El significado oculto de la decapitación ritual (I)

Desde la más remota antigüedad, el hombre ha decapitado a sus congéneres por diversas razones –enfrentamientos bélicos, venganzas, humillación…–, pero muchas se debían a un significado oculto y místico que los antropólogos han tardado siglos en descifrar. De la prehistoria a los celtas, de los vikingos a los romanos, pasando por la Revolución Francesa o los jíbaros de la Amazonía, la decapitación ritual ha estado presente en la historio de la humanidad. Ahora que la editorial Hermenaute publica un documentado ensayo sobre este punto, recordamos a los «cortadores de cabezas» que han dado los siglos en «Dentro del Pandemónium».

El 20 de mayo de 2019, todavía con el Covid como algo que parecía impensable en nuestro mundo, el brutal asesinato de una misionera española en República Centroafricana conmocionaba a la comunidad internacional. Su nombre era sor Inés Blanca Nieves Sancho y fallecía a los 77 años, tras pasar 23 ayudando a los más desfavorecidos en el suroeste del país al servicio de la congregación francesa Filles de Jesus de Massac. Un escabroso suceso que se añadía a una trágica lista de crímenes contra la comunidad misionera española en lo que parecía ser un robo violento en un país asediado entonces por 14 señores de la guerra (hoy quizá sean más) y un hambre atroz que ha aumentado tras la pandemia.

Pero había algo más. Al cabo de varios días trascendió a la prensa que aquel espeluznante crimen pudo tener connotaciones mágicas en el marco de un ritual satánico, un sangriento ceremonial en el que, tras ser violada, a sor Inés la decapitaron. Los rotativos hablaron de robo, otros de advertencia de las guerrillas locales que controlan la zona y los más convencidos señalaban, aunque temerosos, a los brujos locales, que habrían derramado sangre de una mujer «pura y limpia» sobre la grava para que dicho acto mágico les trajera suerte en la extracción de diamantes.

Según contó a la prensa el sacerdote Isaie Koffia, vicario general de la diócesis de la ciudad de Berbérati, a 130 kilómetros de Nola, «Unos cuantos hombres entraron por la puerta trasera de la vivienda y arrastraron a la misionera detrás de la casa para cortarle la garganta. No robaron nada en absoluto, parece que simplemente fueron a matarla».

Por su parte, el obispo español Juan José Aguirre, titular de la diócesis de la ciudad de Bangassou, contó al diario español El Mundo que: «Al principio se habló de tráfico de órganos, pero la mujer era muy mayor. También de robo, pero no fue así porque no le quitaron nada. Y lo que casi todos creemos es que fue una cuestión de brujería, que en esta zona hay mucha. Es un ritual en el que se necesita echar sangre fresca de niños o de mujeres que sean ‘limpias y puras’ sobre el montón de grava donde van a buscar los diamantes. Eso, según su costumbre de brujería, les traerá fortuna. Yo he visto ese ritual, pero la mayoría usa sangre de animal salvo los más extremistas del lugar».

Cuesta creer que sucedan cosas así en pleno siglo XXI, pero en el continente africano todavía se mutila y asesina, por ejemplo, a niños albinos para utilizar sus restos en forma de amuleto, entre otras supercherías fruto del analfabetismo y la miseria. No obstante, lo más significativo del crimen de sor Inés fue la decapitación parcial, y es que esta práctica, con distintos significados y fines, se ha practicado por distintos pueblos desde la más remota antigüedad, numerosas veces por represalias o como escarnio contra el enemigo, pero muchas otras con fines mágicos y místicos que solo en las últimas décadas han comenzado a ser desvelados por antropólogos y expertos en religiones.  

Orígenes difusos

El culto al cráneo puede rastrearse desde el Neolítico Antiguo en Anatolia y el Oriente Próximo. En el yacimiento de Fontbrégoua, en Francia, además de vestigios de antropofagia ritual, el análisis de cráneos permitió identificar diversos tipos de prácticas como la descarnación con instrumentos de sílex y la extracción del cuero cabelludo antes de que las cabezas fueran expuestas como trofeos. Otro ritual post-mortem es recogido también en el registro mural de Çatal Hüyük, en Küçükköy (Turquía), en el que se representa a los buitres devorando cadáveres, en su mayor parte desprovistos de cabeza tras una decapitación llevada a cabo con fines rituales tras la muerte.

