Magasin Général. Un canto a la colectividad

Norma Editorial publica el segundo y tercer volúmenes en formato integral de este referente del cómic franco-belga –bande dessinée–, obra compuesta a cuatro manos (tanto el guión como el dibujo) por el pintor y dibujante galo Jean-Louis Tripp y el también veterano historietista Régil Loisel, célebre por ilustrar la serie La búsqueda del pájaro del tiempo, escrita por Serge Le Tendre. Una obra costumbrista de perfecta factura que saca lo mejor de quien se adentra en sus entrañables páginas.

Por Óscar Herradón ©

No era la típica historia que me llamara la atención en un primer momento, pero cuando me la recomendó la jefa de prensa de Norma Editorial estaba claro que me toparía con una buena novela gráfica. Y he de decir que no me decepcionó. Al contrario, caí rendido a su dibujo y su historia. Una narración que tiene lugar a principios del siglo pasado en un pueblecito rural y semi aislado de Canadá, Notre-Dame des Lacs (existe realmente una muy similar, Notre-Dame du Lac, en el municipio regional del condado de Témiscouata, en la provincia de Quebec), pero cuya esencia podría extrapolarse a cualquier rincón del mundo en cualquier tiempo.

Las miserias y grandezas de una comunidad capaz de mostrar su mejor rostro para con el prójimo y el extraño, ayudarle en los momentos más delicados, pero cuando las cosas se tuercen, capaz también de mostrar su lado más sombrío, vengativo e infame. Pero lo más importante: siempre gana –y con fuerza– el perdón. Un mensaje, pues, optimista a partir de las debilidades y carencias humanas.

Descubrí el pasado año el primer volumen de Magasin Général y recientemente se lanzó en castellano el segundo (tras varios retrasos por culpa de la dichosa pandemia), que esperaba con ansia y que no solo mantiene viva la esencia del primero, sino que arroja mayor complejidad a su trama, aviva el ritmo y mantiene la cadencia del paso del tiempo; quizá un poco menos el efecto sorpresa, por razones obvias (ya conocemos el secreto de su protagonista, Serge, que por supuesto no voy a desvelar aquí), y también el tercero y último que sale a la venta este 26 de noviembre y pone punto y final a la serie y del que hablaré en un próximo post. Todo ello aderezado por un dibujo costumbrista, de colores cálidos y trazos realistas que otorgan a los personajes una calidad y cercanía que rápidamente los convierte en alguien más de la familia.

Pequeños-grandes personajes

…que podríamos ser cualquiera de nosotros. La historia comienza con la tragedia de la joven Marie, que se queda viuda sin hijos –un golpe duro en cualquier tiempo y lugar, más en una comunidad rural cien años ha–, y que más allá de su dolor, que se guarda para sus adentros, se siente completamente constreñida y aprisionada por sus responsabilidades para con la comunidad: es la persona que regenta el almacén que aprovisiona a todo el pueblo, desde los alimentos básicos hasta las herramientas y maquinaria agrícolas a los materiales necesarios para reformas y construcción.  

Eso absorbe todo su tiempo, desde primera hora del día hasta la noche. Un universo reiterativo y claustrofóbico, que neutraliza la ensoñación, hasta que llega al pueblo el cautivador y enigmático veterano de guerra Serge, que guarda un gran secreto –ese al que he aludido más arriba–, y que provocará un auténtico vendaval (en su mayor parte positivo, aunque no siempre) en el seno de la pequeña comunidad rural.

Si en el primer volumen asistimos a la desolación de Marie por su tragedia personal, incrementada por su rutinaria y pequeña vida, hasta el soplo de aire fresco que supone el advenimiento del forastero  –eso sí, en un tono algo plano, con los personajes sin desarrollar aun sus facetas más atractivas, oscuridades incluidas–, en el segundo todo adquiere mayor –y justificada– fastuosidad. Ahora las cosas serán todavía más complicadas para la viuda entregada: un desliz provocará que el pueblo se vuelva en su contra (sacando lo peor de muchos de sus lugareños), y decidirá marcharse a la ajetreada Montreal, dejando atrás los fantasmas del pasado, su insípida existencia, en busca de una nueva vida.

