El «soldado de Dios» que fundó la Compañía de Jesús

El pasado año 2021 la Compañía de Jesús conmemoraba el Quinto Centenario de la conversión de Ignacio de Loyola, su fundador, un personaje histórico fascinante cuya labor evangelizadora marcaría un antes y un después no solo en la trayectoria del catolicismo sino en la configuración del mundo contemporáneo occidental. Extendida por todo el orbe, la Compañía se convertiría en la milicia de la Iglesia católica en tiempos de la Contrarreforma (muchos de sus miembros serían espías en cortes protestantes), pero también tendría abiertas disputas –y algo más– con la Santa Sede. Esta es la historia de un hombre reconvertido en militante de la fe, un «soldado de Dios» con sus luces y sus sombras.

Por Óscar Herradón ©

El 13 de marzo de 2013, hace ya casi una década, el cardenal argentino Jorge Maria Bergoglio se convertía en el último pontífice de la Santa Sede con el nombre de Francisco I y, por primera vez en la historia del papado, el Vicario de Cristo pertenecía a la Orden de los jesuitas. El vendaval no dejó entonces de azotar al Vaticano. A los escándalos de Vatileaks, la pederastia, la corrupción y la influencia de la masonería durante el mandato de Benedicto XVI, todos ellos vendavales de tiempos recientes, venían a sumarse las polémicas relacionadas con una Orden cuyo líder es conocido como «el Papa Negro», organización que en más de una ocasión mantuvo una guerra abierta con el mismo Vaticano.

Pasaron apenas unas horas del nombramiento y de su anuncio público con la ansiada fumata blanca y no tardaron en surgir en la prensa internacional rumores que vinculaban al nuevo Papa con el colaboracionismo en la dictadura argentina, algo que no tardó en ser desmentido por el jesuita Franz Jalics, secuestrado en 1976 por la cúpula militar y residente en Baviera desde 1978, quien afirmó presto que Francisco, que era entonces Provincial de la Orden jesuita en Buenos Aires, no le entregó a la Junta. El escándalo se servía desde varios frentes, azuzado en parte por un sector tradicional de la Iglesia que no miraba al jesuitismo precisamente con buenos ojos, una enemistad que se remonta siglos atrás. Y el hecho de que el pontífice hiciese declaraciones como la que sigue no hizo sino echar más leña al fuego: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!», recordaba a las palabras de Juan Pablo I y a muchos les venía a la mente su trágico final…

Origen, historia y leyenda de la Compañía

La historia del fundador de la Compañía, el vasco Ignacio de Loyola, apellido que tomó de la aldea donde nació, es tan extraña como apasionante. Primero soldado –luchó en la defensa de Pamplona contra los franceses, donde fue herido en una pierna–, pronto sintió la llamada de la fe. Durante su convalecencia leyó varios libros religiosos que le llevaron a replantearse toda su vida. Tras experimentar una supuesta visión de la Virgen con el niño Jesús, se produciría su definitiva reconversión de hombre de armas en soldado de Dios.

Cual caballero andante veló armas ante el altar de Nuestra Señora de Montserrat, singular enclave místico que se cuenta como uno de los refugios del Santo Grial al que acudiría el mismísimo Heinrich Himmler durante una visita a España en plena Segunda Guerra Mundial. Al terminar sus oraciones, Loyola dejó la espada y la daga y se vistió con ropas pobres, sandalias y un bastón, para dedicar su vida al Todopoderoso y a la predicación. Fue a partir de ese momento –dijo– cuando sufrió diversas visiones de tipo aparentemente celestial. Con dicho hábito llegó a Manresa, donde vivió en una cueva en medio de una constante meditación y un estricto ayuno. Tras dicha experiencia eremítica (común a otros hombres de su siglo como Benito Arias Montano, místico y bibliotecario de Felipe II en el monasterio de El Escorial), nacerían sus Ejercicios Espirituales, que se publicaron años más tarde, en 1548, y que serían la base de la filosofía jesuítica.

Loyola durante su convalecencia
Iglesia de Jesús (Roma)

Viajó a Roma y el 4 de septiembre de 1523 a Jerusalén, para regresar después a Barcelona. Más tarde aprendería latín y se inscribió en la Universidad de Alcalá de Henares, cuna de ilustres del Siglo de Oro como Cervantes. Posteriormente se trasladó a Salamanca, donde comienza a predicar acerca de sus Ejercicios, algo que le granjeará problemas con las autoridades, llegando a ser encarcelado por un periodo de varios días. Una vez libre, viajaría a París, en cuya universidad estudiará siete años, y donde se rodeó de seis seguidores. Entonces ya tenía claro cuál era su proyecto vital y se mudó a Flandes y más tarde a Inglaterra, la «Pérfida Albión», para recabar fondos para su no poca ambiciosa Obra.

El juramento de los soldados de Dios

El día 15 de agosto de 1534, en medio de un ambiente ceremonioso y recogido, Loyola y sus seis acólitos juraron en Montmartre «Servir a nuestro señor, dejando todas las cosas del mundo»; fundaban así la Sociedad de Jesús, y decidían ponerse a las órdenes del Papa cual «soldados de Dios». El pontífice Paulo III dio su aprobación a sus pretensiones y les permitió ordenarse sacerdotes en Venecia. En su viaje a Roma, para servir al sucesor de san Pedro en el trono pontificio, en la localidad de La Storta, Ignacio de Loyola vivió otra experiencia mística: una visión al parecer trinitaria en la que «el Padre, dirigiéndose al Hijo, le decía: ‘Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo’ y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: ‘Yo quiero que tú nos sirvas’».

