Rodolfo II de Habsburgo: el emperador de las sombras (II)

Introvertido y extravagante, Rodolfo II convirtió la ciudad de Praga en un hervidero de cultura donde se dieron cita científicos, artistas y matemáticos pero también magos, nigromantes, charlatanes y vividores que hicieron de la vieja Bohemia un lugar tan fascinante como lúgubre.

Óscar Herradón ©

Muchos farsantes se codearon con el monarca. Pero su afán de mecenazgo y protección frente a los rigores de la Inquisición hizo que se reunieran en Praga auténticos expertos que escribieron tratados sobre la materia y otros que, según sus biógrafos, llegaron a proveerle de grandes cantidades de oro para pagar a sus ejércitos, algo difícil de creer hoy en día. Pero lo cierto es que durante su reinado se produjo el máximo esplendor del arte alquímico en Chequia. No solo el castillo de Praga fue un centro de reunión de iniciados y sopladores; los aristócratas Guillermo de Rozmberk y Jan Zbynek de Hazmburk también promovieron esta práctica.

En la corte trabajaron importantes alquimistas como Martin Ruland el Joven, entre cuyas obras destacan un tratado sobre la piedra filosofal y una enciclopedia del saber alquímico de la época. A él se atribuye, además, un tratado sobre el infierno. El emperador también tenía a su servicio alquimistas hebreos. El más importante fue el converso Mardochaeus de Delle, quien compiló sus vastos conocimientos en un libro que desapareció siglos después.

Aunque los más destacados, quienes ya gozaban de renombre antes de formar parte del círculo rodolfino, fueron Michael Maier y Michael Sedivoj. Maier llegó a ser conde palatino y secretario privado del emperador y dejó un importantísimo tratado de alquimia, el célebre Atalanta Fugiens. El polaco Michael Sedijov, más conocido como Sendivogius, publicó numerosos trabajos sobre la ciencia sagrada.

Michael Maier

Sopladores, embaucadores, falsos médiums…

Pero entre estos grandes sabios también se mezclaron charlatanes y embaucadores. Es el caso del inglés Edward Kelley, que se aprovechó de las creencias del emperador para enriquecerse. Junto a él estuvo un personaje más respetable y rodeado de misterio, el inglés John Dee, cuyos artilugios mágicos tuve la ocasión de observar de cerca durante una visita al British Museum en 2014, y que volverá a aparecer en «Dentro del Pandemónium». Ambos, supuestamente, vendieron al soberano uno de los libros más misteriosos de todos los tiempos: el Voynich.

A diferencia de este último, Kelley se quedó sirviendo a Rodolfo, obteniendo grandes riquezas. Éste hizo creer al monarca que había logrado la transmutación de los metales, el ansiado oro que iba a traer la bonanza al Imperio. Kelley se convirtió en consejero imperial y en 1588 fue nombrado caballero de Bohemia. Adquirió una serie de casas en Praga, incluyendo una que según la leyenda había ocupado el legendario Fausto: la Faustum Dum. A partir de entonces algunos decían haber visto al nigromante volando a la grupa de Mefistófeles. Confiado por sus riquezas y su poder, Kelley dejó de persuadir al emperador con falso oro e incluso llegó a matar a un noble durante un duelo. Acabó en la cárcel y, mientras intentaba escapar, se fracturó una pierna. La gangrena se apoderó de ella y tuvieron amputársela. Permaneció en prisión hasta que un veneno preparado por su esposa acabó con su vida en 1597.

Rodolfo II hacia 1593, por Lucas van Valckenborch

A diferencia de este último, Kelley se quedó sirviendo a Rodolfo, obteniendo grandes riquezas. Éste hizo creer al monarca que había logrado la transmutación de los metales, el ansiado oro que iba a traer la bonanza al Imperio. Kelley se convirtió en consejero imperial y en 1588 fue nombrado caballero de Bohemia. Adquirió una serie de casas en Praga, incluyendo una que según la leyenda había ocupado el legendario Fausto: la Faustum Dum. A partir de entonces algunos decían haber visto al nigromante volando a la grupa de Mefistófeles. Confiado por sus riquezas y su poder, Kelley dejó de persuadir al emperador con falso oro e incluso llegó a matar a un noble durante un duelo. Acabó en la cárcel y, mientras intentaba escapar, se fracturó una pierna. La gangrena se apoderó de ella y tuvieron amputársela. Kelley permaneció en prisión hasta que un veneno preparado por su esposa acabó con su vida en 1597.

