Demonios de Babilonia (III)

10 01 2021

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

Óscar Herradón ©

La Torre de Babel (Pieter Brueghel el Viejo, 1563)

Algunos exorcismos, para hacer frente de manera efectiva y puntual a los males más temibles, fueron desarrollados por los mesopotámicos en interminables «liturgias» de ritos manuales complicados y ritos orales múltiples, prolongados y solemnes. Existía, por ejemplo, la famosa ceremonia conocida como surpu, «combustió», debida a su rito central, contra las intervenciones de una «fuerza malvada», bastante misteriosa a ojos del hombre moderno, y cuyo nombre era «Perjurio» –Mamítu en acadio–. La persona del Rey solía ser objeto de múltiples exorcismos, de acuerdo a sus responsabilidades y los peligros sobrenaturales que –creían– lo amenazaban. Aunque el tiempo de ese «culto sacramental» no estaba determinado –a diferencia de otras ceremonias– por un calendario litúrgico regular, mediante complicados cálculos de los que los expertos lo ignoran casi todo y mediante el recurso a la adivinación deductiva –astrología y cronomancia– se estableció la existencia, según la posición de los astros, de «momentos propicios» –adannu– para que los exorcismos pudieran llevarse a buen término. Aún así, eran expresamente previstos ciertos «exorcismos de sustitución» para el caso de que no diese el resultado esperado una primera operación ritual.

Los siete sabios

Enki

La mitología mesopotámica es rica, variada y compleja –de la que hemos perdido, además, mucha información–, por lo tanto, difícil, por no decir imposible, de condensar en un solo artículo. Entre sus numerosos mitos cosmogónicos, uno de los más destacados es el de los Apkallu, «dioses-gigantes» a los que hace alusión incluso el Antiguo Testamento. Según la mitología mesopotámica, éstos eran los Siete Sabios anteriores al Diluvio –otro mito común en las antiguas civilizaciones–, unos personajes míticos, monstruosos y gigantescos que supuestamente sirvieron como sacerdotes de Enki y como asesores de los primeros «reyes» o gobernantes antediluvianos de Sumer. Fueron los responsables de brindar a la humanidad los Me –poderes mágicos o morales–, así como la artesanía y las artes. Se los representaba como hombres-pez o tritones que salieron del agua dulce Apsu, aunque también existen representaciones muy antiguas en las que aparecen con alas, así como cabeza humana o de águila. Se creía que Oannes, creador de las leyes y la civilización babilónica, era uno de ellos.

En otros textos, los Siete Sabios figuran como criaturas que emergieron de los ríos y son aquellos «quienes aseguran el buen funcionamiento de los planes del Cielo y de la Tierra». Serían los Nephilim, que engendraron a unos héroes que más tarde fueros divinizados: los Inim sumerios o los Elohim y Refaim de las culturas semítico-cananea y ugarítica.

Nephilim (El Bosco)

En el Génesis se alude a ellos en estos versículos: «Había gigantes en la tierra aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre».

En la Biblia, los Nephilim son comparados vagamente con los habitantes de Canaán –antigua región de Asia Occidental, situada entre el Mediterráneo y el río Jordán, y que abarcaba parte de la franja sirio-fenicia conocida como el Creciente fértil–, pero a día de hoy existen numerosos mitos que se complementan –o se contradicen– con de estos enigmáticos «seres».

Pazuzu y Lamashtu

Entre los más célebres entes sobrenaturales del panteón mesopotámico tenemos a Pazuzu, príncipe de los demonios del viento, que se hizo célebre por su aparición en la mítica película El Exorcista de William Friedkin, bien conocido entre sumerios, acadios y asirios, inspirado en la figurilla que se guarda en el Museo del Louvre, del primer milenio antes de Cristo, hallada en Irak. Pazuzu traía el viento del suroeste con el que venían tormentas, plagas de langostas y enfermedades –peste, delirios y fiebres–. Entre los sumerios, era uno de los Siete Demonios Malvados, invocado para que hiciera volver a los infiernos a otros demonios malvados. En la parte trasera de la citada estatuilla se encuentra la siguiente inscripción: «Soy Pazuzu, hijo de Anu –Hanbi–, soy rey de los demonios del aire que desciende con fuerza de las montañas haciendo estragos».

