Gilles de Rais. El mariscal del Diablo (parte II)

Quien se convertiría en uno de los asesinos en serie más atroces de la historia bajo el sobrenombre de «Barbazul», nació en la Torre Negra del castillo de Champtocé, en Bretaña, o quizá en el castillo de Machecoul, el año 1404. Era el heredero de una de las más importantes familias de Francia, dueña de grandes extensiones de tierras e innumerables títulos nobiliarios. Feroz guerrero, luchó mano a mano con la Doncella de Orleans, Juana de Arco, en varias batallas de la Guerra de los Cien Años y gracias a su posición privilegiada, se convertiría nada menos que en Mariscal de Francia. Hasta que sembró los campos galos con sangre de innumerables víctimas.

Óscar Herradón ©

Gilles de Rais, por Valentin Foulquier (1862) (Fuente: Wikipedia)

Tras la ejecución de Juana, el 30 de mayo de 1431, Gilles de Rais se retiró a sus dominios y se entregó a una orgía de sangre que no tuvo parangón hasta su muerte. El 15 de noviembre de 1432 falleció su abuelo, la única persona capaz de controlar sus impulsos homicidas –aunque en cierta forma, el responsable también de impulsarlos–. A partir de entonces el mariscal se entregó por completo a sus depravados deseos.

Aunque en el posterior juicio contra su persona se descubriría que Gilles había cometido ya varios crímenes con anterioridad a 1431, fue tras aquella fatídica fecha cuando dio rienda suelta a su sadismo. Rodeado de una camarilla de fieles –y quizá atemorizados– servidores, se dedicó por entero a raptar a niños y niñas de corta edad –de entre 8 y 12 años normalmente– a los que vejó y arrebató la vida de forma salvaje. Fieles al señor de Laval fueron sus primos Roger de Bricqueville –su ayudante más fiel– y Gilles de Sillé, quien asumió en un comienzo el secuestro de los infantes que servirían para los denigrantes festejos de su amo. En un segundo grupo se encontraban Henriet Griart y Étienne Corillaut –Poitou–, que habían entrado al servicio de Gilles como criados cuando aún era un adolescente, y la siniestra Perrine Martin, alias «La Meffraye» –así se conocía entre el pueblo a esta proveedora de carne en alusión al nombre de un ave de presa–, una despiadada mujer que secuestró a no pocos inocentes para obtener el favor de su señor.

Durante aquellos años de penumbra, el señor De Rais dilapidó su fortuna en constantes festejos y orgías que nada tenían que envidiar a las de sus emulados emperadores romanos. En 1434, como homenaje a su inolvidable Doncella de Orleans, realizó el montaje teatral más espectacular que había contemplado Europa hasta entonces: El misterio del sitio de Orleans, que se estrenó en dicha ciudad en primavera de 1435. Fue el último gesto honorable de su vida.

Juana de Arco en armadura ante Orleans, de Jules Èugene Lenepveu (Fuente: Wikipedia)

Gilles cometió la mayoría de sus crímenes en los castillos de Tiffauges, Champtocé –donde comenzó su carrera criminal–, Machecoul y en la casa de la Suze, en Nantes, entre 1432 y 1437. Se estima que a lo largo de una década desaparecieron en la región dominada por el varón de Laval alrededor de mil niños y niñas, de los que una buena parte, sin duda, fueron víctimas del todopoderoso mariscal y sus secuaces. No existen cifras exactas sobre el número de crímenes que cometió, aunque en el sumario del juicio contra su persona se contabilizaron unos 200 crímenes. Parece ser que su primera víctima –si exceptuamos a Antoine– fue un aprendiz de curtidor de 12 años, que fue engañado por Guillaume de Sillé.

El grupo de lacayos raptaba a los niños unas veces con engaños a sus padres –entrar a servir a un gran señor en tiempos de guerra y hambruna era un privilegio–, y otras simplemente haciendo uso de la fuerza. Una vez en el castillo, los criados vestían al pequeño con ropajes de lujo, prometiéndole todo tipo de regalos si se portaba bien, invitándole a un banquete y dándole de beber, según recogen las actas judiciales, vino con especias. Gilles se excitaba viendo cómo sus sirvientes abusaban sexualmente del pequeño o pequeña, y frotaba posteriormente su sexo contra ellos, hasta acabar violándolos. Cuando los desdichados gimoteaban o chillaban el mariscal ordenaba colgarlos del cuello, para acallarlos y violarlos, una vez más, en esta terrible postura. A continuación solía rajar su vientre y eyacular, excitado únicamente ante la visión de sus vísceras en el suelo de la estancia. En otras ocasiones, se sentaba sobre el pecho de los inocentes muchachos tras cortarles el cuello, para disfrutar de su agonía mientras se desangraban. Tan solo la visión de su indescriptible sufrimiento, el pánico de sus miradas, la sangre y finalmente la ausencia de vida lograban excitar al despiadado mariscal, también necrófilo.

Después de realizar su brutal carnicería, Gilles ordenaba a sus sirvientes que metieran los cadáveres en sacos e hicieran desaparecer los restos. Montones de cráneos y huesos se amontonaban en los calabozos de sus propiedades en medio de un olor pestilente solo comparable al del castillo de Csejte, donde la siniestra condesa húngara Elizabeth Bathory, un siglo después, se entregaría a una carnicería igual o más brutal que la del egregio francés.

