Nadadores en el desierto

Fue el hombre que inspiró la novela El Paciente Inglés, aunque la verdad histórica dista mucho del personaje al que daría vida Ralph Fiennes en la película homónima de 1996. El conde austrohúngaro Ladislaus E. Almásy fue uno de los grandes exploradores de los años 30 y 40 del pasado siglo, y contribuyó en sus expediciones a abrir nuevas rutas en el desierto norteafricano y a sacar a la luz joyas del pasado de la humanidad olvidadas bajo la arena. Nadadores en el de desierto, que publica Ediciones del Viento, cuenta su particular epopeya.

Óscar Herradón ©

Ladislaus Eduard Almásy nació en el castillo de Bernstein, en territorio de la antigua Hungría, en una zona que hoy pertenece a Austria, y era hijo del célebre explorador de Asia György Almásy, por lo que su pasión le venía de familia. Ladislaus, conde de Almásy (como le gustaba que se dirigieran a él) no tardaría en seguir los pasos de su progenitor. Con una excelente formación y dominando hasta seis idiomas, entre ellos el árabe, no tardó en caer cautivado por el desierto; antes, durante la Primera Guerra Mundial (entonces conocida como Gran Guerra), sirvió en la fuerza aérea del imperio austrohúngaro, las denominadas Tropas Imperiales y Reales de Aviación (Luftfahrtruppen KuK) y fue condecorado por sus acciones. Tras finalizar la contienda, trabajó como representante de la marca de automóviles Steyr Autmobilewerke, para la que realizó tests de resistencia de coches, aviajando con ellos a través del noreste de África, Libia, Sudán y Egipto. A partir de ese momento las arenas del desierto se convertirían en su hogar.

Fue el personaje que inspiraría la novela del canadiense Michael Ondaatje El Paciente Inglés, que sería adaptada al cine en 1996 por Anthony Minghela y protagonizada por Ralph Fiennes, pero el protagonista romántico de la cinta poco tiene que ver con el aventurero y explorador a veces temerario que fuera el astro-húngaro, que en las décadas de 1930 y 1940 exploraría todo el  desierto occidental de Egipto contribuyendo a abrir nuevas rutas hasta entonces desconocidas por el hombre occidental.

A diferencia de otros exploradores que partían con elaborados mapas o información fidedigna, el conde se aventuraba basándose en fuentes documentales de dudosa historicidad, apenas referencias aparecidas en antiguos manuscritos árabes como los textos de Al Bakri, quien hablaba de los djinns (duendes o demonios) que viven en las arenas del desierto y en los árboles de los oasis y cuyos quejumbrosos lamentos Almásy afirmaría haber escuchado, según recogió en su diario, voces nocturnas a las que los beduinos se referían como provenientes de los ghule, los malos espíritus que habitan en las dunas; aunque el aristócrata húngaro bien sabía que se producían por fenómenos naturales que, no obstante, extrañaban incluso a los «europeos de ideas racionalistas» y que, escasos, eran un efecto del enfriamiento de la arena. Para los beduinos, el conde era Abu Ramla, «Padre de la Arena».

Zerzura y el Valle de las Imágenes

Fue en busca también de la llamada «Ciudad de Latón» que se menciona en uno de los cuentos de Las Mil y una Noches y que para él solo podía concordar con el oasis perdido egipcio de Zerzura, cuya búsqueda se convertiría en una obsesión para el explorador y que a día de hoy nadie ha localizado. Finalmente, muy cerca de Jilf al Kabir, sus hombres hallaron un oasis que como él había sospechado era muy real, y no un enclave mítico de relatos medievales. Formaba parte del llamado «Club Zerzura», un grupo de aventureros cosmopolitas que se internaron en el desierto de Libia recorriéndolo en vehículos y aeroplanos en busca de ciudades míticas –pero también con la labor de cartografiar el desierto en misiones de inteligencia, como enseguida veremos–.