Paulo III

En 1538, Loyola, acompañado de dos de sus hombres, regresó a Roma para la aprobación de la constitución de la nueva Orden, refrendada por Paulo III mediante la bula Regimini militantis Ecclesiae, que limitaba el número de miembros a sesenta, limitación que sería revocada tres años después mediante la bula Injunctum nobis, que permitía que la Societas Iesu no tuviera límites hasta alcanzar unas dimensiones impresionantes. Entonces, Loyola fue elegido Superior General de la Compañía, tras lo cual envió a sus seguidores como misioneros por Europa, con la intención de que creasen escuelas y seminarios. En 1548 por fin se imprimieron sus Ejercicios Espirituales, lo que le valió al antiguo soldado ser llevado ante la Inquisición, aunque fue rápidamente liberado.

Altar con los restos de Loyola (Roma)

En 1554 se adoptaron las denominadas Constituciones jesuitas, elaboradas por el mismo Loyola, base de una organización monacal a cuyos miembros se exigía absoluta abnegación y obediencia al Papa. A partir de entonces, la Compañía se extendería por todo el orbe, estando obligada a responde de sus actos únicamente ante el pontífice y el superior de la Orden, hoy conocido como el «Papa Negro». Nacía así una de las órdenes religiosas más poderosas y controvertidas de la historia. Ignacio de Loyola, el visionario, moría el 31 de julio de 1556, en su celda de la sede jesuítica en Roma, para ser canonizado en 1622 por el Papa Gregorio XV.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

GARCÍA HERNÁN, Enrique: Ignacio de Loyola (Colección Españoles Eminentes). Taurus 2013.

J. LOZANO NAVARRO, Julián: La Compañía de Jesús y el poder en la España de los Austrias. Cátedra 2005.

LARA MARTÍNEZ, María y Laura: Ignacio y la Compañía. Del castillo a la misión. Edaf (XIII Premio Algaba), 2015.

MARTIN, Malachi: La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia Católica. Plaza & Janés, 1988.

P. LUIS GONÇALVES DA CÁMARA: San Ignacio de Loyola. Biografía. Editorial Verbum 2020.

BREAKING NEWS!

Los jesuitas. Una historia de los «soldados de Dios» (Debate)

En este ensayo que ha visto recientemente la luz de la mano de la Editorial Debate, el inglés Jonathan Wright, doctor en Historia por la Universidad de Oxford y especialista en historia de los movimientos religiosos, aborda el importante y controvertido papel de la Orden ignaciana en el mundo moderno y contemporáneo, desde su fundación por Ignacio de Loyola (fue reconocida como Orden en 1540 y desde entonces no paró de crecer), su tradición erudita –muchos de sus hombres fueron preceptores de reyes y príncipes– y su labor combativa: de la conquista y evangelización del Nuevo Mundo a la Teología de la Liberación que fue investigada por el papa Juan Pablo II. También se adentra en su infatigable determinación a la hora de abordar misiones en territorios poco conocidos, como su epopeya en Japón (donde serían torturados y ejecutados varios jesuitas) y otros países del continente asiático, a las peligrosas travesías por el Mississippi o el Amazonas que convirtió a los «soldados de Dios» en temerarios aventureros con el crucifijo en ristre.

Los miembros de la Compañía eran hombres de vasto saber, pedagogos y científicos (físicos, químicos y matemáticos), y contaron entre sus filas con eruditos de la talla de Athanasius Kircher. Estaban presentes en las universidades de todo el mundo, muchas de ellas edificadas gracias a su intermediación, y fueron escribanos en las lejanas cortes, incluso, de los emperadores chinos. Llegaron al siglo XXI como un referente universal gracias a su fortaleza ideológica, a su presencia en terribles conflictos y al conocimiento profundo de las interioridades del Vaticano, y eso que estuvieron a punto de desaparecer en el siglo XVIII precisamente por causa del propio vicario de Cristo.

Hoy, en el trono de San Pedro se sienta un jesuita. Un vibrante ensayo, de profusa documentación y hábil y fluida prosa que conduce al lector por la leyenda y la realidad, las tramas secretas (desde los espías enviados por el Vaticano a la Inglaterra de Isabel I para defender la causa de María Estuardo hasta las acusaciones que se vertieron contra ellos acusados de querer derrocar gobiernos como lo serían también los masones) y las gestas de estos «intrépidos aventureros de la historia cultural, política y espiritual del mundo moderno» en palabras del propio Wright.

Tempestad en el tiempo de las luces (Cátedra)

Y si en este post hablábamos del fundador de la Compañía y de cómo la misma alcanzó una expansión y un poder sin precedentes, a través de un completo ensayo de reciente aparición conoceremos el momento en el que la organización estuvo a punto de desaparecer y fue prohibida (y sus miembros perseguidos) en varios países, entre ellos España. Se trata de Tempestad en el tiempo de las Luces. La extinción de la Compañía de Jesús, publicado por Cátedra, del doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid Enrique Giménez López, desde 1988 Catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Alicante.

