Halloween: cuando los muertos están entre nosotros (I)

En plena celebración del Samhain celta, recordamos en este post unas cuantas curiosidades, algunas realmente increíbles, sobre lo que esconde una festividad «siniestra» que de una y otra forma se celebra en casi todos los rincones de un planeta cada vez más dañado –y no precisamente por espíritus de ultratumba–.

Óscar Herradón ©

Ir de puerta en puerta, vociferando y haciéndose con regalos, era la práctica druida previa a las grandes fogatas, aunque esta práctica tan común hoy en los EEUU y otros países anglosajones, y cada vez más implantada en todo el mundo, también parece estar relacionada con el concepto católico del purgatorio y la costumbre de mendigar un «ponqué» o pastel de alma –soul cake– (aunque me quedo con los «huesitos de santo» que en España, junto a los buñuelos, nos acompañan desde nuestra más tierna infancia).

La costumbre de la burla –Trick– en Halloween, está relacionada de nuevo con la creencia de que los espíritus y las brujas hacían un daño esa noche especial desde tiempos pretéritos. Por ello, se creía que si el vivo no proveía comida o dulces –treats– a los espíritus, entonces éstos se burlaban de él. Las gentes creían que si no se honraba a los espíritus, podrían sucederles terribles desgracias; asimismo, los druidas estaban convencidos de que al fracasar adorando al Señor de la Muerte sufrirían desastrosas consecuencias.

De hecho, los sacerdotes celtas iban de casa en casa demandando todo tipo de comidas extrañas para su propio consumo y como ofrenda tras el Festival de la Muerte. Si las gentes se negaban a sus demandas, les hablaban sobre una maldición demoníaca que caería sobre su hogar: en el transcurso del año, alguno de los miembros de la familia moriría…

Así, en la actualidad los niños, cuando llaman a tu puerta y reclaman ese «Truco o trato» sugieren que si no les dan un dulce, te jugarán una mala pasada, una suerte de amenaza velada como en el antiguo Samhain.

La linterna de Jack

Los inmigrantes irlandeses que desembarcaron en la isla de Ellis, en Nueva York, EEUU, llevaron consigo algunas de sus tradiciones y las extendieron por aquellas tierras tomando la forma de leyendas y cuentos populares. Uno de los más singulares de Halloween es la historia de Jack O’Lantern. Cuentan que éste era un hombre ruin y malvado, aficionado a la bebida –y no precisamente la Casera– y bastante retorcido, que siempre lograba salirse con la suya. En una ocasión, el diablo se le apareció para reclamar su alma, pero el mezquino Jack engañó al maligno: le pidió que se convirtiera en unas monedas para pagar su último trago. Cuando el diablo se introdujo en su bolsillo, Jack metió una cruz de madera y lo atrapó, obligándole a darle diez años más de vida.

Pasada una década, el diablo volvió para cobrar su deuda, pero, como debía cumplir siempre la última voluntad de una persona para sesgar su alma, Jack le pidió que trepara a un manzano y le trajera el fruto que se hallaba más alto de todos. Cuando el maligno estaba en lo más alto, O’Lantern grabó una cruz en el árbol y lo rodeó con pequeñas cruces de madera, atrapando de nuevo a su anfitrión. La exigencia del retorcido Jack fue que esta vez dejase su alama para siempre.

Sin embargo, al final el destino le devolvió el golpe: al morir, el espíritu de Jack fue expulsado de los cielos por sus múltiples pecados. Entonces, buscando refugió bajó a los infiernos para convencer al diablo de que lo acogiese. Pero éste no había olvidado su afrenta: le recordó que no podía poseer su alma y lo expulsó de allí. Cuando abandonaba el infierno, comiéndose un nabo, el diablo le arrojó unas brasas que no dejarían de arder. Jack las introdujo en el nabo y desde entonces vagó por la tierra con su «linterna de Jack», buscando reposo. Con el tiempo, los nabos que usaban también los druidas serían sustituidos por calabazas, debido al excedente de esta hortaliza en el Nuevo Mundo, hasta el día de hoy.