Por su parte, en el enigmático yacimiento-santuario de Göbekli Tepe (fechado oficialmente entre el 9.600 y el 7.000 a.C., aunque algunos autores retrasan la fecha hasta 12.000 años, en el que sería el santuario más antiguo de la humanidad descubierto hasta ahora), también en Turquía, los arqueólogos han evidenciado que las cabezas se despellejaban y se perforaban a través del occipital con un instrumento lítico para facilitar la introducción de un cordón que asegurase la mandíbula al cráneo y facilitase su suspensión y exhibición en el interior del templo.

El antiquísimo santuario de Göbekli Tepe, en la actual Turquía

Los ejemplos más antiguos de esta tétrica práctica los hallamos en el Neolítico –hace unos 9.500 años–, en Jericó (Cisjordania, Palestina). En 1952 se hallaron nueve cráneos perfectamente conservados y con conchas dentro de las órbitas oculares. Según explica Carmen Roviera, «si los que cortan cabezas intentaban reconstruir la mirada del fallecido se debe a que su cráneo era guardado para mantener su esencia», algo muy distinto a su exposición como trofeo de guerra, las conocidas como «cabezas-trofeo».

Mesoamérica, hace 9.000 años

Las prácticas de decapitación ritual y descarnación craneal en las culturas mesoamericanas son célebres, pero un sorprendente hallazgo arqueológico en Brasil en septiembre de 2015 reveló que era una práctica muy anterior a mayas y aztecas, y que se celebraba en territorio sudamericano hace al menos 9.000 años, en pleno Neolítico, como en Europa, lo que demostraba que no era una práctica exclusiva de las culturas andinas.

Aquella investigación realizada en el abrigo rocoso Lapa do Santo, en Brasil, fue publicada en la revista científica PLOS ONE, estaba encabezada por André Strauss, del Instituto Max Planck para Antropología Evolutiva de Alemania, y reveló datos alentadores para la paleoantropología. Hasta la fecha, la decapitación más antigua conocida procedía de la región andina, en Perú, hace unos 3.000 años, y el hallazgo venía a demostrar que los rituales mortuorios sofisticados ya existían entre los cazadores recolectores americanos desde los primeros tiempos del poblamiento del continente.

De un total de 37 enterramientos, al equipo de Strauss le llamó la atención el conocido como Enterramiento 26, que correspondía a un miembro del grupo local: «Esto, unido a la forma en que estaban presentados los restos, nos llevó a pensar que fue una decapitación ritual, relacionada con algún tipo de pensamiento religioso, y no el resultado de un trofeo».

Según contó Strauss a Scientific American, «Son varias las características que apuntan a una decapitación ritual: El análisis químico mediante estroncio no apunta a que este individuo fuese un forastero. Lo mismo indica la forma de su cráneo. También la ausencia de características de que se trataba de una cabeza trofeo, como huecos para las cuerdas que se usaban para cargarlas, o el alargamiento del foramen magnum –el agujero en la base del cráneo–. Estos grupos expresaban sus rituales a través del uso del cuerpo humano como símbolo». Todo ello está obligando a reescribir nuestra prehistoria.

Julio César Tello

En 1918, el arqueólogo peruano Julio César Tello planteó una sugerente hipótesis acerca de los cercenamientos de testas tras analizar diversos cráneos de las culturas Nazca y Paracas, notablemente distinta a la que sugiere que las cabezas se separaban del cuerpo como trofeos bélicos, algo que, no obstante, llevaron a cabo también pueblos de muy distintos orígenes y creencias. El 6 de mayo de aquel año, presentó su tesis en la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad de San Marcos, a la que tituló El uso de las cabezas humanas artificialmente momificadas y su representación en el antiguo arte peruano. Consideraba que los antiguos habitantes de la región de Ica dedicaron demasiado tiempo y esfuerzo a la preparación ritual de las cabezas cortadas, tratamiento que –afirmaba– era excesivo si éstas hubiesen pertenecido únicamente a sus enemigos.  

Bárbaros: cosechadores de cabezas

Herodoto

Fue Heródoto quien explicó las costumbres de varios pueblos bárbaros: los isedones, los tauros y los escitas. Los isedones (un pueblo de carácter mítico) unían el banquete caníbal –antropofagia ritual– a la conservación del cráneo de sus antepasados para llevar a cabo diversos rituales: «Cuando a un hombre se le muere su padre, todos los parientes traen reses, después de sacrificarlas y cortar en trozos las carnes, cortan también en trozos al difunto padre del huésped, mezclan toda la carne y sirven el banquete. La cabeza del muerto, después de limpia y pelada, la doran, y luego la usan como una imagen sagrada cuando celebran sus grandes sacrificios anuales (…)».

