Los evangelios olvidados. El rostro desconocido de Jesús

Prácticamente desde su misma aparición, el cristianismo, al igual que la mayoría de las grandes religiones, se dedicó a purgar aquellos escritos que no convenían a quienes manejaban los hilos del poder para transmitir la «verdadera enseñanza». Así, en el Concilio de Nicea (325) se decidió qué textos eran los que contaban el verdadero origen de Jesús y habían sido revelados y señalados –como a partir de entonces los pontífices– por el Espíritu Santo. Los que se condenaron tomaron el nombre de apócrifos y, junto a los gnósticos, dormirían el sueño del olvido durante siglos.

Por Óscar Herradón ©

Concilio de Nicea

Cuando la religión católica fue adoptada como el culto oficial del Imperio Romano, en tiempos del emperador Constantino, todos aquellos manuscritos que no parecían, a los ojos de los ya por entonces magnates del espíritu, dignos de tan excelsa creencia, fueron destruidos y, por suerte, en algunos casos únicamente olvidados y recuperados para la memoria del hombre siglos más tarde. Me refiero a los conocidos como Evangelios Apócrifos y Gnósticos, textos que ofrecían versiones diferentes y polémicas de las Sagradas Escrituras y de la vida de Jesús, y que fueron catalogados por los que heredaron el trono de Pedro y sus vasallos como auténticos «libros malditos».

Los obispos y cardenales no se enfrentaban entonces con religiones opuestas, o «herejías» bien diferenciadas de su enseñanza; se trataba de crear una serie de mitos que fortalecieran la imagen de la Iglesia en toda su esfera de influencia, cada vez más grande, sin lugar a discrepancias o cuestionamientos, y muchos manuscritos pertenecientes en un principio a su dogma ponían en peligro dicha estrategia política, muy alejada, es cierto, de la espiritual que verdaderamente deberían haber seguido. Muchos textos atribuidos a seguidores de Jesús, algunos incluso coetáneos al Mesías, fueron condenados en beneficio de los únicos cuatro Evangelios que la Iglesia admite como verdaderos: los Canónicos –compuestos por los cuatro evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan–, que en no pocas ocasiones llegan a contradecirse entre sí, pero que son el corpus oficial del cristianismo.

La palabra de Dios era seleccionada por la mano del hombre para ajustarse a sus intereses. No es de extrañar, sigue sucediendo en pleno siglo XXI.

Los Evangeliso «Malditos»

Pío IX

Han corrido ríos de tinta en torno a la autenticidad y falsedad de los textos sagrados. La Iglesia católica no acepta ningún tipo de fisura en torno a los Evangelios Canónicos mientras no duda en tachar de falsos y malditos aquellos escritos que aportan datos sutilmente diferentes o alternativos de las enseñanzas de Jesús. El Papa Inocencio I, sobre los Apócrifos, afirmó lo siguiente: «Respecto a los otros (evangelios) que llevan los nombres de Matías, Santiago el Menor, o de Pedro y de Juan, y también el que lleva el nombre de Tomás, ¡no solamente hay que abandonarlos, sino incluso condenarlos!». Esta forma de proceder de los católicos ortodoxos sería una constante, mantenida también en nuestros días; en su Encíclica Noscitis et Nobiscum del año 1849, el papa Pío IX se refería a los Evangelios Apócrifos como «lecturas emponzoñadas», y añadió que los libros –fuesen religiosos o no– deben ser escritos por «hombres de sana y reconocida doctrina».

Para reforzar su autenticidad, la Santa Sede afirma que los Canónicos fueron escritos por discípulos de Jesucristo, que el Nuevo Testamento es el libro mejor documentado de la Antigüedad –por los abundantes datos de diferente naturaleza que aporta sobre la época de Jesús– y que su historicidad está fuera de toda duda, pero esto ha sido puesto en tela de juicio por los mejores expertos en numerosas ocasiones (y con pruebas). Desde la aparición del cristianismo se hicieron numerosas copias en diferentes lenguas –latín y griego fundamentalmente– de dichos textos y los más destacados escritores del mundo antiguo los citaron en sus obras. Pero, aunque estas características son la principal defensa del Vaticano para verificar su autenticidad, lo cierto es que los Evangelios Canónicos fueron escritos bastantes años después de que Jesús de Nazaret predicase en las tierras del actual Oriente Próximo.

