La Peste Negra: confinamiento en tiempos medievales

23 09 2020

Las pandemias se han sucedido desde la antigüedad, causando grandes estragos y advirtiéndonos, aunque mirásemos para otro lado, que situaciones así podrían volver a repetirse.

En estos tiempos de pandemia, confinamientos y una crisis sin igual de nuestro mundo «tecnológico y acomodado» que, según los informes más pesimistas, nos hará retroceder al menos en 40 años, son muchas las voces –unas autorizadas y otras no tanto– que retoman grandes plagas epidémicas de tiempos pasados, por diversas razones. La más mentada, por su cercanía en el tiempo y por su nominación vinculada a nuestro país aunque de forma errónea y malintencionada, fruto de los haters de otro tiempo, es la Gripe Española, pero una de las que más suena, por su letalidad y por la forma en que el hombre hubo de confinarse para doblegarla, fue la peste negra, que tuvo distintos brotes, varias cepas y diversos periodos de propagación –en el Medievo, en los siglos XV y XVI…–.

En el siguiente texto me centraré en la más conocida y que en parte se combatió –en años donde palabras como EPI, PCR o vacuna se habrían tildado de brujería y «cosa del diablo»– con el recurso a la magia, la superstición y la devoción exaltada. Aunque todavía hoy algunos mandatarios piensan que rezándole a una estampita o besando los pies a una virgen el Covid claudicará… Ninguna ayuda es baladí, pero qué poco hemos cambiado los hombres por mucho que estemos sumidos en la era digital.

Y en medio de esta fiebre por saber más de pandemias y enfermedades, que siempre llamaron la atención del lector, pero que ahora son cosa de fuerza mayor, no son pocas las editoriales que han reeditado obras de este tipo o han publicado otras nuevas centradas o bien en el Coronavirus, su impacto y su incierto origen –que ha dado pie a teorías de todo tipo en el universo incontrolable de la Red, negacionistas incluidos–, o bien en enfermedades de diversas índole, las cuales obligaron en un momento dado a la humanidad –o (des)humanidad, que parece nos define mejor– a cambiar sus hábitos de forma radical, provocando una crisis sanitaria y económica de aquí te espero.

Orígenes inciertos, una vez más

A finales del siglo XIV tuvo lugar en toda Europa una brutal epidemia de peste que acabó, en muchas zonas, con más del 50% de la población. Las gentes de entonces creyeron, azuzadas por predicadores y agoreros, que había llegado el Apocalipsis y que la Providencia castigaba así a los hombres por todos sus pecados. El infierno se hacía realidad sobre la Tierra sembrando de cadáveres y apestados las sucias y abarrotadas calles de las grandes ciudades y de los pequeños pueblos de un extremo a otro del viejo continente…

El hombre medieval estaba sin duda acostumbrado a los contratiempos del destino. Los periodos de hambrunas, carestías de todo tipo y guerras eran algo con lo que tenía que lidiar desde que nacía. Sin embargo, nadie podía imaginarse que la muerte, aquella figura tenebrosa que comenzó desde entonces a ser representada embozada, siempre acechante entre las sombras, se llevaría por delante a millones de almas como consecuencia del mayor desastre epidémico de la historia.

Todo comenzó en el año 1348. La Muerte Negra, como empezó a conocerse en numerosos lugares, acabó con casi la tercera parte de la población europea. Los cuatro jinetes del Apocalipsis se abatían contra los hombres como nunca antes lo habían hecho. Para las supersticiosas mentalidades de la época era el comienzo del fin del mundo, y la sensación de pánico generalizado solo era comparable, salvando las distancias, a la que se vivió en el umbral del año 1000.

Occidente no se enfrentaba a una epidemia completamente nueva, pues ya en el siglo VI un brote de la enfermedad, conocido como “Peste de Justiniano”, asoló gran parte del Imperio Bizantino. Y aunque causó numerosos estragos, no fue comparable, en cuanto a virulencia y desastre, con la pandemia vivida entre 1348 y 1351. Pero como ahora, de poco sirvieron las experiencias previas. Hoy algo mucho menos comprensible, claro.