Precisamente allí, en el macizo rocoso de Jilf al Kabir, al suroeste de Egipto, cerca de la frontera con Libia, Almasy redescubrió la existencia de antiguos valles (wadis) que bautizó como Wadi Sura (el Valle de las Imágenes en la llamada «Cueva de las Bestias»), unas oquedades en cuyo interior se albergaba un tesoro de la antigüedad: las célebres pinturas «de los nadadores», que darían nombre a sus memorias y que demostraban que aquel hábitat, en pleno siglo XX totalmente desértico e inhóspito, había sido miles de años atrás un vergel por el que se extendían increíbles zonas lacustres que fueron el hábitat de pueblos primitivos de los que apenas sabemos nada. Hombres que tenían por costumbre bañarse en aquellas aguas, algo que apoyan pinturas de cazadores rodeados de jirafas, además de numerosas herramientas , imágenes que sí conocían los beduinos, cuyas indicaciones fueron de gran valor para el equipo de exploradores europeos. Realizó aquellos hallazgos en compañía del explorador y príncipe egipcio Kamal el Dine.

La crónica en primera persona de aquellas apasionantes y arriesgadas expediciones a los lugares más recónditos del Sáhara oriental la publicó Almásy en 1934 en húngaro bajo el título de Sáhara desconocido y vio la luz cinco años después, en una edición ampliada y modificada, en lengua alemana. Precisamente, Ediciones del Viento recupera los capítulos centrales de ambas ediciones en Nadadores en el desierto, vibrantes páginas en las que Almásy narra sus aventuras y hallazgos más sobresalientes, como la búsqueda del mítico oasis perdido de Zerzura y el sensacional descubrimiento de las pinturas rupestres que dan título al libro.

Un espía-aventurero al servicio del Tercer Reich

Su faceta como espía es uno de los aspectos más fascinantes de su biografía, y una de sus muchas oscuridades al haber contribuido a pasar valiosa información a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando estalló el conflicto, László era un hábil combatiente que tenía un buen currículo como aviador en la Gran Guerra y aceptó vestir el uniforme de la Luftwaffe comandada por Hermann Göring y pasó a servir en las filas del Afrika Korps de Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, ese inhóspito paraje en el que el conde húngaro tan bien se movía.

Almásy fue instructor de efectivos procedentes del Regimiento Brandenburgo, un grupo de élite de la Abwehr (el servicio de inteligencia del ejército alemán) en el desierto: atacó con éxito al «Grupo del Desierto de Largo Alcance» (Long Range Desert Group), una unidad de élite británica, y llegó a coordinar a diversos agentes alemanes que desplegó en El Cairo, acciones que le valdrían ser condecorado con la Cruz de Hierro. Precisamente al frente del Long Range Desert Group se hallaba otro explorador y militar obsesionado con dar con el mítico Zerzura, el británico Ralph Bagnold. Aquellos hombres nunca hallaron el oasis perdido, pero el también explorador Théodore Monod escribió en referencia al esquivo enclave: «Un día, quizá el viento del desierto libio, soplando en tempestad sobre los cordones de dunas y levantando en el aire nubes de arena fina, restituirá a los hombres el oasis perdido, revelando su emplazamiento y sus secretos».

El ejército perdido de Cambises

En 1950, Almásy llevó a cabo su última (y fallida) campaña: la búsqueda del ejército perdido de Cambises que, según lo recogido por el historiador griego Heródoto en el siglo VI a.C. desapareció en el desierto sin dejar rastro. Un ejército colosal de 50.000 hombres enviados por el rey persa que partió del oasis de Jarga hacia el norte con el fin de conquistar el oasis de Siwa, célebre por la visita de Alejandro Magno en busca de una respuesta sobre su destino.

Una tormenta de arena enterró a aquellos miles de hombres y, siguiendo diversas fuentes orales y documentales, Almásy se entregó a la exploración del llamado Gran Mar de Arena; y aunque su expedición halló unos Alamat, colosales hitos de piedra erigidos por los hombres de Cambises antes de perecer, jamás hallaron verdaderos restos de los soldados persas. Él mismo escribió en su preciado diario acerca de aquel contratiempo: «los antiguos dioses saben todavía defender los últimos secretos del desierto».

Almásy, el «Padre de la Arena», moría en Salzburgo de disentería el 22 de marzo de 1951. Tan solo tenía 55 años pero había vivido una vida plena y al límite. Quizá su alma descansa ahora con los djinns de las dunas del desierto.

