Operación Overlord: los secretos del Desembarco de Normandía (I)

Fue el episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance por el Este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 20 de junio de 1944, el conocido como «Día D». Un impresionante contingente de fuerzas británicas y norteamericanas desembarcaron en el continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nacionalsocialista.

Óscar Herradón ©

Todavía quedaba mucha sangre por derramar y espantosas batallas por librar –también numerosos bombardeos indiscriminados sobre población civil alemana por parte aliada– para que la gigantesca esvástica que coronaba el Reichstag fuese dinamitada como símbolo de la victoria contra el totalitarismo, pero aquella operación, probablemente la más importante de la contienda, fue algo más que decisiva, pues contribuyó a escribir la Historia con Mayúscula del siglo XX. Sin ella puede que la guerra hubiese durado algunos años más (Churchill creía que se habría alargado al menos dos) o, lo que es aún más estremecedor, que finalmente el Reich milenario que proclamaban los cantos de sirena de la propaganda hitleriana hubiese doblegado Europa al completo. Primero Europa… luego el resto del mundo, una historia alternativa similar a la que muestra la distópica El hombre en el castillo (The Man in the High Castle), del visionario Philip K. Dick.

Sin embargo, existen numerosas sombras sobre aquel desembarco considerado hoy, no sin razón, la operación bélica más brillante de la guerra que es celebrada cada cierto tiempo en Moscú, Francia, Estados Unidos o Londres entre grandes desfiles –en los que unos y otros hacen gala, una vez más, de su potencial, por lo que pudiera venir…– y festejos regados de entusiasmo mezclado con la melancolía de aquellos, tantos, que perdieron su vida. Al menos hasta que llegó el Covid a trastocar nuestras vidas. Pronto, sin duda, volverán esas celebraciones masivas sin peligro de contagio.

Películas como El Día más Largo o Salvar al Soldado Ryan, la joya bélica de Steven Spielberg protagonizada por un contenido Tom Hanks, dan buena cuenta de los sacrificios humanos y materiales que supuso el Día D y los posteriores, y la complejidad y buen hacer de las fuerzas armadas a la hora de derrotar a las defensas alemanes en el Atlántico. Pero ninguna de las numerosas cintas que se dedicaron al despliegue, así como pocos libros, con alguna excepción, que se cuentan por millares en las siete décadas transcurridas desde el Desembarco, suelen ocuparse de los vitales movimientos llevados a cabo por los servicios de Inteligencia para allanar el terreno a aquella invasión magnificada por la heroicidad de los soldados y la determinación de los altos mandos militares.

Garbo

Y es que el trabajo previo de un grupo de espías sensacionales (entre ellos el español Juan Pujol «Garbo», pero también Dusko Popov, alias «Triciclo», Roman Czerniawski «Brutus», Lily Sergeyev «Tesoro» y Elvira de la Fuente Chaudoir, alias «Bronx»), el llamado Equipo D, cuyas acciones permanecieron silenciadas durante décadas, fueron capitales para que el Día D llegara, nunca mejor dicho, a buen puerto. Aquellos «soldados» que libraban su guerra en sótanos, pisos francos de países ocupados por las fuerzas nazis o italianas, y oficinas secretas de diferentes organizaciones de Inteligencia, contribuyeron al éxito de la misión tanto o más que aquellos que, dispuestos a morir por un ideal, saltaron de sus lanchas de desembarco en las cinco playas que recibieron el nombre en clave –en parte homenaje a los hogares de muchos de los invasores aliados– de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, con las balas silbando en sus oídos, exponiendo sus indefensos cuerpos a las minas, las ametralladoras y las bombas incendiarias para arrancar aunque sólo fuera un palmo de terreno a los ejércitos de Hitler.

Superespías para engañar a Hitler

Zigzag

Los «superespías» que dieron forma al mayor engaño de la Segunda Guerra Mundial quizá no atravesaron una playa llena de alambradas y trampas antitanque –estructuras formadas por tres gruesas vigas de metal cruzadas entre sí–, pero también estuvieron expuestos al peligro, mucho tiempo antes de que la primera lancha de desembarco llegara a las costas de Normandía, pudiendo ser descubiertos por los agentes de caso de la Abwehr, el SD o la Gestapo y ejecutados por espionaje, tras ser torturados con los métodos más retorcidos de las policías nazis y de ocupación. Algunos engañaron a los alemanes de manera tan descarada que hoy parece imposible que no fueran descubiertos instantáneamente por aquellos con los que negociaban su ficción y su papel de agentes dobles. Ya lo vimos en el caso del agente Zigzag, quien a punto estuvo también, curiosamente, de ser utilizado por sus controladores de la Abwehr –a los que mantuvo años engañados– para operar en primera línea de batalla en Normandía. Sobre algunos, incluso, planea la sospecha de ser triples o cuádruples agentes, y probablemente el secreto de sus acciones se lo llevaron con ellos a la tumba.

