaje de la imagen, respetando el tono de los cuentos pero añadiendo nuevas capas de lectura a través del ritmo visual, la composición de cada página, los silencios citados (tan importantes en el texto literario) y la fuerza expresiva del dibujo.
El resultado es una obra extraña, pero a la vez fresca y dinámica, que recoge la esencia de Murakami en un formato hasta ahora restringido, dándole otra forma a su ambigüedad. Las historias del literato japonés, que se mueven entre el realismo social y el romanticismo fantástico en los intersticios del Japón contemporáneo, tienen un sabor único, que millones de lectores en todo el mundo reconocen al instante, y esta es una forma novedosa –y rompedora– de acercarse a ellas. El libro no es barato, pero tiene un precio sin duda justificable para el formato y lo que ofrece. Haceros con él. No os arrepentiréis.
Libros del Zorro Rojo publica un delicioso volumen ilustrado, Nosotras, las personas, obra de los artistas alemanes Dieter Böge y Bernd Mölck-Tassel, que nos regalan un ingenioso compendio de reflexiones sobre quiénes somos en realidad.
Recuerdo cuando era chaval un regalo que me hizo un profesor tras ganar un accésit de poesía (un logro muy humilde, pero importante para la autoestima de un adolescente que no formaba parte de ningún equipo de fútbol), en los años del instituto, un libro ilustrado titulado ¡Qué mala es la gente!, de Quino, un volumen con las punzantes e ingeniosas viñetas del historietista argentino que nos regaló a Mafalda sobre la volubilidad –y en muchas ocasiones mala fe- del género humano. El libro que tengo en mis manos, a pesar de las notables diferencias, me recuerda a aquél, no tanto por su contenido como por la profundidad de su mensaje (mucho más sutil que el primero, no obstante). Se titula Nosotros, las Personas, y ha sido recientemente editado en castellano por Libros del Zorro Rojo, un magnífico (gigante a pesar de su pequeño tamaño) libro ilustrado que a medida que avanza su lectura se convierte en fresco sutil y poético –a veces hasta surrealista- de las personas, de todos nosotros, vamos.
Un libro para pensarnos y dialogar acerca de lo que nos une y nos separa, porque, como reza su dossier de prensa, «aunque seamos muy diferentes, hay algo profundo que nos conecta…». Esta pequeña gran joya literaria es obra del autor Dieter Böge y el ilustrador Bernd Mölck-Tassel, que trabajan juntos desde hace muchos años y que han publicado más de 200 series de sus célebres tiras cómicas (en Alemania, se entiende) Dr. Domino’s Weltgeschichte (La Historia Mundial del Dr. Domino) en el rotativo dominical Frankfurter Allgemeine.
El título del libro sugiere que precisamente nosotras, las personas, somos muy diferentes, pero conforme pasamos las páginas descubrimos que, grosso modo, en lo esencial, en realidad somos muy parecidos, en lo bueno y en lo malo, y en ese amplio espectro que ocupa el espacio intermedio de estos dos conceptos nunca claramente delimitados. Cosas de la especie. Y dentro de la variedad de la humanidad, las diferencias y particularidades que nos definen como razas, pueblos y culturas, porque en las diferencias se adivinan muchas veces las similitudes.
Con un trazo sencillo pero detallado y (a veces onírico) y una tonalidad de color poderosa (así como importantes ausencias del mismo, huecos en blanco que reafirman el contenido y el mensaje de cada página) se muestran nuestras miserias, pero también nuestros logros y anhelos, y principalmente nuestras particularidades. Sin duda, un maravilloso punto de partida entre personas desde los 8 a los 80 años que puedes adquirir en el siguiente enlace:
Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral; cómo cruzó las puertas de lugar sagrado es asunto aparte… Se habla de numerosos monjes que vendieron su alma al diablo. Quién sabe.
El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer o Jaldabaoth tiene tantos nombres como adeptos, tradiciones, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», desde Sus Majestades Satánicas –los Rolling Stone– hasta el violinista Paganini o el padre del blues-rock, Robert Johnson.
En este post no voy a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el demonio, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya se ha gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su aliento fétido y su dañina mirada y la de sus prosélitos –ese «aojamiento» o mal de follo tan presente en todos los pueblos bajo diferentes formas– y a conocer sucintamente los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo…
Los múltiples rostros del maligno
Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano lleva años viendo cómo aumenta el número de demandas de exorcismos entre la población, incluso a través de su propia línea telefónica habilitada por la Santa Sede en 2012.
En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición (hoy podríamos atribuirle el mérito al coronavirus y a una realidad de pandemia casi endémica), se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …
Göbekli Tepe
Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, por citar un ejemplo, el descubrimiento en un ya lejano 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que los antropólogos consideran el primer santuario de la historia, Göbekli Tepe, en Turquía.
Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».
Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…
Las tentaciones de San Antonio
San Hilario
Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre». Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.