El libro, a través de numerosas fuentes, algunas inéditas hasta hoy, analiza el proceso que condujo a que el papa Clemente XIV se plegase a publicar el Breve Dominus ac Redemptor el 21 de julio de 1773, que extinguió canónicamente a la Compañía, y sus consecuencias posteriores, donde se vieron implicados los monarcas de España, Francia, Portugal, Nápoles y Prusia, y las emperatrices de Austria y Rusia. Un complejo escenario internacional en cuyo trasfondo se dirimían las relaciones entre la Iglesia de Roma y los Estados Europeos. Y es que ningún otro acontecimiento del siglo XVIII, salvo la Revolución Francesa –decisiva para el fin del Antiguo Régimen–, conmovió tanto a europeos y americanos como el fin de la Compañía fundada en el siglo XVI por Ignacio de Loyola.

Acabar con el jesuitismo, y no solo con los jesuitas, fue una labor a la que se entregaron con ahínco no solo las potencias católicas, sino obispos y muchas órdenes religiosas (que sentían envidia de la influencia ejercida por la Compañía en la vida política, en la cultura, en la educación de las élites y en las misiones del Nuevo Mundo y Asia, y pretendían «sacar tajada» del nuevo escenario). Sin embargo, la organización fue capaz de mantenerse viva en Prusia y Rusia, cuyos monarcas, al no ser católicos, no aceptaron el Breve papal de extinción.

Pío VII

Esta supervivencia se haría más patente con el estallido de la Revolución Francesa que acabó dando verosimilitud a las hasta entonces teorías conspirativas que asociaban la desaparición de la Orden jesuítica con la crisis del Antiguo Régimen. Tras la derrota de Napoleón, la Compañía fue restaurada por Pío VII en 1814 como arma ideológica a disposición del trono y el altar, y su influencia sigue siendo en la actualidad tan grande que el mismo pontífice romano, el papa Francisco, pertenecía a la misma antes de ser elegido por el «Espíritu Santo» para comandar la Santa Sede.

Norsk-Hydro: la batalla del agua pesada (I)

En el anterior post vimos cómo los nazis llevaron a cabo la investigación nuclear en búnkeres secretos bajo tierra que tardaron setenta años en ver la luz. Pero el proceso de obtención de la energía atómica sería diferente al llevado a cabo por los aliados. Un elemento fundamental era el agua pesada. Y neutralizar su uso fue uno de los objetivos de los comandos especiales enviados para sabotear el programa atómico del Reich. El libro «La Brigada de los Bastardos» (Ariel, 2021), del brillante divulgador estadounidense Sam Kean, recupera ésta y otras acciones casi suicidas llevadas a cabo por grupos de la Resistencia financiados por Londres y Washington.

Óscar Herradón ©

En los prolegómenos de la investigación nuclear, el agua pesada resultaba un elemento imprescindible. Formalmente óxido de deuterio, se denomina así a una molécula de composición química equivalente al agua, en la que los dos átomos del isótopo más abundante del hidrógeno, el protio, son sustituidos por dos de deuterio, un isótopo pesado del hidrógeno, y que, grosso modo, lo que hace es que este agua sea un poco más densa y se emplee como moderador en reactores nucleares. El agua pesada se encuentra en cantidades muy pequeñas en el agua normal, por lo que su producción requiere una amplia y avanzada infraestructura.

Puesto que éste no es un post de física ni lo pretende, teniendo en cuenta, además, mi escaso conocimiento en la materia, me centraré en la operación que la denominada «Sección Noruega» del SOE (Special Operations Executive) llevaría a cabo en aquella planta de producción de agua pesada en manos de los nazis desde que ocuparan el país nórdico.

Comandos especiales en Noruega

Poco después de la ocupación nazi de la planta de Norsk-Hydro, lugar clave para el desarrollo del plan, un equipo alemán compuesto de medio millar de especialistas se puso a trabajar de forma intensiva para decuplicar la producción de agua pesada anual de 500 kilos a 5.000. Gracias a los informes de la resistencia noruega, muy fuerte en el país, el servicio secreto británico supo de los delicados trabajos realizados en las instalaciones e inhabilitarlas se convirtió en el principal objetivo de éstos, captando la atención del mismo Churchill, temeroso de que su gran antagonista se hiciera con un poder que podría brindarle la victoria, con lo que ello suponía para el resto del mundo.

La noche del 17 de junio de 1942, Churchill tomó un hidroavión Boeing con rumbo a Hyde Park, en Nueva York, donde se reuniría con el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, del que era gran amigo, para tomar una decisión definitiva sobre las operaciones aliadas en 1942 y 1943 que definirían el rumbo de la guerra. Cito este viaje no solo por su relevancia para los futuros acontecimientos sino porque el premier británico mostró entonces gran preocupación sobre la cuestión nuclear y los posibles avances de los nazis en este sentido. En The Hinge of Fate («La bisagra del destino»), el propio Churchill resaltó: «Había otro asunto que me preocupaba mucho. Era la cuestión de los tubos de aleación, como llamábamos en lenguaje cifrado lo que más tarde fue la bomba atómica».

Sobre aquel encuentro y tan delicado asunto escribió: «Ambos sentíamos intensamente el peligro de la inacción. Sabíamos de los esfuerzos que hacían los alemanes para procurarse agua pesada: expresión siniestra, aciaga, antinatural, que comenzaba a aparecer en nuestros documentos secretos. ¿Y si el enemigo lograra elaborar una bomba atómica antes que nosotros? Por escépticos que nos sintiéramos ante las declaraciones de los científicos, no podíamos exponernos al peligro mortal de ser aventajados en tan terrible campo».