Solía ser representado con cuerpo de hombre, cabeza de león o perro, cuernos de cabra en la frente, garras de ave en lugar de pies, dos pares de alas de águila en cruz, cola de escorpión y pene con forma de serpiente. Su mano derecha aparece hacia arriba y la izquierda hacia abajo, simbolizando la vida y la muerte.

Curiosamente, era el único capaz de detener a su enemiga y consorte, la temible Lamashtu o Labartu –Dimme para los sumerios–, una criatura, vampiresa de alta alcurnia y origen divino, que se alimenta de la sangre de hombres y niños y en ocasiones los devora. Precisamente, en el Louvre se encuentra un amuleto de bronce conocido como Placa de conjuro contra la Lamashtu, confeccionado para no caer enfermo o curar un mal y que se encontró en Irak junto a la figura de Pazuzu.

Lamashtu

Para evitar su acecho, las mujeres lactantes y embarazadas recurrían precisamente al demonio Pazuzu en forma de amuletos –llevándolos colgados del cuello y colocando otros de mayor tamaño en la pared–. Se creía que Lamashtu era la que causaba los abortos tocando siete veces el vientre de las mujeres encintas y la que durante la lactancia chupaba la leche de la madre impidiendo que el niño se alimentase: si no lo conseguía, ajaba los pechos de la mujer, dejándolos secos y con los pezones agrietados. Los sacerdotes –ashipu y mashmashu– recurrían a fórmulas mágicas para alejarla, como realizar una figurilla de Lamashtu con arcilla y colocarla sobre su víctima durante tres días. Para completarlo, según el investigador Javier Arries, «Dentro de un brasero de cenizas se guardará un cuchillo. El último día al ponerse el sol la imagen debe ser rota con el cuchillo. Los trozos deben ser enterrados en lo más oscuro de la pared».





Prisiones siniestras de la historia (II)

24 12 2020

En el siguiente post, realizamos un recorrido, desde la antigüedad a nuestros desconcertantes días, por los presidios y mazmorras más temibles erigidas por el hombre para el hombre. Algunas están impregnadas por la siempre presente huella de la leyenda, por lo general trágica, pero el misterio asoma también, cual intruso, cuando visitamos sus celdas, palpamos sus paredes, recorremos, como trasuntos de condenados en vida, sus polvorientos corredores de la muerte.

Por Óscar Herradón ©

(Pexels. Cameron Casey. Free License)

Alcatraz, un infierno de roca

En 1934 Alcatraz se convirtió en una cárcel federal, la más segura de Estados Unidos durante tres décadas, alcanzado una terrible fama, siendo pronto conocida como La Roca. La pequeña isla, situada en medio de la bahía de San Francisco, California. La isla fue descubierta por el español Juan Manuel de Ayala en 1775, quien la bautizó como «la Isla de los Alcatraces». 

Su solo nombre ya evoca imágenes terribles, un lugar inclemente en el que serían encerrados los delincuentes más peligrosos de Norteamérica. Sus guardias fueron seleccionados meticulosamente, eran los más duros e inclementes del país, a la altura de los reos, o peor. Los prisioneros solo podían recibir una visita al mes –si el alcaide daba el visto bueno– y las celdas medían 1,5 por 2,75 metros, una auténtica jaula de 9 hectáreas en la Costa Oeste.

En 1400 una leyenda de los nativos americanos afirmaba que la isla estaba habitada por espíritus malignos, y lo cierto es que desde que se abrieron sus puertas los funcionarios hablaban de extraños sucesos, sobre todo cuando, tras torturas que aunque fueron negadas por las autoridades de la época, casi con seguridad tuvieron lugar en sus celdas, muchos prisioneros intentaron suicidarse. La prisión parecía estar maldita. Precisamente una serie de 2012 de J.J. Abrams, el visionario creador de Perdidos y la última trilogía de Star Wars, y titulada Alcatraz, utiliza como telón de fondo la Roca para una trama llena de misterios y episodios entre lo fantástico y lo parapsicológico en la línea de sus series anteriores. Sin duda, al realizador no se le escapó el aura de malditismo que desde hace décadas rodea a esta isla-prisión.

