Karate Kid. Cuatro décadas dando cera, y puliéndola…

Hace casi cuarenta años que un chaval acosado por los machos alfa del instituto se convertía en karateka para dar esperanza a los que sufrieron (quizá todos en alguna medida) bullying. Hoy que Karate Kid, cuya primera entrega se estrenó un 16 de noviembre de 1984, cuenta con un nuevo renacer gracias a la serie Cobra Kai, que emite Netflix, un libro de reciente aparición recorre toda su historia, desde la idea inicial al guión, los personajes, los actores y las secuelas. Preñado de anécdotas, recuerda lo que aquella saga significó para toda una generación.

Por Óscar Herradón ©

No podía ser sino Diábolo Ediciones quien brindara el homenaje que se merece a una de las sagas capitales de los 80 y saciara a su vez el ansia de conocimiento de los mitómanos y nostálgicos ante la escasez de publicaciones. Hablo de (The) Karate Kid y su trilogía original, así como sus reboot y su «revisitación» en forma catódica a través de la exitosa y potente Cobra Kai, que comenzó como web serie y recupera a los protagonistas originales un poco más entrados en años pero manteniendo con elegancia el tipo.

El origen de una de las franquicias más célebres, rentables y añoradas de nuestra infancia no es lo que se dice muy glamuroso. Nació de un concepto desarrollado por el productor, Jerry Weintraub (con los años, uno de los más aclamados de Hollywood) que un día leyó en la prensa la historia de un muchacho que aprendió karate como forma de hacer frente a unos matones que le hacían bullying. Le encargó un libreto al guionista Robert Mark Kamen, que narró una experiencia personal que le sucedió 20 años antes, en 1964, durante la Feria Mundial de Nueva York que se celebraba a cinco minutos de su hogar, cuando una pandilla de chicos se abalanzaron sobre él al ver que en su cuello lucía una estrella de David. El eterno y podrido antisemitismo. Echó a correr con todas sus fuerzas y lo persiguieron. Poco después se inscribió en un dojo, «lugar de despertar» donde se practican las artes marciales, porque no quería que volviera a pasarle lo mismo.

Según sus propias palabras, Karate Kid era «una carta de amor en forma de guión a mis maestros de Okinawa y a lo que aprendí de ellos». El propio Kamen dice en el prólogo del libro que edita Diábolo: «Tuve la suerte de tener a una serie de maestros que entendieron que el karate no era simplemente pelear, sino que era superación personal, disciplina, esforzarse por alcanzar la perfección no solo de tu capacidad para defenderte, sino para convertirse en mejor persona, en una persona más completa».

Chojun Miyagi

Kamen se inspiró en uno de sus instructores, un maestro de Okinawa de nombre Meitoku Yagi, y en el senséi que entrenó a éste a la temprana edad de 14 años, Chojun Miyagi. Así que el rol que haría mundialmente célebre a Pat Morita, el del Señor Miyagi, resultó ser una combinación de ambos maestros. El verdadero Miyagi había fundado en Okinawa el Goju Ryu, un estilo de Karate-do cuya traducción vendría a ser «estilo de lo duro y lo suave», un arte marcial en el que se combinaban y complementaban ambos conceptos. El Goju Ryu fundado por Chojun en Okinawa y después transmitido por Meitoku en Estados Unidos será la base del peculiar entrenamiento al que es sometido David LaRusso en la película.

Mark Kamen había firmado tres años antes el libreto de Taps, más allá del honor, con jóvenes estrellas como Timothy Hutton, Sean Penn o un Tom Cruise que hoy, como en las cuatro décadas anteriores, continúa en plena forma y empapado de éxito por el estreno de Top Gun Maverick. Como la saga de Karate Kid, Cruise siempre ha estado con nosotros, como un familiar cercano. Tras el éxito del estreno, la recaudación –de casi 100 millones de dólares– hizo que Columbia pidiera a Robert Mark Kamen repetir la fórmula de la primera entrega. Le encargaron el desarrollo de ambas secuelas y le dieron la oportunidad de escribir el libreto de una de las entregas de otra saga memorable de los 80, Arma Letal 3, junto a otros guionistas como Jeffrey Boam (El Chip Prodigioso) y Shane Black (Depredador).

