Carlos II de Austria, conspiraciones y hechizos

12 10 2020

Carlos II de Austria fue el último de una estirpe grandiosa y a su vez endogámica que rigió los designios del imperio español en su máximo esplendor. Desde que Carlos I llegó al trono, instaurando la dinastía en la Península, España se convirtió en el país más poderoso de su tiempo. Sin embargo, con los llamados «Austrias Menores», Felipe III, Felipe IV y el segundo Carlos, aquel gigante con pies de barro no hizo sino hundirse cada vez más por su propio peso y sus contradicciones.

Óscar Herradón ©

Carlos II de Austria, de evidente belleza.

Luchas por el poder, conjuras y una mala administración de un gigantesco  convirtieron la corte en un lugar complejo, lleno de intereses creados y en el que la magia y la superstición, confundidas con la religiosidad cristiana, cobraron una inusitada fuerza, hasta incluso decidir los designios de la corona.

Desde su infancia Carlos, el último hijo varón de Felipe IV, al que las malas lenguas afirmaban que era fruto «de su última cópula», fue un niño enfermizo y maltrecho, con graves problemas físicos y probablemente mentales fruto de siglos de política endogámica del que se esperaba que no superase la infancia. Contra todo pronóstico lo hizo, y dedicó todas sus fuerzas al ansiado sueño de engendrar un hijo varón que diese continuidad a una dinastía considerada divina.

A pesar de los numerosos brebajes que le administraron todo tipo de médicos –y charlatanes–, galenos y otros que no lo eran, de incluso financiar a alquimistas para que encontrasen un elixir vitae con el que recuperar su delicada salud, y a las numerosas reliquias de las que se rodeó durante toda su vida, el monarca mostraba cada vez signos de mayor debilidad.

Nada más cumplir la mayoría de edad, y ante la extraña actitud que mostraba, su confesor, fray Tomás Carbonell, inquieto, preguntó al monarca si éste se encontraba hechizado, a lo que el rey respondió, según señala el duque de Maura, que lo desconocía. Por aquél entonces planeó por la mente del religioso la idea de someterlo a una sesión de exorcismos, aunque poco después se desechó la idea y el asunto quedó en el olvido. Sin embargo, ya casado por segunda vez –su primera esposa, María Luisa de Orleans, había fallecido prematuramente y se unió a Mariana de Neoburgo–, y ante la evidente incapacidad de Carlos para engendrar un vástago, volvió a surgir el rumor, esta vez con mucha más fuerza, de que había sido hechizado.

María Luisa de Orleans, toda una hermosa princesa.

Los rumores de un posible hechizamiento despertaron por segunda vez cuando Carlos, tras nueve años de matrimonio con María Luisa de Orleáns, no conseguía dar un heredero a la corona; rumores que se incrementaron tras las confidencias de la propia reina, que afirmaba que Carlos no era impotente y, según los galenos de la época, la reina tampoco lo era ni estaba «defectuosamente formada», según el característico lenguaje de aquella época.

Solo podía por tanto atribuirse la esterilidad a una causa ajena a la pareja, a un maleficio que, según las malas lenguas, había sido propiciado por la condesa de Soissons, una agente del rey francés Luis XIV residente en la corte madrileña. Otros afirmaban que tal hechizo había sido obra del emperador Leopoldo –por lo que la trama adquiría de nuevo un evidente carácter político–, quien había mandado administrar un bebedizo esterilizante al monarca; mientras que también fueron sospechosas las criadas francesas de María Luisa de Orleáns, quienes, según la opinión de algunos cortesanos, administraban a la reina filtros y píldoras con efectos abortivos por orden de la misma Corona francesa.

El sastre de la reina

En 1695 y ya fallecida su primera esposa, el tema de los supuestos hechizos volvió a ser la comidilla de la corte cuando el sastre de la reina Mariana de Neoburgo fue procesado como presunto culpable de haber hechizado a los soberanos. En una manga de uno de los trajes que el desdichado hombre había confeccionado para la reina, se hallaron unas bolitas de plomo que servían para que, con el peso, diesen forma adecuada al vestido; sin embargo, y debido a la psicosis que se vivía en palacio, se creyó que dichas bolitas no eran sino amuletos con poderes maléficos que domeñaban la voluntad de la reina. Finalmente el sastre hubo de ser absuelto cuando se demostró la verdadera intencionalidad del plomo, aunque debió de pasar un auténtico infierno durante los tres días que permaneció en los húmedos y tenebrosos calabozos inquisitoriales.

