Richard Sorge: un espía impecable (II)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Óscar Herradón ©

(Viene de Parte I). Pronto empezaría a trabajar para el Servicio de Inteligencia Ruso. Era abril de 1925 cuando Sorge se alojaba con su esposa en el Hotel Lux. Un mes antes, había ingresado oficialmente en el Partido Comunista Soviético, y en su carnet de militante figuraba el número 0049927, siendo destinado a la División de Inteligencia del Komintern, para trabajar en la Oficina de Organización, el conocido como Orgburó, creado recientemente, sección que se ocupaba de actividades ilegales en el extranjero que pronto contó con una subsección: la Sección de Comunicaciones Internacionales. Su principal tarea consistiría en servir de vínculo entre el comité ejecutivo del Komintern y los partidos comunistas en el extranjero.

Gran mujeriego y bebedor empedernido –al igual que otro de los grandes espías de la guerra, Eddie Chapman–, Sorge se fue alejando cada vez más de su mujer, que se sentía terriblemente sola y aislada en una sociedad como la soviética, lo que provocó que decidiera marcharse de Moscú, quedando su esposo libre para entregarse a todo tipo de excesos y, sobre todo, a la causa ideológica que constituía su razón de ser.

Con frecuencia, los informes que guarda la policía de un país sobre él, varían con los que obran en poder de otra policía, sobre todo en lo referente a sus viajes y a la naturaleza de sus «trabajos». No debemos de olvidar que un espía siempre intenta dejar el menor rastro posible de sus acciones. Así, no se ponen de acuerdo los historiadores acerca de su «misión» a los países escandinavos, pues existen varias versiones de dónde se encontraba en esos momentos.

Sorge y el químico Erich Correns en 1915

Estuviera donde estuviese, en julio de 1928 se hallaba presente en el Sexto Congreso Mundial del Komintern, del que Stalin saldría, en medio de una lucha feroz para suceder a Lenin, el triunfador absoluto. Entonces Sorge recibió instrucciones de viajar a Inglaterra. En las islas, el agente alemán visitó las zonas mineras y tuvo ocasión de descubrir la magnitud del impacto generado por la crisis económica de 1929 que en Alemania aprovecharía el NSDAP para hacerse mucho más fuerte.

Rumbo al gigante asiático

Fue entonces cuando surgió el descontento de Sorge con sus jefes, puesto que el Komintern había sufrido una fuerte remodelación que trajo consigo el apartamiento de casi todos los miembros extranjeros del Partido, convirtiéndose en un kaltgestellt, un miembro «congelado», lo que implicaba prácticamente encontrarse sin empleo y sin salario. Adaptado a la nueva situación, pues no le quedó más remedio, el agente se preparó minuciosamente para un difícil misión secreta en China, bajo el control del Cuarto Buró, que formaba parte de una ofensiva secreta en el Lejano Oriente.

Una victoria revolucionaria en China minaría las bases de la economía de los países capitalistas, que, según creían, perderían el suministro de productos imprescindibles que obtenían en sus colonias. La misión del agente sería estudiar la situación en China, las relaciones con Japón –tan tensas que estaban al borde de la guerra– y la efectividad de la infiltración comunista en aquellas extensas regiones.

Berzin

Su primera reunión giró en torno al espionaje político y durante sesiones posteriores finalmente Sorge fue destinado a China, siendo totalmente independiente de la disciplina del Komintern, dejando de tener contacto con las células del Partido por el peligro que corría de ser descubierto. El Cuarto Buró, dirigido por el general Jan Karlovich Berzin, tenía como misión crear redes de espionaje en países extranjeros, le dio un nuevo nombre en clave, «Ramsay», y fue aleccionado por los mayores expertos del servicio secreto y por especialistas de la Sección del Lejano Oriente.

Su superior en aquella misión era Borovich, un judío soviético, antiguo comisario en la guerra civil rusa, cuyo nombre en clave era «Alex». Los biógrafos de Sorge, Deakin y Storry, apuntan que éste «…tenía que concentrar las encuestas en la estructura político-  social del gobierno de Chiang Kai-chek, con sede en Nanking, en particular sobre su fuerza militar (…) sobre la política de Gran Bretaña y los Estados Unidos en China y, de forma general, tenía que informar sobre la agricultura e industrias chinas», aunque la misión fundamental era la de «estudiar los recursos y política del gobierno de Chiang».

Sorge fue adiestrado en el manejo de la radio y de las claves para transmitir, aunque en dicha tarea sería ayudado por un operador con el que se encontraría en Berlín: Seber Weingarten o Weingart. El agente partió de Moscú rumbo a la capital alemana en noviembre de 1929. Allí estaría a su disposición un pasaporte del gobierno alemán, completamente legal y a su nombre. Se haría pasar por escritor y periodista independiente y así entró en contacto con una revista de sociología y un periódico especializado en agricultura, el Getreide Zeitung, con el que llegó a un acuerdo para enviarles artículos desde Asia.

Shanghái hacia 1930

En Berlín se reunió con Weingart y con un misterioso personaje de nombre «Alex», no el anteriormente citado Borovich, sino un agente experimentado que cargaría con la responsabilidad de la misión china y que sería el superior de Sorge. Los tres hombres desembarcaron en Shanghái en enero de 1930. Aunque no se conocen muy bien los movimientos de Sorge durante sus primeros meses allí, parece que a los siete días de su llegada se personó en el consulado general alemán, entregando la carta de recomendación y manifestando su intención de estudiar la situación agrícola china y escribir artículos que enviaría a Europa. No despertó ninguna sospecha. Se alojó en un humilde apartamento de un barrio retirado y apenas salía del domicilio. Hasta que el 9 de mayo se trasladó a Cantón, donde estuvo cinco meses y realizó varios viajes de investigación por el sur del gigante asiático cuyo cometido era, realmente, el espionaje.

Realizaba su trabajo de recopilación precisa de información para Moscú cuando recibió la orden de regresar de inmediato a Shanghái. Allí conoció a la escritora norteamericana de izquierdas Agenes Smedley, corresponsal en la ciudad del Frankfurter Zeitung, una revolucionaria con numerosos contactos en los herméticos círculos comunistas chinos. Una vez que estuvo seguro de que no se trataba de una espía, le pidió que le ayudase a crear una pequeña red y ésta le puso en contacto con el periodista japonés Ozaki Hotsumi, corresponsal en China del diario Asahi de Osaka, también izquierdista.

La librería Zeitgeist: punto de encuentro

El punto de reunión de europeos y asiáticos simpatizantes del comunismo, así como lugar de transmisión de mensajes secretos y depósito clandestino de correos y documentos era la librería Zeitgeist, que dirigía la señora Irena Wiedemeyer, lugar donde Sorge haría varios contactos que le pasarían información importante.

