La Luftwaffe: la implacable fuerza aérea del Tercer Reich

La Luftwaffe nació en 1924, en el marco de la Reichswehr, como se conocía a las fuerzas armadas del imperio alemán tras la Primera Guerra Mundial. Con el ascenso de los nazis al poder, Hitler, cuyo objetivo siempre fue declarar la guerra en el marco de la llamada política del espacio vital o Lebensraum, dio luz verde al rearme del nuevo Reich. Un completo ensayo, publicado por Cult Books y obra del veterano historiador militar alemán Cajus Bekker (lanzado originalmente en castellano en 1968), narra con detalle y buen pulso narrativo el desarrollo de esta temible fuerza aérea de vanguardia.

Óscar Herradón ©

Bastaba con haberle hecho caso a lo que escribió en su testamento político, Mein Kampf, publicado por primera vez el 18 de julio de 1925, para conocer las intenciones bélicas del antiguo cabo austriaco, que muchos ignoraron, un error fatal para el mundo libre. Ya en el poder, el nuevo Führer encargó a Herman Göring –quien era diputado en el Reichstag, hasta que éste se quemó en un ataque de falsa bandera casi con seguridad orquestado por el mismo Partido Nazi– reorganizar su estructura y modernizar la flota aérea, todo ello en el más absoluto de los secretos para evitar sanciones de otros países europeos, los vencedores de la Gran Guerra que habían redactado el Tratado de Versalles (entre ellos, Inglaterra y Francia).

Göring en 1917, en plena Gran Guerra.

Göring no era un cualquiera, sino un as de la aviación de la Primera Guerra Mundial que en 1918 tomó el mando del mismo Escuadrón de Caza (el número 1) que había pertenecido al célebre «Barón Rojo» hasta su muerte en abril sobrevolando Francia; por lo que encargarle la dirección de la fuerza aérea no carecía de sentido práctico, y sobre todo simbólico, recuerdo de la grandeza de ese otro imperio «traicionado». 

El objetivo de aquella fuerza de élite era atacar y defenderse ante cualquier tipo de hostilidad de las potencias europeas, aunque realmente respondía al objetivo nazi de desencadenar una contienda y conquistar el Viejo Continente. Sus primeras intervenciones tuvieron lugar en el trágico escenario de la Guerra Civil Española, de mano de la llamada Legión Cóndor, con el bombardeo sobre Guernica (donde los aparatos alemanes escenificaron su capacidad destructiva) y también en otras regiones de nuestra piel de toro. En la Península, sus pilotos adquirieron una enorme experiencia y destreza que desplegarían durante la Guerra Relámpago.

La Península Ibérica y su guerra fratricida serían, pues, el campo de ensayo de aquellos que habrían de enfrentarse en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de la existencia del llamado Comité de No Intervención: alemanes e italianos del lado franquista, y soviéticos –y las Brigadas Internacionales– del lado republicano, que desplegaron parte de sus carros de combate y aparatos aéreos, aunque con mucha menos eficiencia que las potencias del Eje, lo que influiría notablemente en la victoria de las fuerzas reaccionarias.

Organización y operaciones de éxito

Su estructura interna se dividía en grupos, integrados a su vez por Alas, cada una con un color dependiendo del escuadrón. Cada aparato recibía unas marcas especiales y un número concreto para poder identificarlo fácilmente y recibían actualizaciones debido al avance de la guerra y las particularidades de cada momento. Dentro de la jerarquía militar, los pilotos se dividían en Comandantes de Ala, Ayudantes u Oficiales de operaciones. La Luftwaffe utilizó diversos tipos de aviones durante la Segunda Guerra Mundial, manifestando estrategias de combate y tecnología nunca vistas hasta entonces.

Su número abruma: casi 90.000 aviones construidos, 4.500 unidades del multifuncional Junkers Ju 52, 15.000 aviones Junkers Ju 88 como aparato pesado (utilizado principalmente durante la Batalla de Inglaterra) y 6.000 aviones Junkers Ju 87 o Stukas, (del alemán Sturzkampfflugzeug, «bombardero en picado»), aviones de ataque a tierra biplaza que se caracterizaban por los bramidos de su sirena Jericho-Trompete («trompeta de Jericó»), un símbolo de la propaganda del poder aéreo alemán y de las victorias de la «Guerra Relámpago», que fueron probados sobre el terreno en el citado bombardeo de Guernica.

Un Stuka en plena acción.

Su primera gran demostración de fuerza sería tras la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939 que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial. Durante la llamada Blitzkrieg –Guerra Relámpago–, su efectividad y letalidad darían los primeros grandes éxitos de conquista al Tercer Reich. También mantendrían en jaque al Reino Unido durante la Operación León Marino y el intento de invasión de las islas que finalmente lograrían repeler desde Londres con mucho sacrificio. Después, el escenario cambiaría notablemente y, aunque los ases de la aviación alemana continuarían haciendo mucho daño a los aliados, sería precisamente Alemania y el territorio del Reich donde más se sufrirían los bombardeos británicos y estadounidenses hasta quedar prácticamente media Europa reducida a escombros.

