Oráculos: vaticinando el futuro desde la antigüedad (II)

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Excavaciones posteriores permitieron redescubrirlos. Viajamos hasta estos enclaves sagrados de tiempos pretéritos para saber qué secretos se esconden entres sus ruinas.

Óscar Herradón ©

(John William Waterhouse, «Consultando al oráculo», 1884. Crédito: Wikipedia)

Se conservan innumerables respuestas de los oráculos de la antigüedad, algunas de cuyas profecías han llegado a hacer historia, hasta el punto de que algunos de los hombres más poderosos llegaron a basar sus decisiones en las sentencias de los mismos, como siglos más tarde reyes y príncipes se basarían en los horóscopos trazados por los astrólogos y en las predicciones de sus magos para tomar decisiones de índole política y militar.

En la era helenística la creencia en los milagros estaba muy arraigada, pero sería una constante a lo largo de la historia, al menos hasta que la ciencia tal y como hoy la conocemos hizo su aparición. Aún así, son muchos todavía hoy los que creen en vaticinios milenarios, baste recordar lo que sucedió hace casi una década con la dichosa profecía maya y el una y otra vez mancillado 2012. Y eso que 2020 sí que se acercó bastante más a un Armagedón.

Ya hice referencia en el primer post a que grandes líderes del mundo antiguo consultaron a los oráculos, en cuyas sentencias creían sin titubeos. Uno de los más célebres fue precisamente Alejandro Magno. El macedonio, que obtuvo uno de los mayores imperios conocidos, viajó precisamente hasta el oasis de Siwa, en Egipto, para consultar de primera mano su celebérrimo oráculo, en un lugar en el que algunos investigadores sitúan la propia tumba, aún no encontrada, del rey heleno.

Cimón

El oráculo de Siwa se hizo mundialmente famoso en el año 450 a.C. por una profecía que afectaba directamente a Cimón, hijo de Milcíades, uno de los políticos y militares más importantes de Atenas, quien envió una delegación al Oráculo de Amón, en el oasis de Siwa, mientras asediaba con su flota la costa de Chipre. Mientras los delegados escuchaban la ambigua respuesta del oráculo, el mandatario moría, lo que fue interpretado como una señal de gran poder profético, noticia que rápidamente se extendió por toda Grecia, haciendo que Siwa se convirtiera en competencia directa de los de Dodona y Delfos. A partir de ese momento, enviados de muchos países emprendieron el duro camino a través del desierto libio, ofreciendo valiosos presentes y sacrificios, con la intención de que Amón les predijera el futuro.

Pero lo que ha hecho que Siwa y su oráculo pasaran a la posteridad fue el interés que uno de los grandes militares de la historia, Alejandro Magno, mostró en él, y los supuestos vaticinios que éste le ofreció cuando acudió a su consulta. Alejandro, que fue educado desde los trece años en la rica cultura griega nada menos que por Aristóteles, era un ferviente creyente, algo que le habían inculcado en la corte de su padre, Filipo de Macedonia, en cuyo reinado, como en el de su hijo, desempeñaron un importante papel los sueños proféticos y los vaticinios oraculares.

Al parecer, tanto Filipo como su esposa, la hermosa Olimpia, habían tenido un extraño sueño de tipo profético antes del nacimiento de Alejandro. Un buen día, el rey envió a su hombre de confianza Querón a consultar el significado de sus sueños al oráculo de Delfos y la respuesta que al parecer le dio la Pitia es que ofreciera sacrificios a Amón y que venerara a éste sobre todos los dioses, lo que quizá provocara que Alejandro decidiera hacer una breve visita al oasis de Siwa. Asesinado su padre, en el 336 a.C., con apenas veinte años pretendía hacerse con la hegemonía sobre Grecia y conquistar nada menos que el poderoso imperio persa. Antes de emprender esta campaña, el joven Alejandro viajó personalmente a Delfos, pero la Pitia ignoró sus preguntas. O eso cuentan las crónicas de sus gestas.

El templo del oráculo (Osasis de Siwa)

Los oráculos persiguieron al mandatario macedonio durante toda su vida. En el invierno de 334-333 a.C., mientras realizaba de camino a Egipto conquistando una a una todas las ciudades del Asia Menor, en Gordio tuvo lugar el episodio del nudo gordiano; según una profecía oracular, aquel que fuera capaz de deshacer el enorme nudo que sujetaba el timón del carro de Gordias –padre de Midas– y fundador de la ciudad, conquistaría toda Asia. Un nudo casi imposible de deshacer debido al caos de fibras del mismo, que mantenía juntos el yugo y el timón. Alejandro no se lo pensó dos veces, desenvainó su espada y cortó de un tajo la enorme atadura. La fuerte tormenta de rayos y truenos que azotó la noche siguiente Gordio fue interpretada por éste como la aprobación de Zeus, y a causa de ello se proclamó rey de Asia.

Parece ser que fue hacia el 331 a.C. cuando el Magno decidió acudir personalmente al santuario oracular de Amón, en el desierto libio, empresa harto peligrosa teniendo en cuenta que el rey persa Darío había reorganizado su ejército y pretendía contraatacar tras la derrota de Iso. Pero a Alejandro le apremiaba más saber lo que tenía que decir el oráculo. Una vez allí, en medio de una festiva procesión, el macedonio fue conducido por los jardines del templo, mientras planteaba al sumo sacerdote la siguiente pregunta en presencia de sus hombres: «¿Ha escapado de su castigo alguno de los asesinos de mi padre?», a lo que el sacerdote respondió que «Filipo ha quedado totalmente desagraviado». Después, Alejandro quiso saber si el dios le concedería el honor de convertirle en «rey de todos los pueblos», y la respuesta fue afirmativa. Magno ofreció valiosas ofrendas a Amón y en otra ocasión volvió solo al templo. Tanto la pregunta como la respuesta que recibió entonces continúan siendo otro de tantos enigmas históricos. Según Plutarco, se llevó el secreto a la tumba, pues moría el año 323 a.C. en Babilonia.