Satanismo y experimentos alquímicos

La orgía de sangre adquirió tintes satánicos cuando Gilles hizo venir de Florencia en 1437 a un alquimista a instancias del corrupto sacerdote Eustache Blanchet, quien probablemente desconocía los crímenes del mariscal. El iniciado era un joven de 22 años, de nombre Francesco Prelati, quien convenció a De Rais de la necesidad de realizar experimentos alquímicos para obtener la tan ansiada transmutación de los metales que devolviera la riqueza perdida al señor de Laval, construyendo laboratorios dedicados expresamente a ello en sus dependencias. Fue entonces cuando entró en juego un demonio de nombre Barron quien, según Prelati, le otorgaría un gran poder si realizaba sacrificios en su nombre –algo que el italiano desmentiría en el proceso–. Al parecer lo habían invocado en el gran salón del castillo de Tiffauges, dibujando un gran círculo de cinco puntas en el suelo y reproduciendo conjuros recogidos en un gran volumen con páginas escritas en rojo. Fue entonces cuando Gilles realizó el obligado «pacto con el Diablo» que le otorgaría el poder absoluto. No fue la única vez que De Rais bailó a los compases del Maligno, pues en una ocasión Blanchet le había presentado a un nigromante, de nombre Rivière que, armado con un escudo y una espada, llevó al grupo a un claro del bosque con intención de «ir en busca de Satán». Fue una estratagema por la que el antaño glorioso militar perdió una suculenta cantidad de dinero.

Castillo de Tiffauges (Fuente: Wikipedia)

Al parecer, en la ceremonia orquestada por Prelati, el demoníaco Barron no hizo acto de presencia, aunque una terrible tormenta se abatió sobre Tiffauges; el mago italiano le dijo entonces al mariscal, quizá ignorando sus terribles crímenes, que debía ofrecerle al escurridizo ser el corazón, los ojos y los órganos sexuales de un niño. Ni harto ni perezoso el señor de Laval así lo hizo. A la brutalidad de sus asesinatos seguían periodos de doloroso arrepentimiento, donde Gilles simulaba hacer actos de auténtica contricción cristiana, que le llevaron incluso a fundar, en un ejercicio de cinismo sin límites, una residencia de acogida para niños huérfanos en sus dominios al que dio el nombre de «Los Santos Inocentes». Inocentes a los que no dudaba en masacrar cuando caía la noche, haciéndoles padecer lo indecible…

Mientras tanto, Gilles perdía cada vez más propiedades, que compraba el duque de Bretaña, y tanto su hermano René como su esposa e hija, a las que no veía desde hacía años, hicieron un llamamiento incluso al rey para que le impidiese derrochar en su totalidad la hacienda familiar. Nada podía hacer el varón por salvar su alma, ni sus riquezas.

Juicio, arrepentimiento y derrota

Debido a su relevancia en el seno de la alta nobleza francesa, Gilles de Rais pudo disfrutar durante años de impunidad para cometer sus atrocidades, pero una carrera criminal de tal envergadura no podía sino acabar despertando, algún día, las sospechas de las autoridades, como así sucedió. El obispo de Nantes, Jean de Malestroit, comenzó a recopilar múltiples testimonios y denuncias sobre las actividades del mariscal, extrañado por las desapariciones de tantos y tantos jóvenes. Nuestro siniestro protagonista cometió un error fatal cuando, completamente alcoholizado y arruinado, se enfrentó a Guillaume Le Ferron, al servicio del duque de Bretaña, osando incluso encerrar al hermano de éste, Jean, que era sacerdote, en su pestilente castillo. Había cometido un delito civil y otro eclesiástico, y fue la oportunidad de Malestroit de detenerle y llevarlo a juicio. Pero Gilles llegó más allá, encerrando al sargento mayor de Bretaña, Jean Rousseau, cuando fue en calidad de mensajero del duque Juan V para prenderle. Finalmente, Gilles optó por soltar a los prisioneros, pero Juan V ordenó a su canciller, Pierre de l’Hospital, que continuara con las pesquisas iniciadas por el obispo de Nantes.

Jean de Malestroit, obispo de Nantes

Más inteligentes que su señor, cuando se supieron en peligro, los primos del mariscal, Roger y Sillé, decidieron huir, sin que se volviera a saber nada más de ellos. Mientras tanto, De Rais se entregó de forma compulsiva a la bebida, mostrando síntomas de una demencia que no tardaría en causar estragos en su mente ya de por si atrofiada. Confirmadas las sospechas, el 13 de septiembre de 1440 una compañía de soldados enviada por el duque de Bretaña, al mando del capitán Jean l’Abbé y del delegado episcopal Robin Guillaument, se personó ante el castillo de Tiffauges para apresar a De Rais, acusado de triple delito de asesinato, hechicería y sodomía. Su suerte estaba echada.