Como anécdota, señalar que uno de los pocos edificios que permanecieron a salvo de los bombardeos y prácticamente intactos fue precisamente el Ministerio del Aire nazi. Durante un viaje a Berlín en 2017 pude ver –con mayor precisión que a través de Google Earth– cómo dicho edificio está en perfecto estado en la Wilhelmstrasse y hoy es sede del Ministerio de Finanzas de la capital alemana. Y se encuentra precisamente frente a lo que fueron los siniestros cuarteles de la Gestapo que hoy es museo de la ignominia nacionalsocialista.

La intención de este post no es realizar un sesudo análisis de una organización tan compleja y decisiva en la contienda como ésta, para ello existe el magnífico ensayo (junto a numerosa bibliografía precedente y posterior) que ha publicado recientemente Cult Books: La historia de la Luftwaffe. La aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial. Me centraré en el final del hombre que estuvo al frente de aquel organismo y que a punto estuvo de sustituir a Hitler en la cancillería del Reich en los estertores del imperio nazi, aunque el Führer lo destituyó de sus cargos, como a Himmler, por traición, poco antes de su suicidio en el Búnker de Berlín, dejando como sucesor en su testamento al comandante de la Kriegsmarine Karl Dönitz (¿una bofetada al orondo Göring?).

Núremberg, la última parada de un vividor

El mariscal Göring, antiguo as de la aviación, tuvo una muerte digna de una novela de Le Carré. Al ex jefe de la Fuerza Aérea Alemana se le pudo ver muy desmejorado y mucho más delgado durante las sesiones de los Juicios de Núremberg que sentaron a los criminales nazis en el banquillo. Göering estuvo presente junto a otros destacados gerifaltes nazis como Rudolf Hess, Joachim von Ribbentropp o Alfred Rosenberg. Condenado a morir en la horca, la noche anterior a la ejecución, el 15 de octubre de 1946, el último en entrar en la celda del viejo mariscal fue el doctor Ludwig Pflücker, para administrarle los sedantes que tomaba por su adicción a la morfina, de la que estaba casi curado (se hizo adicto tras el impacto de bala que recibió en el lejano Putsch de Múnich, en 1923) y otras dolencias, o quizá para que tuviera su última noche en paz sobre una tierra que dejó regada de sangre.

A las 23.15 horas, el centinela de la policía militar que custodiaba las celdas de los jerarcas nazis hizo su ronda y miró por la trampilla: Göring estaba relajado y tendido bocarriba, como si estuviera dormido. Un rato después, el mismo soldado volvió a mirar durante la siguiente ronda y vio al reo en medio de grandes convulsiones, agarrándose la garganta con las manos y con el rostro desencajado, sudoroso y azulado. El mismo doctor únicamente pudo certificar su muerte. Pero él no había sido quien le facilitó el veneno, una cápsula de cianuro, la «vía de escape» preferida de los hombres de la esvástica (lo mismo que ingirieron Eva Braun y Hitler antes de descerrajarse un tiro, la familia Goebbels al completo o Heinrich Himmler tras ser detenido por las fuerzas aliadas norteamericanas en Lünwerg, todos en 1945).

Impactante imagen del cadáver de Göring tras su suicidio.

Entonces, ¿y el origen de la cápsula que causó un auténtico revuelo internacional? Se trataba un asunto muy grave y pestilente, teniendo en cuenta que el señor Göring era uno de los principales responsables de la mayor matanza de civiles y crímenes de guerra de la era contemporánea. Es más, aunque siempre se asocia el Holocausto con las SS, que fueron las que lo llevaron a cabo, la primera directriz que aludía, en el eufemístico lenguaje del régimen nacionalsocialista, a que había que aplicar ya «la Solución Final de la cuestión judía», estaba rubricado precisamente por el mismo Göring, en julio de 1941.