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Orígenes, esplendor y declive del Imperio británico

En un relato fluido y ameno, a pesar de la ingente cantidad de fuentes e información manejadas, uno de los más brillantes historiadores británicos de nuestro tiempo, Niall Ferguson, narra la historia de cómo se creó el imperio más grande de todos los tiempos en El Imperio Británico. Cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial, que ha publicado recientemente la Editorial Debate. Tomando como referencia el post sobre la Compañía de las Indias Orientales que publicamos hace un tiempo, recomendamos este prolijo ensayo.

Por Óscar Herradón ©

La muerte de Isabel II y los fastuosos funerales que la siguieron, así como el nombramiento de su primogénito como nuevo rey bajo el nombre de Carlos III de Inglaterra, ha evidenciado el enorme poder que todavía tienen la corona británica y la Commonwealth, a pesar de que ya no es aquel gigante (con pies de barro) de siglos pretéritos. No obstante, ostenta una influencia mundial incontestable que ha hecho que el mundo entero estuviese pendiente de Londres, su Parlamento, Windsor o Westminster, auténticos centros de la actualidad informativa durante semanas.

Los comienzos de ese gran imperio fueron difíciles y modestos, puesto que una vez que los Reinos católicos de la Península Ibérica cruzaron por primera vez el Atlántico y entraron en el Índico, la economía mundial rompió todos los moldes y el imperio hispánico era imparable. Las nuevas técnicas de extracción que los españoles aplicaron a las minas del Nuevo Mundo hicieron que Europa recibiese anualmente, entre 1540 y 1700, unas 50.000 toneladas de plata americana.

John Cabot

A Inglaterra, desde la época del fundador de la dinastía Tudor, Enrique VII, solo le quedaba para hacerse grande a nivel internacional la vía de la expoliación mediante la piratería que saqueaba los barcos y plazas españolas. De hecho, el monarca inglés llegó a conceder cartas de patente de navegación al marino veneciano Juan Caboto (John Cabot), en 1496, para que imitase la epopeya de Cristóbal Colón, aunque con poco éxito.

Piratas y corsarios que cambiaron la Historia

La envidia británica por los imperios ibéricos sería la llama que produciría su expansión, pues tras la Reforma dicho sentimiento aumentó y el reino comenzó a pensar que tenía el deber religioso de crear un Imperio protestante para anteponerlo al de las católicas España y Portugal; así, el imperio británico se creó como una reacción nacional contra el poder imperial español, católico y regido por una monarquía absoluta –frente a la monarquía parlamentaria inglesa que en tiempos de la Revolución acabaría por decapitar al mismo rey, Carlos I–.

Morgan

En palabras de Ferguson, lo que hizo grande a Reino Unido fue que piratas como Henry Morgan (que contaba con patente de corso otorgada por la Reina Virgen, Isabel I, lo que brindaba carácter oficial al expolio) invirtieron el oro y la plata saqueados a España en propiedades para el cultivo de azúcar en Jamaica, lo que haría despegar dicho imperio. Así, Reino Unido desarrolló una nueva economía triangular: los productos manufacturados eran llevados a África por esclavos y se intercambiaban por el azúcar del Caribe que luego vendían en Europa. La todopoderosa Compañía de las Indias Orientales crearía sus propios ejércitos con tropas nativas y oficiales británicos, y poco a poco convirtió sus asentamientos comerciales en pequeños reinos.

Inmigraciones masivas, comercio y unidad parlamentaria

El libro narra cómo Gran Bretaña se hizo con el dominio mundial porque desde comienzos del siglo XVII hasta la década de 1950, de las islas emigraron más de 20 millones de personas de las que muy pocas regresaron y eso que los lugares en los que recalaron fueron en muchos casos inhóspitos, marginales y plagados de enfermedades. Se trató de la inmigración más masiva de la historia y llenó de blancos anglosajones rincones enormes del planeta (e incluso continentes enteros).

