Richarg Sorge: un espía impecable (IV)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Óscar Herradón ©

Durante ocho largos años, el círculo Sorge operará con impunidad, con una excepción: los especialistas nipones en comunicaciones interceptan en una ocasión varios mensajes de radio, pero no pueden identificar la fuente. No disponen de la tecnología que tienen los técnicos del Abwehr o los agentes del MI5. No obstante, el cerco se va estrechando y la organización corre cada vez más riesgos, peligro que aumenta exponencialmente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando en 1939 se intensifican las relaciones entre la Alemania nazi y el Japón imperial, Sorge informa a sus superiores en Moscú que lo primero que están considerando es la guerra con Gran Bretaña, y no con la URSS, pero Stalin hace oídos sordos a sus agentes en relación a Reino Unido, representante para éste del imperialismo y el capitalismo más abyectos. Dichos informes influirían en la decisión de postergar la guerra con el Tercer Reich, lo que a la larga costaría millones de muertos a la URSS. Será entonces cuando los rusos firmen el Pacto de No Agresión con Berlín, en agosto de ese año, que supondrá una afrenta al comunismo internacional y que logrará tan sólo retrasar la guerra, durante veintiún largos meses.

En mayo de 1941, Sorge visitará una vez más Shanghái para estudiar la actitud hacia la mediación norteamericana de las autoridades japonesas en China. El embajador alemán le ruega, una vez más, que le informe, ya que él no puede analizar los pormenores de tan delicado asunto desde Tokio. Por insólito que pueda parecer, Sorge viaja como mensajero de la Embajada alemana con pase diplomático otorgado por el ministerio de Asunto Exteriores japonés, para llevar despachos al mismo cónsul alemán en Shanghái. Ello demuestra su genialidad como espía y la fuerza de su tapadera. El enviado de Moscú ha logrado colocarse en una posición envidiable y asegura al Centro que las conversaciones americano-japonesas fracasarán. Ocho meses después se producirá el ataque de Pearl Harbor, un episodio que provocará la entrada en la guerra de los Estados Unidos de parte de los aliados.

Mayday Mayday: se avecina la Operación Barbarroja

Desde abril de 1941, Sorge tiene la absoluta certeza de que Berlín ya ha decidido la fecha del ataque hacia el Este: a la Unión Soviética. Informará presto que de 170 a 190 Divisiones han sido concentradas en el frente oriental europeo. En mayo sabe la fecha exacta de la invasión, que será bautizada por los nazis como «Operación Barbarroja»: 22 de junio de 1941. Sin embargo, Moscú no parece creerle a pesar de que llegan informaciones procedentes de más fuentes: Leopold Trepper y su Orquesta Roja y los estadounidenses. Stalin desconfía de la información proveniente de Tokio, cree que la inminente invasión es una operación de desinformación de los británicos. El hombre de hierro al frente del comunismo internacional yerra en su pronóstico y continúa obcecado frente al Imperio de Su Majestad. No tardará en tener que aliarse con sus odiados ingleses para combatir el avance inmisericorde de la cruz gamada.

Aquello será un golpe tremendo para Sorge, que se siente traicionado por sus jefes de Moscú. La que acabaría por ser su amante, Hanako, confesó lo siguiente cuando el espía supo la reacción del Kremlin: «Solo una vez le vi perder el control, y fue cuando el ataque alemán a la Unión Soviética. ¡Aquel día se puso a llorar como un niño!». Las revelaciones y los reiterados mensajes de la inminente invasión constituyeron la culminación de la obra del «grupo Sorge». Matas apunta que: «Nunca en la historia del espionaje se habían conseguido revelaciones tan sensacionales». Sorge dio el día exacto de la invasión, el 22 de junio, mensaje que se envió por radio desde el domicilio de Klausen en una fecha tan temprana como el 15 de mayo. De nuevo el silencio de sus superiores.

El Pacto Ribbentrop-Mólotov. El día de la infamia (Source: Wikipedia)

Al producirse finalmente la invasión del Este de Europa, Alemania presionó a Japón para que se sumase al ataque, pero la Marina nipona estaba más interesada en el Sur que en Siberia, algo que ya había deducido con exactitud Sorge: gracias a sus informes, los soviéticos pudieron trasladar tropas apostadas en el Este, en el lago Baikal, a Occidente. Ahora sí escuchaban sus «vaticinios», que no tenían nada de sobrenatural, sino que se basaban en datos, como buen materialista histórico. Sin duda, algunas de sus filtraciones lo convierten, si no en el único, sí en uno de los «espías del siglo XX».

