Los duques de Windsor y la sombra del nazismo (parte I)

Ciñó la corona del Reino Unido bajo el nombre de Eduardo VIII, pero no tardó en abdicar para casarse con Wallis Simpson, una dama sin ascendente real. Sus delicados contactos con el régimen nazi y franquista antes y durante la Segunda Guerra Mundial pusieron contra las cuerdas al gobierno inglés y han generado numerosas dudas sobre su patriotismo y la verdadera razón de su abdicación. En nuestro país, rodeado de espías de ambos bandos, vivió uno de los episodios más singulares de la contienda.

Óscar Herradón ©

Llegó a ser rey de Inglaterra. Eso sí, por un breve periodo de tiempo, ya que tuvo que renunciar a la corona para poder casarse con una plebeya –cosas que en los últimos tiempos no pasan en España–, y llegó a acercarse peligrosamente a los grupos fascistas de su país y a mantener contactos con la Alemania del Tercer Reich, lo que lo convertía en un personaje incómodo para su propio Gobierno. Hablo del Duque de Windsor, quien, precisamente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Londres estaba siendo bombardeado sin tregua por los aviones de la Luftwaffe alemana, pasó por España y Portugal en una compleja trama de espías digna de la mejor novela de Ian Fleming (agente de inteligencia, por cierto, en esa misma contienda). Eso sí, su periplo no tuvo nada de ficción a pesar de las muchas sombras que todavía rodean a este enigmático episodio de nuestra historia.

Eduardo, futuro duque de Windsor, nacía el 23 de junio de 1894 en White Lodge, Surrey. Era el mayor de tres hermanos. Corría mayo de 1910 cuando su padre ascendía al trono con el nombre de Jorge V del Reino Unido, tras la muerte de Eduardo VII, por lo que Eduardo, el 13 de julio de 1911, cual primogénito varón, era investido oficialmente como príncipe de Gales y, por tanto, se convertía en heredero de la Corona. Desde joven, destacaría por un desapego al protocolo palaciego. La Primera Guerra Mundial dejaría una huella imborrable en su memoria, y las atrocidades del frente, que visitó en más de una ocasión, le convencieron de que Europa no debía volver a sumergirse en una contienda de tales dimensiones, algo clave en sus decisiones futuras.

El playboy enamorado

Durante la década de los veinte tuvo una ajetreada vida social y se le atribuyeron, cual playboy, numerosos romances. Pero sería en los años treinta cuando conocería a la mujer que cambiaría no solo su vida, sino el futuro de toda una nación: Wallis Simpson, norteamericana de ascendencia alemana y plebeya que, cuando comenzó su relación con Eduardo, todavía no se había divorciado de su segundo esposo, el angloamericano Ernst Simpson. Aquello no le importó lo más mínimo al príncipe de Gales cuando, el 20 de enero de 1936, moría su padre y él subía al trono bajo el nombre de Eduardo VIII. Ya entonces su relación adúltera había provocado un escándalo con su familia y en los círculos cortesanos. En un principio, quienes le rodeaban, conocedores de su fama de Don Juan, pensaron que se trataría de una relación pasajera, pero no fue así.

A pesar de la oposición del Gobierno, dirigido entonces por el primer ministro Stanley Baldwin, y de la familia real, el nuevo monarca siguió adelante con su relación. Y es que Wallis, además de plebeya y divorciada –algo intolerable para la «alta moral» británica–, parecía esconder un turbio pasado lleno de escándalos y relaciones con personajes afines al nazismo, como el ministro de Asuntos Exteriores del Tercer Reich, Joachim von Ribbentrop. La relación con Wallis le acabaría costando al nuevo rey la mismísima Corona. Oficialmente siempre se dijo que en el romance con la plebeya subyacía la razón de que abdicara apenas 325 días después de convertirse en monarca, pero lo cierto es que el Gobierno estaba muy preocupado además por su peligroso acercamiento a la Alemania nazi en una Europa por la que comenzaban a soplar con fuerza vientos de guerra.

Entre agosto y septiembre, la pareja realizó un sonado recorrido por el Mediterráneo en el yate Nahlin. En octubre ya tenían claro los miembros del gobierno que Eduardo no tenía intención alguna de abandonar a su amante, sino todo lo contrario: de casarse con ella. Aunque en una reunión en Buckingham con el primer ministro Baldwin, el 16 de noviembre de 1936, Eduardo propuso la posible solución de un matrimonio morganático, según el cual continuaría siendo monarca, aunque Wallis no sería reina, el gabinete gubernamental se negó en rotundo, rechazando también la propuesta otros gobiernos de la Commonwealth y la Iglesia anglicana. O renunciaba al casamiento o a la Corona.

