Kame Hame Ha! Recordando Dragon Ball

Lleva con nosotros más de treinta años y es una de las series de manganime más influyentes de todos los tiempos. Creada por Akira Toriyama en un lejano 1984, sus secretos se desmenuzan en las páginas de un libro que toma prestado el grito de guerra de Son Goku, Kame Hame Ha!, nada menos que la guía definitiva de Dragon Ball que edita en dos volúmenes Diábolo Ediciones.

Por Óscar Herradón ©

Recuerdo los comienzos de Dragon Ball pues coincidió con los años de mi infancia previa a la adolescencia, una época en la que el manganime copaba la programación vespertina de una caja tonta con solo dos canales (algo que estaba a punto de cambiar con la llegada de Tele 5 y Antena 3). Era apenas un niño que no sabía vocalizar cuando Mazinger Z cautivó a la audiencia española, y no mucho más mayor con Candy Candy (cuyo origen se remontaba a 1976). A finales de los 80, cuando eclosionó Bola de Dragón en nuestro país (aunque nació en 1984), los chavales de mi edad, unos 9 años –y otros bastante más creciditos– nos quedábamos anonadados con Campeones (Capitán Tsubasa) o Los Caballeros del Zodíaco, pero ninguna serie sería tan trascendente ni longeva como la que ocupa este post, que pasó a formar parte no solo de los juegos infantiles (con un merchandising que nada tenía que envidiar al actual, aunque menos detallado), sino del imaginario popular.

Por supuesto, conocí a Son Goku, su colita de «mono» y a su inseparable Krillin en la televisión, y fue después cuando los kioscos comenzaron a explotar su versión manga, de donde nació años atrás en Japón, cómics con una portada roja y trazos en blanco y negro que hoy se han reeditado en múltiples formatos, aquellos maravillosos kioscos en que se confundían en un batiburrillo multicolor la Superpop con la Teleindiscreta, el TP con la Heavy Rock y el Dojo con Diez Minutos, junto a paquetes de tabaco Winston y golosinas hiperglucémicas.

Compré alguno de aquellos cómics (que probablemente ni leí, ya entonces empecé a ser un poco «acaparador compulsivo») y que por aquello de «hacer limpia» ya no conservo –una pena–, como tampoco los tebeos de G.I.Joe, entre otras joyas gráficas, y por supuesto vi muchísimos capítulos de la primera serie las tardes de tiempos lejanos, al salir de las clases de EGB en el colegio Ortega y Gassett de Zarzaquemada (Leganés), cuando las teles de tubo, gigantescas, pesaban más que mueble de salón. Aunque nunca fui un fanático de la saga. He de reconocerlo.

Pero el recuerdo de Dragon Ball, cuyos personajes se imitaban en las tiendas de «Todo a Cien» (que entonces no regentaban chinos, sino españoles) y que más tarde pasaron a inundar de tazos las bolsas de Matutano, dejaron una huella indeleble en los de mi generación, nostálgicos sin remedio que hablan de los 80 y 90 a la primera de cambio en una conversación de «cuñados». Así que cuando supe que Diábolo Ediciones, que tanto mima nuestros recuerdos cinéfilos y catódicos, lanzaba el primer volumen de Kame Kame Ha! La Guía definitiva de Dragon Ball (acaba de publicar el segundo, que tendrá su oportuna entrada), compuesto a cuatro manos por Néstor Rubio y Miguel Martínez, no me lo pensé dos veces, y menos sabiendo que sería una edición profusamente ilustrada a color preñada de curiosidades y sabías que…

Toriyama, el genio tras la marca

Toriyama

El origen de una de las franquicias más longevas y rentables del manganime de todos los tiempos tiene detrás un nombre propio, Akira Toriyama, que alcanzó el éxito previamente con Dr. Slump. Combinando la magia con la artes marciales, la amistad con los mensajes ecologistas y la eterna lucha entre el bien y el mal (y la enorme escala de grises que existe entre uno y otro concepto, que se lo digan a Piccolo o Vegeta), Toriyama creó una historia que engancha desde el minuto uno, que no defrauda, y cuyas líneas argumentales se expandirían no solo en sus interminables secuelas sino también en el rentable mundo del videojuego.