En agosto de 1941, Tokio espera la derrota de Stalin y la caída de Moscú en poder de los alemanes. Berlín se lo asegura a sus embajadas: «El domingo entramos en Moscú». Aquello jamás sucederá: la heroica resistencia soviética echará por tierra los planes de conquista de Hitler y desanima a su vez al Estado Mayor japonés. Sorge informa al Cuarto Buró de que la resistencia rusa desalienta a Tokio. En diciembre podrá afirmarse que la capital soviética ya no corre peligro. El gran revés del Estado Mayor alemán, el OKW, que ve lejanos los días en los que la Blitzkrieg conquistaba terreno cual una apisonadora.

Por aquel entonces Richard Sorge ha demostrado ser una pieza de incalculable valor para los Servicios de Inteligencia soviéticos. Es, sin duda, uno de los mejores agentes que informan a Moscú. Sin embargo, pronto el cerco se estrechará en torno a él. Pero a pesar de la presión de aquel trabajo en la clandestinidad, hubo tiempo para el amor. Para Sorge siempre lo había: en octubre de 1935, durante una fiesta que organizó por su cuarenta cumpleaños, conoció a una joven de nombre Miyake Hanako, que acabaría por ser su amante –y viviría con él durante cinco años en casa del espía, en el número 30 de Nagasaka-cho, Azabu, en Tokio, una casita de estilo japonés donde el espía dormía sobre un colchón puesto en las esteras del suelo y con la cabeza apoyada en una almohadilla dura, al estilo japonés. Hanako permaneció allí hasta poco antes de su detención, en octubre de 1941.

Cerco a la Red Sorge

Richard Sorge mantenía grandes medidas de seguridad con respecto al blindaje de su organización para que no hubiera filtraciones. No daba a sus colaboradores muchas explicaciones y evitaba que sus miembros mantuvieran entre sí muchos contactos. Deakin y Storry señalan en su libro que «Klausen, como radiooperador y tesorero, conocía los apodos y los nombres cifrados de cada miembro, pero hasta los últimos días de la existencia del círculo no supo de la identidad verdadera de Ozaki y únicamente se enteró del nombre de Miyagi después de ser detenido. Ozaki se reunió con Klausen una sola vez, desconociendo su nombre. Nunca conoció a Vukelic».

Todas aquellas medidas no sirvieron para evitar que la red fuera desarticulada finalmente por los japoneses. El gran peligro radicaba en el registro, más o menos casual, de algún coche o domicilio, y el descubrimiento por parte de la policía de informes secretos. En este sentido, era Klausen el que corría un mayor peligro, pues tenía que viajar mucho en su coche, trasladando el transmisor dentro de un saco, para enviar mensajes desde un piso franco u otro. Éste era un auténtico maestro de la técnica de la retransmisión. La estación clandestina de Tokio, a manos de Klausen, cumplía una misión decisiva.

Konoe

Cuando Sorge podía sacar de la Embajada alemana los documentos que debían fotografiar, se los pasaba a Vukelic para que los filmara. En caso contrario, era el propio espía quien se encargaba de dicha operación dentro de los muros del edificio oficial. Las noticias que Ozaki recogía de los círculos gubernamentales del príncipe Fumimaro Konoe, a la sazón primer ministro, se los transmitía de forma oral a Sorge, que redactaba poco después un informe que entregaba a su vez a Klausen para que lo radiara a Moscú. El mayor riesgo provenía de conservar documentos comprometedores, que era preciso guardar hasta la ocasión en que un correo humano pudiera trasladarlos de forma segura a su destino en la URSS.

Sorge comenzaba a acusar los estragos de aquella vida en la semiclandestinidad, de inestabilidad en todos los sentidos, cuando comenzó el principio del fin de su organización.

Sorge durante su convalecencia en la Gran Guerra (Source: Wikipedia)

La caída de la red comenzó por una desgraciada casualidad: el 18 de septiembre de 1941 era arrestara una modista de nombre Kitabayashi Tomo y su marido, quienes fueron inmediatamente conducidos a Tokio. Los había denunciado un tal Ito Ritsu, que en 1932 había pertenecido a la Liga Japonesa de la Juventud Comunista, lo que provocó que tuviera que cumplir dos años de condena por pertenecer a una organización ilegal. En 1939 era detenido nuevamente por sus actividades comunistas y, tras un duro interrogatorio, acabó pronunciando el nombre de aquella mujer, a la que había conocido años atrás en Los Ángeles y quien estaba relacionada con la Sección Japonesa del Partido Comunista Norteamericano.