Con respecto a los tauros, en lugar de venerar la cabeza de sus antepasados, al parecer preferían emplear las testas de sus enemigos como amuletos de protección de sus hogares. El mismo Heródoto cuenta que tras cercenar la cabeza del vencido, se la llevaban a sus casas, «la fija sobre una larga estaca y coloca dicha percha muy alto por encima del orificio por el que sale el humo del interior de la vivienda. De este modo consideran que actúan como guardianes, debido a su posición elevada (…)».

Los escitas. Los temibles guerreros de las estepas

Por su parte, los escitas realizaban dos procedimientos diferentes a la hora de mutilar a los enemigos, dependiendo de si se trataba de prisioneros o muertos caídos en combate. Con respecto a los capturados, sacrificaban a uno de cada cien en un estremecedor ceremonial: les derramaban vino sobre la cabeza y los degollaban junto a una vasija, subiendo al montón de fajinas y derramando la sangre sobre el alfanje, «llevan, pues, la sangre arriba; y abajo, junto al santuario, hacen lo siguiente: cortan todos los hombros derechos con los brazos de las víctimas degolladas, y los echan al aire; y luego, tras sacrificar a las demás víctimas, se retiran».

Añadía el historiador de Halicarnaso que, en combate, cuando un escita derribaba a su primer enemigo, bebía su sangre y presentaba al rey la cabeza de todos cuantos había matado en el curso de la batalla. Escribía también que, además de lucir la testa del enemigo, previamente descarnada con una costilla de buey, atada a las riendas de su caballo, acostumbraban a desollar a los muertos «de pies a cabeza, extienden la piel en maderos y la usan para cubrir sus caballos (…)».

A las testas arrancadas a sus mayores enemigos les reservaban un trato especial repleto de simbolismo: «Sierra cada cual todo lo que queda por encima de las cejas, y la limpia; si es pobre, la cubre por fuera con cuero crudo de buey solamente y así la usa; pero si es rico, la cubre con el cuero, pero la dora por dentro y la usa como copa. Esto mismo hacen aún con los familiares, si llegan a enemistarse con ellos y logran vencerlos ante el rey. Cuando un escita recibe huéspedes a quienes estima, les presenta las tales cabezas y les da cuenta de cómo aquellos, aun siendo sus familiares, le hicieron la guerra, y cómo él los venció. Esto consideran ellos prueba de hombría», algo similar a las prácticas de los dayaks de Borneo. 

(Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium»).

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

El libro Decapitación. Iconos y leyendas, que ha editado recientemente (y con mimo) Hermenaute.

Este sugerente ensayo aborda cómo se ha tratado la iconografía de la decapitación en el arte, los mitos y las costumbres de distintas civilizaciones, centrándose principalmente en Occidente y el Nuevo Mundo. Un libro que busca (y lo consigue con creces) una aproximación al impacto de la cabeza trofeo en su sentido más antropológico, extenso y, desde luego, legendario, en la línea de lo que tratamos en este post. Una crónica historiográfica y geográfica apasionante que analiza el acto del descabezamiento como una poderosa materia de ficción en la cultura popular, pues está presente en las vidas de santos y mártires, en las cacerías salvajes, en la mitología celta y romana, entre los blemios o blemitas (un antiguo pueblo que habitó la región de la Baja Nubia y que adquirirían una importante presencia en distintos mitos medievales) o, en el plano literario, el mito del dullahan irlandés que daría origen al famoso «jinete sin cabeza» de Sleepy Hollow que inmortalizó Washington Irving y llevó a la gran pantalla el visionario Tim Burton.

Hermenaute ©

Su autor es el escritor, guionista y analista cinematográfico Lluís Rueda, precisamente director de esta pequeña gran editorial que es Hermenaute y que cualquier apasionado de los mitos, el cine o el terror –como lo es un servidor– no puede dejar de seguir. Un hermoso volumen (no por pequeño poco exhaustivo), ilustrado por Miki Edge, quien tras 10 años en el mundo de la publicidad y la tecnología cibernética decidió dedicarse casi en exclusiva a su gran pasión: el diseño de cartelería de cine, un pequeño –y a su vez valiente y arriesgado– tributo a los que crecimos haciendo cola entre carteles y fotocromos y éramos carne de videoclub.

He aquí la forma de adquirir este fabuloso libro:

https://www.hermenaute.com/libro.php?id_libro=40

La Marca del Diablo (Nota Diaboli I)

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral; cómo cruzó las puertas de lugar sagrado es asunto aparte… Se habla de numerosos monjes que vendieron su alma al diablo. Quién sabe.

Por Óscar Herradón ©

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer o Jaldabaoth  tiene tantos nombres como adeptos, tradiciones, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», desde Sus Majestades Satánicas –los Rolling Stone– hasta el violinista Paganini o el padre del blues-rock, Robert Johnson.