Lo que sí es seguro es que después de su segunda consulta al oráculo de Amón, Alejandro estaba cada vez más seguro de su «ascendencia divina» y llegó a comunicar a un amigo que su deseo era ser enterrado cerca del templo de Anión, en Siwa, aunque parece ser que su deseo no se cumplió; ante el temor de los saqueos en el desierto, Ptolomeo I, general de los ejércitos de Alejandro y posterior mandatario de Egipto, erigió un mausoleo monumental en Alejandría, aunque todavía son muchos los que creen que el cuerpo del gran general permanece escondido en algún lugar desconocido del oasis. Como otros secretos de la historia, permanece oculto por la arena del desierto.

Tras la pista de los restos oraculares

Si con ahínco se buscó la tumba de Alejandro –y se continúa haciendo– la aventura de hallar los restos del oráculo de Amón tras 2.000 años sepultado en el olvido fue una auténtica odisea. Aventureros y arqueólogos de varios países intentaron devolver a la historia un enclave que había sido decisivo en la historia de antigüedad. La tarea no fue fácil. No era exactamente Siwa el lugar que visitó el Magno, sino uno que se encuentra a unos tres kilómetros, conocido actualmente como Aghurmi. Los investigadores se basaron principalmente en las descripciones realizadas por el historiador Diodoro para emplazar el lugar.

Hornemann

El primero en interesarse por el oráculo tras muchos siglos fue el explorador inglés William George Browne, que se mezcló con los comerciantes mamelucos para poder llegar hasta Siwa en 1792. Entonces, si los árabes descubrían que eras cristiano –como en su caso–, solo te esperaba la pena de muerte por haberte adentrado en sus territorios sagrados. Aunque no estaba del todo seguro de haber hallado el oráculo, las noticias que trajo del desierto llamaron la atención de la London African Association, un distinguido club que pretendía explorar el continente negro, y de uno de sus miembros, el alemán Friedrich Konrad Hornemann, que llegó a tener una recomendación del mismísimo Napoleón, a punto de emprender su campaña en Egipto. Hornemann se vistió de musulmán y partió de El Cairo con una caravana de peregrinos. Al cabo de dieciséis días de viaje, el 21 de septiembre de 1798, llegó a Siwa, y se dedicó a tomar notas y hacer esbozos de todo lo que veía, arriesgando incluso su propia vida, que salvó al haber decidido llevar un Corán en su equipaje.

Más tarde, Hornemann envió sus anotaciones por correo marítimo a Inglaterra, donde fueron publicadas en 1802, sin que su autor pudiese verlas, pues había muerto un año antes en Nigeria. Solo en 1853 el escritor James Hamilton volvió a estudiar con criterio científico el lugar, pero el primer arqueólogo que entró en el antiguo oráculo de Amón fue el alemán Georg Seindorff, que en el invierno de 1899 emprendió junto con el barón Curt von Grünau una expedición arqueológica al lugar: los muros antiguos del enclave habían quedado irreconocibles por las casas modernas que se les habían adosado.

Las rocas calcáreas de Aghurmi se elevan de veinte a veinticinco metros sobre el nivel del oasis, que mide 120 metros de Este a Oeste y 80 metros de Norte a Sur, donde se erigía, majestuoso, el oráculo, aunque el tamaño no se correspondía con su fama, pues apenas medía, al parecer, veinte metros de largo por diez de ancho. En tiempos de Alejandro, el mismo se componía únicamente de una antesala que comunicaba con una estancia principal, en la que se encontraba la celda oracular, separada de esta estancia, y de una habitación cuadrada, al lado derecho de la estancia del oráculo. Como señala Philip Vandenberg en el trabajo citado, «parece increíble que detrás de esta sencilla fachada, en apenas veinte metros cuadrados, ocurrieran cosas que han hecho cambiar la historia del mundo». Y que lo diga.

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

–Y si queremos entender el pensamiento griego y cómo éste ha marcado el devenir de Occidente –creencias místicas incluidas–, no está de más sumergirnos en las apasionantes páginas de Hitos del sentido. Notas sobre la Grecia arcaica y clásica, escrito por uno de nuestros grandes intelectuales, Antonio Escohotado, cuyo libro sobre las drogas en la civilización es algo más que un pilar de la cultura contemporánea.

En el post anterior recomendaba Fidelidad a Grecia, de Ignacio Lledó, precisamente por la originalidad de su planteamiento y por aportar luz en este mismo sentido. La lectura de este nuevo trabajo de Escohotado que acaba de publicar Espasa es la mejor forma de complementar esa lectura y comprender y captar la esencia del pensamiento clásico. Advertencia: no es una lectura sencilla, aunque sí reveladora.

