Marilyn: cien años de una diva inolvidable

La periodista italiana Chiara Pasqualetti Johnson, incluida entre las 100 «Wonder Women» de Forbes Italia y colaboradora habitual de revistas de viaje, arte y estilo de vida, firma, como conmemoración del centenario del nacimiento de Marilyn Monroe que se cumplió este 2026, el libro Marilyn, cuya versión en castellano nos llega en una alucinante edición de la mano de BLUME, editorial muy presente en el Pandemónium.

Óscar Herradón ©

Marilyn Monroe, nombre artístico de Norma Jeane Mortenson, nació el 1 de junio de 1926 en Los Ángeles, California, muy cerca de la Meca del cine que más tarde la encumbraría al olimpo de las diosas de la pantalla grande, donde los focos ocultaban una vida trágica, una profunda tristeza y soledad que acabaría prematuramente con ella: murió el 4 de agosto de 1962, con tan solo 36 años, según los más conspiracionistas, en extrañas circunstancias (al parecer mantenía una turbia relación con los hermanos Kennedy) y para la mayoría por sobredosis de barbitúricos (Amytal, pentotal sódico, Seconal, fenobarbital, etc.), aunque las extrañas circunstancias del caso, que daría para otra larga entrada en el blog, siguen rodeadas de sombras: el forense adjunto Thomas Noguchi clasificó su muerte como probable suicidio, pero a partir de ahí surgieron todo tipo de teorías conspirativas que llegan hasta hoy.

Un retrato de tres facetas

El propio subtítulo del libro, el original, publicado por White Star / Simon & Schuster, anuncia su estructura de lectura: «diva, diosa y mujer» son las tres caras en las que Pasqualetti Johnson organiza el relato. A decir de la crítica especializada, más allá de la imagen de seductora y de «chica de la puerta de al lado» que Monroe proyectó con su figura de pin-up y su melena rubio platino, el libro se propone reconstruir a Norma Jeane como una mujer compleja, superviviente de una infancia traumática y necesitada de un afecto constante durante toda su vida adulta.

El subtítulo que nos brinda BLUME en su edición en castellano para conmemorar a uno de los grandes sex symbols del siglo pasado ha variado un poco: «Espectacular, compleja, independiente, vulnerable, misteriosa», pero mantiene la esencia del contenido, dedicado a una mujer todoterreno (muy alejada en realidad del prototipo de «rubia tonta» que le adjudicaron los medios) que nos brindó interpretaciones inolvidables en películas que hoy son auténticas joyas del séptimo arte, entre ellas Niágara (Henry Hathaway, 1953); Los caballeros las prefieren rubias (Howard Hawks, 1953); Cómo casarse con un millonario (Jean Negulesco, 1953); La tentación vive arriba (Billy Wilder, 1955), El príncipe y la corista (Laurence Olivier, 1957) o Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959).

Marilyn y DiMaggio

Entre los episodios que destacan en sus páginas figuran las relaciones de Monroe con el jugador de béisbol Joe DiMaggio y con el presidente John F. Kennedy, presentadas no como anécdotas de sociedad sino como piezas para entender la tensión entre el mito público y la persona privada. Una publicación de la propia autora en LinkedIn añade matices sobre el enfoque general del libro: lo describe como el retrato de una mujer «inquieta, independiente, frágil y misteriosa», advirtiendo que las imágenes con las que se suele recordar a Marilyn sugieren una simplicidad que la propia vida de la actriz contradice.