El volumen editado por Diábolo –y su continuación– es un sucinto recorrido por la saga desde los orígenes del serial (con un tono mucho más cómico, incluso a veces irreverente, que el estilo posterior), para pasar a la que muchos consideran la mejor etapa, Dragon Ball Z, con un argumento más maduro, una combinación de seriedad y drama con épicos y minuciosos combates, para extenderse a sus secuelas y también a la influencia de la franquicia –insisto, muy notable– en la cultura popular.

Y sobre por qué se llamó  «Z» a la continuación de Dragon Ball hay diferentes teorías; una afirma que Toriyama la eligió simplemente por ser la última letra del alfabeto, pues su intención era que la obra concluyera ahí, cosa que como sabemos no fue así (tuvo dos arcos narrativos más). Otra, algo más peregrina, asegura que Toriyama pretendía llamarla simplemente Dragon Ball 2, pero los responsables de la producción de la serie, por error, creyeron que –debido a la grafía, muy similar–, era realmente una Z y no un 2. ¿De verdad alguien se cree que Toriyama no habría puesto el grito en el cielo por ello?

El señor Toriyama es tan popular en Japón que cuando hay rumores de que hará alguna aparición en Tokio (vive en la prefectura de Aichi, en la región de Chubu, junto a su esposa, la ex artista de magna Nachi Mikami), los funcionarios de la Oficina de Gobernación se echan las manos a la cabeza ante el dispositivo de seguridad que han de organizar. En alguna ocasión, masas de fans enfervorecidos han rodeado al artista y lo han seguido hasta el mismo aeropuerto. Y eso que Toriyama no es precisamente un amante de la vida en sociedad, y son escasas las entrevistas que concede o las veces que se ha dejado fotografíar (algo difícil y hasta raro en tiempos de Instagram y TikTok).

Su éxito le ha llevado también a participar en el diseño de varios personajes de videojuegos, por ejemplo en la popular serie Dragon Quest, pero también para el juego de rol Chrono Trigger para Super Nintendo y Super Famicom, entre otros, aunque, según reveló el propio Toriyama en una entrevista a Rolling Stone, no le entusiasman demasiado los videojuegos. También ha influido notablemente en otros genios del noveno arte; así lo han confesado Tite Kubo (Bleach), Masashi Kishimoto (Naruto) o Eiichiro Oda (One Pierce).

Lo que pocos saben es que se convirtió en mangaka casi por casualidad: a través de un concurso de la Weekly Shonen Jump para aficionados, a donde envió un trabajo que no ganó premio alguno. Entonces (entre 1977 y 1979) trabajaba en lo que él pensaba que era su verdadera vocación, la de diseñador gráfico en publicidad. A la vista de lo que consiguió más tarde, no le fue nada mal en el campo de la viñeta nipona. Aunque no le regalaron nada, como reza uno de los mantras de Dragon Ball: «La única forma de conseguir lo que quieres es trabajando duro».

Podría contar mil y una historias sobre la saga, pero como la intención de este post no es ser infinito, encontraréis un amplio abanico de anécdotas tanto o más fascinantes en el libro de Diábolo. He aquí el enlace:

https://www.diaboloediciones.com/kame-hame-ha-la-guia-definitiva-de-dragon-ball-volumen-1/

Karate Kid. Cuatro décadas dando cera, y puliéndola…

Hace casi cuarenta años que un chaval acosado por los machos alfa del instituto se convertía en karateka para dar esperanza a los que sufrieron (quizá todos en alguna medida) bullying. Hoy que Karate Kid, cuya primera entrega se estrenó un 16 de noviembre de 1984, cuenta con un nuevo renacer gracias a la serie Cobra Kai, que emite Netflix, un libro de reciente aparición recorre toda su historia, desde la idea inicial al guión, los personajes, los actores y las secuelas. Preñado de anécdotas, recuerda lo que aquella saga significó para toda una generación.

