La Conspiración contra Einstein (II)

14 01 2021

Existen pocos personajes que trasciendan su tiempo y despierten tantas pasiones y controversias como Albert Einstein. Sus descubrimientos continúan hoy revelando posibilidades científicas asombrosas, muy adelantadas a su tiempo y a los postulados teóricos de sus colegas, a los que dejó abrumados, pero una amalgama cada vez mayor de detractores se empeña en desmontar sus teorías y en deslegitimar la más importante de todas, base de numerosos descubrimientos, la de la Relatividad. Obligado a exiliarse a EEUU por el ascenso del nazismo, la fiebre anticomunista lo convirtió en una figura incómoda para el establishment y el FBI de J. Edgar Hoover lo consideró el enemigo público número uno.

Óscar Herradón ©

Einstein y Chaplin (1931)

Dentro del pensamiento conspirativo del todopoderoso J. Edgar Hoover, primera espada del FBI, cuyo feroz anticomunismo no le iba a la zaga a los mayores fanáticos del país de las barras y estrellas –y que se ocupaba mucho más de perseguir a éstos y a espías británicos que a los propios nazis–, todos eran sospechosos, y mucho más aquellos próximos al campo de la ciencia y de la cultura. Albert Einstein, un físico que había trabajado en Alemania y era judío y, por tanto, estigmatizado por los nazis –el propio Hoover era un declarado antisemita–, tenía todas las papeletas de ganarse la desconfianza del jefe absoluto de los federales, incómodo por las declaraciones y excentricidades del físico. Y así fue, según se desprende del expediente que se mantuvo secreto durante décadas.

El polémico libro de Jerome

Aunque culpar a Einstein de lo que sucedió con la bomba atómica sería como echar la culpa a Mahoma por la creación del ISIS, lo cierto es que la ecuación que formuló en 1905 serviría 40 años más tarde, en cierta manera, para fabricar la bomba. Pero además, lo que movió a los mandamases de Washington a decidirse por la carrera nuclear pudo iniciarse por una carta firmada de puño y letra por el a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, mientras en España se desangraban republicanos y franquistas. Leó Szilárd era un físico judío húngaro que, como Albert, se había exiliado a EE UU huyendo del Tercer Reich. Se conocían desde los años 20 cuando ambos habían diseñado y patentado un modelo de refrigeración que trataron de comercializar sin éxito. En diciembre de 1938 los alemanes habían logrado la fisión del uranio y Szilárd, que investigaba la reacción nuclear en cadena, supo que era el primer paso para construir bombas atómicas. Le habían llegado informes de que los nazis, tras la anexión de los Sudetes, estaban intentando apropiarse de las minas de uranio de Checoslovaquia. Sabía que debía alertar a los aliados y que Einstein, que era toda una personalidad, sería un buen reclamo para ello.

Aunque Albert parece que, sorprendido, espetó: «¡Nunca se me había ocurrido!», fue consciente del peligro y aceptó enviar una misiva conjunta al mismo presidente, Franklin Delano Roosevelt. Einstein dictó una primera versión en alemán y Szilard redactó el texto definitivo y corregido en inglés.

Objetivo del FBI

Aunque pueda parecer lo contrario, para dos científicos de prestigio y para el premio Nobel más célebre del siglo XX no fue ni mucho menos fácil encontrar a alguien que entregara la carta en la Casa Blanca sin que se perdiera entre otros montones de documentos. En un principio pensaron en el famoso aviador Charles Lindberg, pero éste era partidario de una paz duradera con el Tercer Reich y había llegado a ser condecorado por Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe alemana. Era un reaccionario poco amigo de «izquierdistas».

Szilárd y Einstein

Finalmente, eligieron como mensajero a Alex Sachs, economista de Lehman Brothers –sí, la misma empresa financiera que sería gatillo de la crisis financiera de 2008– que tenía buena amistad con Roosevelt. En la misiva, fechada el 2 de agosto de 1939 en Peconic, Long Island, Einstein explicaba al presidente la posibilidad «en el futuro inmediato» de que se use uranio para hacer «bombas extremadamente poderosas». Le advertía poco menos que de un Armagedón: «Una sola de estas bombas, llevada por un barco y explotada en un puerto, podría destruir el puerto por completo, así como el territorio circundante». Teniendo en cuenta que los nazis ya trabajaban en el proyecto atómico –a través del denominado Club del Uranio, Uranverein–, Einstein advertía a Roosevelt de que EE UU debía asegurarse el suministro de uranio y «acelerar» la investigación nuclear.

La carta que «desencadenó» la carrera atómica americana

Aunque hubo más factores que influyeron en tomar aquella decisión, la misiva del físico alemán sin duda surtió su efecto: diez días después de que la recibieran en el Despacho Oval, tomaba forma el llamado Comité Briggs, considerado por muchos el germen del Proyecto Manhattan que comandaría el físico teórico Robert Oppenheimer y desarrollaría finalmente la bomba. Aunque no todos los estudios están de acuerdo en este punto, Cindy Kelly, presidenta de la Fundación por el Patrimonio Atómico, que vela por la memoria del proyecto Manhattan, señala que «La carta no es una anécdota. Convenció a Roosevelt de que había que actuar».

El programa ultrasecreto, que escapa a la intencionalidad de este post, fue muy complejo y supuso toda una amalgama de intereses creados, conspiraciones y espionaje a todos los niveles. De hecho, Einstein fue dejado aparte por un tema exclusivamente político. Probablemente por la inquina de Hoover hacia su persona y los informes que los federales remitieron al Departamento de Defensa sobre su opacidad ideológica. Sin embargo, Fred Jerome señala que otros compañeros suyos que sí formaron parte del Proyecto Manhattan, como Szilard o el propio Oppenheimer, eran igualmente «sospechosos» para los garantes del patriotismo. Muchos de ellos científicos que trabajaron en la planta ultrasecreta K-25 en Oak Ridge.