Mecenas de la ciencia y la cultura

Aunque Rodolfo promocionó los estudios ocultistas, algunos eruditos de renombre que sentarían los pilares de la ciencia y la astronomía modernas también tuvieron un lugar en su corte. Uno de los astrónomos patrocinado por Rodolfo fue Tycho Brahe. Éste llegó a Praga en 1599, y se convirtió en el más brillante de los astrónomos pretelescópicos. Descubrió la ecuación anual de la Luna y determinó la desigualdad principal de la órbita lunar con referencia al plano de la elíptica. Gracias a sus conocimientos consiguió convertirse en astrólogo y matemático imperial, obteniendo grandes riquezas y un observatorio. Pero lo que más llamó la atención del emperador fue la capacidad profética de Tycho. Nadie dudaba entonces que predecía el futuro y que era capaz de penetrar en los misterios celestes, además de curar las enfermedades. De hecho, comenzó a venderse un elixir que llevaba su nombre y que, supuestamente, tenía virtudes terapéuticas. Brahe también preparó un brebaje milagroso para Rodolfo que contenía melaza, oro potable y tintura de coral.

El astrónomo y profeta Tycho Brahe
Rodolfo II

El emperador se guió siempre por las predicciones del astrólogo, que fueron normalmente de signo funesto. Brahe predijo que Rodolfo moriría poco después que su león, la mascota imperial, asesinado por un hombre de la Iglesia, lo que provocó un auténtico delirio en el soberano, que siempre se creyó perseguido, y tuvo también consecuencias diplomáticas nefastas, cuando expulsó a los capuchinos de Praga, al creer que tramaban un complot para asesinarlo.

Más relevante aún para la ciencia moderna fue la llegada de Johannes Kepler, quien trabajó con Brahe. Kepler afirmaba que la Tierra giraba alrededor del Sol y que no era el centro del universo, corriendo el peligro de ser quemado por hereje. Tras la muerte de Brahe –que nunca aceptó los postulados de su pupilo, aun sabiendo que eran correctos–, Kepler, nuevo astrónomo y matemático imperial, publicó Astronomia Nova, enunciando las dos primeras leyes que permitirían a Newton proponer el principio de atracción universal.

Un trágico y anunciado final

Al no ocuparse de los asuntos de Estado, la administración central del Imperio quedó paralizada por completo. Como anteriormente hizo su padre Maximiliano, Rodolfo II jamás volvió a recibir a un sacerdote y cogió un auténtico pánico a Dios y a los sacramentos (una de los principales «pruebas», según los nuncios papales, que demostraban que el emperador estaba endemoniado es que éste blasfemaba en numerosas ocasiones y palidecía ante la cruz).

Rodolfo II, por Giuseppe Arcimboldo
Matías

En esta lamentable situación, alimentada por la superchería de los que le rodeaban, pasó el emperador de los alquimistas y mecenas de los sabios sus últimos años de vida. Su hermano Matías, que se aliaba con católicos o protestantes según soplara el viento, logró finalmente su objetivo: movilizó un gran ejército que se situó a la mismas puertas de Praga y consiguió que Rodolfo renunciara a los tronos de Hungría, Bohemia y Moravia. El 11 de noviembre de 1611, Matías le obligó a que firmase su abdicación.

Rodolfo II de Habsburgo, desolado y triste, estaba cada vez más enfermo; sufría de terribles dolores y sus piernas se hincharon tanto que no pudo quitarse las botas durante dos días. Cuando los médicos de cámara decidieron rajárselas, la gangrena ya había hecho acto de presencia. No obstante, siguiendo con su habitual e intransigente comportamiento, se negó a que le vendaran las heridas y rechazó los remedios de los médicos. Solo ingería un elixir preparado por el alquimista Sethon, compuesto de ámbar y bezoar. Sin embargo, ningún elixir pudo burlar al destino y Rodolfo II moriría, destronado y abandonado por todos, el 20 de enero de 1612, a las siete de la mañana, poco después de su león y sus dos águilas imperiales negras, como había profetizado años atrás Tycho Brahe.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Y para una visión global de la estirpe regia a la que pertenecía Rodolfo II, la misma dinastía que trajo a España monarcas del calado de Carlos V o su hijo Felipe II, entre otros, nada mejor que sumergirse en las páginas del voluminoso ensayo Los Habsburgo. Soberanos del Mundo, publicado recientemente por Taurus, la primera historia global de la dinastía que dominó gran parte del planeta durante siglos.

De orígenes modestos, los Habsburgo ganaron el control del Imperio romano en el siglo XV y, en tan solo unas décadas, se expandieron rápidamente hasta abarcar gran parte de Europa, desde Hungría hasta España, y crear un imperio en el que nunca se ponía el sol, de Perú a Filipinas, bajo el cetro de Carlos V y después de su hijo Felipe II. Precisamente el autor, Martyn Rady, catedrático de Historia de Europa Central en la Escuela de Estudios Eslavos y de Europa del Este (SSEES), concede una importancia especial a la rama española de los Austrias, la más poderosa y la más decisiva de la historia moderna. En un relato de pulso envidiable, narra con magistral claridad la construcción y la pérdida de su mundo, un mundo que duró novecientos años, tiempo durante el cual los Habsburgo dominaron Europa Central hasta la Primera Guerra Mundial.