Otra versión de la historia apunta que Jack se negó a ayudar a obtener los ingredientes para preparar una sopa de Halloween a una bruja y ésta, como castigo, le impuso una maldición: una calabaza gigante lo engulló y desapareció para siempre, mientras la hortaliza adoptaba rasgos similares al rostro humano. Es posible también que la calabaza hueca se hubiera originado por la costumbre de las «brujas» de llevar una calavera con una vela encima para iluminar el camino hacia el aquelarre.

Dubravka Ugresic: la diosa croata de las letras

Es una de las más importantes escritoras europeas contemporáneas, y aún así su nombre no es común entre el gran público. Gracias a la editorial Impedimenta, podemos disfrutar en castellano (más bien deleitarnos, sobrecogernos) con gran parte de la obra de esta croata nacida en 1949 en Kutina y cuya biografía está salpicada de sobresaltos y tragedias, entre ellas la terrible desintegración de la antigua Yugoslavia. Su trayectoria vital, no obstante, la fortalece, y su obra claramente trasciende lo literario para convertirse en ARTE con mayúsculas.

Por Óscar Herradón ©

Impedimenta ©

Decir que Impedimenta es una de las pequeñas/grandes editoriales de literatura de nuestro país es quedarse corto. Con un catálogo de infarto que cubre las expectativas de todo apasionado de la literatura contemporánea y moderna (de géneros que abarcan desde el drama rural al noir, del thriller a la fantasía gótica, del terror de nuevo cuño a la novela costumbrista), llevo años devorando sus libros y reseñando algunos de los más notables en las páginas tanto de la desaparecida revista Enigmas como de su prima hermana Año/Cero, donde, aun echando de menos seguir formando parte del staff (la dichosa crisis del kiosco) continúo mes a mes dando forma a la sección de novedades literarias, una extensión en papel de las inquietudes que configuran «Dentro del Pandemónium».

Bien, para aquellos que no han tenido ocasión, por la razón que sea, de leer dichas recomendaciones en las revistas o que quizá no conozcan la editorial, pues son muchas y numerosos los libros que salen cada año, y trayendo a colación el viejo refrán de «nunca es tarde si la dicha es buena», propongo la lectura de los trabajos de una de las últimas apuestas de Impedimenta, apuestas en ocasiones no poco arriesgadas en relación a lo que un grueso del público suele demandar. La apuesta en cuestión es la autora croata Dubravka Ugresic (escribo así su nombre por carecer de la tipografía del Alfabeto de Gaj), una de las voces más originales (e inclasificables) de la narrativa europea actual.

Dubravka Ugresic (Wikipedia)

En 2013, con la publicación de su libro Europe in Sepia (Europa en Sepia), Ugresic describía así su intensa y nada amable vida: «Una mezcla caótica en la que se juntan una infancia socialista, la desintegración de Yugoslavia, una guerra civil, nuevos pasaportes e identidades fracturadas, traiciones, exilio y una nueva vida en un país de Europa occidental». Es probablemente la más grande escritora croata contemporánea y aún así se ha visto obligada a vivir en el exilio (actualmente reside en los Países Bajos). Éstas son sus últimas obras publicadas por la editorial y que recomendamos con devoción casi febril en este blog.

Zorro: cómo se crean los cuentos

En 2019 Impedimenta publicó Zorro, un juego de espejos en el que Ugresic cautiva al lector jugando con la ficción y la no ficción, llegando a confundir a éste sobre qué es qué. En la sinopsis del libro podemos leer: «La gran obra de Ugresic es una incomparable aventura autoficcional que sumerge al lector en un laberinto literario para reivindicar el poder de los relatos. Todo un artefacto complejo y oscuro que conjuga pasión, humor y erudición, de la mano de una de las voces más importantes del panorama europeo actual».

