Carlos V contra el Papa (El Saco de Roma)

8 10 2020

En 1527 tuvo lugar el saqueo de Roma, centro de la cristiandad, por las tropas imperiales al servicio de Carlos V. Aquel fatídico episodio cargado de violencia y crueldad, aún rodeado de múltiples sombras, durante el cual la vida del mismo Papa estuvo en peligro, marcaría el principio del fin del Renacimiento romano y significaría un antes y un después en el complejo juego de alianzas y fuerzas de su tiempo.

Óscar Herradón ©

En la segunda década del siglo XVI, España y Francia, las dos grandes potencias del momento, se hallaban enfrentadas por la hegemonía europea. Tras la aplastante derrota en Pavía el 24 de febrero de 1525 de los ejércitos del rey francés Francisco I, y su posterior encierro en España, tanto Italia como Inglaterra veían con temor la supremacía de Carlos V, vencedor en la batalla, y la expansión imparable de su imperio.

Una vez liberado de su prisión tras firmar el Tratado de Madrid –cuyos compromisos nunca se avendría a cumplir–, era cuestión de tiempo que el monarca galo sellara un pacto con otras potencias para acorralar a su principal enemigo en el complejo escenario de su tiempo. La Europa de principios del siglo XVI era un polvorín a punto de estallar. A los problemas políticos, económicos y militares que asolaban el Viejo Continente se sumaba la profunda confrontación religiosa surgida con la Reforma de Lutero, que proclamaba desde Alemania la corrupción de Roma y la desobediencia al poder papal utilizando como poderosa arma de propaganda la imprenta y el nacimiento de la primera prensa de masas.

Con esta compleja amalgama de poderes, abatiéndose implacables, como una sombra, sobre la Santa Sede, el pontífice, Clemente VII –de verdadero nombre Julio de Médicis–, dejó claras sus pretensiones de seguir manteniendo el poder espiritual y temporal de la Cristiandad (de nuevo se convertía en tema de debate el delicado asunto de las Dos Espadas) en un breve publicado el 23 de junio de 1526, donde, en un claro desafío al poder de Carlos de Austria, recordaba los derechos indiscutibles e inviolables del Papado.

La respuesta llegaría el 17 de septiembre, bajo el título de Memorial de Granada, donde el emperador, a través de su secretario Alfonso de Valdés, hábil propagandista de la política imperial, insistía en que el lenguaje del pontífice «no era cristiano» y que debía ser corregido por el emperador y reformado en un concilio que, de celebrarse, supondría la destitución del Papa, con el consecuente vendaval en todo el orbe católico. El terreno estaba abonado para que se produjera el tristemente célebre saqueo o «Sacco» de Roma, y aún echaba más leña al fuego el hecho de que muchos oficiales al servicio del emperador eran luteranos y creían ver en el Papa al anticristo, como proclamaban Lutero y los reformistas, y equiparaban la Ciudad Eterna con la antigua Babilonia, cuna de depravación, pecado y prostitución.

La Liga de Cognac

Tras la liberación de Francisco I, no tardarían en llegar a la corte francesa delegados pontificios y venecianos que, si bien oficialmente acudían a felicitar al monarca por su regreso sano y salvo, pretendían negociar una alianza que sirviese como contrapeso a la excesiva fuerza que Carlos de España había adquirido en Italia, lo que preocupaba sobremanera a la Curia.

El resultado fue la formación de la llamada liga de Cognac o clementina el 22 de mayo de 1526, que pretendía la expulsión de los ejércitos imperiales del norte de Italia y la devolución del ducado de Milán a Francisco Sforza. Francia por su parte obtenía, como pago por su colaboración, la soberanía sobre Génova y Asti y le exigía a Carlos V el cumplimiento de estas decisiones y la liberación de los hijos de Francisco I, retenidos en Madrid, mediante su correspondiente rescate monetario. De no aceptar el acuerdo, se le declararía la guerra y se le despojaba del reino de Nápoles.

Guerra de la Liga de Cognac

El pontífice había hecho oídos sordos a los llamamientos pacíficos del emperador que desde España le trasladaba el nuncio Baltasar de Castiglione (el célebre autor de El Cortesano), lo que a la larga sería nefasto para su política. El acuerdo entre el Papa y los franceses resultó escandaloso para el Carlos V y sus ministros, que no estaban dispuestos a tolerar aquel desafío del príncipe de la Iglesia, quien precisamente debía clamar por la paz entre las potencias cristianas.