Existen discrepancias entre los historiadores sobre cuál fue realmente el punto de origen de la peste medieval, aunque la mayoría coincide en aceptar que pudo partir de la región de Yunnan, en el sudeste de China, transmitida a través de las caravanas asiáticas que recorrían el Imperio mongol en parte de la Ruta de la Seda. En 1387, millones de personas estaban muriendo en China, la India y en gran parte de las tierras del Islam. A Europa llegaban rumores sobre una terrible enfermedad acompañados de descripciones apocalípticas sobre el origen de la epidemia, como lluvias de ranas y serpientes, tormentas con fuertes granizadas y rayos y finalmente un humo hediondo y truenos espantosos.

Ese mismo año, el mal debió de entrar en contacto con los europeos en el puerto de Caffa –hoy Feodosia o Teodosia–, entonces colonia de Génova en el Mar Negro, hacia donde acudían las numerosas caravanas citadas. Poco después, la ciudad fue asediada por el khan tártaro Djani Bek, quien se vio obligado a levantar el sitio cuando una misteriosa plaga –la temible peste negra– comenzó a matar sin miramientos a sus tropas. Al general se le ocurrió entonces la brillante y terrible idea de lanzar al interior de la ciudad mediante catapultas los cadáveres pestilentes de centenares de sus soldados, treta mediante la cual pretendía “envenenar a los cristianos” y, como si de una pionera guerra bacteriológica se tratara, logró que la muerte negra penetrara en Caffa.

Después, doce galeras ocupadas por genoveses que habían contraído la enfermedad arribaron al puerto de Mesina (Italia) en octubre de 1387 y propagaron la peste de forma increíblemente rápida, mientras otros barcos, también infectados, llegaban desde Oriente a Génova y Venecia. Cuando las autoridades genovesas reaccionaron ya era demasiado tarde. Nada ni nadie podía detener ya a la peste.

Una enfermedad tenebrosa

Los primeros síntomas de la enfermedad consistían en fiebre elevada y escalofríos, que en ocasiones se confundían con los de otras enfermedades. Poco después hacían acto de presencia angustia y ansiedad, unidas a un aumento de la fiebre, mareos y vómitos. El paciente, que vivía en una estado de postración constante, perdía en ocasiones el conocimiento, todo ello en medio de fuertes sudores que desprendían un profundo y particular olor, según los cronistas “similar al de la paja podrida”. A ello se unían terribles dolores de cabeza, desnutrición, sensación de asfixia, grandes temblores y una lengua pastosa y blanquecina.

Pero, aunque desagradable, aquello no era lo peor: pronto aparecían hinchazones en las ingles, bajo las axilas o detrás de las orejas –allí donde se encontraban los ganglios linfáticos–, signos inequívocos de que la letal enfermedad estaba actuando.

En ocasiones alcanzaban el tamaño de una manzana o un huevo, por lo que el vulgo comenzó a llamarlos “bubones”, palabra derivada del griego boubon –bulto, tumor–, que dio origen a la denominación de “peste bubónica”, también conocida como “peste negra”, pues los bultos, manchas y úlceras adquirían un color negruzco. No era extraño que los bubones supurasen, generando un horrible hedor y, si llegaban a romperse, producían en el paciente un dolor prácticamente indescriptible.

Cuando la infección derivaba en infección pulmonar –la conocida como variante neumónica–, el paciente tenía pocas posibilidades de salir con vida, además de convertirse en peligroso foco de contagio, al poder transmitir la enfermedad por el aire, a través de la tos, de forma similar a la gripe. Cuando esto sucedía el enfermo presentaba bronquitis aguda, dolor en el tórax e incluso broncopulmonía de tipo hemorrágico que provocaba que expulsara esputos sanguinolentos.

Otra de las consecuencias de la peste bubónica era el delirio –delirium–, un estado alucinógeno generado por la fiebre que provocaba en muchos casos que algunos enfermos sufrieran accidentes e incluso se suicidaran. La arcaica medicina de los galenos de la época atribuía el contagio al aire viciado y a la falta de salubridad en las ciudades –lo cual no era del todo desacertado–, pero no sería hasta 1894 cuando se descubriera finalmente el mecanismo de contagio de la peste: la pulga de la rata negra –rata de cloaca– o xenopsylla cheopis. La enfermedad pasó a denominarse entonces Yersinia Pestis, en honor a su descubridor, el suizo Alexandre Yersis, discípulo de Louis Pasteur, quien realizó sus investigaciones durante un brote epidémico que azotó Hong-Kong a finales del siglo XIX.