La novela gráfica evidencia, sobre todo en este segundo tomo integral, el marcado contraste entre el mundo rural, ligado a sus costumbres atávicas, más intolerante y cerrado, enjaulado por los límites de su propia pequeñez, frente al mundo urbano, representado por personajes con muchos menos prejuicios (ese mismo universo del que provenía Serge). Sin embargo, no todo es idílico, ni mucho menos, en ese plano cosmopolita: entre la muchedumbre y la vertiginosa vida diaria se pierde la cercanía con el prójimo, la fraternidad, se incrementa el individualismo, se olvidan los orígenes… ¿No es una lectura plenamente actual?

Quizá lo que nos quieren transmitir sus autores es cómo, a pesar de los inevitables conflictos que genera la convivencia (cada uno es hijo de su padre y de su madre, como reza el dicho), a pesar de que cada uno de nosotros tiene sus prejuicios, sus oscuridades y sus pecados (mayores o menores), cómo sería la sociedad actual si nos preocupásemos más del vecino, como hacían nuestros abuelos aún a pesar de aquella terrible guerra fratricida que asoló nuestra piel de toro.

Definitivamente, Magasin Générale es una obra maestra, una novela gráfica imprescindible de nuestro tiempo, un maravilloso relato costumbrista que no tardará en convertirse, sin duda alguna, en un referente para varias generaciones. Al menos, eso espero. He aquí el link para hacerse con esta segunda parte y con la tercera y última de la serie, a la venta en unos días en castellano de mano también de Norma Editorial:

https://www.normaeditorial.com/catalogo/comic-europeo/serie/magasin-general-ed-integral

Los nativos olvidados de la Gran Guerra

Fueron algunos de los soldados más eficientes y temerarios en el sanguinario frente de la Primera Guerra Mundial. Los nativos canadienses destacaron como hábiles rastreadores y francotiradores, pero su papel fue relegado al olvido, y el Gobierno de su país los trató de forma ignominiosa tras su regreso. Ahora, un cómic editado por Norma Editorial recuerda su epopeya en las trincheras europeas de la primera guerra moderna.

Óscar Herradón ©

Uno de los episodios más desconocidos en torno a la llamada Gran Guerra, que con el paso de los años y el estallido de la contienda de 1939 acabaría por conocerse como la Primera Guerra Mundial, y que abarcó de 1914 a 1918, una advertencia sombría y sanguinaria de lo que esperaba al mundo «civilizado» de la vigésima centuria, fue la participación de diversas unidades formadas por nativos canadienses que luchaban en el Ejército de Su Majestad contra Alemania.

Cuando estalló la guerra en Europa con el asesinato del archiduque Francisco Fernando como casus belli, muchos países no dudaron en sumarse tanto a las filas del Eje como del bando aliado. Canadá entró en el conflicto sin dudarlo, al igual que Australia y Nueva Zelanda, pues consideraban que, frente a los boches (forma despectiva por la que se conocía a los alemanes entre las filas aliadas), la «raza británica» estaba en peligro. En ese momento, aunque el Imperio Británico ya era un gigante con pies de barro, los lazos indisolubles entre las metrópolis y las antiguas colonias que conformaban la  Commonwealth era más fuerte que nunca antes.

Sin embargo, en 1914 Canadá no estaba preparada para la que sería la primera guerra auténticamente moderna. Además, les separaba del Viejo Continente, como a EEUU (mucho más fuerte económica y militarmente) el océano Atlántico. La milicia canadiense apenas llegaba a los 60.000 hombres y la mayor parte del armamento y los pertrechos procedentes del Reino Unido no habían llegado aún.

Canadian Expeditionary Force
Fusil Ross (Source: Wikipedia).