Portada del libro publicado por Diábolo Ediciones

En el citado volumen, Karate Kid & Cobra Kai. Dar cera, pulir cera, se incluye una entrevista bastante reciente que el autor, Francisco Javier Millán, que ha firmado con Diábolo exitosos libros como Generación Goonies o Los Goonies nunca dicen muerto, le realizó a Kamen la madrugada del 7 al 8 de septiembre de 2021, mes en el que también entrevistó, con la colaboración de Marisé Samitier, vía telefónica, a Bill Conti, creador de la banda sonora de la trilogía original y compositor también –y principalmente– de la inolvidable melodía de Rocky que todavía hoy es un subidón de optimismo que puede con todo.

Una historia menor convertida en leyenda

Karate Kid fue una película concebida en un principio con pocas expectativas (también lo fue La Guerra de las Galaxias, y mira hoy…); según declaró el productor, Jerry Weintraub, temía que el público la viera como una suerte de Rocky para niños en un tiempo en el que la saga pugilística nacida de la mente de Sylvester Stallone iba ya por su tercera entrega y había elevado a la categoría de estrella a Mr. T, que por aquel entonces pasaba a encarnar a M-A Barracus en la serie de culto ochentero El Equipo A. Más nostalgia elevada al cubo de los cuarentones.

Quizá por ello, el productor decidió tantear a un director en horas bajas que precisamente se había hecho cargo de la primera entrega de la historia del potro italiano: John G. Avildsen, que aceptó el reto. Para una cinta iniciática en la que el joven David LaRusso ha de experimentar el sufrimiento y el amor (frustrado) para pasar de la niñez, plagada de incertidumbres y miedos, a la edad adulta, era importante escoger a un actor que transmitiera esas emociones, pero no lo era menos el personaje del maestro (senséi) que ha de entrenar al joven (y fortalecer su cuerpo y su mente adolescentes).

El estudio quería al reconocido actor japonés Toshiro Mifune (el emblemático protagonista de algunas de las mejores películas de Akira Kurosawa, como Los Siete Samuráis, Rashomon o Yojimbo), pero al director le parecía que daría un toque demasiado serio a la cinta. Pat Morita fue el primero que se presentó a la audición para encarnar al Sr. Miyagi (que haría inmortal la frase «Dar cera, pulir cera»). A Avildsen le convenció su prueba, pero el productor, Weintraub, no lo quería por su vis cómica, pues era un actor que había hecho principalmente comedia y formó parte del grupo de cómicos de improvisación teatral The Groundlings; sin embargo, tras múltiples pruebas y la insistencia del realizador (que persistió en las enormes posibilidades que brindaba –acertó de pleno–), Weintraub aceptó, y llegó a pedir disculpas al actor nipón por su reticencia inicial. No obstante, para que destacara su origen japonés, el productor exigió que su nombre en los títulos de crédito apareciera completo: Noriyuki «Pat» Morita. Y no le fue nada mal en el entrañable rol de Miyagi: se convirtió en el primer asiático-americano en ser nominado a los Oscar como Mejor Actor de Reparto.

Un rostro inolvidable

La elección de Ralph Macchio para dar vida al personaje principal, David LaRusso, se debió, según el director, a su aspecto juvenil y marcada delgadez, lo que le hacía parecer vulnerable, algo fundamental para desarrollar su evolución –aunque por entonces Macchio ya tenía 21 años que no aparentaba–. Y eso que se habían barajado nombres como los de Robert Downey Jr., Charlie Sheen, Nicolas Cage, Emilio Estévez, Eric Stoltz e incluso Kyle Eastwood, hijo de «Harry el Sucio». Charlie Sheen, a su vez, también fue tanteado para interpretar al azote de LaRusso y villano de la cinta, Johnny Lawrence, así como Crispin Glover, pero el papel fue finalmente para el entonces desconocido William Zabka. El rol de la chica que le roba el corazón al protagonista fue para Elizabeth Shue, pero se barajaron actrices como Helen Hunt o Demi Moore, una cuasi desconocida que por aquella década acabaría en otra saga inmortal, Regreso al Futuro.

Tanto Zabka como Shue habían aparecido tan solo en pequeños papeles y en spots televisivos, pero Macchio ya interpretó un rol importante en la película de Francis Ford Coppola Rebeldes (The Outsiders), basada en la exitosa novela de Susan E. Hinton y estrenada un año antes de Karate Kid, en 1983, plataforma de lanzamiento de toda una serie de nuevas y prometedoras estrellas de Hollywood: Patrick Swayze, Emilio Estévez, Matt Dillon, Rob Lowe o el mismo Tom Cruise. Haciendo algo poco habitual entonces, Avildsen filmó los ensayos de las escenas y los editó como un primer corte de la película con la intención de corregir detalles y anticiparse a posibles problemas de rodaje.

