Dubravka Ugresic: la diosa croata de las letras

Es una de las más importantes escritoras europeas contemporáneas, y aún así su nombre no es común entre el gran público. Gracias a la editorial Impedimenta, podemos disfrutar en castellano (más bien deleitarnos, sobrecogernos) con gran parte de la obra de esta croata nacida en 1949 en Kutina y cuya biografía está salpicada de sobresaltos y tragedias, entre ellas la terrible desintegración de la antigua Yugoslavia. Su trayectoria vital, no obstante, la fortalece, y su obra claramente trasciende lo literario para convertirse en ARTE con mayúsculas.

Por Óscar Herradón ©

Impedimenta ©

Decir que Impedimenta es una de las pequeñas/grandes editoriales de literatura de nuestro país es quedarse corto. Con un catálogo de infarto que cubre las expectativas de todo apasionado de la literatura contemporánea y moderna (de géneros que abarcan desde el drama rural al noir, del thriller a la fantasía gótica, del terror de nuevo cuño a la novela costumbrista), llevo años devorando sus libros y reseñando algunos de los más notables en las páginas tanto de la desaparecida revista Enigmas como de su prima hermana Año/Cero, donde, aun echando de menos seguir formando parte del staff (la dichosa crisis del kiosco) continúo mes a mes dando forma a la sección de novedades literarias, una extensión en papel de las inquietudes que configuran «Dentro del Pandemónium».

Bien, para aquellos que no han tenido ocasión, por la razón que sea, de leer dichas recomendaciones en las revistas o que quizá no conozcan la editorial, pues son muchas y numerosos los libros que salen cada año, y trayendo a colación el viejo refrán de «nunca es tarde si la dicha es buena», propongo la lectura de los trabajos de una de las últimas apuestas de Impedimenta, apuestas en ocasiones no poco arriesgadas en relación a lo que un grueso del público suele demandar. La apuesta en cuestión es la autora croata Dubravka Ugresic (escribo así su nombre por carecer de la tipografía del Alfabeto de Gaj), una de las voces más originales (e inclasificables) de la narrativa europea actual.

Dubravka Ugresic (Wikipedia)

En 2013, con la publicación de su libro Europe in Sepia (Europa en Sepia), Ugresic describía así su intensa y nada amable vida: «Una mezcla caótica en la que se juntan una infancia socialista, la desintegración de Yugoslavia, una guerra civil, nuevos pasaportes e identidades fracturadas, traiciones, exilio y una nueva vida en un país de Europa occidental». Es probablemente la más grande escritora croata contemporánea y aún así se ha visto obligada a vivir en el exilio (actualmente reside en los Países Bajos). Éstas son sus últimas obras publicadas por la editorial y que recomendamos con devoción casi febril en este blog.

Zorro: cómo se crean los cuentos

En 2019 Impedimenta publicó Zorro, un juego de espejos en el que Ugresic cautiva al lector jugando con la ficción y la no ficción, llegando a confundir a éste sobre qué es qué. En la sinopsis del libro podemos leer: «La gran obra de Ugresic es una incomparable aventura autoficcional que sumerge al lector en un laberinto literario para reivindicar el poder de los relatos. Todo un artefacto complejo y oscuro que conjuga pasión, humor y erudición, de la mano de una de las voces más importantes del panorama europeo actual».

Una mirada directa a eso que nos da tanto miedo en Occidente: la muerte. Algo omnipresente y cotidiano que, sin embargo, intentamos omitir de nuestro discurso. Una obra poliédrica e imposible de clasificar en un género (pues trasciende la novela, y es en parte relato periodístico, fábula, libro de viajes, ensayo…) en la que a partir de su propia y tormentosa biografía, la autora desarrolla un reflexión intensa y profunda sobre los lazos que unen la vida y la muerte, y éstos con la propia literatura, tan relevante en su existencia. Para ello, toma prestada una idea del escritor ruso Boris Pilniak, en cuya obra Un cuento sobre cómo se crean los cuentos, aparece la figura del zorro como «el dios de la astucia y la traición (…) El zorro es el dios de los escritores». Un zorro silente y astuto que sirve de sutil hilo entre las seis partes que conforman la narración, partes aparentemente independientes de una matrioska de papel que hay que ir desmontando no sin dificultad.