Pues bien, existen indicios de que la cápsula de cianuro pudo habérsela pasado subrepticiamente el teniente del Ejército de los EEUU Jack G. Wheelis, que entabló amistad con el nazi durante el juicio… ¡a cambio de un reloj de oro! Otra posibilidad es que se la facilitara Herbert Lee Stivers, un soldado de la guardia del 26º Regimiento de Infantería que en 2005 admitió haberle dado a Göring una pluma estilográfica por orden de una mujer alemana desconocida… ¡a cambio de un encuentro sexual! Dicha pluma habría contenido el cianuro. Pero existe otra hipótesis más: que el propio criminal la llevara oculta en un bote de crema para tratar su dermatitis que sus carceleros le permitieron quedarse. A día de hoy, más de 80 años después, aquel misterio de la posguerra permanece vigente.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

El citado libro de Cajus Bekker, pseudónimo de Hans Dieter Berenbrok, que edita Cult Books bajo el título de La historia de la Luftwaffe. La aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial y con una sugerente portada. Cuando la primera edición de este libro imprescindible vio la luz en Alemania, la extensa bibliografía existente sobre la Segunda Guerra Mundial ganó en calidad y sobre todo amenidad: contaba la historia militar –en este caso de la fuerza aérea germana– de forma más clara y objetiva, también más dramática y fiel a los hechos. Y Bekker lo hizo entrelazando de forma magistral todos los aspectos que configuraban la Luftwaffe.

Todo ello con gran amenidad. Y es que, aunque no olvidó el detalle técnico que durante décadas hasta hoy ha hecho las delicias del aficionado a la aviación y por ende a la historia militar, se volcó con especial intensidad en su fascinante anecdotario, las crónicas de las batallas y estampas de heroísmo y generosidad que se vieron empañadas por las atrocidades del Tercer Reich y el camino de sangre de otras fuerzas bélicas como las Waffen-SS. Aunque pueda reprochársele a Berenbrok cierta nostalgia para con aquella fuerza aérea (nació en 1924 y por tanto vivió en su propia carne aquellos hechos), éste es un libro de investigación riguroso que satisfará tanto al estudioso como al lector curioso. He aquí la forma de hacerse con él:

Alejandro Magno y el oráculo de Amón (I)

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa, al que acudió Alejandro Magno, permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Ahora Edhasa publica una vibrante monografía sobre el macedonio, obra del británico Anthony Everitt, que revela, además de numerosos episodios oscuros de su frenética vida, lo que sucedió durante su visita al oráculo.

Óscar Herradón ©

Se conservan innumerables respuestas de los oráculos de la antigüedad, algunas de cuyas profecías han llegado a hacer historia, hasta el punto de que algunos de los hombres más poderosos llegaron a basar sus decisiones en las sentencias de los mismos, como siglos más tarde reyes y príncipes se basarían en los horóscopos trazados por los astrólogos y en las predicciones de sus magos para tomar decisiones de índole política y militar. En la era helenística la creencia en los milagros estaba muy arraigada, pero sería una constante a lo largo de la historia, al menos hasta que la ciencia tal y como hoy la conocemos hizo su aparición. Aún así, son muchos todavía hoy los que creen en vaticinios milenarios, baste recordar lo que sucedió hace casi una década con la dichosa profecía maya y el una y otra vez mancillado 2012. Y eso que 2020 y 2021 sí que se acercaron bastante más a un Armagedón a causa del dichoso Covid.

Cimón

Grandes líderes del mundo antiguo consultaron a los oráculos, en cuyas sentencias creían sin titubeos. El oráculo de Siwa se hizo mundialmente famoso en el año 450 a.C. por una profecía que afectaba directamente a Cimón, hijo de Milcíades, uno de los políticos y militares más importantes de Atenas, quien envió una delegación al Oráculo de Amón, en el oasis de Siwa, mientras asediaba con su flota la costa de Chipre. Mientras los delegados escuchaban la ambigua respuesta del oráculo, el mandatario moría, lo que fue interpretado como una señal de gran poder profético, noticia que rápidamente se extendió por toda Grecia, haciendo que Siwa se convirtiera en competencia directa de los de Dodona y Delfos. A partir de ese momento, enviados de muchos países emprendieron el duro camino a través del desierto libio, ofreciendo valiosos presentes y sacrificios, con la intención de que Amón les predijera el futuro.

La dinastía argéada y el oráculo

Pero lo que ha hecho que Siwa y su oráculo pasaran a la posteridad fue el interés que uno de los grandes militares de la historia, Alejandro Magno, mostró en él, y los supuestos vaticinios que éste le ofreció cuando acudió a su consulta. Alejandro, que fue educado desde los trece años en la rica cultura griega nada menos que por Aristóteles, era un ferviente creyente, algo que le habían inculcado en la corte de su padre, Filipo de Macedonia, en cuyo reinado, como en el de su hijo, desempeñaron un importante papel los sueños proféticos y los vaticinios oraculares.

Olimpia presenta a un joven Alejandro a Aristóteles, por Gerard Hoet (1648-1733)

Al parecer, tanto Filipo como su esposa, la hermosa Olimpia, habían tenido un extraño sueño de tipo profético antes del nacimiento de Alejandro. Un buen día, el rey envió a su hombre de confianza Querón a consultar el significado de sus sueños al oráculo de Delfos y la respuesta que al parecer le dio la Pitia es que ofreciera sacrificios a Amón y que venerara a éste sobre todos los dioses, lo que quizá provocara que Alejandro decidiera hacer una breve visita al oasis de Siwa. Asesinado su padre, en el 336 a.C., con apenas veinte años pretendía hacerse con la hegemonía sobre Grecia y conquistar nada menos que el poderoso imperio persa. Antes de emprender esta campaña, el joven Alejandro viajó personalmente a Delfos, pero la Pitia ignoró sus preguntas. O eso cuentan las crónicas de sus gestas.