Sin embargo, en la Baja Edad Media se creía que el mal se debía, cuando no a la ira de Dios, a una descompensación de los humores del cuerpo. En una crónica de la ciudad de Mallorca se puede leer que: “Las enfermedades que ahora hay vienen y proceden de la superabundancia de sangre, como los dichos médicos dicen y de eso tienen experiencia”.

La extracción de esta sangre corrupta era uno de los remedios más utilizados por los galenos y las sangrías se convirtieron en algo común para aliviar los síntomas de los apestados, bien rajando con bisturí o aplicando sanguijuelas sobre la zona afectada, remedio bastante desagradable, pues éstas pueden aumentar hasta ocho veces su propio peso durante la succión. A la larga las sangrías eran una pésima solución, pues dejaban al enfermo más debilitado y por tanto con más riesgo de morir.

Un infierno se abate sobre la Tierra

Los roedores campaban a sus anchas por unas ciudades llenas de suciedad, donde la higiene personal dejaba mucho que desear y en una época en la que se llegó a aconsejar, por ejemplo, lo que recogía la siguiente receta: “Bañarse es cosa muy dañosa, pues el baño hace abrir las porosidades del cuerpo por las cuales el aire corrompido entra y produce fuerte impresión en nuestro cuerpo o en nuestros humores”.

En un escenario de tales características la enfermedad tuvo el campo libre para actuar impunemente. Nadie creía que las ratas eran en parte las culpables de su transmisión y el hombre estaba acostumbrado a convivir con estos roedores, presentes casi en cada rincón. En los barrios pobres y degradados se hacinaban las gentes humildes siendo un potencial foco de infección. Por si esto fuera poco, Europa estaba sumida en uno de los peores conflictos de la historia: la Guerra de los Cien Años (1339-1453) entre Francia e Inglaterra. Las bajas eran a veces muy numerosas y los campos quedaban regados de cadáveres mutilados y mal enterrados que, una vez corruptos, contribuían a expandir la pandemia.

La muerte negra sumió a reinos y ciudades enteras en la más absoluta ruina y decadencia, y sus efectos fueron atroces, como narró la pluma del genial escritor italiano Giovanni Boccaccio. Los cementerios eran insuficientes para enterrar a los miles de cadáveres que se hacinaban y la burocracia se paralizó casi por completo en las grandes urbes, algo que evoca la actual crisis económica que está paralizando nuestro mundo. Para muchos historiadores, la epidemia fue el comienzo del fin del feudalismo. La propagación de la peste provocó también el estallido de focos revolucionarios y grandes desórdenes en importantes núcleos urbanos –como en Flandes y en algunas ciudades italianas–. Las revueltas fueron constantes y en algunos casos llegaron a alcanzar cotas de gran dramatismo, como en la Ciudad Eterna, y numerosos pogromos que acabaron con gran parte de la población judía europea, pues los culpaban de ser los culpables de envenenar los pozos de agua de la cristiandad, en un funesto y premonitorio aviso de lo que habrían de sufrir bajo el nazismo siglos después, acusados de despropósitos similares en pleno siglo XX.

Las cifras de defunciones hablan por sí solas. Los venecianos morían en la increíble proporción de 600 personas al día. Se estima que Inglaterra perdió el 25 por ciento de su población –en verano de 1348 eran enterrados casi 300 cadáveres al día– y Escocia prácticamente un 30 por ciento. El espectro de la peste fue aún más voraz en Francia y Alemania, donde acabó con la vida de nada menos que el 50 por ciento de su población. Muchas ciudades vieron impotentes cómo sus habitantes disminuían drásticamente. Florencia, con 100.000 habitantes, perdió a la mitad de su población. En Venecia falleció el 60 por ciento de la población y en Avignon la mitad de sus habitantes. Suma y sigue. La península Ibérica tampoco se libró del impacto epidémico y en algunas ciudades desapareció más de la mitad de la población, como en Barcelona, donde murieron 38.000 de sus 50.000 ciudadanos. En el entonces Reino de Mallorca fallecieron alrededor de 9.000 personas. Y la lista es interminable.

Aunque muchos historiadores afirman que desapareció a causa de la plaga el 30% de la población europea, algunos creen que esta tasa llegó a alcanzar el 50%, algo que nunca sabremos con certeza.