Ante la falta de descendencia con su segunda esposa, el asunto de los hechizos cobraba cada vez más fuerza en palacio. Carlos II no era ajeno a los rumores de un hechizamiento y el hecho de que ni siquiera su segunda esposa, descendiente de un linaje notablemente fecundo, pudiese darle hijos, provocó que el débil soberano considerase la influencia de lo sobrenatural como una causa de gran peso. En medio de tal ambiente de crispación cualquier hecho susceptible de ser interpretado como posible acto de brujería o encantamiento, era considerado como muy relevante. Pronto el extravagante asunto salpicó también a la reina, de la que se decía que había sido también objeto de encantamiento.

A principios de 1698, en las postrimerías del reinado y en plena crispación política por la eterna cuestión de la sucesión, Carlos II sometió el tema de un posible hechizamiento de su persona al inquisidor general, fray Tomás de Rocaberti. Éste planteó la cuestión al Consejo de la Inquisición y, aunque sus miembros se mostraron reticentes a abrir un proceso, Rocaberti contó con el apoyo del confesor real, fray Froilán Díaz, quien también estaba convencido de la influencia del «maligno» sobre el monarca.

Díaz y Rocaberti decidieron pues pasar a la acción, aún sin el beneplácito de la Suprema. El confesor conocía a un afamado exorcista que actuaba en Asturias y que se creía un elegido de Dios para realizar la misión de «extraer demonios» del cuerpo de los inocentes, llamado fray Antonio Álvarez de Argüelles, perteneciente a la Orden de los dominicos y vicario de la iglesia de Cangas de Tineo. Allí al parecer había realizado con éxito varios exorcismos a un grupo de monjas del convento de agustinas recoletas de dicha localidad que, al igual que en el caso de las religiosas de San Plácido, se creían encontrar bajo posesión diabólica.

Fray Froilán Díaz escribió al citado fray Antonio una carta en la que le solicitaba que preguntase a las posesas si el rey y la reina habían sido objeto de un maleficio. No tardó el exorcista asturiano en realizar el ritual solicitado desde la corte y en responder afirmativamente a sus sospechas:

«El rey se halla, en efecto, doblemente ligado por obra maléfica, para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud y los riñones, para corromperle e impedirle la generación. Los efectos del bebedizo se renuevan por lunas y son mayores durante las nuevas».

Como señala el Duque de Maura en una magnífica monografía –aunque evidentemente nada actualizada– sobre el soberano, se le recomendaron entonces una serie de remedios –al parecer también dictados por los demonios– con los que poder contrarrestar el hechizo, a saber, darle un cuartillo de aceite bendito en ayunas, ungir a su vez el cuerpo y la cabeza con dicho aceite, que realizase paseos frecuentes y se le purgase según lo marcado por los rituales de exorcismo con bendiciones y oraciones, además de separarle de la reina. Aquellas recomendaciones, solo realizadas en parte, no hicieron sino minar aún más la escasa salud del soberano en sus últimos años de vida.

En nuevas sesiones exorcísticas, Argüelles, a través de las religiosas supuestamente endemoniadas, obtuvo más información sobre los hechizos. Al parecer, el bebedizo antes citado se le había suministrado a Carlos II cuando aún vivía el conspirativo don Juan (José) de Austria por una mujer, con el fin de reinar. Según afirmaron los «demonios», la muerte del ambicioso bastardo fue también producto de maleficios, «pero más fuertes, pues le acabaron tan presto».

El asunto se complica

Las cosas comenzaron, sin embargo, a complicarse, cuando el «demonio» que tenía sometido al soberano parece que quería implicar a una serie de personas concretas en esta trama. El entrometido ente maligno parece que se preocupaba en demasía por los asuntos de Estado.