El primero de todos ellos es el Evangelio de Marcos, que se escribió nada menos que en el año 70 después de Cristo, unos 40 años después de la muerte del nazareno. Dicho texto es una versión extendida del Urmarcus o Marcos Primitivo, una especie de borrador que Marcos escribió años antes según las enseñanzas que Pedro recogió del Mesías. Marcos es considerado por la Iglesia el más fiel de todos los testigos «contemporáneos» de las enseñanzas de Cristo, sin embargo, nunca escuchó ni siguió a Jesús como discípulo. Todo lo que dejó escrito se fundamenta en el relato oral de lo acaecido, relato que pudo ser alterado a lo largo de décadas, por personas diferentes, un tema, no obstante, que no es discutible para el Vaticano.

Benedicto XV

Un hombre, con buenas intenciones –eso nadie lo pone en duda– recogió el legado de un profeta que murió cuando él apenas era un niño o ni siquiera había nacido y, sin embargo, todo lo que dejó impreso tiene, por fuerza, que ser verdad. Su autenticidad no puede cuestionarse, algo nada extraño si nos atenemos a lo que algunos pontífices han afirmado con contundencia, que dichos textos fueron inspirados por el Espíritu Santo a los evangelistas. ¿Cómo podían entonces faltar a la verdad? En la Encíclica Spiritus Paraclitus, el papa Benedicto XV dejó escrito que «Los Libros de la Sagrada Escritura fueron compuestos bajo la inspiración, o la sugestión, o la insinuación, y aún el dictado del Espíritu Santo; más todavía, el mismo Espíritu Santo fue quien los redactó y publicó». Pocos se atrevieron después, en el seno de la Iglesia y fuera de ella, a contradecir la férrea sentencia del Sumo Pontífice.

Controversias y contradicciones

Si el Evangelio de Marcos fue escrito cuarenta años después de la crucifixión de Jesús, y su autor no tuvo contacto directo con el más venerado profeta, junto a Mahoma, de la historia de la humanidad, el caso de los otros tres textos Canónicos es todavía más controvertido. Los siguientes, el de Mateo y Lucas, fueron concluidos décadas después. El de Mateo fue escrito en lengua griega en Antioquía, hacia el año 90 después de Cristo, mientras que el de Lucas se terminó de escribir hacia el año 80 en algún punto de Grecia. Se cree que Mateo utilizó para su redacción dos documentos perdidos: el «Q» y el Urmarcus ya citado. Lucas utilizó, al parecer, las mismas fuentes –de ahí que ambos sean denominados Evangelios Sinópticos–. 

Juan

El de Juan, supuesto hijo de Zebedeo, es sustancialmente diferente a los tres anteriores y el único en el que se afirma la divinidad de Jesús. Fue escrito todavía más tarde: al parecer en el año 115. Algunos investigadores han afirmado que dichos textos fueron modificados y engalanados intencionadamente por sus autores, con la finalidad de ajustar sus testimonios a unos intereses creados, aunque es difícil delimitar si dicha intencionalidad parte de los manuscritos originales o fue promovida posteriormente desde Roma bajo el mandato de ciertos pontífices y emperadores.

Lo cierto es que las características y enseñanzas de Jesús, al igual que muchos de los episodios que se recogen en los Evangelios, poseen una sospechosa similitud con leyendas y mitos del mundo antiguo, de las religiones conocidas como mistéricas. ¿Pudo la Iglesia recoger algunas de esas influencias para perfilar la figura de Jesús y dotarla de divinidad? Parece vislumbrarse, según muchos investigadores e historiadores como Timothy Freke, Peter Gandy, Keith Hopkins o Margaret Starbirt -que han penetrado en las raíces del cristianismo primitivo con la única intención de demostrar la verdad, sin intereses a favor de credo alguno- una respuesta afirmativa.