El ambiente se volvió más peligroso tras el enfrentamiento en Shanghái, el 28 de enero de 1932, entre la guarnición naval japonesa y el Decimonoveno Ejército chino. En aquel momento, Sorge informaba a Moscú que resultaba imposible discernir si los nipones presionarían hacia el Norte, con dirección a Siberia –algo que obligaría a la URSS a intervenir– o hacia el sur, con dirección a China. Descubrir cuáles era los verdaderos objetivos de los japoneses, y estudiar a su vez sus tácticas militares, serían la prioridad: «Pude ver las posiciones defensivas chinas, la aviación japonesas y la infantería de marina en acción (…)».

Gracias a la labor de Osaki obtuvo otros informes, como noticias secretas sobre el régimen de Chiang Kai Chek o los sentimientos anti-japoneses de los comerciantes chinos–; otras fuentes de documentación eran los contactos con periodistas, con comerciantes alemanes, los asesores militares y los funcionarios consulares, documentación secreta que Sorge enviaba a Moscú y que habría de caracterizar notablemente la actitud del Komintern hacia el Partido Comunista Chino.

Después de pasar tres largos años en China, durante los cuales realizó una importante labor de espionaje que satisfizo a los altos cargos del Cuarto Buró, consiguiendo reunir información, incluso, de la industria de armamentos y obtener la heliografía del arsenal de Nanking, además de granjearse gran prestigio como periodista, dejó Shanghái en diciembre de 1932. Había sido reclamado desde Moscú. Instalado en el Hotel Novaya Moskva, cuando se reunió con sus superiores éstos ya le habían designado una nueva misión. Pero antes, debió responder a numerosos interrogatorios del Cuarto Buró, conversando igualmente con representantes del Ministerio de Asuntos Exteriores y del GPU (Directorio Político Unificado del Estado, más tarde conocido como OGPU).

Le preguntaron también si tenía alguna preferencia a la hora de elegir el nuevo país en el que debía actuar. Al parecer, el espía, que había realizado un viaje a Japón durante su estancia en Asia que le había impresionado, señaló que no le importaría viajar hasta Tokio. Aquello marcaría su trágico destino.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium»

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957

Los Protocolos de los Sabios de Sión: la farsa que cambió la historia de Europa (I)

Las teorías de la conspiración no son inocuas. Algunas pueden ser muy dañinas, e incluso criminales. En estos tiempos cibernéticos de trolls, foreros de doble identidad, fake-news e información globalizada muchas veces sin control, éstas campan a sus anchas por la Red…

Óscar Herradón ©

…desde las clásicas, algunas con cierto asomo de verdad, pues la conspiración ha existido, existe y existirá siempre mientras el hombre campe sobre la tierra, léase las oscuridades en torno al asesinato de Kennedy, los gobiernos en la sombra o lo que oculta el Vaticano, a otras de nuevo cuño, una mezcolanza de ideas absurdas y pseudoverdades que hablan de que la tierra es plana, la vacuna del Covid contienen metales pesados o que a una pizzería de Washington da cobijo a una oscura red de pederastas satánicos. Puede parecer algo moderno, lo de usar la conspiranoia para cosechar poder y derrocar al adversario, pero lo cierto es que es algo bien antiguo, y unos de los máximos exponentes a la hora de utilizar falsas historias para sacar rédito político fueron los nazis, desde sus misma configuración ideológica.

Leyes de Núremberg

Una de las bases de su ideario (y semilla de lo que con el tiempo acabaría tomando la siniestra forma de la Shoa), fue un texto envenenado con rimbombante título que algunos vuelven a reivindicar hoy en las RRSS como «la verdad» en lo que no es sino una reavivación de viejos y retorcidos fantasmas. 

Los orígenes de estas actas bautizadas como Los Protocolos de los Sabios de Sión son oscuros y dudosos; existen mil y una teorías sobre el mismo pero estudiosos de la talla de Norman Cohn, que en los años sesenta llevó a cabo la más minuciosa investigación sobre su origen y difusión a través del análisis de miles de documentos y de numerosas entrevistas a miembros de las SS y a antiguos nazis (fruto de la cual nació su trabajo El mito de la conspiración judía mundial), han contribuido a arrojar algo de luz sobre su forja e inusitado éxito posterior, rodeados, no obstante, insisto, de múltiples sombras. Ahora han sido publicados importantes trabajos que recojo al final del artículo.

Cuando los nazis llegaron al poder en 1933 comenzaron a distribuir de forma masiva ejemplares de los envenenados Protocolos, extendiendo su fama por toda Europa; hasta tal punto se desató la alarma que la comunidad judía de Suiza, sintiéndose amenazada, denunció a la dirección de la organización nazi en Berna y en 1935 se inició una investigación sobre la autenticidad o falsedad del texto sobre el que se interesaron periodistas y estudiosos de todo el mundo.

ROSER 1

No fue el primer intento de desvelar el fraude. En 1921, cuando los Protocolos gozaban de gran éxito en Estados Unidos principalmente gracias al multimillonario fabricante de automóviles Henry Ford, virulento antisemita, que se dedicó a divulgarlos, un periodista del rotativo británico The Times, Philip Graves, descubrió en Estambul –o eso afirmaba en una historia digna de una novela de espionaje– la obra Diálogo en el Infierno, de Maurice Joly (uno de los textos seminales de los Protocolos), y la similitud excesiva de la conspiración judía con ésta. Durante tres días seguidos, en agosto de 1921, el diario publicó una serie de artículos en los que informaba, entre otras cosas, que «los Protocolos (…) son solo un torpe fraude producido por un plagiario inconsciente que parafraseó un libro publicado en Bruselas en 1865».

Maurice Joly

Pero aquello no preocupó a los nazis, que siguieron considerando el texto como verídico. Joseph Goebbels, maestro de la contrainformación y la propaganda, llegaría a decir del texto: «Los Protocolos de los sionistas son tan actuales hoy como lo fueron el día en que fueron publicados por primera vez». Palabras cuasi proféticas que hoy cobran notoriedad si tenemos en cuenta que, con matices y actualizaciones, son la base de las nuevas conspiraciones de la ultraderecha populista.

Según las pesquisas –los demandantes obtuvieron las declaraciones de varios emigrados rusos de ideas liberales–, todo apuntaba a que Los Protocolos de los Sabios de Sión habían sido creados por la temible policía secreta zarista, la Okhrana –u Orjana–, tristemente célebre por llevar a cabo brutales interrogatorios y torturas (hacía desaparecer a sospechosos sin dejar huella alguna) que sería la base del NKVD soviético y serviría de fuente de inspiración a la mismísima Gestapo, la policía secreta nazi.

Pero debemos remontarnos tiempo atrás para ver el origen de un texto deliberadamente falseador de la historia que mostraba a los judíos como seres cuasi infernales, integrantes de siniestras organizaciones secretas cuyo cometido era acabar con el mundo conocido e instaurar el judaísmo internacional en todo el orbe, visión apocalíptica que asimilaría profundamente Hitler en su cosmovisión.