Kitabayashi Tomo sería la primera pieza que haría caer todo el dominó de la red Sorge, una vez que pronunció el nombre de Miyagi, que fue detenido a su vez el 11 de octubre. Acto seguido, las autoridades se personaron en su domicilio: en su casa los agentes nipones encontraron, entre varios documentos traducidos al inglés, un memorando confidencial de la oficina del Ferrocarril del Sur de Manchuria. Miyagi fue conducido por los agentes a la comisaría Tsukiji, donde parece ser que fue sometido a un terrible interrogatorio. Aunque negó que fuese espía, no pudo mantener mucho tiempo el dominio de sí mismo. Antes de delatar a sus compañeros y se arrojó a la calle por la ventana del segundo piso de la comisaría, un árbol frenó su caída y únicamente se fracturó una pierna. Gravemente enfermo de tuberculosis, acabó por derrumbarse y confesar pertenecer al círculo de espionaje soviético que actuaba en Tokio y que estaba formado por Sorge, Vukelic, Ozaki y Klausen.

La mañana del 15 de octubre de 1941 era detenido Ozaki por una patrulla de procuradores. La red había sido completamente descubierta. Finalmente, éste también confesaría, por lo que no quedaba duda alguna de que Sorge espiaba para la Unión Soviética. En un primer momento, el Ministerio del Interior se negó a autorizar la detención del periodista por motivos diplomáticos, pero unas horas después, el príncipe Konoye dimitía y el general Tojo nombraba ministro de Justicia a Iwamura Michio, quien no dudó en firmar la orden. Sorge era apresado en pijama y zapatillas a las cinco de la madrugada del sábado 18 de octubre por el detective Ohashi de la Policía Especial Superior. Poco después eran detenidos Vukelic y Klausen. Nuestro protagonista fue trasladado en un principio a la comisaría Toriizaka y unas horas después, ante el temor de que los periodistas se entrometieran, a la prisión de Sugamo, en el distrito de Ikebukuro.

Sugamo

Richard Sorge aceptó desde el principio de su interrogatorio haber recogido información secreta, aunque no para los rusos, sino para el embajador alemán, pidiendo a su vez permiso para ver al general Eugene Ott, aunque su solicitud no sería atendida en un principio. Finalmente, acabaría reuniéndose con él durante apenas cinco minutos, bajo estrictas condiciones impuestas por Yoshikawa; momento durante el cual, mirando a los ojos al amigo que había traicionado, le espetó antes de despedirse: «Esta es la última vez que nos vemos».

Sorge en sus días felices en Japón

En el registro de su domicilio la policía nipona encontró «dos páginas de un borrador escrito a máquina, en inglés, del mensaje final con los resultados que debían enviar a Moscú el 15 de octubre». A su vez, en el domicilio de Klausen se descubrió una copia del mismo mensaje, cifrado a medias. En el domicilio de Sorge se hallaron también numerosos gadgets: «…tres cámaras, un aparato para sacar copias con accesorios, tres lentes fotográficas (una telescópica), un equipo para revelar (…) contactos con agentes y cuentas (…) una lista de los afiliados al Partido en Japón, dos volúmenes del Anuario Estadístico Alemán (que servían para cifrar y descifrar), siete páginas de informes y cartas en inglés…». La policía japonesa se asombró de los más de mil volúmenes que poseía Sorge, donde primaban los libros de historia y literatura japonesas.

Un interrogatorio implacable

Desde el principio, fue interrogado por la Policía Superior Especial, bajo la dirección del procurador Yoshikawa Mitsusada, de la Sección Ideológica del Departamento de Procuradores de la Corte de Tokio. Aunque las fuentes sobre lo que sucedió entonces se contradicen –algunas afirman que los japoneses respetaron su condición de personaje relevante y no le sometieron a tortura–, otros autores, como Héctor Anabitarte, apuntan que «no hay duda de que es torturado». La tortura era un procedimiento habitual de la Policía japonesa, en cuyas sesiones no era raro que algunos detenidos muriesen.