Base ultrasecreta K-25 en Oak Ridge (Tennessee, EEUU)

Aunque continúa siendo un enigma, sin duda influyó el veto del FBI. A pesar de sus proclamas antibélicas, Einstein tuvo su oportunidad en mayo de 1943, cuando fue contratado por la Armada estadounidense como consejero sobre la guerra submarina y los explosivos de alta potencia. A través de la Oficina de Inteligencia Naval el físico estaba autorizado a investigar cuestiones relacionadas con la guerra, lo mismo que le había prohibido el G-2. El 10 de junio, la ONI (siglas de Office of Naval Intelligence) indicaba: «El jefe de operaciones navales no pone objeciones a la contratación de Einstein».

Del pacifismo al belicismo antinazi

El Premio Nobel, a quien pagaban 25 dólares al día, se entregó en cuerpo y alma a su nuevo trabajo y contribución al esfuerzo de guerra. Su amigo el radiólogo germano-estadounidense Gustav Bucky afirma que le dijo: «Mientras dure la guerra, no quiero trabajar en ninguna otra cosa». Lejos quedaban los tiempos del desarme. La situación que atravesaba el mundo lo necesitaba.

Desde el 18 de junio de 1943 al 15 de octubre de 1944, Einstein envió al teniente de navío y físico Stephen Brunauer informes regulares y detallados sobre problemas relacionados con explosivos de alta potencia. Brunauer informaría tras la guerra que las soluciones del físico alemán habían sido confirmadas en pruebas balísticas como «completamente exactas». Tras aparecer en la prensa fotografías suyas que lo designaban como «hombre de la Armada», Vannevar Bush le pidió que trabajara como consejero para la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico.

Jerome afirma que si las cartas a Roosevelt no fueran prueba suficiente, el trabajo de Einstein para la Armada no deja duda de que respaldó el esfuerzo bélico y según escribió la historiadora de la Física Françoise Balibar, «apoyó el esfuerzo nacional por desarrollar la energía y las bombas nucleares». Sin embargo, cuando su colega Bush, con un importante papel político en el desarrollo atómico, le pidió que ejerciera como consejero, Einstein rechazó la oferta, probablemente molesto por haber sido apartado del Proyecto Manhattan–.

Oppenheimer

De hecho, Roosevelt no compartía la desconfianza de Hoover y el general Strong hacia Einstein de que pudiera ser un peligro para EE UU si se le confiaban secretos militares debido a sus «opiniones izquierdistas». En abril, justo tres meses antes de que el G-2 le negara la credencial de seguridad, el presidente lo invitó a una reunión ampliada del Comité Asesor sobre el Uranio, proponiéndole que sugiriera, incluso, otros posibles participantes.

Diseñando armamento

A pesar de sus proclamas antibélicas, Einstein tuvo su oportunidad de cumplir su deseo de luchar contra los fascismos en mayo de 1943, cuando fue contratado por la Armada como consejero sobre la guerra submarina y los explosivos de alta potencia. A través de la Oficina de Inteligencia Naval, el alemán estaba autorizado a investigar cuestiones relacionadas con la guerra, lo mismo que le había prohibido el G-2. El físico, a quien pagaban 25 dólares al día, se entregó en cuerpo y alma a su nuevo trabajo y contribución al esfuerzo de guerra. Lejos quedaban los tiempos del desarme. La situación que atravesaba el mundo –diría– lo necesitaba.

Desde el 18 de junio de 1943 al 15 de octubre de 1944, Einstein envió al teniente de navío y químico estadounidense Stephen Brunauer –y quien durante la era McCarthy habría de dejar su puesto en la Mariana al serle imposible refutar los cargos anónimos de que era desleal a EE UU– informes regulares y detallados sobre problemas relacionados con explosivos de alta potencia. Brunauer informaría tras la guerra que las soluciones del físico alemán habían sido confirmadas en pruebas balísticas como «completamente exactas». Tras aparecer en la prensa como «hombre de la Armada», Vannevar Bush, con un importante papel político en el desarrollo de la bomba atómica, pidió a Einstein que trabajara como consejero para la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico.

Una de las misivas de Einstein al teniente de navío Brunauer

Jerome afirma que si las cartas a Roosevelt no fueran prueba suficiente, el trabajo de Einstein para la Armada no deja duda de que respaldó el esfuerzo bélico y, según escribió la historiadora de la Física Françoise Balibar, «apoyó el esfuerzo nacional por desarrollar la energía y las bombas nucleares». Sin embargo, cuando su colega Bush le pidió que ejerciera como consejero, Einstein rechazó la oferta, probablemente molesto por haber sido apartado del Proyecto Manhattan.

El final de un genio

Muchos acusan a Einstein de haber comenzado el desastre nuclear. Paradójicamente, aquel que condenó el militarismo, era un pacifista convencido y activo y además sospechoso de desviación ideológica ante el FBI, llegó a ser bautizado por la revista Time en 1945, el mismo año de las detonaciones en Hiroshima y Nagasaki, como «el padre de la bomba atómica»: acompañaba la portada con un hongo nuclear y su celebérrima fórmula «e=mc2». Uno de sus últimos biógrafos, Jürgen Neffe, dijo que «Fue la gran tragedia de su vida».