Así que los mandos tomaron la decisión de equipar a los soldados del fusil Ross, de fabricación canadiense, preciso en el disparo pero con tendencia a encasquillarse. Aquello sería un desastre que causaría numerosas bajas. Los primeros 30.000 voluntarios fueron instalados en el campamento de Valcartier, a las afueras de Ottawa, y entre ellos se hallaban algunos miembros de las tribus indígenas nativas. Aquello fue algo que no se tomó con buenos ojos el Cuerpo Expedicionario Canadiense (CEF, Canadian Expeditionary Force), por lo que su admisión no fue nada sencilla, y tampoco su posterior asimilación en sus filas, debido al arraigado sentimiento racista y de desprecio de los colonos hacia las poblaciones autóctonas que compartían gran parte de los altos mandos y la mayoría de políticos. Temían (o ese fue el pretexto) que los alemanes tratasen a los indios canadienses como a hombres no civilizados, meros salvajes –vamos, como sus propios compatriotas–.

Iroqueses y la tribu de las Seis Naciones

Sam Hughes

La decisión de que la CEF abriese las puertas al alistamiento de tropas indígenas canadienses se tomó cuando la guerra «industrial» estaba arrasando los contingentes del país al otro lado del Atlántico. Poco después del llamamiento que hizo el coronel Sam Hughes (Ministro de Milicia y Defensa canadiense durante la Gran Guerra) para que se formaran 16 divisiones, se constituían dos batallones formados exclusivamente por soldados indígenas, la mayoría iroqueses y de la tribu de las Seis Naciones.

La nación iroquesa tenía una fuerte filiación histórica con la corona británica, que apenas reconocía la realidad nacional canadiense ni a sus gobernantes. Estos indígenas habían luchado junto a los soldados de Su Majestad contra los franceses hasta la Paz de Montreal, firmada en 1701 y también contra las nuevas tropas estadounidenses durante la invasión de 1812.

Sin embargo, la mayoría de las comunidades indígenas (incluidos los Inuit o esquimales) sufrieron las políticas aislacionistas canadienses, heredadas paradójicamente del imperio británico: hacinados en reservas (prácticamente campos de concentración instalados en tierras baldías o de escaso o nulo interés para la comunidad blanca), la aniquilación total de su identidad al institucionalizar las sociedades nómadas con sus propios modelos de explotación natural (como ya resaltamos en «Dentro del Pandemónium»), o la alienación cultural de los nativos que comenzaba desde los primeros años de escolarización de los niños indígenas en escuelas católicas.

Enfermera iroquesa de la Primera Guerra Mundial.

Aquello, claro, hizo que la respuesta indígena al llamamiento del gobierno a alistarse no fuera muy considerable. Según los informes del departamento para asuntos indígenas, de una población de 100.000 nativos, apenas se enrolaron 3.500, lo que convertiría sus hazañas, con más razón (debido a su número) en algo aún más sorprendente.

Tambores de Guerra

Junto a los iroqueses, participaron muchos miembros de la tribu de las Seis Naciones que organizaron el célebre batallón 114º o de los Brock Ranger’s, cuyas cuatro compañías, fundadas exclusivamente por miembros de su tribu, la integraban en su mayor parte soldados provenientes de las comunidades de Mohawk y Kanewahke en Quebec. Sin embargo, las particularidades del frente exigieron que no permanecieran juntos y al llegar a Francia las tropas del 114 fueron repartidas por los diferentes batallones de la CEF.

Según recuerda el historiador militar del Canadian War Museum Fred Gaffen en Forgotten Soldiers (1985), fue célebre también el batallón 107º al mando del teniente coronel Archibald Glenlyon Campbell, por cuyas venas corría sangre indígena (era descendiente del jefe de los Ojibwa Keeseekoownin) y que manifestó su intención de reclutar «cowboys e indios». Además, de los territorios del norte de Ontario y de Columbia surgieron otros batallones de renombre, como el 141st o Bull Moose Batallion (también conocido como «Batallón del Arce») y el Kootenay o Batallón 54º.

