Mamás, de Yeong-shin ma

Ponent Mont publica en castellano la novela gráfica que ha catapultado al surcoreano Yeong-shin ma y que además es su ópera prima. Nacido en Seúl en 1982, desde 2015 publica webtoons con enorme éxito y su libro, Mamás, ha aparecido en numerosas listas de éxitos en 2020, haciéndose, un año después, con el premio Haney que entrega la industria del cómic estadounidense. Ahora podemos disfrutar de su potente mensaje en castellano.

Por Óscar Herradón ©

Su desenfado e ironía –que no ocultan una abierta crítica social y una crisis de valores que afecta a Corea pero que también lo hace en el resto del globo, principalmente en Occidente, cosas de la globalización–, su poderoso sentido del humor (que no comicidad) a partir de la tragedia del día a día, retratan una sociedad moderna que se resiste a abandonar tradiciones y costumbres que parecen más propias del medievo que del siglo XXI. Una eterna dicotomía entre «progreso» –que tampoco hay que entenderlo como algo positivo– y tradición.

Para contar su historia y dar forma a este portentoso Manhwa para adultos, Yeong-shin ma se ha inspirado en la historia de su propia madre. Las «mamás» del título son tres mujeres en la cincuentena, Lee Soyeon, Myeong-ok y Yeonjeong, que, hartas de sus parejas y de sus sacrificados trabajos, y sumidas en el sopor de unas vidas que empiezan a acercarse peligrosamente a su ocaso, deseosas de agarrarse a aquello a lo que habían renunciado –o ni siquiera sabían que existía en la monotonía de sus existencias– desafían las normas de la familia tradicional coreana (que podríamos hacer extensiva, con sus particularidades, a la familia tradicional de la mayoría de países) para lanzarse a una segunda vida de aventuras escandalosas y contratiempos (a cuál más delirante) mientras anhelan conseguir algo más que los mediocres hombres que no han sabido hacerlas felices, lo que tiene una profunda lectura feminista en un país por lo demás abiertamente patriarcal. Mal de muchos…

El difícil camino del empoderamiento

Un precioso y voluminoso tomo en blanco y negro narra la azarosa vida de estas tres singulares mujeres, que podrían ser las madres de cualquier lector, con un guión magnífico, en ocasiones incluso retorcido, que no escatima en exabruptos (insultos, vamos) y en dibujar un sórdido mundo contemporáneo por el que pululan alcohólicos, fracasados y «peterpanes».

Yeonjeong, con cuya historia abre la novela gráfica, tras un matrimonio fracasado y varios noviazgos no mucho más propicios, sale con un camarero sumido en el infierno de la bebida; para ayudarle en el negocio, Yeonjeong se dedica a asistir con sus amigas a la discoteca en la que trabaja y persuadir a «pagafantas» para que les paguen las consumiciones –dando así comisiones a su pareja–. Pero la mujer ha perdido la ilusión y la vitalidad y lo que desea es terminar pronto ese coqueteo absurdo, esa pantomima en la que ha de tratar con personajes a veces repulsivos, con hombres inseguros y repletos de oscuridades en la trastienda de la noche coreana.

Por su parte, Lee Soyeon, otra mujer divorciada de 50 años, trabaja como limpiadora en un edificio de apartamentos en Seúl, aguantando a unos jefes explotadores y despreciables. Su situación en casa no es mucho mejor: su hijo treintañero es un derrochador (no de su dinero, sino del de su madre) y una suerte de parásito, y su novio, Jongseok, es otro perdedor sin horizonte (lo que dice mucho sobre el retrato que el autor pinta del género masculino al que pertenece), un tipo que se tiró tres años engañando a Soyeon y ella, sabiéndolo, es incapaz de dejarle, lo que barniza su vida, si cabe, de una mayor pátina de patetismo, en ocasiones innato al género humano. Myeong-ok, por otro lado, sale con un hombre más joven que ella, pero tampoco vive precisamente en un mundo de ensueño.

Las vidas de las tres amigas son compartidas en sus confesiones, una suerte de terapia psico-emocional en petit comité y vía de escape cotidiana a su infelicidad. En definitiva, un relato gráfico que a pesar de los brochazos de desolación y escepticismo que salpican sus páginas, deja pie a la esperanza de una vida mejor, o de mejorar la propia vida, que no es lo mismo.

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Nadadores en el desierto

Fue el hombre que inspiró la novela El Paciente Inglés, aunque la verdad histórica dista mucho del personaje al que daría vida Ralph Fiennes en la película homónima de 1996. El conde austrohúngaro Ladislaus E. Almásy fue uno de los grandes exploradores de los años 30 y 40 del pasado siglo, y contribuyó en sus expediciones a abrir nuevas rutas en el desierto norteafricano y a sacar a la luz joyas del pasado de la humanidad olvidadas bajo la arena. Nadadores en el de desierto, que publica Ediciones del Viento, cuenta su particular epopeya.