1740 fue el año en que se cantó por primera vez el Rule, Britannia!, «los británicos nunca, nunca serán esclavos»; sin embargo, los colonos ingleses en el Nuevo Mundo se enriquecerían precisamente por el comercio de esclavos y, paradójicamente, serían los impulsores de la Revolución americana contra el Imperio, principio de un cambio de paradigma en relación con las colonias. Por otro lado, el florecimiento de la sociedad comercial en el siglo XVII trajo consigo una prosperidad nunca antes vista, y aunque los británicos fueran vistos (y responsables) de un despiadado colonialismo y expolio de países como la India (la Joya del Imperio) y muchos otros territorios, de su Parlamento emanarían también algunos de los derechos que contribuirían a la modernización de la civilización sin el recurso a la violencia extrema de la Revolución Francesa.

Un complejo puzle cuyas piezas une Ferguson para brindarnos un relato vibrante que nos acerca una realidad apenas impensable: cómo una pequeña y lluviosa isla del norte del Atlántico pudo construir el imperio más grande de la historia. El imperio británico logró, desde las primeras rutas marítimas y comerciales del siglo XVIII hasta la Segunda Guerra Mundial y la independencia de la India, uno de los dominios más impresionantes que ha conocido la historia de la humanidad; gracias a una magnífica flota mercantil y militar y a una innegable voluntad política, lo que llevó a los británicos a extender su poder desde sus escarpadas costas (que no pudieron conquistar los españoles a bordo de la Grande y Felicísima Armada enviada por Felipe II en el siglo XVI, lo que habría cambiado sustancialmente las cosas) hasta los remotos confines de Asia, África y la India, logrando una unidad geopolítica y administrativa pocas veces vista.

Un trabajo polémico y apasionado de síntesis histórica que aborda el auge del consumismo provocado por la demanda de café, te, tabaco y azúcar, la citada mayor inmigración en masa de la historia, el impacto de los misioneros, el triunfo del capitalismo o la extensión de la lengua inglesa, la que hace que se entiendan prácticamente todos los ciudadanos a nivel mundial, mal que le pese al español (uno de los más extendidos, cierto) y al esperanto.

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https://www.penguinlibros.com/es/historia/295383-libro-el-imperio-britanico-9788418967344#

El nacimiento del ruido

Si lo que queremos es rockear (entre libros), nada mejor que acercarnos a las vibrantes páginas de El nacimiento del ruido, que editó hace unos meses Neo-Sounds, nada menos que el origen de la rivalidad que daría forma a nuestro amado rock and roll: el largo pulso entre Leo Fender y Les Paul, que crearon las legendarias guitarras eléctricas que llevan sus nombres. Obra del escritor y editor neoyorquino Ian S. Port, el libro no solo cuenta la historia de estos portentosos hombres del siglo pasado, que cambiaron, a golpe de riff, el curso de la historia contemporánea, sino también los entresijos de la escena musical de los 70 a la actualidad, el origen (y aceptación) del sonido eléctrico que acabaría siendo un reclamo de eventos multitudinarios o la eterna competición on stage de los grupos o artistas que se decantaron por una u otra marca. Let’s there be rock.

Óscar Herradón ©

Nadie podría imaginar el rock and roll, y sus múltiples derivados (y, si me apuran, la cultura popular del siglo XX) sin la guitarra eléctrica. Y, sin embargo, los dos grandes artífices de este instrumento no tenían en principio esa intención. Y es que, a pesar de que aquellas cajas estridentes serían el icono de ese nuevo movimiento musical en los años 50 derivado del blues, aquello –lo de las electric guitars– pasó casi de casualidad.

Por supuesto, sus creadores jamás pudieron haber imaginado la revolución que supondría su invento. Fender diseñó esta guitarra para los músicos de country, mientras que Les Paul, aunque tocó country en su juventud, era un fanático del jazz. Así que, lejos de pensar que aquel impacto en la sociedad de masas que les llenaría los bolsillos les provocaría también una sensación de inmensa gratificación, todo lo contario. Según Ian S. Port: «Ese no era el sonido que querían; estaban alienados y conmocionados. Fue impactante para mí ver cómo los innovadores a veces no pueden comprender qué efectos están lanzando al mundo».