Varios testigos aseguran que un viejo faro que fue construido en la isla en 1854, y derribado tras ser dañada su estructura en el terremoto que tuvo lugar en 1906, suele aparecerse de forma repentina, en noches donde la niebla se erige en protagonista, aparición acompañada de un extraño silbido y de una luz verdosa –¿la del antiguo faro?– centelleante.

En el conocido como «Cuarto del Lavadero», donde al parecer fue asesinado un preso conocido como “el carnicero”, los guardias de antaño afirmaban que ocasionalmente emanaba un fuerte olor a humo, como si algo estuviera ardiendo en el interior de la estancia, pero sin dejar rastro alguno a los pocos minutos.

También hay testimonios que aseguran que se aparece el espectro de Robert Franklin Stroud, conocido como “el hombre pájaro”, quien estuvo en Alcatraz más de 50 años, siendo uno de sus presos más célebres. Su apodo le vino por la afición a criar pájaros –llegó a tener más de 300 canarios en su celda–. A pesar de su amor a los animales, Stroud tenía un amplio currículo delictivos salpicado de atracos, robos y asesinatos no exentos de sadismo –entre otros, apuñaló a su hermano hasta la muerte–. Stroud falleció en un hospital penitenciario el 21 de noviembre de 1963. Cuentan que cuando le viene en gana, se aparece sentado en la cama de su celda, estancia en la que también suelen “escucharse” sonidos extraños.

Stroud

Sin duda, el “inquilino” más célebre de la Roca fue el gángster por antonomasia, Al Capone, que ingresó en la Roca por sus múltiples delitos –delitos que le costó demostrar a su eterno antagonista, Elliot Ness– en agosto de 1934, siendo el preso número 85 de Alcatraz. En un primer lugar había sido encarcelado en la prisión de Atlanta, pero desde aquel lugar, mucho menos temible, era todavía capaz de sobornar y controlar prácticamente todos sus negocios en el exterior, así que fue trasladado al lugar en el que acabaría perdiendo prácticamente la razón apenas unos años después, probablemente a causa de la sífilis, pasando la mayor parte de su reclusión en el hospital de la prisión, donde era vigilado estrictamente, sin contacto posible con el exterior, hasta que, ya muy enfermo, fue liberado el 16 de noviembre de 1939. Arruinado y destrozado física y mentalmente, se recluyó sin contacto con el exterior en su propiedad de Miami Beach (Florida), muriendo de neumonía tras haber sufrido cuatro días ante un derrame cerebral, el 21 de enero de 1947. El rey del hampa moría alejado de la “gloria” de su pasado criminal.

No es extraño que teniendo en cuenta su aura legendaria, su huella se dejase ver tiempo después de su salida de la Roca por sus corredores. La leyenda volvía a estar «viva» y algunos guardias, sin duda marcados por una fuerte sugestión o por el afán de la notoriedad, que tanto mueve a los hombres, afirmaban incluso escucharle –a su fantasma, en todo caso–.

Bloque de Celdas D

El conocido como Bloque D –Cellblock D–, estaba formado por 42 cédulas –celdas– en las que se aplicaban con rigor restricciones a los presos. Las celdas 9 a la 14 eran conocidas por los guardias como «el agujero», por considerarlo la residencia del mal, el lugar reservado para los peores delincuentes. Consistía en celdas de aislamiento: un colchón y cuatro paredes vacías acolchadas. En una de estas estancias, terrible, cuentan que sucedieron extraños fenómenos, como la muerte de un reo que se hallaba en su interior, aislado, y cuyo cuerpo apareció sin vida sin saberse quién o qué pudo asesinarle. Lo encontraron con una expresión de auténtico pavor en su rostro y con marcas de dedos en el cuello; parece que murió por estrangulamiento. La autopsia reveló que era imposible que se hubiese infligido el ahogamiento a sí mismo y ninguno de los carceleros había entrado o salido del «agujero» hasta que fue encontrado.