Una mirada directa a eso que nos da tanto miedo en Occidente: la muerte. Algo omnipresente y cotidiano que, sin embargo, intentamos omitir de nuestro discurso. Una obra poliédrica e imposible de clasificar en un género (pues trasciende la novela, y es en parte relato periodístico, fábula, libro de viajes, ensayo…) en la que a partir de su propia y tormentosa biografía, la autora desarrolla un reflexión intensa y profunda sobre los lazos que unen la vida y la muerte, y éstos con la propia literatura, tan relevante en su existencia. Para ello, toma prestada una idea del escritor ruso Boris Pilniak, en cuya obra Un cuento sobre cómo se crean los cuentos, aparece la figura del zorro como «el dios de la astucia y la traición (…) El zorro es el dios de los escritores». Un zorro silente y astuto que sirve de sutil hilo entre las seis partes que conforman la narración, partes aparentemente independientes de una matrioska de papel que hay que ir desmontando no sin dificultad.

Ugresic plasma el mundo de los adultos (por contraposición al de los niños, el mundo de los cuentos), hostil y cruel, erosionante de la libertad creativa e ideológica, y lo hace sutilmente uniendo la intolerancia del totalitarismo de principios del siglo XX (el comunismo que tanto daño haría a su Croacia natal, pero también el fascismo y el nazismo), el nacionalismo llevado a su máxima expresión que desembocaría en Los Balcanes en la terrible guerra de la década de los noventa (episodio que marcaría la vida de la autora y por extensión su obra, pues no puede ni quiere desligarla de ella); y el neofascismo que como un fantasma del pasado revitalizado recorre el Viejo Continente, amenazando con desestabilizar las instituciones democráticas en una suerte de eco siniestro de viejos odios que reverberan.

Nabokov

La narradora intentará dar respuesta a la única pregunta del texto: ¿cómo se crean los cuentos? Y para ello irá de EEUU a Japón, pasando por Rusia, Italia y Croacia (siempre Croacia) y sus páginas están salpicadas de una amalgama de escritores con autobiografías secretas, de artistas laureados gracias a sus viudas, de romances marcados por la irrupción de la guerra y de niñas que convocan con unas pocas palabras todo el poder de la literatura. Nabokov, Pilniak, Tanizaki… el colectivo futurista soviético Oberin (donde la autora hace patente el tópico de «no es oro todo lo que reluce»)… Conferencias, clases y entrevistas. Y juego, sobre todo, en un brillante rompecabezas a través del que da pistas (o despistes) al lector, con la imaginería del zorro como sutil nexo de unión y que conjuga vivencias, reflexiones y mucha creación (invención) literaria, invitándonos a explorar la engañosa y difusa frontera que existe entre la realidad y la ficción. Como la vida misma.

La bruja como reivindicación de la feminidad

En Baba Yagá puso un huevo (publicada originalmente en 2009 y editada en castellano por Impedimenta en 2020 con una portada alucinante), Ugresic se centra, a través de los ojos de una antropóloga, en la figura de la bruja que da nombre a la novela y que conocerán bien los seguidores de Mike Mignola y el Universo Hellboy. Baba Yagá es una figura de gran popularidad en la mitología eslava y sirve a la autora para evidenciar el papel sometido de la mujer en la sociedad, a la vez que para reivindicar el arrojo y el tesón de lo femenino en una sociedad claramente patriarcal, con muchos lazos con la actual Croacia, donde los valores tradicionales –en el peor sentido– han relegado a la autora prácticamente al ostracismo en su patria. Una suerte de empoderamiento a través de la magia y la fantasía que sustentan parte de la identidad de las antiguas sociedades matriarcales.

Ugresic, con evidentes trazos autobiográficos, escribe acerca del personaje para situar –y denunciar– el papel de la mujer en la escena cultural: «Las artistas son Baba Yagás, aisladas, estigmatizadas, separadas de su entorno social (viven en los bosques o en su linde) y solo pueden basarse en sus propias facultades. Su papel, como el de Baba Yagá en los cuentos, es marginal y constreñido». Sin embargo, la expresión metafórica de que «Baba Yagá puso un huevo» tiene un trasfondo esperanzador: alude a la creatividad de la mujer, que finalmente aflora.

En el relato se evidencia una constante en su obra: el desarraigo a causa del desplazamiento territorial (primero por culpa de la guerra y la desintegración de la antigua Yugoslavia, luego por la censura y la incomprensión), lo que no impide a la autora seguir escribiendo. Su pasión. No en vano, en Pose para Prosa (1978) comenzaba con una frase de su admirado Gabriel García Márquez: «Escribo para ser amado».