El físico era alguien tan relevante para la comunidad sionista que en 1952 el primer ministro de Israel, David Ben-Gurión, le ofreció ser presidente, cargo que rechazó con las palabras «No tengo aptitud natural». Einstein moría el 18 de abril de 1955, a los 76 años. El mundo había derrotado al nazismo, pero la Guerra Fría estaba en pleno auge y en EE UU el macarthysmo estaba sembrando el país de delación y sospecha: cualquiera podía ser comunista, era sospechoso de serlo, y la vigilancia recordaba –con la salvedad de las condenas– los tiempos en que miembros de la Gestapo confiscaron su casa de Wansee.

Einstein con Ben-Gurión

Menos de un año antes, el 19 de junio de 1953, el matrimonio formado por los estadounidenses Ethel y Julius Rosenberg fue ejecutado en la silla eléctrica acusado de espionaje: por pasar secretos atómicos a la URSS, lo mismo de lo que el Expediente Einstein acusaba al físico alemán. Fue la primera ejecución de civiles por espionaje en la historia de EE UU, que había llevado también a la silla eléctrica a varios saboteadores nazis en los años 40 «por obra y gracia» de Hoover, el mismo que hasta 1941 mantenía estrechos lazos con el Tercer Reich. Los tiempos no habían cambiado, tan solo el color de las banderas.

PARA SABER MÁS:

Por supuesto, el libro de Fred Jerome, cuya edición en castellano fue publicada por Planeta en 2002 y hoy es un incunable: El Expediente Einstein. El FBI contra el científico más famoso del siglo XX.

Y este pasado 2020 Einstein, como no podía ser de otra manera, no dejó de estar de actualidad, a pesar del Covid y de otros avatares, así que varias editoriales españolas publicaron interesante ensayos sobre el físico que desarrolló la Teoría de la Relatividad, planteados desde muy diversas perspectivas. Veamos tres de los más relevantes:

Ediciones Pasado & Presente lanzaba La revolución inacabada de Einstein. Más allá de la física cuántica, del prestigioso físico teórico Lee Smolin, que trabaja en la Universidad de Pensilvania (EEUU). En las páginas de este ensayo de perfecta factura, como acostumbra a hacer la editorial, el científico embarca al lector en un viaje vertiginoso por las distintas teorías que pretenden superar las limitaciones de lo cuántico. El autor demostrará el acierto de unas pero también cómo muchas otras yerran intentando dar respuesta a esta inquietante cuestión: si el mundo que experimentamos cada uno de nosotros es tan distinto de lo que parece mantener la física cuántica, ¿qué explica que sea como es?

Repasando todas las teorías que parecen viables como alternativa, Smolin ofrece una visión de conjunto mucho más compacta, pues considera a la física cuántica clásica, siguiendo las intuiciones del genial Einstein, incompleta, «solo la parte superficial de algo mucho más profundo».  En cierta ocasión, Smolin declaró que «Puede que haya otros universos mejores que el nuestro», lo que abrió una nueva esperanza para soñadores y creo a su vez un gran revuelo entre los académicos.

Por su parte, Tusquets Editores nos acercaba El desconocido Albert Einstein, de Luis Navarro Veguillas, un recorrido accesible y muy entretenido por las contribuciones científicas de un Einstein no relativista –aquel, por tanto, más desconocido, como reza el acertado título– en campos como la termodinámica, las fuerzas moleculares, el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano, la estructura dual de la radiación o su posición ante la mecánica cuántica, entre muchos otros estudios tratados con una prosa sencilla y comprensible para los no iniciados en la materia. En tiempos de obligado empoderamiento femenino, el ensayo termina indagando con lucidez la polémica sobre la auténtica responsabilidad que pudo tener Mileva Mari, la primera esposa del físico alemán, en algunas de sus principales aportaciones científicas.

Y para finalizar, recomendamos El Físico y el filósofo, de Arpa Editores, firmado por la doctora en Historia de la Ciencia por la Universidad de Harvard Jimena Canales, una mirada fascinante al debate que a comienzos de los años 20 del siglo pasado cambió nuestra percepción de una de las principales características del Universo: el tiempo. Era un 6 de abrill de 1922, en París, cuando Albert Einstein y Henri Bergson debatieron publicamente sobre este esquivo y decisivo concepto físico. El físico alemán consideraba que la teoría del tiempo que postulaba su contrincante era «una noción psicológica y superficial, irreconciliable con las realidades cuantitativas de la física». El filósofo galo, por su parte, quien consideraba que un concepto de tal importancia no debía entenderse exclusivamente a través de la reducida lente de la ciencia, criticó la teoría del científico alemán por ser «una metafísica injertada en la ciencia, una que ignoraba los aspectos intuitivos del tiempo».

Aquel debate abriría una brecha irreconciliable entre ciencia y humanidades que dura hasta hoy. Un texto que no se posiciona a favor o en contra de una de las visiones, sino que abre nuevas formas de pensar sobre la relación entre ambas vertientes. Una relato magistral y revelador sobre cómo se puso a prueba la verdad científica de un siglo dividido en todos los campos, no solo en el académico, también en el político, en plena época de Entreguerras, un tiempo que acabaría llevándonos a la Segunda Guerra Mundial y al lanzamiento de la bomba atómica, episodios en los que la figura de Einstein y sus conceptos del tiempo y del espacio tuvieron un impacto incuantificable.