Adiestramiento de un grupo del SOE
Puente de Vemork

Poco después de su regreso a Inglaterra, el premier tomaría la decisión de impulsar la misión de sabotaje en la factoría de agua pesada. Su primera idea era que la RAF bombardease la fábrica, pero las dificultades orográficas que presentaba el lugar, rodeado de altas montañas –lo que haría prácticamente imposible una incursión aérea– y el hecho de que el estallido de los depósitos de amoniaco podía suponer, en opinión de los expertos, un grave riesgo para la población del lugar –al lado se levantaba la localidad de Rjukan, un importante foco de la Resistencia–, hizo que se desestimara, muy a pesar de la insistencia del primer ministro, que quería ganar la guerra a toda costa, aún a costa de las bajas civiles.

Skinnarland

Así, se optó por una operación de comandos que estaría coordinada por el Grupo de Operaciones Combinadas en colaboración con la citada «sección noruega» del SOE, la Ejecutiva de Operaciones Especiales creada con la intención de provocar sabotajes en las filas enemigas. Para llevar a cabo su misión secreta, los británicos contaban con un as en la manga: a principios de marzo de 1942, un grupo de miembros de la Resistencia, tras capturar el barco de cabotaje Galtesund y llegar al puerto escocés de Aberdeen (tras orquestar un falso naufragio del que informaría la prensa noruega), había logrado trasladar al ingeniero Einar Skinnarland a Gran Bretaña para que realizase un curso especial de entrenamiento por cuenta del SOE. Este científico trabajaba en la construcción de una presa en Rjukan, destinada al servicio de Norsk-Hydro, con lo que así podrían introducir a un topo en el corazón mismo de las fuerzas de ocupación.

Leif Tronstad

Una vez adiestrado, Skinnarland fue lanzado en paracaídas sobre las cercanías de Rjukan, reanudando su anterior trabajo sin despertar sospechas por su breve ausencia. Después, comenzaría a obtener informes clasificados y a enviar información a la central en Londres. Una información que causó nerviosismo y que aceleró la misión del Grupo de Operaciones Combinadas, que contaba con datos de primera mano sobre la planta de Norsk-Hydro. Además, el SOE disponía de los informes del doctor Jomar Brun, ex ingeniero jefe de la planta, que poco después llegaría a Londres con un microfilm con fotografías de toda la instalación y sus alrededores, suministrando a su vez detalles de gran valor acerca de los puntos más vulnerables de la fábrica; y con la información dada por el físico noruego Leif Tronstad, quien había sido asesor técnico en los trabajos de construcción de la misma.

Un plan fallido

Hardangervidda

Los informes facilitados por Einar Skinnalard indicaban que la Norsk-Hydro estaba produciendo agua pesada en grandes cantidades, y que numerosas reservas se habían acumulado para su envío a Berlín. El Gabinete de Guerra sabía que debía entrar en acción y así, el SOE reunió un pequeño grupo de cuatro soldados noruegos instruidos en Inglaterra que serían comandados por el teniente Jens-Anton-Poulsson, todos ellos brillantes esquiadores y montañeros, habilidades necesarias para su trabajo en un terreno tan escarpado e inhóspito como la meseta de Hardangervidda. Aquel grupo de cuatro intrépidos hombres constituiría la avanzadilla de las fuerzas aerotransportadas de la RAF que llegarían después en planeadores a las cercanías de Rjukan (otra versión de los hechos apunta que en el mismo grupo regresaría Einar Skinnalard a Noruega, y no antes).

Jens-Anton-Poulsson

Tras varios intentos frustrados de dejar en tierra al equipo, los hombres de Poulsson –grupo bautizado con el nombre de Swallow («Golondrina») y a la Operación con el de Grouse– aterrizaron el 19 de octubre de 1942 en una colina en el valle del Sogne, a muchos kilómetros de distancia del punto acordado, lo que provocaría que tuvieran que realizar una dura travesía en medio de las condiciones climáticas más adversas y cargando un equipo que pesaba en torno a los 250 kilos. Tres semanas después, el 6 de noviembre, instalaban su base en una cabaña deshabitada, y conseguían establecer contacto por radio con la central de Londres, que les dio la orden de salir al encuentro de los hombres que formaban las tropas aerotransportadas, momento en que tendría lugar uno de los mayores fracasos del SOE que se saldó con el coste de numerosas vidas humanas.

Rediess

Era el 17 de noviembre de 1942, hacia las seis de la tarde, cuando dos bombarderos, cada uno de ellos remolcando un planeador, despegaban, con veinte minutos de diferencia, de la base aérea de Wick, al norte de Escocia. 43 hombres iban a bordo de ambos aparatos. El nombre en código de su operación era Freshman. Sobre media noche, una señal de radio interceptaba un SOS en el que uno de los aviones informaba de que su planeador se había estrellado contra una montaña, en las proximidades de Egersund. Murieron tres agentes y seis resultaron heridos de gravedad. Poco después, los alemanes, alertados, se personaban en la zona. El jefe de las SS y de la Policía en Noruega,  Wilhelm Rediess, informaba después a Berlín de la muerte de tres de los ocupantes del aparato, y de seis heridos graves. Apuntaba que se sospechaba que eran agentes y que, tras registrarlos –hallando en su poder «gran cantidad de billetes noruegos», según reza un telegrama oficial de la Oficina Central de Seguridad del Reich, la RSHA–, la Wehrmacht ejecutó a los supervivientes.