El baile de informaciones falsas, verdades encubiertas y contactos con una u otra agencia de Inteligencia, en ambos bandos, fue tal, que resulta una madeja difícil de desenredar alito en el marcosebe tir toda una serie de informes a los altos mandos alemanes para dar forma a una gigantesca campaña de confuún tantos años después y disponiendo de gran cantidad de documentación. Han tenido que pasar siete décadas, desclasificarse infinidad de archivos y entregarse a una laboriosa tarea algunos de los mejores historiadores y periodistas especializados en aquel periodo decisivo, para que se pongan los puntos sobre las íes y se cuente toda la verdad sobre uno de los episodios capitales de nuestra historia. Toda, o al menos una gran parte, porque la Historia siempre está llena de subterfugios, rincones olvidados e intereses del que la escribe o la difunde, sea quien sea.

Hombres y mujeres que permanecieron en el anonimato muchos años, por voluntad propia y también en virtud del secreto de Estado al que les obligaba el Gobierno de su Majestad –al que se añadía el delicado asunto de la Guerra Fría–, salen hoy de la clandestinidad para erigirse en los héroes silenciados de una guerra que, como ninguna otra, estuvo determinada por algo más que las armas de fuego, los combates submarinos y los movimientos estratégicos en el campo de batalla sin los que, no hay que olvidarlo, tampoco puede ganarse o perderse ninguna guerra. Si es que es lícito hablar en términos de «victoria» o «derrota» cuando se han perdido miles o millones de vidas en el camino. Pero, ¿quiénes fueron aquellos hombres que brindaron información fundamental para que los soldados entrasen en acción en la costa francesa como antes lo habían hecho, en otros episodios dignos de novela como la invasión del Norte de África o la toma de Sicilia, aunque en una magnitud mucho mayor?

Eisenhower planifica la ofensiva en el oeste

Vayamos por un momento al inicio de los preparativos que acabarían dando forma a la denominada Operación Overlord («Señor Supremo»), nombre en clave de la invasión de Europa por el oeste. Durante dos años Inglaterra libró prácticamente la guerra en solitario, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Churchill aprovechó la buena relación que mantenía con Roosevelt –con quien hablaba prácticamente a diario desde su Cuarto del Teléfono Transatlántico– para obtener el compromiso de una coalición aliada contra Alemania, Japón y la Italia fascista. Lejos quedaba la viabilidad de la Operación León Marino, pero la Wehrmacht seguía queriendo neutralizar a las islas británicas, y, para ello, se crearían las llamadas «Armas Secretas», los cohetes V-1 y V-2 a cuyo frente se hallaba el SS Wernher von Braun, más tarde… ¡héroe de la NASA!

Eisenhower da instrucciones en «el Día más largo» (Source: Wikipedia)

Hay que señalar que tras declarar la guerra, Roosevelt encargó al general Dwight Eisenhower diseñar una gran ofensiva en el oeste europeo. Para ello, el brillante militar que años más tarde ocuparía el mismo sillón presidencial en la Casa Blanca, hubo de desplazarse a Londres, una ciudad siempre a merced de los aviones y las bombas alemanas. El Gabinete de Guerra era consciente del peligro que corría el general estadounidense y para ello se construyó ex profeso otro búnker dentro de la red de refugios secretos del gobierno, que a día de hoy se mantiene en pie pero continúa siendo uno de los lugares más blindados de toda Inglaterra, al que han tenido acceso muy pocos investigadores ajenos a los servicios secretos de Su Majestad o a las Fuerzas Armadas.

Durante unos años los búnkeres londinenses, excavados a una profundidad no muy grande bajo tierra, podían resistir los fuertes impactos de las bombas lanzadas por los aviones alemanes –incluso por los stukas o «bombarderos en picado», que causaron grandes daños en las islas–, pero con la puesta el diseño de sus nuevos cohetes ultrasecretos ni siquiera estas estructuras se encontraban a salvo. El búnker que daría cobijo a Eisenhower mientras se diseñaban planes secretos como la Operación Torch, la invasión del Norte de África, o la Operación Husky, para tomar Sicilia, se encontraba en Londres y tenía varios accesos.

El Centro Eisenhower, en Londres

Para finales de 1940, en Inglaterra se habían construido unos catorce mil refugios antiaéreos formados por casamatas circulares con aberturas donde había instaladas una ametralladoras y troneras para disparar entre cinco o seis fusiles. Un buen número de estas casamatas fueron construidas como accesos a una serie de túneles que, aunque en principio destinados para dar cobijo a civiles, el gobierno decidió que debían servir para usos oficiales: albergar tropas en tránsito o como cuarteles y oficinas para los altos mandos militares. Precisamente Eisenhower tenía sus oficinas en el refugio de los túneles –que interconectaban con el denominado «Tubo», el principal refugio antiaéreo londinense, consistente en la red de túneles del metro–, cuya entrada principal era preservado por la casamata de Goodge Street, interconectada con la red de túneles y el tren metropolitano. En la actualidad, aquella entrada la ocupa una empresa privada que, en honor al general estadounidense, ha sido bautizada como «The Eisenhower Centre».