Y nadie mejor que el propio autor para definir qué encontraremos en su nuevo ensayo: «A diferencia del llamado a confirmar, el llamado a investigar sabe por dónde empieza aunque no dónde terminará. En este caso, la pesquisa sobre Grecia llevó a repensar la relación entre filosofía y religión, porque el cristianismo pudo ser una ética y hasta una ontología impecable; pero se convirtió en el primer culto ecuménico coactivo. La evolución del mundo griego precisa hasta qué punto el cristianismo partió de sus logros y valores, sin perjuicio de alienarlos a continuación. Lo comprendido entre el 500 a. C. y el 500 no solo ilumina el milenio medieval, sino un deslinde entre información y ruido que el progreso técnico agudiza». He aquí cómo adquirirlo:

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23-F: cuarenta años de secretos

España era un polvorín. La recién estrenada democracia –esa misma que hoy algunos desprecian y otros dicen que no es «plena»– era azotada por la banda terrorista ETA –en 1980 los desalmados asesinaron a 92 personas–, la polarización se masticaba en las calles –como hoy– , estábamos inmersos en una brutal crisis económica mundial –la inflación rondaba el 15% y el paro el 13,5%, 1,7 millones de españoles, ¿os suena?– y Adolfo Suárez, desmejorado y quizá temiendo a los insurrectos, hacía unos días que había presentado su dimisión con estas enigmáticas palabras: «Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España».

Óscar Herradón ©

Hoy hace 40 años del 23-F, cuando los militares, aquel invierno de 1981, entraron a punta de fusil en el Congreso durante la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, y mientras en la misma Cámara baja se conmemora tan destacada fecha –con la notable ausencia de siete grupos parlamentarios, todos ellos nacionalistas e independentistas–, en una ceremonia presidida por el rey Felipe VI, que por aquel entonces, como príncipe de Asturias, tenía 13 años, todavía son unos cuantas las sombras que rodean aquel momento que, aun hoy, al ver las grabaciones de Televisión Española, pone los pelos de punta.

40 años, que se dice pronto, pero es mucho. Por aquel entonces quien enlaza estas letras estaba en la cuna, literalmente. Hubieron de pasar bastantes años hasta que entendiera qué paso aquella fecha trascendental de la recién estrenada democracia y, por qué no decirlo, para que me importase algo. Aquel intento golpista no había tenido lugar en Grayskull, ni en los mundos imaginarios de La Guerra de las Galaxias –entonces aquí nadie llamaba a aquella saga Star Wars–, tampoco en un cuartel de los muy yankees GijOE; y eso que es probable que sus creadores fueran amigos de insurrecciones y miembros de la Asociación Nacional del Rifle.

De ser así, de haber sucedido en mis universos de juego sobre el parquet, seguro que me habría interesado saber más sobre todo aquello de lo que hoy se sabe mucho, pero no todo, ni mucho menos, a pesar de los informes, las revelaciones, los libros, los miles de artículos y las contradicciones. Quizá tengan que pasar otros 40 años para que la historiografía le ponga todos los puntos sobre las íes a aquellas 18 horas que para la mayoría de españoles, de un signo u otro, se hicieron eternas. De hecho, cosa que muchos denuncian, en 2021 sigue vigente la Ley de Secretos Oficiales aprobada por las Cortes Generales en 1968, en pleno franquismo. Sí recuerdo, de bastante niño aunque ya con las entendederas suficientes como para sentir curiosidad por las «cosas de mayores», eso que llamaban política –algo indefinido en lo que entonces nadie se ponía de acuerdo, y ahora tampoco–, sí recuerdo, digo, a mi madre decir que mucha gente, aquella noche, tuvo miedo, sobre todo los vecinos que simpatizaban con el socialismo o el comunismo. No porque entonces metieran a raperos en la cárcel por coartar su «libertad de expresión» –da igual que alabe los tiros en la nuca, sea un feroz machista o un reincidente, cosa por la que realmente ingresa en prisión– o quemar contenedores supusiera una simple multa, sino porque el fantasma del franquismo y la represión estaban todavía muy presentes, una represión llevada a cabo en gran parte por militares.

Y que éstos se revelasen contra el gobierno democrático, una vez más, era para echarse a temblar. No porque igual te interrogaban, o te amenazaran con borrar tus tweets, o con meterte un paquete por lo «Contencioso-Administrativo», sino porque te podían detener sin orden judicial, encerrar, y lo peor de todo, pegarte un tiro. Tal cual. No hacía tanto que pasaban esas cosas. No hacía tanto del fascismo, el nazismo y el estalinismo. Coño, que por aquel entonces en Argentina se realizaban los «vuelos de la Muerte» de otra terrible dictadura militar, y solo dos años antes se había acabado con los jemeres rojos, que amontonaron tantos huesos de inocentes que los campos de Camboya parecían las catacumbas de París. Qué poco cambian los hombres…

Bueno, que me voy por las ramas, como de costumbre. Aquello que contaba mi madre fue el primer «contacto» de mi juventud con el 23F, ese del que hoy se cumplen cuatro décadas. Como si pudiera ponerme en la piel de todos aquellos que esa noche no durmieron por si golpeaban a su puerta, al igual que hacían los agentes de la Gestapo, la Stasi o, durante otros largos 40 años –muchos, demasiados– en la España de la dictadura los hombres de la Brigada Político-Social. Y la sensación imagino que era la misma: incertidumbre e inseguridad. Y por qué no decirlo, miedo.

El intento golpista del general Armada, del pistolero Tejero y de sus prosélitos –quizá muchos más de lo que se pensó y se sigue pensando, espías incluidos– se frenó, unos dicen que gracias  a la intervención del entonces rey, hoy tan mediático –y no en el sentido de antaño, cuando había regatas, se celebraban olimpiadas o esperábamos ansiosos su discurso navideño–, otros que a su pesar, muchos que gracias al «espíritu democrático» de un pueblo que hoy vuelve a escupirse a la cara en un Congreso en el que por aquel entonces casi nadie –salvo aquel lejano 23 de febrero el señor Tejero– faltaba al respeto a los demás.

