Álvaro de Bazán. El invicto

El año en que se cumple el V centenario de su nacimiento, varios libros recuerdan la epopeya del que probablemente fue el mejor marino de la historia de España. Desperta Ferro nos trae Álvaro de Bazán. El invicto, y la editorial Edaf Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano.

Óscar Herradón ©

Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz, es probablemente el almirante más completo que dio España en toda la Edad Moderna, y sin embargo su figura ha quedado históricamente eclipsada por la empresa que no llegó a mandar: la Grande y Felicísima Armada (llamada posteriormente, con ironía, la Armada Invencible) en tiempos del segundo Felipe. Nacido en Granada en 1526, hijo del también marino Álvaro de Bazán el Viejo, se formó desde joven en la guerra de galeras del Mediterráneo, el escenario que definiría la primera mitad de su carrera y en el que forjó una reputación de mando que ningún oficial español de su tiempo igualó.

Batalla de Lepanto.

Su currículo militar es tan extenso como brillante, pues participó en los sitios de Orán y Mazalquivir, en la conquista del Peñón de Vélez de la Gomera, en el bloqueo del río de Tetuán, en el socorro de Malta durante el gran asedio de 1565 y en la campaña de Túnez. Pero el episodio que consagró su nombre fue Lepanto, en 1571, donde mandó la reserva de la Liga Santa bajo don Juan de Austria, una posición que en la táctica naval de galeras del periodo resultaba decisiva: era la fuerza que se empleaba para explotar la ruptura de la línea enemiga o para tapar los huecos que se abrían en la propia. Bazán ya era, para entonces, uno de los comandantes de galeras más respetados de Europa.

Militar e innovador marino

Lo que distingue a Bazán de otros almirantes de su generación es que no se limitó a dominar la guerra de galeras mediterránea, sino que supo leer el cambio de escenario estratégico hacia el Atlántico y adaptarse a él con éxito. La prueba decisiva llegó en 1582 y 1583, durante la guerra de sucesión portuguesa. En la batalla de la Isla Terceira derrotó a una flota franco-portuguesa que apoyaba al pretendiente Antonio, prior de Crato, y al año siguiente completó la conquista de las Azores, la última resistencia armada a la anexión de Portugal por Felipe II.

Felipe II, por Juan Pantoja de la Cruz.

Fue una campaña de una escala considerable para la época –fuentes contemporáneas hablan de fuerzas hispanoportuguesas muy superiores en número de buques y hombres frente al bando del prior de Crato, pretendiente al trono portugués, que sufrió miles de bajas y capturas– y tiene un valor historiográfico particular: convirtió a Bazán en el único comandante naval de su siglo capaz de ganar batallas decisivas tanto al mando de galeras (Lepanto) como de galeones (Azores), es decir, en los dos sistemas de guerra naval que se disputaban la primacía táctica en ese momento de transición. Así lo subrayó ya en 1972 la tesis doctoral de William E. Matheny sobre Bazán, defendida en la Texas Christian University.

Antonio. Prior de Crato.

Historiadores navales españoles como Agustín Ramón Rodríguez González, que le ha dedicado estudios específicos dentro de su obra sobre la marina de los Austrias y la monografía publicada por Edaf que enseguida abordaremos, han insistido en otro aspecto menos conocido de su legado: Bazán fue también un innovador en el diseño y el empleo de los buques de guerra, y contribuyó de forma decisiva a popularizar el galeón como nave de combate en detrimento de tipos más antiguos, sentando bases que la Armada española explotaría durante generaciones. No fue solo un ejecutor de campañas, sino alguien con criterio propio sobre arquitectura naval y sobre cómo debía organizarse una fuerza oceánica permanente, algo poco habitual entre los mandos de su época, más volcados en la táctica inmediata que en la reflexión sobre medios.

Fue precisamente esa autoridad la que le llevó, en sus últimos años, a convertirse en el impulsor intelectual de la gran expedición contra Inglaterra. Bazán defendió ante Felipe II un plan ambicioso para la que sería la Armada de 1588, y estaba llamado a mandarla. Murió en Lisboa en febrero de ese mismo año, semanas antes de que la flota zarpara, y el mando recayó en el duque de Medina Sidonia, un noble sin experiencia naval comparable. La tradición historiográfica –y la leyenda popular, más que la historia estricta– ha especulado durante siglos con que su presencia al frente de la expedición habría cambiado el desenlace; es una hipótesis imposible de verificar, pero que dice mucho del prestigio que Bazán había acumulado en vida.