Precisamente, uno de los detonantes de la Gran Guerra fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro. Un magnicidio de cariz política que ya se había cebado con otro miembro de la dinastía, la emperatriz Sisí (Isabel de Baviera), asesinada por un anarquista el 10 de septiembre de 1898. Pero el libro recoge infinidad de nombres (en función de su importancia historiográfica, por supuesto).

Entre los numerosos personajes que conforman la historia de los Habsburgo, nada menos que 900 años, hubo de todo: personajes extravagantes y variados, desde guerreros a contemplativos, unos de viva inteligencia, otros con poca perspicacia, unos valientes, otros tendentes a la traición, pero a todos les impulsó el mismo sentido de misión familiar, como le sucedía al protagonista de este post, Rodolfo II.

Con su masa aparentemente desorganizada de territorios, su maraña de leyes y su mezcolanza de idiomas, el Sacro Imperio Romano-Germánico suele parecer caótico e incompleto. Pero gracias a la labor de Rady, con una ingente cantidad de información y un trabajo de documentación y análisis de las fuentes ciclópeo, descubrimos el secreto de la perseverancia de este largo linaje: sus miembros estaban convencidos de su predestinación para gobernar el mundo como defensores de la Iglesia católica (aunque algunos, como el propio Rodolfo II, fuesen excomulgados, y otros, como Carlos V, enviase sus tropas contra la Santa Sede, el célebre Sacco di Roma); garantes de la paz (pese a las numerosas guerras que libraron), y mecenas de la ciencia y la cultura, algo en lo que coincidieron todos, contribuyendo, en tiempos de Felipe II, al esplendor del Renacimiento, y siglos después, a la expansión de otras corrientes de pensamiento aun a pesar de ser una institución del Ancien Régime

El libro de Martyn Rady es el ensayo más ambicioso –y completo– dedicado a esta dinastía hasta la fecha. Un texto que ha recibido todo tipo de elogios y del que el crítico Alan Sked, del Times Literary Supplement, ha dicho: «Probablemente el mejor libro jamás escrito sobre los Habsburgo en cualquier idioma». Se puede adquirir en la web de Taurus (Penguin Random House) en papel y en versión digital:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38916-los-habsburgo-9788430623334


Richard Sorge: un espía impecable (I)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Aunque es difícil rastrear la vida de los espías, que suelen alterar su biografía unas cuantas veces en loor de su cometido, se sabe que Richard Sorge nació el 4 de octubre de 1895 –apenas seis años después que Hitler–, en la ciudad de Adjikend, en los campos petroleros del Cáucaso, el 4 de octubre de 1885. Su padre, Wilhelm Richard Sorge, era un ingeniero alemán de minas que trabajaba para una compañía petrolera y su madre, Lina Kobeller, era natural de Bakú, una localidad no muy lejana de Adjikend.

Wandervogel

Desde pequeño, se impregnó de la ideología patriótica y pangermana de su círculo íntimo, siendo ferviente admirador de la conocida como Organización de la Juventud, la Wandervogel. Sorge tenía dieciocho años cuando estalló la Primera Guerra Mundial que acabaría con su vida aburguesada como la de tantos jóvenes de su generación, y tras presentarse voluntario, fue instruido en el manejo de armas y en la manera de desfilar entonando himnos patrióticos, siendo destinado al Tercer Regimiento de Artillería de Campo, cuya división fue diezmada. Después, durante la agónica guerra de trincheras que caracterizó aquel conflicto, fue herido con metralla en la pierna derecha, permaneciendo en el hospital de Berlín, donde estudió con perseverancia hasta aprobar la reválida.

De regreso en el frente, volvió a ser herido, esta vez de gravedad, en las dos piernas, lo que le serviría para obtener una Cruz de Hierro de segunda clase pero le provocaría una cojera permanente, que hacía muy característicos sus movimientos. Ya entonces, ante los horrores de la batalla y la fragilidad de la vida, comenzó a observar el mundo que le rodeaba con otros ojos. Durante su segunda convalecencia, el joven Sorge permaneció ingresado en el Hospital de la Universidad de Königsberg, donde mantuvo una relación con una enfermera de origen judío que era hija de un intelectual marxista. Pasando horas escuchando acerca de política, Sorge abrazaría la misma ideología con devoción, convirtiendo su ideología, con apenas veintiún años, en el pilar principal de su existencia.

Primeros pasos en la clandestinidad

Así, empezó a devorar los clásicos marxistas y socialistas, en un momento en el que en Rusia se producía la revolución que llevaría al viejo imperio de los Zares a transformarse en el centro neurálgico del comunismo internacional que daría pie a la Unión Soviética. Tiempo después, ya recuperado de sus heridas, aunque con la citada cojera como compañera inseparable del resto de su vida, se matriculó en la Facultad de Economía de Berlín, donde entró en contacto con las organizaciones socialistas y de izquierda. Tras licenciarse, en 1918 ingresó en la Universidad de Kiel, donde ejercería sobre él una marcada influencia el catedrático Kurt Gerlach, un convencido militante izquierdista, en cuya casa se reunían los estudiantes para debatir los problemas políticos.