Y Pasqualetti Johnson sabe bien abordar tanto el glamur como la fragilidad del personaje (y del ser humano que había detrás) pues ya ha firmado en el mismo sello Portraits of Great Women (2018), traducido a la friolera de catorce idiomas y Coco Chanel: The Style Revolution (2020), también con siete ediciones internacionales, libro que ha sido publicado igualmente en castellano. en otra alucinante edición, por BLUME, con el título de Coco Chanel. Mujer revolucionaria, junto a otras de sus obras. El primero, Portraits…, es un trabajo colectivo de semblanzas femeninas –que reúne desde a Anne Frank hasta Audrey Hepburn– donde la autora combina personajes claramente «influyentes» a nivel social y político, con otros que son, más bien, iconos culturales, un tono divulgativo y visual con el que Pasqualetti Johnson aborda también a Marilyn Monroe en esta maravillosa edición: una puerta de entrada accesible y poderosamente visual al inmortal personaje que está en la retina de muchas generaciones.

Gremlins. 40 años sin comer a medianoche

Este verano se cumplen 40 años del estreno de una de las cintas familiares más icónicas de los 80, Gremlins, de Joe Dante. Todos sus entresijos se cuentan con detalle y especial cariño en el libro Gremlins. Nunca les des de comer después de medianoche, firmado por Francisco Javier Millán y publicado por Diábolo Ediciones.

1984 fue un año muy productivo en lo que al séptimo arte se refiere, e inolvidable para los nostálgicos. Un servidor tenía solo cuatro años por aquel entonces (vamos, que veía Barrio Sésamo, la Bruja Avería y, sin entenderlo mucho, V y El Gran Héroe Americano), lo que significa que realmente no eran series y películas «de mi época», como suele decirse, pero con los años, las visitas a los inolvidables videoclubs y las eternas reposiciones por televisión (de dos canales), se convirtieron por derecho propio en el lugar para soñar de toda una generación (ya de varias).

Cuatro décadas más tarde, basta con echar un vistazo al infinito merchandising, las ediciones especiales en múltiples formatos o su éxito en plataformas digitales (donde compiten, y muchas veces ganan, a producciones multimillonarias que utilizan la vanguardia tecnológica para sus efectos especiales), para comprobar que su empuje no ha decaído. Que forman parte de la cultura popular (pop o como quiera llamarse). Hablo de películas como Regreso al futuro, Cazafantasmas o la que aquí nos ocupa, Gremlins. Y vamos ya al turrón, que en el Pandemónium tenemos tendencia a irnos un poco por las ramas cuando el tema nos toca el corazoncito.

En este post, con motivo de ese 40 aniversario y del lanzamiento de un libro único que lo conmemora, realizado con mimo por una editorial habitual de este blog, Diábolo Ediciones, recogemos 10 cosas que (probablemente) no sabías –cinéfagos aparte– sobre Gremlins, dirigida por Joe Dante, con guion de Chris Columbus y producida por un visionario Steven Spielberg a través de Amblin Entertainment. 

-El libreto original era cosecha de un joven y desconocido guionista llamado Chris Columbus, y pasó por las manos de al menos 20 productores, hasta que llegó a Steven Spielberg, al que le llamó la atención el título y decidió comprarlo. El propio realizador diría más tarde: «Es una de las cosas más originales que he encontrado en muchos años, por eso compré el guion y se lo di a Joe para que la hiciera». El propio Spielberg encargaría más tarde a Columbus escribir el libreto de Los Goonies, otra cinta familiar que marcó los 80.

-La fuente original de Gremlins se hallaba en una leyenda que contaban los pilotos de la Royal Air Force (RAF) durante la Segunda Guerra Mundial, principalmente durante la Operación León Marino mediante la cual los alemanes pretendían conquistar Inglaterra: hablaban de unas criaturas extrañas y traviesas que se introducían en los motores de los bombarderos pesados trimotor (Fortalezas Volantes) Boeing B-17 Flying Fortress. Pero existían referencias anteriores: la primera, en la revista Airplane, publicada el 10 de abril de 1929 en Malta, donde se señalaba que pilotos británicos destinados en la isla mediterránea, en Oriente Medio y en la India, ya hablaban de ellos.