Murió, en definitiva, en la cúspide de su carrera y en vísperas de su mayor desafío, lo que ha dado a su figura un aire de héroe truncado que la historiografía posterior (desde el elogio coetáneo que le dedicó Gabriel Lobo Lasso de la Vega hasta los estudios modernos de Rodríguez González) se ha encargado de rescatar frente al peso abrumador que el desastre de la Armada Invencible ha ejercido sobre la memoria naval española del periodo.

Álvaro de Bazán. El Invicto.

En el V centenario de su nacimiento, el libro Álvaro de Bazán. El invicto, que ha publicado recientemente Desperta Ferro Ediciones, de la pluma del consagrado especialista en historia naval Guillermo Nicieza y acompañado por un espectacular aparato gráfico en el que destacan ilustraciones y mapas marca de la casa, rinde homenaje al genio táctico y consejero naval más clarividente de su tiempo, que, además, nunca pidió nada para sí mismo. Al contrario: puso su fortuna familiar en riesgo, repetidamente, para pagar tripulaciones y sufragar naves cuando el rey no tenía un ducado; lideró peligrosos desembarcos cuando otros no se atrevieron a hacerlo; salvó la galera Real mientras otros huían y alzó la voz cuando se quiso desmembrar la Liga Santa. En su lecho de muerte, anciano y enfermo, lo único que pidió fue más tiempo para ver su gran empresa, la Jornada de Inglaterra, terminada. La Fortuna, sin embargo, no quiso concederle este último deseo, pues dispuso que muriera como vivió: invicto.

Un libro que el mismo Arturo Pérez-Reverte, gran conocedor de la historiografía militar marítima, ha definido como: «Impresionante… El trabajo es excelente; y la edición, espléndida». Guillermo Nicieza es también autor de otro libro visualmente impresionante publicado por Desperta Ferro: Blas de Lezo. Una vida al servicio de España, publicado el pasado año 2025.

Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano

Y también con motivo de la conmemoración de los 500 años de su nacimiento, la editorial Edaf, otro clásico del Pandemónium, recupera uno de los mejores libros de su excelso catálogo historiográfico: Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano, de Agustín Rodríguez González, Doctor en Historia por la Universidad Complutense y académico correspondiente de la Real Academia de Historia, autor de más de una treintena de obra y poseedor de la Cruz del Mérito Naval con distintivo blanco, una de las personas que más saben sobre el personaje histórico.

Supuesto retrato de Cervantes.

Es excepcional en la Historia naval del mundo que un marino destaque al mando de buques tan distintos como galeones y galeras, en escenarios tan disímiles como el Mediterráneo y el Atlántico y contra enemigos tan variados como temibles. Es inusual que alguien brille igualmente tanto como gran táctico y estratega, como vencedor en batallas puramente navales y en operaciones anfibias, tan hábil en el mando directo de las fuerzas como aconsejando tan modesta como certeramente a sus superiores, tan eficaz como subordinado y como jefe supremo, como diseñador de nuevos modelos de buques y experto en logística, con valor personal en el combate y con la cabeza siempre fría, aparte de que fuera excelente diplomático y se preocupara del último de sus subordinados, hasta merecer el título de «padre de los soldados», que le dedicó Cervantes. 

Muchos grandes han tenido bastantes de esas capacidades y virtudes, lo que es verdaderamente excepcional es que las hayan reunido todas, como en el caso de Álvaro de Bazán. También es cierto que le tocó vivir en una época en que España y su Imperio estaban en fase ascendente, lo que podría rebajar sus méritos si no recordáramos que el ascenso se debió en no escasa medida a él personalmente: el freno a los corsarios franceses, la salvación de Malta, la decisiva victoria defensiva en Lepanto o la rápida y poco costosa anexión de Portugal, que convirtió a España en el mayor imperio oceánico que haya existido.

Aquí se pudren los reyes de España (I)

Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio del Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.

Óscar Herradón

No está clara la fecha precisa en que se habilitó el llamado pudridero, pero no fue durante el reinado de Felipe II, el Rey Prudente, artífice del monasterio escurialense, cuyos arquitectos no contaron con un habitáculo apropiado para tal fin cuando erigieron el edificio, a la vez palacio y a la vez centro religioso. Sería con Felipe IV y la creación del Panteón Real, que se inauguró en 1654, cuando este lugar que aún hoy permanece en funcionamiento tomó forma.