Este post tendrá una inminente continuación.

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

Pagels

La editorial Crítica, tan querida de este blog, relanza una obra fundamental para comprender los textos cristianos prohibidos por la ortodoxia, nada menos que la obra de referencia Los Evangelios Gnósticos, de la profesora de religión de la Universidad de Princeton y una de las mayores expertas mundiales en el cristianismo, Elaine Pagels. Un texto que la editorial española lanzó por primera vez en castellano en 1982 pero que cuarenta años después mantiene su frescura y su lucidez.

El libro fue distinguido en su día en Estados Unidos con el premio del National Book Critics Circle y con el National Book Award, y desde entonces es una obra de referencia indiscutible sobre el primer cristianismo pero sin aceptar las doctrinas oficiales de su iglesia. En sus páginas Pagels revela las numerosas discrepancias que separaban a los cristianos primitivos en relación a los mismos hechos de la vida de Cristo, el sentido de sus enseñanzas o la forma que debía adoptar su Iglesia, y describe con elocuencia las doctrinas gnósticas que niegan la resurrección de Jesús y rechazan la autoridad sacerdotal, explicando con claridad meridiana por qué y cómo la ortodoxia que finalmente se impuso declaró heréticos a los gnósticos y trató de eliminar –por suerte, de forma fallida– todos los textos que contenían sus doctrinas.

He aquí el enlace para adquirir este clásico:

https://www.planetadelibros.com/libro-los-evangelios-gnosticos/348552

Y también a través de la Editorial Crítica, y de la misma autora, tenemos disponible Más allá de la fe. El evangelio de Tomás, nada menos que un recorrido por los entresijos de uno de los textos gnósticos fundamentales para entender a Jesús. Pagels pretende explicar al lector que, si somos capaz de recuperar lo mejor del judaísmo y el cristianismo, podremos abrazar un camino de espiritualidad que nos inspire la visión de una nueva sociedad basada en la justicia y en el amor. Nada más lejos de la situación en la que ahora se encuentra el mundo, asomado al abismo. Quizá lo mejor sea recuperar los textos antiguos, comprenderlos, y hacernos esas mejores personas que no logró ni siquiera la pandemia de Covid-19. En palabras de Pagels, cuya figura debemos reivindicar –seamos o no religiosos–: «lo que más admiro en la riqueza y diversidad de nuestras tradiciones religiosas es el testimonio de innumerables personas que luchan por descubrir la vida espiritual y nos dicen, con Jesús, ‘buscad, y encontraréis’». Falta nos hace.

El Jesús Histórico (Editorial Trotta)

El filólogo y catedrático español Antonio Piñero, una de las personas que más saben –a nivel mundial– sobre la figura de Jesús y el cristianismo primitivo, a través de la Editorial Trotta, vieja conocida de este blog, muestra en El Jesús Histórico. Otras aproximaciones, una visión general de la figura de Cristo ofrecida por algunas de las obras más obras exegéticas más importantes en castellano.

No es un trabajo fácil, puesto que aquellos libros escritos sobre Jesús en lengua castellana son, en su mayoría, textos escritos por autores de una u otra confesión cristiana, lo que va en detrimento de la objetividad de sus argumentos. La intención de Piñero en Otras aproximaciones es poner a disposición de un público crítico un panorama breve pero bastante completo de lo que se está escribiendo en lengua española en estos momentos, incluido un tipo de textos, minoritario, compuesto por estudios de autores independientes no confesionales, que procuran no ser subjetivos ni militantes y que ofrecen una aproximación a Jesús obtenida a partir de fuentes similares para acercarse a la biografía de cualquier otro personajes ilustre de la Antigüedad.