-Nuevamente, en plena Segunda Guerra Mundial, el escritor Roald Dahl (autor de clásicos infantiles como Charlie y la Fábrica de Chocolate o Matilda), escribió su primera obra para niños tras ser enviado a Washington DC como agregado aéreo de la embajada británica en enero de 1942 (precisamente, Dahl había realizado el servicio militar en el Escuadrón 80 de la RAF en Oriente Medio). En el cuento, los gremlins son hombres diminutos que habitan dentro de los aviones de la fuerza aérea británica, y que a punto estuvieron de protagonizar una producción animada de Disney.

-El guion original de Columbus era bastante más oscuro y las sucesivas reescrituras irían cambiando la idea primigenia hacia una vertiente más familiar (no exenta de momentos desconcertantes, como la confesión de Kate –Phoebe Cates– sobre la muerte de su padre y otros también truculentos ). Nada que ver, no obstante, con la idea primigenia: las criaturas se comían al perro de Billy (escena que se sustituiría finalmente por la de colgarlo de las luces navideñas), mataban a su madre (que finalmente sería capaz de acabar con la vida de varios gremlins, entre ellos el que explota en la memorable escena del microondas –cuando en España no sabíamos ni qué electrodoméstico era-) y en otro alarde retorcido made in Columbus los bichejos se ponían las botas con carne humana en el McDonald’s de Kingston Falls, secuencia sustituida por los excesos alcohólicos de la parranda en la taberna de Dorry. Otra muerte terrible que se recogía en el libreto original y nunca se llegó a rodar era la del mejor amigo de Billy, Pete (interpretado por Corey Feldman, secundario de lujo en producciones ochenteras posteriores de la talla de Los Goonies, Cuenta Conmigo o Jóvenes Ocultos) al que devoraban algunos gremlins en medio de terribles gritos de agonía que nadie escuchaba debido a los villancicos entonados por los niños.

– Si algo destaca en la cinta, y contribuyó sin duda a su enorme éxito, es la gran expresividad de Gizmo, el mogwai que la protagoniza (todo ternura, menos cuando le dan de comer después de medianoche o lo mojan). Fue fruto de un minucioso trabajo del equipo de marionetistas. Según su responsable, Chris Walas, acerca de las pruebas previas que tuvieron que realizar: «Nos colocábamos frente a un espejo y hacíamos pequeñas actuaciones, solo para comprender los conceptos básicos de los títeres. Una vez que éramos conscientes de su movimiento buscamos los pequeños rasgos que definían al personaje. La dificultad de movimientos, y el hecho de que la cabeza del mogwai tenía solo 6 centímetros (lo que limitaba los espacios para colocar los mecanismos electrónicos) hizo que Walas optara por crear 10 cabezas de Gizmo con diferentes acciones: estas se fotografiaron con una máquina Polaroid y, cuando Joe Dante preparaba una toma, conectaban el mecanismo y ponían al adorable muñeco frente a la cámara. Además, a las max puppets (como se conocían) se sumaron las cabezas superfaces, con un tamaño algo más grande para que soportasen bien los primeros planos,  controladas mediante cables, dando lugar, en palabras de Javier Millán, «a matices inimaginables que parecían extraídos de los dibujos animados ».         

-Puesto que Gremlins se rodó casi en verano y estaba ambientada en navidad, tuvieron que usar grandes cantidades de nieve artificial: varios sets tenían que ser preparados a diario con un empavesado de poliéster blanco que creaba la ilusión de la nieve acumulada en las calles y tejados; además, se utilizó yeso en polvo que se espolvoreó sobre las copas de los árboles. El jefe de efectos especiales, Bob McDonald Jr., recordaba cómo se logró crear esa ilusión a mediados de mayo de 1983 en la calurosa e iluminada California: «Para hacer que la nieve cayese, usamos máquinas de viento. La echábamos desde elevadores frente a dichas máquinas y simplemente la dejábamos caer». También se usó piedra caliza para simular que los bancos estaban llenos de nieve. Una tarea compleja si tenemos en cuenta que cuando rodaban por las noches en exteriores la temperatura ambiente llegaba a oscilar entre los 18 y 20 grados y el equipo, por supuesto, debía ser muy rápido y eficiente con las escenas, trabajando a contrarreloj frente a la descongelación del hielo.