Hace 107 años que nació Les Paul, quien con sus técnicas de grabación de varias capas fue pionero en los micrófonos «cercanos» y también en las grabaciones con el llamado delay de eco y la grabación multipista. Muerto en 2009 a los 94 años en el hospital neoyorquino White Plains,  a causa de una neumonía severa, había sido un visionario (que además vivió prácticamente el siglo entero, el más revolucionario en cuanto a música y tecnología hasta ese momento se refiere); también un músico (y creador) pionero y vanguardista que al romperse el brazo derecho en un accidente de tráfico, lo colocó en ángulo hasta su recuperación para poder tocar la guitarra.

Por otro lado, a Les Paul se le atribuye el desarrollo de una de las primeras guitarras eléctricas de cuerpo sólido que salió a la venta en 1952 y contribuyó como pocas al nacimiento del rock and roll (aunque el camino hasta ahí, y el que vendría después, no serían ni muchos menos sencillos). Aunque también destaca por ser precursor de varias técnicas de grabación que hoy día son imprescindibles y cotidianas, como la grabación multipista citada o el desarrollo de efectos de Phaser y Delay.

Érase una vez un muchacho en Wisconsin

Nacido en Waukesha (Wisconsin, EEUU) el 9 de junio de 1915, Les Paul –de verdadero nombre Lester William Polsfuss– fue un estadounidense de ascendencia alemana, uno de esos tipos especiales que no vienen al mundo todos los días. Con 8 años empezó su afición por la música tocando la armónica y un año después sintió curiosidad por la electrónica (una rama de la física casi en pañales) y fabricó su primer receptor de radio. Lo que se dice un niño prodigio. Cuenta la historia (quién sabe si apócrifa) que lo primero que escuchó el inquieto muchacho en el éter fue, precisamente, el sonido de una guitarra, que le cautivó.

Lo que a él le apasionaba era el country, el jazz y el blues; corría finales de los años 20 y el joven era un músico en ciernes en Wisconsin (después pasaría largos periodos en Misuri y en Illinois, Chicago); a los 13 años tocaba en carnavales y espacios abiertos pero el mayor problema es que para que le escuchasen entre la multitud, debía hacer un enorme esfuerzo. Al parecer, durante una actuación en un puesto de barbacoa local, recibió una nota de un espectador que decía: «Tu voz y tu armónica, y las bromas, están bien, pero tu guitarra no es lo suficientemente fuerte». Con dicha idea barruntándole en la cabeza se marchó a casa, y se puso a experimentar: instaló una aguja de un gramófono en el puente de su guitarra y con un cable envió la señal al altavoz de su radio que hacía la función de amplificar de sonido. Y Voilà. Lo demás es historia.

A partir de ahí Les Paul comenzó a «cacharrear» e ir mejorando su invento. No voy a contar ahora todos y cada uno de sus pasos, están a golpe de click en el Big Data y se cuentan con pelos, señalas y detalles que a veces parecen experimentados en carne propia por el autor en el libro citado que nos regala Neo-Sounds. Tan solo incidir en que acabó consiguiendo todo un prodigio. Tras diversos avatares, muchas pruebas, bandas musicales con las que tocó y experimentó (porque no lo olvidemos, Les Paul era primero músico y luego inventor, todo un virtuoso de las seis cuerdas), e incluso algunos accidentes como una descarga eléctrica que casi lo deja frito, acabó presentando una patente a la misma marca Gibson en 1946. Pero no hubo suerte, entonces no.

Guitarra eléctrica de cuerpo sólido… ¡una aberración!

Al dirigente de la marca aquella «guitarra de cuerpo sólido» le parecía una aberración que no cautivaría al público, así que Les Paul creó en 1948 su propio estudio de grabación donde tocaba todas las partes de la guitarra en algunos de sus temas, desarrollando, por ejemplo, la grabación multipista, algo que posteriormente sería tan común como un refresco para los que se dedican a la música pero entonces era completamente inédito. A comienzos de ese mismo año Les Paul tuvo un grave accidente de tráfico en el que salió disparado 50 metros y en el que se lesionó el brazo y el codo derechos. Los médicos le dijeron que no habría manera de que recuperase el movimiento de su codo y que su brazo permanecería siempre en la posición en que se lo escayolaran. Les Paul pidió a los cirujanos que ubicaran su brazo con un ángulo que le permitiese sostener y tocar las guitarra. La pasión de su vida.