Según la tradición eslava, Baba Yagá es una anciana huesuda y de piel arrugada, con la nariz azul y dientes de acero. Posee una pierna normal y otra de hueso, por lo que se la conoce también como «Baba Yagá Pata de Hueso», extremidades que representan una al mundo de los vivos y la otra al de los muertos, por los que deambula solitaria y ávida de destrucción (aunque no es un ser completamente demoníaco). Se alimenta de carne humana, generalmente de niños, y vuela sobre un almirez (o una olla, depende de la versión) y rema el aire con una escoba plateada.

Imagen de la Baba Yagá en la película Hellboy (2019)

Vive en una choza que se levanta sobre dos enormes patas de gallina que le sirven para desplazarse por toda Rusia, poderosa imagen que recuperó Mignola en sus cómics sobre el demonio rojo, plagados de referencias ocultistas, folclore exótico y supersticiones ancestrales. Es un personaje tan rico en matices y tan fascinante para quienes amamos la antropología y los mitos que no tardará en volver a aparecer «Dentro del Pandemónium».

En la sinopsis podemos leer: «Ancianas, esposas, madres, hijas, amantes, confluyen en Baba Yagá. A caballo entre la autobiografía, el ensayo y el relato sobrenatural, su historia se convierte en un tríptico apasionante sobre cómo aparecen y desaparecen las mujeres de la memoria colectiva». Un discurso que de plena –y necesaria– actualidad.

La Edad de la Piel

Y recientemente Impedimenta publicaba la última obra de Ugresic, una colección de punzantes ensayos: La Edad de la Piel, una nueva delicia para la vista y el tacto. En este nuevo libro, donde se dan la mano referencias culturales contemporáneas, la música deportiva, los tatuajes y la mortificación de la carne, la croata aborda los sueños, las esperanzas y nuevamente los miedos a los que ha de enfrentarse el individuo de nuestro tiempo (todos nosotros, y por supuesto la narradora, que no puede desligar su trayectoria vital del relato). Reflexiona acerca del nacionalismo (el colapso que experimentó Yugoslavia) el crimen y la política, y desde luego, teniendo en cuenta su agitada biografía, es una voz más que autorizada para ello.

La editorial define así este nuevo y fascinante trabajo de pura literatura: «Una tan extraña como inteligente combinación de ironía, mordacidad, compasión y agudeza recorre estos hermosos ensayos que son a la vez profundamente relevantes. Dubravka Ugresic nos lleva con suma elegancia hacia las claves que nos permiten interpretar el presente: desde La La Land al cadáver de Lenin».

A los elementos antes citados podríamos añadir una gran cantidad de referencias culturales, entre ella El Planeta de los simios… y en todas sus páginas está presente el humor y la experiencia vital. Y penetra de lleno en las zonas pantanosas, por las que, como señala The Independent, Ugresic «avanza por ellas desde la seguridad y la libertad», zonas oscuras por las que otros escritores no osarían adentrarse. Una mirada valiente y atrevida con la que adquiere una perspectiva humanista y retrata «a aquellos personajes icónicos del antiguo bloque del Este», y que, para bien o para mal, cambiaron la historia del siglo XX y el mundo en el que vivimos hoy. Un canto atrevido a la libertad de la creación y del creador como demiurgo, alejado de los clichés y los lugares comunes, de la hipocresía que envuelve al establishment y que es la misma que la ha convertido en una exiliada en pleno siglo XXI, en el corazón de Europa. Simplemente deliciosa.

Podéis adquirir la obra a través del siguiente enlace:

Gilles de Rais. El mariscal del Diablo (parte II)

Quien se convertiría en uno de los asesinos en serie más atroces de la historia bajo el sobrenombre de «Barbazul», nació en la Torre Negra del castillo de Champtocé, en Bretaña, o quizá en el castillo de Machecoul, el año 1404. Era el heredero de una de las más importantes familias de Francia, dueña de grandes extensiones de tierras e innumerables títulos nobiliarios. Feroz guerrero, luchó mano a mano con la Doncella de Orleans, Juana de Arco, en varias batallas de la Guerra de los Cien Años y gracias a su posición privilegiada, se convertiría nada menos que en Mariscal de Francia. Hasta que sembró los campos galos con sangre de innumerables víctimas.