El teniente coronel Archibald Glenlyon Campbell

A pesar de las reticencias iniciales citadas de los altos mandos en su reclutamiento, ya en el campo de batalla los mandos canadienses mostraron especial respeto por los soldados indígenas, a los que describían como «tropas fieras y valientes», eso sí, como era de esperar, «a la par desordenadas y poco atentas a la disciplina cuartelaria y militar», convertidos en excelentes exploradores y reputados tiradores de élite.

Uno de los más destacados fue el soldado indígena Francis Pegahmagabow, ojibwa de la Primera Nación, que tras alistarse voluntario al inicio de la conflagración se instaló, en el campo de entrenamiento de Valcartier, con una tienda que decoró con variada simbología tribal y la consiguiente piel de ciervo a modo de estandarte de su clan. Cuentan que llevaba al cuello un saquito de hierbas medicionales preparado por una anciana de su tribu que le salvó la vida en más de una ocasión. Todo es posible, aunque puede que solo se trate de otra leyenda más, de esas que corrían como la pólvora en el frente para evadirse del dantesco escenario bélico que tiñó de sangre el Viejo Continente.

Pegahmagabow
Northwest

Cuando terminó la guerra, «Peg» –como le conocían sus compañeros– había sido condecorado hasta en tres ocasiones por haber matado a más de 370 enemigos. También destacó la figura de Henry Norwest, de la tribu de los Cree, al que sus compañeros bautizaron con el singular mote de «Ducky» al sumergir a una prostituta en una fuente de Londres. Mató a 115 enemigos (confirmados), pero una bala alemana acabó con su vida el 18 de agosto de 1918, cuando quedaban menos de dos meses para que finalizara la contienda.

A pesar de su destreza y valentía, así como sus proezas en la Gran Guerra, su participación en la misma no reportó a los indígenas beneficio alguno, más bien al contrario. Como recompensa por participar en una guerra iniciada por blancos y de la que solo los blancos sacarían beneficio, el departamento de asuntos indígenas (en uno de los actos más execrables en tiempos de paz) confiscó y realizó compras ilegales de tierra propiedad de las comunidades nativas con la excusa de repartirlas entre los veteranos de guerra (blancos, por supuesto). Una nueva traición de los colonos a aquellos hombres de honor que demostraron mucho más coraje que los altos cargos de la administración y los peces gordos más condecorados del ejército.

La balada del soldado Odawaa

Precisamente la participación de los nativos canadienses en las trincheras de la Primera Guerra Mundial sirve de punto de partida –y gran parte de la ambientación– de la poderosa novela gráfica La Balada del Soldado Odawaa que acaba de publicar Norma Editorial.

Un relato vibrante, de colores y texturas grises que evocan la oscuridad y la tragedia de las trincheras, y que narra las vicisitudes de un grupo de francotiradores amerindios desplegados en suelo francés en febrero de 1915, en tierra de nadie durante la contienda, entre los que se encuentra el célebre soldado Odawaa, apodado Tomahawk, y que deparará al lector varias sorpresas al final del absorbente relato. La idea de formar este equipo surge de la mente de un capitán del contingente canadiense, que sabe que sus tropas tienen la moral por los suelos tras meses metidos en el barro, rodeados de miseria, piojos, hacinados y con el enemigo apostado a unos centenares de metros dispuesto en todo momento a apretar el gatillo y volarles la cabeza. Nada mejor para animarles que las hazañas de guerra, prácticamente sobrehumanas y de una violencia inaudita, que los nativos canadienses siembran en las líneas enemigas… cabelleras cortadas incluidas.