Ott

Sorge se vino abajo cuando le mostraron las declaraciones inculpatorias de Klausen y los demás acusados. Durante un tortuoso periodo de ocho meses y medio, desde septiembre de 1941 hasta junio de 1942, fueron detenidos treinta y cinco hombres y mujeres directa o indirectamente relacionados con la red, que serían juzgados a puerta cerrada. Tras meses de duros interrogatorios, un buen día, de pronto, el espía pidió papel y lápiz a sus carceleros y escribió en alemán: «Desde 1925, soy un comunista internacional». Después de que confesara ser un espía soviético, Yoshikawa buscó aclarar si éste trabajaba para el Komintern o para el Cuarto Buró del Ejército Rojo, porque no convenía abrir enfrentamientos con la URSS.

El Ministerio de Justicia Japonés y el Ministerio de Asuntos Exteriores, así como el Tribunal Supremo, redactaron conjuntamente un comunicado oficial para la prensa sobre el tema, que había alcanzado proporciones de asunto de Estado. En dicho documento no se mencionaba a las altas personalidades japonesas o de la embajada que habían estado relacionadas de una forma u otra con el espinoso asunto. Se cargaban las tintas sobre el propio espía. En el informe, los japoneses se cuidaron también de no ofender no solo a sus amigos germanos, sino también a los rusos, con quienes por entonces tenían un tratado de no agresión que les dejaba las manos libres para su lucha contra los EEUU en el Pacífico –también se investigó, curiosamente, si Sorge había espiado para Roosevelt–. Declaraban textualmente que el grupo Sorge era «un círculo de espías rojos bajo órdenes del Cuartel General del Komintern», juzgándolo como comunista internacional y dejando al margen al Cuarto Buró, eximiendo así a la URRS de cualquier tipo de responsabilidad. Sus camaradas nunca le salvarían.

¡Adiós, camarada!

El catedrático Ikoma, que haría de intérprete del juez Nakamura, encargado del proceso, y del procurador, recordaría una vez acabada la guerra que cuando le comentó a Sorge la derrota de los nazis en Stalingrado el espía festejó la victoria soviética y llegó a pensar en la posibilidad de un canje por otros agentes enemigos detenidos en Moscú. El 29 de noviembre de 1943, el Tribunal del Distrito de Tokio sentenciaba a Richard Sorge, «el espía del siglo», a la pena de muerte. El escueto informe oficial señala que «Sorge se condujo con compostura hasta el lugar de la ejecución». Fue ahorcado a las 10.20 horas del 7 de noviembre de 1944, ya cercano el final de la guerra que contribuyó a ganar, y, por un curioso capricho del destino, en el 27 aniversario de la Revolución rusa, por cuyo ideario había llegado hasta el verdugo. En 1964, el Sóviet Supremo de la URSS le condecoró de forma póstuma con el título de «Héroe de la Unión Soviética». Sin duda había sido uno de los más grandes de su breve historia.

Hanako-San, la última amante de Sorge en Tokio, fue detenida tras éste aunque dejada en libertad poco después. En 1943, todavía sospechosa, era detenida nuevamente y retenida durante cinco días. Sin embargo, sus captores comprobaron que no estaba involucrada en actividades de espionaje y respetaron la ley, sacándola de prisión. Después de la guerra, ésta decidió recuperar los restos de su antiguo amante. Según las fuentes oficiales, el cuerpo de Sorge estaba enterrado en el cementerio de Zoshigaya, perteneciente a la cárcel donde fue ejecutado. Sobre su sepultura se había colocado una humilde placa de identificación de madera, aunque alguien la robó más tarde, por lo que se perdió el paradero de los restos.

Hanako-san no cejó en su empeño de descubrir el cuerpo de su amado y se puso en contacto con el abogado encargado de la defensa de Sorge, Asanuma Sumiji, quien durante dos años insistió ante las autoridades del presidio para saber qué había sucedido con el cadáver. Finalmente, se descubrió el ataúd del espía en una sección reservada a los vagabundos sin hogar. El esqueleto pertenecía a un extranjero –lo que dedujeron por la forma del cráneo– y los huesos de una pierna presentaban marcas claras de heridas que correspondían con las que sufrió Sorge en la Gran Guerra. Con los empastes de oro de sus dientes, Hanako-san mandó realizar una alianza que jamás se quitaría. Hizo llevar el ataúd al tranquilo cementerio de Tama, a las afueras de Tokio, que visitó hasta su muerte llevándole flores frescas. Hizo grabar la siguiente inscripción sobre su lápida: «Aquí descansa un valiente guerrero que consagró la vida a luchar contra la guerra y a favor de la paz en el mundo».

Tumba de Sorge en el cementerio de Tama, en Tokio.