Este post continuará a la mayor brevedad en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

BEEVOR, Antony: El día D. La batalla de Normandía. Crítica, 2010.

CARDONA, Pere y P. Villatoro, Manuel: Lo que nunca te han contado del Día D. Principal de los Libros 2019.

HERRADÓN, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Luciérnaga,

MACINTYRE, Ben: La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler. Crítica, 2013.

BREAKING NEWS!

Hace unos días, la editorial La Esfera de los Libros contraatacaba con una nueva y suculenta novedad nada menos que del prestigioso historiador británico Max Hastings, que ya va por su segunda edición. El libro es Overlord. El día D y la batalla de Normandía y el título hace referencia al nombre en clave de aquella colosal operación de desembarco y conquista, «Señor Supremo», orquestada por los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos para engañar a la Wehrmacht. Esta monografía se suma a una lista de magníficos trabajos sobre el asunto, entre los que destacan principalmente dos, los de Antony Beevor y Ben Macyntire, y podríamos decir que se trata, al menos de momento, del trabajo definitivo sobre el Desembarco, completamente actualizado con datos e informes –algunos recientemente desclasificados– y una contrastación de fuentes ingente e impecable. Un texto monumental que abarca tanto los preparativos como analiza los escenarios (cada una de las playas, los parapetos, los búnkeres, el camino francés hacia el continente…), las operaciones de inteligencia desplegadas por ingleses y estadounidenses para facilitar el Desembarco y engañar a los ejércitos de Hitler con otro punto de invasión (entre otros, Calais), la contraofensiva alemana y el coste indescriptible en vidas, así como la enorme destrucción material.

Una completa edición que incluye un prólogo a la edición española, numerosos mapas que muestras los desembarcos aliados entre el 6 y el 9 de junio, y otros momentos clave como la batalla por Villers-Bocage, la Operación Epsom (la ofensiva británica también conocida como Primera Batalla del Odón), la Operación Goodwood (ya en julio) o la Operación Cobra (nombre en código de la operación aliada lanzada por el Primer Ejército de Estados Unidos siete semanas después del Día D), entre otras. También incluye exhaustivos apéndices con una cronología detallada, el Orden de batalla aliado, las Fuerzas disponibles en el llamado Teatro Europeo de Operaciones (ETO por sus siglas en inglés) para la operación Overlord Día D e incluso las Fuerzas terrestres alemanas encontradas por los Aliados en Normandía. Imposible brindar una mayor fuente documental.

Como la historia es cambiante, y sobre todo en un asunto tan descomunal como la guerra más devastadora de todos los tiempos, no dejan de aparecer nuevos testimonios o de desclasificarse documentos que se creían perdidos, o blindados, o simplemente se desconocía su existencia, lo que nos obliga a cambiar una y otra vez lo comúnmente aceptado sobre un asunto, sobre un hecho (por decisivo que fuera, como es el caso de aquel «Día más largo»). Por ello, en un escenario vivo y cambiante aunque sucediera hace 80 largos años, con el tiempo no será extraño que surjan nuevos trabajos reveladores. Por ahora, éste de Hastings (autor de obras emblemáticas como Armagedón. La derrota de Alemania, 1944-1945, La Guerra de Churchill: la historia ignorada de la Segunda Guerra Mundial o Némesis. La derrota del Japón, 1944-1945, entre otras), es el más completo y novedoso hasta el momento.

La voz autorizada de John Keegan, de The New York Times Book Review, ha dicho de él: «El relato de Max Hastings sobre la batalla no sería indigno de coincidir con el de los mejores periodistas y escritores que la presenciaron. Un homenaje a sus habilidades como historiador».

He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/overlord/

La Batalla por los puentes

Y para conocer con qué dificultades se encontraron los aliados en su marcha hacia el corazón del Tercer Reich, nada mejor que hacerlo de la mano nuevamente de Beevor (del que hemos citado varias veces su obra capital sobre el Desembarco, el bestseller El Día D: la batalla de Normandía). Crítica recupera uno de los últimos trabajos del que es, junto a Hastings, el más notable de los historiadores militares contemporáneos. En La Batalla por los puentes. Arnhem 1944, con su habitual pulso narrativo y su profusión de detalles y valiosa información (ingente cantidad de datos que en ningún momento ralentiza el vibrante relato, he ahí parte de su maestría como narrador de la Historia), el inglés se centra en un episodio que a punto estuvo con dar al traste los planes aliados.