Primero se desarrolló el proceso eclesiástico, cuyo tribunal estaba presidido por el obispo de Nantes. Gilles compareció ante los jueces el 19 de septiembre de 1440 y la acusación formal contra él se componía de cuarenta y nueve actas redactadas por el fiscal público Guillaume Chapeillon, licenciado en Derecho por la Universidad de la Sorbona. Tras declarar los imputados, Perrine Martin –quien se suicidó antes de subir al cadalso–, Griart y Poitou, donde confesaron las terribles atrocidades cometidas con los infantes, le llegó el turno al terrible «mariscal del infierno». En un principio se negó a confesar, pero tras ser excomulgado –algo que le atormentaba sobremanera– decidió confesar de sus horrendos crímenes. Tras el proceso eclesiástico vendría el civil; De Rais fue condenado a morir en la horca, no sin antes ser acogido de nuevo en la Iglesia católica, debido a su «sincero» arrepentimiento. Es la ventaja que tiene el Sacramento de la penitencia. Henriet y Poitou, por su parte, corrieron la misma suerte que su señor, pero mientras éste pudo ser enterrado en suelo cristiano, en el monasterio del Carmelo en Nantes, las cenizas de estos dos últimos fueron arrojados al río Loira. Eustache Blanchet fue desterrado y obligado a pagar una multa de trescientas coronas de oro, mientras que a Francesco Prelati se le condenó a cadena perpetua en una cárcel eclesiástica y a someterse a severos castigos físicos, además de ser alimentado únicamente con pan y agua.

Proces de Gilles de Rais en presencia del obispo de Nantes

Como ejemplo de la locura homicida de Gilles de Rais, quedaron para la historia de la infamia las palabras de su secuaz Henriet Griart: «Algunas veces el Sire de Rais cortaba las cabezas de sus víctimas, otras veces cortaba las gargantas, otras veces los descuartizaba, otras les quebraba el cuello con un palo que torcía en forma de bufanda. Mi señor de Rais decía que sentía más placer al asesinar a esos niños, al ver sus cabezas y miembros separados de sus cuerpos y al verlos morir y ver correr su sangre que al trabar conocimiento carnal con ellos. Mi señor experimentaba a menudo placer mirando las cabezas que se habían separado de los cuerpos y alzándolas en sus manos para que yo o Poitou las viéramos […]. A continuación besaba la cabeza que a él le gustaba más y esto parecía proporcionarle un inmenso placer».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BATAILLE, George: El verdadero Barbazul. La tragedia de Gilles de Rais. Tusquets, 2000.

CEBRIÁN, Juan Antonio: El Mariscal de las Tinieblas. La verdadera historia de Barbazul. Temas de Hoy, 2005.

HEERS, Jacques: Gilles de Rais. La verdadera historia de «Barbazul» Antonio Machado Libros (Papeles del Tiempo), 2017.

Gilles de Rais, el mariscal del Diablo (parte I)

Quien se convertiría en uno de los asesinos en serie más atroces de la historia bajo el sobrenombre de «Barbazul», nació en la Torre Negra del castillo de Champtocé, en Bretaña, o quizá en el castillo de Machecoul, el año 1404. Era el heredero de una de las más importantes familias de Francia, dueña de grandes extensiones de tierras e innumerables títulos nobiliarios. Feroz guerrero, luchó mano a mano con la Doncella de Orleans, Juana de Arco, en varias batallas de la Guerra de los Cien Años y gracias a su posición privilegiada, se convertiría nada menos que en Mariscal de Francia. Hasta que sembró los campos galos con sangre de innumerables víctimas.

Óscar Herradón ©

El padre de nuestro protagonista, Guy II de Laval, se casó con Marie de Craon, la hija de uno de sus peores enemigos, Jean, una unión que puso fin a una disputa hereditaria y que hizo que Guy mudara su apellido por el de Rais, ducado que entonces heredó. Su primogénito, Gilles, vino al mundo en otoño de ese mismo año, y dos años después su hermano René de Susset. Los impredecibles caprichos del destino quisieron que los hermanos de Rais quedaran huérfanos cuando contaban pocos años de edad. Durante el transcurso de una cacería, el 28 de septiembre de 1415, por los alrededores de Champtocé, Guy de Rais fue herido de muerte por un jabalí. En medio de su lenta agonía, el joven Gilles de once años no quiso separarse de su padre, observando impasible cómo sus vísceras se le salían del vientre entre borbotones de sangre. Quizá la visión de su progenitor eviscerado quedó grabada a fuego en su perturbada mente, e influyó en su posterior orgía de sangre y muerte. Nunca lo sabremos.

La adolescencia salvaje

Poco tiempo después fallecía Marie y los huérfanos De Rais, en contra de las últimas voluntades de Guy de Laval, pasaron a ser tutelados por su abuelo materno, Jean de Craon, un hombre sombrío y vengativo que adiestraría a los jóvenes en el manejo de las armas y la brutalidad, descuidando su formación intelectual. Bajo la tutela del viejo Craon, Gilles desató su furia e indisciplina, haciendo y deshaciendo a su antojo sin que nadie pudiese controlarle, convirtiéndose en un pérfido personaje que se creía, por su estirpe, con derecho casi divino a todo tipo de excesos. A todo ello unía un egocentrismo y narcisismo que escandalizaban a sus contemporáneos. No obstante, la figura del abuelo, que hizo de René su favorito, rondaría como un fantasma la existencia de Gilles: temía al viejo por encima de todas las cosas.

Ruinas del castillo de Champtocé (Fuente: Wikipedia)

Si hemos de creer a sus primeros cronistas, en la fastuosa biblioteca de la casa Craon el temeroso joven descubrió una obra que le marcaría para siempre: Vida de los doce Césares, de Suetonio. Las bacanales, excesos y orgías de sangre de personajes como Tiberio, Calígula o Nerón le ofrecieron un modelo a imitar que él llevaría al extremo de la perversión. Cuando contaba con 14 años de edad, fue proclamado caballero, y comenzó a adiestrarse de manera cada vez más exhaustiva en el arte militar. Cansado de practicar la esgrima y otros ejercicios con muñecos fabricados a tal efecto, decidió retar a un joven a su servicio, Antoine, a una lucha cuerpo a cuerpo con dagas. La habilidad de Gilles hizo que el joven cayera en poco tiempo al suelo sin vida, mientras se desangraba a causa de un profundo tajo en su desnudo cuello. La visión de la sangre volvió a fascinar a Gilles, que observó la agonía del muchacho sin pedir auxilio y que salió indemne de aquél lance gracias a la influencia de su abuelo, que pagó una miserable suma a la familia del malogrado muchacho.