-A todo ello se añadía otra dificultad: ocultar todo el entramado de cables, para manejar las marionetas, fuera del objetivo de la cámara. Todo el set estaba construido sobre una plataforma, varios metros por encima del suelo, con un hueco donde los marionetistas trabajaban tirados por los suelos. Con el fin de facilitar la manipulación, se instalaron monitores para que pudieran ver en directo –como si se tratase de un espejo– la interacción de los actores. Para mover las criaturas más complejas, hacía falta en ocasiones el trabajo de hasta 18 operadores y unos 14 cables, todo un desafío del lenguaje corporal que obligaba a los operadores a estar horas interminables en posiciones incómodas y hasta dolorosas.

-Si uno presta atención al ver ambas películas –estrenadas apenas con un año de diferencia–, verá que son muy similares la plaza de Kingston Falls en Gremlins y la de Hill Valley en Regreso al Futuro. ¿La razón? Ambas son en realidad Courthouse Square, un veterano decorado de los estudios Universal que se levantó un lejano año de 1949 y que aparece en otras producciones de Hollywood como Matar a un Ruiseñor, ¡Como Dios! o Batman y Robin y que ardió en 2008, quedando únicamente en pie la icónica fachada y el ayuntamiento. Durante la fotografía principal, el equipo tuvo muchos problemas con otro rodaje que se estaba llevando a cabo en los alrededores, casi pared con pared del decorado: Calles de Fuego, dirigida por Walter Hill y protagonizada por Michael Paré y Diane Lane; según cuenta Francisco Javier Millán, los responsables de esta producción comenzaron a levantar grandes postes y lonas, impidiendo al equipo de Gremlins encuadrar la parte superior de los edificios. Había una legión de carpinteros al otro lado de los decorados que tan solo guardaban silencio durante la filmación, lo que obligó a que tuvieran que añadir una pintura mate en el arranque de los créditos realizada por Rocco Gioffre, artista de la empresa de efectos especiales Dream Factory que trabajó en otras producciones de la talla de 1997: Rescate en Nueva York (John Carpenter, 1981) o ET, el Extraterrestre, de 1982.

-Durante la convención de inventores a la que asiste el padre del protagonista, Randall «Rand» Peltzer (interpretado por Hoyt Axton), Dante hizo alarde de su pasión por el cine fantástico y sci-fi: pueden verse la máquina transtemporal pilotada por Rod Taylor en El tiempo en sus manos (1960), y a Robby, el robot de Planeta Prohibido (1956); además de un maletín en el que puede leerse S.S. Enterprises (hoy nombre de algunas empresas muy potentes, entonces un guiño a Star Trek), y un monitor con lo que parece ser una escena que alude a Poltergeist (otro de los éxitos de Spielberg como productor, estrenada dos años antes, en 1982, y dirigida por Tobe Hooper, el célebre realizador de La Matanza de Texas, de 1974).

-La frase que enuncia el padre de Billy sobre Gizmo acabaría por hacerse profética: «Todos los niños de América querrán tener uno». Es más, no solo de América, de prácticamente todo el planeta (al menos en Occidente). Me refiero al merchandising. El visionario Spielberg ya había sido un maestro de este tipo de beneficios añadidos a la industria cinematográfica con E.T., y su colega George Lucas principalmente con las figuras de Kenner de Star Wars, historia que da para varios post. El Rey Midas de Hollywood vio el potencial del mogwai desde el primer momento y, según Joe Dante: «El merchandising comenzó cuando nosotros ya estábamos inmersos en el rodaje, conceptualmente, esto jugó un papel muy importante».