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957

Richard Sorge: un espía impecable (I)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Aunque es difícil rastrear la vida de los espías, que suelen alterar su biografía unas cuantas veces en loor de su cometido, se sabe que Richard Sorge nació el 4 de octubre de 1895 –apenas seis años después que Hitler–, en la ciudad de Adjikend, en los campos petroleros del Cáucaso, el 4 de octubre de 1885. Su padre, Wilhelm Richard Sorge, era un ingeniero alemán de minas que trabajaba para una compañía petrolera y su madre, Lina Kobeller, era natural de Bakú, una localidad no muy lejana de Adjikend.

Wandervogel

Desde pequeño, se impregnó de la ideología patriótica y pangermana de su círculo íntimo, siendo ferviente admirador de la conocida como Organización de la Juventud, la Wandervogel. Sorge tenía dieciocho años cuando estalló la Primera Guerra Mundial que acabaría con su vida aburguesada como la de tantos jóvenes de su generación, y tras presentarse voluntario, fue instruido en el manejo de armas y en la manera de desfilar entonando himnos patrióticos, siendo destinado al Tercer Regimiento de Artillería de Campo, cuya división fue diezmada. Después, durante la agónica guerra de trincheras que caracterizó aquel conflicto, fue herido con metralla en la pierna derecha, permaneciendo en el hospital de Berlín, donde estudió con perseverancia hasta aprobar la reválida.

De regreso en el frente, volvió a ser herido, esta vez de gravedad, en las dos piernas, lo que le serviría para obtener una Cruz de Hierro de segunda clase pero le provocaría una cojera permanente, que hacía muy característicos sus movimientos. Ya entonces, ante los horrores de la batalla y la fragilidad de la vida, comenzó a observar el mundo que le rodeaba con otros ojos. Durante su segunda convalecencia, el joven Sorge permaneció ingresado en el Hospital de la Universidad de Königsberg, donde mantuvo una relación con una enfermera de origen judío que era hija de un intelectual marxista. Pasando horas escuchando acerca de política, Sorge abrazaría la misma ideología con devoción, convirtiendo su ideología, con apenas veintiún años, en el pilar principal de su existencia.

Primeros pasos en la clandestinidad

Así, empezó a devorar los clásicos marxistas y socialistas, en un momento en el que en Rusia se producía la revolución que llevaría al viejo imperio de los Zares a transformarse en el centro neurálgico del comunismo internacional que daría pie a la Unión Soviética. Tiempo después, ya recuperado de sus heridas, aunque con la citada cojera como compañera inseparable del resto de su vida, se matriculó en la Facultad de Economía de Berlín, donde entró en contacto con las organizaciones socialistas y de izquierda. Tras licenciarse, en 1918 ingresó en la Universidad de Kiel, donde ejercería sobre él una marcada influencia el catedrático Kurt Gerlach, un convencido militante izquierdista, en cuya casa se reunían los estudiantes para debatir los problemas políticos.

Aquellos jóvenes habían fundado en 1917 el Partido Social Democrático Independiente de Alemania. Tras ingresar en él, Sorge fundó con otros dos compañeros la sección estudiantil del partido y, a través de conferencias sobre el movimiento obrero, tenía como labor captar a nuevos miembros. Tras ingresar en el Partido Comunista alemán, Richard Sorge se trasladó hasta Hamburgo para ultimar su tesis doctoral en ciencias políticas, que aprobaría con Suma cum laude. Estudiar no le impidió, no obstante, participar en actividades conspirativas y, puesto que el profesor Gerlach se trasladó a Aquisgrán, ofreció a su antiguo alumno el puesto de suplente de su cátedra.

Un periodista y agitador ideológicamente comprometido

Aquisgrán, en el centro de la región del Rin, donde antaño se encontrara el centro neurálgico del imperio de Carlomagno, era un «foco caliente» de lucha revolucionaria y el Partido Comunista aprovechó el cargo de Sorge –al que por aquel entonces todos sus amigos conocían como Ika– para pedirle que realizara actividades políticas en la zona. Allí creó una futura élite del Partido, impartiendo clases de literatura marxista y descubriendo su facilidad para reclutar y convencer, que tan valiosa le sería en un futuro. Dieciocho meses después, el Partido le encargó reclutar en secreto cuadros militares, y realizar actividades subversivas, en las que se estaba convirtiendo en un verdadero maestro.