Con un presupuesto inicial de ocho millones de dólares, Karate Kid recaudaría casi 91 millones solo en Estados Unidos (y tuvo éxito en medio mundo), recibiendo, además, buenas opiniones de la crítica, a pesar de que en un primer momento el título no le gustó a los actores y a varios miembros del equipo de rodaje, pues lo consideraban de película de bajo presupuesto y aire infantil. El fervor por la cinta llevó incluso a la apertura de una cadena de dojos (hasta entonces prácticamente inexistentes en territorio USA) bautizada como «Karate Kids».

Para el senséi John Kreese se barajaron actores de la talla de Kurt Russell, Jeff Bridges, Christopher Walken, Harvey Keitel e incluso el sr. Spock, Leonard Nimoy, pero finalmente el rol recayó en el actor Martin Kove, al que habían dado una semana para preparar la audición. Sin embargo, le llamaron al día siguiente y le dijeron que debía hacer la prueba sin tiempo para preparar el papel. Protestó por ello pero insistieron en que sería su única oportunidad. Fue su mujer quien le convenció de asistir y la frustración y rabia que sentía le sirvieron –dicen– para convencer al realizador y al equipo de que era el actor indicado (parece ser que llegó a espetarle a Avildsen y a la directora de casting que eran unos imbéciles). Hoy aparece también en Cobra Kai y mantiene el tipo como un verdadero senséi. Más quisieran algunos a los 76 años, aunque ahí está Jagger, que con dos más el pasado 1 de junio no dejó de moverse como una anguila durante más de dos horas ante 45.000 personas en el Wanda Metropolitano, dando el pistoletazo de salida a su gira «Sixty». ¡Sesenta años sobre los escenarios! para echarse a temblar. Cosas de «pactar» con el diablo…

Volviendo a la película, el estudio tuvo que pedir permiso a DC Cómics porque ya existía un superhéroe llamado Karate Kid, reconocimiento que se puede ver al final de los títulos de crédito. Una historia que se lanzó 18 años antes del estreno de la primera entrega cinematográfica, en 1966, y la protagonizaba Val Armorr, uno de los miembros de la Legión de Superhéroes, que no poseía ningún superpoder pero sí un dominio absoluto de las artes marciales que lo hacía prácticamente invencible.

Luego llegó la patada de la Grulla, que todos imitamos hasta la saciedad en la playa y en el colegio y que levantaría polémica años después entre los expertos en kárate, que consideran que habría sido un golpe ilegal (y, por tanto, LaRusso habría perdido el combate), pero eso lo dejamos para otra entrega del blog. Ahora, mil y una anécdotas más os esperan en las páginas del nuevo libro de Millán que podéis adquirir en el siguiente enlace. No os arrepentiréis. Palabra del «pandemonio».

https://www.diaboloediciones.com/karate-kid-cobra-kai-dar-cera-pulir-cera/

La Naranja Mecánica: 50 años de un clásico instantáneo

En julio de este año la controvertida y genial película dirigida por Stanley Kubrick, adaptación de la novela homónima de Anthony Burgess, cumplió 50 años, momento en que se editaron varios libros conmemorativos. En «Dentro del Pandemónium» recordamos algunas de las anécdotas de su rodaje y la intrahistoria del original literario.

Óscar Herradón ©

Stanley Kubrick entró en contacto por primera vez con la novela La Naranja Mecánica a través de Terry Southern, co-guionista de Teléfono Rojo, ¿volamos hacia Moscú? (incomprensible título en castellano para Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb). Southern le envió una copia de A Clockwork Orange tiempo después del rodaje de la magistral parodia de la Guerra Fría. El texto distópico de Anthony Burgess, publicado en 1962, su irreverencia y su humor mordaz, sin embargo, no llamarán la atención del cineasta neoyorquino en un primer momento, precisamente porque su lenguaje plagado de jerga adolescente y suburbial rusa no le convenció.  Sin embargo, cuando fracasó su mastodóntico proyecto de adaptar la vida de Napoleón a la gran pantalla, volvió a fijarse en el contenido de la novela y, según  confesó, cambió de opinión al considerar al protagonista, Alex DeLarge (interpretado por un Malcolm McDowell en estado de gracia que admitiría sufrir mucho durante el rodaje) «un personaje tipo Ricardo III».