-Según recogía la revista Variety, Gremlins fue una de las campañas más lucrativas de la historia de Warner Bros. Logró arañar parte del mercado que hasta entonces estaba monopolizado por Star Wars y E.T. Las figuras de PVC fueron unas de las más exitosas. En España fue la empresa Comic Figure Spain S.L. la que disponía de las licencias para explotarlas y sacó al mercado una figura de Gizmo y otra de Stripe. Todavía conservo un ejemplar de esta última, cuando con solo cuatro o cinco años mis padres, por supuesto, no me pusieron la película –y eso que llegamos a tener un Beta–, que vería por vez primera a los ocho o nueve años para no dejar de volver a visionar mil veces hasta hoy. Actualmente, el merchandising de Gremlins (y tantas cintas ochenteras) goza de un renacimiento, o más bien una segunda vida, y son infinitas las figuras que existen de sus criaturas, la mayoría fabricadas por la empresa estadounidense NECA –de la que me confieso fan incondicional–, con un realismo impensable hace cuatro décadas (y unos precios en sintonía, claro).

50 años de El Padrino (Parte I)

En febrero se cumplían 50 años del estreno de la primera parte de El Padrino. En la ceremonia de los Oscar, un ya octogenario Coppola era objeto de una gran ovación de la platea acompañado de dos de los hombres clave de aquella epopeya, Robert De Niro y Al Pacino. Pocos meses después, en julio, fallecía otro de los actores fundamentales, James Caan, que dio vida a Sonny Corleone. Ley de vida. No obstante, murió en la cama, acompañado de los suyos, y no masacrado a tiros en una emboscada. Ahí va nuestro particular homenaje a esta obra MAESTRA.

Por Óscar Herradón ©

Podría escribir un post tan largo sobre El Padrino y su repercusión que ocuparía la mitad de la memoria disponible del blog de WordPress. Pero la idea no es aburrir al que se acerque a este humilde «Pandemónium». Lo que pretendo es rendir mi particular y subjetivo homenaje –algo tardío– a esos 50 años del estreno de la primera entrega de la que muy probablemente sea la obra cinematográfica más perfecta de la historia del cine –ahí es nada– a través de algunas anécdotas sobre el rodaje, el impacto de su éxito en los actores y la recomendación de dos libros maravillosos publicados a raíz de tal efeméride donde, ahí sí, cualquiera podrá encontrar información detallada y suficiente sobre la adaptación a la pantalla grande de la obra de Mario Puzo por Francis Ford Coppola, realizador en el que por aquel entonces pocos productores confiaban para sacar adelante tamaño desafío.

Presiones de la Liga Italioamericana y el clan Colombo

Podemos decir que el ejecutivo de la Paramount Peter Bart fue un visionario, pues compró los derechos de la novela cuando Puzo únicamente tenía un boceto de 20 páginas. Pero hubo complicaciones más allá del aspecto artístico. Miembros del crimen organizado como Joe Colombo y la Liga Italoamericana de Derechos Civiles iniciaron una campaña para impedir su rodaje, algo que cambiaría notablemente después. Un día, un reportero le preguntó a Joe Colombo, líder de una de las Cinco Familias de la Cosa Nostra en Nueva York, que si era un jefe de la Mafia, y este le contestó: «¿Mafia? ¿Qué es Mafia? No hay ninguna Mafia. Que si soy un cabeza de familia… Sí. Mi esposa, mis cuatro hijos y mi hija. Esa es mi familia».

Colombo

A través de la presión de la Liga, varios trabajadores de producción fueron amenazados y las oficinas ejecutivas de la Paramount y la productora del film Gulf & Western tuvieron que ser desalojadas hasta en dos ocasiones por amenaza de bomba. Pronto las amenazas llegaron hasta el productor, Al Ruddy, al que no le quedó más remedio que reunirse con Joe Colombo y lo hizo en el hotel Park Sheraton, el mismo lugar en cuya barbería fuera asesinado otro gran capo de la Mafia, Albert Anastasia, allá por 1957. Todo muy simbólico, sin duda.