Combatir la pandemia

La mayor parte de los “médicos” que ayudaron a los apestados eran voluntarios, pues los doctores cualificados por lo general huían. Para evitar contagiarse, los facultativos con el tiempo se protegerían con una vestimenta realmente esperpéntica. Convencidos de que la enfermedad se transmitía a través del olfato, idearon una máscara que acababa en forma de largo pico de ave –quizá porque al comienzo de la enfermedad se creía que ésta era diseminada por los pájaros y dicha máscara ayudarían a espantarlos–, en cuyo interior introducían distintas hierbas aromáticas que servirían –o eso creían– para neutralizar el aire corrupto y que éste no se introdujera por sus fosas nasales. Unas máscaras hoy popularizadas por el carnaval veneciano.

El fuerte influjo de las creencias supersticiosas de la época provocó que los doctores llevasen también unos anteojos negros sobre la máscara que creían eran un eficiente amuleto contra el “mal de ojo”, pues no obstante la muerte negra era considerada una plaga maldita. Además, una larga túnica también de color negro cubría su cuerpo, un enorme sombrero protegía su cabeza y portaban una larga vara o bastón de madera y guantes para no entrar en contacto directo con los apestados. Su aspecto grotesco advertía a los transeúntes, de forma indirecta, del peligro de contraer la enfermedad.

Con la intención de evitar la dispersión de la pandemia, los cadáveres eran sacados con carretillas fuera de las ciudades, donde se introducían en grandes fosas para ser quemados después. No obstante, durante el tiempo que permanecían a la espera de ser calcinados –varios días debido a la falta de enterradores–, la putrefacción contribuía a propagar aún más el mal. 

Bastaron apenas dos o tres años para diezmar Europa, lo que generó dos tendencias realmente opuestas de asimilar lo ocurrido entre las gentes: muchos se dieron al libertinaje, a la bebida y al sexo desenfrenado –incluidos un gran número de clérigos–, que adoptaban esta actitud ante la brevedad de la vida y el acecho inevitable de la muerte; otros, por el contrario, se dedicaron a la existencia beatífica, a la contemplación espiritual, el pietismo y la penitencia.

Creían que la peste bubónica no era sino una especie de plaga bíblica que se abatía sobre los hombres para castigarlos por sus pecados. Este clima de histeria y fanatismo religioso provocó que muchas personas comenzaran a automutilarse como forma de redención y penitencia. Se hicieron muy populares las llamadas procesiones de flagelantes, que recorrían ciudades y pueblos azotándose con varas y látigos cual si del mismísimo Juicio Final se tratase, desgarrando sus carnes e implorando el perdón entre charcos de sangre.

Los penitentes se fustigaban con látigos de cuero anudados con pinchos de hierro. Algunos sufrían graves heridas entre los omoplatos, y algunas mujeres, extasiadas, recogían la sangre con sus propios vestidos y se la pasaban por los ojos, al creer que era milagrosa. Creían que con esa durísima penitencia se conseguiría mitigar la ira de Dios y aplacar de esta forma la peste. En procesiones que reunían hasta 1.000 fieles, los flagelantes se imponían caminar durante 33 años y medio como los años que vivió Jesucristo. Sin bañarse, abandonando sus bienes y sin practicar sexo, marchaban de ciudad en ciudad realizando actos que hoy catalogaríamos de masoquistas, ante la muchedumbre enfervorecida.

Las gentes imploraban al cielo, sacaban las reliquias de las iglesias, se realizaban rituales eclesiásticos, se celebraban múltiples misas… Sin embargo, estos multitudinarios actos facilitaron en muchas ocasiones la expansión de la enfermedad.

Por su parte, los astrólogos y algunos médicos creían que la causa de la peste, de los “efluvios malignos del aire”, se encontraba en la influencia de los astros ¡siempre los astros! concretamente en la nefasta conjunción de los planetas Júpiter, Marte y Saturno, y también en el efecto negativo de eclipses y cometas; al menos esa fue la respuesta que dieron los físicos de la Sorbona al rey francés Felipe VI cuando planteó qué había provocado la corrupción del aire. En medio de este catastrofismo cogieron fuerza las interpretaciones más descabelladas, como que el mal se producía “por malvados hijos del diablo que con ponzoñas y venenos diversos corrompen los alimentos”, según reza un escrito contemporáneo.