En el mismo lugar también existen testimonios sobre la presencia fantasmal de un hombre vestido con el traje de presidiario caminando por el vestíbulo. Los médiums que han podido visitar el lugar hablan de resanciones de tortura y experiencias terribles, y los parapsicólogos han corroborado que la temperatura es inexplicablemente unos 20 grados más baja que en el resto del recinto. Equipos de parapsicólogos que han registrado extrañas alteraciones en sus aparatos eléctricos e incluso han grabado psicofonías.

Otro de los lugares más tétricos de la Roca es el hospital. Tras su cierre nunca han cesado de reportase informes sobre misteriosas apariciones. En la actualidad los vigilantes nocturnos hablan de gritos extraños, presos «invisibles» que corren y aseguran incluso que han oído al mítico Capone nada menos que ¡tocando el banyo!

Aunque los informes son imprecisos, se cree que 64 hombres murieron tras estos muros o tratando de escapar –a pesar de que tuvieron lugar algunos intentos espectaculares, hasta 14 intentos a lo largo de su historia–. Las condiciones tan terribles provocaron que se sucedieran los intentos de los reos de autolesionarse o suicidarse. Un caso célebre fue el de un preso que se cortó con un hacha los de dos de una mano y después le dio el arma a otro reo para que le cortara los de la otra. No es fácil creerse esta historia porque dudo mucho que en una prisión de máxima seguridad un reo pudiera hacerse con un hacha así como así…

Eastern State Penitentiary (Filadelfia, EEUU)

Curiosamente, el aura de «prisión encantada» ya atormentaría al propio Capone aún en vida, pero no en Alcatraz, sino en la prisión de Eastern State, en Philadelphia, donde sería encerrado entre 1929 y 1930. Cuenta la historia de esta siniestra prisión, hoy reconvertida en siniestro museo carcelario, que serviría como telón de fondo a la exitosa serie televisiva Prison Break, que Capone era perseguido allí por el fantasma de una de sus víctimas. De ser cierta esta historia, con demasiado olor a leyenda, es posible que el gángster ya empezara a mostrar entonces signos de su futura demencia. No es la única historia fantasmagórica que rodea Eastern State, conocida también como Cherry Hill, pues se habla de otras apariciones y de risas diabólicas que han escuchado incluso aquellos que aún hoy visitan sus ruinosas dependencias, algunas tan célebres como el Bloque 12, como por otro lado sucede en prácticamente todas las cárceles estadounidenses en las que se practicaba la pena de muerte.

Actualmente, es uno de los mayores atractivos turísticos de la ciudad y sitio histórico administrado por el Servicio de Parques Nacionales como parte del Parque Nacional Golden Gate.

Los Plomos de Venecia

Es una prisión harto conocida, pero no por ello hay que prescindir de citarla en este post, por el aura de leyenda y misterio que la envuelve desde tiempos medievales: los popularmente llamados Plomos de Venecia. El Palacio Ducal de la ciudad de los canales, de estilo gótico, fue residencia de los dux de la ciudad, siendo a su vez sede del gobierno y prisión, una prisión por lo demás bastante siniestra durante siglos.

Su preso más célebre fue Giacomo Casanova, eterno conquistador y caradura, ingenioso escritor y talentoso maestro en las artes del engaño, que viajó de corte en corte y tuvo una existencia apasionante. Aparte de ser uno de sus más insignes «inquilinos», lo que nos interesa a la sazón es que muchos testigos afirman que el «espíritu» de Casanova sigue apareciéndose –cuando a él le da la real gana, eso sí, que siempre fue un alma libre–, por las estancias y pasillos del Palacio, causando espanto a aquellos «privilegiados» que se topan con él.

El Penal de Ushuaia

Esta siniestra prisión, conocida como «la cárcel del fin del mundo», se mantuvo en funcionamiento de 1904 a 1947. Su nombre se debe a la lejana ubicación en que fue erigida, en la ciudad argentina de Ushuaia, la región más austral del planeta, donde el aislamiento y las extremas condiciones climatológicas convertían el penal en un auténtico infierno de rejas alejado de la civilización.

