AIDP Integral 10

Llega el esperado final de la saga de El Infierno en la Tierra, que Norma Editorial nos brinda en una lujosa edición en tapa dura, la décima de la serie, Cartoné forrado con tela –verde, en la línea tan característica de los volúmenes anteriores– y con cinta marcapáginas.

Óscar Herradón ©

AIDP son las siglas con las que Norma Editorial bautizó en castellano a la B.P.R.D., la Agencia de Investigación y Defensa Paranormal que Mike Mignola desgajó del universo de Hellboy para narrar lo que ocurre cuando el propio Hellboy deja de estar al mando. El décimo y último tomo de la reedición integral en cartoné cierra quince años de continuidad ininterrumpida: recoge el tramo final de la serie, conocido en inglés como B.P.R.D.: The Devil You Know, y que en la vieja colección en rústica de Norma ocupaba los números 33 a 35, bajo el título común de Demonio conocido, dividido en Mesías, Pandemónium y Ragna Rok.

La trama cierra el ciclo apocalíptico que arrancó con el llamado Infierno en la Tierra: Nueva York se ha convertido en el epicentro del delirio de Varvara, la deidad demoníaca que atrae a miles de fieles hacia su propia versión del fin del mundo, mientras ejércitos de zombis y monstruos invaden lo poco que queda de sociedad organizada. La curiosidad mayor de este cierre es que Hellboy, ausente de la serie desde su marcha de la agencia años atrás, reaparece para la batalla final junto a Abe Sapien y Liz Sherman, en un gesto que Mignola reserva deliberadamente para el desenlace. El propio tomo termina con una página que, más que cerrar la historia, la reabre: una insinuación de reinicio del mundo que el propio autor ha descrito como el germen de una nueva etapa del universo Hellboy, y que explica por qué la serie nunca se sintió del todo terminada pese al título de la colección.

Colapso total

En lo gráfico, esta etapa final recae sobre todo en Laurence Campbell, que sustituye el trazo más limpio de Guy Davis por una textura sucia, pictórica, casi expresionista, muy acorde con el tono de colapso total del relato; Dave Stewart, coloreador de cabecera de todo el «Mignolaverso» desde el primer tomo, es quien mantiene la coherencia visual pese al desfile de dibujantes que ha tenido la colección a lo largo de sus treinta y cinco entregas originales. Otra curiosidad de la edición española es que, mientras que las portadas americanas de este tramo final corrieron a cargo del propio Campbell, Norma encargó nuevas cubiertas para su edición de lujo al ilustrador argentino Julián Totino Tedesco, conocido por su trabajo en Marvel, lo que da a esta reedición una identidad visual distinta, y por supuesto meritoria, de la original estadounidense.

El balance entre los lectores españoles de la colección es elocuente sobre la naturaleza de esta serie: se valora mucho el conjunto del universo Hellboy, pero hay quejas recurrentes sobre lo dependiente que resulta AIDP de series paralelas como el propio Hellboy o Abe Sapien para que ciertos hilos argumentales cuadren del todo, algo que se nota especialmente en este tramo final, escrito a cuatro manos entre Mignola y Scott Allie. También hubo quejas, ya de tipo editorial, por los largos parones entre tomos de la colección de lujo, que tardó varios años en completarse desde que arrancó. No obstante, es AIDP, y los fanáticos han de hacerse con su última entrega.

Como cierre de una saga que empezó siendo un spin-off casi accidental de Hellboy y terminó convirtiéndose en la columna vertebral de todo el llamado «Mignolaverso», este volumen funciona más como gran final de temporada que como historia autoconclusiva: exige haber recorrido los nueve tomos anteriores, pero recompensa esa paciencia con una de las imágenes de cierre más desoladoras y a la vez abiertas de todo el cómic de terror americano reciente. Como reza el lema latino de la Agencia: In Absentia Luci, Tenebrae Vincunt («En ausencia de luz, la oscuridad vence»).

Las ciudades oscuras. Libro 1

Norma Editorial publica el tomo 1 integral de esta obra maestra del cómic franco-belga que arrancó en 1983 y que ha durado más de cuarenta años, y combina con rigor y elegancia elementos de literatura fantástica, arquitectura ilusoria, geografía imaginaria y cómic en estado puro.

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Las ciudades oscuras. Libro 1, que Norma edita en tapa dura, es la traducción española del primer tomo de la intégrale que Casterman lanzó en Francia con las obras completas de François Schuiten y Benôit Peeters. Un volumen recopilatorio, una de las cumbres del noveno arte, de 328 páginas que reúne Las murallas de Samaris, La fiebre de Urbcande, Los misterios de Pâhry y El archivista, enriquecido con fragmentos del apócrifo Guía de las ciudades y material inédito que ata cabos entre las distintas urbes del ciclo.

La serie arrancó en 1983 como una rareza dentro del cómic franco-belga: un mundo paralelo, invisible al nuestro, poblado por ciudades que son versiones deformadas de las reales, desde la Viena burocrática que asoma en Xhystos hasta el París reconocible en Pâhry. Lo que hace especial este primer libro es que reúne el germen completo de esa mitología; Samaris, la ciudad-espejismo que se reconstruye por delante de quien la recorre; Urbicande, dividida en dos mitades por un río hasta que un cubo reticular empieza a crecer sin control y acaba invadiéndolo todo; y Pâhry y el propio archivista, piezas más breves que funcionan casi como anotaciones al margen del resto del universo.