En septiembre de 1944, menos de tres meses después del Día D, las tropas británicas y estadounidenses comandadas desde Londres avanzaban por Holanda y se disponían a cruzar el Rin para invadir una Alemania atenazada por la cruz gamada (y sacudida, para más inri, por continuos bombardeos del enemigo), y cuando todo parecía estar hecho, tuvo lugar el desastre de Arnhem, la última victoria germana, que iba a alargar la contienda más allá de lo previsto, con el consiguiente número de bajas y pérdidas materiales por ambas partes. Gracias a esa valiosísima documentación citada, que en muchos de los casos era inédita hasta ahora, así como diarios y numerosos testimonios personales en un incansable –y habitual– trabajo de campo de muchas décadas, Beevor desvela la verdad de lo que sucedió cuando el batallón del militar británico John Frost se topó con una resistencia del enemigo que no habían previsto, un desastre que «Monty» quiso convertir en victoria y al que ahora la historiografía bélica pone en su justo lugar. Aquí podéis adquirir esta joya de la Segunda Guerra Mundial que el editor y columnista Jay Elwes ha definido con estas palabras: «Otra obra maestra del más célebre de los historiadores militares de nuestro tiempo». Ahí es nada.

GUERREROS:

Y precisamente del «más célebre de los historiadores militares de nuestro tiempo», una de las editoriales de nuestro país que más devoción y cuidado muestra por la historiografía, Desperta Ferro, publica uno de sus últimos y más singulares trabajos centrados en el ámbito bélico: Guerreros. Retratos desde el campo de batalla. Una narración absorbente y con un original punto de vista sobre esas historias individuales (pero que acaban trascendiendo a nivel colectivo) y que por regla general quedan difuminadas por los grandes hechos, los nombres de oficiales de alta graduación o la épica (que nunca es tal) de las batallas.

Así, Hastings, en una meditada y difícil selección, acertada sin duda (aunque podría haber sido muy diferente teniendo en cuenta el amplio espectro temporal tratado), aborda las hazañas en el campo de batalla –ya sea en tierra, mar y aire– de dieciséis «guerreros» que dan título a la obra, de distinta extracción social y nacionalidad que abarcan los tres últimos siglos. Comienza con las Guerras Napoleónicas, donde aborda la figura del singular general y escritor napoleónico Marcellin de Marbot, y también de sir Harry Smith y su esposa española (y compañera de armas) Juana María de los Dolores; también recoge la guerra anglo-zulú, que retrata a través de la figura del ingeniero reconvertido en soldado John Chard, en la batalla de Rorke’s Drift (historia retratada en la cinta Zulú, de Cy Enfield).

Vann

Y no se olvida de Vietnam, conflicto que recrea a través de los ojos del enérgico Teniente Coronel y asesor militar estadounidense John Paul Vann, un «verso suelto» dentro del ejército con una historia personal digna de una novela. Su decisión de intentar llamar la atención de la opinión pública sobre los problemas de Vietnam a través del New York Times (gracias a su contacto, el combativo periodista e David Halberstam), sacando los trapos sucios del grupo de operaciones especiales Comando de Asistencia Militar en Vietnam (catalogado como de ultra-clasificado), provocaría su expulsión como asesor en 1963 y su abandono del ejército pocos meses después, convirtiéndose en una suerte de «traidor» cuando en realidad fue todo lo contrario.

Wake

Y junto a otras contiendas (como las operaciones en los Altos del Golán), Hastings viaja al escenario que nos interesa más en este post: el de la Segunda Guerra Mundial. Los personajes de esta contienda, para mi satisfacción, son los que engloban la mayor parte del volumen. Hastings comienza con la epopeya de John Masters, oficial británico del Ejército Indio (y célebre novelista), que penetró en las líneas enemigas en Burma, luchando junto a los gurkhas en la campaña de Birmania. El historiador británico cuenta después la historia del jefe de escuadrón Guy Gibson, piloto de la RAF que protagonizó un increíble raid sobre las presas del Ruhr (en el marco de la Operación Chastise), y que inspiraría la película de 1955 Los destructores de diques. También otros personajes fascinantes como Audie Murphy, James Gavin o la australiana integrada en las filas del Grupo de Operaciones Especiales (SOE) de Churchill, Nancy Wake, alias «Ratón Blanco», que ayudó a la Resistencia francesa durante la ocupación nazi, llegando a ser la mujer del bando aliado con más condecoraciones por sus acciones en la guerra.

Guerreros es un estudio sobre el coraje pero también sobre la hipocresía del concepto de «héroe» estipulada por gobiernos y administraciones (siempre de los países vencedores), que endiosan a unos personajes, condecorándolos con todos los honores, mientras sepultan en el olvido (a veces deliberadamente) a otros «guerreros» cuyas acciones fueron tanto o más decisivas que los primeros.