Carlos V ordenó a Hugo de Moncada, enviado especial a Roma, presentarse ante Clemente VII para que se aviniese a tomar el camino de la paz y el sentido común; en caso contrario, tenía órdenes expresas de apoyar al cardenal Colonna, enemigo acérrimo del pontífice, que llegó a proponer al emperador una alianza para expulsarlo de la silla de Pedro. Pero un rey de la piedad de Carlos de Austria no estaba dispuesto a tomar una decisión tan drástica. Pesaroso, se quejaba a sus íntimos de que aquella situación beneficiaba a los enemigos de la cristiandad, los turcos, que avanzaban imparables por el Mediterráneo y ya penetraban en Hungría por el continente.

Hugo de Moncada

Los coaligados no se echaron atrás y la consecuencia fue el estallido de una guerra que tuvo como escenario principal Italia. Tras varias luchas en el norte que favorecieron a los ejércitos imperiales frente a las tropas aliadas, Hugo de Moncada realizó su labor diplomática de acercamiento a los Colonna (ambas partes, la española y la pontificia, recurrieron a todo tipo de argucias, estratagemas y engaños para inclinar la balanza a su favor). Clemente VII, dejando a un lado la excesiva prudencia que le caracterizaba, creyó las palabras del diplomático español, firmó con los Colonna una tregua y licenció, debido a la falta de dinero, a la mayoría de los mercenarios a su servicio. Pero el pontífice, como buen príncipe maquiavélico del Renacimiento, volvió a dar la espalda a las negociaciones y ofreció a Francisco I el Molanesado a cambio de su intervención en Italia.

Así se produjo el que ha sido llamado el «primer Saco de Roma» de aquel tiempo, cuando los imperiales lograron apoderarse de varias puertas de la Ciudad Eterna, poniendo al Pontífice en una delicada situación y llegando incluso a saquear la basílica de San Pedro. Refugiado en el castillo de Sant’ Angelo, Clemente VII hubo de negociar con Moncada una tregua de cuatro meses. Lo peor, sin embargo, para el centro de la cristiandad, estaba por llegar.

El Sacco di Roma

Faltando de nuevo a su palabra, el pontífice, creyéndose a salvo, recurrió de nuevo a Francisco I y encargó a Juan de Médicis que reuniera el mayor número de tropas posibles. Fortificada Roma, quiso castigar a los Colonna y los soldados del Papa protagonizaron escenas de pillaje y muerte que serían el siniestro preludio de las que sufrirían poco después los ciudadanos romanos a manos de los imperiales.

Fernando I

A pesar de los intentos de acercamiento entre Carlos V y el Papa, que los hubo, la traición de este último y los sucesos posteriores terminaron por dinamitar un posible entendimiento. A principios de noviembre de 1526, a pesar de avanzado el invierno, se reunieron al Sur del Tirol más de 10.000 lansquenetes alemanes, todos ellos protestantes –con sus vestidos abombados y de colores similares a los de la guardia suiza- que, dirigidos por Jorge Frundsberg a instancias de Fernando de Austria, hermano del césar Carlos, tomaron el camino hacia Lombardía.

Pero había dos grupos más que formaban el heteróclito ejército imperial y que se hallaban en constante pugna: el segundo grupo estaba formado por entre cinco y seis mil hombres que conformaban los tercios españoles, quienes habían llegado vía Génova, y un tercer grupo de irregulares italianos, muchos de ellos mercenarios y aventureros que se unieron a las tropas anhelando un suculento botín y que serían los más importantes instigadores del saqueo final. El grueso de este ejército servía bajo las órdenes del intrépido Carlos III de Borbón y Montpensier, más conocido como condestable de Borbón, comandante en jefe de los ejércitos de Francisco I que había cambiado de bando tras enemistarse con su señor por un delicado problema de confiscación de tierras.

Carlos de Montpensier

El único general capaz de dirigir con eficacia las tropas pontificias era Giovanni delle Bande Nere, un joven oficial de 28 años, sobrino de Clemente VII, que había sido herido de muerte en noviembre de 1526 en los primeros enfrentamientos en el norte de Italia; en un principio los coaligados, comandados por el duque de Urbino, lograron varias victorias sobre los imperiales, inferiores en número, pero finalmente lograrían imponerse, cruzar los pasos de los Alpes y franquear el Po. En medio de las escaramuzas perdería la vida Juan de Médicis, capitán de las célebres “Bandas Negras”.

Ya en el norte de Italia, según el genial historiador Manuel Fernández Álvarez, se pueden calcular en unos 25.000 el número de soldados que se pusieron en marcha aquel invierno para invadir los Estados Pontificios. El príncipe de Orange iba al frente de la caballería ligera y Fernando Gonzaga lideraba a los contingentes italianos; todos obedecían al condestable de Borbón.

