Las redes de Arabia Saudí

Aún con resaca de la euforia mundialista, con España como campeona del mundo, pudiendo lucir una segunda estrella en su equipamiento 16 años después de ganar la primera en Sudáfrica, La Esfera de los Libros publica una afilada crónica de las turbias relaciones del gobierno de Riad con el deporte y cómo lo explota en su propio beneficio político.

Óscar Herradón ©

Todavía en plena resaca del mundial de futbol 2026 que hemos ganado con un juego elegante, comprometido, de todos a una y limpieza frente a una selección argentina digna de olvidar –ha costado, pero lo conseguimos-, nada mejor que acercarnos a las páginas de una de las últimas novedades de La Esfera de los Libros para conocer los entresijos –y oscuridades– del fútbol y otros deportes como negocios en ese rincón del mundo ahora tan agitado a causa de la guerra de los EE.UU. contra Irán que es Arabia Saudí.

El Estado saudí ha convertido el deporte en su herramienta política exterior más eficaz, y en su último trabajo, el periodista deportivo anglosajón James Montague disecciona sin filtros ese engranaje en Las Redes de Arabia saudí. Cómo la dictadura del golfo está comprando el deporte y el mundo, un ensayo publicado originalmente bajo el título de Engulfed: How Arabia Saudi Bought Sport, and the World, que quedó finalista del William Hill Sports Book of the Year 2025, uno de los galardones más prestigiosos del periodismo deportivo.

Mohamed bin Salmán.

El punto de partida de este libro revelador, aunque en un primer momento pueda parecer simple, es cuanto menos inquietante: ¿por qué un país gasta decenas, quizá cientos de miles de millones de dólares, en comprar y controlar el deporte mundial? La respuesta tiene que ver, como casi todo, más con la geopolítica que con los récords o la promoción de la vida activa y saludable. Montague responde a esta cuestión reconstruyendo el ascenso de Mohamed bin Salmán, el ambicioso y retorcido príncipe heredero saudí, con una lógica casi shakesperiana de rivalidades familiares, y sitúa el asesinato de Jamal Khashoggi en 2018 (periodista que fue asesinado por orden de bin Salmán en el consulado de Arabia Saudí en Estambul, Turquía, donde supuestamente fue descuartizado por sus hombres) como la bisagra que dispara la estrategia deportiva del régimen. La tesis central, que recorre no solo el fútbol, el deporte estrella de masas, al menos en el Viejo Continente (hasta el punto de que se ha hecho célebre la frase de que el fútbol es el opio del pueblo -en sustitución de la máxima clásica de Karl Marx de que lo era la religión-), sino también el golf, el boxeo, la Fórmula 1 y hasta el eSports, es que el  dinero tiene la memoria corta y que ningún ámbito la tiene tan corta como el deporte.

Periodismo de investigación

El reporterismo y la investigación de campo como método de trabajo es lo que distingue a Montague de otros analistas del sportswashing en el que es ya su quinto trabajo editorial: entrevistas de primera mano realizadas en Arabia Saudí, los Estados Unidos, el noreste de Inglaterra, España y Turquía sostienen el relato, y esa base es la que autores como David Goldblatt (autor de The Ball is Round) destacan como su mayor virtud, subrayando que Montague combina un conocimiento profundo de la región con un realismo lúcido sobre cómo el deporte, efectivamente, se ha puesto al servicio del poder (¿no lo ha estado prácticamente siempre?). Otra voz autorizada, Simon Kuper, coautor de Soccernomics, coincide en que abordar Arabia Saudí periodísticamente es difícil y que Montague está a la altura del reto.

Man in traditional Middle Eastern clothing counting money inside a stadium box
Imagen generada por la IA de WordPress.
Infantino.

