El arte de disentir (Cátedra)

La nueva obra de Emilio Mitre, publicada por Ediciones Cátedra, repasa ocho siglos de disidencia intelectual medieval para preguntarse si el pensamiento libre europeo nació, paradójicamente, en el seno de la Iglesia que lo perseguía. El arte de disentir. Intelectuales y herejes en la Edad Media: cuando la ortodoxia se convierte en argumento y la herejía en método.

Óscar Herradón ©

Quema de herejes panteístas amalricenses en 1210.

El sugerente ensayo reúne trabajos menores, conferencias y prólogos que Emilio Mitre Fernández, catedrático emérito de Historia Medieval en la Universidad Complutense, publicó de forma dispersa a lo largo de su carrera. El resultado no es un tratado cerrado sino una miscelánea articulada en torno a una tesis clara: que las herejías bajomedievales, lejos de ser meros episodios de fanatismo religioso, constituyeron las primeras formas de disidencia intelectual organizada en Occidente, y que su represión –la construcción de la ortodoxia como aparato de poder– es tan reveladora del periodo como las propias doctrinas heterodoxas.

Pedro Aberlardo.

Mitre lleva casi medio siglo trabajando la historia de la herejía y la marginación religiosa medieval, y aquí despliega ese bagaje con un elenco de personajes que va de los cátaros a Pedro Valdo, de Pedro Abelardo a Ramón Llull, pasando por Siger de Brabante, el averroísmo latino y el Maestro Eckhart. El hilo conductor no es doctrinal sino historiográfico, ya que el autor está menos interesado en si Eckhart era o no panteísta que en el mecanismo institucional –concilios, inquisición, censura universitaria– que decide qué proposiciones son tolerables y cuáles merecen la hoguera.

Leproso medieval.

En ese sentido dialoga, aunque sin citarlos de forma sistemática en cada capítulo, con la tradición abierta por el historiador alemán Herbert Grundmann sobre los movimientos religiosos populares y con el concepto de «sociedad perseguidora» que el historiador británico R. I. Moore acuñó para explicar cómo la Europa de los siglos XI a XIII desarrolló mecanismos sistemáticos de exclusión del disidente, ya fuera hereje, judío o leproso. También resuena, de fondo, la lectura que el historiador también inglés Malcolm Lambert hizo de las herejías medievales como fenómeno social y no solo teológico.

La «herejía» como artefacto de poder

Una curiosidad que atraviesa el libro es la insistencia de Mitre en que el término «herejía» es en sí mismo un artefacto de poder: deriva del griego hairesis, que originalmente significaba simplemente «elección» o «escuela de pensamiento», sin ninguna connotación negativa. Fueron los padres de la Iglesia quienes lo resemantizaron como desviación culpable, de modo que el propio vocabulario con el que la historiografía describe a estos personajes ya lleva incorporado el veredicto de sus perseguidores.

Llull.

Otro dato que Mitre recupera con gusto es el papel del sabio mallorquín Ramón Llull (1232-1316) como caso límite: un converso que dedicó su vida a diseñar un sistema lógico-combinatorio, el Ars Magna (obra lógica en la que el filósofo expone su «arte combinatoria» o arte de poder expresar todas las verdades fundamentales de la fe) pensado para convertir racionalmente a musulmanes y judíos, y que sin embargo terminó él mismo bajo sospecha inquisitorial tras su muerte, con varias de sus obras incluidas en listas de proposiciones condenadas en el siglo XIV. El libro también se detiene en el filósofo escolástico belga Siger de Brabante (1240-1284) y el averroísmo parisino, cuya defensa de una doble verdad –filosófica y teológica– fue satirizada por Dante, que sin embargo lo coloca, sorprendentemente, entre los sabios del Paraíso, en el círculo de Santo Tomás de Aquino, su némesis intelectual.

A pesar de estar formado por piezas académicas y no concebido como una monografía, como introducción a la genealogía intelectual de la disidencia europea, y como muestra del oficio de uno de los grandes medievalistas españoles, El arte de la disidencia cumple sobradamente y es, sobre todo, un libro que invita a pensar cuánto de nuestra idea moderna de libertad de conciencia se fraguó, sin quererlo, en los tribunales que intentaban aplastarla.