Ugresic plasma el mundo de los adultos (por contraposición al de los niños, el mundo de los cuentos), hostil y cruel, erosionante de la libertad creativa e ideológica, y lo hace sutilmente uniendo la intolerancia del totalitarismo de principios del siglo XX (el comunismo que tanto daño haría a su Croacia natal, pero también el fascismo y el nazismo), el nacionalismo llevado a su máxima expresión que desembocaría en Los Balcanes en la terrible guerra de la década de los noventa (episodio que marcaría la vida de la autora y por extensión su obra, pues no puede ni quiere desligarla de ella); y el neofascismo que como un fantasma del pasado revitalizado recorre el Viejo Continente, amenazando con desestabilizar las instituciones democráticas en una suerte de eco siniestro de viejos odios que reverberan.

Nabokov

La narradora intentará dar respuesta a la única pregunta del texto: ¿cómo se crean los cuentos? Y para ello irá de EEUU a Japón, pasando por Rusia, Italia y Croacia (siempre Croacia) y sus páginas están salpicadas de una amalgama de escritores con autobiografías secretas, de artistas laureados gracias a sus viudas, de romances marcados por la irrupción de la guerra y de niñas que convocan con unas pocas palabras todo el poder de la literatura. Nabokov, Pilniak, Tanizaki… el colectivo futurista soviético Oberin (donde la autora hace patente el tópico de «no es oro todo lo que reluce»)… Conferencias, clases y entrevistas. Y juego, sobre todo, en un brillante rompecabezas a través del que da pistas (o despistes) al lector, con la imaginería del zorro como sutil nexo de unión y que conjuga vivencias, reflexiones y mucha creación (invención) literaria, invitándonos a explorar la engañosa y difusa frontera que existe entre la realidad y la ficción. Como la vida misma.

La bruja como reivindicación de la feminidad

En Baba Yagá puso un huevo (publicada originalmente en 2009 y editada en castellano por Impedimenta en 2020 con una portada alucinante), Ugresic se centra, a través de los ojos de una antropóloga, en la figura de la bruja que da nombre a la novela y que conocerán bien los seguidores de Mike Mignola y el Universo Hellboy. Baba Yagá es una figura de gran popularidad en la mitología eslava y sirve a la autora para evidenciar el papel sometido de la mujer en la sociedad, a la vez que para reivindicar el arrojo y el tesón de lo femenino en una sociedad claramente patriarcal, con muchos lazos con la actual Croacia, donde los valores tradicionales –en el peor sentido– han relegado a la autora prácticamente al ostracismo en su patria. Una suerte de empoderamiento a través de la magia y la fantasía que sustentan parte de la identidad de las antiguas sociedades matriarcales.

Ugresic, con evidentes trazos autobiográficos, escribe acerca del personaje para situar –y denunciar– el papel de la mujer en la escena cultural: «Las artistas son Baba Yagás, aisladas, estigmatizadas, separadas de su entorno social (viven en los bosques o en su linde) y solo pueden basarse en sus propias facultades. Su papel, como el de Baba Yagá en los cuentos, es marginal y constreñido». Sin embargo, la expresión metafórica de que «Baba Yagá puso un huevo» tiene un trasfondo esperanzador: alude a la creatividad de la mujer, que finalmente aflora.

En el relato se evidencia una constante en su obra: el desarraigo a causa del desplazamiento territorial (primero por culpa de la guerra y la desintegración de la antigua Yugoslavia, luego por la censura y la incomprensión), lo que no impide a la autora seguir escribiendo. Su pasión. No en vano, en Pose para Prosa (1978) comenzaba con una frase de su admirado Gabriel García Márquez: «Escribo para ser amado».

Según la tradición eslava, Baba Yagá es una anciana huesuda y de piel arrugada, con la nariz azul y dientes de acero. Posee una pierna normal y otra de hueso, por lo que se la conoce también como «Baba Yagá Pata de Hueso», extremidades que representan una al mundo de los vivos y la otra al de los muertos, por los que deambula solitaria y ávida de destrucción (aunque no es un ser completamente demoníaco). Se alimenta de carne humana, generalmente de niños, y vuela sobre un almirez (o una olla, depende de la versión) y rema el aire con una escoba plateada.

Imagen de la Baba Yagá en la película Hellboy (2019)

Vive en una choza que se levanta sobre dos enormes patas de gallina que le sirven para desplazarse por toda Rusia, poderosa imagen que recuperó Mignola en sus cómics sobre el demonio rojo, plagados de referencias ocultistas, folclore exótico y supersticiones ancestrales. Es un personaje tan rico en matices y tan fascinante para quienes amamos la antropología y los mitos que no tardará en volver a aparecer «Dentro del Pandemónium».

En la sinopsis podemos leer: «Ancianas, esposas, madres, hijas, amantes, confluyen en Baba Yagá. A caballo entre la autobiografía, el ensayo y el relato sobrenatural, su historia se convierte en un tríptico apasionante sobre cómo aparecen y desaparecen las mujeres de la memoria colectiva». Un discurso que de plena –y necesaria– actualidad.