La Marca de la Bestia
Así se conoce a un término bíblico del Apocalipsis de San Juan, incluido en el Nuevo Testamento, concretamente en el capítulo 13. En este texto que aventura el Armagedón y que ha sido interpretado a lo largo de los siglos como a cada uno le ha venido en gana –dependiendo de su fervor religioso e intereses varios–, nos encontramos con esa famosa «Marca de la Bestia» o «Número de la Bestia», que sería el archifamoso, temido y venerado a partes iguales 666 –que, curiosamente, o no tanto, para los protestantes era representado por la propia Iglesia católica–.
Sin embargo, nuevas investigaciones parecen apuntar que el número escrito por el evangelista representado por un águila no fue éste, sino el 616, al menos eso se desprende de los descubrimiento hace no muchos años en los papiros de Oxirrinco en el Ashmolean Museum de la Universidad de Oxford, y que parece indicar que en su primera redacción en griego del texto de San Juan, éste debió contener el número 616 «para referirse al nombre de una persona a quienes los cristianos denunciaban como enemigo».
Controversias aparte, parece que este nuevo número no va a desbancar de su trono satánico a ese 666 que tenemos hasta en la sopa, la marca de la bestia, «Six, six, six, the number of the Beast…» que cantaban los británicos Iron Maiden allá por 1982 y que continúa siendo el himno de los «malvados», la misma cifra que muchas décadas antes adoptara como propia el gran mago y ocultista Aleister Crowley en su nuevo sistema religioso al que bautizó con grandilocuencia como Thelema. Como decía el personaje de Santiago Segura en El Día de la Bestia: «Soy satánico; y de Carabanchel». Siempre es mejor acercarse al maligno con algo de humor… por lo que pueda pasar.
PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:
Si queremos adentrarnos en el turbio mundo del «Innombrable» nada mejor que sumergirnos en las páginas de una de las últimas novedades de Blackie Books: el monumental El Gran Libro de Satán, un compendio escalofriante –y seleccionado con mimo– de los mejores relatos, ensayos y poemas de la literatura maligna universal, en una cuidada edición a cargo de Jorge de Cascante e ilustrada con irónico ingenio por Alexandre Reverdin, los mismos que nos brindaron otros dos exitosos «tochos» lanzados por Blackie: El Gran Libro de los Perros y El Gran Libro de los Gatos. Ahora en una vertiente algo más oscura…
Como bien reza la sinopsis, estamos ante «la antología de literatura diabólica más completa que existe en el mundo». Y es que, ¿qué hacen juntos autores como el estadounidense Clive Barker –responsable de títulos emblemáticos como Libros de Sangre o la saga cinematográfica Hellraiser– y nuestra Ana María Matute? Pues eso… hablar sobre, en función o acerca del maligno y sus prosélitos. Nada menos que 56 piezas largas y más de cuatrocientos pasajes breves de índole nada complaciente –más bien perniciosa– con Satán, Lucifer, Behemoth, El Innombrable… como figura central o secundario imprescindible de la trama, la composición o el verso libre.
Así, el lector que se atreva a penetrar en el oscuro reino del «pandemónium» se topará con poemas, cuentos, ensayos e incluso extractos de novelas de autores tan variopintos como Nathaniel Hawthorne, Sharon Olds, Dante Alighieri, Charles Baudelaire o Ambrose Bierce; de Iris Murdoch a Sara Mesa, pasando por Michael Chabon, Belén Gopegui, Mark Twain, Shirley Jackson o Mijaíl Bulgákov. Y muchos más.
El resultado que brinda tal antología son horas y horas de inquietud y malos pensamientos… DANGER! Avisados quedáis. Si aún así decidís sumergiros en sus páginas, he aquí el enlace para adquirirlo:
La editorial Blume, que siempre nos brinda maravillosas ediciones profusamente ilustradas de las más variadas temáticas, también de los misterios históricos (como resalté en su momento numerosas veces en las páginas de las revistas Enigmas y Año/Cero), publicó hace unos meses un volumen excepcional para aquellos que quieren saber un poco más sobre satanismo, brujería y hechos insólitos: Ciencias ocultas, hechicería y magia: Una historia ilustrada, del escritor británico Christopher Dell, licenciado en Historia del Arte por el Courtauld Institute of Art de Londres, un autor del que en su momento Lunwerg Editores publicó Monstruos. Un bestiario del mundo extraño, otro portento visual que se encuentra entre los volúmenes más preciados de mi escogida (más por rara que otra cosa) biblioteca.
El presente libro de Blume es una cautivadora e inquietante antología del pensamiento esotérico que por supuesto no se olvida del maligno y su perniciosa presencia, como tampoco de la nigromancia, la demonología, los grimorios o la Caza de Brujas. Un compendio mágico que aúna astrología, adivinación, amuletos, tradición hermética, vudú, quiromancia, Tarot, espiritismo, Wicca, teosofía, Magia del Caos, fantasmagoría, lugares mágicos o procedimientos alquímicos.
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