Estaba formado por cinco pabellones principales que alojaban a 540 presidiarios, custodiados por 250 personas; 380 calabozos con muros de roca de 60 cm de grosor. A pesar de las durísimas condiciones, parece ser que los presos recibían educación primaria y una retribución por los trabajos realizados, algo impensables en otros de los infiernos de piedra de los que hemos hablado. E incluso formaron una banda de música.

Actualmente la prisión de Ushuaia se ha convertido en un museo, declarado Monumento Histórico Nacional en 1997, que recuerda a sus visitantes lo que es capaz de hacer el hombre con sus congéneres. Y hay muchas más, cuyos muros algún día traspasaremos, cual entidades oscuras y etéreas, en «Dentro del Pandemónium».

PARA CURIOSEAR UN POCO MÁS:

Tras el éxito cosechado con el libro La vuelta al mundo en 80 cementerios, el autor Fernando Gómez publica también con Ediciones Luciérnaga su nuevo trabajo, que nos viene que ni pintado para la temática de este post: El mundo a través de sus cárceles, un inquietante y tenebroso paseo por los presidios más emblemáticos, algunos de ellos citados en estas líneas: desde la Cárcel Mamerina de Roma o la Prisión de los Plomos de Venecia a la cárcel de Reading, en Inglaterra, la prisión australiana de Port Arthur o la siempre sugerente Alcatraz, «la Roca», que preside la sugerente portada del ensayo que podéis ver bajo estas líneas. En tiempos de confinamiento forzoso, no esta mal ver cómo han malvivido los reos, por muy temibles o despreciables que fueran, de un rincón al otro de este planeta (in)humano.





La conspiración contra Einstein (I)

23 12 2020

Existen pocos personajes que trasciendan su tiempo y despierten tantas pasiones y controversias como Albert Einstein. Sus descubrimientos continúan hoy revelando posibilidades científicas asombrosas, muy adelantadas a su tiempo y a los postulados teóricos de sus colegas, a los que dejó abrumados, pero una amalgama cada vez mayor de detractores se empeña en desmontar sus teorías y en deslegitimar la más importante de todas, base de numerosos descubrimientos, la de la Relatividad. Obligado a exiliarse a EEUU por el ascenso del nazismo, la fiebre anticomunista lo convirtió en una figura incómoda para el establishment y el FBI de J. Edgar Hoover lo consideró el enemigo público número uno.

Óscar Herradón ©

No vamos a realizar un recorrido por la física cuántica, la teoría de cuerdas o los saltos en el tiempo. Menos conocida que su faceta científica y divulgativa que le condujo al Nobel, pero igual de apasionante, fue su papel como defensor de causas que muchos creían perdidas en un tiempo, los años 40, y en un país, Estados Unidos, que era entonces azote de minorías, obsesionado con la infiltración comunista y el enemigo silencioso, el mismo que llevaría a cabo la «Caza de Brujas» del senador McCarthy y pondría entre las cuerdas, en los sesenta, a otras celebridades como Malcolm X, Martin Luther King o John Lennon –todos ellos, por cierto, asesinados–.

El científico alemán de origen judío también sufriría aquel acoso clandestino de las fuerzas de seguridad norteamericanas, y eso que de persecuciones y rechazo racial sabía mucho, pues conoció de primera mano la Alemania nazi.

La historia que vamos a contar en este post habla de servicios secretos, teléfonos pinchados, falsas acusaciones e intereses creados. Habla de complots y campañas de descrédito; de un hombre valiente, sin duda con sus sombras y contradicciones, algunas bastante oscuras, que se vio empujado a actuar en el campo político y en el marco bélico en parte a causa de su gigantesca celebridad y que fue cercado por ella.

Fue en 1983, tres décadas después de la muerte del físico, cuando un profesor de la Universidad Internacional de Florida tuvo acceso a una versión –censurada– del expediente abierto por el FBI contra Einstein, un voluminoso archivo de documentos de nada menos que 1.427 folios. Éstos sirvieron para que el periodista Fred Jerome diese forma en 2003 al revelador trabajo El Expediente Einstein: la guerra secreta de J. Edgar Hoover contra el científico más famoso del mundo. Para poder obtener una versión más completa del expediente que la consultada por el profesor de Florida, Jerome interpuso un pleito judicial contra el Gobierno estadounidense con la ayuda del bufete de abogados especialista en causas civiles Public Citizen Litigation Group. Y lo ganó. Gracias a ello conocemos revelaciones sorprendentes sobre este oscuro episodio de la agencia federal.