La Edad de la Piel

Y recientemente Impedimenta publicaba la última obra de Ugresic, una colección de punzantes ensayos: La Edad de la Piel, una nueva delicia para la vista y el tacto. En este nuevo libro, donde se dan la mano referencias culturales contemporáneas, la música deportiva, los tatuajes y la mortificación de la carne, la croata aborda los sueños, las esperanzas y nuevamente los miedos a los que ha de enfrentarse el individuo de nuestro tiempo (todos nosotros, y por supuesto la narradora, que no puede desligar su trayectoria vital del relato). Reflexiona acerca del nacionalismo (el colapso que experimentó Yugoslavia) el crimen y la política, y desde luego, teniendo en cuenta su agitada biografía, es una voz más que autorizada para ello.

La editorial define así este nuevo y fascinante trabajo de pura literatura: «Una tan extraña como inteligente combinación de ironía, mordacidad, compasión y agudeza recorre estos hermosos ensayos que son a la vez profundamente relevantes. Dubravka Ugresic nos lleva con suma elegancia hacia las claves que nos permiten interpretar el presente: desde La La Land al cadáver de Lenin».

A los elementos antes citados podríamos añadir una gran cantidad de referencias culturales, entre ella El Planeta de los simios… y en todas sus páginas está presente el humor y la experiencia vital. Y penetra de lleno en las zonas pantanosas, por las que, como señala The Independent, Ugresic «avanza por ellas desde la seguridad y la libertad», zonas oscuras por las que otros escritores no osarían adentrarse. Una mirada valiente y atrevida con la que adquiere una perspectiva humanista y retrata «a aquellos personajes icónicos del antiguo bloque del Este», y que, para bien o para mal, cambiaron la historia del siglo XX y el mundo en el que vivimos hoy. Un canto atrevido a la libertad de la creación y del creador como demiurgo, alejado de los clichés y los lugares comunes, de la hipocresía que envuelve al establishment y que es la misma que la ha convertido en una exiliada en pleno siglo XXI, en el corazón de Europa. Simplemente deliciosa.

Podéis adquirir la obra a través del siguiente enlace:

23-F: cuarenta años de secretos

España era un polvorín. La recién estrenada democracia –esa misma que hoy algunos desprecian y otros dicen que no es «plena»– era azotada por la banda terrorista ETA –en 1980 los desalmados asesinaron a 92 personas–, la polarización se masticaba en las calles –como hoy– , estábamos inmersos en una brutal crisis económica mundial –la inflación rondaba el 15% y el paro el 13,5%, 1,7 millones de españoles, ¿os suena?– y Adolfo Suárez, desmejorado y quizá temiendo a los insurrectos, hacía unos días que había presentado su dimisión con estas enigmáticas palabras: «Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España».

Óscar Herradón ©

Hoy hace 40 años del 23-F, cuando los militares, aquel invierno de 1981, entraron a punta de fusil en el Congreso durante la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, y mientras en la misma Cámara baja se conmemora tan destacada fecha –con la notable ausencia de siete grupos parlamentarios, todos ellos nacionalistas e independentistas–, en una ceremonia presidida por el rey Felipe VI, que por aquel entonces, como príncipe de Asturias, tenía 13 años, todavía son unos cuantas las sombras que rodean aquel momento que, aun hoy, al ver las grabaciones de Televisión Española, pone los pelos de punta.

40 años, que se dice pronto, pero es mucho. Por aquel entonces quien enlaza estas letras estaba en la cuna, literalmente. Hubieron de pasar bastantes años hasta que entendiera qué paso aquella fecha trascendental de la recién estrenada democracia y, por qué no decirlo, para que me importase algo. Aquel intento golpista no había tenido lugar en Grayskull, ni en los mundos imaginarios de La Guerra de las Galaxias –entonces aquí nadie llamaba a aquella saga Star Wars–, tampoco en un cuartel de los muy yankees GijOE; y eso que es probable que sus creadores fueran amigos de insurrecciones y miembros de la Asociación Nacional del Rifle.