En 1348 la peste negra recorrió a toda velocidad un largo camino que iba de Sicilia a Inglaterra, hasta alcanzar su clímax. Fue entonces cuando en Italia las autoridades de la ciudad de Pistoia, convencidas de que Dios estaba castigando al mundo, creían que la ciudad debía purgar sus pecados. Se publicaron ordenanzas que prohibían el juego, la blasfemia y la prostitución. Normas que se empezaron a aplicar en diferentes ciudades y países como hoy se ha hecho obligatorio el uso de mascarilla o la distancia social.

En Alemania, las brutales torturas de los flagelantes impactaron sobremanera a las gentes. Era creencia común que la sangre de los mártires era sagrada, por lo que poco a poco este movimiento heterodoxo fue sustituyendo en amplios lugares a la religión oficial, cuyas plegarias no evitaban la muerte de nadie. Miles de fieles seguían en masa a estos personajes, muchos de los cuales se creían dotados de gracia divina a través del sacrificio de su sangre y afirmaban ser capaces de realizar milagros en nombre de Cristo. Aseguraban que los niños fallecidos podían revivir en su seno y el pueblo creía que algunos animales hablaban gracias a su intercesión. Estas asombrosas “facultades”, fruto sin duda del fanatismo y la superstición, no evitaron sin embargo que los cadáveres siguieran amontonándose en las calles.

La terrible plaga había dejado su huella de muerte y destrucción a lo largo de miles de kilómetros, atormentando el alma de millones de personas y diezmando ala población europea. Con el tiempo los hombres volverían a tomar el control de la situación, pero ya nunca volverían a ser los mismos. Ahora conocían las llamas del infierno.

El poeta italiano Petrarca cantó como nadie el sufrimiento y la pena, la pérdida de los seres queridos que causó la peste bubónica: “Considera lo que hemos sido y lo que ahora somos… /¡Dónde estáis amigos queridos!/ ¡dónde los rostros amados!/ Éramos una multitud, ahora estamos casi solos…”. Después del azote del Covid, nosotros tampoco volveremos a ser los mismos.

Para saber más:

Para profundizar en el tema de la Peste Negra, en su aspecto estrictamente historiográfico y el impacto que tuvo en nuestro país, Ediciones Universidad de Salamanca editó recientemente el completo ensayo, repleto de información académica, La Construcción de la Idea de la Peste Negra (1348-1350) como catástrofe demográfica en la historiografía española, del doctor en Historia Guillermo Castán Lanaspa. Os dejo la portada y el enlace donde obtenerlo:

Para una visión global de las pandemias, en mayo de este año la Editorial Debate publicó Contagio: la evolución de las pandemias, del autor estadounidense David Quammen, quien recoge en sus páginas las advertencias que la naturaleza llevaba años mostrando en distintos animales, principalmente murciélagos. En esta completa obra, de fácil lectura, el autor se sumerge en las recientes enfermedades zoonóticas –virus latentes en animales que dieron el salto a los humanos, como el VIH que provocó el SIDA, el H1N1 que causó la gripe de 1918, mal llamada española, el ébola, el SARS, el virus de Marburgo o el causante de la gripe aviar–, persigue su rastro junto a los científicos de mayor autoridad en numerosos rincones del planeta.

Y para una revisión histórica y divulgativa de las epidemias que han asolado nuestro mundo, tenemos el clásico del doctor José Luis Betrán Noya Historia de las Epidemias en España y sus colonias (1348-1919), que editara en su día La Esfera de los Libros. A raíz de la actual pandemia, y de la demanda que este tipo de trabajos tiene entre los lectores, la editorial lanza en formato digital el libro, junto a otros trabajos en la misma línea como los libros del divulgador científico Pedro Gargantilla Historia curiosa de la medicina o Enfermedades que cambiaron la historia.

Todo un abanico de curiosidades sobre los virus cuya información podéis ampliar en el siguiente enlace: http://www.esferalibros.com/noticias/historia-de-las-epidemias-la-esfera-lanza-ahora-en-formato-digital-el-clasico-del-profesor-jose-luis-betran-moya/





Evros: una historia de fronteras y deshumanización

19 09 2020

En tiempos de pandemia y pánico –justificado, por supuesto, pero en parte sobredimensionado por los medios–, el mundo sigue sumido, al margen del Covid, en numerosos problemas que ahora parecer importar aún menos al primer mundo.