Viendo acercarse el peligro, Clemente VII negoció con el antiguo virrey de Nápoles, Lannoy, que acaudillaba a parte del ejército imperial, quien llegó a Roma el 25 de marzo de 1527 en medio de una lluvia torrencial que muchos consideraron de mal augurio. Debido a esa tregua, el pontífice, confiado –lo que muchos historiadores consideran uno de sus mayores errores–, licenció a sus mercenarios, que apenas unas semanas antes habían defendido con éxito varias plazas fuertes y mantuvo alejado al ejército imperial a cambio de una fuerte indemnización.

Sin embargo, el condestable de Borbón no tenía forma de pagar las soldadas a los miles de oficiales que se concentraban al norte de la península itálica. El desánimo comenzaba a hacerse notar entre las tropas, acampadas desde principios de marzo en las cercanías de Bolonia, casi sin víveres, expuestas a las inclemencias del invierno alpino. Ludwig Pastor señala que «Hacía cuatro meses que venían sufriendo con paciencia la pobreza, el hambre (…). Las nieves y lluvias en gran cantidad habían convertido la región casi en un pantano, y los soldados acampaban allí, más cubiertos por vestidos calados por el agua, en parte sin calzado y todos sin salario ni mantenimientos suficientes».

Carlos de Borbón prometió un suculento botín una vez penetrasen en Roma, única forma de mantener a sus soldados controlados. Cuando llegó el rumor de que a sus espaldas los diplomáticos negociaban una tregua, la soldadesca se sintió engañada y se produjo un verdadero motín. La propia tienda del duque de Borbón fue saqueada y los lansquenetes amenazaron a Frundsberg, que les había exigido disciplina. Aquella situación descontrolada produjo tal impresión al capitán alemán que a los pocos días murió.

Castel Sant’Angelo

El condestable, viéndose entre las cuerdas, rechazó la tregua de Lannoy con el Papa y exigió al pontífice primero 240.000 ducados y más tarde 300.000 a cambio de la retirada de sus tropas. Finalmente, y sin llegar a un acuerdo, cruzó los Apeninos y se presentó a las puertas de la Ciudad Eterna. El domingo 5 de mayo los soldados tomaron posiciones alrededor del Borgo. A la vista del ejército enemigo, Clemente VII se había mostrado exultante, convencido de una victoria segura. No sabía lo que le esperaba.

Días atrás, ante las noticias del avance, el Papa había mandado alistar al mayor número de tropas posibles, ordenó reparar las defensas y organizar milicias ciudadanas. Sin embargo, las tropas pontificias no pasarían los 5.000 milicianos al mando de Renzo da Ceri y Guido Rangoni, uno de los capitanes de la Liga de Cognac que había sido enviado en auxilio del Vaticano, y la guardia suiza al servicio de Clemente VII. Las defensas principales se situaron en el interior del citado Sant’ Angelo, que se erigía orgulloso sobre el Borgo.

Pero la población romana no estaba preparada para reaccionar con presteza; además, un gran número de romanos deseaba la llegada del ejército imperial, unos debido a su hostilidad hacia el pontífice, que había subido recientemente los impuestos, otros porque eran aliados de los Colonna, quienes habían convertido en su cuartel general las termas de Diocleciano y el palacio de los Santos Apóstoles. A pesar de que la ciudad contaba con buenas murallas y defensas de siglos anteriores, la estrategia de defensa italiana fracasó.

La mañana del lunes día 6 supuso otro golpe de suerte para los imperiales, pues el Tíber amaneció cubierto por una espesa niebla, lo que dificultaba la visibilidad a las defensas papales. Los escopeteros estaban situados sobre los muros del castillo de Sant’ Angelo al mando de Benvenuto Cellini, el célebre escultor, que sería uno de los protagonistas indiscutibles del histórico episodio.

Carlos I de España y V de Alemania

Mientras corría de boca en boca la noticia del asedio, el pánico se apoderó de las gentes, que ponían a buen recaudo sus riquezas y alhajas; otros habían desobedecido las órdenes de Clemente VII y en lugar de alistarse a las milicias huían como podían de la ciudad, aterrorizados. Falto como estaba de artillería, el duque de Borbón decidió lanzar el ataque desde varios frentes: los españoles se dirigieron a la puerta Torrione y los lansquenetes lanzaban su ataque por la del Santo Spirito.