Óscar Herradón ©

Ladislaus Eduard Almásy nació en el castillo de Bernstein, en territorio de la antigua Hungría, en una zona que hoy pertenece a Austria, y era hijo del célebre explorador de Asia György Almásy, por lo que su pasión le venía de familia. Ladislaus, conde de Almásy (como le gustaba que se dirigieran a él) no tardaría en seguir los pasos de su progenitor. Con una excelente formación y dominando hasta seis idiomas, entre ellos el árabe, no tardó en caer cautivado por el desierto; antes, durante la Primera Guerra Mundial (entonces conocida como Gran Guerra), sirvió en la fuerza aérea del imperio austrohúngaro, las denominadas Tropas Imperiales y Reales de Aviación (Luftfahrtruppen KuK) y fue condecorado por sus acciones. Tras finalizar la contienda, trabajó como representante de la marca de automóviles Steyr Autmobilewerke, para la que realizó tests de resistencia de coches, aviajando con ellos a través del noreste de África, Libia, Sudán y Egipto. A partir de ese momento las arenas del desierto se convertirían en su hogar.

Fue el personaje que inspiraría la novela del canadiense Michael Ondaatje El Paciente Inglés, que sería adaptada al cine en 1996 por Anthony Minghela y protagonizada por Ralph Fiennes, pero el protagonista romántico de la cinta poco tiene que ver con el aventurero y explorador a veces temerario que fuera el astro-húngaro, que en las décadas de 1930 y 1940 exploraría todo el  desierto occidental de Egipto contribuyendo a abrir nuevas rutas hasta entonces desconocidas por el hombre occidental.

A diferencia de otros exploradores que partían con elaborados mapas o información fidedigna, el conde se aventuraba basándose en fuentes documentales de dudosa historicidad, apenas referencias aparecidas en antiguos manuscritos árabes como los textos de Al Bakri, quien hablaba de los djinns (duendes o demonios) que viven en las arenas del desierto y en los árboles de los oasis y cuyos quejumbrosos lamentos Almásy afirmaría haber escuchado, según recogió en su diario, voces nocturnas a las que los beduinos se referían como provenientes de los ghule, los malos espíritus que habitan en las dunas; aunque el aristócrata húngaro bien sabía que se producían por fenómenos naturales que, no obstante, extrañaban incluso a los «europeos de ideas racionalistas» y que, escasos, eran un efecto del enfriamiento de la arena. Para los beduinos, el conde era Abu Ramla, «Padre de la Arena».

Zerzura y el Valle de las Imágenes

Fue en busca también de la llamada «Ciudad de Latón» que se menciona en uno de los cuentos de Las Mil y una Noches y que para él solo podía concordar con el oasis perdido egipcio de Zerzura, cuya búsqueda se convertiría en una obsesión para el explorador y que a día de hoy nadie ha localizado. Finalmente, muy cerca de Jilf al Kabir, sus hombres hallaron un oasis que como él había sospechado era muy real, y no un enclave mítico de relatos medievales. Formaba parte del llamado «Club Zerzura», un grupo de aventureros cosmopolitas que se internaron en el desierto de Libia recorriéndolo en vehículos y aeroplanos en busca de ciudades míticas –pero también con la labor de cartografiar el desierto en misiones de inteligencia, como enseguida veremos–.

Precisamente allí, en el macizo rocoso de Jilf al Kabir, al suroeste de Egipto, cerca de la frontera con Libia, Almasy redescubrió la existencia de antiguos valles (wadis) que bautizó como Wadi Sura (el Valle de las Imágenes en la llamada «Cueva de las Bestias»), unas oquedades en cuyo interior se albergaba un tesoro de la antigüedad: las célebres pinturas «de los nadadores», que darían nombre a sus memorias y que demostraban que aquel hábitat, en pleno siglo XX totalmente desértico e inhóspito, había sido miles de años atrás un vergel por el que se extendían increíbles zonas lacustres que fueron el hábitat de pueblos primitivos de los que apenas sabemos nada. Hombres que tenían por costumbre bañarse en aquellas aguas, algo que apoyan pinturas de cazadores rodeados de jirafas, además de numerosas herramientas , imágenes que sí conocían los beduinos, cuyas indicaciones fueron de gran valor para el equipo de exploradores europeos. Realizó aquellos hallazgos en compañía del explorador y príncipe egipcio Kamal el Dine.