Newcastle, Riad y el thriller de ecos políticos son los tres escenarios que mejor funcionan en el libro según la crítica anglosajona. Por ejemplo, la reseña de Sports Gazette valora especialmente cómo el libro desmonta el mito de que deporte y política son esferas separadas, aunque señala que el retrato de MBS y de figuras como Boris Johnson o Donald Trump resulta más incisivo que el análisis económico puro (basta con recordar la llamada del actual presidente estadounidense a su amigo Giovanni Vincenzo Infantino de la FIFA para que le quitara la tarjeta roja al goleador de la selección del país de las barras y estrellas Folarin Balogun con la que fue sancionado en el partido contra Bosnia-Herzegovina), en un procedimiento –presión política– nunca visto hasta ahora en campeonatos mundiales del primer mundo. La reseña de Soccer Books apunta en la misma línea: lo más logrado del relato no es la cifra ni el dato financiero, sino el coste humano del sportswashing y el retrato matizado de la transformación de un príncipe desconocido en gobernante de facto. Los medios especializados también celebran el capítulo dedicado a los eSports saudíes como uno de los hallazgos más originales del ensayo.

El horizonte del Mundial de 2034 cierra el argumento y lo proyecta hacia el futuro. En una entrevista concedida al medio irlandés The 42, Montague explica que esta es, a su juicio, la gran historia de la política contemporánea: el ascenso de regímenes autocráticos como el saudí y su capacidad de influencia en Occidente, hasta el punto de que las sociedades democráticas empiezan a parecerse más a ellos que al revés. En esa misma conversación el periodista admite que no ve en el medio plazo ninguna presión internacional capaz de torcer el rumbo, ni siquiera desde organismos como Amnistía Internacional, cuyo propio personal reconoce la contradicción de seguir apoyando a un club –Newcastle United– pese al malestar con sus dueños.

En definitiva, Las redes de Arabia Saudí funciona como crónica política de acceso privilegiado, una de las radiografías más completas disponibles sobre cómo Riad ha convertido el deporte en el instrumento central de su diplomacia del siglo XXI, con Infantino, Ronaldo, Nadal o García como piezas de un tablero mucho más amplio que el meramente deportivo.

Arte Secuestrado (Ediciones Península)

Península publica un ensayo revelador sobre cómo han llegado las grandes piezas de arte a los museos de Occidente. De los mármoles del Partenón al penacho de Moctezuma, nos revelan una turbia y oculta historia de las colecciones del Norte Global.

Óscar Herradón ©

Modern angular metal and glass entrance addition to the historic Royal Ontario Museum building with people walking nearby

El hilo conductor del ensayo es una crítica a lo que el mundo anglosajón conoce como el universal museum argument. En 2002, los directores de dieciocho grandes museos de arte, patrimonio cultural e historia natural –entre ellos el Louvre y los Museos Estatales de Berlín– firmaron una declaración sobre «la importancia y el valor de los museos universales», que constituía, en esencia, un argumento contra la restitución de sus colecciones. La lógica de dicha declaración era que estos museos custodiaban los objetos «en beneficio de la humanidad», y que, por tanto, su presencia en el Norte Global no respondía a una injusticia arrastrada del colonialismo con sus países de origen sino a un principio de acceso universal que trasciende la reivindicación nacional de cada país de origen.

Mármoles del Partenón en el British Museum.

Las autoras de Arte Secuestrado parten no del valor artístico de cada pieza sino de la pregunta de cómo han llegado las grandes obras a los museos o a las pinacotecas. Ambas son dos juristas expertas en derecho internacional: Catherine Titi es investigadora titular en el CNRS francés y, además de su formación jurídica, posee un título en historia del arte por el Courtauld Institute of Art. Una combinación (la rara confluencia entre la mirada del historiador del arte y el instrumental del jurista internacional) es la que confiere al libro su carácter singular y lo dota de mayor consistencia. Su coautora, Katia Fach Gómez, es profesora titular de derecho internacional privado en la Universidad de Zaragoza, experta en litigación internacional y arbitraje, con formación en periodismo y habitual en la prensa española.