Los oráculos persiguieron al mandatario macedonio durante toda su vida. En el invierno de 334-333 a.C., mientras realizaba de camino a Egipto conquistando una a una todas las ciudades del Asia Menor, en Gordio tuvo lugar el episodio del nudo gordiano; según una profecía oracular, aquel que fuera capaz de deshacer el enorme nudo que sujetaba el timón del carro de Gordias –padre de Midas– y fundador de la ciudad, conquistaría toda Asia. Un nudo casi imposible de deshacer debido al caos de fibras del mismo, que mantenía juntos el yugo y el timón. Alejandro no se lo pensó dos veces, desenvainó su espada y cortó de un tajo la enorme atadura. La fuerte tormenta de rayos y truenos que azotó la noche siguiente Gordio fue interpretada por éste como la aprobación de Zeus, y a causa de ello se proclamó rey de Asia.

El conquistador a las puertas del «más allá»

Parece ser que fue hacia el 331 a.C. cuando el Magno tomó la decisión de acudir personalmente al santuario oracular de Amón, en el desierto egipcio, al oeste, a las puertas de Libia, empresa harto peligrosa teniendo en cuenta que el rey persa Darío había reorganizado su ejército y pretendía contraatacar tras la derrota de Iso. Pero a Alejandro le apremiaba más saber lo que tenía que decir el oráculo.

Ruinas del oráculo de Amón, en Siwa

El historiador romano Quintio Curcio Rufo, en Historia de Alejandro Magno, señala que el rey macedonia sentía «un abrumador deseo» (pothos) de consultar uno de los más célebres oráculos del mundo antiguo, el radicado en el templo de Zeus-Amón. Y ello implicaba emprender un arriesgado viajes desde Egipto por la costa libia y cruzar más de 250 kilómetros de desierto para llegar al oasis de Siwa. Un lugar de especial significancia para Alejandro, pues dos de sus antepasados, imbuidos de la carga simbólica de la mitología y relacionados no solo con la línea genealógica de los hombres, sino también con la divinidad, Heracles y Perseo, lo habían visitado.

Heracles representaba a una figura que por su propia condición de héroe era medio humano y medio divino, ya que había sido engendrado por Zeus, el único humano al que se había concedido la inmortalidad; y Perseo, que había derrotado a la gorgona Medusa, capaz de transformar en piedra a todo aquel que le mantuviese la mirada, también pertenecía a la liga de los semidioses, y el macedonio era un apasionado de la mitología griega, hasta el punto de que consideraba la Ilíada de Homero una suerte de Biblia (y que guardaría con celo en uno de los tesoros más valiosos arrebatados a Darío: un cofre orlado de piedras preciosas que llevaba junto a él a las campañas militares).

Un día de marzo del 331, Alejandro decidió abandonar el campamento del lago Mariut con su escolta militar y adentrarse en terreno desconocido con camellos que transportaban sus víveres, y tras un dificultoso viaje por las condiciones climáticas (viento, aire frío, una feroz tormenta de arena). En cierto momento, cuando estaban sedientos y temerosos de perecer, un pequeño chaparrón permitió calmar su sed y poco después, según cuenta Everitt, pasaron dos cuervos batiendo rápidamente las alas por delante de la comitiva. Supusieron, acertadamente, que las aves se dirigían al oasis de Siwa y Alejandro tomó el mismo rumbo. Según aseguran varias fuentes, todavía hoy habitantes del palmeral consideran el vuelo de un par de cuervos como señal de buen augurio.  

La Pitia de Delfos

En un altozano se levantaba el templo de Zeus-Amón. Por regla general, las representaciones de Amón lo muestran con los rasgos de un hombres con cuernos de carnero, pero en Siwa, la imagen a la que se rendía culto era una piedra con forma de ombligo, el ónfalo, cuajada de esmeraldas y otras piedras preciosas. Cuando se consultaba el oráculo, ochenta sacerdotes escoltaban el sagrado objeto, previamente colocado en un barco de oro de cuyas borlas pendías copas de plata, dando la sensación de que se movía solo con la cadencia de los religiosos. Asimismo, un coro de mujeres seguía a la embarcación entonando himnos sagrados, mientras uno de los oficiantes interpretaba los desplazamientos que efectuaba la nave en respuesta a las preguntas que se le hacían al oráculo. Debió ser un espectáculo digno de contemplar.