Una novela gráfica de gran profundidad que muestra también las vicisitudes de los alemanes, hombre igual que el resto, sometidos a la presión, el miedo y la muerte. Como gran aventura, hay tiempo también para los desalmados (abundantes en cualquier tiempo y lugar), los vengadores –en ambos bandos– e incluso la búsqueda de reliquias sagradas medievales como el ficticio «corazón de Roldán» de tiempos del emperador Carlomagno. Un pasaje con ecos de historiografía oficial, pues hemos contado más de una vez en «Dentro del Pandemónium» la obsesión de ciertos líderes nazis, como Heinrich Himmler, por los objetos de poder y las reliquias arqueológicas.

Hay un guiño incluso al propio Hitler, que luchó como cabo en la Gran Guerra (donde ganaría la Cruz de Hierro tras ser herido en combate), una contienda que perdería el Eje y plantaría la semilla de su futuro fanatismo y del surgimiento del nacionalsocialismo.

La obra, que uno devora cual manjar culinario, de una sentada, es obra del genial dibujante Christian Rossi (responsable, entre otros títulos, de El corazón de las Amazonas y W.E.S.T.–), en simbiosis perfecta con el guionista cinematográfico Cédric Apikian. Un western crepuscular salvaje ambientado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial que nos dejará sin aliento (a la vez que nos hace reflexionar sobre las miserias humanas y el sinsentido de la guerra).

He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/la-balada-del-soldado-odawaa

Superman contra el Ku Klux Klan (I)

En 1946 un valiente norteamericano que se había infiltrado en la peligrosa organización racista, quiso sacar a la luz sus oscuros rituales. Ante la indiferencia de las autoridades, tuvo que utilizar la fama del superhéroe de DC Cómics para lograr su objetivo.

Óscar Herradón ©

DC ©

Superman siempre está de actualidad. Ayer mismo DC Cómics anunciaba, coincidiendo con el «Día Internacional de Salir del Armario» en EEUU, que el nuevo hombre de acero es bisexual y luchará para frenar el cambio climático. Jonathan Kent –hijo de Clark Kent y Lois Lane– iniciará una relación con un amigo reportero en el nuevo número que se lanzará el 9 de noviembre dentro de la serie Superman: Son of Kal-El.

También se baraja que Henry Cavill vuelva a ponerse las mayas del hombre de acero, a pesar de su apretada agenda, que incluye el rodaje de la segunda temporada de la catódica The Witcher y otros proyectos como repetir en el papel de Sherlock Holmes en Enola Holmes 2 (protagonizada por Millie Bobby Brown, la carismática «Eleven» de Stranger Things) mientras rueda Argylle, de Matthew Vaugn.

Y se habla además en los medios del impacto que tendrá la nueva serie en torno al personaje en HBO Max que, siguiendo las últimas noticias será, según sus creadores, «muy pasada» y buscará la calificación R (que alude a «Restricted», en películas no aptas para menores de 17 años).  El show televisivo no seguirá a Clark Kent, sino a Val-Zod, el Superman afroamericano, interpretado por Michael B. Jordan.

Aprovechando el eterno tirón del superhéroe, recordamos en este post una singular historia del hombre de acero y una de las más deleznables sociedades secretas contemporáneas, el Ku Klux Klan. La misma tuvo al hombre de acero como indirecto protagonista de la misma –o para ser más correctos, vehículo para darla a conocer– y penetra de lleno en ese mundo «discreto» que tanto nos fascina en el interior del Pandemónium preñado de conspiraciones, códigos secretos y organizaciones clandestinas: la historia de cómo un norteamericano se infiltró entre los miembros de una de las sociedades más temibles de la historia moderna: el Ku Klux Klan.

Activismo por los derechos humanos en la América profunda

Su nombre es William Stetson Kennedy y su proeza todavía hoy es toda una declaración de intenciones. Fue el primer estadounidense que se infiltró en el Klan, arriesgando su vida para sacar a la luz pública los ritos de lo que él consideraba una ignominiosa organización –y lo era– en un tiempo en el que, sin embargo, muchos de sus compatriotas miraban a la misma de otra manera, incluso con cierta simpatía.

Miembros del Klan, algunos de corta edad (Source: Wikipedia).