Éste ofrecía información cada vez más detallada sobre el asunto de los hechizos: el 24 de septiembre de 1694 el rey había sido nuevamente hechizado a través de su comida, que había sido mezclada con restos de un cadáver. El asunto se complicó aún más cuando en septiembre de 1699, con el monarca ya moribundo, llegaron a palacio tres mujeres supuestamente endemoniadas que afirmaban dominar la voluntad del rey. Durante el exorcismo al que fueron sometidas el demonio afirmó tajante que habían sido las personas cercanas a la primera esposa de Carlos, María Luisa de Orleans, las causantes del hechizo del monarca.

En algunas ocasiones el demonio, experto en política, se contradecía, llegando a hacer afirmaciones peligrosas, hasta el punto de que también Mariana de Austria, madre del rey, fue «salpicada» por sus declaraciones: al parecer, el hechizo de 1675 había sido suministrado por Fernando de Valenzuela –más conocido como «el duende de Palacio»–, siguiendo órdenes de doña Mariana. Según pudieron extraer en claro los exorcistas de las declaraciones de las posesas, el filtro fue preparado por una bruja de nombre Casilda por encargo del mismo valido. Para preparar dicho filtro la «bruja» se valió, según recoge el historiador José Calvo Poyato, autor de otra documentada biografía de Carlos II, del cadáver de un ajusticiado que ella misma sacó de la Casa de Misericordia tras la ejecución.

Fernando de Valenzuela.

El segundo encantamiento del rey tuvo lugar el 24 de septiembre de 1694, y había sido administrado por «uno que tiene gana y deseo de que venga a España la Flor de Lis y que en lo exterior hace muchas fiestas y cariños al Rey, pero en lo interior lo tiene como el último apóstol». El asunto era demasiado turbio y ponía en una delicada situación a los promotores de la práctica exorcística, pues las respuestas del «ente maligno» eran muy graves para que fueran pasadas por alto. Por aquel entonces, para complicar aún más el asunto, falleció Rocaberti, que fue sustituido por el cardenal de Córdoba, quien también se mostró interesado en los exorcismos.

Entonces sufrieron un giro los acontecimientos cuando, tras la muerte del inquisidor general, Argüelles vio como se alejaban sus pretensiones: la posibilidad de lograr una mitra episcopal tras los servicios prestados a Su Majestad. El «demonio» entonces comenzó a ser evasivo en las respuestas y llegó a afirmar incluso que el rey gozaba ya de buena salud y que únicamente necesitaba un nuevo médico para curarse por completo, que le cambiasen los colchones y que realizara un viaje fuera de los «malos aires» de la capital.

Quizá intuyendo el peligro que se avecinaba, Álvarez de Argüelles dejó sólo al confesor real, quien dio el asunto por clausurado ante el temor de posibles represalias de Mariana de Neoburgo. Pero era ya demasiado tarde; la enérgica reina, a través de un fraile de los Jerónimos famoso en Madrid por su «infinita piedad», puso el caso en conocimiento de la Inquisición –a pesar de que en ningún momento su persona fue implicada en las declaraciones de los «demonios», quizá temerosa de un giro en los acontecimientos que pudiera afectarle–. El Santo Oficio, que a pesar de la participación de su máximo representante, desconocía el asunto, encontró materia suficiente para abrir un proceso a fray Froilán, blanco de las iras de Mariana ante la ausencia de Rocaberti.

Mariana de Neoburgo.

El demonio vuelve a escena

En septiembre de 1699, cuando el asunto de los hechizos del rey parecía que había concluido, llegó a palacio una mujer dando alaridos y profiriendo improperios que pretendía personarse ante el rey, afirmando que estaba endemoniada. La susodicha fue rápidamente apresada por la guardia real pero debido al escándalo Carlos II, que había escuchado los gritos, se presentó ante ella; el rey trató de calmarla mostrándole una reliquia del lignum crucis que llevaba siempre encima, como buen católico que era.

Para exorcizarla se solicitaron los servicios de fray Mauro Tenda, un conocido capuchino y exorcista italiano que llevaba varios meses en la corte española y que conocía el tema de los hechizos regios tras algunos contactos previos que había mantenido con fray Froilán y el fallecido Rocaberti. El duque de Maura señaló que quizá Tenda perteneciera al servicio secreto diplomático del duque de Saboya, que también aspiraba a sentarse en el trono español, algo que no sería de extrañar en una corte tan dada a la conspiración y al secretismo. La trama se enrevesaba hasta límites insospechados y difíciles de diseccionar para el historiador.