Dudosos orígenes

Siguiendo el trabajo de Norman Cohn, parece que la raíz del mito de una conspiración judía mundial, en su forma moderna (no medieval), se la debemos a un clérigo francés, el abate Barruel, que en su alucinada y extensa obra –en cinco volúmenes– Mémoire pour servir a l’histoire der Jacobinisme, presentaba la Revolución Francesa como la culminación de la más secreta de las sociedades secretas. Como en la actualidad afirman muchos conspiracionistas en historias similares, Barruel culpaba a los templarios, cuya Orden –según él– no había sido aniquilada por completo en 1314, sino que había sobrevivido como sociedad secreta cuya misión era abolir las monarquías, derrocar al Papado y fundar una república mundial bajo su control.

Voltaire

La imaginación de Barruel era desbordante y afirmaba que también la masonería estaba controlada por estos conspiradores natos, que habían creado una academia literaria secreta formada por personajes tan notorios como Voltaire, Diderot o D’Alembert y cuyas publicaciones socavaban la moral y la verdadera religión –el catolicismo, claro– de los franceses. Ni qué decir tiene que Barruel incurría en mil y una falacias históricas, la mayoría relacionadas con la masonería, cuya organización y pretensiones no comprendía en absoluto, pero poco le importó.

Ahora sí, los judíos

Sin embargo, aunque el sacerdote francés culpaba a los masones de todos los males, apenas hacía referencia a los judíos. Sería en 1806 cuando un extraño personaje entró en escena y envió un documento al religioso que parece ser la primera de una serie de falsificaciones que culminarían en los Protocolos.

Visión del judío como un ser demoníaco

El documento era una carta escrita por un tal J. B. Simonini, un supuesto oficial del ejército italiano que ponía a Barruel sobre aviso del peligro que suponía la «secta judaica», sin duda, «el poder más formidable, si se tiene en cuenta su gran riqueza y la protección de que goza en casi todos los países europeos». Aquel fue el detonante de una de las mayores falsificaciones, y más dañinas, de la historia moderna.

Edición de Los Protocolos de 1912 con símbolos ocultistas

El tal Simonini afirmaba que en una ocasión se había hecho pasar por judío de nacimiento ante unos poderosos judíos del Piamonte que le mostraron grandes sumas de oro y plata a quienes «abrazaran su causa»; le prometieron además hacerle general si se hacía masón y le revelaron todos sus secretos, como que Manes y el Viejo de la Montaña eran también judíos –lo que era deliberadamente falso– y que la Orden de los francmasones y los Illuminati habían sido fundadas por judíos, una verdadera falacia, ya que en el siglo XVIII los masones eran generalmente hostiles a los judíos y muchas logias no los aceptaban entre sus miembros.

Él solito, Simonini, había «descubierto» que solo en Italia más de 800 eclesiásticos eran judíos, entre ellos obispos y cardenales, al igual que sucedía en España, y que se esperaba que dentro de poco, incluso, hubiese un Pontífice judío. Simonini avisaba del peligro que suponía que en algunos países se hubiera concedido todos los derechos civiles a los judíos (lo que recordaba notablemente a lo que pasaría tiempo después en la Alemania de Hitler) y que éstos acabarían haciéndose con todas las tierras y las propiedades, dejando a los cristianos sin nada.

En menos de un siglo –continuaba el misterioso remitente– los judíos serían los amos del mundo, «convertirían todas las iglesias cristianas en sinagogas y reducirían a los cristianos restantes a un estado de total esclavitud»; además, los judíos aniquilarían a la Casa de Borbón, el último impedimento para alcanzar su objetivo.

Barruel, como era de esperar, dio pábulo al que sería el embrión del mito de la conspiración judeomasónica que tanto daño causaría a partir de entonces. El eclesiástico galo ideó una nueva obra en la que hablaba de una conspiración revolucionaria que duraba siglos, desde Manes hasta los masones, pasando por los templarios medievales y en la que el mismo Napoleón Bonaparte –a sugerencia de Simonini– era también judío, pues debido a la defensa que hizo de los principios de libertad, igualdad y fraternidad, dondequiera que llegó su poder se emancipó a éstos.

Sociedades secretas en Alemania

Durante décadas estas fantasías no tuvieron mucho eco, pero a partir de 1850 reapareció el mito en Alemania como un arma de la extrema derecha en su combate con las nuevas ideologías del liberalismo, la democracia y el secularismo. En ese ambiente, contribuirían a enredar aún más la madeja y a aportar su retorcido granito de arena diversos personajes que fueron haciendo más grande la teoría de la conspiración. Por ejemplo, la novela Biarritz del ex oficial de correos Hermann Goedsche, que firmaba con el pseudónimo Sir John Retcliffe.

Retcliffe

Uno de sus capítulos se titulaba «En el cementerio judío de Praga» que, en el lenguaje romántico de la época, describía una reunión nocturna, secreta, que se celebraba cada siglo en el cementerio de la ciudad checa durante la fiesta de los Tabernáculos. A ella –decían– acudían los doce jefes de las tribus de Israel que se reunían en torno al representante de la casa de Aarón, al que informaban sobre sus actividades subversivas durante el siglo transcurrido y que conspiraban para que Israel volviese a convertirse en dueño absoluto de la Tierra.

El inquietante viejo cementerio judío de Praga

Aquel ejemplo de pura ficción romántica y antisemita comenzó a divulgarse como cierto y sería origen del conocido como «Discurso del Rabino». Curiosamente, serían los antisemitas rusos los primeros en divulgar dicha historia como un episodio real; después lo haría Francia, Alemania… en periódicos y publicaciones vinculados a la extrema derecha y al catolicismo. En 1887, Theodor Fritsch lo publicó en su «catecismo» para agitadores antisemitas, así como diferentes periódicos de Austria. Su carrera de popularidad era ya imparable.

Fritsch

Fritsch dedicaría un capítulo entero a las «sociedades secretas judías» en su Manual de la cuestión judía, que durante el Tercer Reich sería, junto a los Protocolos, texto de cabecera en las escuelas. Un año después de que Goedsche publicara su novela, el francés Gougenot des Mousseaux publicó otro que se consideraría la Biblia del antisemitismo moderno y que vincularía, como en la Edad Media, a los judíos con la adoración a Satanás.

Mousseaux

Mousseaux estaba convencido de que el mundo estaba cayendo en las garras de un misterioso grupo de adoradores del maligno, a quienes llamaba «los judíos de la Cábala», y consideraba este culto maligno como práctica habitual también de los maniqueos, los gnósticos, los Hashshashin, los templarios y los masones. En la línea de Barruel, apuntaba que pretendían la dominación mundial. Mousseaux dejaría el camino abonado para el abate Chauty, canónigo honorario de Poitiers y Angulema, autor de la denominada «Carta de los judíos de Constantinopla». Según ésta, a lo largo de toda la Diáspora habría existido un gobierno judío único y secreto, con un plan inmutable de dominación mundial.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA INDAGAR MUCHO MÁS:

Recientemente, con la reactivación de tamaña farsa en el universo cibernético por grupos extremistas y herederos del viejo nacionalsocialismo, se han publicado nuevos y documentados trabajos sobre el asunto. Uno de los más importantes es Los Protocolos de los Sabios de Sión. Una historia infame, y salió hace apenas unos meses al mercado de mano de una de las editoriales que más cuidan las publicaciones de historia, Marcial Pons.