Podéis adquirir esta maravilla de la historiografía contemporánea, pinchar en el siguiente enlace:

Otto Skorzeny: un nazi en la corte de Franco (segunda parte)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. El laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Un plan secreto que salió a la luz hace apenas unos años y que muestra los estrechos vínculos de la dictadura franquista con los nazis fugados tras la derrota del Tercer Reich.

Óscar Herradón ©

Tras su intervención –más bien discreta– en la neutralización de la Operación Valkiria, vendría la llamada Operación Greif, que consistía en una orden del propio Hitler de llevar a cabo el asalto al Cuartel General de Eisenhower y su asesinato, misión que se frustró y momento en el que los norteamericanos definieron a Skorzeny como «el hombre más peligroso de Europa».

Yeo Thomas

Tras ello no tardó en legar la inevitable derrota del Tercer Reich y el momento en el que el protagonista de estas líneas, como otros miembros del Partido Nazi, fue internado en distintos campos de concentración… Hasta ser juzgado en Núremberg, donde fue declarado inocente en relación con la llamada Matanza de Malmedy, en la Batalla de las Árdenas, por un apoyo in extremis: el testimonio en su favor del espía inglés F. F. E. Yeo-Thomas (alias «Tommy»). Ello no impidió que fuese internado en un campo de «desnazificación». No obstante, Skorzeny nunca renegó de su ideología y finalmente logró huir de las garras aliadas. Uno de los lugares en los que buscaría refugio sería la España franquista, un país en el que el antiguo miembro de las SS (que solía mostrar con orgullo a la gente de confianza el tatuaje de su grupo sanguíneo como llevaban todos los miembros de las Waffen-SS por si sufrían una herida en el frente) pretendía revitalizar el nazismo y dar forma a un Cuarto Reich…

Skorzeny pudo viajar a la Península ibérica gracias a miembros de la citada red ODESSA, entonces en la clandestinidad, el 27 de julio de 1948. Según documentos desclasificados, el antigua nazi se instaló en Madrid bajo identidad falsa –durante un tiempo residió en la calle Montera, en los números 25-27– y retomó su trabajo de ingeniero, representando a prósperas compañías alemanas del acero, gozando de gran popularidad entre los franquistas y gracias a sus hazañas en la Segunda Guerra Mundial, de las que siempre se jactó y que muy posiblemente exageró notablemente. Era un héroe para esos españoles nostálgicos y uno de los últimos acólitos de Hitler que seguía con vida, al igual que el belga Léon Degrelle, que moriría en Málaga el 31 de marzo de 1994.

Nuevas revelaciones del archivo personal

El 8 de diciembre de 2011 la casa de subastas Alexander Autographs Inc. de Stanford (Connecticut, EEUU), sacaba a subasta el impresionante archivo que Otto Skorzeny legó a su muerte a su mujer, Ilse Lüthje, con la que se casó en 1954. Ésta dilapidó pronto la fortuna familiar y solo una familia española la ayudó a costearse un asilo en Madrid, donde fallecía, sola y arruinada, el 20 de diciembre de 2002. Como agradecimiento, Ilse legó el archivo de su esposo al dueño de esos importantes documentos, cuyo hijo, Luis M. Pando, decidió sumergirse en las miles de páginas de la historia que el nazi no quiso escribir –a pesar de haber publicado unas resonadas memorias en dos volúmenes, Vive peligrosamente y Luchamos y perdimos–, antes de ponerles precio.

Los documentos contienen de todo, desde planes de guerra y negocios, hasta secretos que revelaban parte del rol desempeñado por Skorzeny después de la contienda. Gracias a tan importante archivo, han salido a la luz numerosos puntos oscuros sobre un cuarto de siglo de actividad del guardia negro en nuestro país, del final de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte, en 1975.

El libertador de Mussolini mantenía un estrecho vínculo con el gobierno español, sus generales, algunos de los que sirvieron a Hitler, dictadores sudamericanos y negociaciones con importantes empresas alemanas como Krupp, Thyssen o la exportadora de armas Merex, según el periodista Rafael Poch, «una tapadera de los servicios secretos alemanes en la que trabajaban, o colaboraban, criminales de guerra teóricamente buscados por la justicia». En el archivo se encuentran también felicitaciones del antiguo nazi a Manuel Fraga del año 1964, cuando éste era ministro de Información y Turismo, así como dos recomendaciones de visados con la rúbrica del periodista de Falange Víctor de la Serna, quien estuviera a sueldo de la embajada de Hitler en Madrid, dirigidas a diplomáticos españoles en Alemania. Sería precisamente uno de ellos, Jorge Spottorno, quien siendo cónsul en Fráncfort emitiría un visado con nombre falso para el prófugo.