La intención de esta selección y crítica es construir una imagen de Jesús sobre la base de lo que razonablemente podemos saber en la actualidad acerca del personaje histórico –libre de fábulas y hechos sobrenaturales–utilizando todas las herramientas habituales en la investigación de la historia antigua. La imagen del Nazareno obtenida a través de este procedimiento crítico está escrita con la plena consciencia de que su vida, aun siendo la de un personaje históricamente remoto con numerosas lagunas historiográficas, está totalmente viva en la inmensa mayoría de los cristianos –y en muchos que no profesan dicho credo–, por lo que dicha vida sigue interesando por sí misma.

El libro es una suerte de continuación de otro título de Piñero que cosechó notable éxito y que Trotta publicó en 2018: Aproximación al Jesús Histórico. Asimismo, la editorial ha publicado numerosos textos del citado estudioso que podéis adquirir en su web, como Guía para entender el Nuevo Testamento, Jesús y las mujeres o Guía para entender a Pablo de Tarso. Una aproximación del pensamiento paulino.

Kame Hame Ha! Recordando Dragon Ball

Lleva con nosotros más de treinta años y es una de las series de manganime más influyentes de todos los tiempos. Creada por Akira Toriyama en un lejano 1984, sus secretos se desmenuzan en las páginas de un libro que toma prestado el grito de guerra de Son Goku, Kame Hame Ha!, nada menos que la guía definitiva de Dragon Ball que edita en dos volúmenes Diábolo Ediciones.

Por Óscar Herradón ©

Recuerdo los comienzos de Dragon Ball pues coincidió con los años de mi infancia previa a la adolescencia, una época en la que el manganime copaba la programación vespertina de una caja tonta con solo dos canales (algo que estaba a punto de cambiar con la llegada de Tele 5 y Antena 3). Era apenas un niño que no sabía vocalizar cuando Mazinger Z cautivó a la audiencia española, y no mucho más mayor con Candy Candy (cuyo origen se remontaba a 1976). A finales de los 80, cuando eclosionó Bola de Dragón en nuestro país (aunque nació en 1984), los chavales de mi edad, unos 9 años –y otros bastante más creciditos– nos quedábamos anonadados con Campeones (Capitán Tsubasa) o Los Caballeros del Zodíaco, pero ninguna serie sería tan trascendente ni longeva como la que ocupa este post, que pasó a formar parte no solo de los juegos infantiles (con un merchandising que nada tenía que envidiar al actual, aunque menos detallado), sino del imaginario popular.

Por supuesto, conocí a Son Goku, su colita de «mono» y a su inseparable Krillin en la televisión, y fue después cuando los kioscos comenzaron a explotar su versión manga, de donde nació años atrás en Japón, cómics con una portada roja y trazos en blanco y negro que hoy se han reeditado en múltiples formatos, aquellos maravillosos kioscos en que se confundían en un batiburrillo multicolor la Superpop con la Teleindiscreta, el TP con la Heavy Rock y el Dojo con Diez Minutos, junto a paquetes de tabaco Winston y golosinas hiperglucémicas.

Compré alguno de aquellos cómics (que probablemente ni leí, ya entonces empecé a ser un poco «acaparador compulsivo») y que por aquello de «hacer limpia» ya no conservo –una pena–, como tampoco los tebeos de G.I.Joe, entre otras joyas gráficas, y por supuesto vi muchísimos capítulos de la primera serie las tardes de tiempos lejanos, al salir de las clases de EGB en el colegio Ortega y Gassett de Zarzaquemada (Leganés), cuando las teles de tubo, gigantescas, pesaban más que mueble de salón. Aunque nunca fui un fanático de la saga. He de reconocerlo.

Pero el recuerdo de Dragon Ball, cuyos personajes se imitaban en las tiendas de «Todo a Cien» (que entonces no regentaban chinos, sino españoles) y que más tarde pasaron a inundar de tazos las bolsas de Matutano, dejaron una huella indeleble en los de mi generación, nostálgicos sin remedio que hablan de los 80 y 90 a la primera de cambio en una conversación de «cuñados». Así que cuando supe que Diábolo Ediciones, que tanto mima nuestros recuerdos cinéfilos y catódicos, lanzaba el primer volumen de Kame Kame Ha! La Guía definitiva de Dragon Ball (acaba de publicar el segundo, que tendrá su oportuna entrada), compuesto a cuatro manos por Néstor Rubio y Miguel Martínez, no me lo pensé dos veces, y menos sabiendo que sería una edición profusamente ilustrada a color preñada de curiosidades y sabías que…