Rumbo a Norteamérica

En otoño de 1932, Einstein y su primera esposa, Elsa, abandonaron su casa de campo de Caputh, a las afueras de Berlín, para visitar EE UU: el físico fue invitado para dar clases en el Instituto de Tecnología de California (CalTech). Su idea era pasar allí seis meses al año y después regresar a Berlín, pero pasando primero por Princeton, donde había aceptado también un nombramiento en el Instituto de Estudios Avanzados, que estaba a punto de inaugurarse.

Las ideas pacifistas y cercanas al socialismo de Einstein están muy bien documentadas. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, acababa de regresar a Alemania desde Suiza, y fue uno de los pocos intelectuales que rubricó un manifiesto en contra de las hostilidades, reclamando una unión europea muchas décadas antes de que esta idea siquiera tomase forma y convirtiéndose en personaje non grato por su pacifismo en una época donde el belicismo era el estandarte de la sociedad. Pero Albert no se quedó ahí, en los años siguientes, mientras duraba la situación que estaba desangrando el Viejo Continente, estampó su firma en numerosos manifiestos pacifistas y formó parte de organizaciones que instaban al desarme. Entonces sus acciones tenían mucha más repercusión porque en 1915 había alcanzado ya la fama internacional con la difusión de su celebérrima Teoría de la Relatividad General, tan revolucionaria como urticante para el mundo académico de entonces. Cuando en 1919 las observaciones británicas de un eclipse solar confirmaron sus predicciones sobre la curvatura de la luz, se hizo mundialmente famoso por sus hallazgos y fue idolatrado por la prensa.

Albert Einstein con su primera mujer en Praga

En 1921 recibía el Premio Nobel de Física, tras varias candidaturas previas, pero lo fue por sus contribuciones a la física teórica y sus explicaciones sobre el efecto fotoeléctrico, y no por su Teoría de la Relatividad, ya que al parecer el científico al que se encargó la tarea de evaluarla –en un tiempo en que ésta seguía rodeada de controversia–… ¡no la entendió! y temía correr el riesgo de que más tarde se demostrara errónea.

En la década de los 20 del siglo pasado, hace ahora cien años, quien era ya el científico más famoso del mundo estaba profundamente afectado por el ascenso del fanatismo hitleriano y los ataques contra los judíos. Pero a pesar de su desasosiego, y de que ya había comenzado un éxodo de intelectuales y artistas alemanes, Einstein y Elsa pensaban regresar a Alemania tras su visita a Princeton. Los sucesos posteriores lo harían imposible. Pero su marcha a EE UU no fue ni mucho menos sencilla.

Mientras preparaba su maleta, el 5 de diciembre, el matrimonio recibió una llamada del consulado general de Estados Unidos en Berlín, pidiéndoles que se acercaran para responder a unas preguntas sobre su petición de visado. Einstein intentó eludir la cita, pero ante la insistencia acudió junto a su esposa creyendo que se trataba de un procedimiento rutinario. Sin embargo, se enfrentó a algo muy distinto cuando Raymong Geist –el segundo del cónsul general estadounidense, George S. Messersmith, que estaba fuera de la ciudad–, se encargó de la entrevista. Comenzó preguntándole sobre sus credenciales políticas, si pertenecía a alguna organización –Einstein le aclaró que al grupo pacifista internacional Liga de Resistentes contra la Guerra– y finalmente insistió en si era anarquista o comunista.

Viendo vulnerados sus derechos, Einstein, en una imagen muy alejada del científico manso, despistado y afable con la que pasaría a la posteridad, terriblemente enojado, le gritó a su interlocutor que si aquello se trataba de un interrogatorio y cogiendo su sombrero y su abrigo, antes de marcharse con Elsa, le espetó a Geist: «¿Hace usted esto por propia iniciativa o actúa siguiendo órdenes de arriba?». Sin esperar respuesta, se marchó del consulado.