Visionarias, librepensadoras y espiritistas

Almuzara publica el último trabajo de la historiadora Dolors Marín, doctora en Historia Contemporánea, especialista en el movimiento libertario español, un viaje que recupera del injusto olvido a mujeres pioneras de las luchas sociales de 1830 a 1931.

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Las hermanas Fox.

Marín es autora de otros ensayos como Anarquistas, Clandestinos, Ministros anarquistas o La Semana Trágica, que rescatan del olvido las prácticas asociativas y culturales de quienes no ocuparon los titulares de la gran historia política. Este nuevo libro aplica ese mismo instinto de recuperación a un terreno más resbaladizo: el de las mujeres que, entre 1830 y 1931, buscaron emancipación personal y colectiva a través de vías que hoy suenan extravagantes –el mesmerismo, el espiritismo o la teosofía– pero que en su momento fueron auténticos laboratorios de disidencia. Un enfoque realmente novedoso y magnético.

La tesis de fondo es sencilla y está bien planteada: la ciudad decimonónica, con su asociacionismo obrero y sus ateneos, fue el caldo de cultivo de una generación de mujeres –maestras, editoras, poetas, ilustradoras, escritoras– que encontraron en las corrientes espiritualistas una vía de acceso a la palabra pública que la religión oficial y el republicanismo político les negaban. Algunas de esas mujeres se decantaron después hacia el republicanismo, otras hacia el anarquismo de raíz federal; el libro las sigue en ambas direcciones sin perder de vista el hilo espiritista que las conecta. Es un enfoque que dialoga directamente con lo que la historiadora Mary Nash lleva demostrando desde los años setenta sobre la relación entre feminismo, movimiento obrero y cultura política en la España contemporánea, y con el trabajo de Gloria Espigado sobre el papel de las mujeres en el anarquismo español, que documentó de forma pionera cómo el asociacionismo libertario permitió a estas mujeres una presencia pública inédita para su tiempo.

Pioneras, rebeldes, inconformistas

La figura de Amalia Domingo Soler –escritora y espiritista sevillana que dirigió publicaciones enfocadas específicamente a mujeres desde el espiritismo militante– funciona como eje casi natural del volumen, aunque Marín evita el error de convertir el estudio en una simple galería de retratos individuales. Prefiere reconstruir redes: cómo circulaban estas mujeres entre ateneos, prensa obrera y círculos espiritistas, en una época en la que, como ha señalado la investigadora Marta Nogueroles Jové en su trabajo sobre el espiritismo filosófico en la España del siglo diecinueve, esta corriente estuvo íntimamente ligada al librepensamiento y a la masonería, y gozó de una legitimidad intelectual que hoy resulta difícil de imaginar, antes de que el darwinismo social y el auge de un capitalismo poco dado a discursos integradores la condenaran al descrédito.

Puesto en perspectiva comparada, el libro se beneficia de dialogar más con la historiografía anglosajona sobre el fenómeno, que es considerablemente más extensa. La historiadora británica Alex Owen, en su influyente The Darkened Room: Women, Power and Spiritualism in Late Victorian England (2004), mostró cómo en la Inglaterra victoriana el espiritismo ofreció a las mujeres, a través de la mediumnidad, una autoridad social que subvertía las relaciones de género convencionales, al precio de quedar atrapadas en una feminidad «natural» que la propia práctica espiritista reforzaba; es una tensión –emancipación a través de un rol supuestamente femenino– que también atraviesa el caso español, y que Marín intuye y documenta con buen material de archivo. Visionarias, librepensadoras y espiritistas. Mujeres pioneras de las luchas sociales (1830-1931) es, en ese sentido, más crónica coral que ensayo interpretativo: prioriza sacar a la luz nombres y trayectorias olvidadas –tarea nada menor, y necesaria– frente a la construcción de un marco explicativo tan trabado como el que ofrece la tradición académica angloamericana sobre espiritismo y género.

El resultado es un libro ameno, bien documentado y generoso en voces recuperadas, que cumple su función divulgativa sin renunciar del todo al rigor de archivo que se le exige a una historiadora con la trayectoria de Marín, aunque no es tarea fácil teniendo en cuenta la propia amplitud del proyecto, al abarcar mesmerismo, espiritismo, teosofía, librepensamiento, republicanismo y anarquismo federal bajo un mismo paraguas. Para quien conozca la obra anterior de Marín sobre el anarquismo español, este ensayo se lee como una extensión lógica de su interés por las culturas de la disidencia; para quien llegue sin ese bagaje, funciona sobre todo como una puerta de entrada, generosa en nombres propios, a un capítulo de la historia social española que la historiografía canónica ha tendido a tratar como curiosidad marginal antes que como objeto de estudio serio.