La crónica en primera persona de aquellas apasionantes y arriesgadas expediciones a los lugares más recónditos del Sáhara oriental la publicó Almásy en 1934 en húngaro bajo el título de Sáhara desconocido y vio la luz cinco años después, en una edición ampliada y modificada, en lengua alemana. Precisamente, Ediciones del Viento recupera los capítulos centrales de ambas ediciones en Nadadores en el desierto, vibrantes páginas en las que Almásy narra sus aventuras y hallazgos más sobresalientes, como la búsqueda del mítico oasis perdido de Zerzura y el sensacional descubrimiento de las pinturas rupestres que dan título al libro.

Un espía-aventurero al servicio del Tercer Reich

Su faceta como espía es uno de los aspectos más fascinantes de su biografía, y una de sus muchas oscuridades al haber contribuido a pasar valiosa información a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando estalló el conflicto, László era un hábil combatiente que tenía un buen currículo como aviador en la Gran Guerra y aceptó vestir el uniforme de la Luftwaffe comandada por Hermann Göring y pasó a servir en las filas del Afrika Korps de Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, ese inhóspito paraje en el que el conde húngaro tan bien se movía.

Almásy fue instructor de efectivos procedentes del Regimiento Brandenburgo, un grupo de élite de la Abwehr (el servicio de inteligencia del ejército alemán) en el desierto: atacó con éxito al «Grupo del Desierto de Largo Alcance» (Long Range Desert Group), una unidad de élite británica, y llegó a coordinar a diversos agentes alemanes que desplegó en El Cairo, acciones que le valdrían ser condecorado con la Cruz de Hierro. Precisamente al frente del Long Range Desert Group se hallaba otro explorador y militar obsesionado con dar con el mítico Zerzura, el británico Ralph Bagnold. Aquellos hombres nunca hallaron el oasis perdido, pero el también explorador Théodore Monod escribió en referencia al esquivo enclave: «Un día, quizá el viento del desierto libio, soplando en tempestad sobre los cordones de dunas y levantando en el aire nubes de arena fina, restituirá a los hombres el oasis perdido, revelando su emplazamiento y sus secretos».

El ejército perdido de Cambises

En 1950, Almásy llevó a cabo su última (y fallida) campaña: la búsqueda del ejército perdido de Cambises que, según lo recogido por el historiador griego Heródoto en el siglo VI a.C. desapareció en el desierto sin dejar rastro. Un ejército colosal de 50.000 hombres enviados por el rey persa que partió del oasis de Jarga hacia el norte con el fin de conquistar el oasis de Siwa, célebre por la visita de Alejandro Magno en busca de una respuesta sobre su destino.

Una tormenta de arena enterró a aquellos miles de hombres y, siguiendo diversas fuentes orales y documentales, Almásy se entregó a la exploración del llamado Gran Mar de Arena; y aunque su expedición halló unos Alamat, colosales hitos de piedra erigidos por los hombres de Cambises antes de perecer, jamás hallaron verdaderos restos de los soldados persas. Él mismo escribió en su preciado diario acerca de aquel contratiempo: «los antiguos dioses saben todavía defender los últimos secretos del desierto».

Almásy, el «Padre de la Arena», moría en Salzburgo de disentería el 22 de marzo de 1951. Tan solo tenía 55 años pero había vivido una vida plena y al límite. Quizá su alma descansa ahora con los djinns de las dunas del desierto.

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Orígenes, esplendor y declive del Imperio británico

En un relato fluido y ameno, a pesar de la ingente cantidad de fuentes e información manejadas, uno de los más brillantes historiadores británicos de nuestro tiempo, Niall Ferguson, narra la historia de cómo se creó el imperio más grande de todos los tiempos en El Imperio Británico. Cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial, que ha publicado recientemente la Editorial Debate. Tomando como referencia el post sobre la Compañía de las Indias Orientales que publicamos hace un tiempo, recomendamos este prolijo ensayo.

Por Óscar Herradón ©

La muerte de Isabel II y los fastuosos funerales que la siguieron, así como el nombramiento de su primogénito como nuevo rey bajo el nombre de Carlos III de Inglaterra, ha evidenciado el enorme poder que todavía tienen la corona británica y la Commonwealth, a pesar de que ya no es aquel gigante (con pies de barro) de siglos pretéritos. No obstante, ostenta una influencia mundial incontestable que ha hecho que el mundo entero estuviese pendiente de Londres, su Parlamento, Windsor o Westminster, auténticos centros de la actualidad informativa durante semanas.

Los comienzos de ese gran imperio fueron difíciles y modestos, puesto que una vez que los Reinos católicos de la Península Ibérica cruzaron por primera vez el Atlántico y entraron en el Índico, la economía mundial rompió todos los moldes y el imperio hispánico era imparable. Las nuevas técnicas de extracción que los españoles aplicaron a las minas del Nuevo Mundo hicieron que Europa recibiese anualmente, entre 1540 y 1700, unas 50.000 toneladas de plata americana.