En el interior del santuario

Plutarco

Una vez instalada la comitiva en el oasis, Alejandro ascendió por el sendero que conducía hasta el santuario y cruzó los umbrales de la primera de las dos salas que se abrían en él. Según narra Plutarco en Obras morales y de costumbres, salió a recibir al macedonio un anciano ungido con dotes de videntes y le dijo: «Regocíjate, hijo mío». Cuenta Everitt en su detallada monografía que era habitual que los altos dignatarios llamaran «hijo de Amón» a los sucesivos faraones, y Alejandro ya había sido ungido como tal en Egipto tras su conquista del país del Nilo. La fórmula respondía, por tanto, a la cortesía protocolaria.

Siwa

Acto seguido, el religioso indicó al Magno que «Amón [es decir, Zeus] es por naturaleza el padre de todos los hombres». Aunque probablemente no era más que una aseveración de carácter ceremonioso y habitual, destinada en este caso a agasajar al célebre consultante (sobre cuya existencia y gestas es posible que tuvieran ya noticia en un lugar tan apartado como Siwa), Alejandro entendió que se trataba de un mensaje directo del dios, lo que vino a reafirmarle en sus sospechas y creyó ser realmente el hijo de Zeus. A continuación, el guardián del templo lo condujo hasta el segundo vestíbulo; lo cruzó y lo introdujo en una suerte de pequeño tabernáculo. El tonsurado escuchó las preguntas del soberano y lo más probable –incide Everitt– es que abandonara un momento el oratorio para poder contemplar las evoluciones del navío divino para pasar después a exponer sus interpretaciones sobre ello.

Alejandro quiso saber luego si estaba destinado o no a gobernar el mundo. El clérigo, probablemente un adulador que conocía sus hazañas, quizá con cierto temor a su reacción, le respondió que el dios se mostraba de acuerdo en tales expectativas. Luego, el macedonio preguntó: «¿Han sido castigados ya todos los asesinos de mi padre?». Al escucharlo, el sacerdote se vio en la obligación algo temeraria de corregirlo, pues si Amón era quien lo había engendrado, resultaba evidente que no solo no podía ser acuchillado (como le sucedió a Filipo), sino que, en su divina condición, no conocía la muerte. En cualquier caso, el religioso confirmó que los magnicidas habían pagado por su execrable crimen, sin excepción.

Alejandro consultando el oráculo de Apolo, por Louis-Jean-François Lagrenée (1724-1805)

Everitt sugiere la posibilidad de una gran conspiración –nunca desvelada– según la cual Alejandro pudo estar involucrado en la muerte de su progenitor, e incluso que su propia Madre, Olimpia, que sugirió en más de una ocasión que el Magno pudo ser hijo del adulterio (disfrazado de alumbramiento divino) se hubiese hallado secretamente metida en el regicidio. Quién sabe. Todo cuanto se dijo entre aquellas paredes quedó entre Alejandro y el sacerdote visionario. Magno ofreció valiosas ofrendas a Amón y en otra ocasión volvió solo al templo. Tanto la pregunta como la respuesta que recibió entonces continúan siendo otro de tantos enigmas históricos. Según Plutarco, se llevó el secreto a la tumba, pues moría el año 323 a.C. en Babilonia.

Lo que sí es seguro es que después de su segunda consulta al oráculo de Amón, Alejandro estaba cada vez más seguro de su «ascendencia divina» y llegó a comunicar a un amigo que su deseo era ser enterrado cerca del templo de Amón, en Siwa, aunque parece ser que su deseo no se cumplió; ante el temor de los saqueos en el desierto, Ptolomeo I, general de los ejércitos de Alejandro y posterior mandatario de Egipto, erigió un mausoleo monumental en Alejandría, aunque todavía son muchos los que creen que el cuerpo del gran general permanece escondido en algún lugar desconocido del oasis. Como otros secretos de la historia, permanece sepultado por las arenas del tiempo.

PARA SABER MUCHO MÁS:

Alejandro Magno, de Anthony Everitt (Edhasa, 2021)

Como he señalado en el post, Edhasa acaba de publicar un sensacional ensayo sobre el conquistador macedonio. El académico inglés Anthony Everitt es especialista en literatura y en arte, a lo largo de su dilatada carrera ha ocupado diversos puestos directivos en instituciones como el Arts Council de Gran Bretaña o el Liverpool Institute of Performing Arts (LIPA). Colaborador habitual de medios como The Guardian, ha publicado otras biografías sobre grandes figuras de la antigüedad clásica, como el emperador Augusto o Cicerón, cuya publicación en castellano corrió a cargo también de Edhasa.

En la que probablemente sea la biografía definitiva de Alejandro Magno, Everitt responde a quién fue realmente el macedonio en su tiempo. Han sido muchas las teorías y estudios sobre el personajes, pero en este monumental ensayo biográfico el autor lo juzga conforme a los criterios de su época, considerando todas las posibles contradicciones.