Rosa Luxemburgo

En 1921 pasó a formar parte del periódico comunista La Voz de los Mineros y publicó a través de las prensas del mismo su primer libro, un breve comentario sobre el texto La acumulación del Capital, de la emblemática líder comunista germana Rosa Luxemburgo. Sorge frecuentaba con regularidad el hogar de Gerlach, donde impartía muchas de sus charlas políticas. Aquello acabó provocando la mutua atracción entre Sorge y la esposa del profesor, Christiane, quien un día confesó a su marido que amaba al otrora estudiante y que iba a pedir el divorcio. Como un caballero, Gerlach aceptó la situación al parecer sin estridencias y llegaron a un acuerdo los tres manteniendo una amable conversación. Nueve meses más tarde, Ika y Christiane contraían matrimonio y se instalaban en la zona minera de Solingen, donde Sorge continuaba al frente del periódico obrero.

A caballo entre Berlín y Fráncfort

Corría el 28 de septiembre de 1922 cuando éste, que probablemente estaba fichado por la policía como agitador comunista, se trasladó a Berlín, momento clave en su vida cuando el comité central de su partido le ofreció un empleo con sueldo. No obstante, Sorge pretendía terminar sus estudios, su formación era fundamental para él, y llegaron a un acuerdo: realizaría ciertas actividades políticas mientras desempeñaba su nuevo cargo de auxiliar del departamento de ciencias sociales de la Universidad de Fráncfort.

Aquel era un importante foco de vida intelectual y Gerlach se relacionaba con un grupo de intelectuales y con un tal Félix Weil, un millonario judío cuya gran fortuna era fruto del comercio de grano con Iberoamérica. Inspirado por la revolución rusa, Weil deseaba crear una fundación privada para realizar investigaciones socio-económicas, y Sorge pasó a formar parte del grupo como socio, donde pudo ampliar sus conocimientos académicos en los campos de la política y la economía, tan vinculados entre sí.

Félix Weil

Pronto, Sorge comenzó a desarrollar actividades clandestinas, consistentes en realizar labores de entrenamiento y trabajar de asesor para un periódico comunista, dentro de las funciones del departamento de «instrucción» al que pertenecía. Además, hacía de enlace secreto entre Berlín y la organización comunista en Fráncfort, responsabilizándose además de los fondos del partido y del material propagandístico que, corriendo, gran riesgo, escondía en su propio estudio o en la biblioteca científico-social del instituto. Mientras, Richard Sorge vivía con Christiane en una casita de campo que hacía las veces de punto de encuentro y reunión.

Camino de Moscú

Fue por aquel entonces cuando nuestro protagonista entraría en contacto con los rusos, momento que decidiría la suerte que correría en el futuro. Fue en 1923, a través de D.B. Riazánov, director del Instituto Marx-Engels de Moscú. Eran tiempos difíciles para los comunistas en Alemania; de hecho, en noviembre de 1924 el partido sería declarado ilegal por las autoridades de Weimar.

Instituto Marx-Engels de Moscú

Entonces los círculos comunistas alemanes –que ya eran objeto en sus mítines del fanatismo y la ira de los camisas pardas–, debatían la dependencia de Moscú, tras el fracaso de la revolución comunista en Alemania, que había estado alentada –y ayudada con armamento– por los rusos. En medio de estos problemas, el Komintern envió a Fráncfort seis altos delegados para negociar. El encargado de servirles de cicerone y alojarlos fue el mismo Sorge, que impresionó sobremanera a uno de los más notables miembros del Comité Ejecutivo del Komintern, Zacharovich Smitri Manuilsky.

Una vez terminadas las reuniones al más alto nivel, los delegados soviéticos le pidieron a Sorge –según el mismo dejaría escrito– que se personase en el Cuartel General del Komintern en Moscú antes de que terminara el año, para trabajar con ellos. La propuesta de la delegación rusa fue encargarle la creación de una oficina de Inteligencia para la Internacional Comunista, algo que aprobarían en Berlín con unanimidad los dirigentes del Partido. Así, a finales de 1924 éste partió de la capital alemana hacia Moscú acompañado de Christiane. Empezaría a trabajar directamente para los rusos en 1925. Su vida no volvería a ser la misma. Comenzaban los primeros pasos en inteligencia del que sería uno de los más grandes espías de todos los tiempos.

Este post continuará de forma inminente en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Matthews

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957

Ignacio de Loyola: el soldado que juró defender a Dios (parte II)

Este 2021 la Compañía de Jesús conmemora el Quinto Centenario de la conversión de Ignacio de Loyola, un personaje histórico fascinante y cuya labor evangelizadora marcaría un antes y un después no solo en la trayectoria del catolicismo sino en la configuración del mundo contemporáneo occidental. Extendida por todo el orbe, la Compañía de Jesús se convertiría en la milicia de la Iglesia católica en tiempos de la Contrarreforma, pero también tendría abiertas disputas –y algo más– con la Santa Sede. Esta es la historia de un hombre corriente reconvertido en militante de la fe, un «soldado de Dios» con sus luces y sus sombras.