Al parecer, fue una reunión tranquila, pero en ella Colombo pidió (y ya sabemos lo que implica la palabra pedir para un capitoste del crimen organizado) que la palabra Mafia no apareciera en la película vinculada a la comunidad italoamericana. Ruddy le contestó que podía leer el guión, convencido de que el capo no leería ni una sola línea. Ruddy, que se conocía en profundidad el libreto, sabía que la palabra «Mafia» aparecía una sola vez y que Cosa Nostra ni se mencionaba. Además, cuentan que aceptó que los clanes mafiosos aportaran «asesores» y extras al rodaje. Yo también habría aceptado…

Coppola

Finalmente, Colombo pidió a Ruddy la asistencia a una rueda de prensa y cuando los medios publicaron que la «Mafia» había dado la bendición a la cinta, el productor fue despedido de forma inmediata. Cuando Coppola explicó a los ejecutivos que sin Ruddy la película no sería viable (de hecho, la Bolsa indicaba una pérdida de valores tras aquel movimiento), el productor, por suerte para todos, fue readmitido en su puesto y el proyecto siguió adelante.

Un trasfondo muy real

Gallo

Puede que Joe Colombo insistiera ante los medios en que solo era un padre de familia, pero lo cierto es que su carrera delictiva sugiere todo lo contrario. También la suerte que correría al final evoca la épica sangrienta que emana El Padrino: permaneció siete años en coma tras un atentado perpetrado por Jerome A. Johnson, quien se hizo pasar por reportero y se coló en uno de los actos masivos de la Liga para dispararle en 1971. Ni siquiera pudo ver el estreno de El Padrino y si se cumplieron sus exigencias (y eso que en el estreno de la segunda parte, en 1974, seguía en el hospital). Nunca se ha confirmado, pero muchos apuntaban a que el ejecutor, Johnson (que fue abatido por los guardaespaldas de Colombo) era un sicario del capo enfrentado Joe «Crazy» Gallo. Este, fuera o no el responsable, incitó la Segunda Guerra de los Colombo y no duraría mucho más que su adversario: Gallo moría tiroteado en abril de 1972 en Little Italy mientras celebraba su 43 cumpleaños. Joder, me quedan tres meses para tener su edad, qué mal rollo…

Curiosamente, tras el estreno muchos miembros del crimen organizado se sintieron homenajeados. A los mafiosos la cinta, que presentaba una visión muy estilizada y elegante de sus modos de vida (mucho más cruda en su vertiente real, crímenes incluidos) les encantó y acabaron por «imitar» a esos personajes que engordaban sus egos. Por ejemplo, Salvatore «el Toro» Gravano, de la familia Gambino, afirmó que se sintió impactado al ver el pase de El Padrino: «salí aturdido del cine. Quiero decir que salí flotando. Tal vez fue ficción, pero para mí, entonces, esa era nuestra vida. Fue increíble. Recuerdo haber hablado con un montón de tipos, esa clase de tipos, que sentían exactamente lo mismo que yo». Y se quedó tan ancho.

Algunos fueron mucho más allá, como los jefes mafiosos Nicky Giso y Paulie Intiso, que según las malas lenguas llegaron a cambiar su forma de vestir e incluso de hablar para parecerse a Vito Corleone, lo que no denota una personalidad a prueba de balas precisamente. No obstante, es revelador de lo que la película de Coppola supuso, colándose por la puerta grande en la cultura popular del siglo XX (y lo que llevamos del XXI). Un servidor ni es mafioso –ni lo pretende–, pues lejos del celuloide el romanticismo no suele tener cabida entre asesinos, no he imitado la forma de vestir de Vito Corleone/Marlon Brando, Michael Corleone/De Niro-Pacino o de Sony Corleone/James Caan, pero he sucumbido a las mil y una ediciones en DVD y Blu Ray y por supuesto al merchandising (camisetas, pósters…), entre las que se cuentan algunas figuras de escala 1/6 que alimentan mi muñecofilia y que son algunas de las piezas a las que tengo más cariño. Sí, Coppola supo trascender la pantalla grande.