La conspiración contra Einstein (I)

23 12 2020

Existen pocos personajes que trasciendan su tiempo y despierten tantas pasiones y controversias como Albert Einstein. Sus descubrimientos continúan hoy revelando posibilidades científicas asombrosas, muy adelantadas a su tiempo y a los postulados teóricos de sus colegas, a los que dejó abrumados, pero una amalgama cada vez mayor de detractores se empeña en desmontar sus teorías y en deslegitimar la más importante de todas, base de numerosos descubrimientos, la de la Relatividad. Obligado a exiliarse a EEUU por el ascenso del nazismo, la fiebre anticomunista lo convirtió en una figura incómoda para el establishment y el FBI de J. Edgar Hoover lo consideró el enemigo público número uno.

Óscar Herradón ©

No vamos a realizar un recorrido por la física cuántica, la teoría de cuerdas o los saltos en el tiempo. Menos conocida que su faceta científica y divulgativa que le condujo al Nobel, pero igual de apasionante, fue su papel como defensor de causas que muchos creían perdidas en un tiempo, los años 40, y en un país, Estados Unidos, que era entonces azote de minorías, obsesionado con la infiltración comunista y el enemigo silencioso, el mismo que llevaría a cabo la «Caza de Brujas» del senador McCarthy y pondría entre las cuerdas, en los sesenta, a otras celebridades como Malcolm X, Martin Luther King o John Lennon –todos ellos, por cierto, asesinados–.

El científico alemán de origen judío también sufriría aquel acoso clandestino de las fuerzas de seguridad norteamericanas, y eso que de persecuciones y rechazo racial sabía mucho, pues conoció de primera mano la Alemania nazi.

La historia que vamos a contar en este post habla de servicios secretos, teléfonos pinchados, falsas acusaciones e intereses creados. Habla de complots y campañas de descrédito; de un hombre valiente, sin duda con sus sombras y contradicciones, algunas bastante oscuras, que se vio empujado a actuar en el campo político y en el marco bélico en parte a causa de su gigantesca celebridad y que fue cercado por ella.

Fue en 1983, tres décadas después de la muerte del físico, cuando un profesor de la Universidad Internacional de Florida tuvo acceso a una versión –censurada– del expediente abierto por el FBI contra Einstein, un voluminoso archivo de documentos de nada menos que 1.427 folios. Éstos sirvieron para que el periodista Fred Jerome diese forma en 2003 al revelador trabajo El Expediente Einstein: la guerra secreta de J. Edgar Hoover contra el científico más famoso del mundo. Para poder obtener una versión más completa del expediente que la consultada por el profesor de Florida, Jerome interpuso un pleito judicial contra el Gobierno estadounidense con la ayuda del bufete de abogados especialista en causas civiles Public Citizen Litigation Group. Y lo ganó. Gracias a ello conocemos revelaciones sorprendentes sobre este oscuro episodio de la agencia federal.

Rumbo a Norteamérica

En otoño de 1932, Einstein y su primera esposa, Elsa, abandonaron su casa de campo de Caputh, a las afueras de Berlín, para visitar EE UU: el físico fue invitado para dar clases en el Instituto de Tecnología de California (CalTech). Su idea era pasar allí seis meses al año y después regresar a Berlín, pero pasando primero por Princeton, donde había aceptado también un nombramiento en el Instituto de Estudios Avanzados, que estaba a punto de inaugurarse.

Las ideas pacifistas y cercanas al socialismo de Einstein están muy bien documentadas. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, acababa de regresar a Alemania desde Suiza, y fue uno de los pocos intelectuales que rubricó un manifiesto en contra de las hostilidades, reclamando una unión europea muchas décadas antes de que esta idea siquiera tomase forma y convirtiéndose en personaje non grato por su pacifismo en una época donde el belicismo era el estandarte de la sociedad. Pero Albert no se quedó ahí, en los años siguientes, mientras duraba la situación que estaba desangrando el Viejo Continente, estampó su firma en numerosos manifiestos pacifistas y formó parte de organizaciones que instaban al desarme. Entonces sus acciones tenían mucha más repercusión porque en 1915 había alcanzado ya la fama internacional con la difusión de su celebérrima Teoría de la Relatividad General, tan revolucionaria como urticante para el mundo académico de entonces. Cuando en 1919 las observaciones británicas de un eclipse solar confirmaron sus predicciones sobre la curvatura de la luz, se hizo mundialmente famoso por sus hallazgos y fue idolatrado por la prensa.

Albert Einstein con su primera mujer en Praga

En 1921 recibía el Premio Nobel de Física, tras varias candidaturas previas, pero lo fue por sus contribuciones a la física teórica y sus explicaciones sobre el efecto fotoeléctrico, y no por su Teoría de la Relatividad, ya que al parecer el científico al que se encargó la tarea de evaluarla –en un tiempo en que ésta seguía rodeada de controversia–… ¡no la entendió! y temía correr el riesgo de que más tarde se demostrara errónea.

En la década de los 20 del siglo pasado, hace ahora cien años, quien era ya el científico más famoso del mundo estaba profundamente afectado por el ascenso del fanatismo hitleriano y los ataques contra los judíos. Pero a pesar de su desasosiego, y de que ya había comenzado un éxodo de intelectuales y artistas alemanes, Einstein y Elsa pensaban regresar a Alemania tras su visita a Princeton. Los sucesos posteriores lo harían imposible. Pero su marcha a EE UU no fue ni mucho menos sencilla.

Mientras preparaba su maleta, el 5 de diciembre, el matrimonio recibió una llamada del consulado general de Estados Unidos en Berlín, pidiéndoles que se acercaran para responder a unas preguntas sobre su petición de visado. Einstein intentó eludir la cita, pero ante la insistencia acudió junto a su esposa creyendo que se trataba de un procedimiento rutinario. Sin embargo, se enfrentó a algo muy distinto cuando Raymong Geist –el segundo del cónsul general estadounidense, George S. Messersmith, que estaba fuera de la ciudad–, se encargó de la entrevista. Comenzó preguntándole sobre sus credenciales políticas, si pertenecía a alguna organización –Einstein le aclaró que al grupo pacifista internacional Liga de Resistentes contra la Guerra– y finalmente insistió en si era anarquista o comunista.