Auto de Fe en la Plaza Mayor.

Fray Mauro Tenda afirmó que Carlos II no se encontraba endemoniado, sino tan solo hechizado, por lo que sería más fácil curarle. El maltrecho rey llevaba siempre sobre el pecho un saquito que, al acostarse, situaba debajo de su almohada, y el capuchino, tras examinar su contenido, señaló que el monarca se curaría si lo alejaba de sí. El saquito contenía, según los testigos que pudieron verlo, «todas las cosas que se suelen emplear en los hechizos: cáscaras de huevo, uñas de los pies, cabellos y otras por el estilo».

Tras someter a exorcismo a la desquiciada que había irrumpido en palacio, resultó que ésta era una bruja que vivía en compañía de otras mujeres, también brujas; durante el ritual afirmó que todas ellas tenían controlada la voluntad del rey. Los acontecimientos tomaron un cariz peligroso cuando la «energúmena» afirmó, ante las preguntas del exorcista, que Carlos II había sido hechizado por personas cercanas a su primera mujer, María Luisa de Orleans.

Los rumores se confirmaron cuando desde Austria llegó la noticia de que un «demonio vienés», por boca de un niño endemoniado, habló del hechizamiento del soberano. Este nuevo «invitado» a la trama demoníaco-política afirmó que el hechizo del rey había sido provocado por una bruja, de nombre Isabel, que vivía en la calle de Silva, en Madrid, y que los «instrumentos» maléficos que había utilizado para domeñar al monarca se encontraban en una de las habitaciones del palacio real y en el umbral de la casa que había servido de domicilio a la sospechosa. Los hechos dieron un giro cuando las declaraciones comenzaron a salpicar también a Mariana de Neoburgo y a su camarilla.

Para Jaime Contreras, autor de Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria (Temas de Hoy, 2003), la iniciativa de toda esta trama política partió del partido austracista y de la misma Mariana de Neoburgo, con las miras puestas en el trono de España frente a Francia, aunque, ironías del destino, el «demonio» acabó hablando en contra de los intereses de los austriacos, los mismos de los que había partido la idea de invocarle. A día de hoy todavía no está realmente claro de quién partió la iniciativa de generar aquel complot, pues en cierto momento quedó claro que más allá del posible hechizamiento del desdichado Carlos II, lo que interesaba era implicar en la trama a cualquier posible enemigo que pudiera someter la voluntad del monarca quien, ante la falta irreparable de un heredero, debía realizar su testamento y nombrar a un sucesor.

Ante el temor a posibles consecuencias incontrolables, la de Neoburgo decidió cerrar el proceso, colocando a uno de sus partidarios como inquisidor general, tras la extraña muerte de Alonso de Aguilar, que como sabemos había sucedido a Rocaberti, partidario de seguir con los exorcismos y que es posible que fuese envenenado por orden de la conspiradora y manipuladora reina, algo que quizá nunca sabremos.

Fray Froilán Díaz y fray Mauro Tenda fueron objeto de su ira y quienes pagaron por todo lo ocurrido. Díaz, contra el que estaba a punto de abrirse el proceso inquisitorial antes citado, logró huir a Roma, aunque fue detenido por el embajador español ante la Santa Sede, el duque de Uceda, quien lo devolvió a España. Fray Froilán fue declarado reo de fe y encerrado en las sombrías cárceles del Santo Oficio; su proceso se alargó hasta el reinado del borbón Felipe V, quien presionó para que fuese absuelto. Por su parte, a Tenda se le abrió también un proceso inquisitorial a principios de 1700, aunque logró salir absuelto pese a las presiones de Mariana de Neoburgo.

Quien salió peor parado de todo aquel embrollo no fue otro que el mismo Carlos II, quien llegó a creer firmemente que había sido hechizado y que su voluntad estaba sometida a las fuerzas malignas. Sus últimos meses de vida los pasos aquél pobre desdichado, víctima de su nefasto destino y de las circunstancias, desolado por no haber cumplido con los verdaderos deberes de un rey «elegido por la Providencia para dirimir los asuntos de España».