La Operación Freshman sería todavía más trágica. El otro aparato había logrado aterrizar de forma violenta en lo alto de una montaña: ocho agentes murieron, cuatro resultaron gravemente heridos y solo cinco quedaron ilesos, pero fueron detenidos al día siguiente por los alemanes. Tras ser interrogados, también los ejecutaron. Hoy descansan, como héroes de guerra contra la ocupación y el totalitarismo nazi, en un cementerio situado al oeste de Oslo.

Von Falkenhorst

El capitán general Nikolaus von Falkenhorst, tras tener en su poder las confesiones, comunicó a Berlín que los agentes enemigos pretendían sabotear la planta de agua pesada y ayudar a la Resistencia local. Von Falkenhorst se trasladó de urgencia hasta Rjukan acompañado del Comisario del Reich en Noruega, para ponerse al frente de los trabajos de reforzamiento: la guarnición recibió importantes refuerzos y los alrededores de la Norsk-Hydro fueron minados, lo que dificultaría un nuevo intento de sabotaje.

Este post tendrá una inminente continuación.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Este episodio se recoge, junto a muchos otros vinculados al trabajo de sabotaje de los aliados para frenar el proyecto atómico nazi, en el vibrante ensayo La Brigada de los Bastardos, publicado recientemente por la editorial Ariel. En realidad, la «batalla del agua pesada» fue uno más (aunque relevante) de los episodios que se encuadraron en un plan mucho más ambicioso que partió de reuniones secretas en Washington y que fructificó gracias a la estrecha colaboración entre los servicios secretos estadounidenses y los británicos.

Mientras se planificaba de forma reservada el Proyecto Manhattan en Los Álamos, la Oficina de Servicios Estratégicos –OSS, antecesora de la CIA–, ideó un plan secreto que recibió el nombre de Operación Alsos. En griego dicha palabra significa «arboleda», equivalente en inglés a «grove», en alusión al jefe de la operación, el general Leslie R. Groves, director general del Distrito Manhattan de Ingeniería (popularmente conocido como Proyecto Manhattan), un personaje con gran importancia en la novela gráfica «La Bomba» que destaqué en la entrada anterior.

Su objetivo era rastrear y entorpecer las investigaciones sobre energía nuclear llevadas a cabo por los potencias del Eje, principalmente el Tercer Reich. El corazón de la misión Alsos estaba conformada por el grupo que da nombre al ensayo: la llamada «Brigada de los Bastardos», un equipo de soldados, científicos y agentes secretos que se infiltraron entre los físicos, químicos y militares alemanes para detener la amenaza más aterradora de la guerra: que Hitler dispusiera de una bomba nuclear.

El resultado fue, como hemos visto en esta entrada, un complot digno del mejor thriller, pero rigurosamente real, y documentado con mimo por el divulgador científico Sam Kean, con ese estilo claro, directo y en ocasiones cercano al humor que le caracteriza y que le ha hecho merecedor de una gran notoriedad y una legión de seguidores. Es colaborador de medios como The New Yorker, The Atlantic, The New York Times Magazine o Science, y ha publicado obras convertidas en auténticos bestseller con sugerentes títulos como: La cuchara menguante. Y otros relatos veraces de locura, amor y la historia del mundo a partir de la tabla periódica de los elementos (2011); El pulgar del violinista. Y otros relatos veraces de locura, amor, guerra y la historia del mundo a partir de nuestro código genético (2013); El último aliento de César. La épica historia del aire que nos rodea (2018) y Una historia insólita de la neurología. Casos reales de trauma, locura y recuperación (2019), todos ellos publicados por la editorial Ariel.

Moe Berg

Aquellos hombres de la «brigada» que bien pudieron inspirar a Quentin Tarantino su película Malditos Bastardos, arriesgaron sus vidas en pro de la libertad, orquestaron todo tipo de sabotajes, impulsaron el espionaje a una escala nunca antes vista y cometieron incluso asesinatos para frenar las aspiraciones del Führer. Entre ellos destacaron con luz propia el ex jugador de béisbol Moe Berg, el físico nuclear Samuel Goudsmit o el citado general Leslie R. Groves, pero hubo muchos más, y todos tienen su momento de gloria en estas páginas (prolongación en papel de su verdadera actuación en el curso de la HISTORIA con mayúsculas).

Un relato vibrante y en ocasiones increíble (aunque sucedió) que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-la-brigada-de-los-bastardos/331525

Comandos y operaciones especiales en la II Guerra Mundial (Susaeta):

Y si lo que queremos es realizar un acercamiento, ameno a la vez que instructivo, al gran teatro de operaciones secretas y clandestinas que tuvieron lugar en aquella brutal conflagración, nada mejor que sumergirnos en las páginas, profusamente ilustradas a todo color y acompañadas de mapas y gráficos, de Comandos y operaciones especiales de la II Guerra Mundial, una joya gráfica editada por Susaeta Ediciones. Un recorrido vertiginoso por las unidades de comandos de ambos contendientes que, alcanzando un desarrollo y perfeccionamiento colosal, se desplegaron por desiertos, mares, selvas, acantilados, montañas y urbes asediadas como Stalingrado o Berlín…

Esta magnífica selección –pues fueron tantas que harían falta miles de páginas para detallar cada una de ellas– contempla operaciones famosas como la Operación Fortitude (que permitió el Desembarco de Normandía, el gran asalto a la Fortaleza Europa), o la Operación León Marino, que planeó la invasión –frustrada– de Gran Bretaña por la Wehrmacht, y otras menos conocidas, como la Operación Gleiwitz (una operación de falsa bandera que atribuyó a los polacos el ataque a la frontera alemana y justificó la invasión del país por los ejércitos de Hitler) pero que contribuyeron, algunas de manera decisiva, al resultado final de la mayor sangría conocida por el hombre contemporáneo.