En este post no voy a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el demonio, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya se ha gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su aliento fétido y su dañina mirada y la de sus prosélitos –ese «aojamiento» o mal de follo tan presente en todos los pueblos bajo diferentes formas– y a conocer sucintamente los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo…

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano lleva años viendo cómo aumenta el número de demandas de exorcismos entre la población, incluso a través de su propia línea telefónica habilitada por la Santa Sede en 2012.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición (hoy podríamos atribuirle el mérito al coronavirus y a una realidad de pandemia casi endémica), se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Göbekli Tepe

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, por citar un ejemplo, el descubrimiento en un ya lejano 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que los antropólogos consideran el primer santuario de la historia, Göbekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Las tentaciones de San Antonio
San Hilario

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre». Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

La Marca de la Bestia

Así se conoce a un término bíblico del Apocalipsis de San Juan, incluido en el Nuevo Testamento, concretamente en el capítulo 13. En este texto que aventura el Armagedón y que ha sido interpretado a lo largo de los siglos como a cada uno le ha venido en gana –dependiendo de su fervor religioso e intereses varios–, nos encontramos con esa famosa «Marca de la Bestia» o «Número de la Bestia», que sería el archifamoso, temido y venerado a partes iguales 666 –que, curiosamente, o no tanto, para los protestantes era representado por la propia Iglesia católica–.

Sin embargo, nuevas investigaciones parecen apuntar que el número escrito por el evangelista representado por un águila no fue éste, sino el 616, al menos eso se desprende de los descubrimiento hace no muchos años en los papiros de Oxirrinco en el Ashmolean Museum de la Universidad de Oxford, y que parece indicar que en su primera redacción en griego del texto de San Juan, éste debió contener el número 616 «para referirse al nombre de una persona a quienes los cristianos denunciaban como enemigo».

Controversias aparte, parece que este nuevo número no va a desbancar de su trono satánico a ese 666 que tenemos hasta en la sopa, la marca de la bestia, «Six, six, six, the number of the Beast…» que cantaban los británicos Iron Maiden allá por 1982 y que continúa siendo el himno de los «malvados», la misma cifra que muchas décadas antes adoptara como propia el gran mago y ocultista Aleister Crowley en su nuevo sistema religioso al que bautizó con grandilocuencia como Thelema. Como decía el personaje de Santiago Segura en El Día de la Bestia: «Soy satánico; y de Carabanchel». Siempre es mejor acercarse al maligno con algo de humor… por lo que pueda pasar.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Si queremos adentrarnos en el turbio mundo del «Innombrable» nada mejor que sumergirnos en las páginas de una de las últimas novedades de Blackie Books: el monumental El Gran Libro de Satán, un compendio escalofriante –y seleccionado con mimo– de los mejores relatos, ensayos y poemas de la literatura maligna universal, en una cuidada edición a cargo de Jorge de Cascante e ilustrada con irónico ingenio por Alexandre Reverdin, los mismos que nos brindaron otros dos exitosos «tochos» lanzados por Blackie: El Gran Libro de los Perros y El Gran Libro de los Gatos. Ahora en una vertiente algo más oscura…

Como bien reza la sinopsis, estamos ante «la antología de literatura diabólica más completa que existe en el mundo». Y es que, ¿qué hacen juntos autores como el estadounidense Clive Barker –responsable de títulos emblemáticos como Libros de Sangre o la saga cinematográfica Hellraiser– y nuestra Ana María Matute? Pues eso… hablar sobre, en función o acerca del maligno y sus prosélitos. Nada menos que 56 piezas largas y más de cuatrocientos pasajes breves de índole nada complaciente –más bien perniciosa– con Satán, Lucifer, Behemoth, El Innombrable… como figura central o secundario imprescindible de la trama, la composición o el verso libre.

Así, el lector que se atreva a penetrar en el oscuro reino del «pandemónium» se topará con poemas, cuentos, ensayos e incluso extractos de novelas de autores tan variopintos como Nathaniel Hawthorne, Sharon Olds, Dante Alighieri, Charles Baudelaire o Ambrose Bierce; de Iris Murdoch a Sara Mesa, pasando por Michael Chabon, Belén Gopegui, Mark Twain, Shirley Jackson o Mijaíl Bulgákov. Y muchos más.

