Aquí se pudren los reyes de España (I)

Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio del Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.

Óscar Herradón

No está clara la fecha precisa en que se habilitó el llamado pudridero, pero no fue durante el reinado de Felipe II, el Rey Prudente, artífice del monasterio escurialense, cuyos arquitectos no contaron con un habitáculo apropiado para tal fin cuando erigieron el edificio, a la vez palacio y a la vez centro religioso. Sería con Felipe IV y la creación del Panteón Real, que se inauguró en 1654, cuando este lugar que aún hoy permanece en funcionamiento tomó forma.

La Cripta Real del monasterio, conocida como Panteón de los Reyes, sería construida por Juan Gómez de Mora, artífice también de la Plaza Mayor de Madrid, siguiendo los planos de Juan Bautista Crescenzi. Pero en tiempos de Felipe II, el espacio, mucho más reducido, fue ideado por el arquitecto Juan de Herrera siguiendo las indicaciones del soberano que, a su vez, quería cumplir la última voluntad de su padre Carlos V. El arquitecto y divulgador Juan Rafael de la Cuadra Blanco afirma en un artículo publicado en ABC en 1998 que «Carlos V dejó claro en su testamento que quería estar medio cuerpo debajo del altar y medio debajo de los pies del sacerdote».

El principal cronista de la época de Felipe II, el padre fray José de Sigüenza, ya dejó escrito que el monarca «quiso hacer un cementerio de los antiguos donde estuviesen los cuerpos reales sepultados y donde se les hiciesen los oficios y misas y vigilias, como en la primitiva Iglesia se solía hacer con los mártires». El lugar original donde Felipe II quiso enterrar a sus progenitores, a sus tías, a tres de sus mujeres y a su hijo Don Carlos –trágicamente fallecido a los 23 años tras una conducta muy inestable–, fue en una pequeña bóveda bajo el altar y bajo las estatuas orantes del presbiterio, y ligeramente encima del actual Panteón de los Reyes. Así descansaron sus restos hasta 1654, año del traslado y creación del nuevo espacio fúnebre, tal y como se encuentra en la actualidad. Aunque en las memorias de aquellos tiempos no se menciona el pudridero ni el origen de su construcción.

Acceso a la cripta.

En las mismas escaleras que bajan al Panteón Real, un espacio dotado de un ambiente y luminosidad que invitan al recogimiento y al misterio, en el segundo descanso, a mano derecha, se halla un pasadizo cerrado por una puerta de madera que da a un espacio cerrado, incluso hoy, para el común de los mortales; más aun para el visitante; y eso que el monasterio recibe una media de 700 mil visitantes cada año. Se conoce desde hace siglos como el Pudridero Real: las paredes son de piedra, el suelo de granito y el techo abovedado, 16 metros cuadrados por donde han pasado los restos mortales de la mayoría de los soberanos después de Felipe IV y donde todavía se encuentran los restos de los dos últimos Borbones fallecidos.

Leyendas macabras

Aquel espacio dio lugar a numerosas leyendas y rumores durante siglos que intentó desmontar fray José Quevedo, bibliotecario del edificio, en su Historia y descripción de El Escorial, en 1849, siendo el primero en hablar del pudridero propiamente dicho: «Las puertas que están en el segundo descanso de la escalera conducen a los pudrideros, cuyo uso explicaré para desvanecer las muchas patrañas que sobre ellos se cuentan. Son tres cuartos a manera de alcobas, sin luz ni ventilación ninguna. Luego que se concluyen los Oficios y formalidades de entrega del Real cadáver que ha de quedar en uno de los panteones, el prior, acompañado de algunos monjes ancianos, baja al panteón del cadáver llevando consigo los albañiles y algunos otros criados».

En este punto, cabe reseñar que solo los 51 miembros de la comunidad de los agustinos que custodian el monasterio desde 1885 tienen acceso a este habitáculo que parece salido de un cuento de Poe, en una ceremonia que se repite desde hace siglos y de la que estaban encargados antiguamente los monjes jerónimos, un ceremonial que comienza así: «Padre prior y padres diputados, reconozcan vuestras paternidades del cuerpo de (…) que conforme al estilo y la orden de su majestad que os ha sido dada voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guarda y custodia».

Momia de Carlos V.
Vista del Panteón, 1830.