De ser así, de haber sucedido en mis universos de juego sobre el parquet, seguro que me habría interesado saber más sobre todo aquello de lo que hoy se sabe mucho, pero no todo, ni mucho menos, a pesar de los informes, las revelaciones, los libros, los miles de artículos y las contradicciones. Quizá tengan que pasar otros 40 años para que la historiografía le ponga todos los puntos sobre las íes a aquellas 18 horas que para la mayoría de españoles, de un signo u otro, se hicieron eternas. De hecho, cosa que muchos denuncian, en 2021 sigue vigente la Ley de Secretos Oficiales aprobada por las Cortes Generales en 1968, en pleno franquismo. Sí recuerdo, de bastante niño aunque ya con las entendederas suficientes como para sentir curiosidad por las «cosas de mayores», eso que llamaban política –algo indefinido en lo que entonces nadie se ponía de acuerdo, y ahora tampoco–, sí recuerdo, digo, a mi madre decir que mucha gente, aquella noche, tuvo miedo, sobre todo los vecinos que simpatizaban con el socialismo o el comunismo. No porque entonces metieran a raperos en la cárcel por coartar su «libertad de expresión» –da igual que alabe los tiros en la nuca, sea un feroz machista o un reincidente, cosa por la que realmente ingresa en prisión– o quemar contenedores supusiera una simple multa, sino porque el fantasma del franquismo y la represión estaban todavía muy presentes, una represión llevada a cabo en gran parte por militares.

Y que éstos se revelasen contra el gobierno democrático, una vez más, era para echarse a temblar. No porque igual te interrogaban, o te amenazaran con borrar tus tweets, o con meterte un paquete por lo «Contencioso-Administrativo», sino porque te podían detener sin orden judicial, encerrar, y lo peor de todo, pegarte un tiro. Tal cual. No hacía tanto que pasaban esas cosas. No hacía tanto del fascismo, el nazismo y el estalinismo. Coño, que por aquel entonces en Argentina se realizaban los «vuelos de la Muerte» de otra terrible dictadura militar, y solo dos años antes se había acabado con los jemeres rojos, que amontonaron tantos huesos de inocentes que los campos de Camboya parecían las catacumbas de París. Qué poco cambian los hombres…

Bueno, que me voy por las ramas, como de costumbre. Aquello que contaba mi madre fue el primer «contacto» de mi juventud con el 23F, ese del que hoy se cumplen cuatro décadas. Como si pudiera ponerme en la piel de todos aquellos que esa noche no durmieron por si golpeaban a su puerta, al igual que hacían los agentes de la Gestapo, la Stasi o, durante otros largos 40 años –muchos, demasiados– en la España de la dictadura los hombres de la Brigada Político-Social. Y la sensación imagino que era la misma: incertidumbre e inseguridad. Y por qué no decirlo, miedo.

El intento golpista del general Armada, del pistolero Tejero y de sus prosélitos –quizá muchos más de lo que se pensó y se sigue pensando, espías incluidos– se frenó, unos dicen que gracias  a la intervención del entonces rey, hoy tan mediático –y no en el sentido de antaño, cuando había regatas, se celebraban olimpiadas o esperábamos ansiosos su discurso navideño–, otros que a su pesar, muchos que gracias al «espíritu democrático» de un pueblo que hoy vuelve a escupirse a la cara en un Congreso en el que por aquel entonces casi nadie –salvo aquel lejano 23 de febrero el señor Tejero– faltaba al respeto a los demás.

Alfonso Armada (Fuente: Wikipedia)

Pero como decía al comienzo de estas líneas, son muchas las «oscuridades» que permanecen en torno a aquel día que hizo historia, que es parte de nuestra historia, y del que hoy no pararán de hablarnos los telediarios, los rotativos, los programas de radio y, característica de nuestro tiempo frenético, infinidad de blogs como éste, miles de tweets, las RRSS y los grupos de Whatsapp, que seguro que se crea alguno para el evento.

En las próximas líneas haré un pequeño repaso por esos llamados puntos oscuros de lo que parece una trama conspirativa en toda regla. Si estuviésemos en Estados Unidos, hace muchos años que se habría hecho una buena película sobre todo aquello. Se han hecho intentos, y con esfuerzo, al menos a la hora de recrear aquella España, pero sin demasiado éxito, caso es el de Chema de la Peña y su cinta de 2011 23-F: la película. Ahora, nuestro cine parece ser capaz de crear verdaderos thriller de calidad con este tipo de argumentos, y en los últimos años se han estrenado cintas notables como El hombre de las mil caras –sobre el espía que reveló el paradero de Luis Roldán– o El Reino –ligeramente, o no tanto, inspirada en la trama Gúrtel, tan de actualidad–. ¿Para cuándo el 23F? Pero no en forma de miniserie de televisión, por favor. Una producción con caché y con presupuesto.

¡Quieto todo el mundo!