Puesto que seguir adelante produciría una crisis constitucional, según contaría años después en sus memorias, Eduardo decidió abdicar el 10 de diciembre, y era sustituido por su hermano el duque de York, Jorge VI (el soberano al que da vida el actor Colin Firth en la cinta El discurso del rey), quien le nombró dos días después «Su Alteza Real el Duque de Windsor».

Una sonada tournée por el III Reich

Su enlace supuso un nuevo escándalo cortesano. Eduardo y Wallis Simpson contraían matrimonio en Francia en 1937, en una ceremonia celebrada por el reverendo Robert Anderson Jardine, a pesar de la negativa de la Iglesia de Inglaterra a autorizar la unión. Pero había algo más tras la controversia y la abdicación; según historiadores como Martin Allen, autor del libro El rey traidor, tras ello se escondía la germanofilia del duque, que también frecuentaba la compañía de importantes jerarcas nazis y del líder de los fascistas ingleses, Oswald Mosley.

Precisamente el mismo año de su enlace, en octubre, Eduardo y Wallis realizaban una sonada visita a la Alemania nazi, haciendo caso omiso a las advertencias del gobierno británico. De hecho, llegaron a ser recibidos por el mismo Adolf Hitler en su residencia del Obersalzberg, en Berchtesgaden, el Berhof, una visita que sería aprovechada por el implacable aparato propagandístico del régimen, comandado por Goebbels, para mostrar al mundo cómo un inglés por cuyas venas corría sangre real admiraba los “numerosos logros” del nacionalsocialismo. De hecho, Eduardo fue fotografiado en Berlín pasando revista a un escuadrón de las SS junto a Robert Ley, nada menos que Jefe de Organización del Partido Nazi, quien hizo de cicerone durante la tournée, y se pudo ver al duque, brazo en alto, realizando el saludo fascista.

En su visita al Berhof
Attlee

Es evidente que en Gran Bretaña esos movimientos del que apenas un año atrás era su rey se veían con preocupación, y la diplomacia británica y la Inteligencia, a través de sus agentes, intentaba por todos los medios alejarlo de tan nocivos contactos. No obstante, en su círculo íntimo eran bien conocida su germanofilia, su antisemitismo y feroz anticomunismo y su afinidad para con muchas de las políticas del NSDAP, tesis que ganaría más fuerza en 1995, con la publicación de una serie de documentos secretos de la Policía Internacional y de Defensa del Estado –PIDE– portuguesa, según se hacía eco entonces el diario El País. No obstante, el duque de Windsor no era, como los nazis, partidario de iniciar una guerra en Europa, pues su experiencia con «las escenas de horror sin fin» de los que fue testigo en la Primera Guerra Mundial lo condujeron a apoyar la política de apaciguamiento de la que, por aquel entonces, seguía un amplio sector del gobierno inglés y que permitiría a Hitler escalar posiciones hasta poner en jaque a los países colindantes.

Tiempos de guerra

HMS Kelly

Tras el controvertido viaje a la Alemania de la esvástica, el duque y Wallis viajaron hasta Francia, donde pasarían largas temporadas instalados cómodamente en sus lujosas mansiones de París y Cap. Antibe, veraneando incluso en la costa española, que le apasionaba. La Segunda Guerra Mundial estallaba el 1 de septiembre de 1939 con la invasión alemana de Polonia. Ese mismo mes, Lord Mountbatten trasladó al matrimonio de nuevo a Inglaterra a bordo del acorazado HMS Kelly, y Eduardo fue nombrado Mayor militar adscrito a la misión británica en Francia, regresando poco después al país galo. Ya entonces planeaba sobre el duque la sospecha de una colaboración con los nazis mientras los británicos se preparaban para una lucha sin cuartel contra la Luftwaffe de Göring, que pretendía allanar el camino para una inminente invasión de las islas en el marco de la Operación León Marino, el único intento desde los tiempos de Felipe II y su Armada Invencible.

De hecho, febrero de 1940, el ministro alemán en La Haya, el conde Julius von Zech-Burkersroda, llegó a afirmar que Eduardo había filtrado los planes de guerra de los aliados para la defensa de Bélgica, según las investigaciones de la experta en monarquías Sarah Bradford. El problema llegó para la pareja con la invasión de Francia por los ejércitos de Hitler en mayo de ese mismo año. Entonces, la figura de Eduardo adquiría una gran relevancia para unas posibles negociaciones de paz, tanto para sus compatriotas como para sus amigos alemanes.