Viendo vulnerados sus derechos, Einstein, en una imagen muy alejada del científico manso, despistado y afable con la que pasaría a la posteridad, terriblemente enojado, le gritó a su interlocutor que si aquello se trataba de un interrogatorio y cogiendo su sombrero y su abrigo, antes de marcharse con Elsa, le espetó a Geist: «¿Hace usted esto por propia iniciativa o actúa siguiendo órdenes de arriba?». Sin esperar respuesta, se marchó del consulado.

La Liga de Mujeres Patrióticas

El motivo de aquella inusual entrevista había que buscarla en anteriores viajes de Albert a EE UU durante los cuales realizó no solo ponencias sobre temas científicos, sino también charlas y conferencias en las que dejaba claro su lucha contra el militarismo y sus ideas pacifistas, peligrosas a ojos de la ideología más conservadora y los grupos de derechas, fuertes en el país de las barras y estrellas. Fue entonces cuando el físico se puso en la diana de la Corporación de Mujeres Patrióticas, cuyo lema político era «Por la defensa nacional del hogar contra el sufragio universal, el feminismo y el socialismo».

En 1932, con escasa influencia desde su creación en 1918 por mujeres muy vinculadas a algunas de las grandes fortunas estadounidenses conservadoras, decidieron concentrar sus fuerzas vigilando las puertas del país frente a lo que denominaban «extranjeros indeseables»: comunistas, pacifistas, feministas… En agosto de aquel año, su presidenta y líder, la reaccionaria señora Randolph Frothingham, cuando el instituto que estaba tomando forma en Princeton anunció que Einstein iba a pasar allí un semestre cada año a partir de 1933, envió un retorcido informe al Departamento de Estado en base a la llamada Ley de Exclusión y Deportación de Extranjeros, que prohibía la entrada –o en su caso la permanencia– en EE UU de anarquistas o quienes escribieran, hablaran o, incluso, pensaran como anarquistas.

Ni qué decir tiene que Albert no tenía nada de anarquista, pero aquel informe enviado al Departamento de Estado en forma de misiva era la causa de que el consulado interrogara al científico alemán y más tarde sería uno de los principales elementos acusatorios que conformarían el «Expediente Einstein» confeccionado por el FBI de Hoover.

En el documento remitido por Frothingham se podían leer perlas como que se impidiese su entrada en EE UU porque era «el líder del nuevo pacifismo militante», y aseguraba que el alemán «propugnaba actos de rebelión contra el principio básico de todo gobierno organizado (…)  » La misiva, recogida en el dossier del FBI, llegaba a decir que ni siquiera el mismo Stalin estaba afiliado «a tantas organizaciones anarco-comunistas» como Einstein.

J. Edgar Hoover

Para la Liga de Mujeres Patrióticas, sin embargo, el más grave de todos los pecados cometidos por el físico era su «negación de la religión organizada», y declaraban, movidas por su celo espiritual y patrio, que: «Ese extranjero promueve, con mayor amplitud y más intensidad que cualquier otro revolucionario de la tierra, la confusión y el desorden, la duda y la apostasía (…)», para terminar –recalcaba la señora Frothingham–«ni siquiera sabe inglés», algo que no era del todo cierto, pero tampoco relevante para ser acusado de tan graves delitos.

Confrontación con Washington

En aquel entonces, Einstein, tras conocer la diatriba contra su persona, ya que la presidenta se había encargado de enviar varias copias a la prensa, escribió con afilada ironía en la primera página de la edición del New York Times del 4 de diciembre de 1932 que: «Nunca hasta ahora había conocido por parte del bello sexo una reacción tan enérgica de rechazo de todos los avances, o al menos, de tantos a la vez (…)». Ahora, sin embargo, tras la entrevista-interrogatorio en el consulado norteamericano en Berlín, Albert sabía que debía tomarse más en serio las acusaciones de los extremistas.

Horas después Einstein telefoneó al consulado y amenazó con cancelar su viaje si no se le expedía el visado esa misma tarde. A su vez, Elsa llamó a los corresponsales en Berlín de The New York Times y Associated Press y les informó detalladamente del incidente. Elsa les dijo lo que había comentado su marido –lo que dejaba entrever claras implicaciones políticas–: «¿No sería divertido que no me dejaran entrar? El mundo entero se reiría de Estados Unidos».

Con su segunda esposa, Elsa Lowenthal, a su llegada a EEUU

Aunque esta afirmación pueda parecer prepotente, y lo es, lo cierto es que Einstein era uno de los hombres más populares del ámbito académico y el científico más importante de lo que llevaban de siglo. Las alertas saltaron en Washington y se intentó remediar la situación. No obstante, por entonces ya un amplio grupo consideraba al físico una suerte de antisistema, y además de la Liga de Mujeres Patrióticas, pronto los federales le pondrían en su punto de mira. Asimismo, en el campo científico no despertó menos controversia que en su país natal, y entre otros, el profesor Thomas Jefferson See había atacado públicamente la teoría de la relatividad como «una enloquecida fantasía, una desgracias para nuestra época», ataques y diatribas que han perdurado hasta el día de hoy, incluso con mayor virulencia.