Aquellos jóvenes habían fundado en 1917 el Partido Social Democrático Independiente de Alemania. Tras ingresar en él, Sorge fundó con otros dos compañeros la sección estudiantil del partido y, a través de conferencias sobre el movimiento obrero, tenía como labor captar a nuevos miembros. Tras ingresar en el Partido Comunista alemán, Richard Sorge se trasladó hasta Hamburgo para ultimar su tesis doctoral en ciencias políticas, que aprobaría con Suma cum laude. Estudiar no le impidió, no obstante, participar en actividades conspirativas y, puesto que el profesor Gerlach se trasladó a Aquisgrán, ofreció a su antiguo alumno el puesto de suplente de su cátedra.

Un periodista y agitador ideológicamente comprometido

Aquisgrán, en el centro de la región del Rin, donde antaño se encontrara el centro neurálgico del imperio de Carlomagno, era un «foco caliente» de lucha revolucionaria y el Partido Comunista aprovechó el cargo de Sorge –al que por aquel entonces todos sus amigos conocían como Ika– para pedirle que realizara actividades políticas en la zona. Allí creó una futura élite del Partido, impartiendo clases de literatura marxista y descubriendo su facilidad para reclutar y convencer, que tan valiosa le sería en un futuro. Dieciocho meses después, el Partido le encargó reclutar en secreto cuadros militares, y realizar actividades subversivas, en las que se estaba convirtiendo en un verdadero maestro.

Rosa Luxemburgo

En 1921 pasó a formar parte del periódico comunista La Voz de los Mineros y publicó a través de las prensas del mismo su primer libro, un breve comentario sobre el texto La acumulación del Capital, de la emblemática líder comunista germana Rosa Luxemburgo. Sorge frecuentaba con regularidad el hogar de Gerlach, donde impartía muchas de sus charlas políticas. Aquello acabó provocando la mutua atracción entre Sorge y la esposa del profesor, Christiane, quien un día confesó a su marido que amaba al otrora estudiante y que iba a pedir el divorcio. Como un caballero, Gerlach aceptó la situación al parecer sin estridencias y llegaron a un acuerdo los tres manteniendo una amable conversación. Nueve meses más tarde, Ika y Christiane contraían matrimonio y se instalaban en la zona minera de Solingen, donde Sorge continuaba al frente del periódico obrero.

A caballo entre Berlín y Fráncfort

Corría el 28 de septiembre de 1922 cuando éste, que probablemente estaba fichado por la policía como agitador comunista, se trasladó a Berlín, momento clave en su vida cuando el comité central de su partido le ofreció un empleo con sueldo. No obstante, Sorge pretendía terminar sus estudios, su formación era fundamental para él, y llegaron a un acuerdo: realizaría ciertas actividades políticas mientras desempeñaba su nuevo cargo de auxiliar del departamento de ciencias sociales de la Universidad de Fráncfort.

Aquel era un importante foco de vida intelectual y Gerlach se relacionaba con un grupo de intelectuales y con un tal Félix Weil, un millonario judío cuya gran fortuna era fruto del comercio de grano con Iberoamérica. Inspirado por la revolución rusa, Weil deseaba crear una fundación privada para realizar investigaciones socio-económicas, y Sorge pasó a formar parte del grupo como socio, donde pudo ampliar sus conocimientos académicos en los campos de la política y la economía, tan vinculados entre sí.

Félix Weil

Pronto, Sorge comenzó a desarrollar actividades clandestinas, consistentes en realizar labores de entrenamiento y trabajar de asesor para un periódico comunista, dentro de las funciones del departamento de «instrucción» al que pertenecía. Además, hacía de enlace secreto entre Berlín y la organización comunista en Fráncfort, responsabilizándose además de los fondos del partido y del material propagandístico que, corriendo, gran riesgo, escondía en su propio estudio o en la biblioteca científico-social del instituto. Mientras, Richard Sorge vivía con Christiane en una casita de campo que hacía las veces de punto de encuentro y reunión.

Camino de Moscú

Fue por aquel entonces cuando nuestro protagonista entraría en contacto con los rusos, momento que decidiría la suerte que correría en el futuro. Fue en 1923, a través de D.B. Riazánov, director del Instituto Marx-Engels de Moscú. Eran tiempos difíciles para los comunistas en Alemania; de hecho, en noviembre de 1924 el partido sería declarado ilegal por las autoridades de Weimar.

Instituto Marx-Engels de Moscú

Entonces los círculos comunistas alemanes –que ya eran objeto en sus mítines del fanatismo y la ira de los camisas pardas–, debatían la dependencia de Moscú, tras el fracaso de la revolución comunista en Alemania, que había estado alentada –y ayudada con armamento– por los rusos. En medio de estos problemas, el Komintern envió a Fráncfort seis altos delegados para negociar. El encargado de servirles de cicerone y alojarlos fue el mismo Sorge, que impresionó sobremanera a uno de los más notables miembros del Comité Ejecutivo del Komintern, Zacharovich Smitri Manuilsky.