Una vez cerrado de nuevo el féretro y levantada un acta de entrega, los monjes agustinos correspondientes se hacían cargo de la llave del ataúd y el cuerpo pasaba al pudridero. Quevedo continúa afirmando que «estos –los criados– sacan de la de tisú o terciopelo que la cubre, la caja de plomo sellada que contiene el cadáver y la conducen junto al pudridero. Mientras los albañiles derriban el tabique, los otros abren cuatro o más agujeros en la caja de plomo, la colocan dentro del cuarto o alcoba sobre cuatro cuñas de madera que la sostienen como dos o tres pulgadas levantadas del suelo, y en el momento los albañiles vuelven a formar el tabique doble que derribaron».

Los cuerpos regios permanecen en el interior del pudridero unos 30 o 40 años, hasta que ya se ha eliminado la corrupción y la humedad de los mismos y ya no desprenden mal olor, siendo trasladados al respectivo panteón. El objetivo del habitáculo es reducir los cuerpos de los cofres de plomo que el visitante puede observar en la cripta, de apenas un metro de largo por 40 centímetros de ancho que, una vez sellados, se introducen en uno de los 26 sarcófagos del Panteón Real, cada uno grabado con el nombre en latín de la persona regia.

El cronista sigue así el relato del proceso: «Las cajas exteriores de las personas Reales que han de pasar al de Infantes permanecen en la sacristía de dicho panteón, hasta que vuelve a colocarse en ellas la de plomo con el cadáver según vinieron. Las de los Reyes se deshacen y aprovechan para ornamentos, porque ya no han de tener uso, pues sus restos se colocan en las urnas de mármol».

¿Qué encontraremos en España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad?

La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad recorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?

Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».

Este post tendrá una inminente continuación en el Pandemónium *Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja por el autor y actualizado para el blog (todas las imágenes son de Wikimedia Commons de libre uso).

Al día siguiente de la conquista

Ahora que están las aguas tan revueltas en relación al abuso –o no– del Imperio español durante la Conquista, más de cinco siglos después de que se produjera el que sin duda es uno de los grandes momentos históricos de la historia moderna, La Esfera de los Libros publica un ensayo que pone los puntos sobre las íes a nivel historiográfico en relación a asunto tan controvertido.

Óscar Herradón ©

Felipe VI.

Ayer la web de la Casa Real publicaba un vídeo en el que se veía a Felipe VI decir ante el embajador de México en España, Quirino Ordaz, que «hubo mucho abuso» durante la Conquista de América y que «Hay cosas que desde el punto de vista actual no pueden hacernos sentir orgullosos». Fue en el marco de una visita privada, sin prensa, a la exposición «La mitad del mundo. La mujer en el México indígena». Destacando únicamente estas palabras, suena a disculpa rotunda, pero lo cierto es que en su declaración el monarca dijo más cosas (entre ellas, habló de la legislación a favor de los indígenas que solo tenía la monarquía hispánica en aquel tiempo): «También ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder. Desde el primer día, es decir, los propios Reyes Católicos con sus directrices, las leyes de indias, por el proceso legislativo, hay un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso y también, como decía antes, valorar el hecho de que de ahí, de ese conocimiento, pues nos apreciaremos más».

Y añadió aún más, insistiendo en la necesidad de que «las dos partes del Atlántico puedan conocer la historia común porque esa cultura mestiza es lo que nos define hoy», porque «conociendo la antigüedad es la manera que tenemos de valor lo que ocurre hoy»; y que «hay cosas que cuando las conocemos, cuando las estudiamos, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues no pueden hacernos sentir orgullosos, pero hay que conocerlos, y en su justo contexto, no con excesivo presentismo».

Todo esta polémica comenzó hace unos años, en 2019, cuando el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, exigió por carta a los reyes de España que pidieran perdón «por la conquista» (exigencia que reiteró en mayo de 2024). Curioso, teniendo en cuenta que uno de sus abuelos era cántabro. La Casa Real no contestó, y como represalia, Felipe VI no fue invitado a la toma de posesión de la nueva presidenta, Claudia Sheinbaum. Estas declaraciones del jefe del Estado se enmarcan en una política enfocada en suavizar las tiranteces con el país hermano en aras de fomentar la concordia, una suerte de gesto de reconciliación que ha sido bien visto al otro lado del Atlántico. ¿Y por qué ahora? Probablemente porque España acoge el próximo mes de noviembre la Cumbre Iberoamericana y existe una intención de acercamiento.

Leyenda Negra VS Leyenda Rosa

Ilustración del siglo XVI de Theodor de Bry.

Sin embargo, las palabras de Felipe VI levantaron un gran polvareda mediática –no parece ser que calibraran muy bien en prensa la repercusión que podrían tener tales declaraciones por parte del Jefe del Estado–, un nuevo encontronazo entre las fuerzas políticas, en este caso entre los partidarios de la leyenda negra sobre la Conquista (particularmente los grupos de izquierda y republicanos, gobierno de Sánchez incluido), y los que abrazan con entusiasmo la versión contraria, la exaltación de las glorias imperiales (que las hubo, claro, y no pocas), en parte engordadas por la llamada leyenda rosa.