El Arte de la Guerra

Frío y calculador, Jean de Craon, que pretendía aumentar la influencia y las tierras de la familia, decidió que su sobrino mayor tomara en matrimonio a una gran dama de la nobleza, Catherine de Thouars, tras varios intentos desafortunados con otras aspirantes, a las que muy probablemente mancilló. Ante la negativa del padre, Jean decidió raptar a Catherine y casarla en secreto con Gilles. Cuando algunos de sus familiares se presentaron en Champtocé para rescatarla, el viejo sátrapa los redujo y los encerró en las mazmorras, causando la muerte de uno de ellos, tío de la muchacha, por inanición.

Blasón de Gilles

No obstante, a Gilles parece ser que no le atraían en absoluto las mujeres, y algunos autores señalan que durante su adolescencia mantuvo relaciones homosexuales con diversos jóvenes, entre ellos con su primo Roger de Bricqueville, compañero de sus futuras sangrías. Nueve años habría de esperar la pareja para que naciera su única hija, Marie, en 1429. Pero aún faltaba mucho para aquello y tiempo antes del accidentado enlace, cuando contaba con dieciséis primaveras, el joven Gilles vio cumplido su ansiado sueño: su bautismo de fuego en el campo de batalla. En medio de la terrible guerra de los Cien Años que enfrentó a Inglaterra y Francia, el duque de Bretaña fue capturado y encerrado en el castillo de Champtoceaux. Presto, Gilles se aventuró al frente de un pequeño ejército hacia la fortaleza, rindiendo la plaza y liberando a su señor, lo que le granjeó una gran fama entre los franceses por su valentía y ferocidad contra el enemigo: el duque le nombró uno de sus lugartenientes.

En 1424, cuando cumplió los 20 años, fue reconocido en su mayoría de edad y no tardó en reivindicar sus derechos sobre el patrimonio familiar, con la consiguiente animadversión de su abuelo. Obsesionado con la guerra, empleó una gran cantidad de dinero en levar soldados y contratar mercenarios que le acompañasen en sus escaramuzas militares para labrarse un nombre, consiguiendo varias victorias frente a los ingleses al servicio del delfín Carlos, al que apoyaba frente a las aspiraciones de Enrique V de Inglaterra, que reclamaba también el trono galo.

La doncella de Orleans

Fue pocos años después, en 1429, cuando comenzó a alcanzar notoriedad en Francia una joven doncella que decía escuchar voces divinas, Juana de Arco. Al parecer, esas voces pertenecían a las santas Catalina y Margarita, que le tenían reservada –decía– una importantes misión. Más tarde afirmaría haber visto al arcángel san Miguel acompañado de una cohorte de ángeles del cielo, quien la instó a que se pusiera al frente de un ejército y liberase Orleans de manos inglesas.

Juana de Arco (Fuente: Wikipedia)

Tras no pocas vicisitudes, la joven Juana, a pesar de su analfabetismo –que le costaría caro más adelante, ante las autoridades eclesiásticas y civiles– logró convencer al delfín Carlos, en Chinon, de ponerla al frente de sus tropas, no sin antes ser sometida a los dictados de un tribunal inquisitorial que sentenció a su favor. Gilles de Rais, fascinado por la presencia beatífica de Juana, quedó prendado de la joven y se entregó a su causa en cuerpo y alma, convirtiéndose en su protector. Las victorias, ante la incredulidad de unos y la pasión desaforada de otros, no tardarían en llegar, y Juana de Arco logró la gran gesta de rendir Orleans y entregársela al delfín de Francia.

Carlos VII

Tras varias batallas decisivas, en las que la Doncella de Orleans estuvo a punto de perder la vida, ésta logró su objetivo: entrar en Reims acompañando al ambicioso delfín para ser consagrado y coronado como Carlos VII. Por su parte, Gilles de Rais fue nombrado mariscal de Francia, el personaje más importante del país tras el monarca. Sin embargo, y como es harto conocido, Juana de Arco comenzó a ser un personaje incómodo para el nuevo rey y al final el hombre que debía su corona a la campesina de Domrémy la dejó abandonada a su suerte ante los borgoñones, al servicio de Inglaterra. Gilles de Rais, que no sabía lo que era la compasión y el amor hasta que conoció a la santa, conminó Carlos VII a ayudarle a rescatarla, a lo que éste se negó con rotundidad. Gilles, perplejo ante la cobardía de su señor, increpó a éste en voz alta con unas palabras que, aunque puede que apócrifas, ya forman parte de la historia: «¿Quién es este rey que niega a su salvadora la posibilidad de ser recuperada de manos inglesas?; Solo sois un miserable bastardo que se sirvió de la pureza demostrada por la doncella para alcanzar sus fines. ¡Os desprecio!». Tras ello, arrancó sus emblemas y partió raudo hacia el castillo de Rouen, en Normandía, donde estaba internada la doncella.