Alfonso Armada (Fuente: Wikipedia)

Pero como decía al comienzo de estas líneas, son muchas las «oscuridades» que permanecen en torno a aquel día que hizo historia, que es parte de nuestra historia, y del que hoy no pararán de hablarnos los telediarios, los rotativos, los programas de radio y, característica de nuestro tiempo frenético, infinidad de blogs como éste, miles de tweets, las RRSS y los grupos de Whatsapp, que seguro que se crea alguno para el evento.

En las próximas líneas haré un pequeño repaso por esos llamados puntos oscuros de lo que parece una trama conspirativa en toda regla. Si estuviésemos en Estados Unidos, hace muchos años que se habría hecho una buena película sobre todo aquello. Se han hecho intentos, y con esfuerzo, al menos a la hora de recrear aquella España, pero sin demasiado éxito, caso es el de Chema de la Peña y su cinta de 2011 23-F: la película. Ahora, nuestro cine parece ser capaz de crear verdaderos thriller de calidad con este tipo de argumentos, y en los últimos años se han estrenado cintas notables como El hombre de las mil caras –sobre el espía que reveló el paradero de Luis Roldán– o El Reino –ligeramente, o no tanto, inspirada en la trama Gúrtel, tan de actualidad–. ¿Para cuándo el 23F? Pero no en forma de miniserie de televisión, por favor. Una producción con caché y con presupuesto.

¡Quieto todo el mundo!

Sí, el grito de guerra de Tejero al entrar en el hemiciclo, seguido de unas ráfagas de disparos cuyas huellas en el techo observan impertérritas a los diputados y a los visitantes tantos años después. Contar aquí, una vez más, qué sucedió aquel día no tiene sentido, y sería imposible. Para eso ya hay magníficos trabajos que aportan mucho más de lo que yo pueda decir de grandes investigadores que se han dejado la piel –y ganado algunos enemigos– por rascar algo del caso y que recomiendo en este mismo post, y los que vendrán, así que solo dejo unos apuntes y curiosidades para abrir boca este 23F cuarenta años después.

Manuel Gutiérrez Mellado, el hombre que le echó un par.

–Según relatan las fuentes de la Justicia Militar, a las que ha tenido acceso el diario El País, Tejero confesó que para aprovechar el «factor suspense» en la insurrección, adquirieron seis autobuses y gabardinas para cubrir a los guardias civiles que llegaron hasta la Cámara baja –algo más de 300, fusil en mano–. Según dichos documentos, Tejero confesó en el juicio militar que pagó los autobuses con dinero de una herencia de su mujer, tres millones de pesetas (una cantidad notable hace cuatro décadas). Pretendía recuperar la pasta una vez que triunfara el golpe militar. Nunca lo hizo, claro.

–Parece que Tejero y Jaime Milans del Bosch debatieron sobre si era más conveniente ocupar el Congreso o el palacio de la Moncloa, y que finalmente se decidieron por el Parlamento porque era «menos complicado», según rezan las citadas actas de Justicia Militar. Tejero tomó numerosas fotografías del edificio para estudiarlo (medidas, salidas de emergencia, seguridad…) y el 18 de enero de 1981 se citó al parecer con Milans del Bosch en un piso de la capital para discutir la puesta en práctica de la insurrección.

Jaime Milans del Bosch (Fuente: Wikipedia)

–Algunos de los conjurados eran nostálgicos de tiempos pasados, solo hay que echar un vistazo a su historial militar: el teniente general Milans del Bosch y el general Armada habían participado al lado de Franco en la Guerra Civil y ambos fueron voluntarios de la División Azul comandada por Muñoz Grandes que el otrora «Caudillo» envió a las estepas rusas en ayuda de Hitler para derrocar a los «demonios bolcheviques», los mismos que ahora –entonces, hace cuarenta años– volvían a poner patas arriba el orden natural de la patria. Sin embargo, hubo militares que en su día apoyaron la dictadura que se enfrentaron a los golpistas sin titubear. Algunas personas cambian… a mejor.

–La sentencia, publicada el 3 de junio de 1982 por el Consejo Supremo de Justicia Militar, evidentemente sesgada por la censura y la seguridad nacional, está formada por 13.000 folios. Hay que echarle bemoles, y mucho tiempo, para leerlos.

–El vicepresidente aquel día, Manuel Gutiérrez Mellado, fue el único que se enfrentó a Tejero y sus hombres –también, en cierto momento, un muy desmejorado Adolfo Suárez–. Militar de vieja escuela –entonces teniente general y capitán general ad honorem del Ejército de Tierra–, Mellado era muy respetado por los guardias civiles y esa fue la razón por la que Tejero –según declaró– intentó tirarlo al suelo «mediante una zancadilla». El golpista temía que los guardias se echaran atrás –los vio dubitativos– por respeto a su autoridad. Fue el gran héroe, junto al también militar Sabino Fernández Campo –o eso nos han contado– de aquel día gris, y eso que el propio Mellado había sido agente de inteligencia del gobierno de Franco.

Sabino Fernández Campo

–Al parecer, el bando militar del general Armada era «análogo» al del general Emilio Mola en julio de 1936. Los fantasmas del pasado reciente regresaban, como lo hacen hoy de nuevo en ese discurso «guerracivilista» que puede escucharse en el hemiciclo a casi todas las fuerzas políticas de uno u otro extremo. Para echarse a temblar.