Toriyama, el genio tras la marca

Toriyama

El origen de una de las franquicias más longevas y rentables del manganime de todos los tiempos tiene detrás un nombre propio, Akira Toriyama, que alcanzó el éxito previamente con Dr. Slump. Combinando la magia con la artes marciales, la amistad con los mensajes ecologistas y la eterna lucha entre el bien y el mal (y la enorme escala de grises que existe entre uno y otro concepto, que se lo digan a Piccolo o Vegeta), Toriyama creó una historia que engancha desde el minuto uno, que no defrauda, y cuyas líneas argumentales se expandirían no solo en sus interminables secuelas sino también en el rentable mundo del videojuego.

El volumen editado por Diábolo –y su continuación– es un sucinto recorrido por la saga desde los orígenes del serial (con un tono mucho más cómico, incluso a veces irreverente, que el estilo posterior), para pasar a la que muchos consideran la mejor etapa, Dragon Ball Z, con un argumento más maduro, una combinación de seriedad y drama con épicos y minuciosos combates, para extenderse a sus secuelas y también a la influencia de la franquicia –insisto, muy notable– en la cultura popular.

Y sobre por qué se llamó  «Z» a la continuación de Dragon Ball hay diferentes teorías; una afirma que Toriyama la eligió simplemente por ser la última letra del alfabeto, pues su intención era que la obra concluyera ahí, cosa que como sabemos no fue así (tuvo dos arcos narrativos más). Otra, algo más peregrina, asegura que Toriyama pretendía llamarla simplemente Dragon Ball 2, pero los responsables de la producción de la serie, por error, creyeron que –debido a la grafía, muy similar–, era realmente una Z y no un 2. ¿De verdad alguien se cree que Toriyama no habría puesto el grito en el cielo por ello?

El señor Toriyama es tan popular en Japón que cuando hay rumores de que hará alguna aparición en Tokio (vive en la prefectura de Aichi, en la región de Chubu, junto a su esposa, la ex artista de magna Nachi Mikami), los funcionarios de la Oficina de Gobernación se echan las manos a la cabeza ante el dispositivo de seguridad que han de organizar. En alguna ocasión, masas de fans enfervorecidos han rodeado al artista y lo han seguido hasta el mismo aeropuerto. Y eso que Toriyama no es precisamente un amante de la vida en sociedad, y son escasas las entrevistas que concede o las veces que se ha dejado fotografíar (algo difícil y hasta raro en tiempos de Instagram y TikTok).

Su éxito le ha llevado también a participar en el diseño de varios personajes de videojuegos, por ejemplo en la popular serie Dragon Quest, pero también para el juego de rol Chrono Trigger para Super Nintendo y Super Famicom, entre otros, aunque, según reveló el propio Toriyama en una entrevista a Rolling Stone, no le entusiasman demasiado los videojuegos. También ha influido notablemente en otros genios del noveno arte; así lo han confesado Tite Kubo (Bleach), Masashi Kishimoto (Naruto) o Eiichiro Oda (One Pierce).

Lo que pocos saben es que se convirtió en mangaka casi por casualidad: a través de un concurso de la Weekly Shonen Jump para aficionados, a donde envió un trabajo que no ganó premio alguno. Entonces (entre 1977 y 1979) trabajaba en lo que él pensaba que era su verdadera vocación, la de diseñador gráfico en publicidad. A la vista de lo que consiguió más tarde, no le fue nada mal en el campo de la viñeta nipona. Aunque no le regalaron nada, como reza uno de los mantras de Dragon Ball: «La única forma de conseguir lo que quieres es trabajando duro».