Los problemas de Einstein con los que acabarían asentando las bases del NSDAP y el antisemitismo se remontaba mucho tiempo atrás, nada menos que a comienzos de los años 20. Ya con la amenaza del antisemitismo en el aire y el ascenso de grupos radicales de derechas en la República de Weimar, que acabarían convergiendo en el Partido Nazi, el científico fue el objetivo de numerosos detractores. En 1931 una editorial de Leipzig publicó un libro de ensayos titulado 100 autores contra Eisntein, y al año siguiente, con el NSDAP acariciando el poder en el Reichstag, un general alemán parece ser que le envió una advertencia apuntando que su vida «ya no está garantizada aquí».

Sin duda corría peligro en su propia tierra. Finalmente, Messersmich aprobó el visado al día siguiente y el 12 de enero de 1933 los Einstein ya estaban en California. El 30 de enero de ese mismo año, Adolf Hitler alcanzaba la Cancillería alemana y se instauraba el Tercer Reich. Con la llegada de los nazis al poder, éstos acusaron a Einstein de traición a la patria al haber aceptado un trabajo en EE UU y destruyeron todas sus obras a las puertas de la Universidad de Berlín, la célebre quema de libros de autores proscritos orquestada por Goebbels en la Bebelplatz, una imagen inquisitorial que avecinaba lo que daría de sí aquel régimen totalitario.

Y es que bastante tiempo antes de que el Führer diseñara su Nuevo Orden Mundial, Einstein ya había advertido, cual agudo observador –en una suerte de siniestro vaticinio–, lo que el siglo XX podría esperar del nazismo. Lo hizo en una carta en 1922, apenas dos años después de la fundación del Partido Nazi y tras la muerte de su amigo, el ministro de Exteriores judío de la República de Weimar, Walter Rathenau, a manos de dos oficiales nacionalistas en el marco de una conspiración orquestada por la ultraderecha. Albert escribió a su hermana mayor, Maja: «Aquí se están gestando tiempos oscuros, económica y políticamente, así que estoy contento de poder escapar de todo durante medio año».

Rathenau

Había escrito aquellas líneas desde Kiel, tras mudarse de Berlín cuando la policía advirtió al físico de que él tampoco estaba a salvo. Una marzo de 1933, con Einstein ya a salvo al otro lado del Atlántico, un grupo de hombres de las SS registró y saqueó su casa de Caputh, asegurando que estaban buscando armas ocultas para un levantamiento contra el Tercer Reich. Aunque pueda resultar ridículo, y más teniendo en cuenta el pasado pacifista del científico alemán, lo cierto es que pocos meses después de que Hitler tomase el poder en Alemania, Einstein defendió el uso de la fuerza militar contra él, en una carta a un pacifista belga que le había pedido ayuda para dos objetores de conciencia encarcelados. Un cambio de actitud del científico que despertaría indignadas críticas entre los pacifistas; sin embargo, en vista de la amenaza que suponían los fascismos, el premio Nobel defendió cada vez más resueltamente el uso de la fuerza como única alternativa.

Es probable que la Gestapo sospechara que se estaba gestando un complot, de hecho, no faltaron de ellos en los primeros años del ascenso nazi ni en los siguientes, incluido de parte de sus propias filas del ejército, y aunque los hombres de la policía secreta del Reich no encontraron armas, confiscaron la propiedad, afirmando que «obviamente» iba a ser vendida para financiar actividades antinazis.

En octubre de ese año, Einstein se trasladó a Princeton acompañado de su esposa, Elsa –ya había fracasado su primer matrimonio con Mileva Mariç–, de su hijastra Margot y de su ayudante Helen Dukas. Nunca regresarían a Alemania.

Este post continuará.





La conspiración del rock (I)

11 12 2020

Extraños suicidios, control mental, agencias de inteligencia, coqueteos con el satanismo, maldiciones y dobles… el mundo de la música, y concretamente el amplio espectro del rock y sus estrellas, han sido el centro de numerosas leyendas urbanas que todavía hoy siguen dando que hablar en las redes sociales. Señoras y señores, con todos ustedes, la conspiración del rock…

Óscar Herradón ©

(Pexels. Free License. Melvin Buezo)

La poesía, la pintura, la música… han sido en numerosas ocasiones sinónimos de transgresión, formas de arte temidas por aquellos que ostentaban el poder por su capacidad para despertar sensaciones y causar fervor entre un público habituado a obedecer sin objeciones. Vehículos cultos de la contracultura. La década de los 60 y 70 del siglo pasado no fue una excepción. El rock y el punk se erigían como forma transgresora, de denuncia, de una sociedad que parecía caminar hacia el abismo, como la que vivimos hoy en día.

Estados Unidos era entonces –y aún sigue siendo– la primera potencia mundial, y en un país sumergido en la interminable guerra de Vietnam, que estaba siendo una masacre para los soldados americanos, en la que afloraban las drogas y los movimientos sociales surgían con una fuerza desconocida enfrentándose al stablishment (o establishment, según gusten) no fueron pocas las bandas y los cantautores que decidieron unirse a la protesta y marchar hacia la Casa Blanca enarbolando la bandera de la paz y la libertad: Bob Dylan, Tom Waits, Patti Smith… se erigían en líderes del descontento que a través de himnos inolvidables movían a las masas, hasta entonces zombificadas, a revelarse.

Pero si hubo un nombre que entre todos los iconos de la música se erigió como bastión de los desheredados, de las minorías, del canto a la libertad en tiempos de intolerancia, ese fue sin duda el ex Beatle John Lennon, que junto a su mujer Yoko Ono desafió como pocos el orden imperante en el país de la bandera tricolor y los frentes abiertos en todo el mundo a través de sus agencias de inteligencia y de su Ejército «invencible».