Podemos, ahora sí, conocer al príncipe macedonio: naturalmente curioso y fascinado por la ciencia y la exploración, fue un hombre que disfrutaba de las artes. A medida que conquistaba más y más tierras y veía su imperio crecer, Alejandro mostró respeto por las tradiciones de sus nuevos súbditos y un juicio cuidadoso al gobernar sobre tan vastos territorios. Pero también su vida tuvo un lado oscuro: conquistador empedernido que construyó el imperio más grande de la historia hasta el momento, también glorificó la guerra y fue conocido por cometer actos de notable crueldad. Él confiaba en detenerse sólo al llegar al océano Pacífico, pero todo se acabó antes, con su prematura muerte a los treinta y tres años.

He aquí el enlace para adquirir la biografía definitiva del más grande estratega de la historia:

https://www.edhasa.es/libros/1291/alejandro-magno

Norsk-Hydro: la batalla del agua pesada (I)

En el anterior post vimos cómo los nazis llevaron a cabo la investigación nuclear en búnkeres secretos bajo tierra que tardaron setenta años en ver la luz. Pero el proceso de obtención de la energía atómica sería diferente al llevado a cabo por los aliados. Un elemento fundamental era el agua pesada. Y neutralizar su uso fue uno de los objetivos de los comandos especiales enviados para sabotear el programa atómico del Reich. El libro «La Brigada de los Bastardos» (Ariel, 2021), del brillante divulgador estadounidense Sam Kean, recupera ésta y otras acciones casi suicidas llevadas a cabo por grupos de la Resistencia financiados por Londres y Washington.

Óscar Herradón ©

En los prolegómenos de la investigación nuclear, el agua pesada resultaba un elemento imprescindible. Formalmente óxido de deuterio, se denomina así a una molécula de composición química equivalente al agua, en la que los dos átomos del isótopo más abundante del hidrógeno, el protio, son sustituidos por dos de deuterio, un isótopo pesado del hidrógeno, y que, grosso modo, lo que hace es que este agua sea un poco más densa y se emplee como moderador en reactores nucleares. El agua pesada se encuentra en cantidades muy pequeñas en el agua normal, por lo que su producción requiere una amplia y avanzada infraestructura.

Puesto que éste no es un post de física ni lo pretende, teniendo en cuenta, además, mi escaso conocimiento en la materia, me centraré en la operación que la denominada «Sección Noruega» del SOE (Special Operations Executive) llevaría a cabo en aquella planta de producción de agua pesada en manos de los nazis desde que ocuparan el país nórdico.

Comandos especiales en Noruega

Poco después de la ocupación nazi de la planta de Norsk-Hydro, lugar clave para el desarrollo del plan, un equipo alemán compuesto de medio millar de especialistas se puso a trabajar de forma intensiva para decuplicar la producción de agua pesada anual de 500 kilos a 5.000. Gracias a los informes de la resistencia noruega, muy fuerte en el país, el servicio secreto británico supo de los delicados trabajos realizados en las instalaciones e inhabilitarlas se convirtió en el principal objetivo de éstos, captando la atención del mismo Churchill, temeroso de que su gran antagonista se hiciera con un poder que podría brindarle la victoria, con lo que ello suponía para el resto del mundo.

La noche del 17 de junio de 1942, Churchill tomó un hidroavión Boeing con rumbo a Hyde Park, en Nueva York, donde se reuniría con el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, del que era gran amigo, para tomar una decisión definitiva sobre las operaciones aliadas en 1942 y 1943 que definirían el rumbo de la guerra. Cito este viaje no solo por su relevancia para los futuros acontecimientos sino porque el premier británico mostró entonces gran preocupación sobre la cuestión nuclear y los posibles avances de los nazis en este sentido. En The Hinge of Fate («La bisagra del destino»), el propio Churchill resaltó: «Había otro asunto que me preocupaba mucho. Era la cuestión de los tubos de aleación, como llamábamos en lenguaje cifrado lo que más tarde fue la bomba atómica».

Sobre aquel encuentro y tan delicado asunto escribió: «Ambos sentíamos intensamente el peligro de la inacción. Sabíamos de los esfuerzos que hacían los alemanes para procurarse agua pesada: expresión siniestra, aciaga, antinatural, que comenzaba a aparecer en nuestros documentos secretos. ¿Y si el enemigo lograra elaborar una bomba atómica antes que nosotros? Por escépticos que nos sintiéramos ante las declaraciones de los científicos, no podíamos exponernos al peligro mortal de ser aventajados en tan terrible campo».