He aquí el enlace para hacerse con este volumen:

https://www.editorialsusaeta.com/es/libros-de-guerra/11847-comandos-y-operaciones-especiales-en-la-ii-guerra-mundial-9788499284859.html

«La Bomba»: el desarrollo atómico en la Segunda Guerra Mundial

La carrera a contrarreloj por obtener la bomba atómica llevó a aliados y países del Eje a una lucha sin cuartel en la que desplegaron sus últimos adelantos científico-técnicos, contaron con los hombres más brillantes de la comunidad académica e impulsaron el progreso de una forma nunca antes vista, aunque fuera a costa de muchas vidas humanas. Una batalla marcada por los informes secretos, el espionaje y la traición de muchos hombres a su código moral. Cuando la historia aún se pregunta hasta qué punto la Alemania nazi desarrolló su proyecto atómico, una monumental novela gráfica recupera los entresijos de aquella lucha entre bambalinas por obtener el arma definitiva.

Óscar Herradón ©

El Tercer Reich continúa siendo fuente inagotable de informaciones que, prácticamente cada mes, salen a la luz, y algunas de ellas obligan a reescribir una historia nunca cerrada del siglo XX. El 29 de diciembre de 2014 saltaba a la prensa internacional la noticia de que en Austria se había descubierto un gigantesco complejo subterráneo, de una extensión de 75 hectáreas, formado por varios túneles. Concretamente el hallazgo se realizó en la ciudad austriaca de Sankt Georgen an der Gusen, una semana antes de que los medios se hiciesen eco del mismo.

Entre otros rotativos, The Sunday Times señalaba que un grupo de expertos afirmaron que la construcción –edificada en lo que entonces era territorio del Reich en plena Segunda Guerra Mundial–, habría sido utilizada por científicos del régimen para desarrollar armas atómicas durante la contienda. El complejo subterráneo fue descubierto gracias a unas excavaciones que comenzaron después de que un grupo multidisciplinar de expertos hallara considerables niveles de radiación en la zona, lo que les hizo pensar que podría tratarse de una rudimentaria central nuclear nazi. Según afirmó a los medios Andreas Sulzer, director de la investigación, el lugar es «muy probablemente la planta de producción de armas más grande del Tercer Reich».

El complejo descubierto en Sankt Georgen an der Gusen
B8 Bergkristall

En la planta se encontraron restos de las tropas nazis, como cascos de las SS, y diferentes objetos de la época, un trabajo difícil teniendo en cuenta las sucesivas capas de tierra que ocultaban el complejo así como las placas de granito que, ya con la guerra en su contra, los alemanes utilizaron para cubrir la entrada y evitar que los aliados descubrieran el emplazamiento. Tan bien lo hicieron que transcurrieron setenta años hasta su localización. Los expertos barajaron entonces que dicha zona podría estar conectada con el campo de concentración de Mauthausen-Gusen –cuyos prisioneros, en su mayoría químicos y físicos, habrían puesto sus habilidades especiales al servicio del complejo atómico–, uno de los más temibles de la Solución Final, y la fábrica subterránea B8 Bergkristall, donde se fabricaron las unidades del célebre Messerschmitt Me-262, el primer caza a reacción operativo del mundo, éste sí, lugar descubiertos por los soviéticos tras la caída de Hitler.

Aquel importante descubrimiento volvía a poner sobre el tapete la estrecha relación del gobierno de Hitler con la carrera nuclear y desataba una vez más el debate sobre hasta qué punto de su desarrollo llegaron los científicos alemanes. Hasta ahora, la mayoría de expertos sostenían que el esfuerzo alemán durante la contienda se había centrado únicamente en el desarrollo de un reactor nuclear, con la posibilidad de que, si en todo caso hubiesen llegado a un punto avanzado, haber podido obtener lo que se conoce como bombas sucias –cluster bombs–, término que en la actualidad se usa para definir a los artefactos explosivos que diseminan elementos radiactivos en la atmósfera, y que causarían efectos nada comparables a los de una bomba atómica como la que desarrollarían los norteamericanos en el Proyecto Manhattan, nombre en clave del programa nuclear ultrasecreto estadounidense.

Alemania, pionera de la fisión nuclear

Heisenberg

En los años 20 y primeros de los 30 la ciencia alemana dominaba los campos de la física y la radioquímica mundiales. El proyecto de energía nuclear alemán acabaría conociéndose de forma informal como el Uranverein («Proyecto Uranio»), comandado por el célebre físico galardonado con el Nobel en 1932 Werner Heisenberg. En diciembre de 1938 los químicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann hicieron público que habían detectado el elemento bario tras bombardear con neutrones el uranio. Junto a Lise Meitner, habían descubierto la fisión nuclear en la misma Alemania nazi.

Groth

El 24 de abril de 1939, Paul Harteck, director del departamento de física y química en la Universidad de Hamburgo y asesor de la HeereswaffenamtHWA, Oficina de Armamento del Ejército–, junto a su ayudante Wilhelm Groth, se puso en contacto con la ReichskriegsministeriumRKM, Ministerio de la Guerra del Reich–, para alertarlos sobre el potencial de las aplicaciones militares de las reacciones nucleares en cadena y en la primavera de 1940, un reactor nuclear casi crítico fue construido por el propio Harteck en una planta especial de la citada universidad.