Los problemas de tan vanguardista e insurgente cinta, preñada de violaciones, sexo, pornografía, violencia, todo ello sin un ápice de conmiseración con el espectador y una frialdad ajena a las emociones que hace las escenas si cabe más insoportables, comenzarían desde el momento de su estreno en cines. Sobre este punto, Pauline Kael puntualiza en El Cine de Stanley Kubrick, recientemente editado por Cult Books: «El truco de hacer que los atacados tengan rasgos menos humanos que los atacantes, para que el espectador no sienta empatía por ellos, es, creo, sintomático de una nueva actitud en el cine. Esta actitud niega la distinción moral».

Kubrick tuvo que retirarla de las salas de Inglaterra al sufrir amenazas de muerte y tras leer en la prensa acerca del apaleamiento de un mendigo en un suceso muy similar al realizado por los drugos en una de las secuencias más recordadas de la cinta. No permitiría su pase en salas de Reino Unido hasta su muerte, que tuvo lugar el 7 de marzo de 1999, a las puertas del nuevo milenio, violento y desbocado, que parecía vaticinar décadas atrás su legendaria película.

Túnel usado en el rodaje de La Naranja Mecánica.

Pero en su estreno, también se prohibió su pase en Estados Unidos: en el país de las barras y estrellas recibió la calificación X; luego Kubrick cortó 30 segundos y en 1973 fue reestrenada con una calificación R, que alude a «Restricted», en películas que no son aptas para menores de 17 años. También sufrió la censura en otros países, como Francia, Australia y la España del tardofranquismo que, aunque más aperturista que en décadas pasadas, no iba a transigir con una película tan «desafiante» al orden establecido.

Precisamente, en unos días está programado el estreno de un documental en el Festival de Cine de Valladolid (del 23 al 30 de octubre) que recuerda el tardío estreno en nuestro país de la visionaria cinta. Su título es La Naranja Prohibida y evoca su simple título original. Bueno, tan simple y tan inquietante: Burguess comentó en una ocasión que provenía de una expresión cockney (slang del sur de Londres): «as queer as a clockwork orange», cuyo significado es «tan raro como una naranja mecánica». El documental ha sido producido por TCM y dirigido por Pedro González Bermúdez, que lo presentará junto a un invitado de excepción, el propio Malcolm McDowell. Precisamente la película se estrenó en 1975 en la misma Seminci (concretamente en su 20ª gala), durante los días previos al fallecimiento de Franco.

Una novela rara… y visionaria

La historia de la novela es tanto o más impactante que el de la película. No fue precisamente un éxito de ventas: se lanzaron 6.000 copias en 1962 y a mediados de aquella década no había llegado ni a los 4.000 ejemplares vendidos. Aquel vocabulario creado ex profeso por el escritor, el «nadsat», no le hizo especial gracia a la crítica, como tampoco en un primer momento a Kubrick. Y lo más alucinante de todo: aquella novela distópica que muchos calificarían de «profética» nació de una tragedia personal. A Burgess le diagnosticaron un tumor cerebral tras derrumbarse mientras daba clase en un aula de Brunéi, en la isla de Borneo, en el Sudeste Asiático. El diagnóstico: a lo sumo, uno de dos años de vida.

Burgess

Ello provocó en él la necesidad de escribir de forma compulsiva antes de que la enfermedad le impidiera continuar; fruto de lo cual, junto a una ingente cantidad de producción literaria por la que casi nadie le recuerda, nació una extraña novela breve en la que plasmaba esa vivencia personal junto a otras no menos traumáticas como la violación de su mujer, Lynne, en Londres, por soldados desertores norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial que le provocó un aborto y que sería el germen de la violación grupal de los drugos a la mujer del escritor en una de las secuencias más impactantes de la historia del cine. A todo ello, el autor le sumó la impresión que le dio, tras su exilio como docente en las colonias británicas, una Inglaterra profundamente cambiada, invadida por los ritmos pop (que impregnarían la estética de su adaptación cinematográfica), las drogas de diseño y las bandas juveniles violentas, captando así, como pocas obras, el espíritu de su tiempo.

En relación con Kubrick, el hombre cuya decisión de adaptar su cuasi desconocida novela le cambió la vida (y esto no siempre sucede para bien), Burgess sentenció que el cineasta neoyorquino llevó a cabo una «reelaboración radical de mi propia novela, no una mera interpretación». No obstante, para el novelista Kubrick había llevado a cabo «una película tecnológicamente brillante, reflexiva, poética, reveladora». Un clásico de culto instantáneo que se rodó hace medio siglo y no ha perdido un ápice de actualidad.  