Entre los «secretos» (ya no tanto) se encuentran las pruebas de la transformación de Skorzeny en un hombre de negocios sin escrúpulos, reconvertido en traficante de armas –a través de Merex– o vendedor de petróleo y representante de las empresas alemanas supervivientes a los juicios de posguerra, muchas manchadas con sangre del Holocausto. Tangencialmente, dichos archivos apuntan a una supuesta relación del antiguo SS con el fundador del club Bilderberg, Józef Retinger –algo extraño si tenemos en cuenta que éste era uno de los mayores representantes del sionismo europeo–, entre muchos otros personajes de gran poder que supuestamente marcaban las directrices de la política internacional por aquel entonces.

Józef Retinger

Un agente secreto tras el hombre de negocios

Nasser

Otto era accionista de un ingente número de sociedades, poseía un patrimonio estimado en unos mil millones de pesetas, casas y terrenos en Madrid, Andalucía, Alemania, Austria, Irlanda… Evidentemente, todos ellos bajo identidades falsas, salvoconductos y pasaportes emitidos con el visto bueno de las más altas autoridades franquistas, como Juan Vigón, Antonio Garrigues Walker o Ramón Serrano Suñer, de abiertas simpatías filonazis en los años cuarenta. Entre otras, adoptó las identidades de Rolf Steinbauer, Hanna Eff Khoury, Frey Hans Rudolf o Hans R. Frey, y quizá incluso otras, siendo su papel el de negociar acuerdos comerciales de la España franquista con empresas alemanas y egipcias. Fue precisamente Skorzeny el responsable de las negociaciones del tratado hispano-anglo-egipcio del petróleo, a instancias del entonces presidente de Egipto, Abdel Nasser, amigo íntimo de «Caracortada».

Visado español a nombre de «Rof Steinbauer»

El archivo es un Sanctasanctórum de las relaciones internacionales de posguerra. Tanto los archivos desempolvados por Luis M. Pardo como los desclasificados por el BND alemán, arrojan una información más que relevante sobre las operaciones que se llevaron a cabo en distintos países occidentales en las décadas de 1950 y 1960, operaciones turbias que, evidentemente, se hacían a espaldas de la opinión pública.

Skorzeny mantuvo una nutrida correspondencia con importantes –y oscuros– personajes como el empresario alemán Alfried Krupp von Bohlen, que fuera condenado en los Juicios de Núremberg por «suministar armas al Tercer Reich y por trato inhumano a los prisioneros de guerra que trabajaron en su compañía», según recogía el diario El Mundo. Al parecer, tras la guerra Skorzeny se convirtió en su delegado comercial y sus operaciones se extendían desde Argentina hasta Egipto.

Krupp en Núremberg

Cuando en 1963 le fue diagnosticado el cáncer que acabaría finalmente con su vida, se recluyó en su casa mallorquina de Alcudia y fue su mujer Ilse quien tuvo que viajar a Estados Unidos, Irlanda o Alemania para continuar engrosando el patrimonio familiar a través de las relaciones comerciales.

Curiosamente, en su archivo se encuentra el guion para una película sobre su propia vida, escrito en 1959, lo que denota su enorme vanidad, una cinta que llevaría por título Special Mission, y donde, evidentemente, se hacía un elogio del encargo personal del Führer para encontrar y liberar a Mussolini. En 1963 recibía la misiva del hijo de su mayor enemigo, Eisenhower, a quien Skorzeny tenía la misión de matar por sorpresa –recordemos la Operación Greif–, violando los códigos de guerra.

Este post tendrá una próxima y última entrega sobre el «hombre más peligroso de Europa».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Para profundizar en la escurridiza figura de Skorzeny, principalmente en sus años en España realizando numerosas intrigas, entramados mercantiles, todo tipo de conspiraciones –incluso la creación de la llamada «Legión Carlos V»–, así como sus numerosos alias, sus documentos secretos y sus contubernios con la CIA y el Mossad israelí –sí, aunque parezca contradictorio, expedientes desclasificados muestran que es así–, nada mejor que sumergirse en las páginas de una de las últimas novedades de la Editorial Almuzara: Otto Skorzeny. El nazi más peligroso en la España de Franco.

Un trabajo que denota dedicación y un amplio manejo de fuentes documentales. Obra del periodista Francisco José Rodríguez de Gaspar, redactor jefe del periódico La Tribuna de Toledo, aclara en ella los muchos matices que rodearon a esta figura capital del sombrío pasado reciente de España.

Uno también puede leer los libros firmados por el propio Skorzeny sobre sus «gestas» (Vive peligrosamente, Luchamos y perdimos, Misiones Secretas y La Guerra Desconocida), otra cosa es creer en su fidelidad a los hechos narrados por quien ha sido considerado por algunos un mentiroso patológico y por los más un calculador y eficiente espía. O visualizar el estupendo documental estrenado en 2020 El hombre más peligroso de Europa, Otto Skorzeny en España, obra de Quindrop Producciones Audiovisuales, con coproducción de RTVE y la televisión balear IB3, codirigido por Pedro de Echave y Pablo Azorín.