La Liga de Mujeres Patrióticas

El motivo de aquella inusual entrevista había que buscarla en anteriores viajes de Albert a EE UU durante los cuales realizó no solo ponencias sobre temas científicos, sino también charlas y conferencias en las que dejaba claro su lucha contra el militarismo y sus ideas pacifistas, peligrosas a ojos de la ideología más conservadora y los grupos de derechas, fuertes en el país de las barras y estrellas. Fue entonces cuando el físico se puso en la diana de la Corporación de Mujeres Patrióticas, cuyo lema político era «Por la defensa nacional del hogar contra el sufragio universal, el feminismo y el socialismo».

En 1932, con escasa influencia desde su creación en 1918 por mujeres muy vinculadas a algunas de las grandes fortunas estadounidenses conservadoras, decidieron concentrar sus fuerzas vigilando las puertas del país frente a lo que denominaban «extranjeros indeseables»: comunistas, pacifistas, feministas… En agosto de aquel año, su presidenta y líder, la reaccionaria señora Randolph Frothingham, cuando el instituto que estaba tomando forma en Princeton anunció que Einstein iba a pasar allí un semestre cada año a partir de 1933, envió un retorcido informe al Departamento de Estado en base a la llamada Ley de Exclusión y Deportación de Extranjeros, que prohibía la entrada –o en su caso la permanencia– en EE UU de anarquistas o quienes escribieran, hablaran o, incluso, pensaran como anarquistas.

Ni qué decir tiene que Albert no tenía nada de anarquista, pero aquel informe enviado al Departamento de Estado en forma de misiva era la causa de que el consulado interrogara al científico alemán y más tarde sería uno de los principales elementos acusatorios que conformarían el «Expediente Einstein» confeccionado por el FBI de Hoover.

En el documento remitido por Frothingham se podían leer perlas como que se impidiese su entrada en EE UU porque era «el líder del nuevo pacifismo militante», y aseguraba que el alemán «propugnaba actos de rebelión contra el principio básico de todo gobierno organizado (…)  » La misiva, recogida en el dossier del FBI, llegaba a decir que ni siquiera el mismo Stalin estaba afiliado «a tantas organizaciones anarco-comunistas» como Einstein.

J. Edgar Hoover

Para la Liga de Mujeres Patrióticas, sin embargo, el más grave de todos los pecados cometidos por el físico era su «negación de la religión organizada», y declaraban, movidas por su celo espiritual y patrio, que: «Ese extranjero promueve, con mayor amplitud y más intensidad que cualquier otro revolucionario de la tierra, la confusión y el desorden, la duda y la apostasía (…)», para terminar –recalcaba la señora Frothingham–«ni siquiera sabe inglés», algo que no era del todo cierto, pero tampoco relevante para ser acusado de tan graves delitos.

Confrontación con Washington

En aquel entonces, Einstein, tras conocer la diatriba contra su persona, ya que la presidenta se había encargado de enviar varias copias a la prensa, escribió con afilada ironía en la primera página de la edición del New York Times del 4 de diciembre de 1932 que: «Nunca hasta ahora había conocido por parte del bello sexo una reacción tan enérgica de rechazo de todos los avances, o al menos, de tantos a la vez (…)». Ahora, sin embargo, tras la entrevista-interrogatorio en el consulado norteamericano en Berlín, Albert sabía que debía tomarse más en serio las acusaciones de los extremistas.

Horas después Einstein telefoneó al consulado y amenazó con cancelar su viaje si no se le expedía el visado esa misma tarde. A su vez, Elsa llamó a los corresponsales en Berlín de The New York Times y Associated Press y les informó detalladamente del incidente. Elsa les dijo lo que había comentado su marido –lo que dejaba entrever claras implicaciones políticas–: «¿No sería divertido que no me dejaran entrar? El mundo entero se reiría de Estados Unidos».