Su autor es el profesor de la Universidad Carlos III José Ramón Cruz Mundet. Allí dirige el Máster en Archivística. Es, además, Doctor en Historia y experto en gestión de documentos, autor de una extensa bibliografía y responsable de proyectos de digitalización en organizaciones públicas y privadas. Nadie mejor que él para unificar los numerosos textos –algunos incluso dispares– que acabaron dando forma a la conspiración antisemita de los Protocolos y para guiarnos en el rastreo de los antecedentes de una gigantesca conjura que serviría para justificar un odio que perdura todavía hoy bajo distintas formas. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.marcialpons.es/libros/una-historia-infame/9788417945220/

El otro es el último trabajo de uno de los mayores expertos en historia contemporánea y en la Segunda Guerra Mundial, el británico Richard J. Evans y se centra en exclusiva en ese pensamiento tendente a la conjura que invadía toda la ideología nazi y que le serviría para justificar sus atrocidades con los judíos y otras minorías, entre ellos, principalmente, una creencia férrea en el contenido de los Protocolos.

En Hitler y las teorías de la conspiración. El Tercer Reich y la imaginación paranoide, Evans propone una mirada crítica a la era de la «posverdad» en la que los «hechos alternativos» han ido ganando terreno, algo muy similar a lo que sucedió en la Europa de Entreguerras y en la Alemania nazi. Para situarnos en la materia, el autor escoge cinco de las teorías conspirativas más duraderas sobre el Tercer Reich y las analiza con el rigor que le caracteriza para explicar cómo éstas puedes no solo movilizar a las masas, sino instalarse como verdades históricas oficiales de un régimen.

Por supuesto, comienza con la de mayor envergadura, Los Protocolos de los Sabios de Sión, esa supuesta conspiración del pueblo judío para socavar la civilización –y que recuerda, mucho, a discursos actuales sobre el inmigrante y el diferente–; sigue con el mito del «Puñal por la Espalda» (en alemán, Dolchstosslegende), según el cual los socialistas y los judíos fueron los responsables de impulsar al ejército alemán de aceptar la derrota en la Gran Guerra, en base a oscuros intereses creados.

El tercer lugar lo ocupa incendio del Reichstag, que aunque se trató realmente de una operación de «falsa bandera» (fue realmente provocado por los nazis para instalarse en el poder, pero se acusó del mismo al joven comunista Marinus van der Lubbe, drogado y puesto en el lugar de los hechos) estuvo siempre rodeada de un aura de conjura y complot que se instaló con fuerza entre los alemanes.

Otra de las teorías de la conspiración más importantes –y persistentes– es el misterioso vuelo del viceführer Rudolf Hess a Reino Unido en 1941 supuestamente con la intención de firmar la paz con el imperio británico a espaldas (o no) del Führer. Hess permanecería en la prisión alemana de Spandau hasta 1987, año de su (supuesto) suicidio a los 93 años, que levantó todo tipo de interpretaciones y sospechas.

Y finalmente, Evans se centra en el eterno rumor de que Hitler huyó del Führerbunker en 1945, en un Berlín sitiado, y escapó a Sudamérica para vivir el resto de sus días oculto y sin ser juzgado, rumor que impulso por interés estratégico el propio Stalin y el Kremlin y que llegaría a barajar como posible el mismo FBI, que posee un informe en dicho sentido. Evans, con una quirúrgica observación de los hechos, investiga sus orígenes y la causa de su permanencia para demostrar que «la explotación consciente de los mitos y las mentiras con fines políticos no resultan ser una creación del siglo XXI». De hecho, se remontan mucho más atrás de los nazis, hasta la antigüedad, al origen de las civilizaciones y al ansia del hombre por mantener o alcanzar el poder. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-hitler-y-las-teorias-de-la-conspiracion/330637

Jim Morrison. 50 años de su muerte

Se hizo llamar «El Rey Lagarto» y revolucionó la escena musical americana de los años 60. Frontman icónico del grupo multiventas de blues-rock The Doors, personaje multifacético, contradictorio, temerario y autodestructivo, como reza el ideal del buen rockero, vio su final a temprana edad tras una vida rápida de excesos y altibajos, dejando un bonito cadáver –aunque algo pasado de kilos– y engrosando la gloriosa lista del «maldito» Club de los 27. Hoy, 3 de julio de 2021, se cumplen 50 años de su muerte, un final plagado de sombras.

Por Óscar Herradón ©

De él, como de otras glorias del sonido electrizante, se ha dicho de todo –a veces con mayor o menor acierto–, y su muerte, en la bañera de un piso parisiense al parecer de un paro cardíaco, ha hecho correr ríos de tinta durante estos cincuenta años, que se cumplen hoy. Su mito está más vivo que nunca, tornándose en ocasiones en brumosa «leyenda urbana», también en fake-news e incluso en chiste irrisorio. Cosas del mundo globalizado y de las RRSS sin control.  Hay quien afirma que, como Elvis, Morrison sigue vivo, y que fingió su propia muerte para escapar del peso de una fama que no deseaba. Igual que Jesús Gil… pero con más glamour y menos chanchullos.

Eso sí, sus himnos creados a partir de la genialidad mezclada con los efluvios del alcohol, los alucinógenos y el sol abrasador del desierto californiano, siguen sonando con la misma potencia con la que fueron creados y con la que hipnotizaron a su cohorte de seguidores y groupies generación tras generación. Break on through (to the other side), Riders on the Storm, Roadhouse Blues, L.A. Woman, Light My Fire, Tell all the people y un largo etcétera hasta la épica The End.

No voy a contar una vez más la historia de The Doors; el que quiera profundizar en sus álbumes, sus directos, sus giras y mil y un detalles de sus años en lo más alto puede consultar varios libros de reciente aparición muy recomendables que recojo al final del artículo (pido perdón por la extensión, malas costumbres de la prensa escrita y el ensayo histórico que prometo ir puliendo en nuevas entradas).

Jones

En las próximas líneas me centraré en esa «conspiranoia» que rodea a la muerte del carismático vocalista y que, a pesar de que algunas rozan el delirio, una ristra de fanáticos se creen a pies juntillas en tiempos de fake-news y leyendas urbanas, pero otros también mucho antes de la revolución tecnológica. Y es posible que tengan algo de razón… como sucede con las muertes de otros grandes del rock y el pop que se suicidaron… o los suicidaron: Kurt Cobain, Brian Jones, Michael Jackson, Prince, Jimi Hendrix y un largo etcétera.

Bailar pegado con la muerte

Como señala Roberto Caselli en el libro de reciente aparición Jim Morrison. La historia del gran mito del rock a través de los momentos esenciales de su vida y de su carrera, editado por Ma Non Troppo (Redbook Ediciones –más información al final del artículo–), en un capítulo de título «París, el último sobresalto», todavía permanecen muchas preguntas en el aire acerca de los últimos días y horas del Rey Lagarto: «Si el precio a pagar a la fama era tan duro, ¿por qué Jim telefoneó a su manager –desde París– para decirle que tenía grandes ideas para un nuevo disco? ¿Por qué han ido emergiendo verdades tan diferentes sobre su muerte? ¿Se trata de mera especulación para obtener un poco de publicidad, o realmente se quiso esconder algo incómodo? ¿Cuánto hay de verdad acerca de la partida de heroína White China que habría acabado con Jim?».