La Cripta Real del monasterio, conocida como Panteón de los Reyes, sería construida por Juan Gómez de Mora, artífice también de la Plaza Mayor de Madrid, siguiendo los planos de Juan Bautista Crescenzi. Pero en tiempos de Felipe II, el espacio, mucho más reducido, fue ideado por el arquitecto Juan de Herrera siguiendo las indicaciones del soberano que, a su vez, quería cumplir la última voluntad de su padre Carlos V. El arquitecto y divulgador Juan Rafael de la Cuadra Blanco afirma en un artículo publicado en ABC en 1998 que «Carlos V dejó claro en su testamento que quería estar medio cuerpo debajo del altar y medio debajo de los pies del sacerdote».

El principal cronista de la época de Felipe II, el padre fray José de Sigüenza, ya dejó escrito que el monarca «quiso hacer un cementerio de los antiguos donde estuviesen los cuerpos reales sepultados y donde se les hiciesen los oficios y misas y vigilias, como en la primitiva Iglesia se solía hacer con los mártires». El lugar original donde Felipe II quiso enterrar a sus progenitores, a sus tías, a tres de sus mujeres y a su hijo Don Carlos –trágicamente fallecido a los 23 años tras una conducta muy inestable–, fue en una pequeña bóveda bajo el altar y bajo las estatuas orantes del presbiterio, y ligeramente encima del actual Panteón de los Reyes. Así descansaron sus restos hasta 1654, año del traslado y creación del nuevo espacio fúnebre, tal y como se encuentra en la actualidad. Aunque en las memorias de aquellos tiempos no se menciona el pudridero ni el origen de su construcción.

Acceso a la cripta.

En las mismas escaleras que bajan al Panteón Real, un espacio dotado de un ambiente y luminosidad que invitan al recogimiento y al misterio, en el segundo descanso, a mano derecha, se halla un pasadizo cerrado por una puerta de madera que da a un espacio cerrado, incluso hoy, para el común de los mortales; más aun para el visitante; y eso que el monasterio recibe una media de 700 mil visitantes cada año. Se conoce desde hace siglos como el Pudridero Real: las paredes son de piedra, el suelo de granito y el techo abovedado, 16 metros cuadrados por donde han pasado los restos mortales de la mayoría de los soberanos después de Felipe IV y donde todavía se encuentran los restos de los dos últimos Borbones fallecidos.

Leyendas macabras

Aquel espacio dio lugar a numerosas leyendas y rumores durante siglos que intentó desmontar fray José Quevedo, bibliotecario del edificio, en su Historia y descripción de El Escorial, en 1849, siendo el primero en hablar del pudridero propiamente dicho: «Las puertas que están en el segundo descanso de la escalera conducen a los pudrideros, cuyo uso explicaré para desvanecer las muchas patrañas que sobre ellos se cuentan. Son tres cuartos a manera de alcobas, sin luz ni ventilación ninguna. Luego que se concluyen los Oficios y formalidades de entrega del Real cadáver que ha de quedar en uno de los panteones, el prior, acompañado de algunos monjes ancianos, baja al panteón del cadáver llevando consigo los albañiles y algunos otros criados».

En este punto, cabe reseñar que solo los 51 miembros de la comunidad de los agustinos que custodian el monasterio desde 1885 tienen acceso a este habitáculo que parece salido de un cuento de Poe, en una ceremonia que se repite desde hace siglos y de la que estaban encargados antiguamente los monjes jerónimos, un ceremonial que comienza así: «Padre prior y padres diputados, reconozcan vuestras paternidades del cuerpo de (…) que conforme al estilo y la orden de su majestad que os ha sido dada voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guarda y custodia».

Momia de Carlos V.
Vista del Panteón, 1830.

Una vez cerrado de nuevo el féretro y levantada un acta de entrega, los monjes agustinos correspondientes se hacían cargo de la llave del ataúd y el cuerpo pasaba al pudridero. Quevedo continúa afirmando que «estos –los criados– sacan de la de tisú o terciopelo que la cubre, la caja de plomo sellada que contiene el cadáver y la conducen junto al pudridero. Mientras los albañiles derriban el tabique, los otros abren cuatro o más agujeros en la caja de plomo, la colocan dentro del cuarto o alcoba sobre cuatro cuñas de madera que la sostienen como dos o tres pulgadas levantadas del suelo, y en el momento los albañiles vuelven a formar el tabique doble que derribaron».

Los cuerpos regios permanecen en el interior del pudridero unos 30 o 40 años, hasta que ya se ha eliminado la corrupción y la humedad de los mismos y ya no desprenden mal olor, siendo trasladados al respectivo panteón. El objetivo del habitáculo es reducir los cuerpos de los cofres de plomo que el visitante puede observar en la cripta, de apenas un metro de largo por 40 centímetros de ancho que, una vez sellados, se introducen en uno de los 26 sarcófagos del Panteón Real, cada uno grabado con el nombre en latín de la persona regia.