Y me declaro igual de culpable que la mayoría. En medio de una crisis sanitaria y económica sin parangón en el mundo occidental, hay millones de personas que continúan enfrentándose cada día a otro tipo de muerte, al exilio forzoso, a la tortura y a la miseria; problemas que el virus no ha hecho sino acrecentar en las latitudes más castigadas desde hace años, décadas, incluso siglos. Esos sitios donde no ha llegado ni la Wi-Fi, ni los teléfonos inteligentes, ni la PlayStation 4, en ocasiones ni el agua corriente ni la electricidad, en pleno siglo XXI.

Recordar –y por tanto concienciar y animar a la acción incluso en tiempos de adversidad global– es lo que pretenden algunos trabajos que, en forma de libros-testimonio, remueven conciencias y nos hacen salir de nuestra burbuja, en gran parte acomodada incluso en tiempos de ERES, ERTES, negocios con oscuro horizonte o colas del hambre en nuestros mismos barrios. Sí, sabemos que aquí en España y en muchos otros países desarrollados ni todo el mundo vive bien ni las oportunidades están a la vuelta de la esquina, y mucho menos ahora, cuando en el peor de los escenarios –aunque aún podría serlo más– el Banco de España prevé un paro del 22% para el año 2021. Vergonzante.

Pero, como digo, hay situaciones mucho más trágicas que no debemos olvidar a pesar del miedo que todos tenemos al colapso sanitario y a la crisis económica descontrolada. El reciente y trágico, doblemente –por ser, al parecer, intencionado– incendio del campo de refugiados de Moria, nombre de ecos Tolkianos pero cuyas marginales construcciones poco tenían que ver con el esplendor del reino subterráneo descrito por el maestro de la literatura fantástica, hace más acuciante aún poner de relieve el trágico destino de los migrantes. Un destino incierto que se oscurece aún más conforme el cambio climático, otro de los grandes problemas de nuestro presente e inminente futuro al que damos temerariamente de lado, aumenta a un ritmo vertiginoso.

La editorial independiente La Caja Books, que nos tiene acostumbrados a magníficas –y poco habituales– ediciones de ensayos que dan voz a esas personas que no suelen hablar en los mass-media, ha publicado recientemente Sínora: historias de frontera de Europa y de las personas que la habitan, del periodista gallego Andrés Mourenza. El término que da título al libro, sinora, es la forma en griego de la palabra «frontera», esos muros, a veces invisibles, que erigimos los «animales racionales» para separar y que en muchas ocasiones se convierten en sinónimo del desastre, y de la deshumanización. Un tema harto demonizado y puesto de relieve en los últimos años por ese gran muro que pretende construir –y que en gran parte ya está erigido, y con administraciones demócratas, de eso hablaré otro día–, el presidente más controvertido de los últimos años, el mediático Donald Trump.

Mourenza, como buen periodista de campo, viajó hasta un lugar que estremece, un sitio de paso reconvertido en fosa común, un lugar cuyas condiciones pueden extrapolarse a muchos otros enclaves de nuestro ingrato planeta. Y es que por muchas RRSS que nos bombardeen con información a cada segundo, no hay nada como el contacto directo para narrar la realidad de esos «otros mundos» que están en el nuestro aunque queramos taparlos.

Viajar a la otra orilla del Evros –donde un cementerio sin nombre plagado de muertos anónimos recuerda al viajero el drama de esta realidad silenciada de los que pretenden atravesar el mar para alcanzar la gloria eruopea–, cruzar el abismo de agua que separa Turquía de Grecia, es el sueño de miles de refugiados que huyen de la barbarie, de la guerra y la miseria.

Sínora es la crónica valiente de una odisea sin mitología, pero regada de monstruosidades; desde el confín de Europa con Oriente Medio, este libro nos trae una nueva lección de ese fértil cruce de caminos entre la literatura, el periodismo y la Historia. Periodismo del valiente, del bueno, en tiempos de fake-news, globalización informativa y RRSS cargadas de insultos baratos, reflexiones banas, intereses creados y superficialidad.