Sin duda, demasiadas preguntas sin respuesta que quizá se deban solo al ansia por entender cómo un genio musical en la flor de la vida, con apenas 27 años, cifra maldita per se en el circo del rock n’roll, pudo morir de forma tan mundana como en una bañera de un ataque al corazón. Parecía algo banal para una deidad del underground.

Durante casi toda su vida Morrison evocó el sentido trágico de la vida y sus excesos parecían un llamamiento a terminar la suya bruscamente. Sin embargo, a diferencia de otros atormentados músicos, como Kurt Cobain, no mostraba una personalidad suicida –al menos, no habitualmente–, y aunque regaló frases memorables como «Creo que la muerte es amiga del hombre, porque pone fin a ese gran dolor que es la vida», en otras declaraciones evidenciaba un interés más bien metafísico por el momento de la expiración: «No quiero morir durmiendo, o bien de viejo o de sobredosis. Quiero saber qué se siente. Quiero probar la muerte, escucharla, olerla».

Por supuesto, los medios más sensacionalistas –y por ende simplistas– vieron en aquello y en sus reiterados exhibicionismos, en parte fruto de los efluvios del alcohol, del que abusaba de manera temeraria, un llamamiento al suicidio y al final predestinado de otro héroe trágico del rock. Aunque hay muchas diferencias con otros personajes que optaron por el suicidio y cuyas muertes siguen rodeadas también de claroscuros. El propio Cobain, que moriría décadas más tarde para engrosar como Jim el llamado «Club Maldito de los 27», ya narraba en sus diarios, hechos públicos más de una década después de su muerte, que cuando era adolescente se ató en una vía férrea de Aberdeen para ser arrollado por un tren… pero el convoy pasó por la vía paralela.

Graffiti en Tel-Aviv que representa al Club de los 27

No obstante, a Morrison sí le atormentaba el lado inexplicable de la existencia y no estaba feliz con la fama –algo que sí le encandiló en los primeros años–, lo mismo que le sucedía al líder de Nirvana. Caselli señala en el libro editado por Redbook que «Jim estaba cansado de su condición de estrella de rock, el éxito que le había dado dinero, mujeres y visibilidad, pero la carcoma del inexplicable misterio de la existencia seguía royéndole el cerebro e impidiéndole cualquier acercamiento a la serenidad».

Medianoche en París, la ciudad de los excesos

Baudelaire

Fuera cual fuese la razón, su anhelo de seguir los pasos de sus idolatrados poetas simbolistas como Rimbaud o Baudelaire, el hecho de escapar de la popularidad o incluso evitar como temía ser trasladado a prisión –tenía varias causas abiertas y el 1 de marzo de 1969 fue llevado a juicio tras una actuación en la que simuló una masturbación en el Dinner Key Auditorium de Miami–, el caso es que Morrison decidió alejarse de la agitación y la celebridad en París. Y lo hizo cuando aún se estaban realizando los arreglos en posproducción del que sería fatídicamente el último disco de estudio de The Doors, L. A. Woman, algo de lo que se encargaban los otros tres miembros del grupo, principalmente el brillante y multifacético Ray Manzarek.

Otra de las razones de elegir la ciudad de la luz era que su novia, Pamela Courson, que residía allí, le pedía insistentemente que se reuniera con ella. En París, ésta mantenía una estrecha relación –probablemente sentimental y sexual– con un hermético personaje: el conde Jean de Breteuil, que estaría en todos los escenarios de los últimos días de Morrison en este «jodido mundo» al que cantaba con potente voz de barítono el atormentado poeta del caos.

Breteuil era célebre por pasar heroína a todas las bandas inglesas y estadounidenses que hacían escala en París durante sus giras y por aquel entonces era novio nada menos que de la actriz y cantante Marianne Faithfull, quien fuera pareja de Mick Jagger –a quien también proveía de estupefacientes el conde– y cuyos excesos con las drogas son legendarios. Precisamente el pasado año los medios informaban de que Faithfull había cogido el Covid-19, pero en abril de 2020 comunicaron también de que a sus 73 años y con varias patologías previas lo había superado. Una mujer de armas tomar.

The Doors en 1969

Aunque salía con Faithfull, como muchos de sus colegas el conde promulgaba el amor libre y solía verse con otras mujeres sin problema. Pamela sentía al parecer fascinación por el aristócrata, al que se refería como «un francés auténtico», pero lo más probable es que frecuentara su compañía por su adición a la heroína. Su presencia le garantizaba una dosis cuando la necesitaba, que era casi a diario.

En París, Morrison se reunió con Pamela en una suite del exclusivo Hotel George V y también se vio con un viejo amigo y compañero de universidad, Alain Ronay, de origen francés y nacionalizado estadounidense. Jim ya había descubierto un año antes la paz de pasear por la ciudad de la luz, una urbe en la que estaban ausentes los numerosos prejuicios estadounidenses y en la que podía pasar completamente desapercibido, algo imposible en el país de las barras y estrellas dada su enorme fama. Paseaba oculto a los curiosos tras una vetusta barba y una descuidada melena, así como bastantes kilos de más. Parecía más un aficionado a las Chopper que la deseada estrella del rock de los tiempos de la célebre «sesión del león» –The Young lion– , las fotos convertidas en icono del siglo XX tomadas por el fotógrafo Joel Brodsky en Nueva York en 1967. En realidad, apenas cuatro años antes.

En aquel primer viaje, Jim visitó la ciudad junto a su amiga la directora Agnès Varda, fallecida el pasado año y que regaló a los cinéfilos títulos emblemáticos de la Nouvelle vague como Las Criaturas (rodada en 1968), así como documentales sobre movimientos sociales como Black Panthers –también de 1968– o Loin du Vietnam (1967), en plena sangría de la guerra de EE UU contra los vietcongs, situación denunciada también por The Doors en el videoclip de la  canción The Unknown Soldier (El Soldado Desconocido), también del 68, el año que abatieron a Martin Luther King y a Robert Kennedy –otro oscuros episodios históricos de los que me ocuparé en próximas entradas– y en el que los jóvenes soldados estadounidenses caían como moscas en un país situado a miles de kilómetros del suyo.

En la siguiente visita, la que nos ocupa, Jim llegó a París el 11 de marzo de 1971, y tras la breve estancia en el exclusivo hotel George V, se trasladó con Pam a un apartamento más íntimo, el 17 de la Rue Beautreillis, propiedad de su amiga la modelo Elizabeth Larivière. Mientras tanto, al otro lado del charco, Ray Manzarek, Bobby Krieger y John Densmore se encargaban de las mezclas de L. A. Woman. Ray estaba preocupado por su amigo, que les había dado unos cuantos años de sobresaltos, el mismo con el que puso nombre a una de las bandas más emblemáticas de los sesenta en la playa hippie de Venice, en Los Ángeles, en 1965, tomándolo prestado de un ensayo de corte metafísico del visionario escritor británico Aldous Huxley: Las puertas de la percepción.