Von Zech-Burkersroda

Los Windsor se encontraban en una encrucijada, pues a pesar de sus buenas relaciones con los nazis, estaban en un país ocupado, en plena contienda, mientras el suyo se preparaba para la batalla más grande que jamás había librado. Eduardo debía apoyar a su gobierno, o corría el peligro de ser acusado de alta traición. Para ponerse a salvo, Eduardo y Wallis huyeron primero a Biarritz y después pusieron rumbo a España. Las carreteras francesas se encontraban repletas de automóviles que ponían rumbo a la Península, invirtiéndose el proceso que había tenido lugar apenas un año antes, con el fin de la Guerra Civil.

Este post tendrá una inminente segunda parte.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Con su habitual buen hacer, La Esfera de los Libros nos brinda entre sus novedades un libro a través del que comprenderemos mejor la figura de la duquesa de Windsor (y por ende la de su controvertido marido), escrito nada menos que por Diana Mitford, una de las más estrechas amigas del duque. Asidua invitada a sus fiestas en París o al «Moulin» de Orsay, el pueblo francés donde fueron vecinos, Mitford dejaría a su primer marido (inmensamente rico) por el fascista inglés Oswald Mosley, a quien admiraba (convirtiéndose en lady Mosley), lo que estrecha aún más esos lazos entre quien fuera breve monarca del trono inglés y su plebeya esposa con las fuerzas reaccionarias, para la mayoría de historiadores, verdadera causa (más allá del amor ilegítimo) de que fuese apartado de la Corona cuando ya corrían vientos de guerra en Europa, sabedor el gobierno de su germanofilia y sus buenas relaciones con el Tercer Reich.

Un libro, definido por el prestigioso historiador Philip Mansel como «Irresistible» en el que Mitford, a través de un característico y afilado estilo –maliciosamente inteligente, ciertamente irónico y perspicaz–, pinta un retrato de gran realismo de quien fuera su amiga, Wallis Simpson, captando su encanto pero también sus sombras, que las tuvo, y no fueron pocas. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/la-duquesa-de-windsor/

Espías atómicos: agentes soviéticos en el Proyecto Manhattan (II)

En un reciente reportaje en «Dentro del Pandemónium» hablábamos sobre la implacable vigilancia a la que durante décadas el FBI sometió a Albert Einstein. Pues bien, aunque la fijación de J. Edgar Hoover con la llamada «infiltración roja» rayaba en la paranoia, lo cierto es que no iba tan desencaminado. Y es que en el corazón mismo del ultrasecreto proyecto atómico estadounidense se infiltró el mismísimo Kremlin, cuyos altos cargos estuvieron informados de los avances con uranio enriquecido que se llevaron a cabo en la base no tan «blindada» de Los Álamos.

Según apunta en su magnífico libro Fred Jerome, Hoover y su oficina también se enfrentaban a las potenciales repercusiones del caso Fuchs: «Después de todo, el proyecto Manhattan había estado bajo vigilancia intensa y constante del FBI y el G-2. Las declaraciones oficiales de la Oficina insistían en que ésta había proporcionado a Scotland Yard informaciones vitales que permitieron detener a Fuchs»*.

En su confesión jurada, Fuchs también implicó a un contacto estadounidense anónimo. Para Hoover era una prioridad encontrarlo. Con los focos de los medios pendientes de su actuación y deseosos de historias de espías, el jefe de los federales movilizó equipos especiales de agentes por todo el país para que realizaran exhaustivas investigaciones. Pocos días después, la Agencia tenía una lista de más de 500 sospechosos, algunos basados en los papeles Venona. Entre los detenidos, hubo uno al que Hoover definiría como «el crimen del siglo», un químico de nombre Harry Gold.

La operación más secreta del mundo

Hoover aprovechó el caso Fuchs para renovar y reforzar su Oficina. Durante la semana que siguió a la detención del espía atómico en Londres, el jefe del FBI mantuvo tres reuniones con el subcomité de asignaciones del Senado estadounidense para pedir más financiación, en particular para la contratación de nuevos agentes, y convenció a éstos y a la prensa de que vendieran la historia de que solo él y los federales podrían proteger a EE UU, que ahora permanecía «bajo el asedio de los espías comunistas y la creciente amenaza roja». Unos días después, el Chicago Tribune publicaba: «Hoover dice a los senadores que hay 540.000 rojos en Estados Unidos. Al parecer, un senador dijo al tribunal que a la vista del peligro que suponían los espías, Hoover podía conseguir «prácticamente todo lo que quisiera». Así se aceleraba la máquina conspirativa del macartismo, alimentada por los titulares sobre casos de espionaje, que contribuyeron, según Jerome, al creciente número de soplos y pistas sobre «espías» que afluían a las oficinas federales a comienzos de 1950.