Supersoldados: hombres mejorados para la guerra del futuro (II)

Decir que la tecnología ha avanzado de forma vertiginosa es quedarse corto. Y lo que viene… En medio de esta lucha por alcanzar la mayor eficiencia, y el consiguiente beneficio, con el 5G ya prácticamente implantado tras una guerra comercial sin precedentes cuyos ecos todavía reverberan y experimentos que parecen sacados de una revista pulp de los años 50 a punto de ser aprobados por gobiernos y corporaciones, el terreno militar es uno de los que, bajo el paraguas de Top Secret, está realizando los experimentos más sorprendentes, e inquietantes. Veamos algunos de los que han trascendido, que no son todos los que están en proceso, por supuesto.  

Óscar Herradón ©

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El terreno de la guerra del futuro, evidentemente, no se circunscribe a Estados Unidos, aunque sean éstos quienes hacen un mayor desembolso en los avances más vanguardistas. En octubre de 2018 un informe del Ministerio de Defensa británico analizaba cómo los imparables avances tecnológicos podían afectar –tanto positiva como negativamente– a los soldados. En ese mismo expediente se aventuraba una escalofriante posibilidad: que la reproducción de tropas modificadas genéticamente podría ser una realidad en apenas una generación. Soldados biónicos que permitirían a los países aumentar su capacidad militar y mejorar el desempeño de las fuerzas de combate. Lo que en la película Soldado Universal (1992) parecía un argumento hecho para mayor gloria del entonces archifamoso Jean Claude Van Damme, hoy podría cobrar forma.

Dicho informe, titulado Global Strategic Trends (Sixth Edition): The Future Starts Today, publicado bajo el paraguas del grupo de expertos del Centro de Desarrollo, Conceptos y Doctrina, un think tank del Ministerio de Defensa británico, apunta que dentro de 30 años los soldados «mutantes» podrían levantar grandes pesos –algo que empieza a ser posible gracias a vanguardistas exoesqueletos– y correr a gran velocidad en distancias extremas, cual si fueran clones del Capitán América. Es muy probable que dispongan de visión nocturna por infrarrojos –algo que ya es una realidad en equipamientos avanzados–, e, incluso, y esto es lo más fascinante: ¡ser capaces de transmitir sus pensamientos a través de telepatía asistida electrónicamente!

El documento británico examina las amenazas globales e identifica los problemas que deben abordar los países debido a la revolución tecnológica, como la posibilidad de protestas violentas por parte de grupos de personas cuyos trabajos peligren por la implantación robótica, advirtiendo sobre «el riesgo de agitación social y posiblemente una protesta violenta de los desfavorecidos», e incide a su vez en una mejor regulación de las ya casi incontrolables RRSS.

En cuanto al asunto que nos atañe, la explotación por los estados de tecnología emergentes en la obtención de provecho en el campo de batalla, el informe señala que la edición de genes, las extremidades biónicas, las adaptaciones que mejoran el cerebro y las drogas estimulantes o nootrópicas «ofrecerán una profunda expansión de los límites del rendimiento humano». Advierte a su vez de que se deben introducir leyes que tengan en cuenta consideraciones morales y éticas antes de crear los hipotéticos ejércitos mutantes, afirmando, entre otras cosas, pueden «polarizar las poblaciones, erosionar la confianza en las instituciones, crear incertidumbre y alimentar las quejas». Un panorama nada alentador.

¿Telepatía asistida?

Precisamente este es uno de los planes más ambiciosos de DARPA: un ingenio que permitiría al soldado tener sorprendentes capacidades extrasensoriales… ¡mediante la lengua! Ya en una fecha tan lejana como 2008, sus investigadores trabajaban en un dispositivo denominada BrainPort, consistente en un casco equipado con una cámara, un sonar y diversos aparatos de navegación y localización. Luego se introduce en la boca del usuario una delgada lámina de plástico cargada de microelectrodos conectados con el casco que recogen la información sensorial, «aprovechando así la habilidad del cerebro de convertir pulsos eléctricos en información visual», ya provenga ésta de los ojos o de otros sentidos; esto permitiría, por ejemplo, «ver 360º» en la oscuridad, tecnología que ya ha sido probada con relativo éxito por buzos a grandes profundidades.