Urbicidio: destruyendo la memoria de los pueblos

Y si además queremos ahondar en lo que se ha dado en definir con el neologismo de «urbicidio» y que no es otra cosa que la destrucción del arte, las imágenes y los edificios, una «violencia contra la ciudad» acuñada en 1963 por el autor Michael Moorcok, la misma editorial nos ofrece otro potente ensayo –potente en el sentido de remover conciencias–: La destrucción de la memoria, publicado tiempo atrás, pero todavía disponible en su web. Escrito con garra y cierta mala leche por el periodista y consultor en patrimonio Robert Bevan, este libro es un tortazo a la cara de los intolerantes, de cualquier color e ideología, esos que todavía hablan de derribar monumentos y obras artísticas, también aquí, en nuestro país, y en este 2020 pandémico y alocado.

Un aterrador recorrido –mayor al saberse real– por toda una serie de guerras y conflictos en los que la aniquilación de símbolos e iconos arquitectónicos ha ejercido un papel capital, símbolo de la barbarie: Dresde, Vukovar, Guernika, Sarajevo, Tíbet, Mostar, Palmira… hasta el corazón del capitalismo occidental: las Torres Gemelas y el World Trade Center en un 2001 del que acaban de cumplirse 19 largos años. Un ensayo complejo y profundo que combina con maestría erudición y documentación con testimonios de primera mano obtenidos siguiendo el mejor reporterismo.

En sus páginas podemos asomarnos al genocidio armenio, pero también a una de las grandes tragedias que asoló el Viejo Continente no hace tantos años. No durante los tiempos salvajes de la Segunda Guerra Mundial o del telón de acero sino en los acomodados años 90, en pleno corazón de Europa, ante la impotencia y parálisis de los países «civilizados» más próximos, la inacción de la OTAN o la indiferencia más pura de las grandes potencias: la guerra de Yugoslavia, que dejó un reguero de sangre y muerte estremecedor y cuya destrucción también se cebó con los símbolos arquitectónicos de toda un territorio, como el puente de Mostar, volado durante la Guerra de Bosnia el 9 de noviembre de 1993.

No obstante, Bevan se remonta también a la antigüedad, y cómo la «destrucción de esa memoria» del otro, del enemigo, del diferente, ha sido una constante en la historia. Así, nos habla de las ciudades aztecas destruidas por Cortés –o las propias ciudades indígenas arrasadas previamente por los conquistados–, los babilonios que destruyeron el Templo de Salomón en Jerusalén o los destructores de grandes bibliotecas de la antigüedad.

Como escribió en su día el crítico George Bataille, los monumentos no solo simbolizan a un enemigo, son en sí mismos el enemigo. De ahí ese afán por la guerra cultural y la destrucción del patrimonio de distintas culturas. Un ensayo que ha sido definido por el diario británico The Independent así: «Su narrativa es cautivadora y convincente. Toda persona concienciada debería leer este libro y extraer sus propias lecciones».

En una próxima entrada hablaré de los controvertidos y por ello aún más necesarios títulos que la editorial ha dedicado a los países del antiguo Telón de Acero, o a los lugares hoy más peligrosos de Armenia o de la Rusia de Putin.

Más información en: https://www.lacajabooks.com/





Revista Año/Cero-ENIGMAS 347 ¡Ya en tu kiosco!

14 06 2019

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Las auténticas Profecías Mayas: nuestro colaborador José Antonio Iniesta lleva décadas en permanente contacto con los sabios mayas, a los que está ayudando a dar a conocer su sabiduría ancestral en el mundo occidental. En esta época, marcada por la misión de revelar los ancestrales conocimientos mayas, según afirman los guardianes de esta tradición, Año/Cero ha sido el medio de comunicación «elegido» para ofrecer tan trascendente información.

Descubierta una nueva ciudad subterránea en Turquía. Esconderse bajo tierra… ¿de quién? Nuestro director, Lorenzo Fernández Bueno, ha regresado recientemente de un viaje único, recorriendo Turquía tras las huellas del mito y la leyenda. No ha sido un viaje más de http://www.rutasmisterio.es, ya que hemos tenido la oportunidad de entrar en la ciudad subterránea de Salatli Mercury, en la enigmática región de la Capadocia, y el privilegio de ser de los primeros en ver un misterio bajo tierra difícil de explicar…

El Túnel del Tiempo: La conspiración del virus H1N1. A diez años del origen de la pandemia, recordamos sus puntos oscuros. En 2009 saltaron todas las alarmas y los gobiernos encargaron millones de dosis de antivirales. Finalmente, sus estragos fueron mucho menores de lo que vaticinaron distintos organismos. ¿Se escondía un complot detrás de la difusión mediática del virus?