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Cult Books publicó hace unos meses un fantástico libro que recorre con magníficos textos de diversos especialistas la filmografía del director neoyorquino, y, claro, dedica un sorprendente capítulo a La Naranja Mecánica. Desde su primer largometraje, Fear and Desire, hasta el último, Eyes Wide Shut, estrenado póstumamente, Stanley Kubrick se esforzó en sondear los rincones oscuros de la conciencia humana. Al hacerlo, adaptó novelas tan populares como ‘Lolita’, ‘La naranja mecánica’ y ‘El resplandor’, y seleccionó una amplia variedad de géneros para sus películas: film noir (El beso del asesino; Atraco perfecto), cine bélico (Senderos de gloria; La chaqueta metálica), comedia negra (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú), ciencia ficción (2001: Una odisea del espacio)

A lo largo de medio siglo de carrera, Kubrick produjo algunas de las imágenes cinematográficas más evocadoras de la historia del cine. Formado como reportero fotográfico, su control personal de la técnica era apabullante, de un perfeccionismo compulsivo y neurótico. Atraco perfecto deslumbró por su sabia construcción unanimista y acronológica. 2001 fue el primer filme en el que las estrellas no eran los actores, sino los efectos especiales. Barry Lyndon se rodó enteramente con luz natural, o de velas, para reproducir con precisión el ambiente de la época dieciochesca descrita por Thackeray. Y El resplandor ha pasado a la historia por su utilización virtuosa del steadycam en los pasillos de un castillo y de un laberinto vegetal. Desde la primera secuencia de El beso del asesino hasta los últimos fotogramas de Eyes Wide Shut, impresiona el magistral estilo visual de sus películas, sus escenas de tomas fijas, hipnotizantes y fascinantes.

Analizados en conjunto, los textos de Michel Ciment, Roger Ebert, Pauline Kael, Stanley Kauffmann, Dave Kehr, Jonathan Rosenbaum, John Simon y Alexander Walker, entre otros autores, constituyen una lúcida mirada a la visión que tenía el gran director de un universo físico y moral en constante transformación, y aportan profundidad y complejidad a la interpretación de la notable obra de Stanley Kubrick.

He aquí el enlace para adquirir este documentado trabajo repleto de fotografías en La Casa del Libro:

https://www.casadellibro.com/libro-el-cine-de-stanley-kubrick/9788412253870/11932260?gclid=Cj0KCQjwnoqLBhD4ARIsAL5JedKjtT3rXKPmL6MHSQCpV8_g91nOTQy7PvrR3HK_e1nWBPgiMAQcWP4aAiIDEALw_wcB

Y Notorious Ediciones ha publicado recientemente nada menos que el libro del 50 aniversario de esta joya del celuloide. Un volumen editado con mimo (como todo su catálogo) que hace honor a tan insigne título. En un precioso tomo profusamente ilustrado a color y blanco y negro, tres prestigiosos autores (Jesús Antonio López, Jesús Palacios y Jaime Vicente Echagüe) abordan los diferentes aspectos del film. Imprescindible para fans y drogalépticos.

He aquí el enlace de su página web:

Rebeldes y peligrosas de cine, música y literatura

Son varias las novedades literarias que, en época de empoderamiento, rescatan la importancia de la mujer en la gran pantalla. Una mujer muy alejada de los estereotipos clásicos (incluso en cintas de época) y que no necesita a un «protector» masculino para nada.

Óscar Herradón ©

Por lo general el cine, como la propia sociedad, ha sido dominado por el patriarcado. Por ello, y por la testosterona «made in Hollywood», los vengadores y justicieros han sido, en su mayor parte, hombres. Y magníficos, todo hay que decirlo: de clásicos como Gary Cooper o el nonagenario Clint Eastwood y su Harry Callahan a los muy duros Charles Bronson o Burt Reynolds (sin menospreciar a los más limitados Chuck Norris o Steven Seagal), pasando por otros más modernos como Liam Neeson, rebautizado héroe maduro de acción, o el Denzel Washington de El fuego de la venganza o Equalizer; hasta llegar a los musculados Vengadores, en los que destaca alguna que otra fémina implacable, léase Viuda Negra o Capitana Marvel. La mujer en la pantalla, salvo excepciones (alguna notable) ha sido la principal víctima, arrinconada o vapuleada, mientras los varones se erigían en sus salvadores, o directamente eran los causantes de su pesar.