El resultado que brinda tal antología son horas y horas de inquietud y malos pensamientos… DANGER! Avisados quedáis. Si aún así decidís sumergiros en sus páginas, he aquí el enlace para adquirirlo:

El «Gran Hermano» ilustrado de George Orwell

Llega a las librerías la primera edición ilustrada en castellano de la inmortal obra del escritor y periodista inglés de la mano de Luis Scafati y la editorial Libros del Zorro Rojo. Una delicia visual que traslada la visión mordaz, lúcida y demoledora de los totalitarismos con plena vigencia en nuestro «avanzado» siglo XXI, cuando somos, más que nunca, esclavos de la tecnología y las fake news  y de un puñado de gigantescas corporaciones.

Óscar Herradón ©

Cuando George Orwell escribió la que probablemente sea la novela distópica más importante del siglo XX, (con permiso de Un mundo feliz y Fahrenheit 451), 1984, aquel intrépido escritor y aventurero que no se casaba con nadie y que había combatido al fascismo en la Guerra Civil Española y al nazismo en la Segunda Guerra Mundial, llevaba tiempo desencantado con el comunismo, al que concebía –y no sin razón– como otro totalitarismo más, casi tan peligroso como los (no tan) viejos fantasmas de la ultraderecha.

Por ello, fue considerado un traidor por los prosélitos de la hoz y el martillo, un vendido al capital, un espía de la corona británica; recibió ataques similares a los de otros artistas como Alexander Solzhenitsyn muchos años antes que el autor de Archipiélago Gulag que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1970. Orwell no parecía nada de aquello de lo que le acusaban, pero todos los hombres tienen su cruz, merecida o no, y deben cargar con ella.

Sea como fuere, el hecho es que más de setenta años después de que Orwell, con una prosa exquisita, pero directa y despojada de aderezos, nos trasladara la tragedia vital de Winston (un peón que se encarga de reescribir la historia para eliminar del pasado cualquier información inconveniente, como sucedía en la realidad el corazón de la Lubianka en la URSS, hasta que pone en tela de juicio el sistema), aquella epopeya, escrita en 1949, en los comienzos de la Guerra Fría y con los crímenes de la última contienda mundial muy recientes, está más viva que nunca.

Los trazos de Scafati para 1984: oscuros, crudos, impresionantes.

Ahora, en pleno auge de las democracias post siglo XXI, cuando los derechos humanos y las libertades –al menos en el primer mundo– parecen estar más garantizados que en cualquier época anterior, estamos sometidos a la mayor vigilancia de la historia. Sí, por el avance tecnológico… pero, sea por una razón de progreso, o por «excusas» de garantizar nuestra propia seguridad, ESTAMOS SIENDO VIGILADOS. Y por tanto, 1984 deja de ser una «vieja» novela de anticipación para convertirse en una obra inmemorial, con un discurso contundente de plena y actualísima vigencia.

El Londres distópico de Luis Scafati

Scafati

Es por ello que el relanzamiento del texto, en exquisita edición ilustrada de la mano del genial Luis Scafati, que acaba de publicar Libros del Zorro Rojo, no podría ser más oportuna, y necesaria. Con una nueva traducción de Ariel Dilon, es la primera edición ilustrada en castellano de esta monumental novela, una crítica lúcida y demoledora de los regímenes totalitarios (de todo pelaje y color), con indudables resonancias diacrónicas que reviven gracias a las descarnadas estampas del también argentino Luis Scafati, ilustrador insignia del catálogo de una de las editoriales clave del panorama actual en lengua castellana.

Ambientada en un Londres distópico de 1948, El Partido domina y controla de forma asfixiante la vida de los ciudadanos, haciendo uso del Gran Hermano, el omnipresente ojo censurador (de reverberaciones mucho más siniestras que homónimos realities televisivos de tiempos recientes), y de la Policía del Pensamiento, el brazo que tortura y aniquila a todo disidente (un procedimiento muy habitual entre los nacionalsocialistas y los fascistas, pero también entre los comunistas).

Scafati refleja de forma magistral las oscuridades de 1984 a través de sus tintas, en uno de sus más loados, lúcidos, críticos e impactantes trabajos; ilustraciones en blanco y negro que refuerzan la angustia vital del texto. El mismo artista argentino habla de esa vigencia del original: «Releer 1984 fue realmente un golpe. Me encontré con que me estaban contando una situación político-social que hoy está atravesando el planeta, donde el poder se manifiesta en lo que sería la prensa hegemónica y donde hay muchísima violencia». Como acertadamente ha señalado el rotativo francés Le Monde: «Si el siglo XIX fue balzaquiano y el siglo XX kafkiano, el siglo XXI se ha vuelto orweliano».

He aquí el enlace para adquirir este soberbio volumen:

https://librosdelzorrorojo.com/catalogo/1984/