Por aquel entonces, los medios hablaban continuamente del abandono del grupo por parte del frontman –que él mismo se encargó de anunciar en un momento de auténtica desconfianza, algo que han hecho tantas bandas a lo largo de su etapa de gloria–. Aunque la mayoría estaba convencido de que Jim regresaría, pues los Doors eran lo más grande de su vida, el cineasta y escenógrafo Frank Lisciandro –que en 1969 firmó junto al cantante la rareza fílmica Hwy: An American Pastoral–, sostenía que Jim estaba realmente convencido de dejar la banda y de abandonar Norteamérica para siempre. Acertó. Según él, no había nada que lo retuviera en LA, pues habían cerrado su casa de producción cinematográfica.

Morrison en Hwy: An American Pastoral

Jim llegó a París en condiciones muy precarias, débil e hinchado debido al exceso de alcohol. Además, fumaba compulsivamente, aunque allí parece que se calmó un poco. Pam y él realizaron un viaje que les llevó por la España del tardofranquismo hasta Casablanca y Marrakech. Según sus biógrafos, cuando regresaron a la capital francesa Morrison llegó con mejor aspecto, más casual y menos desaliñado, con mejor salud.

En la ciudad de la luz visitó lo que quedaba del Hashischins Club, el lugar de reunión favorito de Baudelaire y sus colegas, un grupo de artistas dedicado a la exploración de experiencias inducidas con hachís y otras drogas –Morrison era un experto en el tema, y llegó a consumir peyote en el desierto–, al que pertenecieron, entre otros, Victor Hugo, Alejandro Dumas y Honoré de Balzac. Recogía apuntes en su cuaderno, hacía largas visitas al Louvre y por supuesto al cementerio de Perè Lachaise que sería, sin saberlo, su lugar de descanso eterno.

Días extraños

Sin embargo, Jim no dejó de beber ni de fumar desmesuradamente, hasta el punto de empezar a escupir sangre. Extravagancia tras extravagancia –llegó a caerse de la ventana sobre el capó de un coche mientras realizaba «equilibrios»– y alguna que otra escapada, como diez días a Córcega llenos de contrariedades debido a su estado de constante ebriedad, se acercaba a un final anunciado. En junio su salud se resintió gravemente: volvía a presentar sangre en el exudado y visitó de nuevo a un médico que le prohibió terminantemente el alcohol y el tabaco, algo que por supuesto no cumplió.

Morrison y Bill Siddons

Durante un tiempo parecía haberse tranquilizado, salvo por un par de borracheras épicas en las noches parisinas, y entonces tuvo lugar uno de los episodios más controvertidos en relación a su extraño final: un repentino interés por The Doors. Mientras tanto, se había lanzado L. A. Woman, que recibió buenas críticas y en una llamada transcontinental a John Densmore, el cantante se mostró entusiasmado y presto a ponerse a trabajar en nuevo material. No parece que fuera un simple capricho, porque Caselli apunta que después llamó también a su mánager, Bill Siddons, y dijo que tenía en mente un nuevo álbum y que se pondría a escribir canciones lo más pronto posible.

Mientras, Pamela no dejaba de chutarse heroína y Jim se dejó ver en París con su amiga Rory, hija del actor Errol Flynn. Aunque el cantante parecía más centrado y entusiasmado por el éxito inesperado de L. A. Woman, en julio de aquel 1971 hizo en París un calor sofocante en un tiempo en el que no había apenas aires acondicionados. Pasear por las calles era imposible y el encierro en casa o en algún bar no ayudó a su Jim en su mejora y en su huida de las bebidas espirituosas. Las veces que se los vio en público Morrison y Courson solían tener fuertes discusiones.

A. Varda

Veinte años después de la muerte del «Rey Lagarto», Alain rompió su silencio en relación a la tarde del 2 de julio, un día antes de su fatídica muerte: «Jim tosía continuamente, no tenía ganas de hablar y llevaba la faz de la muerte retratada en el rostro». Alain se quedó con Jim hasta las 18.30 horas de la tarde y luego lo convenció para que lo acompañara a un encuentro con Agnès Varda. Jim –cuenta– se sentó en un bar cercano a la boca de metro y lo despidió con la mano. Fue la última vez que lo vio.

Tres versiones y media de un final trágico

A partir del momento en que Alain bajó las escaleras del metro, las versiones sobre las horas finales de Jim Morrison se contradicen. Siguiendo el trabajo de Caselli, hay hasta tres diferente sobre sus últimos movimientos, al menos que tengan coherencia, pues los rumores llegaron al punto de hablar de muertes fingidas, hechos sobrenaturales e incluso que el cantante era ¡agente de la CIA! Delirios para todos los gustos y colores.

Primera versión: Pamela sostuvo que había cenado con Jim y luego pasaron el resto de la velada en el cine, viendo un documental titulado Death Valley. Por su parte, Alain dio por hecho que Jim fue solo al cine a ver una película de Robert Mitchum. Y por otro lado, la versión más reciente y que cobró fuerza ya iniciado el nuevo milenio fue la de Sam Bernett, propietario de la sala Rock’n’Roll Circus, donde Morrison había protagonizado algunas borracheras notables. Bernett sostuvo que el cantante de The Doors pasó por el local a última hora, quizá a su salida del cine, esperó a unos camellos y luego se inyectó una dosis letal de heroína casi pura.

Al parecer, por aquel entonces circulaba por las calles París, reconvertida en ciudad de sombras, una partida de heroína de gran pureza bautizada por los yonquis como «White China»: para hacernos una idea, era pura al menos al 30% cuando lo que se solía vender estaba entre el 5 y el 10% de pureza. Una auténtica bomba de relojería para cualquiera, máxime para un organismo debilitado y enfermo como el de Jim. Sin embargo, a día de hoy no hay certeza alguna de que aquello sucediera así; el hecho de que no se le hiciera autopsia al cuerpo hace, no obstante, que dicha hipótesis, aunque remota, siga en el aire.

Volvamos al testimonio de Bernett: afirmó que había visto personalmente a Jim en el suelo del baño del Circus, inerte, con espumarajos en la boca y cómo los mismos camellos que le habían facilitado la droga lo recogieron. Si hemos de dar crédito a estar versión, aquellos tipos lo trasladaron al piso de la Rue Beautreillis, seguramente con la aquiescencia de Pam, cuya adicción a la heroína era un secreto a voces en París. Cuesta creer, no obstante, que convencieran a una persona tan inestable, que además adoraba a Jim a pesar de su tortuosa y tóxica relación, para que diera dicha versión a las autoridades y la mantuviera en el tiempo, y además que no apareciera ningún testigo de ese traslado del cuerpo en una ciudad que nunca duerme… y eso a pesar de que las versiones dadas por Pam se contradicen en algunos puntos.