Una estructura arquitectónica

Entre las curiosidades del contenido, podemos mencionar el caso de La fiebre de Urbicande: pensada en principio para publicarse en color, como Samaris, la coloración resultó demasiado lenta y entonces los autores optaron por el blanco y negro, lo que además permitió que la historia se extendiera mucho más allá de las 44 páginas habituales del álbum franco-belga clásico. El ensayista estadounidense Julian Darius recuerda en su lectura del ciclo que el propio Peeters llegó a calificar de «esquelética» su primera entrega, Samaris, por sentir que el formato corto no le dejaba espacio para desarrollar sus ideas; fue precisamente esa frustración la que empujó a extender el segundo álbum, un cambio de ritmo que terminó ganando el premio al mejor álbum del festival de Angulema en 1985, uno de los grandes reconocimientos del cómic europeo.

Otra curiosidad tiene que ver con la propia estructura del volumen integral: a diferencia de la publicación original álbum a álbum, Casterman decidió ordenar el material de forma mayoritariamente cronológica dentro del universo ficticio, intercalando las páginas del Guía de las ciudades justo después de cada historia con la que se relacionan, de modo que el lector puede seguir casi como un atlas la evolución interna de ese continente imaginario (y que reproduce igualmente la edición de Norma). La revista suiza Le Temps, con motivo de la publicación de uno de los tomos posteriores de esta misma intégrale, describió el conjunto como un rompecabezas sin final, y situó la serie en la estela de las arquitecturas imposibles de Julio Verne, la claridad inquietante de los cuadros de Magritte y los laberintos de Jorge Luis Borges, una tríada de referencias que la crítica francesa repite casi como fórmula fija al hablar de Schuiten y Peeters.

El propio origen biográfico de Schuiten explica buena parte de la obsesión arquitectónica del libro: pertenece a una familia de arquitectos, y esa formación se nota en el detalle casi técnico con el que dibuja los edificios de Urbicande, con un aire de clasicismo monumental que recuerda a la estética de la Alemania de Entreguerras, sin que eso implique una lectura política explícita por parte de los autores. El resultado es un álbum considerado por crítica y público, reitero, una de las cumbres del noveno arte. Sin lugar a dudas.

Chucho Feúcho (Nuevo Nueve)

El clásico juvenil de Daniel Pennac Cabot-Caboche («Chucho Feúcho»), publicado en los años 80 con ilustraciones de Catherine Reisser, fue convertido en fábula gráfica por Grégory Panaccione en 2021, y ahora nos llega en castellano de la mano de Nuevo Nueve Editores, una historia muy querida por el público francés y destinada a pequeños lectores de entre ocho y doce años.

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Pennac, más conocido en el circuito adulto por su serie de novela negra protagonizada por Benjamin Malaussène, escribió Cabot-Caboche (el título en español es Chucho Feúcho) pensando en lectores de ocho a doce años, y la historia lleva décadas reeditándose en colecciones juveniles como Pocket Jeunesse o Nathan, lo que la convierte en un texto que cualquier lector francés de mediana edad reconoce de memoria. Ahora le toca el turno al público de nuestro país.

La trama sigue a un cachorro sin nombre, como reza el título en castellano feo hasta el punto de resultar invisible para quien busca mascota, y que es abandonado en un vertedero. Allí lo recoge una perra vagabunda de nombre Gueule Noire, que le enseña a sobrevivir en la calle; a su muerte, el cachorro, ya convertido en Chien, tiene que elegir él mismo a su dueña, y la encuentra en Pomme, una niña de carácter tan difícil como el suyo propio. Gran parte del libro, tanto en la novela como en su adaptación a viñetas, se construye sobre esa inversión de roles: no es el cánido el que busca ser domesticado, sino el animal quien decide, con paciencia y astucia, «domesticar» a la niña.

Contra el maltrato animal

Panaccione, que antes de este álbum ya se había especializado en la narración protagonizada por animales, con especial atención al punto de vista canino en libros mudos como Toby mon ami, encontraba aquí un material a medida: buena parte de Chucho Feúcho está narrada desde la percepción sensorial del perro, algo que su estilo, muy físico y muy atento al lenguaje corporal, sabe trasladar al cómic sin necesidad de saturar la página de texto.

El volumen no rehúye la parte más incómoda del material original: la crueldad hacia los animales, el maltrato, el abandono y la pregunta, nada ingenua para un público infantil, de qué hace que un perro sea «feo» y por tanto desechable a ojos de los humanos. Pennac escribía contra esa lógica, y Panaccione conserva esa columna vertebral moral sin edulcorarla, apoyándose en un elenco de perros callejeros secundarios que actúan casi como un coro que enseña al protagonista las reglas no escritas de la supervivencia urbana. Es, en definitiva, una adaptación que respeta el tono agridulce de un clásico francés poco conocido fuera de su idioma original, y que en español llega por fin con el título que mejor resume su premisa: un «Chucho Feúcho» al que nadie quería y que termina, contra todo pronóstico, escogiendo él mismo a su familia.