De cantante y guitarrista de culto, hombre que reinventó la música con The Beatles, Lennon, en su etapa en solitario y tras una tumultuosa separación de los de Liverpool –hay quien dice que por culpa de la influencia de Yoko–, el músico de nariz aguileña, larga melena e inconfundibles gafas redondas, se convirtió en el ojo del huracán. Pero ya en los tiempos en que compartía escenario con Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, se convirtió en un objetivo para la CIA al declarar, a mediados de los años 60, que los Beatles eran más populares que Jesucristo. Sus palabras, sacadas evidentemente de contexto por los que le veían como un pacifista –serlo entonces en América era casi como ser terrorista–, provocaron quemas masivas de discos de los músicos británicos e incluso el Ku Klux Klan volvió a gozar de cierto éxito entre los más conservadores como defensores de la moralidad y del sistema de valores que rendía culto a Dios y a la raza blanca haciendo honor a las siglas W.A.S.P.: «Blanco, Anglosajón y Protestante» (White, Anglo-Saxon and Protestant).

En 1971, ya separados los de Liverpool, Lennon se trasladó con su esposa, la también controvertida Yoko Ono, a Nueva York, y saltaron las alarmas de las agencias de inteligencia y de la administración Nixon, que le veía como una amenaza para la seguridad nacional en un tiempo en el que la CIA realizaba operaciones entonces ultrasecretas como MK-Ultra o MK-Chaos, esta última encaminada a infiltrar agentes entre los movimientos de contracultura que actuaban como espías de los literatos, los músicos –principalmente de rock y cantautores como Bob Dylan–, y que, regresando a la leyenda urbana, habrían sido responsables, entre otras, de la muerte de Jimi Hendrix, que al parecer no habría fallecido de sobredosis sino ¡ahogado con su mugrienta bufanda en una cuba de alcohol! Historias hay de todo tipo, desde luego para entretenerse bastante horas… Credibilidad: cero.

Jimi Hendrix

Sí fueron ciertas, no obstante, dichas operaciones de inteligencia, que veían en los movimientos pacifistas una amenaza tan preocupante como la de los Panteras Negras o los discursos de Martin Luther King y Malcolm X. John Lennon no solo era una estrella de la música, también era el más importante de los artistas revolucionarios y encabezaba manifestaciones no autorizadas megáfono en mano junto a Yoko. Era amigo de personajes incómodos y perseguidos como Abbie Hoffman, líder del Partido Internacional de la Juventud y el activista social Jerry Rubin, uno de los «Siete de Chicago».

Persecución y escuchas ilegales

La Administración Nixon se cebó con Lennon, siguiendo cada uno de sus movimientos, tanto, que el propio músico bromearía con la enorme cantidad de veces de aparecían «los técnicos del teléfono» por su domicilio; sin duda alguna lo tendría pinchado… Su enorme poder de convocatoria, sus provocaciones reiteradas –cuando posó desnudo con Yoko en 1968, fotos que causaron conmoción en una América puritana e hipócrita–, provocaron actos de seguimiento de las fuerzas de seguridad, escuchas ilegales –o alegales, porque la CIA tenía autoridad para todo–, amenazas como negarle el permiso de residencia y numerosos informes llenos de connotaciones peyorativas como en el caso de Jim Morrison, recabados por los federales y los servicios de inteligencia, en los que se recalcaba la figura de Lennon con «un personaje nocivo para el bienestar estadounidense».

John y Yoko, provocadores «antisistema»

Así que cuando la noche del 8 de diciembre Lennon era tiroteado a las puertas del edificio Dakota, donde vivía –y donde además de rodarse La Semilla del Diablo y donde había vivido un tiempo el ocultista por antonomasia del siglo XX, Aleister Crowley, rodeado de malditismo–, por el introvertido Mark David Chapman –volveremos sobre este punto en un nuevo y amplio post–, aparte de conmocionarse el mundo del espectáculo y la prensa internacional, saltaron todas las alarmas para los conspiracionistas. Según la versión oficial, Chapman, un personaje extraño que había trabajado como coordinador para la Young Men Christian Association –YMCA–, y que había intentado suicidarse por asfixia con monóxido de carbono, siendo ingresado posteriormente en el Castle Memorial Hospital –donde al parecer el ejército estadounidense había realizado experimentos de control mental en los años 60 y donde trabajaría Chapman en la imprenta–, disparó a Lennon y se quedó en la escena del crimen tan tranquilo, leyendo El Guardián entre el Centeno, de J. D. Salinger, libro rodeado también de un aura de malditismo que contribuyó a incrementar el «malditismo» de tan inefable crimen del que el pasado martes 8 de diciembre se cumplieron nada menos que 40 años. Cuatro décadas desde que el mundo es un poquito peor.

Horas agónicas

Años más tarde, Chapman realizó una entrevista en exclusiva desde prisión a la BBC en la que recordaba el momento en que tuvo a Lennon ante él: «Pasó a mi lado y entonces escuché en mi cabeza: ‘hazlo, hazlo, hazlo’; una y otra vez». Y, con un cinismo que rozaba el paroxismo, continuaba completamente tranquilo, como si hubiese robado un caramelo en lugar de asesinado a una estrella: «No recuerdo tener intención de hacerlo. Debí de haberlo hecho, pero no recuerdo siquiera haber apuntado, o como quieran llamarlo. Simplemente apreté el gatillo cinco veces». Lo hizo con balas huecas, para causar el mayor daño posible. Cuatro de ellas impactaron contra el músico. El primer periodista en cubrir el suceso fue Alan Weiss, quien, capricho del destino, fue conducido debido a un accidente al mismo hospital al que trasladaron a Lennon, el Roosevelt Hospital, en el Upper West Side. Weiss trabajaba entonces en el departamento de producción de un de un canal de noticias local neoyorquino. Aquella noche del 8 de diciembre, mientras volvía a casa en su moto atravesando Central Park, un taxi le golpeó y salió volando por encima del manillar. Así comenzaba su crónica, estremecedora, una vez que se encontró con la situación en el Upper West: «Yo estaba tumbado en la camilla, y detrás de mí se abre una puerta y aparece un hombre gritando: ¡tenemos una herida de bala! ¡Una herida de bala en el pecho!». El trágico desenlace ya lo conocemos.