Una vez terminadas las reuniones al más alto nivel, los delegados soviéticos le pidieron a Sorge –según el mismo dejaría escrito– que se personase en el Cuartel General del Komintern en Moscú antes de que terminara el año, para trabajar con ellos. La propuesta de la delegación rusa fue encargarle la creación de una oficina de Inteligencia para la Internacional Comunista, algo que aprobarían en Berlín con unanimidad los dirigentes del Partido. Así, a finales de 1924 éste partió de la capital alemana hacia Moscú acompañado de Christiane. Empezaría a trabajar directamente para los rusos en 1925. Su vida no volvería a ser la misma. Comenzaban los primeros pasos en inteligencia del que sería uno de los más grandes espías de todos los tiempos.

Este post continuará de forma inminente en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Matthews

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957

Carlos II de Austria, conspiraciones y hechizos

Carlos II de Austria fue el último de una estirpe grandiosa y a su vez endogámica que rigió los designios del imperio español en su máximo esplendor. Desde que Carlos I llegó al trono, instaurando la dinastía en la Península, España se convirtió en el país más poderoso de su tiempo. Sin embargo, con los llamados «Austrias Menores», Felipe III, Felipe IV y el segundo Carlos, aquel gigante con pies de barro no hizo sino hundirse cada vez más por su propio peso y sus contradicciones.

Óscar Herradón ©

Carlos II de Austria, de evidente belleza.

Luchas por el poder, conjuras y una mala administración de un gigantesco  convirtieron la corte en un lugar complejo, lleno de intereses creados y en el que la magia y la superstición, confundidas con la religiosidad cristiana, cobraron una inusitada fuerza, hasta incluso decidir los designios de la corona.

Desde su infancia Carlos, el último hijo varón de Felipe IV, al que las malas lenguas afirmaban que era fruto «de su última cópula», fue un niño enfermizo y maltrecho, con graves problemas físicos y probablemente mentales fruto de siglos de política endogámica del que se esperaba que no superase la infancia. Contra todo pronóstico lo hizo, y dedicó todas sus fuerzas al ansiado sueño de engendrar un hijo varón que diese continuidad a una dinastía considerada divina.

A pesar de los numerosos brebajes que le administraron todo tipo de médicos –y charlatanes–, galenos y otros que no lo eran, de incluso financiar a alquimistas para que encontrasen un elixir vitae con el que recuperar su delicada salud, y a las numerosas reliquias de las que se rodeó durante toda su vida, el monarca mostraba cada vez signos de mayor debilidad.

Nada más cumplir la mayoría de edad, y ante la extraña actitud que mostraba, su confesor, fray Tomás Carbonell, inquieto, preguntó al monarca si éste se encontraba hechizado, a lo que el rey respondió, según señala el duque de Maura, que lo desconocía. Por aquél entonces planeó por la mente del religioso la idea de someterlo a una sesión de exorcismos, aunque poco después se desechó la idea y el asunto quedó en el olvido. Sin embargo, ya casado por segunda vez –su primera esposa, María Luisa de Orleans, había fallecido prematuramente y se unió a Mariana de Neoburgo–, y ante la evidente incapacidad de Carlos para engendrar un vástago, volvió a surgir el rumor, esta vez con mucha más fuerza, de que había sido hechizado.

María Luisa de Orleans, toda una hermosa princesa.

Los rumores de un posible hechizamiento despertaron por segunda vez cuando Carlos, tras nueve años de matrimonio con María Luisa de Orleáns, no conseguía dar un heredero a la corona; rumores que se incrementaron tras las confidencias de la propia reina, que afirmaba que Carlos no era impotente y, según los galenos de la época, la reina tampoco lo era ni estaba «defectuosamente formada», según el característico lenguaje de aquella época.

Solo podía por tanto atribuirse la esterilidad a una causa ajena a la pareja, a un maleficio que, según las malas lenguas, había sido propiciado por la condesa de Soissons, una agente del rey francés Luis XIV residente en la corte madrileña. Otros afirmaban que tal hechizo había sido obra del emperador Leopoldo –por lo que la trama adquiría de nuevo un evidente carácter político–, quien había mandado administrar un bebedizo esterilizante al monarca; mientras que también fueron sospechosas las criadas francesas de María Luisa de Orleáns, quienes, según la opinión de algunos cortesanos, administraban a la reina filtros y píldoras con efectos abortivos por orden de la misma Corona francesa.

El sastre de la reina

En 1695 y ya fallecida su primera esposa, el tema de los supuestos hechizos volvió a ser la comidilla de la corte cuando el sastre de la reina Mariana de Neoburgo fue procesado como presunto culpable de haber hechizado a los soberanos. En una manga de uno de los trajes que el desdichado hombre había confeccionado para la reina, se hallaron unas bolitas de plomo que servían para que, con el peso, diesen forma adecuada al vestido; sin embargo, y debido a la psicosis que se vivía en palacio, se creyó que dichas bolitas no eran sino amuletos con poderes maléficos que domeñaban la voluntad de la reina. Finalmente el sastre hubo de ser absuelto cuando se demostró la verdadera intencionalidad del plomo, aunque debió de pasar un auténtico infierno durante los tres días que permaneció en los húmedos y tenebrosos calabozos inquisitoriales.