Harry Gold, alias «Raymond»

Incluso, aprovechando la fiebre anticomunista, Hoover intentó vincular el caso Fuchs con su eterno objetivo: Albert Einstein, aunque no sirvió de mucho, y el premio Nobel pasó a mejor vida el 18 de abril de 1955, mientras Fuchs y Gold permanecían en prisión. Durante la friolera de nueve largos años, Fuchs había pasado información sobre el desarrollo del proyecto atómico norteamericano a los científicos soviéticos sin pedir nada a cambio. Continuó espiando tras el lanzamiento de Fat Man sobre Hiroshima y desde el otoño de 1947 a mayo de 1949 dio a su oficial de enlace, Aleksandr Feliksov, el principal esbozo teórico para crear una bomba de hidrógeno y los bosquejos iniciales para su desarrollo, según el estado en que se encontraba el proyecto de colaboración entre Inglaterra y Estados Unidos en 1948 y suministró también los resultados de las pruebas de las bombas de plutonio y uranio realizadas en el atolón de Eniwetok. Parece que se encontró con Felíksov al menos en seis ocasiones.

Feliksov

Además, es muy probable que suministrara datos clave sobre la producción de Uranio 235, revelando que la producción en EE UU era de cien kilogramos de U-235 y 20 kg de plutonio por mes. Aunque no se puede afirmar de forma categórica, casi con seguridad con esos datos la URSS pudo calcular el número de bombas atómicas que poseía su principal enemigo durante la Guerra Fría, concluyendo –a pesar de la propaganda que incidía en lo contrario– que Norteamérica no estaba preparada para una guerra nuclear a finales de las década de 1940 e incluso a comienzos de la siguiente; algo que coincidía con los informes enviados por otro espía atómico, Donald Duart Maclean, desde Washington.

Gracias a aquella privilegiada información robada, la URSS pudo saber que EE UU no tenía suficientes armas nucleares para afrontar el bloqueo de Berlín –en unos años en los que hasta el mismísimo Churchill se planteó declarar una guerra a los soviéticos*– y la victoria de los comunistas en China al mismo tiempo.

Valorando la información secreta

Maclean

A día de hoy continúa habiendo controversia entre los estudiosos acerca de la importancia de la información robada y filtrada por Fuchs a sus superiores en Moscú. Mientras que el físico Hans Bethe, director de la división técnica del Proyecto Manhattan, y quien le conocía bien, llegaría a decir que el alemán fue el único físico que conoció que realmente cambió la historia, físicos soviéticos declararían más tarde que los diseños iniciales propuestos por Fuchs y Edward Teller eran inútiles. Además, se ha insistido en la poca importancia que dio a tal filtración el director administrativo del proyecto soviético, Lavrenti Beria, responsable de leer la correspondencia de Fuchs y dársela a terceros para su verificación. Beria desconfiaba de la información facilitada por científicos, y más extranjeros, y parece –como es lícito– que tampoco comprendía muy bien el contenido de dichos informes, por lo que quizá no tuvo un impacto sustancial sobre los planes atómicos soviéticos. La duda sigue en el aire.

Por su parte, el también físico soviético German Goncharov, quien tenía, a diferencia de los norteamericanos, acceso a material confidencial sobre el caso, señaló en varios trabajos de archivo que si bien el trabajo inicial de Fuchs no ayudó a Estados Unidos en sus esfuerzos por lograr una bomba de hidrógeno, estaba mucho más cerca de la solución correcta final de lo que se reconoció en aquel tiempo, teniendo en cuenta que el mismo Kremlin, en una forma habitual de actuar en inteligencia, negó cualquier vínculo con la labor llevada a cabo por el físico alemán en Los Álamos. De hecho, para Goncharov, éste estimuló a los investigadores soviéticos para tratar problemas útiles que acabarían proporcionando una solución correcta y por ende la obtención de la bomba atómica por la URSS.

No obstante, la mayor parte del trabajo de Fuchs continúa siendo confidencial en Estados Unidos, y teniendo en cuenta la cerrazón habitual del gobierno ruso, no es ni mucho menos fácil para los historiadores determinar cuál fue la verdadera influencia de su labor como espía. Quizá haya que esperar aún varias décadas. De lo que no cabe duda es de que su epopeya fue una de las más apasionantes en el campo de la inteligencia del pasado siglo XX.