Adiestramiento de un grupo del SOE
Puente de Vemork

Poco después de su regreso a Inglaterra, el premier tomaría la decisión de impulsar la misión de sabotaje en la factoría de agua pesada. Su primera idea era que la RAF bombardease la fábrica, pero las dificultades orográficas que presentaba el lugar, rodeado de altas montañas –lo que haría prácticamente imposible una incursión aérea– y el hecho de que el estallido de los depósitos de amoniaco podía suponer, en opinión de los expertos, un grave riesgo para la población del lugar –al lado se levantaba la localidad de Rjukan, un importante foco de la Resistencia–, hizo que se desestimara, muy a pesar de la insistencia del primer ministro, que quería ganar la guerra a toda costa, aún a costa de las bajas civiles.

Skinnarland

Así, se optó por una operación de comandos que estaría coordinada por el Grupo de Operaciones Combinadas en colaboración con la citada «sección noruega» del SOE, la Ejecutiva de Operaciones Especiales creada con la intención de provocar sabotajes en las filas enemigas. Para llevar a cabo su misión secreta, los británicos contaban con un as en la manga: a principios de marzo de 1942, un grupo de miembros de la Resistencia, tras capturar el barco de cabotaje Galtesund y llegar al puerto escocés de Aberdeen (tras orquestar un falso naufragio del que informaría la prensa noruega), había logrado trasladar al ingeniero Einar Skinnarland a Gran Bretaña para que realizase un curso especial de entrenamiento por cuenta del SOE. Este científico trabajaba en la construcción de una presa en Rjukan, destinada al servicio de Norsk-Hydro, con lo que así podrían introducir a un topo en el corazón mismo de las fuerzas de ocupación.

Leif Tronstad

Una vez adiestrado, Skinnarland fue lanzado en paracaídas sobre las cercanías de Rjukan, reanudando su anterior trabajo sin despertar sospechas por su breve ausencia. Después, comenzaría a obtener informes clasificados y a enviar información a la central en Londres. Una información que causó nerviosismo y que aceleró la misión del Grupo de Operaciones Combinadas, que contaba con datos de primera mano sobre la planta de Norsk-Hydro. Además, el SOE disponía de los informes del doctor Jomar Brun, ex ingeniero jefe de la planta, que poco después llegaría a Londres con un microfilm con fotografías de toda la instalación y sus alrededores, suministrando a su vez detalles de gran valor acerca de los puntos más vulnerables de la fábrica; y con la información dada por el físico noruego Leif Tronstad, quien había sido asesor técnico en los trabajos de construcción de la misma.

Un plan fallido

Hardangervidda

Los informes facilitados por Einar Skinnalard indicaban que la Norsk-Hydro estaba produciendo agua pesada en grandes cantidades, y que numerosas reservas se habían acumulado para su envío a Berlín. El Gabinete de Guerra sabía que debía entrar en acción y así, el SOE reunió un pequeño grupo de cuatro soldados noruegos instruidos en Inglaterra que serían comandados por el teniente Jens-Anton-Poulsson, todos ellos brillantes esquiadores y montañeros, habilidades necesarias para su trabajo en un terreno tan escarpado e inhóspito como la meseta de Hardangervidda. Aquel grupo de cuatro intrépidos hombres constituiría la avanzadilla de las fuerzas aerotransportadas de la RAF que llegarían después en planeadores a las cercanías de Rjukan (otra versión de los hechos apunta que en el mismo grupo regresaría Einar Skinnalard a Noruega, y no antes).

Jens-Anton-Poulsson

Tras varios intentos frustrados de dejar en tierra al equipo, los hombres de Poulsson –grupo bautizado con el nombre de Swallow («Golondrina») y a la Operación con el de Grouse– aterrizaron el 19 de octubre de 1942 en una colina en el valle del Sogne, a muchos kilómetros de distancia del punto acordado, lo que provocaría que tuvieran que realizar una dura travesía en medio de las condiciones climáticas más adversas y cargando un equipo que pesaba en torno a los 250 kilos. Tres semanas después, el 6 de noviembre, instalaban su base en una cabaña deshabitada, y conseguían establecer contacto por radio con la central de Londres, que les dio la orden de salir al encuentro de los hombres que formaban las tropas aerotransportadas, momento en que tendría lugar uno de los mayores fracasos del SOE que se saldó con el coste de numerosas vidas humanas.

Rediess

Era el 17 de noviembre de 1942, hacia las seis de la tarde, cuando dos bombarderos, cada uno de ellos remolcando un planeador, despegaban, con veinte minutos de diferencia, de la base aérea de Wick, al norte de Escocia. 43 hombres iban a bordo de ambos aparatos. El nombre en código de su operación era Freshman. Sobre media noche, una señal de radio interceptaba un SOS en el que uno de los aviones informaba de que su planeador se había estrellado contra una montaña, en las proximidades de Egersund. Murieron tres agentes y seis resultaron heridos de gravedad. Poco después, los alemanes, alertados, se personaban en la zona. El jefe de las SS y de la Policía en Noruega,  Wilhelm Rediess, informaba después a Berlín de la muerte de tres de los ocupantes del aparato, y de seis heridos graves. Apuntaba que se sospechaba que eran agentes y que, tras registrarlos –hallando en su poder «gran cantidad de billetes noruegos», según reza un telegrama oficial de la Oficina Central de Seguridad del Reich, la RSHA–, la Wehrmacht ejecutó a los supervivientes.