La combinación de perfiles que componen el trabajo es en sí misma una declaración metodológica: el libro aspira a tender un puente entre la academia especializada y el gran público; no es el primer trabajo de Titi sobre estas materias, pues en 2023 la editora estadounidense Springer Publishing publicó su monografía The Parthenon Marbles and International Law, un estudio que refutaba punto por punto los argumentos jurídicos del Reino Unido para retener las esculturas, revisando la historia de su extracción y analizando documentos a la luz del derecho internacional contemporáneo. De hecho, podríamos considerar que Arte Secuestrado es, en cierta medida, la versión destinada al ciudadano curioso de ese trabajo académico más técnico, ampliada además a una docena de casos de expolio colonial procedente de varios continentes.

¿Mentalidad colonial o filantropía universal?

Penacho de Moctezuma.

En el ensayo, Titi y Fach Gómez desmontan la lógica argumentada por los museos y centros de patrimonio del «beneficio de la humanidad» sin piedad, y lo hacen desde un análisis de casos concretos. Apoyadas en el marco jurídico internacional vigente, y en lugar de limitarse a la argumentación moral, sostienen la opinión de muchos críticos de que dicho concepto perpetúa una mentalidad colonial, ignora los medios violentos o no éticos de adquisición de las piezas museísticas y niega a las comunidades de origen (países latinoamericanos, Egipto, Irán, y un largo etcétera) el derecho a su propio patrimonio; además de que la comprensión genuina de un objeto, remarcan, proviene precisamente de que este se encuentre en su contexto cultural, accesible a sus legítimos herederos.

En definitiva, un viaje fascinante por el lado oscuro y el trasfondo poco transparente del recorrido de las obras de arte. Detrás de muchas de las que admiramos cuando visitamos el Louvre, el Museo Británico o el Met de Nueva York se oculta un pasado incómodo. Son piezas que desaparecieron de su lugar de origen, arrancadas de templos, tumbas o palacios, y que hoy se siguen reclamando por sus legítimos dueños.

Louvre (París).

Durante siglos, los grandes museos, principalmente del Norte Global, reunieron objetos procedentes de todos los rincones del planeta convencidos –aunque no siempre, como aquí podremos descubrir– de estar preservando el patrimonio de la humanidad. Pero tras esa apariencia de universalidad se esconde una historia de conquistas, expolios y apropiaciones que todavía proyecta su sombra sobre nuestras instituciones culturales. Arte secuestrado sigue el rastro de seis piezas emblemáticas: los mármoles del Partenón, el penacho de Moctezuma (custodiado en el Museo Etnológico de Viena), los bronces de Benín, el busto de Nefertiti (en el Neues Museum de Berlín), el hombre prehistórico de Java y los restos del príncipe etíope Alemayehu (enterrado en el Castillo de Windsor y que el Palacio de Buckingham se niega a devolver) y los tesoros de Magdala.

Precuela. Una lucha de Estados Unidos contra el fascismo

Capitán Swing publica este ensayo de la periodista Rachel Maddow que recuerda un episodio histórico olvidado del país de las barras y estrellas que muestra el auge de los extremismos del pasado en una nación cada vez más polarizada bajo el segundo mandato de Donald Trump.

Óscar Herradón ©

Precuela es un ensayo histórico y político verdaderamente revelador en el que Rachel Maddow explora de forma incisiva un episodio poco conocido de la historia estadounidense: la presencia y expansión de movimientos fascistas y pro-nazis en los Estados Unidos durante las décadas de 1930 y 1940, en el periodo de Entreguerras y en la Segunda Guerra Mundial, en la que el país entró oficialmente tras el ataque japonés de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. El libro nace de la investigación realizada para el pódcast de la autora, Ultra, y funciona como una advertencia sobre la fragilidad democrática y la facilidad con la que el extremismo puede infiltrarse en instituciones aparentemente sólidas.

Juicio a los saboteadores nazis (1942).