Instalaciones de la Heereswaffenamt
Proyecto Manhattan

En pocos meses, los físicos de todo el mundo informaban a sus respectivos gobiernos acerca de que el descubrimiento de Hahn podría llevar «a una producción sin precedentes de energía y a los superexplosivos». Sin embargo, la política de Hitler que en un primer momento pareció resolver los acuciantes problemas económicos de la República de Weimar, al estar basada en promover el empleo por medio de la industria armamentística, centrada en una inminente guerra, llevaba, como sostiene F. J. Ynduráin Muñoz, del Departamento de Física Teórica de la UAM, a medio plazo a la ruina, por lo que la financiación de cualquier actividad que no fuese directamente rentable para el esfuerzo bélico «era, simplemente, imposible para Alemania».

El Uranverein en la encrucijada

Fat-Man

Según el citado estudioso, los proyectos alemanes nunca tuvieron una financiación suficiente, ni de lejos. Únicamente Estados Unidos, con un producto interior bruto que casi duplicaba el alemán y era diez veces superior al japonés, permitió al país de las barras y estrellas mantener una guerra con ambos países del Eje y, además, en plena contienda, en 1944, gastar los 1.000.000.000 de dólares que requería el Proyecto Manhattan en un año.

Fermi

A este problema se sumó el hecho de que algunos de los más brillantes científicos de la Alemania nazi se vieran obligados a exiliarse por su ascendencia judía, como Meiner y Fritsch, que realizarían sus descubrimientos en Suecia, al igual que le sucediera al italiano Enrico Fermi, que también tuvo que exiliarse en 1938 debido a que su esposa era judía y a que la alianza entre Hitler y Mussolini les ponía en serio e inminente peligro. Éste último lograría en diciembre de 1942, en los sótanos de la Universidad de Chicago, una reacción nuclear sostenida que suponía un gran paso para los norteamericanos en su carrera por obtener la ansiada bomba atómica. Era, pues, casi imposible que los germanos consiguieran la misma antes. Sin embargo, los norteamericanos, que estaban desarrollando la bomba atómica en el desierto de Nevada, en una de los proyectos ultrasecretos mejor guardados de la guerra, no sabían hasta qué punto los alemanes estaban obteniendo logros en este sentido. Era vital que lograran obtener «el arma definitiva» antes que ellos.

Norsk-Hydro

Puesto que los espías aliados no habían conseguido encontrar laboratorios secretos en los que supuestamente se desarrollaba el proyecto atómico –algo que el hallazgo citado, en 2014, ha venido a corroborar–, los ojos de la Inteligencia británica, con Churchill a la cabeza, se pusieron en Noruega, en la planta Norsk-Hydro para la fabricación de agua pesada. En los prolegómenos de la investigación nuclear, el agua pesada resultaba un elemento imprescindible. La planta fue un lugar capital en la carrera nuclear nazi y capitaliza gran parte de un revelador ensayo publicado recientemente y del que me ocuparé en un inminente post.

Ahora, recomiendo la novela gráfica que se centra en aquella vertiginosa lucha por obtener armas atómicas que se desarrolló entre bambalinas en la mismísima Segunda Guerra Mundial –un avance científico-técnico sin precedentes al que obligaba la presión y los progresos del enemigo y que recuerda en la actualidad al vertiginoso desarrollo de vacunas para combatir el coronavirus en tiempo récord–.

La Bomba (Norma Editorial)

La novela gráfica en cuestión es un monumental volumen de 472 páginas que bajo el título de La Bomba ha publicado recientemente la siempre exigente Norma Editorial. Fruto del trabajo conjunto y la creatividad del historietista belga Didier Alcante, el guionista francés Laurent-Frederic Bollée y el ilustrador canadiense Denis Rodier, todos ellos grandes exponentes contemporáneos de la Bandé-dessinée, es un detallado y revelador fresco de cada uno de los participantes en esa carrera atómica contrarreloj en los años más devastadores de la contienda.

Con un trabajo de documentación previo colosal (no en vano, sus artífices tardaron cinco años en completarlo), en sus páginas vemos las dudas existenciales de los físicos y químicos que sentarían las bases de la fisión nuclear, las luchas intestinas de los militares con los políticos para llevar a cabo proyectos que debían permanecer en el más absoluto de los secretos en la era dorada del espionaje internacional, y cómo la tragedia se va palpando, como una muerte anunciada a voces –y también en silencio–, vaticinando el desastre que se avecina sobre la humanidad. Tecnología y ciencia, PROGRESO frente a DESTRUCCIÓN, una dicotomía largamente asentada en la historia contemporánea.

En los trazos en blanco y negro (que lo dotan de mayor sobriedad, y cierta coherencia acorde con aquellos tiempos en que los informativos que abrían las largas sesiones de cine también eran en escala de grises, como nuestro patrio NO-DO, que emitió desde 1942, en plena guerra mundial, hasta 1981) se materializan las inquietudes de físicos y premios Nobel como el italiano Enrico Fermi (que, seguido de cerca por las autoridades fascistas como señalé en el post, decidirá exiliarse en Estados Unidos, contribuyendo al avance atómico norteamericano) o el húngaro Leó Szilárd y su amigo alemán, el Premio Nobel Albert Einstein, quienes hubieron de escoger el camino del exilio cuando los nazis llegaron al poder, aventurando la tragedia que se cerniría sobre el pueblo judío pocos años después. Ellos sí lo consiguieron, muchos otros no.