Ahora, como también la propia sociedad, eso ha cambiado –se llama progreso– y cada vez son más las mujeres de armas tomar que deciden vengar múltiples afrentas, maltrato y vejaciones incluidas, y también las protagonistas indiscutibles de sus propias historias sin que nosotros, los hombres, tengamos que salvarlas de nada ni de nadie. También hubo inolvidables papeles de mujeres que, ya desde los primeros pasos del celuloide, dejaron claro cuál era su lugar: de Cleopatra a Salomé, de Peggy Cummings a Joan Crawford. Pero fueron menos frente a sus compañeros de viaje masculinos, cosa que, reitero, ha experimentado una notable evolución, como queda claro en el trabajo que recomiendo en este post.

En el divertido y revelador ensayo Rebeldes y peligrosas de cine, editado por Lengua de Trapo, la autora María Castejón Leorza, con una prosa cuidada y un tono cargado como un arma de ironía y hasta sarcasmo, nos regala un libro adictivo y nada normativo (algo en este caso totalmente positivo) protagonizado por aquellas mujeres de cine que se alejan de las normas,  dinamitan los mandatos de género y encarnan unos referentes, dando una patada a los modelos de mujeres cansadas, imperfectas y con estrías.

En palabras de la autora, «¿De verdad que no es compatible estar jodida por limpiar la mierda ajena y disfrutar con un personaje como el de Wonder Woman? El cine va de denunciar realidades injustas, pero también de construir imaginarios, de satisfacer deseos, de disfrutar de la fantasía».

María Castejón recupera y visibiliza, en una nueva lectura, las principales protagonistas que pueblan la gran pantalla: mujeres fatales, rebeldes, pistoleras, piratas, aventureras, malas madres y esposas, lesbianas, locas, violentas… y todo sin seguir un cuadriculado guión. Lo mismo te saca a las heroínas del western y después, en un abracadabra, aparecen las víctimas vengadoras de finales de las décadas pasadas, de Lisbeth Salander en la oscura trilogía Millennium, del malogrado novelista sueco Stieg Larsson (eso es lo que se dice vengarse a lo grande) o las «Nawjas Nimris». Puede despiezar a las míticas Thelma y Louise (inolvidables Susan Sarandon y Geena Davis), cuando ya estás viajando con ellas en ese cochazo –un Ford Thunderbird descapotable– en busca de libertad y, de paso, cruzarte con un Brad Pitt con cuerpo de dios griego a punto de catapultarse al mayor de los éxitos gracias precisamente al papel de vaquero buscavidas que interpretó en aquella cinta de Ridley Scott en un ya lejano 1991.

Precisamente Scott firmó, más de una década antes, el bautismo de fuego de la teniente Ripley (incombustible Sigourney Weaver) en un papel que reivindicaba a la mujer como la protagonista absoluta, heroína de acción sin trabas que, mientras los hombres iban cayendo a su alrededor, por muy duros que fueran –y se creyesen–, era la única capaz de plantarle cara a la criatura más terrorífica del séptimo arte, cortesía del visionario H. R. Giger. De repente, y mientras sueñas con ese viaje por la América desértica a golpe de bujía o exploras los universos distópicos del espacio, la autora te da el cambiazo y te encuentras en la cocina de Carmina, la inclasificable madre de Paco y María León, otra mujer –diferente– de armas tomar. Y en otras situaciones tanto o más rocambolescas.

Una (re)lectura fresca, cargada de ingenio y algo de malicia –sobre todo hacia los machos ibéricos– de los papeles femeninos en la gran pantalla. En estas páginas encontrarás sucinta información, entre otros temas, sobre: Los Juegos del Hambre, Barbarella, Mae West y las femme fatales modernas, amas de casa hartas y mujeres sobrepasadas (más allá de la mística de la feminidad y la madre nutricia), nuevos referentes de la época del #MeToo, heroínas de la gran pantalla, yeyés, chicas sexis y venganza. ¿Quién da más?

He aquí el enlace para adquirir este manual inclasificable con prólogo de Jon Sistiaga:

Mercy, Mary, Patty (La Caja Books)

En el campo de la literatura, aunque inspirada en hechos reales, nada mejor que sumergirse en las páginas de una joya de la narrativa editada con su habitual mimo por La Caja Books: Mercy, Mary, Patty, una absorbente historia que pone sobre la mesa la controvertida y en principio contradictoria actitud de abrazar a tus secuestradores nada menos que como forma de empoderamiento.