Ante la falta de descendencia con su segunda esposa, el asunto de los hechizos cobraba cada vez más fuerza en palacio. Carlos II no era ajeno a los rumores de un hechizamiento y el hecho de que ni siquiera su segunda esposa, descendiente de un linaje notablemente fecundo, pudiese darle hijos, provocó que el débil soberano considerase la influencia de lo sobrenatural como una causa de gran peso. En medio de tal ambiente de crispación cualquier hecho susceptible de ser interpretado como posible acto de brujería o encantamiento, era considerado como muy relevante. Pronto el extravagante asunto salpicó también a la reina, de la que se decía que había sido también objeto de encantamiento.

A principios de 1698, en las postrimerías del reinado y en plena crispación política por la eterna cuestión de la sucesión, Carlos II sometió el tema de un posible hechizamiento de su persona al inquisidor general, fray Tomás de Rocaberti. Éste planteó la cuestión al Consejo de la Inquisición y, aunque sus miembros se mostraron reticentes a abrir un proceso, Rocaberti contó con el apoyo del confesor real, fray Froilán Díaz, quien también estaba convencido de la influencia del «maligno» sobre el monarca.

Díaz y Rocaberti decidieron pues pasar a la acción, aún sin el beneplácito de la Suprema. El confesor conocía a un afamado exorcista que actuaba en Asturias y que se creía un elegido de Dios para realizar la misión de «extraer demonios» del cuerpo de los inocentes, llamado fray Antonio Álvarez de Argüelles, perteneciente a la Orden de los dominicos y vicario de la iglesia de Cangas de Tineo. Allí al parecer había realizado con éxito varios exorcismos a un grupo de monjas del convento de agustinas recoletas de dicha localidad que, al igual que en el caso de las religiosas de San Plácido, se creían encontrar bajo posesión diabólica.

Fray Froilán Díaz escribió al citado fray Antonio una carta en la que le solicitaba que preguntase a las posesas si el rey y la reina habían sido objeto de un maleficio. No tardó el exorcista asturiano en realizar el ritual solicitado desde la corte y en responder afirmativamente a sus sospechas:

«El rey se halla, en efecto, doblemente ligado por obra maléfica, para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud y los riñones, para corromperle e impedirle la generación. Los efectos del bebedizo se renuevan por lunas y son mayores durante las nuevas».

Como señala el Duque de Maura en una magnífica monografía –aunque evidentemente nada actualizada– sobre el soberano, se le recomendaron entonces una serie de remedios –al parecer también dictados por los demonios– con los que poder contrarrestar el hechizo, a saber, darle un cuartillo de aceite bendito en ayunas, ungir a su vez el cuerpo y la cabeza con dicho aceite, que realizase paseos frecuentes y se le purgase según lo marcado por los rituales de exorcismo con bendiciones y oraciones, además de separarle de la reina. Aquellas recomendaciones, solo realizadas en parte, no hicieron sino minar aún más la escasa salud del soberano en sus últimos años de vida.

En nuevas sesiones exorcísticas, Argüelles, a través de las religiosas supuestamente endemoniadas, obtuvo más información sobre los hechizos. Al parecer, el bebedizo antes citado se le había suministrado a Carlos II cuando aún vivía el conspirativo don Juan (José) de Austria por una mujer, con el fin de reinar. Según afirmaron los «demonios», la muerte del ambicioso bastardo fue también producto de maleficios, «pero más fuertes, pues le acabaron tan presto».

El asunto se complica

Las cosas comenzaron, sin embargo, a complicarse, cuando el «demonio» que tenía sometido al soberano parece que quería implicar a una serie de personas concretas en esta trama. El entrometido ente maligno parece que se preocupaba en demasía por los asuntos de Estado.

Éste ofrecía información cada vez más detallada sobre el asunto de los hechizos: el 24 de septiembre de 1694 el rey había sido nuevamente hechizado a través de su comida, que había sido mezclada con restos de un cadáver. El asunto se complicó aún más cuando en septiembre de 1699, con el monarca ya moribundo, llegaron a palacio tres mujeres supuestamente endemoniadas que afirmaban dominar la voluntad del rey. Durante el exorcismo al que fueron sometidas el demonio afirmó tajante que habían sido las personas cercanas a la primera esposa de Carlos, María Luisa de Orleans, las causantes del hechizo del monarca.