Por Óscar Herradón ©

No podía ser sino Diábolo Ediciones quien brindara el homenaje que se merece a una de las sagas capitales de los 80 y saciara a su vez el ansia de conocimiento de los mitómanos y nostálgicos ante la escasez de publicaciones. Hablo de (The) Karate Kid y su trilogía original, así como sus reboot y su «revisitación» en forma catódica a través de la exitosa y potente Cobra Kai, que comenzó como web serie y recupera a los protagonistas originales un poco más entrados en años pero manteniendo con elegancia el tipo.

El origen de una de las franquicias más célebres, rentables y añoradas de nuestra infancia no es lo que se dice muy glamuroso. Nació de un concepto desarrollado por el productor, Jerry Weintraub (con los años, uno de los más aclamados de Hollywood) que un día leyó en la prensa la historia de un muchacho que aprendió karate como forma de hacer frente a unos matones que le hacían bullying. Le encargó un libreto al guionista Robert Mark Kamen, que narró una experiencia personal que le sucedió 20 años antes, en 1964, durante la Feria Mundial de Nueva York que se celebraba a cinco minutos de su hogar, cuando una pandilla de chicos se abalanzaron sobre él al ver que en su cuello lucía una estrella de David. El eterno y podrido antisemitismo. Echó a correr con todas sus fuerzas y lo persiguieron. Poco después se inscribió en un dojo, «lugar de despertar» donde se practican las artes marciales, porque no quería que volviera a pasarle lo mismo.

Según sus propias palabras, Karate Kid era «una carta de amor en forma de guión a mis maestros de Okinawa y a lo que aprendí de ellos». El propio Kamen dice en el prólogo del libro que edita Diábolo: «Tuve la suerte de tener a una serie de maestros que entendieron que el karate no era simplemente pelear, sino que era superación personal, disciplina, esforzarse por alcanzar la perfección no solo de tu capacidad para defenderte, sino para convertirse en mejor persona, en una persona más completa».

Chojun Miyagi

Kamen se inspiró en uno de sus instructores, un maestro de Okinawa de nombre Meitoku Yagi, y en el senséi que entrenó a éste a la temprana edad de 14 años, Chojun Miyagi. Así que el rol que haría mundialmente célebre a Pat Morita, el del Señor Miyagi, resultó ser una combinación de ambos maestros. El verdadero Miyagi había fundado en Okinawa el Goju Ryu, un estilo de Karate-do cuya traducción vendría a ser «estilo de lo duro y lo suave», un arte marcial en el que se combinaban y complementaban ambos conceptos. El Goju Ryu fundado por Chojun en Okinawa y después transmitido por Meitoku en Estados Unidos será la base del peculiar entrenamiento al que es sometido David LaRusso en la película.

Mark Kamen había firmado tres años antes el libreto de Taps, más allá del honor, con jóvenes estrellas como Timothy Hutton, Sean Penn o un Tom Cruise que hoy, como en las cuatro décadas anteriores, continúa en plena forma y empapado de éxito por el estreno de Top Gun Maverick. Como la saga de Karate Kid, Cruise siempre ha estado con nosotros, como un familiar cercano. Tras el éxito del estreno, la recaudación –de casi 100 millones de dólares– hizo que Columbia pidiera a Robert Mark Kamen repetir la fórmula de la primera entrega. Le encargaron el desarrollo de ambas secuelas y le dieron la oportunidad de escribir el libreto de una de las entregas de otra saga memorable de los 80, Arma Letal 3, junto a otros guionistas como Jeffrey Boam (El Chip Prodigioso) y Shane Black (Depredador).