Stetson Kennedy nació el 5 de octubre de 1916 en Jacksonville, Florida, y ya en su adolescencia sintió una gran afición hacia el folclore en sus distintas formas. Estudió en la Universidad de Florida y tras licenciarse se puso a trabajar para una editorial donde se puso a cargo de la sección de historia, tradición y estudios étnicos, que le cautivaron definitivamente, empezando a viajar para escribir en primera persona sobre las culturas con las que se encontraba. Pronto, comenzó también a destacar como activista y defensor de los derechos humanos en una sociedad marcada por la segregación racial, las injusticias sociales y la fiebre anticomunista.

Stetsonkennedy.com

Pionero de la investigación sobre las tradiciones de los pueblos durante la primera mitad del siglo pasado, su nombre pasaría a engrosar la lista de valientes del siglo cuando decidió hacer frente a una de las organizaciones más temibles de su tiempo. Stetson se convirtió en parte fundamental de la abolición del denominado impuesto al sufragio y para que se modificaran las llamadas «primarias blancas», una fórmula norteamericana que impedía votar a los afroamericanos.

Infiltrado en el Klan

A comienzos de la década de 1940, cuando el mundo estaba pendiente de la guerra que asolaba Europa y más tarde el Pacífico, Stetson decidió infiltrarse en el Ku Klux Klan, algo para lo que había que tener arrestos. Y lo hizo. Se las ingenió de tal manera para engañar a los orgullosos supremacistas blancos que pronto acabó formando parte de sus tenebrosos rituales: cruces ardiendo, túnicas y capirotes que parecían cubrir la ignominia, saludos fascistas, símbolos fundacionales de corte místico…

El arriesgado activista pasó un año entero dentro de la organización, recopilando información sobre la jerarquía, las funciones de los altos mandos del Klan, las obligaciones con las que debían cumplir sus miembros, las contraseñas que utilizaban entre ellos para pasar desapercibidos y los citados rituales, muy elaborados para causar impresión entre los neófitos. Todo ello acabaría por salir a la luz gracias a Stetson para vergüenza de una sociedad que no acababa de ser la meca de la libertad por mucho que se empeñaran en ello los propagandistas. De todas maneras, no fue fácil para nuestro hombre que sus relevantes informes sobre la «Gran Hermandad Aria» llegaran a la opinión pública.

Túnica del Klan utilizada por Kennedy y que se conserva en el Smithsonian Institute.

En 1946, año en que salió de la peligrosa organización para hacer pública su investigación, el gobierno estadounidense comenzaba a sumirse en la histeria anticomunista: el senado no tardaría en estar tomado por un señor de nombre Joseph McCarthy, azote de todo lo que no oliera a patriotismo recalcitrante. Fueron los años de las listas negras, el acoso a actores, guionistas y directores de Hollywood –al punto de que se produjeron no pocos suicidios– e incluso, pocos años después, la ejecución del matrimonio Rosenberg por espionaje atómico al servicio de la URSS, uno de los episodios más ignominiosos de la historia estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial.

McCarthy con Roy Cohn, quien sería con los años abogado de Donald Trump.

Unos cuantos miles de hombres encapuchados, a pesar de sus linchamientos entre la comunidad negra sureña y sus ataques a los derechos civiles, no quitaba el sueño a las autoridades; es más, muchos de los que formaban parte del status quo simpatizaban en cierta manera contra estos nuevos «soldados arios de Dios» que también perseguían a los comunistas con inquina –de hecho, algunos miembros del Comité de Actividades Antiamericanas, la temida HUAC, eran simpatizantes del KKK–. Así que los ruegos de Stetson Kennedy no fueron escuchados. De poco sirvió que se presentase ante los mandamases de la HUAC –convertida en Comité Permanente desde el año anterior–, que no tenía ojos más que para el color rojo y hacía caso omiso al impoluto blanco de la organización.