Este post tendrá un par de entregas más como merece una trilogía sublime.

PARA SABER ALGO (MUCHO MÁS):

Con motivo del cincuenta aniversario, la editorial Cult Books publicó hace unos meses el libro El Padrino, donde autores de la talla de Peter Bart, Guillermo Cabrera Infante, Alberto Moravia o el realizador francés Bertrand Tavernier, tristemente fallecido en 2021, aportan afilados textos donde desentrañan muchos de los secretos de la película de Coppola: desde cómo el cineasta italoamericano fue una de las últimas opciones de la Paramount (hasta el punto de que tuvieron a otro director prevenido durante semanas, preparado para tomar el mando en cualquier momento, algo que por suerte no sucedió), los problemas que creó el casting –de los que hablaré en el siguiente post–, las dificultades del rodaje o las citadas atenciones de algunos mafiosos del mundo real. El libro cuenta también con la colaboración de Peter Biskind, Pauline Kael y Roger Ebert y está profusamente ilustrado en blanco y negro.

Por su parte, otra de las grandes editoriales volcadas en el cine de nuestro país, Notorious Ediciones, comandada por un verdadero cinéfago como Guillermo Balmori, publicaba el fascinante volumen ilustrado El Padrino. El libro del 50 aniversario, donde tres plumas que emanan sabiduría y cinefilia a manos llenas, como son las de Quim Casas, Jesús Antonio López y Jaime Vicente Echagüe, analizan los diferentes aspectos del que fue sin duda el film más sobresaliente de los 70, desde su gestación, qué pasó con el director, los actores, el original de Puzo y por supuesto la tremenda repercusión… Una joya en tapa dura ilustrada a todo color y en blanco y negro que cualquier apasionado de la cinta tiene que devorar y tener en lugar preferente en su biblioteca.

Y si lo que queremos es ahondar en el cine que modificó conciencias y causó alborotos varios nada mejor que hacerlo de la mano de un peculiar libro publicado por Blume: Cine Transgresor. Un ensayo que se centra en las fascinantes historias tras la creación, recepción y legado de cincuenta cintas inolvidables firmado por Ian Haydn Smith, experto en arte y fotografía y autor del libro superventas 1001 movies you must see before you die.

Comienza, por supuesto, con los inicios del séptimo arte y aborda desde la primera grabación rodada por los hermanos Lumière (Llegada de un tren a la estación de La Ciotat) a obras maestras que definieron la formar de rodar como El Nacimiento de una Nación, de Griffith, Nosferatu, de Murnau, Nanuck el Esquimal o El Acorazado Potemkim, de Eisenstein, y termina el primer bloque con el traumático cambio que supuso el paso del mudo al sonoro, tema que abordó El Crepúsculo de los Dioses o más recientemente Babylon.

Sigue un bloque que aborda el periodo de 1930-1959, en un mundo en constante cambio, con obras maestras como el controvertido documental El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl, que ensalzó al régimen nazi, El Gran Dictador, de Chaplin, Ciudadano Kane, de Orson Welles, el neorrealismo italiano, Rashomon, de Kurosawa o El Séptimo Sello, de Bergman, sin olvidar las grandes comedias de Billy Wilder como Con Faldas y a lo loco.

En «Rompiendo todas las reglas», Haydn Smith aborda el periodo de 1960 a 1979, donde se enmarcan las dos primeras partes de El Padrino y películas, como reza el título, tan transgresoras como Psicosis, de Alfred Hitchcock, Bonnie & Clyde, de Arthur Penn, 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick o Tiburón, del Rey Midas de Hollywood Steven Spielberg.

En el período de 1980 a 1999 recoge cintas como Fitzcarraldo, de Herzog, el nuevo queer cinema hoy reivindicado, Terminator 2, de James Cameron, Reservoir Dogs, de Tarantino, el cine indie o El proyecto de la bruja de Blair y el nuevo cine de terror. Y en el último bloque, del año 2000 al día de hoy, bajo el epígrafe de «El futuro está por escribir», el autor se acerca al cine digital, al cine post 11-S, al nuevo cine de terror afroamericano de Jordan Peele (Déjame Salir, Nosotros) o al auge del cine surcoreano.