Fatídicamente, el condestable fue herido de muerte al lado de la puerta Torrione en una segunda embestida, tras haber fracasado la primera. El mismo escultor Benvenuto Cellini se atribuiría más tarde la autoría del disparo de arcabuz que acabó con la vida del comandante de los ejércitos imperiales, cosa poco probable. Así caía el verdadero artífice del Saco –saqueo– de Roma, voz española de «Sacco di Roma»; todavía en el siglo XIX se asustaba a los niños romanos con el «coco Barbone», el malvado duque de Borbón. Juan de Urbina le sustituiría al frente de las tropas, cada vez más descontroladas, mostrando gran animosidad en la batalla –más tarde sería uno de los más implacables durante el saqueo-.

Pillaje, crimen, sacrilegio

En poco tiempo, las tropas comandadas por Urbina, que al contrario de lo que podría creerse, se habían envalentonado con la muerte de su líder, se hicieron con el Borgo y apenas Clemente VII tuvo tiempo de refugiarse en Sant’Angelo, junto a algunos de sus cardenales y lo más granado de sus tropas, encargadas de proteger los angostos muros de la fortaleza –cuando cayeron los rastrillos, cuenta André Chastel que había cerca de 3.000 personas en su interior–.

Asedio al castillo de Sant’Angelo en 1527

Cuando los imperiales tomaron los puentes del Tíber comenzó verdaderamente el Sacco. Durante ocho días se sucedieron los incendios, los pillajes, las matanzas y las violaciones –sin duda exageradas después por los cronistas–, a manos de una tropa enfervorecida y ávida de botín.  Roma se enfrentaba a sus horas más terribles, ni siquiera lejanamente comparables a los destrozos causados en otras invasiones, como la de los godos de Alarico siglos atrás o la promovida poco antes por los Colonna.

Los españoles ocuparon la plaza Navona, los lansquenetes Campo dei Fiori y el destacamento italiano se posicionó a los pies de Sant’ Angelo. Al no haber un líder claro entre las tropas por la muerte de Borbón, el pillaje fue sin duda mucho mayor, llegando a saquear hasta en dos ocasiones a la misma víctima. Los secuestros y rescates fueron tan habituales que el trasiego de oro, riqueza y obras de arte era apabullante. La primera consecuencia fuera de Roma de la noticia del saqueo fue la revolución de Florencia, donde se despertó un violento movimiento que rechazaba la autoridad de los Médicis –familia a la que, no lo olvidemos, pertenecía el pontífice–.

Una cantidad inconmensurable de obras de arte, monumentos, reliquias y documentos de la Curia fue destruida. Casas quemadas, conventos, iglesias…Los armarios de marquetería que cubrían los muros de la Segnatura, obra de Giovanni da Verona y de Gian Basili, desaparecieron; se quemaron puertas y ventanas, plintos de madera que, junto a obras de arte, servirían para alimentar el fuego que calentaría a las tropas. Las vidrieras del Vaticano, obra del francés Guillaume de Marcillat, fueron destruidas y las ventanas hechas añicos para fabricar con el plomo balas de arcabuz.

Es imposible cuantificar los daños. Muchos lansquenetes dieron rienda suelta a su pasión iconoclasta mancillando y destruyendo las imágenes sacras y también muchos de los monumentos de la Roma clásica, que para ellos simbolizaban nada menos que el «paganismo» de la Curia. Babilonia-Roma, cual señal del Cielo, estaba siendo, a sus ojos, destruida.

Existe una gran controversia entre los historiadores sobre el verdadero papel que desempeñó Carlos V en el incidente. Algunos autores, principalmente de la esfera francesa e italiana, le hicieron culpable del saqueo; otros, benévolos en exceso, le eximen de cualquier responsabilidad en el mismo, y ponen como excusa el hecho de que el emperador, cuando tuvo noticia de los hechos, vistiera luto durante bastantes tiempo en recuerdo de las víctimas.

Lo cierto es que la respuesta de Carlos fue ambigua; tardíamente impresionado por el desastre, en un primer momento pareció denunciarlo pero poco después acabó por ver en la victoria contra Clemente VII la mano de Dios, lo que no era de extraer teniendo en cuenta su visión providencialista de la historia. Lo cierto es que todo apunta a que la verdadera razón del asalto descansaba en el descontrol de un ejército mercenario al que se debían meses de soldada, pero aquella «victoria», que tendría nefastas consecuencias para todo el orbe cristiano, se vio después como una gran victoria del Sacro Imperio sobre la autoridad del Papado, lo que indica cierta permisibilidad o quizá un plan preconcebido del césar Carlos. No obstante, el saqueo conmocionó a la opinión pública de toda Europa, que veía aquellos hechos como una especie de Apocalipsis.