También desfilan por estas sensacionales páginas los científicos alemanes que permanecieron en el Reich (bien por decisión propia, como Heisenberg, bien porque las autoridades hitlerianas les obligaron) y hubieron de trabajar en el desarrollo atómico nazi aún a sabiendas de que su comandante en jefe poseía un hálito destructor imparable. El narrador –el plutonio– hace suya la frase: «Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos», una sentencia que se atribuye a Robert Oppenheimer, terriblemente arrepentido de trabajar en la creación de «La Bomba» cuando fue detonada la primera en la prueba Trinity, en el desierto de Nuevo México, momento en que le vinieron a la mente esas palabras del texto cosmogónico hindú Bhagavad-Gita (que, por cierto, obsesionaba a Heinrich Himmler, que consideraba los bastiones helados del Himalaya la cuna de la raza aria).

Precisamente Szilárd y Einstein serían los impulsores de la obtención estadounidense de la bomba atómica al escribir varias cartas al entonces presidente Franklin Delano Roosevelt sobre el peligro que suponía el avance de las investigaciones atómicas alemanas, detonante del ultra-secreto Proyecto Manhattan. Con el tiempo, al igual que su colega Oppenheimer, se darían cuenta del terrible error de construir un arma tan devastadora, pero en aquellos momentos de guerra contra Hitler consideraron que era la única forma de frenar sus aspiraciones megalómanas (sí, la bomba se creó para ser lanzada contra el Reich, pero la claudicación del mismo «obligó» a lanzarla contra los japoneses).

Los autores, en su minucioso trabajo de reconstrucción histórica, tampoco dejan fuera episodios del proceso nuclear bélico mucho menos publicitados y casi desconocidos por el gran público, como el papel desarrollado por los japoneses en dichas investigaciones o cómo los militares que estaban a cargo de la construcción del Pentágono (un proyecto igualmente «top secret» que impulsó la contienda) serían puestos también al frente de la comisión atómica estadounidense.

Con un ritmo endiablado, como el que hubieron de mantener los verdaderos protagonistas en aquellos tiempos de sangre y fuego en el interior de sus laboratorios ultrasecretos para conseguir objetivos palpables, presionados por gobiernos y militares, en la trama, a modo de flashes, también se recuerdan episodios clave de la Segunda Guerra Mundial como el ataque japonés a Pearl Harbor, la derrota del Tercer Reich, y por supuesto el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, el trágico epílogo largamente anunciado de aquella costosa investigación secreta.

Una verdadera joya gráfica que ha sido definida por la empresa de radio difusión pública de Bélgica RTBF como «El cómic definitivo». No sé si me atrevería a decir tanto, pero desde luego estamos ante una de las mejores obras sobre el tema publicadas en los últimos años, y la más completa de BD centrada en la bomba atómica en el marco de la guerra jamás editada. Una auténtica delicia para apasionados del cómic y de la historia que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/la-bomba

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

La Segunda Guerra Mundial. Una historia gráfica (Pasado & Presente)

Y si lo que queremos es una visión global, amena a la par que rigurosa del conflicto en el que se enmarcaron estas operaciones, la Segunda Guerra Mundial, la mayor sangría de la historia de la humanidad, nada mejor que sumergirnos en la adaptación gráfica de la obra de uno de los mejores historiadores de aquel periodo, el británico Antony Beevor, en una majestuosa edición por obra y gracia de la editorial Pasado & Presente.

Una poderosa narrativa visual del más sanguinario conflicto armado de todos los tiempos, al menos hasta ahora (y esperamos que así siga siendo). Con un elegante trazo en el que priman los grises (que resaltan el dramatismo de lo narrado), Anglès recoge acontecimientos del Frente Oriental, la Blitzkrieg (Guerra Relámpago) alemana y de la posterior Europa conquistada por los ejércitos de Hitler, grandes batallas y ataques como Pearl Harbor, Stalingrado, Iwo Jima, Okinawa, el bombardeo de Dresde (que quedó reducido a cenizas por los ataques aliados que supusieron una de las mayores vulneraciones a la población civil alemana) o la conquista de Berlín por tropas soviéticas y estadounidenses, así como las condiciones más horribles de aquella grandilocuente tragedia: las inhumanas condiciones del gueto de Varsovia, los hornos crematorios del Holocausto o el lanzamiento de la bomba atómica sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki que pondrían fin de forma dantesca a la larga conflagración.

Dibujos a página completa complementados por pequeñas (y algunas no tanto) píldoras de texto extraídas (más bien adaptadas) de la obra de Beevor que aportan una escueta pero concisa explicación de la Segunda Guerra Mundial para profanos en la materia, pero que deleitará por igual a los conocedores de la historiografía de aquel decisivo periodo del siglo pasado. Más de 2.000 ilustraciones en 550 páginas que consiguen captar con fidelidad el pulso narrativo del historiador británico, algo complicado si tenemos en cuenta la cantidad de información de sus obras de referencia (y su extensión), una potente historia visual que está llamada a ser obra de referencia a partir de ahora y que debería ser lectura obligatoria en las escuelas.

He aquí el enlace para adquirir esta joya bibliográfica:

http://pasadopresente.com/colecciones/historia/bookdetails/2020-10-26-17-24-20