Sí, el grito de guerra de Tejero al entrar en el hemiciclo, seguido de unas ráfagas de disparos cuyas huellas en el techo observan impertérritas a los diputados y a los visitantes tantos años después. Contar aquí, una vez más, qué sucedió aquel día no tiene sentido, y sería imposible. Para eso ya hay magníficos trabajos que aportan mucho más de lo que yo pueda decir de grandes investigadores que se han dejado la piel –y ganado algunos enemigos– por rascar algo del caso y que recomiendo en este mismo post, y los que vendrán, así que solo dejo unos apuntes y curiosidades para abrir boca este 23F cuarenta años después.

Manuel Gutiérrez Mellado, el hombre que le echó un par.

–Según relatan las fuentes de la Justicia Militar, a las que ha tenido acceso el diario El País, Tejero confesó que para aprovechar el «factor suspense» en la insurrección, adquirieron seis autobuses y gabardinas para cubrir a los guardias civiles que llegaron hasta la Cámara baja –algo más de 300, fusil en mano–. Según dichos documentos, Tejero confesó en el juicio militar que pagó los autobuses con dinero de una herencia de su mujer, tres millones de pesetas (una cantidad notable hace cuatro décadas). Pretendía recuperar la pasta una vez que triunfara el golpe militar. Nunca lo hizo, claro.

–Parece que Tejero y Jaime Milans del Bosch debatieron sobre si era más conveniente ocupar el Congreso o el palacio de la Moncloa, y que finalmente se decidieron por el Parlamento porque era «menos complicado», según rezan las citadas actas de Justicia Militar. Tejero tomó numerosas fotografías del edificio para estudiarlo (medidas, salidas de emergencia, seguridad…) y el 18 de enero de 1981 se citó al parecer con Milans del Bosch en un piso de la capital para discutir la puesta en práctica de la insurrección.

Jaime Milans del Bosch (Fuente: Wikipedia)

–Algunos de los conjurados eran nostálgicos de tiempos pasados, solo hay que echar un vistazo a su historial militar: el teniente general Milans del Bosch y el general Armada habían participado al lado de Franco en la Guerra Civil y ambos fueron voluntarios de la División Azul comandada por Muñoz Grandes que el otrora «Caudillo» envió a las estepas rusas en ayuda de Hitler para derrocar a los «demonios bolcheviques», los mismos que ahora –entonces, hace cuarenta años– volvían a poner patas arriba el orden natural de la patria. Sin embargo, hubo militares que en su día apoyaron la dictadura que se enfrentaron a los golpistas sin titubear. Algunas personas cambian… a mejor.

–La sentencia, publicada el 3 de junio de 1982 por el Consejo Supremo de Justicia Militar, evidentemente sesgada por la censura y la seguridad nacional, está formada por 13.000 folios. Hay que echarle bemoles, y mucho tiempo, para leerlos.

–El vicepresidente aquel día, Manuel Gutiérrez Mellado, fue el único que se enfrentó a Tejero y sus hombres –también, en cierto momento, un muy desmejorado Adolfo Suárez–. Militar de vieja escuela –entonces teniente general y capitán general ad honorem del Ejército de Tierra–, Mellado era muy respetado por los guardias civiles y esa fue la razón por la que Tejero –según declaró– intentó tirarlo al suelo «mediante una zancadilla». El golpista temía que los guardias se echaran atrás –los vio dubitativos– por respeto a su autoridad. Fue el gran héroe, junto al también militar Sabino Fernández Campo –o eso nos han contado– de aquel día gris, y eso que el propio Mellado había sido agente de inteligencia del gobierno de Franco.

Sabino Fernández Campo

–Al parecer, el bando militar del general Armada era «análogo» al del general Emilio Mola en julio de 1936. Los fantasmas del pasado reciente regresaban, como lo hacen hoy de nuevo en ese discurso «guerracivilista» que puede escucharse en el hemiciclo a casi todas las fuerzas políticas de uno u otro extremo. Para echarse a temblar.

–Fue el jefe del Estado Mayor José Gabeiras quien sospechó en un primer momento de la conducta de Armada, que insistía en dejar las dependencias militares en una situación tan delicada y marchar a la Zarzuela para estar al lado del rey Juan Carlos I, permiso que le fue denegado, y que probablemente evitó el triunfo de la insurrección. El propio Armada se ofreció a resolver la situación del 23-F proponiendo un nuevo gobierno (del que sería nada menos que presidente) pero lo cierto es que, parece, no tenía autorización para ello.

–Cuando ya era bastante evidente que el golpe militar no triunfaría, José Gabeiras se puso en contacto telefónico con Tejero en el Congreso. Eran las 23.40 horas y le ofreció la posibilidad de tomar un avión y huir con su familia al extranjero si liberaba el hemiciclo.