–Fue el jefe del Estado Mayor José Gabeiras quien sospechó en un primer momento de la conducta de Armada, que insistía en dejar las dependencias militares en una situación tan delicada y marchar a la Zarzuela para estar al lado del rey Juan Carlos I, permiso que le fue denegado, y que probablemente evitó el triunfo de la insurrección. El propio Armada se ofreció a resolver la situación del 23-F proponiendo un nuevo gobierno (del que sería nada menos que presidente) pero lo cierto es que, parece, no tenía autorización para ello.

–Cuando ya era bastante evidente que el golpe militar no triunfaría, José Gabeiras se puso en contacto telefónico con Tejero en el Congreso. Eran las 23.40 horas y le ofreció la posibilidad de tomar un avión y huir con su familia al extranjero si liberaba el hemiciclo.

–El único civil condenado por el 23-F fue el ultraderechista Juan García Carrés, dirigente del llamado Sindicato Vertical durante la dictadura de Franco. En una conversación telefónica entre éste y Antonio Tejero, el teniente general de la guardia civil le dijo que Armada solo quiere «una poltrona», transmitiéndole su inquietud por lo que pasaba fuera del Congreso. Su instinto militar no le falló. Al menos en ese caso.

La Sala de Plenos del Congreso.

–Los insurrectos tenían varias claves para el plan: H+2 correspondía a las 20.20 horas, el momento en que el general Armada debía ir al Congreso. Lo haría finalmente mucho más tarde, a las 23.50, anulado ya el factor sorpresa. Cuando el general llegó al hemiciclo junto al general Aramburu Topete –a las 23.50 horas– para entrevistarse con Tejero, pronunció la contraseña «Duque de Ahumada». Era como se conocía la operación conspirativa, en honor al fundador de la Guardia Civil. Hubo más códigos cifrados, como en todo complot organizado.

–Un informe de la CIA con fecha de varios días después afirmaba que «el intento del golpe de Estado de la semana pasada estuvo más cerca de prosperar de lo que el gobierno quiere admitir». Sin embargo, no todos los investigadores están de acuerdo en este punto. El historiador Roberto Muñoz, autor de 23 F: los golpes de Estado, expresó al rotativo La Vanguardia durante una entrevista: «el ejército sabía que un golpe de Estado no era factible, sabía del desprestigio que eso suponía en Europa».

–El único que parecía convencido del éxito de la insurrección era Tejero, con una visión simplista y «patriótica» (a su modo de entender la defensa de la Patria, claro) de los hechos que durante el juicio ni Armada ni Milans del Bosch mostrarían. Para muchos, se fueron a la tumba (Del Bosch moría el 26 de julio de 1997 y Armada el 1 de diciembre de 2013) sin revelar realmente lo que ocurrió aquel lejano 23 de febrero del que hoy se cumplen 40 años.

–Teóricamente todas las conversaciones que entran y salen de Zarzuela, por seguridad, se registran, pero nunca se han hecho públicas las de aquella larga noche. Para muchos, porque hay información delicada para la monarquía… quién sabe.

–Desde su dulce retiro (más bien obligado, dadas las circunstancias), el Emérito, que hoy no podrá formar parte de la celebración que presidirá su hijo en el Congreso y quien posó hace unos días con muy buen aspecto y animada expresión junto a sus anfitriones saudíes supuestamente porque la Casa Real quería frenar los rumores sobre un posible mal estado de salud del otrora monarca, en una conversación con el diario El Mundo que se publicó el pasado 21 de febrero, elogió al general (José) Juste, quien «realmente hizo que (Alfonso) Armada no entrara en Zarzuela e hiciese creer al resto de los implicados que yo estaba en el golpe. Además, ordenó a la División Acorazada Brunete que permaneciera en sus cuarteles y no saliera a tomar las calles de Madrid».

Juan Carlos I (Fuente: Wikipedia)

–Un ex alto cargo de los servicios secretos (entonces el CESID, organismo inaugurado en 1977) reveló a La Vanguardia que el Rey no estaba detrás, aunque estuviese preocupado por la situación, y respecto a la tardanza del monarca en pronunciarse –apareció en la televisión pública a las 1.14 horas de la madrugada del 24 de febrero, con uniforme de Capitán General de los Ejércitos–, afirmó: «Es lógica: necesita palpar antes la situación. Todos los militares de la cúpula hablaron entre ellos y el rey debió hacer lo mismo. Son muchas horas al teléfono. No hay más misterio». Pero son muchos los que creen lo contrario en tiempos de Fake News, polarización política y escándalos borbónicos. Ante ello, el prestigioso escritor Javier Cercas, autor de Anatomía de un instante, afirmó al mismo periódico: «La implicación del rey es un bulo obvio que lanza la ultraderecha para protegerse, para alegar obediencia debida. Cualquier dirigente comete errores, y el rey los cometió, y esos errores de alguna manera propiciaron el golpe. Pero quien paró el golpe fue él, aunque eso produzca risa entre algunos».

A este podríamos añadir un nuevo escenario propiciado por el «neo» populismo. Como ayer mismo revelaba en una entrevista al diario La Voz de Galicia el historiador Juan Francisco Fuentes –quien por cierto me dio clases de Historia en primero de periodismo, y era de los pocos profesores entregados que recuerdo de la facultad–: «la tesis golpista de que el Rey fue cómplice del 23-F ha llegado a la extrema izquierda». Tiempo de populismos y nacionalismos –centralizados y descentralizadores–, caldo de cultivo idóneo para la insurrección. Esperemos que hoy los pistoleros no estén tan envalentonados. ¡Viva España!, en democracia, claro.

PARA SABER MUCHÍSIMO MÁS SOBRE AQUEL DÍA:

CERCAS, Javier: Anatomía de un instante. Literatura Random House, 2021.