Con los años y la revolucionaria innovación tecnológica, DARPA ha ido más allá, y en 2017 anunciaba que había invertido 65 millones de dólares en la creación de un módem que conectaría nuestro cerebro a un ordenador, un ambicioso proyecto que buscaría grabar millones de charlas entre neuronas de forma simultánea en un cerebro humano vivo. Así, se busca superar uno de los grandes obstáculos de la neurociencia: registrar la actividad desde el interior del cerebro humano para entender y corregir padecimientos. Dicha startup responde al nombre de Paradromics, y se basa –aunque de momento sólo es experimental, o eso nos dicen– en conexiones en banda ancha que ayudarían en los tratamientos de ceguera, parálisis, trastornos del habla e incluso la restauración de sentidos perdidos. Por supuesto, las posibilidades en el campo de la Defensa son potencialmente alentadoras.

El responsable del llamado “Programa de Conversación Silenciosa”, que recuerda al casco del Profesor X, es Matt Angle, quien cuenta con el apoyo de varios investigadores de la Universidad de Stanford. Afirma que se trata de un “cerebro-módem” equipado con circuitos flexibles que han bautizado como neurograins, los cuales se colocarían sobre el cerebro “para crear un enlace de datos sin fisuras y retrasos entre el cerebro humano y una computadora. Los neurograins son pequeños cables con el grosor de un grano de arena equipados con microscopios holográficos capaces, supuestamente, de observar la actividad de millones de neuronas a la vez. Su principal ventaja, afirman, es que dicho implante “funcionaría de forma inalámbrica y permitiría la conexión y envío de datos en ambos sentidos, no sólo del cerebro al ordenador”. Esta interfaz cerebro-ordenador podría permitir en unos años que los soldados recibieran información desde un mando de control a su cerebro a tiempo real, una suerte de “telepatía informática”, y es bastante más ambicioso que otros proyectos similares.

El Brain Computer Interface (BCI) convierte el campo de lo que hasta ahora formaba parte de la parapsicología en una posibilidad muy real –aunque ligeramente distinta a lo que se consideran poderes telepáticos–.El ambicioso proyecto, según recogía un artículo del Daily Mail, permitiría a los soldados comunicarse telepáticamente: “Recientemente, el Programa de Conversación Silenciosa de DARPA ha estado explorando la tecnología de lectura de la mente con dispositivos que pueden detectar las señales eléctricas dentro del cerebro de soldados y enviarlos a través de Internet. Con chips implantados, ejércitos enteros podrán hablar sin radios. Las órdenes van directamente a las cabezas de los soldados y los deseos de los comandantes se convertirán en los deseos de sus hombres”. Hombres sin capacidad de decisión propia y, como ahora veremos, sin miedo o remordimientos.

Los nuevos Terminator

Si en algo eran eficientes los Terminator que nos presentó James Cameron por primera vez en 1985, es que, además de ser prácticamente indestructibles –y de estar al servicio de una inteligencia artificial que se vuelve contra su creador, Skynet, no pecaban de aquello que atormenta a los humanos: no tenían remordimientos, ni dudas, ni miedos. De hecho, se calcula que durante la Segunda Guerra Mundial, apenas el 20% de la infantería estadounidense disparó sus armas contra el enemigo, inacción que en la guerra de Vietnam ya alcanzó, en ocasiones, el 90%. El hombre es, en terribles términos pragmáticos, imperfecto.

Bien, pues también en este campo, según desveló en su informe el novelista Simon Conway en 2018, DARPA estaría trabajando para crear una suerte de biorobot –o humano-robot– que muestre menos temor, y que al recibir órdenes mediante distintas startups, «pueda estar interconectado con su comando y actuar como una entidad única».

En las universidades de Harvard y Columbia varios equipos llevan años trabajando en métodos de inhibición del miedo y modos de anestesiar la memoria, usando pastillas de propranodol. Pero DARPA va más allá. Hace unos años, científicos a su cargo lograron controlar por ordenador un ratón al que se le habían implantado electrodos en su pequeño cerebro y en la actualidad trabajan con un «tiburón» que puede ser dirigido a distancia. En la Universidad de Nueva York las investigaciones más sorprendentes –y éticamente controvertidas– son las llevadas a cabo por el prestigioso neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás, quien, entre otras hazañas, inserta cables capilares en el cerebro de roedores para estimularlo a distancia; de esta forma, logra generar sensaciones y estados de ánimo artificiales en las cobayas. El neurocientífico asegura que la comunicación directa entre mente y máquina puede ser factible. En una entrevista para la red de televisión pública USA, Public Broadcasting Service, Llinás planteó lo siguiente: «Convenientemente desarrollada, esta tecnología permitiría que cada miembro de un grupo de soldados fuese consciente de la existencia de todos y cada uno de ellos y de lo que están haciendo en cada momento. El grupo de personas individuales desaparece para convertirse en una única entidad. Así, si uno resulta herido, todos podrían saberlo inmediatamente. En el fondo, se trataría de una especie de conciencia colectiva». Los soldados funcionarían así como una suerte de enjambre de abejas. IMPRESIONANTE.

Este post tendrá una tercera y última parte en breve… permaneced atentos!!!!