–El único civil condenado por el 23-F fue el ultraderechista Juan García Carrés, dirigente del llamado Sindicato Vertical durante la dictadura de Franco. En una conversación telefónica entre éste y Antonio Tejero, el teniente general de la guardia civil le dijo que Armada solo quiere «una poltrona», transmitiéndole su inquietud por lo que pasaba fuera del Congreso. Su instinto militar no le falló. Al menos en ese caso.

La Sala de Plenos del Congreso.

–Los insurrectos tenían varias claves para el plan: H+2 correspondía a las 20.20 horas, el momento en que el general Armada debía ir al Congreso. Lo haría finalmente mucho más tarde, a las 23.50, anulado ya el factor sorpresa. Cuando el general llegó al hemiciclo junto al general Aramburu Topete –a las 23.50 horas– para entrevistarse con Tejero, pronunció la contraseña «Duque de Ahumada». Era como se conocía la operación conspirativa, en honor al fundador de la Guardia Civil. Hubo más códigos cifrados, como en todo complot organizado.

–Un informe de la CIA con fecha de varios días después afirmaba que «el intento del golpe de Estado de la semana pasada estuvo más cerca de prosperar de lo que el gobierno quiere admitir». Sin embargo, no todos los investigadores están de acuerdo en este punto. El historiador Roberto Muñoz, autor de 23 F: los golpes de Estado, expresó al rotativo La Vanguardia durante una entrevista: «el ejército sabía que un golpe de Estado no era factible, sabía del desprestigio que eso suponía en Europa».

–El único que parecía convencido del éxito de la insurrección era Tejero, con una visión simplista y «patriótica» (a su modo de entender la defensa de la Patria, claro) de los hechos que durante el juicio ni Armada ni Milans del Bosch mostrarían. Para muchos, se fueron a la tumba (Del Bosch moría el 26 de julio de 1997 y Armada el 1 de diciembre de 2013) sin revelar realmente lo que ocurrió aquel lejano 23 de febrero del que hoy se cumplen 40 años.

–Teóricamente todas las conversaciones que entran y salen de Zarzuela, por seguridad, se registran, pero nunca se han hecho públicas las de aquella larga noche. Para muchos, porque hay información delicada para la monarquía… quién sabe.

–Desde su dulce retiro (más bien obligado, dadas las circunstancias), el Emérito, que hoy no podrá formar parte de la celebración que presidirá su hijo en el Congreso y quien posó hace unos días con muy buen aspecto y animada expresión junto a sus anfitriones saudíes supuestamente porque la Casa Real quería frenar los rumores sobre un posible mal estado de salud del otrora monarca, en una conversación con el diario El Mundo que se publicó el pasado 21 de febrero, elogió al general (José) Juste, quien «realmente hizo que (Alfonso) Armada no entrara en Zarzuela e hiciese creer al resto de los implicados que yo estaba en el golpe. Además, ordenó a la División Acorazada Brunete que permaneciera en sus cuarteles y no saliera a tomar las calles de Madrid».

Juan Carlos I (Fuente: Wikipedia)

–Un ex alto cargo de los servicios secretos (entonces el CESID, organismo inaugurado en 1977) reveló a La Vanguardia que el Rey no estaba detrás, aunque estuviese preocupado por la situación, y respecto a la tardanza del monarca en pronunciarse –apareció en la televisión pública a las 1.14 horas de la madrugada del 24 de febrero, con uniforme de Capitán General de los Ejércitos–, afirmó: «Es lógica: necesita palpar antes la situación. Todos los militares de la cúpula hablaron entre ellos y el rey debió hacer lo mismo. Son muchas horas al teléfono. No hay más misterio». Pero son muchos los que creen lo contrario en tiempos de Fake News, polarización política y escándalos borbónicos. Ante ello, el prestigioso escritor Javier Cercas, autor de Anatomía de un instante, afirmó al mismo periódico: «La implicación del rey es un bulo obvio que lanza la ultraderecha para protegerse, para alegar obediencia debida. Cualquier dirigente comete errores, y el rey los cometió, y esos errores de alguna manera propiciaron el golpe. Pero quien paró el golpe fue él, aunque eso produzca risa entre algunos».

A este podríamos añadir un nuevo escenario propiciado por el «neo» populismo. Como ayer mismo revelaba en una entrevista al diario La Voz de Galicia el historiador Juan Francisco Fuentes –quien por cierto me dio clases de Historia en primero de periodismo, y era de los pocos profesores entregados que recuerdo de la facultad–: «la tesis golpista de que el Rey fue cómplice del 23-F ha llegado a la extrema izquierda». Tiempo de populismos y nacionalismos –centralizados y descentralizadores–, caldo de cultivo idóneo para la insurrección. Esperemos que hoy los pistoleros no estén tan envalentonados. ¡Viva España!, en democracia, claro.