Podría contar mil y una historias sobre la saga, pero como la intención de este post no es ser infinito, encontraréis un amplio abanico de anécdotas tanto o más fascinantes en el libro de Diábolo. He aquí el enlace:

https://www.diaboloediciones.com/kame-hame-ha-la-guia-definitiva-de-dragon-ball-volumen-1/

Karate Kid. Cuatro décadas dando cera, y puliéndola…

Hace casi cuarenta años que un chaval acosado por los machos alfa del instituto se convertía en karateka para dar esperanza a los que sufrieron (quizá todos en alguna medida) bullying. Hoy que Karate Kid, cuya primera entrega se estrenó un 16 de noviembre de 1984, cuenta con un nuevo renacer gracias a la serie Cobra Kai, que emite Netflix, un libro de reciente aparición recorre toda su historia, desde la idea inicial al guión, los personajes, los actores y las secuelas. Preñado de anécdotas, recuerda lo que aquella saga significó para toda una generación.

Por Óscar Herradón ©

No podía ser sino Diábolo Ediciones quien brindara el homenaje que se merece a una de las sagas capitales de los 80 y saciara a su vez el ansia de conocimiento de los mitómanos y nostálgicos ante la escasez de publicaciones. Hablo de (The) Karate Kid y su trilogía original, así como sus reboot y su «revisitación» en forma catódica a través de la exitosa y potente Cobra Kai, que comenzó como web serie y recupera a los protagonistas originales un poco más entrados en años pero manteniendo con elegancia el tipo.

El origen de una de las franquicias más célebres, rentables y añoradas de nuestra infancia no es lo que se dice muy glamuroso. Nació de un concepto desarrollado por el productor, Jerry Weintraub (con los años, uno de los más aclamados de Hollywood) que un día leyó en la prensa la historia de un muchacho que aprendió karate como forma de hacer frente a unos matones que le hacían bullying. Le encargó un libreto al guionista Robert Mark Kamen, que narró una experiencia personal que le sucedió 20 años antes, en 1964, durante la Feria Mundial de Nueva York que se celebraba a cinco minutos de su hogar, cuando una pandilla de chicos se abalanzaron sobre él al ver que en su cuello lucía una estrella de David. El eterno y podrido antisemitismo. Echó a correr con todas sus fuerzas y lo persiguieron. Poco después se inscribió en un dojo, «lugar de despertar» donde se practican las artes marciales, porque no quería que volviera a pasarle lo mismo.

Según sus propias palabras, Karate Kid era «una carta de amor en forma de guión a mis maestros de Okinawa y a lo que aprendí de ellos». El propio Kamen dice en el prólogo del libro que edita Diábolo: «Tuve la suerte de tener a una serie de maestros que entendieron que el karate no era simplemente pelear, sino que era superación personal, disciplina, esforzarse por alcanzar la perfección no solo de tu capacidad para defenderte, sino para convertirse en mejor persona, en una persona más completa».

Chojun Miyagi

Kamen se inspiró en uno de sus instructores, un maestro de Okinawa de nombre Meitoku Yagi, y en el senséi que entrenó a éste a la temprana edad de 14 años, Chojun Miyagi. Así que el rol que haría mundialmente célebre a Pat Morita, el del Señor Miyagi, resultó ser una combinación de ambos maestros. El verdadero Miyagi había fundado en Okinawa el Goju Ryu, un estilo de Karate-do cuya traducción vendría a ser «estilo de lo duro y lo suave», un arte marcial en el que se combinaban y complementaban ambos conceptos. El Goju Ryu fundado por Chojun en Okinawa y después transmitido por Meitoku en Estados Unidos será la base del peculiar entrenamiento al que es sometido David LaRusso en la película.

Mark Kamen había firmado tres años antes el libreto de Taps, más allá del honor, con jóvenes estrellas como Timothy Hutton, Sean Penn o un Tom Cruise que hoy, como en las cuatro décadas anteriores, continúa en plena forma y empapado de éxito por el estreno de Top Gun Maverick. Como la saga de Karate Kid, Cruise siempre ha estado con nosotros, como un familiar cercano. Tras el éxito del estreno, la recaudación –de casi 100 millones de dólares– hizo que Columbia pidiera a Robert Mark Kamen repetir la fórmula de la primera entrega. Le encargaron el desarrollo de ambas secuelas y le dieron la oportunidad de escribir el libreto de una de las entregas de otra saga memorable de los 80, Arma Letal 3, junto a otros guionistas como Jeffrey Boam (El Chip Prodigioso) y Shane Black (Depredador).