Casi nos deja sin un genio y sin uno de los más importantes artefactos de la cultura popular del siglo XX (y de lo que llevamos del XXI) pero parecía un gato con siete vida. Sobrevivió, hecho polvo, con dolores también en espalda, costillas y cuello, y tardó un año y medio en recuperarse. Por aquel entonces, otro visionario con su primer nombre de pila bastante similar, Leo Fender, tras ver el potencial melódico de una guitarra eléctrica de cuerpo sólido, presentó su modelo fabricado en serie, el Fender Telecaster (más tarde crearía la legendaria Fender Stratocaster). A diferencia de Paul, Leo no era músico, parece que no tocaba instrumento alguno –aunque, dependiendo de la fuente, algunos le sitúan tocando el saxofón–, ni siquiera la guitarra (lo cual resulta curioso): era un tipo apasionado de la electrónica con una gran habilidad técnica que había ido perfeccionando al arreglar radios y amplificadores en la tienda que tenía en California, concretamente en Fullerton, el taller de reparación de aparatos de sonido «Fender Radio Service». Entonces empezó a fantasear con la idea de hacer una guitarra maciza, sin caja de resonancia, cosa que en los años 50 del siglo pasado sonaba a chiste. Pero al final quien se rió de los escépticos fue él.

A Les Paul le pasó algo parecido: fue el hazmerreír de la industria cuando apareció con el cuerpo de una guitarra dividido en dos partes e incrustado en un bloque central de madera maciza: pero aquella guitarra acabaría siendo utilizada por maestros de las seis cuerdas como B.B. King o Chuck Berry. En paralelo, el afán del estadounidense con ascendencia alemana por grabar su propia música le llevó a crear el primer «Garage Band» años antes de que se crearan los primeros ordenadores; de ahí saldrían algunas de sus ideas más brillantes, como saldrían años después de los garajes de tipos como Steve Jobs, Bill Gates o Paul Allen y Larry Page, incluso Jeff Bezos.

Y como a comienzos de la década de los 50 Leo Fender vendió sus guitarras como churros, Gibson se replanteó su negativa anterior y telefoneó a Les Paul para que desarrollara su propia guitarra de cuerpo sólido, pero siendo fiel a la tradición de la marca de alta gama, el diseñador jefe, Ted McCarthy, tendría que dar el visto bueno al producto final. Les Paul firmó un contracto con la marca según el cual no podía tocar ningún instrumento en público que no fuese un productor fabricado por Gibson y finalmente de dicho acuerdo nacería el primer modelo de Gibson Les Paul, que se comercializó en 1952 con pastillas p90 diseñadas por Gibson en 1946, el mismo en que Paul les presentó su patente (rechazada).

Les Paul, no muy satisfecho con el modelo, consiguió que la marca aceptase algunas mejoras y en 1958 salió al mercado la Les Paul standard montada con sus novedosas pastillas de doble bobina, siendo uno de los mejores modelos de guitarra eléctrica de cuerpo sólido jamás fabricados. Sin embargo, en 1960 la Les Paul Standard dejó de fabricarse neutralizada por los éxitos de venta de la Fender Stratocaster, una guitarra más barata y más ligera (y con palanca de vibrato). Después Gibson, por su propia cuenta y riesgo, modificó el modelo Les Paul en 1961, añadiéndole un sistema de vibrato montado sobre un cuerpo más estrecho, aligerando el peso del instrumento y facilitando su acople al mástil, y nació la Gibson Les Paul SG.

SG Model

Parece que a Les Paul nadie le comunicó aquello, así que obligó a Gibson a quitar su nombre del modelo. La guitarra se quedaría simplemente con el nombre de SG, siendo uno de los mayores éxitos de venta de la compañía. Y contra todo pronóstico, la Les Paul original volvería de nuevo al catálogo de Gibson debido a la alta demanda del uso generalizado de este por artistas de primera línea, acabando por ser todo un icono, esencial en el desarrollo de nuevos géneros musicales como el Hard Rock o el Heavy Metal (¡Amén!) pero usada también como parte fundamental de su sonido por muchos artistas de blues y jazz.