Volviendo a la entrevista que Chapman concendió a la BBC, la misma despertó la curiosidad del periodista Fenton Bresler, que empezó a pensar que podría haberse tratado de un experimento de control mental de la CIA, uno de tantos proyectos englobados bajo el nombre en clave MK-Ultra y que haría famosa la película El Mensajero del Miedo, estrenada en 1962. El hecho de que los asesinos relevantes y los magnicidas –Sirhan Sirhan o James Earl Ray, entre otros– fueran personajes solitarios, a menudo enajenados, llevó a Bresler a postular que Chapman había sido nada menos que «programado» por los servicios secretos para asesinar a Lennon. Algo que suena a ciencia ficción, pero lo cierto es que los experimentos de control mental eran algo habitual en aquellos tiempos en las agencias estadounidenses. Que Chapman hubiese sido inducido para cometer el crimen suena más bien a despropósito.

Aún así, Bresler escribió el libro Who killed John Lennon?¿Quién mató a John Lennon?– que destapó la caja de Pandora de otra teoría más, muy elaborada, de la conspiración. El periodista había entrevistado al teniente O’Connor de la policía de Nueva York, encargado del caso, y éste le dijo que le había extrañado la tranquilidad de Chapman tras el crimen, y que «podría haber escapado muy fácilmente solo con haberlo querido. Tenía el metro al lado y no había nadie cerca que pudiera haberlo parado».

MK-Ultra, ¿la gran conspiración?

Los conspiracionistas creyeron encontrar conexiones entre la participación de Chapman en la YMCA y el MK-Ultra, puesto que eran supuestos caladeros de la CIA camuflados bajo la batuta de organizaciones humanitarias, aunque no existen archivos sobre las labores que Mark David realizó en Hawái y en el Líbano, donde al parecer se trasladó a un campo de reasentamiento donde ayudó a refugiados vietnamitas. Lo que es seguro es que Lennon dejó abruptamente de ser una molestia para la Administración estadounidense, y aunque el demócrata Jimmy Carter todavía era presidente el 8 de diciembre de 1980, las elecciones celebradas casi un mes antes habían dado como ganador a Ronald Reagan, que en asuntos de Seguridad Nacional prefería tomar el relevo de Richard Nixon y sus políticas reaccionarias.

Aquel día Chapman se convirtió en otro de los hombres más odiados de América –hay quien cree que solo buscaba ser protagonista de algo, y vaya si lo fue– y el ex beatle se convertía a su vez en leyenda viva de la historia del rock. Bueno, leyenda viva per se, trascendiendo los géneros. Una leyenda que permanece incólume –a pesar de la publicación de escándalos varios de su vida privada en estas décadas–, hasta hoy. Precisamente hace tan solo unos días se cumplían 40 años de aquel trágico día, en que todo el planeta, de un rincón a otro, rindió homenaje al hombre que imaginó un mundo mejor, pero que no logró conseguirlo. Hoy, ese mundo no ha cambiado mucho, por desgracia. Pero The Beatles y Lennon son inmortales, le moleste a quien le moleste, establishment viejo y nuevo incluidos, y sus canciones permanecen como uno de los grandes legados culturales del siglo XX. Qué leches, de todos los tiempos.

PARA INDAGAR MÁS, LAS MEJORES NOVEDADES:

El libro Rebeldes del Rock, del periodista musical Manuel Pérez Poy, se encarga de numerosos grupos y múscios individuales que fueron contra el establishment y trascendieron la música, que usaron muchas veces como vehículo de denuncia de un sistema corrupto y plagado de injusticias (que hoy, por desgracia, permanece prácticamente igual, o peor). Por supuesto, la figura de Lennon también es abordada en las páginas de este sugerente ensayo, lleno de anécdotas y de prosa ingeniosa y punzante que ha publicado recientemente Redbook Ediciones.

También Redbook es la artífice de la publicación de El lado oscuro del rock, firmado por el veterano crítico musical José Luis Martín, un sugerente título que ampliaremos próximamente en «Dentro del Pandemónium» y donde el autor se sumerge en uno de los aspectos más fascinante del género: cómo influyó en él el ocultismo, las artes adivinatorias, las sectas, la magia e incluso los rituales satánicos. Un ensayo que desmonta ideas preconcebidas y lugares comunes de bandas como The Beatles que, como afirma el autor, «de chicos buenos, nada».

Por su parte, Libros Cúpula acaba de publicar ¿Quién mató a John Lennon? El retrato del hombre detrás del misterio, de la prestigiosa periodista musical inglesa Leslie-Ann Jones, la nueva y probablemente definitiva biografía del músico y activista que explora sus claroscuros, su creación, su prematura y oscura muerte y su legado. Su contenido lo abordaremos en profundidad en un inminente post y que se ha lanzado coincidiendo con el 40 aniversario de la trágica muerte del multiinstrumentista que fue figura principal de los cuatro de Liverpool.

TO BE CONTINUED