Portada del libro publicado por Diábolo Ediciones

En el citado volumen, Karate Kid & Cobra Kai. Dar cera, pulir cera, se incluye una entrevista bastante reciente que el autor, Francisco Javier Millán, que ha firmado con Diábolo exitosos libros como Generación Goonies o Los Goonies nunca dicen muerto, le realizó a Kamen la madrugada del 7 al 8 de septiembre de 2021, mes en el que también entrevistó, con la colaboración de Marisé Samitier, vía telefónica, a Bill Conti, creador de la banda sonora de la trilogía original y compositor también –y principalmente– de la inolvidable melodía de Rocky que todavía hoy es un subidón de optimismo que puede con todo.

Una historia menor convertida en leyenda

Karate Kid fue una película concebida en un principio con pocas expectativas (también lo fue La Guerra de las Galaxias, y mira hoy…); según declaró el productor, Jerry Weintraub, temía que el público la viera como una suerte de Rocky para niños en un tiempo en el que la saga pugilística nacida de la mente de Sylvester Stallone iba ya por su tercera entrega y había elevado a la categoría de estrella a Mr. T, que por aquel entonces pasaba a encarnar a M-A Barracus en la serie de culto ochentero El Equipo A. Más nostalgia elevada al cubo de los cuarentones.

Quizá por ello, el productor decidió tantear a un director en horas bajas que precisamente se había hecho cargo de la primera entrega de la historia del potro italiano: John G. Avildsen, que aceptó el reto. Para una cinta iniciática en la que el joven David LaRusso ha de experimentar el sufrimiento y el amor (frustrado) para pasar de la niñez, plagada de incertidumbres y miedos, a la edad adulta, era importante escoger a un actor que transmitiera esas emociones, pero no lo era menos el personaje del maestro (senséi) que ha de entrenar al joven (y fortalecer su cuerpo y su mente adolescentes).

El estudio quería al reconocido actor japonés Toshiro Mifune (el emblemático protagonista de algunas de las mejores películas de Akira Kurosawa, como Los Siete Samuráis, Rashomon o Yojimbo), pero al director le parecía que daría un toque demasiado serio a la cinta. Pat Morita fue el primero que se presentó a la audición para encarnar al Sr. Miyagi (que haría inmortal la frase «Dar cera, pulir cera»). A Avildsen le convenció su prueba, pero el productor, Weintraub, no lo quería por su vis cómica, pues era un actor que había hecho principalmente comedia y formó parte del grupo de cómicos de improvisación teatral The Groundlings; sin embargo, tras múltiples pruebas y la insistencia del realizador (que persistió en las enormes posibilidades que brindaba –acertó de pleno–), Weintraub aceptó, y llegó a pedir disculpas al actor nipón por su reticencia inicial. No obstante, para que destacara su origen japonés, el productor exigió que su nombre en los títulos de crédito apareciera completo: Noriyuki «Pat» Morita. Y no le fue nada mal en el entrañable rol de Miyagi: se convirtió en el primer asiático-americano en ser nominado a los Oscar como Mejor Actor de Reparto.

Un rostro inolvidable

La elección de Ralph Macchio para dar vida al personaje principal, David LaRusso, se debió, según el director, a su aspecto juvenil y marcada delgadez, lo que le hacía parecer vulnerable, algo fundamental para desarrollar su evolución –aunque por entonces Macchio ya tenía 21 años que no aparentaba–. Y eso que se habían barajado nombres como los de Robert Downey Jr., Charlie Sheen, Nicolas Cage, Emilio Estévez, Eric Stoltz e incluso Kyle Eastwood, hijo de «Harry el Sucio». Charlie Sheen, a su vez, también fue tanteado para interpretar al azote de LaRusso y villano de la cinta, Johnny Lawrence, así como Crispin Glover, pero el papel fue finalmente para el entonces desconocido William Zabka. El rol de la chica que le roba el corazón al protagonista fue para Elizabeth Shue, pero se barajaron actrices como Helen Hunt o Demi Moore, una cuasi desconocida que por aquella década acabaría en otra saga inmortal, Regreso al Futuro.