El cronista sigue así el relato del proceso: «Las cajas exteriores de las personas Reales que han de pasar al de Infantes permanecen en la sacristía de dicho panteón, hasta que vuelve a colocarse en ellas la de plomo con el cadáver según vinieron. Las de los Reyes se deshacen y aprovechan para ornamentos, porque ya no han de tener uso, pues sus restos se colocan en las urnas de mármol».

¿Qué encontraremos en España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad?

La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad recorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?

Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».

Este post tendrá una inminente continuación en el Pandemónium *Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja por el autor y actualizado para el blog (todas las imágenes son de Wikimedia Commons de libre uso).

Al día siguiente de la conquista

Ahora que están las aguas tan revueltas en relación al abuso –o no– del Imperio español durante la Conquista, más de cinco siglos después de que se produjera el que sin duda es uno de los grandes momentos históricos de la historia moderna, La Esfera de los Libros publica un ensayo que pone los puntos sobre las íes a nivel historiográfico en relación a asunto tan controvertido.

Óscar Herradón ©

Felipe VI.

Ayer la web de la Casa Real publicaba un vídeo en el que se veía a Felipe VI decir ante el embajador de México en España, Quirino Ordaz, que «hubo mucho abuso» durante la Conquista de América y que «Hay cosas que desde el punto de vista actual no pueden hacernos sentir orgullosos». Fue en el marco de una visita privada, sin prensa, a la exposición «La mitad del mundo. La mujer en el México indígena». Destacando únicamente estas palabras, suena a disculpa rotunda, pero lo cierto es que en su declaración el monarca dijo más cosas (entre ellas, habló de la legislación a favor de los indígenas que solo tenía la monarquía hispánica en aquel tiempo): «También ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder. Desde el primer día, es decir, los propios Reyes Católicos con sus directrices, las leyes de indias, por el proceso legislativo, hay un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso y también, como decía antes, valorar el hecho de que de ahí, de ese conocimiento, pues nos apreciaremos más».

Y añadió aún más, insistiendo en la necesidad de que «las dos partes del Atlántico puedan conocer la historia común porque esa cultura mestiza es lo que nos define hoy», porque «conociendo la antigüedad es la manera que tenemos de valor lo que ocurre hoy»; y que «hay cosas que cuando las conocemos, cuando las estudiamos, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues no pueden hacernos sentir orgullosos, pero hay que conocerlos, y en su justo contexto, no con excesivo presentismo».

Todo esta polémica comenzó hace unos años, en 2019, cuando el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, exigió por carta a los reyes de España que pidieran perdón «por la conquista» (exigencia que reiteró en mayo de 2024). Curioso, teniendo en cuenta que uno de sus abuelos era cántabro. La Casa Real no contestó, y como represalia, Felipe VI no fue invitado a la toma de posesión de la nueva presidenta, Claudia Sheinbaum. Estas declaraciones del jefe del Estado se enmarcan en una política enfocada en suavizar las tiranteces con el país hermano en aras de fomentar la concordia, una suerte de gesto de reconciliación que ha sido bien visto al otro lado del Atlántico. ¿Y por qué ahora? Probablemente porque España acoge el próximo mes de noviembre la Cumbre Iberoamericana y existe una intención de acercamiento.

Leyenda Negra VS Leyenda Rosa

Ilustración del siglo XVI de Theodor de Bry.

Sin embargo, las palabras de Felipe VI levantaron un gran polvareda mediática –no parece ser que calibraran muy bien en prensa la repercusión que podrían tener tales declaraciones por parte del Jefe del Estado–, un nuevo encontronazo entre las fuerzas políticas, en este caso entre los partidarios de la leyenda negra sobre la Conquista (particularmente los grupos de izquierda y republicanos, gobierno de Sánchez incluido), y los que abrazan con entusiasmo la versión contraria, la exaltación de las glorias imperiales (que las hubo, claro, y no pocas), en parte engordadas por la llamada leyenda rosa.

Mapamundi de Juan de la Cosa (1500).

No, no todo fue maravilloso, pacífico y altruista, está claro, por mucho que la portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, diga que la conquista de América «fue la mayor obra civilizadora de la historia y se respetaron los derechos de los súbditos». El Imperio español, el más grande de su tiempo y uno de los mayores de la historia, se enriqueció muy mucho con el oro de Indias y con el trabajo (o explotación, según se mire), de los indígenas y de sus tierras, hubo matanzas y opresión, como ha sucedido siempre en toda conquista, invasión, colonización, etcétera.