La versión que sería aceptada como oficial por las autoridades francesas fue, claro está, la de Pamela, que en un primer momento explicó a la policía que cuando ella y Jim volvieron de visionar Death Valley, antes de irse a dormir, pasaron un rato viendo películas de sus vacaciones y hacia las dos de la madrugada se durmieron, «escuchando los discos de The Doors», puntualizó, un detalle curioso para alguien que supuestamente no quería volver a liderar aquel grupo. Bennett escribió dos libros sobre el asunto: en 2007 publicó The End: Jim Morrison, donde contaba su «verdad» sobre la muerte del artista, y en 2011 publicó una biografía ampliada del mismo. A pesar de la rotundidad en sus afirmaciones y el hecho de que su relato se hace más fuerte ante la débil versión oficial dada por una adicta Courson, cuesta entender la razón por la que el antiguo dueño del Circus esperó casi 40 años para publicar esta versión alternativa de los hechos.

En su libro Bernett lo cuenta con un tono épico, muy habitual en relación a las rock-star, que planea sobre todo el relato: «En la noche del 2 al 3 de julio de 1971, los baños del Rock’n’Roll Circus estaban cerrados por dentro, el disc jockey programaba una canción de Janis Joplin –otra estrella amiga de Jim, de los psicotrópicos y también miembro del Club de los 27 ¿Casualidad?– y Jim Morrison se había ido de la barra del bar… murió en París, pero os puedo asegurar que no se fue a la bañera de su casa».

Pero su verdad, tan llamativa, es solo una más de las muchas que circulan sobre el último día de vida del «Rey Lagarto». Como apunta Caselli, ni mucho menos tan dado al chismorreo como Bernett, «lo que sucedió oficialmente aquella noche sigue siendo un misterio que Jim se llevó consigo a la tumba». 

Morrison fichado en el 63. Un joven rebelde

Siguiendo el relato dado por Pam a la policía, aproximadamente una hora más tarde de dormirse, se despertó sobresaltada por la respiración jadeante de Jim, casi un estertor. Entonces sintió que se levantaba para ir al baño y escuchó violentas sacudidas de ataques de vómito, al parecer mezclado con sangre; aunque Courson quería llamar a un médico, Jim se lo impidió –afirmó–, señalando que ya se encontraba mejor. La animó a volver a la cama y le dijo que iba a relajarse tomando un baño caliente. Pam volvió a quedarse dormida y cuando se despertó y vio que el músico no estaba en la cama fue al baño y se lo encontró muerto.

Hasta aquí, aunque grotesco, todo normal. Pero contribuyó a echar más leña al fuego Danny Sugerman, un miembro del círculo de The Doors desde el comienzo y quien mantuvo una relación sentimental con Courson tras la muerte de Jim, así como Diane Gardiner, quien compartió casa con ella después de que esta volviera a Estados Unidos. En declaraciones posteriores, afirmaron que Pam había contado una versión más detallada y sin medias tintas de lo que sucedió aquel fatídico 3 de julio de 1971.

Al parecer, aquella noche Jim estaba muy nervioso, con fuertes dolores en el pecho y en el estómago que le asustaban y que no lograba aliviar ni siquiera con el alcohol. Pam, mientras tanto, se hacía rayas de heroína y Jim, que nunca soportó su adicción a la «piedra marrón», se enfadó visiblemente y le dijo que lo tirara todo. Ésta, para calmarle, le dijo que en realidad se trataba de cocaína y así, se pusieron los dos a esnifarla. Aquella fue su sentencia de muerte: completamente colocada, Pam se durmió hacia las tres mientras Jim, a su lado, se hallaba jadeante, le costaba respirar entre lo que parecían estertores mortales –en eso, la versión no varía–. Ante aquel «ruido espantoso» la joven se despertó e intentó que Morrison, que parecía haber perdido la consciencia, se despabilara. Le dio varios meneos y bofetones y en un momento en que recuperó la lucidez se fue al baño. Pam, aturdida aún por los efectos de la droga, volvió a caer en un sueño agitado. Despertó de nuevo y a escuchó ruido de violentos vómitos; como pudo acudió al baño y encontró a su novio tendido en la bañera, entre agua y grumos de sangre. Pero Jim empezó a respirar, recuperó de nuevo el color de la cara y conminó a Pam a regresar a la cama. Una vez más ésta obedeció, se durmió y al despertarse regresó al baño y se encontró con la puerta cerrada por dentro. Jim no respondía.

Aterrorizada, Pam telefoneó al inquietante Jean de Breteuil que llegó un poco después al apartamento. El conde derribó la cerradura y se encontraron el cuerpo de Morrison sin vida en la bañera, «con dos grandes equimosis en el tórax y un río de sangre que manaba de su nariz». Pam declararía más tarde que «Tenía una expresión serena. Si no hubiera habido tanta sangre…».

Courson, aterrorizada, no llamó inmediatamente a las autoridades sino al fiel Alain Ronay, le contó entre sollozos que Jim estaba muerto en la bañera y que llamase a una ambulancia. Ronay llamó a urgencias y se presentó poco después en el apartamento junto a Agnes Vardà. Cuando llegaron estaba la policía y un médico, pero no tuvo valor de entrar en el baño a ver el cadáver de su viejo colega. Sin embargo, sabedor de la repercusión que tendría una noticia de esas características, debido al calado del personaje, se llevó aparte a Pam y le sugirió que no revelara a la policía la verdadera identidad de Jim. Así, dijeron que se trataba de Douglas James Morrison, un poeta estadounidense.

Uno de los episodios más extraños de aquellas horas fue la presencia de otro médico forense que llegó antes ­–quizá llamado por el conde o un amigo de Courson, no se sabe– que realizó un análisis del cuerpo y elaboró de forma poco minuciosa un parte médico basándose en las informaciones dadas por Pamela: los dolores pectorales, la tos, los vómitos sanguinolentos y su extremada dependencia del alcohol y el tabaco. La causa de la muerte: parada cardíaca.

Otro misterio es que no se realizó autopsia al cuerpo, aunque las autoridades dispusieron que el cadáver de Jim debía permanecer en el apartamento mientras se procedía a realizar diversos procedimientos legales. Pam lo veló durante tres días, pero el intenso calor de aquel mes de julio había acelerado el proceso de descomposición a pesar de que puntualmente acudía un empleado de una funeraria para evitar su degradación. Al fin, se trasladó el cadáver y se autorizó el funeral y el entierro.

La mañana del 5 de julio Pam telefoneó al mánager de Jim, Bill Siddons, en un principio para pedirle dinero, pero después se echó a llorar y finalmente le comunicó la trágica noticia. Éste inmediatamente se lo comunicó a Manzarek, que no daba crédito de lo sucedido, y Siddons cogió un vuelo hacia París. Ninguno de los otros tres miembros de The Doors decidió viajar al viejo continente para velar a su líder. Habían sido muchos años de problemas. Durante días el rumor permaneció en el aire, pero no se hizo oficial la noticia. La compañía discográfica Elektra Records bombardeó a llamadas a Siddons porque había escuchado que Morrison estaba muerto: al parecer, la misma noche de la desgracia un disc jockey de la sala Rock’n’Roll Circus había anunciado la muerte y la noticia comenzaba a filtrarse en los medios de comunicación. Hoy, con las RRSS y los smartphones, la noticia habría corrido como la espuma en apenas unos minutos. También al otro lado del charco.