Óscar Herradón ©

Gilles de Rais, por Valentin Foulquier (1862) (Fuente: Wikipedia)

Tras la ejecución de Juana, el 30 de mayo de 1431, Gilles de Rais se retiró a sus dominios y se entregó a una orgía de sangre que no tuvo parangón hasta su muerte. El 15 de noviembre de 1432 falleció su abuelo, la única persona capaz de controlar sus impulsos homicidas –aunque en cierta forma, el responsable también de impulsarlos–. A partir de entonces el mariscal se entregó por completo a sus depravados deseos.

Aunque en el posterior juicio contra su persona se descubriría que Gilles había cometido ya varios crímenes con anterioridad a 1431, fue tras aquella fatídica fecha cuando dio rienda suelta a su sadismo. Rodeado de una camarilla de fieles –y quizá atemorizados– servidores, se dedicó por entero a raptar a niños y niñas de corta edad –de entre 8 y 12 años normalmente– a los que vejó y arrebató la vida de forma salvaje. Fieles al señor de Laval fueron sus primos Roger de Bricqueville –su ayudante más fiel– y Gilles de Sillé, quien asumió en un comienzo el secuestro de los infantes que servirían para los denigrantes festejos de su amo. En un segundo grupo se encontraban Henriet Griart y Étienne Corillaut –Poitou–, que habían entrado al servicio de Gilles como criados cuando aún era un adolescente, y la siniestra Perrine Martin, alias «La Meffraye» –así se conocía entre el pueblo a esta proveedora de carne en alusión al nombre de un ave de presa–, una despiadada mujer que secuestró a no pocos inocentes para obtener el favor de su señor.

Durante aquellos años de penumbra, el señor De Rais dilapidó su fortuna en constantes festejos y orgías que nada tenían que envidiar a las de sus emulados emperadores romanos. En 1434, como homenaje a su inolvidable Doncella de Orleans, realizó el montaje teatral más espectacular que había contemplado Europa hasta entonces: El misterio del sitio de Orleans, que se estrenó en dicha ciudad en primavera de 1435. Fue el último gesto honorable de su vida.

Juana de Arco en armadura ante Orleans, de Jules Èugene Lenepveu (Fuente: Wikipedia)

Gilles cometió la mayoría de sus crímenes en los castillos de Tiffauges, Champtocé –donde comenzó su carrera criminal–, Machecoul y en la casa de la Suze, en Nantes, entre 1432 y 1437. Se estima que a lo largo de una década desaparecieron en la región dominada por el varón de Laval alrededor de mil niños y niñas, de los que una buena parte, sin duda, fueron víctimas del todopoderoso mariscal y sus secuaces. No existen cifras exactas sobre el número de crímenes que cometió, aunque en el sumario del juicio contra su persona se contabilizaron unos 200 crímenes. Parece ser que su primera víctima –si exceptuamos a Antoine– fue un aprendiz de curtidor de 12 años, que fue engañado por Guillaume de Sillé.

El grupo de lacayos raptaba a los niños unas veces con engaños a sus padres –entrar a servir a un gran señor en tiempos de guerra y hambruna era un privilegio–, y otras simplemente haciendo uso de la fuerza. Una vez en el castillo, los criados vestían al pequeño con ropajes de lujo, prometiéndole todo tipo de regalos si se portaba bien, invitándole a un banquete y dándole de beber, según recogen las actas judiciales, vino con especias. Gilles se excitaba viendo cómo sus sirvientes abusaban sexualmente del pequeño o pequeña, y frotaba posteriormente su sexo contra ellos, hasta acabar violándolos. Cuando los desdichados gimoteaban o chillaban el mariscal ordenaba colgarlos del cuello, para acallarlos y violarlos, una vez más, en esta terrible postura. A continuación solía rajar su vientre y eyacular, excitado únicamente ante la visión de sus vísceras en el suelo de la estancia. En otras ocasiones, se sentaba sobre el pecho de los inocentes muchachos tras cortarles el cuello, para disfrutar de su agonía mientras se desangraban. Tan solo la visión de su indescriptible sufrimiento, el pánico de sus miradas, la sangre y finalmente la ausencia de vida lograban excitar al despiadado mariscal, también necrófilo.