Portada del libro publicado por Diábolo Ediciones

En el citado volumen, Karate Kid & Cobra Kai. Dar cera, pulir cera, se incluye una entrevista bastante reciente que el autor, Francisco Javier Millán, que ha firmado con Diábolo exitosos libros como Generación Goonies o Los Goonies nunca dicen muerto, le realizó a Kamen la madrugada del 7 al 8 de septiembre de 2021, mes en el que también entrevistó, con la colaboración de Marisé Samitier, vía telefónica, a Bill Conti, creador de la banda sonora de la trilogía original y compositor también –y principalmente– de la inolvidable melodía de Rocky que todavía hoy es un subidón de optimismo que puede con todo.

Una historia menor convertida en leyenda

Karate Kid fue una película concebida en un principio con pocas expectativas (también lo fue La Guerra de las Galaxias, y mira hoy…); según declaró el productor, Jerry Weintraub, temía que el público la viera como una suerte de Rocky para niños en un tiempo en el que la saga pugilística nacida de la mente de Sylvester Stallone iba ya por su tercera entrega y había elevado a la categoría de estrella a Mr. T, que por aquel entonces pasaba a encarnar a M-A Barracus en la serie de culto ochentero El Equipo A. Más nostalgia elevada al cubo de los cuarentones.

Quizá por ello, el productor decidió tantear a un director en horas bajas que precisamente se había hecho cargo de la primera entrega de la historia del potro italiano: John G. Avildsen, que aceptó el reto. Para una cinta iniciática en la que el joven David LaRusso ha de experimentar el sufrimiento y el amor (frustrado) para pasar de la niñez, plagada de incertidumbres y miedos, a la edad adulta, era importante escoger a un actor que transmitiera esas emociones, pero no lo era menos el personaje del maestro (senséi) que ha de entrenar al joven (y fortalecer su cuerpo y su mente adolescentes).

El estudio quería al reconocido actor japonés Toshiro Mifune (el emblemático protagonista de algunas de las mejores películas de Akira Kurosawa, como Los Siete Samuráis, Rashomon o Yojimbo), pero al director le parecía que daría un toque demasiado serio a la cinta. Pat Morita fue el primero que se presentó a la audición para encarnar al Sr. Miyagi (que haría inmortal la frase «Dar cera, pulir cera»). A Avildsen le convenció su prueba, pero el productor, Weintraub, no lo quería por su vis cómica, pues era un actor que había hecho principalmente comedia y formó parte del grupo de cómicos de improvisación teatral The Groundlings; sin embargo, tras múltiples pruebas y la insistencia del realizador (que persistió en las enormes posibilidades que brindaba –acertó de pleno–), Weintraub aceptó, y llegó a pedir disculpas al actor nipón por su reticencia inicial. No obstante, para que destacara su origen japonés, el productor exigió que su nombre en los títulos de crédito apareciera completo: Noriyuki «Pat» Morita. Y no le fue nada mal en el entrañable rol de Miyagi: se convirtió en el primer asiático-americano en ser nominado a los Oscar como Mejor Actor de Reparto.

Un rostro inolvidable

La elección de Ralph Macchio para dar vida al personaje principal, David LaRusso, se debió, según el director, a su aspecto juvenil y marcada delgadez, lo que le hacía parecer vulnerable, algo fundamental para desarrollar su evolución –aunque por entonces Macchio ya tenía 21 años que no aparentaba–. Y eso que se habían barajado nombres como los de Robert Downey Jr., Charlie Sheen, Nicolas Cage, Emilio Estévez, Eric Stoltz e incluso Kyle Eastwood, hijo de «Harry el Sucio». Charlie Sheen, a su vez, también fue tanteado para interpretar al azote de LaRusso y villano de la cinta, Johnny Lawrence, así como Crispin Glover, pero el papel fue finalmente para el entonces desconocido William Zabka. El rol de la chica que le roba el corazón al protagonista fue para Elizabeth Shue, pero se barajaron actrices como Helen Hunt o Demi Moore, una cuasi desconocida que por aquella década acabaría en otra saga inmortal, Regreso al Futuro.