La Operación Freshman sería todavía más trágica. El otro aparato había logrado aterrizar de forma violenta en lo alto de una montaña: ocho agentes murieron, cuatro resultaron gravemente heridos y solo cinco quedaron ilesos, pero fueron detenidos al día siguiente por los alemanes. Tras ser interrogados, también los ejecutaron. Hoy descansan, como héroes de guerra contra la ocupación y el totalitarismo nazi, en un cementerio situado al oeste de Oslo.

Von Falkenhorst

El capitán general Nikolaus von Falkenhorst, tras tener en su poder las confesiones, comunicó a Berlín que los agentes enemigos pretendían sabotear la planta de agua pesada y ayudar a la Resistencia local. Von Falkenhorst se trasladó de urgencia hasta Rjukan acompañado del Comisario del Reich en Noruega, para ponerse al frente de los trabajos de reforzamiento: la guarnición recibió importantes refuerzos y los alrededores de la Norsk-Hydro fueron minados, lo que dificultaría un nuevo intento de sabotaje.

Este post tendrá una inminente continuación.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Este episodio se recoge, junto a muchos otros vinculados al trabajo de sabotaje de los aliados para frenar el proyecto atómico nazi, en el vibrante ensayo La Brigada de los Bastardos, publicado recientemente por la editorial Ariel. En realidad, la «batalla del agua pesada» fue uno más (aunque relevante) de los episodios que se encuadraron en un plan mucho más ambicioso que partió de reuniones secretas en Washington y que fructificó gracias a la estrecha colaboración entre los servicios secretos estadounidenses y los británicos.

Mientras se planificaba de forma reservada el Proyecto Manhattan en Los Álamos, la Oficina de Servicios Estratégicos –OSS, antecesora de la CIA–, ideó un plan secreto que recibió el nombre de Operación Alsos. En griego dicha palabra significa «arboleda», equivalente en inglés a «grove», en alusión al jefe de la operación, el general Leslie R. Groves, director general del Distrito Manhattan de Ingeniería (popularmente conocido como Proyecto Manhattan), un personaje con gran importancia en la novela gráfica «La Bomba» que destaqué en la entrada anterior.

Su objetivo era rastrear y entorpecer las investigaciones sobre energía nuclear llevadas a cabo por los potencias del Eje, principalmente el Tercer Reich. El corazón de la misión Alsos estaba conformada por el grupo que da nombre al ensayo: la llamada «Brigada de los Bastardos», un equipo de soldados, científicos y agentes secretos que se infiltraron entre los físicos, químicos y militares alemanes para detener la amenaza más aterradora de la guerra: que Hitler dispusiera de una bomba nuclear.

El resultado fue, como hemos visto en esta entrada, un complot digno del mejor thriller, pero rigurosamente real, y documentado con mimo por el divulgador científico Sam Kean, con ese estilo claro, directo y en ocasiones cercano al humor que le caracteriza y que le ha hecho merecedor de una gran notoriedad y una legión de seguidores. Es colaborador de medios como The New Yorker, The Atlantic, The New York Times Magazine o Science, y ha publicado obras convertidas en auténticos bestseller con sugerentes títulos como: La cuchara menguante. Y otros relatos veraces de locura, amor y la historia del mundo a partir de la tabla periódica de los elementos (2011); El pulgar del violinista. Y otros relatos veraces de locura, amor, guerra y la historia del mundo a partir de nuestro código genético (2013); El último aliento de César. La épica historia del aire que nos rodea (2018) y Una historia insólita de la neurología. Casos reales de trauma, locura y recuperación (2019), todos ellos publicados por la editorial Ariel.

Moe Berg

Aquellos hombres de la «brigada» que bien pudieron inspirar a Quentin Tarantino su película Malditos Bastardos, arriesgaron sus vidas en pro de la libertad, orquestaron todo tipo de sabotajes, impulsaron el espionaje a una escala nunca antes vista y cometieron incluso asesinatos para frenar las aspiraciones del Führer. Entre ellos destacaron con luz propia el ex jugador de béisbol Moe Berg, el físico nuclear Samuel Goudsmit o el citado general Leslie R. Groves, pero hubo muchos más, y todos tienen su momento de gloria en estas páginas (prolongación en papel de su verdadera actuación en el curso de la HISTORIA con mayúsculas).

Un relato vibrante y en ocasiones increíble (aunque sucedió) que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-la-brigada-de-los-bastardos/331525