Después de realizar su brutal carnicería, Gilles ordenaba a sus sirvientes que metieran los cadáveres en sacos e hicieran desaparecer los restos. Montones de cráneos y huesos se amontonaban en los calabozos de sus propiedades en medio de un olor pestilente solo comparable al del castillo de Csejte, donde la siniestra condesa húngara Elizabeth Bathory, un siglo después, se entregaría a una carnicería igual o más brutal que la del egregio francés.

Satanismo y experimentos alquímicos

La orgía de sangre adquirió tintes satánicos cuando Gilles hizo venir de Florencia en 1437 a un alquimista a instancias del corrupto sacerdote Eustache Blanchet, quien probablemente desconocía los crímenes del mariscal. El iniciado era un joven de 22 años, de nombre Francesco Prelati, quien convenció a De Rais de la necesidad de realizar experimentos alquímicos para obtener la tan ansiada transmutación de los metales que devolviera la riqueza perdida al señor de Laval, construyendo laboratorios dedicados expresamente a ello en sus dependencias. Fue entonces cuando entró en juego un demonio de nombre Barron quien, según Prelati, le otorgaría un gran poder si realizaba sacrificios en su nombre –algo que el italiano desmentiría en el proceso–. Al parecer lo habían invocado en el gran salón del castillo de Tiffauges, dibujando un gran círculo de cinco puntas en el suelo y reproduciendo conjuros recogidos en un gran volumen con páginas escritas en rojo. Fue entonces cuando Gilles realizó el obligado «pacto con el Diablo» que le otorgaría el poder absoluto. No fue la única vez que De Rais bailó a los compases del Maligno, pues en una ocasión Blanchet le había presentado a un nigromante, de nombre Rivière que, armado con un escudo y una espada, llevó al grupo a un claro del bosque con intención de «ir en busca de Satán». Fue una estratagema por la que el antaño glorioso militar perdió una suculenta cantidad de dinero.

Castillo de Tiffauges (Fuente: Wikipedia)

Al parecer, en la ceremonia orquestada por Prelati, el demoníaco Barron no hizo acto de presencia, aunque una terrible tormenta se abatió sobre Tiffauges; el mago italiano le dijo entonces al mariscal, quizá ignorando sus terribles crímenes, que debía ofrecerle al escurridizo ser el corazón, los ojos y los órganos sexuales de un niño. Ni harto ni perezoso el señor de Laval así lo hizo. A la brutalidad de sus asesinatos seguían periodos de doloroso arrepentimiento, donde Gilles simulaba hacer actos de auténtica contricción cristiana, que le llevaron incluso a fundar, en un ejercicio de cinismo sin límites, una residencia de acogida para niños huérfanos en sus dominios al que dio el nombre de «Los Santos Inocentes». Inocentes a los que no dudaba en masacrar cuando caía la noche, haciéndoles padecer lo indecible…

Mientras tanto, Gilles perdía cada vez más propiedades, que compraba el duque de Bretaña, y tanto su hermano René como su esposa e hija, a las que no veía desde hacía años, hicieron un llamamiento incluso al rey para que le impidiese derrochar en su totalidad la hacienda familiar. Nada podía hacer el varón por salvar su alma, ni sus riquezas.

Juicio, arrepentimiento y derrota

Debido a su relevancia en el seno de la alta nobleza francesa, Gilles de Rais pudo disfrutar durante años de impunidad para cometer sus atrocidades, pero una carrera criminal de tal envergadura no podía sino acabar despertando, algún día, las sospechas de las autoridades, como así sucedió. El obispo de Nantes, Jean de Malestroit, comenzó a recopilar múltiples testimonios y denuncias sobre las actividades del mariscal, extrañado por las desapariciones de tantos y tantos jóvenes. Nuestro siniestro protagonista cometió un error fatal cuando, completamente alcoholizado y arruinado, se enfrentó a Guillaume Le Ferron, al servicio del duque de Bretaña, osando incluso encerrar al hermano de éste, Jean, que era sacerdote, en su pestilente castillo. Había cometido un delito civil y otro eclesiástico, y fue la oportunidad de Malestroit de detenerle y llevarlo a juicio. Pero Gilles llegó más allá, encerrando al sargento mayor de Bretaña, Jean Rousseau, cuando fue en calidad de mensajero del duque Juan V para prenderle. Finalmente, Gilles optó por soltar a los prisioneros, pero Juan V ordenó a su canciller, Pierre de l’Hospital, que continuara con las pesquisas iniciadas por el obispo de Nantes.