Aunque los lansquenetes luteranos pedían la destitución del pontífice acorralado, Carlos V no se atrevió a dar ese delicado paso. Era peligroso, en el momento en el que Lutero «el hereje» atraía toda la atención en Alemania y los turcos amenazaban por el Mediterráneo, declarar que el Papa de Roma alteraba el orden de la cristiandad. Situación harto compleja y de difícil resolución que ha hecho correr ríos de tinta desde entonces.

Mientras tanto, el 5 de junio se lograba un acuerdo entre Clemente VII y los capitanes imperiales: el pontífice y trece de sus cardenales permanecerían en el castillo de Sant’Angelo, donde penetraría una guarnición imperial hasta que las plazas fuertes del Estado pontificio se rindieran y se pagaran las oportunas indemnizaciones (la increíble cantidad de 70.000 ducados de oro). El resto se convertían en rehenes de los imperiales. El 6 de junio el Papa se rindió y se comprometió a pagar un rescate de 400.000 ducados a cambio de su vida y de la cesión al Sacro Imperio Romano Germánico de Parma, Piacenza, Civitavecchia y Módena.

El final de una catástrofe para Occidente

El verano fue terrible, la ciudad no tenía prácticamente víveres, sus habitantes, retenidos por la fuerza, eran utilizados como criados. Todo el mundo debía pagar tributos a cada contingente. Se utilizaban los llamados tributos –taglie– para obtener importantes sumas y riquezas acordes al rango de cada ciudadano, por medio de amenazas y el uso de la violencia.

En la Ciudad Eterna, donde causaba estragos la endémica malaria, poco después se desató una epidemia de peste, a causa al parecer de la destrucción de las fuentes, que causó numerosas bajas entre los soldados imperiales, cargados de oro pero sin nada que llevarse a la boca. Uno de los capitanes imperiales dejó escrito el siguiente testimonio, un documento de gran valor que muestra como pocos la brutalidad del asalto:

«El 6 de mayo tomamos Roma por asalto, matamos a 6.000 hombres, saqueamos las casas, nos llevamos lo que encontramos en las iglesias y demás lugares, y finalmente prendimos fuego a buena parte de la ciudad (…)». Según el mismo testigo, dos meses después del asalto murieron 5.000 imperiales debido a la citada peste, “pues no se enterraban los cadáveres”. En julio evacuaron la ciudad debido a la epidemia, dejando atrás un paisaje desolador, pero en septiembre los imperiales regresaron de nuevo y tuvo lugar por segunda vez un saqueo de la ciudad, en medio de un clima de tremenda anarquía, según el historiador del arte francés André Chastel, «con el ir y venir de grupos rivales, deserciones, desórdenes y tráfico de personas».

Las tropas no abandonarían por completo Roma hasta febrero de 1528, tras varios meses sembrando el terror entre las gentes, en el que fuera el mayor ataque contra el centro espiritual de la cristiandad, luego de que el Papa hubiese logrado huir a la ciudad fortificada de Orvieto y adquirido allí cierta apariencia de autoridad. Nunca la tiara y la espada de la misma confesión religiosa habían librado una lucha de esas características.

Para saber más: la joya bibliográfica Memorias del Saco de Roma, de Antonio Rodríguez Villa, recuperada por la Editorial Almuzara en 2011.





Fernando VII. Un rey felón, caprichoso y adicto al sexo

1 10 2020

El que subió al trono como «El Deseado», aclamado por un pueblo que gritaba «¡Vivan las Caenas!», acabó sus días pasando a la crónica española como «El Rey Felón», el personaje más vilipendiado y odiado de la historia de los últimos siglos hispánicos, por encima, incluso, de generalísimos de panteón. Sí, habéis leído bien.

Pero lo cierto es que el séptimo de los Fernandos, a pesar de una política nefasta en muchos sentidos y un carácter de esos de «echarle a comer aparte», también tuvo muchos enemigos políticos, vivió en una época compleja previa a las guerras carlistas –las primeras «guerras civiles españolas» como tal, que causaron sus propias decisiones in extremis– y por supuesto en gran parte fue víctima de esa «leyenda negra» que tanto afea los reinados precedentes y a los personajes de mayor calado historiográfico.