Lafon

Eso es lo que plantea la autora, la multifacética Lola Lafon (1972), escritora, cantante y compositora francesa del grupo musical Leva. Conocida por su activismo político y social en defensa del feminismo, el antifascismo y el ideario libertario, es autora de cinco novelas, una de las cuales, La pequeña comunista que no sonreía nunca, fue publicada en castellano por Anagrama en 2015.

Patty Hearst

En febrero de 1974, una de las noticias que coparon los titulares de medio mundo fue el secuestro de Patricia Hearst, nieta del célebre magnate de la prensa William Randolph Hearst (que inspiraría a Orson Welles su monumental y Ciudadano Kane), a manos de un grupúsculo armado anticapitalista que respondía al nombre de Ejército Simbiótico de Liberación. Para estupefacción de las élites estadounidenses, Patricia no tardó en sumarse a las reivindicaciones de sus secuestradores. Hasta aquí, la realidad, y a partir de ese momento Lafon entreteje una novela polifónica que alterna un icono real de la story norteamericana con dos personajes ficticios, para indagar así en el proceso de metamorfosis identitaria.

Regresando a la trama, la profesora Gene Neveva recibe el encargo de elaborar un informe para el abogado de Patricia Hearst, cuyo juicio está a punto de empezar en San Francisco –y que sería uno de los eventos sociales más relevantes de aquel tiempo al otro lado del Atlántico–. La tesis doctoral de Neveva investiga las vidas de otras dos estadounidenses rebeldes: Mercy Short y Mary Jaemison –de ahí el título de la novela–, que abandonaron a sus familias de origen y prefirieron marcharse con los nativos amerindios en los siglos XVII y XVIII, todo un desafío al establishment (por supuesto, en aquel tiempo, machista, racista y profundamente patriarcal). En sus indagaciones, Gene contará con la ayuda de Violaine, quien sospecha que tras la conducta de «Patty» Hearst hay mucho más que un lavado de cerebro por parte de sus captores.

Lafon indaga así en dicho proceso de transformación, ese momento de elección radical de las mujeres libres que, al abandonar el ancho camino impuesto a la masa, se atreven a internarse por los vericuetos prohibidos. Y es que la decisión tomada por la nieta del magnate hace casi medio siglo continúa de una vigencia que abruma y se torna, si cabe, aún más necesaria en los aciagos y desconcertantes tiempos que atravesamos –mujeres y hombres–.

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La Madre terrible en el cine de terror

En Rebeldes y peligrosas de cine, la autora habla de figuras maternas para echar de comer aparte, y si lo que queremos es adentrarnos en este singular «character» de la pantalla grande, lo mejor es sumergirnos en las vibrantes páginas de La madre terrible en el cine de terror, firmado por Javier Parra y editado con mimo por Hermenaute, donde se analiza cómo el celuloide se ha aproximado a esta tradición que puede encontrarse en culturas europeas, asiáticas y mesoamericanas, ya sea como engendradora de monstruos o asociada a la brujería en sus múltiples variantes. La idea de la madre terrible se remonta a tiempos pretéritos en los que la mitología servía para explicar el mundo conocido y sus horrores a través de relatos y cuentos que, cargados de simbolismo y en no pocas ocasiones de mensajes crípticos, han perdurado hasta nosotros, y, tomando elementos de la modernidad, continúan aterrando al hombre, en este caso a través de las páginas de un libro o en una sala de cine.

Siguiendo al autor de este singular (por atípico) ensayo, el mito de la madre terrible adopta tres formas principales: el Tifón, la Lamia y la Esfinge. Sus vibrantes páginas, inspiradas en las teorías de Carl Gustav Jung, propone un trepidante recorrido por la figura de la madre destructora a través de diferentes películas como Psicosis, la legendaria cinta protagonizada por Norman Bates (Anthony Perkins) y su inerte pero poderosa progenitora, El caso de Lucy Harbin, Carrie, y cintas modernas (algunas de culto instantáneo) como Babadook, Hereditary, Mamá o La Llorona. He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

https://www.hermenaute.com/libro.php?id_libro=33

Los mandarines, de Simone de Beauvoir

Y es posible que la igualdad entre hombres y mujeres y la defensa del feminismo no hubiesen avanzado en Occidente como lo han hecho (a pesar del camino que queda por recorrer) si no fuera por la labor de pioneras y activistas como la filósofa francesa Simone de Beauvoir (1908-1986). Más de 70 años después de la aparición de su libro El segundo sexo, éste continúa siendo una obra brillantemente articulada a través de la que los hombres y mujeres de hoy continuamos interpretando el mundo y cuyo discurso mantiene plena vigencia. Pero más allá de sus obra de contenido filosófico-político, Beauvoir fue también una magnífica novelista.