Tanto Zabka como Shue habían aparecido tan solo en pequeños papeles y en spots televisivos, pero Macchio ya interpretó un rol importante en la película de Francis Ford Coppola Rebeldes (The Outsiders), basada en la exitosa novela de Susan E. Hinton y estrenada un año antes de Karate Kid, en 1983, plataforma de lanzamiento de toda una serie de nuevas y prometedoras estrellas de Hollywood: Patrick Swayze, Emilio Estévez, Matt Dillon, Rob Lowe o el mismo Tom Cruise. Haciendo algo poco habitual entonces, Avildsen filmó los ensayos de las escenas y los editó como un primer corte de la película con la intención de corregir detalles y anticiparse a posibles problemas de rodaje.

Con un presupuesto inicial de ocho millones de dólares, Karate Kid recaudaría casi 91 millones solo en Estados Unidos (y tuvo éxito en medio mundo), recibiendo, además, buenas opiniones de la crítica, a pesar de que en un primer momento el título no le gustó a los actores y a varios miembros del equipo de rodaje, pues lo consideraban de película de bajo presupuesto y aire infantil. El fervor por la cinta llevó incluso a la apertura de una cadena de dojos (hasta entonces prácticamente inexistentes en territorio USA) bautizada como «Karate Kids».

Para el senséi John Kreese se barajaron actores de la talla de Kurt Russell, Jeff Bridges, Christopher Walken, Harvey Keitel e incluso el sr. Spock, Leonard Nimoy, pero finalmente el rol recayó en el actor Martin Kove, al que habían dado una semana para preparar la audición. Sin embargo, le llamaron al día siguiente y le dijeron que debía hacer la prueba sin tiempo para preparar el papel. Protestó por ello pero insistieron en que sería su única oportunidad. Fue su mujer quien le convenció de asistir y la frustración y rabia que sentía le sirvieron –dicen– para convencer al realizador y al equipo de que era el actor indicado (parece ser que llegó a espetarle a Avildsen y a la directora de casting que eran unos imbéciles). Hoy aparece también en Cobra Kai y mantiene el tipo como un verdadero senséi. Más quisieran algunos a los 76 años, aunque ahí está Jagger, que con dos más el pasado 1 de junio no dejó de moverse como una anguila durante más de dos horas ante 45.000 personas en el Wanda Metropolitano, dando el pistoletazo de salida a su gira «Sixty». ¡Sesenta años sobre los escenarios! para echarse a temblar. Cosas de «pactar» con el diablo…

Volviendo a la película, el estudio tuvo que pedir permiso a DC Cómics porque ya existía un superhéroe llamado Karate Kid, reconocimiento que se puede ver al final de los títulos de crédito. Una historia que se lanzó 18 años antes del estreno de la primera entrega cinematográfica, en 1966, y la protagonizaba Val Armorr, uno de los miembros de la Legión de Superhéroes, que no poseía ningún superpoder pero sí un dominio absoluto de las artes marciales que lo hacía prácticamente invencible.

Luego llegó la patada de la Grulla, que todos imitamos hasta la saciedad en la playa y en el colegio y que levantaría polémica años después entre los expertos en kárate, que consideran que habría sido un golpe ilegal (y, por tanto, LaRusso habría perdido el combate), pero eso lo dejamos para otra entrega del blog. Ahora, mil y una anécdotas más os esperan en las páginas del nuevo libro de Millán que podéis adquirir en el siguiente enlace. No os arrepentiréis. Palabra del «pandemonio».