Tanto Zabka como Shue habían aparecido tan solo en pequeños papeles y en spots televisivos, pero Macchio ya interpretó un rol importante en la película de Francis Ford Coppola Rebeldes (The Outsiders), basada en la exitosa novela de Susan E. Hinton y estrenada un año antes de Karate Kid, en 1983, plataforma de lanzamiento de toda una serie de nuevas y prometedoras estrellas de Hollywood: Patrick Swayze, Emilio Estévez, Matt Dillon, Rob Lowe o el mismo Tom Cruise. Haciendo algo poco habitual entonces, Avildsen filmó los ensayos de las escenas y los editó como un primer corte de la película con la intención de corregir detalles y anticiparse a posibles problemas de rodaje.

Con un presupuesto inicial de ocho millones de dólares, Karate Kid recaudaría casi 91 millones solo en Estados Unidos (y tuvo éxito en medio mundo), recibiendo, además, buenas opiniones de la crítica, a pesar de que en un primer momento el título no le gustó a los actores y a varios miembros del equipo de rodaje, pues lo consideraban de película de bajo presupuesto y aire infantil. El fervor por la cinta llevó incluso a la apertura de una cadena de dojos (hasta entonces prácticamente inexistentes en territorio USA) bautizada como «Karate Kids».

Para el senséi John Kreese se barajaron actores de la talla de Kurt Russell, Jeff Bridges, Christopher Walken, Harvey Keitel e incluso el sr. Spock, Leonard Nimoy, pero finalmente el rol recayó en el actor Martin Kove, al que habían dado una semana para preparar la audición. Sin embargo, le llamaron al día siguiente y le dijeron que debía hacer la prueba sin tiempo para preparar el papel. Protestó por ello pero insistieron en que sería su única oportunidad. Fue su mujer quien le convenció de asistir y la frustración y rabia que sentía le sirvieron –dicen– para convencer al realizador y al equipo de que era el actor indicado (parece ser que llegó a espetarle a Avildsen y a la directora de casting que eran unos imbéciles). Hoy aparece también en Cobra Kai y mantiene el tipo como un verdadero senséi. Más quisieran algunos a los 76 años, aunque ahí está Jagger, que con dos más el pasado 1 de junio no dejó de moverse como una anguila durante más de dos horas ante 45.000 personas en el Wanda Metropolitano, dando el pistoletazo de salida a su gira «Sixty». ¡Sesenta años sobre los escenarios! para echarse a temblar. Cosas de «pactar» con el diablo…

Volviendo a la película, el estudio tuvo que pedir permiso a DC Cómics porque ya existía un superhéroe llamado Karate Kid, reconocimiento que se puede ver al final de los títulos de crédito. Una historia que se lanzó 18 años antes del estreno de la primera entrega cinematográfica, en 1966, y la protagonizaba Val Armorr, uno de los miembros de la Legión de Superhéroes, que no poseía ningún superpoder pero sí un dominio absoluto de las artes marciales que lo hacía prácticamente invencible.

Luego llegó la patada de la Grulla, que todos imitamos hasta la saciedad en la playa y en el colegio y que levantaría polémica años después entre los expertos en kárate, que consideran que habría sido un golpe ilegal (y, por tanto, LaRusso habría perdido el combate), pero eso lo dejamos para otra entrega del blog. Ahora, mil y una anécdotas más os esperan en las páginas del nuevo libro de Millán que podéis adquirir en el siguiente enlace. No os arrepentiréis. Palabra del «pandemonio».

https://www.diaboloediciones.com/karate-kid-cobra-kai-dar-cera-pulir-cera/