Con su segunda esposa, Elsa Lowenthal, a su llegada a EEUU

Aunque esta afirmación pueda parecer prepotente, y lo es, lo cierto es que Einstein era uno de los hombres más populares del ámbito académico y el científico más importante de lo que llevaban de siglo. Las alertas saltaron en Washington y se intentó remediar la situación. No obstante, por entonces ya un amplio grupo consideraba al físico una suerte de antisistema, y además de la Liga de Mujeres Patrióticas, pronto los federales le pondrían en su punto de mira. Asimismo, en el campo científico no despertó menos controversia que en su país natal, y entre otros, el profesor Thomas Jefferson See había atacado públicamente la teoría de la relatividad como «una enloquecida fantasía, una desgracias para nuestra época», ataques y diatribas que han perdurado hasta el día de hoy, incluso con mayor virulencia.

Los problemas de Einstein con los que acabarían asentando las bases del NSDAP y el antisemitismo se remontaba mucho tiempo atrás, nada menos que a comienzos de los años 20. Ya con la amenaza del antisemitismo en el aire y el ascenso de grupos radicales de derechas en la República de Weimar, que acabarían convergiendo en el Partido Nazi, el científico fue el objetivo de numerosos detractores. En 1931 una editorial de Leipzig publicó un libro de ensayos titulado 100 autores contra Eisntein, y al año siguiente, con el NSDAP acariciando el poder en el Reichstag, un general alemán parece ser que le envió una advertencia apuntando que su vida «ya no está garantizada aquí».

Sin duda corría peligro en su propia tierra. Finalmente, Messersmich aprobó el visado al día siguiente y el 12 de enero de 1933 los Einstein ya estaban en California. El 30 de enero de ese mismo año, Adolf Hitler alcanzaba la Cancillería alemana y se instauraba el Tercer Reich. Con la llegada de los nazis al poder, éstos acusaron a Einstein de traición a la patria al haber aceptado un trabajo en EE UU y destruyeron todas sus obras a las puertas de la Universidad de Berlín, la célebre quema de libros de autores proscritos orquestada por Goebbels en la Bebelplatz, una imagen inquisitorial que avecinaba lo que daría de sí aquel régimen totalitario.

Y es que bastante tiempo antes de que el Führer diseñara su Nuevo Orden Mundial, Einstein ya había advertido, cual agudo observador –en una suerte de siniestro vaticinio–, lo que el siglo XX podría esperar del nazismo. Lo hizo en una carta en 1922, apenas dos años después de la fundación del Partido Nazi y tras la muerte de su amigo, el ministro de Exteriores judío de la República de Weimar, Walter Rathenau, a manos de dos oficiales nacionalistas en el marco de una conspiración orquestada por la ultraderecha. Albert escribió a su hermana mayor, Maja: «Aquí se están gestando tiempos oscuros, económica y políticamente, así que estoy contento de poder escapar de todo durante medio año».

Rathenau

Había escrito aquellas líneas desde Kiel, tras mudarse de Berlín cuando la policía advirtió al físico de que él tampoco estaba a salvo. Una marzo de 1933, con Einstein ya a salvo al otro lado del Atlántico, un grupo de hombres de las SS registró y saqueó su casa de Caputh, asegurando que estaban buscando armas ocultas para un levantamiento contra el Tercer Reich. Aunque pueda resultar ridículo, y más teniendo en cuenta el pasado pacifista del científico alemán, lo cierto es que pocos meses después de que Hitler tomase el poder en Alemania, Einstein defendió el uso de la fuerza militar contra él, en una carta a un pacifista belga que le había pedido ayuda para dos objetores de conciencia encarcelados. Un cambio de actitud del científico que despertaría indignadas críticas entre los pacifistas; sin embargo, en vista de la amenaza que suponían los fascismos, el premio Nobel defendió cada vez más resueltamente el uso de la fuerza como única alternativa.

Es probable que la Gestapo sospechara que se estaba gestando un complot, de hecho, no faltaron de ellos en los primeros años del ascenso nazi ni en los siguientes, incluido de parte de sus propias filas del ejército, y aunque los hombres de la policía secreta del Reich no encontraron armas, confiscaron la propiedad, afirmando que «obviamente» iba a ser vendida para financiar actividades antinazis.

En octubre de ese año, Einstein se trasladó a Princeton acompañado de su esposa, Elsa –ya había fracasado su primer matrimonio con Mileva Mariç–, de su hijastra Margot y de su ayudante Helen Dukas. Nunca regresarían a Alemania.

Este post continuará.