Fuchs permaneció en prisión nueve de los 14 años a los que había sido condenado por espionaje en un juicio que apenas duró 90 minutos y en el que se adujo que sufría «esquizofrenia calculada». Salió por buena conducta. Tras ello, vivió en la República Democrática Alemana, donde fue considerado un héroe por el régimen soviético, y allí pudo desarrollar distintos trabajos académicos, siendo condecorado con la Orden de Karl Marx y la Orden Patriótica del Mérito por sus hazañas. Murió en Berlín en 1988, llevándose, muy probablemente, numerosos secretos a la tumba, como tantos y tantos agentes que actuaron en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

  • JEROME, Fred: El Expediente Einstein. El FBI contra el científico más famoso del siglo XX. Planeta, 2002.

Historia Secreta de la Bomba Atómica, de Peter Watson

Recientemente la Editorial Crítica publicaba un vibrante ensayo que nos viene que ni pintado al asunto que hemos tratado en este post: Historia secreta de la bomba atómica. Cómo se llegó a construir un arma que no se necesitaba, del historiador y periodista británico Peter Watson.

Un autor que sabe de lo que habla como pocos, y es que Watson tiene una larga carrera en el campo del periodismo de investigación, siendo uno de los primeros espadas de este campo en Reino Unido en las últimas seis décadas. Fue editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo de investigación «Insight» de The Sunday Times, un proyecto iniciado en 1963 y que entre otras importantes revelaciones en 1967 informó que el espía prófugo a la URSS Kim Philby, un turbio y apasionante asunto de espionaje que no tardaremos en abordar en el blog, era nada menos que el tercero de los llamados «Espías de Cambridge». A su equipo de investigación se debe también la investigación del «Caso Profumo (The Profumo affair)», un escándalo político sin precedentes en Reino Unido, la controversia sobre el fármaco Talidomida o la fabricación secreta de armas nucleares por el Estado de Israel.

Watson, además, ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito crónicas y opiniones para medios de tanto prestigio como The Observer, The New York Times o The Spectator. Autor de nada menos que trece libros, entre los que destacan Historia Intelectual del siglo XX (2004), La gran divergencia (2014), La Edad de la Nada (2014) o Convergencias. El orden subyacente en el corazón de la ciencia (2017), todos ellos publicados en castellano por Crítica. Es uno de los más agudos observadores de la historia social del siglo XX. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de lo que sucedió entre bambalinas en relación al proyecto atómico.

Con un pulso narrativo impagable, propio solo de los mejores, y un ritmo endiablado, cual si se tratara de un thriller, pero escrupulosamente verídico, y apoyado en una profusa documentación, mucha de ella inédita hasta el momento, el británico nos muestra cómo surgió, y cómo en un principio fue desechada por los científicos, la idea de construir un arma nuclear. ¿Entonces, por qué prosperó? En la línea en la que venimos hablando sobre Los Álamos y los oscuros personajes que rodearon al proyecto, Watson nos revela cómo un pequeño grupo de conspiradores, asentados en el poder y que controlaban los pasillos de Washington, tomó por su cuenta la decisión de construir y emplear la bomba atómica, algo que, contrariamente a lo que se suele admitir, no era necesaria para poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Y qué fin… Un ensayo controvertido que no solo desvela un pasado desconocido: ilumina un presente sujeto todavía a una amenaza nuclear latente. He aquí cómo adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-historia-secreta-de-la-bomba-atomica/311813

Espías atómicos: agentes soviéticos en el Proyecto Manhattan (I)

En un reciente reportaje en «Dentro del Pandemónium» hablábamos sobre la implacable vigilancia a la que durante décadas el FBI sometió a Albert Einstein. Pues bien, aunque la fijación de J. Edgar Hoover con la llamada «infiltración roja» rayaba en la paranoia, lo cierto es que no iba tan desencaminado. Y es que en el corazón mismo del ultrasecreto proyecto atómico estadounidense se infiltró el mismísimo Kremlin, cuyos altos cargos estuvieron informados de los avances con uranio enriquecido que se llevaron a cabo en la base no tan «blindada» de Los Álamos.

Óscar Herradón ©

Una singular historia de diplomacia, contrainteligencia, medias verdades y pura conspiranoia que se mantuvo silenciada durante décadas y que estuvo a punto de cambiar el devenir del siglo XX, en los complejos y combativos tiempos de la esvástica, la hoz y el martillo y la bandera estrellada de EEUU, cuya vulneración a los derechos humanos y civiles –como el caso de los ciudadanos japoneses dentro de sus fronteras– no casaba con lo impreso en su Carta Magna y el lema de la tierra de la «libertad y las oportunidades».