John Cabot

A Inglaterra, desde la época del fundador de la dinastía Tudor, Enrique VII, solo le quedaba para hacerse grande a nivel internacional la vía de la expoliación mediante la piratería que saqueaba los barcos y plazas españolas. De hecho, el monarca inglés llegó a conceder cartas de patente de navegación al marino veneciano Juan Caboto (John Cabot), en 1496, para que imitase la epopeya de Cristóbal Colón, aunque con poco éxito.

Piratas y corsarios que cambiaron la Historia

La envidia británica por los imperios ibéricos sería la llama que produciría su expansión, pues tras la Reforma dicho sentimiento aumentó y el reino comenzó a pensar que tenía el deber religioso de crear un Imperio protestante para anteponerlo al de las católicas España y Portugal; así, el imperio británico se creó como una reacción nacional contra el poder imperial español, católico y regido por una monarquía absoluta –frente a la monarquía parlamentaria inglesa que en tiempos de la Revolución acabaría por decapitar al mismo rey, Carlos I–.

Morgan

En palabras de Ferguson, lo que hizo grande a Reino Unido fue que piratas como Henry Morgan (que contaba con patente de corso otorgada por la Reina Virgen, Isabel I, lo que brindaba carácter oficial al expolio) invirtieron el oro y la plata saqueados a España en propiedades para el cultivo de azúcar en Jamaica, lo que haría despegar dicho imperio. Así, Reino Unido desarrolló una nueva economía triangular: los productos manufacturados eran llevados a África por esclavos y se intercambiaban por el azúcar del Caribe que luego vendían en Europa. La todopoderosa Compañía de las Indias Orientales crearía sus propios ejércitos con tropas nativas y oficiales británicos, y poco a poco convirtió sus asentamientos comerciales en pequeños reinos.

Inmigraciones masivas, comercio y unidad parlamentaria

El libro narra cómo Gran Bretaña se hizo con el dominio mundial porque desde comienzos del siglo XVII hasta la década de 1950, de las islas emigraron más de 20 millones de personas de las que muy pocas regresaron y eso que los lugares en los que recalaron fueron en muchos casos inhóspitos, marginales y plagados de enfermedades. Se trató de la inmigración más masiva de la historia y llenó de blancos anglosajones rincones enormes del planeta (e incluso continentes enteros).

1740 fue el año en que se cantó por primera vez el Rule, Britannia!, «los británicos nunca, nunca serán esclavos»; sin embargo, los colonos ingleses en el Nuevo Mundo se enriquecerían precisamente por el comercio de esclavos y, paradójicamente, serían los impulsores de la Revolución americana contra el Imperio, principio de un cambio de paradigma en relación con las colonias. Por otro lado, el florecimiento de la sociedad comercial en el siglo XVII trajo consigo una prosperidad nunca antes vista, y aunque los británicos fueran vistos (y responsables) de un despiadado colonialismo y expolio de países como la India (la Joya del Imperio) y muchos otros territorios, de su Parlamento emanarían también algunos de los derechos que contribuirían a la modernización de la civilización sin el recurso a la violencia extrema de la Revolución Francesa.

Un complejo puzle cuyas piezas une Ferguson para brindarnos un relato vibrante que nos acerca una realidad apenas impensable: cómo una pequeña y lluviosa isla del norte del Atlántico pudo construir el imperio más grande de la historia. El imperio británico logró, desde las primeras rutas marítimas y comerciales del siglo XVIII hasta la Segunda Guerra Mundial y la independencia de la India, uno de los dominios más impresionantes que ha conocido la historia de la humanidad; gracias a una magnífica flota mercantil y militar y a una innegable voluntad política, lo que llevó a los británicos a extender su poder desde sus escarpadas costas (que no pudieron conquistar los españoles a bordo de la Grande y Felicísima Armada enviada por Felipe II en el siglo XVI, lo que habría cambiado sustancialmente las cosas) hasta los remotos confines de Asia, África y la India, logrando una unidad geopolítica y administrativa pocas veces vista.

Un trabajo polémico y apasionado de síntesis histórica que aborda el auge del consumismo provocado por la demanda de café, te, tabaco y azúcar, la citada mayor inmigración en masa de la historia, el impacto de los misioneros, el triunfo del capitalismo o la extensión de la lengua inglesa, la que hace que se entiendan prácticamente todos los ciudadanos a nivel mundial, mal que le pese al español (uno de los más extendidos, cierto) y al esperanto.

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