En algunas ocasiones el demonio, experto en política, se contradecía, llegando a hacer afirmaciones peligrosas, hasta el punto de que también Mariana de Austria, madre del rey, fue «salpicada» por sus declaraciones: al parecer, el hechizo de 1675 había sido suministrado por Fernando de Valenzuela –más conocido como «el duende de Palacio»–, siguiendo órdenes de doña Mariana. Según pudieron extraer en claro los exorcistas de las declaraciones de las posesas, el filtro fue preparado por una bruja de nombre Casilda por encargo del mismo valido. Para preparar dicho filtro la «bruja» se valió, según recoge el historiador José Calvo Poyato, autor de otra documentada biografía de Carlos II, del cadáver de un ajusticiado que ella misma sacó de la Casa de Misericordia tras la ejecución.

Fernando de Valenzuela.

El segundo encantamiento del rey tuvo lugar el 24 de septiembre de 1694, y había sido administrado por «uno que tiene gana y deseo de que venga a España la Flor de Lis y que en lo exterior hace muchas fiestas y cariños al Rey, pero en lo interior lo tiene como el último apóstol». El asunto era demasiado turbio y ponía en una delicada situación a los promotores de la práctica exorcística, pues las respuestas del «ente maligno» eran muy graves para que fueran pasadas por alto. Por aquel entonces, para complicar aún más el asunto, falleció Rocaberti, que fue sustituido por el cardenal de Córdoba, quien también se mostró interesado en los exorcismos.

Entonces sufrieron un giro los acontecimientos cuando, tras la muerte del inquisidor general, Argüelles vio como se alejaban sus pretensiones: la posibilidad de lograr una mitra episcopal tras los servicios prestados a Su Majestad. El «demonio» entonces comenzó a ser evasivo en las respuestas y llegó a afirmar incluso que el rey gozaba ya de buena salud y que únicamente necesitaba un nuevo médico para curarse por completo, que le cambiasen los colchones y que realizara un viaje fuera de los «malos aires» de la capital.

Quizá intuyendo el peligro que se avecinaba, Álvarez de Argüelles dejó sólo al confesor real, quien dio el asunto por clausurado ante el temor de posibles represalias de Mariana de Neoburgo. Pero era ya demasiado tarde; la enérgica reina, a través de un fraile de los Jerónimos famoso en Madrid por su «infinita piedad», puso el caso en conocimiento de la Inquisición –a pesar de que en ningún momento su persona fue implicada en las declaraciones de los «demonios», quizá temerosa de un giro en los acontecimientos que pudiera afectarle–. El Santo Oficio, que a pesar de la participación de su máximo representante, desconocía el asunto, encontró materia suficiente para abrir un proceso a fray Froilán, blanco de las iras de Mariana ante la ausencia de Rocaberti.

Mariana de Neoburgo.

El demonio vuelve a escena

En septiembre de 1699, cuando el asunto de los hechizos del rey parecía que había concluido, llegó a palacio una mujer dando alaridos y profiriendo improperios que pretendía personarse ante el rey, afirmando que estaba endemoniada. La susodicha fue rápidamente apresada por la guardia real pero debido al escándalo Carlos II, que había escuchado los gritos, se presentó ante ella; el rey trató de calmarla mostrándole una reliquia del lignum crucis que llevaba siempre encima, como buen católico que era.

Para exorcizarla se solicitaron los servicios de fray Mauro Tenda, un conocido capuchino y exorcista italiano que llevaba varios meses en la corte española y que conocía el tema de los hechizos regios tras algunos contactos previos que había mantenido con fray Froilán y el fallecido Rocaberti. El duque de Maura señaló que quizá Tenda perteneciera al servicio secreto diplomático del duque de Saboya, que también aspiraba a sentarse en el trono español, algo que no sería de extrañar en una corte tan dada a la conspiración y al secretismo. La trama se enrevesaba hasta límites insospechados y difíciles de diseccionar para el historiador.

Auto de Fe en la Plaza Mayor.

Fray Mauro Tenda afirmó que Carlos II no se encontraba endemoniado, sino tan solo hechizado, por lo que sería más fácil curarle. El maltrecho rey llevaba siempre sobre el pecho un saquito que, al acostarse, situaba debajo de su almohada, y el capuchino, tras examinar su contenido, señaló que el monarca se curaría si lo alejaba de sí. El saquito contenía, según los testigos que pudieron verlo, «todas las cosas que se suelen emplear en los hechizos: cáscaras de huevo, uñas de los pies, cabellos y otras por el estilo».

Tras someter a exorcismo a la desquiciada que había irrumpido en palacio, resultó que ésta era una bruja que vivía en compañía de otras mujeres, también brujas; durante el ritual afirmó que todas ellas tenían controlada la voluntad del rey. Los acontecimientos tomaron un cariz peligroso cuando la «energúmena» afirmó, ante las preguntas del exorcista, que Carlos II había sido hechizado por personas cercanas a su primera mujer, María Luisa de Orleans.