El futuro también suena… estridente

A su vez, Les Paul disfrutó de una brillante carrera como músico y guitarrista virtuoso, obteniendo varios números uno en el billboard con la colaboración de su esposa May Castle. Aunque Fender no era músico, sí amaba «fabricar» música, así que jamás dejó de innovar. En 1979, tras una carrera repleta de éxitos comerciales (que en este caso iban de la mano de la calidad) creó en compañía de sus colegas George Fullerton y Dale Hyatt la empresa G&L (siglas de George y Leo) y continuó con la producción de guitarras y bajos eléctricos, mejorando sus diseños de décadas anteriores y registrando nuevas patentes de revolucionarios diseños de pastillas magnéticas, sistemas de vibrato y construcción de mástiles, entre un largo etcétera de actividades. Murió en 1991 por complicaciones por la enfermedad de Parkinson, casi 20 años antes que su eterno competidor Les Paul, aunque ambos recorrieron prácticamente todo el siglo XX, el mismo que hicieron suyo a ritmo de Wah-Wah. God Save the Kings.

Ian S. Port

Por las páginas de esta (doble) biografía, ni mucho menos al uso, pululan personajes irremediablemente ligados al desarrollo de estas guitarras al margen de sus creadores y comercializadores, aquellos grupos o intérpretes que se elevaron a la categoría de dioses haciendo maravillas con sus seis cuerdas. Port apunta que el gran éxito de la guitarra eléctrica descansa en que «dio poder a los músicos de forma individual como nunca antes lo había hecho un instrumento». Y aunque de primeras no todo el público aceptó aquella corriente sonora «ronca y explosiva», cada vez las guitarras eléctricas atraían a más gente a los shows, que se tornarían multitudinarios.

Jimmy Page

Algunos artistas que usaron la Gibson Les Paul fueron Jimmy Page, guitarrista de Led Zeppelin, los Beatles George Harrison, John Lennon y Paul McCartney, Slash, guitarrista de Guns N’ Roses o Carlos Santana, entre muchos otros. La Stratocaster: Jimi Hendrix, que alcanzó un nivel de virtuosismo nunca igualado, Eric Clapton (que usó ambas marcas), Ritchie Blackmore de Deep Purple (la perfección hecha sonido) o la célebre Fender Stratocaster «Vandalism» del inolvidable frontman de Nirvana, Kurt Cobain.

Reproduzco la sinopsis que aparece en la cuarta cubierta del libro porque es un buen botón de lo que encontraremos en sus páginas, con un pulso narrativo que es pura literatura (a pesar de ser un ensayo –en parte novelado, eso sí– que respeta con maestría la pulcra traducción de Neo-Sounds:

«Un grupo de jóvenes con camisas de rayas a juego, aire indeciso y sonrisa infantil, The Beach Boys, suben al escenario. Un golpe de caja marca el inicio de la canción y el pulso de la batería enmarca las cinco voces, pero otro sonido va ganando protagonismo: una corriente sonora ronca y explosiva que proviene de unos instrumentos pintados de blanco, de cuerpo fino y sinuoso, que cuelgan de sus hombros. Parecen amebas o incluso torsos humanos… pero son guitarras de la Fender Electric Instrument Company. Minutos después, los arrogantes británicos The Rolling Stones aparecen en ese mismo concierto esgrimiendo un arma también novedosa, pero de sonido completamente diferente: una guitarra descubierta en una tienda de segunda mano de la marca Gibson, que lleva el nombre Les Paul.

El nacimiento del ruido cuenta la apasionante historia de la guitarra eléctrica, que llegó a convertirse en la herramienta musical más importante del siglo XX. A partir de la rivalidad entre Leo Fender y Les Paul, y de los audaces duelos artísticos entre los músicos que adoptaron sus instrumentos, Ian S. Port crea un testimonio único sobre la revolución que estos hombres –tan distintos entre sí– causaron en la música y en la cultura popular».