A la Caza del Monstruo de Penamoa: Manuel Carballal recupera un extraño caso clásico de anomalía en España. En 1985, vecinos de un asentamiento chabolista situado a las afueras de la ciudad de A Coruña salían armados por las noches para dar caza a un ser monstruoso que llevaba semanas atemorizándolos. Policías y militares también patrullaron la zona para localizar al «intruso«. Nuestro compañero ha obtenido nuevos testimonios y valiosas informaciones sobre el caso.

La Última sacerdotisa de Kildare: En la localidad irlandesa de Kildare existe un templo en el que antiguamente siempre había una llama encendida, que era protegida por una congregación de sacerdotisas conocedoras de los secretos del milenario culto a la diosa madre. Su linaje ha llegado hasta nuestros días, y nuestro compañero Manuel Fernández Muñoz ha charlado con una de sus últimas guardianas.

Mothman. Las últimas profecías: En los últimos años se ha producido un notable incremente en los informes de criaturas humanoides aladas en áreas cercanas a los grandes lagos de EE UU. Todo apunta a que estamos ante una reaparición del Mothman, el «hombre polilla», que fue visto en la década de 1960 y años subsiguientes. Pero, ¿podría tratarse de otro ser? ¿Qué verdad se esconde tras estos avistamientos? ¿Y sobre las maldiciones relacionadas con su presencia? Los expertos que se han hecho eco de estos episodios ofrecen explicaciones muy diversas sobre la naturaleza de esta esquiva criatura.

¡Alto Secreto!: Atentados de Falsa Bandera. Son numerosos los interrogantes que rodean a los atentados del 11-S, que sirvieron para que el Gobierno de EE UU invadiera Afganistán e Irak e impusiera un férreo control sobre su población. En La Conspiración mundial (Obelisco, 2013), el investigador David Icke aporta «evidencias» de que se trató de un autoatentado y de que planes similares se venían desarrollando desde décadas anteriores en el país de las barras y estrellas.

«Yo viví con gente sombra». Entidades de la dimensión oscura en nuestro mundo: incluso petroglifos y pinturas rupestres de muchos miles de años de antigüedad parecen reflejar la presencia de entidades que atraviesan puertas dimensionales para presentarse ante nosotros con intenciones agresivas. Estos casos se han repetido a lo largo de la historia hasta llegar hasta nuestro días, tal y como confiesan a nuestro compañero Miguel Pedrero los testigos de este reportaje.

Encuentros con seres de otras dimensiones. Se trata de casos difíciles de clasificar, porque los testigos se encuentran con entidades antropomorfas que surgen de la nada y desaparecen de repente, y que en ocasiones interactúan con los testigos, quizás en un esfuerzo por ejercer una mayor influencia sobre ellos.

Juicios contra animales

Entre los anales más insólitos de la humanidad, figuran los juicios contra animales, una práctica que aparece desde la más remota antigüedad. Algunos fueron al cadalso acusados de homicidio, pero otros fueron sometidos a un proceso, acusados nada menos que de incesto e incluso satanismo y brujería. Episodios olvidados que rescatamos en las siguiente líneas.

El mapa de la humanidad desaparecida. En el pasado, grandes cataclismos borraron de la faz de la Tierra civilizaciones enteras, de origen desconocido, que probablemente obtuvieron un importante desarrollo tecnológico y de las que nada sabemos. Aunque de vez en cuando surge alguna pista, como el sorprendente mapa de Oronce Finé, un enigma histórico en toda regla que analizamos a continuación.

«El OVNI se hizo con el control de los misiles nucleares»

Misiles con ojivas nucleares desactivados por OVNIs. Parece el argumento trillado de una cinta de ciencia ficción, pero, según varios militares estadounidenses, se trataría de una realidad. Tras un largo tiempo de desconfianza, tuve la oportunidad de entrevistar al más emblemático de los hombres que decidieron romper el silencio, el mayor retirado Robert Salas.

Más información y suscripciones en nuestra web: https://www.espaciomisterio.com/revista/revista-enigmas/no-347-junio-de-2019_20643