Los rumores se confirmaron cuando desde Austria llegó la noticia de que un «demonio vienés», por boca de un niño endemoniado, habló del hechizamiento del soberano. Este nuevo «invitado» a la trama demoníaco-política afirmó que el hechizo del rey había sido provocado por una bruja, de nombre Isabel, que vivía en la calle de Silva, en Madrid, y que los «instrumentos» maléficos que había utilizado para domeñar al monarca se encontraban en una de las habitaciones del palacio real y en el umbral de la casa que había servido de domicilio a la sospechosa. Los hechos dieron un giro cuando las declaraciones comenzaron a salpicar también a Mariana de Neoburgo y a su camarilla.

Para Jaime Contreras, autor de Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria (Temas de Hoy, 2003), la iniciativa de toda esta trama política partió del partido austracista y de la misma Mariana de Neoburgo, con las miras puestas en el trono de España frente a Francia, aunque, ironías del destino, el «demonio» acabó hablando en contra de los intereses de los austriacos, los mismos de los que había partido la idea de invocarle. A día de hoy todavía no está realmente claro de quién partió la iniciativa de generar aquel complot, pues en cierto momento quedó claro que más allá del posible hechizamiento del desdichado Carlos II, lo que interesaba era implicar en la trama a cualquier posible enemigo que pudiera someter la voluntad del monarca quien, ante la falta irreparable de un heredero, debía realizar su testamento y nombrar a un sucesor.

Ante el temor a posibles consecuencias incontrolables, la de Neoburgo decidió cerrar el proceso, colocando a uno de sus partidarios como inquisidor general, tras la extraña muerte de Alonso de Aguilar, que como sabemos había sucedido a Rocaberti, partidario de seguir con los exorcismos y que es posible que fuese envenenado por orden de la conspiradora y manipuladora reina, algo que quizá nunca sabremos.

Fray Froilán Díaz y fray Mauro Tenda fueron objeto de su ira y quienes pagaron por todo lo ocurrido. Díaz, contra el que estaba a punto de abrirse el proceso inquisitorial antes citado, logró huir a Roma, aunque fue detenido por el embajador español ante la Santa Sede, el duque de Uceda, quien lo devolvió a España. Fray Froilán fue declarado reo de fe y encerrado en las sombrías cárceles del Santo Oficio; su proceso se alargó hasta el reinado del borbón Felipe V, quien presionó para que fuese absuelto. Por su parte, a Tenda se le abrió también un proceso inquisitorial a principios de 1700, aunque logró salir absuelto pese a las presiones de Mariana de Neoburgo.

Quien salió peor parado de todo aquel embrollo no fue otro que el mismo Carlos II, quien llegó a creer firmemente que había sido hechizado y que su voluntad estaba sometida a las fuerzas malignas. Sus últimos meses de vida los pasos aquél pobre desdichado, víctima de su nefasto destino y de las circunstancias, desolado por no haber cumplido con los verdaderos deberes de un rey «elegido por la Providencia para dirimir los asuntos de España».

Aquel teatro del absurdo en el que vivía la corte española durante la última década del siglo XVII, fue el escenario final en el que se movieron los Austrias, el ocaso de una de las dinastías «sagradas» más prósperas y poderosas que había dado la Historia de España. Los graves problemas físicos de Carlos II y sus terribles cargos de conciencia hicieron que fuera el más interesado en proseguir con los exorcismos. No pudo ver, sin embargo, cumplidos sus deseos, y moría, rodeado de la fastuosidad característica de los funerales regios, el 1 de noviembre de 1700. El trono español esperaba, tras una cruenta guerra civil, al primero de los Borbones hispanos: Felipe V, hoy tan odiado por los catalanes independentistas, así como su estirpe de origen galo.  

PARA SABER MÁS:

–CALVO POYATO, José: Carlos II el Hechizado. Planeta, 1998.

–CONTRERAS, Jaime:, Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria. Temas de Hoy, 2003.

–HERRADÓN AMEAL, Óscar: Historia oculta de los reyes. Magia, herejía y superstición en la corte. Espejo de Tinta 2007.

–MAURA GAMAZO, Gabriel: Carlos II y su corte. Ensayo de reconstrucción biográfica. Boletín Oficial del Estado Publicaciones 2018.

–RUIZ RODRÍGUEZ, Ignacio: Fernando de Valenzuela. Orígenes, ascenso y caída de un Duende de la corte del rey hechizado. Editorial Dykinson. Universidad Rey Juan Carlos, 2008.

En un aspecto totalmente ajeno a esta entrada, en el campo puramente estratégico y militar, quiero destacar una joya bibliográfica que acaba de editar Desperta Ferro y que ofrece una visión única y poco conocida del reinado del último Austria hispano: Los últimos Tercios. El ejército de Carlos II, de uno de los mayores expertos en los ejércitos imperiales, el profesor de historia moderna en la Univesidad de Pavía David Maffi. Y es que a pesar de reinar sobre un imperio presto a desaparecer, la monarquía hispánica era aún bajo su cetro una de las más importantes de todo Occidente, y sus despliegues militares, impresionantes, todavía obtuvieron, en medio de numerosos fracasos, algunos sonados éxitos que podemos descubrir en las páginas de este riguroso ensayo.