Aquel teatro del absurdo en el que vivía la corte española durante la última década del siglo XVII, fue el escenario final en el que se movieron los Austrias, el ocaso de una de las dinastías «sagradas» más prósperas y poderosas que había dado la Historia de España. Los graves problemas físicos de Carlos II y sus terribles cargos de conciencia hicieron que fuera el más interesado en proseguir con los exorcismos. No pudo ver, sin embargo, cumplidos sus deseos, y moría, rodeado de la fastuosidad característica de los funerales regios, el 1 de noviembre de 1700. El trono español esperaba, tras una cruenta guerra civil, al primero de los Borbones hispanos: Felipe V, hoy tan odiado por los catalanes independentistas, así como su estirpe de origen galo.  

PARA SABER MÁS:

–CALVO POYATO, José: Carlos II el Hechizado. Planeta, 1998.

–CONTRERAS, Jaime:, Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria. Temas de Hoy, 2003.

–HERRADÓN AMEAL, Óscar: Historia oculta de los reyes. Magia, herejía y superstición en la corte. Espejo de Tinta 2007.

–MAURA GAMAZO, Gabriel: Carlos II y su corte. Ensayo de reconstrucción biográfica. Boletín Oficial del Estado Publicaciones 2018.

–RUIZ RODRÍGUEZ, Ignacio: Fernando de Valenzuela. Orígenes, ascenso y caída de un Duende de la corte del rey hechizado. Editorial Dykinson. Universidad Rey Juan Carlos, 2008.

En un aspecto totalmente ajeno a esta entrada, en el campo puramente estratégico y militar, quiero destacar una joya bibliográfica que acaba de editar Desperta Ferro y que ofrece una visión única y poco conocida del reinado del último Austria hispano: Los últimos Tercios. El ejército de Carlos II, de uno de los mayores expertos en los ejércitos imperiales, el profesor de historia moderna en la Univesidad de Pavía David Maffi. Y es que a pesar de reinar sobre un imperio presto a desaparecer, la monarquía hispánica era aún bajo su cetro una de las más importantes de todo Occidente, y sus despliegues militares, impresionantes, todavía obtuvieron, en medio de numerosos fracasos, algunos sonados éxitos que podemos descubrir en las páginas de este riguroso ensayo.





Fernando VII. Un rey felón, caprichoso y adicto al sexo

1 10 2020

El que subió al trono como «El Deseado», aclamado por un pueblo que gritaba «¡Vivan las Caenas!», acabó sus días pasando a la crónica española como «El Rey Felón», el personaje más vilipendiado y odiado de la historia de los últimos siglos hispánicos, por encima, incluso, de generalísimos de panteón. Sí, habéis leído bien.

Pero lo cierto es que el séptimo de los Fernandos, a pesar de una política nefasta en muchos sentidos y un carácter de esos de «echarle a comer aparte», también tuvo muchos enemigos políticos, vivió en una época compleja previa a las guerras carlistas –las primeras «guerras civiles españolas» como tal, que causaron sus propias decisiones in extremis– y por supuesto en gran parte fue víctima de esa «leyenda negra» que tanto afea los reinados precedentes y a los personajes de mayor calado historiográfico.

Fernando VII (Wikimedia Commons)

Hablar de Fernando VII, de sus sinsabores, éxitos –que también los tuvo– y contradicciones, daría para tres tomos tamaño «El Libro Gordo de Petete», si no más, así que lo que haré en las próximas líneas es recomendar varios trabajos centrados en el personaje, de bastante calidad –unos más densos que otros, alguno meramente divulgativo–, para centrarme después en un aspecto puramente morboso, y también salpicado de ese oscurantismo legendaria de las crónicas de partidarios de un bando político o de otro; que al final, como seguimos escuchando a diario en RRSS, en los medios o entre nuestros conciudadanos, «todo es política»… «y dinero» añadiría –o la falta de él–.

Y ese aspecto puramente morboso no es otro que el del sexo y la alcoba, para amenizar un rato el exaltado panorama político actual que bien podría ser el de las intestinas luchas por el poder de los tiempos de Godoy, Carlos IV o el mismo Fernando VII, también con personajes egregios con escándalos en paraísos fiscales, amantes y contradicciones patrias.