Óscar Herradón ©

Pío V

Pocos años después de la muerte del fundador, Ignacio de Loyola, el catolicismo se enfrentaba como nunca antes con el avance de la herejía. Con la amenaza latente del protestantismo, se sentó en el trono de San Pedro un pontífice que sería estandarte de la llamada Contrarreforma. Su nombre era Pío V, un religioso con amplia experiencia al frente de la Inquisición que sería el responsable de fundar la llamada Santa Alianza en 1566, llamada así en honor del acuerdo firmado entre éste y la reina católica María Estuardo, un auténtico servicio de espionaje vaticano cuyo fin era contrarrestar la amenaza protestante inglesa.

La Santa Alianza

Rizzio

Uno de los espías del Papa fue el italiano David Rizzio, quien se convertiría en amante de la reina escocesa y era el hombre de Roma en la corte inglesa, quien acabaría asesinado por el marido de ésta, el rey consorte Henry Darnley y otros conspiradores. Más tarde sería enviado a las islas el jesuita Lamberto Macchi. Hábil espadachín, Macchi había ingresado en la Compañía de Jesús con ánimo aventurero. En aquel tiempo, y al contrario de lo que sucedería después, cuando los jesuitas mantendrían abiertos enfrentamientos con Roma, sus miembros eran considerados los «soldados del Papa» por su voto especial de obediencia al pontífice de turno.

Lord Darnley

Macchi era hombre de gran destreza y avezado esgrimista y no tardaron en llegar rumores sobre sus habilidades a oídos del jefe del servicio de espionaje papal, Marco Antonio Maffei. El propio pontífice le encargó entonces a Macchi la tarea de acabar con la vida de los asesinos de Rizzio. Partió hacia Inglaterra junto a otros dos jesuitas y el hermano del espía asesinado, Giuseppe Rizzio. Meses después, éstos acabaron con la vida de Darnley, al que estrangularon, para ir matando uno a uno a todos los conspiradores.

Los jesuitas también intentaron quitar de en medio a la misma Isabel de Inglaterra, atentado frustrado gracias a los hombres de Sir Francis Walsingham, creador del más eficiente servicio de espionaje de su tiempo, junto al papal, y mano derecha de la reina inglesa. El final de Macchio está rodeado de sombras, ocultado por la propio Santa Sede precisamente por las implicaciones políticas que tuvieron sus acciones en la sombra.

Isabel I de Inglaterra, la «Reina Virgen»

Una versión apunta a su muerte en la toma de Amberes, mientras servía como capellán en los tercios de Alejandro Farnesio; la otra habla de su fallecimiento durante una misión en Japón, donde habría sido ejecutado por el shogun Toyotomi Hideyoshi tras sufrir el suplicio conocido como Tsurushi, el llamado «potro japonés», consistente en colgar a la víctima de una fosa llena de excrementos humanos mientras se le realizan cortes para ir desangrándola lentamente. Lo más probable, no obstante, es que esta segunda versión sea apócrifa. Lo que sí es seguro es que de esta forma fue martirizado el también jesuita Cristóvao, Ferreira, quien se hizo célebre por cometer apostasía después de ser torturados durante las purgas anticristianas de Japón. Fue autor de un texto que roza el ateísmo, La superchería desvelada, escrito tras haber abrazado la religión budista. Su epopeya sería recordada por el genial cineasta Martin Scorsese en la película Silencio (2016).

Matar al Papa

Uno de los más enconados detractores de la Orden jesuítica fue el papa Clemente XIV, en un siglo, el XVIII, en el que la Compañía sería expulsada de varios países. Este pontífice, cediendo a las presiones de los gobiernos de Francia y España, promulgó el breve Dominus ac Redemptor, por el que disolvía la Compañía, entonces comandada por Lorenzo Ricci. Inmersos en la esfera de la conspiración, que perseguirá siempre a los jesuitas, algunos personajes culparán a sus miembros nada menos que de la muerte del pontífice «por haber disuelto la Orden de Jesús».