Finalmente, Juana de Arco sería juzgada en un juicio sumarísimo en el que demostró una gran entereza, para ser acusada finalmente –tras firmar una declaración de culpabilidad con la esperanza de recibir un mejor trato de sus carceleros, y donde no sabía lo que ponía– de herejía, apostasía e idolatría. Su castigo: ser quemada en la hoguera. Existen versiones contradictorias sobre el papel de De Rais a la hora de intentar salvar a su «amada» –un amor que todo parece indicar que fue más platónico que físico–. Algunos investigadores afirman que no llegó a tiempo, sin embargo, pasaron varios meses hasta que Juana fue reducida a cenizas y Gilles no hizo acto de presencia en Rouen. Sea como fuere, la versión más extendida afirma que el temible mariscal llegó ante el cadalso con el cuerpo ya calcinado de su admirada dama, y aquella fue la visión que quizá acabó –dicen– enajenándole por completo.

Este post continuaría con la orgía de sangre del pérfido De Rais.

PARA SABER MÁS:

BATAILLE, George: El verdadero Barbazul. La tragedia de Gilles de Rais. Tusquets, 2000.

CEBRIÁN, Juan Antonio: El Mariscal de las Tinieblas. La verdadera historia de Barbazul. Temas de Hoy, 2005.

HEERS, Jacques: Gilles de Rais. La verdadera historia de «Barbazul» Antonio Machado Libros (Papeles del Tiempo), 2017.

VITA SACKVILLE-WEST: Juana de Arco. Siruela 2020:

Si lo que queremos es conocer en profundidad la también apasionante y trágica vida de la que fuera compañera de batalla de Gilles de Rais en los campos de Francia, Juana de Arco, un personaje que estaba a las antípodas de la perversión y sed de sangre del mariscal pero que fue injustamente acusada de brujería y pacto con el diablo, torturada y quemada en la hoguera tras haber contribuido a la victoria de Carlos VII –precisamente con la connivencia de éste, pues Juana se había convertido en un personaje incómodo para su legitimidad monárquica–, nada mejor que sumergirnos en las magnéticas páginas del ensayo Juana de Arco, de la multifacética escritora británica Vita Sackville-West (1892-1962). Una mujer que como la propia Doncella de Orleans fue inconformista y apasionada y causó verdadero revuelo en su tiempo con su tempestuosa vida sentimental y su relación con una de las grandes escritoras de todos los tiempos, Virginia Woolf.

Esta certera biografía, recientemente editada con mimo por Siruela (en su colección «El Ojo del Tiempo») con una portada cautivadora y minuciosa traducción de Amalia Martín-Gamero, que se mantiene fiel a la prosa enérgica y deslumbrante de su autora, desgrana la existencia de la esta joven que decía ver a Dios desde niña y separa la realidad histórica de la leyenda. Hay por supuesto lugar para el terrible juicio al que fue sometida, en uno de los más ignominiosos procesos de la Iglesia católica que culminó con su quema en la hoguera el 30 de mayo de 1431, en una pira en la plaza Vieux-Marché de Ruan. Tales eran las dudas respecto a su actuación, que incluso su verdugo, Geoffroy Thérage, confesaría más tarde que «temía ser maldecido porque había quemado a una mujer santa».

Con el tiempo, las autoridades eclesiásticas harían lo imposible por rehabilitar su figura: tras la Guerra de los Cien Años el pontífice Calixto III autorizó un nuevo proceso, el llamado «juicio de anulación». El tribunal de apelaciones la declaró inocente el 7 de julio de 1456 y el 16 de mayo de 1920 fue canonizada como santa de la Iglesia católica por el papa Benedicto XV en su bula Divina disponente. De sufrir la expiación por fuego a alcanzar la gloria de los altares. Cosas de la sinrazón humana y de las múltiples incongruencias de la fe –de cualquier tipo–.

Pero en vida nadie le hizo justicia. Aún así, es uno de los personajes más emblemáticos de la historia de Francia y también un ejemplo de empoderamiento femenino hace seis siglos, cuando fue también acusada, junto a una ristra de abominaciones, de «travestismo». He aquí la forma de adquirir tan importante obra:

La Guerra de los Cien Años:

Las luchas del despiadado De Rais como soldado, antes de llevar a cabo sus depravados crímenes, al lado de una Juana de Arco que contribuyó como pocos al ascenso del delfín al trono de Francia (siendo en lugar de recompensada por ello, quemada en la hoguera injustamente acusada de herejía), tuvieron lugar, como he señalado, en el marco de la llamada Guerra de los Cien Años. Un conflicto irregular y dilatado en el tiempo con numerosos matices y no pocos contendientes (además de los principales, Francia e Inglaterra, hubo numerosos «aliados» de ambos bloques) que a la historiografía le cuesta acotar y explicar. Precisamente para tener una visión conjunta, concisa y precisa de un conflicto que pese a su nombre duró más de un siglo (entre 1337 y 1453, imagino que catalogarlo como «La Guerra de los 116 años» no era muy comercial), podemos acercarnos a la completa monografía que Ediciones Rialp lanzó hace apenas unos meses y titulada precisamente La Guerra de los Cien Años.