Fernando VII (Wikimedia Commons)

Hablar de Fernando VII, de sus sinsabores, éxitos –que también los tuvo– y contradicciones, daría para tres tomos tamaño «El Libro Gordo de Petete», si no más, así que lo que haré en las próximas líneas es recomendar varios trabajos centrados en el personaje, de bastante calidad –unos más densos que otros, alguno meramente divulgativo–, para centrarme después en un aspecto puramente morboso, y también salpicado de ese oscurantismo legendaria de las crónicas de partidarios de un bando político o de otro; que al final, como seguimos escuchando a diario en RRSS, en los medios o entre nuestros conciudadanos, «todo es política»… «y dinero» añadiría –o la falta de él–.

Y ese aspecto puramente morboso no es otro que el del sexo y la alcoba, para amenizar un rato el exaltado panorama político actual que bien podría ser el de las intestinas luchas por el poder de los tiempos de Godoy, Carlos IV o el mismo Fernando VII, también con personajes egregios con escándalos en paraísos fiscales, amantes y contradicciones patrias.

Bueno, dejo de irme por las ramas, algo a lo que acostumbro, y a continuación marco varios de esos trabajos que me han parecido bastante interesantes sobre el personaje, su marco histórico y la impronta que dejó su legado monárquico:

–Hace ya bastantes años, en 2006, Fernando González Duro publicaba en Oberón Fernando VII. El Rey Felón, una biografía con gancho narrativo y facilidad lectora incluso siendo bastante rigurosa en cuanto a datos historiográficos. Casi un libro académico pero apto para todos los públicos y gustos que clarifica un personaje con más sombras que luces, pero de relevancia capital en el desarrollo historiográfico de la nación española. Todavía es posible adquirirlo en distintas webs.

–Recientemente, la editorial Almuzara, a la que dedicaré en breve una amplia entrada centrada en su apasionante colección sobre la Guerra Civil Española –de todos los colores e inclinaciones, auténticas rarezas bibliográficas–, publicaba un libro no centrado exclusivamente en Fernando VII, sino en la política en general, pero en él puede leerse un pasaje tan curioso como desconocido sobre su reinado: el llamado «escándalo de los navíos», el chasco que se llevó don Fernando cuando compró cinco bajeles al imperio ruso que al llegar a puerto español hacían aguas por todos lados –y que el mandatario y sus ministros ocultaron a la opinión pública, como es bien acostumbrado entre políticos tanto en tiempos pasados con en la más candente actualidad–; una estafa rusa en toda regla al gran imperio español que había luchado contra las tropas napoleónicas. El ensayo es obra del célebre divulgador histórico Alfred López (responsable del blog «Ya está el listo que todo lo sabe»), aquí tenéis el link para adquirirlo: http://almuzaralibros.com/fichalibro.php?libro=4443

–Y en 2018, Tusquets Editores, del Grupo Planeta, publicaba una monumental monografía del monarca absolutista: Fernando VII. Un rey deseado y detestado, del historiador Emilio La Parra, que mereció el XXX Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. Más densa y voluminosa que la de González Duro, no obstante es una biografía minuciosamente contrastada y documentada, plagada de fuentes, citas y documentos en muchos casos consultados por vez primera por el autor tras permanecer en el olvido durante siglos en archivos y bibliotecas varias, privándonos a los curiosos y a los historiadores de datos de no poca relevancia para entender el contexto de su época y de la propia figura borbónica.

Y ya vamos a la entrada en sí, que mira que me gusta enredar, como los viejos cortesanos: los escarceos amorosos del Rey Felón y sus escandalosos asuntos de alcoba. Por cierto, en relación a este punto y con un toque sensacionalista que hoy podríamos tildar de «retro» (por antiguo) o de «pionero», según se mire, por la fecha, es una de las joyas de mi biblioteca regia, el libro Las mujeres de Fernando VII, del Marqués de Villa-Urrutia, una joya publicada en Madrid en 1925 –dejo foto–. Si aún sois capaces de adquirirlo, y a un precio razonable, no me lo pensaría. Es un incunable.

Un rey Felón, y «Biendotado»

Ya he comentado que no vamos a entrar aquí en lo que hizo mal este Borbón, que fue mucho –y ahora que la dinastía en nuestro país no pasa precisamente por su mejor momento– pero sí en que demostró una gran virilidad para con el  sexo opuesto, al menos cuando aprendió a relacionarse con las mujeres, que no fue pronto ni de forma espontánea.