Apocalypse Now

Aunque precisamente El Padrino no es uno de esos 50 títulos seleccionados que hicieron tambalear el mundo del cine, Haydn Smith sí recoge una película del director Francis Ford Coppola: Apocalypse Now, tanto o más legendaria que las adaptaciones de la obra de Mario Puzo. Se trataba de una adaptación al siglo XX de la obra de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas, proyecto para el que a finales de los 60 George Lucas convenció al controvertido John Milius. Como se retrasó tanto, Lucas, que ya estaba pergeñando el rentable universo en que acabaría convirtiéndose Star Wars, lo abandonó y le sustituyó Coppola como director. Junto con Milius, trasladó la historia de Conrad a la guerra de Vietnam, reflejando la locura del conflicto que marcaría a varias generaciones. El resultado, en palabras de Haydn, fue «un trabajo que trascendió los límites del género bélico en su exploración de los recovecos más oscuros del alma humana».

El título fue cosa de Milius, quien siempre se ha autodefinido como un extremista de derechas, quien se basó en los hippies que a finales de los sesenta lucían chapas con la leyenda «Nirvana Now». Harvey Keitel sería el encargado de dar vida al protagonista, el capitán Willard, tras un arduo casting, pero finalmente Keitel abandonó el proyecto y fue sustituido por Martin Sheen, quien sufrió un infarto casi mortal debido a las durísimas condiciones del rodaje que transcurrió en Filipinas.

Para más inri, un tifón persistente destruyó gran parte del set y retrasó el rodaje varias semanas. Marlon Brandon (que encarnaría al enajenado coronel Kurtz), con un marcado sobrepeso, debía ir vestido de negro y solamente le enfocaban a la cara, mientras un doble más delgado hacía los planos generales. Ademas, el legendario actor que dio vida a Vito Corleone en la primera entrega de El Padrino no se llevaba bien con Dennis Hopper, que al parecer se pasó gran parte del rodaje drogado. En palabras del propio Coppola: «Tuvimos acceso a demasiado dinero, a demasiado equipo y, poco a poco, nos volvimos locos». Bendita locura.

…también Arte Transgresor

Y como guinda del pastel, también Blume, en la misma colección, ha publicado Arte Transgresor. Firmado por la historiadora del arte y periodista Susie Hodge, miembro de la Royal Society of Arts, nos cuenta la historia del arte contemporáneo a través de obras que fueron verdaderamente disruptivas y nos explica el contexto en el que se creó cada una de ellas, poniendo de relieve la esencia del mismo, que cuestiona y desafía las expectativas de forma constante.

Obras que se atrevieron a ser diferentes, arriesgaron reputaciones (como sucedió también con muchas de las películas de las que hablábamos líneas más arriba) e incluso pusieron en riesgo carreras profesionales. 50 obras transgresoras que abarcan desde Las bañistas (1853) de Gustave Courbet, hasta la Fuente (1917) de Marcel Duchamp; Antropometría sin título, de Yves Klein; La cena (1974-79) de Judy Chicago, pasando por La Inmersión (Cristo del Pis, 1987) de Andres Serrano y El amor está en la papelera (Niña con globo) del todavía desconocido (aunque quizá por poco tiempo) Banksy.

Páginas por las que discurren artistas de todo pelaje, algunos de egos enormes, feministas ortodoxas, reclusos superdotados, espiritistas, anticonsumistas, activistas y reyes de la sátira, de Manet a Rodin, de Munch a Picasso, de Max Ernst a Jackson Pollock, de Basquiat al colectivo feminista y antirracista Guerrilla Girls. Un viaje diferente y magnético por el arte moderno y contemporáneo.