1950. En EE UU se produce un verdadero pánico rojo que no dejará de incrementarse en las décadas siguientes hasta el final de la Guerra Fría. Para más inri, aquel año que pasaría a la historia como el comienzo de la Caza de Brujas del senador por Wisconsin Joseph McCarthy, con la colaboración de otros políticos de calado como Richard Nixon, el propio presidente Harry Truman –que el 30 de enero anunciaba públicamente la fabricación de una bomba de hidrógeno «mucho más poderosas que la bomba atómica», eje de la política de la Casa Blanca– o autoridades como Hoover y su FBI, tuvo lugar el mayor escándalo por espionaje en el seno del país.

A comienzos de febrero de ese año era detenido en Londres el científico alemán Klaus Fuchs, para algunos el mejor agente de inteligencia del siglo XX, ahí es nada (aunque eso se ha dicho de muchos, quizá demasiados) quien no tardaría en confesar que durante la Segunda Guerra Mundial y después había robado regularmente secretos atómicos estadounidenses y se los había filtrado a los rusos. Una declaración que parecía del todo coherente teniendo en cuenta que el propio Truman había declarado en septiembre de 1949 que los rusos habían ensayado la bomba atómica y que EE UU ya no era la única potencia nuclear –lo que provocó que dedicaran astronómicas cantidades de los ya muy abultados presupuestos de Defensa al desarrollo de la Bomba H–.

Hoover, que se había arrogado el éxito de detener en territorio norteamericano a dos comandos de espías nazis en plena guerra, comandados por George John Dasch, la mayoría de los cuales fueron ejecutados en la silla eléctrica –una historia que tendrá su espacio en breve en «Dentro del Pandemónium»–, fue incapaz de impedir que en el corazón de la maquinaria armamentística se infiltraran espías soviéticos.

Klaus Fuchs (Wikipedia)

Aquello parecía dar a Hoover la razón: él había vigilado a Einstein como sospechoso de espionaje, y continuaría haciéndolo, ahora con más motivo, y en ese momento otro científico alemán, conocido del primero –y que, según un informe interno equivocado del FBI, había sido recomendado por el Premio Nobel para participar en el Proyecto Manhattan– descubría todo el pastel. Pronto, el estado de ánimo del país se manifestaba en alarmantes titulares de prensa como los siguientes: «Los rojos consiguen nuestros planes de bomba»; «Un británico pasa secretos militares atómicos a los rusos», «Espías rondaban las plantas atómicas estadounidenses». A ello se sumaba algo completamente nuevo, y que marcaría la historia de aquel tiempo: la aparición de la televisión, con sus imágenes apocalípticas y dramatizadas hasta el paroxismo sobre la amenaza soviética.

Puede que la amenaza de la infiltración comunista nunca fuese tan real como advertían los defensores de la América reaccionaria que hoy representa el presidente saliente Donald Trump, también obsesionado durante su mandato con la investigación atómica de Irán, un día en el que Washington está blindado ante la toma de posesión de Joe Biden con las aguas más revueltas si cabe que en los años 50, pero lo cierto es que no les faltaba razón: el «enemigo rojo» había penetrado en lo más profundo del sistema y recabado la información secreta más delicada de su historia: la relacionada con el desarrollo atómico. Aquello daría rienda suelta a los conspiracionistas y a los anticomunistas hasta el punto de que se llevaría a cabo una persecución febril de todo lo que oliera a disidencia.

«Supertrump» (Wikipedia)

Los titulares se hacían eco de que Fuchs admitía haber entregado secretos atómicos a los soviéticos desde una fecha tan temprana como 1942, pero, ¿cómo pudo un agente enemigo infiltrarse en las instalaciones ultrasecretas de Oak Ridge, el lugar junto a la Casa Blanca y después el Pentágono –que fue creado precisamente entre 1941 y 1943– más protegido en tiempos de la guerra, en la que era ya la primera potencia armamentística mundial, rebosante de expertos agentes, policías, militares de alta graduación y científicos plenamente entregados al esfuerzo de guerra?

Fabricando a un espía

El doctor Klaus Fuchs nació en Rüsselsheim, Alemania, en 1911, y su historia es una de las más apasionantes del siglo pasado. Como habría de sucederle a muchos de sus colegas, entre ellos Einstein, en 1933 Fuchs tuvo una serie de encontronazos con los nazis, provocados por su filiación al Partido Comunista alemán, lo que le hizo emigrar a Francia, y posteriormente, gracias a contactos familiares, viajó a Inglaterra, a Bristol, en cuya universidad obtuvo su doctorado en física en 1937, así como un doctorado en Ciencias en la Universidad de Edimburgo.