The Doors en el 71, ya sin Jim

Cuando Siddons llegó al apartamento de la Rue Beautreillis, el ataúd ya estaba cerrado, así que no pudo ver el cuerpo, lo que alimentó la teoría de la conspiración. Tan solo el día 9 de julio, el del funeral, el mánager publicó un comunicado de prensa en el que confirmaba oficialmente la muerte de Jim Morrison, el líder de la banda The Doors. Por su parte, el enigmático conde de Breteueil había tenido la acertada idea de marcharse con Marianne Faithfull a Marruecos, para evitar cualquier tipo de conexión personal con el suceso. Moría en Tánger, en la mansión de su familia, apenas un año después, en junio de 1972, y también de sobredosis. En 2014, Faithfull confesó a la revista Mojo que el conde había facilitado la heroína mortal al cantante, con estas contundentes palabras: «mi ex mató a Jim Morrison», puntualizando, eso sí, que «fue un accidente» y abriendo una vez más la caja de los truenos.

Entonces, como ha sucedido con todas las grandes estrellas muertas prematuramente, se desató una sórdida batalla legal por los derechos del Rey Lagarto, entre Pam, los restantes miembros de los Doors y el abogado Max Fink. Finalmente Courson accedió a las peticiones de los demás tras declararse heredera natural del patrimonio de Jim. Pudo liquidar todas las demandas y siguió teniendo dinero suficiente para vivir una existencia cómoda. Pero no pudo disfrutarlo: murió por sobredosis de heroína el 25 de abril de 1974. Otra muerte anunciada.

¡Morrison sigue vivo!                              

Fue un rumor que cobró bastante fuerza entre conspiracionistas y mitómanos. El mismo Jim había alimentado aquella hipótesis –como hiceron los Beatles con el rumor de «Paul is Dead»–, diciendo a sus amigos, cuando aún estaba con vida, que le gustaría retirarse a algún rincón de África fingiendo una muerte falsa. Luego, se integraría en una comunidad indígena y mantendría contacto con el «mundo civilizado», con su antigua vida, únicamente a través de mensajes firmados con el pseudónimo de Mr. Mojo Risin’ que se citaba en el tema L.A. Woman. Una leyenda, la de «Sigue vivo», que siempre ha rodeado a grandes estrellas del rock.

Jim Morrison Memorial, en Berlín

En 1980 el clásico de Hopkins y Sugerman, viejos amigos de Jim, De aquí nadie sale vivo, contribuyó a extender el mito, pero sería en 1986 el escritor francés Jacques Rochard quien llevaría el tema al paroxismo en su libro de elocuente título: ¡Vivo! Rochard afirmaba que había llegado a coincidir con el líder de los Doors, quien le explicó las razones de la performance de su «muerte». Y la cosa no terminó ahí: según el escritor, unos años después el músico le hizo llegar un pliego de poesías apócrifas compuestas tras su falsa desaparición. No se entiende por qué fue él el privilegiado. El fenómeno The Doors no dejaba de engordar, para satisfacción de la discográfica Elektra Records, que había lanzado sus discos de estudio y tenía parte de los derechos.

Fuera cual fuera la forma en que lo hizo, de lo que quedan pocas dudas es de que Jim Morrison murió la noche de 3 de julio de 1971. Sus restos –al menos eso creemos– se encuentran en el melancólico cementerio parisino de Père Lachaise, en la Rue du Repos 16, en la sexta zona, parcela número 2, tumba número 5, según rezan los folletos turísticos, donde poco antes Alain Ronay compró una pequeña parcela de terreno para su amigo.

PARA NO PERDERSE DEL TODO Y SABER UN POQUITO MÁS:

Jim Morrison. La historia del gran mito del rock a través de los momentos esenciales de su vida y de su carrera. Es la edición castellana más reciente, y una de las mejores, obra del periodista y crítico musical italiano Roberto Caselli, por obra y gracia de Ma Non Troppo (Redbook Ediciones). Una chulísima edición profusamente ilustrada con fotografías en color y blanco y negro y repleta de información, anécdotas y hechos casi desconocidos sobre el frontman de los Doors y su trágico final.

Aquí os dejo el link: https://www.redbookedicioneslibros.com/nuevos-productos/270xjek3wta9p067cql3jb2zs9yf05-6f4s4-z47w3-jxx6d-lnyk5-y6zjg-g7rhm

Y también de Ma Non Troppo tenemos Jim Morrison & The Doors: vida, canciones, conciertos clave y discografía, del periodista musical Eduardo Izquierdo, una excelente crónica de los californianos. Y el autor sabe bien de lo que habla, no en vano lleva una larga trayectoria como colaborador de revistas como Ruta 66, Mondosonoro, Efe Eme o Rock On. Recientemente ha publicado la monografía Aerosmith, publicada también por Redbook Ediciones en su sello Ma Non Troppo.

De aquí nadie sale vivo. La vida de Jim Morrison. De mano de una de las mejores editoriales independientes de la actualidad, Capitán Swing, podemos disfrutar de esta joya publicada originalmente en inglés en 1980, por parte de dos viejos colegas de Jim: Jerry Hopkins y Danny Sugerman, y que causó un gran revuelo, con un tono épico que contribuyó a extender la aureola mítica del personaje, dando cierta pompa al sensacionalismo de la «rock-star» e incrementando la leyenda frente a la siempre más anodina realidad. No obstante, fue una obra fundacional con respecto a la banda y la edición publicada en castellano es una joya bibliográfica que ningún mitómano puede dejar de tener en su biblioteca musical.

Podéis adquirirlo aquí: https://capitanswing.com/libros/de-aqui-nadie-sale-vivo/

–En 2020 la editorial Kraken publicaba un magnífico cómic también sobre el Rey Lagarto. Con un trazo sobrio, en blanco y negro, que encaja a la perfección con la sensación sórdida y siempre al límite de Morrison, nos traslada hasta sus últimos días en París, sus visitas a los bares interpretando –de manera anónima– algunas canciones de The Doors junto a otras bandas y, en forma de flashbacks, nos cuenta con unos dibujos casi hipnóticos y de gran realismo los hechos fundamentales de su biografía y carrera: el accidente en carretera donde vio a varios indios muertos cuyos espíritus se introdujeron en su cuerpo –episodio sobrenatural que sostendría toda su vida–, su soledad aun en medio del barullo, sus primeros encuentros con Manzarek; después el éxito, los excesos, el amor-odio con Pam, las groupies… y la decadencia que no estuvo prohibida en su mente.

El cómic en la web de Kraken: https://www.edicioneskraken.com/titulos_detalle/190-jim_morrison_el_poeta_del_caos

Y ahora también Ma Non Troppo publica una nueva novela gráfica centrada en el frontman de los Doors: Jim Morrison. El Rey Lagarto, firmada por Luciano Saracino y Quique Alcatena. En breve, ahondaremos en sus páginas en «Dentro del Pandemónium».