Escrita por el prestigioso medievalista francés Philippe Contamine, profesor emérito de la Universidad París-Sorbona, con estilo preclaro y sencillo (aunque repleto de información exhaustiva), es un auténtico libro-guion sobre la raíz y el desarrollo de tamaña contienda, que ayudará al lector también a comprender el ocaso de la Edad Media europea. He aquí la forma de adquirirlo tanto en papel como en formato eBook:

https://www.rialp.com/libro/la-guerra-de-los-cien-anos_91961/

Demonios del Siglo de Oro (parte II)

Las crónicas españolas de los siglos XVI y XVII están llenas de extraños sucesos que las gentes de entonces, profundamente supersticiosas, creían de índole sobrenatural. En una sociedad fuertemente jerarquizada y de religiosidad desbordante, el contraste entre el bien y el mal era muy marcado, y el temor a las fuerzas de la oscuridad casi una obsesión.

Fue muy habitual durante el Siglo de Oro que en la clausura de los conventos no pocas religiosas –muchas de ellas obligadas a tomar los hábitos por imposición familiar– dijeran experimentar éxtasis, bilocaciones e incluso mostrar los estigmas de la Pasión de Cristo. Como señalan muchos de los expertos sobre aquel siglo y la mayoría de los antropólogos, era, quizá, una forma de romper con la represión en todos los ámbitos –y principalmente en el sexual– que se vivía dentro del claustro, muchas de las veces entre ayunos, oraciones constantes e incluso mortificación de la carne.

Sor María de Ágreda

Muchos de aquellos casos fueron fingidos por las propias monjas y beatas, que acabaría condenando la inquisición, pero existieron algunos aislados que realmente causaron un gran revuelo, siendo considerados como «milagrosos». Baste recordar el ejemplo de Santa Teresa de Jesús durante el reinado de Felipe II, con sus levitaciones y éxtasis, o el famoso caso de supuesta bilocación de Sor María de Jesús, abadesa de la Concepción descalza de Ágreda, la llamada «Dama Azul», quien se convertiría en consejera del mismísimo rey, Felipe IV, incluso en asuntos de Estado, hacia el final de su reinado, y cuyos «desdoblamientos» son todavía motivo de fuerte controversia.

De bilocaciones, estigmas y prodigios varios 

Felipe IV subió al trono el 31 de mayo de 1621, e inmediatamente ordenó al Inquisidor General, Aliaga, que abandonase sus funciones, nombrando para el cargo a don Andrés Pacheco, arzobispo y consejero de Estado. Para celebrar el nombramiento del nuevo rey, la Suprema organizó un auto de fe que alcanzó gran celebridad en los mentideros de la Villa y Corte por el escarnio público a María de la Concepción, una beata que presumía de santa –a pesar de que los documentos de la época la tachan de «lujuriosa y desenfrenada» con sus confesores y otros eclesiásticos– que decía fingir éxtasis y experimentar revelaciones proféticas.

Felipe IV de Austria

Durante el proceso que abrió contra ella el Santo Oficio  fue acusada de haber hecho «pacto expreso con el diablo» y seguido los dictámenes de diversas sectas y herejías, cometiendo «los errores de Arrio, Nestorio, Elvidio, Mahoma y Calvino», además de los preceptos de materialistas y ateístas.

Fue condenada a doscientos azotes y a cárcel de por vida, después de celebrarse su auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid, remodelada por Felipe III y enclave por antonomasia de ajusticiamientos y autos de fe, amén de corridas de toros y festejos populares. Compareció con sambenito completo; la coroza sobre la cabeza y la mordaza en la boca, siendo abucheada e injuriada por el populacho.

No solo el don de la bilocación, la visión profética o la levitación eran atribuidas a beatas y religiosas de toda índole. Uno de los aspectos más célebres de su supuesta taumaturgia era el don de la sanación, don que se atribuyó durante siglos también a los reyes.

Uno de los procesos que más polvareda levantó en el Siglo de Oro fue el de la Madre Luisa de la Ascensión, conocida popularmente como la «monja de Carrión». En Carrión de los Condes la susodicha había fundado una hermandad de devotos que defendían la concepción inmaculada de la Virgen, y en 1625 había alcanzado tal éxito que sus congregantes sumaban 40.000 –entre ellos se encontraba el mismo rey, Felipe IV, sus hermanos, una de las infantas y cinco cardenales– y unos 150 conventos. A la religiosa se le atribuían facultades milagrosas y en Valladolid era considerada santa.

Al parecer, mostraba en sus manos las llagas de la Pasión de Cristo y «sostenía coloquios frecuentes con Dios y con la Virgen» Se le atribuían incontables privilegios celestiales –recogidos en tres libros manuscritos aparecidos entonces–, entre otros «Que la primera leche que mamó se la dio la Virgen» o que «libraba muchas almas del Infierno, salvando a veces 30 de un solo golpe». Además, se afirmaba que Cristo le había dado una manzana del Paraíso «por la cual sería inmortal hasta el Día del Juicio, cuando ella fuese acompañando a Enoch y a Elías en su guerra con el Antecristo (…)».

Por supuesto, no tardó el Santo Oficio en investigarla y en considerar heréticas tales afirmaciones, por lo que se inició un proceso contra ella que duró catorce años, tiempo durante el cual fue recluida en el convento de las Agustinas Recoletas de Valladolid, donde falleció el 28 de octubre de 1636.

Fueron también célebres durante el reinado de Felipe IV algunos procesos por brujería. En 1625 se procedió contra Isabel Jimena, que tenía fama de bruja en la villa y corte. Durante el juicio declaró que «tres gatos negros entraban de noche en su cuarto bailando, y le quitaban las chinelas. Un día amaneció acardenalada».