Oak Ridge en 1945 (un área militar no tan segura)

Tras el estallido de la guerra en septiembre de 1939, los ciudadanos alemanes en territorio inglés serían internados, como lo fueron también los japoneses en Norteamérica en uno de los episodios más oscuros de la historia aliada. Fuchs fue trasladado a un campo de internamiento a la Isla de Man, y posteriormente enviado a Quebec, en Canadá, donde permanecería recluido hasta diciembre de 1940. Gracias a la intercesión del profesor Max Born, que tuteló su tesis –y según algunas fuentes, al propio Einstein–, Fuchs fue liberado y regresó a Edimburgo, donde pasó a trabajar en el proyecto de investigación de armamento nuclear británico, conocido con el nombre en código de Tube Alloys –«Aleaciones Tubulares»–, por recomendación del físico británico Rudolf Ernst Peierls.

Peierls

Revelaciones posteriores indican que ya por aquel entonces había sido contactado por los soviéticos. En uno de los papeles desclasificados del GRU –hoy conocido como GU, servicio de inteligencia militar, y de plena actualidad por sus incursiones precisamente en Reino Unido, e incluso en el Procés catalán–, fechado en Londres el 10 de agosto de 1941, se muestra que se estableció contacto con Fuchs. A pesar de las restricciones en tiempos de guerra, su origen alemán y sus contactos con el «enemigo rojo», le concedieron la ciudadanía británica en 1942, a punto ya de participar en el proyecto armamentístico más letal y relevante de todos los tiempos. Y eso que en Alemania Fuchs había sido un reconocido miembro del Partido Comunista y que mientras terminaba su formación en Física siguió manteniendo contactos con los miembros del partido.

El hecho de que un científico con un oscuro pasado de filiación comunista que había sido investigado incluso por la inteligencia británica, diera el salto para trabajar en Los Álamos parece que se debió a un imperdonable descuido del MI-5: un informe de sus agentes animaba a trasladarle al Proyecto Manhattan, al otro lado del Atlántico, porque «allí no podría contactar con espías rusos». Sorprendente (y equivocado, como se mostraría más adelante).

Si bien durante su estancia en Inglaterra Fuchs había sido supervisado por el GRU, una vez que cruzó a Nueva York pasó a ser competencia del NKGB. A finales de 1943, Fuchs fue transferido, junto con Peierls, a la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde pasaron a trabajar para el Proyecto Manhattan, que por fin había tomado forma gracias a las presiones de físicos como Einstein o Leó Szilárd, que convencieron a Roosevelt de que la Alemania nazi podría conseguir pronto la bomba atómica, una amenaza demasiado seria para no actuar, teniendo en cuenta el avanzado nivel tecnológico del Tercer Reich y su visible poder de destrucción. Eso en parte, y por otra gracias a movimientos aún más oscuros de pequeños grupúsculos que en Washington estaban decidiendo cómo sería lo que quedaba del siglo XX, aun a pesar de la opinión en contra de prestigiosos científicos.

Los Álamos (¿inexpugnables?)

Desde agosto de 1944, Fuchs trabajó en la División de Física Teórica del Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México, un lugar blindado por barrotes que a muchos científicos –principalmente europeos– les incomodaba porque les recordaba a los campos de concentración nazis. Allí, realizó su trabajo bajo las órdenes del físico nuclear Hans Bethe, uno de los padres de la bomba atómica, más tarde investigado también por los federales por «afiliación comunista», al igual que el líder del proyecto, el físico teórico Robert Oppenheimer, atormentada para los restos por su participación.

El Proyecto VENONA 

El encargado del interrogatorio de Fuchs fue el oficial del MI-5 William Skardon. Tras una gran presión, y a pesar de su negativa inicial, el físico confesó finalmente en enero de 1950, y debido a sus declaraciones desenmascaró la tapadera de varios colegas que no tardarían en ser detenidos.

Cuando Fuchs firmó su confesión, implicó a un contacto estadounidense anónimo. Al conocer Hoover dicha información, se entregó a fondo a desenmascararlo y, con los medios de comunicación ansiosos de historias de agentes secretos, movilizó equipos especiales de sus agentes por todo el país. Así, la Oficina tuvo pronto una lista de más de 500 sospechosos, y entre los científicos que también se puso bajo vigilancia se hallaban dos del Proyecto Manhattan, Hans Bethe –supervisor de Fuchs– y Edward Teller, ambos nacidos en el extranjero, judíos e intelectuales.