Clemente XIV
Felipe V

En su apasionante libro El Secreto de los Jesuitas (Almuzara, 2006), el periodista Manuel Barrios, fallecido en 2012, recoge frases como las siguientes respecto a este oscuro asunto: «De nuevo, la muerte es usada con finalidades turbias, en concreto para atacar a los odiados jesuitas». Al parecer, los manuscritos de los que extracta estas acusaciones parecen corresponder a cartas de un cardenal anónimo dirigidas en aquella época a un noble señor de la Corte madrileña, en las que pide venganza, «pues de lo contrario veré que triunfan los más inicuos que hay en el mundo, que son los jesuitas y sus parciales, que componen la facción más poderosa que hay en Roma, por cuanto se junta con ella la mayor parte de los cardenales (…); supuesto que ahora se dice por roma que morirá de veneno el monarca de España. Toda Roma está llena de esta voz; lo dicen los ex jesuitas españoles en el café que está frente de Venecia y con ellos lo dicen también sus terciarios que allí concurren…». Seguro que no imaginaba el autor de estas letras y otros detractores de la Orden que un jesuita, en 2013, se sentaría en el mismo trono de San Pedro…

Las misivas, autorizadas aunque hasta entonces secretas, continúan afirmando que «El Jueves Santo de 1774 tomó el Papa chocolate en San Pedro y, apenas dio unos sorbos, profirió: ‘¡Caí!’; el sujeto que le servía, para manifestar que no tenía veneno, se tomó lo restante del chocolate y ayer murió; éste no puede haber sido el autor, según infiero, pero sí creo que había sido una mano más inicua la autora…». Ya construida toda una teoría de la conspiración, probablemente sin más fundamento que el odio de este personaje anónimo hacia los monjes que se erigieron «soldados» de Dios, continúa: «…Ya hace dos días más fue forzoso que los cirujanos sajaran toda aquella carne que quedaba en el cadáver e introdujesen cal en las sajaduras que se le hicieron y, juntamente, bálsamos y después fajarle todo; y pues que toda Roma decía a voces que el Papa había muerto de veneno, ponerle una mascarilla para que quedase oculta la iniquidad de los señores cardenales cómplices con el Camarlengo por cabeza…».

Este post tendrá una tercera y última parte. En breve, en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

GARCÍA HERNÁN, Enrique: Ignacio de Loyola (Colección Españoles Eminentes). Taurus 2013.

J. LOZANO NAVARRO, Julián: La Compañía de Jesús y el poder en la España de los Austrias. Cátedra 2005.

LARA MARTÍNEZ, María y Laura: Ignacio y la Compañía. Del castillo a la misión. Edaf (XIII Premio Algaba), 2015.

MARTIN, Malachi: La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia Católica. Plaza & Janés, 1988.

P. LUIS GONÇALVES DA CÁMARA: San Ignacio de Loyola. Biografía. Editorial Verbum 2020.

BREAKING NEWS!:

Recientemente, la editorial La Esfera de los Libros publicaba una novela de ecos biográficos de Ignacio de Loyola escrita con escrupulosa fidelidad a los hechos históricos y con un pulso narrativo encomiable, precisamente en el V Centenario «de la herida y conversión que transformaron al gentilhombre Íñigo (que también así le llamaban) de Loyola». El libro en cuestión se titula Para alcanzar amor. Ignacio de Loyola y los primeros jesuitas, y su autor es el sacerdote y periodista español Pedro Miguel Lamet, quien nos introduce en los apasionantes hechos que rodearon al nacimiento de la Compañía de Jesús, las «visiones» y la búsqueda de una misión como hemos narrado en el post. Los sitúa con maestría dentro del complejo ambiente político y social de una de las épocas más ricas de nuestra historia, el Siglo de Oro.

Y lo hace a través de la mirada de su amigo, el historiador Pedro de Ribadeneyra (primer biógrafo de Loyola y uno de los hombres que más estrechamente le trataron): así, se va desgranando la peripecia vital (y compleja personalidad) de Ignacio, que estuvo a punto de ser canonizado en la España de Felipe II pero que finalmente sería elevado a los altares un siglo después: fue beatificado en 1609 y beatificado en 1622 bajo el pontificado de Gregorio XV.

Asistimos a sus raíces, a su vida laica como soldado, su experiencia mística y conversión, los tiempos de estudio y peregrinaje, de fundación y de estrecha relación con sus compañeros y también los del oculto gobernante de la Orden que ya se extendía por prácticamente todo el mundo conocido y que llegaría a poner en jaque a la mismísima Iglesia católica.

He aquí el enlace para adquirir esta magnífica novela:

http://www.esferalibros.com/libro/para-alcanzar-amor/