Llegada a América (1923). Óleo sobre lienzo de Camilo Egas.
Virgen de los Navegantes, de Alejo Fernández (1531-1536).

Pero no todo fue masacre, agresión y esclavitud, como quieren hacernos creer diversas facciones políticas y el propio gobierno mexicano actual, cuyos integrantes, no lo olvidemos, son los verdaderos descendientes de esos mismos españoles que se lanzaron a hacer carrera en el Nuevo Mundo. Porque sí hubo mestizaje, cosa que no pasó prácticamente en otras conquistas (o invasiones, depende del discurso) llevadas a cabo por ingleses o franceses un poco más al norte, en territorios que, curiosamente, fueron descubiertos por españoles, aunque la historiografía estadounidense ahora lo olvide, como olvida la crucial colaboración de la Corona española, entonces ceñida por Carlos III, a la Revolución e Independencia del pueblo norteamericano, a unos meses de que se cumpla el 250 aniversario de la Independencia, el 4 de julio de este 2026.

Matanza de Cholula.

Así, las palabras del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, principal líder de la oposición, tildadas por otros grupos políticos poco menos que de reaccionarias por afirmar que se siente orgulloso de la Conquista, en cierta manera, y lejos de polémicas vacías, tienen sentido, porque efectivamente, no se pueden juzgar el pasado y la historia bajo el prisma de nuestra actualidad o los valores –o falta de ellos– de un hombre del siglo XXI: «Hacer ahora un examen de las cosas que ocurrieron en el siglo XV es un disparate» –al fin y al cabo, un poco lo mismo que vino a decir Felipe VI, cuyas palabras se descontextualizaron por interés partidista, por unos y por otros–.

El encuentro entre Cortés y Moctezuma. Pintura del siglo XVII.

Y es que ni el concepto de guerra ni el de raza ni el de religión eran iguales en los siglos XV, XVI o XVII (ni siquiera a comienzos del siglo XX). Tampoco el de los derechos humanos que, aunque sea muy loable y un deber democrático defenderlos, no existían en la concepción del hombre renacentista, nos guste o no. Hoy tampoco podemos comprender una institución como el Santo Oficio, pero en el marco de una sociedad donde Dios era tan importante como el mismo Estado (o más), tenía su razón de ser –al margen de si eran justos o no sus procedimientos, como la tortura o la delación, por supuesto terribles a ojos de la jurisprudencia actual–. Porque si no, la historia deja de ser una ciencia social y se convierte en una suerte de ucronía más acorde a la ficción que a la realidad.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Para saber qué sucedió realmente justo después de que los españoles pusieran por primera vez sus pies (y sus mosquetes, sus morriones y sus Biblias) en el Nuevo Mundo, eso que descubrió por casualidad (¿o no tanta?) Cristóbal Colón cuando pretendía viajar por una nueva ruta a las Indias, nada mejor que acercarnos a las reveladoras páginas de una de las novedades de La Esfera de los Libros: Al día siguiente de la conquista. La historia de lo que España construyó en América, del historiador e hispanista mexicano Juan Miguel Zunzunegui. 

Vista de la Plaza Mayor de México (1695).

Según se detalla en el libro, castellanos, tlaxcaltecas y texcocanos comenzaron a construir la hispanidad: pueblo mestizo, cristiano y humanista, mágico y místico que dio la vuelta al mundo y engendró la primera globalización, una cultura que dejó un continente sembrado de vestigios de grandeza. Zunzunegui firma su primera obra en España –tras ser un superventas en su país de origen, no, no todos los mexicanos odian el Descubrimiento–, para contar sin odios ni rabia lo que verdaderamente ocurrió en América.

Un ensayo, sí, que desmiente la Leyenda Negra, pero que no teme señalar las faltas cometidas –insisto, un poco lo mismo que ha afirmado Felipe VI–. La historia de cuanto fuimos como imperio, unos y otros: «Qué hermosa civilización construimos, pero qué terrible historia nos contamos. Qué grandeza llegamos a crear, pero dejamos que las narrativas de conquista nos impidan ver las maravillas que están frente a nuestros ojos», escribe.

Pues eso, algo más de imparcialidad, aceptación del pasado y alejamiento de los discursos gloriosos y, por contra, tremendistas, que llevan o bien a la glorificación únicamente de la patria y la bandera frente a la justicia o bien a la decapitación de estatuas de personajes españoles de calado histórico en el Nuevo Mundo como Hernán Cortés,  fray Junípero Serra, Bernardo de Gálvez o el mismo artífice del Descubrimiento, Cristóbal Colón, algo tristemente cada vez más habitual.