Harry Gold

Pero el golpe de gracia lo dio Hoover cuando sus hombres detuvieron a un químico llamado Harry Gold que resultó ser el cómplice desconocido de Fuchs. Este químico de laboratorio nacido en Berna, Suiza, en 1910, y nacionalizado estadounidense, al que el biógrafo Allen M. Hornblum define como «ese soltero tímido de ojos tristes de Filadelfia», era un recluta reacia a la causa comunista en 1930, que llegó a resistirse a la influencia de las arengas políticas de un amigo de la juventud. Sin embargo, como señala el periodista Allen M. Hornblum en The invisible Harry Gold – The man who gave the soviet the atom bomb (Universidad de Yale): «Impresionado por el hecho de que la Unión Soviética se había convertido en el primer país en hacer del antisemitismo un crimen contra el Estado», finalmente decidió llevar a cabo, a partir de 1934, acciones de espionaje contra su empresa a favor de los soviéticos, ya que a éstos les interesaban por aquel entonces los productos de la Pennsylvania Sugar Company. Según su biógrafo, «Nadie podía sospechar que el hombre rechoncho de aspecto extraño y expresión triste era un espía soviético que comerciaba con secretos industriales y militares». Para pasar desapercibido y evitar ser vigilado, «caminaba por el lado oscuro de la calle y comía en restaurantes con cabinas en lugar de mesas al aire libre». Con el fin de reforzar el poderío industrial de la URSS, a partir de los años 40 decidió pasar la información que le pasaba Fuchs y éste se la entregaba a un individuo encargado de hacerla llegar a Moscú. Aquel individuo respondía al nombre en clave de «Sonia», cuya verdadera identidad era la de Ruth Kuczynski, el contacto de Fuchs en las filas soviéticas y nada menos que la mano derecha de uno de los mejores espías soviéticos de todos los tiempos en Asia: Richard Sorge.

Ruth Kuczynski, alias «Sonia»

Los nombres que salpican el «expediente Fuchs» son numerosos: desde la espía estadounidense Elizabeth Bentley –que espió para la URSS de 1938 hasta 1945–, otra de las «víctimas» del Proyecto VENONA, al también brillante espía atómico Theodore Hall. Las consecuencias de las detenciones acabarían llevando al matrimonio formado por Ethel y Julius Rosenberg a la silla eléctrica, los primeros civiles condenados a muerte y ejecutados por espionaje en EE UU en uno de los episodios más deleznable de la «democracia» del país de las barras y estrellas.

Este post continuará desvelando «información clasificada» en una próxima entrega.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

Recientemente la Editorial Crítica publicaba un vibrante ensayo que nos viene que ni pintado al asunto que hemos tratado en este post: Historia secreta de la bomba atómica. Cómo se llegó a construir un arma que no se necesitaba, del historiador y periodista británico Peter Watson.

Un autor que sabe de lo que habla como pocos, y es que Watson tiene una larga carrera en el campo del periodismo de investigación, siendo uno de los primeros espadas de este campo en Reino Unido en las últimas seis décadas. Fue editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo de investigación «Insight» de The Sunday Times, un proyecto iniciado en 1963 y que entre otras importantes revelaciones en 1967 informó de que el espía prófugo a la URSS Kim Philby, un turbio y apasionante asunto de espionaje que no tardaremos en abordar en el blog, era nada menos que el tercero de los llamados «Espías de Cambridge». A su equipo de investigación se debe también la investigación del «Caso Profumo (The Profumo affair)», un escándalo político sin precedentes en Reino Unido, la controversia sobre el fármaco Talidomida o la fabricación secreta de armas nucleares por el Estado de Israel.

Watson, además, ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito crónicas y opiniones para medios de tanto prestigio como The Observer, The New York Times o The Spectator. Autor de nada menos que trece libros, entre los que destacan Historia Intelectual del siglo XX (2004), La gran divergencia (2012), La Edad de la Nada (2014) o Convergencias (2017), todos ellos publicados en castellano por Crítica, es uno de los más agudos observadores de la historia social del siglo XX. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de lo que sucedió entre bambalinas en relación al proyecto atómico.

Con un pulso narrativo impagable, propio solo de los mejores, y un ritmo endiablado, cual si se tratara de un thriller, pero escrupulosamente verídico, y apoyado en una profusa documentación, mucha de ella inédita hasta el momento y otra solo recientemente desclasificada, el británico nos muestra cómo surgió, y cómo en un principio fue desechada por los científicos, la idea de construir un arma nuclear. ¿Entonces, por qué prosperó? En la línea en la que venimos hablando sobre Los Álamos y los oscuros personajes que rodearon al proyecto, Watson nos revela cómo un pequeño grupo de conspiradores, asentados en el poder y que controlaban los pasillos de Washington, tomó por su cuenta la decisión de construir y emplear la bomba atómica, algo que, contrariamente a lo que se suele admitir, parece que no era necesaria para poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Y qué fin… Un ensayo controvertido que no solo desvela un pasado desconocido: ilumina un presente sujeto todavía a una amenaza nuclear latente. He aquí cómo adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-historia-secreta-de-la-bomba-atomica/311813