PARA SABER MUCHÍSIMO MÁS SOBRE AQUEL DÍA:

CERCAS, Javier: Anatomía de un instante. Literatura Random House, 2021.

FUENTES, Juan Francisco: 23 de febrero de 1981: el día que fracasó el golpe de Estado. Taurus 2020.

MUÑOZ BOLAÑOS, Roberto: 23-F: los golpes de Estado. Editorial Última Línea, 2015.

El 23-F y otros golpes de Estado de la Transición. Espasa, 2021.

MUÑIZ SOLER, ROSENDO: 23-F. Crónica de un golpe frustrado. Caligrama, 2020.

Curiosidades sobre la Guerra Civil Americana (I)

El turbulento asalto al Capitolio el pasado 6 de enero de 2021, cuando aquí celebrábamos la llegada de los Reyes Magos, se saldó con cinco muertos y levantó una gran polvareda en todo el mundo: ahora mismo está siendo investigado por el FBI, la Seguridad Nacional y la CIA y ha abierto la puerta incluso a un segundo proceso de Impeachment contra el presidente «saliente» que se niega a salir de la Casa Blanca, Donald Trump. Con este trasfondo tan sugerente, recordamos en «Dentro del Pandemónium» algunas curiosidades sobre la gran guerra civil del país de las barras y estrellas, uno de los conflictos bélicos que más bibliografía ha generado. Ahí va la primera entrega…

Óscar Herradón ©

Tras un convulso y trágico 2020 empezaba este 2021 algo revuelto: en España por «Filomena», cuyos estragos han provocado que seamos casi un país «en vías de desarrollo», sumado al imparable azote del Covid en todo el mundo incluso con vacunas distribuidas, mientras al otro lado del charco, en esos Estados Unidos que se arrogan desde hace muchas décadas ser el ejemplo de Democracia por antonomasia, los más fervientes y también descerebrados seguidores del señor Trump –en cierta forma, o directamente más bien, instigados por él mismo–, se lanzaban a invadir, literalmente, el Capitolio de Washington, uno de los lugares que se suponían más seguros del orbe. Y más sagrados. No lo era.

En fin, la cosa parece que de momento no ha pasado a mayores, aunque han quedado varios muertos por el camino, una polarización aún mayor de la sociedad (aunque podamos verlos como unos incautos, Trump es el presidente republicano que más votos ha cosechado en la historia estadounidense, ahí es nada) y en entredicho ese transparente derecho a decidir promulgado por su Carta Magna. En breve colgaremos un post sobre las investigaciones que está llevando a cabo el FBI y diversas autoridades sobre el asunto, un tema sobre el que se han descubierto cosas muy interesantes en los últimos días, casi una conspiración en toda regla, descubrimientos que la propia Fiscalía USA ha calificado de «atroces».

Camp Sunter

Así, empezando el año más revuelto si cabe que como acabó el anterior, no está de más recordar algunas de las curiosidades de la llamada Guerra Civil Americana (o Guerra de Secesión), ahora que algunos agoreros apuntaban a un nuevo conflicto civil. El caso es que la invasión del edificio que alberga las dos cámaras del Congreso el pasado día 6 de enero fue algo muy muy grave, lo que cobra mayor relevancia a dos días de la toma de posesión de Biden y con la cámara baja yankee blindada por el ejército y la Guardia Nacional. De hecho, las guerras fratricidas empiezan por asaltar parlamentos, o confiscarlos, o simplemente por vulnerar las legislaciones vigentes porque unos son más guapos que el resto… Veamos una de las primeras «cosas curiosas» del enfrentamiento entre el Norte y el Sur, el Sur y el Norte.

Crímenes de guerra

El concepto «crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad» comenzó a hacerse común a partir de los sumarísimos juicios de Núremberg contra el organigrama nazi tras la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, ya en la Guerra de Secesión estadounidense, se juzgó al general sudista Henry Wirz por algo similar. De origen suizo, el susodicho emigró a EEUU en 1849, al estado de Luisiana. En 1861, con el estallido de la guerra entre el Norte y el Sur, Wirz se enroló en las filas confederadas del Cuarto Batallón de Luisiana. Su primer encargo fue custodiar a aquellos soldados de la Unión que fueron prisioneros en la batalla de Bull Run. Después, ocuparía diversos puestos en este sentido, como la custodia o el traslado de prisioneros, y también el intercambio por otros confederados, realizando incluso un viaje al Viejo Continente con despachos para representantes del gobierno sudista en Gran Bretaña y Francia. Vamos, que no era un simple soldado.