Bueno, dejo de irme por las ramas, algo a lo que acostumbro, y a continuación marco varios de esos trabajos que me han parecido bastante interesantes sobre el personaje, su marco histórico y la impronta que dejó su legado monárquico:

–Hace ya bastantes años, en 2006, Fernando González Duro publicaba en Oberón Fernando VII. El Rey Felón, una biografía con gancho narrativo y facilidad lectora incluso siendo bastante rigurosa en cuanto a datos historiográficos. Casi un libro académico pero apto para todos los públicos y gustos que clarifica un personaje con más sombras que luces, pero de relevancia capital en el desarrollo historiográfico de la nación española. Todavía es posible adquirirlo en distintas webs.

–Recientemente, la editorial Almuzara, a la que dedicaré en breve una amplia entrada centrada en su apasionante colección sobre la Guerra Civil Española –de todos los colores e inclinaciones, auténticas rarezas bibliográficas–, publicaba un libro no centrado exclusivamente en Fernando VII, sino en la política en general, pero en él puede leerse un pasaje tan curioso como desconocido sobre su reinado: el llamado «escándalo de los navíos», el chasco que se llevó don Fernando cuando compró cinco bajeles al imperio ruso que al llegar a puerto español hacían aguas por todos lados –y que el mandatario y sus ministros ocultaron a la opinión pública, como es bien acostumbrado entre políticos tanto en tiempos pasados con en la más candente actualidad–; una estafa rusa en toda regla al gran imperio español que había luchado contra las tropas napoleónicas. El ensayo es obra del célebre divulgador histórico Alfred López (responsable del blog «Ya está el listo que todo lo sabe»), aquí tenéis el link para adquirirlo: http://almuzaralibros.com/fichalibro.php?libro=4443

–Y en 2018, Tusquets Editores, del Grupo Planeta, publicaba una monumental monografía del monarca absolutista: Fernando VII. Un rey deseado y detestado, del historiador Emilio La Parra, que mereció el XXX Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. Más densa y voluminosa que la de González Duro, no obstante es una biografía minuciosamente contrastada y documentada, plagada de fuentes, citas y documentos en muchos casos consultados por vez primera por el autor tras permanecer en el olvido durante siglos en archivos y bibliotecas varias, privándonos a los curiosos y a los historiadores de datos de no poca relevancia para entender el contexto de su época y de la propia figura borbónica.

Y ya vamos a la entrada en sí, que mira que me gusta enredar, como los viejos cortesanos: los escarceos amorosos del Rey Felón y sus escandalosos asuntos de alcoba. Por cierto, en relación a este punto y con un toque sensacionalista que hoy podríamos tildar de «retro» (por antiguo) o de «pionero», según se mire, por la fecha, es una de las joyas de mi biblioteca regia, el libro Las mujeres de Fernando VII, del Marqués de Villa-Urrutia, una joya publicada en Madrid en 1925 –dejo foto–. Si aún sois capaces de adquirirlo, y a un precio razonable, no me lo pensaría. Es un incunable.

Un rey Felón, y «Biendotado»

Ya he comentado que no vamos a entrar aquí en lo que hizo mal este Borbón, que fue mucho –y ahora que la dinastía en nuestro país no pasa precisamente por su mejor momento– pero sí en que demostró una gran virilidad para con el  sexo opuesto, al menos cuando aprendió a relacionarse con las mujeres, que no fue pronto ni de forma espontánea.

Fernando fue casado en primeras nupcias, a riesgo de malformaciones endogámicas tan propias de los soberanos, con su primera hermana María Antonia de Borbón Dos Sicilias, y cuentan que en su noche de bodas, cuando ambos contrayentes contaban casi 18 primaveras y estaban en el punto álgido de su juventud, el hijo de Carlos IV era un auténtico lego en técnicas amatorias; tanto, que no sabía qué hacer en el lecho, aparte de observar anonadado el cuerpo desnudo de su joven esposa y de manosearle reiteradamente, como dijo algún que otro cronista malicioso, «los turgentes pechos», que al parecer lamió con entusiasmo antes de sentarse y ponerse «a bordar zapatillas» que parece que era su hobby favorito (aunque este punto apesta a apócrifo).

Fernando VII (Wikimedia Commons)

En las noches siguientes, Fernando, estupefacto y con un ardor cada vez más incontrolable, seguía sin saber qué hacer y así estuvo al parecer varios meses hasta el punto de que su suegra, María Carolina de Austria –nada menos que hermana de la malograda María Antonieta– escribía en una carta a su embajador en Madrid, Santo Teodoro, sin escatimar en improperios, que: «Mi hija es completamente desgraciada. Un marido tonto, ocioso, mentiroso, envilecido, solapado y ni siquiera hombre físicamente (…)».

Más claro, agua. El tema llegó a tal punto que el confesor del príncipe de Asturias tomó cartas en el asunto y Fernando y el asunto de su alcoba eran el hazmerreír de las cortes europeas. Por fin, más o menos un año después del casamiento concertado, el joven e inepto soberano supo cuál era su cometido y dónde se encontraba la meta. Pero a pesar de conocer ya las mieles del amor conyugal, la vida de María Antonia de Borbón no era ni mucho menos fácil, pues la envidia de su suegra, María Luisa de Parma, amiga de Goya, de Godoy y de otros tantos cortesanos, hizo que la italiana permaneciera en un estado de semiencierro.

María Antonia de Borbón

Así, la desdichada llegó a escribir en una misiva que aún se conserva, para alegría de los divulgadores de la anécdota histórica, lo siguiente: «Aquí para todo hay que pedir permiso, para salir, para comer, para tener un maestro… creo que hasta para ponerme una lavativa tengo que pedir permiso». El odio era mutuo, pero no obstante la de Parma no tuvo que lidiar mucho tiempo con su nuera, pues en 1806 la princesa de Asturias fallecía a causa de la tisis, con tan solo 21 años.

Entretanto, el no muy compungido marido, Fernando, le había cogido gusto a eso del sexo y a su regreso a Madrid tras su exilio francés mantuvo relaciones con varias mujeres; parece ser que le encantaban las de «mala vida», como gustaban en llamar a las prostitutas en aquel tiempo, a las que perseguía acompañado de sus amigos de juventud oculto tras una capa cuando salía por las noches de palacio, recordando los devaneos de Felipe IV en el Madrid del Siglo de Oro, también embozado.

Entre bebidas espirituosas y cánticos tabernarios el grupo solía acabar en una mancebía una noche sí y otra también –que Tyrion Lannister ha tenido buenos maestros en la realidad histórica–, por lo general en la llamada casa de Pepa la Malagueña. Entonces, como si de adolescentes se tratara, parece que gustaban de enseñarse el miembro viril para ver quién lo tenía de mayor tamaño. Y es que parece que el mal llamado «el Deseado», bien podría haber sido tildado, al menos en lo que al tema se refiere, como «el Biendotado», pues la naturaleza regaló al monarca de la España revolucionaria un miembro de importantes dimensiones. Por eso no le importaba jugar a mostrarlo en público. Con los años, según las crónicas y avisos de la época, Fernando se hizo fabricar una almohadilla especial con un agujero en el centro para poder penetrar a María Cristina, su cuarta y última esposa, sin provocarle desgarros.

Mérimée

Y es que el escritor galo Prosper Mérimée, que viajaba con asiduidad a España por aquel entonces –y eso que las relaciones entre ambos países no eran lo que se dice muy amistosas–, contaba que el pene del monarca era «fino como una barra de lacre en su base y tan gordo como el puño en su extremidad»; casi una aberración, vamos, aunque grande.

Jactancioso y promiscuo

Aunque ya sabemos que Fernando tardó en ser un «semental», y además algo torpe, mantuvo numerosas aventuras con meretrices y todo tipo de amantes, entre ellas sonadas visitas a una viuda en Aranjuez y a los brazos de una moza en Sacedón. Algún que otro cronista pone en su boca estas palabras, dirigidas a alguno de sus amigotes nobles, bastante repelentes de ser ciertas, cosa que nunca sabremos: «Salen de mi alcoba seguras de que ningún hombre podrá darles el goce que han tenido conmigo. ¿Y sabes que es lo que más me gusta después del placer de poseerlas?, pues coleccionar los trapos en los que han dejado la prueba de su doncellez. Quizá este pasaje inspiró al genial Berlanga su personaje del Marqués de Leguineche (interpretado por Luis Escobar Kirkpatrick), devoto coleccionista de bello púbico, una pasión fetichista –y asquerosa– que parece encandiló también a Lord Byron.

Pero no me desviaré –una vez más– del tema principal. Como los asuntos de Estado tienen su peso, al no tener heredero, en 1816 Fernando se casó con la portuguesa Isabel de Braganza, de 19 años, poco agraciada físicamente «y que ni siquiera aportó dote». La pobre no pudo competir con las manolas y meretrices de taberna y murió apenas dos años después a causa de una malograda cesárea.

Isabel de Braganza (Wikimedia Commons)

Que venga la cigüeña

Fernando tenía ya 35 años, muy maltrechos por sus excesos nocturnos en época de precariedad sanitaria, y seguía sin heredero para la Corona. Así, decidió –o decidieron los suyos, más bien– pedir la mano de María Josefa de Sajonia, de tan solo 16. Hoy, por supuesto, habría sido tachado de depravado y pederasta, pero eran otros tiempos. En la noche de bodas, nuevamente, tuvo lugar una curiosa escena digna de la mejor obra satírica, o del peor de los cuentos de terror posmoderno: la joven esposa se negaba a entregarse carnalmente a su marido, que ya peinaba canas y sabía qué había que hacer debajo de las sábanas, quedándose con un buen calentón.

Ante la insistencia de éste de la necesidad de realizar el acto sexual para concebir un heredero, la inocente María Josefa le espetó que estaba indignada ante tamaño engaño, pues todo el mundo sabe «que a los niños los trae la cigüeña». Fernando hizo oídos sordos, siguió a lo suyo como buen zoquete y la pobre adolescente se meo encima, empapando al soberano, que salió de la alcoba gritando improperios por todo palacio por aquella improvisada y húmeda performance.

La situación continuó hasta que la joven María Josefa recibió una misiva del mismísimo Papa de Roma en la que éste le recordaba sus deberes conyugales y la necesidad de consumar el matrimonio. Ella, tan devota como frígida, se entregó desde entonces a los brazos de Fernando. Eso sí, no sin antes haber rezado religiosamente el rosario. Murió diez años después, sin darle al rey, una vez más, el ansiado heredero.

Cuarto y último asalto

Por ello, Fernando VII volvió a casarte ¡por cuarta vez!, ahora sí, con María Cristina de Borbón Dos Sicilias, la misma para la que preparó su singular almohadilla, que contaba 23 primaveras frente a las 45 decadentes de él. Entre problemas políticos cada vez más acuciantes para la nación, llegó el ansiado heredero: una niña, Isabel, por la que Fernando derogaría la llamada Ley Sálica y daría inicio, con el consiguiente enfado de su hermano y legítimo ascendiente al trono –según la legislación anterior, por lo que no era tan legítimo– Carlos María Isidro, a las guerras carlistas, una verdadera sangría premonitoria de lo que vendría en la Guerra Civil Española.

María Cristina

El personaje de María Cristina es poliédrico y muy interesante, a pesar de haber sido medido también por la injusta vara del chismorreo y el rumor malintencionado, tan querido de la villa y corte, por lo que lo más conocido de su persona fue el hecho de casarse tras la muerte de Fernando con un guardia de corps de nombre Fernando Muñoz tras haber asumido la regencia durante la minoría de edad de la Niña Bonita. Pero María Cristina mostró muchas más facetas y tenía una personalidad bastante más compleja. Para una visión más global y detallada de lo que realmente hizo, lejos de la anécdota histórica de este pasaje, el de una mujer que gobernó «contraviniendo la imagen de una reina piadosa, honrada y sumisa», recomiendo el libro que ha editado recientemente Ariel, María Cristina, Reina Gobernadora, de la autora Paula Cifuentes, que ya deleitó a los amantes de los enredos palaciegos con trabajos anteriores como Tiempo de Bastardos, una novela sobre Beatriz de Portugal que fue finalista del Premio de Novela Histórica 2007.

Para los que queráis ahondar en la pasión sexual desenfrenada de los Borbones y otros entretenimientos regios, con más pretensión de disfrutar que de acumular conocimientos académicos, podéis acercaros al nuevo y desternillante libro del periodista cultural del diario ABC César Cervera: Los Borbones y sus locuras, que acaba de publicar una de mis editoriales favoritas, La Esfera de los Libros.

Corto y cierro.

Óscar Herradón ©