Si queremos acercarnos a la obra narrativa de esta impulsora del feminismo y el empoderamiento de la mujer (a pesar de que su tortuosa y abierta relación con el también filósofo Jean-Paul Sartre dio mucho que hablar), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Los Mandarines, que Beauvoir escribió en 1954 y que fue merecedora del prestigioso premio Goncourt, una obra injustamente poco publicitada en nuestro país a pesar de que las crítica la considera la mejor novela de la francesa.

Los mandarines es un fresco perfecto de la Francia recién liberada de las garras del nazismo. Ambientada en París en 1944, aborda la delicada cuenta pendiente del colaboracionismo (el ajuste de cuentas pero también el perdón necesario para la reconciliación nacional), la compleja búsqueda de un nuevo mundo justo en medio de los intereses de soviéticos y norteamericanos en plena Guerra Fría y la aceptación (entre resignada y pragmática) de un escenario incierto y lleno de desencuentros no tan diferente del que vivimos hoy en día, azotado por la pandemia, las injusticias (que provocan, junto a las guerras, migraciones masivas) y el cambio climático, cada vez más evidente en las inundaciones, tornados e incendios que asolan el planeta.

El inicio nos sitúa tras la guerra y el naufragio general que ésta provocó, y se centra en la psicoanalista parisina Anne Dubreuilh, trasunto de la propia Simone, quien trata de recomponer su vida junto a su marido, un célebre escritor mucho mayor, y su amigo Henri Perron, todos ellos participantes en la Resistencia durante la ocupación nazi. Pero la verdadera trama comienza en diciembre del 44, cuando la contienda aún ruge a pesar del acelerado derrumbe del Tercer Reich. Ahora que en la ciudad de la luz, libre del yugo de la esvástica, la libertad es palpable, casi real, así como en gran parte de Occidente, y los sueños largamente aplazados parecen volver a resurgir, los protagonistas se darán cuenta de que aquello no es sino un espejismo, el umbral de un tiempo de nuevos desgarros y crisis, enmarcado en ese fuerte existencialismo de la autora. Como no podía ser de otra manera, la novela tiene un trasfondo filosófico, existencialista –remarco–, feminista y político imposible de desvincular de sus creaciones aunque sean ficción.

En el amplio catálogo de Edhasa, que lleva brindándonos literatura en su más pura esencia desde un lejano 1946, hay otros libros publicados de Beauvoir muy recomendables, como La invitada, Memorias de una joven formal, Una muerte muy dulce, La ceremonia del adiós o La mujer rota, entre otras. He aquí el enlace para adquirir Los Mandarines en su web:

https://www.edhasa.es/libros/1207/los-mandarines

LADY GAGA. BORN HER WAY (LUNWERG, 2021)

Si hay una artista que ha ido a contracorriente y se ha erigido en símbolo de auténtico empoderamiento es sin duda Lady Gaga. Su última gran gesta fue cantar en la ceremonia de investidura del último presidente de EEUU, Joe Biden, pero tiene una dilatada trayectoria desde que diera sus primeros pasos en la música allá por 2001, con el comienzo del milenio.

De nombre real Stefani Joanne Angelina, la artista neoyorquina revolucionó por completo la industria, y sigue haciéndolo disco tras disco, actuación tras actuación. Ahora, Lunwerg Editores (Planeta) nos trae la biografía ilustrada de la cantante de mano de la ilustradora Laura Floris, una edición bellísima para fans, pero apta también para neófitos.

Extravagante, humana y cercana a su público, así es esta artista neoyorquina que llegó a la fama gracias a Just Dance, Alejandro y Bad Romance. Revolucionó por completo el mundo de la música, dejando siempre a sus espectadores con la boca abierta por su particular estilo. Así es, sin duda, Lady Gaga: un talento único y una mujer excepcional, que no ha tenido miedo a desafiar las convenciones para vivir intensamente y realizar sus sueños. Una de las cantantes más galardonada e influyente de las últimas décadas y una figura inspiradora para legiones de fans. En el libro Lady Gaga. Born her way, descubrirás todo sobre esta figura capital de la cultura pop del siglo XXI. He aquí el enlace para adquirlo en papel o en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-lady-gaga/328046