https://www.diaboloediciones.com/karate-kid-cobra-kai-dar-cera-pulir-cera/

Cualquier tiempo pasado fue… anterior

Conocí la afilada escritura de la periodista Nieves Concostrina como redactora jefe (cargo que continúa ejerciendo, cosas de la vocación) de la revista Adiós, que de cuando en cuando llegaba a la redacción de Año/Cero en unos tiempos en los que quien esto suscribe era apenas veinteañero…

…qué mal llevo lo de envejecer. Daba mal rollo, por qué no decirlo, una revista sobre muertos y preparación de funerales, sobre ataúdes y urnas, coches fúnebres y mortajas. Quizá en este país, tan católico, apostólico y romano, tengamos una cuenta pendiente con la muerte, que nos aterroriza. Si hay un cielo magnífico (al menos para el que se lo ha ganado), por qué le tememos tanto al último aliento… En fin, para ser una publicación «de muertos» me encontré con escritos históricos –suscritos por Concostrina– que hicieron las delicias de quien ya por aquel entonces era un apasionado del pasado (no solo del mío) y también de la anécdota historiográfica.

No tardé en escucharla también en Radio 5 «Todo Noticias», en Radio Nacional de España, con ese desparpajo y esa ironía rayana en el sarcasmo para contar cómo el hombre no tropieza una vez en la misma piedra, sino 50… Se encargaba de un espacio centrado en cementerios, epitafios de antiguas «celebrities» y todo lo que tuviera que ver con la muerte, de título Polvo Eres (y que tuvo continuación con ilustración nada menos que del desaparecido Forges). Fruto de aquellas secciones y de sus escritos en la citada publicación, o viceversa, nacieron varios libros que han visto la luz de la mano de la Esfera de los Libros y que han cosechado una nutrida cohorte de lectores, inquietos por saber algo más sobre vicios, filias y fobias, parafilias y locuras de los personajes históricos, algo similar a lo que en su día hiciera el multiventas Carlos Fisas, pero más actualizado, tétrico y por qué no decirlo, fresco y mordaz.

Ahora, Nieves Concostrina nos brinda su nuevo peregrinaje por la Historia, y lo hace nuevamente de la mano de La Esfera de los Libros. Fruto de esta colaboración es su último y entretenidísimo ensayo divulgativo que, jugando con uno de los grandes tópicos de estos lares –probablemente falso si no fuera por el azote de la melancolía que a todos nos persigue– se titula Cualquier tiempo pasado fue anterior, y que no es sino un homenaje al exitoso Pódcast homónimo que desde 2015 la periodista madrileña, que ha cosechado numerosos premios a lo largo de su carrera –entre ellos el Micrófono de Oro o el Premio Ondas al mejor tratamiento informativo–, comanda en la Cadena SER.

Tras el impresionante éxito obtenido por su anterior libro, Pretérito Imperfecto (que vendió 50.000 ejemplares, verdadera proeza en tiempos de inmediatez digital y clics en TikTok), y publicado también por La Esfera, Concostrina nos regala ahora una aguda narración que da otra vuelta de tuerca a la Historia, y nos muestra la cara y cruz de los acontecimientos por los que han transitado emperatrices, generales, políticos, estrategas, Papas (como hemos visto varias veces en este blog, la intrahistoria vaticana tiene enjundia), mujeres y hombres de toda condición, color y pelaje. Un libro que, como señala su autora, sirve para conocer desde por qué los campechanos salen rana hasta qué pinta dios en un BOE del siglo XXI.

Entre otros asuntos, podrás conocer que el león del Congreso «no tiene huevos», el juego de trileros que significó el exilio borbónico, cómo el lumpemproletariado estuvo contra la emperatriz Sissi, la agitada muerte del presidente Manuel Azaña o el «trío amoroso» conformado por Hitler, Franco y Pétain. He aquí la forma de adquirir este diamante en bruto de la divulgación histórica:

https://www.esferalibros.com/libros/cualquier-tiempo-pasado-fue-anterior/