Un libro que convierte el museo en sala de urgencias

En Le seré sincero, no pinta bien: un viaje a través del arte y la enfermedad, que publica la Editorial Crítica, el doctor en Medicina Molecular y divulgador (conocido en redes como @sdesiensia) Álvaro Carmona propone un divertidísimo recorrido de más de cinco siglos de historia del arte occidental con mirada crítica, tratando cada retrato como si fuera una consulta a destiempo.

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La Notte, de Ghirlandaio.

El propio autor ha contado el origen del singular proyecto: durante una visita al Palazzo Colonna de Roma, se fijó en que la mujer retratada en «La notte», de Michele di Ridolfo del Ghirlandaio, presentaba un pecho con una deformación llamativa. Acompañado entonces por una investigadora especializada en cáncer de mama, ambos reconocieron en el abultamiento, la retracción del pezón y la asimetría los signos característicos de un tumor. A partir de ese hallazgo, Carmona empezó a rastrear el mismo patrón en otras obras, como «La Fornarina» de Rafael o «Las tres Gracias» de Rubens, y el proyecto creció hasta abarcar once capítulos.

Un recorrido capítulo a capítulo

La Mujer Barbuda, de Ribera.

El libro arranca con el posible cáncer de mama de esos mismos cuadros, sigue con el hirsutismo y la hipertricosis en obras como «La mujer barbuda» de José de Ribera o el retrato de Brígida del Río pintado por Sánchez Cotán, y dedica un capítulo a los trastornos genéticos y del crecimiento, con Carlos II «el Hechizado» de Carreño de Miranda como caso estrella de la endogamia de los Habsburgo, un personaje de gran trascendencia, muy desvirtuado por la historiografía durante siglos y que abordamos recientemente en otro post en Dentro del Pandemónium con motivo de la publicación de Yo, el Rey, por Ático de los Libros. El propio Carmona relata una anécdota reveladora: ante ese cuadro, un estudiante de enfermería le preguntó si el rey era así de verdad o si el pintor había exagerado, a lo que respondió con sorna que «el pintor fue generoso».

Autorretrato, de Courbert.

El viaje continúa por la epilepsia y los estados nerviosos en tablas de Goya y Juan de Flandes, por la salud mental a través de autorretratos como el de Gustave Courbet, y cierra con los cuidados intensivos –ilustrados con la «Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos» de Murillo– y un capítulo final sobre artritis, cataratas y otras dolencias de la vejez visible en Goya, Renoir, Monet, Degas y Van Gogh, con «La columna rota» de Frida Kahlo como imagen más contundente de todo el libro.

Curiosidades que llaman la atención

Petrus Gonsalvus.

Entre los casos que recorre el volumen, aparecen Petrus Gonsalvus, el llamado «hombre lobo» de la corte de los Habsburgo, retratado por su hipertricosis congénita, al que un servidor dedicó un amplio reportaje publicado en la decana revista Historia y Vida y más tarde en versión online en La Vanguardia; el «Judith y Holofernes» de Artemisia Gentileschi, leído en clave de trauma y violencia; el asesinato de Marat pintado por Jacques-Louis David como estudio casi forense de una escena de crimen, o los episodios de «monomanía» retratados por Géricault, considerados precursores de la psiquiatría moderna.

La columna rota.

Lo distintivo del libro, según destaca Zenda Libros, donde tuve el gusto de explicar hace un par de años cómo fue el proceso de creación de mi último trabajo editorial, Libros Malditos. Un viaje por el lado oscuro del conocimiento, publicado por Ediciones Luciérnaga (Grupo Planeta), es que Carmona logra combinar el rigor analítico con un tono ameno, sin renunciar al guiño cultural ni al humor, algo poco frecuente en un tema que en principio no se presta a bromas. La propia crítica citada resume la conclusión del volumen: el autor consigue que el lector «aprenda a mirar con otros ojos», entendiendo medicina y arte como dos ramas de un mismo tronco, el de la experiencia humana. Y es que, como reza la sinopsis en la página de Crítica, «Los cuadros pueden reflejar una dolencia, un síntoma o una vida atravesada por la fragilidad del cuerpo… si sabes dónde mirar».