Uno de los mayores aciertos del ensayo es su capacidad narrativa. Y es que Maddow tiene amplia experiencia televisiva y eso se nota en el ritmo: convierte una investigación histórica compleja en un relato casi de thriller político. Figuras como el sacerdote católico estadounidense nacido en Canadá Charles Coughlin (que hizo un soberbio uso de la radio para llegar a la audiencia de forma masiva), el propagandista y poeta germanoamericano George Viereck -que llegaría a actuar brevemente como agente nazi en la guerra- o el movimiento America First aparecen no como anécdotas a pie de página, sino como parte de una red ideológica que simpatizaba con Hitler y buscaba debilitar la democracia estadounidense desde dentro.

Operación Pastorius

Viereck.

Precisamente en 1942 tendría lugar uno de los episodios más insólitos de la Segunda Guerra Mundial, y sería la infiltración para atentar en territorio estadounidense de varios agentes nazis que finalmente serían desenmascarados, detenidos por el FBI y ejecutados. Fue denominada Operación Pastorius por el Abwehr –el servicio de inteligencia militar alemán comandado por al almirante Wilhelm Canaris–, en honor al nombre del fundador del primer asentamiento alemán en América, Franz Daniel Pastorius (Germantown, Pensilvania, 1683).

Bandera del German American Bund.

El objetivo de los ocho hombres enviados en dos grupos por el Tercer Reich –liderados, uno por George John Dasch y el otro por Edward Kerling– era sembrar el caos económico y el miedo civil: destruir fábricas de aluminio, infraestructura ferroviaria, la industria química y las instalaciones hidroeléctricas del río Ohio. Aprovecharían el enorme éxito –y la protección– que podían brindarles antiguos miembros del Bund Germano-Americano (German American Bund), un movimiento de inspiración nazi fundado en los EE. UU. en 1936, financiado por el gobierno de la Alemania nacionalsocialista y que en 1939 contaba con 20.000 miembros que llegaron a dar un multitudinario mitin en el Madison Square Garden de Nueva York el mes de febrero, movimiento que sería disuelto por las autoridades tras la entrada del país en la contienda. Sin embargo, una pifia de los espías alemanes, entrenados de forma apresurada antes de ser soltados cerca de la costa estadounidense en submarino, hizo que fueran rápidamente desenmascarados por agentes de J. Edgar Hoover y juzgados por un tribunal militar.

Rachel Maddow (Wikipedia).

En Precuela, Maddow también destaca el papel de periodistas, fiscales e investigadores que combatieron esa infiltración fascista en un tiempo en el que gozaba de gran aceptación entre algunos sectores, creciente, el movimiento nazi y fascista europeo. Así, la autora, en lugar de centrarse en los demagogos del pensamiento ultraconservador y filofascista, presta mucha atención a quienes intentaron frenarlo, en lo que se convierte en una combinación entre investigación histórica y advertencia contemporánea, pues establece paralelismos evidentes con la política estadounidense actual, lo que ha llevado a ciertos críticos a afirmar que la obra funciona más como una advertencia ideológica que como un análisis desapasionado.

Aunque fuera así –y a veces lo es–, la situación actual, de profunda polarización de la población y de decisiones absolutamente delirantes y en ocasiones incluso cercanas a la ilegalidad de la segunda Administración Trump, aceptan el símil (con sus grandes distancias, claro, pues por suerte no estamos en los tiempos del Tercer Reich, el fin del colonialismo o la Unión Soviética de Stalin), pero, en todo caso, la democracia –aunque no sea plena, según algunos sectores políticos– debe cuidarse. Y al margen de tratarse o no de una «advertencia», recordar este oscuro episodio del pasado estadounidense, un país que no mucho tiempo después se volvería paranoico con la llamada «infiltración comunista» es razón de peso para elogiar un libro de estas características.

Un ensayo convertido en best seller de The New York Times, con un enorme valor documental y la importancia de rescatar un capítulo históricamente olvidado, una obra que obliga al lector a reconsiderar la idea de que el fascismo fue un fenómeno exclusivamente europeo y que recuerda que las democracias liberales nunca están completamente inmunizadas frente a movimientos extremistas, y no solo de derechas.