En 1645, también en Madrid, se acusó a cuatro prostitutas de brujas; de haber entrado en la casa de una familia honrada una noche de invierno para atacar a un niño; por la mañana, según describe Cirac?, cuando los padres despertaron sudando y acongojados tras un sueño largo y profundo, hallaron al pequeño muerto, «con los muslos acardenalados, vacías y negras de sangre sus partes, y tan consumido todo, que parecía chupado de brujas, y apretado con la boca, como es notorio que las brujas matan y hieren, según el testimonio de dos cirujanos».

En una carta de 1619 se señala que sólo en Cataluña tribunales civiles ahorcaron, en dos o tres años, a más de trescientas personas acusadas de brujería. España no fue sin embargo el país en el que se llevó a cabo una caza más encarnizada de las brujas –peor suerte corrieron judíos, moriscos y protestantes–, pues en países como Francia, bajo el reinado de Enrique IV, un tribunal civil hizo quemar a 100 brujas en apenas cuatro meses. Y en Alemania se llevó a la hoguera a 100.000 personas por esta causa.

Demonios, posesas y seres imposibles

En tiempos de superstición, fe exaltada y carencias de todo tipo no es extraño que el maligno hiciese a menudo de las suyas. Eran habituales los procesos en los que se afirmaba la realidad de un pacto demoníaco o se acusaba al reo de conjurar los malos espíritus para provocar el daño ajeno, tener “demonios familiares” o pertenecer a una secta satánica o brujeril.

Se escribieron múltiples tratados y compendios sobre la figura del demonio y la forma de combatirlo, adiestrando a los exorcistas cual soldados de Dios contra las fuerzas infernales. En 1631, diez años después de subir al trono Felipe IV, el doctor Gaspar Navarro, canónigo de Montearagón, publicó un pintoresco y no poco extravagante compendio de supersticiones demoníacas que entonces eran consideradas por muchos de sentido común, en un libro titulado Tribunal de superstición ladina. En él, dividido en 37 capítulos, sus tesis demoníacas, llamadas «Disputas», donde pretendía ridiculizar muchas de aquellas creencias, tenían títulos tan sugerentes como «Del saber que tiene el Demonio para revelar a los adivinos»; «Si puede el demonio conservar un cuerpo vivo sin comer, y de algunas cosas que hacen en los cuerpos muertos de sus amigos los magos, que parecen milagrosas y no lo son, como son hablar y conservarlos sin corrupción alguna»; «Apariciones así de demonios como de almas»; «De los raptos de los hechiceros que vulgarmente llaman arrobos. Y del maleficio que usa el Demonio con las brujas para sufrir los tormentos». Muy sugerente, y ciertamente escéptico en tiempos donde empezaba a decaer la brujomanía en el Viejo Continente, no así en el Nuevo, donde aún faltaban varias décadas para que se celebraran los celebérrimos e ignominiosos Juicios de Salem.

Al maligno y a los que trataban con él se les atribuía la capacidad de provocar tempestades, causar enfermedades, mudar a hombres en animales… El demonio estaba presente en todos los actos de la vida cotidiana del Siglo de Oro. Visible o invisible, juguetón o pendenciero, pero siempre malicioso, para los españoles del XVII su presencia servía para explicar todos los misterios de cualquier índole, principalmente aquellos más morbosos y tétricos. El contagio de las creencias diabólicas alcanzaba a eruditos y teólogos reputados, como el citado Gaspar Navarro, que no creía en todo, pero sí en mucho. Más atrevido fue el doctor Juan Rodríguez, capellán del convento madrileño de la Encarnación Benita, quien llegó a declarar que era lícito tratar al Demonio; mientras, fray Antonio Pérez escribió diversos libros aprobando las consultas con el espíritu del mal, según recogió a finales del siglo XVIII Juan Antonio Llorente en la monumental obra Historia de la Inquisición Española.

Fue célebre durante los siglos XVI y XVII el llamado «Diablo cojuelo», que no sólo dio nombre a una obra de Luis Vélez de Guevara, sino que éste lo tomó como protagonista precisamente porque en aquel tiempo era invocado habitualmente por hechiceras y celestinas, que recurrían a sus «malas artes» para realizar conjuros y filtros amatorios. En 1633 el Tribunal de la Inquisición de Toledo procesó a una mujer llamada Antonia Mexía que declaró que otra acusada, de nombre Beatriz, «habrá seis años que dijo a ésta que tomase un pedernal y le pusiese la mano encima y dijese: Estos cinco dedos pongo en este muro;/cinco demonios conjuro:/a Barrabás, a Satanás/a Lucifer, a Belcebú/al Diablo Cojuelo, /que es buen mensajero,/que me traigan a Fulano luego/ a mi querer y a mi mandar».

Cojuelo, a pesar de tener una pierna algo dañada, era «diablo bullidor y zaragatero, aficionado a bailes y holgorios y a meter en danza a los mortales, haciéndoles ganar el infierno alegremente», según recoge un manuscrito de la época.

Eran comunes en el Siglo de Oro las apariciones demoníacas, o así al menos se deduce de los testimonios recogidos en Avisos y Noticias contemporáneas. Pellicer cuenta un caso que tuvo lugar en 1641, según el cual un hortelano del monasterio de doña María de Aragón, «habiendo hecho voto de castidad, trató de casarse sin obtener dispensación. Y tres días antes de efectuarlo, una noche, 13 de abril, estando acostado con estos pensamientos, vio un demonio que le sacó de la cama y le arrastró grande rato por su aposento, dándole golpes como suyos».