Fernando fue casado en primeras nupcias, a riesgo de malformaciones endogámicas tan propias de los soberanos, con su primera hermana María Antonia de Borbón Dos Sicilias, y cuentan que en su noche de bodas, cuando ambos contrayentes contaban casi 18 primaveras y estaban en el punto álgido de su juventud, el hijo de Carlos IV era un auténtico lego en técnicas amatorias; tanto, que no sabía qué hacer en el lecho, aparte de observar anonadado el cuerpo desnudo de su joven esposa y de manosearle reiteradamente, como dijo algún que otro cronista malicioso, «los turgentes pechos», que al parecer lamió con entusiasmo antes de sentarse y ponerse «a bordar zapatillas» que parece que era su hobby favorito (aunque este punto apesta a apócrifo).

Fernando VII (Wikimedia Commons)

En las noches siguientes, Fernando, estupefacto y con un ardor cada vez más incontrolable, seguía sin saber qué hacer y así estuvo al parecer varios meses hasta el punto de que su suegra, María Carolina de Austria –nada menos que hermana de la malograda María Antonieta– escribía en una carta a su embajador en Madrid, Santo Teodoro, sin escatimar en improperios, que: «Mi hija es completamente desgraciada. Un marido tonto, ocioso, mentiroso, envilecido, solapado y ni siquiera hombre físicamente (…)».

Más claro, agua. El tema llegó a tal punto que el confesor del príncipe de Asturias tomó cartas en el asunto y Fernando y el asunto de su alcoba eran el hazmerreír de las cortes europeas. Por fin, más o menos un año después del casamiento concertado, el joven e inepto soberano supo cuál era su cometido y dónde se encontraba la meta. Pero a pesar de conocer ya las mieles del amor conyugal, la vida de María Antonia de Borbón no era ni mucho menos fácil, pues la envidia de su suegra, María Luisa de Parma, amiga de Goya, de Godoy y de otros tantos cortesanos, hizo que la italiana permaneciera en un estado de semiencierro.

María Antonia de Borbón

Así, la desdichada llegó a escribir en una misiva que aún se conserva, para alegría de los divulgadores de la anécdota histórica, lo siguiente: «Aquí para todo hay que pedir permiso, para salir, para comer, para tener un maestro… creo que hasta para ponerme una lavativa tengo que pedir permiso». El odio era mutuo, pero no obstante la de Parma no tuvo que lidiar mucho tiempo con su nuera, pues en 1806 la princesa de Asturias fallecía a causa de la tisis, con tan solo 21 años.

Entretanto, el no muy compungido marido, Fernando, le había cogido gusto a eso del sexo y a su regreso a Madrid tras su exilio francés mantuvo relaciones con varias mujeres; parece ser que le encantaban las de «mala vida», como gustaban en llamar a las prostitutas en aquel tiempo, a las que perseguía acompañado de sus amigos de juventud oculto tras una capa cuando salía por las noches de palacio, recordando los devaneos de Felipe IV en el Madrid del Siglo de Oro, también embozado.

Entre bebidas espirituosas y cánticos tabernarios el grupo solía acabar en una mancebía una noche sí y otra también –que Tyrion Lannister ha tenido buenos maestros en la realidad histórica–, por lo general en la llamada casa de Pepa la Malagueña. Entonces, como si de adolescentes se tratara, parece que gustaban de enseñarse el miembro viril para ver quién lo tenía de mayor tamaño. Y es que parece que el mal llamado «el Deseado», bien podría haber sido tildado, al menos en lo que al tema se refiere, como «el Biendotado», pues la naturaleza regaló al monarca de la España revolucionaria un miembro de importantes dimensiones. Por eso no le importaba jugar a mostrarlo en público. Con los años, según las crónicas y avisos de la época, Fernando se hizo fabricar una almohadilla especial con un agujero en el centro para poder penetrar a María Cristina, su cuarta y última esposa, sin provocarle desgarros.

Mérimée

Y es que el escritor galo Prosper Mérimée, que viajaba con asiduidad a España por aquel entonces –y eso que las relaciones entre ambos países no eran lo que se dice muy amistosas–, contaba que el pene del monarca era «fino como una barra de lacre en su base y tan gordo como el puño en su extremidad»; casi una aberración, vamos, aunque grande.

Jactancioso y promiscuo

Aunque ya sabemos que Fernando tardó en ser un «semental», y además algo torpe, mantuvo numerosas aventuras con meretrices y todo tipo de amantes, entre ellas sonadas visitas a una viuda en Aranjuez y a los brazos de una moza en Sacedón. Algún que otro cronista pone en su boca estas palabras, dirigidas a alguno de sus amigotes nobles, bastante repelentes de ser ciertas, cosa que nunca sabremos: «Salen de mi alcoba seguras de que ningún hombre podrá darles el goce que han tenido conmigo. ¿Y sabes que es lo que más me gusta después del placer de poseerlas?, pues coleccionar los trapos en los que han dejado la prueba de su doncellez. Quizá este pasaje inspiró al genial Berlanga su personaje del Marqués de Leguineche (interpretado por Luis Escobar Kirkpatrick), devoto coleccionista de bello púbico, una pasión fetichista –y asquerosa– que parece encandiló también a Lord Byron.