FUENTES, Juan Francisco: 23 de febrero de 1981: el día que fracasó el golpe de Estado. Taurus 2020.

MUÑOZ BOLAÑOS, Roberto: 23-F: los golpes de Estado. Editorial Última Línea, 2015.

El 23-F y otros golpes de Estado de la Transición. Espasa, 2021.

MUÑIZ SOLER, ROSENDO: 23-F. Crónica de un golpe frustrado. Caligrama, 2020.

Oráculos: vaticinando el futuro desde la antigüedad (I)

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Excavaciones posteriores permitieron redescubrirlos. Viajamos hasta estos enclaves sagrados de tiempos pretéritos para saber qué secretos se esconden entres sus ruinas.

Óscar Herradón ©

Conocer el designio de los dioses y de las estrellas. Ese ha sido uno de los principales anhelos del hombre desde tiempos inmemoriales. Adivinar el futuro, conocer qué nos deparará esa rara avis llamada destino, más ahora que todo es tan incierto, el coronavirus sigue azotando nuestras vidas y la crisis económica y social se dilata. En un tiempo de pitonisas, adivinos bronceados y programas televisivos de tarot –por suerte a horas intempestivas–, aunque ninguno fue capaz de conocer la gran pandemia que se avecinaba –si acaso Bill Gates y sus juegos de predicción y algún que otro escritor cuasi visionario–, y eso que no faltaban AVISOS de las autoridades sanitarias y los virólogos hoy reconvertidos en «superstars» de los Media, son pocos los que se preguntan sobre el origen y el verdadero significado de la adivinación y cómo el hombre recurrió a esta práctica –en la que se daban la mano el ingenio del adivino y supuestas fuerzas ocultas– para sacar provecho de ella.

En la antigüedad fueron casi todos los pueblos que hicieron uso de la adivinación –griegos, romanos, caldeos, babilonios, hebreos, fenicios…– a través de unos lugares, o personajes, destinados exclusivamente al vaticinio de lo que estaba por venir: los oráculos. Dispersos por numerosos rincones del mundo antiguo, estos enclaves mágicos fueron centro de peregrinaje de miles de personas de toda condición y eran consultados también por grandes mandatarios como el emperador Romano Adriano o Alejandro Magno. A través de los mismos pretendían cerciorarse de que los hados estaban de su parte, o, por el contrario, que no lo estaban, una información que, aunque ambigua, como veremos, podría ser muy útil a la hora de orquestar una operación política o emprender una batalla contra los enemigos.

Oráculos como el de Delfos, el de Olimpia o el del oasis de Siwa, en Egipto, forman parte del imaginario colectivo, centros de saber de tiempos pretéritos en los que se adivinaba el porvenir mediante oscuras artes de difícil comprensión para el hombre moderno, lugares muy alejados de la intencionalidad con la que hoy cualquiera armado de una bola de cristal, incienso de colores, un sombrero hortera y una línea telefónica puede «leer» el futuro, desvirtuando artes milenarias como la quiromancia o el Tarot y aconsejar al más incauto el rumbo que debe tomar su desdichada vida. Pero, ¿en qué consistían esos oráculos? ¿Qué había de cierto en las artes que desempeñaban los sacerdotes y pitonisas que estaban a su cuidado? ¿Existió fraude? ¿Se adivinaba realmente el futuro? Cuestiones de difícil respuesta que abordaremos a continuación en un viaje por una época que duerme el sueño del olvido, sepultada bajo las toneladas de escombro que ha ido dejando sobre ella el paso inexorable del tiempo, pero que, una vez desenterrada, revela el esplendor de unos siglos en los que el hombre creyó a pies juntillas que era capaz de aventurar el porvenir y, por tanto, hace más llevadero –al menos si los augurios eran favorables- el siempre incierto momento presente.

Éfira, el oráculo de los muertos

Iniciamos nuestro periplo por uno de los más célebres –y tétricos- oráculos de la antigüedad: el de Éfira, conocido popularmente como «el oráculo de los muertos». En 1958, el arqueólogo experto en la Grecia clásica Sotirios Dakaris, situó el lugar histórico donde supuestamente se levantaba el oráculo, basándose en textos clásicos de Homero y Heródoto. Según el autor de la Ilíada, «la oscura morada del Hades» se situaría en «los bosques consagrados a Perséfone», donde crecen «elevados álamos y estériles sauces«, y donde «el Piriflegetonte y el Cocito, que es un arroyo tributario de la laguna Estigia, llevan sus aguas al Aqueronte». El mito y la realidad se confundían; una descripción topográfica que parecía corresponderse con un lugar real. Al parecer, donde aun hoy el Piriflegetonte desemboca en el Cocito y este se vierte en el Aqueronte corresponde con los restos de Éfira. Allí, si hacemos caso de los textos clásicos, se hallaría la entrada al Hades, al infierno de los griegos.

Sea como fuere, Dakaris se personó en el lugar, donde se hallaban los restos de una pequeña iglesia bizantina situada al lado de un cementerio y comenzó a excavar con el permiso de la Sociedad Arqueológica de Grecia, que aceptó correr con los gastos. Entre 1958 y 1964, Dakaris exhumó todo un cementerio, colocó una losa de hormigón armado debajo de la pequeña iglesia bizantina y la socavó sin dañar la capilla. En 1970 continuó con las excavaciones y dejó al descubierto un rectángulo de 62 por 46 metros que se correspondía –al menos para el arqueólogo sin ninguna duda- al oráculo de Éfira.