Mapamundi de Juan de la Cosa (1500).

No, no todo fue maravilloso, pacífico y altruista, está claro, por mucho que la portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, diga que la conquista de América «fue la mayor obra civilizadora de la historia y se respetaron los derechos de los súbditos». El Imperio español, el más grande de su tiempo y uno de los mayores de la historia, se enriqueció muy mucho con el oro de Indias y con el trabajo (o explotación, según se mire), de los indígenas y de sus tierras, hubo matanzas y opresión, como ha sucedido siempre en toda conquista, invasión, colonización, etcétera.

Llegada a América (1923). Óleo sobre lienzo de Camilo Egas.
Virgen de los Navegantes, de Alejo Fernández (1531-1536).

Pero no todo fue masacre, agresión y esclavitud, como quieren hacernos creer diversas facciones políticas y el propio gobierno mexicano actual, cuyos integrantes, no lo olvidemos, son los verdaderos descendientes de esos mismos españoles que se lanzaron a hacer carrera en el Nuevo Mundo. Porque sí hubo mestizaje, cosa que no pasó prácticamente en otras conquistas (o invasiones, depende del discurso) llevadas a cabo por ingleses o franceses un poco más al norte, en territorios que, curiosamente, fueron descubiertos por españoles, aunque la historiografía estadounidense ahora lo olvide, como olvida la crucial colaboración de la Corona española, entonces ceñida por Carlos III, a la Revolución e Independencia del pueblo norteamericano, a unos meses de que se cumpla el 250 aniversario de la Independencia, el 4 de julio de este 2026.

Matanza de Cholula.

Así, las palabras del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, principal líder de la oposición, tildadas por otros grupos políticos poco menos que de reaccionarias por afirmar que se siente orgulloso de la Conquista, en cierta manera, y lejos de polémicas vacías, tienen sentido, porque efectivamente, no se pueden juzgar el pasado y la historia bajo el prisma de nuestra actualidad o los valores –o falta de ellos– de un hombre del siglo XXI: «Hacer ahora un examen de las cosas que ocurrieron en el siglo XV es un disparate» –al fin y al cabo, un poco lo mismo que vino a decir Felipe VI, cuyas palabras se descontextualizaron por interés partidista, por unos y por otros–.

El encuentro entre Cortés y Moctezuma. Pintura del siglo XVII.

Y es que ni el concepto de guerra ni el de raza ni el de religión eran iguales en los siglos XV, XVI o XVII (ni siquiera a comienzos del siglo XX). Tampoco el de los derechos humanos que, aunque sea muy loable y un deber democrático defenderlos, no existían en la concepción del hombre renacentista, nos guste o no. Hoy tampoco podemos comprender una institución como el Santo Oficio, pero en el marco de una sociedad donde Dios era tan importante como el mismo Estado (o más), tenía su razón de ser –al margen de si eran justos o no sus procedimientos, como la tortura o la delación, por supuesto terribles a ojos de la jurisprudencia actual–. Porque si no, la historia deja de ser una ciencia social y se convierte en una suerte de ucronía más acorde a la ficción que a la realidad.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Para saber qué sucedió realmente justo después de que los españoles pusieran por primera vez sus pies (y sus mosquetes, sus morriones y sus Biblias) en el Nuevo Mundo, eso que descubrió por casualidad (¿o no tanta?) Cristóbal Colón cuando pretendía viajar por una nueva ruta a las Indias, nada mejor que acercarnos a las reveladoras páginas de una de las novedades de La Esfera de los Libros: Al día siguiente de la conquista. La historia de lo que España construyó en América, del historiador e hispanista mexicano Juan Miguel Zunzunegui. 

Vista de la Plaza Mayor de México (1695).

Según se detalla en el libro, castellanos, tlaxcaltecas y texcocanos comenzaron a construir la hispanidad: pueblo mestizo, cristiano y humanista, mágico y místico que dio la vuelta al mundo y engendró la primera globalización, una cultura que dejó un continente sembrado de vestigios de grandeza. Zunzunegui firma su primera obra en España –tras ser un superventas en su país de origen, no, no todos los mexicanos odian el Descubrimiento–, para contar sin odios ni rabia lo que verdaderamente ocurrió en América.