Jean de Malestroit, obispo de Nantes

Más inteligentes que su señor, cuando se supieron en peligro, los primos del mariscal, Roger y Sillé, decidieron huir, sin que se volviera a saber nada más de ellos. Mientras tanto, De Rais se entregó de forma compulsiva a la bebida, mostrando síntomas de una demencia que no tardaría en causar estragos en su mente ya de por si atrofiada. Confirmadas las sospechas, el 13 de septiembre de 1440 una compañía de soldados enviada por el duque de Bretaña, al mando del capitán Jean l’Abbé y del delegado episcopal Robin Guillaument, se personó ante el castillo de Tiffauges para apresar a De Rais, acusado de triple delito de asesinato, hechicería y sodomía. Su suerte estaba echada.

Primero se desarrolló el proceso eclesiástico, cuyo tribunal estaba presidido por el obispo de Nantes. Gilles compareció ante los jueces el 19 de septiembre de 1440 y la acusación formal contra él se componía de cuarenta y nueve actas redactadas por el fiscal público Guillaume Chapeillon, licenciado en Derecho por la Universidad de la Sorbona. Tras declarar los imputados, Perrine Martin –quien se suicidó antes de subir al cadalso–, Griart y Poitou, donde confesaron las terribles atrocidades cometidas con los infantes, le llegó el turno al terrible «mariscal del infierno». En un principio se negó a confesar, pero tras ser excomulgado –algo que le atormentaba sobremanera– decidió confesar de sus horrendos crímenes. Tras el proceso eclesiástico vendría el civil; De Rais fue condenado a morir en la horca, no sin antes ser acogido de nuevo en la Iglesia católica, debido a su «sincero» arrepentimiento. Es la ventaja que tiene el Sacramento de la penitencia. Henriet y Poitou, por su parte, corrieron la misma suerte que su señor, pero mientras éste pudo ser enterrado en suelo cristiano, en el monasterio del Carmelo en Nantes, las cenizas de estos dos últimos fueron arrojados al río Loira. Eustache Blanchet fue desterrado y obligado a pagar una multa de trescientas coronas de oro, mientras que a Francesco Prelati se le condenó a cadena perpetua en una cárcel eclesiástica y a someterse a severos castigos físicos, además de ser alimentado únicamente con pan y agua.

Proces de Gilles de Rais en presencia del obispo de Nantes

Como ejemplo de la locura homicida de Gilles de Rais, quedaron para la historia de la infamia las palabras de su secuaz Henriet Griart: «Algunas veces el Sire de Rais cortaba las cabezas de sus víctimas, otras veces cortaba las gargantas, otras veces los descuartizaba, otras les quebraba el cuello con un palo que torcía en forma de bufanda. Mi señor de Rais decía que sentía más placer al asesinar a esos niños, al ver sus cabezas y miembros separados de sus cuerpos y al verlos morir y ver correr su sangre que al trabar conocimiento carnal con ellos. Mi señor experimentaba a menudo placer mirando las cabezas que se habían separado de los cuerpos y alzándolas en sus manos para que yo o Poitou las viéramos […]. A continuación besaba la cabeza que a él le gustaba más y esto parecía proporcionarle un inmenso placer».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BATAILLE, George: El verdadero Barbazul. La tragedia de Gilles de Rais. Tusquets, 2000.

CEBRIÁN, Juan Antonio: El Mariscal de las Tinieblas. La verdadera historia de Barbazul. Temas de Hoy, 2005.

HEERS, Jacques: Gilles de Rais. La verdadera historia de «Barbazul» Antonio Machado Libros (Papeles del Tiempo), 2017.