Por su parte, Jerónimo de Barrionuevo refiere que «Un fraile descalzo franciscano, en Granada, que le tenían por santo, le hallaron, según se dice, ahorcado, y oyeron decir en el aire a voces: ‘¡Quítenle el hábito, que nos queremos llevar el cuerpo al infierno, ya que tenemos allí el alma!’, y que lo hicieron así».

El hechizo de Felipe IV

El caso más célebre de hechizamiento regio en el siglo XVII sería el del malogrado Carlos II, que precisamente ha pasado a la historia como «el Hechizado». Sin embargo, parece ser que su padre, Felipe IV, también fue hechizado. Así al menos intentaba explicar el vulgo los veintidós años de privanza que ejercía el conde duque de Olivares sobre el rey.

El Conde-duque de Olivares, por Velázquez

Se acusó al valido de tener haber tenido durante su juventud relación con algunos hechiceros de Sevilla y que ya como primer ministro «leía el Corán», por lo que le delató al Santo Oficio el cardenal Monti.

Fue acusado también –al menos en panfletos y crónicas– de introducir como médico de cámara de la reina al mago don Andrés de León, que «maleficó diez camisas, perfumándolas con polvos muy finos, rojos o cenicientos –dependiendo de la versión consultada–». Además, se le relacionaba con el nigromante Miguel Cervellón, acusado con pacto con el diablo y con una mujer de nombre Leonor que vivía en la calle Barquillo y a la que acusaron dos vecinas de haberles confesado poseer «hechizos sin peligro, probados en la persona del Rey por el Conde-duque, y fabricados por una amiga suya, llamada María Álvarez».

Aunque algunos miembros de la Administración que tuvieron conocimiento del caso intentaron abrir diligencias, el Conde-duque parece que tomó represalias, por lo que el caso quedó en agua de borrajas. No obstante, en los últimos años del reinado de Felipe IV, ya muerto el valido, los rumores de un encantamiento volvieron a resurgir con mayor fuerza y hacia finales de 1661 corrió por los mentideros el rumor del hallazgo de extraños objetos que estaban destinados a hechizar al rey y al valido don Luis de Haro, sobrino de Olivares, recientemente fallecido. Pero sería en 1665 cuando el rumor corrió como la pólvora en las esferas cortesanas y el Inquisidor General, P. González, y el confesor del rey, P. Juan Martínez, después de examinar una bolsita de reliquias y amuletos que el soberano llevaba consigo, hallaron «un libro antiguo, negro, de magia, y ciertas estampas con el retrato del Rey, traspasadas por alfileres. Todo esto fue solemnemente quemado, después de una ceremonia de exorcismos, por el Inquisidor General en la capilla de Atocha».

Nuestra Sra. de Atocha

En la imaginación popular se daban cita demonios, duendes, magos, brujas, nigromantes… personajes y bestias que convivían con las gentes y protagonizaban obras de teatro, novelas y coplillas. Quizá eran el reflejo del sentimiento del pueblo, un pueblo hambriento y desamparado, olvidado por sus gobernantes, que recurría al demonio para explicar los desastres de un imperio gigantesco que se venía abajo por su propio peso. El Siglo de Oro de las letras españolas, de bronce o más bien de hojalata para las miles de personas que intentaban ganarse la vida y pululaban por las calles de las grandes ciudades, debería llamarse, tal vez, el siglo del Maligno. Casi una herejía.

Energúmenas fingidas

No fueron menos los episodios de falsos posesos que recogieron crónicas, avisos e incluso obras literarias –el mismo Quevedo, cronista irreverente del Madrid barroco, hizo alusión directa al tema en La endemoniada fingida–. En la Relación de la endemoniada fingida –que forma parte de la correspondencia entre varios Padres de la Compañía de Jesús–, una carta fechada en Valladolid el 27 de enero de 1635, se habla acerca de una embaucadora que ideó que estaba endemoniada por falta de recursos, quizá porque una de las cosas que solían exigir los «demonios» era que les diesen limosnas para salir del cuerpo del poseso –muy ingeniosos ellos–.

Un sacerdote con diez años de experiencia en materia de «expulsar espíritus» la conjuró en una iglesia de monjas armado de una cruz, un Evangelio y agua bendita, instando a que las «cuarenta y dos legiones» que decía la energúmena tener en el cuerpo, se bajasen todos «a la uña del dedo pulgar del pie izquierdo, adonde por cuatro meses la dejasen comer, beber… sin que la hagan ningún daño, y que mientras él los ligaba la derribasen en el suelo con mucha honestidad». Tras darle muchas limosnas durante varios días, procedieron a exorcizarla de nuevo en otra iglesia,  donde se reunieron más de 200 personas. Al parecer todos sudaban la gota gorda porque habían entrado en el cuerpo de la mujer «tres demonios para ayudar a Belcebú (que hablaba por su boca)». Finalmente, acabó por confesar su engaño.

En Toledo se dio también el caso de un cura que fue llamado para exorcizar a una joven que «decían estar endemoniada, y no había sanado por más exorcismos que le había dicho un religioso». En la sacristía el párroco descubrió pronto que era una farsante y ordenó que le diesen dos docenas de azotes. Aunque empezó negando su culpa, el tormento provocó que finalmente confesara, afirmando que decía tener el demonio en el cuerpo «por miedo de que no la castigasen por cierto mal recaudo que había hecho con un mancebo».