Nekromanteion

Siguiendo relatos como el de la Odisea, el milenario oráculo presentaba un aspecto confuso: largos pasillos en cuyas paredes se abrían puertas estrechas que conducían a habitaciones minúsculas, corredores que en cualquier momento cambiaban de dirección, como para confundir al visitante, pasadizos laberínticos que conducían a las habitaciones de un santuario central sobre el que en la actualidad se levantaba la iglesia… Dakaris descubrió un foso de dos metros de profundidad en el que los arqueólogos hallaron los restos de cuatro ventrudas vasijas de barro de al menos un diámetro cada una que estaban destinadas, en tiempos pretéritos, a contener los sacrificios con los que el consultante del oráculo debía pagar para que se realizase su deseo. Algo similar a lo que le ocurría a Odiseo en el relato clásico y que da un indicio de que Homero debió de conocer el oráculo de Éfira y los siniestros cultos que allí oficiaban sus sacerdotes.

Un lugar que todavía hoy, a pesar de la ruindad, sigue manteniendo un aura siniestra. En la entrada, aquel que quería consultar el oráculo dejaba los sacrificios que ofrecía y donde también debía pronunciar la pregunta que quería plantear al difunto, pues en este enclave eran los difuntos los que «hablaban», de ahí que sea conocido como el oráculo de los muertos.

Delante de la entrada se hallaban las viviendas de los sacerdotes y de las personas que acudían al lugar. Una vez que el consultante –en ocasiones pasado cierto tiempo- conseguía entrar, permanecería sin ver la luz del sol nada menos que veintinueve días, sin excepción, confiándose ciegamente a la guía de un sacerdote, sin saber qué era lo que le esperaba en el interior del lúgubre recinto.

Conduciendo y casi empujando al visitante, el sacerdote recorría con esto un oscuro pasillo mientras murmuraba sin interrupción extrañas oraciones y letanías. A la izquierda del pasillo, en una estancia de apenas veinte metros cuadrados, el consultante pasaba los primeros días como si fueran una única e interminable noche. Al parecer, los consultantes del oráculo recibían todo lo necesario para entrar en un estado que favoreciera el trance, una especie de sueño oratorio, pues Dakaris y su equipo hallaron montones de negruzcos pedazos de hachís en el interior de las estancias. El sueño oratorio era conocido por los babilonios, los egipcios y por supuesto los griegos, y Heródoto cuenta que los zasamones tenían también el don de la profecía: se instalaban junto a la tumba de sus antepasados para dormir allí y recibir en sueños la revelación del futuro. Asimismo, también el sueño formaba parte del culto a Isis y Serapis y, según Diodoro, tenía efectos de tipo curativo.

Volviendo al oráculo, los actos mágicos, las misteriosas oraciones y los relatos sugestivos sobre las almas de los difuntos que proferían los sacerdotes convertían al consultante del oráculo, despojado de su voluntad según Philip Vandenberg, en un instrumento de los religiosos, lo que hacía que estuviera predispuesto a interpretar sueños y a ver apariciones que casi con seguridad eran inexistentes.

Éfira, el oráculo de los muertos (Imagen crédito: Wikipedia)

Tras varios días entre la vigilia y el sueño, en trance, se presentaba el sacerdote iluminado con una antorcha, semejante a una aparición, blanco como se creía era el alma de los muertos, murmurando en voz muy baja, casi imperceptible y pidiendo al visitante que le siguiera, dándole una piedra y ordenándole que, una vez llegado al largo corredor, la arrojara hacia atrás en un gesto que alejaría de su persona todo mal. Piedras que han sido halladas por los arqueólogos en grandes cantidades y que demuestran la veracidad del relato. En un extremo del corredor se hallaba una habitación, aún más pequeña que la primera, donde el consultante proseguía con su interminable letargo.

Al final del corredor, a la derecha, se hallaba un laberinto que Dakaris encontró. Llegado a este punto, el consultante, que aún no había perdido por completo el sentido de la orientación, olvidaría por completo cuanto había dejado atrás. Diminutos cuartos que estaban cerrados con puertas guarnecidas de hierro que no se abrían hasta que la anterior no había sido cerrada en medio de un ambiente asfixiante que bien podría recordar a los relatos sobre el hades. Los sacerdotes le habían avisado de que, cuando hubiese atravesado el último umbral, hallaría bajo sus pies la hirviente morada del dios de los muertos, Hades, y de Perséfone, su esposa. Se hallaba ante el mismísimo reino de las sombras. Entonces, en el suelo se abría un agujero del tamaño de un sillar, donde el consultante debía verter la sangre de los animales sacrificados que llevaba consigo en un jarro. Las almas de los muertos debían beberla para recobrar su conciencia y así poder revelar el futuro a aquel que les había hecho una pregunta.

El «Hades» medía apenas 15 metros de largo y Sotirios Dakaris había conseguido sacarlo a la luz tras más de 2.000 años sin que ningún ser humano hubiese pisado su suelo sagrado. Aterrado, casi sumido en el delirio e incapaz de distinguir entre el sueño y la realidad, el consultante, tras verter la sangre del sacrificio, esperaba casi desvanecido el momento culmen: la aparición del «muerto» que estaba deseando ver y que le aportaría luz sobre su futuro. Ya habían pasado los veintinueve días de rigor, y los sacerdotes proyectaban, con el humo y las antorchas, siluetas fantasmagóricas en las paredes de la sala, mientras continuaban con su interminable cántico. De repente –siguiendo el trabajo de Philipp Vandenberg y lo recopilado por Dakaris–, se podía oír un gemido y un crujido, mientras sonidos inhumanos llenaban la estancia. En el extremo opuesto colgaba del techo un enorme calderón de cuyo borde sobresalía una mano… después podía verse otra y por último la cabeza, un rostro pálido y una figura extrañamente inhumana que acababa manteniéndose de pie dentro del caldero. Para el consultante no podía ser otro que el difunto. La aparición comenzaba a moverse y hablaba con palabras mesuradas, mientras una balaustrada impedía al visitante acercarse más a la aparición. Una vez dada la respuesta –que no siempre se ajustaba a los deseos del consultante- se escuchaba un gran estruendo y el caldero volvía a ponerse en marcha, se elevaba hacia el techo y desaparecía en medio de una densa nube de humo, mientas el canto monótono de los sacerdotes se iba extinguiendo, las antorchas se apagaban y la estancia quedaba en completo silencio.

Ornitomancia, adivinación mediante la interpretación del canto y el vuelo de las aves

Entonces, el visitante era cogido del brazo y trasladado a lo largo de las pequeñas estancias y los corredores hasta un pequeño cuarto destinado al último tratamiento al que debía ser sometido y donde era expuesto a los procesos de purificación obligatorios después de haber «contactado» con los muertos. Para Dakaris, todo era real, incluso la aparición, pero se debía a una ingeniosa escenificación de los sacerdotes del oráculo, un papel que es posible que interpretaran los mismos religiosos, temerosos de que un actor pudiera delatar el fraude. Durante el tiempo que el consultante permanecía incomunicado y en trance, los sacerdotes parece ser que sutilmente obtenían de él la información precisa para que después el alma de los «difuntos» pudiera darle una respuesta adecuada.

Si no se inquietan los moradores del inframundo clásico, este post tendrá continuación…

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS…

El pasado 2020 Guillermo Escolar Editor publicaba un volumen fascinante sobre las creencias de los antiguos helenos: Religión griega. Una visión integradora, de Alberto Bernabé, catedrático emérito de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid, y que sabe muy bien de lo que habla, pues sus más de cuatrocientas publicaciones le acreditan como uno de los más importantes helenistas de nuestro tiempo.

En este volumen, que sin duda no tardará en convertirse en obra de referencia sobre dicha materia, se realiza una visión global, de conjunto, minuciosa y amena, a los cultos griegos, centrándose en aspectos muy diversos relacionados con el hecho religioso –la literatura, las raíces, el mito y el ritual, la filosofía o el sincretismo religioso– , pero con un eje común, integrador, como bien reza su acertado título. Un trabajo magnífico para que el profano se inicie en el conocimiento, no poco complejo, de la religión de la antigua Grecia, donde los oráculos de los que hablamos en este post gozaban de un lugar preeminente. He aquí la web de la editorial y cómo adquirirlo:

https://www.guillermoescolareditor.com/libro/religion-griega_105036/

Y de la mano de editorial Taurus nos llega una delicia urdida por un genio en la materia: Fidelidad a Grecia: Lo bello es difícil, y otras cosas que nos enseñaron los griegos. Su autor, Ignacio Lledó (Sevilla, 1929) es un hombre de esos que podemos tildar sin posibilidad de equivocarnos de renacentista: Premio Nacional de Literatura –en la categoría de Ensayo–, Premio Nacional de las Letras Españolas, Premio Princesa de Asturias en Comunicación y Humanidades y miembro de la Real Academia Española, por citar solo los logros más épicos entre un sinfín de reconocimientos y miles de trabajos. En estas páginas nos ofrece 27 artículos por los que guía al lector, en medio de este ruido de la globalización y la confusión mediática de las nuevas tecnologías, por numerosas ideas erróneas y conceptos mal entendidos por la saturación informativa de medios escritos y audiovisuales, a los que hay que sumar ahora el enrevesado e infinito universo de RRSS y medios digitales y su adecuada –o deleznable– funcionalidad.

Y aunque el campo filosófico es cuanto menos complejo, sin necesidad de sumergirnos en Kierkegaard o Heidegger, la cierto es que el autor nos explica estos conceptos con una sencillez y una capacidad divulgativa dignas de elogio. No es un libro dedicado a la adivinación y a los oráculos, como podéis imaginar, pero sí una forma original y cargada de sentimiento de acercarnos al helenismo –también su pensamiento mítico y mágico– y cómo éste definió en gran parte tanto las instituciones políticas y culturales de Occidente como nuestra misma forma de pensar hace más de 2.000 años, aunque parezca increíble.

Con elocuencia y elegante combatividad, Lledó nos habla del poder liberador del mito en los antiguos griegos –frente a ese otro tipo de mitos «impuesto por los profesionales de la mentira» de nuestro tiempo–, de la fuerza de Eros (Amor), de la invención de la armonía musical –sepultada hoy por el exceso de Ruido–, o la figura de Epicuro, uno de los personajes más atractivos y misteriosos de la historia del pensamiento, así como de numerosas enseñanzas clásicas de las que cada uno de nosotros somos deudores, por muy lejanos que nos parezcan las gestas del mundo clásico. En definitiva, de la «libertad intelectual», hoy tan infravalorada.

El resultado es un ensayo esclarecedor que arroja luz sobre los nubarrones cognoscitivos de nuestro tiempo frenético. Todos aquellos conceptos con falta de lucidez, esa amalgama de mentiras, desmemoria, sandeces y medias verdades –también fake news–, de las que, como apunta el autor, jamás saldrá un conocimiento equilibrado y racional del ser humano. Y quizá ahora lo necesitemos más que nunca, aunque sea gracias a volver la mirada a la sensatez de nuestros antepasados helenos.