Un ensayo, sí, que desmiente la Leyenda Negra, pero que no teme señalar las faltas cometidas –insisto, un poco lo mismo que ha afirmado Felipe VI–. La historia de cuanto fuimos como imperio, unos y otros: «Qué hermosa civilización construimos, pero qué terrible historia nos contamos. Qué grandeza llegamos a crear, pero dejamos que las narrativas de conquista nos impidan ver las maravillas que están frente a nuestros ojos», escribe.

Pues eso, algo más de imparcialidad, aceptación del pasado y alejamiento de los discursos gloriosos y, por contra, tremendistas, que llevan o bien a la glorificación únicamente de la patria y la bandera frente a la justicia o bien a la decapitación de estatuas de personajes españoles de calado histórico en el Nuevo Mundo como Hernán Cortés,  fray Junípero Serra, Bernardo de Gálvez o el mismo artífice del Descubrimiento, Cristóbal Colón, algo tristemente cada vez más habitual.

Los Austrias. Grandeza y caída (Pinolia)

Hablar de los Austrias es hacerlo de la dinastía monárquica más grande, victoriosa y épica de la historia moderna española, y es hacerlo también de sus representantes más incapaces, de sus muchas sombras, y de aquel gigante con pies de barro que acabaría cayendo bajo su propio peso. Ahora, un libro nos explica con rigor y la amenidad que requiere una correcta divulgación histórica sus muchas claves.

Óscar Herradón

La Casa de Austria es como se conoce en España a la dinastía Habsburgo, una de las más influyentes y poderosas casas reales europeas, que ocuparon el trono del Sacro Imperio Romano Germánico y en el caso de nuestro país –y su imperio– ostentaron el poder desde la proclamación como rey de Carlos I (emperador también del Sacro Imperio, título que no pudo revalidar su hijo, Felipe II, el único que se le resistió a «aquel en cuyos dominios no se ponía el Sol») hasta la muerte sin sucesión directa de Carlos II el Hechizado en 1700. Un periodo convulso, de profundos intereses creados políticos, que derivó en la Guerra de Sucesión Española entre los dos aspirantes al trono español: el Borbón Felipe, duque de Anjou, que finalmente vencería tras trece largos años de conflicto armado, y el archiduque Carlos de Austria (que en 1711 sería coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico bajo el nombre de Carlos VI).

Del esplendor a la hecatombe

Tantos siglos de historia, e historia capital, pues bajo el Imperio español se pusieron los cimientos de lo que acabaría siendo la política internacional que en gran parte marca hoy nuestras vidas, es tan cautivadora como inabarcable, pero para acercarnos a dicho periodo de forma amena, concisa y lo más cercana a «saberlo casi todo» sin saturarse, nada mejor que hacerlo a través de las páginas del libro Los Austrias. Esplendor, crisis y caída del imperio de los Habsburgo españoles, publicado recientemente por Pinolia y coordinado por el multifacético divulgador Rubén Buren (es profesor universitario, escritor, dibujante, músico, guionista y director de cine y teatro… ¿alguien da más?) con quien he tenido el placer de compartir páginas en la década revista Muy Historia, que organiza con saber hacer a un buen elenco de autores y divulgadores de prestigio.

Derrota de la Armada Invencible (1796)

Sangre europea y ambición desmedida recorren la saga de Carlos I, arquitecto de un entramado imperial sin precedentes. Numerosos historiadores examinan meticulosamente en esta obra cómo este monarca forjó alianzas estratégicas y aprovechó herencias dinásticas para consolidar su poder transcontinental. La evangelización de los territorios conquistados se extendía frente a la acostumbrada esclavitud de otros imperios de la época, mientras que la plata americana fluía hacia Madrid para sustentar la Gran Armada que terminó estrellándose contra Inglaterra.

Carlos II

Por los campos de Flandes, las picas de los tercios escribieron páginas memorables de táctica militar y resistencia. Paralelamente, Cervantes, Lope y Velázquez daban lustre cultural a un imperio cuyas costuras comenzaban a ceder. Esta dualidad definió la España de los Austrias: innovadora en las artes y las letras, pero gradualmente superada en asuntos económicos y administrativos. Las decisiones políticas se tornaron complejas y marcaron la segunda fase de la dinastía, prueba de ello fue la expulsión morisca. El declive habsburgués avanzó entre reformas insuficientes y rivalidades internacionales que minaron su hegemonía europea. El último de ellos, Carlos II, gestionó con limitaciones un Estado que requería transformaciones profundas.
Los Austrias desentraña los mecanismos internos de la dinastía que configuró la Edad Moderna. Grandeza y miseria conviven en el legado de unos monarcas extranjeros que terminaron siendo genuinamente españoles.

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