Ni siquiera obtuvo repercusión alguna cuando, ataviado como un miembro del Klan, túnica y capucha incluidas, luciendo en la pechera el escudo de la Orden, se presentó en Washington con una maleta llena de informes: lo único que consiguió fue ser detenido y pasar un día entero en el calabozo. Mientras tanto, las vías legales se agotaban.

Este post tendrá una inminente continuación en Dentro del Pandemónium donde contaremos cómo el hombre de acero sería el vehículo para dar a conocer la historia del activista infiltrado.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Recientemente, Tikal (Ediciones Susaeta) publicaba un volumen con un gran despliegue gráfico: Sociedades Secretas en la Historia. En sus páginas se dedica espacio al Ku Klux Klan, su inquietante origen, sus acciones más sanguinarias y su posición en la política estadounidense en la actualidad.

En todas las épocas ha habido hombres que por afinidades ideológicas, religiosas, delictivas o de cualquier otro tipo han sentido la necesidad de asociarse en secreto para perseguir juntos determinados objetivos. Muchas de ellas tuvieron una vida breve. Otras sobrevivieron siglos o permanecen aún activas. Su lado oscuro suscitaba, y sigue suscitando, sospechas. En este detallado libro se exponen la historia y finalidad de las más destacadas, muchas con presencia en «Dentro del Pandemónium».

De los carboneros a la Filikí Eteria, la masonería, los caldereros, la Joven Italia, Propaganda Due (y sus turbias relaciones con el Vaticano y la «muerte» de Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa), los sempiternos templarios, los Illuminati, La Garduña, las organizaciones criminales (Cosa Nostra, Yakuza, Tríadas…), Thule y el origen del nazismo o los Pitagóricos, entre muchas otras sociedades en la sombra.

He aquí el enlace para adquirir el libro:

https://www.editorialsusaeta.com/es/esoterismo-y-otras-dimensiones/12396-sociedades-secretas-en-la-historia-9788499284903.html

Superman en ECC Cómics

Y si lo que queremos es volver al origen del superhéroe, nada mejor que acercarnos al universo de las viñetas, donde nació. Recientemente, ECC Cómics (que publica el inmenso catálogo de DC en castellano en unas ediciones de infarto) lanzaba Superman Hijo Rojo, surgida de la mente de Mark Millar (autor de las aclamadas The Authority y Wanted), una visión extrañamente diferente sobre el mito del hombre de acero. En este caso, la acción se desarrolla en la Unión Soviética, pues el cohete originario de Krypton con un bebé en su interior no se estrella en Smallville, Kansas (EEUU), sino en una granja colectiva de la URRS. El extraño visitante de otro planeta, como campeón de los obreros, librará una batalla interminable por Stalin, el socialismo y la expansión internacional del planeta.

He aquí la forma de adquirir tan singular historia que el pasado año fue adaptada como película de animación por Sam Liu y que en papel, en castellano, ya va por su quinta edición:

https://www.ecccomics.com/comic/superman-hijo-rojo-quinta-edicion-4246.aspx

Y en Liga de la Justicia: Doom Metal, una de las últimas y más potentes novelas gráficas lanzadas también por ECC Cómics, Nightwing deberá liberar a la Legión de la condena de las garras de Perpetua, pero tendrá que contar con la ayuda nada menos que del antagonista de Superman, el retorcido Lex Luthor. Junto a una nueva Liga de la Justicia, deberán abrirse paso a través de una Tierra conquistada por Multiverso Oscuro.

Por fin llegan en castellano los numerosos cruces de la colección Liga de la Justicia con Noches oscuras: Death Metal en un tomo único recopilatorio escrito por el guionista Joshua Williamson (Flash) y dibujado por Xermánico (El Green Lantern) y Robson Rocha (Aquaman: Primera Temporada – Aguas Silenciosas).

Podéis adquirir el volumen en el siguiente enlace:

https://www.ecccomics.com/comic/liga-de-la-justicia-doom-metal-9689.aspx