El señor Wirz

Se haría famoso en 1864, cuando se le encargó dirigir el campo de prisioneros de soldados de la Unión conocido como Camp Sumter –hoy Sitio Histórico Nacional de Andersonville–, en las proximidades de Anderson (Virginia). Según testimonios recopilados tras el conflicto, allí las condiciones eran infrahumanas: sobreocupación, falta extrema de alimentos y agua potable que provocaba epidemias que se extendían rápidamente… Se calcula que de alrededor de 45.000 soldados del Norte que pasaron por Camp Sunter, murieron unos 13.000.

Hay que decir a favor de Wirz que en más de una ocasión parece que realizó peticiones al mando superior para que mejorasen las condiciones de los prisioneros, pero fueron rechazadas. Puede que fuera una suerte de cabeza de turco o chivo expiatorio, como mantienen algunas fuentes –lo que no le quita una gran responsabilidad en lo sucedido, claro–: cuando terminó la guerra fue hecho prisionero en mayo de 1865 y en Washington lo juzgó un tribunal militar entre cuyos miembros estaba el ilustre escritor Lewis Wallace, que nos regaló el épico relato histórico Ben-Hur.

Ejecuci´n de Wirz

Se acusó a Wirz, además de las terribles condiciones del campo, de crueldad con los reos e incluso de varias ejecuciones. Existen claroscuros, como digo, sobre el papel que realmente desempeñó en los turbios hechos. La teoría del chivo expiatorio mantiene que se le ofreció el perdón a cambio de declarar en contra del presidente del gobierno confederado, Jefferson Davis, pero se negó y fue colgado en la horca el 10 de noviembre de 1865, frente al mismo edificio del Capitolio que hoy está en el punto de mira de los mass-media, con Washington en estado de alerta y blindado por más 25.000 agentes de la Guardia Nacional.

Este post continuará… con otras curiosidades históricas

Gettysburg: la batalla eterna (para saber un poco/mucho más)

Para adentrarse de lleno en el corazón de la más épica batalla de la Guerra de Secesión, con varias adaptaciones al cine, numerosos libros y artículos y más de dos y tres controversias detrás, nada mejor que sumergirse en el voluminoso ensayo publicado recientemente por una de las editoriales españolas que más saben de historia bélica, Desperta Ferro Ediciones. El título en cuestión es precisamente Gettysburg, del prestigioso autor Allen C. Guelzo, de la Universidad de Princeton, que le ha merecido, entre otros, el Guggenheim-Lehrman Prize de Historia Militar y fue Ganador al Mejor Libro del Año por The Economist. Ahí es nada.

Con una prosa soberbia (que le ha merecido alzarse dos veces con el Lincoln Prize), Guelzo nos sumerge en los angustiosos momentos de la Carga liderada por el mayor general sudista George Edward Pickett el tercer día de la sangrienta batalla, la marcha de millares de hombres desde las orillas del río Rappahannock, en el Estado de Virginia, hasta las colinas de Pensilvania, o en el corazón del ejército del Potomac comandado por George Meade.

En un relato cargado de una intensidad dramática digna del mejor guión de Hollywood, el autor nos arrastra hasta aquel momento de forma muy detallada: desde las diferencias políticas y las disidencias en ambos bloques hasta la descripción minuciosa de las unidades de artillería, la situación logística de los ejércitos unionista y confederado, describiendo con pulso los movimientos de los batallones, los regimientos y las divisiones –tal profusión de datos que, sorprendentemente, no le quitan ritmo al texto–, centrándose en la última invasión rebelde de territorio de la Unión durante la Guerra Civil y que pudo haber cambiado el curso de aquella historia, de la historia de Occidente en definitiva, poniendo los puntos sobre las íes en el que es casi con seguridad el relato definitivo, al menos de nuestro tiempo, sobre Gettysburg. Asimismo, la obra se complementa con una detallada selección de mapas, imágenes y grabados que nos retrotraen de forma magistral al campo de batalla.

Pero el de Guelzo no es ni mucho menos un relato grandilocuente de aquella contienda, pues muestra también las miserias, las debilidades humanas e incluso el patetismo de ciertos enfrentamientos entre ambos bandos y el desastre que sobrevendría sobre los vencidos. Muchos de los mentecatos de hoy que desafían una Constitución labrada a base de sangre, sudor y lágrimas, algunos luciendo con orgullo la bandera confederada con una esvástica nazi, deberían leerlo, para saber lo que sobreviene cuando se cargan los fusiles y apuntas a tus hermanos. He aquí la forma de adquirirlo: