Guns ‘N Roses: 40 aniversario

El monumental volumen firmado por Martin Popoff y publicado en castellano por Libros Cúpula es la crónica ilustrada de los angelinos, cuarenta años de excesos, genio y autodestrucción.

Óscar Herradón ©

A los habituales del Pandemónium no hace falta que les diga lo importantes que han sido los «Guns» en mi vida; al resto, solo decir que hay pocas bandas de rock tan inmensas y a la vez controvertidas, amadas y odiadas casi a partes iguales. Y el mejor homenaje que podrían tener en forma de libro los fans con motivo del 40 aniversario de su fundación (cuatro décadas, ahí es nada) es este libro firmado por el periodista y crítico musical canadiense Martin Popoff y editado en castellano con mimo por Libros Cúpula, que tiene en su catálogo otros títulos del mismo autor: Kiss. 50 aniversario, The Who & Quadrophenia y Pink Floyd.

Publicado originalmente por Motorbooks dentro de la serie que ya ha dedicado volúmenes a Alice Cooper, Ozzy, Van Halen, AC/DC o Rush, este tomo de tapa dura de 191 páginas ajusta cuatro décadas de la banda de Axl Rose y Slash a cuarenta capítulos, uno por cada hito que marcó su trayectoria, acompañados de fotografía de escenario y de backstage, memorabilia y un póster desplegable con una cronología completa de la banda. Popoff, autor canadiense afincado en Toronto con más de cien libros publicados sobre rock duro y heavy metal –entre ellos volúmenes sobre Rush, The Clash, Led Zeppelin, Bowie y AC/DC, además de los citados publicados en gran formato por Cúpula–, y por tanto más que versado en la materia, firma aquí una obra que no pretende ser la biografía definitiva de Guns N’ Roses, sino un álbum de familia narrado con oficio.

Del garito al estadio

El planteamiento es sencillo y funciona precisamente por su sencillez: cuarenta capítulos para cuarenta momentos clave, desde los orígenes de la banda en el Sunset Strip angelino hasta su condición actual de maquinaria de festivales. Metal-Rules.com describe la obra como un retrato entretenido y bien resuelto de la banda, que recorre su transformación desde el grupo callejero y agresivo de los años ochenta hasta el gigante que hoy llena estadios en sus giras esporádicas. El mismo texto apunta, eso sí, una carencia relativa de testimonios directos de los propios músicos, compensada con entrevistas puntuales y un extenso repaso a su álbum debut, el inmortal e influyente Appetite for Destruction, con su primer hit, «Welcome to the Jungle», al que los catapultó: «Sweet Child o’ mine», y otros temas convertidos en himnos desde hace décadas como «Paradise City», que desde siempre ha sido el broche final de sus largos y vibrantes directos. 

Uno de los mayores atractivos del libro son precisamente entrevistas en primera persona con dos bajistas que vivieron la banda desde ángulos muy distintos, Duff McKagan y Tommy Stinson, quien ocupó ese puesto durante buena parte de la etapa post-clásica. El libro reconstruye la formación y los primeros años del grupo, sus actuaciones más determinantes, los discos que cambiaron las reglas del juego, colaboraciones destacadas, la cara más oscura de los conflictos empresariales y personales, y las tensiones internas que fueron minando y rehaciendo la alineación a lo largo de los años.

Entre el mito y el archivo

El sitio That Eric Alper subraya el tono narrativo del volumen, alejado de la mera acumulación cronológica de datos y fechas: plantea que el libro no se limita a enumerar discografía e hitos, sino que construye un relato desatado y sin concesiones de la trayectoria del grupo. El volumen incluye semblanzas de los cinco miembros originales –Axl Rose, Slash, Duff McKagan, Izzy Stradlin y Steven Adler–, detalles de las sesiones de estudio y de los incidentes más sonados, además de un repaso a los cambios de formación y a las reuniones que los fans llevaban años esperando. 

La banda nació en 1985 de la fusión de dos formaciones del circuito del Sunset Strip, Hollywood Rose y L.A. Guns, y adoptó el nombre combinando ambas denominaciones. Los cinco integrantes originales –Bill Bailey, Saul Hudson, Michael McKagan, Jeffrey Isbell y Steven Adler– se rebautizaron como W. Axl Rose, Slash, Duff McKagan e Izzy Stradlin; solo Adler conservó su nombre real.

La revista Louder recogió en su momento el testimonio del propio Adler sobre la génesis de Appetite for Destruction, grabado en Rumbo Recorders en agosto de 1986 bajo la producción de Mike Clink: el batería describió a la formación clásica como una hermandad que vivía, comía y compartía todo, y defendió que reunir a cinco músicos capaces de generar ese tipo de magia colectiva es extraordinariamente raro. Según su relato, el material del disco surgió directamente de las experiencias compartidas por el grupo, incluida su vida en la calle antes de firmar con Geffen Records, sello que terminó ganando la puja por ficharlos en 1986 al ofrecerles la libertad artística que buscaban.

La portada original del álbum, pintada por Robert Williams y titulada igual que el disco –con un robot que acaba de cometer una violación–, resultó tan polémica que las principales cadenas de tiendas se negaron a exhibirla, lo que obligó a Geffen a sustituirla por la imagen de la calavera con las cruces, hoy tan icónica como la original. Publicado el 21 de julio de 1987, Appetite for Destruction se convirtió con el tiempo en el álbum debut más vendido de la historia en los Estados Unidos, con más de treinta millones de copias en todo el mundo, y su vídeo de «Welcome to the Jungle» marcó un antes y un después al entrar en la rotación de MTV en 1989, el espaldarazo televisivo que terminó de lanzar a la banda al estrellato masivo.

Guns N’ Roses: 40 aniversario no aspira a sustituir a las biografías exhaustivas del grupo, esas que dedican cientos de páginas a diseccionar cada disco y cada escándalo. Su ambición es otra: ofrecer una vista panorámica, vistosa y bien documentada, pensada tanto para quien vivió la era de Appetite en directo como para quien descubrió «November Rain» en una plataforma de streaming treinta años después. Y deleitar a la vez con ello al fan incondicional –y lo hace, os lo aseguro–. Como retrato ilustrado y accesible de cuarenta años de una de las bandas más influyentes y erráticas del rock, es un diamante en bruto: lo mejor para que «no llores esta noche, nena».

Y por otro lado, ahora que los Guns están nuevamente de moda (siempre lo han estado a lo largo de cuatro décadas, incluso en las largas ausencias del inconstante pero genial Rose) y de gira, Alianza Editorial publica un nuevo título del periodista musical Jesús Casañas dedicado a los angelinos que enseguida reseñaremos en el Pandemónium. Sayonara, Baby!

Héroes del Silencio. La chispa adecuada

El periodista musical Jesús Casañas publica en Alianza Editorial la biografía no autorizada de Héroes del Silencio, probablemente la más grande banda de rock que tuvo nuestro país, un libro sobre el grupo comandado por Enrique Bunbury de 1984 a 1996, que analiza su discografía disco a disco, canción a canción. ¿Preparados para la Avalanchaaa?

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Casañas se sumerge también en las armonías, letras, arreglos y producción de cada tema. Una doble vocación de crónica y análisis musical que distingue este trabajo de la enésima biografía de fan. El autor no es un recién llegado al oficio. Periodista y músico, licenciado en Economía y Periodismo, empezó a escribir sobre rock en 2006 en la revista Rock Estatal, de la que llegó a ser coordinador, y hoy firma en la decana Mondo Sonoro; antes de Héroes ya había publicado una biografía de Extremoduro, y a este le ha seguido Metallica: Nos veremos en el infierno, también publicado por Alianza y que reseñamos recientemente en el Pandemónium. Ese oficio se nota en la solidez documental del libro, aunque también arrastra el vicio de quien escribe para el lector ya convencido: da por sabidas muchas cosas que un lector no iniciado agradecería ver explicadas, quizá, con más calma. Pero es el único pero.

El libro organiza la historia del grupo capítulo a capítulo, álbum a álbum, desde el trío original (1984-1986) hasta Nunca fue tan breve una despedida (1995/1996), y cierra con una minibiografía de Enrique Bunbury a título de epílogo. La estructura funciona bien como armazón cronológico, pero es también la anécdota fundacional la que mejor resume el espíritu del libro: Héroes del Silencio nació en Zaragoza en 1984 como Zumo de Vidrio, formado por el guitarrista Juan Valdivia junto a su hermano Pedro y un primo, con Bunbury incorporado inicialmente como bajista. La leyenda –que Casañas recoge y contextualiza– cuenta que Valdivia decidió convertirlo en cantante después de escucharle interpretar una canción de David Bowie; un año después el grupo cambió de nombre y, tras quedar segundos en un concurso en Salamanca, llamaron la atención del productor de EMI Gustavo Montesano, que los firmó tras verlos en directo en la sala En Bruto de Zaragoza. Es el tipo de episodio fundacional que toda banda necesita y que el libro narra con oficio.

Una rock-band internacional

Donde el libro gana enteros es en el tramo internacional de la carrera, el menos conocido para el público español medio. Senderos de traición (1990) lo produjo Phil Manzanera, guitarrista de Roxy Music y fan confeso del grupo, y la gira posterior llevó a Héroes hasta México –donde conocieron al guitarrista Alan Boguslavsky, que terminaría integrándose en la banda– y hasta Alemania, donde una actuación en un concierto benéfico de Rock Against Racism les granjeó una legión de nuevos seguidores. El disco fue certificado triple platino en España y alcanzó el platino en Alemania y Suiza, un dato que sitúa a Héroes en un lugar casi único: el de banda hispanohablante capaz de vender en mercados no hispanos. El crítico angloparlante de AllMusic lo resume sin sentimentalismo alguno, calificando al grupo como una banda española cuyo virtuosismo e innovación impulsaron el resurgir del rock en español, un juicio que Casañas comparte pero que en el libro llega también recubierto de –merecida– épica.

Cómic de Héroes del Silencio actuando en Madrid en 1993, con público y texto: “HÉROES DEL SILENCIO”, “EL ESPÍRITU DEL VINO”, “YEEEEAHHH!!”, “ROCK!!”, “¡¡HÉROES!!!”, “¡AVALANCHA!”
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El clímax narrativo, inevitablemente, es Avalancha (1995), grabado en Los Ángeles con Bob Ezrin –productor de Pink Floyd y Alice Cooper– y con Boguslavsky ya coescribiendo temas. Los sencillos «Iberia sumergida» y «La chispa adecuada» encabezaron las listas españolas, y el tema título entró en rotación alta en MTV Europe; el disco debutó número uno en España y desató una gira de dieciocho meses y más de ciento cincuenta conciertos que, según reconoce el propio libro publicado por Alianza, terminó de desgastar a un grupo ya exhausto y en conflicto interno. El vídeo de «La chispa adecuada» fue elegido vídeo del año en los Billboard Latin Music Awards de 1996, la misma temporada en que la banda se disolvía. Ese contraste –el éxito comercial más alto coincidiendo con la implosión– es el mejor material dramático del libro, y Casañas lo sabe aprovechar con maestría. 

El epílogo está dedicado, como señalamos, a Bunbury. No podía ser de otra manera teniendo en cuenta la trayectoria de 30 años en solitario del cantante y compositor, muchísimo más longeva que la de los propios Héroes, con 15 discos de estudio. El volumen viene además ilustrado y acompañado de una playlist en Spotify (donde ahora la mayoría, reconozcámoslo, escuchamos la música; la era del streaming por mucho que nos gusten los surcos de los vinilos) y una selección de vídeos comentados en YouTube. El resultado es un productor realizado por el buen periodista musical, fiable, bien documentado, generoso en datos de ventas y giras. Aunque habríamos querido saber algo más sobre la verdadera causa de la disolución de los Héroes en el momento más alto de su carrera, como retrato de una década de rock en español contada con rigor de archivo, Héroes del Silencio. La chispa adecuada cumple sobradamente su función de libro de referencia.

Iron Maiden, 50 años de la Doncella

En conmemoración del medio siglo de existencia de una de las bandas de rock y heavy metal más legendarias de la historia, Libros Cúpula publica en castellano el mejor homenaje en forma de libro que podía hacerse a la «Dama de Hierro»: Iron Maiden. Infinite Dreams.

Óscar Herradón ©

Vi a los Iron Maiden por primera vez un lejano junio de 1999 en un sitio que recibiría numerosas críticas por su acústica pero que estaba a apenas 10 minutos andando de la casa de mis padres, mi hogar entonces: La Cubierta de Leganés, en el marco de la gira The Ed Hunter Tour. Fueron teloneados por otros grandes, en este caso del trash, Megadeth, que no estaban en su mejor momento. Y aunque a los que ahora son veinteañeros aquello pueda parecerles el Pleistoceno –y lo era, ni siquiera habían nacido, y un servidor apenas tenía 19 añitos– la banda británica ya tenía una larga solera. Los vi cuando ya habían pasado sus años dorados, de Killers a Fear of the Dark, pero seguían teniendo una garra, una energía, una determinación y una complicidad con el público que envidiarían Bad Bunnies y Quevedos (y no hablo del insigne autor de nuestro Siglo de Oro). Y con 19 años uno vive las cosas con mayor intensidad. Es lógico.

Entonces faltaban unos meses para que lanzaran su disco más progresivo hasta el momento, Brave New World, tras un largo impasse en el que la banda había vivido la salida de Bruce Dickinson, su cantante más emblemático y frontman actual, tras dos discos en los que se encargó del micro Blaze Bailey: The X Factor (1995) y Virtual XI (1998), y su esperado –y acertado– regreso. Una etapa rara –no mala, ojo–, pero rara, casi insólita. Curiosamente, para profanos, los Maiden no comenzaron con Dickinson al micro, sino con el controvertido y también genial Paul Di’Anno, que estuvo en los dos primeros discos de estudio de la banda, el homónimo Iron Maiden, de 1980, y Killers, de 1981, y que falleció en 2024 tras una vida llena de excesos.

Y tras aquel impasse de mediados de los 90 volvieron los Maiden clásicos, y aquel chaval de entonces 19 años, loco de un amor no correspondido que le traería de cabeza durante demasiado tiempo (cosas de la inexperiencia y de la idealización juvenil), quedó eclipsado ante su magnanimidad. Han pasado 27 años de aquello, ¡27!, y los Iron Maiden siguen, como unos Rolling del metal, girando alrededor del mundo y publicando discos de estudio (el último, Senjutsu, de 2021), algo que muy pocas bandas del rock han conseguido, salvo los Rolling –que llevan más de 60, ahí es nada, y han publicado su último disco de estudio, Foreign Tongues, el 10 de julio de este mismo 2026–, AC/DC y algún otro, seguidos de cerca por otros monstruos del heavy metal británico, Judas Priest y su líder, Rob Halford, 50 años en el podio de los acordes eléctricos.

Sueños infinitos

Ahora, en conmemoración de los 50 años de fundación de la banda que lo cambiaría todo en el llamado NWOBHM (New Wave of British Heavy Metal, un movimiento surgido precisamente en Inglaterra a finales de los 70 y en los que brillaron junto a otros grupos como Judas Priest o Saxon), y mucho más allá, Libros Cúpula publica en castellano el libro de los libros de la Doncella: Iron Maiden. Infinite Dreams, que cuenta ahora también con una edición limitada no apta para todos los bolsillos.

El volumen, publicado originalmente por Thames & Hudson para conmemorar el cincuentenario de la banda, es un libro de gran formato –25 x 33 centímetros, 352 páginas de papel satinado cosidas en lugar de encoladas y en tapa dura, con una profusa parte gráfica, y un peso considerable– concebido desde el principio tanto como artefacto para fans como documento memorístico. El resultado es uno de los libro de rock más completos y mejor ejecutados de los últimos años que ningún fan que se precie de la «Doncella» puede perderse.

La elección del título no es arbitraria, Infinite Dreams, pues alude a la permanencia de un proyecto creativo que, a diferencia de la mayor parte de sus contemporáneos del heavy metal de los ochenta (salvo Judas Priest, insisto), no se ha limitado a sobrevivir sino que ha seguido produciendo obra relevante. Es asimismo el título de una de las canciones de uno de sus discos de estudio más laureados (y uno de los favoritos de quien esto suscribe), lleno de referencias mágico-diabólicas y contenido esotérico: Seventh son of a Seventh Son, lanzado en 1988, ¡hace casi 40 años!

Como señala el periodista musical Nick Ruskell en la revista referente británica Kerrang!, el hecho de que la etapa post-retorno de Bruce Dickinson –iniciada, como digo, en 1999– represente ya más de la mitad de la historia total de la banda habla por sí solo de la singularidad del fenómeno Iron Maiden dentro del rock de estadios (de una banda que comenzó en pequeñas salas y con pocos seguidores allá por finales de los 70 en una Inglaterra contestataria y en pleno cambio que curiosamente no tardaría en ser gobernada por la conservadora Margaret Thatcher, apodada «la Dama de Hierro», ¿casualidad?).

El número total de ilustraciones de este colosal volumen al nivel de la producción de la banda que lleva cinco décadas girando por todo el mundo es de nada menos que 1.024, realmente una «Historia Visual Oficial» en su máxima expresión. Además, a diferencia de la mayoría de bibliografía sobre los Maiden, que carece de la cooperación y aprobación del grupo británico, esta obra accede a la colección personal de fotografías y artefactos de los propios miembros, mucho de ello material inédito, y en lugar de recurrir únicamente a citas publicadas con anterioridad, recoge nuevos testimonios e interpretaciones de su ambicioso proyecto eléctrico.

Por ejemplo, el prólogo es de Steve Harris, su emblemático bajista y miembro fundador, el único integrante de la banda que ha estado presente en todos y cada uno de sus discos. El epílogo es del cantante, Bruce Dickinson (un tipo multifacético de una inteligencia proverbial y habilidad especial en distintas áreas: es piloto, esgrimista, empresario, literato, historiador, y mucho más, y por supuesto uno de los grandes frontmans del heavy metal de todos los tiempos), quien lo llama burlonamente un «prólogo al revés».

Infinite Dreams se organiza en cuatro grandes secciones cronológicas que coinciden con las etapas definidas por los cambios de formación, un criterio narrativo sin duda eficaz que permite navegar el libro («I see the ghost of navigator», los fans me entenderán) desde su propia relación con la banda. La primera sección, Burning Ambition 1975-1982, cubre los años fundacionales y la era Paul Di’Anno. Entre los objetos más impactantes figura la cazadora de cuero del vocalista con la primera camiseta oficial del grupo dentro, así como una carta manuscrita del cantante a Steve Harris en la que le sugiere buscar un nuevo vocalista, todo un incunable. El propio bajista recuerda: «Paul era un tipo difícil, pero tenía talento. Con él fue una montaña rusa».

Masked metal performer raising a flaming axe before a cheering concert crowd
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La segunda sección, Where Eagles Dare, 1982-1988 (que toma su título de la canción que abre otro de sus grandes discos de estudio, Piece of Mind), es la más extensa y abarca el período de mayor esplendor comercial y artístico de la banda. Especialmente fascinantes son las páginas dedicadas a la portada Somewhere in Time: hay un primer plano del Eddie cyborg de la cubierta delantera, y en la página siguiente aparece un dibujo preliminar en blanco y negro junto a una versión terminada temprana en color. Y es que las portadas de Iron Maiden son tan legendarias como sus propias composiciones. El artista Derek Riggs (creador de la inmortal mascota del grupo, Eddie) recuerda sobre el proceso de creación de Somewhere in Time que «la pintura tardó dos meses y medio, pero tuve que parar una semana en medio… Me quedaba sentado mirando el cuadro, soñando adónde iban sus personajes y qué hacían. Puedes volverte loco».

La tercera sección, The Edge of Darkness, 1988-1999, aborda la salida de Dickinson y el período con Blaze Bayley al micro. La marcha de Bruce se reconoce y se cubre brevemente, pero no se explora ni se explica en profundidad; el propio cantante reconoce: «Mi decisión de irme: podrías señalar muchas pequeñas cosas, ninguna de las cuales fue realmente decisiva». El caso es que volvió, que es lo importante, y no porque su sustituto fuera un mal cantante. El batería, el emblemático Nicko McBrain analiza sin contemplaciones aquella etapa: «La era Blaze de Maiden tuvo grandes momentos, pero también muchos que no lo fueron… Blaze tuvo dificultades», y las ventas durante aquella era fueron bajas. No siempre se puede estar en el Olimpo del rock, pero regresarían… 

La sección final, A Brave New World 2000-, sin cierre definitivo (esperemos que por mucho tiempo), documenta el retorno de Dickinson y el guitarrista Adrian Smith y los cuatro discos de estudio más recientes, hasta culminar con la retirada de Nicko McBrain y la gira del cincuentenario. Toma el nombre del disco que lanzaron a comienzos del nuevo milenio (hace ya 26 años) que iniciaba una nueva era y tomaba a su vez el título de la novela distópica de Aldous Huxley, traducida al castellano sin mucho acierto como Un Mundo Feliz.

La legendaria publicación británica Kerrang! sitúa el libro en la misma lógica de la grandiosidad calculada que las propias giras de la banda: al igual que sus históricos directos, el monumental volumen es la mejor versión posible de lo que semejante objeto puede ser, «repleto de suficiente material para entusiasmar incluso a los más curtidos». Larga vida a la Doncella.