Pero no me desviaré –una vez más– del tema principal. Como los asuntos de Estado tienen su peso, al no tener heredero, en 1816 Fernando se casó con la portuguesa Isabel de Braganza, de 19 años, poco agraciada físicamente «y que ni siquiera aportó dote». La pobre no pudo competir con las manolas y meretrices de taberna y murió apenas dos años después a causa de una malograda cesárea.

Isabel de Braganza (Wikimedia Commons)

Que venga la cigüeña

Fernando tenía ya 35 años, muy maltrechos por sus excesos nocturnos en época de precariedad sanitaria, y seguía sin heredero para la Corona. Así, decidió –o decidieron los suyos, más bien– pedir la mano de María Josefa de Sajonia, de tan solo 16. Hoy, por supuesto, habría sido tachado de depravado y pederasta, pero eran otros tiempos. En la noche de bodas, nuevamente, tuvo lugar una curiosa escena digna de la mejor obra satírica, o del peor de los cuentos de terror posmoderno: la joven esposa se negaba a entregarse carnalmente a su marido, que ya peinaba canas y sabía qué había que hacer debajo de las sábanas, quedándose con un buen calentón.

Ante la insistencia de éste de la necesidad de realizar el acto sexual para concebir un heredero, la inocente María Josefa le espetó que estaba indignada ante tamaño engaño, pues todo el mundo sabe «que a los niños los trae la cigüeña». Fernando hizo oídos sordos, siguió a lo suyo como buen zoquete y la pobre adolescente se meo encima, empapando al soberano, que salió de la alcoba gritando improperios por todo palacio por aquella improvisada y húmeda performance.

La situación continuó hasta que la joven María Josefa recibió una misiva del mismísimo Papa de Roma en la que éste le recordaba sus deberes conyugales y la necesidad de consumar el matrimonio. Ella, tan devota como frígida, se entregó desde entonces a los brazos de Fernando. Eso sí, no sin antes haber rezado religiosamente el rosario. Murió diez años después, sin darle al rey, una vez más, el ansiado heredero.

Cuarto y último asalto

Por ello, Fernando VII volvió a casarte ¡por cuarta vez!, ahora sí, con María Cristina de Borbón Dos Sicilias, la misma para la que preparó su singular almohadilla, que contaba 23 primaveras frente a las 45 decadentes de él. Entre problemas políticos cada vez más acuciantes para la nación, llegó el ansiado heredero: una niña, Isabel, por la que Fernando derogaría la llamada Ley Sálica y daría inicio, con el consiguiente enfado de su hermano y legítimo ascendiente al trono –según la legislación anterior, por lo que no era tan legítimo– Carlos María Isidro, a las guerras carlistas, una verdadera sangría premonitoria de lo que vendría en la Guerra Civil Española.

María Cristina

El personaje de María Cristina es poliédrico y muy interesante, a pesar de haber sido medido también por la injusta vara del chismorreo y el rumor malintencionado, tan querido de la villa y corte, por lo que lo más conocido de su persona fue el hecho de casarse tras la muerte de Fernando con un guardia de corps de nombre Fernando Muñoz tras haber asumido la regencia durante la minoría de edad de la Niña Bonita. Pero María Cristina mostró muchas más facetas y tenía una personalidad bastante más compleja. Para una visión más global y detallada de lo que realmente hizo, lejos de la anécdota histórica de este pasaje, el de una mujer que gobernó «contraviniendo la imagen de una reina piadosa, honrada y sumisa», recomiendo el libro que ha editado recientemente Ariel, María Cristina, Reina Gobernadora, de la autora Paula Cifuentes, que ya deleitó a los amantes de los enredos palaciegos con trabajos anteriores como Tiempo de Bastardos, una novela sobre Beatriz de Portugal que fue finalista del Premio de Novela Histórica 2007.

Para los que queráis ahondar en la pasión sexual desenfrenada de los Borbones y otros entretenimientos regios, con más pretensión de disfrutar que de acumular conocimientos académicos, podéis acercaros al nuevo y desternillante libro del periodista cultural del diario ABC César Cervera: Los Borbones y sus locuras, que acaba de publicar una de mis editoriales favoritas, La Esfera de los Libros.

Corto y cierro.

Óscar Herradón ©